Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 18 de enero de 2016

¿Dónde buscaremos la felicidad?

¿Dónde buscaremos la felicidad?

lunes, 28 de diciembre de 2015

Sobre la violencia de género

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.3
11 de diciembre de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


¿A qué se debe la violencia de género?
           
Por desgracia, tenemos que hablar casi a diario de la violencia de género. Pero, ¿acaso sabemos lo que es ejercer violencia? ¿Acaso todos estamos pensando en lo mismo cuando hablamos de violencia de género? ¿A qué violencia nos estamos refiriendo? ¿Y cuales son sus causas? Aunque te pueda parecer sorprendente, los participantes de nuestro Café filosófico investigaron juntos acerca de todo ello, y a través de este relato puedes asistir a las primicias que, para ti, su diálogo fue decantando. Pues trataron el problema de una manera integral, como gusta decir ahora con toda la razón.

martes, 15 de diciembre de 2015

¿Qué son y qué no son unas elecciones políticas?


Se nos avecina la próxima cita electoral. Una nueva oportunidad para que el pueblo —todos nosotros— pueda renovar el contrato político con sus representantes. Y ya que convivimos dentro del marco de una democracia representativa —podía ser mucho más participativa—, lo menos que se puede pedir es que nos representen aceptablemente bien. Pero claro, para eso, lo primero es que conozcamos a tales delegados nuestros. No hablamos ya de listas cerradas o abiertas —que también— sino que no sabemos nada de ellos. Desde luego nosotros no los hemos elegido como candidatos posibles. ¿Qué sabemos de ellos? ¿Qué piensan, qué sienten, qué han mostrado hasta ahora en sus respectivos nichos de origen sociolaboral? Una pregunta sería muy relevante: ¿Tú para qué estás en la política? Y sé sincero, porque luego vamos a comprobar que te conduces como anuncias. ¿Cómo te ves? Al servicio de la comunidad, persiguiendo el bien común, reconociendo cuándo te has equivocado, dando cuenta de tu gestión, marchándote por ti mismo cuando hayas aportado lo que podías… O más bien, para ti la política es un medio para un fin interesado, no general sino particular, propio o de otros. ¿Te gusta el poder? ¿Te gusta tener seguidores aquiescentes? ¿Piensas vivir de esto? Y cuestiones por el estilo que el pueblo podría preguntar —directa e indirectamente— a través de una adecuada estructura y conveniente regulación política de la vida comunitaria.
Uno de los mensajes que más oímos desde hace meses, procedente de todo tipo de partidos políticos al uso: “¡Queremos ganar!”, “¡Vamos a ganar!”, “¡Voy a ganar!”. Pero, ¿qué significa que uno va a ganar las elecciones? ¿No se trataba de tomar buenas decisiones, de lograr que el conjunto de los ciudadanos vivan mejor, que superemos la crisis económica de una manera no demasiado onerosa; no se trataba de salvar a la sanidad, a la educación y a los servicios sociales de los ajustes económicos, no se trata de lograr un crecimiento respetuoso con el medio natural? Si unas elecciones son para ganarlas, ¿quién las gana? ¿Qué gana el pueblo con el hecho de que un partido político determinado gane las elecciones? Este sería un buen síntoma de un partido político “ganador”: que tuviera la valentía y la honestidad de implementar medidas y regulaciones junto a otros partidos políticos porque fueran mejores —preguntando al pueblo siempre que fuera necesario, algo más de una vez cada treinta años—, aunque estas medidas pudieran perjudicarle estratégicamente para mantenerse en el poder todo el tiempo, cuanto más mejor. Por ejemplo, promover un nuevo sistema electoral —casi al otro día de “ganar” las elecciones— en el que un hombre o una mujer sean de verdad un voto.
¿Y cuáles pueden ser nuestras motivaciones para votar una determinada opción política? Muchos creen que votan una determinada ideología, una manera coherente de tratar con el mundo sociopolítico que nos rodea. Otros muchos votan lo que votan por un candidato, el candidato más visible —también mediáticamente— de una lista electoral, el que aparece en los carteles de campaña. Otros votan lo que siempre votan. Muchos no saben qué votar, y de ellos, muchos no acaban votando. Algunos no votan por “principios”: “la política no sirve para nada”, “da igual lo que votemos, siempre va a pasar lo mismo”, “no me gusta ningún partido político, todos son iguales”. Pero en realidad todos, los que votan y los que no votan, lo hacen de entre lo que hay. Y es así también en general. La gente es muy sensata: hace lo que puede dentro de lo que puede. Vota lo que cree que es mejor —a partir de su abundante o más escasa información— en relación a las opciones disponibles. De modo que la gente —pongamos otro caso— no ha sido responsable de la crisis económica que nos atenaza —nunca lo ha sido—, es más responsable quien posee en mayor medida el control de la situación. Y ya sabemos quiénes fueron, por tanto, los responsables y los que han vivido de veras —decenas, cientos y miles de millones de euros— por encima de sus posibilidades; de nuestras posibilidades. Entonces, ¿qué podemos hacer respecto al asunto tan preocupante de la política como se practica en la actualidad? No olvidemos que la política bien entendida es la manera en que hoy los ciudadanos serían capaces de dirigir su destino común, frente a los grandes intereses financieros, corporativos y de las empresas multinacionales. Pues bien, si lográramos subir el listón de la buena práctica política, cada uno votaría lo que decidiera de entre lo que hay —como ahora— pero todos saldríamos ganando. ¿Y cómo elevar el listón de la política? Mediante una profunda reeducación del pueblo, pero también de aquellos que ejerzan la política —como habría de ser— temporalmente. No podemos cambiar el mundo —hacia mejor, claro— si nosotros mismos no cambiamos…, nuestras rutinas y hábitos heredados, nuestra corta visión de la vida comunitaria, coordinando nuestros valores e intereses básicos en cuanto a vivir juntos, convivir. Mucho tenemos que caminar todavía en esta dirección de la buena educación política para que unas elecciones políticas —generales o no— cobren verdadero sentido, su valor pleno.
Hablemos también de los programas electorales. ¿Qué sería de una elección política sin el programa electoralde cada uno de los partidos políticos concurrentes? Obviamente, votamos las propuestas que van a plasmar en la realidad las distintas opciones políticas, las directrices —básicas al menos— que se comprometen a satisfacer tanto de cara a los ciudadanos que les han votado como a los que no. De otro modo, ¿cómo habría de ser? Pues como, de hecho, sucede. La inmensa mayoría de la población electoral ni siquiera lee los programas electorales y, si los conoce en alguna medida, suele ser a través de la exposición —a veces interesada— de los medios de comunicación de masas. ¿Son irracionales los votantes? ¿Tantos, son seres irracionales? No parece probable. ¿Y si no se respetasen con frecuencia dichos programas? ¿Y si se olvidaran, por parte de los partidos políticos, al otro día de haber ganado su —mayor o menor—cuota de poder? Es obvio que las circunstancias de aplicación del programa electoral contratado por la mayoría del pueblo podrían variar, y lo que a priori parecía bueno ahora no lo es. Asimismo, es obvio que se requiere una adaptación a la realidad siempre cambiante y a la singularidad de los casos particulares, siempre imprevisibles e impredecibles. Es cierto. De ahí que, a menudo, los partidos políticos hagan lo que les venga en gana con su parte del contrato social —tienen la excusa perfecta—. De ahí que la gente no lea mucho los programas electorales y caiga en la red de las promesas voceadas antes y durante la campaña electoral —sabe lo que pasa—.
¡Ay, la soberanía popular, qué pronto se olvida…! Yo soy de un partido político y lo que hemos ganado es nuestro, hacemos de nuestra capa un sayo. ¿Para qué preguntar al pueblo? Representamos al pueblo, ergo¡somos el pueblo! Nuestra decisión es legítima, las urnas nos dieron —en pasado, no se olvide— la potestad para adoptarla. Podemos hablar en nombre del pueblo: esto que yo defiendo es “lo que quiere el pueblo”. Pero, pensemos entre todos: la democracia no puede convertirse en un recurso para legitimar decisiones particulares. Las decisiones serán legítimas o no lo serán, pero no lo serán más porque las tome el partido ganador en las anteriores elecciones. La soberanía del pueblo es inviolable e inalienable (Rousseau). Nadie puede apropiársela. Y la única manera de no alejarse mucho de dicha voluntad popular es preguntándole a ella misma, renovando la pregunta una y otra vez. ¿Qué tendrá que ver un puñado de votos pasados —sean miles o millones— con la adecuación de las decisiones? Por otro lado, ¿qué significa que no haya votado un amplio porcentaje de la población? Menos de un sesenta por ciento ya sería una cuestión para reflexionar seriamente. ¿Realmente podría ser válida una votación con menos de la mitad de participación del censo electoral? ¿No debería esto sólo llevarnos a indagar qué está diciendo el pueblo a través de esta actitud abstencionista, con su silencio? La democracia se construye socialmente y todo lo que se construye, puede destruirse —o al menos decolorarse o adulterarse—. Y también, por consiguiente, lo que ha sido socialmente construido puede reconstruirse socialmente. La democracia necesita cuidados exquisitos, tantos como necesita cualquier otra relación humana. Y no dar nada por supuesto ni por ganado de una vez para siempre, sino una renovación permanente, corrigiendo y autocorrigiéndose, una vez tras otra. Ya sabemos que la democracia no es un sistema perfecto, pero sí es perfectible, si queremos. Todos nosotros. ¿Qué quieren ellos, los partidos políticos?
Leer más en Homonosapiens | ¿Qué es vivir en democracia?

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobre las dificultades de la convivencia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.2
13 de noviembre de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



“No lastrar al otro con la propia oscuridad, no dominarlo, no usurparle la libertad, no inflingirle el daño que supondría mermarle su posibilidad de autodeterminación. Que la sombra se proyecte, vertical, sobre uno mismo. De ese modo se alcanza también la fidelidad respecto a sí y la auto-responsabilización. El reconocimiento del otro y su consideración como fin (y no como medio) arraiga en este desafío con que el ser humano se encuentra en la existencia. Es un dar que tiene que surgir de una disciplina respecto a sí: no cegar al otro a causa de la propia oscuridad”.

El ser errático

“Imperativo cenital: Actúa de modo tal que dejes ser en ti la lucidez y valor necesarios para que la sombra de tu locura carencial recaiga sobre ti mismo [y no sobre los demás]”.

El ocaso de Occidente, Luis Sáez Rueda


¿Cómo podemos convivir mejor en la diferencia?

En realidad, cuando hablamos a otras personas —cuando hablamos con otras personas— estamos hablando de nosotros mismos. Y es muy cierto. ¿Lo habéis experimentado? Lo mismo que decimos que vemos el mundo no como es sino como somos, así ocurre cuando vemos a los demás, que son parte de dicho mundo, nuestro mundo. Durante un café filosófico esto puede quedar muy patente y es posible extraer de ello todas sus virtualidades. Cuando hablamos exponemos nuestro interior, lo que somos. Es un modo de realizarnos, de realizar lo que potencialmente está dentro de nosotros mismos. Pero también es un medio por el cual nos enriquecemos unos con otros. Dicen los participantes habituales que ésta es una de sus principales motivaciones para venir a un café filosófico. Nos enriquecemos y nos exponemos, pero al exponernos al espejo de los demás —que nos devuelve nuestra propia imagen reflejada—, somos más conscientes y esto nos ayuda a avanzar en nuestra propia realización personal. Os invita este cronista a contemplar el círculo que es toda interacción humana, anudando el principio de este relato con su final. Tú estás en el otro, pero el otro también está en ti: “Mas busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo, decía Antonio Machado. Va de suyo que este relator escribe también como es, en este preciso momento. Todos vamos aprendiendo.

martes, 17 de noviembre de 2015

¿Qué puede ser eso del amor?


Lo primero es saber que hay variadas maneras de entenderlo —según los aprendizajes y la trayectoria anterior de cada persona— y que, cuando se dan cita en la convivencia diaria, esto produce la mayoría de dificultades y sufrimiento habituales, pues se concitan diferentes expectativas y sus consiguientes frustraciones. Pero además, no se olvide que es también variada la tipología de formas de amarse los seres humanos, desde los amores más básicos o físicos a los más espirituales. El amor de pareja no es el único posible; responde a una fuerza mucho más fundamental que se expresa también a través de las otras formas de amarse: surge de la atracción (Eros) y se dirige hacia un objeto de amor que la persona siente necesario para su propia realización y plenitud como ser humano. Por tanto, el amor es una de las principales —si no la principal— formas de realización personal. El amor es una fuerza unitiva e integradora del universo existente, que en el ser humano se expresa a través del anhelo de la conexióncon todo aquello que sintoniza. Entonces, amar es relacionarse con lo profundo de uno mismo a través de la relación con otro, que es reconocido como un modo expresar su amor. Amar es, entonces, reconocerse en todo lo que hay existente. Pero, si es reconocerse o reencontrarse, esto quiere decir que el amor ya está en todos nosotros. Sólo necesitábamos un rodeo —unas experiencias—, salir fuera para estar dentro más honda y conscientemente. Sin embargo, creer que el amor está en el objeto —fuera— y no en el sujeto—dentro— es lo que lleva a las patologías habituales: pensamos que nos falta el amor, cuando nos falta el objeto de amor.
No se olvide que vivir es relacionarse. Así que al amar uno se relaciona y, al relacionarse, puede llegar a vivir plenamente. Pero si el amor lo buscamos fuera, como si estuviera realmente fuera —como sí que lo está su modo de expresión o desarrollo—, aquello que no depende de nosotros, ¿qué nos ocurre cuando nos falla este objeto de amor? Todos lo sabemos: desde el desengaño al suicidio en casos extremos, desde el odio o la ira a la depresión o la apatía. Pero el amor está ya en ti y es inagotable, puesto que forma parte de tu propia y pura potencialidad de ser. Se puede vivir sin amor, pero no se puede vivirsin amar, sin expresar el amor de alguna manera satisfactoria. Es una fuerza demasiado incontenible.
¿Y qué amor puede ser mejor? Ya ha quedado dicho: el amor que contribuye a tu realización, que te lleva a ser más tú mismo. En la medida en que esto es así, este amor es saludable y prometedor. Lo que te empequeñece, te encoge y constriñe no sólo te aleja de ti mismo, sino del verdadero amor. No hay amor de verdad a cambio de ser menos tú. O es un amor cruel o es débil, o bien se reparte esto entre vosotros dos. El amor saca lo mejor de ti, expande tus capacidades, eres capaz de cualquier cosa… Pero construyendo, no destruyendo si no es para construir; integrando las distintas vertientes o aspectos de ti, no desarraigando unos de otros, reduciendo unos a otros, excluyendo todo lo demás; uniendo o separándose para unificarse en un nivel de perspectiva más completa, una visión más amplia.
Si una relación amorosa no se basa en una libertad inicial o no se dirige a ser más libres los amantes; si no te hace más libre —más tú mismo— y no te lleva a sentirte cada vez más libre —queriendo estar allí sintiéndote cada vez más libre—, entonces, eso no es estar enamorado, es otra cosa: dependencia, impotencia, refugio, necesidad, objetivo o meta, costumbre…, pero nunca amor verdadero, sino un tipo de relación tóxica. Un mal menor —no sentirse del todo solo, estar acompañado— en todo caso, mas no un bien en sí mismo.
Si una relación amorosa no está basada en el respeto mutuo —como toda relación humana auténtica, que pone de manifiesto la igualdad del otro como tú— y en una mutua comprensión esencial, no marcha por buen camino. Pero el respeto y la comprensión no sólo han de ser formales o supuestos, no sólo han de ser otorgados por uno u otro amante, sino que ha de ser notado así por los miembros de la relación. Porque la libertad o la comprensión no es hacia el otro, sino que es del otro, propia suya. ¿Y cómo, entonces, esto constatarlo y realizarlo? Contando siempre con cada parte, no dando nada por supuesto en el otro, sino escuchándolo siempre a él o ella; preguntando, observando, no tomando nada como ya hecho o logrado, sin alimentar nuestra propia auto-imagen del otro y el artificio imaginado de lo que él o ella necesita. Pero,¿comprenderse es estar de acuerdo, siempre pensar lo mismo y coincidir en todo? Ni mucho menos. Comprender es ser conscientes de lo que necesita el otro, captar qué busca, cómo lo busca, una comprensión de lo más importante suyo, desde su propia perspectiva; y sobre lo que no sea fundamental —cuando no haya coincidencia— saber de cada uno por dónde va, dónde se sitúa, esto ya es muchísimo.Comprenderse debe llevar, pues, a la conciencia mutua de nuestras diferencias y nuestras coincidencias. Y se puede decidir vivir juntos conociendo y respetando nuestras diferencias, pero no se puede convivir sin ser plenamente conscientes de ellas.
Imagen| Eros y Psique
Publicado en Homonosapiens

viernes, 23 de octubre de 2015

Sobre la fidelidad en el amor

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.1
16 de octubre de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



¿El verdadero amor debe ser fiel?

      ¿Hay un Amor (con mayúsculas) o este amor está ya tan pasado como el amor platónico? Bien es cierto que hoy apostamos por el amor real de los sentidos, la emoción y la carne. ¿De qué nos vale querer una imagen, la idea que yo me he construido de lo amado para no reconocer mis limitaciones ni su realidad mundana? Sin embargo, una vez reconocida la realidad, que es la que tienes delante —no busques más—, no te desvíes del compromiso adquirido, pues si no me eres fiel, ya no me quieres, o peor aún, nunca me quisiste. ¿No parece haber aquí un contrasentido, una esquizofrenia? El único amor verdadero debe ser terrenal, pero exigimos una fidelidad sobrenatural. No te pierdas este relato de lo que aquella tarde del viernes 16 de octubre vislumbraron los asistentes al primer café filosófico de la temporada 2015-2016.

domingo, 18 de octubre de 2015

Filosofar con niños y niñas


El arte de preguntar al estilo socrático puedes apreciarlo en toda su extensión y plenitud de la mano de uno de sus mejores practicantes hoy día, el filósofo francés Óscar Brenifier, verdadero “sócrates vivo”. En Internet puedes encontrar numerosos vídeos donde exhibe este arte socrático de la mayéutica. Pero esta metodología también puede aplicarse con niños pequeños y también contribuye a abrir su mente, a desarrollar su juicio propio, su sentido crítico y su autoconocimiento. Como insiste Brenifier, se trata no sólo de ayudar a los niños a pensar, sino de ayudar a desarrollar en ellos sobre todo la capacidad de pensar el pensamiento. Hay diversas técnicas. Por ejemplo, si un niño tiene dificultades para expresar las razones por las que piensa algo —el porqué de su respuesta—,  se le puede proponer una situación absurda para sacarlo del irreflexivo y socorrido “porque sí”, podemos utilizar el modo hipotético, la forma negativa, o bien, podemos solicitar de la clase su acuerdo o desacuerdo con una respuesta de ese tipo. Veamos un pequeño diálogo, que Brenifier transcribe —en su obra La práctica de la filosofía en la escuela primaria—, y que logra sacar a un niño de cinco años de su encerramiento mental:

              — ¿Por qué quieres un postre?
            — No sé.
            — ¿Para jugar?
            — Sí.
            — ¿Juegas con el postre?
            — No.
            — Entonces, ¿quieres un postre porque quieres jugar?
            — No.
            — ¿Por qué quieres un postre?
            — No sé.
            — ¿Es porque tienes sed?
            — Sí
            — Si te doy agua, ¿te estoy dando un postre?
            — No
            — ¿Quieres un postre porque tienes sed?
            — No.
  — ¿Por qué quieres un postre?
  — Porque tengo hambre.

martes, 6 de octubre de 2015

Terapia filosófica

 

     El aprendizaje —siempre inacabado— de cómo vivir bien ha sido el trabajo principal en que se ha centrado la filosofía auténtica de todos los tiempos, comenzando en occidente por la antigua filosofía griega. Y dicho aprendizaje empieza por conocerse a uno mismo, como rezaba una vieja inscripción en el templo de Apolo en Delfos.

      Los diálogos socráticos de Platón —los de su primera época— muestran el arte de preguntar de su maestro. Pero todas las preguntas que Sócrates dirige a su interlocutor, en cada caso, van encaminadas especialmente a poner a prueba su propia vida, la actual comprensión de sí mismo y de su mundo; están dirigidas a examinar cómo va viviendo. De ahí que pueda convertirse este arte de preguntar, que ayuda al “otro” a descubrir por sí mismo quién es y cómo le va su vida, en una herramienta terapéutica. Y no hay modo más certero de conocerse a uno mismo que poner en tela de juicio todas nuestras aparentes seguridades; nada más provechoso para provocar una evolución más allá de tus creencias erróneas o limitadas, que te ayude a transformar tus habituales patrones de conducta, causantes de tu malestar o sufrimiento.

      Recuerda, con Sócrates, que el malvado —es decir el que actúa mal para sí mismo o para los demás—  es en realidad un ignorante, cuya conducta está basada en falsos juicios sobre sí mismo y sobre la realidad. Carencias personales, cuyos efectos podrían gradualmente disolverse, una vez que uno es consciente de ellas, y entiende que, de una manera errónea, sólo buscaba su propio bien.