Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

martes, 2 de diciembre de 2014

Sobre el miedo (2)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.2
21 de noviembre de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


Tetrapharmakon
Acostúmbrate a pensar que la muerte para nosotros no es nada, porque todo el bien y todo el mal residen en las sensaciones, y precisamente la muerte consiste en estar privado de sensación. Por tanto, la recta convicción de que la muerte no es nada para nosotros nos hace agradable la mortalidad de la vida; no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque nos priva de un afán desmesurado de inmortalidad. Nada hay que cause temor en la vida para quien está convencido de que el no vivir no guarda tampoco nada temible. Es estúpido quien confiese temer la muerte no por el dolor que pueda causarle en el momento en que se presente, sino porque, pensando en ella, siente dolor: porque aquello cuya presencia no nos perturba, no es sensato que nos angustie durante su espera.

EPICURO, Carta a Meneceo


¿Por qué no hay que temer al miedo?

            Dejó escrito Michel de Montaigne —siguiendo a Horacio— que filosofar es “aprender a morir”. Esto nos ayuda a aprender a vivir mejor, pues la práctica consciente de la muerte nos capacita para apreciar la vida que somos y a no vivir temerosos de algo que no es mientras vivimos. No significa en absoluto rehuir la muerte, convirtiéndola en un tema cuasi tabú de nuestra época, como a menudo sucede. En efecto, no se trata de vivir como si no fuésemos a morir nunca, sino aceptar que la muerte forma parte de la vida —esto descubrimos juntos en un café filosófico anterior—. El “arte de morir” podemos practicarlo a diario, si morimos muchas veces antes de morirnos: ayudar a que muera nuestro ego, siempre que la ocasión lo ofrezca, poniéndonos en riesgo, estando dispuestos a perderlo todo en cada momento, estando yo preparado para dejar de ser yo y aceptar ser otra cosa, teniendo la valentía de ponerme en cuestión y poner en cuestión el mundo que yo he ido creando, todo mi mundo. Esto es filosofar. Precisamente, a lo que habíamos venido. En esta ocasión para no tener miedo al miedo.

          Pero la cosa no dio el primer paso por ahí, aquella tarde del segundo café filosófico de la temporada. El propiciador de estos encuentros agradeció la afluencia de personas y recordó que en la fecha anterior se había conmemorado el día destinado por la UNESCO a dar visibilidad a la Filosofía (el tercer jueves de cada mes de noviembre). Particularmente, en los IES Juan de la Cierva y Reyes Católicos se había realizado una lectura filosófica —junto con otras actividades— de la conocida Carta a Meneceo de Epicuro. ¡Ya se verá más abajo qué curiosa coincidencia! Se da también la feliz coincidencia de la conjunción este año de la efeméride filosófica con la celebración del día de los Derechos del Niño. ¡Y no acaban ahí las coincidencias! Pues no es nada descabellado que se reconozcan entre sí la infancia y la filosofía. No hay nada más filosófico que la pregunta, ni nada más infantil que un porqué a cada esquina de la vida. Y si ha de haber alguna diferencia, podría estar en que la pregunta filosófica se vuelve consciente de sí misma, no sabemos si perdiendo algo de su espontánea frescura. Una búsqueda consciente, sobremanera cuando la efectuamos conjunta y públicamente. Tales fueron los primeros pasos de aquella tarde filosófica.
        
           ¿Cómo veo yo a los demás? Una oferta de autoconocimiento que suscitó algunas respuestas entre los asistentes. “Los demás” pueden ser un poderoso espejo en el que reflejar la propia imagen, si quiero conocerme un poco más. Como yo veo a los demás tiene mucho decir sobre como me veo yo a mí mismo. Vamos a mirarlo. Anotar debemos que los más jóvenes parecían percibir a los demás más bien como una amenaza (cosas de la edad…). Comenzamos, pues, con las respuestas: los demás pueden ser personas como yo; una oportunidad para fijar mejor mi libertad; una diversidad que voy comprendiendo mejor; podemos vernos en ellos; a veces nos los figuramos como una amenaza, con interés al principio y aprensión después; o puede que como algo ajeno a mí, que no me interesa; los veo simples y necios, enemigos a veces; un mundo lleno de traiciones; o puedo percibirlos desde una vaga idea de confianza inicial; a veces se muestran críticos, otras veces iguales a mí; la imagen que me viene a la mente cuando pienso en los demás es la de una bola del mundo con sus antenas permanentemente emitiendo; puedes temer su reacción, sentirte inseguro, pueden parecerte un enigma siempre por descifrar; los demás son aquello que te dicen, a menudo una selva o una maraña y tú liado en ella.

           Muchos fueron los postulantes, uno el elegido. “Lo que somos”, “la importancia de la filosofía”, “el miedo”, “la moralidad”, “la naturaleza humana” se expusieron, pero el miedo fue el atendido. Hora y media de agradable y ordenada inquisición sobre esta temática. ¿El miedo es uno o hay muchos miedos? ¿Por qué tenemos tanto miedo? ¿Cuándo lo tenemos más? ¿Es bueno el miedo? ¿Es superable? Comienza tú también a indagar sobre ello. O mejor, si quieres, acompaña este recorrido que fueron siguiendo nuestros participantes, primero.
         
—Está mi miedo y hay miedos comunes.
—Al parecer mostramos un temor básico a lo desconocido.
—Muchas veces se manifiesta como inseguridad.
—Está el miedo y están las fobias, y esto ya entra dentro de lo patológico.
—Yo pienso que lo que hay son personas miedosas, más o menos miedosas.
—Así pues, ¿piensas que los miedos son comunes y sólo varía su intensidad en cada persona?

De este modo arrancaba la discusión. Poco a poco fue conviniéndose en marcar la distinción entre un miedo instintivo básico —que es natural— y las muchas modalidades del miedo, en donde el miedo al fracaso se lleva la palma —que es social o aprendido culturalmente—. Puede haber en el ser humano un miedo ancestral, atávico, pero que alcanza sus más altas cotas de sofisticación al recrearse y reproducirse socialmente. Esta forma social más sofisticada —según ellos relataban— suele expresarse generalmente como miedo al fracaso, el miedo a no “tener éxito”. Miremos a nuestro alrededor, si no, en la sociedad que nos ha tocado vivir. ¿Qué es lo que en realidad tememos? Nos da miedo lo desconocido —como quedó apuntado al principio— y esto tiene una base biológica: lo desconocido puede atentar contra nuestra integridad psicofísica. Pero lo propio de nuestro tiempo es vivirlo como “fracaso”. Es natural que lo desconocido nos asuste, es natural que aquello que puede amenazarnos nos arredre, pero el miedo al fracaso es un miedo imbuido socialmente que nos lleva a sentir miedo sin haber fracasado todavía. Tememos perdernos a nosotros mismos. Pues nos percibimos en riesgo permanentemente.

—El estrés que sentimos tan a menudo es el miedo al fracaso que está siempre al acecho.
—Pero, ¿el estrés es una causa o es un efecto?
—Un efecto.
—Una causa.
—Parece una causa y parece un efecto. Una tensión que es un miedo, un miedo que es una tensión.
—Pero antes habéis hablado de un miedo natural, instintivo. Éste parece que tiene un objeto. El miedo del que estáis hablando ahora no parece tener un objeto.

Así fue como se produjo en la discusión un atisbo interesante: la distinción entre el miedo y el miedo pensado, el miedo al miedo. Pero el grupo necesitaba una excursión para refrescarse y apreciar mejor este descubrimiento; volviendo después tras sus pasos para lanzarse a un nuevo territorio que alumbrara una salida creativa, digna del reto que proponía ese “miedo al miedo”. Un modo de no temer al miedo.

—El miedo, la tensión del miedo, ¿posee alguna función?
—Sí, ya hemos dicho que se relaciona con un instinto de autoprotección, de lo contrario peligraría tu vida. El miedo te hacer ser más sensato, más prudente.
—Un bombero o un torero no es que no tengan miedo cuando actúan, es que están preparados para lo que hacen.

Y es, en este momento, cuando aflora una bonita discusión sobre el miedo, a raíz de los ejemplos anteriores. “El toro, en realidad no quiere atacarte —decía un participante—, sólo quiere defenderse. Eres tú quién piensa que pretende acabar con tu vida”. Y estamos, de nuevo, tratando con un miedo pensado.

—No me parece que sea así: el bombero cuando sale a sofocar un incendio tiene miedo, esto no se puede eliminar.
—Pero si controlas tu miedo, ¿tienes miedo?
—Sí.
—Pongamos otro ejemplo con otra emoción: si mantienes a raya tus celos, los reconoces y no te llevan a malinterpretar la situación ni a poner fuera lo que está dentro de ti, entonces, ¿estás celoso realmente?

El grupo poco a poco fue reconociendo el origen de muchos de nuestros miedos: el mencionado “miedo pensado”; éste es el pernicioso, que nos produce mal; este miedo pensado que se vive como si fuese real, como si tuviera un objeto real. Acabó el grupo distinguiendo entre el miedo y la gestión del miedo. No podemos eliminar el miedo, pero podemos gestionarlo mejor y no sentir excesivo miedo cuando no hay que sentir miedo. El miedo al miedo es lo que, en realidad nos atenaza y nos impide vivir lo que estamos viviendo en cada momento.

En este punto, algunos participantes decidieron marcharse. Ya habrían recogido una parte suculenta de la cosecha (estarían satisfechos). Los demás también, pero todavía deseábamos seguir un poco más adelante. Antes, se continuó extrayendo alguna conclusión más: según lo anterior, el miedo es superable. El miedo instintivo no lo es —pues es necesario—, pero podemos asumirlo y, con conocimiento, llevarlo mejor en determinados contextos en los que el miedo es un miedo creado por nosotros mismos.

Entonces, dos nuevas excursiones se propusieron —que habían quedado en el tintero— y navegamos dos veces un trecho. Una era que aquel que fuera capaz de manejar el miedo de los demás, dirigirlo, redirigirlo, poseía un instrumento de control. Controlar el miedo de las masas y vehicularlo a tu merced te da poder. Esto merecía ser pensado, pero la otra excusión aparentaba más consonancia con el recorrido anterior y podría poner una guinda interesante.

—¿Qué tiene que ver con el miedo, el miedo a la muerte? Si eliminamos el miedo a la muerte, ¿eliminamos el miedo?
—Es el dolor lo que nos da miedo…
—Y la cultura de la que partimos influye bastante: evitamos la muerte. No nos preparamos para la muerte.
—Hay religiones para la vida después de la muerte, sí, pero no es suficiente para el trance de morir.

Y en esto que aparece el tema de la eutanasia. Y uno de los participantes veteranos, muy versado en la “muerte digna”, nos ofrece información muy valiosa sobre la posibilidad de realizar un “testamento vital” y sobre lo que es —sin confusiones— la eutanasia. Ya, acabando, el moderador recuerda —sobre todo a los jóvenes estudiantes allí presentes— la feliz coincidencia con la lectura filosófica del día anterior y la utilidad del fármaco de Epicuro para curarse de la muerte, mientras vivimos. Pruébalo. No temerás al miedo pensado, que es el que más que nos hace temer la muerte. Piénsalo con atención: tú ya has estado muerto.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Día Mundial de la Filosofía



20 de noviembre de 2014
SALA DE USOS MÚLTIPLES
IES JUAN DE LA CIERVA


-DOS VÍDEOS: ¿Para qué sirve la filosofía?

-LECTURA:Carta a Meneceo

-EL CONSULTORIO DE EPICURO

-CAFÉ FILOSÓFICO (21 de noviembre, Cafetería Bentomiz)


sábado, 15 de noviembre de 2014

¿Filosofía en tiempos de crisis? (II): La función aristotélica

Los tiempos de crisis son tiempos activos, pues reactivan todas nuestras energías. Algo ha de hacerse de una manera nueva o renovada y esto requiere de nuestras mejores capacidades —toda nuestra actividad creadora— para adoptar las mejores decisiones a la altura de nuestro tiempo, según nuestro grado actual de desarrollo personal o social. Pero, además, superar una situación crítica necesita de nosotros mismos. Un recogimiento que te permita “reiniciar” lo fundamental. Reiniciar para reorganizar. Poner las cosas en su sitio. Primero lo fundamental, después lo secundario o prescindible. No confundir niveles. Primero, lo primero. Lo demás depende de lo principal, de lo incondicionado. Es decir, habría llegado el momento de ir a laraíz de los problemas que nos aquejan, al origen de las cosas existentes, al fondo de las cuestiones que nos preocupan y apoyarnos en lo que casi nunca cambia, lo idéntico en nosotros.
 ¿Qué es lo más importante? Aquello que más influye o afecta a más situaciones, a más casos, a más personas, más intensamente, a largo plazo… Lo importante es lo más básico y es lo que nos constituye. Así pues, el olvido de lo primordial sería un olvido imperdonable, sobre todo cuando estamos en crisis, viviendo una crisis.
Aristóteles
 ¿Y quién ha sido y sigue siendo el más versado en el reconocimiento de lo esencial? Sin duda, el saber filosófico. ¿Quieres saber lo que en cada caso es fundamental, lo que es más profundo? Observa el mundo filosóficamente. Cada ciencia parcela la realidad, pero únicamente la filosofía busca el Ser, lo propio de toda la realidad en su conjunto. De manera que los cimientos de cada ciencia sólo pueden discutirse filosóficamente. El fundamento de una ciencia no es una cuestión científica. Sin embargo, la sabiduría primera —siempre buscada—, decía Aristóteles que atiende a losprincipios primeros (en el orden del ser) y últimos (en el orden del conocer, pues son esos mismos principios primeros, que siempre han estado ahí —actuando— pero que únicamente los llegamos a vislumbrar después de un proceso de aprendizaje).
 ¿Nos sentimos algo perdidos? ¿No sabemos? ¿No sabemos qué hacer? No olvides lo fundamental. No pierdas el norte. Una sencilla distinción aristotélica puede ayudarnos a entender: lo sustancial y lo accidental. Entre aquello que define lo esencial de algo, que siempre se cumple y sin lo cual ya no sería la misma realidad; y entre aquello que puede darse o no darse, una cualidad o circunstancia que no afectaría principalmente a su valor como realidad existente.
 Cuando juzgamos a un ser humano por el color de su piel, cuando olvidamos lo que importa a largo plazo, cuando arriesgamos nuestro futuro en este planeta, cuando canjeamos interés general y bien común por interés egoísta e inmediato, cuando nos tratamos como clientes o usuarios pero no como personas…, estamos mostrando síntomas de nuestra confusión. (Y es la razón primordial por la que estamos en crisis, desde hace tanto). No confundas lo esencial con lo accidental, es decir, con las apariencias, con los prejuicios, con las circunstancias o el contexto, lo relativo o subjetivo con lo más objetivo y más universal. Pues esta confusión puede acabar siendo demasiado grave en la práctica. De ahí que la filosofía haya llegado a ser tan radical, tan exigente con la justicia, con la verdad. Va a la raíz, no se queda en la superficie de lo que hay. No renuncies a hacerte un poco filósofo. Ir al fondo es esencialmente humano.

domingo, 26 de octubre de 2014

Sobre la aceptación social

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.1
17 de octubre de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


                         

“Las relaciones de este tipo [simétricas] deben llamarse “solidarias” porque no solo despiertan tolerancia pasiva, sino participación activa en la particularidad individual de las otras personas; pues sólo en la medida en que yo activamente me preocupo de que el otro pueda desarrollar cualidades que me son extrañas, pueden realizarse los objetivos que nos son comunes”.

Axel Honneth, La lucha por el reconocimiento



¿Por qué todos necesitamos que nos acepten?

Todavía habrá quien dude de la posibilidad de entenderse y ponerse de acuerdo, entre personas como tú y yo. En ese caso harían bien en echar un rato dialogando en un Café filosófico, o algo por el estilo —que ya va habiendo más lugares donde el entendimiento se busca a conciencia—. Éramos muchos, la cafetería Bentomiz a rebosar, venga y venga añadir mesas. Disciplinados, atentos, muy juntos hablando de lo que más se nos antojaba aquella tarde, ¡qué raro lujo y tan apreciable!  ¿Has sentido alguna vez la necesidad de reconocimiento por parte de los demás? No de halagos o falsas concesiones, sino simplemente la experiencia de que existes en ti y en otros. Los niños pequeños lo expresan abiertamente de mil maneras singulares. La adultez lo prefiere disimular, pero muchas de las cosas que hacemos —piénsalo bien— buscan el reconocimiento —no de cualquiera— sobre todo de las personas que más nos importan. No es simple y elemental psicología infantil. Axel Honneth ha convertido la lucha por el reconocimiento en un principio de la vida humana, digno de acercarnos a él de una manera filosófica.


Y hablando de reconocimiento, ¿cuándo me he reconocido yo a mí mismo? ¿Cuál ha sido la ocasión última en la que nos hemos sentido satisfechos, orgullosos, de nosotros mismos? Algo que he dicho, algo que he hecho, algo que he pensado digno de mí, que hace honor con plenitud a lo que yo soy. Algunos no saben verse de otro modo –su autoestima por las nubes y su riesgo es la egolatría y el narcisismo—, pero otros esconden excesivamente pronto su buen hacer o su buen querer —su riesgo es la baja autoestima y la pusilanimidad—. Y como muchas veces nos resulta más fácil ver en nosotros lo que nos disgusta a diferencia de lo que nos gusta, no viene mal de vez en cuando este ejercicio que, con dicha intención, fue propuesto por el facilitador del encuentro. Puede ser bueno para nosotros, a quienes la situación crítica actual nos tiene bajo mínimos…

            Pues bien, la dificultad referimos a lo mejor de nosotros mismos y la necesidad de no prolongar en exceso el desarrollo de este ejercicio —seguramente— propició que fueran éstas —y no otras o más numerosas— las ocasiones de autosatisfacción que relataron nuestros participantes: cuando he dado ejemplo tirando un papel a la papelera, cuando recogí o rescaté a mi perro, cuando me he limitado a escuchar y así he podido recibir más, cuando ayudé a una persona con necesidades, cuando me he visto que voy madurando, cuando he terminado un trabajo bien hecho, cuando he dado el paso de querer hablar, el hecho de venir aquí, cuando he aprendido también a decir sí, haberme atrevido a animar a otra persona para que viniese a esta reunión, tratar de aprender día a día, seguir teniendo a mi edad curiosidad por el futuro, cuando he sido capaz de obtener el permiso de conducir, cuando he ido a recoger a una persona mayor y he respetado que no quisiera asistir, cuando he dado el paso de volver a hablar con una vieja amiga, ahora mismo estando satisfecho de estar aquí, cuando he hecho reír, el que me haya decidido a venir, yo estoy esperando estar satisfecha…


            De todos las temáticas propuestas (el cambio de actitud, la transformación social o individual, la belleza y su evolución, la resolución de los problemas, la solidaridad, la aceptación social), después de una segunda votación, fue la aceptación social la que suscitó más interés, así que se convirtió en el orden del día. Y hubo de ser fuertemente cuestionada dicha temática: ¿Todos necesitamos aceptación social? ¿Por qué nos excluimos unos a otros? ¿Por qué juzgamos por las apariencias? ¿Hay cosas inaceptables? ¿Cómo sería el mundo si nos aceptáramos todos? ¿Somos sociables por naturaleza o por cultura? Y la discusión —durante la hora y cuarto siguiente— trazó su propio recorrido, navegando entre algunas de esas cuestiones —aquellas en cuyas aguas dio tiempo a fondear—.
           ¿Todos necesitamos aceptación social? Con esta pregunta se inició la andadura, adentrándonos lo que se pudo en el mar de los menosprecios. Dijeron:

—Es una necesidad natural en nosotros.
            —A veces necesitamos de pocos y otras veces de muchos.
            —Y esas necesidades son muy personales, cada uno según sea él.
            —Además, hay momentos diferentes en la vida de cada uno.
      
Y era cierto, había muchos matices que trazar. El grupo veía claro esto. Aunque, comenzaron a surgir rápidos contraejemplos: “No en todas las sociedades esto es una realidad”. De hecho —insisten algunos participantes— en nuestras sociedades contemporáneas, de estilo occidental, el individualismo ha erradicado la necesidad de aceptación social. Ya no se buscaría tanto el reconocimiento a través de los demás, sino a costa de los demás. O algo así. Momento en que el conductor del encuentro decidió preguntar si dicho individualismo sería natural o estaría forzado por el modo de vida contemporáneo —por si acaso lo que se estaba diciendo contravenía la hipótesis que estábamos planteando de la necesidad natural de aceptación social—.

            En efecto, con todo tipo de matizaciones, se convenía en la necesidad humana de aceptación. Ocasión que uno de los participantes veteranos aprovechó para recordar la famosa Pirámide de Maslow sobre la jerarquía de necesidades humanas fundamentales, en donde el reconocimiento de los otros ocupa un lugar muy destacado. Así pues, una vez establecida nuestra necesidad de aceptación social, se preguntó el grupo: ¿Por qué necesitamos aceptación social? Y se aprobaron numerosas y suculentas razones que justifican dicha necesidad: a) necesito colaborar para aumentar mi conocimiento pero sintiéndome que colaboro; b) busco el bienestar que me proporciona ser querido; c) porque si no, la soledad me llevaría a una vida insalubre, y la falta de integración produciría en mí diversas patologías; d) necesito para ser más, sumar fuerzas, recordando aquello que Rousseau ponía en la base del auténtico contrato social para una sociedad democrática; e) también busco adaptarme social y culturalmente.

             Y ese instante comienza verdaderamente la problematización. Quienes hasta ahora habían mantenido mucho orden y acuerdo comienzan a cuestionar fuertemente la necesidad de aceptación, si se entiende como necesidad de adaptación social y cultural. Habían sido muy descriptivos y se habían mostrado muy disciplinados, pero ahora comenzaba la revuelta. ¡Bienvenida sea! El paso por la negación es imprescindible para afirmar con rigor y profundidad, si no, lo hallado constituiría una endeble identidad abstracta y vacía (Hegel).

            —La aceptación es una creación social. Puede tener una base biológica, pero se modula socialmente.
            —Sí, es verdad, estamos continuamente proyectando hacia afuera una imagen: una imagen que tengo dentro, pero que ha sido creada socialmente. Mi identidad, mis deseos, mis expectativas tienen una guía exterior. Por eso, vivo a lo largo de la vida experiencias fluctuantes de cómo puedo lograr ser aceptado socialmente. Hasta que soy consciente de ello y empiezo a vivir yo misma…
            —Entonces, eso quiere decir que la imagen que tenemos de las cosas y de nosotros mismos influye mucho en lo que percibimos y cómo nos percibimos… —trata el moderador de introducir esta reflexión para suscitar más la discusión.
            —Efectivamente, yo he tenido siempre la imagen de “rebelde” y esto ha constituido  parte fundamental de mi identidad. Y yo tan contento.

            A raíz de experiencias personales directas como éstas —así lo había pedido a los integrantes el moderador hacía un momento—, se plantea hasta qué punto buscar la aceptación social no supone una traición de ti mismo, y si no debería ir unida al respeto de ti mismo. Si no supone esto una falsa o aparente aceptación social, cuando no consistiera también en un reconocimiento de mí mismo, tal como soy. Es decir, ¿puede haber aceptación social genuina sin reconocimiento de lo que somos? ¿Hasta qué punto la aceptación social sería aceptable sin un reconocimiento mutuo? Yo con ellos y ellos conmigo.

            Uno de los participantes había propuesto la cuestión inicial, que recordaréis: ¿Hay cosas inaceptables? Y no perdió la oportunidad —llegado este momento de la discusión— de reivindicar la importancia de este planteamiento. Porque, indudablemente, hay situaciones sociales inaceptables: la injusticia, la mentira… Importancia que fue reconocida por el grupo entero, pero que trataríamos luego, si había tiempo. Cosa que no pudo ser y que hubo de ser aceptada por este interlocutor. ¿Qué pensáis? ¿Hubo reconocimiento mutuo, o no?
         
Una de las participantes adultas —pues no olvidéis que allí había personas de todas las edades y bastantes jóvenes— se postula, quizás sin saberlo, como representante de Kant en la discusión del día. (Algo que ya ocurrió otra vez en un café filosófico anterior de hace algunos años). Kant, el filósofo ilustrado, había hablado por extenso de la singular dialéctica de la vida social, que transcurre entre dos disposiciones naturales del ser humano: su insociable sociabilidad. Esta naturaleza polar nos procura conflictos y sinsabores pero, a la vez, nos trae dinamismo a las sociedades humanas, que de otro modo permanecerían estancadas, como observamos en otras sociedades animales —allí donde la conducta instintiva es mucho más dominante—. Esta participante lo explicaba así: hay dos fuerzas opuestas en nosotros, lo individual y lo social, lo que nos exige una reflexión y un esfuerzo —pues siempre estamos en el filo de la navaja— que nos proporcione un mínimo equilibrio personal, como manera sobrellevar lo mejor posible la vida en sociedad. Cada uno ha de encontrar su equilibrio personal. ¿Necesitábamos conocer al filósofo Kant para argumentar kantianamente? Esto es lo valioso de nuestro encuentro, que no hace falta saber filosofía para poder filosofar, y que a través del filosofar aprendemos filosofía de verdad (esto también es muy kantiano, recordad su dicho: no se aprende filosofía, sino a filosofar).

            Y esta conclusión dominará ya el resto del encuentro, pues comienzan los participantes a aceptarla o rechazarla, pero en este segundo caso, curiosamente, tan sólo introduciendo matices en el otro extremo rechazado. Tácitamente, la estaban aceptando.

            —La insociabilidad es necesaria, así avanzamos y hemos avanzado hasta ahora.
            —La soledad no es mala siempre, o patológica, pues produce obras, e incluso, de ellas luego nos beneficiemos todos.
—No nos olvidemos de vivir nosotros, aunque vivamos socialmente.

—Pues, “la vida es aquello que nos ocurre mientras estamos ocupados haciendo otros planes” (John Lennon).

martes, 14 de octubre de 2014

¿Filosofía en tiempos de crisis? 1. La función socrática

Todos decimos ahora que estamos sufriendo una crisis sin precedentes, y sin embargo, ¿cuánto tiempo llevamos así? Si crisis (del griego “κρίσις”) significa, en el fondo, una metamorfosis, el necesario trauma del paso de unas estructuras a otras —personales, sociales, culturales—,una separación o fractura digna de ser analizada y juzgada para tomar una decisión, nuestra cultura hace mucho que atraviesa una larga etapa crítica. Pero lo que no sabemos es si estamos juzgando bien y adoptando las mejores decisiones. Y si no fuera así, las crisis continuarán aquejándonos, quizás con el buen propósito cósmico de darnos otra oportunidad de buscar lo necesario a nuestra época, su constitución epocal.
De manera que la crisis que navegamos podrá ser económica, podrá ser una crisis de valores, podrá ser del modelo social y político dominante, podrá ser una crisis ecológica y de la distribución de los bienes y males que habitamos, pero nos está pidiendo que busquemos juntos qué necesitamos, qué es lo necesario en una época como la nuestra: planetaria, peligrosa por el poder de nuestros medios tecnológicos, aunque universal en sus pretensiones, que ha de hacer justicia a las diferencias desde la conciencia global de que “todos estamos en el mismo barco”.
Cada ciencia, cada rama desgajada del saber humano, hace su camino en solitario y obliterando al caminante mismo. Ha ido surgiendo un saber disperso, que secciona la realidad y nos disecciona a nosotros, que nos embota y nos impide ver más allá —alzar la mirada y caminar erguidos distinguió a nuestra especie—. Cada rama de las ciencias no ceja en el empeño de provocar fracturas, crisis —y esto es bueno—, sin embargo, los juicios y las decisiones son de todos nosotros, si han de estar los saberes específicos y especializados al servicio de lo más humano en nosotros.
Es necesaria la integración humana y ecológica de todos los saberes dispersos. ¿Quién puedemoderar el gran debate sobre el saber humano y el futuro de la humanidad? ¿Quién habría podido prepararse a conciencia desde hace más de 2500 años? La humanidad echa en falta la función socrática de la filosofía. Y la filosofía profesional ha sido cómplice todo este tiempo, desperdiciando algo tan valioso. Sócrates no toma decisiones y la filosofía no va a tomarlas por ti, no guarda en el bolsillo una varita mágica de Doraemon; Sócrates sólo sabe hacer preguntas para que entre todos hallemos las mejores respuestas a la altura de nuestro tiempo; nos incita a pensar y a perseguir lo mejor que sea posible en el kairós del tiempo presente, lo que más nos interesa a largo plazo contigo y conmigo incluidos, pero no exclusivos.

Publicado en Queaprendemoshoy

domingo, 21 de septiembre de 2014

Somos diálogo: ¿Pero qué es dialogar?

¿Cómo referirnos a lo esencial de ser humano? Lo más importante, lo que más lo define. Está la definición clásica aristotélica: “animal racional”; está la definición agustiniano-cartesiana: “un ser que duda y piensa”; la definición pascaliana: “una débil caña pensante y sintiente”; está la definición kantiana: “un ser cuya dignidad implica ser tratado siempre como un fin en sí mismo y no sólo un medio”; “homo ludens”, “homo economicus”, “homo sapiens”, “bípedo implume”… Somos Logos, desde que el hombre es consciente de sí mismo, sí, pero “logos” significa también en griego Lenguaje, no sólo razón o pensamiento; y un lenguaje es cosa de dos al menos (“diá-logos”). Sin relacionarnos, sin comunicarnos, sin entendernos no somos personas que hayan desarrollado sus potencialidades humanas. Salvajes, monstruos o seres patológicos nos volvemos.Estamos hechos así, para comunicarnos, y si no nos entendemos, algo se desgarra en lo más profundo de nuestro ser.
¿Cómo ha de ser un diálogo para ser un buen diálogo, que exprese la esencia de lo que somos y nos ayude a desplegarnos como seres humanos? Es suficiente que sea real la posibilidad de entenderse: que yo sepa por dónde vas tú, qué es lo que quieres, qué estas dispuesto a poner en juego. Nuestras necesidades e intereses aflorados. Las condiciones para un buen diálogo son las condiciones mínimas para tratar de entenderse. Comenzando por unas condiciones mínimas de simetría y reciprocidad en la discusión. Pero, ¡cuidado!, entenderse no quiere decir: estar de acuerdo en todo. ¿Te queda clara la situación? ¿Nos queda clara? ¿Qué más podemos pedir? Todo lo demás será miel sobre hojuelas. Y lo recibiremos como un regalo. Y lo apreciaremos y lo alentaremos cuanto más mejor. El entendernos es una búsqueda, es un anhelo, que se alimenta ni más ni menos que de la confianza mutua. ¿La tienes tú, en ti mismo y en (y con) los demás? Has de saber que si no llevas este ingrediente a la reunión, al encuentro con otro ser humano como tú, estarás poniendo hiel sobre la posibilidad de entendimiento mutuo. Luego no vengas a quejarte de la humanidad, diciendo que no tiene arreglo.
¿Qué busca el entenderse? Sin dudarlo, primero, poner en común y, si es posible, el acuerdo. ¡Qué maravilla de estas ocasiones! Cuando aparecen…, porque aparecen. Ahora bien, tienes que estar atento. No olvides que, siempre, es más lo que nos une que lo que nos separa, aunque a esto último le otorguemos el marchamo de realidad y lo otro permanezca en el fondo olvidado de la sempiterna e ilusa insatisfacción humana. Pero, sobre todo, no confundas el acuerdo con un convenio o un pacto: ni vale el “tú me das y yo te doy”, al modo de una transacción comercial, ni vale el “cede tú un poco y yo cedo otro poco”, a la manera de los desesperados que se hallan al límite. Todos podemos salir ganando, no es una quimera, tan sólo hemos de tratar de conocernos un poco mejor. Recuerda la siempre viva historia de las dos hermanas que discutían por una naranja.

Publicado en Queaprendemoshoy

jueves, 14 de agosto de 2014

¿Por qué la filosofía no está de moda?

A veces se oye que la gente prefiere no pensar, o se oye que a algunos nos les interesa que la gente piense. Y, a veces, se juntan las dos cosas. Pero es el sistema social en que vive la gente el que los aleja del pensamiento. Las personas, como tú y yo, estamos siempre pensando. No dejamos de pensar. Claro, está el pensamiento mecánico, el pensamiento inconsciente, el pensamiento confuso, el pensamiento obsesivo y está el pensar por pensar. Pero es el pensamiento autónomo, crítico, reflexivo, radical, creativo, iluminador, el que no interesa, al parecer, a algunos. La filosofía no está de moda, pero se va a poner de moda. Pues su materia sigue siendo muy viva: pensar el pensamiento, para ser más conscientes, más libres, vivir con mayor autenticidad, mejor con nosotros mismos y con los demás, para colaborar a que un mundo mejor sea posible. La filosofía siempre ha tratado de eso, ¿no lo sabías? No te culpo.

Dossier de la UNESCO reivindicando la Filosofía
 La misma filosofía académica hace ya mucho que se ha desviado de la propia finalidad filosófica. Se ha olvidado a menudo que la filosofía siempre ha sido un modo de vivir (Pierre Hadot) no un conjunto repleto de abstracciones eruditas para especialistas. Lee los primeros Diálogosde Platón, el Manual de Epicteto o la Carta a Meneceo de Epicuro, o lee a Nietzsche y lo podrás comprobar in situ. Allí, filosofar es vivir. De ahí que desde no hace mucho haya comenzado a reivindicarse que la filosofía es ante todo aprender a filosofar (Kant), que es tanto como aprender a pensar para vivir mejor, que es una actividad, una práctica. El movimiento internacional de Práctica filosófica posee ya un largo recorrido. Y una de sus modalidades —la más popular— es el café filosófico. Pero hay otras maneras de convertir a la filosofía en algo práctico —además del “laboratorio de ideas” propio del filósofo profesional— y cercano a la vida que todos vivimos en un mundo y una época como la nuestra. Aquí tienes un muestrario sucinto:
El diálogo socrático: donde un grupo reducido de personas se reúne durante varias sesiones para indagar juntos, aclararse y hallar la definición de un concepto central en nuestras vidas, a partir de las propias experiencias vividas de los participantes.
 El taller de filosofía: en un contexto algo más escolar, los participantes construyen el pensamiento y el conocimiento por ellos mismos, a través de sus propias preguntas o las del animador de las sesiones. Una revolución en la manera de impartir filosofía, pero apta para cualquier otra disciplina o materia.
 La consulta filosófica: la filosofía recupera su antigua dimensión terapéutica mediante un trabajo de asesoramiento u orientación a personas, grupos, organizaciones o instituciones públicas o privadas. Una nueva profesión liberal que no hay que confundir con el Coaching, pues aquí la filosofía no es instrumentalizada, puesta simplemente al servicio de unos objetivos determinados.
 El café filosófico: la filosofía sale a la plaza pública para ofrecer un espacio de diálogo filosófico a personas de distintas edades e intereses, que coordinan su pensamiento sobre alguna preocupación o inquietud, dirigidos por un filósofo práctico.
La filosofía no está de moda, pero se va a poner de moda.

Publicado en Queaprendemoshoy

domingo, 3 de agosto de 2014

¿Qué se aprende en un café filosófico?

Tertulias hay muchas, debates hay muchos, discusiones también, a veces hasta se dialoga tranquilamente. ¿Qué es lo propio, entonces, de un café filosófico? Allí se va a aprender y no a demostrar lo mucho que se sabe, a escuchar tanto como a hablar, a investigar conjuntamente con otras personas sobre alguna cuestión que nos preocupe o nos motive, a compartir tus experiencias y abrirte a las de los demás, vas a examinar la vida junto a otros y a examinar tu propia vida, vas a conocerte a ti mismo a través de los demás. Habrá discusión y habrá acuerdo, habrá contradicción y síntesis, silencio y algarabía, tiempo para pensar y reflexión sobre el pensamiento, te costará un poco arrancarte del sofá de tu casa o del teléfono móvil, pero luego verás que ha merecido la pena y que has pasado un buen rato. No se va a otra cosa. De lo contrario, ni el propio moderador del encuentro se apuntaría. Él garantiza el método, la forma filosófica, el contenido lo pones tú.
Marc Sautet, iniciador de los Cafés Filosóficos
No hay una sola manera de organizar un café filosófico. Yo te propongo ésta. Y no es tan difícil de llevar a cabo. Primero, mira a ver si tú deseas disponer de un momento especial de la semana en el que plantearte junto a otros aquello que no tienes ocasión a menudo. Luego, busca un lugar público en el que la vibración de la palabra pueda transmitirse sin dificultad, un lugar abrigado de trasiego y ruidos. Es importante que sigáis un orden en la discusión y un mínimo formalismo, sin arruinar la espontaneidad y la novedad que vaya surgiendo. Rompe el hielo haciendo que los participantes se presenten unos a otros con ocasión de alguna pregunta de autoexamen. Tomad la discusión como una investigación cooperativa sobre la pregunta que os habéis hecho sobre el tema elegido por votación. Estad atentos a las contradicciones de lo que se dice, evitad los cambios de tema, las repeticiones de lo mismo y sobre todo, no dejéis pasar las buenas ideas que aparezcan, además de ir haciendo pequeñas recapitulaciones de lo hallado.
¿Para qué te puede servir a ti asistir a un café filosófico? ¿Qué puede aportar una cosa así en un mundo como el de hoy? Vuelve a leer lo anterior, tu propia respuesta está delante de ti. ¿Te parece que abunda algo así? Si estás acostumbrado a ello, sin duda no te hace falta. Pero somos muchos los que lo echamos de menos. Ni lo vemos en la Televisión (sólo espectáculo y apariencia), ni lo vemos en el Parlamento (sólo acusación y diálogo de sordos). A veces, lo notamos algo mientras esperamos en una cola, que hablamos de cómo va el mundo, en un velatorio, que hablamos de la vida y la muerte, o después de salir del cine, que hablamos de nosotros mismos. Pero ahora tienes un café filosófico para asistir y poder realizarlo de una manera consciente e intencionada.

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