Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 31 de enero de 2022

Sobre la falta de comunicación



Café filosófico en Capileira 1.1

28 de enero de 2022, Biblioteca Pública, 17:00 horas


Los individuos y las colectividades que viven interiormente como si pisasen una “tierra de cieno” sienten que son dominados por un funcionamiento autonomizado, maquinal, que le suplanta su Ítaca interna, su mundo interior.

Luis Sáez Rueda

¿Qué necesitamos para entendernos?

Inauguramos nuestro Café filosófico en Capileira. Para dialogar y continuar comprendiéndonos. Ahora en esta tierra bella de La Alpujarra, gracias a la colaboración de su Excmo. Ayuntamiento. El mundo contemporáneo adolece de una falta de comunicación, a pesar de abundar tantos medios. También en estos lugares más apartados –tal vez de un modo muy especial– se perciben y se sufren las patologías de nuestro tiempo. Y los participantes son muy conscientes de lo que no marcha bien en nuestra civilización occidental. Ellos y ellas ligaron, a través de su discusión, la falta de comunicación con su mundo, el mundo rural. Un mundo, que se percibe acechado de variados peligros, algunos de los cuales aquí se vincularon. Merece la pena escuchar lo que, en estos lugares únicos, tiene que decirse. Sin tomar conciencia también de sus necesidades, nada podrá salvarnos.

Pero, la palabra “filosofía”, ¿qué suscita en nuestra mente? ¿Qué es lo que moviliza por dentro, cuando se pronuncia? Ya que era el primer encuentro filosófico, se pregunta esto a los asistentes, y responden: “filosofía” es igual a “vida y espíritu”, “pensamiento sobre la vida”, “la vida misma”, “una manera de vivir”, “una búsqueda interior”, “un cuestionamiento”, “un brotar del amor”, “una reflexión”. ¿Quién podría decir que no conocían ya lo que era la filosofía, aunque no lo supieran...? Ahí estaría el problema de la Filosofía con mayúsculas, que olvida el filosofar cotidiano. Solamente se requiere, para que aflore, un poco de comprensión y escucha, facilitarlo un poco. Y esto es lo que se busca en estos encuentros filosóficos, personales y ciudadanos.

Aparecieron temáticas como la relación humana con el paisaje, la guerra, el mundo rural, la confusión sobre la identidad, pero la incomunicación humana fue la temática elegida para su análisis aquella tarde. ¿Cuál sería, hoy día, el mayor problema que presenta la comunicación humana? Quizás no fuera sólo un problema, sino un ramillete. «No hay tiempo para la escucha». No hay tiempo para casi nada y menos para atender al otro. «Las posturas son muy cerradas». El dogma está a la vuelta de la esquina en la vida social y política. «El fondo necesario para toda comunicación ha desaparecido». Sin ese fondo compartido no hay comunicación posible. Todos sus elementos (emisor, receptor, código, medio, mensaje) se producen en el vacío. Y eso antes no pasaba tanto... Por ejemplo, en estas tierras, una sábana blanca a lo lejos, era una señal que tenía un significado claro para los receptores del otro lado del barranco. «Estamos saturados de tanta información», contradictoria, falsa, muchas veces... La posverdad no nos convence. Hay verdad, no todo vale igual, no todo nos da igual... Además, «ha cambiado la intención de la comunicación», su para qué, lo que buscamos al comunicarnos. Ya no buscamos lo mismo que antes... entendernos, sino influir.

Pregunta el moderador: ¿cuál sería la base, el fondo, de tales problemas de la comunicación humana? Y lo vieron desde el mundo rural donde, todavía se aprecia más claramente el desajuste actual, por haberse mantenido más tiempo el modo de vida tradicional y darse, entonces, un mayor contraste. Una participante es tajante en su respuesta: «¡Se ha perdido la infancia!». Decir “la infancia” es decir lo propio de la infancia, ese territorio del que nunca deberíamos desarraigarnos del todo, pues significa: ausencia de temor, compartir y la búsqueda de la autonomía personal, no la “sobre-protección de ahora”. Se ha perdido el ser consecuente con la propia identidad, la claridad acerca de lo que somos. Se ha perdido la empatía... en las relaciones humanas. El nuevo turismo, desde hace unos años, destruye la esencia, la identidad, que queda envuelta en una serie de tópicos y en donde los protagonistas del medio rural se sienten perdidos. (Ciertamente, los participantes hablaban de sí mismos... sí, pero con la capacidad de distanciamiento que ofrece una reflexión serena; para lo que estábamos allí).

Las fuerzas ciegas (el capitalismo y la racionalidad que utiliza instrumentalmente los valores y la voluntad de reducirlo todo a cálculo, a algo cuantificable), de las que analiza Luis Sáez Rueda, en su libro Tierra y destino, sus efectos, están también penetrando en el mundo rural. Y lo están haciendo en lo que se ha convertido, por suerte, o quizás también, por desgracia, en su principal medio de vida, el turismo, convirtiéndolo en un producto de marketing, algo impersonal y prefabricado. Ya, ¡hasta se trae el viaje preparado de antemano, todo planificado, sin espacio para el descubrimiento! El turismo es ahora necesario, quizás, pero hay que plantearse qué turismo necesitamos. (La respuesta a esta pregunta quedó flotando en el ambiente, dispuesta a ser trabajada en otro encuentro filosófico venidero). Ellos y ellas manifestaron su preocupación por la pérdida de identidad y el precio que haría pagar el turismo mal entendido. Y esta es una cuestión que a todos, vivamos en un área rural o no, mucho nos concierne. Como se anuncia en el Manifiesto del comienzo de la Revuelta de la España Vaciada:

Sin pueblos no hay futuro, pero tampoco lo hay para las ciudades, ni para el medio ambiente tan deteriorado. El Planeta está amenazado y hay que defenderlo país por país, provincia a provincia, comarca a comarca, pueblo a pueblo.





sábado, 22 de enero de 2022

Sobre las expectativas

21 de enero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

La Quimera susurra hacia la luna

y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.

Luis Cernuda, La realidad y el deseo

¿Hemos vivido falsas expectativas?


Comenzamos el segundo trimestre de Cafés filosóficos y las expectativas siguen jugándonos malas pasadas. Introducen una peculiar dialéctica, entre el deseo y la realidad, que no siempre sabemos gestionar. Y eso nos lleva pasando, de un modo especial, todo este largo tiempo de pandemia. Las expectativas ponen un listón, que si la realidad no se ajusta a él, nos defrauda. Por otro lado, la misma realidad necesita ser juzgada desde algún modelo ideal, si no, no se avanza. Así pues, ¿dónde situar el fino equilibrio entre la realidad y el deseo? No siempre es fácil. Veámoslo con un ejemplo cotidiano: esta película es maravillosa, entonces, la vemos y decimos que no es para tanto; y si nos advierten de que es una mala película, entonces, la vemos y decimos que no está tan mal, incluso nos ha gustado; y, como sabemos, estas reacciones se han debido a la expectativa creada de antemano. ¿Nos pasará lo mismo con nuestras expectativas respecto a todo lo que podríamos aprender de una crisis pandémica, como la que vivimos? El grupo reunido aquella tarde te va a hablar de esto.

Estamos cansados, puede que hartos, de tantas restricciones al desenvolvimiento de la vida, incluso, puede que acumulemos fatiga mental. Hagamos un repaso de la mano de los participantes. ¿De qué estamos ya cansados? La mascarilla te impide ver el rostro de las personas, no dicen los ojos tanto como creíamos. Los que viajamos estamos cansados de viajar así y, si lo podemos evitar, no viajamos, pero cuánto lo echamos de menos. Y cómo nos cuesta no poder interactuar entre nosotros de un modo más natural. Los abrazos, cómo los echamos de menos; y para los mayores y los jóvenes, ¡para ellos es muy necesario! ¡Tantas limitaciones, restricciones, normas, privaciones! Tanto miedo que se palpa, que está a flor de pie. Vivíamos con incertidumbre, pero ahora está presente todos los días: ¿Cuándo acabará? Y los medios de comunicación y la televisión... siempre hablan de lo mismo, ere que erre; en el mundo pasan muchas más cosas que la sola pandemia y el constante cotilleo político. Y, cuando niegan la ciencia... Además, deja mucho que desear cómo se está gestionando esta crisis, notamos sus desajustes. Y yo que ya había aprendido a expresarme, a dar abrazos... ¡ahora no podemos! Echamos de menos el contacto físico y ser auténticos con nuestras emociones. Se observa mucha tristeza en los jóvenes. O quizás, todo esto era necesario, tenemos suerte y nos quejamos demasiado. Y no sabemos qué efectos tendrá todo esto en la salud mental de las personas...

Cuando comenzamos a vivir con la pandemia, en aquella larga cuarentena, todo eran esperanzas: ¿seremos mejores después?, ¿aprovecharemos esta experiencia para aprender? Pero la esperanza ha ido dando paso a la decepción. Así lo viven muchos de los participantes en la indagación. ¿Eran falsas expectativas? (El poema de una de las personas asistentes, que transcribimos abajo, refleja precisamente este cúmulo de sensaciones). Esas expectativas son más o menos falsas, en función de lo que cada uno había esperado. «Sí, hay una mayor conciencia de la globalidad de nuestras acciones, ha sido un tiempo de reflexión y quizás se vayan notando poco a poco, sus consecuencias más benignas». «Pero, no, no hemos aprendido, hemos avanzado muy poco, y además, se han reforzado los extremismos, los dogmatismos, el egocentrismo». En la discusión se sucedían las aportaciones sobre un sí o un no, a las falsas expectativas; inicialmente, los síes predominaban, pero eran esperanzas infundadas. O eso parecía, al menos.

Gradualmente, la discusión iba decantándose hacia el reconocimiento de una mayor reflexión individual, que se estaba dando, pero no socialmente, a escala mundial. Por ejemplo, sabemos de la importancia de la vacunación de la población mundial, y sin embargo, pensamos sólo en nosotros, “los países ricos”. Miras muy cortas, pasos muy torpes. ¿Es posible que necesitemos más tiempo, para que todo lo que vamos aprendiendo impregne nuestras acciones? Es posible... Claro es que la “semilla” individual del «quiero vivir de otra manera», va plasmándose gradualmente, pero pero muchas veces la dificultad viene de las inercias que arrastramos. Aquí, el grupo encontró una clave interpretativa. Porque, la sociedad no es nada, es un “ente abstracto”, la realidad la componen las personas individuales de carne y hueso, como diría Unamuno. Si, poco a poco, esa semilla individual va germinando en espiral, desde cada uno, el cambio será posible. Mirad en Chile, nos contaba una participante, que era de allí. Eso de: “la gente, la sociedad, el sistema, es así”, no resiste un análisis medio serio. ¡Cuántas cosas hemos conseguido! Como veis, la dialéctica deseo-realidad, idealidad-facticidad, individuo-sociedad, no dejó de estar presente.

Sólo hay obstáculos, que son inercias. La rueda sin el empuje del motor continúa moviéndose, pero se acabará parando. Simplemente, hace falta no alimentar lo que la impulsa... Si las comprensiones, con sus acciones, van en la buena dirección del bien común, que incluye habitar el planeta de otra manera, un mejor equilibrio en nuestras vidas y con las de otros seres, la rueda se ralentizará y podremos cambiar de marcha y de dirección. Pero hay que ser muy conscientes de esas inercias. El egoísmo no tiene sentido. El Estado y la política no pueden estar ordenados hacia donde están en la actualidad. La gente lo sabe, nosotros lo sabemos. Los aplausos a lo más importante, lo más básico, la salud, la educación, lo cualitativo frente a lo cuantitativo, frente al crecimiento ciego, han de ser constantes. Aplaudir lo que merece la pena. Y abuchear lo que no la merece. Ya sabemos qué es. Disponemos de mucha experiencia histórica y social.

¿Qué tiene que pasar para que aprendamos?, pregunta, algo desesperado, uno de los participantes. Si habéis tenido la ocasión de ver la película Ultimátum a la Tierra, allí se pregunta lo mismo. Los líderes de la política mundial no son los verdaderos líderes, y la protagonista de la película conduce al alienígena visitante (Keanu Reeves), que viene a “salvar a la Tierra de nosotros”, a hablar con un científico que es premio Nobel de la Paz, quien le dice: “Vosotros evolucionasteis al borde del precipicio, no nos arrebatéis a nosotros esta oportunidad”. Pues bien, no nos defraudemos.

POEMA DE PANDEMIA



sábado, 18 de diciembre de 2021

Sobre el suicidio


Imagen| Paisaje con la caída de Ícaro de Brueghel el Viejo (su caída en un mundo que hace oídos sordos a su sufrimiento)


Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.3

16 de diciembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

Albert Camus, El mito de Sísifo

¿Es evitable el suicidio?

Que el ser humano es un animal de costumbres, ya es sabido. Incluso, decía Aristóteles que sólo se puede juzgar aquello que solemos hacer o es costumbre (“ethos”) en nosotros, y de ahí viene el término “ética”. No aquello que hacemos una vez dada, pues esto no constituye ni vicio ni virtud. Pues bien, quizás el cambio precipitado de fecha de nuestro encuentro filosófico pudiera explicar el descenso tan acusado de participantes. Pero, un encuentro es siempre inesperado y fortuito, de ahí su grandeza y su vitalidad. Por eso nos atrae tanto esta sorpresa de lo impredecible. Ni sabemos quiénes asistirán, ni sabemos de qué se tratará, ni sabemos nada de su transcurso ni de su desenlace. Esto es la auténtica novela, no escrita, de la vida. Fue un café filosófico misceláneo, en otro de los variados espacios que nos proporciona, amablemente, el establecimiento de El Pianista del Carmen.

Después de pasar rápidamente por los previos acostumbrados, el conductor del encuentro quiere comenzar, aquella tarde ventosa, por un “fragmento vertical” del poeta argentino Roberto Juarroz: Pensar entre dos, como si hacer el pensamiento fuera igual a hacer el amor. No me digan que no da que pensar. Y lo más importante para nosotros, casa de una manera formidable con la finalidad de nuestra reunión: venimos a pensar juntos, y no entre dos, sino entre muchos. Y esto ya es una orgía de amor: encuentro, comprensión, cuidado, descubrimiento... conjuntos. Para profundizar, se propuso a los participantes que igualaran el “pensar juntos” a lo más significativo para ellos. ¿Qué significa, para ti, pensar juntos? Escucha activa y no pasiva, la alegría y la plenitud del encuentro, el enriquecimiento mutuo (uno solo es más pobre), el consenso como punto de partida común (¿por qué no tendría que haber consenso después?), la receptividad, la apertura, el compartir ideas y modos de vida (que es inseparable lo uno de lo otro). ¿Y qué más? Pensar juntos es el ser de un encuentro filosófico como el nuestro. Pensar juntos: pensamiento y emoción unidos, dar y recibir, entrega. Pensar juntos: ¡qué bien sabemos cuando esto nace ya (y continúa) muerto! ¡Y sucede tantas veces!

El suicidio, la discapacidad... ambos temas hubo que tratarlos. No es posible, a través de este diálogo, saber cómo se siente una persona con una determinada discapacidad, necesitaríamos su testimonio, pues no podemos pensar por él o por ella. Pero todos nos sentimos, o nos hemos sentido, limitados en alguna faceta, en algún aspecto de nuestra vida. “¿Cómo te sientes, tú, en esas ocasiones?”, pregunta el moderador a la persona que acababa de plantear la cuestión. “Siento frustración”. “¿Por qué?”, vuelve a preguntarse en la sala. “Cuando me comparo con los demás...”. “Es posible que, entonces, ahí esté la clave”, añade el moderador. Porque nuestro encuentro también es terapéutico, todo grupo lo es, si orienta su trabajo hacia el bien y la verdad. Y hablaron del origen de muchos sufrimientos que padecemos por dentro, en solitario. Y que, en lugar de comparar con otros, sería preferible la comparación con uno mismo (y la acción por un mismo), y considerar el lugar desde el que hemos partido cada uno, no sólo a dónde hemos llegado. También, hablaron de la importancia de la aceptación. Cualquier cambio requiere de su concurso. En las escuelas antiguas de filosofía ya lo sabían; nosotros empezamos a recordarlo, pues nos hace falta. El ser es y el no-ser no es (Parménides). Comencemos por apreciar esto, su sencillez y su eficacia, en relación a cualquier problema de nuestra vida. Sin aceptación, no es posible caminar de otro modo, por un territorio nuevo lleno de agradables plantas aromáticas.

Tras este excurso, el diálogo retomó la temática más solicitada: el suicidio. ¿Se puede evitar? ¿Hablar de ello es mejor o es peor? ¿Cuál debe ser el papel de los medios de comunicación en relación a este delicado tema? ¿Puede darse un efecto llamada? Quedó claro, durante la discusión, que prevenir los suicidios (primera causa de muerte no natural en España, y que ha aumentado en este tiempo de pandemia) implica atender a las causas. Y, posiblemente, no es que la persona no quiera seguir viviendo, sino que no quiere seguir viviendo de la manera en que lo está haciendo. Entonces, no se trata nunca de ocultarlo (bastante tiempo ya es tabú), sino que lo decisivo es cómo ha de ser la comunicación sobre este tema, que pende de un hilo tan fino. Es fundamental promover un ambiente familiar, social, educativo, sanitario, en que sea posible que la persona, que lo está pasando mal, pueda expresarse, pueda ser comprendida y pueda ser acompañada (entendiendo y no juzgando). Y esto es labor de todos nosotros. Permitirnos que ningún estado de ánimo sea extraño, sino una parte natural de nuestra humana humanidad. Ellas y ellos lo dijeron.

Y sin embargo, ¿el suicido puede ser una opción, ante la que nada haya que hacer o decir por parte de los demás? La discusión trazó un rumbo nuevo, después de esta pregunta del moderador. Pues se encauzaba hacia la diferencia entre tipos de suicidio. Así, el suicidio voluntario y el suicidio forzado. ¿Es posible hablar de suicidio voluntario? El hecho es que, al parecer, siempre ha habido este tipo de suicidios, y continúa habiéndolos. En ocasiones, los consideramos, incluso, muertes heroicas, trágicas, sacrificiales, testimoniales, hasta convertir el suicidio, a veces, en pena capital... Todos podemos pensar en bastantes casos a lo largo de la historia. También podemos aceptar el suicido, en algunas situaciones, como una forma de eutanasia. Pero, claro, lo crucial aquí es cómo determinar si es un suicido voluntario y no una forma camuflada de suicidio forzado. Tantas veces la persona cree que lo ha decidido, que es la mejor opción... Por ejemplo, los atentados suicidas por motivos religiosos o políticos, podrían parecer voluntarios. No obstante, haríamos bien en preguntar: ¿cómo está su mente? ¿Sabe realmente lo que está haciendo? ¿Obedece ciegamente a una consigna exterior, o bien, a una compulsión interior? Como sucede en los casos de suicidio asistido, la persona tendría que mostrar de un modo fehaciente y lúcido, y con la suficiente persistencia, su decisión libre y consciente de recurrir al suicido. Ellos y ellas, así de claro lo vieron. Pero se trata de un tema difícil, en el que generalizar es aún más arriesgado. Salud.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Sobre la felicidad

Café Filosófico en Castro del Río 5.1

27 de noviembre de 2021, Biblioteca Municipal, 19:00 horas


Que el hombre no se deje corromper ni dominar por las cosas exteriores y sólo sea admirador de sí mismo: que confíe en la fuerza de su espíritu y esté preparado para los cambios de la fortuna, que sea artífice de su propia vida.

Lucio Anneo Séneca


¿Qué es la felicidad?

Han pasado ya diez años. Algunos participantes son testigos. Y pudiera ser que sus motivaciones, para acudir a un encuentro filosófico como este, hubieran cambiado. No todas las generaciones pasan por una pandemia. Por eso, nos preguntamos: ¿qué espero yo de la filosofía?, al comienzo de esta segunda etapa de los Cafés filosóficos en Castro del Río (ampliada a otras prácticas filosóficas). Las respuestas no sorprenden a este relator. Seguimos siendo en el fondo los mismos. Y los participantes tienen la valentía de querer ser receptivos y someter a juicio sus ideas y creencias, volver a saborear lo que ya han saboreado, porque siempre es nuevo, la valentía de exponerse, liberarse, escuchar, la valentía de atreverse a pensar de otro modo y dar lo que me ha sido dado. No es tan frecuente... Por eso acudimos a esta llamada de la filosofía y quedamos tan agradecidos al Ayuntamiento de nuestro pueblo (en la persona de Salvador Millán), porque haya querido situar a la filosofía en el corazón de la cultura del lugar.

Debía flotar en el ambiente de la reunión la sempiterna búsqueda de la Felicidad. Fue la temática más votada. ¿Está la felicidad ligada al conocimiento, tener más y más, alcanzar mejores resultados? ¿La felicidad se confunde con la alegría? Y para comenzar bien el diálogo, ¿sería mejor hacerlo por estas formas de la felicidad o es preferible partir de una definición de lo que es la felicidad? ¿Proceder de un modo inductivo (de lo particular a lo general), o bien, ir desde lo general hasta lo particular, el modo deductivo de razonamiento? Decidimos ahondar en la esencia de la felicidad para luego tratar de responder a las anteriores cuestiones sobre la felicidad. Así pues, se preguntó el grupo: ¿qué es la felicidad? ¿En qué consiste, de qué esta hecha la felicidad? Y no es la alegría, el estar contentos... Aquí se detuvo un rato la discusión. Porque la alegría es pasajera y la felicidad permanece en nosotros. Al principio, nos perdimos un poco en los nombres, o eso parecía. En realidad, la participante que se empeñaba en darle la vuelta a lo que se había dicho, quería recordarnos que la felicidad nunca es definitiva, que nunca se alcanza del todo. Ir al fondo de su réplica nos permitió profundizar en nuestra búsqueda. Para eso es la filosofía y no para pensar lo ya pensado. Óscar Brenifier (un filósofo práctico francés), incluso, iría más lejos: la filosofía nos ayuda a pensar lo impensable.

Acabada la discusión, ya sabíamos algo: que no es lo mismo la emoción que el sentimiento, que la felicidad, aunque nunca es completa, no es un simple estado de ánimo pasajero. El grupo no necesita ir a Wikipedia, porque ha vivido y ya sabe. Sócrates tenía razón: lo esencial está en nosotros, solamente hace falta recordarlo, sacarlo a la luz (y es lo que trata de hacer este encuentro filosófico, socrático hasta la médula). La felicidad es un sentimiento interior de plenitud, bien-estar, de auto-satisfacción; una “bombilla encendida” –ilustra una participante– que no se apaga nunca del todo y así se siente. Además, resiste los vaivenes de lo que sucede, porque lo importante no es lo que te pasa, sino cómo te tomas eso que te pasa, tu respuesta, tu actitud ante ello (esto sí que depende siempre de ti, nos recuerda Epicteto). Así que la felicidad también es una actitud, que sale de dentro, una mirada, desde donde se mira y se entiende y se reconoce. Tan sólo requiere su desarrollo. Es una capacidad, una potencia que necesita ser actualizada, como diría el viejo Aristóteles. Por eso, tantas veces, necesitamos un trabajo, un entrenamiento, el cultivo de lo interior. Y puede hacerse, a través de la filosofía practicada como un modo de vivir mejor (Pierre Hadot).

La felicidad, también, está hecha de compasión, se dijo esa tarde. Pero no la compasión de origen judeo-cristiano, pena con ínfulas de superioridad, sino la compasión entre iguales (“sentir con otros”). Aunque, el verdadero amor a los demás no es posible, si no se arraiga en el amor a uno mismo, el valor de uno mismo. Otro componente fundamental para sentirse uno de veras feliz es la aceptación: una felicidad que no se base en lo que hay, no tendrá futuro, serán tantas las grietas que caerá por el suelo desarmada. Y son tantos los ejemplos que conocemos... Así, el estado de duelo no es otra cosa que el proceso de aceptación de una pérdida. Y no disponemos de algo así como unas “gafas de la felicidad”. Es posible para los estados de ánimo, pero no para la felicidad. He ahí la confusión actual y la carrera desesperada por cambiar de gafas a toda costa, cuando ya no se ve bien con ellas. Muchas veces, al rato.

Pero, ¿cómo va a ser eso? ¡La felicidad también decae!, protesta una parte nosotros. Otra parte de nosotros, sin embargo, lo ve muy claro: hay algo interior, profundo, que se mantiene. Lo confirma un participante con su propia experiencia personal: la muerte de mi padre no me supuso infelicidad, él sigue en mí de otro modo; pensar en él me hace sentir pleno. Todos podemos intuir esto, si es que no lo hemos vivido todavía. Es así, es posible. El moderador del encuentro introduce una imagen que podría ayudar, quizás, a deshacer la perplejidad suscitada: la felicidad es la linea recta de un cuaderno sobre la que pueden escribirse palabras y frases con letras altas o bajas, que serían las fluctuaciones de nuestra propia vida: las frustraciones, los fracasos, los errores, los conflictos, las malas rachas... De manera que lo que se va escribiendo sobre esa línea básica no se aleja en exceso de ella. Sería como un tono general sostenido, a pesar de los altibajos de la vida.

Finaliza el encuentro filosófico con un repaso de lo hallado, y viendo cómo pueden afrontarse –ahora sí– las inquietudes iniciales: la felicidad no consiste en saber más y más, acumular más y más conocimientos, ni poseer más y más cosas, no es la alegría fluctuante, que es una emoción, no es el resultado o la meta y, menos todavía, la acumulación de resultados satisfactorios o beneficiosos, sino que es el camino o proceso mismo del vivir lo que importa. Como decía nuestro Séneca, no es el vivir mucho lo que cuenta, sino cómo se vive. ¡Cuánto aprendemos de las tradiciones sapienciales que han llegado hasta nosotros! Aunque soterradas bajo la dura costra de la modernidad tecnológica y consumista, la ansiedad y la inmediatez. Tanto en oriente como en occidente lo sabían: no es tener, sino SER, desarrollando todas nuestras cualidades esenciales: el amor, la felicidad, la inteligencia, la voluntad, el bien, la belleza. Pero esto ya quedaría para nuestros Talleres de filosofía, si acaso. ¡Mucha salud y felicidad!


lunes, 22 de noviembre de 2021

Sobre egocentrismos

 Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.2

19 de noviembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas

¿Pensar en uno mismo es aceptable?

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

Antonio Machado

Vivir es acomodarse, que no es lo mismo que resignarse. Así, nuestro segundo Café filosófico de la temporada hubo de recrear un espacio idóneo para poder acoger a las más de veinte personas que acudieron a la llamada de la filosofía compartida, el filosofar juntos. Nuestro nuevo local, El Pianista del Carmen, lo permite y lo hace totalmente factible. Quedamos agradecidos.

Y, como el día anterior se había celebrado el Día mundial de la filosofía, el animador del encuentro, amante él, no pudo resistir el impulso de plantear a los asistentes –un buen equilibrio de jóvenes y adultos– lo que pudiera ser una raíz del permanente riesgo de desaparecer la filosofía de las aulas: su utilidad o inutilidad. Leyó una declaración de Jorge Luis Borges y, acto seguido, planteó una cuestión a los participantes, como es habitual, para que se presentaran y, esta vez, para que reconocieran qué es útil en la vida:

(…) dos personas me han hecho la misma pregunta; la pregunta es: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

De todas cosas útiles en la vida, que dijeron, la inmensa mayoría (escuchar, el lenguaje, el tiempo, el autoconocimiento, colaborar, comprender, la empatía, buscar la felicidad, la libertad, la amistad, la duda, la atención, etc.) no son reducibles fácilmente, y sin pérdida, a un cálculo utilitarista o pragmático, como es el predominio hoy día. Y tiene razón Borges: qué extraña pregunta es esa, y tan frecuente, ¿para qué sirve...? Como si “el valer” hubiera sido puesto por delante de “ser”, y no al revés, como debería. ¿Para qué sirve la filosofía? Qué pregunta más rara, convinieron los participantes con su actitud y su práctica: la filosofía sirve para plantearnos todo esto.

Después de varias votaciones, el egocentrismo se postuló como la temática latente entre los participantes y, durante el diálogo, se perfiló a través de esta pregunta: ¿Pensar en uno mismo es aceptable? (Distinto de preguntar si es aceptable pensar por uno mismo; aunque, en un un diálogo como el nuestro ésta es una condición necesaria para todo lo demás, claro). Y fueron apareciendo las habituales dicotomías, radicadas en la separación entre yo y los demás. Y, quizás, aquí se sitúa tanto el origen como la salida de este problema del pensar en uno mismo o en los demás, el dilema típico entre egocentrismo y altruismo. Veamos.

Cuidar de mí, ocuparme y preocuparme por mí, pensar en mí y hacerlo respecto a los demás, ¿es incompatible? No, responden. Si no me ayudo a mí mismo, no puedo ayudar a los demás. Esto es necesario. No es impensable la figura de un “egoísmo altruista”. Hay incompatibilidad cuando mirar por mí es excluyente, cuando significa ir contra, es decir que para ser yo necesito ir en contra de otros. Y solamente de esa manera he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo. Esto es lo que Nietzsche llamaba el espíritu reactivo del resentimiento y la debilidad. Soy más, si tú eres menos. Sin embargo, reconocerme a mí mismo lleva de una manera natural a reconocer a los demás.

Pero interroga uno de los participantes: en un mundo injusto, ¿pensar en mí sería éticamente aceptable? Y se plantea la cuestión del servicio a los demás. ¿Puedo ayudar de verdad, genuinamente, a otro, si yo estoy mal por dentro? Si busco el servicio a los demás para escapar de mí mismo, ¿le hago un bien, me lo hago a mí mismo? Es muy posible que los demás nunca puedan rellenar lo que me falta. Todo lo más, serían la ocasión para desarrollar lo que ya tengo, expresar lo que ya soy. De otro modo, es muy posible que, sin darme cuenta, acabe proyectando la oscuridad de mis propias sombras. Esto es algo para meditar, y el grupo te lo pone delante.

Es muy posible que, si yo pudiera conectar con el fondo inteligente que soy, el afecto y la voluntad intrínseca que hay en mí –que somos y lo hay en todos nosotros– y aprendiéramos a confiar en ello, todas las dicotomías, todas las dualidades que nos provocan tantos disgustos, tantos conflictos y desgarros existenciales, pudieran diluirse como un azucarillo en el café. “Yo pienso”, “yo quiero”, “yo amo”, pero ni lo hago yo solamente, ni estoy yo solo en esto de vivir.

martes, 19 de octubre de 2021

Sobre la fragilidad humana

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.1

14 de octubre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


Los seres humanos, ¿somos tan frágiles?


El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No se precisa que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, sería el hombre más noble que quien lo mata, puesto que sabe que muere, por qué muere y sabe la superioridad que el mundo tiene sobre él. El universo, en tanto, nada sabe de esto.

PASCAL, B. Pensamientos


Seguimos siendo los mismos, aunque todo haya cambiado. Después de este tiempo, año y medio después, volvemos a nuestros tradicionales Cafés filosóficos. El nuevo escenario, la Cafetería El Pianista del Carmen, se nos ofrece gentilmente como un espacio que cuenta con muchas posibilidades, sea cual sea la época del año o el desarrollo de la pandemia.

Después del preámbulo del coordinador de este encuentro, sobre medidas de seguridad, sobre lo que es y lo que no es un Café filosófico, sobre su origen y finalidad, pregunta a los asistentes veteranos: ¿Qué habéis echado en falta de estos encuentros? Y, a los nuevos participantes: ¿Qué nombre le pondrías a aquello distinto en vosotros, tras la pandemia, sobre el mundo, sobre vosotros mismos? ¿Cuál es vuestra mirada o actitud nueva? Y esta pregunta también se dirige a ti, que no has asistido.

En concreto, este diálogo tuvo lugar porque uno de los participantes propuso la necesidad de tomar conciencia de nuestra propia fragilidad como seres humanos. ¿Somos frágiles? Pero, ¿qué es ser frágil? Y lo hallamos por la vía negativa: no ser fuerte, poderoso, orgulloso, seguro, dueño, quizás prepotente... Y ha quedado en evidencia, en este tiempo, que no somos tan fuertes como creíamos ser. Pero ser poderoso o fuerte, ¿de qué depende? ¿Depende de si tienes mucho o no lo tienes, de si tienes éxito o no lo tienes? Dijeron ellos y ellas: “Solamente la ignorancia puede llevarnos a creer que somos fuertes”.

¿Cuántos, que se creen fuertes, porque lo son en un aspecto o momento de su vida, no lo son tanto? Para que una cadena sea fuerte, han de serlo todos sus eslabones. Si uno falla, la cadena se rompe. Este símil, tan esclarecedor, les llevaba a distinguir fragilidades. Y la fragilidad emocional es crucial, pues si ella cae, cae toda otra fortaleza. No obstante, esta faceta de lo humano puede fortalecerse, dijeron, se puede aprender a gestionar mejor tus emociones y que no te paralicen o te sobrepasen. Y nos ayuda escucharnos a nosotros mismos y a los demás, lo que pasa y lo que nos pasa. Unos de otros, como poetizaba Hölderlin. También podemos vivir de veras, conscientemente, nuestras emociones más negativas, y muchas cosas más, en lo que podemos ejercitarnos, para volver a conectar con nuestro fondo. ¡Cuánto se echa en falta en la escuela el aprendizaje de las emociones!

Pero, ¿es preferible que nos sintamos débiles o, mejor, su opuesto? ¿Sentirnos como somos, que también somos frágiles, nos hace más fuertes? El que lo ha probado, lo sabe. El ser humano se alimenta de las paradojas, para poder ir más allá de ellas. No hay nada tan peligroso como la prepotencia. Los antiguos griegos lo sabían. El titán Prometeo, el bienintencionado benefactor de la humanidad, es testimonio de los variados peligros de la Hybris o insolencia, cuando el ser humano se enfrenta a los misterios de la vida y el sagrado orden cósmico. Y lo estamos sufriendo en relación con nuestra casa más grande, el planeta.

Ahora bien, pensadlo, como lo pensaron ellos y ellas: si las cualidades humanas pueden desarrollarse, en este caso, si la fragilidad humana puede llegar a fortalecerse, de un modo consciente, y no ciego o peligroso, es que ya somos fuertes... No puede desarrollarse lo que no se posee, lo que no se es, esencialmente. Nos enseñó el viejo Aristóteles, para el que quiera verlo, que sólo puede realizarse lo que ya está en potencia, en cuanto tal potencia. El manzano cría manzanas porque así es su naturaleza, desde la semilla. Por lo mismo que no puede dar naranjas. Salud.

martes, 10 de agosto de 2021

Entre la filosofía y la poesía: «Paseo por los dioses»


  

Teniendo en cuenta su vocación por la denominada filosofía práctica, llama la atención que Antonio Sánchez Millán (Castro del Río, 1961) no se haya decantado antes por la poesía, como señala en su atinado prólogo el escritor José Zafra Castro. Y no sólo por las indudables afinidades electivas entre poesía y filosofía a lo largo de la historia: al menos en Occidente, desde Parménides y Heráclito hasta Nietzsche y María Zambrano, a la que se cita, por no mencionar a los que desde la poesía se han adentrado en la filosofía: Lucrecio, Dante, Goethe, Antonio Machado, Pessoa… Suponiendo que son sustancias distintas, pues, aunque parezca que poseen funciones diferentes –¿no se trata de conocer/se y actuar de otro modo?– ambas se tejen con letras, con palabras, con símbolos. ¿Cuál es si no la etimología de “literatura”?

A pesar de que Platón destierra a los artistas y poetas de la ciudad ideal, además de un filósofo imperecedero, es un poderoso poeta que nos seduce con sus diálogos, repletos de mitos y alegorías, y en los que no sólo aplica la dialéctica en busca de la verdad, sino que nos muestra cómo deben comportarse los seres humanos a la luz de Sócrates. Profundamente interesado en la filosofía como ejercicio ascético de transformación personal, me sorprende que Antonio Sánchez Millán no se haya inclinado antes a la poesía.

De todos los géneros literarios, tal vez ninguno, desde sus orígenes, posea un lenguaje más performativo. A diferencia de otros tipos de lenguaje con los que intentamos con mayor o menor suerte comunicarnos, con el lenguaje poético los poetas procuran, antes que comunicar su visión del mundo, interpelarse a sí mismo con el fin de acceder a otro modo de percibir, comprender y ser. En términos de Pierre Hadot, son ejercicios espirituales; en términos de Michel Foucault, cura sui (cuidado de sí) o, si se prefiere, tecnologías del yo.

Mas, en todo caso, dadas sus inquietudes vitales y filosóficas, se diría que Antonio Sánchez Millán estaba destinado a abrazarse con el fuego de la poesía. Como en certera paradoja formulara Pascal en otro contexto, el autor de Paseo por los dioses podría haber afirmado respecto a su relación con la poesía: “Yo no te hubiese buscado si previamente no te hubiera encontrado”. Precisamente el poema con el que se abre el libro, en la línea de los ejercicios espirituales o tecnologías del yo antes mencionados, versa sobre eso que mueve a los seres humanos, el deseo, y lo que encontramos o no tras su afanosa búsqueda sin término:

No busques el otoño

    sólo hallarás otoños.

No busques más otoños

    sólo hallarás los nombres.

No busques en los nombres

    sólo hallarás impresiones.

No busques esas impresiones

    tan sólo hallarás ideas.

No busques las ideas,

    sólo hallarás creencias.

No busques una creencia,

    sólo hallarás hábitos.

No busques en el hábito

    sólo hallarás temores.

No busques esos temores

    si no quieres encontrarte

    a ti mismo.

No busques nada

    si quieres encontrarlo

    todo.

Curiosamente emplea la segunda persona del singular, con la que a la vez que se interpela a sí mismo lo hace al lector. Este uso de la segunda persona fue empleado en la poesía española por algunos poetas meditativos, como Antonio Machado y, especialmente, Luis Cernuda, entre otros. Por medio de anáforas, repeticiones y estructuras simétricas encuentra el ritmo, propio de la poesía y el ritual.

La terminología que utiliza (“nombres”, “impresiones”, “ideas”, “creencias”, “hábitos”…) recuerda al filósofo empirista David Hume. No obstante, por su forma y por su contenido, evoca en mí todavía antes los versos de San Juan de la Cruz en la “Subida del monte Carmelo”:

Para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada.

Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada.

Estos versos del místico San Juan de la Cruz influyeron en uno de los poemas filosóficos más memorables del pasado siglo, Cuatro cuartetos, de T.S. Eliot. Como apreciamos en el epifonema, donde se contrapone la nada frente al todo en una reveladora paradoja (“No busques nada / si quieres encontrarlo / todo”), se trata de un ejercicio ascético para no desear nada a fin de fundirse con todo. En la medida que deseamos, buscamos y tenemos expectativas, que raras veces se cumplen, pues la naturaleza no está ahí precisamente para complacernos.

Por el contrario, si logramos no desear, o desear sin expectativas, le damos la bienvenida a todo cuanto es, agradecemos el incomprensible milagro de ser. Pero a este dificilísimo estado no se llega sin un continuado esfuerzo ascético. En contra de un prejuicio bastante extendido, los ejercicios ascéticos no son tanto una renuncia como una preparación para lo incierto del destino. Y el destino se caracteriza por una incertidumbre que nunca desaparece del horizonte.

Además, ese estado no es definitivo ni irreversible, de manera que podemos perderlo en cualquier momento, como casi todo lo humano. De ahí que la poesía, al igual que el arte, insista sobre unos mismos asuntos. Por lo demás, el poema guarda un aire de familia con ciertas propuestas de la filosofía oriental, a la que también conoce el autor, en un interesante abrazo intercultural en busca de sabiduría para conducir con prudencia la vida.

En los siguientes nueve poemas que pertenecen a “Los dioses de los nombres” aparecen los términos del texto que acabamos de comentar a modo de epifonemas de una búsqueda infructuosa. Asimismo, con el poeta intimista y espiritual convive el poeta social, tal como advertimos en “Ecos de sociedad” con tono irónico:

Según estudios científicos recientes

la población

    mayoritariamente

está siendo aquejada

    los síntomas así lo atestiguan

de una inadaptación

inaceptable a este mundo

Sin embargo, es más frecuente encontrar en Paseo por los dioses el poeta introspectivo y experimental con rasgos tipográficos inusuales, como la deliberada omisión de ciertos signos de puntuación o la ruptura de palabras y versos en sílabas con las que retuerce la lengua, a veces fusionando forma y fondo, multiplicando los sentidos, en la línea de Paul Celan, Juan Gelman, José Ángel Valente o más recientemente Chantal Maillard:

ca

da

u

no

bien ceñida su careta

Por momentos, alcanza tal hermetismo que resulta arduo penetrar en algunos mensajes, como si escribiera para sí mismo, sin apenas considerar al hipotético lector. Quiero terminar cediéndole la palabra a Antonio Sánchez Millán en otro de mis poemas preferidos de Paseo por los dioses y que bien podría haberse titulado “Narciso”. ¿Podemos prescindir del impulso narcisista? ¿A partir de qué punto puede considerarse patológico o perjudicial? Además de un penetrante ejercicio introspectivo que manifiesta la constante insatisfacción que experimentamos por no llegar a ser lo que imaginamos, sumergidos en las redes fecales y los medios de formación-intoxicación de masas, refleja uno de los rasgos de la época en la que vivimos:

Amo mi imagen

mi     imagen

    deseo de mí

que nunca

puede

completo

ser

yo

Cerca de mí

me busco

lejos

    a mí

El espejo deja de ser

reflexión

y es superficie densa

mi cuerpo

    contorno

vacante de piel

imagen especular

de sombras

    temblando

sin pistas

sin tierra

sin fondo

ya

sin sustancia

des-

hacién-

dose

    espuma de mar

el aire escondido

en mi mano

Yo tengo un cuerpo

pero no soy

    mi cuerpo

ima

gina

do