Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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jueves, 16 de julio de 2026

Sobre la duda 2/6


Nueva serie epistolar... SOBRE LA DUDA (o las dudas, que se alimentan de la duda humana básica). Y descubriremos el valor de la antigua (y originaria) actitud escéptica. Síguenos en estos ENCUENTROS DE FUENTE HONDERA, con José Luis Campos Duaso... en la forma de CARTAS SOBRE LA CEGUERA y la lucidez que necesitamos hoy:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/


Sobre la duda 2/6

Querido amigo, celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo, espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.

Porque no seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra en medio del camino.

Es decir, que no dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta (y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos). Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio (dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante, como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.

Los obstáculos para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y despiert, nos exige aprender a dudar, poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.

Pero, ¿qué es dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas, mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en qué se convertirá millones y millones de años después de su nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso? Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de cualquier galaxia.

Sin embargo, sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática, tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes, padre del pensamiento moderno.

René Descartes vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial, esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación: todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.

Realmente, vivir más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia, tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.

miércoles, 24 de junio de 2026

Sobre la libertad 8/8

 


¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destruccción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recodaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Serie completa de cartas, Sobre la libertad:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/search/label/Sobre%20la%20libertad

viernes, 15 de mayo de 2026

Sobre la libertad 4/8

 


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?

Para poder leer la serie completa de cartas, AQUÍ



jueves, 16 de abril de 2026

Serie epistolar completa Sobre la tecnología y sus riesgos


Queridos amigos y amigas, enlazo la serie completa sobre a tecnología, y copio la última entrega. Espero que sea de utilidad... En general, se trata de series de cartas (sobre el sufrimiento, la educación, la democracia, la libertad...) entre José Luis Campos y yo mismo, que abordan diferentes cuestiones que nos atañen como seres humanos y ciudadanos del siglo XXI, cartas sobre la ceguera, podíamos decir, y tratar de poner juntos algo de luz...


Sobre la tecnología 8/8

Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...






jueves, 5 de febrero de 2026

Sobre la tecnología (nueva serie epistolar)


 Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Para seguir la discusión y poder participar:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2026/02/sobre-la-tecnologia-28.html