Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

viernes, 17 de abril de 2015

El gobierno a favor del pueblo (I): ¿Qué es vivir en democracia?

El gobierno a favor del pueblo (I): ¿Qué es vivir en democracia?

La dēmokratía fue un experimento político efectuado en un momento y lugar determinados, que no se ha realizado nunca más de un modo completo y satisfactorio. La Atenas clásica, en el marco social de la pólis griegaDe ahí que el “gobierno a favor del pueblo” siga siendo hoy día una idea revolucionaria. Es cierto que la democracia ateniense de la antigüedad posee carencias y graves limitaciones, percibida en su conjunto desde nuestra propia comprensión actual. Pero vayamos a recoger sus frutos, no vayamos a anclarnos en el pasado. Tratemos de estar aquí y ahora.
 ¿Puede haber democracias, que siendo democráticas, sean injustas, corruptas o falsas? Nos afecta mucho la pregunta puesto que, orgullosos y a veces ingenuos, proclamamos que vivimos en democracia. Es necesario, a la altura de nuestro tiempo, afinar un poco más. Para comenzar, tomemos un punto de referencia constitutivo: el Discurso fúnebre de Pericles, tal como nos lo trasmite Tucídides en sus crónicas de la Guerra del Peloponeso (Libro segundo, 37).
 Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce a favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia (traducción de Antonio Arbea).
 La traducción del término dēmokratía —según las fuentes consultadas— oscila desde la consideración habitual de un “gobierno de muchos” a un “gobierno al servicio de muchos”. La diferencia es crucial, pues daría inicio a dos concepciones alternativas: la democracia que históricamente hemos ido contemplando, una democracia en la que el poder lo ejerce la soberanía popular a través de sus representantes; o bien una democracia en la que se gobierna al servicio de los intereses de la mayoría, lo mejor posible hacia el bien común, lo ejerza el pueblo más o menos directamente —mucho mejor cuanto más participativa y directa—. Y lo decisivo sería queeste segundo sentido podría valernos de instancia crítica respecto a los desarrollos históricos que se han dado, los diferentes intentos democráticos, actuales y pasados.
 ¡En cuántas ocasiones una traducción desviada ha podido marcar el futuro! Pedro Olalla en su Historia menor de Grecia, recreando el discurso de Pericles, también recoge este segundo sentido del gobierno democrático, en que se gobierna o administra “según los intereses de la mayoría y no los intereses de unos pocos”. Pues bien, de esta manera podemos entender muchas cosas, de antes y de ahora.
 Por eso, Aristóteles nos cifraba las formas genuinas de gobierno que persiguen el interés general (monarquía, aristocracia y “politeia” o democracia moderada), y las distinguía muy bien de otras formas de gobierno corruptas, que persiguen el interés propio, como la tiranía, la oligarquía o la democracia demagógica.
Y tanto insiste Platón, cuando nos ofrece un prototipo de buen gobernante dentro del diseño de su República ideal, basado en las virtudes de la sabiduría y de la justicia entendida como armonía, cuando insiste en la importancia de la buena educación de los mejores, un modelo político en el que el gobierno se ejerce por deber ciudadano y no por el deseo de poder; y que nunca se pierda de vista la finalidad última de todo buen gobierno: el bien común, el amor a la ciudad. O bien, cuando alzaba sus críticas feroces contra la demagogiaal estilo sofista, un “gobierno de los ignorantes”, pues no basta la mayoría para tomar buenas y acertadas decisiones, sino que el gobierno ha de estar basado en el saber y no en la manipulación de la verdad y la realidad por parte de políticos hábiles e interesados que nada tienen que aportar al bien de todos.
 “Lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones, y lo contrario cabe decir del que tenga gobernantes contrarios a esto” (Platón,República, libro VII).
 Pero, ya mucho antes, los griegos llevaban en sí mismos —en su visión de la naturaleza humana— el germen democrático. Ellos ya lo sabían. El ser humano forma parte del Cosmos y su naturaleza sólo puede desplegarse verdaderamente dentro de una comunidad democrática (donde no sólo sea permitido, sino exigido ser persona, como nos sigue recordando María Zambrano muchos siglos después). Porque el griego antiguo no se siente tanto individuo como ciudadano (sin su ciudad, sería un desarraigado, sería “nadie”, aunque esto le valiera a Ulises delante de Polifemo), pues la “palabra pensada” (lógos) le hace ser quien es, un ser limitado que ha de cuidarse mucho de no caer en la insolencia (hýbris) de creerse un dios y llegar a atentar contra el orden natural (phýsis).
 Prometeo, el titán de la humanidad, lo comprendió muy bien, pues lo sufrió en sus inmortales carnes. Y no fueron suficientes las habilidades técnicas —como el manejo del fuego— con que, de un modo filantrópico, equipó Prometeo a los seres humanos para que pudieran sobrevivir. Nos cuenta Platón en su diálogoProtágoras, que los hombres fundaban ciudades para salvarse de la fieras, pero cuando se reunían acababan atacándose unos a otros, se dispersaban y morían. Esto llevó a Zeus a temer por el futuro de los mortales, tanto que envió entonces a Hermes para que les trajera a los hombres “el sentido moral y la justicia”, sin olvidar la amistad. Pero, preocupado y confuso, preguntó a Zeus, entonces, el mensajero de los dioses:
 “¿Las reparto como están repartidos los conocimientos? Están repartidos así: uno solo que domine la medicina vale para muchos particulares, y lo mismo los otros profesionales. ¿También ahora la justicia y el sentido moral los infundiré así a los humanos, o los reparto a todos?”. “A todos, dijo Zeus, y que todos sean partícipes. Pues no habría ciudades, si sólo algunos de ellos participaran, como de los otros conocimientos. Además, impón una ley de mi parte: que al incapaz de participar del honor y la justicia lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad”.
 ¡A todos! ¡Las cualidades políticas forman parte de todos por igual! Todos serían capaces de gobernarse a sí mismos, orientándose entre todos hacia lo mejor para todos. De manera que el alumbramiento de losprincipios democráticos —de este experimento socio-político jamás visto— solamente podía acaecer entre los griegosIsegoría: igualdad de palabra; Isonomía: igualdad ante la ley; Isomoiría: igualdad de oportunidades;Koinonía, una comunidad con vistas al bien común.

Más información | El gobierno del pueblo
Imagen| El discurso de Pericles

Publicado en Homonosapiens

viernes, 3 de abril de 2015

Sobre la vida comunitaria

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.7

20 de marzo de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

“Lo único que puede producir un cambio radical y una liberación psicológica creadora es la atención diaria, el darse cuenta de instante en instante de nuestros móviles, tanto los conscientes como los inconscientes” (Krishnamurti, La libertad primera y última).
 
“Luego no discuten [ni los hombres ni los dioses] sobre si el que comete injusticia debe pagar su culpa, sino sobre quién es el que comete injusticia, qué hace y cuándo?” (Platón, Eutifrón).

¿Cómo es posible vivir en comunidad?

¿Podemos cambiar, si nosotros mismos no cambiamos? Por lo general, todos queremos vivir mejor, en una sociedad donde pueda la vida humana y no humana desarrollarse del modo más digno posible. Pero, ¿quiénes serán los artífices? ¿Vendrán líderes maravillosos a salvarnos? ¿Bastará que cambiemos las estructuras, si nosotros seguimos pensando y haciendo lo mismo, con respecto a nosotros mismos y a los demás? ¿Vendrá la revolución exterior sin una revolución interior? ¿Cuánto duraría, en ese caso?  ¿De lo contrario, sería
auténtica? ¿Nos sentiríamos satisfechos, sin una mínima coherencia dentro-fuera? Pues bien, nuestros participantes de las horas previas a la venida de la primavera, supervivientes del eclipse solar de ese mismo día, hablaron de la vida interior, de la convivencia con uno mismo, más tarde de la vida exterior comunitaria y, finalmente, necesitaron afinar bien el acorde interior-exterior, para que éste pudiera sonar algo armonioso. ¿Te quedas con nosotros? Se va  a hablar de ti. Observa…
¿Has sido capaz en alguna ocasión reciente de perdonarte a ti mismo? Mal te vas a llevar contigo mismo si no eres un poco indulgente, comprensivo en alguna medida, si no llegas también a amar tus errores, tus lagunas, tus carencias. Forman parte de ti, tanto como todo lo demás. La importancia de la Autocompasión, que no tiene que ver con el muy cristiano “dar pena”, darse pena o sentir lástima del prójimo, sino que está ligado al sentir con… -tigo mismo, con el otro. Así de simple, así de complicado tantas veces en el diario.

—Sí, yo así evité la culpa. —Tan corrosiva —apunta este narrador.
—Yo me agarro mi (cordial por su forma) pastilla de jabón, y mientras me voy duchando, me quedo limpio de las culpas que arrastraba. —Ritual, que al final de encuentro quedó como estribillo mágico de una de las participantes.
—Cada vez que me perdono a mí misma, de tantas autoexigencias, es una liberación… —Había vivido y sufrido lo que decía, por eso lo decía de verdad.
—Cuando he sido capaz, simplemente he buscado una solución, en lugar de martirizarme. —¡Y cómo nos martirizamos, tanto que quedamos seriamente embotados para encontrar una salida!
—Pregunto: ¿Perdonarse, es algo que se pueda aprender? —Claro mujer, o más bien, hay que desaprender las rutinas del autocastigo, de la culpa, de la pena que he de cumplir para sentirme purgado.
—Sí, en muchos casos, sobre todo la generación adulta aquí presente, hemos recibido una educación de la culpa y el castigo autoinflingido.
—Pero, ¿todo debe ser perdonado? ¿El perdón no posee límites?
—Yo sólo sé decirte que yo he hecho lo que he podido. ¿Tengo que sentirme culpable, a pesar de todo?

Y por aquí podía haber seguido la discusión de aquel día, pero nuestro método prescribe que
nos cercioremos bien de aquello de lo que queremos de verdad dialogar, explicitando suficientemente la temática. Y compitió en justa lid, pero no era ese el tema del día. Sorpresivamente, se alzó con fuerza un tema exótico, muy técnico: el “Comunismo originario”. Y ni el “Amor humano”, ni mucho menos, la “Influencia de los padres” ni los “Límites del perdón”, aunque éste se anunciara con antelación. ¿O más bien se hallaba en el fondo de la cuestión tratada? Tú podrás juzgarlo a continuación.
¿Qué idea del comunismo de Karl Marx tenemos hoy día? ¿Sería aplicable? ¿Se lo ha aplicado acertadamente? ¿Qué puede significar el comunismo a la altura de nuestro tiempo? Pero —sugiere el moderador—, ¿no sería ésta una cuestión demasiado técnica? ¿Tenemos aquí los textos marxianos para poder contrastar lo que digamos, si Lenin, Stalin u otros regímenes políticos históricos o actuales se atuvieron o se atienen a su letra y a su espíritu?

—No parece posible. —Están de acuerdo los participantes.
—¿Y si le damos un giro a la temática para que reciba un tratamiento ajustado a nuestra reunión, un café filosófico? —Propone el moderador.

Y después de un breve diálogo, fue madurando esta pregunta, que encierra suculentos matices, y que podía habilitar muy bien nuestra discusión: ¿Cómo sería posible la vida comunitaria? Y no se pasa por alto, primero, definir con claridad de qué íbamos a hablar, antes de referirnos a ello. “Vida en común”, es decir, la vida junto a otros con los que hemos de pasar largo tiempo de nuestras vidas, sean muchos o pocos, interactuando, compartiendo el mismo espacio más o menos próximo, conviviendo, rompiendo la convivencia y tratando permanentemente de reconstruirla por necesidad.

—¿Es posible la vida en común?
—No, habríamos de estar bien educados en la generosidad, en la solidaridad…
—Y no te olvides de la responsabilidad.
—Ni de las “sombras” internas que cada uno llevamos con nosotros, pues no somos todo lo luminosos que recogen las grandes palabras que habéis citado. —Es verdad —piensa ahora este relator—, aquellas cosas inconfesables de nuestra trastienda emocional o mental, que nos enturbian por dentro y que se interponen constantemente entre nosotros.
—Por eso, desde pequeños, nos vienen bien unos estándares, unas normas a las que atenernos…
—Sería posible la vida en común, ¡si quitáramos el dinero! —Esto se discutió más tarde, con alguna aportación que indicaba que era posible, a través de iniciativas como la “moneda hora”.
—Pero tendría que haber líderes, los líderes son necesarios. —Luego se dijo que no hacen falta líderes, sino representantes…
—Y no olvidar la individualidad, los talentos individuales, no deberíamos perderlos. Nada de igualitarismo, de colectivismo anulador del individuo.
—Además, tened en cuenta los abusos y los abusones. Esto sería un grave impedimento para que fuera posible la vida comunitaria.

Las dos últimas intervenciones hicieron necesaria la distinción —que emergió del diálogo mismo— entre “ser iguales” y “tratarnos como iguales”, como seres humanos que somos. Y esta distinción, a su vez, evolucionó hacia la consideración de la justicia distributiva (de origen platónico y aristotélico, pero, curiosamente, muy ligada a la propuesta marxiana). Un participante veterano de nuestro café filosófico introdujo la noción, y además de resultar clarificadora cundió entre los participantes como un manantial inagotable de sugerencias. Anteriormente se habían ido poniendo algunas condiciones a nuestra imagen de una “vida comunitaria”. Pero, ¿aquél resistiría como principio central de la posibilidad de la misma? ¿Sería suficiente? Ya sabéis: “A cada uno según sus necesidades y de cada uno según sus capacidades”. La polémica estuvo servida durante un buen rato, pues afloraron las ideologías, no ya las ideas diferentes, sino los sistemas cerrados de ideas que buscan legitimar determinados intereses. En este caso, se trataba de ideologías políticas. Derecha e izquierda, más a la izquierda, más a la derecha… Costaba a veces mantener una discusión filosófica.

En concreto, fueron dos los participantes que se enzarzaron en lo que parecía una discusión ideológica interminable. Y la dificultad principal para discurrir por ella buscando la verdad y el bien —como procura la filosofía— era que cada contendiente proponía un caso en apoyo de su tesis, ¡que nadie más que ellos podía contrastar! Aunque, hay que saber que no les pasaba algo distinto de lo que les sucede también a los dioses del Olimpo, como se recoge en el Eutifrón de Platón: disputan constantemente, pero no lo hacen sobre qué es la justicia, sino sobre si esto que tenemos delante, este caso, es justo o no es justo, es decir, cómo aplicar la justicia a este caso particular. Debió el moderador acordarse de este diálogo entre Eutifrón y Sócrates y fue lo que le valió para poner un poco de orden; asintiendo los contrincantes, que
estaban de acuerdo en el principio y que lo difícil era determinar qué casos caen bajo dicho principio.

Satisfecha la aclaración, se prosiguió: ¿Sería suficiente el principio de justicia para hacer posible la vida comunitaria? Y, a las condiciones anteriores, añadieron los participantes algunas restricciones dignas de reseñar:

—No olvidemos que todo no puede ser igual, que unos trabajos requerirán más reconocimiento por su mayor cualificación o mérito. —Y a partir de ahí, la discusión condujo a la importante distinción entre necesidades que cubre una tarea y cualificación que se necesita para ejercerla, de manera que una contribución a la comunidad pudiera ser valiosa de modos variados y no de sólo uno (por ejemplo, es importante el trabajo de un ingeniero, pero también lo es el de un agricultor).
—No olvidemos estar alerta para no confundir valor y precio, no seamos necios, como advierte el proverbio machadiano. —Efectivamente, no sólo el mercado ha de dar valor a las cosas y a lo que hacen las personas. Nos perderíamos muchas cosas de valor.
—Y no olvidemos tampoco que la realización de la vida comunitaria es más factible en pequeñas comunidades. —De ahí que ellos transformaran esta restricción en una posibilidad: cuando se tratara de una gran comunidad, que ésta estuviera compuesta de una red de pequeñas comunidades en donde rigiesen los mismos principios básicos.

¿Qué te parece? Al final, ¿no han hablado también los participantes de marxismo? ¿Y no se han mostrado utópicos? Aunque, ¿por qué hay que renunciar a ello, si queremos mejorar nuestro mundo? Antes de juzgarlos, recuerda que ellos también te han hablado del riesgo de los abusos que podrían darse, y ante los que hay que estar alertas. Y de nuestras sombras. ¡En cuántas ocasiones no hemos sufrido de otros, o hemos volcado sobre los demás nuestras propias miserias! Proyectar fuera lo que me pasa dentro —generalmente, de un modo inconsciente— es de lo más habitual entre nosotros. Sin embargo, ¿pueden convivir en paz y armonía personas que no se conocen a sí mismos, que desconocen sus propias sombras? (Imagina que coinciden muchas de ellas en un mismo lugar y tiempo). ¿Podemos realmente mejorar el mundo en que vivimos, si nosotros mismos no evolucionamos? Si nuestros usos y costumbres siguen siendo los mismos, o respondiendo a lo mismo, ¿cambiará de veras nuestro mundo, nuestro mundo común? Comencemos por sanear nuestra propia casa dando luz a nuestras sombras. Comencemos por perdonarnos también, que no es justificarnos ni es hacer dejación de nuestra responsabilidad en nuestra propia vida, sino que es ser conscientes de nosotros mismos, lo que nos pasa y por qué nos pasa, observando sin juzgar, para poder convivir en una paz nacida de la paz interior de cada uno… En fin, esto es algo de lo que saca en limpio este narrador que te ha narrado lo que vino a suceder aquel día

domingo, 8 de marzo de 2015

Sobre las rutinas

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.6

20 de febrero de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



“Acercaos, pues, un momento, hijos de Júpiter, y os mostraré que nadie puede poseer la egregia sabiduría y la felicidad, si no guía la Locura. En primer lugar, hay que confesar que todas las pasiones humanas pertenecen a la Locura. Lo que distingue el loco del sabio es que aquél está guiado por las pasiones, y éste por la razón. De ahí que los estoicos alejen del sabio todas las perturbaciones, consideradas como enfermedades, aunque en realidad las pasiones no sólo son los pilotos encargados de llevar al puerto de la sabiduría, sino que también suelen ser en cualquier función de virtud algo así como espuela y el acicate que induce a obrar bien. Sin duda Séneca, doblemente estoico, protestará contra esto, pues prohíbe al sabio toda clase de pasión. Pero al que hiciera esto no le quedaría nada de ser humano, sino que se convertiría en un Demiurgo, un nuevo Dios que nunca existió, o, para decirlo más claro, en una estatua de mármol con figura de hombre, privada de inteligencia y de todo sentimiento humano”  (Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura).


¿Por qué seguimos rutinas en nuestra vida?

Sí, el último Café filosófico versó de las rutinas. No la rutina en singular, como tedio y aburrimiento, que también, sino del aspecto positivo de vivir de acuerdo a determinadas rutinas propias de cada uno. Pero no podéis ni imaginar cómo llegó el grupo a elegir la discusión sobre las rutinas. Pues, inicióse el encuentro hablando de todo lo contrario: la locura. Seguidnos durante este relato y lo comprobaréis.

“¿Cuál sería la última “idea loca” que has tenido o has realizado?” Planteó el moderador a los asistentes. “¿Y por qué no…? ¿Y sí…?”. Quería el moderador incitar a que cada uno despertase en sí mismo la locura que también somos, muchas veces mitigada y reprimida por la diosa razón —toda una tradición nos ha llevado a relegar la pasión y el instinto, las emociones y la intuición como algo prehumano cuando, quizás, no haya nada más humano. Por un rato, dar rienda suelta a lo inaudito y desorbitado, a lo deseado e insensato. Darle luz también, por si no es sólo —como dicen—
nuestra sombra, ese oscuro desorden interior. Erasmo de Rotterdam nos lo recuerda constantemente: es una locura de la razón creer que mucho de lo que somos y lo que hacemos no se debe a la locura. Bendita locura, que nos saca de la rutina, a este “homo insanis” que también somos.

Pues bien, una que se ha metido en política, otra que persigue la locura de recuperar alguna vez la monotonía —¡sí, tu cara de extrañeza está justificada!—, otro que se da permiso a sí mismo para dejar que las cosas sucedan por sí mismas, otra participante que manifiesta su propósito —dice ella, que loco— de permitirse fluir con las cosas, otra que confiesa su locura de seguir un Curso de griego homérico en inglés, y después de ella, como queriendo decir algo más loco todavía —siendo en realidad muy cuerdo—, otra participante manifiesta su propósito de realizar algunas actividades más físicas, como el patinaje o la danza, ¡que ya está bien de tanto cultivar al mente!; y teníamos aquella tarde a un joven participante que hace poco había montado dos empresas, ¡hala, en plena crisis económica!, otro que decía que su mayor locura, últimamente, había sido venir a este café filosófico (¡en dónde pensará que se ha metido!); de este otro participante, su mayor y más reciente locura ha sido pretender quedarse a cuidar a su hermano en el pueblo, porque luego moderó su decisión para convertirla en algo más sensato (¡qué se pensaran estos participantes que es la locura! —protesta la Locura) y, mientras, otros participantes ni cataban la locura hacía tiempo; por lo menos —afirmaba un joven participante—, “no pensar tanto”, y otro más mayor, que su máxima locura había sido creer que “hablando se entiende la gente”. Así es la locura humana —queridos amigos— inesperada, y hasta cuerda.

Y después de esta locura concatenada, nada mejor que contraponer la rutina. Las rutinas, por más señas. ¿Por qué seguimos rutinas en nuestra vida? ¿Cómo sería nuestra vida sin rutinas? Por la primera de estas dos preguntas comenzó a desgranarse la discusión… No sin antes definir con una mínima precisión qué entendemos por “rutina”: “costumbre o hábito”, “repetición”, “normalidad”, “automatismo”, “predicibilidad”, “seguridad”, “comodidad”, “confort”. Con estas connotaciones puedes construir tú mismo, como ellos hicieron, una muy buena definición. Y si no te crees que es tan buena definición, ¡ahora vas y buscas una mejor en un diccionario, si puedes!

Como ellos dijeron, disponer de rutinas te ahorra esfuerzos, por eso es una “tendencia inercial del ser humano” —dijo el participante más veterano. “Una plataforma de lanzamiento”, así no tenemos que estar innovando continuamente —dijo otra participante.

—¡Pero esta sensación es errónea! —protesta esta misma participante. La rutina nos da una falsa idea de seguridad. Es una ilusión. Todo, no para de cambiar. Así que mejor “dejar que la vida te lleve”.
—¿Cómo dices? —vehementemente, replica el participante que hablaba de rutina como inercia humana. ¿Qué la colectividad, la masa, te lleve?
—No, la vida.
—Mejor decir, ¡el azar!
—No, la sabiduría de la vida.

Una tormenta se desencadena en estos instantes y se procede a aclarar, entre todos, en qué sentido podría ser una ilusión la seguridad que aparentemente te oferta la rutina.

—¿Y si fuera una “rutina consciente”, elegida voluntariamente?
—¡Así, sí!
—Sí, así sí.
—¡Pero eso no es posible! Nunca es tan voluntaria la rutina, nunca somos tan conscientes de ella.
—Veamos —propone una de las participantes: “Veamos nuestro planeta y los seres humanos desde lejos”.

Y el experimento se mostraba dúctil al problema suscitado. Por un lado, nuestras rutinas pueden cubrir y facilitar la satisfacción de necesidades básicas, dispensar de tener que pensar cómo realizar actividades rutinarias; y de ese modo, poder dedicar nuestra atención a otros asuntos más interesantes para nosotros en un momento dado. Es útil la rutina. Por otro lado, las rutinas sociales nos liberan de otros inconvenientes. No hay que estar siempre decidiendo, acordando, pactando, discutiendo… Es trabajoso. De manera que, desde una perspectiva cósmica, el beneficio para el ser humano de seguir rutinas parecía obvio. Y ahora vino un momento filosófico precioso, tratando —como se procedió a continuación— de pensar algún aspecto negativo de la vida rutinaria. Y lo personalizó: “No tengo la valentía de actuar de otro modo, me convierto en esclavo de mis propias elecciones, y por no complicarme la vida, sigo rutinas cómodas”.

—Entonces, ¿qué te aporta la rutina?
—Orden, comodidad, seguridad.
—¿Y por qué amas tanto eso?
—Porque soy caótico…
—Tú habías propuesto la temática de la rutina, ¿no?
—Sí.
—Para esto estamos aquí, para conocernos a nosotros mismos. Gracias.

Señalan los participantes que un peligro de las rutinas consiste en que pueden coartarnos, aunque haya cierto nivel de elección de la rutina. De ahí que el grupo acuerde una doble distinción harto interesante: entre rutina virtuosa y rutina “viciosa”, en función del grado de elección personal, por un lado, y entre rutina, que puede ser útil en ocasiones, y vida personal rutinaria. Y esto es lo que sería más pernicioso, esto es lo que habría que evitarse a toda costa. Este resultado lleva a una de las participantes —que lo vive muy cercano— a plantear una situación muy esclarecedora para todos los asistentes al diálogo: un bebé que está llorando y la rutina de unos padres que les lleva a coartar la vida que se está expresando de un modo tan expresivo, pretendiendo que el bebé se calle a toda costa para seguir con la normalidad de sus rutinas diarias.

A partir de la discusión de este ejemplo, los participantes llegan a una conclusión provisional que mucho puede interesarte. Tú tendrás tus propias rutinas. Vigila, entonces, que no te lleven a romper del todo la conexión con tu vida, con tu propio cuerpo. Te facilitan la vida, pero el precio es la desconexión con lo que eres. Ten cuidado. Pueden ser ideas, creencias, emociones o pautas de conducta, todas ellas automatizadas, inconscientes, condicionadas. Te liberan y te lastran. Te mantienen detrás de tu vida (por su querencia al pasado) o por delante (por estar vertidas hacia el futuro), pero te alejan del presente eterno que somos, cuando estamos en la vida aquí y ahora, que es lo único real. Ten cuidado. Ellos te lo recomiendan: realiza un escaneo periódico para observar el estado de tus rutinas, y que no te traicionen. Mira a ver hasta qué punto son elegidas conscientemente por ti.


El grupo muestra abundantes ganas de continuar, pero ya es tarde en la tarde. Antes de marcharnos, el moderador se acuerda de la otra gran cuestión que nos preocupaba al comienzo de la discusión: ¿Cómo sería nuestra vida sin rutinas? ¡Y ya había sido respondida! Había sido todo el rato el referente opuesto, el contrapunto permanente. El contrapunto de la locura no se había apartado desde el principio, pues se habló de la rutina y de la no rutina, y cuando la negación y la locura estaban presentes lograban sacar lo mejor de nosotros: no renunciar a la conexión con la vida que somos. Que la racional y ordenada rutina se aplique bien el parche. Salud.

sábado, 14 de febrero de 2015

¿Filosofía en tiempos de crisis? (5): La función sapiencial

Un poco de sabiduría en estos tiempos de crisis no nos vendría mal, ¿no es cierto? Y así aprender de nuestros errores, una vez que los hemos asumido como necesarios para llegar a la comprensión del mundo en la que estamos. Pero recuerda que la filosofía es sólo la expresión de nuestra atracción por lo desconocido, una búsqueda humana de la sabiduría. Pues el filósofo no es un sabio, sino que aspira a saber. Como el amante, se siente atraído por aquello que ama, de manera que la inquietud filosófica por saber tiene mucho de erotismo.
Está el positivismo, la creencia de que alguna vez el ser humano obtendrá la respuesta definitiva a sus preguntas a través de la ciencia; está el relativismo, la creencia obstinada que lleva a confundir la filosofía con mi filosofía, que vale tanto como cualquiera otra —”todo vale igual”— y de la que no hay forma de salir. Estamos en tiempos positivistas y relativistas, pero, ¿y si fuera posible una filosofía apta para cualquier tiempo y lugar, para cualquier persona o sociedad, a condición de que la actualizáramos en nosotros mismos y le diéramos nuestra forma propia? Algunos la han llamado filosofía perenne, compuesta de principios que no mueren y que están ahí para que tú puedas extraer de ella un buen provecho. Hay obras clásicas de arte y podría haber unas pocas ideas sabias a las que siempre puedes recurrir, con la seguridad de encontrar lo que buscas.
A través de ellas puedes transformar la conciencia de tu mundo, y de ahí a transformar tu propia vida queda sólo un paso. Jiddu Krishnamurti defendía —y tantos otros sabios orientales y occidentales— que no podremos mejorar el mundo en que vivimos si no mejoramos nuestra conciencia de nosotros mismosConócete a ti mismo, si lo haces “conocerás el universo y los dioses”, rezaba la famosa inscripción del templo de Apolo en Delfos. Si accedes a un buen conocimiento de ti mismo, que eres un átomo del universo, distinguirás con facilidad lo real de una representación tuya de lo real; y comprenderás que lo que nos hace sufrir no es la realidad —es la que es—, sino nuestra actitud ante ella. Pero, además de esto, Epicteto—el sabio estoico— te recuerda la importancia de ejercitarte en la apreciación de lo que depende y lo que no depende de ti. Así no sufrirás cuando no haya que sufrir, ni dejarás de hacer lo que tengas que hacer, cuando verdaderamente algo dependa ti.
Tanto en occidente como en oriente, llegaron a tener muy claro que algunas actitudes son propias de la persona sabia, un ideal hacia el que uno podía orientar su vida inspirándose en algún maestro que lo encarnase. Tú puedes completar con ejemplos propios y actuales los beneficios de algunas de estas gotas de sabiduría. ¡Ay!, si abundara más la coherencia entre el decir y el pensar, como se piensa y como se vive —lo llamabanparresía… Observa tu vida por un momento para ver si es auténtica, y no olvides aplicarlo también a la vida pública o a la Política. Si fuéramos más capaces de autogobernarnos por nosotros mismos —lo llamaban autarquía… Por ejemplo, tú serías más tú mismo y “los Mercados” no habrían logrado cobrarse tan alto precio de los Estados, haciéndolos dependientes de “ellos”. Si reinaran en ti la armonía y la paz interiores —lo llamaban ataraxia… ¿No podrías enfrentar con mayor entereza, eficacia y sensatez la intemperie de este mundo tan complejo y desbocado en que vivimos? Si aprendieras a cuidar de ti mismo —como nos pedía Sócrates—, si te amaras… ¿No comprenderías mejor a los demás y serías más capaz de amarlos tal como son? ¡Ay!, si fuéramosmás pacientes hoy día

Publicado en QuéAprendemosHoy

viernes, 30 de enero de 2015

Sobre la libertad (3)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.5

16 de enero de 2015, Cafetería Niza, 17:30 horas.

  
¿Cómo podemos llegar a ser más libres?

Cada día es diferente. Todos lo sabemos. Pero, ¿lo reconocemos a cada instante? ¿O preferimos la estabilidad y la seguridad del hábito y la rutina? Nos quejamos mucho de ello, sí, pero continuamos haciéndolo. Nuestro café filosófico es un buen lugar para apreciar la diferencia siempre diferente. Era el mismo tema de discusión en el mismo lugar, la Cafetería Niza, pero nada que ver con aquello que ocurrió hace algo más de un año. Entonces, allí, valió la distinción entre libertad exterior y libertad interior. Hoy no bastaba. Ni el momento, ni las personas eran los mismos. ¿No habrían pensado ni habrían dicho algo diferente, si hubieran sido las mismas personas? Quién lo sabe. Pero no nos aventuramos demasiado negándolo. Siempre faltaría el componente temporal, el momento y el estado de conciencia de los participantes. Esto es lo más real, pues es lo que está sucediendo, no lo que ya ha sucedido. “Ser y tiempo” son inseparables (Heidegger). Síguenos durante este recorrido: arrancamos con titubeos, bien afianzados se desencadena entonces la tempestad y amerizamos en las tranquilas aguas cercanas a una isla oriental. Cuando el local lo permitió, el silencio se adueñaba de la discusión haciéndola posible, las palabras entretejidas y pendientes de un hilo. Cosidas en el tiempo, pespuntes de la vida.

Hacía cuatro semanas que hablábamos de lo divino para después allegar a lo humano, hoy hablaríamos de lo humano sin tapujos, de lo más humano —demasiado humano—, según el dicho nietzscheano. Por ejemplo, el error, caer en la misma piedra más de dos veces (“un, dos, tres, responda otra vez”): es muy humano sentir miedo, y dudar por dudar, otro tanto; tener que estar comenzando cada vez una relación social nueva; la codicia, sí; también, claro, el exceso de conciencia; los vicios, ¡tan humanos!; chismorrear, el chisporroteo incansable de fuera que viene de dentro; la envidia, la venganza, la compasión anuladora del otro, ¡qué humanas son! Pero también, en los momentos más diáfanos y abiertos, somos capaces de sentir con los demás (somos empáticos) y derrochamos simpatía. Derrochar, esto ya es humano, demasiado humano. Tales humanidades dijeron poco más o menos algunos de nuestros participantes, quienes libremente quisieron decirlo.

¿Qué tal si hablamos de las religiones? ¿O de la pena de muerte? ¿Y del trato a los animales? No, mejor hablamos de los límites de la libertad. Así lo desearon. Y así se hizo realidad, a través de unas cuantas preguntas reveladoras: ¿Somos libres? ¿Tiene límites la libertad? ¿Ser libre es siempre bueno? ¿Nos da miedo la libertad? ¿O mejor hablamos de libertades, en plural? Está bien, comencemos por preguntarnos hasta qué punto somos libres y así veremos si nuestra libertad contiene límites. Y en ese caso, ¿cómo podemos llegar a ser más libres? Acompáñanos en este viaje, no nos dejes ahora. Te necesitamos, somos humanos como tú.

            —Nuestra libertad, claro que tiene límites. El sistema social en que vivimos coarta nuestra libertad.
            —Sí, ¿son incompatibles el sistema y la libertad?
            —También nos abre el sistema posibilidades. También construye libertad.

Este planteamiento inicial nos fue conduciendo a una conclusión no usada. En primer lugar, forzó al grupo a tratar de definir ambos lados del encuentro entre libertad y sistema. Y más tarde a seguir un itinerario inesperado. ¡Qué bien, para eso nos juntamos! A ver, para
entendernos todos, acuerdan ellos que la libertad es un derecho fundado en una capacidad, la que te permite elegir conscientemente entre opciones. Y si no hay opciones, no hay libertad. Pero esta definición que valía al principio, hubo de evolucionar, de tan estrecha que se nos fue quedando.

            —Que haya libertad depende mucho del sistema, no es lo mismo un sistema democrático que otro que no lo sea.
            —Pero insisto, el sistema no es sí mismo manipulador.
            —¡Perpleja me dejas!
            —Una constitución democrática incluye un ordenamiento, y dices que la democracia posibilita la libertad. Pues, ¿entonces?

Convinieron en que todo sistema regula y que algunos manipulan. Convinieron en que la educación es un buen paliativo de un sistema limitante en exceso, cuanto nos sustraen la posibilidad de poder ser responsables de nuestros propios actos.

            —No os engañéis: ¿Alguna vez hemos sido libres? —reaparece de nuevo la presión de la idea de “sistema”.
            —Quizás antes de la existencia de las estructuras sociales organizadas estatalmente.
            —Sí, porque somos más libres cuando somos más inconscientes.
            —Pero, ¿no decíamos que éramos más libres cuando éramos más conscientes?

Fue el momento en que el grupo recurrió a la útil —en otras ocasiones— distinción entre libertad interior y exterior: podemos estar limitados externamente, coartada nuestra libertad, pero esto no afecta a nuestra voluntad y nuestro pensamiento, que siempre quedan libres. Sin embargo, los participantes observan que también nuestras ideas y
creencias nos pueden venir condicionadas, desde pequeños, por la educación, la sociedad en que hemos nacido, sus valores, sus visiones… ¡También estaba limitada  la libertad interior! ¡No habíamos avanzado nada! O eso parecía, al menos. Durante una buena discusión nada se pierde, todo se conserva dialécticamente para alumbrar el nuevo concepto. Sin el momento de negación no habría emergido. Necesitábamos una definición de la naturaleza de la libertad más abarcante, más básica, más esencial. Y apareció: libertad es el desarrollo de mis potencialidades, el desarrollo de lo que ya soy. Sin saberlo, venía en nuestro auxilio la visión oriental. Oriente y occidente. A cambio de la libertad, inalcanzable, la búsqueda de la liberación.

Así, retomando la idea sistémica de “regulación”, el grupo se preguntó con mucho tino: ¿Cómo debe regular y regularse un sistema para que abra posibilidades de desarrollo personal a los individuos? Y dijeron algo así:

            —Que suponga la “posibilidad de autoaprendizaje”, paso atrás y paso adelante, pero evolucionar.
            —Sí, coercitivo en origen, pero no al final.
            —Un río ancho, por el que puedas navegar con comodidad de una parte a otra de su cauce.
            —Con “límites, pero flexibles”. Límites, pero que te hagan más libre después.
            —Que “te aporte medios, herramientas”, no fines ni resultados.
           
¿Qué tal, te vale? ¿Te sentirías a gusto en un mundo así? Ya que antes había salido el caso de la educación, y puesto que allí había muchos jóvenes en edad académica, se les pide, si querían, que compartieran sus experiencias relativa al sistema de enseñanza. ¿Cuál había sido para ellos la mejor clase? ¿El mejor profesor o la mejor profesora? ¿Qué clase de límites no los han sentido como limitantes? Y cuando lo hicieron, con algo de timidez, no defraudaban mucho sus experiencias mejores lo que se acababa de hablar entre todos. Un sistema que no los estrangule, sus propias posibilidades de desarrollo. Así pues, no la libertad —que siempre ha de haber límites y eso es bueno— sino que es más relevante la liberación de lo que soy. De ahí que tengamos que acabar este relato, como lo comenzamos, con Nietzsche. ¿Qué es lo verdadero? ¿Qué es lo bueno? Aquello que afirma la vida que hay en mí, lo favorece y no lo niega y lo reprime. Aquello que sirve a las fuerzas expansivas de la vida, eso es verdadero, y falso lo que la limita. “Nunca trepas en vano por la montaña de la verdad —pues hoy asciendes más arriba o empleas tus fuerzas para subir más alto mañana” (Humano, demasiado humano).

miércoles, 14 de enero de 2015

¿Filosofía en tiempos de crisis? (4): La función nietzscheana


El nihilista, el asesino de “Dios” —o eso dicen algunos—, el contracultural, el genio cuyo olfato era capaz de detectar la podredumbre de la cultura occidental, sus más bajos instintos vestidos de honorabilidad, el que filosofaba a martillazoshaciendo añicos los ídolos de occidente, todo lo bueno, santo y verdadero —o, al menos, lo que se había tenido por tal hasta entonces… ¿Cómo va a alumbrarnos la filosofía de Nietzsche en mitad de nuestra contemporánea crisis de valores?

Simplemente, de la misma manera que ocurre contodo lo importante de la vida, aprendiendo a mirarlo. Una filosofía no está ahí —y no se ha transmitido— para que la veas como te han dicho que la veas. El mismo Nietzsche pensaba que las distintas escuelas filosóficas no eran más quelaboratorios experimentales del arte de vivir, y como sus resultados nos pertenecen a todos, no hay que tener escrúpulos en adoptar una máxima estoica—pongamos por caso— porque antes hayamos adoptado otra distinta epicúreaMira tú lo que necesitas de lo que se te ofrece, dótalo de sentido y llévalo a tu propia vida.
Nietzsche, el vitalista; como habitualmente se le clasifica en la historia de la filosofía occidental. Pero las etiquetas fallan mucho —ten cuidado con ellas. No te dice él que vivas la vida a tope,despreocupadamente, explotando al máximo placeres que te llevan a más placeres que nunca descansan de atraparte —eso es hedonismoNo te dice él que cargues de positividad tu vida, relegando el lado negativo de las cosas —eso es optimismo hueroNo te dice él que seas consciente del dolor y la desgracia humanos para que luego no te creas que la vida es de color de rosa y pienses que el sufrimiento es la única manera de vivir profundamente —eso espesimismo amargo. A cambio de todo ello, ama la vida tal como es, ama tu vida tal como se te ha dado. Ésta sería la “prueba del algodón” nietzscheana: ¿Estarías dispuesto (o dispuesta) a vivir una y otra vez, eternamente, tu vida tal como está siendo? De lo contrario, si quisieras reemplazar algo, aunque únicamente te surgieran algunas dudas, tú no estarías amando la vida tal como es, con todo  lo “malo” y lo “bueno” que contiene; así que no te llames vitalista.
¿Cómo puedo yo, entonces, afrontar mi vida? ¿Y si estoy en crisis, como ahora, y si me siento tan mal conmigo mismo y con mi mundo? Te dice Nietzsche: comienza por la aceptación de todo aquello que eres. Si lo asumes de verdad, comprobarás que cualquier cambio que se produzca en tu vida será verdaderamente realTu vida sólo puede gozar de la autenticidad del vivir, si aceptas tu destino. Esto no es resignación, esto no es pasividad ni amargura, es tu único punto de partida válido. Así que tú verás. No te engañes. Hay múltiples maneras de engañarse a uno mismo en el mundo de hoy. ¿Qué es vivir, entonces? Un santo decir sí a todo lo que conlleva vivir, a lo que es tu propia vida; que ésta sea expresión de tu interna fuerza vital, el desarrollo, la expansión de lo que ya eres, dando libre curso a esa fuerza que está en ti. Vivir es voluntad de poder ser. Nietzsche dixit.
Publicado en Queaprendemoshoy