Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 31 de marzo de 2014

Sobre la amistad

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.7
21 de marzo de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



“Los malos [amigos] serán amigos por deleite, o por provecho, pues son en esto semejantes, pero los buenos serán amigos por sí mismos, porque éstos en cuanto son buenos son absolutamente amigos, pero los otros accidentalmente, y en cuanto quieren remedar a los buenos en alguna cosa” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, VIII, 4).


“El que conoce el principio masculino y se mantiene conforme a lo femenino es como el profundo cauce del mundo donde confluye todo bajo el cielo” (Tao Te King).



            ¿Qué es la amistad?

A nadie se le escapa que necesitamos ser acogidos y que también nos ayuden a ver más claro, si es posible. Así que estamos buscando siempre a un buen amigo. Dos funciones de la amistad que responden a dos estilos, femenino y masculino, que los participantes de nuestro encuentro filosófico van a descubrir para ti. Estábamos allí, en la Cafetería Bentomiz, al día siguiente del equinoccio de la primavera, que se despertaba perezosa para pocos días después aletargarse de nuevo, ya sin demasiada convicción, pues había llegado su hora astronómica. Por seguir con la costumbre reciente, se leyó una cita de Séneca Sobre la brevedad de la vida, centro de la discusión del día anterior, hacía justo un mes entero: “No tenemos un tiempo escaso, sino que perdemos mucho… no supimos que estaba pasando…”. Y después…, para que no nos pase el tiempo sin más ni más…, decidnos: “¿Cuál es vuestro momento especial del día, de cada día?”. Y dijeron:

La primera hora de la mañana es muy especial para mí: hago café cuando llego a mi centro educativo, hay mucho silencio, poca luz y voy recibiendo el día, no me importa que venga lluvioso; cuando llega mi familia a la hora de comer; cuando pienso por la mañana cuánto puedo aprender hoy; cualquier momento puede ser bueno, siempre que me ofrezca una idea con visos de verosimilitud, alguna certeza que me sobrevenga a lo largo del día; yo prefiero el atardecer, cuando efectúo un repaso crítico de lo que me ha ido ocurriendo durante la jornada (aquello que los clásicos llamaban “examen de conciencia”); cuando acabo mis clases salgo a correr, desconectando del estudio, relajando mi mente; espero con ganas el momento en que llega mi hermano, que tanto me hacer reír; la hora del baño es insustituible para mí: desconecto y todo lo malo se va por el desagüe; cuando acabo de trabajar, me voy de regreso para casa y me concentro en las hojas de las palmeras de la avenida, movidas por el viento…; me gusta observar los gestos que el día me va ofreciendo, soy muy observadora…

Una vez se hubo creado el ambiente adecuado, se propusieron los siguientes temas de investigación: las creencias, la amistad, la inteligencia artificial, los sentimientos. Ya sabéis cuál era el más atractivo aquella tarde. ¿Qué es la amistad? ¿Cómo se manifiesta? ¿Por qué hay? ¿Cuánto dura? ¿Para qué sirve? ¡Más despacio! Comencemos por el principio: ¿Qué es la buena amistad? Una pregunta del moderador que fue rápidamente impugnada, pues la amistad no había de tener adjetivos; no había de ser buena o mala, pensemos mejor en el sustantivo. Tomemos a la amistad en sí misma.

—Es una relación duradera.
—Es la más duradera.
—Pero, ¡estáis también vosotros tirando de adjetivos! ¿Qué es la amistad en sí misma?
—Es aquella en que nos mostramos tal como somos.

Gustó mucho al grupo esta aproximación a la amistad: la naturalidad que te ofrece, la posibilidad sencilla de poder ser tú mismo. “El amigo actúa como de espejo; no interpreta, no juzga”. Y se aclaró entre todos qué podía significar eso de “ser un espejo” en el que tú puedes mirarte y verte mejor, más distanciadamente, el que te ofrece tu amigo o tu amiga.

—Pregunta el moderador: “Hacer de espejo el amigo, ¿supone siempre no juzgar?”
—De ninguna manera —responde otro participante—. Puede juzgarte y seguir siendo amigo tuyo, a veces, un mejor amigo todavía.
—Sí, pero, cuando te juzga no te etiqueta, no te hiere —replica el anterior participante—. Esto es fundamental, te corrige, te ayuda, pero no te hiere.
—Creo que es así —secunda una participante—. No te dice: “tú eres…”, sino algo así como “qué te parece alguien que…”.
—Bueno —añade otra participante—, puede herirte algunas veces, pero no intencionadamente.

Estuvieron de acuerdo en esto, pues, que la intención, que no trata de herirte sino de ayudarte, distingue al verdadero amigo. Incluso, se realizó un breve excurso por la distinción entre ofensa y daño, tan útil en tantas ocasiones para no padecer un malestar de más. El amigo no daña intencionadamente; si me siento ofendido, yo soy quien se siente ofendido. Esto depende siempre de mí, ofenderme o no ofenderme.

El amigo prepara el terreno, te deja respirar, puede tener la amistad sus fases más álgidas o más decaídas, pero notas que tu felicidad es la suya y recuperas tu amistad al instante. El amigo te trata como quiere que le trates a él, en ello hay armonía y hay felicidad. Reconocéis también juntos los límites de vuestra amistad. Sois buenos conocedores de vuestros puntos fuertes y débiles, y para qué podéis serviros uno del otro. No esperáis más de la cuenta, sino, de cada uno, solamente lo que puede dar de sí mismo. ¡Cómo estropea las relaciones esperar demasiado del otro! (No olvides nunca que el otro es como tú, tan humano como tú mismo). Esta parcial conclusión te ofrecen los participantes de aquel día, una primera conclusión que preludia otras ulteriores conclusiones. Si te gustó ésta, espera a ver las que vienen. Y si no te colmó del todo, trata de seguir leyendo por si acaso.

Prudencio, con su habitual acierto, nos ofreció una retrospectiva de la vida humana al completo, en todas sus etapas, que nos sirvió de nuevo punto de partida para nuestra andadura: somos niños, primero, más tarde adolescentes y es ahí cuando establecemos con otros nuestra amistad o “vínculo de proyectos comunes”, ahí somos desinteresados, estamos llenos de entusiasmo, luego llega la madurez, cuando ya somos distintos, y aquellas amistades se van enfriando y quedando principalmente en el recuerdo.

—¿Eso quiere decir —pregunta el moderador— que la amistad es propia de la edad de los jóvenes?
—No ha de ser así —se replica —: ahí están los casos en que un reencuentro de amigos, después de años de no verse, es capaz de recuperar intacta la amistad de otros tiempos.
—Quizás, pero muchas veces la amistad del reencuentro dura poco…
—Pero también es posible establecer relaciones de amistad duraderas a otras edades. (Y cuenta una de las jóvenes participantes su experiencia en el Camino de Santiago, donde su familia y ella conocieron a una persona mayor con la que entablaron una intensa amistad que todavía dura, años después).

La discusión de estos contraejemplos permitió recoger la idea que había quedado suelta (al preferir hablar de la amistad de un modo sustantivo y no adjetivo), sobre si la amistad dura o no dura mucho en el tiempo. Y se prefirió hablar más bien de profundidad que de duración: permanezca mucho o no permanezca mucho en el tiempo,  aquella relación en que podemos ser espejo unos de otros es la que cuenta. Con lo cual se volvía, de otro modo, a la conclusión anterior y primera. Algo que hizo que el grupo se sintiera aún más confiado en el trabajo que juntos estaban realizando, y ganaran más confianza en el equipo que formaban aquella tarde. (¿Se estaría gestando una relación de amistad?).

Sin embargo, se decidió iniciar una última línea de investigación: sobre los tipos de amistad. Y propusieron esta clasificación: a) entre varones o entre mujeres; b) entre varones y mujeres; y c) con otros seres no humanos (¿por qué no?). El joven que había propuesto este rumbo comenzó afirmando que él tenía muchos más amigos, pero que su relación de amistad con algunas chicas era más profunda. Y no parecía algo extraño, pues la mayoría de los participantes, independientemente de su sexo, se estaban decantando por describir una similar situación.

—¿Por qué crees que tienes más amigas de verdad que amigos? —pregunta el moderador.
—Quizás los vea más competitivos, que tienden a cortar más por lo sano, son más prácticos en ese sentido, pero también están menos dispuestos a escucharte.
—¿Te parece que tendrá que ver con algo biológico? ¿La sexualidad, por ejemplo?
—Yo creo que no. (Y, asimismo parecían pensar casi todos los participantes).
—Sí, puede que sea ésta una cuestión más allá del sexo. ¿Cómo sería, entonces,  la amistad propia de una mujer? Es decir, ¿cuál podría ser el estilo femenino de amistad, ya sea en una mujer, ya sea en un varón?
—La amistad típicamente “femenina” se caracterizaría por ser “acogedora”: paciente, solidaria, consoladora —señala un participante adulto—.

Y no se trataba de una cuestión cultural o educativa, de la que se estaba discutiendo. Bien sea por naturaleza o bien sea por influencia cultural, lo importante es lo que está dentro de nosotros, tengamos el sexo que tengamos o hayamos sido educados de uno u otro modo. No siempre se corresponde. Pensar que depende del sexo, no es más que pensar a través de estereotipos. Y éstos sí que han sido siempre creados socialmente. Es lo que convinieron todos nuestros participantes. No sé lo que te parecerá a ti. Espero que parezca, al menos, sugerente y digno de ser pensado. Bueno, sigamos con el relato.

—Si como parece a los presentes, todos tenéis más amigas que amigos, ¡vaya si están cotizadas las mujeres, es decir, el estilo femenino de amistad!
—Considero que lo que estáis defendiendo es injusto —declara con firmeza una de las jóvenes participantes—. Yo tengo amigos que son muy buenos amigos.
—¿Qué es lo que te aportan?
—Pues que son más despreocupados, no se comen tanto el coco, son más directos, más eficaces, tienden a ver las cosas más claras.
—Pues sí, también parece interesante este estilo masculino. ¿Cómo lo veis los demás?

Y los demás estuvieron de acuerdo en lo provechoso de este estilo de amistad. También, tendría, por consiguiente, su propia virtud. Así que también puede ayudarte tener “amigos” del estilo masculino. Y además, todos comprendieron que no era cosa de que ambos estilos entraran en pugna, a ver cuál era preferible, sino que ambos pueden ser complementarios. En cada ocasión, si sabíamos buscar lo que necesitábamos, lo encontraríamos en las personas adecuadas. Acogida o análisis, escucha o acción, profundidad o simplicidad, solidaridad o claridad. ¿Tienes tú amigos de todo tipo y sabes acudir a ellos cuando lo necesitas? ¡No te quedes atrapado en los estereotipos! ¿Y no te podrían dar de todo eso también, aunque sea a un nivel básico, otros seres no humanos, por ejemplo, tu perro que te acompaña fielmente y también te defiende de algún peligro cuando te hace falta?

Y ya que estamos contando un encuentro filosófico: la filosofía, ¿es femenina o es masculina? ¿Y no puede haber, más bien, filosofías masculinas y filosofías femeninas, independientemente de si es un filósofo o una filósofa quien te la ofrezca? Sócrates fue discípulo de Diotima, una sacerdotisa que lo acogió y formó sobre las cosas de Eros, pero Alcibíades, tras su contacto con Sócrates, aprendió por su parte mucho del “furor báquico del filósofo”, a causa de cuyas preguntas en numerosas ocasiones fue “picado y herido”, y ya no fue nunca el mismo, según se cuenta en el Banquete de Platón. Busca tú también la compañía de la filosofía que necesites. Salud y amistad.

sábado, 29 de marzo de 2014

Qué es informar hoy

Un diálogo socrático

Siguiendo la metodología de Lou Marinoff, y durante dos largas sesiones, ha dialogado recientemente la Filosofía con la Arquitectura. ¿Es posible? No, es real. Incluso, uno de los participantes había desarrollado una tesis doctoral sobre Nietzsche y la Arquitectura. Pero allí estábamos como personas que piensan sobre nuestro mundo, interior y exterior. Sócrates se sigue plegando de maravilla a cualquiera que desee examinar su propia vida. La primera sesión fue en los Baños del Carmen de Málaga, un lugar exquisito junto al mar; sin embargo, en la segunda sesión, la filosofía fue desplazada por el último modelo de la Mercedes-Benz. Alfombra azul para una máquina plagada de intereses materiales vestidos de deseos y esperanzas. No importó; la filosofía está acostumbrada. Sócrates insiste.
Y aquí tenéis algunos hitos de lo que pasó. Buscamos: ¿QUÉ ES INFORMAR?
Primera fase: las experiencias vividas con la información

PARTICIPANTE 1: Explica cuando, como columnista, asiste a un congreso y como conclusión obtiene que no es necesaria cualificación alguna, que es más importante la opinión que la información veraz. De otro modo, hubiera sido más útil para mí.

PARTICIPANTE 2: Cuenta que el prefijo DES es muy similar con la palabra AMOR y con INFORMACION. Desamor es dejar de amar y, sin embargo, desinformar es ¿dejar de informar o es informar mal?

PARTICIPANTE 3: Explica dos experiencias en las cuales la información veraz no se transmitió como es debido: La primera personal, en junta de gobierno: una labor informática que no estaba realizada se transmitió que sí lo estaba. La segunda, en un debate televisivo: apreció como los políticos que debían de manejar tantos temas específicos no fueron capaces de dar respuesta a un tema tan candente como la especulación urbanística.Como conclusión obtiene que el poder oculta información.

PARTICIPANTE 4: Elaboró el tema más desarrollado sobre el que se debatió ampliamente, que fue su experiencia con la información al comenzar su labor docente (ésta fue la experiencia seleccionada)

Segunda fase: desglose de la experiencia seleccionada:

1) Sintió una necesidad brutal de información

2) Intentó buscar lo útil

3) Logró una sensación de poder sobre los alumnos al disponer de más información que ellos.

4) Los alumnos la superan en información, cuando la eclosión de las redes sociales pone a disposición de todos una cantidad ingente de información. Entra en un estado de crisis.

5) Asume que esa es la realidad e intenta buscar en sí misma el potencial del que  dispone (qué puedo ofrecer, para qué sirvo): mediante su capacidad de síntesis y de relación intenta clasificarla para poder ser más útil.

6) Ofrece a sus alumnos la posibilidad de que se ubiquen: un sistema de referencias.

7) Descubre que la información es fiable, si conoce el sistema de referencia del  informador.

Tercera fase: la definición

¿QUÉ ES INFORMAR?

La RAE dice:

(Del lat. informāre).
1. tr. Enterar, dar noticia de algo. U. t. c. prnl.
3. tr. Fil. Dar forma sustancial a algo.

Ellos han dicho, después del diálogo socrático:

Versión amplia: “El acto de transmitir una determinada selección de nuevos datos, noticias, ideas, perspectivas, proyectos o emociones, que puede ser útil y relevante para las personas o colectivos que son informados, mostrando de un modo transparente el sistema de referencia del informador (es decir, indicando con claridad desde dónde se informa y la vía de acceso a dicha información), y permitiendo, así, que pueda ser descodificada, juzgada e integrada en sus propias vidas”.
Versión más sencilla: “El acto de transmitir una determinada selección de novedades, que puede ser útil y relevante para las personas o colectivos que son informados, a partir de un sistema de referencia contrastado o verosímil para el informado”.

Lo que ha opinado, en una entrevista, la nueva estrella de la filosofía alemana (según parece), Byung-Chul Han:

“La acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo”.

Espero que os aproveche bien para orientaros un poco mejor en este mundo que vivimos, sobre la buena información hoy, en el mundo de las apariencias.

sábado, 1 de marzo de 2014

Sobre la brevedad de la vida

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.6
21 de febrero de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.




No tenemos un tiempo escaso, sino que perdemos mucho. La vida es lo bastante larga y para realizar las cosas más importantes se nos ha otorgado con generosidad, si se emplea bien toda ella. Pero si se desparrama en la ostentación y la dejadez, donde no se gasta en nada bueno, cuando al fin nos acosa el inevitable trance final, nos damos cuenta de que ha pasado una vida que no supimos que estaba pasando.

(…) No tienes por qué pensar en razón de sus canas y arrugas que alguien ha vivido mucho tiempo: ése no ha vivido mucho, sino que ha estado ahí mucho tiempo. ¿Qué pasaría si pensaras que ha navegado mucho uno al que una tempestad muy dura al salir del puerto lo arrastró de acá y para allá y con los tumbos de unos vientos que arremeten por puntos opuestos, lo mueve en círculos dentro del mismo espacio? Ése no navegó mucho, sino que lo han zarandeado mucho.

Séneca, Sobre la brevedad de la vida.




¿Es realmente tan breve la vida?

Estamos tan acostumbrados a medir el tiempo (tic, tac, tic, tac) que nos parece que el tiempo es algo. Un objeto, objetivable, medible y controlable, que existe sin nosotros, y al que tenemos que aferrarnos, atrapándolo lo más posible, poseyéndolo cuanto más mejor —muchas veces para hacer negocio con él; mirad, si no, de qué viven banqueros y financieros—. Pensamos que nosotros no existimos sin el tiempo, cuando, quizás sea al revés, que el tiempo nos necesita para ser. El tiempo es subjetivo. Esta es una conclusión a la que arribaron los participantes durante nuestro café filosófico de los viernes de la tercera semana de cada mes, en la Cafetería Bentomiz.

Y no penséis que fue una salida estrafalaria. El mismísimo Inmmanuel Kant concibió el tiempo como un esquema de nuestra facultad de la sensibilidad, que nos permite captar los objetos de este mundo: si no somos capaces de situar las estimulaciones de nuestros sentidos en un espacio y en un tiempo determinados, no percibimos nada con sentido. Así que ya lo veis, nuestros participantes sabían tanto como Kant del tiempo, no en vano él y nosotros vivimos en el mismo mundo, aunque él nos hablara desde otro tiempo, histórico. Quizás por ello, porque el tiempo de nuestra vida es, en realidad, algo nuestro, a veces nos parece demasiado breve y en otras ocasiones demasiado largo; pero quizás no sea tan largo, ni tampoco tan corto como muchas veces sentimos. A ver qué nos dijeron; escuchemos con atención.

Debéis saber, primero, que este café filosófico se celebró un día antes del 75º aniversario de la muerte del Poeta. Y, a propuesta de una de las participantes, tuvimos un digno preámbulo a nuestra reunión. Una “profesión de fe”, que comienza: “Dios no es el mar, está en el mar, riela / como luna en el agua, o aparece / como una blanca vela; / en el mar se despierta o se adormece”. Continúa: “El Dios que todos llevamos / el Dios que todos hacemos, el Dios que todos buscamos y que nunca encontraremos. / Tres dioses o tres personas del solo Dios verdadero”. Y sigue con la filosofía: “Dice la razón: “Busquemos / la verdad. / Y el corazón: Vanidad. / La verdad ya la tenemos. / La razón: ¡Ay, quién alcanza la verdad! / El corazón: Vanidad. / La verdad es la esperanza. / Dice la razón: Tú mientes. / Y contesta el corazón: / Quien miente eres tú, razón, / que dices lo que no sientes. / La razón: Jamás podremos entendernos, corazón. / El corazón: Lo veremos”. Para concluir, más filosóficamente todavía: “De la mar al percepto, / del percepto al concepto, / del concepto a la idea / —¡oh, la linda tarea!—, / de la idea al mar. / ¡Y otra vez a empezar!”. Es como siguió vivo el Poeta, aquella tarde entre todos nosotros.

Y, acto seguido, nos obsequiaron los asistentes con algunos de los aprendizajes que últimamente habían recibido de su vida. Aquellos regalos preciosos que la vida les había deparado. Si uno está abierto, los recibe, de lo contrario circulan por delante, pasando de largo. (Y de nuevo, la vida nos parecerá demasiado breve). Para recibir, hay que estar receptivo. Ellos han sido receptivos, tú también puedes, pues son como tú: “Probé a no juzgar y todo me ha ido diferente, comprendo todo mucho mejor”; “He sido capaz de dialogar para ser capaz de aceptar”; “He aprendido a diferenciar hechos y valores, y me he dado cuenta cómo nos influimos continuamente unos a otros”; “Decían que era bueno tener paciencia y persistir en la vida, y tenían razón, yo lo he aprendido jugando por primera vez al juego del comecocos”; “En la lentitud está la belleza, lo dice Antonio Soler en su novela Una historia violenta, y yo lo he percibido así también; “No me atrevo a decirlo, no me parece un aprendizaje muy filosófico…”

—Veamos a ver. Atrévete.
—Pues, resulta que no conocía una especia llamada cúrcuma.
—¿Por qué te interesó saberlo?
—Me gusta la cocina.
—¿Es importante para ti?
—Muy importante, me gusta mucho. Y me gusta compartirlo. Me sirve de terapia.
—Me estás hablando de un modo de vida, un ingrediente de tu vida. Y la filosofía no es más que un modo de vida consciente.

La espiritualidad, la creatividad, la indignación, la brevedad de la vida, ¿os interesan? ¿Os preocupan? ¿Queréis saber? Ellos también. Pero de lo que más —después de dos clarificadores sufragios—  de la brevedad de la vida, allí, en aquel momento, para que la vida no se nos escape entre los dedos. Tendríamos la oportunidad de preguntarle si realmente es tan breve, podríamos someter a escrutinio la brevedad de la vida.

¿Es realmente tan breve la vida humana? Quien había propuesto el tema confesó su motivo: había fallecido recientemente una persona muy querida de todos, puede que “el último tabernero de Vélez”, Antonio, que siempre nos regaló un Oasis de buen ambiente (descanse en paz). Ahora, hemos de proseguir con el relato. Como allí había adultos entrados en años, la mayoría, y solamente dos personas más jóvenes, a alguien le sobrevino la feliz ocurrencia de afirmar que dicha pregunta sobre la brevedad de la vida era propia de gente de más edad. A lo que el moderador reaccionó apelando a los que adolecían de tanta edad, por ver si era cierto. Y a su vez, éstos, en una ágil pirueta, dijeron que:

—“No es tan corta la vida”. O eso es lo que nos dicen los mayores: “Ten paciencia”.
—¿Qué querrán decir? —quiere indagar el moderador.
—Cuando se les dice a los jóvenes que “hay tiempo” es para protegerlos.
—¿Qué se quiere decir con ello?
—En realidad, se les está engañando.
—De verdad, ¿se les está engañando?

Aprovechando una de las intervenciones, el moderador pregunta por qué es frecuente que se nos hayan quedado tan bien grabados los recuerdos de la niñez. Lo que inicia una discusión que les habría de conducir bastante bien al centro de la supuesta vida breve. Pero no de momento. Porque, entonces, emerge súbitamente un primer lamento: “Cuantas más cosas hago, más rápido pasa el tiempo”. Estamos habitualmente tan atareados, tan ajetreados, entretenidos, con demasiadas cosas en la cabeza que queremos hacer, metidos en medio de tantas tareas, pequeños proyectos que nos parecen grandes, sublimes e ineludibles, de los que al parecer depende nuestra vida, su plenitud y su sentido, que sentimos que la vida se nos pasa en un suspiro. Cuando queremos darnos cuenta, ya ha pasado un lustro, una década… La explicación nos la ofreció quien, durante la discusión, quiso que nos fijáramos en cómo la vida se había convertido, en nuestra sociedad, en un objeto de consumo. La vida como algo que se gasta, y que hay que consumir a tope, y si no, no nos merece tanto la pena. Es decir, la vida que vivimos sería una cuestión de cantidad: cuantos más años, más tiempo que gastar, una vida mejor obtendríamos.

Pero no es cuestión de cantidad, replican nuestros dialogantes: lo más decisivo para la buena vida no es la cantidad, sino cómo se ha vivido. Si la vamos llenando de lo que queremos, de lo que nos gusta hacer, en esto consiste el placer de vivir. Algo que tiene más que ver con la intensidad que con la cantidad. Y sentencia Prudencio: “La vida es corta, pero es lo suficientemente larga para hacer las cosas bien”. Sin embargo, un segundo lamento aflora con tristeza agarrado a un caso personal, que se manifiesta con aflicción cierta: “He vivido toda mi vida para otros, al servicio de los demás, y ahora que ya no están me siento vacía”. Y entre todos, intentan rescatarla de esta sensación. El grupo se compadece y trata de ofrecer argumentos para el consuelo y para el sentido.

—Cuando tu vida ha estado llena, ¿de qué se había llenado?
—Sólo deseaba cuidar de mi familia.
—Se ha llenado de cuidado por los demás. ¿Tenía esto sentido para ti?
—Así era feliz.
—Tu vida tenía un sentido.
—¿Qué tal si ahora cuidarás de ti misma? No harías algo diferente, en realidad, pero ¡sería muy diferente!

Resulta que nuestro tiempo actual ha devaluado la importancia del cuidado. Trata de aclarar el motivo sociológico que nos lleva a este tipo de situaciones personales el mismo participante que antes había descubierto el valor de consumo del tiempo que vivimos. Lo mismo pasaría con el trabajo doméstico. ¿Quién ha dicho que no es una forma digna de realizarse una persona? Había allí muchas mujeres que se sintieron tocadas por esta situación: departieron, compartieron y estuvieron muy interesadas cuando se nombró la Ética del cuidado de Carol Gilligan, cuya mención aprovecharon para anotar rápidamente en una hoja de servilleta que tuvieron a mano.

Después de este intervalo que había sido colmado por la discusión sobre la posibilidad de llenar de intensidad la vida a través del cuidado, continuaba el recorrido argumental. Y hablando de intensidad, se dijo que no era lo mismo vivir en el momento presente, en cada momento presente según fuera cada uno de ellos, que vivir el momento, el clásico carpe diem. Una sabia conciencia, cuya carencia una vez más nos conduciría a vivir la vida entretenidos, perdidos, de placer en placer y de objeto en objeto. Y tendríamos la misma sensación de fugacidad de la vida en cuanto el placer o la variedad de objetos se fuesen agotando. En lugar de dejar que la vida pase, hacer que pase. Serían dos estilos muy diferentes de vivir, dijeron ellos. Hacerse cargo de la vida en cada momento para hacerlo bien, hacer justicia con tu presente, ajustarse a él, siempre todo lo bien que se pueda. Esto otorga intensidad al vivir. Y puede que sea capaz de lidiar con la sensación de brevedad de la vida. Haciéndose uno cargo de su vida en cada momento, ésta no se tornaría, como muchas veces sucede, “una carga”.

—No me gusta —aunque yo lo haya dicho— esto de que la vida conlleve cargas.
—¿Cómo preferirías llamarlo?
—Una obligación… tampoco me gusta. Y sin embargo pienso que la vida tiene mucho de eso. Por ejemplo, antes hablábamos del cuidado: tus padres están mayores y has de hacerte cargo de ellos. Quiero hacerlo, lo disfruto, pero no deja de ser una carga.
—¿Y si no dependiera de si es una carga o no, sino más bien de lo que haces con ello y cómo te lo tomas?
—¿Te gustaría más llamarlo algo inevitable, algo que es así y punto, que has de hacer, un quehacer?
—Esto último me satisface más.
—¿Y si la vida en su conjunto no fuera más que eso, un quehacer, algo que he de hacer y que he de decidir a cada paso qué hacer con ello?


Había emergido una mínima satisfacción en el grupo, pero, sin temor a enredar un poco más la cosa, para finalizar, el moderador se atreve a retomar un hilo anterior: entonces, ¿por qué solemos acordarnos mejor de cuando éramos niños? Podríamos responder de un modo más agorero diciendo algo así como que “miramos hacia atrás, hacia la infancia, porque era cuando teníamos futuro”. Pero la madurez de la discusión permitía arrojar ahora una nueva luz, más intensa: “En esos momentos vives para ti, sin ser consciente del paso del tiempo, vives un eterno presente”. ¿Y si acogiéramos este modelo para toda nuestra vida? A pesar de otras muchas sensaciones que podemos tener sobre el tiempo, su brevedad o su fugacidad, como muy bien nos recuerda continuamente Antonio Machado, aún te es dado vivir plenamente, puesto que hoy es siempre todavía.

miércoles, 22 de enero de 2014

Sobre el sentido de la vida (2)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.5
17 de enero de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


“En todos los lugares donde encontré seres vivos, encontré voluntad de poder; e incluso en la voluntad del que sirve encontré voluntad de ser señor. (...)
Y este misterio me ha confiado la vida misma. Mira, dijo, soy lo que tiene que superarse siempre a sí mismo.
En verdad, vosotros llamáis, a esto voluntad de engendrar o instinto de finalidad, de algo más alto, más lejano, más vario: pero todo esto es una única cosa y un único misterio. (...)
En verdad, yo os digo: ¡Un bien y un mal que fuesen imperecederos no existen! Por sí mismo deben una y otra vez superarse a sí mismos. (...)
Y quien tiene que ser un creador en el bien y en el mal: en verdad ése tiene que ser antes un aniquilador y quebrantar valores.
Por eso el mal sumo forma parte de la bondad suma: más ésta es la bondad creadora. (...) ¡Hay muchas cosas que construir todavía! Así habló Zaratustra” (Nietzsche).



            ¿Para qué estamos aquí?

  Comienza el nuevo año, y suma y sigue nuestro café filosófico en Vélez-Málaga. Pues sigue habiendo mucho interés por reunirnos para filosofar. Una reunión pública y abierta. En la Cafetería Bentomiz. El tercer viernes de cada mes, por lo menos hasta junio. Y la tarde no era nada propicia. Abundante lluvia, y sin embargo, asistencia abundante. La filosofía se va a poner de moda. Porque la filosofía no solamente da vueltas y vueltas a una misma cuestión. (En realidad, siempre en el fondo a las mismas cuestiones). Porque siempre se llega a algo. Aunque no dé tiempo a agotar un tema, nos conformamos con que madure lo suficiente como para poder saborearlo bien. Podemos hablar juntos, y no hay que callarse porque no seamos capaces de dar una respuesta acabada y última, “científica”. No estamos de acuerdo con Wittgenstein. De lo que no se puede hablar, hay que hablar para tratar de buscarle algún sentido. Entre todos. Pero hay que estar dispuestos a ponernos a prueba a nosotros mismos. Si no, para qué. Entonces sí que sería mejor callarse. Y así fue nuestro encuentro. A pesar de que no le hallamos un sentido unívoco y definitivo a la vida, la discusión misma, de más de veinte personas, durante dos horas holgadas, sí que tuvo mucho sentido. Aquel día…

Aquel día, el moderador propuso que cada participante se presentara al grupo a través de uno de sus mejores deseos para el nuevo año. Y hubo una clara distinción entre los deseos de los más jóvenes que allí estaban, que parecían más pragmáticos (acerca de su formación o su futuro laboral), y más idealizados la mayoría de los deseos de los más adultos (mucha paz interior y mucha tranquilidad, más sensibilidad y menos pesimismo). ¿A alguien le sorprende esto? Si es así, que sepa que está preparado para la filosofía, que es sorprenderse de lo que hay porque lo hay. Aquel era el momento y el lugar, y quizás tú te lo hayas perdido. Es irrepetible, claro, pero volverá a repetirse de otro modo. El mes que viene…

Ni la libertad, ni el compromiso, ni la felicidad, ni la solidaridad, ni la violencia, ni la eutanasia, fueron tan atractivos como para apartar de la mesa de la indagación el sentido de la vida humana. Y a este tópico dedicaron sus esfuerzos los participantes, proponiéndole multitud de cuestiones. Entre ellas, las que dispararon la discusión fueron éstas: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Tiene un sentido la vida? ¿Para qué estamos aquí? Y esta última prometía aclarar las demás. Pues si averiguamos algo de nuestra función aquí, ya que hemos nacido, algo sabríamos de su sentido y si alguno tiene.

¿Para qué estamos aquí? Es fácil, estamos aquí para lo que han estado otros antes que nosotros: para “la conservación de la especie”. Tesis biologicista defendida con vehemencia por uno de los participantes de mayor edad —las edades oscilaban, debéis saberlo, entre los diecisiete años y los ochenta y nueve—. Y una antítesis que no se dejaba arrastrar del todo, durante todo el encuentro: el sentido de la vida humana ha de ser personal. ¿La vida tiene un sentido más allá del individuo, o bien no hay un más allá de mi sentido vital? (Más acá, habría que decir mejor, si tiene un sentido general biológico). Mientras tanto, una síntesis trataba de buscar acomodo: el sentido siempre está relacionado con la idea de mejoramiento, de superación. Pero claro, tan atacada era por un lado como por otro. ¿Quién mejora, el individuo o la especie?

—Nosotros como individuos podemos dejarnos llevar o no, por la corriente de la vida que compartimos con todos los seres vivos, un torrente que se despeña por lo biológico y se desahoga en lo moral.
—No me satisface ese sentido biológico de la vida humana. Mi experiencia diaria me encamina a un sentido mundano de la vida. Los pasos que voy dando en la vida son mis pasos en esta vida. Yo soy dueña de ellos, no la especie. La moral no es reducible a biología.

Una cita de Viktor E. Frankl, por parte de uno de los participantes adultos, que nos llevaba a comprender que es a través de los momentos dolorosos o de enfermedad cuando mejor alumbramos la dimensión personal del sentido de la vida, no conseguía acallar la fuerza de la biología. (La vida acallada por la biología, ¡qué paradoja!) En los momentos trágicos o críticos de la vida es cuando pueden integrarse lo individual y lo genérico, lo biológico y lo personal. Pero nada, el combate aunque desigual en número, se mantenía en tablas. Fue el momento en que al moderador le pareció oportuno hacer un alto en el camino, sentarnos alrededor de la hoguera del entendimiento y planear la siguiente jornada. En lugar de alimentar la oposición de las dos posturas, tratemos de avanzar hacia el sentido humano de la vida, más bien que hacia el sentido de la vida humana. ¿Cuál puede ser el sentido especifícamente humano de la vida?

—El amor. 
Pero, ¿no es una palabra algo gastada? ¿En qué sentido el amor?
—El amor como empatía, la solidaridad. Y de ahí nos viene todo lo humano, desde lo cultural a lo moral.
—Pero, ¡las hormigas también trabajan solidariamente!
—No, lo hacen por instinto.
—¡Lo veis!, en el fondo es lo mismo: hay una continuidad en todo lo biológico; lo que hacen las hormigas, lo hacemos nosotros conscientemente, pero es lo mismo (la tesis encontró aquí un buen resquicio).
—Pero el ser humano llega a metas más lejanas. El hombre es una constante superación de sí mismo. Siempre ir más allá, más lejos. 
—Así es, más allá: lo que debo hacer, cómo lo he de hacer… Adquiriendo conciencia moral. Así nos humanizamos.
—Y si fuera así, si no intentáramos vivir mejor como seres humanos, sería por ignorancia. Por desconocimiento de lo más humano. Por desinformación. Muchas mujeres en África así lo están viviendo: cuando dejan de ignorar exigen dejar de vivir sometidas.

El afán por superarse parecía lo propio del ser humano. Esta idea se mostraba la más resistente a la tesis. Y, sin embargo, está emparentada con un sentido nietzscheano de la vida: la voluntad de ser, la voluntad de poder ser, de lo cual estaría impregnado todo lo vivo, incluido los seres humanos. ¿Qué problema hay en considerar nuestra vida dentro de la vida? Quizás, ninguno, si somos capaces de apreciar también cada nivel de lo vivo, y dentro de la vida, cada nivel de conciencia vital. Nietzsche diría que somos el único animal capaz de valorar. Y esto es mucho. El inconveniente está, quizás, en empeñarse en reducir, en simplificar, en inhibir la novedad y el mérito de la emergencia de la novedad. De igual manera que pudiera ser también un grave error lo opuesto, lo cual nos ha costado muchos siglos de represión y olvido de la vida, por mor de una racionalidad sin sentidos y una espiritualidad sin cuerpo, que ha acabado creando monstruos.

¿Qué es superarse? ¿Nos superamos en el más y más, o en el mejor y mejor? ¿Cantidad o cualidad? ¿Cantidad material o nivel de desarrollo? Un equilibrio hace falta entre razón e instinto, apunta casi al final de la reunión el participante más veterano. Pero la discusión no amainaba y estaban dispuestos los asistentes a seguir y seguir, superarse y superarse.  El moderador quiso, entonces, ir dando por finalizado el encuentro, puesto que la vida no es tan larga, pero tampoco tan corta como para que no podamos continuar en la siguiente ocasión. Y después de una breve valoración de la experiencia —nueva para muchos— quedamos emplazados para el mes de febrero, si no era antes. La insistente lluvia seguía cayendo fuera tenazmente. Dentro había amainado.

sábado, 4 de enero de 2014

Discusión sobre el aborto

Es un tema difícil y no resuelto por mucho..., de ahí que, aunque pareciera que había un cierto consenso (o al menos, una cierta tranquilidad social aparente sobre ello) en cuanto alguien (un ministro, en este caso) ha querido “movello”, se reverdecen todas nuestras dudas irresueltas pasadas. El problema irresuelto de fondo es decidir cuándo comienza la vida y cuando comienza a haber una persona. Estos dos aspectos son claves en la discusión. Y luego está la cuestión de cómo nos tomamos el valor de la decisión que se adopte sobre el límite de dichos dos aspectos, si es relativa a cada uno o puede ser universalizada, aunque sea judídicamente.

¿Cuándo hay un ser vivo? Esta cuestión no atañe al problema del aborto, aunque ya se da ahí la misma situación paradójica: si todo ser vivo es digno de vivir, habría de ser respetado siempre, pero entonces no podríamos sobrevivir nosotros. Y parece que la madre naturaleza ya se ha ocupado de resolverlo. Ahora bien, eso no obsta para que no respetemos (puesto que somos seres morales) a los demás seres vivos, pidamos permiso y reconozcamos y agradezcamos el sacrificio que supone el que nosotros podamos sobrevivir. Las culturas ancestrales de nuestro origen humano eran en esto mucho más sabias que nosotros, puesto que estaban mucho más conectadas a la realidad necesaria del sacrificio de la naturaleza, y por eso eran tan respetuosos con los equilibrios naturales, de los que no se consideraban independientes. Es también la paradoja con que se encuentra el vegetariano, que ha de resolver dónde pone el límite para nutrirse y qué actitud adopta hacia aquello que le da de comer.

¿Cuándo una persona es una persona? Esto ya parece que va al centro del problema del aborto. Situar un determinado momento del proceso biológico como decisorio nos conduce a la discusión sin fin en que solemos caer. ¿En qué momento ya es una persona el embrión? ¿Por qué uno y no otro, si hay un continuo biológico? ¿Desde el principio, a una determinada altura del desarrollo…? Por lo tanto, ha de ser un criterio externo, nuestro, convencional, pero que estemos mínimamente satisfechos. Cuando hay “mente” podía ser un buen criterio, cuando hay consciencia… Pero, ¿cuándo la hay? También es un continuo proceso, un proceso continuo, ¿dónde situar el momento personal? Si abortamos antes el proceso, abortamos todo el proceso subsiguiente (que acabaría incluyendo también a la persona en un momento en que ya no tendríamos dudas), sea donde sea donde pongamos el dedo. Entonces, ¿qué criterio nos valdría? Veamos lo que nos puede aportar Aristóteles: por lo menos nos ofrecería alguna claridad conceptual. La unión óvulo-espermatozoide humanos sería potencialmente un ser humano, pues está ya en su naturaleza la posibilidad, si nada lo impide (y también pueden sobrevenir causas naturales), de llegar a ser en acto un ser humano. No es, por tanto, todavía un ser humano (en acto), solo lo es en potencia. Así, la consideración no habría de ser la misma, lo que no quiere decir que un ser en potencia no sea digno de respeto por nuestra parte, ni por supuesto que eso justifique cualquiera de nuestros actos para con él. Ahora bien, ¿cuáles serían las condiciones de dicho respeto? Esto sería una decisión humana. También lo fue decidir la pareja tener un hijo o no tenerlo, y no consideramos que debamos sentirnos tan mal (como si estuviéramos abortando una vida) cada vez que decidimos posponer tener un hijo juntos. Es también una decisión personal siempre, sobre todo, porque no hay una respuesta clara y unívoca, ni desde el punto de vista psicobiológico, ni tampoco ético. Ahora bien, no cualquier decisión es igualmente válida que todas las demás. Veamos.

¿Mi decisión vale igual que cualquier otra? Esta salida relativista en muy propia de nuestro tiempo. Pero lo cierto es que, aunque, mi decisión sea mía (y siempre ha de ser mía, si soy “mayor de edad” en sentido kantiano), no se juzga mi decisión, sino las razones que la sustentan y mi capacidad para considerar otras razones diferentes a las mías. Y aquí sí que sería preferible (para mi propia evolución moral y de la sociedad en que vivo y para la convivencia pacífica) que nos pusiéramos de acuerdo en unos mínimos, ya que no es posible en todo, ni siempre, un consenso sobre máximos, donde todo esté perfectamente detallado. (Ni tampoco sería muy deseable, a partir de la experiencia histórica que compartimos). Entonces, una posible salida universalizable al problema podría ser, en mi opinión (en este momento en que escribo): desde el punto de vista individual, dejarlo como una decisión personal y de las personas directamente implicadas (cuanta más lejanía al hecho biológico mismo, menos peso, por tanto, la mujer, en principio, tendría más peso que  nadie); y desde el punto de vista social, proponer unos mínimos que limiten posibles abusos o carencias inaceptables (según consideremos entre todos) de los protagonistas primeros de la decisión. Así que si jurídicamente se establece, en base a un principio ético universalizable mínimo, que “todos nosotros” pudiéramos compartir, unos plazos y unos supuestos razonables para el derecho legal a abortar un embarazo, no parece demasiado descabellado. Quedando claro que el criterio sería legal y nada dice de mi capacidad ni decisión moral individual bien informada. Sólo me pone un límite razonable, pero yo siempre quedaría libre sobre cómo ejercerlo, o incluso si decido no ejercerlo, para abortar o para no abortar. Ahora bien, no impido así, ni obligo a, que los demás puedan ejercer sus propias decisiones morales también libremente.

Desde mi punto de vista, el grueso de la discusión social y legal debería referirse a dichos límites mínimos (plazos y supuestos), y no si se debe abortar o no. Y esta discusión va más allá de un partido político o una determinada ideología religiosa o contra religiosa. Es algo de todos, más allá de lo que yo haría si me encontrara en la situación de abortar o no, o de si lo puse en mi programa electoral. No se trata de reformar o no (para aprovechar e imponer mi propia perspectiva), sino qué reformamos y cómo, si queremos reformarlo. Y si no hay un consenso social mínimo sobre ello, nadie tiene derecho unilateralmente a reformar nada, ya que luego afecta a mi vida privada y a mis propias decisiones morales.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Sobre la libertad (2)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.4
21 de noviembre de 2013, Cafetería Niza, 18:00 horas.



Yo le he ganado ya al mundo
mi mundo. La inmensidad
ajena, de antes, es hoy
mi inmensidad.

Juan Ramón Jiménez


¿Nuestra libertad tiene límites?

Estábamos allí, muchos jóvenes y algunos adultos para continuar indagando filosóficamente. En la popular
Cafetería Niza de Vélez-Málaga, después de una mañana muy filosófica, pues ésta era nuestra manera de celebrar el Día Mundial de la Filosofía, auspiciado por la UNESCO: una tempranera lectura filosófica de la Apología de Sócrates y un café filosófico vespertino. La lechuza de Minerva presidía la reunión, en un espacio que ya no era para fumadores, pero lo había sido.

Allí estábamos no ya para vivir, sino para pensar juntos cómo vivimos. ¿Hay algo que me guste especialmente del mundo en que vivo? Algunas veces es más fácil referirse a lo que no nos gusta. Nada que reprochar, en estos tiempos difíciles en que vivimos. Pero es muy saludable apreciar que hay muchas cosas que también merecen la pena en el mundo en que me ha tocado vivir. Y así comenzó la ronda de presentación de los asistentes, previsiblemente respondiendo a la pregunta que traía el moderador. Sin embargo, subrepticiamente, las respuestas se deslizaban continuamente hacía lo que me gusta y no lo que me gusta del mundo en que vivo. Es diferente, y está conectado, pero hay que distinguirlo: lo que me gusta de mi vida y lo que me gusta del mundo en que vivimos. Soy capaz de salir de mí o no lo soy. Mi mundo está en el mundo, pero no es el mundo. Un poco de objetividad puede venir bien de cuando en cuando. Así que, aunque en el fondo siempre hablemos de nosotros mismos, sabré mejor lo que procede de mí y lo que me ha sido dado, que además puedo compartir con otras personas.

Hay que decir que los participantes apuntaban certeramente, cuando se empeñaban una y otra vez en hablar de sí mismos. Nunca hay que desdeñar la intuición de un grupo de personas. Era muy relevante, no ya hablar de las mimbres que nos vienen dadas por la vida para construir el cesto de nuestra vida, sino del partido que cada uno de nosotros sabemos sacarle a dichos ingredientes no elegidos, puesto que allí, aquella tarde, se iba a investigar juntos sobre la libertad (¡!) Ellos “ya lo sabían”. Y este vaivén desde el nosotros a lo dado más allá de nosotros, y vuelta, siguió presente organizando toda la discusión.

Había duros competidores temáticos (el todo vale, la vida tras la muerte, el compartir, el lado bueno de las cosas), pero acabamos preguntándole a la libertad y no a otra cosa, si su entrega a nosotros era total o se reservaba algo para sí misma. ¿Nuestra libertad tiene límites? Como punto de partida, de un modo tácito, estaba claro para el grupo que no somos del todo libres —podríamos llamar a esto libertad absoluta—, ni tampoco nada libres —es decir, que estamos totalmente determinados—, de ahí que el planteamiento sobre los límites de nuestra libertad parecía bastante sensato, ya que no somos capaces los seres humanos de aseverar con total certeza ninguno de los dos extremos. La vida humana es posible que transcurra en su franja intermedia, entre la inmensidad ajena del mundo y mi propia inmensidad sentida. Veremos a ver.

—Mis padres mi limitan mucho —afirma una joven participante.
—No, cuando te limitan ahora, es para abrirte posibilidades futuras —le replica uno de los participantes adultos.
—La auténtica libertad ha de medirse por lo que hacemos, por lo que nos lleva a hacer. Si los efectos que se producen, a consecuencia de mi libre decisión, son negativos o dañinos, entonces no sería una buena libertad.

Los participantes se apremian a distinguir entre libertad de pensamiento (interior) y libertad de expresión (un modo de libertad externa), y, con lo dicho, ya nos había aparecido un límite de la libertad. La libertad exterior es obvio que tiene frecuentemente muchas limitaciones, pero ahora también la libertad de pensamiento, pues habría de contener ideas adecuadas y no lo contrario.

Pregunta el moderador:
—Si no puedo manifestar mis ideas, ¿soy libre?
—De ninguna manera —se responde—. ¿De qué serviría? No podría plasmarse de ningún modo, y sería como si no existiera.

Como estáis viendo, se centra la discusión en la libertad interior o de pensamiento, y creen haber encontrado
otro límite suyo: estar bien informado. En general: estar bien preparado para hacer un buen uso de tu libertad, es un requisito imprescindible —se subraya—. Pero ¿cómo saber que uno está bien preparado?

—Observando las reacciones de los demás a tus propuestas.
—Sus expresiones.
—(De nuevo): las consecuencias o efectos que provoca.
—Si se produce una parálisis del pensamiento y no puedes ir más allá.
—Y, nunca estamos preparados del todo. Es un proceso que nunca acaba.

Hace notar el moderador que los argumentos están llevando a salir fuera de nosotros mismos, de nuevo, así que sugiere analizar si uno deja de ser libre, aún cuando los demás no aprueben lo que decimos.

—No se deja de ser libre. Incluso, el error tampoco lo impide. Además equivocarse es bueno y necesario.
—Y la creatividad, ¿dónde quedaría?
—¡Eso es! ¿En dónde quedaría?

Madura un poco más esta idea entre los concurrentes y el moderador considera que puede ser una buena manera de probar nuestra libertad dentro de sus propios límites, a través del análisis de la acción creadora, por si acaso fuera ésta un campo de pruebas idóneo. En su seno, quizás fuera posible el equilibrio entre libertad interior y exterior…, donde los seres humanos, aunque no seamos libres, seríamos libres siquiera un instante. Y se nombran ejemplos de actividades creativas, como la música y la pintura, los momentos en que el artista cede el lugar a su inspiración y produce algo nuevo (o el espectador lo aprecia). Inexistente. No deducible de lo anterior. Una fuga en el corazón mismo de la inmensa, supuestamente, determinación del mundo. Algo no previsto, único y precioso. Una existencia desprendida de la Existencia. Un ente desglosado del Ser. Ahí, en ese instante, no habría límites.

—Tú puedes ser creador de tu propia vida.
—Con las mimbres que se ten han dado.
—Juegas tu partida con las fichas que ha repartido para ti la suerte.
—Una partida que es única. No hay otra igual. Es la tuya, diferente a la que jugaría cualquier otro jugador con idénticas cartas.
—“He arrancado al mundo mi mundo” —apostilla, citando de memoria, una participante adulta.


Preciosos momentos presentes en los que se jugaría la vida humana, en el interregno de la ilusoria dualidad que media entre la libertad total y el límite absoluto. El momento más libre, más real, tanto que nada ni nadie podría arrebatártelo. Con esta satisfacción del vivir, el grupo se sintió —en líneas generales— bastante aliviado y contento, de manera que al moderador le pareció un buen momento para dar por finalizada la discusión —no el tema, obviamente, que quedaba abierto y activo en la mente de cada uno de los participantes—. Aquella tarde en que pudimos palpar un poco de la libertad, saboreando algo de su néctar a través de la consideración del acto creador…, de tu propia vida.