Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

miércoles, 26 de octubre de 2022

¿Podemos hablar de enfermedad mental?

 


Sobre la salud mental

Café Filosófico en Málaga 1.1

17 de octubre de 2022, Ateneo de Málaga, 19:00 horas


Ciertamente, Hipias, me parece que me ha sido beneficiosa la conversación con uno y otro de vosotros. Creo que entiendo el sentido del proverbio que dice: «Lo bello es difícil.»

Platón, Hipias Mayor


Un nutrido grupo de personas se habían citado en el Ateneo de Málaga para filosofar. Esto, que puede parecer extraño, cada vez lo es menos. Se percibe la necesidad de la filosofía en estos tiempos difíciles. Una manera de situarnos clara y distintamente en el mundo y buscar orientación. De ahí que este relator quiera agradecer expresamente a las personas que dirigen este Ateneo de la cultura malagueña y universal, y en especial a José Olivero, su apuesta para poner a la Filosofía a disposición de la ciudadanía.

Es evidente, desde el comienzo, que el hecho de que un grupo de personas se reúnan alrededor de una mesa para filosofar, en un plano de igualdad, como personas y no como expertos en nada, más allá de su edad o su formación, implica una concepción diferente de la Filosofía. Pero antes de introducir esta Filosofía practicada y para no condicionar las visiones de los asistentes, el moderador del encuentro plantea esta pregunta de autorreflexión: ¿Cuál ha sido mi impulso, mi motivación para venir, hoy, aquí? ¿Cuáles son mis expectativas? De este modo se pretendía romper el hielo inicial de la participación, que no hacía falta en este caso, pues las ganas de aportar ideas afloraron con mucha facilidad desde el principio. Y entre las motivaciones presentes estaban la curiosidad, el reto, el intercambio, la reflexión, poder pensar en común, la intriga, aprender, el amor a la filosofía, poder profundizar en uno mismo, el interés por lo humano, poder dialogar, profundizar en nosotros... Todas perfectamente compatibles con un encuentro como éste.

Tras la presentación del acto, el moderador introduce la actividad, puesto que se trataba del primer encuentro en este lugar. Menciona los antecedentes lejanos, socráticos para más señas, de esta modalidad de práctica filosófica (junto a los talleres de filosofía, el asesoramiento filosófico individual, a instituciones o empresas, la filosofía con niños y niñas o los diálogos socráticos), y luego, los antecedentes cercanos del Café des Phares en París, de la mano de Marc Sautet; luego, insiste en lo que se venía a hacer allí, que no era asistir a una charla, una tertulia o un debate, sino realizar una investigación conjunta entre todos los participantes, acerca de aquello que les preocupe o interese. Además, se trata también de un aprendizaje, en la práctica, de lo que es dialogar de veras: escuchar al otro (quitándome, mientras tanto, yo de en medio), esperar a que el otro haya acabado para pedir mi turno de palabra, colaborar con un propósito común, tratar de ir al fondo de las cuestiones, intervenir brevemente, anunciando, si se puede, qué va a hacer uno con sus palabras: afirmar, replicar, preguntar, responder, plantear una hipótesis, etc. Esta manera de situarse en la Filosofía, como un modo de vida que se practica, ya desde la antigüedad, como ha investigado profusamente Pierre Hadot, no es incompatible con la filosofía al uso, que podemos llamar Filosófica académica, sino todo lo contrario: ambas, la filosofía en el ágora y la filosofía más teórica o erudita se necesitan mutuamente: ésta como un laboratorio de ideas y la otra como una manera de estar presente y viva la filosofía en la sociedad. Y así lo ha manifestado, también estos días, la conocida filósofa Ana Carrasco Conde.

Como nadie traía nada preparado ni tenía nada que defender, se dispuso el grupo a elegir, democráticamente, esa temática o problema que estaba flotando en el ambiente de los que allí estaban reunidos. De todas las propuestas, la salud mental fue la más deseada y ya, desde el comienzo, se dejaron ver las ganas, pero también las dudas, que suscitaba este tema, pues fue necesario formular bastantes preguntas para poder afinar la cuestión: ¿Son los psicólogos y psiquiatras los únicos que pueden ayudar? ¿Qué nos hace falta saber sobre la enfermedad mental? ¿Qué pueden hacer las personas que están alrededor de una persona con problemas mentales? ¿Por qué están aumentando los problemas de salud mental? Pero, ¿se puede hablar de enfermedad mental? ¿Qué puede aportar la filosofía? Sobre esto último, se aclara que la filosofía puede abordar cualquier problemática, puesto que lo filosófico no es en sí la temática o el contenido de que se hable, sino la forma en que se aborda (una mirada reflexiva, consciente, crítica, fundamental, distanciada, universal...), que promueve un cambio de visión, un cambio de actitud ante el objeto de indagación. En este caso, se vio claro que la discusión debía comenzar por delimitar bien qué entendemos por “salud mental”.

Es más, ¿se puede hablar de “enfermedad mental”? Por ahí debíamos comenzar nuestra investigación; desde ahí, se aclararían las demás cuestiones. Y da paso una larga discusión acerca de si es mejor hablar de “trastorno” o de “enfermedad mental”, o si se trata de grados en la falta de salud mental. Emergieron dos conclusiones: que, en este tema, el peligro está caer en un reduccionismo biológico, es decir, asimilar la enfermedad mental a otras enfermedades del cuerpo, y que, en el fondo, se trata de una cuestión de lenguaje: lo que estamos entendiendo con nuestras palabras. Así que el grupo toma conciencia de que el problema de fondo es el de la normalidad mental: qué se considera una conducta normal o enferma. Y aquí reposa el origen de nuestras perplejidades sobre la salud mental. Claro que se pueden indicar unos parámetros generales de lo que intuimos que es saludable mentalmente: que la persona pueda funcionar bien en su entorno, que no haya un exceso de sufrimiento evitable, que no se altere gravemente la convivencia, que el individuo no haya perdido el control de su propia vida, que las conductas no generen violencia contra uno mismo o los demás... Pero lo fundamental sería cómo lo vive la persona, el grado en que se dan tales desviaciones de una conducta saludable y la infinidad de situaciones y de casos diversos e irreductibles que puede haber, por lo que es mejor hablar de “enfermos” y no de enfermedad, en general. Es extremadamente importante considerar siempre esta complejidad de la enfermedad mental, para poder relacionarnos adecuadamente con ella y con las personas que puedan padecerla en un momento dado.

En nuestros encuentros filosóficos, no buscamos hallar una respuesta completa o definitiva, pero sí una mínima clarificación y satisfacción de los asistentes. El tiempo se iba agotando y no parecía que ello fuera posible, a la altura de la discusión en ese momento. Todo diálogo necesita de una maduración, y una respuesta mínima estaba a punto de salir a flote: observar cada caso desde su singularidad, otorgar un trato diferenciado a cada persona. Una mirada a la complejidad de la salud y la enfermedad mental nos permite adoptar una actitud adecuada ante ello; y esto es determinante, pues de lo contrario, caemos con demasiada facilidad en la rigidez de pensamiento, el estigma o la discriminación de las personas que pueden manifestar en algún momento de sus vidas dificultades de adaptación a este mundo; algo que no es nada sencillo, si tenemos la paciencia de mirarnos a nosotros mismos y nuestras propias dificultades.

Lo mismo que se decía al final, en el diálogo Hipias Mayor de Platón, respecto a la belleza: “lo bello es difícil” (de definir), cabría decir respecto a la salud mental. Como consecuencia de esta comprensión, en un caso, quedamos abiertos y disponibles para apreciar y recibir la belleza presente, dentro y fuera de nosotros; y en el otro caso, el de la salud mental, quedamos abiertos y preparados para vernos unos a otros, no como sanos o enfermos, sino como personas que buscan su bien y su felicidad de variados modos, y que a veces se pueden desviar en algo de su camino, por distintas circunstancias o motivos. Y esto es un punto de partida esencial.






lunes, 24 de octubre de 2022

¿Por qué necesitamos mundos virtuales?

 


Sobre los mundos virtuales

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.1

14 de octubre de 2022, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas

Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

Platón, “Alegoría de la caverna”.


 La vida está viva. Esto que parece una obviedad o una verdad de perogrullo o una simpleza no deja de ser cierto en cada momento. Y es lo que muchas veces nos pasa desapercibido. Por circunstancias que escapan a nuestra voluntad y a nuestro conocimiento tuvimos que buscar una alternativa como sede de nuestros encuentros filosóficos. Y este nuevo local se nos antoja, como el anterior, muy adecuado para dejar correr juntos el pensamiento consciente. Agradecemos desde aquí a la Directiva de la Sociedad Recreativa y Cultural “La Peña” de Vélez-Málaga, y en especial a Antonio Lara, su atenta respuesta a nuestras pretensiones filosóficas. Es un honor para nosotros poder celebrar nuestros encuentros en un espacio de nuestra ciudad con tanta raigambre.

Pues bien, comenzamos la nueva temporada con una autorreflexión muy necesaria en estos tiempos pandémicos: ¿Cómo me encuentro después de un verano en el que, quizás por primera vez en mucho tiempo, no hemos tenido una percepción tan acuciante de la actual pandemia? ¿Con qué ánimo, con qué energía inicio el curso? ¿Me siento más fuerte, más débil, para esto, para lo otro? Y puede que alguna de estas respuestas se acerque a la tuya: animada y contenta; más lento pero sigo con mi espíritu activista; ya sin los excesos del verano, más serena y activa; me siento agradecido compartiendo cada día, que es un regalo; agradecida, cómoda y aliviada; siento cierta ansiedad; mi tiempo es finito y ¡tengo que hacer!; este tiempo ha traído cosas positivas que aprovecho: el teletrabajo, poder acabar las tareas pendientes; pues yo tenía muchas ganas de volver a filosofar; me encentro emocionalmente algo perdida... demasiadas opciones; trato de aprovechar cada día; trato de hacer cosas diferentes; me veo expectante, siempre observador; me veo mejor, hago lo que no hacía; ha supuesto para mí una inflexión en mi vida, tenía excusas para no hacer, ¡ahora ya no!; me veo recelosa, no me fío de lo que pueda pasar, prefiero una mínima rutina; veo por todos lados síntomas de una crisis profunda.

Los mundos virtuales. ¿Por qué necesitamos crear nuevas realidades? Esta fue la pregunta que inició el diálogo sobre la realidad virtual, esos otros mundos posibles, a lomos de las nuevas tecnologías. Y los participantes se aprestaron a invocar sus propias experiencias virtuales, y así saber de qué estábamos hablando... Y unas eran más deseables y otras lo eran menos: el metaverso, la posibilidad de vivir una vida paralela, las redes sociales con sus convenciones e hipocresías, los grupos que condicionan lo que comemos y cómo nos alimentamos, el poder de los algoritmos, que reducen la vida en Internet al interés y al control, y otras experiencias que tú puedes traer a la mesa. Pero, lo decisivo es que todavía podemos diferenciar lo real de lo virtual. ¿Llegará un día en que no podamos? Están las posibilidades abiertas, pero aquí están los riesgos. Y la pregunta fundamental sería: ¿Queremos vivir así? Porque esta vida, que es vida pero no es auténtica vida, nos afecta a todos y a todas; ya casi no podemos vivir sin las redes sociales virtuales, a pesar de que se trafica con los “likes” y son un negocio pujante.

Volvemos a preguntarnos: ¿Por qué necesitamos crearnos realidades virtuales? Por un lado, parecen cubrir ciertas carencias personales, así es más cómodo relacionarnos, menos arriesgado para mi personalidad, por otro lado, podemos reforzar nuestras tendencias confesables o inconfesables, y quizás sean una manera de desahogar nuestra insatisfacción crónica en las sociedades actuales, esa deuda infinita que nunca se logra satisfacer, como diría el filósofo de la contemporaneidad, Luis Sáez Rueda; porque buscamos la inmediatez, o bien, porque buscamos engordar lo que deseo o alimentar nuestro ego. Cada uno que piense por qué navega por esos mundos posibles creados por ordenador. Pero también, se dijo esa tarde, nos imponen este mundo virtual. Incluso, colabora una legión de profesionales de la comunicación y expertos en la conducta humana (psicólogos, sociólogos, politólogos, antropólogos, etc.) al servicio de determinados intereses, casi siempre económicos, para aumentar las oportunidades de negocio, explotando las obsesiones y compulsiones humanas. Y nosotros, colaboramos. Es cierto, nos hace falta más que nunca una ética profesional, como insiste Adela Cortina.

El futuro se nos presenta incierto, pero también inminente e irremediable. Parece que no podemos cambiar el rumbo de nada. A esto se le ha llamado determinismo histórico, que se ha expresado en la modernidad en la forma de determinismo tecnológico:aquello que técnicamente pueda hacerse, hay que hacerlo. Y queda atrás, tantas veces, la pregunta: ¿debe hacerse? Según Hans Jonas, poder implica deber; en virtud del poder que se ponga en acción en cada caso, así será la magnitud y el contenido de nuestra responsabilidad. Aquella (de la época ilustrada) idea de progreso ha mostrado su envés: no somos mejores solamente a base de desarrollo científico-técnico. Y esto se ha convertido en un auténtico revés para nuestro tiempo. Era lo que estaba en el fondo de esta fase del diálogo, aquella tarde...

Pero vayamos más al fondo. El ser humano es un ser capaz de crear mundos con el poder de su imaginación. Siempre lo ha hecho y nos ha ido salvando de sucesivas intemperies. Pero el alcance de nuestras acciones, gracias al desarrollo de la tecnociencia es imponente. Esto implica que debemos ser más inteligentes que nunca (y no hablamos de la inteligencia artificial, que es tan poco inteligente). Hay dos preguntas cruciales que implica el ser inteligentes, a día de hoy: ¿Cómo queremos vivir? Y para ello, preguntarme antes: ¿Quién soy yo? Si todo el poder de la realidad virtual reside en el poder de los medios tecnológicos, quizás hemos olvidado los fines, es decir, para qué queremos utilizar esos medios. Los valores, aquello que vale por sí mismo y no en función de los intereses o las circunstancias. Si toda la fuente de la realidad virtual está más acá, en nosotros mismos, en nuestra capacidad creadora, quizás deberíamos poner todo el esfuerzo en el desarrollo de nosotros mismos, descubrir cuáles son las cualidades esenciales del ser humano, de donde le vienen los valores, la consideración de aquello que es valioso en sí mismo. Conocernos mejor a nosotros mismos. Primero, antes de poner en marcha mundos posibles que no controlamos; como si fuera una locomotora a toda velocidad, sin frenos y sin conductor. Vale.





domingo, 19 de junio de 2022

Sobre la tolerancia

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.9

17 de junio de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y el respeto entre los hombres: “¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes?. Pues éstas fueron distribuidas así: con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?”. “Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas solo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades”.

Platón, Protágoras (“El mito de Prometeo”)


Y había llegado el final de la temporada de cafés filosóficos en Vélez-Málaga. Comenzamos tomando el sol en la terraza de El pianista del Carmen, con vistas a la fortaleza, allá por octubre del año pasado, y estábamos acabando refugiados en el aire acondicionado de uno de sus espacios. A pesar de la tarde tórrida, no decayó la asistencia. Ellos y ellas no se preguntan: ¿para qué la filosofía? Han saboreado su valor. El moderador del encuentro quiso cerrar un círculo, y propuso una pregunta de autorreflexión muy parecida a la de aquella tarde de otoño. Porque el tiempo vivido no tiene la forma de una cronología, ni se trata del tiempo del reloj, sino de la duración de nuestras vidas, según Henri Bergson. Mientras tanto, nos han pasado muchas cosas, a cada cual las suyas, y ese tiempo no ha pasado en balde, lo hemos vivido de un modo y nos ha transformado de alguna manera. Por lo pronto, hemos atravesado una pandemia. Soy lo que era y no lo soy. Pues bien, piensa, “después de todo esto, me he vuelto más, o menos...”. Puede ser que yo note el cambio en alguno de mis personajes, pero puede ser que afecte a algo más profundo. Veámoslo en el caso de los participantes y las participantes, a la par que tú miras lo tuyo.

Me veo más mayor, que no es lo mismo que serlo; me he vuelto más polifacética y menos atacada; me siento más agradecida, más libre, como en mi casa; ahora soy menos idealista, menos ingenuo, quizás; me siento muy agradecida a todo y a todos; me noto más creativa, más productiva y agradezco todo esto; sigo pensando que somos más vulnerables de lo que creíamos, pero me siento vitalista; yo, sin embargo, me siento más apagada en estos momentos; percibo que estoy más relajada y que soy más paciente; ahora me valoro mucho más que antes; siento decir que aprecio más desengaño en mí; pues yo me he vuelto más independiente y más crítico, y me quiero más así.

Entrando ya en la materia del día, diremos que, siendo la tolerancia una virtud y un valor, con frecuencia abusamos de su significado y nos internamos en ciertos callejones sin salida. Ni la tolerancia tiene que ver con la condescendencia hacia los demás, ni con tener que soportar sus conductas, ni con permitirles lo que no puede ser permitido. La tolerancia posee límites, efectivamente, pero habrá que mirarlo en relación a su esencia, y no en relación al uso y abuso de tal excelencia que la práctica humana ha ido generando: el respeto por las ideas, creencias o acciones de los otros, especialmente cuando no son afines, o son contrarias, a las mías. Sólo hay que entender adecuadamente el sentido de ese “respeto”. Ahí estaba la clave. Y el grupo también sufría la ola de confusión que afecta a este concepto, y su puesta en práctica, y sucede en muchos otros casos de grandes palabras como libertad, amor o felicidad. Se mezclan sentidos y nos perdemos en los diferentes contextos particulares. Pero, para eso es el diálogo filosófico, para dilucidar y para aclararnos. Entonces, en aras de este respeto o tolerancia, ¿todo puede, o debe, permitirse? ¿Todo es tolerable? ¿Posee límites la tolerancia? Este era el núcleo de la preocupación aquella tarde, en que habíamos tenido que refugiarnos del tórrido calor que reinaba más afuera.

Primero, el grupo estuvo tratando de situar el carácter universal del valor de la tolerancia. Y claro que hay diferencias culturales, pero si nos dejamos llevar por el relativismo (“cada práctica humana sólo puede ser comprendida dentro de su propio contexto cultural o individual”), si lo extralimitamos, esto puede llevar a la confusión (y al peligro) de tener que justificarlo todo, hasta niveles, quizás, injustificables. Puede llevarnos, y de hecho nos lleva muchas veces, a una tolerancia pasiva que raya en, o se estrella contra, la indiferencia moral y a la falta de compromiso social. De ahí que el moderador propusiera probar nuestra capacidad de juicio, como diría Kant, a través de algunos casos, cosecha de los participantes y las participantes allí reunidos, que nos faciliten extraer unas pocas conclusiones básicas. ¿Qué sería absolutamente intolerable? Por ejemplo, la usurpación de la vivienda de otra persona, el abuso de menores, la mutilación genital femenina, la violencia en todas sus formas, cualquier forma de descuido de la dignidad humana, el abuso de confianza, la falta de compromiso social, el uso del velo islámico en las mujeres... Y si los pensamos a fondo, estos casos, seguro que aparecen insuficiencias en la consideración de su carácter intolerable. Es posible que, en algunos contextos, este tipo de casos puedan entenderse o comprenderse (tú mismo o tú misma, querido lector o lectora, quizás puedas pensar una situación que sea comprensiva con alguno de los casos). Esto es necesario: tolerar implica el respeto al otro como ser humano, y se gesta comprendiendo al otro y sus porqués. Pero esto es importante: una cosa es comprender, y otra muy distinta justificar o transigir con la injusticia o los atentados contra la dignidad humana.

Seguramente, podemos cuestionar el carácter universal sensu stricto, o bien su completud, de los Derechos humanos, pero también es posible pensar juntos unos mínimos morales y de justicia que, adaptándolos a cada contexto y su idiosincrasia, pudieran lograr una unanimidad de juicio y fijar un límite de lo que es tolerable, digno o no digno de ser respetado. Esta capacidad de juicio (justo y razonable) también se educa y se desarrolla. Solamente se requiere el contexto de una gradual libertad de pensamiento y de acción de las personas. Lo pensaban los filósofos ilustrados y en ello confiamos, que las aguas vuelvan a su cauce, más allá la vocinglera y peligrosa posverdad. Nuestro diálogo filosófico, en algo habrá contribuido... O eso esperamos.





jueves, 16 de junio de 2022

Sobre el perdón

 

Café Filosófico en Castro del Río 5.6

10 de junio de 2022, Mesón-Cafetería La Solera, 18:00 horas

Lo que llamamos perdón no es nada más que la restitución a la ley de la unidad. Perdonar quiere decir amar, quiere decir estar en el orden de la unidad. El amor no es nada más que la conciencia de unidad. (…) Al volver a esa visión de unidad, se elimina esa conciencia separativa y de oposición, en la que yo trato de vivir “a expensas de” los otros. (...) Por tanto, el perdón es volver a la visión real y correcta, es la restitución al amor.

Antonio Blay

En este último Café filosófico de la temporada estrenábamos local, extraordinario por su solera en Castro del Río, y por sus caldos propios, de origen Montilla-Moriles. Pedro Herencia ha regentado esta taberna, ahora mesón y cafetería desde 1999, durante varias décadas... Ahora sus hijos continúan la tradición y son ya varias generaciones. Pues bien, en su precioso y acogedor patio, a pesar de la alta temperatura exterior, pudimos estar muy a gusto, hablando sobre el perdón. Pero antes, el moderador del encuentro tuvo a bien preguntar a los participantes algo en relación al Taller de filosofía que se celebraría el siguiente lunes en la Biblioteca municipal.

¿Cuál es tu actividad cotidiana que más disfrutas? ¿Qué te mueve a realizarla? ¿Qué te aporta? Y, como de costumbre, los ya veteranos participantes, ellos y ellas, desgranaron para nosotros sus inquietudes. Vivir lo no vivido a través de la lectura. Salir y hablar con la gente que me puede aportar algo valioso. Tratar con todo tipo de personas y ser capaz de adaptarme a ellas; cualquier oportunidad es buena para aprender del ser humano. Dar y recibir; ahora prefiero, en esta fase de mi vida, recibir, para poder continuar dando. Caminar, estar conmigo y sin preocupaciones. Disfrutar de mi trabajo, desarrollando mi potencial de cualidades humanas... Ya sólo falta que tú pienses, en tu vida, qué actividades más te llenan y por qué.

Puede que el perdón sea la otra cara del amor... Veremos cómo es eso, de la mano de los participantes. Comencemos por el principio. Algunas preguntas les inquietaban: para perdonar, ¿no debo perdonarme a mí mismo?, si no olvido, ¿estoy perdonando?, ¿qué es perdonar? ¿Se puede perdonar todo? Y se decidieron a atacar la cuestión que afecta al tópico que dice: “perdono, pero no olvido”. ¿Se puede perdonar de verdad, si no olvido? Si aquello que te hizo daño, te continúa hiriendo, ¿dentro de ti, has perdonado? Se abren serios interrogantes. En primer lugar, sobre el sentido de “olvidar”. Y podemos entender el olvido de varios modos: como memoria, si ya no lo recuerdo; emocionalmente, si no me afecta o lo he bloqueado; como inteligencia, si ha pasado por mí la experiencia de forma desapercibida, sin aprender nada. La clave para valorar si he perdonado de verdad es tener muy claro que lo sigo recordando, sí, pero ya no me hace daño porque he integrado la experiencia y puedo revivirla o referirla sin dolor, sin crispación, sin malestar. Olvidar no significa no acordarse, haberlo erradicado de tu memoria, haber puesto un dique de contención al dolor que nos causa la experiencia, ni seguir sin entender nada de lo que me pasó. De lo contrario ni he olvidado, ni he perdonado, aunque quiera de eso convencerme. Como veis, el grupo no se queda en los tópicos. Profundiza.

¿Qué es perdonar? Para empezar, no es una obligación preestablecida. Y, ni se pide ni se concede. Es algo interior, una necesidad interior del que perdona, para consigo mismo/a. No es un favor que se le hace al otro. Responde a una necesidad de paz interior. En este momento, aparece en el diálogo un caso prototípico: la necesidad de perdonar a nuestros progenitores. Haber realizado este trabajo interior (que luego se nota exteriormente) de un modo u otro, satisfactoriamente o no, puede condicionar nuestra vida hasta extremos que, a veces, no somos conscientes. Incluso, podríamos tratar de ver una correlación entre personas que se han reconciliado con sus padres, o personas que no, y cómo viven sus vidas. Se les puede notar mucho. Y pueden vivir muy mal... hasta que se mueren, si no han sido capaces de perdonar de veras. Esto lo podéis observar... El grupo, para eso, te lo indica. ¿Se puede vivir sin perdonar, sin perdonarme?

Pero, vamos a ahondar un poco más... ¿Qué es perdonar? ¿Qué sucede en mí cuando perdono? Entonces soy capaz de ver el proceso, la génesis de lo que me ha sucedido con algo o con alguien, la lógica de las circunstancias en las que tuvo lugar. Soy capaz de ponerme en su lugar, más allá de si me agrada o me desagrada, me convenía o no, o si yo salí mal parado/a. Eso no quiere decir que justifique lo que sucedió ni que tenga que pasarlo por alto (ya hablamos antes de lo que era olvidar). Pero siempre se produce una unión con el acontecimiento, una unificación, hay una transparencia, todo encaja en su sitio, me acerco a lo otro y me acerco a mí mismo/a. ¿Y esto no es lo mismo que comprender? Perdonar, entonces, es comprender. Una forma de aceptación que necesita de la comprensión. ¿Y no puede ser esto lo que llamamos amor? Un acto de amor... Perdonar sería, entonces, un acto de amor. Por eso, los sabios dicen que perdonar no es más que la restitución en la ley del amor, que en el fondo rige el orden existente. Desde aquí (a lo que llegaron nuestros participantes), se pueden extraer muchas consecuencias, para muchos casos. Pero esto ya queda de tu parte, es vivir.



jueves, 9 de junio de 2022

Sobre los prejuicios

 
Café Filosófico en Capileira 1.5

04 de junio de 2022, Biblioteca Pública, 18:00 horas


Todos los hombres y todas las mujeres son filósofos; o, permítasenos decir, si ellos no son conscientes de tener problemas filosóficos, tienen, en cualquier caso, prejuicios filósoficos. La mayor parte parte de estos prejuicios son teorías que los humanos insconscientemente dan por sentadas o que han absorbido de su ambiente intelectual o de la tradición. Puesto que pocas de estas teorías son conscientemente sostenidas, constituyen prejuicios en el sentido de que son sostenidas sin examen crítico, incluso a pesar de que pueden ser de gran importancia para las acciones prácticas de la gente y para su vida entera. Una justificación de la existencia de la filosofía profesional reside en el hecho de que los hombres necesitan que haya quien examine críticamente estas extendidas e influyentes ideas.

Karl Popper, Cómo veo la filosofía


Dos centros de interés coparon este nuevo encuentro filosófico en Capileira: el orden del mundo y los prejuicios, quizás, una forma de desorden. Para los antiguos griegos el mundo es Cosmos, un orden que surgió del Caos. Veremos si aquella tarde de junio eso pudo tener lugar, veremos si se genera un mundo a partir de una tierra, como dice Heidegger que sucede en la obra de arte. Puesto que allí, en un encuentro como el nuestro, la creatividad siempre está a flor de piel. No se discute de filosofía, se hace filosofía juntos. Y acudieron, desde varios pueblos de la comarca de la Alpujarra granadina, a filosofar.

A pesar de todos los desajustes, de todos los desórdenes sociales, políticos, morales, ecológicos que atraviesan nuestra época, ¿soy yo capaz de apreciar algún orden en el mundo? ¿Al menos, en mi pequeño mundo cotidiano? Porque, a pesar de todo, el mundo continúa funcionando y la naturaleza, ¿no es verdad? Veamos lo que dieron de sí sus respuestas: el orden que busco para mí está todavía en la Alpujarra, por eso vivo aquí; siempre llega el orden, después; el orden es una madre dando el pecho a su bebé, todo está bien (además, ¡estaba ocurriendo allí, aquella misma tarde!); durante un paseo experimento esa armonía; yo la noto en el fondo de la gente, en el fondo la gente es buena; en la vida en los pueblos se palpa un orden más allá de lo que se ve; yo lo aprecio en la naturaleza que nos abarca; hay una magia en el mundo, todo va rodando por sí solo; estamos mejor que en otras ocasiones, muchas veces se aprecia mirando retrospectivamente; si no vemos tan fácilmente el orden natural y sus ciclos, es por el ruido de todo tipo en el que vivimos inmersos; y habría que sumar las respuestas de dos nuevas participantes que se retrasaron (se perdieron y se encontraron) y no pudieron participar de esta primera fase del café filosófico.

Si desean saber lo que viene a continuación pueden dejarse guiar por este itinerario, que siguieron los participantes, sobre la cuestión del día: los prejuicios. 1) ¿Qué es un prejuicio? 2) ¿Por qué hay prejuicios? 3) ¿Cómo podemos tratar de erradicarlos? 4) ¿Cómo hacer que un prejuicio se vuelva benigno?

Comenzaron por definir qué es un prejuicio, tan bien como lo pueda hacer el mejor de los diccionarios: se trata de una valoración o juicio previo, sin conocimiento del caso, la situación o la persona. Y claro, se entiende el prejuicio de forma negativa, como suele hacerse, como algo nocivo o dañino. Pero, casi sin darse cuenta, la discusión fue adoptando una posición más comprensiva con los prejuicios. Pues, si están ahí, alguna función habrán de cumplir en nuestras vidas.

Y, ¿por qué tenemos prejuicios? ¿Y por qué son tan frecuentes? Para empezar hay que saber que los prejuicios tienen un origen social y cultural, que generalmente, se alimentan de la falta de información sobre el caso, que el miedo a lo diferente es la mecha que lo enciende, que muchas veces está ahí por comodidad, que es por eso por lo que tendemos nosotros, los humanos, demasiado humanos (Nietzsche), a poner fácilmente etiquetas que no sabemos ni de donde nos vienen, pues suelen ser inconscientes en su origen o en su aplicación, y que mediante ellos, muchas veces, pretendemos dominar a otros seres humanos. Sí, un mini-tratado sobre los prejuicios desplegaron estos/as asistentes. Y de todo lo que dijeron, y sobre lo que estuvieron de acuerdo, este relator destacaría la tesis nietzscheana allí latente en sus palabras: necesitamos creer que ya sabemos, necesitamos encontrar con celeridad un sentido asequible, manejable, a todo aquello que no es afín a nosotros; lo que llamó este filósofo, de tan fino olfato para lo psicológico, voluntad de verdad.

¿Y qué podemos hacer para minimizar el daño que los prejuicios pueden producir? (Visto esto tanto desde el que los arroja, que se deshumaniza, como desde la víctima, que es deshumanizada. Para empezar, si arriba hemos descrito las causas, tratemos de considerarlas y de eliminarlas. Y ser conscientes y no pasar tan alegremente, por ejemplo, del “ten cuidado” al “eso es peligroso”. Y no olvidar que todos somos humanos, no olvidar esa conexión humana, y abrirse a lo humano: “el otro es como yo”, le pasa como a mí, va viviendo como yo, con sus carencias, sus deseos y sus temores. Y, para todo ello, como se ha dicho, la toma de conciencia, el ser conscientes, es la clave para desactivar los efectos nocivos de los prejuicios.

Pero esta afirmación, de una de las participantes, sacudió el encuentro: “el prejuicio te cuida”. Ya se había preparado el terreno antes, cuando apuntaron a Nietzsche sin saberlo, pero en este momento emergió con mucha fuerza. ¿De qué manera te cuida? El prejuicio es un lugar adecuado para ser conscientes de nosotros mismos, inclusive de nuestras sombras o puntos ciegos. Si los miramos con atención, conscientemente, podemos descubrir muchos de los mecanismos mentales que nos pasan desapercibidos y que están detrás, condicionándonos, impulsándonos, en todo cuanto hacemos o decimos. Un buen ejercicio filosófico éste de observar nuestros prejuicios, como acierta a decir Karl Popper. Ahora sabemos cómo volver benigno un prejuicio nuestro. El modo en que un prejuicio no nos separe de nosotros mismos ni tampoco de los demás. Muy interesante. 






martes, 7 de junio de 2022

Sobre la coherencia personal

Café Filosófico en Torre del Mar 1.5

02 de junio de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El Tao que puede ser expresado

no es el verdadero Tao.

El nombre que se le puede dar

no es su verdadero nombre.

Lao-Tse, Tao Te King


El encuentro comienza recordando la pérdida reciente de una de las personas más queridas de estos cafés filosóficos, a los que asistió muy activamente durante muchos años, Prudencio Cabezas, de 97 años de edad. Constantemente, nos aportaba su dilatada experiencia y su humanidad. Descanse en paz. Él ya no está físicamente, pero su motivación y sus ganas de vivir llegan hasta nosotros. Los encuentros eran muy verdaderos cuando estaba presente.

Y sobre algo de esto les vino a preguntar el moderador, a los que allí se habían reunido: ¿dónde pones en tu vida la máxima realidad? Algunos lo han puesto en la Razón, en Dios, en lo Sensorial, en el Cuerpo, en el Dolor... Pero ¿y vosotros? ¿Y ellos y ellas? Vamos a repasarlo: lo más real para mí es mi yo personal, mis acciones que hacen que mi mundo sea mi mundo, quien siente, piensa, lucha, la impermanencia de todo, lo inexorable del tiempo, el amor de mi madre, lo más real lo pongo en el sentir, en el caos que debe ser aceptado, en la coincidencia entre seres humanos, en la relación que es el vivir, en la realidad de mis pensamientos, en el amor como motor del mundo... Te toca fijarte en dónde pones más fácilmente tu noción de realidad, aunque todo sea... real, de un modo u otro.

Por el encabezamiento, ya sabéis cuál fue la temática elegida aquel día, para ser objeto de nuestra indagación: la coherencia, la coherencia personal. Y el diálogo siguió la ruta que marcan estas tres preguntas: 1) ¿Mis actos me definen como persona? 2) ¿Quién puede definirme por mis actos? 3) ¿Pueden, realmente, mis actos definirme?

¿Mis actos me definen como persona? Tal como ellos y ellas entendieron esta pregunta, se dirige a la búsqueda de lo característico mío, a mi autenticidad en el decir y en el obrar (parresía). Y dijeron que me definen adecuadamente mis actos cuando soy coherente, cuando hay coherencia o congruencia entre el pensar, el decir y el hacer. Pero ¿somos siempre coherentes con nosotros mismos? No. En numerosas ocasiones, por inseguridad, por irreflexión, por inmadurez, no soy el que soy. (Que es la definición de Dios en el Antiguo Testamento). Sólo soy el que soy (a nuestro nivel de conciencia) cuando estoy presente, más allá de aquellas limitaciones que se mencionaban antes. Así lo dijeron.

Pero, ¿quién puede definirme por mis actos? ¿Quién puede validarme? Y uno de los participantes, sin dudar, repite que los demás pueden definirme por mis actos. Pero, para eso es el diálogo, para dudar. Si no, cómo llegaríamos a entender mejor. ¿A quién no le ha pasado que alguien nos ha calificado, nos ha puesto una etiqueta y no nos hemos sentido cómodos... y pensamos o decimos “eso no soy yo”. Si yo no me siento reconocido en la imagen que los demás se han formado de mí, ¿tengo que aceptar que yo soy eso? Poco a poco el grupo va aclarándose: ¿quién puede determinar mi valor? La respuesta unánime, al final: nosotros mismos. Ahora bien, los demás me ayudan, me estimulan, me ponen a prueba, me permiten expresarme. En definitiva, la imagen que reciben los demás de mí, puedo tenerla en cuenta, pero mi valor es fruto de un ejercicio interior que gradualmente me lleva a conocerme a mí mismo.

En este momento de la discusión fue útil distinguir entre condicionamiento y determinismo: lo que me rodea y mis experiencias me condicionan, pero no me determinan. La respuesta siempre puede depender de mí (Epicteto). Y también salió a la palestra la distinción entre lo legal y lo moral: lo legal me es dado pero, gracias a nuestra capacidad moral de valorar la realidad, las leyes pueden ir (y de hecho van) evolucionando. Precisamente, ir pasando del condicionamiento a la autodeterminación, ir viendo cómo las leyes dependen de nuestra capacidad crítica y autocrítica, es buena muestra de un proceso de maduración de la persona.

Para cerrar poco a poco el diálogo, el moderador propone (para pensarla) esta pregunta, con el objeto de profundizar en nuestras conclusiones: si, bien mirados, nuestros actos son únicos, quien los realiza, ¿no será también único e irreductible? Y aparecen las comparaciones con la unicidad de la obra de arte. Puede estar una obra de arte concreta muy influida, ¿pero no es ella misma única? Y lo mismo pasa históricamente con los genios; por eso son genios. ¿Y si todos nosotros (y cada ser) fuéramos una obra única de la Naturaleza, del Universo, o lo que cada uno quiera pensar? En ese caso, ¿pueden mis actos, de veras, definirme? La pregunta y la cuestión que plantea queda balbuciendo... Pero tú la puedes pensar con ellos y con ellas. ¿Soy yo solamente lo que hago, lo que digo, lo que pienso, en un momento dado? Si yo soy su fuente... puede que yo sea mucho más que el agua que mana y corre, como diría San Juan de la Cruz. Puede que lo manifestado no agote nunca lo inmanifestado. Y ésta sea la verdadera coherencia, la constante conexión con ello. Vale.





viernes, 20 de mayo de 2022

Sobre la actitud

Café Filosófico en Castro del Río 5.5

13 de mayo de 2022, Casa Mendoza, 18:00 horas


Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para uno ocupa el primer término y ocupa y acusa con vigor todos sus detalles, para el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además, como las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan.

Ortega y Gasset


Los asistentes a este nuevo Café filosófico tuvimos la fortuna de poder habitar por un rato la emblemática Casa Mendoza (siglo XVI) de Castro del Río, gracias a la acogida de nuestro anfitrión, el artista Damián Ponce. El diálogo transcurrió plácidamente en uno de sus magníficos patios, cargado del esplendor de las flores de la primavera. La perspectiva que se abria desde nuestro rincón facilitó, sin duda, la reflexión sobre la importancia de la actitud en nuestras vidas. Ortega y Gasset no faltó a esta cita, con su conocido concepto de "perspectiva", desde la que miramos el mundo, a nosotros mismos y a los demás. Todos sabemos por experiencia que si cambia nuestra mirada, cambia el mundo. Veamos.

No sin antes repasar las respuestas de los participantes a la pregunta del día (conectada a un Taller de filosofía que se celebraría en la Biblioteca pública el siguiente lunes): ¿Dónde pongo yo mi felicidad? Sitúo mi felicidad en todo aquello que me da paz o tranquilidad, en cada vivencia consciente, en los pequeños detalles, en el proceso más que en el resultado, un bienestar interior que no necesita gritarse, que se trasmite, que se te nota, a veces es un estado de ánimo pasajero, una cierta plenitud que rebosa en ti, un estado de conexión con lo que te rodea, poder sentir que los que te rodean son felices y que viven bien, pero claro esto “te deja vendido”, en función de los demás, porque lo que quiero ser es autónomo. El mencionado taller tendría que tratar de centrar todas estas respuestas...

Pues bien, ¿qué es la actitud? Los participantes fueron aclarándose poco a poco... La actitud tiene que ver con la forma de afrontar algo, pero es algo de mí lo que afronta eso (una situación, una acción, una relación...). Por consiguiente, tendría que ver con mi conciencia de ese algo. Y esta cualidad yo la puedo ir desarrollando, sí, pero se trata de una posición anterior en mí, antes de ver algo, antes de suceder, antes de tener conocimiento de algo. La actitud es pues una manera de mirar, que está en nosotros antes de mirar el objeto. Un modo de entender: si cambia este modo, cambia mi visión y cambia mi mundo. Por eso es crucial en nuestras vidas ser conscientes desde dónde miramos. Nuestra vida estará llena de monstruos o de sirenas en función de nuestra mirada. Y se menciona un conocido experimento (origen del conductismo) en que se ofrecen a un bebé diferentes objetos o animales, ante los cuales su actitud inicial es de curiosidad; cuando los investigadores logran que el bebé asocie esos objetos con algo desagradable, aparece el miedo. Y también mencionan un poema que aparece en la película Invictus (del poeta William Ernest Henley), que inspiró a Nelson Mandela:


En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror,
y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.

Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve mi espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.


Una vez que tuvieron claro el significado alojado en “la actitud”, les preocupó descubrir si podía haber una actitud neutra, que no nos llevara a percibir el mundo de un modo agradable o desagradable, por poner por caso, según me parezca a mí. ¿Es posible una actitud pura, o al menos, neutra? Y aquí se muestran, al principio, vacilantes. Pero tienen claro que hay momentos en que puede ser más neutra nuestra actitud, de lo cual se deduce que presenta grados. Aunque, absolutamente neutra... pues no. Demasiadas cosas nos condicionan: tendencias instintivas, influencias sociales, educativas, las circunstancias, las vivencias anteriores, necesidades básicas o creadas... Sin embargo, nuestra actitud puede ir evolucionando y hacerse poco a poco más clara y objetiva. Así sucede, por ejemplo, en nuestra relación con la educación religiosa recibida de pequeños. Entonces, ¿es posible una actitud, al menos, más intersubjetiva, válida para otros seres humanos? Y la respuesta que van dando los participantes es que sí es posible, gradualmente.

Si, hacía un rato, el conocido texto del Ortega y Gasset, sobre ese paisaje visto desde diferentes perspectivas, que lo convierten en paisajes diferentes, les sirvió para situar la actitud en el “desde donde miramos”, ahora les permitiría ahondar en la posibilidad de una perspectiva mejor. Si es posible una perspectiva mejor que otras... ¿Qué pasaría si en lugar de mirar el paisaje desde abajo, a pie de los árboles, nos subimos a un alto risco que esté en el centro del paisaje? ¿Qué obtendríamos si vamos contemplando el paisaje desde sucesivos lugares? ¿Y si sumásemos nuestras perspectivas, como nos sugiere Ortega y Gasset? Es decir, que puede haber maneras humanas de afinar nuestra visión. Si somos conscientes de nuestra propia actitud o perspectiva, si adoptamos una posición más distanciada, por ejemplo, como el espectador de los juegos olímpicos (o theorós, de lo que proviene nuestra palabra “teoría”); en fin, de esta manera, nuestra visión, ¿no sería más objetiva, más neutra, más pura, sin tanta mezcla de condicionamientos subjetivos?

Es posible desarrollar la actitud. Imaginad una rueda de bicicleta: si nos situamos en el buje, en el centro del movimiento de los radios que se van separando (o diferenciando) hasta llegar a la periferia de la rueda, ¿no lograríamos una mejor visión, más limpia, más completa, más real? Esto lo podemos llevar a nuestras vidas, con un trabajo interior de autoconocimiento. Y, ¿qué ha ocurrido en nuestro diálogo de hoy? ¿No hemos caminado de este modo, hasta que hemos estado más satisfechos de nuestros descubrimientos? ¿No se ha ido depurando nuestra actitud acerca de la actitud? Vale.