Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

viernes, 24 de agosto de 2012

Sobre la educación


Café filosófico Castro 3.2

Biblioteca Municipal de Castro del Río, 15 de marzo de 2012, a las 19:00 horas.



¿Para qué educar?

Había aquel día padres y madres, y educadores que eran a la vez padres y madres. No es de extrañar que apareciera con ímpetu el tema de la educación. ¿Quién es capaz de no advertir hoy la preocupación que existe por educar? Si nos preocupa es que nos interesa, si nos interesa es que tenemos necesidad de ello, si es necesario es que carecemos de ello, si carecemos de ello es nos hace falta. No nos irá tan bien, si volvemos una y otra sobre cómo educar y qué educar. Se discute mucho de fútbol, pero también preocupa cómo nos va la vida, y con ello la vida más joven a la que llaman juventud. Será que nos preocupa nuestro futuro. No miraremos tanto, entonces, el aquí y ahora insignificante como parece a veces. Preguntar cómo vamos termina por indagar casi siempre cómo nos educamos para construir un mundo mejor. Y nuestra reunión de filósofos, puesto que buscan saber, no es ajena al mundo en que vivimos ni mucho menos.

No sabremos nunca si el tema elegido tuvo que ver con la predisposición que ayudó a crear el ejercicio filosófico previo con que el moderador quiso aquel día comenzar: “yo soy…, y el momento feliz más reciente que he vivido ha sido…”. Reparad en que se pedía el último momento, ya que nadie, que sepamos, es feliz de un modo simple durante mucho tiempo seguido. Sea como fuere, recopilar el último momento feliz ha de disponer algo el espíritu para mirar al futuro con algo más de optimismo, algo que es inseparable, puede ser, del hecho de educar. O bien, acaso ¿podemos separar la naturaleza del educar mismo de la pretensión alcanzar algún objetivo, de la esperanza de avanzar? ¿No sería una contradicción en los términos o, como mínimo, un serio contratiempo educar sin confianza en educar?

Estos momentos felices que te brindan los participantes de aquél café filosófico son para ti y para que los recuerdes ilustrados con tus propios momentos fugaces de felicidad, que también los has tenido; y que sepas que es posible tenerlos, por si alguna vez lo olvidas porque estés más abatido. Así, momentos de amistad que se reviven y actualizan a través de un reencuentro con alguien que hacía tiempo que no veíamos; viendo un partido de fútbol toda la familia junta, mira qué sencillo; vino tu nieto, tu hijo, tu padre, tu abuelo, tu persona familiar, y ese día ya no fue como otro día; y siguiendo con la familia: es un momento insustituible cuando todos tienen salud y están en compañía unos con otros, en torno a una chimenea, por ejemplo, alrededor de una conversación; por ejemplo, mi mujer se encontraba un poco mejor ese día, tenía algunos pocos menos dolores en el cuerpo; había sido papá y lo había notado muchas veces, pero llegué del trabajo y noté que era papá. Y el resto de participantes que llegaron algo más tarde y no pudieron añadir a nuestra lista, a la que tú puedes sumar los tuyos propios, momentos pasados que te alivien el presente cuando creas que pesa demasiado y que no levantarás cabeza.

Con el objeto de que podáis seguir mejor el hilo de lo que allí pasó, os servirá, eso espero, este simple esquema: la indagación se encaramaba a cada paso a lomos del vaivén que oscilaba entre qué es educar y para qué educar, pasando por el cómo educar bien, que contenga un equilibrio sin el que hoy día no sería posible educar a satisfacción de la mayoría de nosotros que vivimos en la época en que vivimos; sobre todo el grupo como grupo insistía, a través de las discrepancias, en la importancia de evitar el peligro de caer en los dogmas del educador, o bien, en el otro extremo que conduzca a la desorientación del educando; un equilibrio dificultoso, pero necesario. Y, aunque ya un café filosófico de la temporada pasada, en otro escenario y partiendo de otra perspectiva, llegó a una similar conclusión, podréis comprobar cómo en este caso nuestra reunión de hoy nos servirá para caminar un poco más lejos. Nunca en la vida existen dos ocasiones iguales, ni, por tanto, dos cafés filosóficos iguales aunque se trate la misma cuestión. Basta que sean personas diferentes, basta que sean momentos distintos, aún con las mismas personas.

-Educar es inculcar en el educando un determinado orden social –dijo la tesis.
-También puede la educación ofrecer alternativas, valores alternativos –contestó la antítesis.
-Pero, ¿de dónde lo sacas?
-Del mundo que te ha tocado vivir.
-Entonces…

La tesis parecía salir más airosa. El contexto, el orden social -sabemos bien-, marca mucho, pues, como mínimo, es de donde extraes contenidos que luego trasmites a tu hijo, a tu alumno. Recordaron los participantes, entre varios de ellos, la novela de moda no hace tanto, primera de la serie Milenium -ya sabes-, que mostraba algunos hombres que no amaban mucho a las mujeres. Se referían a los personajes del padre y de su hijo, de tal palo tal astilla. Pero un educador y padre, que asistía aquella tarde por primera vez a nuestra reunión fue capaz con precisión de cirujano de definir, contraponiéndolo, aquello que está inscrito en la manera de entender a la educación a lo largo de nuestra tradición desde antiguo: “educar consiste en desarrollar las potencialidades del educando”, echando de paso un capote a la antítesis. Pero, se contraataca, ¿esto es siempre bueno? ¿Y si hay potencialidades, que desarrolladas, pueden ser dañinas? El libre albedrío, en el caso de un niño, ¿es siempre bueno para él? Pongamos, así pues, a la libertad, el que la persona acceda a ser ella misma, solamente como un objetivo. ¡Resuelta la perplejidad! Porque esto no significa que no sea necesario esforzarse ni ejercitarse; habrá también que corregir y corregirse uno tantas veces como haga falta. Ha quedado, por consiguiente, bastante claro que la tarea de educar no es separable de los objetivos que han de ser trazados. Por tanto, qué es educar no se puede desprender fácilmente de para qué educar. Ni esto es indiferente de los medios que hayan de emplearse para ello.

¿Cómo educar bien? ¿Cómo podremos impedir manipular al educar? -Ofreciendo una suficiente diversidad de fuentes. -Sí, yo le educo para que sea libre, pero el mundo que nos rodea muchas veces está atrapado por el “pensamiento único” (dominante) que impone, por ejemplo, el ideal vital del consumo a ultranza como forma de realización humana. Pero –se replica-, ¿es tan dominante dicho pensamiento? No todos estamos imbuidos de igual manera en el consumismo voraz e inconsciente. Es posible mostrar otras vías, otros estilos de vida, aunque, puede ser que sea cierto que, siempre, trasmitimos un estilo de vida, algo del estilo de vida que está en la parrilla de salida de aquél que educa. Esto es irremediable. Entonces, ¿cuándo se adoctrina? ¿Cuándo se manipula lisa y llanamente? Educar es siempre moverse en este singular filo de la navaja: trasmites para educar y educas trasmitiendo. Analicemos un ejemplo cotidiano de muchos hogares actuales: “qué zapatillas comprarte”. Que sean de marca o que sean unas zapatillas que te sirvan. Dilema simple que, desde el principio, está decantado pues muchos padres tenderán considerar lo segundo y muchos chicos y chicas sólo contemplarán lo primero. Tú le informas, tú le explicas, tú tratas de abrirle los ojos, pero,  ¿qué pasa si, a pesar de todo, el joven prefiere las zapatillas de marca? Para esta escena tan cotidiana el mencionado participante en el café filosófico, educador y padre, apunta una idea bien recibida por el resto: no funciona en todos los casos demostrar que no merecen la pena unas zapatillas de marca, más caras, igual de útiles, sino que más bien es preferible proceder mostrándoselo. Con paciencia, poco a poco. Constantemente, manteniendo el pulso que sea necesario, educando, sin dejarse llevar en exceso ni dejando que otros eduquen por ti.

Ahora bien, en el pulso educativo, ¿qué fuerzas intervienen? ¿Qué fuerzas concitan el fracaso, la desviación del educando o el distanciamiento mutuo en el acto educativo? ¿Cuáles fuerzas lo malogran y cuáles lo dignifican? Dicen: los impulsos, los instintos, toda aquella fuerza interna del propio educando, resiste mucho; poner unos límites es bueno a la larga para el propio educando. (Podría decirse a veces que su propia naturaleza desenfrenada exige dicho límite externo por parte del que educa, que incluya algún no de vez en cuando). Así, quizás obtendríamos una personalidad más libre, con más autonomía, con más autocontrol. Defienden, por tanto, los integrantes de la discusión, un pulso amistoso y no violento; no reprimir, sino orientar. Y luego, están las fuerzas externas al propio educando: el educador puede volverse intransigente en su visión de la educación, inclusive de una educación libre. (Igual que la razón puede convertirse en dogma y dejar de ser razonable). Alternativa constructiva: tratar de estar abierto, de estar a la espera para no caer en un extremo inasumible por sus consecuencias deseducativas o contraeducativas.

Sin olvidar que otra de esas fuerzas exteriores al educando es, como se ha dicho más atrás, la “realidad existente”, que no es una redundancia decirlo así, pues la realidad es tozuda y no puede obviarse, pues no depende tanto de nosotros como pueda depender una realidad imaginada o fantástica. Si te sirve que hablemos de las “circunstancias”, a las que se refería Ortega y Gasset en su famosa frase, pues eso mismo, nos referimos a la realidad de nuestras circunstancias. Hay circunstancias sociales y también naturales que ponen límites a lo que puede hacerse y a lo que se puede ser. Ya sabéis lo que se puede decir de alguien que no asume el principio de realidad. Ya sabéis lo que Sigmund Freud venía a decir de dicho principio. Y llevado al ambiente doméstico de la educación diaria de nuestros menores de edad (que no tienen que ser pequeños de edad): es importante que sepamos decir “no puede ser”, “no podemos”, “lo siento, pero no posible”; que la realidad se impone. Por eso, muchos piensan que es un poco más difícil educar en tiempos de abundancia, donde aparentemente tenemos de todo y no ha costado aparentemente trabajo tenerlo.

¿Y qué podemos hacer con el hecho de que hoy día proliferen y convivan juntas tantas maneras de entender la educación sobre las no hay consenso? En muchas ocasiones, inclusive, son contradictorios los modelos educativos que conviven y que se les presentan a nuestros jóvenes (en la escuela, en cada medio de comunicación, en cada familia…) ¿Es esto una ventaja o es un inconveniente? Tiene ventajas y tiene inconvenientes. Y, ante tal situación, ¿cuál puede ser la función de la educación? Ayudar a elegir, ayudar a discriminar entre tanta información, ayudar, ayudar, orientar, orientar. Ni sólo un camino vale, ni todo vale.

2 comentarios:

  1. El último párrafo es fundamental para entender el tema, enhorabuena por ese café filosófico, espero vernos y comentar mejor todo esto. Un abrazo.

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  2. También me gusta la idea de no olvidarnos de aplicar el principio de realidad: "niño, no puede ser". La crisis lo va a poner más fácil, en ese sentido: habrá cosas que sencillamente no se podrá.
    Pues sí, nos veremos pronto. Este año tenga ya ganas de empezar. Recojo tu abrazo y lo multiplico por dos.

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