Que el buen ciudadano,
descendiente de aquel “buen salvaje” rousseauniano, percibe en todo lo que oye
a su alrededor sobre política y economía:
-Por qué antes de, o al mismo tiempo que, ajustes,
reformas y recortes, no se buscan responsables de la crisis económica y que
éstos paguen todo lo que han despilfarrado, esquilmado, desviado, mal usado o
robado.
-Dónde están todos los beneficios del pasado que
durante tantos años han declarado tantas grandes empresas y bancos. Para qué han
servido.
-Por qué no pagan más los que más han despilfarrado o
vivido por encima de sus posibilidades todos estos años. El grado en que lo ha
hecho la población de a pie no es nada comparable con lo que se ha hecho en las
élites pudientes políticas y económicas, incluidos los Estados y sus cargos,
dirigido por políticos que gobiernan habitualmente de espaldas a los intereses
del pueblo.
-Por qué el Estado necesita financiarse externamente
en grado tan extremo. Esto no era conocido por el pueblo. Para qué paga sus
impuestos, entonces. Se suponía que era para financiar los servicios públicos.
Sospecha: la casta política ha gastado más de la cuenta,
espoleada por los que viven dando dinero con intereses a otros y de paso así podía
exhibir las grandes obras opulentas con las que competir con otro partido
político. Y así atraía votos para legitimar sus actividades.
-Por qué el Estado no ha buscado medios de
autofinanciarse con capital propio y que sea él mismo el que pueda financiar a
otros y generar intereses para sí mismo y riqueza para el país. Por qué se ha
vuelto dependiente de capital privado con la gran cantidad de recursos y
empresas que posee.
-Cómo se ha dejado blindarse a una élite económica y
política que posee privilegios feudales en comparación con la población.
-Para quiénes trabajan y se vienen esforzando los
partidos políticos, sobre todo los mayoritarios, y más cuanto más poder obtienen. La misma sospecha: para sí mismos, siendo el medio para legitimarse el voto
ciudadano.
-Olvidar tan fácilmente quiénes (banqueros
especuladores y rapiñas) han generado y de qué manera esta crisis y no
trasladar a la población el peso de la salida de la misma.
-Olvidar tan fácilmente quiénes (responsables
políticos en cada momento) tenían la responsabilidad de regular y controlar a
los anteriores (banqueros especuladores y rapiñas) y no dejar que ellos fijasen
las reglas de juego que les interesaba para ganar dinero con dinero sin
producir nada.
-Que todos los recortes que se están imponiendo sean
para pagar los intereses que ha generado la deuda del Estado con los Bancos, y
éstos a su vez con otros Bancos. El sacrificio de la población está sirviendo para pagar
lo que otros se llevan y no para crear riqueza y generar empleo, como se
proclama.
-Por qué se hacen así las cosas: para rebajar el déficit,
se reducen gastos con recortes; y para aumentar ingresos, con más recortes en
forma de impuestos. Lo que es igual a: más pobreza para la población y el país.
-Saber que los recortes económicos a la población (a lo que va parejo el recorte de derechos sociales) son una minucia
comparado con lo que espontáneamente y de una tacada se da a la Banca en cómodos
plazos y a bajo interés (cientos de miles de millones de euros).
-Por qué el Banco Central Europeo no presta a los Estados
directamente, y al mismo interés que a los Bancos (a un uno por ciento). La crisis
se acabaría de un plumazo, pero entonces, quizás no se generaría tanto negocio
para algunos grandes capitales.
-Cómo se permite a los Bancos invertir, con el dinero
que se les presta para sanearse a un interés bajo, en deuda pública de los Estados a un
interés mucho más alto; lo que endeuda más a los mismos y vincula a la
salvación de la banca la salvación de todo un país.
-Es que no hay otras salidas a la crisis que quitar
poco, pasito a pasito o a grandes pasos, a los muchos; por qué no recaudar también mucho más de los
pocos, aunque no sea lo más fácil, según dicen.
-Por qué la clase política es tan poco imaginativa,
tan poco capaz de crear soluciones nuevas y eficaces, que siempre actúan por
sistema haciendo lo mismo que viene funcionando mal.
Tú
también puedes, como persona y ciudadano, descubrir y añadir aquí tu sinsentido o aberración de la situación actual...
Biblioteca
Municipal de Castro del Río, 28 de junio de 2012, a las 18:30 horas.
¿Tiene algo de nuevo la crisis que vivimos?
El
café filosófico de este último día de la temporada tuvo que adelantar su
horario para no interferir demasiado en la inauguración de una exposición de
pintura, que no supieron los participantes si llegó a inaugurarse. En nuestro
caso, habría que llamar al encuentro caña filosófica, que duró hasta las tantas
de la noche. Cesó el tiempo normal de discusión, pero no la inquietud por
filosofar. En realidad, ya sabéis que no hacen otra cosa los participantes que
rememorar los simposios antiguos, que eran simposio y eran también banquete.
Pues la filosofía nunca ha estado reñida con los sentidos, los sentidos de la
sensibilidad y de la espiritualidad que no son nada incompatibles.
Era
el último día como hemos dicho, y el moderador no quiso someter a excesiva
norma el transcurso de la discusión. Así que se dejó que fluyeran las ideas.
Algunos lamentos se oyeron por la situación actual de crisis, al parecer
principalmente económica, en que vivimos. Tantas malas noticias un día sí y
otro también, tantos cambios que se están produciendo, y generalmente a peor,
nuestros hijos que estarán condenados muchos de ellos a ser inmigrantes, como
lo fuimos en nuestro país en otras épocas que parecían lejanas. Advierte uno de
los participantes, en ese momento, sobre una cuestión crítica: nos movemos
constantemente (muy claramente en relación a la visión que se nos ofrece por
parte de políticos y medios de comunicación de la crisis financiera), en un
terreno ideologizado. El lenguaje dominante nos atrapa y caemos en sus trampas
conceptuales, que no son más que trampas ideológicas que enmascaran la
realidad. El moderador, entonces, propone una vía de trabajo: si no queremos
caer en la red ideológica del lenguaje domiante, hablemos otro lenguaje. Vamos
a hablar en otros términos. Vamos a saltarnos que siempre ha habido cambios y
momentos de crisis, que las crisis son cíclicas, etc., etc…, preguntemos si
tiene algo de nuevo esta crisis.
¿Qué
tiene de nuevo esta crisis en que vivimos? Seguramente, lo novedoso no será
la cantidad, el hecho de que sea más intensa que otras veces. Desde el punto de
vista cualitativo, ¿presenta alguna novedad? Se sugiere entonces que estamos
viviendo un momento crítico. Hay una masa crítica social al borde de la
explosión social. Igual que puede subir la temperatura de un cuerpo hasta un
nivel crítico en que se produce la deflagración. Parece que no pasa nada, hasta
que pasa. Sucede así también con los cambios sociales. Y estaríamos ahora ahí,
según ellos, en ese momento crítico previo, toda una encrucijada para la
humanidad. Esa masa crítica social puede conducir a un cambio revolucionario, a
una sociedad distinta. Es lo que temen los que están afianzados en el poder y están
encaramados a sus beneficios y privilegios.
Dijeron
ellos que se aprecia un miedo, por parte de los poderosos, a los cambios que se
avecinan. Así está sucediendo con las reacciones extremas ante el movimiento
15M y el contagio de la primavera árabe.
¡Qué curioso! Los seguidores fieles a estas crónicas recordarán que en
otro café filosófico anterior, dedicado a los cambios, se habló del miedo que
tenemos en general la población a los cambios, de tan aferrados a nuestro
presente y a nuestras posesiones y comodidades cotidianas que estamos. ¡Y
ahora, sin embargo, percibimos que son los poderosos los que más tienen que
perder y los más temerosos y reacios al cambio, por tanto! ¡Vaya!
¡Cómo ha cambiado la percepción! Sin embargo, bien pensado, no es tan
sorprendente. La reunión se muestra así muy sensata y corrige las ínfulas del
moderador: “Siempre ha sido así”. Pero, en ese caso, no puede ser ésta la
novedad que buscábamos. La investigación parecía que había seguido un camino
errado.
Pero
no, quizás no. Veamos la cosa con más detalle: el miedo de los poderosos y
establecidos en el poder a perder sus estatus no sería una novedad, porque se
ha dado muchas veces en la historia, pero podría ser un síntoma de que se está
fraguando un cambio de grandes dimensiones. Ya sabemos cómo ese miedo de la
elite dominante ha llevado frecuentemente a trasladar su miedo a la población
al presentarse ellos mismos como salvadores: “Si no nos apoyáis será todo peor,
os espera un futuro incierto, pues peligros vendrán, tanto desde fuera y como
desde dentro, que arruinarán nuestro querido modo de vida”. (De algo así
tratarían de persuadirte). Así se explicaría el apreciable miedo actual a la
posibilidad de un cambio más allá del sistema dominante (lo que llaman las
fuerzas reaccionarias “reivindicaciones antisistema”).
De
todos modos, los momentos críticos en la historia de la humanidad tampoco son
tan raros, pero la reunión concluye que, al menos, se dan mucho más espaciados
en el tiempo que los meros tiempos de cambios o de crisis que siguen la ley del
péndulo. Se dan de tarde en tarde. Y eso sería lo que tendría de novedoso
nuestro presente, que estamos al borde de uno de esos momentos críticos, lo que
no es nuevo del todo, pero sí suficiente motivo para tomar muy en cuenta todo
lo que está pasando. ¿Qué os parece la conclusión?
El
moderador, entonces, somete al examen de los participantes una sugerencia: Por
primera vez, ¿habrían aparecido unos límites externos que harían del sistema
social mundial un sistema inviable? Ya sabemos lo que significa vivir en un
mundo globalizado. Los recursos del planeta, que serían limitados y estarían
sobreexplotados, así como su capacidad finita para absorber los desechos de la
era tecnológica, establecerían un límite; la pobreza de grandes partes de la
humanidad que estaría produciendo amplios movimientos migratorios, presionando
al actual norte rico y opulento, establecería otro límite externo del sistema.
Estuvieron de acuerdo ellos en que esto constituiría una verdadera novedad.
¿Estarías también tú de acuerdo?
Si
os habéis fijado, si sois de esos lectores acostumbrados a las crónicas de
estos cafés filosóficos, en esta ocasión no hubo calentamiento de la discusión
a través de un breve ejercicio filosófico. El moderador lo tenía pensado, pero
ya se contó antes que dejó fluir la conversación libremente, aprovechando las
virtudes de la espontaneidad. Aunque, podría venir ahora como anillo al dedo
para finalizar la reunión. Veréis, ahora os lo cuento. El ejercicio era éste:
pronunciarse cada participante acerca de algo que, en estos tiempos cambiantes
y convulsos, tuviera mínimamente claro. “Yo tengo muy claro que…”. Y no me
digáis que no necesitamos hoy día algunas ideas, algunos valores, algunas metas
claras, que nos sirvan de anclajes fuertes desde los que poder orientar nuestro
futuro con unas mínimas garantías de que no caeremos, como en otras ocasiones
históricas, en escenarios como el bélico o el tiránico, proclives a desastres
humanitarios y ecológicos (ahora pueden llegar a ser planetarios). Abrir nuevas
puertas adecuadas, justas, viables y sostenibles. Estuvieron de acuerdo los
participantes y realizaron esta contribución que te paso a relatar. Ojalá nos
sirva de algo. Servirá si acordamos cosas como estas todos juntos. ¿Añadirías tú
alguna otra idea?
“Tengo
claro que necesitamos recuperar el sentimiento de humanidad”. Reivindicar el
valor de lo humano, de cada hombre mismo, y que no se ponga al servicio de la
sociedad en que vive, sino todo lo contrario: todo lo que la sociedad proyecte
y realice que sea al servicio de lo humano del ser humano.
“Tengo
claro la importancia de colaborar entre todos para desarrollar nuestras metas”.
Si no, no conseguiremos nada y lo que consigamos no tendrá valor alguno.
“Tengo
claro que no debemos desaprovechar el
potencial racional humano”. Pero no aquella razón que produce monstruos. La
razón como herramienta, como guía, no la razón absoluta. Una razón dialogante.
“Tengo
claro que es necesaria la autocrítica permanente”. Así no caeríamos en dañinas
salidas dogmáticas. Pero dicha autocrítica habría de ser ejercida conjuntamente
por parte de muchos, una masa social autocrítica.
Círculo de la Amistad, a las
19:00 horas del día 26 de abril de 2012.
El etnocentrismo nos orienta
demasiado pues nos quita oportunidad de elección. El relativismo, por el
contrario, nos orienta demasiado poco, pues trata de convencernos de la vanidad
de toda elección. En la noche sin estrellas del relativismo todos los gatos son
negros y todas las direcciones son equivalentes: ninguna conduce a ninguna
parte. El etnocentrismo promueve el conformismo, el relativismo, la
indiferencia. Ambos impiden la comparación evaluativa, la ponderación objetiva
y la elección y decisión racionales"
(Jesús Mosterín).
-Estos muros son curiosos. Al principio
uno los odia, luego se acostumbra a ellos. Entonces el tiempo pasa y terminas
dependiendo de ellos. Eso es estar "institucionalizado". […] Ellos te
envían aquí de por vida y eso es justo lo que toman de ti. En cualquier caso la
parte que cuenta [de la vida] (De la película Cadena
Perpetua).
Después de un largo período sin cafés filosóficos en la ciudad de Cabra (la salud y los contratiempos fácticos mandan lo suyo), venían los participantes a la primera reunión de la temporada. Por añadidura, imperativos académicos y del momento hacían que la participación no fuera muy numerosa que digamos, al contrario que en las anteriores ediciones. Pero allí estábamos, dispuestos a preguntarle a la vida, que es como preguntarnos a nosotros mismos, dos profesores y una profesora, dos alumnos y una alumna. Variedad más que suficiente para los frutos que nos aprestábamos a recolectar.
La concentración de los participantes (por el tamaño del grupo y por su interés) era palpable, a pesar de lo cual el moderador del encuentro se empeñó en realizar un breve ejercicio filosófico previo, totalmente innecesario para ellos, pero que quizás a vosotros os pueda traer algún provecho, por eso os lo relato. No viene mal, de cuando en cuando, tomar conciencia de algo que valoro mucho en mi vida, ya sea para someterlo a examen, ya sea para cuidarlo como oro en paño, ya sea, como puede hacerse en nuestra reunión, para contrastarlo con lo que otros también valoran, que puede llegar a ser valioso también para mí. “Algo que valoro mucho en mi vida, y si es una persona algo de esa persona que valoro mucho”. Entre ello, estaba la verdad en las personas, es decir, la veracidad; estaba la tolerancia, que luego se vería la pugna que mantiene permanentemente con la intolerancia; la salud, o más bien, la búsqueda de la salud, física pero también espiritual, mi salud pero también la salud de los demás que me rodean; la intención con que se actúa (muy kantiano se mostraba este valor); y la amistad siempre, base como el amor de otros valores compartidos.
Se dijo de traer aquella tarde a la pobreza, que siempre está por desgracia si adoptamos una perspectiva global, se trató de convocar a la esperanza, que nos sirva para vivir mientras tanto, pero los participantes se quedaron con la tolerancia. ¿O quizás no? Quizás preocupaba más su otra cara, la intolerancia. Y es que aquella tarde los participantes se verían las caras en el espejo de este Jano de nuestro tiempo (combatimos cada día, además, con otros janos de dos caras, como mostraba el conocido dios romano). Porque veréis lo que fue pasando. Porque se inició la indagación pareciendo que ¡era más fácil ser intolerante!
¿Por qué es tan difícil ser tolerante? Esta pregunta iniciaba la indagación conjunta, que contenía un supuesto inicial: “es más fácil ser intolerante”. Para ellos esto se mostraba muy real, pero amaban la tolerancia y la deseaban como práctica habitual en nuestras sociedades. De modo que este deseo les planteaba: “¿por qué es tan difícil ser tolerante?” Realmente, eran muy conscientes de las dificultades de tratar de ser tolerante en un contexto que estuviera plagado de intolerancia. Esta experiencia permaneció todo el rato en el trasfondo de la discusión. ¿Por qué es más fácil ser intolerante? Lo que nos podría orientar en nuestra búsqueda acerca las trabas puestas a la tolerancia. Y se dijo que primero por la comodidad y segundo por el miedo.
Y analizamos un poco entre todos dichas dos hipótesis. La comodidad y el miedo, un tándem muy peligroso en tantos contextos humanos. Dos ladrillos puestos en el muro que impide a la tolerancia su afianzamiento y reproducción sociales. Se dijo: pensar como los demás es más cómodo; pensar distinto es arriesgado, consecuencias no deseadas pueden sobrevenir. ¿Tienen que ver entre sí, entonces, el miedo y la comodidad? ¿Se alimentan mutuamente? Así parece que ocurre en el seno social. Mencionan dos casos los participantes: una chica de origen árabe que se pone velo para sentirse más arraigada, más protegida, más cómoda en su entorno habitual, en su “grupo”; y el caso que se muestra en la película de Fernán Gómez La lengua de las mariposas, que muestra la presión del grupo para que un alumno que adoraba a un maestro que le enseñó muchas cosas, finalmente, también se decidiera a arrojarle piedras como los otros niños, cuando se lo llevaban arrestado por ser “rojo”, en la España de preguerra civil. El miedo se esconde en la comodidad y la comodidad se alimenta de miedo. Puede ser que sí. Ellos lo afirmaron.
Lo anterior, ¿significa que tienen mucho que ver los demás para que yo sea más o menos tolerante o su contrario? El entorno, la educación recibida influyen mucho. Un entorno puede liberarte, puede estimularte para ver de diferente manera las cosas; o bien, puede aprisionarte para que no puedas ver de ninguna otra manera. Entonces, la pregunta es ¿cómo logramos un entorno tolerante en que nos sea más fácil a todos ser más tolerantes? Para comenzar, dicen, no todo debe ser tolerando. No todo vale. Ellos lo tenían esto muy presente. Y, como tantas otras veces, se pone a la educación como esperanza para una sociedad mejor. ¡Siempre la sociedad, siempre los demás que me educan o maleducan!, pero, ¿yo no tengo nada que decir? ¿Cómo conseguiremos una sociedad más tolerante, cuando ésta sea poco tolerante? ¿Deberá seguir siempre así? ¿Es esto lo que queremos, para nosotros y para que vienen detrás de nosotros? Si todo radica en el contexto social que me hace ser más o menos tolerante, y si este contexto ya no lo es, entonces, yo no lo puedo ser nunca, ¿cómo salimos de este círculo vicioso? ¿Qué nos cabe esperar? ¿Cómo podemos romperlo? ¿O no me cabe esperar nada más de las posibilidades del mundo que me rodea?
El moderador trata de ayudar un poco en este impasse: si uno de los polos del círculo es el contexto social y el otro es el individuo, soy yo, entonces, ¿yo qué puedo hacer? Pues… puedo rebelarme. Puedo exigir más, puedo ir más allá. Es difícil, pero siempre ha habido personas que han roto más o menos, según sus fuerzas, el círculo. No hace falta ser revolucionario, es interesante el día a día. Seguro que tú puedes poner muchos ejemplos, históricos y actuales. (Hay que estar atentos a las señales).
Todos podemos pensar en algún contexto asfixiante, hermético, tóxico en que hemos podido caer alguna vez, un grupo de amigos que era así y que conducía a todos a ser así, un entorno laboral que poco permitía ser mejores personal y profesionalmente, sino todo lo contrario, en suma, situaciones en donde la intolerancia hacia lo que no estábamos acostumbrados trata de reproducirse para que no pueda haber movimiento nuevo alguno, para no perder nuestra situación de mezquina cuota de poder o de privilegio dentro del estatus social existente. Y, ¿qué se está perdiendo en dichas situaciones? ¿Qué perdemos todos? Probablemente, otras formas de vivir y de vivir mejor. Porque, quizás, los mismos mecanismos de reproducción social trabajen y estén funcionando tanto en una comunidad “malvada” como en una más “bondadosa”. ¿Qué mundo queremos contribuir a crear y desarrollar? ¿Qué puedo hacer yo? Sencillamente, siempre puedo colaborar en un sentido o en otro, con mi ejemplo, con mi apoyo. Fueron este tipo de preguntas y de sugerencias las que coparon el final del diálogo de aquella tarde.
¿Cómo romper aquél círculo de la intolerancia y la inhabitabilidad social? Como mínimo, si no nos sentimos héroes ni santos, como en realidad no somos, podemos estar atentos a las señales. Como mínimo, si alguien se atreve, asumiendo un riesgo y repudiando una comodidad, de lo cual ya hemos hablado, qué menos que apoyarlo, “cada uno de la manera que pueda”, un más o un menos, pero un algo. ¿Y cómo hacernos fuertes, atrincherarnos y resistir? Compenetrándonos, poniendo lo que nos preocupa en común. Juntos somos más y podemos ser mejores igual que, a veces, o demasiadas veces, somos peores. Siempre se puede ir generando un grupo nuevo a nuestro gusto, como aquella tarde entre todos fuimos capaces de ir generando. Un grupo pequeño que puede extenderse, que habló, se compenetró y se preocupó de ser un poco mejores, un grupo creado a nuestro gusto que puede inspirar a otros, porque allí se entendieron, se aceptaron y se comprometieron durante un buen rato un grupo de personas, un pequeño germen entre otros muchos que cada día pueden ir surgiendo. Y habrá que estar atentos a estas semillas, atenderlas y cuidarlas. Fue el reto que aquél reducido número de personas te brindaron a ti aquel día.
23 de marzo de 2012, Sala de biblioteca, 17:30 horas.
Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.
(Thomas Hobbes)
La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren.
(Arthur Schopenhauer)
¿Por qué son un problema las relaciones humanas?
Después de un tiempo de convalecencia del animador de estos cafés filosóficos, la disposición de las estrellas (o quizás los dioses) dieron su beneplácito para la reanudación de los mismos. Había, por fin, suficiente ánimo, porque las ganas acumuladas eran muchas. Tendréis ocasión de comprobar cómo, tantas eran las ganas que se volvieron insaciables de tan impetuosas que se mostraron. De hecho, duró el encuentro así como dos horas y media.
Para abrir boca y preparar el ambiente, se propone un ejercicio filosófico aparentemente simple: cada participante debía relatar el último momento plenamente consciente que había sentido en su vida. Ese instante más o menos duradero en que, recientemente, me sentí muy vivo, con una conciencia especial de las cosas y de mí mismo. Puede ser lo mismo algo placentero que algo doloroso, hablamos de conciencia. La sorpresa y extrañeza iniciales no se avinieron luego bien con la cantidad de momentos conscientes de interés que se pudieron oír aquella tarde, en la que los organizadores del encuentro tuvieron que hacer encaje de bolillo para hacer compatible lo material, en este caso, un problema mecánico del vehículo del moderador, con la posibilidad de conducir tranquilamente y sin sobresaltos nuestra investigación filosófica. (Esto era lo espiritual, ¿qué te creías? ¿Te creías que el filosofar no tiene que ver con el desarrollo de tu espíritu?). Veréis ahora cómo las personas que allí estaban, alumnos y alumnas de edades variadas, cinco profesoras y un ex-alumno del Centro que ya había participado en otras ocasiones y que volvía con arrollador ímpetu, y alguien más, nos regalaban sus experiencias espirituales: esta última persona, realmente, no era alguien más, pues era capaz de disfrutar de la calma y conciencia del mundo que se puede notar una mañana que te levantas al alba, oyendo, viendo y oliendo olores nuevos, sensaciones recién hechas; hace poco fue su cumpleaños y sentir cómo los demás sentían con ella, convirtió a tal sorpresivo momento en un momento especialmente consciente en la vida reciente de una segunda participante; que sea rechazada una solicitud tuya de beca para algo que a ti te produce mucha ilusión, no parece un buen momento que digamos, pero sí lo es la conciencia de que uno estaba preparado para ello; cuando llueve después de algún tiempo y respiramos, sentimos de un modo distinto (¿a ti no te ha pasado?); también me siento yo mismo, siendo útil, cuando veo que otra persona reconoce la parcialidad de su verdad parcial (muy socrático este asistente al café); es una pena, no tengo momentos conscientes, de tan atareado que estoy con este dichoso segundo curso de bachillerato que no me deja ni a sol ni a sombra, decías con alguna pesadumbre, pero, ¿es que no estás siendo consciente de ello ahora mismo?, (ya sabes lo que quieres, no es poca cosa esto, en cuanto puedas seguro que lo llevarás a cabo); recordamos, con la siguiente participante, lo que pasa cuando muere alguna persona cerca de nosotros, que se aprecia mejor la vida que tenemos temporalmente, y más todavía si era una persona que dejó mucha huella en los que le rodeaban, también en ti, pues, a través de su pureza personal aprecias mejor lo que es puramente tu vida; cuando contemplo el atardecer me parece que no soy yo solo en el mundo, sino uno con el mundo (¡grandioso!, muchos sabios se han contentado con aspirar a una experiencia así); una mala noticia también te puede situar en el borde de la cotidianidad y ser consciente de mucho, vaya que sí; he sentido mi soledad (hay que estar muy alerta para darte cuenta), cada persona es un mundo y yo soy otra persona más con su mundo propio; ver amanecer constituye también, para este último participante en la reunión, un milagro renovado y al alcance de cualquiera que sea un poco consciente, antes de que llegarán tarde otros dos más, él y ella, junto a los que no pudimos reconocer con su ayuda algún otro momento consciente más.
El ambiente estaba dispuesto, personas atentas y deseosas de ser conscientes, dispuestas a generar juntas una conciencia mayor, si era posible, a través de nuestra investigación filosófica. Sin embargo, al principio no resultaba especialmente sencillo verbalizar dicha conciencia. Parecía ésta más rápida y elocuente que las palabras necesarias para enunciarla. Se comprende así que costara un poco de trabajo proponer temáticas para discutirlas en el seno del grupo. Al final, salieron compuestas y ligadas: yo y el mundo, el problema de las relaciones con los demás, la posibilidad de cambiar el mundo, el bien y el mal. Como se llevó la palma “el problema de las relaciones humanas”, primero era conveniente plantearse si, realmente, dichas relaciones eran un problema, o no. Con cierta sorpresa por parte del moderador, que casi no quiso cuestionar la respuesta, se dijo con contundencia y casi unanimidad, que son un conflicto permanente. De todos modos, no se pudo inhibir del todo el moderador y preguntó: ¿siempre son un conflicto? No siempre, pero sí la mayoría de las ocasiones. Así que se determinó la pregunta principal del día: ¿por qué son un problema las relaciones humanas, en tantas ocasiones? Admitiéndose que hay también muchos momentos en los que las relaciones pueden llegar a ser más pacíficas y gratificantes. Bueno, pues ya estaba claramente delimitada la investigación. Había que tomar conciencia del porqué de esos casos problemáticos, quizás demasiado abundantes.
Una de las participantes adultas quiso saber si se estaba hablando de aquello que Sartre recogía en su conocida frase y qué significado tenía: “el infierno son los otros”. Se le respondió que las relaciones pueden ser eso cuando los otros se te enfrentan, o sólo se percibe que se te enfrentan, cuando se aprovechan de ti, o sólo se percibe que se aprovechan de ti, cuando no soy capaz de juzgarme más que a través de los otros. Con ello la conversación no avanzaba, pues parecía solazarse en el carácter problemático de las relaciones humanas, y necesitábamos dar un paso más. ¿Por qué sucede, cuando sucede? El joven impetuoso, atractivo y exigente, sentenciaba que era el dominio del otro, del hombre por el hombre, lo que enturbiaba cualquier relación. Exigía de todos los participantes la máxima atención hacia su tesis. Era atractiva y desafiante y el grupo no podría dejar de atenderla adecuadamente, como a continuación veremos. Otra de las participantes adultas le secunda trayendo un símil del mundo animal (quizás tendría que ver con nuestra parte más cercana al reino animal): “el orden de picoteo”. Sucedería igual que en un gallinero, donde se establece por imperativo natural una jerarquía en el derecho a picar del grano esparcido. Con la diferencia de que, en el orden humano, dichas jerarquías se instauran por razones de fuerza social o individual y se producen situaciones que son percibidas como agresión y dan lugar a daño personal. Así podemos referirnos a lo básico que viene recogido en la noción marxiana de alienación: el sujeto se siente explotado, utilizado, desposeído de aquello que le corresponde de suyo, ninguneado o maltratado.
¿Por qué son un problema las relaciones humanas? Además de lo dicho, por la incomprensión mutua que producen. Causa que habría también de ser desplegada. Se estaba trazando un plan de vuelo: recoger las causas y luego analizar qué podíamos hacer con ello. Porque se ponen de manifiesto mis carencias o limitaciones, se añade, problemática que no dio tiempo a analizar posteriormente y que quedó en el tintero. Por último, se apunta el exceso de ego y, junto a ello, la envidia, que tal vez supone más bien un corto y esmirriado ego.
Veamos pues. ¿Qué podemos hacer, ante estas situaciones de problemática relación interpersonal? Sobre la primera causa, el dominio: lograr restablecer un mínimo equilibrio. Llegar a ello costó algo de esfuerzo. Os cuento más o menos cómo fue el desarrollo de la discusión. Hay un miedo ancestral, visceral, dentro del dominador, alega el proponente del la tesis del dominio. El violento, por ejemplo, siente un miedo que le conduce a la autodefensa agresiva y dominadora de los otros. Interesante hipótesis que el grupo tampoco podía dejar pasar la oportunidad de explotar suficientemente. “El violento tiene miedo”, sorprendente y sugerente propuesta. Se abordan dos ejemplos o campos de comprobación de la hipótesis: la relación profesor-alumno y la relación padre-hijo. El profesor pone un parte de amonestación cuando siente miedo de perder el control. Esto levantó algunas ampollas. Imaginad: había allí algunos profesores, mejor dicho, profesoras, que para el caso es lo mismo. Se concluye que la autoridad del profesor no es una cuestión personal, sino que se establece socialmente, como un rol que se ha de ejercer en un contexto determinado. Y cuando es personal, se produce espontáneamente por el atractivo o el carisma que suscite el profesor en cuestión, pero no debido al miedo que estamos refiriendo. Cierto es que puede existir tal miedo y producir tales ataques autodefensivos, o también puede ser el punto de partida el ejercicio de un rol social, educativo en este caso, y, en ambos casos, extralimitarse. Y lo mismo ocurriría según ellos, con la relación padres-hijos. Por ello, se evitaría el conflicto y los sinsabores en las relaciones humanas proponiendo el control justo, no pasarse, logrando un mínimo equilibrio, como decíamos anteriormente. El exceso de dominio es el infierno y es lo que es lesivo para todos.
Segunda causa de unas problemáticas relaciones humanas: la incomprensión mutua. Hipótesis propuesta: abrirse. ¿Quién tiene que abrirse? ¿El incomprendido? ¿El que no le comprende? Ambas partes deberían abrirse, pues se trataría de conseguir una situación de apertura mutua. ¿Cómo es posible? Empatizando. ¿Sabéis de la importancia de la empatía en las relaciones humanas? ¿Lo habías notado? Pues todos los asistentes lo tenían muy claro, sugerido como conclusión que esperó el momento oportuno de expresarse. Se sigue una vía negativa de definición: decir lo que no es, para que se aprecie mejor lo que es algo. Desde luego, que no hay nada de apertura mutua cuando se pretende el lavado de cerebro del otro, ni cuando se le atribuyen ideas o conclusiones, es decir, cuando se le juzga o prejuzga. Esto último merecía más atención: cómo juzgar, para no prejuzgar, contando con que pre-juzgar no sería nada recomendable. Juzgar es necesario, es propio del ser humano (vivir es valorar y el humano no puede dejar de valorar, venía a decir Nietzsche), pero, prejuzgar nos complica la vida unos a otros. Recomendación que se os ofrece, extraída de lo que se dijo aquel día: juzgar sí, pero no al principio, mejor al final, dejando la oportunidad de que se despliegue un poco la experiencia, el conocimiento mutuo. Dale al otro la oportunidad, una oportunidad de mostrarse aproximadamente como puede llegar a ser. Una mínima empatía necesitamos mutuamente, si no, todo se vicia y se vuelven tóxicas las relaciones. Y, para que sea posible un requisito es esencial: por fin lo decíamos con más claridad, la escucha atenta, una forma crucial de apertura al otro. ¿Tú te has fijado que hay una relación inversamente proporcional entre la escucha y el prejuicio? A menos escucha, más tendencia a juzgar, y la inversa es más que interesante: un remedio para no juzgar precipitadamente, subjetiva y torcidamente, para no atribuir injustamente lo que a mí me interesa al otro, es aumentar el volumen de la escucha, y no el volumen de mi propia emisión.
Era ya muy tarde, pero quedaba trabajo por hacer. Era el turno de la envidia. Primero se la distinguió de la admiración, que, en realidad, no tiene que ver con la envidia, sino con el reconocimiento de aquello que puede hacerte mejor. “Nadie es realmente digno de envidia”, la envidia es una tontería, y aunque no es preceptivo de nuestra reunión, se cita a Schopenhauer como autor de la frase. Porque, la envidia se combate con la autoaceptación. Dado esto, se esfuma aquello. Tus límites son tus posibilidades, que tienes que conocer y así desplegar. Y respecto a los demás, aceptar la diferencia de una manera natural, con humildad, tanto si algo pudiera ser inferior a alguna cualidad tuya, como si lo sientes superior a lo que tú hasta ahora has sido o has logrado.
Pero, aunque ya era muy tarde, las ganas de continuar hacían estragos y el grupo fue consciente de que quizás hacía falta tener en cuenta el valor que pudiera tener un marco normativo de las relaciones humanas. Y es que la hipótesis relacionada con el dominio afloraba de nuevo. ¿Es necesario un marco normativo que ponga límites a los excesos del dominio de unos sobre otros? Unas normas que obliguen, y que puedan imponerse legalmente, no harían falta, si todos supiéramos lo que tenemos que hacer. Y varios participantes se muestran muy platónicos al concluir que, si todo el mundo estuviera bien educado, las normas coercitivamente impuestas serían superfluas. La educación era el instrumento para la justicia platónica, que emergía cuando había equilibrio, armonía interna (dentro de cada uno de los individuos) y externa (entre las distintas partes de la ciudad). Pero también, se recordó cómo al final de su vida, Platón, después de sus fracasadas tentativas de aplicar en el mundo su “ciudad ideal”, reconoció el valor de las leyes. Diríamos, con el grupo que aquella tarde investigó sobre la problemática de las relaciones humanas, que a las reglas que pretendan ordenar el juego social también habría que aplicarles el mismo baremo, ya analizado más arriba, de manera que no serían justas si son excesivas o se quedan cortas, pues no regularían adecuadamente las relaciones entre los seres humanos, erradicando lo mejor posible el dominio y salvaguardando una mínima simetría, o equilibrio de poder, en dichas relaciones. Así sería posible una discusión libre de dominio, que diría Habermas, como trata siempre de ser la nuestra.