Café
Filosófico en Cortijo Las Monjas 1.1
28
de marzo de 2026, Sala común, 18:00 horas
Cuando
la mente ve los atributos como atributos [cualidades o propiedades
atribuidas] y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de
ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es
un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros
mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en
sentido figurado. “Morid antes de morir”.
Ibn
Arabi, Tratado de la unidad
Quiero
aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello
– así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor
fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar
guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los
acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación!
Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo
dice sí!
Nietzsche,
La gaya ciencia
¿Cómo
sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?
Nuestro
primer encuentro en el acogedor Cortijo Las Monjas
(Periana-Málaga) trató del sentir y del miedo a sentir. Es muy
interesante darse cuenta de ello, porque el miedo, precisamente, nos
aleja de ese mismo sentir y, si es el caso que la emoción es
desagradable, seguiremos padeciéndola indefinidamente. Entonces,
¿qué hacer?, ¿cómo relacionarnos con nuestros estados interiores
difíciles? Este relator, que estuvo allí presente, os invita a
seguir la indagación que el grupo (muy nutrido) de personas, que se
reunieron en este precioso enclave de la Alta Axarquía, desplegaron
durante dos largas horas, si incluimos la preparación de los cafés
y las infusiones con sus bizcochos, dátiles y otras delicias.
Y,
dado que estábamos en plena naturaleza, donde lo salvaje y lo
cultivado convive sin lucha alguna, porque, no solamente se trata de
un alojamiento rural (con alma), sino de una finca de olivos
centenarios (o más allá), de agricultura ecológica y regenerativa,
¿por qué no enfocarnos en eso mismo, en la naturaleza, y ver qué
nos depara esta visión? Quizá un anhelo, si nuestras vidas se
hubieran alejado demasiado de nuestro origen como seres naturales. El
viejo Aristóteles fue muy cuidadoso distinguiendo con
precisión la diferencia (radical) entre lo natural y lo artificial,
que bien nos valdría recuperar hoy ante tanta mediación
tecnológica, que nos lleva en ocasiones a confundir, por ejemplo,
una inteligencia natural con la “inteligencia” artificial, o lo
que es más peligroso, nos lleva a reducir la primera a la segunda.
Es crucial, por lo tanto, que no nos olvidemos de que todo lo que
existe por naturaleza (según physis) guarda en sí mismo la
causa o principio de su propio ser, lo que le hace ser lo que es; sin
embargo, lo artificial no existe por sí mismo, sino en virtud de un
principio o causa exterior, que le viene de la mano del artífice. Y
en esto hay grados de artificio que podemos rastrear en cada caso.
Pero
antes, el moderador del encuentro realizó una introducción sobre el
carácter de este tipo encuentros filosóficos: que aquí la
filosofía se practica y no solamente se sabe o se dice, que la
filosofía se entiende en un sentido sapiencial, pues se
orienta a la vida buena, a través del autoconocimiento y la
transformación interior, y que el medio por excelencia para
desarrollar dicha filosofía practicada es el diálogo; pero
no el competitivo debate, la tertulia solipsista, la
conversación como un mero intercambio de opiniones, o bien, la
charla que pronuncia una autoridad en la materia; pues el diálogo se
construye colaborando, todos juntos, en una indagación que persigue
una finalidad común: entender y entendernos, aclararnos, sobre la
cuestión elegida entre todos... lo que más nos inquieta, interesa o
preocupa en ese preciso momento (y ya sabéis lo que fue el caso,
aquella tarde).
Después
de esta introducción, que incluía también una breve explicación
de las reglas básicas del diálogo para que éste fuera adecuado, el
moderador, entonces, planteó a los asistentes, ellos y ellas, la
siguiente pregunta inicial de autorreflexión: ¿Qué busco yo en
el contacto con la naturaleza? Y éstas fueron las diferentes
respuestas: busco (y encuentro) paz o sosiego físico y mental, lo
esencial, conectar conmigo a través de ella, recargarme de energía,
la alegría de mi niñez, la felicidad, cambiar mi modo de vida
habitual, la armonía, el retorno a lo originario, sanación,
libertad, vitalidad, relajación, soledad, plenitud, busco la
inmensidad... Y, sin duda, tú también hubieras podido aportar tu
respuesta personal.
El
diálogo propiamente dicho se desarrolló, en esta ocasión, a través de tres etapas fundamentales: el examen de las causas de ese miedo a
sentir, que a veces sentimos; las propuestas contrastadas, según la
experiencia de los participantes, para llegar a ser capaces de sentir
lo que sentimos sin miedo a sentirlo; y, finalmente, las conclusiones
básicas que se extraían del diálogo en su conjunto. Vamos, pues, a
ello.
¿Por
qué evitamos, dilatamos en el tiempo, sustituimos o compensamos
sentir nuestras emociones o sentimientos? Y es cierto que nos
causan malestar en ocasiones, pero no siempre... y, a pesar de
eso, también las evitamos, no sea que después venga lo peor, porque
«es imposible que esta
felicidad me dure mucho tiempo»,
decimos. Aunque, efectivamente, otras veces se trata de
experiencias dolorosas que tengo ahí atrancadas y sin digerir. Y nos
protegemos como sea, el tiempo que sea necesario, para que no
aparezca la sombra monstruosa del dolor. O bien, nos entretenemos con
lo más inmediato o agradable. Esto nos pasa, sí, y esto hacemos (o
no hacemos y entonces nos inhibimos). ¿Pero, por qué? El grupo
establece la hipótesis de la mala educación de las emociones: no
nos han enseñado o no hemos aprendido a sentir, ni a reconocer lo
que otros sienten, a expresar lo que sentimos, a regular su
intensidad o a gestionar su impacto en nuestra psique. ¡Imagina,
querido lector o lectora, una escuela en donde el trabajo con las
emociones fuera una materia transversal y obligatoria! El desarrollo
de la inteligencia emocional, y no solamente de las otras
inteligencias, la verbal o la matemática... Tampoco hemos aprendido
a encajar, constructivamente, el juicio de los demás sobre nosotros
mismos ni a evaluar adecuadamente las consecuencias emocionales de
nuestras acciones; ni tan siquiera somos capaces de ver, muchas
veces, la estrecha relación que hay entre nuestras creencias,
nuestras emociones y nuestra conducta. Y esto también es conocerse
uno a sí mismo...
Pero
he aquí que algunos participantes comenzaron a poner el foco en el
miedo a la muerte. Y, por esto, hacemos un alto en el relato:
recordemos que el tema de hoy no era, en sí, el miedo o los
miedos... a algo o a alguien, sino el miedo a sentir en mí los
efectos de ese algo o ese alguien (tanto interno como externo),
las emociones que me provoca. Esto es importante que no se pierda de
vista para poder seguir bien a nuestros participantes. De manera que
el miedo a la muerte, realmente, aportaba una dimensión nueva al
diálogo. Un miedo subterráneo, siempre presente que, desde el fondo
subconsciente de nosotros, acecha sin descanso y contamina todo lo
que vamos sintiendo... hasta arrojarnos en el miedo a sentir
plenamente cualquier estímulo o situación. Algo así como sentir
vagamente que «si no
puedo con la muerte, cómo voy a poder con mis estados dolorosos o
desagradables»; en
definitiva, que estamos abocados al fracaso, a ese límite máximo de
la traidora muerte ineludible. Y ya no podemos sentir,
sencillamente, el sentir. Así, se atrevió el filósofo alemán
Martin Heidegger a definir al ser humano como un
ser-para-la-muerte. Lo que quiere decir que todo temor tiene,
como base, un temor a la muerte. Y esto lo quiso mostrar nuestro
grupo, sin tener que citar a ningún filósofo.
¿Cómo
podemos, entonces, tratar de vivir sin miedo a vivir? El miedo
que dicho miedo a la muerte nos ocasiona en el día a día. (Cuando
nos lo produce... porque no pretendemos generalizar). Apunta una
participante que las diferentes tradiciones permiten sentir, a los
individuos de una cultura, determinados momentos vitales de una
manera compartida o ritual, y que esto ha funcionado históricamente
y sigue funcionando. Por otro lado, varios participantes insisten,
desde su experiencia personal, en la importancia de atravesar
ese miedo... a sentir, como también habría que procurar con los
demás miedos, más específicos. Precisamente, sentir el sentir a
fondo, experimentarlo de veras y sinceramente, sin huidas ni
compensaciones. Esto implica que nuestra capacidad de darnos cuenta
(nuestra conciencia) ha de estar siempre muy presente en ese proceso
de sentir a fondo, de sentirlo todo del todo. Y no olvidar que
nuestra actitud debe estar situada más en el sentir que en el
entender, aunque una primera fase de comprensión de lo que nos pasa
es necesaria; puesto que no se trata de un proceso mental sino
sentido, una comprensión sentida (como la denomina Mónica
Cavallé). Y en esto nuestro cuerpo es una buena guía, señala
otra de las participantes: captar cómo se expresa la emoción o el
sentimiento en alguna parte de nuestro cuerpo.
Una
vía más de trabajo interior, para ser más capaces de ir más allá
de nuestro miedo a sentir que, en último término, es un miedo a
vivir, tiene que ver con el reconocimiento de nuestro “personaje”,
esa idea (imagen o concepto) de nosotros mismos que nos hemos ido
forjando a lo largo de la vida, sobre todo en la infancia, con todo
lo que nos ha ido pasando y nuestras respuestas a eso que nos ha ido
pasando. Como resultado obtenemos: que aquello que va a favor de ese
personaje o idea de nosotros, lo perseguimos o lo deseamos, y todo
aquello que entra en conflicto con dicha idea de nosotros, lo tememos
o lo apartamos de nosotros. Sobre esto hablaron varios participantes.
Otra estrategia consistiría en ir ganando confianza en uno mismo,
comprendiendo que lo que siento posee un sentido que irá mostrándose
con el tiempo. Como puedes ver, querido lector o lectora, no faltaron
las aportaciones para “curarnos” nuestra incapacidad para
sentirlo todo.
Al
final, el grupo se fue con algunas pequeñas lecciones aprendidas (o
al menos, comprendidas). Primero, que el miedo a sentir equivale a un
miedo a vivir; que, en el fondo de ese miedo, está el miedo a la
muerte y que, por lo tanto, se trata de aprender a “morir” a
cada instante, como recomendaba el sabio sufi Ibn Arabi.
Ya que nuestras células mueren y se regeneran continuamente, ¿por
qué no aprender a hacer lo propio nosotros, como actitud? Comprender
que nuestra vida no es siempre la misma y que está sometida a
constantes cambios. ¿Y qué supone un cambio, sino que algo acaba (o
muere) y algo comienza (o nace)? El ejercitamiento personal
consistiría, pues, en aprender a soltar eso que se va y
abrazar lo que viene, como un hecho natural en nosotros. Segundo,
relacionado con lo anterior: que yo debo obligarme, casi a diario, a
sentirlo todo, profunda y conscientemente (Nietzsche lo
llamaba “un santo decir sí”, también lo penoso o desagradable);
pero no para quedarme ahí, arrojado y maltrecho, desahauciado de mí,
identificado con lo que siento que me pasa, sino para soltarlo
todo, una vez que lo he sentido a fondo; algo que es posible, por lo
general, gradualmente. Esto es un proceso que conocen muy bien las
personas que han sido capaces de superar un estado de duelo o
pérdida. Cuando siento a fondo mi dolor, y siento el sentir mismo
ese dolor, algo en mí, que no es dolor (porque está sintiendo el
dolor), me eleva desde el fondo hasta la superficie y una alegría
profunda, serena y lúcida, emerge de nuestro interior. Vale.


