Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 30 de junio de 2014

Sobre el autoconocimiento

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.9
13 de junio de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

  
Te advierto quien quiera que fueres. ¡Oh!, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh!, mortal, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los Dioses.

            Inscripción del templo de Apolo en Delfos.

Yo debería verlas [las cosas que existen], apenas verlas;
Verlas hasta no poder pensar en ellas,
Verlas sin tiempo, ni espacio,
Ver pudiendo prescindir de todo menos de lo que se ve.
Es esta una ciencia de ver, que no es ninguna.

Fernando Pessoa, del poema “Vive”.


    ¿Quién soy yo?

¿Cuánto tiempo puede llevarnos descubrir una orientación adecuada de la pregunta “quién soy yo”? Atención: no la respuesta, la pregunta. La más decisiva, pues está referida a ti. ¿Quién eres tú? No se pregunta dónde vives, aunque también; no se pregunta cómo te llamas, aunque también; no se pregunta cuántos años tienes, aunque también; no se pregunta cuáles son tus aficiones favoritas, aunque también. Se está preguntando por ti mismo. Sigue leyendo, pues este relato de lo que dijeron los participantes del último café filosófico de la temporada te interesa para proceder con tino, para que no te marees por ahí dando vueltas en el bosque de la vida. Te ofrecen el primer paso para tu propia búsqueda bien orientada.

De hecho, a los participantes se les pidió, a modo de autoexamen, que comunicasen al resto “aquel valor central en torno al que gira mi vida en estos momentos”. No lo que me gustaría ser o cómo me gustaría que fuese todo, sino lo que es, lo que es operativo en mi vida. Así que el discurrir del encuentro, y aún su contenido, puede que estuviera prefigurado por este comienzo. (Quién sabe). Quizás el propiciador del encuentro condiciona más de lo que a él le gustaría. O quizás sólo trata de ser permeable. La cosa es que se fueron desgranando algunos valores muy apreciados de los allí presentes.

—Mi nieto, por la ocasión que me ofrece de expresar mi amor.
—La justicia social, para ello trato yo mismo de no ser injusto.
—Mis amigos, mi familia, centran mucho mi atención.
—Encontrar mi camino, que ahora se traduce bastante en tratar de encontrar una salida profesional.
—La responsabilidad, actualmente y principalmente hacia mi hijo.
—La paciencia, practicarla constantemente. La paciencia no pertenece a la familia de la resignación.
—Interesarme por el otro. —¿Incluye a los que están en el entorno cercano a ti?
—¿Y tú qué? Nunca dices nada.
—Bueno. Creo lo que dirige mi vida en estos momentos es el intento de conocerme a mí mismo a través de los demás. —¿Tiene esto algo que ver con la organización de cafés filosóficos?

Así que no fue tan raro que el tema del autoconocimiento se impusiera frente al valor de la tradición —parece que nunca será su momento— y al poder de las creencias. El conocimiento de uno mismo… Los griegos de la antigua Grecia, allí donde se concibió el huevo iniciático de nuestro mundo, plasmaron en el templo de Apolo en Delfos lo fundamental: conócete a ti mismo y conocerás al universo y los dioses.

Pero, ¿cómo conocerse? ¿Por qué es necesario conocerse? El grupo vio muy claro que para saber quiénes somos, necesitamos también atender a las anteriores cuestiones. De la primera (la manera de llegar a conocerse), te indicarán el camino al final, como habíamos anunciado; de la segunda tendrás noticia a continuación.

—¿Es necesario conocerse?
—Yo me he ido descubriendo quién soy sobre la marcha.
—¿Y cómo se hace eso?
—Simplemente viviendo.
—No ocurre del todo conscientemente. Nadie quiere encasillarse o que lo encasillen. Pero ocurre espontáneamente poco a poco, que te vas conociendo.
—Y no esperéis una cátedra acerca de lo que sois. Simplemente, se trata de ser conscientes.

En este momento una joven participante, que asistía por primera vez al diálogo filosófico, quiso aclarar mejor qué es esto de “ser consciente”. Todo el grupo se lo agradeció bastante. Y eso que ella no sabía que su aclaración traía detrás toda una tradición de filosofía sapiencial. Además, lo que aportó se basaba en una experiencia personal. Había aprendido a identificar por ella misma lo que en cada momento sentía o le pasaba, sin juzgarlo, tan sólo observarlo. Ver, mirar sin juzgar, ser conscientes, esto ya es mucho y es terapéutico. Sin duda, este tipo de perspectiva sobre nosotros mismos la estaréis oyendo por muchos lados. Ahora bien, la filosofía de todos los tiempos (occidental, oriental o de otras latitudes) no se confunde con la autoayuda empaquetada para consumir, usar y tirar; no se confunde con las recetas fáciles, bienintencionadas, frases bellas con que adornar la habitación de nuestra mente; no se confunde con las técnicas del Coaching, tan de moda, pues no es un saber instrumental que se agote en la consecución de objetivos o metas, logros deportivos, laborales o empresariales. Es un saber integral de ti mismo y del mundo, que te puede llevar a ser más eficaz en tus quehaceres cotidianos, pero que no se reduce a ello; pues está referida la filosofía a una actitud vital, que es filosófica. Un modo de vida, como lo era más clara y asiduamente en la antigüedad.

—Pero me doy cuenta de que lo que soy también se me ha dado ya hecho. ¡Y ahora necesito saber si ése soy yo!
—Entonces, ¿por qué es necesario conocerse?
—Para empezar, porque así seremos más capaces de romper con la imagen de los demás que nos hemos dejado poner en nosotros, o bien de nuestra imagen que ponemos en los demás.
—Realmente —afirma uno de los participantes— a lo largo de nuestra vida pasamos por diferentes fases, unas menos reflexivas y otras más reflexivas.
—Sí, y unos evolucionan antes y otros después.
—Cierto.

Pero —se concluye entre todos, después de una breve discusión—, todo el mundo se ha planteado quién era en algún momento de su vida. Quizás, sólo necesita el momento propicio, que puede venir forzado desde fuera (una desgracia, una sorpresa, una injusticia…) o desde dentro alumbrado (una conciencia especial, un aprendizaje, una conversión…). Sin embargo, el verdadero autoconocimiento siempre está ligado al yo interior. Si te importa demasiado tu yo exterior, compuesto, condicionado, parcial, que acumula, que calcula, que posee y que se apega a lo que posee, susceptible, voluble, cargado de miserias y de grandezas ocasionales, que se aísla, se entretiene y vive de narcóticos, si es así, estarás perdido. Esta vía no la sigas. Ellos no te lo aconsejan.

“¿Os conocéis ya?”. Esto les preguntó —al parecer, según contó una de las participantes adultas— el cura a ella y a su pareja en un momento del cursillo prematrimonial. Ella se quedó perpleja. ¿Cómo se iban a conocer ya, tan sólo por llevar varios años de conocerse? ¿Preguntaba este sacerdote por el yo superficial? “Nos vamos conociendo”, dijeron ellos con buen tino.

Pero, el planteamiento del yo interior y el yo exterior suscitó una paradoja en el transcurso de la discusión: la paradoja de la responsabilidad hacia los otros o la traición hacia mí mismo. Paradoja que persiste tan sólo si no me incluyo yo en mi propia responsabilidad. “Tengo que hacerlo”, puedo decirlo desde lo profundo de mí mismo o desde mi yo aparente, que es circunstancial y egoísta. Mi responsabilidad ni me excluye a mí, ni puede excluir a los demás. La pregunta “quién soy yo”, se refiere, así pues, a mi yo interno, mi yo profundo, mi yo real, que nunca es excluyente. Lo otro, lo externo, lo superficial, las apariencias son encrucijadas del camino, en las que he de tomar decisiones. Por ejemplo, para saber decir no cuando haya que decir no, y decir sí cuando hay que decir sí. El ahora es el momento, es el único momento. ¿Quién soy yo, entonces? Habíamos efectuado el trabajo previo de desbroce, para que tú no te desorientes, no extravíes tu búsqueda, que es tuya, pero has de saber que hay caminos prácticamente impracticables.


“Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseo, pero no soy deseos.

Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy emociones.

Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos”.

Ken Wilber

lunes, 16 de junio de 2014

La ciudad análoga

Ya sabíamos, por nuestros diálogos socráticos anteriores, que la arquitectura no es ajena a la filosofía, ni viceversa. Y como ellos lo sabían, éste que les habla fue invitado a asistir a una mesa redonda en la Casa Sostoa (Málaga). El lugar recóndito, la casa insólita. Como todo lo que merece la pena. Al cruzar el umbral, no te introduces en un apartamento de un bloque de siete plantas, tampoco en la casa u hogar de alguien, ni en una sala de exposiciones, ni en un museo acartonado…, desembocas en un espacio que es todo ello a la vez. En sus paredes se exponen y renuevan obras de arte, la vida de su cuarto de baño o de sus dormitorios se aparea con el arte vivo. Nada es casual, ni es meramente particular y subjetivo, pues está para ser contemplado y disfrutado por parte de muchos, para comunicarse con otros y aportarles algo, nuevas visiones del mundo. Así que también se celebran actos culturales y artísticos.

Aquella tarde de un cinco de junio (de este año de 2014), estábamos para dialogar sobre La Ciudad Análoga que pugna con La Ciudad Lógica, quizás de origen cartesiano, según veremos más tarde. La instalación Laboratorio urbano personal, de Antonio R. Montesinos “sirve de metáfora” a los asistentes para hallar su ciudad ideal, a través del formato de una mesa redonda, moderada por José Antonio Moreno, a la que siguió un animado y espontáneo debate.

Y hay que decir que este amante de la filosofía se sintió como en su casa, no solo por la cálida acogida, ni por el café previo que siempre genera mundología con que nos recibieron, sino porque, frente a lo esperado, tanto las intervenciones como la discusión posterior fueron muy filosóficas. Que a la filosofía le interesa todo, y sobre cada cosa adopta su perspectiva reflexiva, general y crítica, ya lo sabíamos; que cualquier conversación tiende, si se le deja un tiempo suficiente de maduración, a volverse esencial y básica, también lo sabíamos por nuestra experiencia durante el transcurso de los Cafés Filosóficos; pero, nuestra sorpresa fue que el inicial temor (“¿Qué hace un aprendiz de filósofo en un sitio como éste?”) se disipó por completo al ir comprobando el enfoque que iban adoptando las distintas intervenciones. Allí no se perdió el debate en una serie de ropajes técnicos, sino que atracó en los fundamentos; allí se vino a hacer Filosofía de la Ciudad.

Carlos Hernández desenmascaró el racionalismo y la política oculta de la ciudad actual, que incluso afectaba a la instalación que ocupaba el centro físico de la reunión. Ignacio Jáuregui reivindicó la utopía sin recaídas racionalistas ni vitalistas exageradas. Antón reivindicó una ciudad no diseñada para los automóviles, como la que vivimos, sino ajustada a la dimensión de los seres humanos. Luis, dibujante de la ciudad, contrastó la ciudad ideal sobre el plano o un dibujo con la ciudad que ha sido apropiada por las personas, por quienes producen vida, y en donde lo importante es lo que sucede en dicho espacio real, el encuentro social y personal que hace posible. Susana García, a quien se pretendía encasillar en la cuestión de la “ciudad y el género” —no sin antes destacar que las mujeres protagonizan más de la mitad de los usos de la ciudad—, prefirió hablarnos de “la ciudad que he experimentado”, haciendo “safaris urbanos” y reivindicar que aquellas partes de las ciudades denostadas por muchos arquitectos actuales, que sienten complejo del trabajo realizado durante el desarrollismo urbano de décadas precedentes, han sido reconquistadas por la gente y dotadas de vida en ebullición.

Después del debate posterior, una conclusión a la que llegó éste que les habla, con la ayuda de la rica discusión que se fue prolongando un buen rato, fue ésta: todos los actores de la ciudad, inclusive automovilistas y negocios franquiciados, hacen lo que tienen que hacer. Hacen todo lo que pueden hacer para salir adelante. ¿Cómo lograr una ciudad para todos, al gusto de un mayor número de ciudadanos? Se propuso la participación de los habitantes de la ciudad. ¿Cómo llevarlo a cabo? Esa es la cuestión, pero puede lograrse. Muchos de los allí presentes eran técnicos y dijeron que podía hacerse. Con información pública, con sensatez, participando en las decisiones que luego les van a afectar, por parte de la ciudadanía, que es la que va a vivir en la ciudad. En lugar de una política de los políticos o de los actores económicos privilegiados, una política del pueblo. Una política participativa de la ciudad. Esto hace falta en muchos órdenes de nuestra vida social, ahora sabemos que también en el orden urbanístico.

Otra conclusión fue constatar que también la arquitectura y los arquitectos están instalados actualmente en una constante búsqueda de identidad, lo mismo que la filosofía. ¿Para qué sirve la filosofía? ¿Para qué ha de servir la arquitectura? ¿Qué tipo de sociedad, qué tipo de ciudad, queremos ayudar a construir como arquitectos? ¿Qué clase de Demiurgos queremos ser? Lo cual nos parece una buena señal de que tanto una como otra están vivas y no desean desprenderse de la impermanencia que es una propiedad esencial de la vida.

Pero, constatemos ya el origen de la Ciudad Lógica, a través de un texto de René Descartes:

“Una de las primeras [reflexiones] fue la que me hacía percatarme de que frecuentemente no existe tanta perfección en obras compuestas de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como existe en aquellas que han sido ejecutadas por uno solo. Así, es fácil comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo la dirección de un mismo arquitecto son generalmente más bellos y están mejor dispuestos que aquellos que han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose para ello de viejos cimientos que habían sido levantados para otros fines. Así sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo grandes ciudades. Éstas generalmente están mal trazadas [a compás], si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues, si bien considerando cada uno de sus edificios aisladamente, se encuentra tanta belleza artística  o aún más que en las ciudades trazadas por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están emplazados, uno pequeño junto a otro grande, y cómo sus calles son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad y no el deseo de unos hombres regidos por la razón lo que ha dirigido el trazado de tales planos” (Descartes, Discurso del método, Segunda parte).

sábado, 14 de junio de 2014

¿Qué podemos aprender de la República platónica?

Qué Aprendemos HoyVolver al pasado no es siempre pura nostalgia. Volver al pasado, ni mucho menos, es huir del momento presente. Si la finalidad es el aprendizaje, si actualizamos lo pasado en nosotros. Y si es algo clásico, mejor que mejor. Karl Popper declaró a Platón enemigo público de la sociedad abierta, liberal y democrática. Olvidó que los clásicos no están ahí para seguirlos al pie de la letra, ni tampoco para que nos sirvan de pantalla de nuestros propios fantasmas. Han sobrevivido en razón de su utilidad, para entresacar lo más granado que nos puedan aportar a nosotros que estamos leyéndolos, a nosotros que estamos pensándolos. Repensar los clásicos una y otra vez. Platón provenía de una familia aristocrática, no era partidario de la demagogia democrática ni del igualitarismo, pero tomaba partido muy claramente por la ciudadanía, por la educación política.

Platón
¿Quién debe gobernar? ¿Quién ha de dirigir el destino sociopolítico de la “ciudad”? En su diseño utópico de una sociedad justa cada uno debiera realizar aquellas tareas comunitarias para las que esté mejor preparado, perfeccionadas sus cualidades naturales mediante la educación. En especial, nos dice Platón, orientando de un modo adecuado la educación de los mejores, pues no hay mayor mal que el que pueden desplegar los más capaces; mayor corrupción que la corrupción de los mejores. Si todos contribuyen dando lo mejor de sí mismos habría, entonces, armonía y habría bienestar social (un marco adecuado para el desarrollo integral del individuo, pues no es separable lo social de lo individual). Han de gobernar, por consiguiente, los que estén mejor preparados para ello. Algunos no serían aptos de ninguna manera. Ni los educandos o carentes de formación todavía, ni losmalvados, porque, aún siendo inteligentes, no dirigen sus capacidades hacia el bien común sino todo lo contrario, ni tampoco los “filósofos puros”, preparados, pero inexpertos para lidiar con las dificultades de las cosas mundanas. Por ello, los futuros gobernantes completan su formación a través de un período de prácticas (¡durante quince años!), donde serán puestos a prueba “para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o si se moverán algo” (República, VII).
Y sigue diciéndonos Platón en su Politeia o diálogo sobre la justicia: “Lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones, y lo contrario cabe decir del que tenga gobernantes contrarios a esto” (Ibíd.). Una condición básica habrían, entonces, de satisfacer nuestros políticos de hoy, aquellos que el pueblo decida que son aptos para gobernar los asuntos públicos durante un período limitado de tiempo: han de gobernar quienes menos anhelan gobernar. Una cualidad política mínima exigible, que necesitaría demostrarse fehacientemente. Así el pueblo podría tener, al menos, un poco de confianza en que se gobierna por compromiso y deber hacia la comunidad, por “amor a la ciudad”, y no por el deseo de poder, un deseo de poder satisfacer los intereses propios o los de sus allegados personales, políticos o económicos. Una buena lección antigua para nosotros los de ahora, ¿no te parece?

Publicado en QueAprendemosHoy

martes, 27 de mayo de 2014

Sobre las guerras

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.8
16 de mayo de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


“La guerra (“pólemos”) es el padre de todas las cosas, a unos los hizo dioses y a otros los hizo hombres" (Heráclito).

“No queremos hacer frente a estas cosas, queremos encarar el hecho de que nosotros somos los responsables de las guerras. Charlamos de paz, nos reunimos para celebrar conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y mantenemos debates; pero interiormente, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas, por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis que semejantes hombres, vosotros y yo, podemos tener paz en el mundo? Para que haya paz en el mundo debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear antagonismos” (Krishnamurti, La libertad primera y última).

“La paz no es sólo ausencia de violencia, sino la presencia de la justicia (Gandhi)”.


¿Son justificables las guerras?

¿Sabías que el mejor modo de evitar una guerra, o de pararla, es tratar de resolver el conflicto de base instalado entre las partes? Si no lo sabías, o bien no te imaginas cómo se puede llegar a pensar esto —si “las guerras son las guerras, siempre las ha habido y siempre las habrá”— te recomiendo que vayas siguiendo de cerca este relato. Un relato que trata de reflejar las evoluciones de la discusión de un grupo de personas, jóvenes y mayores, que hallaron algunas respuestas para ti. Parciales y provisionales, pero, al cabo, respuestas que te pueden valer de algo.
Ubuntu

“¿Cuándo me he notado siendo uno con los demás?” Momentos mágicos en los que yo habría sintonizado con los demás y los demás conmigo. Sin sensación de separatividad, intregrados, siendo nosotros mismos pero comunicados. Un ejercicio de autorreflexión que no fue siempre tan fácil de concretar como se pensó el moderador del encuentro. Eso les propuso y esto que sigue fue lo que dijeron:

—Esta misma mañana, durante el trabajo, se pudo producir un malentendido y el consiguiente problema. Sin embargo, se hizo una crítica, fue comprendida y todos se dispusieron a solucionar el problema y, en equipo, a tratar de prevenirlos en el futuro.
—¡Vaya, es difícil decirlo! Quizá a diario se produzca, pero no sé…
—Tampoco sabría decir… Me pienso mucho las cosas…
—¿Sueles pensar mucho las cosas, después, durante o antes de ponerte a hablar con alguien? —pregunta el moderador.
—A menudo…
—Si fuese mientras se está tratando con alguien —quiere aclarar el moderador—, no se estaría en lo que se está, y ello, quizás, podría dificultar el encuentro con el otro.
—Así me he sentido practicando deporte: una perfecta coordinación con los otros jugadores.
—Me ha pasado contando juntos anécdotas con las que nos hemos sentido identificados. Sentíamos lo mismo.
—A mí, con el grupo que hemos estado participando en un reciente “taller de escritura”. Durante esas horas me he sentido así, en sintonía.
—Yo diría lo mismo, pues también he disfrutado, como hacía mucho, en ese mismo taller. Pero me referiré a un viaje inesperado, una experiencia compartida que nos llevó, a los que estábamos de viaje, a actuar al unísono en todo.
—Para mí es suficiente un buen libro, ¿puede valer?
—Claro, el autor también es una persona. Nos ocurre a todos a veces, cuando encontramos un buen libro.
—¿Coincidir? No recuerdo. Aunque tampoco he sido un héroe solitario…
—No tengo esta experiencia.
—Claro que sí. Pero, habitualmente, quizás no estemos tan atentos —como se merece— a estos momentos. O nos pesan más aquellos en que hay falta de sintonía… (Quiso expresar el moderador).

Aunque se plasmó con fuerza el deseo de tratar el tema de la compasión, o bien el de la moral, o bien el de la confianza en uno mismo, la reunión dio un brusco giro al proclamar —en segunda votación— al tema de la guerra como el máximo centro de interés de aquella tarde. ¡Menuda responsabilidad! Darle un tratamiento filosófico a tamaña circunstancia de la vida humana de todas las épocas. Pues no se trata únicamente de una realidad propia de culturas “incivilizadas”; cuanto más civilizadas, mayor es su potencial destructor y autodestructor, consiguientemente. ¿Por qué no aprendemos de la experiencia de las guerras? ¿Pueden ser justificadas las guerras de algún modo, en alguna ocasión?

Estas cuestiones habían de orientar la indagación, pero como no ha de estar totalmente dirigido el desarrollo de una reunión como la nuestra, sino que haya espacio para la espontaneidad y la creatividad, lo extemporáneo no está fuera de lugar. En absoluto. Nosotros lo amamos, la sorpresa y lo diferente, lo abrupto y lo nuevo no previsto ni prefabricado. Nada en nuestra reunión está fuera de lugar, pues estamos en nuestro lugar, como en casa, cómodos y alerta. ¿Por qué no preguntarnos si la guerra es un asunto masculino? Uno de los participantes advirtió al grupo de esta aparente coincidencia. Y dejó a todos asombrados. Así que por este cauce navegó la discusión en su primera parte. Luego volveríamos a la pregunta sobre la posibilidad o no de justificar las guerras. Esto pudiera ser que nos diera alguna clave para poder aprender algo de las guerras padecidas.

—¿Os habéis dado cuenta que, en la guerra, suelen estar involucrados los hombres mucho más que las mujeres?
—Puede ser. Siempre han tenido más poder. Por ahí puede ir la cosa.
—En las mujeres, sin embargo, suele estar presente el sentimiento de compasión —aludiendo esta participante a un café filosófico anterior, sobre la amistad y sus estilos masculino y femenino.
—Entonces —pregunta el moderador, con ayuda de uno de los participantes masculinos—, si los gobiernos fueran de mujeres, entonces, ¿ya no habría guerras?

Esta cuestión introduce cierta perplejidad entre los participantes, de manera que prosiguió la indagación todavía con más motivo.

—Seguramente, harían lo mismo. Y es por la posición social, que conlleva defender el papel que a uno le toca jugar. Proveer lo necesario que corresponda a esa situación de poder.
—Yo creo que habría menos guerras. Las mujeres somos distintas.
—Aunque fuera por impedir que sus hijos fueran a la guerra, tratarían de que no hubiese guerras. El amor maternal deja una huella que es imposible olvidarla y no es algo que un hombre pueda comprender…
—No sé yo…
—La posición social influye pero luego puede haber distintos estilos (como salió en el café filosófico sobre la amistad).
—Pero entonces, ¿qué les puede llevar a actuar igual, cuando actuaran igual? —inquiere el moderador.
—Es el poder. El poder ensombrece todo, fuerza a todo. Pues contiene compromisos que te llevan a cumplirlos y a hacer lo que tengas que hacer, también la guerra.
—O para lograr más poder, para mostrar tu poder y ser superior.
—Sí, el poder lo cambia todo. Nos hace igual de peligrosos.

Y una vez encontrada alguna luz sobre la cuestión masculina o femenina de la guerra, después de este alto,  continuamos nuestro camino: ¿Las guerras son justificables?

—Claro, están las guerras defensivas. Se basan en el principio de legítima defensa.
Y pregunta un participante:
—De cualquier manera, ¿puede ser la guerra práctica a la larga? ¿O más bien todos saldremos perdiendo? No lo veo muy racional, la guerra.
—Pero entonces, ¿qué quieres? ¿Y si pretenden eliminarnos?
—Vale, en algunos casos puede ser la mejor opción y ser viable.
—¿Y dónde dejáis el sacrificio?

Esta hipótesis de la posibilidad del sacrificio —es decir, no responder con la misma moneda violenta— introducía un elemento en la discusión que ayudaría a pensar de otro modo, en este caso, las guerras. Para esto estamos en un café filosófico, para tratar de pensar de otro modo. Si es para seguir pensando lo mismo, de la misma manera, mejor ni salir de casa, ¿no crees? Fue, entonces, cuando se trató de ver qué es una guerra y si solamente hay guerras con armas.

“Una guerra es una confrontación de fuerzas. Y la guerra es una forma de conducir la confrontación”. “Los animales también luchan, pero no hacen la guerra”. Estas dos respuestas fueron muy bien acogidas por el grupo y la verdad es que resultaron muy fructíferas. Ahora lo verás. Porque ello quería decir que “la guerra es un asunto humano” y que lo natural es el conflicto, pero no la guerra. Las guerras son una cosa cultural, una construcción humana. Ante los conflictos, que son inevitables, que son naturales —y por tanto, quizás saludables— podemos, entonces, adoptar una respuesta violenta o una respuesta no violenta (los participantes recuerdan estrategias como las que usó Gandhi). Si la guerra es una respuesta cultural ante un conflicto, y la guerra sería tan sólo una manera de resolverlo —o al menos, así lo parece muchas veces, el único modo, por desgracia; quizás las partes no saben otro—, también podemos entender, así pues, que pueden existir otros métodos para resolverlo. Respuestas diferentes. ¿No somos capaces? Aprendamos. Se puede entrenar, pero antes de nada hay que saber que hay otros modos… Y hay que tener confianza en que ello es posible. En otras muchas ocasiones ha sido posible. En la historia hay casos para todos los gustos (con perdón).

De manera que ya sabes: resuelve el conflicto, que es lo único que existe —lo otro se ha conformado en nuestras horas más bajas, cuando falta la imaginación y nuestras emociones nos ciegan—. Ser consciente de tus emociones, sean constructivas o destructivas, te puede ayudar mejor con tus conflictos, contigo mismo y con los demás. Así que ya lo sabes: para detener o evitar una guerra —¡lo estáis escuchando, vosotros, los que tenéis más responsabilidad política!—, enfoca hacia conflicto básico y sus emociones. Si esto no ocurre, abocados estamos a la guerra, y cosas por el estilo. Mira, si no, el caso de guerras enquistadas como la palestino-israelí. Esto aprendimos aquella tarde: el conflicto es inevitable, no así las guerras. Soluciona la insatisfacción de base y solucionarás tu conflicto. Recuerda cuando te has sentido uno con los demás… UBUNTU!

jueves, 22 de mayo de 2014

¿Cualquiera puede ser un político?

Qué Aprendemos Hoy

La respuesta es obvia desde la época de Pericles, aunque haya sido a menudo olvidado a lo largo de la historia: todos somos políticos por nuestra sola pertenencia al cuerpo social. Ahora bien, no todo el mundo está igual de preparado para dedicarse a la política. Esto es otra cosa. La experiencia política del pueblo, durante todos estos años de democracia, ha mostrado que una tarea de tanta envergadura, cuyas acciones nos afectan a todos nosotros, de tanta responsabilidad, no puede estar en manos de 

cualquiera. No puede ser que el pueblo vote a candidatos de los que sabe tan poco, sólo porque van en una lista propuesta por un determinado partido político. No puede ser que los políticos sean, según aparece recurrentemente en las encuestas, uno de los principales problemas de nuestra vida social.
Los excesivos casos de corrupción, el alejamiento entre la política y la ciudadanía, la indignación del pueblo por la desviación de los fines propios de la política, convertida en fin en sí misma y no un medio para el bien común…; por todo ello, es imprescindible un replanteamiento de quién puede ser un político y en qué condiciones. Es necesaria una nueva educación política. Proponemos para la discusión estas tres condiciones:
a) En lugar de la habitual “selección natural” de los que se dedican a la política, que conduce a que muchos de nuestros políticos estén cortados con el mismo patrón, sería el pueblo, de alguna manera que habría que establecer entre todos, el que decidiera quién puede estar en la política profesional y de qué modo. El político habría de estar bien formado o habría de poseer experiencia contrastada tomando decisiones, pero —y esto es muy importante— dejándole unperíodo de prueba, a ver si se distingue por su “amor a la ciudad”. Ya me entendéis. Es crucial en estos tiempos que tengamos a los mejores en la política.
b) Puede también resultar de vital importancia para nosotros (todos nosotros) que el paso por la política profesional estuviese delimitado temporalmente. Entras en la política, pues te ha encargado el pueblo alguna tarea, y transcurrido un período determinado (cinco, ocho, diez años máximo, esto también habría que decidirlo democráticamente, como toda regla del juego común),dejas la política con el mismo patrimonio que tenías antes; y si piensas de otro modo, no debes dedicarte a la política. Hay muchos que podrían hacerlo mejor que tú.
c) Ya que quieres ser un político, persona pública al servicio de la comunidad, el pueblo ha de saber de ti: toda tu vida pública, también todo tu currículo oculto para que luego no haya sorpresas, qué dicen de ti los que te conocen —si los has beneficiado o perjudicado con tus decisiones— y, además, cómo estás de ética: ¿Has superado el nivel tres de desarrollo moral, según Kohlberg , pongamos por caso?
Y ahora es vuestro turno…

Publicado en QueAprendemosHoy.com

jueves, 15 de mayo de 2014

Por qué asistir a un café filosófico

No sé si alguna vez te has tropezado con un cartel que anunciaba un café filosófico. Quizás habías oído algo, que en una cafetería, en una biblioteca o en un centro de enseñanza se organizaba una cosa así, pero no estabas muy seguro de que pudiera interesarte. O más bien, estás pensado en estos momentos: ¿Qué demonios puede ser eso? ¿Qué tendrá que ver el café con la filosofía? Si, además, cuando te acuerdas del bachillerato, la filosofía no te trae muy buenos recuerdos y tampoco el profesor de filosofía sale muy bien parado. Mi intención es tan sencilla como animarte a que asomes tu cabecita por la puerta de un café filosófico y te quedes durante un rato. ¿No andabas buscando buenas experiencias? Muchas veces están tan cerca de ti que pasan desapercibidas.
Comenzaron los cafés filosóficos en una cafetería de la Plaza de la Bastilla de París, allá por 1992. Marc Sautet invitó a los oyentes de un programa de radio y pudo comprobarse en poco tiempo que necesitábamos algo así. Rápidamente se fueron extendiendo por diversos lugares del planeta, llegaron a nuestro país hace algunos años y en ciudades como Valladolid, Madrid,Barcelona, Granada o Vélez-Málaga puedes toparte con un café filosófico. No es una tertulia, no es un debate, no es una charla, no hay que prepararse nada, no hay que saber Filosofía, pues allí se va como personas que les interesa la vida que vivimos y están dispuestos a examinarla junto a otros. Allí coincidirás con personas de distintas edades y distinta formación. Todos juntos, animados por un filósofo práctico, e investigando sobre el tema que se ha propuesto ese mismo día para que nadie prepare nada de antemano y pretenda quedar bien delante de los demás. Y por supuesto, se toma café u otra cosa. Y, por supuesto, allí se va a echar un buen rato y pasarlo bien. Muchos de los que van repiten. Tú puedes probar a ver qué tal.
¿Qué nos pasa cuando sucede una crisis? ¿En qué consiste la verdadera amistad? ¿Es realmente tan breve la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Nuestra libertad tiene límites? ¿Para qué educamos? Si alguna vez te has planteado preguntas como éstas, tienes que saber que se les saca más jugo cuando las compartes y, si no has podido acercarte todavía a una mínima respuesta clara sobre ellas, verás qué diferencia cuando te las planteas junto a otros. Quizás vivimos nuestra vida demasiado a solas. Puede ser que pensemos a menudo que sólo nos pasa a nosotros lo que nos pasa. Yo te digo que no es así, que somos muchos los que sentimos, sufrimos y nos alegramos de la misma manera que tú. Acércate por el café filosófico de tu ciudad, y si no lo encuentras, busca algo semejante. La filosofía no es más que una milenaria modalidad de búsqueda humana de lo que es tu propia vida.

Publicado en Queapredemoshoy