Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

sábado, 12 de noviembre de 2011

PROMETEO DESENCADENADO

Prometeo desencadenado. Una crítica constructiva de la razón tecnológicaPROMETEO, el gran benefactor de la humanidad, pena encadenado el robo del fuego sagrado de los dioses. Gracias a ello los seres humanos habían podido pasar del estado de naturaleza a la civilización. Fueron así capaces de desarrollar las artes y el conocimiento de las cosas. Inventaron y transformaron, y sobrevivieron. Pusieron a su servicio a las demás especies animales y vegetales, de manera que sus recursos se acrecentaron sin cesar. Pero no consiguió darles también a los hombres la sabiduría que les permitiera convivir armoniosamente entre ellos mismos y con el entorno natural. Les faltaba el sentido moral del respeto mutuo y de la justicia política, que Zeus mandaría repartir más tarde entre todos por igual, pues no era cosa que pudiera dejarse en manos de técnicos y expertos, a quienes todos los demás debieran acatar. De otro modo, no habría ciudades en las que todos pudieran participar por igual y dar lo mejor de sí mismos para construir algo bueno juntos.

Pagó cara su inveterada insolencia hacia el orden impuesto por los dioses. Trajo la técnica a los hombres, que no sabían todavía hacer un buen uso de ella, volviéndolos prepotentes y peligrosos para el equilibrio sagrado del mundo. En el lejano Cáucaso, un águila le devoraba las entrañas cada día, un castigo eterno pues era inmortal. Pasado el tiempo y con el consentimiento de Zeus, Heracles mató al águila y ahora tenemos a Prometeo desencadenado desde hace ya bastante tiempo entre nosotros. No obstante, guarda todavía el titán de la humanidad un recuerdo de su pasado insensato: un brazalete hecho de la roca caucásica a la que estuvo encadenado. Una advertencia del poder otorgado al hombre y de la responsabilidad que éste mismo conlleva.


Como acierta a decir Hans Jonas, definitivamente desencadenado, Prometeo nos está pidiendo una ética y una política nuevas, más responsable, “que evite mediante frenos voluntarios que su poder lleve a los hombres a su desastre”.

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sábado, 22 de octubre de 2011

El argumento de la fuerza y sus consecuencias




Dos estilos de vivir: el que prefiere la fuerza de los argumentos y el que opta (o no puede dejar de optar) por el argumento de la fuerza. Las "consecuencias del conflicto", o de los conflictos, son harto diferentes en un caso y en el otro.
Si se emplea la violencia para lograr objetivos, el argumento de la imposición de mi idea o mi propuesta (lo que yo quiero que sea o se haga) por la intimidación o por el dominio hacia otros, ya sea mediante la agresividad teatral de origen animal (encrespar el lomo para aparentar que se es más grande y más fuerte), el desprecio, o la violencia pura y dura en cualquiera de sus formas, el daño producido, tanto si consigue el objetivo como si no, pone las cosas mucho más difíciles para crear un futuro mejor juntos y se vuelve contra todos.

La víctima: sufre dolor y pérdida y, con frecuencia, no perdona ni olvida (en todo caso, perdonará pero no olvidará), y, si puede, aprenderá a sobrevivir también, convirtiéndose ahora en el verdugo siempre que le sea posible, si dispone de la fuerza material necesaria y le quedan arrestos. Por ejemplo: el pueblo judío de ayer y los dirigentes israelíes de hoy; por ejemplo: los hijos que sufren maltrato, que muchos de ellos reproducirán los mismos roles que les han hecho sufrir, y estarán luego abocados a ser maltratadores o maltratados. Es lo que recoge el dicho: "la violencia engendra violencia".

El violento: por aprendizaje del contexto en que se mueve o bien por impotencia personal, no sabe relacionarse de otro modo que no sea avasallando y dominando. Será un desconfiado de por vida, de manera que los demás, de partida, "mientras no me demuestren lo contrario, no son de fiar y son peores que yo". Por eso, se dice, hay que pegar primero. Y no se sentirá responsable de las consecuencias de su acción violenta (que además de ser violenta, violenta a los demás) y exigirá reparo por las consecuencias sufridas, pero no estará dispuesto a reconocer fácilmente, siquiera por simetría, las infringidas a otros. Por ejemplo, la violencia etarra. Se habrá acostumbrado a vivir de ese modo y su reeducación será larga y costosa. Le llevará mucho tiempo distinguir la asimetría que hay entre el daño sufrido como verdugo y el daño sufrido como víctima, es decir, el daño que se ha producido al intentar lograr violentamente unas metas unilaterales y egoístas. Por ejemplo, las consecuencias del "conflicto" derivadas de la violencia etarra. Una finalidad perseguida con medios violentos obstaculiza la resolución de su final.

Por contra, está la vía de la fuerza de los argumentos. Menos violenta, con menos daño y más fácilmente reversible, y que no lastra tanto el futuro. La violencia que se produce hoy, en el fondo, pensadlo, mañana no será buena para nadie, pues hipoteca seriamente la construcción de un futuro conjunto de paz y libertad. Por ejemplo, también la muerte violenta del dictador libio.

domingo, 16 de octubre de 2011

La crisis económica o el precio de la dependencia


Desde siempre se ha sabido que la autarquía, ser capaz de autogobernarse, ser capaz de pensar y de actuar por uno mismo sin la dirección de otro, como decía Kant, es una seña de identidad, una virtud, del modo de vida más sabio. Algunos pueden pensar que la filosofía poco tiene hoy que decir, pero el olvido de lo más básico, por más obvio que parezca, puede generar con el correr de la acción y del tiempo grandes males. Si los Estados se han vuelto gradualmente dependientes de los “mercados financieros” (una entidad no eterna sino socialmente construida), para financiarse y sufragar sus apuestas electorales, es decir, su cosecha de votos a cuatro años vista plantando obras y exhibiciones deslumbrantes, era natural que “ellos” acabaran tomando las decisiones que más les convenían para poder autoregularse por sí mismos y mantenerse vivos, poniendo a su servicio a la política, que ahora tiene que “ganarse su confianza” para que, graciosamente, dé un respiro a la presión del beneficio a toda costa del pueblo y la economía real, esa economía virtual que ha logrado interactuar con ella y controlarla. La independencia absoluta es imposible, pero la dependencia adquirida, la económica incluida, siempre se cobra el precio de la heteronomía: te maleduca y te vuelve aún más dependiente e incapaz de valerte por ti mismo. Mucho tiene hoy que decir la filosofía de todos los tiempos. Procura ser autónomo, la dependencia se paga cara, individual y socialmente.

Es también lo que recuerda esta llamada a la indignación global del 15-O:

"Hoy, más que nunca, fuerzas globales determinan nuestras vidas. Nuestros trabajos, nuestra salud, nuestra vivienda, nuestra educación y nuestras pensiones están controladas por los bancos internacionales, el mercado, los paraísos fiscales, las corporaciones y las crisis financieras. Nuestro medio ambiente está siendo destruido por contaminación en otros continentes. Nuestra seguridad la determinan las guerras y el comercio de armas, drogas y recursos naturales que benefician a personas fuera de nuestras fronteras. Estamos perdiendo el control sobre nuestras vidas. Esto debe terminar. Esto va a terminar. Los ciudadanos del mundo debemos recuperar el control sobre las decisiones que nos afectan a todos los niveles – de global a local. Esto es democracia global. Esto es lo que hoy exigimos".

Del Manifiesto "¡Globalicemos la Plaza Tahrir! ¡Globalicemos la Puerta del Sol!"
Intelecuales como Naomi Klein, Noam Chomsky y Eduardo Galeano firman un manifiesto global de apoyo a las marchas del 15-O  (Fuente: PÚBLICO.ES, 15/10/2011 01:00)

jueves, 6 de octubre de 2011

Filosofar para vivir mejor, y quien sabe si para triunfar en la vida



Aunque habitualmente no suelen interesarme demasiado los personajes mediáticos, cuando he tenido noticia de este discurso, que Steve Jobs pronunció en 2005, en la ceremonia de graduación de la Universidad de Stanford (lamentablemente tarde, coincidiendo con su fallecimiento), no he podido evitar la sorpresa ni el interés que me ha suscitado su persona.

Sabíamos que la filosofía puede ayudar a aprender a vivir, como lo hacía en otros tiempos más que ahora, que la filosofía busca saber para vivir mejor -que es en lo que consiste la sabiduría-, que no se trata tanto de saber filosofía (de conocer las filosofías, lo que otros han pensado), sino de filosofar y de vivir filosóficamente, si se puede. Esto significa que uno ha de vivir como piensa y pensar como vive. La sorpresa puede residir en la posibilidad añadida, para alguien que dirija su vida por principios filosóficos y los ejercite, de que este modo de vida también pueda llevarle a tener éxito social. Si alguien pensaba que la filosofía "no sirve para nada", habría de saber que quizas sirva para esas otras cosas que también necesitamos para vivir bien. Se puede llegar a ser famoso o tener éxito sin vivir bien consigo mismo y con los demás, en cuyo caso de poco sirve, pero, a veces, también se puede llegar a vivir bien y de paso tener éxito en la vida, por qué no.

¿O es que no es cierto que hay mucha filosofía en el discurso de Steve Jobs?
¿Y es que no muestra con sus palabras que él se ejercitaba a diario en el vivir mejor?

En su diálogo Fedón Platón decía que filosofar es aprender a morir, que es tanto como decir que filosofar es aprender a vivir. Steve Jobs sabía muy bien de lo que hablaba. Gracias, por mostrarlo tan elocuentemente a todos lo que quieran escucharlo.

lunes, 27 de junio de 2011

Sobre la religión

Café filosófico Castro (9/2)
Biblioteca Municipal de Castro del Río, 22 de junio de 2011, a las 20:00.


La religión revelada no es ni podía ser otra que la religión natural perfeccionada. De modo que el deísmo es el buen sentido que no está enterado aún de la revelación y las otras religiones son el buen sentido que pervirtió la superstición. Las sectas se diferencian unas de otras, porque son hijas de los hombres; pero la moral es la misma en todas partes, porque proviene de Dios" (Voltaire, Diccionario filosófico).

Alemania hoy. Durante la semana de proyectos, al profesor de instituto Rainer Wenger (Jürgen Vogel, en la película) se le ocurre la idea de un experimento que explique a sus alumnos cuál es el funcionamiento de los gobiernos totalitarios. Comienza así un experimento que acabará con resultados trágicos.
En apenas unos días, lo que comienza con una serie de ideas inocuas como la disciplina y el sentimiento de comunidad se va convirtiendo en un movimiento real: La Ola. Al tercer día, los alumnos comienzan a aislarse y amenazarse entre sí.
Cuando el conflicto finalmente rompe en violencia durante un partido de waterpolo, el profesor decide no seguir con el experimento, pero para entonces es demasiado tarde, La Ola se ha descontrolado... (http://www.unetealaola.com/)


¿Por qué el ser humano es religioso?

Uno de los participantes más ilustres de nuestro café filosófico planteó con nitidez una inquietud personal que podría suscitar el interés de toda la congregación de aquella tarde: la religión como dogma. Era una tarde calurosa, de las primeras veraniegas del año. Un aire reseco que había ido recogiendo toda la potencia solar durante el día nos recibía junto a la entrada de la Biblioteca Municipal. Se abrieron las puertas y se abrieron nuestras ganas de indagar juntos. Podría haberse hablado de la manipulación en la sociedad actual, pero la cuestión religiosa dio un fuerte tirón que nadie pudo resistir. Sea. ¿Por qué el ser humano es un ser religioso? La religión, ¿se nos impone desde la cuna y por eso somos religiosos? ¿O más bien ya lo somos por naturaleza? Así comenzó la andadura de aquel día, investigando el origen de la religión en el ser humano.

La cuestión de la religión es siempre controvertida. Muy dada a las posiciones radicales. No es de extrañar: lleva tanto tiempo entre nosotros, ha ocasionado tantos efectos en nuestras vidas y en nuestra historia que, tocarla es tocarnos por dentro. Por desgracia, la historia de las religiones ha estado transida de amor y de odio. Lo que es amor reinante entre nosotros, se vierte dolorosamente sobre los que no son como nosotros demasiadas veces. Crisis personales, conflictos políticos, guerras santas, intolerancia, fanatismo, superstición… Pero hoy estamos en condiciones de dar un tratamiento tranquilo y sosegado a la inquietud social e individual en torno a lo religioso. Dos tesis se abren camino sin dificultad: 1) la religión es una necesidad humana básica; 2) la religión nos ha venido impuesta socialmente, nos la inculcan desde pequeños. Sobre lo primero, se dice que se trata de algo ancestral en el hombre. Así aparece reflejado en los testimonios pictóricos y rituales que se han conservado hasta nuestros días de la vida en tiempos prehistóricos, que eso parecen indicar al menos. Sobre lo segundo, recuerdan algunos de nuestros participantes que la religión se organizó muy pronto como institución social, que había que mantener, conservar, difundir y defender, con una clase social interesada en todo ello, los sacerdotes.

Pero no se quedan ahí, en la diferencia de las tesis, pues son hábiles nuestros participantes manejando las relaciones conceptuales. ¿Qué relación hay entre la necesidad y la institución? Una se crea sobre otra. Una es la base de la otra. Las creencias religiosas que surgen de la necesidad humana de encontrar respuestas dadas y definitivas (hay en ello una diferencia clara con la filosofía) sirven de material para construir un edifico social y político. Conciencia del bien y del mal que necesita concreción; creencias organizadas. No son dos aspectos humanos diferentes, se han religado de hecho históricamente. ¿Están en el mismo nivel y, en un momento dado, entran en conexión? Nada de eso. Se trata de dos niveles bien diferenciados que pueden anudarse, y expresarse institucionalizadamente dicha necesidad (que también quizás pueda expresarse de otros diversos modos al margen de la religión organizada). Pues bien, ya tenía la reunión los ingredientes para la polémica, que tampoco tiene que estar ausente de un encuentro como el nuestro. Se plantea si la religión no estará actualmente en retroceso, en decadencia. Y para responder a la cuestión hay que comenzar estableciéndola para ambos niveles que hemos descubierto. La decadencia actual se refiere sólo al nivel de lo religioso organizado, no quiere decir que hoy día los seres humanos no sigan planteándose, y otorgándole la importancia que merece, el hecho religioso.

Y sobre lo anterior la polémica sigue con la misma intensidad, pero ahora sobre la causa de esa decadencia de la religión. -Es que no ha evolucionado como debía. -Pero, hombre, sí que ha evolucionado. -Que no ha evolucionado. -Que sí lo ha hecho. Un que-sí y un que-no irreconciliables, en este caso y en tantos otros. Es suficiente que nos demos cuenta de que esta típica discusión bizantina se resuelve de la manera más fácil, simplemente, tomando conciencia de las perspectivas que entran en juego. En nuestro caso, suele coincidir la perspectiva del creyente (o sus cercanías) con la conciencia de que la religión sí ha ido cambiando y adaptándose a los nuevos tiempos. Y suele coincidir con la perspectiva atea (o sus aledaños deístas o escépticos) la defensa acérrima de que no ha evolucionado, nada de nada; y se apresuran a poner muchos ejemplos actuales de anacronía. Unos tienen como punto de mira los comienzos en otros tiempos de las religiones y, desde esa perspectiva, ¡vaya si han cambiado! Los otros enfocan todo lo mucho que le quedaría por recorrer y, desde esta perspectiva, ¡qué poco han cambiado!

La verdad es que, según cuentan nuestros participantes, ninguna religión es monolítica, sino que suele contener disensiones internas, y conflictos, y que no se puede negar que ha evolucionado, pero en función de cada contexto, cada caso o cada persona. Según cada caso, pareciera que no hubiera evolucionado, o bien que hubiera evolucionado muchísimo, depende del punto de partida. Otra distinción que vino en nuestra ayuda (y que también os recomiendo a vosotros que estáis leyendo esto) es la referida al fondo y a la forma. Muy útil, probadlo y ya veréis. En el fondo, en los contenidos básicos, no ha evolucionado apenas. Sin embargo, en la forma de organizarse los contenidos religiosos, ha habido una gran evolución. Fue lo que pensaron la mayoría de los que allí estaban, ¿qué piensas tú?

No perdamos la pregunta que llevábamos: ¿la religión está hoy en auge, o está en decadencia? Lo discutido hace poco nos vuelve a ser útil. Ya hemos dicho que ha evolucionado en sus aspectos visibles, organizativos, externos, y dicha evolución es bastante cuestionable en algunas materias. (Una línea de investigación que no se planteó en la reunión, te la dejo a ti: la mirada hacia el aspecto interno, personal, de tus creencias religiosas y cómo las llevas, ¿ha ido cambiando, o no?) Para empezar, en muchas ocasiones, que todos podemos traer a la mente, en tantas celebraciones religiosas, se observa cómo la religión se ha vuelto superficial, folclórica. Hay folclore y también hay fervor. Pero hay mucho fervor y hay mucho folclore. Lo interno y lo externo, el fondo y la forma, nos ayudaban a entender bastantes cosas.

Ahora bien, profundicemos lo suficiente para comprender, no nos quedemos en la superficie. Es la llamada de atención del participante que propuso el tema del día y que veía con algo de disgusto cómo el tratamiento del tema podía escamotear algo sustancial del mismo. Lo externo de la religión, su estructura y organización social, no es simplemente algo en lo que quepa fijar la vista para darse cuenta de la posible decadencia del fenómeno religioso. La estructura típica de una organización religiosa es un ropaje perfectamente diseñado que puede siempre aparecer y reaparecer en diversos contextos. Y lo que puede ser razonable dentro de un esquema religioso como sistema social particular, puede conducirnos a situaciones potencialmente muy peligrosas, si logra extenderse como sistema general de una sociedad. El dogmatismo, la idolatría, la devoción, el culto a los símbolos y a un líder divino o cuasi divino, puede arrojarnos, y de hecho nos ha arrojado a lo largo de nuestra historia, y capturarnos, dentro de un sistema de dominación del hombre contra el hombre. Los fascismos de la época contemporánea son una buena muestra. No se trata de igualar fascismo y religión, de ninguna manera. Pero sí, quizás, de ser conscientes de los peligros de una religión intolerante y fanática convertida en credo social y político. Es decir, que es crucial para todos nosotros, creyentes o no creyentes, la expresión correcta y respetuosa de aquella necesidad ancestral de la especie humana, que era el otro nivel y elemento valioso de lo religioso en el hombre.

No es conveniente, quizás, ni falsear ni despreciar ninguno de los dos aspectos del hecho religioso que salieron a la palestra de la discusión filosófica. Tanto a creyentes como a no creyentes nos interesa el desarrollo adecuado de la faceta religiosa humana. Nuestros participantes de aquel día fueron capaces de ejercer una crítica de la religión, en tanto en cuanto pueda convertirse en folclore, espectáculo, o bien en fanatismo religioso. Y con ello no hacían otra cosa que reforzar entre todos el muro de la tolerancia, que tan necesitado está siempre. Seas creyente o no creyente esto te conviene, pues la religión de la escuela de la tolerancia puede contribuir a sembrar de tolerancia otras parcelas de nuestra vida social y a no esparcir otra clase más perniciosa de semillas.

miércoles, 22 de junio de 2011

Sobre la comunicación

Café filosófico Castro 2/8
18 de mayo de 2011, Biblioteca Municipal, 20:00 horas


¿Podemos comunicarnos realmente?

Nada existe; si algo hubiera, no lo podríamos conocer; y si algo pudiéramos conocer, no lo podríamos comunicar a otros (Gorgias de Leontini).

Todo participante en un proceso de entendimiento operaría sobre un consenso de fondo que descansaría en el reconocimiento intersubjetivo de al menos cuatro pretensiones básicas y universales de validez: que cada uno de los participantes se está expresando con sentido -inteligibilidad-, que está dando a entender algo –verdad-, que está dándose a entender –veracidad-, y que se entiende con los demás -corrección normativa- (Jürgen Habermas).


El pasado encuentro filosófico había dejado una cuestión pendiente. Un deseo no satisfecho. Una necesidad balbuciente. Una preocupación latente que aparece y reaparece siempre que intentamos entender y hacernos entender por parte de otros; subterráneo el temor hasta que entra en erupción y conmociona una relación humana entera. Se había discutido sobre los motivos para indignarse y se concluyó el relato de lo que allí pasó aquel día indicando que, ante la falta de comunicación que a veces se da, no hay que indignarse, sino ponernos manos a la obra. Pues bien, ahora tocaba ponerse a reflexionar juntos sobre la posibilidad que tenemos los seres humanos de llegar a comunicarnos. Ya veis que el grupo no deja las cosas para otro día, en la indefinición del “otro día ya lo trataremos”.

¿Podemos llegar a comunicarnos realmente? Siete personas que intentarían satisfacer el interés del día, una cuestión que apunta a la base de nuestra propia reunión, a la pretensión de poner en común lo individual a través de la confrontación dialógica. Dos personas más que aparecieron de súbito casi al final, confundidos con el horario, y que pusieron en serios apuros la complaciente estación en la que había puesto su pie la discusión. Todos ellos fueron los participantes de aquella tarde, constituían el único y auténtico mimbre para poder gestar lo que a continuación se intentará exponer. Si hubieran sido otros, el cesto construido entre todos hubiera sido distinto.

La respuesta inicial a la pregunta presuponía una negación ya en el mismo punto de partida: no nos comunicamos, no hay suficiente comunicación. Y todo el rato se luchaba por comprender a qué se debía esta falta. Es cuestión de acento. Ya sabéis: la botella puede estar medio-llena o medio-vacía. Si enfatizamos las ocasiones en que no nos entendemos, concluimos que la comunicación no es viable. Si lo contrario, concluimos que sí es posible, lo que pasa es que hay que esforzarse en ello: si a veces se puede, es que se puede. Pero, si ya partimos del presupuesto de que es imposible, ¿para qué intentarlo? Sócrates contra Gorgias: esperanza de alcanzar lo deseado y propuesta de trabajo para ello, frente a escepticismo paralizador. El grupo continuó con la indagación. ¿Querría decir que el espíritu socrático dominaba la reunión? ¿O más bien, Gorgias acechante dominará el diálogo al fin y al cabo? ¿Será capaz de convertir a los participantes en acólitos suyos?

No nos comunicamos de verdad, no nos entendemos, y esto ocurre porque creemos que sabemos de todo, que somos tan autosuficientes que… no necesitamos de los demás. ¿Para qué gastar energías en tratar de entendernos con ellos, entonces? Se nota mucho –dicen- en la relación entre jóvenes y mayores. No obstante, para formarse uno como persona, ¿no es cierto que hace falta interactuar con otros? Para educar, ¿no es necesario comunicarse? En el ámbito familiar es frecuente la dificultad para entenderse. Puede ser lo que se ha dicho antes: como creemos que conocemos perfectamente a nuestra pareja, a nuestro hijo, a nuestra madre, ¿para qué escucharle, si ya sé por dónde va? Y puede que sea cierto: no haría falta hablar. –Pero, ¿acaso hay que hablar para comunicarse? -No, no hace falta. Para entenderse no hace falta muchas veces hablar (incluso, los silencios también son significativos y pueden estar cargados de significado). Aunque no estamos tratando ahora acerca de qué medio emplear para entendernos (ya sabemos que hablando se entiende la gente -o intenta entenderse-, según el dicho), sino de entendernos, si es posible entendernos. Los asistentes tienen muy claro el daño que ocasiona poseer una concepción previa de alguien para comunicarte con ese alguien. Este impedimento habría que procurar eliminarlo, señalan. A eso se le llama prejuicio, una carga previa que descargas sobre la posibilidad de comunicarse. Y cuando la descarga se completa, queda ya poco que hacer. Interesante conclusión.

Se estaba hablando de comunicarse, de entenderse. ¿Es lo mismo entender y comunicarse? El grupo inicia así, un pequeño alto en el camino. Pasan al nivel metadiscursivo -es decir, hablan de lo que se está hablando-, para aclarar esta cuestión terminológica. Es interesante darse cuenta -como ellos se dieron cuenta-, de que se puede medir el grado de comunicación a través del grado de entendimiento. Si nos estamos entendiendo, nos estamos comunicando. Y, a su vez, ¿de qué modo podemos saber si nos hemos entendido? –Si estamos de acuerdo, se dijo. Respuesta al uso que hay que pensar más a fondo: para poder pensar lo no pensado. Realmente, ¿no podemos llegar a entendernos sin estar de acuerdo? Si ello fuera posible, es decir, entenderse sin tener que estar de acuerdo, quizás podrían observarse desde un mejor otero nuestras relaciones con otros, a menudo conflictivas, a menudo desesperantes o desgarradas. Muchas discusiones serían productivas, en lugar de destructivas. Aceptar que no siempre podemos estar de acuerdo, ni podemos coincidir del todo, ¿no aliviaría lo bastante una relación como para convivir aceptablemente? ¿Qué os parece? ¿Dejamos de perseguir convencer a nadie, dejamos de perseguir estar de acuerdo en todo con todo el mundo? Quizás se podría abrir un mundo nuevo de relaciones más humanas. Si el objetivo hubiera sido entenderse, en lugar de estar de acuerdo (o más bien, muchas veces, que el otro esté de acuerdo conmigo); en lugar de convencerlo, de persuadirlo a toda costa, de ganar la pugna de la razón (en realidad, la batalla del “yo tengo la razón”), en tantas y tantas situaciones, ¿no nos hubiera cantado otro gallo? ¿No hubiera cantado otro gallo también aquel día? ¿Te acuerdas?

¿Con quién es más fácil entenderse, con alguien extraño o con alguien familiar? El moderador obliga así a retomar así un hilo de discusión anterior, por si podía dar más de sí, estirarse un poco todavía. Porque sucede a veces que nos resulta más fácil y más cómodo comunicarte siendo tú mismo con un extraño. A veces le contamos de nosotros mismos algo que difícilmente confesaríamos a alguien cercano. ¿Qué puede significar esto? Y el grupo se ratifica en la misma línea argumentativa de antes. Será que estamos convencidos plenamente de ello. Y, puesto que se ha arribado al mismo puerto, lo tomaremos como verdad. Una verdad siempre provisional, siempre situada, siempre propia del momento y de las personas de ese momento. Se trata de investigar juntos, y como se trata de una investigación, la investigación nunca concluye del todo. Le sucede hasta a la ciencia mejor establecida socialmente. Seguimos contando: ¿por qué es más fácil entendernos con un extraño en el tren? (Aunque pueda dar alguna vez para un guión cinematográfico de Hitchcock) Porque no interfieren intereses personales que obstaculicen la comunicación. Ponemos lo mejor de nosotros y ponemos todos nuestros sentidos en lo que el otro está diciendo. Es normal que, de esa manera, nos entendamos mejor. De nuevo, ¡otro gallo nos cantaría! ¿No te parece? Si tratáramos a la persona que tenemos delante como si la viésemos la primera vez, no presuponiendo nada y, en todo caso, presuponiendo algún conocimiento previo, sólo si contribuye a facilitar el entendimiento.

Precisamente, la cuestión de los “intereses personales” en la comunicación humana sería la estrella rutilante del último tramo de la discusión. Cuando irrumpieron como un torbellino dos nuevos aspirantes dispuestos a representar su papel, y quien sabe si con ello podrían optar a algún premio ganador. En realidad, fue toda la reunión la que ganó lo que podía ofrecer un nuevo centro de interés, que conduciría la discusión hacia un nuevo derrotero iluminador. Siempre ocurre así cuando podemos mantener la actitud despierta y abierta, ya lo hemos visto antes. Se vuelve a negar la posibilidad de la comunicación humana. Sólo es posible el entendimiento durante la comunicación cortés, aquella que es superficial, aquella en la que se finge entender, en la que se asiente por fuera y se disiente por dentro, o vuela mientras la atención a la llamada telefónica que tengo que hacer después. Uno es cortés como mecanismo de autodefensa, así no tiene que dar otras explicaciones más ajustadas a la realidad, ni tampoco puede ser puesto en cuestión, ni uno ponerse en cuestión a sí mismo. Para no entrar a fondo. Realmente, la comunicación humana siempre es interesada. Suena rotundamente y reverbera su poderoso eco entre las paredes del salón de la biblioteca municipal, esta tesis provocadora, desconfiada, ahora que el grupo ya estaba casi satisfecho de lo hallado hasta el momento.

Y es obvio que hay comunicación interesada. Pensemos en la comunicación orientada a la obtención de alguna prestación o contraprestación social o individual. En las negociaciones. En los acuerdos o pactos, en donde se da para recibir, yo te doy tú me das. En las relaciones de dominio. Hay intereses para todos los gustos: políticos, económicos, individuales, de gremio, prácticos, teóricos… a la medida de cada uno. ¿Quién va a negarlo? Y más hoy día. De ahí que pueda ser interesante cuestionarlo, ya sabéis, nuestra discusión tiende a cuestionar lo evidente, por si acaso no lo es tanto, o bien, oculta otra idea que lo es un poco más. ¿Todas las interacciones humanas son interesadas, es decir, buscan un más allá de la propia interacción? ¿No puede haber una comunicación desinteresada? Gorgias se ha hecho dueño tenaz de la reunión. Apartar nuestros intereses para poder apreciar los del otro se muestra una tarea abocada al fracaso. Todos los intereses son personales y hay tantos como personas y grupos, así que la posibilidad de que dos, o más de dos, se entiendan, no es más que una quimera. Todo lo más, se puede lograr un equilibrio de intereses, que si no se alcanza, ya no hay nada más que buscar. Pero, cuando parecía que se negaba completamente a Sócrates, una y otra vez, empecinadamente, en lugar de alumbrar la desesperanza, dio a luz una nueva manera, más rica quizás, de comprender la comunicación humana. ¿Si no está de por medio el interés no hay comunicación? Pues sí, así es; no es posible, si no aparece en el escenario de la interacción un interés por entenderse, que también es un interés, puede que de los más básicos del ser humano. Y no podemos coincidir en todos nuestros intereses, ni éstos pueden ser equivalentes, es más, pueden ser opuestos y estar dispuestos para que se compita por ellos. Somos demasiado preciosos. No podemos coincidir en todos nuestros intereses, pero podemos compartir un mínimo interés. Unos intereses mínimos. Sería un buen punto de partida. No podemos no comunicarnos.

lunes, 13 de junio de 2011

Sobre el camino a seguir en la vida

CAFÉ FILOSÓFICO CABRA 2/2

Círculo de la amistad, Sala de comedor, a las 5:30 de la tarde, del día 12 de mayo de 2010.




“Todo el mundo puede aportar algo: los mayores porque tenemos un camino ya andado y los más jóvenes porque les queda mucho por andar” (http://profeconradocastilla.blogspot.com/2011/05/cafe-filosofico.html).

“Puede decirse en una sola palabra, que el hombre prudente es en general el que sabe deliberar bien. Nadie delibera sobre las cosas que no pueden ser distintas de como son, ni sobre las cosas que el hombre no puede hacer” (Aristóteles, Ética a Nicómaco).




¿El camino de la vida es nuestro?



Estábamos encantados de que hubiera sido posible una segunda reunión de nuestro Café filosófico en Cabra. Se había hecho esperar más de la cuenta, y se entendía el deseo tan grande que los asistentes mostraban. El deseo de saber, que es, según el viejo Aristóteles, el distintivo más universal del ser humano. De ahí que la entrada del diálogo tuviera un tono marcadamente metafísico (si el hombre desea saber, este deseo no se sacia fácilmente y anhela llegar todo lo más lejos de sí mismo que pueda), aunque, como tendréis ocasión de comprobar, los asistentes no se quedaron ahí, colgados en el más allá de los principios generales, sino que aterrizaron en la realidad que se vive cada día, en concreto entre padres e hijos, entre jóvenes y adultos. Quiere ello decir que, de un mini tratado de metafísica, se pasó apaciblemente a un curso acelerado de pedagogía. Como tiene que ser, puesto que si filosofamos es para vivir y convivir mejor, si se puede, todo lo que se pueda.


Era la segunda vez que nos reuníamos en ese lugar tan especial que es el Círculo de la Amistad, y tan acorde (casi no puede ser más) al espíritu de un encuentro como el nuestro. Como siempre la acogida había sido tan cordial y tan generosa. Y pudimos hablar deliciosamente de nuestras cosas, que son las cosas de todos los seres humanos. La actividad se insertaba entre las actividades culturales de esta institución, programadas para el mes de mayo; y si la hora hubiera sido fijada más avanzada la tarde, podrían haber asistido -así se reconoció después-, más socios de esta sociedad egabrense (se tendrá en cuenta en próximas ocasiones). Ocurrió el encuentro el día después del trágico terremoto en la ciudad de Lorca.


Queríamos conocernos, queríamos saber, cuanto antes, con quiénes estábamos allí reunidos. Sabíamos que unos eran jóvenes y otros, los menos, adultos, que éstos eran profesores, pero que no estaban allí como tales, que muchos eran alumnos y alumnas de bachillerato, y que otros muchos, con todos los que fueron llegando, lo eran de la ESPA. De manera que este abundante reparto de edades le permitió reiterarse a uno de los participantes adultos en su idea de que “todo el mundo puede aportar algo: los mayores porque tenemos un camino ya andado y los más jóvenes porque les queda mucho por andar”. Ningún sitio mejor, entonces, para comprobar este adagio, que nuestra reunión. Ya veréis.


No sabíamos, hasta que nos fuimos presentando unos a otros, que algunos estaban allí para consagrar una experiencia de discusión filosófica que ya habían probado en alguna ocasión; que otros deseaban aprender de otros; algunos querían revivir el interés que les suscitaba una reunión de este tipo; seguramente, unos sabiéndolo, otros sin saberlo, les unía el interés por la filosofía, en concreto, podían querer saborear la oportunidad de discutir tranquilamente cuestiones filosóficas; seguro que había -y de hecho había-, personas a las que les traía hasta allí la curiosidad por una experiencia de este tipo, la convicción de que una reunión, así de filosófica, podría permitir profundizar en la vida; alguno se preguntaba hasta qué punto podría ser algo diferente de una tertulia al uso; y seguro que todos tenían cierta afición a charlar que, si se hace bien, no puede ser más que la otra cara de escuchar. Pues bien, el deseo de saber… no puede quedar en una nube… ha de tener un objeto. Eros no puede vivir sin algo amado, en cuyo lecho anhela reposar cada noche y que le prestará sus alas para despertarse transformado cada amanecer. ¿Qué puedo conocer? ¡El gran problema de la objetividad y la subjetividad del conocimiento humano! ¿Qué me cabe esperar? ¡La expectación por las expectativas de la vida! Pero, aquella tarde comenzaba metafísica, y la vida tomaba como centro la propia naturaleza de la vida humana. Si la vida fuera un camino, ¿cuál sería el camino de la vida? Específicamente, ¿el camino de la vida es nuestro? He aquí la pregunta que iba dirigir nuestra indagación.


Claro que es nuestro. El problema del destino, o si nuestra vida está ya destinada de antemano, tenía una respuesta clara para nuestros participantes. Habíamos elegido estar allí y hacer de aquella nuestra reunión. Y si la meta que perseguimos fuera nuestra, ya si que nadie podría arrebatarnos el camino de nuestra vida. Surge rápidamente una discrepancia: el objetivo de la vida puede venir de fuera de ti y seguir siendo tu vida. Por ejemplo, muchos objetivos provienen, de hecho, de la sociedad en la que vivo; por ejemplo, mis padres fijaron algunas de mis metas en la vida cuando era pequeño. Sin duda, mi vocación pude haber sido prefigurada por los que me rodean. Esta última afirmación no pudo contener por más tiempo la presión de una paradoja que luchaba por estallar. O se desplegaba o estallaba. ¿Una meta de mi camino que no es mía, hace que el camino de mi vida sea mío? ¿O es imposible? Con ejemplos de la vida alumbra el grupo la idea de un mínimo de asunción personal. Es decir, aunque no sea mía originariamente la meta de mi vida, tendría que ser asumida como propia. Si no es posible la satisfacción de este requisito mínimo… puedo tener un serio problema con mi vida. ¿Qué os parece la resolución de aquella paradoja? ¿A que pensaban de verdad los que allí estaban aquella tarde? Tú podías haber sido uno de ellos.


También se dijo que tampoco era bueno que hubiese una excesiva influencia de los demás. Obvio: esto pondría más difícil el reto de asumir tu vida como propia. Quizás, hayáis imaginado que esta salida a la anterior irrupción de la paradoja del vivir, pudiera tener su fuente en los jóvenes de edad allí presentes. Fue también la impresión de este cronista. ¿Había entonces dos tesis antagónicas que estaban marcadas por la edad y la función en la vida? Será muy interesante asistir al desarrollo de este encuentro y poder comprobar hasta qué punto fueron capaces de encontrarse de veras sus participantes. Se replica, a continuación, que no todos los casos son iguales, y que en el caso de los más jóvenes, debido a su inexperiencia, el hecho de que algunas metas les vengan impuestas puede ser incluso bueno para ellos. ¿Estarán de acuerdo aquellos a los que se está aludiendo con esta afirmación? ¿Cómo puede saber un adulto lo que es mejor para una persona joven? Por alusiones, entonces, apenas pueden contenerse los jóvenes, pero se contienen bastante, puesto que la predisposición, en el seno de nuestra reunión, por principio, es una predisposición a entenderse. El ambiente que se crea en una reunión de este tipo es crucial para ello. Así pues, se esforzaron todos por entenderse, pues comparten la idea de que la contraposición es saludable y porque venimos juntos a arriesgarnos pensando lo que el otro piensa, con más razón cuando sea, no ya diferente sino opuesto a lo que pensamos nosotros. De lo contrario no sería más que una tertulia más. Continúan las dudas: ¿y si lo que el adulto impone no es bueno? ¿Y si se equivoca?


En ese momento, se apela a la asimetría de la relación educador/educando. No puede ser lo mismo el que enseña y el que aprende, lo mismo el que sabe que el que no sabe. No puede tratarse de una situación de igualdad. Por definición, se da una superioridad en algún respecto, de una parte respecto de la otra. El horizonte de aquél que sabe lo que viene después, como es el caso del adulto, es muy necesario para el que se está educando todavía y no dispone aún de la suficiente perspectiva. Precisamente, haciendo uso de esta experiencia, el joven podría avanzar más y mejor. Podría salvar errores. Sin embargo, nuestra reunión -como hemos dicho-, abre la posibilidad, cuando haga falta, de pensar lo impensable. Lo que es impensable desde una determinada posición, al ser pensado y problematizado, vuelve a esta posición porosa y el ejercicio mismo enriquecedor: ¿y no es bueno equivocarse, y que el joven se equivoque? Pero el miedo al fracaso te paraliza –se replica-, y si tus padres son capaces de erradicar de ti dicho temor, desarrollarás mejor tu vida. A lo que se responde: ¿y no es también bueno el miedo? ¿No te pone en alerta y a tus capacidades al máximo rendimiento? ¿No te hace ser más prudente? Claro estaba que sí, pero siempre que no te paralice. Tampoco seas temerario. Sin saberlo muchos de ellos, los participantes estaban dando con la definición aristotélica de virtud: un justo medio entre dos extremos, uno por exceso y otro por defecto. Y otra vez lo impensable: ¿y no serán lo padres los que tienen miedo de que sus vástagos se equivoquen y padezcan el sufrimiento que al fracaso acompaña?

Por fortuna, ya el diálogo había atisbado un concepto clave y sumamente esclarecedor, la noción de prudencia, que expresa lo más genuino de la razón práctica humana. Según Aristóteles –ya estáis viendo que cobró mucha vida entre nosotros aquel día-, la racionalidad práctica no es sino la capacidad para deliberar, para decidir justa y sensatamente lo que es mejor en (y para) cada situación, que necesita experiencia y tiempo de maduración. Esta sabiduría práctica de la prudencia no trata de lo no puede ser de otra manera, que la ciencia ha de constatar, ni tampoco de lo que hacemos, que las distintas artes han de construir, sino de nuestras decisiones, que van configurando lo que somos y lo que hacemos. ¡Preciosa manera de acercarse a la función educadora de los padres! ¿Cuál puede ser la reacción del amado ante las excesivas imposiciones del amante? Os lo podéis imaginar: ahí comienza el desamor. De la misma manera, ocurriría con la relación entre padres e hijos, entre educadores y educandos. Un equilibrio a distancia del exceso y el defecto. Y la capacidad prudente para ejercerlo y aplicarlo en cada situación conflictiva.

En esta fase final de la discusión se aportó una imagen, puede que polémica, puede que útil para expresar lo que se acababa de vislumbrar: esa necesidad de ser prudentes en el ejercicio de la función educadora. Sería algo similar a dar correa. Como hacemos con nuestro perro cuando lo sacamos a pasear: no podemos tenerlo atado a nuestros pies, pero tampoco podemos dejarlo que vaya por donde quiera, se enrede, haga daño o se haga daño. Control, pero no inflexible. Orientación, pero no dirección soldada a hierro. Algo así como cuando de pequeños –cuando éramos pequeños los mayores de ahora- se jugaba en el calle al aro: resultaba casi imposible llevarlo en línea recta, debido a la holgura que mediaba entre el alambre gordo rematado en forma de horquilla ovalada y el aro del eje de una rueda de carreta antigua, que era lo que iba girando por el suelo, pero conseguíamos conducirlo y, más o menos, ir a donde pretendíamos ir con él, siempre delante de nuestro pies, sin que se cayera del todo, como pasaba de vez en cuando, para disgusto del conductor que lo tomaba de nuevo y volvía a empezar.

¿Es, por tanto, necesaria dicha holgura para educar bien, con dirección, pero sin estrangular del todo las potencialidades del que se está formando? No todos estaban satisfechos –según confesión posterior de una de las jóvenes participantes- con la imagen de ese “dar correa”, sobre todo por lo del “perro”; ahora bien, el fruto que fue dando en la conversación podía justificar su utilización. Según qué campos o situaciones, según la edad o las capacidades de cada uno, podía precisarse soltar más o menos correa por parte del educador. Habría que tener en cuenta la madurez de cada persona, que no siempre se corresponde con la edad biológica. ¿Y cómo se consigue que una persona vaya madurando mentalmente, sacando máximo partido a su inteligencia para poder vivir mejor? Se responde que hay que tener experiencias, interactuar con el mundo y con los demás. Y si no se expone a ellas, dificultoso será su desarrollo personal. ¿A que no sería recomendable que, tanto padres, como educadores en general, evitaran propiciarlas? Con esta conclusión acabó aquel encuentro de aquel día: cuando se puso tanto énfasis, tanto jóvenes como adultos, que allí estaban, en la función del educador-guía. La misma relación que ha de darse también, quizás, entre el maestro y el discípulo -en realidad, en todos aquellos contextos de asimetría interpersonal, que decíamos-, en la que el maestro enseña al discípulo que no ha de ser discípulo de nadie, y el discípulo lucha por estar cerca de su maestro rebelándose contra él. El camino de nuestra vida está lleno de rigideces y de holguras, el camino trazado entre todos los viajeros les trasladó aquel día desde las posturas rígidas hasta la flexibilidad en las posturas. ¡Qué buen viaje aquella jornada!