Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 24 de abril de 2023

¿Cómo tratar con nuestras inseguridades?

Sobre la inseguridad

Café Filosófico en Lanjarón 1.1

01 de abril de 2023, Sala de Fiestas del Balneario, 19:00 horas


Ser en mis acciones lo más firme y resuelto que pudiera y, una vez tomado un determinado camino, seguirlo con toda la constancia de que fuera capaz.

Descartes

Los defectos desaparecen desarrollando nuestras cualidades.

Antonio Blay


¿Cómo tratar con nuestras inseguridades?

¿Qué nos encontraríamos aquella tarde, en el Balneario de Lanjarón? O mejor dicho, ¿a quiénes nos encontraríamos?, ¿qué diálogo seríamos capaces de construir juntos? Realmente, la inseguridad es una constante en la condición humana. Va de suyo con el hecho de ser conscientes de nosotros mismos. Por otro lado, siempre somos capaces de convertir nuestra inseguridad en amor por el misterio. Disfrutar del misterio. Permitirme no saber qué me deparará una situación. Confiar en la vida que hay en nosotros. ¿Cómo se puede transitar desde una situación anímica inicial de inseguridad a otra de confianza? De esto versará este relato de lo que acontenció, en el día de la fecha, en un lugar con tanta historia y belleza como el Balneario de Lanjarón, su gran salón de fiestas, ahora celebrando la fiesta de la filosofía practicada. Agradecemos enormemente la invitación a la dirección del Balneario, a sus trabajadores y, en especial, a Sole y José Antonio, artífices del esforzado y altruista proyecto +Q2 CulturAbierta. ¡Con qué amabilidad nos acogieron!

En esta ocasión, quiso el moderador del encuentro acompasar los estados de ánimo de los participantes mediante un breve centramiento, que recorriera de manera consciente las sensaciones físicas, las emociones y los pensamientos que traían consigo los participantes (¿cómo vengo hoy?): el resultado sería un estado de mayor conciencia y lucidez, apto para abordar la sesión, para poder trabajar juntos. Una treintena de personas, tanto clientes del hotel como residentes de Lanjarón, estaban preparados. Deseosos, pues la filosofía es como Eros, según nos muestra Platón en su conocido Simposio o Banquete.

Después de sondear someramente qué esperaban los asistentes de un encuentro como éste, cuál era su idea previa de la filosofía e introducir, de un modo ligero, lo que veníamos a hacer allí y cómo procederíamos, dio comienzo la reunión, alegremente, eligiendo el tema del día. Y fueron muchas las inquietudes de los participantes (quizás, un termómetro de nuestra vida actual, dada la amplitud de la asistencia): la muerte, el desapego, la paternidad o maternidad tardía, la enfermedad, la inseguridad, la vida humana, la manipulación, el arte de vivir con alegría, la tiranía de lo digital, la impotencia en la vida, la madurez, el tiempo, el miedo. Algunos de estos temas estuvieron presentes, pero vistos desde la perspectiva de la inseguridad en nosotros, que propuso el participante más joven del encuentro, apuntando ya claras maneras filosóficas: querer saber, querer darse cuenta de sí mismo y del mundo en que vivimos.

¿Cómo afrontar nuestra inseguridad? ¿Cómo relacionarnos con ella? ¿De dónde nos viene nuestra inseguridad? Ya sabes, querido lector o lectora, por dónde quería transitar el grupo. Y puedes hacerlo con ellos y con ellas... Pues bien, supieron distinguir muy claramente entre factores internos y factores externos de la inseguridad personal. Tendencias como la timidez, la incertidumbre, la angustia (“y si...”), junto con creencias personales arraigadas en mí, como el temor a la muerte o la anticipación negativa del futuro, podrían ayudar a comprender esa inseguridad flotante, la sensación de una persistente precariedad vital. En este punto, los participantes se plantearon si el estado de inseguridad se relaciona más con el pasado o con el futuro. Su conclusión fue clara: la inseguridad procede del pasado (nuestras experiencias incompletas del pasado, no culminadas), pero se notan sus efectos en el presente, aquí y ahora, y se manifiestan como una proyección hacia el futuro, una anticipación precaria del futuro, en donde, uno mismo no confía en sí mismo, en sus posibilidades de vivir de otra manera. Pero, también, pueden darse, claro, factores externos que coadyuven el estado de inseguridad interior. Esas experiencias del pasado que, como toda experiencia, contienen un ingrediente externo al que yo he reaccionado de una determinada manera. Esto significa que lo exterior es inseparable de mi respuesta a ello, basada en una determinada interpretación de los hechos (como ya nos hace saber el viejo Epicteto). De manera que podríamos decir, con Ortega y Gasset que “yo soy yo y mis circunstancias”: yo soy el resultado de la interacción entre lo que yo soy y lo que he sabido hacer con las circunstancias que se me han dado, pues, “si no las salvo a ellas no me salvo yo”. Entre los factores externos, los participantes resaltaron, con fuerza, la importancia de la educación recibida: si ha sido una educación que ha propiciado el desarrollo de nuestras capacidades, nuestras posibilidades, o bien, una educación que las ha cercenado, que las ha coartado o reprimido, lo que iría produciendo en el individuo la aparición de una creciente precariedad, que se muestra como inseguridad vital. Y esto lo podemos descubrir, hasta qué punto ha sido así, si miramos retrospectivamente.

En su pirámide de las necesidades humanas, Abraham Maslow dispone la inseguridad entre las necesidades básicas; y es cierto, pero a nuestros participantes les interesa analizar lo decisivo: cómo me relaciono con mi necesidad de sentirme seguro o segura, cómo lo vivo yo. La inseguridad es un estado interior que puede estar provocado por experiencias pasadas, en interacción con lo exterior, como queda dicho más arriba, pero lo relevante para nuestras vidas es aprender a relacionarnos con ello. Y a esto, tan práctico, dedicaron el tramo final del diálogo los participantes. De hecho, la filosofía no es sólo teoría, sino un modo de vivir mejor, y así fue desde sus orígenes (Pierre Hadot). Antes, sin embargo, realizaron una pequeña “excursión”: ¿qué es antes el miedo o la inseguridad?, ¿qué es la causa y cuál el efecto?, ¿porque tenemos (o vivimos con) miedo nos volvemos inseguros, o más bien, porque ha crecido en nuestro interior el estado de inseguridad, vivimos con miedo?, ¿qué es más básico, el miedo o la inseguridad? El grupo discutió sobre ello, este relator tiene su propia respuesta según lo que ha vivido, pero, ¿tú qué dirías, qué te dirías a ti mismo o a ti misma respecto a ello?

Sigamos. Lo primero, para relacionarme mejor con mis inseguridades interiores, consiste en tomar conciencia de este estado, aquí y ahora, cuando se está adueñando de mí. Y, realmente, yo me puedo sentir inseguro, pero algo en mí se da cuenta, y esta parte profunda de mí que se da cuenta no se siente insegura, está con seguridad dándose cuenta de su inseguridad. Nuestro yo superficial está atrapado en el círculo del miedo y la inseguridad, pero no así nuestro yo profundo (Mónica Cavallé). Los estados negativos interiores están en la superficie de mi personalidad, si ahondo en la conciencia de mí mismo, si conectamos con esta instancia nuestra, que siempre está, ahí no hay inseguridad (ni depresión, ni angustia). Y esto lo hemos experimentado todos en ocasiones, en algunas situaciones extremas, por ejemplo. Cuando más hundido me encontraba, en un momento dado en que soy capaz de aceptar lo que estoy sintiendo y abrazarlo, sin huidas ni refugios, entonces emerge, súbitamente, la lucidez, la seguridad y una rara felicidad o plenitud. Si no, ¿cómo sabríamos que en nosotros hay tristeza o dolor, si no fuera porque intuimos, en lo profundo, algo mucho mayor que hemos saboreado, que no se altera y que siempre está lleno, que no le falta nada, que es puro ser o presencia?

Además, es muy importante aprender a compartir mis inseguridades, expresarlas, verbalizarlas... como allí, aquella tarde, estaba sucediendo, que los participantes no sentían temor de exponerse mutuamente sus inseguridades. La vulnerabilidad consciente y lúcida y expresada es una fortaleza. Por último, los participantes esbozaron la importancia de un trabajo con nosotros mismos, progresivo, paulatino, en la dirección del “quererse a uno mismo”, “hacerse fuertes, desarrollando mis cualidades”, “viviendo más mi energía, sin reprimirla o coartarla”. Y esto lo fueron sintiendo todos los participantes... se notaba en el ambiente. Tal es así que, al finalizar el encuentro, una de las participantes se acercó al moderador y le expuso su dificultad: la censura de su mente le impedía ser ella misma; así pues, debía permitirse a sí misma expresar lo que sentía, lo que pensaba. Ya se había dado cuenta... ahora, se trataba de practicarlo. Y el trabajo básico consiste en ir tomando conciencia, en ir transformando una serie de creencias muy arraigadas en nosotros, como decíamos más arriba, que se han alojado dentro, sobre la insuficiencia de mi propio valor, una desconexión de nosotros mismos que impide que florezca quién soy yo de verdad. Volver a conectarme con esa profundidad mía, me animará a lanzarme sin temores, e ir aprendiendo sobre la marcha todo lo que necesite aprender. No hay nada peor que vivir con miedo. 

miércoles, 5 de abril de 2023

¿Qué es saber escuchar?


Sobre la escucha

Café Filosófico en Castro del Río 6.5

10 de marzo de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


El escuchar a alguien es el existencial estar abierto al otro, propio del Dasein [el ser humano: “ser-ahí”] en cuanto co-estar. El escuchar constituye incluso la primaria y auténtica apertura del Dasein a su poder-ser más propio, como un escuchar de la voz del amigo que todo Dasein lleva consigo. El Dasein escucha porque comprende.

Martin Heidegger, Ser y tiempo


¿Qué es saber escuchar?

Si un mundo mejor es posible, tendría que pasar por la escucha atenta entre los seres humanos y con otros seres no humanos. De lo contrario, no es extraño que nos vaya como nos va. La escucha es necesaria porque no abunda, por eso es tan importante. La actitud de escucha de lo otro (también en nosotros mismos) se nos presenta como una faceta fundamental del existir, de manera que escuchar a la persona que tenemos cerca (o lejos) sería un caso particular de la escucha del ser (Heidegger). Si bien, el ejercicio de esta escucha, amplia, irrestricta, desde arriba, puede comenzar a practicarse con lo que tenemos delante. Para escuchar el ser, atendamos al ente particular y concreto, aquí y ahora.

En conexión con la temática del taller del lunes siguiente (“Por qué surgen los conflictos entre las personas?”), el moderador del encuentro plantea una pregunta que ya le sonará al lector, si es asiduo: ¿cómo veo yo a los demás? El día anterior había sido planteada en Torre del Mar, y no hay duda de que aquí, en Castro del Río, siendo el momento y las personas diferentes, las respuestas también lo serán. Vamos a comprobarlo. En una sola palabra o expresión, los demás me suscitan fraternidad, amor, confianza inicial, esperanza, aprendizaje, que son durmientes, disfrute, diferencia, que son un reflejo de mí, amistad, oportunidad de aprender, empatía. Si ponemos a “los demás” en nuestra mente, todo eso se les vino a nuestros participantes. ¿Y a ti? Es importante que nos aclaremos sobre esta imagen que se ha formando en nosotros de los demás, pues contendrá muchos ingredientes de lo que creemos ser. Es cosa de que lo mires, y a ver qué descubres.

De manera que nuestros expertos en la escucha, aquella tarde, en que eligieron esta temática en lugar de la mentira y la empatía (aunque, sin duda, ésta última guarda relación con la escucha), nuestros expertos del día, decíamos, descubrieron juntos cuáles son los componentes fundamentales de la naturaleza del escuchar verdadero. De lo que digan se puede deducir, por consiguiente, lo que no es escuchar. Pues bien, saber escuchar incluye un sagrado respeto al otro, una reciprocidad ineludible, pero también haber aprendido a acallar la mente, procurar parar el tiempo, dar tiempo al otro, a la comunicación con el otro; y, cómo no, poner mucha atención, mostrar fehacientemente un interés por las cosas del otro, atender a sus necesidades, estar abiertos, estar ahí. Vaciar el vaso de tu mente, dijo uno de los participantes, que sea posible la emergencia de un vacío o silencio, que reine en el ambiente. Eugen Herrigel, en un librito más que recomendable (El zen en el arte del tiro con arco), a partir de su experiencia con un maestro japonés del kyudo, aprendió que, para acertar en el blanco, uno debía quitarse de en medio, la mente con sus pre-ocupaciones. Estar en lo que se está. Estar tan receptivo, tan abierto a lo que hay, que la flecha se dispare sola; en el momento oportuno, el disparo acontecerá como fruto maduro caído del árbol. Éste es fruto de la comunión con lo otro, el fruto de la escucha receptiva y a la vez activa.

Seguidamente, los participantes se plantearon cómo alcanzar dicho estado de escucha atenta o plena, y coincidieron en que necesita un entrenamiento, todo un aprendizaje. Pues la escucha es un arte, el arte de escuchar. En algunos contextos sociales es imprescindible el desarrollo de una buena escucha: cuando acompañamos a otras personas, cuando educamos en el contexto familiar o escolar, por ejemplo. Esto significa que antes de acometer alguna relación de ayuda o acompañamiento, es necesario haberse uno ejercitado en el arte de la escucha. Ahora entendemos lo que sucede, tantas veces, que nos movemos entre el consejo paternalista y la imposición autoritaria. Escuchar significa, antes que nada, dejar ser al otro, desarrollarse por sí mismo, sus propias cualidades o capacidades. Favorecer este desarrollo.

Finalmente, quisieron indagar, a propuesta de uno de los participantes, si se dan estilos diferentes en el modo de escuchar, cuando se trata de mujeres o de varones. Esto llevó un buen rato de discusión a los participantes y, cómo no, se vieron enredados en el esquema de lo innato o aprendido, lo biológico-genético o lo social-cultural. Pero ya sabemos cómo se sale de este callejón sin salida: lo que pudiera estar programado son tendencias (más o menos intensas) que puede ser siempre modificadas (en mayor o menor medida) por el ambiente y el aprendizaje. Dijeron que parece ser que las mujeres, en general, muestran una capacidad más desarrollada para el vínculo emocional y la apertura al otro, mientras que los varones es posible que muchas veces tiendan más a aconsejar y tratar de resolver, antes que atender a las necesidades del otro. Pero, ya decimos que esto son tendencias fruto de la interacción entre biología y ambiente (no sé bien lo que te dice tu experiencia). La cosa es que aquella tarde no hubo tiempo para más. Con todo, habían quedado satisfechos.



martes, 4 de abril de 2023

¿En qué consiste aceptar?


Sobre la aceptación

Café Filosófico en Torre del Mar 2.5

09 de marzo de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Viva su vida como viene, pero siempre alerta, siempre vigilante, dejando que todo acontezca como acontece, haciendo las cosas naturales de un modo natural, sufriendo, regocijándose –como la vida lo traiga.

Nisargadatta Maharaj

Al poeta y al sabio todas las cosas se les acercan amistosamente y quedan consagradas, todas las vivencias son útiles, todos los días sagrados, todos los hombres, divinos.

Emerson



¿En qué consiste aceptar?

Entre los principios de la sabiduría de todos los tiempos se halla la soberanía del aceptar. Seguramente, querido lector y participante en diferido de este diálogo filosófico celebrado en la taberna El Oasis de Torre del Mar, que en tu mente se agolparán muchos sentidos de la palabra “aceptación”, y no todos te gustarán. Pues bien, este relato de lo que ellos y ellas dijeron aquella tarde tratará de ayudarte a aclarar tu mente. Los principios, como todo lo esencial, es necesario entenderlos bien, de lo contrario dejan de ser un principio y se convierten en un obstáculo para la vida. Ya nos advierte Parménides en su poema, según le desveló la diosa, que lo que es, es; y más nos vale tomar conciencia de esta “verdad redonda”. Y Friedrich Nietzsche santificó la capacidad de decir sí a lo que hay, como condición para una vida saludable. Explayemos la vigencia del principio de la aceptación, dejándonos guiar por nuestros participantes, que nos ofrecen su experiencia, con sus angustias y superaciones personales.

Todo comenzó con una pregunta del moderador del encuentro: ¿cómo veo yo a los demás? Una pregunta siempre importante y siempre por desentrañar, puesto que marca el contorno de nuestras relaciones humanas y no humanas. “Los demás” son una magnífica ocasión para reconocerme, pues, en el fondo me estoy viendo a mí en los demás. Los demás, aparte de ser ellos mismos, tienen mucho que ver con una imagen simultánea que se va formado en mí, de mí y de los demás. Aprovechemos esta ventana. Y demos las gracias por prestarse a ser vehículos de nuestro propio aprendizaje (y yo de ellos, claro). Así lo refirió la primera participante que tomó la palabra: los demás son una oportunidad para conocerme. Y el resto de participantes dijeron que los demás son iguales a mí, despiertan mi curiosidad, y también me permiten tomar conciencia de nuestra fragilidad como seres humanos, los demás son un complemento, son iguales y diferentes, suponen una posibilidad de expresarme y comunicarme, de apreciar las diferencias, y comprobar que hay tanta buena gente, nunca dejan de ser un misterio, como la amistad, somos hermanos y cómo se disfruta la alegría de compartir, cómo cubren también mi necesidad de relacionarme, y no sentirme tan invisible, para sentirme conectada, somos como hormigas en un hormiguero, iguales y diferentes, y yo soy una hormiga, somos partículas de otros, y nos enriquecemos mutuamente, somos complementarios, y podemos convivir y entendernos y tolerarnos, y somos unos con otros una oportunidad de conocernos, pero también de divertirnos juntos.

Adelantamos que el grupo estaba muy interesado en averiguar cuál era la verdadera aceptación y distinguirla muy bien de una aceptación inauténtica. Habitualmente, hay mucha confusión con este término y se mezcla aceptar con resignarse y se piensa que aceptar implica justificarlo todo o que ha de conducir a la inacción. Un dejar pasar, sea lo que sea. Y ya te dicen ellos y ellas que no, que la aceptación genuina no es eso. Que quizás el peso de siglos de autoritarismo religioso o político nos conducen a estos malentendidos. Porque a los sabios antiguos de oriente y occidente no les sucedía. Ni a los participantes de este diálogo filosófico, después de la indagación conjunta que llevaron a cabo. Cuando se pusieron a pensarlo de veras. Veamos, a lo que llegaron.

“Aceptar” implica ser conscientes de la realidad, estando muy atentos; es un fluir con lo que hay, pero no pasivamente, sino de una manera activa; implica conocer a fondo la situación, admitirla e, incluso, llegar a quererla; estar en paz con las cosas que suceden; arribar a una claridad que te hace sentir una gran libertad interior, que te permite afrontar lo que haya que afrontar con total lucidez. Esto quiere decir que la aceptación incluye tres componentes básicos: la comprensión plena de la situación, la asunción completa que lo que hay y la acción consciente que corresponda (activa o pasiva, según sea lo mejor para el caso). Por lo tanto, como decíamos, nada de resignación, nada de pasividad por principio. Este es el punto de partida auténtico para afrontar una realidad, con todo lo que conlleve, agradable o desagradable, deseada o indeseada. Si no somos capaces de aceptar consciente y plenamente, lo que siga no tendrá nada que ver con nosotros. Y esto nos atañe mental pero también emocionalmente. Decir sí, conscientemente, es quererlo tal como es. Cualquier “debería”, cualquier “me gustaría” nos aleja de la realidad, y nuestras acciones o actitudes no serán acordes. Estarán fuera de la realidad. Ya cada uno sabrá cómo prefiere vivir. Por esto, una adecuada experiencia de duelo o pérdida ha de incluir necesariamente el momento ineludible de la aceptación.

Este es el proceso visto desde fuera, objetivamente, pero, ¿cómo se vive por dentro, subjetivamente? Sabemos por experiencia que no es nada fácil y que, a menudo, la aceptación ha estado precedida de un viacrucis, la noche oscura del alma de que hablara san Juan de la Cruz. Y nuestros participantes no descuidaban este aspecto vivencial o fenomenológico. Así, hablaron de una lucha sin cuartel en nuestro interior, un período que es necesario atravesar; donde, incluso puede aparecer una rebeldía nada desdeñable, de la que hay también que hacerse cargo. Pero la clave está en no huir, afrontar lo que haya, mirarlo, acogerlo y sentirlo a fondo... cuando esto se hace con consciencia, toda lucha, toda rebeldía va diluyéndose poco a poco. Al poner consciencia, cesa la lucha, pues no hay resistencia, no hay dualidad ni enfrentamiento dentro. Y el estado al que se abre la mente es la aceptación, incluso gozosa, y luego la paz interior.

Preguntaron: ¿todo es aceptable? Toda situación... Y respondieron al unísono: si eso es la aceptación, la respuesta es claramente afirmativa. Como se ha dicho, si aceptar no es justificar cualquier cosa ni resignarse de cualquier modo. Principalmente, aceptar nos vale para todo aquello que no depende de nosotros, en la medida en que no depende de nosotros. Mirad cuánto hay de eso; mirad cuán útil para la vida resulta la aceptación. Es importante ejercitarse en la aceptación, y cuánto mejor en un contexto no dramático ni acuciante como el nuestro, nuestro café filosófico, entre amigos, entre seres humanos como nosotros. Así estaremos mejor preparados. Vale




domingo, 19 de marzo de 2023

¿En qué consiste saber vivir?


Sobre la vida buena

Diálogo Filosófico en Málaga 1.3

20 de febrero de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Al hombre justo y firme en su resolución, ni la furia de los ciudadanos ordenando el mal, ni el rostro de un tirano amenazante lo conmueven ni merman su espíritu, no más que el Auster, jefe turbulento del tempestuoso Adriático, no más que la gran mano de Júpiter fulminante; que el mundo se rompa y se derrumbe, sus restos caerán sobre él sin asustarlo.

Horacio, Odas

Todos tenemos el potencial de pensar por nosotros mismos en relación a la pregunta de cómo vivir.

Hilary Putnam, Las mil caras del realismo


¿En qué consiste saber vivir?

En las tradiciones de sabiduría, el ideal del sabio representa la persona que sabe vivir bien o, al menos, que su vida está orientada en esa dirección. Pero esto es un aprendizaje que necesita un ejercitamiento de las cualidades esenciales de los seres humanos. Hay que desarrollarlas. Entre los rasgos del sabio en la antigüedad clásica, no pueden faltar los siguientes: la parresía (ser uno mismo en el decir y en el obrar), la autarquía (ser capaz de gobernarse a uno mismo) o la ataraxia (la tranquilidad de espíritu ante las inclemencias exteriores). En todos estos rasgos está implicada la consciencia del momento presente y el cuidado de uno mismo y de los demás. ¿Necesitamos sabiduría en estos tiempos? Seguramente sí. Basta mirar alrededor para observar muchas carencias. Nos falta el desarrollo de la capacidad de mirar desde arriba lo que es de verdad más importante. Nos falta pararnos a pensar juntos cómo vivir. Y la filosofía no puede quedarse al margen de estas necesidades. Por eso estábamos allí, aquella tarde, en el Ateneo de Málaga. Los participantes nos ofrecen un catálogo acerca de cómo vivir bien en estos tiempos... tan nuevos, tan habituales. Porque es posible que lo sustancial de nuestras vidas no haya cambiado tanto desde la antigua Grecia o la antigua India.

Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar (Jorge Manrique). Es posible que la metáfora del río, para entender el tiempo de la vida, sea una de las más conocidas. Y su corriente suscita en nosotros numerosos pensamientos. Nunca te bañarás dos veces en el mismo río, decían los heraclíteos. Pero también nuestros participantes, como seres que transcurren por su vida, tienen muchos significados que aportar: hablar de río me evoca la cultura egipcia; un fluir continuo; que siempre es el mismo; la serenidad; la evolución en la vida de una persona; un viaje; una inundación; bienestar, alegría; un paseo en calma; la comunicación; la infancia, la diversión; el presente; la riqueza de la vida, ¡quiero más río!; el agua dulce; lo subterráneo; la búsqueda de un camino; transparencia; mansedumbre; nacimiento; el cambio de lo efímero; aquello que se va; un manantial.

Después de lo cual, dio comienzo la búsqueda de los condimentos del buen vivir, que no es lo mismo que darse a la buena vida. Aquí vamos a lo hondo, más allá de la superficie de los sentidos y las apetencias. Aquí, va la cosa de la vida buena y de la filosofía entendida como modo de vida, más allá de instrucciones y doctrinas académicas, como de hecho fue en su momento la filosofía, y que el historiador de la filosofía antigua y medieval, Pierre Hadot, redescubrió para nosotros. ¿En qué consiste saber vivir? ¿Cómo aprender a vivir? Los participantes, haciendo acopio de toda su experiencia, fueron decantando los ingredientes fundamentales para el bien vivir. Su horizonte. Las señales inequívocas. “No depender de las cosas”, la autonomía en el vivir; y sobre todo referido a nuestras decisiones. Pero a la vez, “tomar conciencia de nuestra interdependencia”, no somos seres aislados, sino que vivir es relacionarse. De ahí, el arte de “distinguir entre lo que depende y no depende de nosotros” (Epicteto). La persona realizada en su vida siente “una paz interior, que conduce a una armonía con lo exterior”. Y es consciente de la única realidad, que es presente, un verdadero presente, con todo lo que hay, agradable o desagradable, y no un mal entendido carpe diem. Comprender que “lo decisivo no son las circunstancias que te han tocado, sino cómo gestionar mis circunstancias”. Y siempre el llamado de Delfos: “conócete a ti mismo”, el autoconocimiento, inseparable de la autorrealización. Y la “confianza en la vida”; no se puede vivir sin la confianza en la sabiduría última de la vida. Saber vivir, también consiste en “el arte de no enredarse”, en buscar la preeminencia de lo más simple y sencillo y natural. A todo esto hay que añadir “la atención consciente hacia dónde nos dirigimos”, sin descuidar el “asumir mis limitaciones”. No olvidemos, tampoco, una justa dosis de “autocompasión”, no una lastimera y empequeñecedora compasión o autocompasión, sino una digna comprensión de uno mismo y de sus sombras; aprender a darse amor a uno mismo, que así no cuesta dar amor a los demás. Más importante que la coherencia lógica es “la congruencia personal, dentro y fuera”. Como se ve, ya somos sabios... sabemos cómo vivir mejor... solamente que hay que practicarlo, gradualmente llevarlo a nuestra vida diaria.

Y, cuando el grupo se disponía a pensar la otra cara de la moneda (¿cuándo no sabemos vivir?), apareció una claridad: los anteriores rasgos, ingredientes del sabio vivir, si se exageran o extreman, pueden volverse necios y ser fuente de sufrimiento, o incluso, de patologías psicológicas. Veamos, por ejemplo, lo último que se ha dicho: si somos excesivamente coherentes (lo que, en principio, es muy correcto: “vivir como se piensa y pensar como se vive”), entonces, podemos descuidar el presente y lo que muestra en cada momento, las diferencias y sus matices, y la congruencia podría convertirse en algo impostado y hasta inhumano (¡¿cuántas atrocidades no se han cometido en nombre de la coherencia?!) Tú, querido lector, puedes continuar con el ejercicio, referido a las demás notas características del bien vivir, que se han descrito más arriba. Por eso, al sabio también le caracteriza la prudencia o frónesis (Aristoteles). El foco de luz proyecta en cada caso una o varias sombras. Vivir sabiamente también significa aprender a ver esto: esa sombra que todas las cosas muestran cuando la luz solar del conocimiento cae sobre ella (Nietzsche).

Así pues, deslicémonos con nuestros participantes por la pendiente del no haber aprendido a vivir bien, y comprobemos lo que ellos dicen en nuestras propias vidas. La dignidad, el valor intrínseco de toda vida, en nuestro caso la vida humana, nos pone límites muy claros delante de nosotros: no hacer daño, no dañarnos a nosotros mismos. La falta de capacidad para saber lo que me pasa, también nos genera malestar: no sabemos vivir cuando andamos escasos de inteligencia emocional o de habilidades sociales. Si vivimos sólo la superficie de nosotros y no cultivamos la vida interior (nuestra dimensión espiritual), es probable que nuestra vida se empobrezca y que no seamos capaces de percibir su profundidad en los demás, aparte del dañino querer ver fuera la causa de lo que nos pasa dentro; si vivo desde la identificación (o el apego) a situaciones, objetos o personas, a ideas o creencias o banderas, estaré a merced de lo que que le suceda a todo eso y, recordemos, nada hay seguro del todo o completamente estable, por lo tanto, siempre estaré en riesgo de perderme; de la misma manera, es complicado vivir si confundimos la realidad con las ilusiones, sueños o ficciones; si no sabemos distinguir el dolor (que forma parte del hecho de vivir) del sufrimiento, fruto de nuestro propio añadido mental; si no estamos atentos a nuestro dolor, a nuestro sufrimiento, a nuestros miedos, que nos dan pistas sobre qué parte de nosotros mismos necesitamos desarrollar; entonces, viviremos mal. Y, en lugar de vivir, sobreviviremos, sólo trataremos de vivir como sea. No olvidemos que todo lo que se necesita para vivir mejor, humanamente, cae bajo la órbita del desarrollo, como se ha dicho, de nuestra propia conciencia interior, del sujeto que soy, que vive en nosotros. ¿Y cómo se desarrolla? Siendo cada vez más y más conscientes... de todo lo que seamos capaces y, a la vez, de nosotros mismos. Practicándolo. En fin, ¡que nada de lo humano nos sea ajeno! Vale.

martes, 7 de marzo de 2023

¿Por qué necesitamos la cultura?


Sobre la cultura

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.5

17 de febrero de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


La vida es en sí misma y siempre un naufragio. Naufragar no es ahogarse. El pobre humano, sintiendo que se sumerge en el abismo, agita los brazos para mantenerse a flote. Esa agitación de los brazos con que reacciona ante su propia perdición, es la cultura –un movimiento natatorio–. Cuando la cultura no es más que eso, cumple su sentido y el humano asciende sobre su propio abismo.

Ortega y Gasset


¿Por qué necesitamos la cultura?


En esta sesión del Club de Filosofía, en la Sociedad Recreativa y Cultural La Peña de Vélez-Málaga, la filosofía se puso a prueba a sí misma. ¿Cuál debe ser su papel en la sociedad? ¿Debe mirarse el ombligo como disciplina, o bien, debe estar a servicio de las preocupaciones e inquietudes de los seres humanos que pueblan este planeta? Aquí apostamos por lo segundo, claro. Pero sin instrumentalizar a la filosofía. Nos explicamos: poner al servicio, no implica mudar su naturaleza hasta que la filosofía sea irreconocible; por ello, la noción y la actitud filosófica no se altera sino que, desde su perspectiva de la realidad (una perspectiva reflexiva, radical, distanciada, crítica, dialógica, a la búsqueda del ser, el bien, la verdad, la belleza, el amor), trata de abordar los problemas de nuestro tiempo y acompañar a las personas en su vida cotidiana, sin dejar de lado nada de lo fundamental en nosotros: todo nuestro ser, físico, afectivo, mental, espiritual, que vive y se relaciona con los demás seres y con el planeta y el universo, de donde ha nacido y a donde habrá de volver. Pues bien, aquella tarde la filosofía fue puesta a prueba, como decimos... Este relator te anima, querido lector, a continuar hasta el final de esta jornada.

Todo comenzó con el viento que esculpe las nubes. Siguiendo con la tradición de las últimas ediciones de estos cafés filosóficos, se les pidió a los asistentes que se tornaran poéticos y expresaran sus evocaciones (en este caso) sobre las “nubes”: algo irrealizable, un pronóstico de que algo nos traerán, una belleza, un idilio, una esperanza de lluvia, alguna tranquilidad, una sugestión personal y propia, un estado de ánimo, algo leve y evanescente, la ingravidez de la transformación constante... seguro que para ti, también, mirar las nubes no es sólo “estar en las nubes”.

La preocupación del día resultó ser la cultura. Pero, no sólo qué es la cultura, sino cómo cultivarnos. Y no sólo como individuos, sino socialmente, y no en general, sino dentro de mi comunidad, cómo cultivarnos y generar cultura entre nosotros. Y la filosofía misma tuvo que implicarse. Pero vayamos por partes... Desde el punto de vista antropológico, todos los seres humanos somos cultos, puesto que pertenecemos a una cultura determinada (no se hablaba aquí de tener más o menos cultura o ser cultos... eso es otra cosa). La cultura, una cultura, es todo el conjunto de experiencias sociales, acumuladas a lo largo del tiempo, que se han ido transmitiendo de generación en generación (verticalmente) y de unos individuos a otros (horizontalmente). Incluye conocimientos, ideas, creencias, valores; incluye reglas institucionalizadas sobre lo que debe y no debe hacerse, y cómo hacerlo; objetos u obras con un significado particular dentro de una cultura; habilidades y técnicas materiales y sociales; en fin, todo lo que los seres humanos somos capaces de generar juntos a lo largo del tiempo, conservado y transmitido.

Pero nuestros participantes querían ir más allá... y luego más acá, de esa definición de cultura tan aséptica. Veamos. ¿Por qué necesitamos la cultura? Esas expresiones, fruto de la nuestra interacción con el medio y entre nosotros mismos, ¿a qué inquietud humana responden? Necesitamos expresarnos, necesitamos encontrar y aportar un sentido a la colectividad, porque estamos vinculados, porque vivir es relacionarse y estamos en permanente interacción unos con otros y con la naturaleza, cubriendo nuestras variadas necesidades. Y si una aportación cultural no responde a esta demanda individual, con aspiración social, simplemente no se trasmite, no sobrevive culturalmente. Porque toda cultura ha sido fruto del mestizaje, porque el ser humano, además de naturaleza tiene historia, como nos recordaba Ortega y Gasset. Pero, además, al recibir cultura, los individuos como personas se desarrollan, pues sin contacto cultural humano nuestras capacidades se estancan y atrofian; construimos nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos con la comunidad que nos rodea, incluso, cuando pretendemos ir en contra de una determinada cultura. ¿Puede haber una cultura individual? Esto es un absurdo en sus términos y una imposibilidad material. Así, no es posible un lenguaje privado, como descubrió Wittgenstein, si no, dejaría de ser lenguaje. Hasta la cultura más aislada (de las pocas que quedan), hasta el individuo más ermitaño, se han construido a partir de la interacción. No hay culturas aisladas, ni dentro de sí mismas, entre sus individuos, ni fuera, sin relación con otras culturas. Es imposible. Nuestros participantes te lo sirven muy claro, para que lo digieras. Y esta conclusión será muy útil a continuación, cuando les preocupó tanto a los participantes la cultura de su comunidad particular.

Lo hemos dicho: la filosofía no pude quedarse al margen. El diálogo quería seguir un orden lógico, pero la necesidad del momento apretaba, y todos los participantes se sintieron interpelados por las inquietudes del momento, por su ciudad. ¿Por qué hay tan poca asistencia a los actos culturales que se organizan? ¿Por qué falta la implicación de la ciudadanía? ¿Qué hacen, o qué pueden hacer, los políticos de la ciudad? ¿Qué podemos hacer nosotros? Por otro lado, parece haber un fuerte movimiento cultural en torno a la actividad cofrade o las fiestas patronales, y el público acude en masa a procesiones y fiestas. ¿Qué se puede hacer? Esto dijeron ellos y ellas: dar a conocer todo lo que se hace, no solamente la cultura oficial; elaborar un censo de creadores, de todas las artes y artesanías, detectar dónde hay cultura; fomentar la cultura desde abajo, que la gente sea la que cree cultura, y apoyarla desde arriba, institucionalmente; conectar con la gente, abrirse a ella y sus manifestaciones culturales; educar culturalmente, para que poco a poco se aprecie la buena cultura, sus plasmaciomes culturales más valiosas, que se comprenda que la cultura te desarrolla como persona; que amar la cultura requiere cuidar la cultura, como pasa con cualquier otra forma de amor; y no se confunda cultura y entretenimiento, cultura y evasión individual o social; por último, darnos cuenta de que la cultura genera valor económico, incluso; que la cultura no es algo, por intangible, vacío o inútil, sino que alimenta el espíritu... pues, no sólo de pan y de circo vive el hombre, que el ser humano es un ser cultural, por naturaleza. Lo hemos comprobado durante la pandemia. ¿Cómo hubiéramos sobrevivido sin la cultura?

De manera que la filosofía, si la practicamos, no puede alejarse de este tipo de preocupaciones actuales. Y la discusión primera nos daba la clave para situar en su origen, en su esencia, esta última discusión: el ser humano es un ser que se construye relacionalmente, a través de la interacción y la vinculación mutua con los demás seres. Vamos, pues, a alimentarla. La interrelación. Si ésta se nutre adecuadamente, la cultura crece en valor y en riqueza. Y nosotros crecemos con ella. Sea. La filosofía practicada ha de formar parte de este magma cultural en constante movimiento. Y allí estábamos... en mitad de la cultura, en La Peña de Vélez, abierta al público.




viernes, 3 de marzo de 2023

¿Qué significa vivir el presente?

 


Sobre el momento presente

Café Filosófico en Castro del Río 6.4

10 de febrero de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


No indagues –no es lícito saberlo– cuál fin para mí, cuál para ti, los dioses han dispuesto, Leucónoe, ni tientes los dados babilonios. Cuánto mejor será aceptar lo que venga, ya sean muchos los inviernos que Júpiter te conceda, ya sea éste el último, que ahora hace que el mar Tirreno rompa contra los escollos opuestos. Sé sabia, filtra los vinos y adapta al breve espacio de tu vida una esperanza larga. Mientras hablamos, se habrá fugado el tiempo hostil. Abraza el día (carpe diem) y confía lo mínimo posible en el día venidero.

Horacio, Odas


¿Qué significa vivir el presente?

El tópico horaciano (“carpe diem”) es regente en muchas ocasiones de nuestro mundo actual. Pero, como en todo tópico, las más de las veces se deforma su sentido originario. Nuestro grupo de filósofos prácticos de Castro del Río, junto al fuego del hogar en la Peña flamenca, se apresuraba a indagar su verdadero significado: ¿qué significa vivir el presente? Si esto lo percibimos como algo importante para nosotros, ¿en qué consiste y cómo hacerlo? Pero esto, queridos lectores, vino después de una evocación colectiva acerca del olivo. Ningún árbol ocupa un lugar tan central en nuestra comarca. ¡Cuánta vida en torno a sus frutos! Una vida dependiente... el tiempo lo dirá. Para nuestros participantes, los olivos representan riqueza, vida y la posibilidad, cuando niños, de esconderte en sus chuecas; el olivo es su aceite y, cuando lo degustamos, algo milenario entra en vena; el olivo también es el esfuerzo de muchas generaciones; y la alegría de lo nuestro; y una seña de identidad; y una señal de estar ya en casa; su tronco es el símbolo de la unidad de una familia y la pertenencia a una cultura... mediterránea.

Al participante que propuso esta temática le preocupaba lo que llamó el instantaneismo actual. El culto a lo inmediato y a la obsolescencia, programada o no. Pero, a la vez, todo el grupo intuía que debajo de esa tendencia cuestionable late algo muy valioso. Simplemente, se trataba de entender en su justo sentido qué es vivir el presente, y los tesoros de esta actitud comenzarían a desbordarse. A esta tarea se dispuso diligentemente el grupo, con todas sus capacidades en alerta. Realmente, detrás de la famosa expresión del carpe diem se halla una intuición muy certera: el presente incluye todo tiempo. El tiempo en presente es lo único real. ¿Y cómo es eso? Como venía a decir Agustín de Hipona, el pasado ya no es y el futuro todavía no es. Todo tiempo se da en el presente. Si a mi mente llega un recuerdo, sucede ahora mismo; si un deseo futuro, sucede ahora mismo. Este misterio del tiempo presente está enlazado con otro misterio, el de la conciencia. Aquí y ahora. A lo único que podemos acceder inmediatamente, pero que nos abre las puestas de lo eterno. Podría ser. El grupo te lo va a ir explicando... Y no te confundas. No es pasar rápidamente de una cosa a otra, de un pensamiento a otro, una emoción a otra, de una percepción a otra, como el rayo. No es eso... ya lo verás. Eso sería el instantaneismo del que nos quejamos, en el cual el valor de cualquier cosa se desvanece tan pronto como ha aparecido.

¿Sabemos vivir en el presente? ¿O diremos, con John Lennon, que “la vida es eso que te sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”? Y esta es la cuestión clave. Siempre estamos en el presente, pero se trata de cómo lo vivimos. Y el grupo te entrega el fruto de su experiencia compartida: el presente se vive de verdad, si es conscientemente. Ya sea lo que se vive algo del pasado, del futuro o del presente, se vive siendo conscientes de que vivimos. Y esta capacidad de nuestra mente, de atender al presente, se desarrolla en dos niveles. a) Podemos ser conscientes de las sensaciones de nuestro cuerpo, de nuestras percepciones, de nuestros pensamientos o ideas o creencias y de nuestras emociones. Nuestros contenidos de conciencia. b) Ahora estoy teniendo esta sensación, este pensamiento o esta emoción, pero además (o mejor, simultáneamente) podemos ser conscientes de nosotros mismos: yo que siento, yo que pienso, yo que percibo. Si incorporamos este nivel de conciencia (o mejor, de autoconciencia) nuestra experiencia sería completa, plena, actual, presente; más rica, más real. Pero esto requiere ir a buscarlo, necesita muchas veces, y más en estos tiempos, de un entrenamiento. Que es posible... Que no es difícil... Hay herramientas para ello, que nos vienen de las tradiciones de sabiduría tanto oriental como occidental. Incluso podemos comenzar a practicar con el llamado mindfulness, siempre que lo entendamos bien y lo llevemos a cabo adecuadamente.

En esto que una de las participantes propone la lectura y la práctica del libro de Eckhart Tolle, El poder del ahora. Y el grupo valoró si ella se había ausentado del diálogo. Se fue un instante, sí, pero sin dejar de estar allí, pues su mente no se dispersó en la maraña de pensamientos o recuerdos o deseos, sino que conectó algo que allí, en el diálogo, estaba presente con algo presente en su mente. Fue consciente. Nunca emigró de la discusión. ¡Nada que objetar!

Una vez que sabíamos qué es estar en el presente, el grupo no quiso dejar nada en el tintero, o si queremos, extrajo algunas consecuencias de lo hallado. ¿Cuándo no estamos presentes? Es decir, que se iba a la caza del falso “carpe diem”. Obviamente no estás presente si te pierdes tú como sujeto, como foco de consciencia. Y esto sucede a menudo con el hedonismo, con los variados intentos de evasión de la realidad, todas las huidas, todas las vanas pretensiones de sustituir una cosa por otra, buscando lo que me agrada o es más cómodo. Y aquí el moderador no pudo resistirse, y preguntó: ¿está lo desagradable también en lo presente? ¿O solamente, buscamos lo que nos favorece o lo que deseamos? Estar en el presente ha de significar estar ahí, aquí y ahora, con todo lo que hay, con todo lo que haya. Por eso nos dice Nietzsche que la auténtica vitalidad se muestra cuando somos capaces de decir sí a todo, nos guste o no, “un santo decir sí”. De lo contrario no somos fieles a nosotros mismos ni a la realidad. Y claro, puede ser que sea esto lo que no está de moda. Pero, entonces, ¡no digamos que vivimos el presente! Seamos de verdad seres humanos...




¿Cómo orientarse uno en la vida?



Sobre la orientación en la vida

Café Filosófico en Torre del Mar 2.4

09 de febrero de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Kavafis, “Itaca”


¿Cómo orientarse uno en la vida?

Desde Ulises a nosotros, y mucho mucho antes de Ulises, el ser humano busca una orientación a la par que se busca a sí mismo (quizás se trate de la misma búsqueda). Somos Ulises volviendo a Ítaca, buscando nuestra Ítaca. Y es arduo. Y es claro, cuando estamos acercándonos a la meta y volvemos la vista atrás, como decía el poeta. El aprendizaje en el transcurso del viaje nos ha preparado. Por eso, “pide que el camino sea largo”, dice Kavafis en su famoso poema. Buscábamos orientación y en la búsqueda de orientación nos hemos orientado. No es separable la acción de su intención. Nuestros participantes revivieron juntos la odisea que todos llevamos dentro. Y ahora te hacen partícipe. Disponíamos de todo un oasis en el que pararnos a pensar, algo tan necesario hoy día.

Pero antes nos asaltó la luz de Torre del Mar. A lo largo de toda nuestra tradición, la luz ha sido el signo del conocimiento. Luz igual a conocimiento. Oscuridad igual a ignorancia. Así Heráclito: los que saben son aquellos que son capaces de captar (ver) lo común lo particular; así, Platón: ascender hacia la luz que se cuela en la caverna de nuestra vida, significa ir alcanzando gradualmente distintos estados de conciencia hasta llegar a la comprensión del bien o la sabiduría. Entonces, ¿qué les dice la luz a nuestros participantes? Ellos y ellas viven en la blanca luz del sur, así que sabrán del tema: la luz significa paz, respiración, despertar del día, alegría de vivir, y cada persona irradia su propia luz, con ella dan ganas de vivir, significa transparencia, luz es palabra, vida, energía, belleza, conocimiento, esperanza, orientación, comprensión, descanso, apertura, descubrimiento, vitalidad, euforia. La luz es eso, pero no se reduce a eso. Como todo lo que importa: que se relaciona y es idéntico a sí mismo a la vez.

Buscamos orientación, pero, ¿qué es estar orientado? Tienen claro los participantes que orientarse tiene que ver con encontrar tu lugar en el mundo, disponer de un faro, una meta hacia la que dirigirse. Y para ello es necesaria la toma de conciencia de ti mismo en relación a todo lo demás. Esta búsqueda contiene, además, un componente emocional muy fuerte: no sólo entenderlo, sino sentirse uno orientado. Para ello es necesario sentir primero tu propia identidad, y para sentirla, ir hacia ello, como una búsqueda primera y primordial. Esto lo intuían. Hay una búsqueda exterior pero, para que ésta no se descarríe, necesitamos primero realizar la singladura interior, o al menos, haber navegado unas millas mar adentro. Para esto hace falta tanta valentía como para el viaje exterior.

Lo que viene a continuación todos lo sabemos: ¿cómo llevar a cabo esta orientación en la vida? Obviamente, esto se aprende... hay por delante toda una vida en este aprendizaje. Y no es fácil siempre. Porque vendrán muchos obstáculos, muchos peligros, muchos Escila y Caribdis, como Ulises que somos. Y nos perderemos y perderemos nuestro norte. Circe con sus pócimas está al acecho y la ninfa Calipso, que constantemente nos seduce con una falsa inmortalidad. Muchas cosas en el mundo nos influirán y nos presionaran. Pero el arte de vivir con autenticidad requiere aprender a armonizar lo de dentro y lo de fuera, lo social y lo individual; nutrirse uno de todo lo que va apareciendo en su camino, con conciencia de uno mismo y de lo otro. Muchos conocimientos, muchos valores nos vendrán del mundo en que vivimos, por esto hay que ir desarrollando nuestra capacidad de juzgar, con criterio propio, lo que nos rodea. Y si la educación pretende contribuir, no deberá olvidar nunca preguntarse para qué educamos, qué personas, qué mundo queremos para vivir.

¿Quién soy yo? Ahí radica nuestra Ítaca verdadera. Y para situarse en ella, des-cubrirla. ¿Cómo? Quitando las capas de condicionamientos y hábitos y creencias que nos separan de ese centro. Y escuchar al cuerpo y sus emociones, a donde van a parar los síntomas del desvío, el abandono de nosotros mismos. Y luego, mirarse en el espejo y reconocerse. Y si no es el caso, cambiar de rumbo; si hace falta, dar un golpe de timón y virar de nuevo hacia el origen profundo que nos constituye. No hay otra inmortalidad más cercana. Vale.





lunes, 6 de febrero de 2023

¿Es posible la verdad?

Sobre la verdad

Café Filosófico en Capileira 2.3

27 de enero de 2023, Biblioteca Pública, 18:00 horas


Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada individuo –persona, pueblo, época– es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital. Sin el desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la vida, el universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada.

Ortega y Gasset

¿Es posible la verdad?

Los seres humanos tendemos por naturaleza a colaborar. Esto, que puede parecer una afirmación fuerte o arriesgada, con todo lo que está cayendo, en tantas ocasiones en las que predomina un afán destructivo, también forma parte de nuestra experiencia. De hecho predomina la colaboración y la construcción, de lo contrario no habría llegado hasta aquí la humanidad, ¿no es cierto? El que escribe lo observa siempre que asiste a un diálogo filosófico, por ejemplo. Cómo los participantes se aprestan a colaborar como primera reacción. (Sólo tienes que asistir para darte cuenta). Y allí se nos podría ver aquella tarde, todos a una, desde el primer momento, casi sin protocolos ni introducciones, en la Biblioteca Pública de Capileira, tratando de entender una ilustración que uno de los participantes nos trajo: dos observadores miran lo mismo, pero uno ve un número 6 y otro ve un número 9. Y claro, esto tocaba el problema de la verdad, y nos incitaba a tratarlo, como veréis a continuación.

El moderador logró, pese al deseo de pasar a discutir inmediatamente el trasfondo de dicha ilustración, que los asistentes se presentaran a los demás y que expresaran lo que les sugería la palabra “montaña”, ya que hay tantas montañas en Capileira. Preciosas montañas que identifican a estas tierras. Dijeron que oír la palabra es sentir por dentro “abuelo”, “mi vida”, “paseo”, “estar en casa”, “desconexión”, “niñez”, “necesidad”, “esfuerzo gozoso”, “grandeza o magnificencia”. ¿Cuántas montañas hay en una montaña? Tantas como personas, tantas como experiencias, tantas como momentos de una vida... Y esto no está separado del tema del día: la verdad. La verdad de la montaña, en este caso.

¿En qué consiste la verdad? ¿Es posible la verdad? ¿Puede haber una verdad para todos, universal y necesaria? ¿O la verdad cambia continuamente? ¿Puede decirse que alguien posee la verdad? Estas preguntas recogían las inquietudes de este grupo de personas que allí se había dado cita para dialogar juntos. Y comienzan planteándose si podría haber, como hipótesis, alguna verdad absoluta o universal, valida para todos. Y dijeron que si la hay no es accesible a nosotros, seres humanos limitados. Pero también dijeron que podemos acceder a pensar algo universal en nosotros. Y esta ambigüedad no es adquirida sino propia de la naturaleza del problema. Porque dependerá de dónde pongamos el foco. Veamos. Todos vivimos, comemos, nacemos, morimos y esto lo compartimos con todos los seres vivos. Es decir, que en un nivel básico, habría verdades universales que podrían pensarse y decirse. Pero claro, si orientamos la mirada hacia el nivel cultural o social, las diferencias son, sobremanera, ostensibles. Pero claro, si pensamos más a fondo, tratando de conciliar ambas visiones, quizás nos demos cuenta de que lo que varía de cultura a cultura es la manera de realizar aquel nivel básico, esas necesidades o motivaciones básicas, y entonces su significado difiere de una época a otra, de una sociedad a otra. Miremos el ejemplo paradigmático del lenguaje: la capacidad de hablar es universalmente humana, pero a partir de ahí la variedad lingüística es ingente, incluso, muchas veces, llega a ser inconmensurable.

Y se ponen nuestros participantes algo platónicos: la verdad no cambia, por definición, si cambiara es que no era verdadera. Sin embargo, observamos que “todo cambia”, como venía a decir la escuela del viejo Heráclito. Nada permanece, todo es impermanente, como descubrieron las antiguas tradiciones hindúes. Y en este momento el moderador del encuentro se muestra perplejo. Y contagia al grupo su perplejidad: si la verdad (esa noción permanente y universal) no es algo que podamos atribuir a nada de este mundo... ¿por qué continuamos hablando de “la verdad”? Los participantes hablaron de ello, comprendieron el problema y buscaron una respuesta. Parece que en el hecho de afirmar que algo es verdadero, se encuentra instalada una pretensión (pretensión de validez, la llama Habermas). Parece que tanto la buscamos, tanto nos moviliza, que se asemeja a una voluntad firme en nosotros (voluntad de verdad la llama Nietzsche). Esto puede parecer un misterio, pero no dejamos de suponer la noción de verdad tanto en nuestros pensamientos y palabras como en nuestras acciones. Si está en la trastienda de todo lo que hacemos y decimos, alguna realidad poseerá, alguna verdad habrá en ello. De hecho, a los grandes pensadores de la historia les ha resultado difícil no afirmar alguna instancia que sirviera de horizonte para la búsqueda de verdad, más allá de lo que aparece, más allá de lo que cambia constantemente, en el fondo de la realidad. Para Nietzsche, sería aquello que afirma la vida en su fuerza y riqueza. Para Heráclito, el Lógos, una armonía subyacente más allá de los contrarios. Para los orientales, Brahma o el Tao. Para Habermas, simplemente, la intersubjetividad propia de un dialogo sin restricciones, en donde sea posible la igualdad entre todos los interlocutores.

Pero estas ideas quedaban lejos de los intereses, aquí y ahora, de los participantes. Querían analizar el problema de la verdad más cerca de la experiencia de cada uno de ellos y ellas. Y, el hecho cotidiano muestra que, sobre lo mismo, se presentan diversos puntos de vista, diversas perspectivas. ¿Vemos cosas diferentes? ¿Alguna perspectiva es mejor que otra? Obviamente, Ortega y Gasset, asomó su sombrero por la puerta de la Biblioteca Pública. E infundió una salida a los participantes, porque ellos y ellas, espontáneamente, convinieron que la mejor perspectiva es la suma de las perspectivas. Por lo menos, esto está a nuestro alcance en el día a día. Por aquí podemos comenzar... Ya veremos si llegamos al Tao o al Lógos... Para combinar nuestras perspectivas acerca de lo que hay, lo primero es comprenderse mutuamente, mirar desde donde mira el otro, acompañarnos unos a otros en esta búsqueda (muy) humana de la verdad. De esta manera, ¿cuántos conflictos, cuántos sufrimientos, podríamos evitarnos? Y eso hicimos aquella tarde.