Porque, a ver, Paloma: “EL MUNDO SE ME HACE BOLA”. Analicemos este enunciado: (a) el mundo es sentido como una bola (un todo revuelto, compacto, impenetrable, vomitivo... el mundo, no la bola de la Tierra, o quizás también) y (b) tengo una bola en mi garganta, en mi mente, sería mejor decir. Así que tenemos dos posibles realidades a considerar, de este atragantamiento: el mundo-bola y el yo-bola, que tiene que ver con el modo en que respondo a este mundo-bola que se me atraganta o atraviesa... y yo mismo me hago bola, como algunos insectos.
Ya ves que no tengo reparos en hablar desde el yo... porque, precisamente, ese “yo” es el que siente el mundo como indigesto. Ahora bien, ¿solamente soy ese yo de la personalidad construida, desde pequeños, a partir de lo que me ha pasado y cómo he aprendido a vivir con lo que me ha pasado? ¿O también, somos otra cosa, algo más profundo, un Yo profundo o central, un mar en calma, al que no le pueden afectar las turbulencias de la superficie o la periferia? ¿Se le hace bola el mundo a este Yo profundo, o es al otro, el yo de mi personalidad, con el que me manejo en mi vida diaria? (Con sus deseos y temores, sus heridas, sus vacíos ontológicos, sus sombras, sus hábitos, sus inercias...)
Por otro lado, tú has hablado, y te has quejado, del mundo-bola, referido especialmente al microcosmos de las mujeres, autónomas, artistas y perimenopáusicas de Andalucía... ah, y misofónicas. Pero, como tú misma has dicho, los problemas son más y nos afectan a todos, de un modo u otro... Basta mirar a nuestro alrededor, en lo local y en lo global, escuchar las noticias... para echarse uno a llorar, esconder la cabeza como el avestruz, o bien cortarles, precisamente, la cabeza a los trump, putin, netanyahu o elon musk... Entonces, ¿dónde está, de verdad, el nudo gordiano de hoy, que hemos de tratar de deshacer, en el mundo o en mi garganta? Vamos a mirarlo... juntos.
Nos sentimos muchas veces como el titán Atlas, condenado a soportar la bóveda celeste sobre sus hombros. (Donde dice “bóveda celeste”, poned responsabilidades, deberes, obligaciones, cargas y todos los “yo debería”...). ¿O más bien nos sentimos como Sísifo, el fundador de Corinto? Éste fue condenado (qué crueles eran aquellos dioses... o, quizá, ¿no son como nosotros?), a subir una enorme piedra por la ladera de un monte y a dejarla caer para volver a subirla, eternamente. ¿Somos como Atlas o somos como Sísifo? ¿O somos los dos juntos? ¡Cuánto nos enseñan los mitos sobre nosotros mismos, sobre la tragedia humana del sinsentido (último) de la existencia!
No es de extrañar que Albert Camus nos presentara su filosofía del absurdo, precisamente, a través de un ensayo corto titulado El mito de Sísifo. Pero, dice él, que tomado el absurdo como punto de partida y no como conclusión. Como Alfa y no como Omega. Y cita, antes de empezar, a Píndaro, el poeta lírico: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible.” Ya, con esto, tendríamos buena parte de una clave para afrontar este nudo gordiano del mundo que se me atraganta.
A continuación, comienza su ensayo con estas palabras: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Para deprimirse, ¿no? O eso parece... (de hecho, el suicidio es la principal causa de muerte no natural, y lo más escalofriante, también entre niños y adolescentes). Pero, el existencialismo de Camus va más allá de esto: “Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebeldía, mi libertad y mi pasión”. Desde la aceptación del absurdo de la existencia humana, añade: “El cuerpo, la ternura, la creación, la acción, la nobleza humana recuperarán su lugar en este mundo insensato. El hombre volverá a encontrar en él finalmente el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia con que se nutra su grandeza”. Y para finalizar nos dice: “Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir”. Y esto es, ni más ni menos: ¡ahora se trata de vivir!
Quizás, la clave de este nudo gordiano esté en el lugar de mí, desde el que trato de vivir lo mejor posible. ¿Cuáles son mis respuestas habituales a los problemas de este mundo que se me hace bola? ¿Cómo deshacer mi bola... mi ovillo, mi piedra en el zapato, descansar de mi piedra de Sísifo, poder hacerla transitable? ¿Solamente puedo huir, aislarme, entretenerme, descargame de mí, dominando o maltratando a otros seres humanos? ¿Sólo puedo querer tener más? ¿No puedo tratar de ser más yo mismo, desarrollar todo mi ser? Entonces, ¿cómo conectar, re-conectarnos con ese lugar profundo de nosotros, donde no hay sufrimiento, sino felicidad y energía, alegría y belleza, claridad y amor, a pesar de las circunstancias? ¿O no podemos hacer nada? ¿No dependen algunas cosas que nos pasan de nosotros mismos? El arte de vivir, para Epicteto, el estoico liberto romano, tiene mucho que ver con el aprendizaje de lo que depende y lo que no depende de mí y... poned mucha atención: nuestra respuesta a lo que nos pasa... ¡eso sí que siempre depende de nosotros!
Podrás descubrir ese Yo más profundo, si te miras cuando estás creando, cuando estás respirando y te detienes en la pausa al respirar (después de cada inhalación o de cada exhalación); si te miras a ti y no a tus atributos (las atribuciones que tú te has dado o las que otros te han dado: “yo soy esto o soy aquello, yo así o soy asao”); “Si tú te miras, ¿qué queda?”, nos pide, que nos detengamos a mirar, María Zambrano, en un conocido poema suyo*; habitualmente, nos fijamos en lo que hacemos, en lo que decimos, en lo que sentimos, pero pongamos toda la atención en ese yo más profundo, en el sujeto y no el objeto: “yo, que veo”, “yo, que pienso”, “yo, que sufro”, “yo, que estoy viendo esta película”, “yo, que estoy leyendo ahora mismo este texto”, “tú, que lo estás escuchando”.
Vamos a practicarlo... y es posible que, desde ese lugar de nosotros, el mundo no se nos haga tanta bola... Quizás, si la dejamos salir, se nos pueda dibujar en el rostro una suave sonrisa interior, como a la Mona Lisa. Vale, que dice Cervantes al acabar su Quijote, pues ahora es vuestro turno.

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