Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

sábado, 4 de abril de 2026

NUEVO LIBRO DE POEMAS: SEMBRAR EL AGUA (marzo-2026)


Este libro de poemas consta de dos partes, "Surcos" y "Carecer de nada", escritos entre los años 2023-2025. En su contraportada se indica este sentido:

    "Para cultivar primero hay que sembrar el agua (las poblaciones de las tierras altas de La Alpujarra saben bien de lo que hablamos). Así podremos hacer la sementera, amelgar nuestra besana para acoger nuevos modos de vivir. Pero también necesitamos confianza, sentir que no carecemos de nada, que debajo de toda carencia o limitación anida una plenitud palpitando.
    Este libro de poemas trata de abrir algunos senderos por los que transitar, unos claros del bosque, en realidad tan viejos, tan tenues como los surcos que el campesino, con paso lento, abre en el campo.
    Dos momentos («Surcos» seguido de «Carecer de nada»), diferentes en la forma y en la tonalidad poéticas, que Sembrar el agua presenta al lector como una propuesta poética (y filosófica) para vivir de otra manera, quizá, más plena y veraz."


Otra peculiaridad de este libro, sobre todo en su primera parte ("Surcos"), es la abundante presencia de citas al final de cada poema, que dialogan con él de diversos modos, como queriendo continuar ese mismo diálogo que el poema introduce...

Ofrecemos estos dos poemas de muestra, cada uno de una parte del libro:


EL NO-SABER


no sabemos

y qué hacer si no sabemos

qué pensar

qué decir qué decirnos

quién conoce la lluvia la nube la rosa

el movimiento no errático del cometa

la gravedad de la gravedad

el instinto del instinto quién

el vuelo certero de este pájaro pequeño

los aires propios de un caballo

el virtuoso del piano que muestra su areté

hasta la nada nadea lo mismo que

el ser es pero no sabemos

y quién se conforma con no-saber

quién permanece ahí

como la rosa el lago el sendero

andar sin camino beber sin bebida

quién es el sabio que no

desea saber el maestro que deja ser

maestro el hijo no hijo la luna no luna

amante sin ser el amante

las ojeras sin el oficio de ojear

oír sin acúfenos ver

y no pensar

modelo razonamiento creencia

que creen que ya saben

                       ésta es la cuestión:

vivir en el saber

o vivir desde el no-saber

hacia las estrellas

en la oquedad de tu mano



El momento en que las cosas y las ideas empiezan

a obedecernos, nos dan la cara y, cual fieras del circo bien amaestradas, fingen no tener secretos

Adam Zagajewski


Dejar de ser para dejar ser

Schelling


Me retracto de todo lo que he dicho

Nicanor Parra



Este poema de la segunda parte también podemos oírlo en la voz de Paloma Lirola:

HABLAR BAJO


a Pablo Bujalance


Sabemos

            por qué

el poeta debe hablar bajo.

Su voz no era su voz

ni su palabra es ya su palabra.

Lo sabemos


porque si habla alto no habla

                       grita

y al mundo no le hace falta

                       gritar.

Los gritos no se oyen a sí mismos

necesitan silencio.


El silencio tiene su forma de gritar

en silencio

para que su aliento pueda llegar

a todos los rincones


y pueda ser cauce

y manantial

y brote


y en el mundo

alguna vez poesía.


(con Ferreira Gullar)





miércoles, 1 de abril de 2026

¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?


Sobre el miedo a sentir
Café Filosófico en Cortijo Las Monjas 1.1
28 de marzo de 2026, Sala común, 18:00 horas


Cuando la mente ve los atributos como atributos [cualidades o propiedades atribuidas] y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”.

Ibn Arabi, Tratado de la unidad


    Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello – así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!

Nietzsche, La gaya ciencia


¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?

Nuestro primer encuentro en el acogedor Cortijo Las Monjas (Periana-Málaga) trató del sentir y del miedo a sentir. Es muy interesante darse cuenta de ello, porque el miedo, precisamente, nos aleja de ese mismo sentir y, si es el caso que la emoción es desagradable, seguiremos padeciéndola indefinidamente. Entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo relacionarnos con nuestros estados interiores difíciles? Este relator, que estuvo allí presente, os invita a seguir la indagación que el grupo (muy nutrido) de personas, que se reunieron en este precioso enclave de la Alta Axarquía, desplegaron durante dos largas horas, si incluimos la preparación de los cafés y las infusiones con sus bizcochos, dátiles y otras delicias.

Y, dado que estábamos en plena naturaleza, donde lo salvaje y lo cultivado convive sin lucha alguna, porque, no solamente se trata de un alojamiento rural (con alma), sino de una finca de olivos centenarios (o más allá), de agricultura ecológica y regenerativa, ¿por qué no enfocarnos en eso mismo, en la naturaleza, y ver qué nos depara esta visión? Quizá un anhelo, si nuestras vidas se hubieran alejado demasiado de nuestro origen como seres naturales. El viejo Aristóteles fue muy cuidadoso distinguiendo con precisión la diferencia (radical) entre lo natural y lo artificial, que bien nos valdría recuperar hoy ante tanta mediación tecnológica, que nos lleva en ocasiones a confundir, por ejemplo, una inteligencia natural con la “inteligencia” artificial, o lo que es más peligroso, nos lleva a reducir la primera a la segunda. Es crucial, por lo tanto, que no nos olvidemos de que todo lo que existe por naturaleza (según physis) guarda en sí mismo la causa o principio de su propio ser, lo que le hace ser lo que es; sin embargo, lo artificial no existe por sí mismo, sino en virtud de un principio o causa exterior, que le viene de la mano del artífice. Y en esto hay grados de artificio que podemos rastrear en cada caso.

Pero antes, el moderador del encuentro realizó una introducción sobre el carácter de este tipo encuentros filosóficos: que aquí la filosofía se practica y no solamente se sabe o se dice, que la filosofía se entiende en un sentido sapiencial, pues se orienta a la vida buena, a través del autoconocimiento y la transformación interior, y que el medio por excelencia para desarrollar dicha filosofía practicada es el diálogo; pero no el competitivo debate, la tertulia solipsista, la conversación como un mero intercambio de opiniones, o bien, la charla que pronuncia una autoridad en la materia; pues el diálogo se construye colaborando, todos juntos, en una indagación que persigue una finalidad común: entender y entendernos, aclararnos, sobre la cuestión elegida entre todos... lo que más nos inquieta, interesa o preocupa en ese preciso momento (y ya sabéis lo que fue el caso, aquella tarde).

Después de esta introducción, que incluía también una breve explicación de las reglas básicas del diálogo para que éste fuera adecuado, el moderador, entonces, planteó a los asistentes, ellos y ellas, la siguiente pregunta inicial de autorreflexión: ¿Qué busco yo en el contacto con la naturaleza? Y éstas fueron las diferentes respuestas: busco (y encuentro) paz o sosiego físico y mental, lo esencial, conectar conmigo a través de ella, recargarme de energía, la alegría de mi niñez, la felicidad, cambiar mi modo de vida habitual, la armonía, el retorno a lo originario, sanación, libertad, vitalidad, relajación, soledad, plenitud, busco la inmensidad... Y, sin duda, tú también hubieras podido aportar tu respuesta personal.

El diálogo propiamente dicho se desarrolló, en esta ocasión, a través de tres etapas fundamentales: el examen de las causas de ese miedo a sentir, que a veces sentimos; las propuestas contrastadas, según la experiencia de los participantes, para llegar a ser capaces de sentir lo que sentimos sin miedo a sentirlo; y, finalmente, las conclusiones básicas que se extraían del diálogo en su conjunto. Vamos, pues, a ello.

¿Por qué evitamos, dilatamos en el tiempo, sustituimos o compensamos sentir nuestras emociones o sentimientos? Y es cierto que nos causan malestar en ocasiones, pero no siempre... y, a pesar de eso, también las evitamos, no sea que después venga lo peor, porque «es imposible que esta felicidad me dure mucho tiempo», decimos. Aunque, efectivamente, otras veces se trata de experiencias dolorosas que tengo ahí atrancadas y sin digerir. Y nos protegemos como sea, el tiempo que sea necesario, para que no aparezca la sombra monstruosa del dolor. O bien, nos entretenemos con lo más inmediato o agradable. Esto nos pasa, sí, y esto hacemos (o no hacemos y entonces nos inhibimos). ¿Pero, por qué? El grupo establece la hipótesis de la mala educación de las emociones: no nos han enseñado o no hemos aprendido a sentir, ni a reconocer lo que otros sienten, a expresar lo que sentimos, a regular su intensidad o a gestionar su impacto en nuestra psique. ¡Imagina, querido lector o lectora, una escuela en donde el trabajo con las emociones fuera una materia transversal y obligatoria! El desarrollo de la inteligencia emocional, y no solamente de las otras inteligencias, la verbal o la matemática... Tampoco hemos aprendido a encajar, constructivamente, el juicio de los demás sobre nosotros mismos ni a evaluar adecuadamente las consecuencias emocionales de nuestras acciones; ni tan siquiera somos capaces de ver, muchas veces, la estrecha relación que hay entre nuestras creencias, nuestras emociones y nuestra conducta. Y esto también es conocerse uno a sí mismo...

Pero he aquí que algunos participantes comenzaron a poner el foco en el miedo a la muerte. Y, por esto, hacemos un alto en el relato: recordemos que el tema de hoy no era, en sí, el miedo o los miedos... a algo o a alguien, sino el miedo a sentir en mí los efectos de ese algo o ese alguien (tanto interno como externo), las emociones que me provoca. Esto es importante que no se pierda de vista para poder seguir bien a nuestros participantes. De manera que el miedo a la muerte, realmente, aportaba una dimensión nueva al diálogo. Un miedo subterráneo, siempre presente que, desde el fondo subconsciente de nosotros, acecha sin descanso y contamina todo lo que vamos sintiendo... hasta arrojarnos en el miedo a sentir plenamente cualquier estímulo o situación. Algo así como sentir vagamente que «si no puedo con la muerte, cómo voy a poder con mis estados dolorosos o desagradables»; en definitiva, que estamos abocados al fracaso, a ese límite máximo de la traidora muerte ineludible. Y ya no podemos sentir, sencillamente, el sentir. Así, se atrevió el filósofo alemán Martin Heidegger a definir al ser humano como un ser-para-la-muerte. Lo que quiere decir que todo temor tiene, como base, un temor a la muerte. Y esto lo quiso mostrar nuestro grupo, sin tener que citar a ningún filósofo.

¿Cómo podemos, entonces, tratar de vivir sin miedo a vivir? El miedo que dicho miedo a la muerte nos ocasiona en el día a día. (Cuando nos lo produce... porque no pretendemos generalizar). Apunta una participante que las diferentes tradiciones permiten sentir, a los individuos de una cultura, determinados momentos vitales de una manera compartida o ritual, y que esto ha funcionado históricamente y sigue funcionando. Por otro lado, varios participantes insisten, desde su experiencia personal, en la importancia de atravesar ese miedo... a sentir, como también habría que procurar con los demás miedos, más específicos. Precisamente, sentir el sentir a fondo, experimentarlo de veras y sinceramente, sin huidas ni compensaciones. Esto implica que nuestra capacidad de darnos cuenta (nuestra conciencia) ha de estar siempre muy presente en ese proceso de sentir a fondo, de sentirlo todo del todo. Y no olvidar que nuestra actitud debe estar situada más en el sentir que en el entender, aunque una primera fase de comprensión de lo que nos pasa es necesaria; puesto que no se trata de un proceso mental sino sentido, una comprensión sentida (como la denomina Mónica Cavallé). Y en esto nuestro cuerpo es una buena guía, señala otra de las participantes: captar cómo se expresa la emoción o el sentimiento en alguna parte de nuestro cuerpo.

Una vía más de trabajo interior, para ser más capaces de ir más allá de nuestro miedo a sentir que, en último término, es un miedo a vivir, tiene que ver con el reconocimiento de nuestro “personaje”, esa idea (imagen o concepto) de nosotros mismos que nos hemos ido forjando a lo largo de la vida, sobre todo en la infancia, con todo lo que nos ha ido pasando y nuestras respuestas a eso que nos ha ido pasando. Como resultado obtenemos: que aquello que va a favor de ese personaje o idea de nosotros, lo perseguimos o lo deseamos, y todo aquello que entra en conflicto con dicha idea de nosotros, lo tememos o lo apartamos de nosotros. Sobre esto hablaron varios participantes. Otra estrategia consistiría en ir ganando confianza en uno mismo, comprendiendo que lo que siento posee un sentido que irá mostrándose con el tiempo. Como puedes ver, querido lector o lectora, no faltaron las aportaciones para “curarnos” nuestra incapacidad para sentirlo todo.

Al final, el grupo se fue con algunas pequeñas lecciones aprendidas (o al menos, comprendidas). Primero, que el miedo a sentir equivale a un miedo a vivir; que, en el fondo de ese miedo, está el miedo a la muerte y que, por lo tanto, se trata de aprender a “morir” a cada instante, como recomendaba el sabio sufi Ibn Arabi. Ya que nuestras células mueren y se regeneran continuamente, ¿por qué no aprender a hacer lo propio nosotros, como actitud? Comprender que nuestra vida no es siempre la misma y que está sometida a constantes cambios. ¿Y qué supone un cambio, sino que algo acaba (o muere) y algo comienza (o nace)? El ejercitamiento personal consistiría, pues, en aprender a soltar eso que se va y abrazar lo que viene, como un hecho natural en nosotros. Segundo, relacionado con lo anterior: que yo debo obligarme, casi a diario, a sentirlo todo, profunda y conscientemente (Nietzsche lo llamaba “un santo decir sí”, también lo penoso o desagradable); pero no para quedarme ahí, arrojado y maltrecho, desahauciado de mí, identificado con lo que siento que me pasa, sino para soltarlo todo, una vez que lo he sentido a fondo; algo que es posible, por lo general, gradualmente. Esto es un proceso que conocen muy bien las personas que han sido capaces de superar un estado de duelo o pérdida. Cuando siento a fondo mi dolor, y siento el sentir mismo ese dolor, algo en mí, que no es dolor (porque está sintiendo el dolor), me eleva desde el fondo hasta la superficie y una alegría profunda, serena y lúcida, emerge de nuestro interior. Vale.







sábado, 21 de marzo de 2026

jueves, 19 de marzo de 2026

EL NUDO GORDIANO. Podcast 1: ¿Te puedo llamar?


Iniciamos una serie podcasts, con Paloma Lirola, de título EL NUDO GORDIANO, en donde la filosofía se abre al humor y viceversa. Esperamos que sea de vuestro interés y agrado. Gracias, Paloma, querida amiga, por hacer posible este nuevo reto filosófico...

Copio a continuación uno de los textos introductorios de este primer capítulo,

y un interesante enlace sobre la cuestión:

https://www.xataka.com/historia-tecnologica/todo-ia-parece-radicalmente-nuevo-filosofo-vio-venir-hace-50-anos-michel-foucault


¿Te puedo llamar?

A ver, Paloma, ¿qué nos pasa?, ¿qué nos está pasando? Para eso estamos aquí, para examinar todo esto, ¿no es verdad? Porque, tal como nos dejaba dicho Sócrates en su discurso de autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba, acusándolo de crear nuevos dioses y de corromper a la juventud, por insistir en que cada uno de nosotros fuéramos capaces de pensar y de vivir por nosotros mismos: “Una vida sin examen de sí misma no merece la pena ser vivida”.

Y no tengáis compasión, de esa que tú dices que “nos da pena el otro ser humano”, y que pone trabas al humor y a la comedia; pero tened mucha compasión, de la otra, la auténtica compasión (no la de origen judeocristiano), que nos hace partícipes de los demás, que son como yo, y yo como ellos. Y que también nos permite reírnos de nosotros, un distanciamiento necesario... precisamente, para aprender de nosotros mismos.

Así, huyendo de esas recetas fáciles y precocinadas del buen vivir, que tú decías, dulces al paladar pero indigestas debido a su procesamiento industrial, vamos aquí, nosotros, ahora, con todas estas personas que nos acompañan, ahora o después, a tratar de aclarar y de aclaranos qué nos pasa, qué nos está pasando.

Este primer nudo gordiano sobre nuestro tembloroso: ¿Te puedo llamar? ¿Por qué “molestar a alguien se ha vuelto emocionalmente costoso”?, como afirma Javier Lacort (en la revista digital Xataka). ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasando? Luego leeremos vuestras preguntas y compartiremos vuestras dudas, pero, ahora mismo, vamos a tratar de situar esta novedad.

Me han encantado tus dos experimentos, Paloma. Esa amiga que te colgó el teléfono, ¿te ha llamado ya? Si no lo ha hecho, ¿qué nos cabe esperar, en un mundo así, en el que dos amigas no pueden llamarse, en cualquier momento, y haya que pedir audiencia para hacerlo? Si lo ha hecho, si te ha llamado, todavía podemos salvarnos, si esto sigue siendo frecuente, claro.

Y, ¿por qué lo digo? Porque todavía no habríamos perdido el norte de las relaciones humanas, que se dan siempre entre seres humanos y no otra cosa (pensad cada uno en lo que se os venga a la mente). Pasa lo mismo que cuando hace tiempo que no hablas con un amigo que, al principio, te sientes con menos confianza. Y si ha transcurrido más tiempo todavía, la pierdes del todo o casi del todo. Confianza. ¡Qué importante es la confianza para vivir bien! Confianza, ¿en qué? Hace poco, hablamos de esto en un Café filosófico. La importancia de crear y recrear espacios sociales y personales de confianza... Como éste que inauguramos aquí, hoy, ¿no es verdad, Paloma? Al menos eso queremos, con vuestra ayuda...

¿Qué nos está pasado, cuando sientes que tienes que preguntar, antes de llamar: “¿te puedo llamar?” Es cierto que antes (antes de tener a la mano, todo el día, ese teléfono que es móvil y que llaman “inteligente” –no sé por qué, o sí lo sé...) no había otra opción que descolgar, marcar y llamar, sin avisar o prevenir... ¡que voyyyy...! Pero, ¡qué libertad, qué naturalidad, qué confianza! Porque yo me sentía libre para llamar y tú para decirme que no podías en ese momento hablar conmigo, sin que esto supusiera una intromisión o una posible grieta en la relación. De verdad, ¡qué paz, qué tranquilidad, qué confianza mutua!

¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasado? La confianza que podemos desarrollar es triple: confianza en uno mismo, confianza en los demás y confianza en la vida. ¿Cuál es la desconfianza originaria, que explicaría este desenlace, la pérdida de confianza en alguna de las otras dos? Esto podemos discutirlo juntos a continuación... si os apetece.

Pero, antes de finalizar esta pequeña introducción, me gustaría plantear una cuestión de fondo: cómo las tecnologías están moldeando nuestro mundo sin pedirnos permiso. Veamos: toda tecnología es un medio para un fin, pero ¿qué ocurre cuando una tecnología se convierte en un fin en sí misma? Pues, que yo me convierto en un medio para ella... y entonces, la esclavitud humana está servida; nuevas formas de esclavitud están servidas, con las nuevas tecnologías. Esto lo pongo como un riesgo, claro. Pero un riesgo que ya estamos sufriendo. ¿Y qué podemos hacer? Pues, comenzar juntos a tomar conciencia. Como estamos haciendo aquí, ahora, juntos...

Pensad una cosa: el modo habitual en que se implementan las nuevas tecnologías. Como dice Lagdon Winner, un conocido filósofo de la tecnología, dejamos que la apisonadora nos aplaste, luego nos levantamos y, maltrechos, tratamos de medir sus efectos sobre nosotros. Suena a chiste, pero es lo que sufrimos continuamente. Miradlo a ver...


jueves, 5 de febrero de 2026

Sobre la tecnología (nueva serie epistolar)


 Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Para seguir la discusión y poder participar:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2026/02/sobre-la-tecnologia-28.html