Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

martes, 7 de junio de 2022

Sobre la coherencia personal

Café Filosófico en Torre del Mar 1.5

02 de junio de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El Tao que puede ser expresado

no es el verdadero Tao.

El nombre que se le puede dar

no es su verdadero nombre.

Lao-Tse, Tao Te King


El encuentro comienza recordando la pérdida reciente de una de las personas más queridas de estos cafés filosóficos, a los que asistió muy activamente durante muchos años, Prudencio Cabezas, de 97 años de edad. Constantemente, nos aportaba su dilatada experiencia y su humanidad. Descanse en paz. Él ya no está físicamente, pero su motivación y sus ganas de vivir llegan hasta nosotros. Los encuentros eran muy verdaderos cuando estaba presente.

Y sobre algo de esto les vino a preguntar el moderador, a los que allí se habían reunido: ¿dónde pones en tu vida la máxima realidad? Algunos lo han puesto en la Razón, en Dios, en lo Sensorial, en el Cuerpo, en el Dolor... Pero ¿y vosotros? ¿Y ellos y ellas? Vamos a repasarlo: lo más real para mí es mi yo personal, mis acciones que hacen que mi mundo sea mi mundo, quien siente, piensa, lucha, la impermanencia de todo, lo inexorable del tiempo, el amor de mi madre, lo más real lo pongo en el sentir, en el caos que debe ser aceptado, en la coincidencia entre seres humanos, en la relación que es el vivir, en la realidad de mis pensamientos, en el amor como motor del mundo... Te toca fijarte en dónde pones más fácilmente tu noción de realidad, aunque todo sea... real, de un modo u otro.

Por el encabezamiento, ya sabéis cuál fue la temática elegida aquel día, para ser objeto de nuestra indagación: la coherencia, la coherencia personal. Y el diálogo siguió la ruta que marcan estas tres preguntas: 1) ¿Mis actos me definen como persona? 2) ¿Quién puede definirme por mis actos? 3) ¿Pueden, realmente, mis actos definirme?

¿Mis actos me definen como persona? Tal como ellos y ellas entendieron esta pregunta, se dirige a la búsqueda de lo característico mío, a mi autenticidad en el decir y en el obrar (parresía). Y dijeron que me definen adecuadamente mis actos cuando soy coherente, cuando hay coherencia o congruencia entre el pensar, el decir y el hacer. Pero ¿somos siempre coherentes con nosotros mismos? No. En numerosas ocasiones, por inseguridad, por irreflexión, por inmadurez, no soy el que soy. (Que es la definición de Dios en el Antiguo Testamento). Sólo soy el que soy (a nuestro nivel de conciencia) cuando estoy presente, más allá de aquellas limitaciones que se mencionaban antes. Así lo dijeron.

Pero, ¿quién puede definirme por mis actos? ¿Quién puede validarme? Y uno de los participantes, sin dudar, repite que los demás pueden definirme por mis actos. Pero, para eso es el diálogo, para dudar. Si no, cómo llegaríamos a entender mejor. ¿A quién no le ha pasado que alguien nos ha calificado, nos ha puesto una etiqueta y no nos hemos sentido cómodos... y pensamos o decimos “eso no soy yo”. Si yo no me siento reconocido en la imagen que los demás se han formado de mí, ¿tengo que aceptar que yo soy eso? Poco a poco el grupo va aclarándose: ¿quién puede determinar mi valor? La respuesta unánime, al final: nosotros mismos. Ahora bien, los demás me ayudan, me estimulan, me ponen a prueba, me permiten expresarme. En definitiva, la imagen que reciben los demás de mí, puedo tenerla en cuenta, pero mi valor es fruto de un ejercicio interior que gradualmente me lleva a conocerme a mí mismo.

En este momento de la discusión fue útil distinguir entre condicionamiento y determinismo: lo que me rodea y mis experiencias me condicionan, pero no me determinan. La respuesta siempre puede depender de mí (Epicteto). Y también salió a la palestra la distinción entre lo legal y lo moral: lo legal me es dado pero, gracias a nuestra capacidad moral de valorar la realidad, las leyes pueden ir (y de hecho van) evolucionando. Precisamente, ir pasando del condicionamiento a la autodeterminación, ir viendo cómo las leyes dependen de nuestra capacidad crítica y autocrítica, es buena muestra de un proceso de maduración de la persona.

Para cerrar poco a poco el diálogo, el moderador propone (para pensarla) esta pregunta, con el objeto de profundizar en nuestras conclusiones: si, bien mirados, nuestros actos son únicos, quien los realiza, ¿no será también único e irreductible? Y aparecen las comparaciones con la unicidad de la obra de arte. Puede estar una obra de arte concreta muy influida, ¿pero no es ella misma única? Y lo mismo pasa históricamente con los genios; por eso son genios. ¿Y si todos nosotros (y cada ser) fuéramos una obra única de la Naturaleza, del Universo, o lo que cada uno quiera pensar? En ese caso, ¿pueden mis actos, de veras, definirme? La pregunta y la cuestión que plantea queda balbuciendo... Pero tú la puedes pensar con ellos y con ellas. ¿Soy yo solamente lo que hago, lo que digo, lo que pienso, en un momento dado? Si yo soy su fuente... puede que yo sea mucho más que el agua que mana y corre, como diría San Juan de la Cruz. Puede que lo manifestado no agote nunca lo inmanifestado. Y ésta sea la verdadera coherencia, la constante conexión con ello. Vale.





viernes, 20 de mayo de 2022

Sobre la actitud

Café Filosófico en Castro del Río 5.5

13 de mayo de 2022, Casa Mendoza, 18:00 horas


Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para uno ocupa el primer término y ocupa y acusa con vigor todos sus detalles, para el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además, como las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan.

Ortega y Gasset


Los asistentes a este nuevo Café filosófico tuvimos la fortuna de poder habitar por un rato la emblemática Casa Mendoza (siglo XVI) de Castro del Río, gracias a la acogida de nuestro anfitrión, el artista Damián Ponce. El diálogo transcurrió plácidamente en uno de sus magníficos patios, cargado del esplendor de las flores de la primavera. La perspectiva que se abria desde nuestro rincón facilitó, sin duda, la reflexión sobre la importancia de la actitud en nuestras vidas. Ortega y Gasset no faltó a esta cita, con su conocido concepto de "perspectiva", desde la que miramos el mundo, a nosotros mismos y a los demás. Todos sabemos por experiencia que si cambia nuestra mirada, cambia el mundo. Veamos.

No sin antes repasar las respuestas de los participantes a la pregunta del día (conectada a un Taller de filosofía que se celebraría en la Biblioteca pública el siguiente lunes): ¿Dónde pongo yo mi felicidad? Sitúo mi felicidad en todo aquello que me da paz o tranquilidad, en cada vivencia consciente, en los pequeños detalles, en el proceso más que en el resultado, un bienestar interior que no necesita gritarse, que se trasmite, que se te nota, a veces es un estado de ánimo pasajero, una cierta plenitud que rebosa en ti, un estado de conexión con lo que te rodea, poder sentir que los que te rodean son felices y que viven bien, pero claro esto “te deja vendido”, en función de los demás, porque lo que quiero ser es autónomo. El mencionado taller tendría que tratar de centrar todas estas respuestas...

Pues bien, ¿qué es la actitud? Los participantes fueron aclarándose poco a poco... La actitud tiene que ver con la forma de afrontar algo, pero es algo de mí lo que afronta eso (una situación, una acción, una relación...). Por consiguiente, tendría que ver con mi conciencia de ese algo. Y esta cualidad yo la puedo ir desarrollando, sí, pero se trata de una posición anterior en mí, antes de ver algo, antes de suceder, antes de tener conocimiento de algo. La actitud es pues una manera de mirar, que está en nosotros antes de mirar el objeto. Un modo de entender: si cambia este modo, cambia mi visión y cambia mi mundo. Por eso es crucial en nuestras vidas ser conscientes desde dónde miramos. Nuestra vida estará llena de monstruos o de sirenas en función de nuestra mirada. Y se menciona un conocido experimento (origen del conductismo) en que se ofrecen a un bebé diferentes objetos o animales, ante los cuales su actitud inicial es de curiosidad; cuando los investigadores logran que el bebé asocie esos objetos con algo desagradable, aparece el miedo. Y también mencionan un poema que aparece en la película Invictus (del poeta William Ernest Henley), que inspiró a Nelson Mandela:


En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror,
y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.

Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve mi espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.


Una vez que tuvieron claro el significado alojado en “la actitud”, les preocupó descubrir si podía haber una actitud neutra, que no nos llevara a percibir el mundo de un modo agradable o desagradable, por poner por caso, según me parezca a mí. ¿Es posible una actitud pura, o al menos, neutra? Y aquí se muestran, al principio, vacilantes. Pero tienen claro que hay momentos en que puede ser más neutra nuestra actitud, de lo cual se deduce que presenta grados. Aunque, absolutamente neutra... pues no. Demasiadas cosas nos condicionan: tendencias instintivas, influencias sociales, educativas, las circunstancias, las vivencias anteriores, necesidades básicas o creadas... Sin embargo, nuestra actitud puede ir evolucionando y hacerse poco a poco más clara y objetiva. Así sucede, por ejemplo, en nuestra relación con la educación religiosa recibida de pequeños. Entonces, ¿es posible una actitud, al menos, más intersubjetiva, válida para otros seres humanos? Y la respuesta que van dando los participantes es que sí es posible, gradualmente.

Si, hacía un rato, el conocido texto del Ortega y Gasset, sobre ese paisaje visto desde diferentes perspectivas, que lo convierten en paisajes diferentes, les sirvió para situar la actitud en el “desde donde miramos”, ahora les permitiría ahondar en la posibilidad de una perspectiva mejor. Si es posible una perspectiva mejor que otras... ¿Qué pasaría si en lugar de mirar el paisaje desde abajo, a pie de los árboles, nos subimos a un alto risco que esté en el centro del paisaje? ¿Qué obtendríamos si vamos contemplando el paisaje desde sucesivos lugares? ¿Y si sumásemos nuestras perspectivas, como nos sugiere Ortega y Gasset? Es decir, que puede haber maneras humanas de afinar nuestra visión. Si somos conscientes de nuestra propia actitud o perspectiva, si adoptamos una posición más distanciada, por ejemplo, como el espectador de los juegos olímpicos (o theorós, de lo que proviene nuestra palabra “teoría”); en fin, de esta manera, nuestra visión, ¿no sería más objetiva, más neutra, más pura, sin tanta mezcla de condicionamientos subjetivos?

Es posible desarrollar la actitud. Imaginad una rueda de bicicleta: si nos situamos en el buje, en el centro del movimiento de los radios que se van separando (o diferenciando) hasta llegar a la periferia de la rueda, ¿no lograríamos una mejor visión, más limpia, más completa, más real? Esto lo podemos llevar a nuestras vidas, con un trabajo interior de autoconocimiento. Y, ¿qué ha ocurrido en nuestro diálogo de hoy? ¿No hemos caminado de este modo, hasta que hemos estado más satisfechos de nuestros descubrimientos? ¿No se ha ido depurando nuestra actitud acerca de la actitud? Vale. 





sábado, 14 de mayo de 2022

Sobre el bien pensar


El Pensador en La puerta del Infierno, expuesta en el Museo Soumaya

Café Filosófico en Capileira 1.4

07 de mayo de 2022, Biblioteca Pública, 18:00 horas

El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un vapor, una gota de agua bastan para matarlo. Pero aun cuando el universo entero le aplastara, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata, porque sabe que muere (…) Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento. Por ahí hemos de levantarnos, y no por el espacio y la duración, que no podemos llenar.

Pascal

¿Cómo aprender a pensar bien?


Pensar, todos pensamos. Aprender a pensar de manera que podamos vivir bien ya es otra cosa. Esta ha sido una de las principales ocupaciones de la Filosofía, desde siempre... Como decíamos en otro lugar, se trata de pensar el pensamiento para que no se convierta en un pensamiento mecánico, obsesivo, inconsciente, confuso, que no para de dar vueltas sobre sí mismo o que piensa sólo por pensar... Nuestros participantes nos darán una lección del bien pensar, muy útil en estos tiempos tan confusos y obsesivos. Vamos a seguirlos en su pesquisa... a ver qué nos depara. Pero antes, el moderador quiso saber de la felicidad, con su ayuda.

¿Dónde poner nuestra felicidad? Y nuestros participantes fueron decantando los lugares de la felicidad. Donde buscarla... Estar a gusto siguiendo un objetivo, la felicidad está en las pequeñas cosas inmateriales, en la posibilidad de poder elegir con libertad, en la ausencia de dolor, buscar el bienestar conmigo y con los demás, buscarla dentro de mí a pesar de las circunstancias, aquí, en el momento presente, viviendo con consciencia, sintiéndome afectado sin afectarme, buscando compartir todo esto que vivo. Sin dudar, al moderador, que preparaba un próximo taller, todas estas búsquedas le servirán de ayuda. De hecho, el bien pensar debe ser la pareja acompañante de la felicidad.

¿Cómo aprender a pensar bien? Pero antes, ¿qué es pensar bien? Así quisieron empezar nuestros participantes... por su sitio. Pensar bien iría en la dirección del pensamiento autónomo, la capacidad de pensar por uno mismo, un pensar que fructifique y no se eternice, que evolucione, que pueda desarrollarse, que no se estanque en las mismas ideas preconcebidas, que aprenda de sus errores, que no se obceque, que huya de todo tipo de dogmatismo, un pensar crítico, autocrítico, pero sin olvidar que el pensar bien no es sólo el logro de unos resultados, no ha de dejar de lado los valores, que piense de acuerdo a valores, de acuerdo a fines valiosos, siendo capaz de comprender y comprenderse, de comprender y comunicarse con otras personas de diversas creencias, de culturas diversas, un mínimo intercultural, a pesar del relativismo de las circunstancias y, finalmente, un pensar que no se desligue del sentir... Bueno, “finalmente” se refiere a todo aquello que salió a la palestra en aquel encuentro y con lo cual los participantes se sintieron a gusto por el momento... Tú, sin duda, habrías aportado más componentes de este buen pensar.

Asistir a un Café filosófico como el nuestro, donde se escucha, donde se comprende, donde no se compite, ni se domina, ni se presume, sino que se colabora en un diálogo conjunto y virtuoso es todo un privilegio extraño y delicioso. Venimos, precisamente, a lo que dice el enunciado del tema de este día: a pensar bien juntos. Con la confianza que heredamos de Sócrates, pues ya sabemos todo lo que necesitamos saber, tan sólo hace falta escarbar un poco dentro de nosotros mismos, pues lo principal, lo más importante, ya lo poseemos, puesto que lo somos. Aquí, entre nosotros, somos capaces de escucharnos sin prejuicios (eso sería la negación de toda escucha), venimos a ser más conscientes de nuestras elecciones, a darnos cuenta de lo que de verdad queremos, a no desoír el sufrimiento (una buena escuela de aprendizaje), es decir, que no buscaremos con nuestra capacidad de pensar sólo lo que nos gusta y apetece, sino la verdad, y venimos a compartir, a enriquecernos con los diferentes pensamientos de los demás (el pensar es uno, pero los objetos a los que se aplica y el modo de aplicarlo pueden ser muchos, como diría Descartes). El que piensa es el individuo, pero dicho pensar no es completo si no es un pensar con otros, si no es un diá-logos, varias mentes coordinadas al unísono, tratando de entenderse para acceder a una respuesta, una respuesta mínima y mejor. Por todo ello venimos a disfrutar, y disfrutamos, en un Café filosófico. Una escuela de pensamiento libre, abierto y crítico. En el fondo, se trata de darse, de vez en cuando, un atracón de buen pensamiento. Para cuando nos haga falta... ¡Que nos aproveche!






miércoles, 11 de mayo de 2022

Sobre la resiliencia


Café Filosófico en Torre del mar 1.4

05 de mayo de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas

¿Qué pensáis que habría sido de Heracles si no hubiesen existido un león y una hidra y una cierva y un jabalí y unos cuantos hombres malvados y salvajes, a quienes él expulsó y barrió del mundo? ¿Qué habría hecho si no hubiese existido nada de eso? ¿No es verdad que se habría dedicado a dormir, bien arropado? Así que, para empezar, no habría llegado a ser Heracles, toda la vida adormilado en tal molicie y sosiego. ¿Qué utilidad habrían tenido sus brazos y toda su fuerza y su firmeza y su nobleza, si no le hubiesen movido y hecho actuar tales peligros y situaciones?

    Epicteto

¿Cómo ser resilientes?

El amor como mejor se expresa es amando. En un reciente Taller de filosofía estuvimos viendo cómo el amor es amar y no: ser amado. Una cualidad esencial del ser humano que se expresa de muy diversos modos... Y dio comienzo el encuentro preguntando a los que allí estaban: para ti, ¿qué es amar? Y aportaron las notas propias de esta capacidad de amar, cada cual desde su propia experiencia: confianza, cuidado, poesía, alegría desde el corazón, entrega de lo mejor que soy, aceptar, comprender, dulzura sentida, empatía, respeto, vida, atención a las necesidades del otro, sin obviar las propias, bondad, admiración... Muchos son los riesgos que se derivan de un amor egocentrado, narcisista o infantil. Ejercitémonos en el verdadero amor... dándolo y aprendiendo también a recibirlo.

Más allá del sentido de la vida, de la amistad, de la pertenencia... en el entre de la reunión estaba pugnando por aflorar con fuerza la temática de la resiliencia. Puede que sea un tema algo técnico, pero más acá de su nombre, aquello que trata de recoger dicho concepto psicológico lo hemos observado en multitud de casos y, por lo general, también en nosotros mismos: una fuerza interior, capaz de afrontar los momentos difíciles de la vida. Siempre que no se frivolice, si está de moda actualmente será que se necesitaba. Hemos accedido a la conciencia de la importancia del buen manejo de nuestras emociones. Algo que ya se sabía desde antiguo, al menos desde las escuelas helenísticas, pero que quizás teníamos algo arrumbado en el desván de la razón, que parecía la dominadora. La palabra latina de la que deriva (resilio) significa: volver atrás, volver de un salto, resaltar, rebotar. En el campo de la física y la química se refiere a la capacidad de un material para volver a su estado inicial, después de ser sometido a una fuerza que lo deformaba.

Los participantes se aprestaron a dar contenido a este concepto, desde su experiencia vital. Y destacaron estas cualidades: capacidad de adaptación a lo nuevo, fortaleza, capacidad de superación, resistencia, capacidad de lucha, de confianza en la realidad y en las propias posibilidades. Pero les preocupaba: ¿cómo ser más resilientes? Entendiendo por “resilientes”, una virtud sobre todo individual, que se puede expresar socialmente (aunque sea de un modo figurado), y que poco a poco hay que ir incorporando en nosotros, como un hábito, como ha de suceder con toda virtud, como diría Aristóteles, a modo de aprendizaje o entrenamiento, a veces con la ayuda de otras personas. Pues bien, ¿cómo desarrollar esta virtud? Ellos y ellas te dan algunas claves, acerca de las cuales tú mismo tendrías que ver su utilidad y decidir si lo practicas.

Aprender a ver el lado bueno de las cosas, atreverte a romper tus hábitos anteriores para responder de una manera nueva a los retos de la vida, sin duda, adquirir nuevos recursos (también en la forma de nuevos conocimientos o formación), tomar conciencia (muy importante) de lo que sucede o te sucede, aceptarlo y buscar los medios para mejor resolverlos, pero no angustiarse, dar tiempo al tiempo, relativizar tus propios problemas, casi nunca son tan importantes, amar (como se decía al principio de este relato) y valorar cada cosa de la vida, pequeña o grande, y lo bueno que te puede ofrecer, las nuevas oportunidades que se te ofrecen, ser generoso con tu propio esfuerzo, no escatimes, da de ti siempre lo máximo que puedas dar en cada momento, fabricarse uno una pequeña autodisciplina para llevar a cabo lo que hemos considerado que es lo mejor en esa situación, y confiar... en que todo se irá resolviendo, poniendo de mi parte, y no dejes de amarte a ti mismo, tienes mucho que mostrar y que ofrecer; finalmente, incorpora todo esto en tu vida como un hábito, germen de la verdadera virtud. Para los griegos, virtud significaba: el desarrollo excelente de la cualidad propia de un ser. Ya poseemos las cualidades que necesitamos, puesto que estamos vivos y vivimos, tan sólo hace falta desarrollarlas. ¡Y el grupo te anima a ello!




lunes, 9 de mayo de 2022

Sobre el progreso

Café Filosófico en Castro del Río 5.4

29 de abril de 2022, Casino de Castro, 18:00 horas


Cuando utilizamos el tiempo como medio de adquirir una cualidad, una virtud o un estado del ser, no hacemos más que aplazar o esquivar lo que es (…) El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se engaña a sí mismo.

Khrishnamurti


¿Qué es un progreso?

La imagen que en mi mente se ha ido construyendo acerca de la realidad, de los demás o de mí mismo hace que mi mundo sea mi mundo. En particular, a los participantes de este Café filosófico en el Casino de Castro del Río, se les pidió que, por un momento, se hicieran cargo de la imagen de los demás en su mente: ¿Cómo veo yo a los demás? Esto es vital en las relaciones humanas. Porque aquello que ha crecido en mí, eso tenderé a ver fuera de mí... Ellos y ellas fueron tomando conciencia de esta situación: no me relaciono, habitualmente, con una persona sino con la imagen que me he formado de ella. Darnos cuenta de esto nos ayuda a tratar cada vez más con la persona que es (por sí misma) y no tanto a través de la idea que he construido de ella en mi mente. Por todo esto, además, la relación humana es una oportunidad maravillosa, si se sabe aprovechar, para aprender sobre uno mismo. Los demás pueden ser un espejo para mí, en donde poder mirarme. Estoy yo, ahí, en mi relación con los demás... Lo que trajo a la memoria de uno de los participantes un cuento de origen árabe, que dice más o menos así (al final, tienes una pregunta para ti):

A un oasis llega un joven, toma agua, se asea y pregunta a un anciano que se encuentra descansando:

¿Qué clase de personas viven aquí?

El anciano le pregunta:

¿Qué clase de gente había en el lugar de donde tú vienes?

Un montón de gente egoísta y mal intencionada. Estoy encantado de haberme ido de allí –replicó el joven.

Lo mismo habrá de encontrar aquí –respondió el anciano.

Ese mismo día otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano preguntó:

¿Qué clase de personas viven en este lugar?

El anciano respondió con la misma pregunta:

        – ¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?

      – Un magnifico grupo de personas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele mucho  haberlos dejado.

       – Lo mismo encontrarás aquí — respondió el anciano.

Un hombre que había escuchado ambas conversaciones le preguntó al anciano:

¿Cómo es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?

Entonces el anciano contestó: (…) Ahora es tu turno: ¿Qué le pudo contestar el anciano al hombre que observaba la escena?

La sempiterna idea de progreso en nuestra cultura, occidental moderna, fue el tema elegido por los participantes para su indagación aquella tarde. Pero, ¿qué es un verdadero progreso? Porque, hemos avanzado, sí, pero no todo va bien en nuestra época, imbuida de tanto “progreso”. Valoramos el progreso, y por eso también somos críticos con la resolución de esta idea que se ha fraguado, sobre todo, desde la época de la Ilustración. Primero, quisieron clarificar el concepto, a qué nos referíamos con la idea de progreso. Y como el tiempo estaba implicado, respecto al pasado, podía significar un avance, una mejora, en relación al mundo anterior; respecto al futuro, en el sentido de Kant, el acercamiento o alejamiento conforme a lo que nos parece más preferible o ideal, lo que querríamos alcanzar, la meta última que perseguimos; pero hay otra perspectiva posible, que en tantas ocasiones pasa desapercibida... ¡Pero no para nuestros participantes! ¿Qué sería un progreso desde el presente? Esta es la vía que explotaron con gran sabiduría. Ahora lo veremos. Si bien, hay que saber que a ello se llegó, precisamente, porque la concepción habitual del progreso no les pareció nada satisfactoria.

Por nuestra vivencia actual del progreso transita un error: la consideración de un progreso meramente cuantitativo, acumulativo, un crecimiento exponencial, ciego, inacabado, infinito... Tú mismo, querido lector, puedes poner muchos ejemplos de ese progreso acumulativo, imparable, voraz y sus estragos en nuestras vidas. Seguro que coinciden con los que pusieron los propios participantes: ejemplos fallidos de progreso. Hemos progresado, sí, pero también hemos retrocedido... y muchas veces no hemos avanzado nada o hemos creado nuevos problemas. Poned, poned vuestros propios ejemplos. Pero, exploremos con ellos una vía alternativa del progreso, un progreso cualitativo. Podemos seguir ampliando nuestra casa, nuestro territorio, nuestras posesiones, o también podemos ahondar en lo que ya tenemos, en lo que somos. Una vez me dijo mi padre que ya no compraría más tierras, sino que mejoraría lo que ya tenía, para disfrutarlo, para embellecer lo que ya había conseguido, para ahondar en ello. Era ambicioso, pero sería desde luego una ambición más lúcida.

Para progresar, ¿es necesario cumplir los objetivos? Así pensamos hoy día... Pero, ¿es posible progresar aunque no se cumplan los objetivos trazados de antemano? Pensar, como diría Oscar Brenifier, es también pensar lo impensable. Y, en este caso además, pensamos juntos. ¡Mejor que mejor! Mayor progreso... O quizás habría que decir: mejor progreso. Por ejemplo, podemos dar pasos para reconciliarnos con nuestra propia naturaleza, que compartimos con los demás seres humanos y no humanos. Podemos profundizar en lo que ya hay, en lo que somos. Podemos darnos cuenta de que el estado de plenitud es aquel en que ya no necesitas nada más, no falta nada aunque no hayas conseguido todo. Podemos desplegar, actualizar todas nuestras capacidades; no se trata de acumular resultados, sino de desarrollar todas nuestras posibilidades, como seres conscientes, aquí y ahora. Vale.

martes, 26 de abril de 2022

Sobre el odio

Ángel Caído (detalle) Alexandre Cabanel
 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.7

22 de abril de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

Sólo se está libre del miedo cuando la mente es capaz de considerar el hecho sin interpretarlo, sin ponerle un nombre, un rótulo. Esto es sumamente difícil, porque los sentimientos, las reacciones, las ansiedades que tenemos son prontamente identificadas por la mente y reciben un nombre.

                                            Krishnamurti

Nadie va a negar que hay mucho odio en el mundo que vivimos. Tal vez siempre lo ha habido. Pero vamos a tratar de ver por qué se odia. Vamos a indagar en su naturaleza íntima, de la mano de este grupo de personas que se reunieron para dialogar juntos, en la cafetería El Pianista del Carmen. Les inquietaba la doble moral, la deshonestidad, el miedo, el odio. Al elegir para aquella tarde la temática del odio, sin saberlo, también querían hablar del miedo. Porque el miedo incluye una gran dosis de ignorancia. Si tú quieres saber, acompáñanos en este viaje al espacio que crearon los participantes de este café filosófico.

No hemos dicho que se celebraba el día del nacimiento de nuestra querida María Zambrano, así que el animador de este encuentro tuvo a bien traerla aquella tarde. A través de una de sus frases que, precisamente, aparece como lema en el escenario del Centro de Estudios sobre el Exilio de Vélez-Málaga, perteneciente a su obra Persona y Democracia:

Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, ser persona.

Pero, ¿qué es ser persona? Esto es lo que importa, que seamos conscientes y nos vivamos como personas. Significa que nosotros nos reconocemos como tales y también reconocemos en los otros el ser persona. Así que podemos repasar nuestra experiencia y mirar cuándo no hemos tratado a un ser humano (o no me han tratado) de este modo. Y, en esos casos, ¿cómo nos hemos sentido?, ¿qué nos ha faltado para sentirnos personas? De esta manera, pudieron los participantes dar con sus ingredientes básicos: la persona es un ser pensante, que ríe, que es capaz de empatía, digno de respeto, que es capaz de amar, un ser sensible y sintiente, que es capaz de convivir, de elegir, de valorar, que es autónomo y único. Todos hemos sentido alguna vez la importancia de estas cualidades, cuando no hemos sido reconocidos como personas en cualquier contexto...

¿En qué consiste el odio? ¿Por qué se odia? ¿Puede aprovechar a alguien? Por este orden, los participantes fueron desgranando sus reflexiones, siempre tratando de entenderse. Porque esto es lo que se busca, más allá de las opiniones particulares, en un encuentro como éste. Odiar sería un sentimiento intenso, visceral muchas veces, de rechazo, como respuesta a una amenaza, algo o alguien que se siente como una amenaza a su propia integridad. De algún modo, siempre está implicada nuestra propia identidad, que siente sus cosas en peligro. A partir de ahí, nuestra respuesta puede llegar a ser destructiva, quizás autodestructiva, como se verá más adelante. Y esta sensación de amenaza aparece de modo consciente o inconsciente. Tú puedes añadir a esta esencia del odio aquello que creas que le falta..., pero detrás de la amenaza siempre hay miedo. Míralo bien.

Los participantes creyeron echar en falta otro tipo de miedo, origen también del odio: el miedo a lo diferente, al diferente; pero no es sino otra forma de amenaza de la propia identidad... ¿Por qué se odia, entonces? Y apuntaron dos carencias encadenadas: la incapacidad para ver (y amar) al otro como un igual y no verlo como una amenaza, que, a su vez, se basaría en una falta de conocimiento, un desconocimiento del otro o de lo otro. Esto no significa que el que odia no sepa que odia, sino que desconoce en el fondo por qué odia, cuál es en concreto esa amenaza a su propia integridad, que está larvada en su mismo odio. Puede creer que que actúa bien, sabiendo lo que hace, y que su odio está justificado, pero desconoce su verdadero bien, como diría Sócrates; que su acción está siendo llevada de la mano del miedo. Además, hay que decir que el odio se alimenta también en grupo, en numerosas ocasiones.

Incluso, alguno puede estar interesado en generar más y más odio, porque esto (se piensa que) puede sernos de utilidad... Miremos el origen de las guerras. Miremos la búsqueda de votos a través de la polarización de las posiciones, la radicalización las ideologías... ¡Tantas veces, polarizar puede parecer rentable a determinados intereses...! Lo que no es sino otra forma de ignorancia, una miopía cuyas consecuencias aparecerán más adelante, de una u otra manera. Por eso el odio puede llegar a ser autodestructivo, además de destructivo. Podéis pensar en cualquier caso conocido: a la larga, se perjudican ambas partes. Los participantes pusieron el caso de dos vecinos que se odian. Si así vivieran su relación, mal-vivirían. Y esta posibilidad sorprendió a algunos participantes. Pero el amo, no sólo el esclavo, ambos están alienados, como mostraba Hegel; ambos se deshumanizan y ambos sufren las consecuencias, antes o después, de un modo u otro. En conclusión, si el odio se basa en el miedo y el miedo es una consecuencia de la ignorancia, ya sabemos por dónde empezar a erradicar alguna parte del odio que aparece a la vista en este mundo. Salud.





miércoles, 13 de abril de 2022

Sobre la confianza


William-Adolphe Bouguereau, La tentación (1880)


Café Filosófico en Torre del mar 1.3

07 de abril de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El miedo es la otra cara de la confianza. La necesidad de controlar genera el miedo a perder el control.

Matilde de Torres Villagrá


La Taberna El Oasis de Torre del Mar nos recibió como a unos amigos se reciben. Y ese olor a jamón en el ambiente... ¡Cómo nos incitó nuestras ganas de dialogar! ¡Con cuánta confianza empezamos...! ¿Tú en qué, o en quién, confías? Preguntó el moderador a los presentes, y también te lo está preguntando a ti... Es muy importante, esto de la confianza, en nuestras vidas. Cómo vivir, si no... Cómo viviríamos, si no... Sin la armonía en nosotros mismos y con lo que nos rodea. Cómo convivir, si no... La confianza está en la base de nuestra existencia: poder descansar en nuestro ser. Sin una confianza interior mínima todo comienza a desmoronarse... nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestras creencias, nuestras palabras, nuestras relaciones...

Podemos confiar con facilidad en la gente que queremos, en todo el mundo, en principio; sólo en nosotros mismos, pues con los demás tengo mis reservas; podemos confiar en el género humano, en las personas en general, como una idea, en abstracto; podemos confiar en que todo lo que sucede es por algo, aunque no sepamos muy bien la causa –en todo caso, esto se va descubriendo a posteriori, pasado un tiempo– y que eso nos dé paz; podemos confiar en el mundo que nosotros mismos construimos, que siempre podemos mejorar; podemos confiar en el orden de la naturaleza, y en la medida en que algo se parezca a ese orden... Podemos confiar en muchas cosas, pero, ¿es una auténtica confianza, si le ponemos condiciones? Este fue el caballo de batalla de la discusión aquella tarde...

El grupo quiso plantearse tres cuestiones básicas sobre la confianza: ¿en qué consiste?, ¿cuál es su función?, ¿debemos hablar de distintos niveles de confianza? Pues bien, la respuesta a la primera pregunta, ayudó con el resto. ¿De qué está hecha la confianza? Si decimos que la confianza tiene que ver con algo esperable, algo que podemos esperar con un grado suficiente de seguridad, pondríamos la seguridad en el objeto, en algo que no depende de nosotros, en algo exterior... Los participantes tuvieron muy claro que una buena definición de “confianza” ha de retrotraernos al sujeto que confía, y no situarse en el objeto, ya que es el sujeto quien lo considera digno, o no, de confianza. Acordaron esta definición: la confianza es una cualidad del sujeto que consiste en una actitud o mirada, desde el interior, segura o asentada en sí misma, tácita o consciente (más o menos consciente), que puede trabajarse, desarrollarse, aunque todos nazcamos con una fuerza o confianza básica (que se aprecia en los niños pequeños y en los animales).

Y afloró al primer plano la discusión acerca de si una confianza condicionada (a la que le ponemos condiciones) es una verdadera confianza. No estaba esto nada claro para algunos de los participantes. Pero la introducción de los aspectos afectivos de la confianza, encauzó el diálogo hacia un nuevo territorio... Una de las participantes quiso probar si el amor es o no es uno de los ingredientes de la confianza, si no van de la mano el amor y la confianza, si no se coimplican mutuamente. ¿Puede haber amor sin confianza? ¿Y viceversa? Y surgieron dos componentes afectivos más que interesantes de la confianza: la entrega y la aceptación. La entrega puede ser la cara emocional de la incondicionalidad, que muchos intuían como ingrediente necesario para una confianza de veras. Soltar tanto empeño por controlar todo y confiar... En cuanto a la aceptación, ¿qué es antes, la aceptación o la confianza? Y convino el grupo: según lo que sea anterior o posterior, la aceptación o la confianza, surgen dos estilos de vivir. Uno que necesita aceptar antes que confiar y otro que necesita confiar para aceptar. Tú puedes meditar qué suele funcionar en ti...

Ahora bien, ¿qué nos aporta la confianza? Y, en esto, se mostraron firmes: un sentimiento de seguridad, de tranquilidad, de paz, como en un paraíso, un estado de protección, de felicidad... Por consiguiente, la pregunta que queda en el aire: ¿porqué no vivir así? ¿Por qué no tratar de vivir siempre así, en casa de la confianza? Si los efectos negativos de la desconfianza ya los conocemos, precisamente, todo lo contrario de los sentimientos anteriores, entonces, ¿cómo quiero vivir? ¿En el mar tranquilo de la confianza? ¿O en mitad de la desapacible tormenta de la desconfianza? Aunque alguna vez la realidad me defraude, aunque alguna vez sufra algún daño, aunque el exterior me falle alguna vez... ¿Cómo quiero vivir?





martes, 12 de abril de 2022

Sobre la empatía

William-Adolphe Bouguereau, En la fuente (1897)

 
Café Filosófico en Capileira 1.3

09 de abril de 2022, Biblioteca Pública, 17:00 horas


Homo sum; nihil humani a me alienum puto [soy un hombre, nada humano me es ajeno] dijo el cómico latino [Terencio]. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre.

Miguel de Unamuno


En nuestro tercer encuentro filosófico de la Alpujarra granadina se dieron cita personas de Bubión, de Órgiva y, cómo no, de Capileira. De nuevo, la Biblioteca Pública del pueblo más alto del Poqueira nos acogió con agasajo. Después de explicar un poco el sentido de una reunión como ésta, pensado sobre todo en los nuevos asistentes, el animador del encuentro planteó una práctica filosófica de origen estoico. El filósofo liberto romano, Epicteto, nos aconseja un sano ejercicio, que consiste en aprender a distinguir entre “lo que depende y lo que no depende de nosotros”. Una parte importante de la posibilidad de vivir una vida buena se juega con este aprendizaje. ¡Cuántos sinsabores y sufrimientos se derivan de la confusión entre lo que depende y no depende de nosotros! Creyendo que lo que depende de mí, no depende de mí, y que lo no depende, sí depende...

Y no resultaba un ejercicio tan sencillo... La discusión en cada caso sirvió para ir aclarando lo esencial de la distinción. Mi tranquilidad, claro que depende de mí, sean cuales fueran las circunstancias exteriores. Que yo tenga la familia que tengo, no depende de mí, pero sí el que yo pueda comprenderlos. Mi comportamiento siempre va a depender de mí, pero no lo que hagan otros. Las guerras y lo que sucede en la sociedad no depende de mí, pero sí el decir lo que pienso y actuar de acuerdo a ello. Los acontecimientos actuales no dependen de mí, pero elegir el mejor canal posible de información, sí que es cosa mía. Parecería que, en algún grado, todo depende mí, pero hay cosas muy claras que no dependen de mí: mi cuerpo, mi edad, mi época, mi educación... Yo he de procurar que mis decisiones sean las mejores decisiones posibles, pero no soy responsable de las decisiones que adopten los demás y sus consecuencias. Yo no puedo cambiar los problemas que tienen su origen en la política actual (al menos, yo no puedo solo), pero mejorar el pequeño mundo que me rodea, eso sí depende mí. En general, siempre va a depender de mí mismo mi respuesta o reacción ante lo que pasa o lo me pasa... Algunos participantes manifestaban sus dificultades para delimitar bien lo que depende y lo que no depende de nosotros, pero todos tomaron conciencia de la importancia de este trabajo. El arte de vivir.

¿Hay que poner límites a la empatía? Esta fue la cuestión a la que se aprestaron los participantes, aquella tarde de sábado. El concepto “empatía”, y más todavía que la actitud correspondiente, está bastante de moda en nuestro tiempo. Y, de hecho, muchos problemas que podemos apreciar en la convivencia vendrían de esta falta de “sentimiento con el otro”, una incapacidad para “ponerse en su lugar”. El desarrollo de la inteligencia emocional es hoy día ineludible, incluso desde las edades tempranas. Ahora bien, ¿tenemos que empatizar con todo tipo de situaciones, personas o conductas? Los participantes quisieron enfocar la cuestión de esta manera... les preocupaba. Y, después de dejar claro que hay una mayor facilidad para empatizar con lo cercano que con lo lejano, con lo personal que con social o meramente racional, y que la solidaridad no es más que la puesta en marcha, en el plano social, de la empatía (de la que depende, por tanto), casi desde el comienzo de la discusión, los participantes ofrecieron una clave esencial para entender –los posibles– límites de la empatía: necesitamos la empatía, pero que sea una empatía lúcida o crítica.

Ciertamente, los Derechos Humanos pueden ser un límite... ¿Debemos mostrar nuestra empatía con alguien que está violando estos derechos universales? La pregunta retuvo bastante tiempo a los asistentes. ¿Debemos empatizar con todo el mundo? Nada de lo humano nos es ajeno, y todo lo humano es digno de ser comprendido. Una empatía lúcida o crítica tendría que ser capaz de no confundir empatía con simpatía, pero tampoco, empatía con la tolerancia de lo intolerable, confundir empatizar y justificar. Debemos esforzarnos por comprender desde dónde una determinada persona actúa y no confundir esto con sus acciones, justificarlas o tener que estar de acuerdo con ellas y sus consecuencias. Sentir con el otro no significa que nos identifiquemos por completo, y que yo no sea crítico con lo que piensa, dice o hace. Simplemente, hemos de separar a la persona de sus actos. Y, siempre, empatizar con la persona. ¿Qué se está jugando aquí? Según aquello que persigamos: si lo que queremos es castigar o lo que queremos es apartar o lo que queremos es ayudar, contribuir a que una persona mejore o aprenda de sus errores... Esto es lo que está en juego con nuestra actitud de empatía. No es bueno mezclarlo todo y que nuestra empatía sea una empatía ciega, pero puede que sea peor todavía no tener ninguna clase empatía. Y esto siempre depende de nosotros mismos, ¿no es verdad?