Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 14 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO (1/5)

“Aquí lo ha hecho todo el "pueblo", y lo que el "pueblo" no ha podido hacer se ha quedado sin hacer” (Ortega y Gasset).

1 - La voluntad general


Pasaron los tiempos del gobierno sin el pueblo. Incluso un tirano de cualquier parte del mundo que se precie de tal ha de presentar al menos un recuento mayoritario de votos a su favor. Y está pasando el tiempo del gobierno con el pueblo, mera comparsa que legitime legal y públicamente mi cuota de poder cuando ha llegado mi turno de gobernar. Un medio de satisfacer mis propios intereses y los intereses de aquellos de los que ha dependido mi ascenso triunfal al poder. Sin embargo, yo no tengo ningún derecho a gobernar. El gobierno siempre es del pueblo y por el pueblo. Y como no puede ocuparse de todo, delega algunas funciones transitoria y provisionalmente en los que encuentre más capacitados para plasmar su voz. El poder ejercido socialmente no puede no ser más que siempre un medio. Otra cosa es la potencia de ser de cada uno, que ha de desplegar y desarrollar para ser el que se es. Es un medio porque la democracia, bien entendida y bien ejercida, la hemos buscado históricamente para el desarrollo de la potencia de ser de un pueblo, ya sea local o mundial, que es una y la misma en todas partes, aunque pueda mostrarse de distinta manera en cada sitio y en cada oportunidad. Por consiguiente, nunca se puede instrumentalizar, sino que toda herramienta político-social que vayamos a poner en acción ha de estar a su servicio. De ahí que la voluntad general del pueblo sea inalienable y sea algo incondicionado (ya lo descubrió Rousseau). Nadie es más que nadie, ni nadie puede ser la voz del pueblo. Nunca. Porque la voluntad de ser del pueblo es de todos y de nadie en particular. Y menos aún cuando una voluntad particular  es capaz de volverse contra la voluntad general. Porque nunca puede estar hipotecada, sino de manera que siempre quede libre para expresarse. Nadie puede expresarla. Continuamente está por expresar y nunca permanece ya expresada del todo completamente. Y como la voluntad del pueblo jamás está plasmada de un modo perfecto, sólo existe una manera de saber si una acción del gobierno —siempre delegado— va por buen camino: preguntándole al pueblo, contando siempre con él. Sin embargo, un pueblo concreto —reunión de ciudadanos que son personas— no es tampoco la voluntad general del pueblo, aunque sí puede ser una expresión actual de ella. La voluntad de un pueblo concreto es falible, pero toma decisiones propias. No es autónoma completamente, pero puede llegar a ser mayor de edad. Con sus altibajos, va conociéndose a sí misma y rectificándose y centrándose. Poco a poco aprende a ser pueblo y a hacer un uso público de la razón (Kant). La razón nunca se posee de un modo absoluto, pero podemos defender lo que es razonable en cada momento oportuno, en el kairós de la vida humana. Y sin esta ficción, está mínima utopía, ¿cómo podremos parar tanta injuria, tanta corrupción, tanta servidumbre, tanta hipocresía, tanta desgracia política que luego se sufre social y personalmente? El pueblo está cansado, en todos los sitios, pero no va a desfallecer. Y jamás tiene que dejar de estar alerta. Todos sus sensores funcionando para ser él mismo. Puesto que muchos intereses particulares no dejarán de ver el espacio público como un buen pastel o una buena merienda…

5 comentarios:

  1. “Pasaron los tiempos del gobierno sin el pueblo”. ¿De dónde extraes este optimismo? La mayoría de los Estados actuales gobiernan sin el pueblo. No creo que ese recuento mayoritario de votos a favor signifique nada (Obiang “ganó” las últimas elecciones con el 99% de los votos, pero creo que convendrás conmigo en que gobierna sin el pueblo).

    Tu expresión de gobierno “con” el pueblo me parece un ataque excesivamente desmedido contra la democracia representativa, que es la única posible en los tiempos actuales.

    “El gobierno es siempre del pueblo y por el pueblo”. ¿Siempre? La democracia como realidad práctica tiene una antigüedad muy limitada. A no ser que identifiques “pueblo” con los ciudadanos atenienses (no esclavos, no mujeres, no metecos) o con los ciudadanos ginebrinos de tiempos de Rousseau o con los ricos varones hacendados ingleses de mediados del XIX. El sufragio universal (incluyendo a las mujeres) tiene menos de un siglo. Por lo tanto, eso de que el gobierno es siempre del pueblo y por el pueblo sólo es correcto si por “siempre” entendemos desde 1930 en adelante.

    Esa “potencia de ser” del pueblo me parece un concepto un tanto oscuro. Pongamos el pueblo español: ¿su ser ya estaba definido en potencia en tiempo de los Reyes Católicos, o del Califato, o de Recesvinto? La propia expresión de “pueblo” me resulta inquietante, por atemporal. No digamos ya su “voluntad”, como si el pueblo fuese una especie de organismo. ¿Una voluntad que se conoce a sí misma, se rectifica, se centra? Creo que el pueblo no es ninguna entidad atemporal y abstracta, sino lo que la constitución señala: por ejemplo, los españoles mayores de 18 años, que son los que tienen capacidad de votar. Creo que su “voluntad” no es otra cosa que los resultados leídos con voz monótona por el Ministro del Interior la noche electoral.

    Pienso que hemos de tener mucho cuidado cuando hablamos de entidades abstractas como si fueran parientes nuestros.

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  2. 1) No se trata de ningún optimismo acerca de lo que hay. Efectivamente, se gobierna a menudo sin el pueblo. Y ahí está el problema. Que vivimos una política de las apariencias, en todos sitios. Así, en el texto se parte de una situación social e histórica desesperante, la actual, en la que la política, tal como se lleva a cabo, se está mostrando como uno de los problemas más acuciantes que tenemos -si no que el más, puesto que de él depende la solución de otros-. Pero es cierto también que hay consciencia, incluso entre los dictadores, de que para legitimarse (en apariencia, falsamente, aunque sea) se ha de justificar el poder con votos. Es decir, tener que justificar mi poder con votos se ha convertido, de hecho históricamente, en algo así como un axioma fingido para gobernar. Por supuesto al tirano le importan un pimiento –y mucho menos- los votos, sólo los utiliza (manipulados, comprados, creando miedo…) para justificarse dentro y fuera, con apariencia de democracia. Puede también que muchos políticos de la transición española y posteriores se presentaran como demócratas, comprendiendo que a la altura de los tiempos no se podía tener el poder de otro modo (los medios para lograrlo y mantenerlo se han vuelto, por ello en democracia, más sutiles…). Por ahí va la idea: ahora parece que al menos hay que guardar las apariencias (democráticas), pero el que haya que guardarlas ya significa algo, que tiene fuerza, aunque, claro, el poder de los votos del pueblo ha de ser real…
    2) Es la democracia que hay, pero eso no significa que no puedan ser factibles otras formas (el “es” no legitima el “debe” (Hume), que, como sabes, es una falacia). Democracia más activa por parte de la ciudadanía, más participativa, más directa siempre que se pueda, más alerta con la acción política, mejores reglas del juego… Nada puede ser perfecto nunca del todo, pero todo es perfectible. La democracia representativa actual “necesita” ser mejorada poco a poco. Así se está viendo históricamente poco a poco.
    3) “Siempre” no tiene un sentido temporal o cronológico, sino ético-ontológico. Así, quizás, deba ser para ser un gobierno auténtico. “Siempre” significa aquí “es necesario”, “deber ser así”. Pues se está haciendo una propuesta a partir de lo que tenemos, que funciona mal…
    4) La noción de “potencia de ser” está inspirada en la idea de “conatus” spinoziana, aplicada a un grupo social, no ya un organismo individual. Y lo mismo que la noción de “voluntad general”, son dos ideas regulativas. Para saber al menos hacia dónde caminar, no erremos demasiado la orientación y podamos evaluar lo que nos está pasando en política y cuán desviados podríamos ir, quizás. Es una ficción, que si es útil como instrumento de evaluación, tiene valor… y si no, a la hoguera con ella.
    5) Tienes razón, hay que guardarse muy mucho de este tipo de caídas esencialistas o sustancialistas, que siempre han sido, y siempre pueden ser, peligrosas. Me remito por eso a la respuesta anterior.
    Gracias por las críticas. Sigue así, por favor.

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  3. 1.- Pueblo. Está claro que he debido de echarme a perder con tantas lecturas de autores anglosajones. Sigo viendo que no ganamos mucho apelando a conceptos abstractos (“el pueblo”, “la voluntad general”) cuando nos referimos a aquello que puede ser visto como una simple suma de entes individuales. ¿Sabes? Cuando oigo hablar de “pueblo” no puedo dejar de pensar en la terrible expresión “enemigos del pueblo” que utilizaban los bolcheviques para triturar a todo aquel que no accedía a sus pretensiones. También, por ejemplo, pienso en el “Volkgeist” hegeliano, que tanto juego dio más tarde al militarismo prusiano y más allá.
    Igual que los “derechos humanos”, al positivarse en las constituciones, dieron lugar a los mucho más manejables y nada metafísicos “derechos fundamentales”, creo que el concepto de “pueblo” resulta mucho más fácil de tratar (y pierde ese carácter siniestro asociado a las versiones referidas en el párrafo anterior) cuando lo identificamos con el cuerpo electoral de un determinado Estado. El pueblo es el conjunto de ciudadanos con derecho a voto, es decir, aquellos que están en disposición de ser sujetos al mismo tiempo que objetos de las decisiones colectivas obligatorias, o sea, de las decisiones políticas.

    2.- Creo que tampoco “democracia” es ninguna esencia, ni siquiera en su versión edulcorada de “idea regulativa”. La democracia es fruto de una serie de contingencias que, por fortuna para los que escribimos ahora sobre ella, se han dado en un lugar y un tiempo determinados. Nació en una Europa hastiada de las luchas de religión, asociada a otros ingredientes (auge de la ciencia, del capitalismo, de las burocracias de los Estados nacionales…) que Weber trató de captar en su unidad, pero que podrían no haberse presentado juntos nunca. De no haber sucedido así, seguramente no podríamos hablar ahora de “pueblo”, ni de “voluntad general”, ni de “democracia”, sino que seguiríamos pastoreando nuestros miedos entre hordas, tribus y Jefaturas. No creo, por tanto, que la Democracia sea una necesidad ético-ontológica, sino algo prodigioso que ha sucedido (y podría no haber sucedido) y que tenemos que cuidar. Me gustaría explorar la idea de Marcel Gauchet del cristianismo como “religión para salir de las religiones”. Tal vez ahí resida la causa última de esta bendita contingencia que, por ejemplo, no se dio entre los aztecas o entre los pigmeos.

    3.- ¿Qué decir de la “voluntad general”? En mi opinión o es una suma de votos o no es nada. Si es otra cosa, cualquiera puede ser su portavoz. Franco mismo se consideraba portavoz del clamor de España por salir de la anarquía republicana. Luis XIV creía hablar en nombre de Francia. La voluntad general me suena a excusa, a disfraz. Cualquiera con poder puede declararse su intérprete, como los sacerdotes interpretan la voluntad de un Dios que sólo ellos ven.

    En fin, tal vez deba volver a leer filosofía teutona.

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  4. 1) No hay problema en definir “pueblo” como “conjunto de ciudadanos con derecho a voto” o “cuerpo electoral de un determinado Estado”. Ahora bien, el voto o la suma de votos tampoco puede convertirse en algo sagrado. También podemos entender la voluntad general como “soberanía popular”, más concreto y material, y los derechos humanos como “derechos fundamentales”. Y aún así puede dar lugar a abusos de poder, creyendo que cualquier plasmación particular de algo de ellos ya es “todo ello”. Creo que la cuestión clave, decisiva para prevenir atrocidades políticas como las que se han dado históricamente, es que nadie, nadie, tiene ningún derecho para defender que representa ya el pueblo o la soberanía popular, ni un tirano (envuelto en los ropajes que se quiera, sea originariamente de izquierdas o derechas), ni un resultado electoral determinado. Lo que queremos como comunidad (llámesele como se quiera) hemos de irlo descubriendo gradualmente, actualizando nuestras propias potencialidades, en un proceso abierto e inacabado. Pero en el que hay que esforzase colectivamente para que esté bien orientado, y para eso, hemos de tener claro un mínimo común inalienable, sobre el que hemos de ponernos de acuerdo, un acuerdo siempre revisable, por supuesto. A ese mínimo lo podemos llamar, o será en cada caso, “constitución”, “derechos humanos universales” o “libertad, igualdad y solidaridad”. Si no, cómo medir cuando un resultado electoral ya no legitima determinadas acciones o decisiones, o bien un poder por muy legítimo y legal que sea inicialmente ya no posee legitimidad política, pues ya no es aceptable éticamente (un mínimo ético básico también, en coherencia con lo que hemos dicho revisable siempre, claro). Y así, al menos, sabemos lo que no queremos…
    2) La “democracia” no es una idea regulativa, es un conjunto de procedimientos políticos para permitir una mínima convivencia social e individual satisfactoria, una manera, descubierta históricamente y mejorable siempre, de resolver conflictos con el mínimo coste humano. (No sé si te gusta esta definición, pero es más o menos de lo que parto). Entonces, dichos procedimientos son los que deben irse afinando y perfeccionando; y cómo lo hacemos, pues orientando bien nuestras aportaciones o modificaciones. Y para eso es para que necesitamos unos mínimos ético-políticos más o menos estables, que funcionarían a la manera de una idea regulativa: no se alcanza del todo nunca pero podemos ir avanzando de modo que nuestro avance esté bien orientado y, repito, negativamente, tengamos una idea aproximada de lo que no buscamos, de lo que no estamos dispuestos a ceder, caer…, como voluntad general, pueblo o soberanía popular (con sus decisiones contingentes, pero en lo posible bien incardinadas)
    3) Si la suma de votos en lo único que hay, ya hemos comentado, lo dos, cómo se usan a menudo los votos, para justificar el poder de otro modo, con apariencia democrática. Los procedimientos son clave, así que esto es lo que hay que vigilar escrupulosamente. De la misma manera que el resultado de una encuesta estadística hay que valorarlo también a partir de cómo hay sido hecha la encuesta: recogida de datos, muestra representativa, formulación de las cuestiones, autonomía del encuestado…

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  5. Y quisiera añadir una última cuestión general (no cabía en el anterior post): la misma crítica que se hace a la noción de “pueblo” podría también hacérseme, si alguna vez parece que hablo en nombre del pueblo. En este caso, me aplico de modo coherente la advertencia que se ha expuesto más arriba (“nadie puede hablar en nombre del pueblo”, que no es nada por sí mismo, ni tampoco puede expresarse definitivamente, sino una idea que se va actualizando entre todos). Si me atrevo a hablar en esos términos, es porque casi siempre, las ideas, los deseos, los desesperos y los argumentos no son míos, sino que es lo que cualquiera puede oír en la calle, están en cualquier corrillo de gente normal, en el movimiento 15M…, y se expresa como lo que hace falta, o que si la soberanía es del pueblo, que éste sea que el hable y se manifieste (es la misma perspectiva que adopté en algunos momentos de este artículo: http://palestradefilosofia.blogspot.com.es/2010/12/salud-ciudadana.html) Lo que he pretendido hacer con este articulillo que escribí en dos ratos del mismo día, es articular todo eso un poco, que no deja de ser una visión subjetiva de lo que se dice que se necesita. Y, por supuesto, para tener alguna validez objetiva, debería contrastarse intersubjetivamente a través de algún procedimiento democrático. Por ello, si alguna vez decido publicarlo, tendré que tener muy presentes todas estas advertencias que estamos discutiendo para que no se me mal interprete. Gracias, de nuevo. (Y sí, parece que te has vuelto un poco pragmático, lo que no deja de ser una perspectiva totalmente necesaria, aunque no suficiente)

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