Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 22 de marzo de 2020

POROS (Y PENIA)

Qué extraño es todo esto, realmente qué extraño
Chantal Maillard

Con tanta razón nos empeñamos en llenarnos de emociones. Ser también así de inteligentes. Porque inteligente es el abrazo y mirar más allá del reflejo en la pupila y escuchar unos de otros. Es inteligente palpar la piel... tu propia piel como de otro, la de otro sentirla como tuya. Pero en la forma había temores. El riesgo de clavarnos en un muro y que nuestra piel permanezca yerta, que acartonada y dura no deje libre el hueco de algún poro. La depreciación de los valores: el amor es un rojo corazón de dígitos y la amistad un impuro seguimiento en una red de nada. Temíamos descuidar la mente y descuidar mi cuerpo, que el mundo limitara al norte con una pantalla dirigida a más pantallas, infinitas... de suma cero. Temíamos. Y sin embargo los planetas no han dejado por eso de girar. Ahora que vivimos confinados, qué extraño es todo esto, realmente qué extraño. Éramos esclavos libres y ahora somos libremente esclavos. Qué extraño, qué extraño es todo esto. Fuera arrecia el viento, aguerrido y fortachón, retándonos, mientras la lluvia se acomoda a nuestro lado, con su inconstante monotonía y su natural apremio sin dobleces. No lo comprende el viento pero la lluvia nos encalma. Por eso ruge primero al ritmo de león y luego de la hiena. A veces se frena delante de nosotros y nos asusta, seguro de habernos trasplantado el ruido anterior y los rugidos. Alardea. Para él no hay resquicios en la mente. Se cuela y nos asusta. Ahora sopla dentro el vendaval. Qué extraño es todo esto. Escapo hasta la ventana y compruebo que el sol y la invisible luna... no hemos dejado de girar. Respira el día.




domingo, 1 de marzo de 2020

¿Qué significa ser padres?


Si tú volvieras a vivir lo que has vivido, ¿qué harías, o no harías, necesariamente? ¿Tendrías la misma actitud? ¿Vivirías de la misma manera lo que has vivido?1 Dejemos aparte cualquier clase de presunción metafísica o religiosa, y entreguémonos a este experimento mental, a este ejercicio de la imaginación, conscientes de nosotros mismos. Una prueba del algodón muy del gusto de Nietzsche, aunque esta vez no nos pondremos etiquetas: si hemos vivido bien o hemos vivido mal. Si somos suficientemente vitales y afirmamos la vida tal como es. No, sin juicios. ¿Qué volverías a hacer o no volverías a hacer? Simplemente, para aprender de nosotros mismos en un futuro muy próximo... Dieciséis participantes de este segundo café filosófico del año ofrecieron públicamente sus propios aprendizajes: experimentar la vida tal como es, elegir mejor a mis amigos, aprender mejor, pasar más tiempo con mi padre, ser más lanzada, no compararme con los demás, quererme más, tratar de vivir cada día feliz, escucharme más, ser mi mejor amiga, no bloquear mis emociones, no ser tan impaciente, estudiar, viajar por mí misma, expresar lo que siento, volver a ser maestra, ser más consciente y menos visceral. Y ya tan sólo quedaría añadir lo tuyo...

Pero, siguiendo hilo sutil del diálogo habido aquella tarde, los padres, ¿haríamos lo mismo de la misma manera? Los hijos, ¿responderíamos igual? ¿Qué es ser padres o madres en estos tiempos? ¿Y ser hijas o hijos? Es muy posible que una cosa sea inseparable de la otra. Pues bien, esto fue lo que se preguntaron y esto fue lo que sucedió...

Hoy en día ejercer la función de padres, educando bien, es imposible. Incluso, en numerosas ocasiones, no se sabrá si se hace bien o se hace mal. De manera que, durante el diálogo filosófico, fue necesario hacerse cargo, primero, del mundo en que nos ha tocado vivir, su complejidad y su celeridad. A pesar de todo, los participantes (recordemos: jóvenes y adultos) estuvieron una hora y media debatiendo acerca de cómo educar adecuadamente en estos días, de manera que hubo al final que transformar la tajante afirmación del comienzo: ser padres no es imposible, pero sí que es difícil... Y dieron testimonio de la dificultad, a través de los titubeos y rectificaciones de sus opiniones iniciales. Aunque para esto, y no otra cosa, se viene a dialogar. Por otro lado, fueron capaces, promediada la discusión y, sobre todo, al final, de reconocer que lo descubierto implicaba una correspondencia: cualquier característica mostraba su carácter recíproco. Padres e hijos. Hijos y padres. Mutuamente. Ésta fue una conclusión muy muy interesante. Así que nada de culpables, nada de culpabilidades arrojadas con desprecio. Cada miembro de una relación lleva a la misma su propio grado de desarrollo o madurez personal. Hace lo que puede... Seguro que hace lo que puede, no en vano, se juega mucho cada una de las partes de una relación tan cercana, tan sentida como ésta. Tan sufrida. Una relación que tanto nos hace, y tanto nos deshace, a cada uno de nosotros, a diario... Otra conclusión –no menos relevante– se refiere al tiempo de juego: como toda relación, siempre se juega en el presente, aquí y ahora. ¡Qué importa lo que pasó! ¡Qué viene a importar lo que me figuro que pasará en vistas de lo que ha pasado...! Siempre puedes, siempre podemos cambiarlo todo. Un todo o un mucho. Hasta ahora ha pasado pero, que siga pasando ahora mismo, depende también de ti... Tú estás en disposición de contribuir en una determinada dirección.

Pues bien, he aquí una posible lista de ingredientes necesarios para una relación paterno-filial válida en estos tiempos. Los padres, ser una guía flexible de sus hijos. Orientación, pero no coerción. Cauce pero no viaducto. Límites, pero no limitaciones. No comparar situaciones, épocas, personas... (“En mis tiempos...”, “tú no sabes nada del mundo actual”, “tu primo...”, “el padre de mi amigo...”, etc.). Aprender a expresar la propias emociones: cómo me siento, cómo me sienta... y preguntarlo: ¿cómo te sientes...? Mostrar vulnerabilidad no es debilidad. Además de lo reconfortante que es constatar que tú también lo has sentido, que a ti también te ha pasado..., y a los demás. A pesar de su frecuente asimetría (por la edad, la madurez, las experiencias...) es posible una relación justa entre padres e hijos. No son iguales los padres y los hijos, pero es posible tratarse con justicia, ajustada en función de las circunstancias y las características de cada uno. El mutuo dar y recibir se nos aparece como un aprendizaje fundamental en el arte de vivir: no se puede dar si no se está dispuesto también a recibir, ni recibir si uno no sabe dar. Además, es imposible una relación estrecha como es ésta sin el reconocimiento mutuo, como seres, su valor, su propia identidad. Es necesario un ambiente en donde esto sea posible: el recíproco reconocimiento de que yo también existo. Todas las partes han de mostrar su mente abierta a la novedad, al cambio, a la diferencia; que sus respectivas imágenes del otro no impidan ver al otro. Contar con él o con ella. No olvidar que todos vamos cambiando y que la imagen fija del otro sólo está en mi imaginación, como parte de mis creencias. Es preferible una imagen de contornos suaves, difuminados... Y es también mucho mejor no vivir los padres en los hijos, o a través de ellos... Vinculación inquebrantable y a la vez autonomía. No dependencia mutua o de una parte respecto a la otra. Ni síndrome del nido vacío (preparase con tiempo) ni tampoco la impostura del permanente rebelde sin causa. Aprender a soltar los hijos, aprender a soltar los padres... Y nunca olvidar la importancia de la aceptación, de que cada uno hace lo que puede, de la mejor manera que sabe. Pero que esto no es estático, sino que está en perpetuo movimiento; apreciable, si uno está suficientemente atento. Estos fueron algunos de los destilados, que te ofrecen los participantes. Esperamos que te aprovechen, cuando seas padre o madre; mientras seas hijo o hija.


1 Sobre los padres y los hijos: Café Filosófico en Vélez-Málaga (11.5), celebrado el 21 de febrero de 2020, en la cafetería Bentomiz, a las 17:30 horas.

Publicado en HomoNoSapiens




lunes, 20 de enero de 2020

¿Siempre hemos de ser sinceros?


Antes de dialogar sobre la sinceridad, en el encuentro1 hubo lugar para plantear diversos deseos radicales. Pero, ¿qué puede ser esto? Estamos habituados a expresar deseos particulares, referidos a la propia vida, o bien, a la vida de las personas o situaciones que nos rodean. Al menos, de una manera más sentida. De ahí la virtualidad de este ejercicio filosófico. Un deseo radical no es un deseo extremista o exagerado –eso puede venir después, para bien o para mal– sino que va a la raíz del asunto, a lo esencial o fundamental o básico, a lo más importante, el origen desde donde se genera todo el tropel de consecuencias deseables o no deseables, visto desde una perspectiva general o universal... lo más posible. No está de moda lo común ni lo universal y, quizás por ahí, nos vengan muchas de las pérdidas actuales, fugas de “lo mejor posible que podamos”. Mirad la política al uso, mirad la economía establecida... miremos nuestro propio desarrollo moral, como aconsejaba mirarlo Lawrence Kolhberg.

Pues bien, a continuación, una justificada muestra de radicales deseos: poner conciencia en lo que hacemos y decimos; no olvidar que siempre está disponible el diálogo, educarse para estar dispuesto a dialogar; libertad, sí, pero fraterna, no de la mal entendida libertad, no excluyente, solidaria; no olvidar que el bien común me incluye a mí también; una paz mundial, basada en la justicia, como nos recordaba en la práctica Mahatma Gandhi; tampoco olvidar el cotidiano regalo de la vida en mí, que me hará capaz de apreciar la vida de los otros; y el amor, que no es el romántico amor, sino el sentimiento de unidad con todo; la comunicación, comunicarnos, radical deseo y básico para todo lo demás; y, cada vez más, engrosar la gente que no quiere irse a vivir Marte (Jorge Riechmann); valorar la vida natural de nuestro planeta, que no puede separarse de un uso responsable de la tecnología, en una era tan científica y tan tecnológica como la nuestra.
Y, volviendo al tema central del encuentro filosófico: sí hay que ser sinceros, pero es más importante todavía considerar si en ello duermen límites que hay que mantener bien despiertos. Por ejemplo, yo debo ser sincero tras respetar la voluntad del otro, de querer saber la verdad, y no delante, ponerse uno por delante, un afán ansioso por decir la verdad a toda costa, cuando es posible que ni siquiera los interesados nos lo hayan preguntado. No olvidar que la verdad no es mi verdad, sino que la verdad es poliédrica, que sólo accedemos a una perspectiva de la realidad, como nos enseñó Ortega y Gasset, integrando mi verdad con tu verdad. Y Antonio Machado:
¿Tu verdad? No, la Verdad;
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.
Considera también si una sinceridad que produzca daño –quizás, incluso, me lo produce a mí– no sería, de nuevo, un exceso de sinceridad, que puede llegar a ser innecesaria o contraproducente. En esta línea, consideró el diálogo si es posible que el hecho de ser sincero, te haga más vulnerable ante los demás, sobre todo para aquellas mentes más interesadas y oportunistas. O si mostrarse vulnerable es, en verdad, un inconveniente o bien incluye sabrosos frutos a medio o largo plazo. Desde luego, el nudo gordiano no está en que los demás te puedan etiquetar, al ser tan sincero, sino en que tú mismo te pongas, o asumas, las etiquetas. Y esto es una cuestión del desarrollo personal de cada uno. Aunque, es cierto, también para esto dialogamos en un encuentro filosófico de este tipo: para ser más nosotros mismos y conocernos mejor, con la ayuda del espejo que son los demás.
Por supuesto, un límite ineludible, que lo cambia todo y predispone por completo al interlocutor –favorable o desfavorablemente– se refiere a la forma de presentar lo que decimos o nos disponemos a realizar. Y, por ahí, el grupo de discusión comenzó a pergeñar la idea de una sabia sinceridad. Es posible que alguno de ustedes, que leen esto, puedan llegar pensar que la escucha de estos límites de la sinceridad, en lugar de convertirla en una sinceridad bien entendida, la transmuta en hipocresía o falsedad y que, incluso, pudiera llegar a mezclarse de egoísmo insensible. Por esto, es tan importante la consideración de una sinceridad prudente o sabia, virtuosa, como se dijo durante el encuentro. ¿Cuándo y cómo decir lo que uno piensa? Esto requiere de ciertas virtudes, que han de ser desarrolladas, para poder ejercer una sinceridad madura, buena para uno mismo y buena para los demás: la comprensión abierta de la situación, una capacidad suficiente para sentir con el otro (compasión), el amor o sentimiento de unión con los demás, que son como yo y sienten como yo... También ellos tratan en lo posible de ser sinceros, cada uno con sus dificultades y aciertos. Y no olvidar nunca, y practicarlo, que yo puedo ser sincero al margen de si lo son los demás, que esto depende siempre de mí, y solamente de mí.
En definitiva, la pregunta que uno mismo debe hacerse, para un buen uso de nuestra capacidad sincera en el decir y en el obrar (la autenticidad, que los antiguos griegos llamaban parresía), es la siguiente: ¿qué busco yo al tratar de ser sincero? ¿Qué me mueve...? Es decir, la absoluta necesidad de examinarme yo, si soy capaz de ser sincero conmigo mismo, primero y antes que nada. Pues, de lo contrario: ¿realmente puedo llegar a ser sincero con los demás, si antes yo no lo soy conmigo mismo? Necesitamos una mínima transparencia de nosotros mismos, ser nosotros mismos... Y si soy yo quien dice o hace, la sinceridad la manifiesta mi sola presencia. Y si soy yo, conscientemente, puedo entonces decidir, sin mayor problema, si algo lo digo o no lo digo, si lo hago o no lo hago. No soy, en absoluto, falso o hipócrita. Soy yo. Además de que, si lo soy conscientemente, tendré en cuenta mejor mis circunstancias, las de la verdad que pretendo manifestar. Ortega y Gasset, ipse dixit:
Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella, no me salvo yo.


Publicado en HomoNoSapiens

1 Sobre la sinceridad: Café Filosófico en Vélez-Málaga (11.4), celebrado el 17 de enero de 2020, cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

sábado, 28 de diciembre de 2019

¿Todo es perdonable?



Sobre el perdón
Café Filosófico en Vélez-Málaga 11.3
27 de diciembre de 2019, cafetería Bentomiz, 17:00 horas


¿Qué es perdonar?

¡Extra, extra de Navidad! Nuevo Café filosófico inaudito, a petición de algunos antiguos alumnos, entusiastas participantes.

Como los que forman parte de estos encuentros filosóficos no están para hacer uso de la filosofía, sino a su servicio, quedaron emplazados en uno de los últimos días del año 2019, y así dar salida a su demanda e inquietud filosófica.

Ya que se trataba de un Café filosófico especial, cabían dos preguntas. A los nuevos asistentes: ¿qué buscas? Y a los reincidentes: ¿qué encuentras? A través de sus respuestas se presentaba una buena oportunidad para recordar o intuir, según los casos, de qué iba una reunión como esa. Y de una manera natural fueron saliendo a la palestra algunas de sus claves.

Entre todos, en poco más de media hora, los ingredientes básicos de una posible definición de lo que es el perdón (perdonar o sentirse perdonado) iban emergido, componiendo la esencia de este acto humano, tan humano. Algunos de tales ingredientes se contrastaron con los casos más típicos pero otros emergieron en el transcurso del diálogo filosófico. Y se ha de decir, cuando se puso a prueba esta receta de ingredientes fundamentales – hacia el final del encuentro –, que la mismísima Wikipedia apenas tenía nada valioso que añadir. Ahora mismo os ofrece este relator todo el plato completo, para vuestra degustación: primero de todo, perdonar es sanar, aliviar, reparar un daño u ofensa (que no es lo mismo, aunque no fue el momento de reflexionar sobre ello); implica, también, una renuncia al rencor, a la venganza, al odio; asumir el error, o el cúmulo de errores, lo que quiere decir que la ignorancia está siempre presente en el objeto (mejor, en el sujeto) del perdón; el perdón, asimismo, supone la aceptación de éste (por una o por todas la partes, esto fue debatido por un rato); pero, como decíamos, en el recorrido que siguió la discusión, aparecieron otros importantes ingredientes: primero la generosidad, el estar abiertos al perdón, que no es otra cosa que restituir el amor; y segundo, la comprensión del otro. Esto último dio lugar a una bonita discusión posterior.

Pero solamente os contaré – el resto habréis de imaginarlo por las insinuaciones anteriores – el énfasis que el grupo de trece personas allí asistentes puso en la necesidad de perdonarse a uno mismo, tanto si se trata de una cuestión meramente individual, como si implica a otros, que es lo más habitual en este tema del perdón. Porque mirad: si yo no tengo una buena relación conmigo mismo, difícilmente podré perdonarme en sucesivas ocasiones, ni tampoco me resultará sencillo – a veces es imposible – perdonar a los demás. Y es que hay perdón en función, no tanto de qué sea lo perdonado, más grave o más liviano, sino más bien en función del quién sea quien perdona, que podemos resumir: resultado de la trayectoria vital de cada uno de nosotros. Por lo tanto, en esto habría que poner sumo cuidado, en el desarrollo personal de cada uno de nosotros. Esto te trasmiten los participantes y esto se explaya un poco más a continuación.

¿Todo puede ser perdonado? ¿El perdón posee límites? Como ya en parte se ha anunciado, el componente individual o personal es clave para responder a esta pregunta. Lo que para uno es perdonable, para otro no lo es en absoluto. De todos modos, la generosidad y la comprensión son esenciales de cara a un eventual aprendizaje del perdón, si es que partimos de que es preferible vivir en el perdón, que no vivir sin ello. No digamos ya, convivir. Lo que nos abre hacia una nueva pregunta: ¿todo es compresible? Sí, todo puede llegar a ser comprendido... ¿Esto significa que todo contiene la posibilidad de ser perdonado? Pues sí y no. Aquí el grupo llegó a una crucial distinción: el acto y la persona detrás del acto. Si nos referimos a lo primero: no todo es perdonable, o al menos hay acciones que necesitan de una reparación o justicia suficiente; si nos situamos en lo segundo: toda persona puede llegar a ser comprendida y perdonada. Es decir, que perdonar a la persona no implica que haya que perdonar sin más el acto. Y que no disculpar el acto, signifique que no podamos entender a la persona que ha realizado el acto. Suculentos ejemplos fueron expuestos allí, aquella tarde, pero los hemos dejado para el disfrute privado de los que allí estuvieron. Vosotros podéis tener en cuenta vuestras propias situaciones vitales. ¡Buen día y buen año!