Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

jueves, 19 de marzo de 2026

EL NUDO GORDIANO. Podcast 1: ¿Te puedo llamar?


Iniciamos una serie podcasts, con Paloma Lirola, en donde la filosofía se abre al humor y viceversa. Esperamos que sea de vuestro interés y agrado...

Copio a continuación uno de los textos introductorios a este primer capítulo:

¿Te puedo llamar?

A ver, Paloma, ¿qué nos pasa?, ¿qué nos está pasando? Para eso estamos aquí, para examinar todo esto, ¿no es verdad? Porque, tal como nos dejaba dicho Sócrates en su discurso de autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba, acusándolo de crear nuevos dioses y de corromper a la juventud, por insistir en que cada uno de nosotros fuéramos capaces de pensar y de vivir por nosotros mismos: “Una vida sin examen de sí misma no merece la pena ser vivida”.

Y no tengáis compasión, de esa que tú dices que “nos da pena el otro ser humano”, y que pone trabas al humor y a la comedia; pero tened mucha compasión, de la otra, la auténtica compasión (no la de origen judeocristiano), que nos hace partícipes de los demás, que son como yo, y yo como ellos. Y que también nos permite reírnos de nosotros, un distanciamiento necesario... precisamente, para aprender de nosotros mismos.

Así, huyendo de esas recetas fáciles y precocinadas del buen vivir, que tú decías, dulces al paladar pero indigestas debido a su procesamiento industrial, vamos aquí, nosotros, ahora, con todas estas personas que nos acompañan, ahora o después, a tratar de aclarar y de aclaranos qué nos pasa, qué nos está pasando.

Este primer nudo gordiano sobre nuestro tembloroso: ¿Te puedo llamar? ¿Por qué “molestar a alguien se ha vuelto emocionalmente costoso”?, como afirma Javier Lacort (en la revista digital Xataka). ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasando? Luego leeremos vuestras preguntas y compartiremos vuestras dudas, pero, ahora mismo, vamos a tratar de situar esta novedad.

Me han encantado tus dos experimentos, Paloma. Esa amiga que te colgó el teléfono, ¿te ha llamado ya? Si no lo ha hecho, ¿qué nos cabe esperar, en un mundo así, en el que dos amigas no pueden llamarse, en cualquier momento, y haya que pedir audiencia para hacerlo? Si lo ha hecho, si te ha llamado, todavía podemos salvarnos, si esto sigue siendo frecuente, claro.

Y, ¿por qué lo digo? Porque todavía no habríamos perdido el norte de las relaciones humanas, que se dan siempre entre seres humanos y no otra cosa (pensad cada uno en lo que se os venga a la mente). Pasa lo mismo que cuando hace tiempo que no hablas con un amigo que, al principio, te sientes con menos confianza. Y si ha transcurrido más tiempo todavía, la pierdes del todo o casi del todo. Confianza. ¡Qué importante es la confianza para vivir bien! Confianza, ¿en qué? Hace poco, hablamos de esto en un Café filosófico. La importancia de crear y recrear espacios sociales y personales de confianza... Como éste que inauguramos aquí, hoy, ¿no es verdad, Paloma? Al menos eso queremos, con vuestra ayuda...

¿Qué nos está pasado, cuando sientes que tienes que preguntar, antes de llamar: “¿te puedo llamar?” Es cierto que antes (antes de tener a la mano, todo el día, ese teléfono que es móvil y que llaman “inteligente” –no sé por qué, o sí lo sé...) no había otra opción que descolgar, marcar y llamar, sin avisar o prevenir... ¡que voyyyy...! Pero, ¡qué libertad, qué naturalidad, qué confianza! Porque yo me sentía libre para llamar y tú para decirme que no podías en ese momento hablar conmigo, sin que esto supusiera una intromisión o una posible grieta en la relación. De verdad, ¡qué paz, qué tranquilidad, qué confianza mutua!

¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasado? La confianza que podemos desarrollar es triple: confianza en uno mismo, confianza en los demás y confianza en la vida. ¿Cuál es la desconfianza originaria, que explicaría este desenlace, la pérdida de confianza en alguna de las otras dos? Esto podemos discutirlo juntos a continuación... si os apetece.

Pero, antes de finalizar esta pequeña introducción, me gustaría plantear una cuestión de fondo: cómo las tecnologías están moldeando nuestro mundo sin pedirnos permiso. Veamos: toda tecnología es un medio para un fin, pero ¿qué ocurre cuando una tecnología se convierte en un fin en sí misma? Pues, que yo me convierto en un medio para ella... y entonces, la esclavitud humana está servida; nuevas formas de esclavitud están servidas, con las nuevas tecnologías. Esto lo pongo como un riesgo, claro. Pero un riesgo que ya estamos sufriendo. ¿Y qué podemos hacer? Pues, comenzar juntos a tomar conciencia. Como estamos haciendo aquí, ahora, juntos...

Pensad una cosa: el modo habitual en que se implementan las nuevas tecnologías. Como dice Lagdon Winner, un conocido filósofo de la tecnología, dejamos que la apisonadora nos aplaste, luego nos levantamos y, maltrechos, tratamos de medir sus efectos sobre nosotros. Suena a chiste, pero es lo que sufrimos continuamente. Miradlo a ver...

Antonio Sánchez Millán

(Filósofo práctico)

jueves, 5 de febrero de 2026

Sobre la tecnología (nueva serie epistolar)


 Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Para seguir la discusión y poder participar:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2026/02/sobre-la-tecnologia-28.html

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Sobre la educación


Damos paso a una nueva serie de cartas. en este caso, Sobre la educación ¿Qué educación necesitamos? ¿Qué es una buena y una mala educación? ¿Quién educa?¿Quién educa al educador? En fin, que de esas y otras preguntas se busca respuesta en estas cartas que han comenzado a publicarse...

Aquí va la primera... de José Luis Campos. La serie completa consta de seis envíos. Espero que nos incite al diálogo, que es lo que se pretende: suscitar la discusión, la conciencia ciudadanas y que esto pueda llevar a una acción ciudadana más consciente.

Diálogos de Fuente Hondera: https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2025/11/sobre-la-educacion-16.html



jueves, 20 de noviembre de 2025

DÍA MUNDIAL DE LA FILOSOFÍA 2025


MANIFIESTO A FAVOR DE LA FILOSOFÍA PRACTICADA:

Desde el año 2002, viene celebrándose el Día Mundial de la Filosofía, cada tercer jueves de noviembre. No es una celebración más, uno de tantos “días de...” que proliferan. Lo mismo que para vivir con dignidad necesitamos unos recursos mínimos vitales, igualdad de oportunidades o libertad de movimientos, necesitamos también una ciudadanía madura, ciudadanos mayores de edad, capaces de pensar y actuar por sí mismos.

Los motivos de nuestras preocupaciones del pasado siglo continúan su escalada durante las primeras décadas del siglo XXI: cambio climático, desigualdades y conflictos bélicos que provocan trágicos éxodos migratorios, usos y costumbres políticos contra-democráticos, desafección política de la ciudadanía que acaba cayendo en manos de “salvapatrias”, conocidos lobos con la piel de cordero, desinformación, olvido de la búsqueda de lo mejor de que seamos capaces, etc.

La filosofía, bien practicada, como diálogo filosófico, nos permite desarrollar una serie de cualidades transversales de las que no podemos prescindir: ser conscientes, aprender a pensar, comprender al otro, saber dialogar, buscar juntos el bien y la verdad, discernir lo esencial, conceptualizar, problematizar, ser uno mismo, ser críticos y autocríticos, conocerse...

¡Nunca la filosofía ha sido tan necesaria! ¡Atrévete a pensar junto a otros!

A diario...

EXTRACTO DE LA DECLARACIÓN DE PARÍS A FAVOR DE LA FILOSOFÍA Y DE SU ENSEÑANZA, APROBADA POR LA UNESCO (1995)


«Señalamos que los problemas de que la filosofía se ocupa son los problemas universales de la vida y la existencia humanas;

Creemos que la reflexión filosófica puede y debe contribuir a la comprensión y la orientación del quehacer humano;

Consideramos que la práctica de la filosofía, que no excluye ninguna idea del libre debate y se esfuerza por establecer definiciones exactas de los conceptos utilizados a fin de comprobar la validez de los propios razonamientos y efectuar un examen riguroso de los ajenos, permite a todas las personas aprender a pensar con independencia;

Hacemos hincapié en que la enseñanza de la filosofía estimula la apertura mental, la responsabilidad civil, el entendimiento y la tolerancia entre las personas y los grupos;

Insistimos en que la educación filosófica, al inducir a la independencia de criterio, la reflexión y la resistencia a las diversas formas de propaganda, prepara a todas las personas a asumir sus responsabilidades ante las grandes cuestiones del mundo contemporáneo, especialmente en el plano ético;

Confirmamos que el fomento del debate filosófico en la educación y la vida cultural constituye una aportación primordial a la formación de los ciudadanos al poner en ejercicio su capacidad de juicio, que es fundamental en toda democracia.

Así pues, comprometiéndonos a hacer todo lo que podamos en nuestras instituciones y en nuestros países respectivos para lograr estos objetivos, declaramos lo siguiente:

Todo individuo debe tener derecho a dedicarse al libre estudio de la filosofía bajo cualquier forma y en cualquier lugar del mundo; la enseñanza de la filosofía debe mantenerse o ampliarse donde ya existe, implantarse donde aún no existe y ser nombrada explícitamente con la palabra filosofía».

viernes, 19 de septiembre de 2025

Diálogos de Fuente Hondera: Sobre la democracia

Cristóbal Toral, D ́ Après La Familia de Carlos IV,
1974-75. Óleo sobre lienzo.  212x240 cm.
Queridos amigos y amigas, ya está marcha la segunda serie de cartas, en este caso sobre la democracia actual, que olvidamos que no es perfecta pero sí perfectible. Y esto depende de nosotros, la ciudadanía madura y despierta. Con todo lo que está cayendo sobre la convivencia y con todos esos usos y costumbres de la mala política, tan arraigados en el panorama actual, algo debemos hacer nosotros... los sujetos de la verdadera política. Los políticos profesionales no van a reformar sus propias reglas del juego, que les  vienen muy bien para alcanzar alternativamente el poder y atrincherarse en él todo lo que puedan. Así que, más allá de ideologías, de izquierdas y de derechas, la polarización, ese juego macabro para que el ciudadano medio tenga que elegir entre lo malo o lo peor, habría que cambiar esos hábitos de la política al uso, esas estrategias, que ya no buscan lo mejor, el bien y la verdad y la justicia para la comunidad, sino lo que les interesa como partidos o partidarios políticos (o individualmente), así que, decimos, esto o lo arregla el pueblo o no lo arregla nadie, como decía que solía pasar en España Ortega y Gasset. Quien escribe, al menos, tiene nostalgia del movimiento 15M... no sé vosotros y vosotras. Bueno, pues tenéis la oportunidad de reflexionar juntos sobre este ramillete de problemas actuales, si participáis en este diálogo...


lunes, 11 de agosto de 2025

¿Cómo educar ahora?


Sobre la mejor educación para hoy

Café Filosófico en Capileira 4.2

07 de agosto de 2025, Cafetería Moraima, 18:00 horas


Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que debe ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire a donde debe, posibilitando la corrección.

Platón, República


¿Cómo educar ahora?

Los poderes establecidos suelen preguntar muy poco a los ciudadanos acerca de lo que más les inquieta o interesa. Y cuando lo hacen es para pedir su voto, habitualmente, con la finalidad de secuestrarlo; convertir su voluntad inespecífica de un momento en un medio para hacer luego lo que quieran. Pero no vamos a hablar de política. O sí... de la otra, la de verdad. La tarde del jueves siete de agosto, en la Cafetería Moraima de Capileira, hicimos política y no de partidos. Pedimos sus propias preguntas a los asistentes. Y sobre la pregunta más votada, estuvimos hora y media dialogando filosóficamente. Esto quiere decir que hicimos un trabajo colaborativo, nos entendimos, nos aclaramos mutuamente y pudimos llegar a alguna respuesta mínima o provisional. Solamente éramos trece personas tratando de pensar juntos y no la sociedad o la humanidad entera, pero, tratar de aclararnos y tomar conciencia es un buen comienzo.

Y éstas fueron las preguntas esenciales (no políticas, pero sí originarias de la vida política), que ellos y ellas fueron desgranando: ¿Cómo educar ahora? ¿Tiene la vida sentido? ¿Por qué tanta deshumanización? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué hace que algo sea creativo? ¿Por qué la gente busca viajar tanto? ¿Qué nos impide pensar bien? Y ya sabéis cuál fue la pregunta del día... Esta vez, el facilitador del encuentro filosófico no pidió una temática que luego convertiríamos en una pregunta sino, al revés, una pregunta, que llevaba a cuestas toda una temática, en este caso, la importancia de la educación.

En un espacio tan acogedor como la Cafetería Moraima (gracias Carmen, gracias Luis) retomamos nuestra actividad filosófica, después de unos meses. Y se notaron las ganas de filosofar... Así que, ¿por qué no continuar? Seguiremos, pues, acogiendo esta inquietud ciudadana, esta demanda que no suele contar con demasiados espacios públicos, en los que poder desarrollarse con sinceridad y naturalidad. Y, una vez explicadas las reglas básicas del encuentro y su naturaleza (básicamente, practicar la filosofía) comenzaba el diálogo. «La educación que necesitamos no puede ser la misma que nosotros recibimos, cada uno en su momento», dejó bien situado la primera persona que intervino. Y entonces, «¿cómo es nuestro tiempo?», preguntó al grupo el facilitador. ¿Cuáles son los cambios fundamentales que observamos en nuestro modo de vivir? Y fueron señalando, de la manera más clara, esas principales novedades, refiriéndolas a las dificultades que se abrían ante nosotros, las deficiencias o carencias en las que nos introducían.

El mundo va muy rápido y estamos desorientados, y no asimilamos bien lo que nos va pasando y no se profundiza. Todos los cambios parecen venir del exterior y no de nosotros mismos. Solamente parecen tener vigencia los nuevos valores que van apareciendo y no los anteriores, o al menos, puede decirse que hemos perdido el contacto con algunos valores perennes.

El mundo está inundado de información. Y esta sobreabundancia de información parece estar conduciendo a su propio descrédito. No somos capaces de discriminar bien entre toda esa información, tenemos dificultades para distinguir una información de una pseudo-información y la verdad se confunde con cualquier otra cosa. Incluso, muchos dicen que hemos entrado en la era de la posverdad. Pero, ¿saben ellos lo que están diciendo, adónde nos conduce esta creencia? Olvidamos que la verdad no es sino la búsqueda permanente de la verdad.

También, dijeron nuestros participantes que tenemos demasiadas cosas y conseguidas sin demasiado esfuerzo. Valoramos más el tener que el ser, no le damos su importancia a lo que ya tenemos (siempre buscamos más o diferente) y no llegamos a vivir en profundidad lo que vivimos. Nos basta la superficie de un trabajo, de un amor, de un viaje o de una diversión. Y enseguida buscamos otra cosa y luego otra... Y unido a esto, el consumismo, consumir y gastar, consumir y tirar. En el fondo, vivimos en una era de gran insatisfacción personal y social.

El principio de autoridad ha sido conculcado. Todo parece igual y todo parece dar igual... El relativista (y posmoderno) “todo vale igual” reina por doquier, cuando nunca ha sido así, ni tampoco lo es ahora. No todo vale igual. Yo tengo derecho a opinar, pero todas las opiniones no valen lo mismo: el valor de una opinión se lo otorga el peso de las razones que la apoyen. Esta diferencia entre opinión y saber ya la sabían los antiguos griegos, si dejamos aparte a los sofistas: «el saber es una opinión basada en buenas razones» (Platón). La popularidad ha sustituido muchas veces a la calidad de los argumentos o autoridad. Incluso, podríamos decir que el saber se ha devaluado tanto que asistimos en ocasiones al culto de la ignorancia.

Y luego está el malestar interior. Apenas se le presta atención y no extraña (pero nos conmueve) la elevada tasa de suicidios, sobre todo entre los jóvenes. Parecemos vivir en una perpetua insatisfacción interior que pretendemos llenar a través de satisfacciones exteriores que, al final, resultan insuficientes. El vacío interior está servido y los trastornos de la salud mental. Hemos olvidado la crucial importancia del autoconocimiento, de aprender a querernos y a sentirnos a gusto con nosotros mismos, sin dependencias psicológicas externas.

Y qué vamos a decir de este mundo basado en la competitividad. No hacer las cosas lo mejor que podamos, desarrollando nuestras propias capacidades, sino hacerlas mejor que el otro o de acuerdo a estándares establecidos de antemano, que además son variables o cambiantes. Nuestra naturaleza colaborativa, nuestra naturaleza dirigida al cuidado queda continuamente relegada, postergada y oscurecida. Ser mejor (o ser el mejor) a toda costa... Otra fuente de insatisfacciones, frustraciones o depresiones.

Ante todo esto, a la educación se presentan por delante grandes retos que no debiera obviar. Porque pensemos, junto con el grupo que se reunió aquella tarde en la Cafetería Moraima de Capileira: ¿qué es lo que la educación (en la escuela, en las familias, en la sociedad) debiera promocionar o perseguir? ¿Reforzar lo que ya hay, o bien, contribuir a construir un mundo mejor entre todos? ¿Por ejemplo, debe la escuela formar, prioritariamente, al alumnado en todo aquello que ha triunfado en la sociedad, sin plantearse si es así como queremos vivir? De ese modo, ¿para qué habría de servirnos un sistema educativo? Solamente para formar trabajadores eficaces y rentables, consumidores o clientes, servidores dóciles de una economía de mercado, ciega e inercial?

Por todo esto, los participantes de este café filosófico, muy conscientemente, estimaron que la “nueva educación mejorada” debía completar y contrapesar las carencias o limitaciones que observáramos en el modo de vida actual. Y tú, querido lector o lectora, puedes muy bien intuir por dónde debía ir esta educación diferente; repasando, como ellos y ellas hicieron antes de finalizar el diálogo, todas esas carencias que habían sido descritas con anterioridad. Vale.

jueves, 3 de julio de 2025

Diálogos de Fuente Hondera: el sufrimiento humano

"Fuente Hondera", Capileira (La Alpujarra)

NUEVO PROYECTO DE DIÁLOGO que me hace mucha ilusión, en este caso, con mi querido amigo José Luis Campos Duaso, editor (editorial Dos Aguas, Instinción, Almería-España) y poeta. Aunque no esté moda, recuperamos el GÉNERO EPISTOLAR; pero no queremos quedarnos ahí, en la doble interlocución... También estáis invitados vosotros, personas interesadas en dialogar y no otra cosa (¡con la falta que nos hace dialogar!). La primera serie de cartas gira en torno al origen del sufrimiento humano en nuestro mundo, seguirán nuestros problemas con la democracia y ya veremos adónde nos lleva esta aventura. Repito: aventura en la que deseamos estar acompañados, para que el diálogo sea nuestro y no sólo de dos. Podéis dejar vuestros comentarios más elaborados en el Blog "Encuentros de Fuente Hondera". Aproximadamente, los días 5, 15 y 25 de cada mes se publicarán las entradas de la serie. Espero que os gusten. Un abrazo!


domingo, 1 de junio de 2025

¿En qué consiste "soltar"?

 


Sobre la actitud de “soltar”

Diálogo filosófico on line 3.1

27 de mayo de 2025, portal “Filósofos Asesores”, 19:00 horas


            El genuino desapego no equivale a no desear, sino a desear soltando lo deseado. Equivale a vivir con una pasión desapegada.

Mónica Cavallé, El coraje de ser


Conviene al estudiante mirar en su interior lo que quiere decir en sus actos, en sus pensamientos, en sus motivos, en sus reacciones y tratar de discernir “apasionadamente-sereno” y sin finalidad alguna en ese mirar, lo que en él son atributos. Cuando la mente ve los atributos como atributos y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. «Morid antes de morir».

Ibn Arabi, Tratado de la unidad


¿En qué consiste “soltar”?

Como diría el poeta Luis García Montero, aunque tú no lo sepas, todos nosotros sabemos más de lo que creemos saber. Sócrates no hablaba en vano: en nosotros ya está, esencialmente, todo lo que necesitamos saber para poder vivir bien, sólo que adormecido, esperando despertar. Y ésta puede ser una función de la filosofía de todos los tiempos, acompañar nuestra propia lucidez. Pues bien, esto ha quedado patente después de nuestro segundo Diálogo filosófico desde el sitio de Internet “Filósofos asesores”, formados en la Escuela de filosofía sapiencial (EFS), dirigida por Mónica Cavallé (además, existe una asociación profesional ligada a dicha escuela, de nombre “Sýnesis”).

Resulta que los participantes, ellos y ellas, eligieron como tema central del diálogo “el soltar”, pero previamente el moderador del encuentro había planteado una cuestión inicial sobre la muerte, desde una concepción que la percibe formando parte de la vida: aprender a morir para aprender a vivir mejor. Deseaban algunos de los participantes continuar con esta misma cuestión, pero, cosa rara, el moderador les pidió que eligieran otro tema, de manera que el encuentro fuera lo más variado posible en sus contenidos. Y mira tú por dónde, sobrevino de otra manera el tema de “la vida con la muerte”, como un “soltar” lo que nos acontece, evitando cualquier forma de apego que nos impida ver lo que hay tal como lo hay, y así poder vivir a partir de ahí. Y esto es maravilloso. Una pena que el moderador del encuentro filosófico no hubiera sido capaz en ese momento de percibir cómo el grupo trataba de ahondar en aquello que le había tocado en el fondo, del ejercicio filosófico inicial. (Pero bueno, para eso está aquí este relator). Vayamos por partes y contemos por su orden lo que aquella tarde, de finales de mayo, aconteció en un medio tan artificial, que fue humanizándose poco a poco.

El moderador comenzó por introducir las características peculiares de este encuentro filosófico. Antes dio las gracias a los asistentes y destacó la afluencia de personas interesadas que, en dos días y medio, coparon las plazas disponibles (ampliadas), si bien es cierto que solamente estábamos allí presentes veintidós personas, de las treinta y cinco plazas acordadas. Sin embargo, esto confirma, una vez más, el deseo generalizado de la ciudadanía de disponer de un espacio (público), un ágora de reflexión y diálogo. Escasean. Y así, el moderador hizo hincapié en la naturaleza presencial de un encuentro como éste, de manera que la sesión, en este caso, tan solo podría ser una aproximación, una muestra de lo que puede llegar a ser. De nuevo, se había pedido que no se grabara la sesión para, en lo posible, ayudar a crear un ambiente lo más natural, espontáneo y cómodo posible, en el que todos participemos como actores y no espectadores. Hay que decir que la inmensa mayoría de los asistentes no nos conocíamos, pero eso era lo de menos, ya que no interesa, para este encuentro, nuestra procedencia, formación o intereses particulares, pues venimos como personas y participamos, simplemente, desde nuestra propia experiencia como personas. En último término, se trata de pasar un buen rato filosofando juntos. A esto venimos y no a hablar de filosofía, sino a filosofar, como recomendaba Immanuel Kant.

Las reglas especiales del encuentro, dado el medio tan mediatizado en el que se desarrollaba la sesión, consistieron básicamente en cerrar los micrófonos y que las intervenciones fueran muy breves (para ello, es bueno pensar antes de hablar: ¿voy a aportar algo a la discusión del grupo, lo que voy a decir es oportuno, ya ha pasado su momento o ya ha sido dicho...? Y si, a pesar de todo, intervengo de ese modo, justificarlo); además de esperar mi turno de palabra y escuchar al otro (para ello, mientras tanto “quitarme yo –y mis cosas– de en medio”); y, finalmente, a diferencia de otras ocasiones, no hacía falta que todos respondieran en voz alta a la pregunta inicial, que a continuación formularemos (pues, en el fondo, se trata de una cuestión para uno mismo, una cuestión de autoconocimiento). Explicó también el moderador, muy brevemente, la procedencia y características de esta modalidad grupal de Filosofía practicada y, por último, anunció las peculiaridades del encuentro, tal como este animador o facilitador lo propone: los protagonistas son los asistentes y no necesitamos una charla previa por parte del filósofo práctico sobre un determinado tema o problema filosófico, que previamente se haya determinado (esta manera receptiva y abierta de llevarlo a cabo evita, además, algunos riesgos: por ejemplo, la fabricación previa de las respuestas y la defensa a ultranza de las mismas durante el diálogo); en fin, se trata de crear un ambiente público de diálogo, investigar juntos y poder acceder a algunas respuestas mínimas, provisionales, esenciales o básicas, que permitan a los asistentes clarificar sus nociones y continuar posteriormente la reflexión, con un mayor conocimiento de causa sobre la cuestión que sea. También, quiere este encuentro servir de estímulo para el desarrollo en la ciudadanía las habilidades propias del diálogo (no cualquier cosa es un diálogo: ha de haber trabajo conjunto y colaboración, una búsqueda conjunta del bien y la verdad; tampoco cualquier diálogo es un dialogo filosófico, en donde sea posible acceder a algún grado de autoconocimiento y transformación interior, que propicie a la vez un cambio en lo exterior de nuestras vidas).

Para abrir boca, para crear un ambiente de seguridad y confianza mutua, el moderador, como hemos dicho, plantea esta cuestión: “Trae a la memoria un cambio importante en tu vida y trata de ser muy consciente: en esos momentos, ¿qué acabó o murió?, ¿qué empezó o nació?”. Al objeto de entender el fondo del ejercicio convenía efectuar algunas aclaraciones previas: es obvio que la vida está en el inicio de nuestra existencia y se mantiene mientras vivimos; pero en el caso de la muerte, solemos considerar que, únicamente, está situada al final de la vida, que supone el final de la vida, y que la muerte y la vida son incompatibles; si está una, no está la otra y viceversa. Pero, ¿y si estuvieran ambas siempre presentes durante la vida, también la muerte y no sólo la vida? Por otro lado, el tema de la vida y la muerte ha sido un tema recurrente en la tradición filosófica. Así, en el diálogo Fedón de Platón se dice: “Cuantos se dedican a la filosofía, en el recto sentido de la palabra, no practican otra cosa que el morir y el estar muertos”. Michel de Montaigne, citando a Cicerón, señala que “filosofar no es otra cosa que prepararse para morir”. Por su parte, el sabio sufi Ibn Arabi aconsejaba a sus discípulos: “Morid antes de morir”. Estas manifestaciones, aunque son muy acertadas, pueden o suelen interpretarse de un modo dramático e incluso trágico, según los casos. Enfatizan el morir, olvidando que esta preparación o ejercitamiento de la muerte, se realiza viviendo. ¿Y si, en consecuencia, te preparase también para vivir? Vivir lleva a morir, pero ¿y si aprender a morir nos ayudara a vivir mejor? ¿Y si el morir y el vivir suceden en cada instante, momento a momento? La ciencia corrobora que, al cabo de unos ocho o diez años, nuestro cuerpo ha renovado casi todas sus células y, para eso, nuestras células habrían de morir continuamente. Y si miramos con atención cualquier proceso natural, nos resultará difícil desligar la muerte de la vida: el fruto sigue a la flor, la flor muere y el fruto nace, así como una idea sustituye a otra idea, una emoción a otra emoción, una experiencia a otra experiencia... y siempre, la misma presencia inseparable de la vida y la muerte, algo que empieza y algo que acaba. Así pues, tomemos conciencia de ello. Hacia esto mismo se orientaba el ejercicio filosófico propuesto. Y no interesa ahora referir cuáles fueron sus respuestas personales, la de los participantes, ellos y ellas, sino cuál es tu propia respuesta...

Pudo haber sido “el odio”, “el sentido de la vida” o “la relación con uno mismo”, pero fue “el soltar” el tema del día. ¿En qué consiste “soltar”? ¿Hay un momento mejor para soltar? ¿Qué obstáculos nos impiden soltar? Entendía el grupo, como punto de partida general, que es preferible soltar algo que te aprisiona o constriñe, que permanecer atrapados, vivir libremente y no de un modo condicionado, etc., pero quedaba todo un camino por recorrer, para que esto cobrara pleno sentido. Y así, hasta donde pudimos, lo fuimos recorriendo. De hecho, sólo dio tiempo, para no alargar más de la cuenta el encuentro, a tratar la primera pregunta. Aunque, sin demasiado esfuerzo, puede intuirse alguna respuesta a las dos restantes. Este trabajo te lo dejamos a ti, estimado lector o lectora, si tú quieres. Una pista posible para cada de las cuestiones: quizás, siempre sea un buen momento para empezar a soltar; quizás sea el mayor obstáculo para soltar nuestros lastres vitales (ese “espíritu del camello”, que diría Nietzsche) nuestra propia resistencia a soltarlos.

Una vez establecida la pregunta, siguiendo el método socrático (la pregunta orienta y circunscribe la indagación, además de abrir una brecha en nuestras comprensiones habituales), comienzan las intervenciones. “Soltar” consiste en quitar peso, que decíamos, pero como esto continúa siendo algo metafórico, afinamos un poco más: esos lastres pueden ser sueños, expectativas, objetivos, roles, hábitos..., en el fondo nuestros deseos, que no se pueden separar de nuestros temores. Soltar todo aquello que nos impide ser nosotros mismos, por ejemplo, algunos vínculos emocionales obstinados; eso que se dice ahora mucho, por influencia de un orientalismo a veces algo superficial: los “apegos” (pero no olvidar que los apegos pueden ser tanto agradables como desagradables; pues, tanto nos lastra lo que detestamos u odiamos como lo que deseamos revivir una y otra vez). De ahí que otro matiz del “soltar”, que dijeron ellos y ellas, consistiera en dejar ir sin crispación o tristeza. De todo esto necesitamos tomar conciencia, un cambio de mente, dejar de creer en lo que creíamos antes, nuestras autojustificaciones, para continuar siempre con lo mismo, como en un círculo infinito. “¿Y si lo que sucede es que me “sueltan” a mí?”, dijo una persona de las asistentes. Como ves, querido lector o lectora, el grupo a la vez que afinaba la naturaleza del soltar, debía ir deshaciendo confusiones o malentendidos. Otro participante dijo: “Pero, sostener un compromiso es necesario para vivir. ¡Con “soltar” parece que queréis defender la supresión de lo que nos hace humanos!”. Sin embargo, no se estaba diciendo que debíamos desprendernos de nuestros compromisos con la vida, con el mundo, con los demás; lo crucial, en este caso, es cómo sostengo yo ese compromiso: ¿quedo apegado a ese compromiso?, ¿quedo a su merced, siendo cegado o arrastrado por él, sin ya saber bien lo que estoy haciendo, diciendo o pensando? La actitud de “soltar” no se refiere a lo que suelto, sino a cómo lo sostengo, si me pierdo yo mismo en dicho trato con las cosas...

Y en este momento del diálogo, emerge, a través de una pregunta del moderador, una distinción que se antojaba esencial, aunque no todos los participantes pudieran apreciar su importancia en un principio: identidad frente a identificación. Los apegos (positivos o negativos) que conviene aprender a soltar son todos ellos identificaciones. Cuando yo me identifico con algo aparecen dos consecuencias evitables: primero, al identificarme con algo particular, yo me pierdo en ello, mi verdadera (y profunda) identidad queda oculta, relegada y reducida o menospreciada; y segundo, quedo al albur del objeto con el que me he identificado, pues tal como le vaya a ese objeto, o bien, a mi relación con él, así me irá a mí; si yo soy mi equipo de fútbol, yo soy mi idea o yo soy mi deseo (no que los tengo, sino que los soy), si éstos me fallan... ¿qué pasará conmigo?, ¿no creeré estar en riesgo yo, y entonces, podré ser arrastrado hacia el fracaso, la tensión, la angustia o la depresión, en el grado que sea? Yo no soy eso. Mi identificación no es mi identidad como ser humano. Yo puedo llegar a ser o hacer muchas cosas, pero lo que yo soy no se reduce a lo que he dicho, he hecho o he pensado en un momento dado. Yo soy todas mis posibilidades y no sólo algunas, las que he realizado, o bien, las que desearía realizar.

Con este bagaje, el grupo podía afrontar de otro modo el tema que nos había traído aquella tarde. Claro que esta nueva conciencia supone un proceso de maduración progresiva de mi capacidad para ser más consciente. Porque yo no soy mis creencias y, menos aún, las más arraigadas, por ejemplo, las creencias religiosas que se citaron en el transcurso del diálogo. De manera que el grupo llegó a una ensenada donde fondear sus barcos, aunque fuera provisionalmente: la importancia de aprender a soltar lo que no soy, todas mis identificaciones, para tratar de descubrir, cada día, un poco más, lo que yo soy en mi fondo. Esto no es fácil, pero al menos, ya sabemos hacia dónde orientarnos para poder vivir mejor, más plena y lúcidamente, también con una mayor serenidad. Una clave para aprender a renacer o renovarnos en cada instante. Aprender a vivir requiere aprender a morir, aprender a soltar lo que no somos esencialmente y poder vivir desde donde nosotros somos más nosotros mismos (esto es posible entrenarlo y puede experimentarse). No aferrarse a lo que no soy yo de verdad. No obstinarse. Aprender a decir “hola” a lo que viene y, cuando haga falta, aprender a decir “adiós” a lo que se va, dentro o fuera de nosotros. Nuestras células ya lo hacen. Vale.