Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 26 de octubre de 2014

Sobre la aceptación social

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.1
17 de octubre de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


                         

“Las relaciones de este tipo [simétricas] deben llamarse “solidarias” porque no solo despiertan tolerancia pasiva, sino participación activa en la particularidad individual de las otras personas; pues sólo en la medida en que yo activamente me preocupo de que el otro pueda desarrollar cualidades que me son extrañas, pueden realizarse los objetivos que nos son comunes”.

Axel Honneth, La lucha por el reconocimiento



¿Por qué todos necesitamos que nos acepten?

Todavía habrá quien dude de la posibilidad de entenderse y ponerse de acuerdo, entre personas como tú y yo. En ese caso harían bien en echar un rato dialogando en un Café filosófico, o algo por el estilo —que ya va habiendo más lugares donde el entendimiento se busca a conciencia—. Éramos muchos, la cafetería Bentomiz a rebosar, venga y venga añadir mesas. Disciplinados, atentos, muy juntos hablando de lo que más se nos antojaba aquella tarde, ¡qué raro lujo y tan apreciable!  ¿Has sentido alguna vez la necesidad de reconocimiento por parte de los demás? No de halagos o falsas concesiones, sino simplemente la experiencia de que existes en ti y en otros. Los niños pequeños lo expresan abiertamente de mil maneras singulares. La adultez lo prefiere disimular, pero muchas de las cosas que hacemos —piénsalo bien— buscan el reconocimiento —no de cualquiera— sobre todo de las personas que más nos importan. No es simple y elemental psicología infantil. Axel Honneth ha convertido la lucha por el reconocimiento en un principio de la vida humana, digno de acercarnos a él de una manera filosófica.


Y hablando de reconocimiento, ¿cuándo me he reconocido yo a mí mismo? ¿Cuál ha sido la ocasión última en la que nos hemos sentido satisfechos, orgullosos, de nosotros mismos? Algo que he dicho, algo que he hecho, algo que he pensado digno de mí, que hace honor con plenitud a lo que yo soy. Algunos no saben verse de otro modo –su autoestima por las nubes y su riesgo es la egolatría y el narcisismo—, pero otros esconden excesivamente pronto su buen hacer o su buen querer —su riesgo es la baja autoestima y la pusilanimidad—. Y como muchas veces nos resulta más fácil ver en nosotros lo que nos disgusta a diferencia de lo que nos gusta, no viene mal de vez en cuando este ejercicio que, con dicha intención, fue propuesto por el facilitador del encuentro. Puede ser bueno para nosotros, a quienes la situación crítica actual nos tiene bajo mínimos…

            Pues bien, la dificultad referimos a lo mejor de nosotros mismos y la necesidad de no prolongar en exceso el desarrollo de este ejercicio —seguramente— propició que fueran éstas —y no otras o más numerosas— las ocasiones de autosatisfacción que relataron nuestros participantes: cuando he dado ejemplo tirando un papel a la papelera, cuando recogí o rescaté a mi perro, cuando me he limitado a escuchar y así he podido recibir más, cuando ayudé a una persona con necesidades, cuando me he visto que voy madurando, cuando he terminado un trabajo bien hecho, cuando he dado el paso de querer hablar, el hecho de venir aquí, cuando he aprendido también a decir sí, haberme atrevido a animar a otra persona para que viniese a esta reunión, tratar de aprender día a día, seguir teniendo a mi edad curiosidad por el futuro, cuando he sido capaz de obtener el permiso de conducir, cuando he ido a recoger a una persona mayor y he respetado que no quisiera asistir, cuando he dado el paso de volver a hablar con una vieja amiga, ahora mismo estando satisfecho de estar aquí, cuando he hecho reír, el que me haya decidido a venir, yo estoy esperando estar satisfecha…


            De todos las temáticas propuestas (el cambio de actitud, la transformación social o individual, la belleza y su evolución, la resolución de los problemas, la solidaridad, la aceptación social), después de una segunda votación, fue la aceptación social la que suscitó más interés, así que se convirtió en el orden del día. Y hubo de ser fuertemente cuestionada dicha temática: ¿Todos necesitamos aceptación social? ¿Por qué nos excluimos unos a otros? ¿Por qué juzgamos por las apariencias? ¿Hay cosas inaceptables? ¿Cómo sería el mundo si nos aceptáramos todos? ¿Somos sociables por naturaleza o por cultura? Y la discusión —durante la hora y cuarto siguiente— trazó su propio recorrido, navegando entre algunas de esas cuestiones —aquellas en cuyas aguas dio tiempo a fondear—.
           ¿Todos necesitamos aceptación social? Con esta pregunta se inició la andadura, adentrándonos lo que se pudo en el mar de los menosprecios. Dijeron:

—Es una necesidad natural en nosotros.
            —A veces necesitamos de pocos y otras veces de muchos.
            —Y esas necesidades son muy personales, cada uno según sea él.
            —Además, hay momentos diferentes en la vida de cada uno.
      
Y era cierto, había muchos matices que trazar. El grupo veía claro esto. Aunque, comenzaron a surgir rápidos contraejemplos: “No en todas las sociedades esto es una realidad”. De hecho —insisten algunos participantes— en nuestras sociedades contemporáneas, de estilo occidental, el individualismo ha erradicado la necesidad de aceptación social. Ya no se buscaría tanto el reconocimiento a través de los demás, sino a costa de los demás. O algo así. Momento en que el conductor del encuentro decidió preguntar si dicho individualismo sería natural o estaría forzado por el modo de vida contemporáneo —por si acaso lo que se estaba diciendo contravenía la hipótesis que estábamos planteando de la necesidad natural de aceptación social—.

            En efecto, con todo tipo de matizaciones, se convenía en la necesidad humana de aceptación. Ocasión que uno de los participantes veteranos aprovechó para recordar la famosa Pirámide de Maslow sobre la jerarquía de necesidades humanas fundamentales, en donde el reconocimiento de los otros ocupa un lugar muy destacado. Así pues, una vez establecida nuestra necesidad de aceptación social, se preguntó el grupo: ¿Por qué necesitamos aceptación social? Y se aprobaron numerosas y suculentas razones que justifican dicha necesidad: a) necesito colaborar para aumentar mi conocimiento pero sintiéndome que colaboro; b) busco el bienestar que me proporciona ser querido; c) porque si no, la soledad me llevaría a una vida insalubre, y la falta de integración produciría en mí diversas patologías; d) necesito para ser más, sumar fuerzas, recordando aquello que Rousseau ponía en la base del auténtico contrato social para una sociedad democrática; e) también busco adaptarme social y culturalmente.

             Y ese instante comienza verdaderamente la problematización. Quienes hasta ahora habían mantenido mucho orden y acuerdo comienzan a cuestionar fuertemente la necesidad de aceptación, si se entiende como necesidad de adaptación social y cultural. Habían sido muy descriptivos y se habían mostrado muy disciplinados, pero ahora comenzaba la revuelta. ¡Bienvenida sea! El paso por la negación es imprescindible para afirmar con rigor y profundidad, si no, lo hallado constituiría una endeble identidad abstracta y vacía (Hegel).

            —La aceptación es una creación social. Puede tener una base biológica, pero se modula socialmente.
            —Sí, es verdad, estamos continuamente proyectando hacia afuera una imagen: una imagen que tengo dentro, pero que ha sido creada socialmente. Mi identidad, mis deseos, mis expectativas tienen una guía exterior. Por eso, vivo a lo largo de la vida experiencias fluctuantes de cómo puedo lograr ser aceptado socialmente. Hasta que soy consciente de ello y empiezo a vivir yo misma…
            —Entonces, eso quiere decir que la imagen que tenemos de las cosas y de nosotros mismos influye mucho en lo que percibimos y cómo nos percibimos… —trata el moderador de introducir esta reflexión para suscitar más la discusión.
            —Efectivamente, yo he tenido siempre la imagen de “rebelde” y esto ha constituido  parte fundamental de mi identidad. Y yo tan contento.

            A raíz de experiencias personales directas como éstas —así lo había pedido a los integrantes el moderador hacía un momento—, se plantea hasta qué punto buscar la aceptación social no supone una traición de ti mismo, y si no debería ir unida al respeto de ti mismo. Si no supone esto una falsa o aparente aceptación social, cuando no consistiera también en un reconocimiento de mí mismo, tal como soy. Es decir, ¿puede haber aceptación social genuina sin reconocimiento de lo que somos? ¿Hasta qué punto la aceptación social sería aceptable sin un reconocimiento mutuo? Yo con ellos y ellos conmigo.

            Uno de los participantes había propuesto la cuestión inicial, que recordaréis: ¿Hay cosas inaceptables? Y no perdió la oportunidad —llegado este momento de la discusión— de reivindicar la importancia de este planteamiento. Porque, indudablemente, hay situaciones sociales inaceptables: la injusticia, la mentira… Importancia que fue reconocida por el grupo entero, pero que trataríamos luego, si había tiempo. Cosa que no pudo ser y que hubo de ser aceptada por este interlocutor. ¿Qué pensáis? ¿Hubo reconocimiento mutuo, o no?
         
Una de las participantes adultas —pues no olvidéis que allí había personas de todas las edades y bastantes jóvenes— se postula, quizás sin saberlo, como representante de Kant en la discusión del día. (Algo que ya ocurrió otra vez en un café filosófico anterior de hace algunos años). Kant, el filósofo ilustrado, había hablado por extenso de la singular dialéctica de la vida social, que transcurre entre dos disposiciones naturales del ser humano: su insociable sociabilidad. Esta naturaleza polar nos procura conflictos y sinsabores pero, a la vez, nos trae dinamismo a las sociedades humanas, que de otro modo permanecerían estancadas, como observamos en otras sociedades animales —allí donde la conducta instintiva es mucho más dominante—. Esta participante lo explicaba así: hay dos fuerzas opuestas en nosotros, lo individual y lo social, lo que nos exige una reflexión y un esfuerzo —pues siempre estamos en el filo de la navaja— que nos proporcione un mínimo equilibrio personal, como manera sobrellevar lo mejor posible la vida en sociedad. Cada uno ha de encontrar su equilibrio personal. ¿Necesitábamos conocer al filósofo Kant para argumentar kantianamente? Esto es lo valioso de nuestro encuentro, que no hace falta saber filosofía para poder filosofar, y que a través del filosofar aprendemos filosofía de verdad (esto también es muy kantiano, recordad su dicho: no se aprende filosofía, sino a filosofar).

            Y esta conclusión dominará ya el resto del encuentro, pues comienzan los participantes a aceptarla o rechazarla, pero en este segundo caso, curiosamente, tan sólo introduciendo matices en el otro extremo rechazado. Tácitamente, la estaban aceptando.

            —La insociabilidad es necesaria, así avanzamos y hemos avanzado hasta ahora.
            —La soledad no es mala siempre, o patológica, pues produce obras, e incluso, de ellas luego nos beneficiemos todos.
—No nos olvidemos de vivir nosotros, aunque vivamos socialmente.

—Pues, “la vida es aquello que nos ocurre mientras estamos ocupados haciendo otros planes” (John Lennon).

martes, 14 de octubre de 2014

¿Filosofía en tiempos de crisis? 1. La función socrática

Todos decimos ahora que estamos sufriendo una crisis sin precedentes, y sin embargo, ¿cuánto tiempo llevamos así? Si crisis (del griego “κρίσις”) significa, en el fondo, una metamorfosis, el necesario trauma del paso de unas estructuras a otras —personales, sociales, culturales—,una separación o fractura digna de ser analizada y juzgada para tomar una decisión, nuestra cultura hace mucho que atraviesa una larga etapa crítica. Pero lo que no sabemos es si estamos juzgando bien y adoptando las mejores decisiones. Y si no fuera así, las crisis continuarán aquejándonos, quizás con el buen propósito cósmico de darnos otra oportunidad de buscar lo necesario a nuestra época, su constitución epocal.
De manera que la crisis que navegamos podrá ser económica, podrá ser una crisis de valores, podrá ser del modelo social y político dominante, podrá ser una crisis ecológica y de la distribución de los bienes y males que habitamos, pero nos está pidiendo que busquemos juntos qué necesitamos, qué es lo necesario en una época como la nuestra: planetariapeligrosa por el poder de nuestros medios tecnológicos, aunque universal en sus pretensiones, que ha de hacer justicia a las diferencias desde la conciencia global de que “todos estamos en el mismo barco”.
Cada ciencia, cada rama desgajada del saber humano, hace su camino en solitario y obliterando al caminante mismo. Ha ido surgiendo un saber disperso, que secciona la realidad y nos disecciona a nosotros, que nos embota y nos impide ver más allá —alzar la mirada y caminar erguidos distinguió a nuestra especie—. Cada rama de las ciencias no ceja en el empeño de provocar fracturas, crisis —y esto es bueno—, sin embargo, los juicios y las decisiones son de todos nosotros, si han de estar los saberes específicos y especializados al servicio de lo más humano en nosotros.
Es necesaria la integración humana y ecológica de todos los saberes dispersos. ¿Quién puedemoderar el gran debate sobre el saber humano y el futuro de la humanidad? ¿Quién habría podido prepararse a conciencia desde hace más de 2500 años? La humanidad echa en falta la función socrática de la filosofía. Y la filosofía profesional ha sido cómplice todo este tiempo, desperdiciando algo tan valioso. Sócrates no toma decisiones y la filosofía no va a tomarlas por ti, no guarda en el bolsillo una varita mágica de DoraemonSócrates sólo sabe hacer preguntas para que entre todos hallemos las mejores respuestas a la altura de nuestro tiempo; nos incita a pensar y a perseguir lo mejor que sea posible en el kairós del tiempo presente, lo que más nos interesa a largo plazo contigo y conmigo incluidos, pero no exclusivos.

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domingo, 21 de septiembre de 2014

Somos diálogo: ¿Pero qué es dialogar?

¿Cómo referirnos a lo esencial de ser humano? Lo más importante, lo que más lo define. Está la definición clásica aristotélica: “animal racional”; está la definición agustiniano-cartesiana: “un ser que duda y piensa”; la definición pascaliana: “una débil caña pensante y sintiente”; está la definición kantiana: “un ser cuya dignidad implica ser tratado siempre como un fin en sí mismo y no sólo un medio”; “homo ludens”, “homo economicus”, “homo sapiens”, “bípedo implume”… Somos Logos, desde que el hombre es consciente de sí mismo, sí, pero “logos” significa también en griego Lenguaje, no sólo razón o pensamiento; y un lenguaje es cosa de dos al menos (“diá-logos”). Sin relacionarnos, sin comunicarnos, sin entendernos no somos personas que hayan desarrollado sus potencialidades humanas. Salvajes, monstruos o seres patológicos nos volvemos.Estamos hechos así, para comunicarnos, y si no nos entendemos, algo se desgarra en lo más profundo de nuestro ser.
¿Cómo ha de ser un diálogo para ser un buen diálogo, que exprese la esencia de lo que somos y nos ayude a desplegarnos como seres humanos? Es suficiente que sea real la posibilidad de entenderse: que yo sepa por dónde vas tú, qué es lo que quieres, qué estas dispuesto a poner en juego. Nuestras necesidades e intereses aflorados. Las condiciones para un buen diálogo son las condiciones mínimas para tratar de entenderse. Comenzando por unas condiciones mínimas de simetría y reciprocidad en la discusión. Pero, ¡cuidado!, entenderse no quiere decir: estar de acuerdo en todo. ¿Te queda clara la situación? ¿Nos queda clara? ¿Qué más podemos pedir? Todo lo demás será miel sobre hojuelas. Y lo recibiremos como un regalo. Y lo apreciaremos y lo alentaremos cuanto más mejor. El entendernos es una búsqueda, es un anhelo, que se alimenta ni más ni menos que de la confianza mutua. ¿La tienes tú, en ti mismo y en (y con) los demás? Has de saber que si no llevas este ingrediente a la reunión, al encuentro con otro ser humano como tú, estarás poniendo hiel sobre la posibilidad de entendimiento mutuoLuego no vengas a quejarte de la humanidad, diciendo que no tiene arreglo.
¿Qué busca el entenderse? Sin dudarlo, primero, poner en común y, si es posible, el acuerdo. ¡Qué maravilla de estas ocasiones! Cuando aparecen…, porque aparecen. Ahora bien, tienes que estar atento. No olvides que, siempre, es más lo que nos une que lo que nos separa, aunque a esto último le otorguemos el marchamo de realidad y lo otro permanezca en el fondo olvidado de la sempiterna e ilusa insatisfacción humana. Pero, sobre todo, no confundas el acuerdo con un convenio o un pacto: ni vale el “tú me das y yo te doy”, al modo de una transacción comercial, ni vale el “cede tú un poco y yo cedo otro poco”, a la manera de los desesperados que se hallan al límite. Todos podemos salir ganando, no es una quimera, tan sólo hemos de tratar de conocernos un poco mejor. Recuerda la siempre viva historia de las dos hermanas que discutían por una naranja.

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jueves, 14 de agosto de 2014

¿Por qué la filosofía no está de moda?

A veces se oye que la gente prefiere no pensar, o se oye que a algunos nos les interesa que la gente piense. Y, a veces, se juntan las dos cosas. Pero es el sistema social en que vive la gente el que los aleja del pensamiento. Las personas, como tú y yo, estamos siempre pensando. No dejamos de pensar. Claro, está el pensamiento mecánico, el pensamiento inconsciente, el pensamiento confuso, el pensamiento obsesivo y está el pensar por pensar. Pero es el pensamiento autónomo, crítico, reflexivo, radical, creativo, iluminador, el que no interesa, al parecer, a algunos. La filosofía no está de moda, pero se va a poner de moda. Pues su materia sigue siendo muy viva: pensar el pensamiento, para ser más conscientes, más libres, vivir con mayor autenticidad, mejor con nosotros mismos y con los demás, para colaborar a que un mundo mejor sea posible. La filosofía siempre ha tratado de eso, ¿no lo sabías? No te culpo.

Dossier de la UNESCO reivindicando la Filosofía
 La misma filosofía académica hace ya mucho que se ha desviado de la propia finalidad filosófica. Se ha olvidado a menudo que la filosofía siempre ha sido un modo de vivir (Pierre Hadot) no un conjunto repleto de abstracciones eruditas para especialistas. Lee los primeros Diálogosde Platón, el Manual de Epicteto o la Carta a Meneceo de Epicuro, o lee a Nietzsche y lo podrás comprobar in situ. Allí, filosofar es vivir. De ahí que desde no hace mucho haya comenzado a reivindicarse que la filosofía es ante todo aprender a filosofar (Kant), que es tanto como aprender a pensar para vivir mejor, que es una actividad, una práctica. El movimiento internacional de Práctica filosófica posee ya un largo recorrido. Y una de sus modalidades —la más popular— es el café filosófico. Pero hay otras maneras de convertir a la filosofía en algo práctico —además del “laboratorio de ideas” propio del filósofo profesional— y cercano a la vida que todos vivimos en un mundo y una época como la nuestra. Aquí tienes un muestrario sucinto:
El diálogo socrático: donde un grupo reducido de personas se reúne durante varias sesiones para indagar juntos, aclararse y hallar la definición de un concepto central en nuestras vidas, a partir de las propias experiencias vividas de los participantes.
 El taller de filosofía: en un contexto algo más escolar, los participantes construyen el pensamiento y el conocimiento por ellos mismos, a través de sus propias preguntas o las del animador de las sesiones. Una revolución en la manera de impartir filosofía, pero apta para cualquier otra disciplina o materia.
 La consulta filosófica: la filosofía recupera su antigua dimensión terapéutica mediante un trabajo de asesoramiento u orientación a personas, grupos, organizaciones o instituciones públicas o privadas. Una nueva profesión liberal que no hay que confundir con el Coaching, pues aquí la filosofía no es instrumentalizada, puesta simplemente al servicio de unos objetivos determinados.
 El café filosófico: la filosofía sale a la plaza pública para ofrecer un espacio de diálogo filosófico a personas de distintas edades e intereses, que coordinan su pensamiento sobre alguna preocupación o inquietud, dirigidos por un filósofo práctico.
La filosofía no está de moda, pero se va a poner de moda.

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domingo, 3 de agosto de 2014

¿Qué se aprende en un café filosófico?

Tertulias hay muchas, debates hay muchos, discusiones también, a veces hasta se dialoga tranquilamente. ¿Qué es lo propio, entonces, de un café filosófico? Allí se va a aprender y no a demostrar lo mucho que se sabe, a escuchar tanto como a hablar, a investigar conjuntamente con otras personas sobre alguna cuestión que nos preocupe o nos motive, a compartir tus experiencias y abrirte a las de los demás, vas a examinar la vida junto a otros y a examinar tu propia vida, vas a conocerte a ti mismo a través de los demás. Habrá discusión y habrá acuerdo, habrá contradicción y síntesis, silencio y algarabía, tiempo para pensar y reflexión sobre el pensamiento, te costará un poco arrancarte del sofá de tu casa o del teléfono móvil, pero luego verás que ha merecido la pena y que has pasado un buen rato. No se va a otra cosa. De lo contrario, ni el propio moderador del encuentro se apuntaría. Él garantiza el método, la forma filosófica, el contenido lo pones tú.
Marc Sautet, iniciador de los Cafés Filosóficos
No hay una sola manera de organizar un café filosófico. Yo te propongo ésta. Y no es tan difícil de llevar a cabo. Primero, mira a ver si tú deseas disponer de un momento especial de la semana en el que plantearte junto a otros aquello que no tienes ocasión a menudo. Luego, busca un lugar público en el que la vibración de la palabra pueda transmitirse sin dificultad, un lugar abrigado de trasiego y ruidos. Es importante que sigáis un orden en la discusión y un mínimo formalismo, sin arruinar la espontaneidad y la novedad que vaya surgiendo. Rompe el hielo haciendo que los participantes se presenten unos a otros con ocasión de alguna pregunta de autoexamen. Tomad la discusión como una investigación cooperativa sobre la pregunta que os habéis hecho sobre el tema elegido por votaciónEstad atentos a las contradicciones de lo que se dice, evitad los cambios de tema, las repeticiones de lo mismo y sobre todo, no dejéis pasar las buenas ideas que aparezcan, además de ir haciendo pequeñas recapitulaciones de lo hallado.
¿Para qué te puede servir a ti asistir a un café filosófico? ¿Qué puede aportar una cosa así en un mundo como el de hoy? Vuelve a leer lo anterior, tu propia respuesta está delante de ti. ¿Te parece que abunda algo así? Si estás acostumbrado a ello, sin duda no te hace falta. Pero somos muchos los que lo echamos de menos. Ni lo vemos en la Televisión (sólo espectáculo y apariencia), ni lo vemos en el Parlamento (sólo acusación y diálogo de sordos). A veces, lo notamos algo mientras esperamos en una cola, que hablamos de cómo va el mundo, en un velatorio, que hablamos de la vida y la muerte, o después de salir del cine, que hablamos de nosotros mismos. Pero ahora tienes un café filosófico para asistir y poder realizarlo de una manera consciente e intencionada.

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lunes, 14 de julio de 2014

¿Necesitamos partidos políticos?

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El pueblo dice: “No, ya estamos hartos de políticos, son todos iguales”. Y lo que quiere decir es que necesitamos otra forma de ejercer la política. Muchos igualan democracia y existencia de partidos políticos. Y esto es cierto a medias. La democracia de veras no se construye con cualquier tipo de partidos políticos. De hecho, también están presentes dentro de regímenes autoritarios. Ahora bien, lacalidad de una democracia puede medirse por la calidad de aquellos ciudadanos que tienen un mayor protagonismo político y que se organizan partidariamente (“los políticos”). Sufrimos un déficit democrático grave si los partidos políticos continúan siendo internamente las estructuras menos democráticas que tenemos. Habitualmente son estructuras de poder para obtener y organizar el gobierno de las cosas del pueblo. Pero resulta que todos los partidos políticos, sean de izquierdas o de derechas sonconservadores. Buscan conservar el poder a toda costa.
Ya estamos viendo cómo el pueblo necesitaba savia nueva, al grito indignado de “podemos”. Y ya sabemos lo que quiere decir esto: una manera diferente de gobernar. La mayoría de los políticos —de años de profesión— han quedado moralmente inhabilitados por acción, dejación o acomodación. Los partidos políticos no pueden ser estructuras de poder dirigidas a conseguir el poder en sí, es decir, para sí mismos y los “suyos”. Cada partido político habría de ser una perspectiva de la vida pública, necesaria y diferente, pero orientada siempre a la consecución del bien común, lo mejor para todos. No su cuota particular de poder ni su persistencia en él. En el juego de los partidos políticos no hay sorpresas ni verdaderas novedades de calado porque adolecen de creatividad. Las respuestas son siempre las mismas. Nuestros políticos son demasiado previsibles. Y esto es peligrosamente sospechoso, ¿no crees?
Algunas propuestas básicas para prevenir los males de los partidos políticos actuales y lograr una mayor calidad democrática pudieran ser éstas:
1) Mecanismos internos de control en los propios partidos políticos para filtrar quiénes son los representantes de sus afiliados y simpatizantes que, llegado el caso, van a tener que ejercer responsabilidades públicas. Así, por ejemplo, la lucha contra la corrupción no es eficaz sólo desde fuera, judicialmente o en las urnas, pues sólo se descubre siempre la punta del iceberg y el pueblo sólo puede votar dentro de lo que hay.
2) Igual que en vida pública en general, integrar con normalidad la renovación permanente de los líderes y de las cúpulas dentro de los partidos políticos. Con períodos limitados y no renovables de su mandato.
3) También una mayor transparencia de sus actividades y su financiación, y no falsa o aparente, para quedar bien, para cubrir la falta de confianza del electorado, sino transparencia interna en la toma de decisiones, como señala Byung-Chul Han.
4) La formación de partidos políticos deben ser un fruto maduro de la expresión del pueblo.Habrían de emerger desde abajo, desde la propia movilización de las comunidades ciudadanas y no como estructuras rígidas y fijas que se organizan y se imponen desde arriba para ejercer el poder de un modo partidista.
5) De ahí que la estructura normativa y burocrática de un partido no debiera nunca impedir la expresión de la discrepancia y la diferencia, sino favorecerla. Aunque es cierto, que no al precio de una completa ineficacia. Diseñar para ello unos mecanismos básicos de organización que no estén reñidos con la evolución y la novedad. Un equilibrio entre creatividad y organización.

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jueves, 3 de julio de 2014

¿Por qué es tan educativo el contexto político?

A familia, Tarsila do Amaral

El contexto social de aprendizaje en que se viva educa o, por supuesto, maleduca. Pero es lo que más educa. Aprendemos a veces por nosotros mismos, sí; formalmente aprendemos en la escuela y nuestros padres nos orientan conscientemente hacia lo mejor que saben, es cierto. Pero lo que más educa sin apenas darnos cuenta es el contexto, los modelos sociales e individuales que nos circundan. Y no lo que dicen que hacen o lo que nos dicen que debemos hacer, sino lo que de hecho muestran, a veces, a pesar suyo. Sobre todo cuando son muchos los que muestran lo mismo. Cuando predominan ciertas conductas habituales. Tan habituales, que se vuelven normalesY nuestros políticos no se sustraen a esta realidad educativa. “Educa la tribu entera”, le gusta recordarnos José Antonio Marina.
¿Os habéis fijado en lo semejantes que son, en el modo de conducirse, nuestros políticos profesionales? La razón estaría en el contexto habitual en que se mueven. Aquello que más abunda y que es lo que más presiona, sabiéndolo o sin saberlo. Funciona frecuentemente un mecanismo social de “selección natural”: cuando predomina un determinado conglomerado de usos y costumbres, aquel que no encaja bien del todo, o no se adentra, o se aleja poco después de él; y si no, los demás se encargarán de hacerle la vida imposible para que se vaya.Así, los que quedan, claro, acaban pareciéndose demasiadoOcurre en todo tipo de grupos, también dentro de un partido político, y más si los que están llevan juntos mucho tiempo, haciendo lo mismo: política al uso. La política es eso, dicen. Pero, habría que decir: eso es lo que hay; lo que no significa que siempre haya sido así, ni tampoco que siempre vaya a ser así. Aquello que se construye socialmente, socialmente puede reconstruirse y reorientarse.
De ese modo se va gestando la corrupción política, pongamos por caso. Lo frecuente, se vuelve habitual, lo habitual, normal. Y lo normal, política y moralmente aceptable. Vayamos al fondo: la política es un medio para un fin, que es la realización de lo mejor para y por la comunidad de ciudadanos. Sin embargo, la costumbre es que la política se haya convertido en un fin en sí mismay los ciudadanos simples medios para justificar el poder político; la oportunidad para favorecer mis intereses y de los míos (mis allegados sociales y económicos). Sepervierte así la política y se corrompe la vida pública. Poco a poco, con aparente normalidad…
Pero todo podría ser diferente. No sabemos si nuestros políticos profesionales se dan cuenta de que, puesto que principalmente se educa con el ejemplo reproducido socialmente, ellos son un factor crucial de la educación cívica de nuestros jóvenes, y de la sociedad en general.Aquello que la escuela trata de inculcar por la mañana queda deshecho por la noche, a la hora de las noticias del día. ¿De qué nos vale educar a los jóvenes para ser buenos ciudadanos si nuestros políticos suelen estar tan mal educadosLa educación política ha de comenzar por aquellos que obtengan cargos públicos o los detenten. Los propios partidos políticos deberían promover esto internamente y servir de filtro. Como pensaba acertadamente Hans Jonas,el poder requiere de una gran responsabilidad, puesto que sus decisiones afectan a muchos y su conducta constituye un ejemplo para todos. ¿Eres consecuente? Si no, no te dediques a la política. Producirías un gran daño.
Publicado en:
Qué Aprendemos Hoy

lunes, 30 de junio de 2014

Sobre el autoconocimiento

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.9
13 de junio de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

  
Te advierto quien quiera que fueres. ¡Oh!, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh!, mortal, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los Dioses.

            Inscripción del templo de Apolo en Delfos.

Yo debería verlas [las cosas que existen], apenas verlas;
Verlas hasta no poder pensar en ellas,
Verlas sin tiempo, ni espacio,
Ver pudiendo prescindir de todo menos de lo que se ve.
Es esta una ciencia de ver, que no es ninguna.

Fernando Pessoa, del poema “Vive”.


    ¿Quién soy yo?

¿Cuánto tiempo puede llevarnos descubrir una orientación adecuada de la pregunta “quién soy yo”? Atención: no la respuesta, la pregunta. La más decisiva, pues está referida a ti. ¿Quién eres tú? No se pregunta dónde vives, aunque también; no se pregunta cómo te llamas, aunque también; no se pregunta cuántos años tienes, aunque también; no se pregunta cuáles son tus aficiones favoritas, aunque también. Se está preguntando por ti mismo. Sigue leyendo, pues este relato de lo que dijeron los participantes del último café filosófico de la temporada te interesa para proceder con tino, para que no te marees por ahí dando vueltas en el bosque de la vida. Te ofrecen el primer paso para tu propia búsqueda bien orientada.

De hecho, a los participantes se les pidió, a modo de autoexamen, que comunicasen al resto “aquel valor central en torno al que gira mi vida en estos momentos”. No lo que me gustaría ser o cómo me gustaría que fuese todo, sino lo que es, lo que es operativo en mi vida. Así que el discurrir del encuentro, y aún su contenido, puede que estuviera prefigurado por este comienzo. (Quién sabe). Quizás el propiciador del encuentro condiciona más de lo que a él le gustaría. O quizás sólo trata de ser permeable. La cosa es que se fueron desgranando algunos valores muy apreciados de los allí presentes.

—Mi nieto, por la ocasión que me ofrece de expresar mi amor.
—La justicia social, para ello trato yo mismo de no ser injusto.
—Mis amigos, mi familia, centran mucho mi atención.
—Encontrar mi camino, que ahora se traduce bastante en tratar de encontrar una salida profesional.
—La responsabilidad, actualmente y principalmente hacia mi hijo.
—La paciencia, practicarla constantemente. La paciencia no pertenece a la familia de la resignación.
—Interesarme por el otro. —¿Incluye a los que están en el entorno cercano a ti?
—¿Y tú qué? Nunca dices nada.
—Bueno. Creo lo que dirige mi vida en estos momentos es el intento de conocerme a mí mismo a través de los demás. —¿Tiene esto algo que ver con la organización de cafés filosóficos?

Así que no fue tan raro que el tema del autoconocimiento se impusiera frente al valor de la tradición —parece que nunca será su momento— y al poder de las creencias. El conocimiento de uno mismo… Los griegos de la antigua Grecia, allí donde se concibió el huevo iniciático de nuestro mundo, plasmaron en el templo de Apolo en Delfos lo fundamental: conócete a ti mismo y conocerás al universo y los dioses.

Pero, ¿cómo conocerse? ¿Por qué es necesario conocerse? El grupo vio muy claro que para saber quiénes somos, necesitamos también atender a las anteriores cuestiones. De la primera (la manera de llegar a conocerse), te indicarán el camino al final, como habíamos anunciado; de la segunda tendrás noticia a continuación.

¿Es necesario conocerse?
—Yo me he ido descubriendo quién soy sobre la marcha.
—¿Y cómo se hace eso?
—Simplemente viviendo.
—No ocurre del todo conscientemente. Nadie quiere encasillarse o que lo encasillen. Pero ocurre espontáneamente poco a poco, que te vas conociendo.
—Y no esperéis una cátedra acerca de lo que sois. Simplemente, se trata de ser conscientes.

En este momento una joven participante, que asistía por primera vez al diálogo filosófico, quiso aclarar mejor qué es esto de “ser consciente”. Todo el grupo se lo agradeció bastante. Y eso que ella no sabía que su aclaración traía detrás toda una tradición de filosofía sapiencial. Además, lo que aportó se basaba en una experiencia personal. Había aprendido a identificar por ella misma lo que en cada momento sentía o le pasaba, sin juzgarlo, tan sólo observarlo. Ver, mirar sin juzgar, ser conscientes, esto ya es mucho y es terapéutico. Sin duda, este tipo de perspectiva sobre nosotros mismos la estaréis oyendo por muchos lados. Ahora bien, la filosofía de todos los tiempos (occidental, oriental o de otras latitudes) no se confunde con la autoayuda empaquetada para consumir, usar y tirar; no se confunde con las recetas fáciles, bienintencionadas, frases bellas con que adornar la habitación de nuestra mente; no se confunde con las técnicas del Coaching, tan de moda, pues no es un saber instrumental que se agote en la consecución de objetivos o metas, logros deportivos, laborales o empresariales. Es un saber integral de ti mismo y del mundo, que te puede llevar a ser más eficaz en tus quehaceres cotidianos, pero que no se reduce a ello; pues está referida la filosofía a una actitud vital, que es filosófica. Un modo de vida, como lo era más clara y asiduamente en la antigüedad.

—Pero me doy cuenta de que lo que soy también se me ha dado ya hecho. ¡Y ahora necesito saber si ése soy yo!
—Entonces, ¿por qué es necesario conocerse?
—Para empezar, porque así seremos más capaces de romper con la imagen de los demás que nos hemos dejado poner en nosotros, o bien de nuestra imagen que ponemos en los demás.
—Realmente —afirma uno de los participantes— a lo largo de nuestra vida pasamos por diferentes fases, unas menos reflexivas y otras más reflexivas.
—Sí, y unos evolucionan antes y otros después.
—Cierto.

Pero —se concluye entre todos, después de una breve discusión—, todo el mundo se ha planteado quién era en algún momento de su vida. Quizás, sólo necesita el momento propicio, que puede venir forzado desde fuera (una desgracia, una sorpresa, una injusticia…) o desde dentro alumbrado (una conciencia especial, un aprendizaje, una conversión…). Sin embargo, el verdadero autoconocimiento siempre está ligado al yo interior. Si te importa demasiado tu yo exterior, compuesto, condicionado, parcial, que acumula, que calcula, que posee y que se apega a lo que posee, susceptible, voluble, cargado de miserias y de grandezas ocasionales, que se aísla, se entretiene y vive de narcóticos, si es así, estarás perdido. Esta vía no la sigas. Ellos no te lo aconsejan.

“¿Os conocéis ya?”. Esto les preguntó —al parecer, según contó una de las participantes adultas— el cura a ella y a su pareja en un momento del cursillo prematrimonial. Ella se quedó perpleja. ¿Cómo se iban a conocer ya, tan sólo por llevar varios años de conocerse? ¿Preguntaba este sacerdote por el yo superficial? “Nos vamos conociendo”, dijeron ellos con buen tino.

Pero, el planteamiento del yo interior y el yo exterior suscitó una paradoja en el transcurso de la discusión: la paradoja de la responsabilidad hacia los otros o la traición hacia mí mismo. Paradoja que persiste tan sólo si no me incluyo yo en mi propia responsabilidad. “Tengo que hacerlo”, puedo decirlo desde lo profundo de mí mismo o desde mi yo aparente, que es circunstancial y egoísta. Mi responsabilidad ni me excluye a mí, ni puede excluir a los demás. La pregunta “quién soy yo”, se refiere, así pues, a mi yo interno, mi yo profundo, mi yo real, que nunca es excluyente. Lo otro, lo externo, lo superficial, las apariencias son encrucijadas del camino, en las que he de tomar decisiones. Por ejemplo, para saber decir no cuando haya que decir no, y decir sí cuando hay que decir sí. El ahora es el momento, es el único momento. ¿Quién soy yo, entonces? Habíamos efectuado el trabajo previo de desbroce, para que tú no te desorientes, no extravíes tu búsqueda, que es tuya, pero has de saber que hay caminos prácticamente impracticables.


Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseo, pero no soy deseos.

Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy emociones.

Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos”.

Ken Wilber