Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 17 de mayo de 2026

Tropezar en la misma piedra (del podcast cómico-filosófico "El nudo Gordiano", con Paloma Lirola)


Segunda vez

Cristina Peri Rossi

En el acto ingenuo

de tropezar dos veces
con la misma piedra
algunos perciben tozudez.
Yo me limito a comprobar
la persistencia de las piedras,
el hecho insólito
de que permanezcan en el mismo lugar
después de haber herido a alguien.

Miremos este nudo gordiano... por dentro. Si lo cortamos de un tajo (como Alejandro Magno; ¡no sería tan “magno”!) el nudo puede rehacerse de muchas maneras... Lo miraremos en forma de preguntas, para que las respuestas, las vuestras, os las vayáis diciendo a vosotros mismos por dentro. (Una pregunta es una pregunta no porque pregunte, sino porque nos lleva a mirar distinto, desde un lugar distinto.) Y es que, aquí, no venimos a decirle a nadie lo que tiene que hacer con su vida, sino a poner luz, acompañar para despertar, cada uno a su ritmo. Ayudar a cuidarnos mutuamente

La primera parte de esta aportación son preguntas solitarias buscando solidaridad; en la segunda parte, avanzaremos sobre este nudo a través de un cuento re-escrito por Jorge Bucay.

Dice el dicho popular que “el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.

Pero, en realidad, ¿cuántas veces tropezamos en la misma piedra? ¿Dos, tres, muchas... innumerables? Si son muchas las veces que tropezamos en lo mismo, que nos pasa lo mismo, ¿no hay que mirarlo, a ver qué qué encontramos? ¿Por qué no les pasa (tanto) a los demás animalillos de este mundo?

¿Qué es una piedra, con la que tropezamos? ¿Qué es tropezar? ¿Tropezar es caerse? ¿Me caigo para siempre? ¿Tropezar no es otra cosa? ¿Nos gusta tropezar? ¿Es mejor tropezar que caerse?

Caerse es esto que puede llegar a ser tan tremendo, como dice Emily Dickinson en este poema, que parece que sucede en un instante, pero se venía preparando de antemano (la versión nuestra):

Poema 997

Derrumbarse no es acto de un instante

es una pausa fundamental
de los procesos de dilapidación
que son desmoronamientos organizados.

Aparece primero una telaraña en el alma
una cutícula de polvo
una carcoma en el eje
un moho elemental.

La ruina es formal
                         obra del diablo
persistente y pausada.
Sucumbir en un instante
            no es un resbalón
es la ley de la caída.

Sigamos:

¿Quién tropieza: el pie, la piedra, el tropezar mismo con el tropezar? ¿Tropieza mi cabeza? ¿Tropieza mi cuerpo? ¿O es mi mente la que tropieza una y otra vez?

¿Es grave tropezar dos veces? ¿Qué es lo grave, tropezar mucho? ¿Es grave (como la piedra es un grave) no tropezar nunca? ¿Es mejor no tropezar o es mejor tropezar? ¿Es más grave cogerle el gusto a tropezar o a no tropezar? ¿Cómo llamamos a quien no cree tropezar nunca? ¿Inconsciente, testarudo o dogmático, ignorante... de sí mismo?

Entonces, ¿el apego (la querencia) es el problema, tanto si es desagradable como si es agradable el tropiezo y su repetición? ¿Un problema qué es? ¿Un problema es sólo un problema o es algo más que un problema? ¿Puede ser la promesa de una solución nueva, una creación? ¿No puede ser la puerta de entrada para un modo nuevo de vivir, tal vez?

Pero, ¿y si necesito tropezar? ¿Y si resulta que no he visto todos los detalles de la piedra? ¿Quizá algo no ha sido resuelto o liquidado aún? ¿Es posible que algo siga pendiente en mí, en mi mente (mis ideas o creencias), en mis reacciones emocionales, en mi estilo de respuesta a las situaciones que se me presentan en la vida?

¿Cómo puedo liquidar lo pendiente? ¿Poniendo luz o conciencia en mi mente y en mi corazón? ¿Y si empiezo por responsabilizarme de mi propia respuesta a las situaciones que me presenta la vida, y no echo balones fuera, sobre las circunstancias o sobre los demás? ¿Y si aprendo a vivir a fondo lo que siento, del todo, sin miedo a sentirlo?

Y ya vamos con el cuento, a ver qué podemos aprender; aquí se habla ya de caerse a menudo, un grado más allá del simple tropezar:

DARSE CUENTA

Este cuento –lo dice Jorge Bucay– está inspirado en un poema de un monje tibetano Rimpoche, y que reescribí según mi propia manera de decir, para mostrar una característica más de nosotros, los humanos.

Me levanto una mañana, salgo de mi casa, hay un pozo en la vereda, no lo veo, y me caigo en él.

Al día siguiente, salgo de mi casa, me olvido de que hay un pozo en la vereda, y vuelvo a caer en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Soy olvidadizo? ¿No me puede pasar dos veces lo mismo, y por eso no le he dado importancia? (Claro, normal...)

Tercer día, salgo de mi casa tratando de acordarme de que hay un pozo en la vereda, sin embargo no lo recuerdo, y caigo en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Acaso me distraigo con otras cosas, no presentes? ¿Tiendo a evadirme de lo inmediato? (Soy humano... me puede pasar)

Cuarto día, salgo de mi casa tratando de acordarme del pozo en la vereda, lo recuerdo, y a pesar de eso, no veo el pozo y caigo en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Acaso me obsesionan con mis caídas y me vuelvo ineficaz? (Porque si no miro al pozo, por mucho que me acuerde de él...)

Quinto día, salgo de mi casa, recuerdo que tengo que tener presente el pozo en la vereda y camino mirando el suelo, y lo veo y a pesar de verlo, caigo en él.

Pero, ¿¡qué está pasando aquí!? (Son posibles distintas hipótesis, que se corresponden con distintos tipos de respuesta (o estilos de vivir), por ejemplo, éstas):

(1) Exceso de confianza (testarudez ingenua)

(2) En el fondo, es que quiero caerme: que me ayuden o compadezcan, tener algo que contar, ser el único al que le pasan estas cosas...)

(3) Me atraen las caídas, esto se ha vuelto un hábito en mí y tira de mí...

(4) Me aferro a una confianza pasiva y no pongo los medios...

(5) Creo que todo va ser diferente y maravilloso esta vez...

(6) Me siento confortable ahí (cómodo y seguro, es mi zona de confort)

(7) Otro estilo de respuesta... (descubre el tuyo; esto merece ser investigado en cada uno de nosotros)

Sexto día, salgo de mi casa, recuerdo el pozo en la vereda, voy buscándolo con la vista, lo veo, intento saltarlo, pero caigo en él.

¿Qué está pasando aquí? ¿No estoy preparado o listo para superar este pozo, me siento impotente, en el fondo, no creo que pueda superarlo? ¿Me falta confianza en mí mismo? (Recordemos el cuento: “El elefante encadenado”, que también escribe Jorge Bucay)

Séptimo día, salgo de mi casa veo el pozo, tomo carrera, salto, rozo con la punta de mis pies el borde del otro lado, pero no es suficiente y caigo en él.

¿Qué está pasando aquí? ¿Tengo conciencia del pozo, he tomado medidas, actúo de modo distinto, pero no he practicado suficiente quizás, caigo en el desánimo y recaigo en el pozo? (Todo cambio o transformación personal requiere de un ejercitamiento y tiene sus recaídas, claro)

Octavo día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, salto, ¡y llego al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido, que lo festejo dando saltos de alegría... y al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.

¿Qué está pasando aquí? ¿Peco de exceso de confianza? ¿Me he creído que lo puedo todo, que soy todopoderoso, como un Narciso cualquiera? (Me he descentrado de mí mismo y de la situación)

Noveno día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, lo salto, y sigo mi camino.

¿Qué ha pasado aquí? No me apego a mi triunfo, porque no es un triunfo sino algo ya natural para mí, ¿pero olvido su persistencia como problema, su realidad, que es un problema, y que siempre hay pozos (para mí y para los demás), que esto es muy humano, y que cada uno de los pozos pueden convertirse en una gran lección para cualquier persona? (No tengo compasión de los “pozos humanos” (heridas y vacíos ontológicos), me desentiendo, me dan igual)

Décimo día, me doy cuenta justo hoy de que es más cómodo caminar... por la vereda de enfrente.

¿Qué ha pasado aquí? ¿No es cierto que la vida es diversa y cambiante, y que hay muchas posibilidades de vivir?

Pero, ATENCIÓN, ¿he vivido a fondo (desde mi fondo) la experiencia que me ha hecho daño (aquel pozo en la vereda), le he dicho SÍ y no me ha dejado residuo?

¿Me relaciono con esa parte de mí (que vivió la experiencia, que le dijo NO y después se negó a vivirla) de una manera natural, sin crispación, pudiendo hablar de ello y relacionarme con ello sin alteración ni división interna, con serenidad? Es decir, ¿no cambio de vereda (de respuesta, de vida) como una forma de huida, compensación o evasión?

¿Me he asegurado de no vivir lo nuevo desde lo viejo, lo presente desde lo que ya ha pasado, con RESENTIMIENTO, sino abierto a la realidad presente (dentro y fuera de mí) de una manera creadora, libre, auténtica, me permito vivir con vulnerabilidad, sin esconder nada ni esconderme yo, sin máscaras o armaduras?

Veamos, para acabar, lo que nos dice un experto en descubrir actitudes resentidas ante la vida que vivimos, cómo tendríamos que procurar vivir:

Nietzsche, La gaya ciencia: «Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello – así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!»

Y estas variaciones nuestras sobre un poema de Carlos Drummond de Andrade, para no olvidar “nuestra piedra en el camino”, que tanto nos ha dado:

En medio del camino

En medio del camino había una piedra.

Estaba la piedra en medio
del camino.
Allí había una piedra
en mitad del camino
una piedra
una piedra.

Nunca me olvido
de la piedra
que había en medio del camino.
Mis cansadas retinas así
me lo recuerdan:
que la piedra estaba en medio
del camino
como un acontecimiento
en medio del camino que tenía
una piedra.

La piedra ha venido y
vendrá de nuevo
a sentarse en medio de mi retina
tan cansada
como una huella
en medio del camino donde
había una piedra
en medio del camino.

No hay comentarios:

Publicar un comentario