Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 19 de abril de 2026

EL NUDO GORDIANO. Podcast 2: "El mundo se me hace bola"


¡Paloma, basta! Que me estoy atragantando yo también, al sentirme mujer mientras te oía... O, mejor diríamos, que me estoy sintiendo humanamente afectado. Porque “nada de lo humano me es ajeno”, decía Terencio, el cómico latino; y que Unamuno puso en el comienzo de la primera parte (“El hombre de carne y hueso”) de su conocido ensayo El sentimiento trágico de la vida... ¿Hablaremos hoy de tragedia humana? Quien sabe... nada de lo humano nos es ajeno. “El mundo se me hace bola”, ¿es esto una tragedia? Veremos, un día más... ¡qué nos pasa, Paloma, qué nos está pasando! Estamos aquí, como ya sabéis, para entender un poco más este mundo... si es que somos capaces de entendernos un poco mejor a nosotros mismos...

Porque, a ver, Paloma: “EL MUNDO SE ME HACE BOLA”. Analicemos este enunciado: (a) el mundo es sentido como una bola (un todo revuelto, compacto, impenetrable, vomitivo... el mundo, no la bola de la Tierra, o quizás también) y (b) tengo una bola en mi garganta, en mi mente, sería mejor decir. Así que tenemos dos posibles realidades a considerar, de este atragantamiento: el mundo-bola y el yo-bola, que tiene que ver con el modo en que respondo a este mundo-bola que se me atraganta o atraviesa... y yo mismo me hago bola, como algunos insectos.

Ya ves que no tengo reparos en hablar desde el yo... porque, precisamente, ese “yo” es el que siente el mundo como indigesto. Ahora bien, ¿solamente soy ese yo de la personalidad construida, desde pequeños, a partir de lo que me ha pasado y cómo he aprendido a vivir con lo que me ha pasado? ¿O también, somos otra cosa, algo más profundo, un Yo profundo o central, un mar en calma, al que no le pueden afectar las turbulencias de la superficie o la periferia? ¿Se le hace bola el mundo a este Yo profundo, o es al otro, el yo de mi personalidad, con el que me manejo en mi vida diaria? (Con sus deseos y temores, sus heridas, sus vacíos ontológicos, sus sombras, sus hábitos, sus inercias...)

Por otro lado, tú has hablado, y te has quejado, del mundo-bola, referido especialmente al microcosmos de las mujeres, autónomas, artistas y perimenopáusicas de Andalucía... ah, y misofónicas. Pero, como tú misma has dicho, los problemas son más y nos afectan a todos, de un modo u otro... Basta mirar a nuestro alrededor, en lo local y en lo global, escuchar las noticias... para echarse uno a llorar, esconder la cabeza como el avestruz, o bien cortarles, precisamente, la cabeza a los trump, putin, netanyahu o elon musk... Entonces, ¿dónde está, de verdad, el nudo gordiano de hoy, que hemos de tratar de deshacer, en el mundo o en mi garganta? Vamos a mirarlo... juntos.

Nos sentimos muchas veces como el titán Atlas, condenado a soportar la bóveda celeste sobre sus hombros. (Donde dice “bóveda celeste”, poned responsabilidades, deberes, obligaciones, cargas y todos los “yo debería”...). ¿O más bien nos sentimos como Sísifo, el fundador de Corinto? Éste fue condenado (qué crueles eran aquellos dioses... o, quizá, ¿no son como nosotros?), a subir una enorme piedra por la ladera de un monte y a dejarla caer para volver a subirla, eternamente. ¿Somos como Atlas o somos como Sísifo? ¿O somos los dos juntos? ¡Cuánto nos enseñan los mitos sobre nosotros mismos, sobre la tragedia humana del sinsentido (último) de la existencia!

No es de extrañar que Albert Camus nos presentara su filosofía del absurdo, precisamente, a través de un ensayo corto titulado El mito de Sísifo. Pero, dice él, que tomado el absurdo como punto de partida y no como conclusión. Como Alfa y no como Omega. Y cita, antes de empezar, a Píndaro, el poeta lírico: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible.” Ya, con esto, tendríamos buena parte de una clave para afrontar este nudo gordiano del mundo que se me atraganta.

A continuación, comienza su ensayo con estas palabras: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Para deprimirse, ¿no? O eso parece... (de hecho, el suicidio es la principal causa de muerte no natural, y lo más escalofriante, también entre niños y adolescentes). Pero, el existencialismo de Camus va más allá de esto: “Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebeldía, mi libertad y mi pasión”. Desde la aceptación del absurdo de la existencia humana, añade: “El cuerpo, la ternura, la creación, la acción, la nobleza humana recuperarán su lugar en este mundo insensato. El hombre volverá a encontrar en él finalmente el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia con que se nutra su grandeza”. Y para finalizar nos dice: “Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir”. Y esto es, ni más ni menos: ¡ahora se trata de vivir!

Quizás, la clave de este nudo gordiano esté en el lugar de mí, desde el que trato de vivir lo mejor posible. ¿Cuáles son mis respuestas habituales a los problemas de este mundo que se me hace bola? ¿Cómo deshacer mi bola... mi ovillo, mi piedra en el zapato, descansar de mi piedra de Sísifo, poder hacerla transitable? ¿Solamente puedo huir, aislarme, entretenerme, descargame de mí, dominando o maltratando a otros seres humanos? ¿Sólo puedo querer tener más? ¿No puedo tratar de ser más yo mismo, desarrollar todo mi ser? Entonces, ¿cómo conectar, re-conectarnos con ese lugar profundo de nosotros, donde no hay sufrimiento, sino felicidad y energía, alegría y belleza, claridad y amor, a pesar de las circunstancias? ¿O no podemos hacer nada? ¿No dependen algunas cosas que nos pasan de nosotros mismos? El arte de vivir, para Epicteto, el estoico liberto romano, tiene mucho que ver con el aprendizaje de lo que depende y lo que no depende de mí y... poned mucha atención: nuestra respuesta a lo que nos pasa... ¡eso sí que siempre depende de nosotros!

Podrás descubrir ese Yo más profundo, si te miras cuando estás creando, cuando estás respirando y te detienes en la pausa al respirar (después de cada inhalación o de cada exhalación); si te miras a ti y no a tus atributos (las atribuciones que tú te has dado o las que otros te han dado: “yo soy esto o soy aquello, yo así o soy asao”); “Si tú te miras, ¿qué queda?”, nos pide, que nos detengamos a mirar, María Zambrano, en un conocido poema suyo*; habitualmente, nos fijamos en lo que hacemos, en lo que decimos, en lo que sentimos, pero pongamos toda la atención en ese yo más profundo, en el sujeto y no el objeto: “yo, que veo”, “yo, que pienso”, “yo, que sufro”, “yo, que estoy viendo esta película”, “yo, que estoy leyendo ahora mismo este texto”, “tú, que lo estás escuchando”.

Vamos a practicarlo... y es posible que, desde ese lugar de nosotros, el mundo no se nos haga tanta bola... Quizás, si la dejamos salir, se nos pueda dibujar en el rostro una suave sonrisa interior, como a la Mona Lisa. Vale, que dice Cervantes al acabar su Quijote, pues ahora es vuestro turno.

jueves, 16 de abril de 2026

Serie epistolar completa Sobre la tecnología y sus riesgos


Queridos amigos y amigas, enlazo la serie completa sobre a tecnología, y copio la última entrega. Espero que sea de utilidad... En general, se trata de series de cartas (sobre el sufrimiento, la educación, la democracia, la libertad...) entre José Luis Campos y yo mismo, que abordan diferentes cuestiones que nos atañen como seres humanos y ciudadanos del siglo XXI, cartas sobre la ceguera, podíamos decir, y tratar de poner juntos algo de luz...


Sobre la tecnología 8/8

Querido amigo, ¡tantas ganas tenías de leerme sobre la (mal llamada) inteligencia artificial, que ya te has lanzado tú mismo a escribir sobre ello! ¿O ha sido para provocarme? ¡Me encanta! Pero no te hacía falta... ya me provoca reflexión este artefacto, este nuevo juguete de la humanidad en manos de una parte ínfima de la humanidad, sus tendencias más irracionales (y eso que está compuesta la IA de algoritmos lógicos; pero, la racionalidad humana contiene mucho más que la mera lógica deductiva). Como decía Nietzsche con su habitual vehemencia, sólo critico lo que triunfa (acuérdate de la broma que te hacía sobre el gobierno, en el final de mi carta anterior, remedando a Tip y Coll). Porque, además, eso parece: que nos puede llegar a gobernar la IA y no al revés. Y por esto, por su intromisión, cada vez mayor y más flagrante, en todos los órdenes de la vida (tú te has referido a ello), como ciudadanos, hemos de someterla a crítica; ser críticos con la IA consiste en tratar de ser muy conscientes de su naturaleza y de sus efectos a medio y largo plazo, contando con el tipo de concreciones de la tecnología que suele regir en nuestro mundo, como ya hemos hablado.

Es muy digno de estudiarse, y algo se ha estudiado, cómo los relatos de ciencia-ficción (literarios, cinematográficos, publicitarios de todo tipo) condicionan nuestros deseos y preparan nuestras expectativas para la aceptación acrítica de ciertas tendencias en el diseño posible de las nuevas tecnologías. Una especie de determinismo tecnológico nos atenaza: estamos (parece) abocados a esos mundos que nos adelantan dichos relatos utópicos o distópicos. En el mejor de los casos, están pensados para hacernos reflexionar y prevenirnos sobre lo que se nos viene encima, si perseveramos en unos determinados desarrollos sociales de los los “avances” científico-técnológicos, pero provocan, quizá sin quererlo, el efecto contrario: que nos aferremos a esa (aparente) única posibilidad y nos entreguemos a ella de forma ciega y sin reservas.

Esta peculiaridad de los efectos no deseados la comprendí hace años, cuando un grupo de voluntarios de una asociación contra el abuso de las drogas se presentaron en mi Centro educativo y mostraron sus efectos dañinos para la salud usando unos medios audiovisuales tan atractivos que, subliminalmente, provocaban en el alumnado un efecto muy diferente del que se pretendía: que les atrajese el probar las drogas si, como aparecía en el vídeo que proyectaron, por la música y el ambiente, el mundo de la droga “daba tanta marcha”). De nuevo, los medios que usamos pervierten los fines que nos proponemos (la forma de llevarlos a cabo), por muy loables que éstos puedan ser inicialmente. Y esto vale para todo, también, y muy especialmente, para la política actual, por ejemplo.

Así que ya tenemos preparado el advenimiento sumiso de la IA (esto unido al mito del progreso, algo de lo que ya hemos hablado) y así, ¿cómo extrañarnos de que esté penetrando la IA, tan rápida y persistentemente, en nuestra vida cotidiana? Basta mirar en el menú desplegable de una “red social” de Internet la gran cantidad de usos (“benéficos”) que puede ofrecernos. ¡Todas nuestras necesidades quedarán cubiertas! Organizar un cumpleaños, aconsejar a un amigo, tomar decisiones en situaciones complejas, satisfacer mis inquietudes existenciales, escribir un poema o un discurso, investigar la verdad, ser feliz, conocerme, resolver mis traumas, ayudarme con mi trastorno de personalidad, qué cocinar hoy, en qué invertir mi dinero, diagnosticar un problema de salud... en fin, todo lo que me preocupe, inquiete o interese en mi vida ya se me da resuelto... y acabado. Y sin haberlo solicitado, ahí, servido en bandeja y gratis, por lo menos por ahora; marketing del más puro: primero creamos la necesidad, que ya vendrá detrás el beneficio, cuando millones de personas estén enganchadas a un objeto o sustancia o situación y les resulte “vital” su uso.

Pero hablemos de la inteligencia natural versus inteligencia artificial, ya que lo mencionas en tu carta. Lo primero, ¿es la IA inteligente? Claro, depende de lo que entendamos por “inteligencia”. Si inteligencia es realizar funciones, seguir unas órdenes programadas de antemano, resolver ecuaciones, reducir la complejidad de lo real a conexiones de la lógica formal binaria (lo que no es blanco es negro y viceversa, la puerta solamente puede estar abierta o cerrada, pero no entre-abierta, con todos sus matices...), deducir, encajar piezas ya preexistentes o conocidas... entonces se puede decir que la IA es inteligente. Pero el riesgo mayor es el reduccionismo: pensar que la inteligencia humana o animal o de la vida o del cosmos... es eso y nada más que eso. Cualquier cosa no puede ser inteligencia. Será inteligencia, pero no inteligente. Esto es otra cosa. Platón distinguía muy claramente entre dianoia y nous: razonamiento y entendimiento o comprensión directa. Y dice el filosófo contemporáneo Luis Sáez Rueda: “Nuestras máquinas jamás pensarán. Jamás comprenderán "sentido", es decir, acontecimientos. Solo pueden llevar a cabo procesos "ciegos". Y su peligro radica en esto último. Los procesos ciegos que podemos provocar son tan vastos e inerciales, que constituyen el nuevo "destino" esperable de nuestro tiempo, si continúa en esta senda”.

La verdadera naturaleza de un ser está en lo que es de suyo, de manera esencial y no accidental, que le hace ser lo que es, aclara Aristóteles. Así pues, una inteligencia es inteligente si lo es de modo esencial y no accidental y, por ello, en el caso que nos ocupa de la inteligencia, está siempre (esta posibilidad de ser y de vivir inteligentemente) en el artífice y no en el artefacto, que ha sido creado artificialmente. Aquí radica una de las confusiones habituales respecto a este tema: una máquina no puede ser más inteligente que el tipo de inteligencia que la ha diseñado y desarrollado, a través de unos materiales y unos circuitos. Y continúan las confusiones...

El poder de la máquina no es el de crear realidad, sino el de fingir la realidad. Y ya que no puede crear vida sino fingirla, tratamos (nosotros con la máquina) de crear la ficción, creernos, que una vida recreada o fingida es real. Y esto no debemos olvidarlo. Recomiendo una película (Sully, dirigida por Clint Eastwood) sencilla pero honda por su alcance (además, basada en un caso real), que contrasta la realidad (siempre nueva, diversa y cambiante, llena de matices insondables, con lo que hay que contar siempre) con una simulación de la realidad, que pretende emitir un juicio “técnico” acerca de la oportunidad o no del aterrizaje forzoso que tuvo que realizar el capitán Sully en el río Hudson con su avión lleno de pasajeros.

Y me dices en tu carta: “Insisto en que es el conocimiento y el autoconocimiento la clave. Saber hacer las preguntas oportunas, saber buscar las respuestas adecuadas, sentir la manifestación de la vida en el propio yo, dialogar verbal y emocionalmente con todo lo que nos rodea. Entender, interpelarse, dudar, sorprenderse, gozar del crecimiento. ¿Cuánto estamos dispuestos a invertir en todo eso?”. Eso mismo me pregunto yo, querido amigo. Pero mira: ¿todo eso no es en lo que consiste filosofar? ¿Y no estamos filosofando... juntos, ahora? Solamente, necesitamos ser más de dos...






sábado, 4 de abril de 2026

SEMBRAR EL AGUA (marzo-2026) - Nuevo libro de poemas


Este libro de poemas consta de dos partes, "Surcos" y "Carecer de nada", escritas entre los años 2023-2025. En su contraportada se indica este sentido general del libro:

    "Para cultivar primero hay que sembrar el agua (las poblaciones de las tierras altas de La Alpujarra saben bien de lo que hablamos). Así podremos hacer la sementera, amelgar nuestra besana para acoger nuevos modos de vivir. Pero también necesitamos confianza, sentir que no carecemos de nada, que debajo de toda carencia o limitación anida una plenitud palpitando.
    Este libro de poemas trata de abrir algunos senderos por los que transitar, unos claros del bosque, en realidad tan viejos, tan tenues como los surcos que el campesino, con paso lento, abre en el campo.
    Dos momentos («Surcos» seguido de «Carecer de nada»), diferentes en la forma y en la tonalidad poéticas, que Sembrar el agua presenta al lector como una propuesta poética (y filosófica) para vivir de otra manera, quizá, más plena y veraz."

Una peculiaridad del mismo, sobre todo en su primera parte ("Surcos"), es la abundante presencia de citas al final de cada poema, que dialogan con él de diversos modos, como queriendo continuar ese mismo diálogo que el poema introduce con el lector...


Ofrecemos estos dos poemas de muestra:


EL NO-SABER

no sabemos
y qué hacer si no sabemos
qué pensar
qué decir qué decirnos
quién conoce la lluvia la nube la rosa
el movimiento no errático del cometa
la gravedad de la gravedad
el instinto del instinto quién
el vuelo certero de este pájaro pequeño
los aires propios de un caballo
el virtuoso del piano que muestra su areté
hasta la nada nadea lo mismo que
el ser es pero no sabemos
y quién se conforma con no-saber
quién permanece ahí
como la rosa el lago el sendero
andar sin camino beber sin bebida
quién es el sabio que no
desea saber el maestro que deja ser
maestro el hijo no hijo la luna no luna
amante sin ser el amante
las ojeras sin el oficio de ojear
oír sin acúfenos ver
y no pensar
modelo razonamiento creencia
que creen que ya saben
                       ésta es la cuestión:
vivir en el saber
o vivir desde el no-saber
hacia las estrellas
en la oquedad de tu mano



El momento en que las cosas y las ideas empiezan
a obedecernos, nos dan la cara y, cual fieras del circo bien amaestradas,
fingen no tener secretos

Adam Zagajewski


Dejar de ser para dejar ser

Schelling


Me retracto de todo lo que he dicho

Nicanor Parra



Este poema de la segunda parte también podemos oírlo en la voz de Paloma Lirola:

HABLAR BAJO


a Pablo Bujalance


Sabemos
            por qué
el poeta debe hablar bajo.
Su voz no era su voz
ni su palabra es ya su palabra.
Lo sabemos

porque si habla alto no habla
                       grita
y al mundo no le hace falta
                       gritar.
Los gritos no se oyen a sí mismos
necesitan silencio.

El silencio tiene su forma de gritar
en silencio
para que su aliento pueda llegar
a todos los rincones

y pueda ser cauce
y manantial
y brote

y en el mundo
alguna vez poesía.


(con Ferreira Gullar)





miércoles, 1 de abril de 2026

¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?


Sobre el miedo a sentir
Café Filosófico en Cortijo Las Monjas 1.1
28 de marzo de 2026, Sala común, 18:00 horas


Cuando la mente ve los atributos como atributos [cualidades o propiedades atribuidas] y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”.

Ibn Arabi, Tratado de la unidad


    Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello – así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!

Nietzsche, La gaya ciencia


¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?

Nuestro primer encuentro en el acogedor Cortijo Las Monjas (Periana-Málaga) trató del sentir y del miedo a sentir. Es muy interesante darse cuenta de ello, porque el miedo, precisamente, nos aleja de ese mismo sentir y, si es el caso que la emoción es desagradable, seguiremos padeciéndola indefinidamente. Entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo relacionarnos con nuestros estados interiores difíciles? Este relator, que estuvo allí presente, os invita a seguir la indagación que el grupo (muy nutrido) de personas, que se reunieron en este precioso enclave de la Alta Axarquía, desplegaron durante dos largas horas, si incluimos la preparación de los cafés y las infusiones con sus bizcochos, dátiles y otras delicias.

Y, dado que estábamos en plena naturaleza, donde lo salvaje y lo cultivado convive sin lucha alguna, porque, no solamente se trata de un alojamiento rural (con alma), sino de una finca de olivos centenarios (o más allá), de agricultura ecológica y regenerativa, ¿por qué no enfocarnos en eso mismo, en la naturaleza, y ver qué nos depara esta visión? Quizá un anhelo, si nuestras vidas se hubieran alejado demasiado de nuestro origen como seres naturales. El viejo Aristóteles fue muy cuidadoso distinguiendo con precisión la diferencia (radical) entre lo natural y lo artificial, que bien nos valdría recuperar hoy ante tanta mediación tecnológica, que nos lleva en ocasiones a confundir, por ejemplo, una inteligencia natural con la “inteligencia” artificial, o lo que es más peligroso, nos lleva a reducir la primera a la segunda. Es crucial, por lo tanto, que no nos olvidemos de que todo lo que existe por naturaleza (según physis) guarda en sí mismo la causa o principio de su propio ser, lo que le hace ser lo que es; sin embargo, lo artificial no existe por sí mismo, sino en virtud de un principio o causa exterior, que le viene de la mano del artífice. Y en esto hay grados de artificio que podemos rastrear en cada caso.

Pero antes, el moderador del encuentro realizó una introducción sobre el carácter de este tipo encuentros filosóficos: que aquí la filosofía se practica y no solamente se sabe o se dice, que la filosofía se entiende en un sentido sapiencial, pues se orienta a la vida buena, a través del autoconocimiento y la transformación interior, y que el medio por excelencia para desarrollar dicha filosofía practicada es el diálogo; pero no el competitivo debate, la tertulia solipsista, la conversación como un mero intercambio de opiniones, o bien, la charla que pronuncia una autoridad en la materia; pues el diálogo se construye colaborando, todos juntos, en una indagación que persigue una finalidad común: entender y entendernos, aclararnos, sobre la cuestión elegida entre todos... lo que más nos inquieta, interesa o preocupa en ese preciso momento (y ya sabéis lo que fue el caso, aquella tarde).

Después de esta introducción, que incluía también una breve explicación de las reglas básicas del diálogo para que éste fuera adecuado, el moderador, entonces, planteó a los asistentes, ellos y ellas, la siguiente pregunta inicial de autorreflexión: ¿Qué busco yo en el contacto con la naturaleza? Y éstas fueron las diferentes respuestas: busco (y encuentro) paz o sosiego físico y mental, lo esencial, conectar conmigo a través de ella, recargarme de energía, la alegría de mi niñez, la felicidad, cambiar mi modo de vida habitual, la armonía, el retorno a lo originario, sanación, libertad, vitalidad, relajación, soledad, plenitud, busco la inmensidad... Y, sin duda, tú también hubieras podido aportar tu respuesta personal.

El diálogo propiamente dicho se desarrolló, en esta ocasión, a través de tres etapas fundamentales: el examen de las causas de ese miedo a sentir, que a veces sentimos; las propuestas contrastadas, según la experiencia de los participantes, para llegar a ser capaces de sentir lo que sentimos sin miedo a sentirlo; y, finalmente, las conclusiones básicas que se extraían del diálogo en su conjunto. Vamos, pues, a ello.

¿Por qué evitamos, dilatamos en el tiempo, sustituimos o compensamos sentir nuestras emociones o sentimientos? Y es cierto que nos causan malestar en ocasiones, pero no siempre... y, a pesar de eso, también las evitamos, no sea que después venga lo peor, porque «es imposible que esta felicidad me dure mucho tiempo», decimos. Aunque, efectivamente, otras veces se trata de experiencias dolorosas que tengo ahí atrancadas y sin digerir. Y nos protegemos como sea, el tiempo que sea necesario, para que no aparezca la sombra monstruosa del dolor. O bien, nos entretenemos con lo más inmediato o agradable. Esto nos pasa, sí, y esto hacemos (o no hacemos y entonces nos inhibimos). ¿Pero, por qué? El grupo establece la hipótesis de la mala educación de las emociones: no nos han enseñado o no hemos aprendido a sentir, ni a reconocer lo que otros sienten, a expresar lo que sentimos, a regular su intensidad o a gestionar su impacto en nuestra psique. ¡Imagina, querido lector o lectora, una escuela en donde el trabajo con las emociones fuera una materia transversal y obligatoria! El desarrollo de la inteligencia emocional, y no solamente de las otras inteligencias, la verbal o la matemática... Tampoco hemos aprendido a encajar, constructivamente, el juicio de los demás sobre nosotros mismos ni a evaluar adecuadamente las consecuencias emocionales de nuestras acciones; ni tan siquiera somos capaces de ver, muchas veces, la estrecha relación que hay entre nuestras creencias, nuestras emociones y nuestra conducta. Y esto también es conocerse uno a sí mismo...

Pero he aquí que algunos participantes comenzaron a poner el foco en el miedo a la muerte. Y, por esto, hacemos un alto en el relato: recordemos que el tema de hoy no era, en sí, el miedo o los miedos... a algo o a alguien, sino el miedo a sentir en mí los efectos de ese algo o ese alguien (tanto interno como externo), las emociones que me provoca. Esto es importante que no se pierda de vista para poder seguir bien a nuestros participantes. De manera que el miedo a la muerte, realmente, aportaba una dimensión nueva al diálogo. Un miedo subterráneo, siempre presente que, desde el fondo subconsciente de nosotros, acecha sin descanso y contamina todo lo que vamos sintiendo... hasta arrojarnos en el miedo a sentir plenamente cualquier estímulo o situación. Algo así como sentir vagamente que «si no puedo con la muerte, cómo voy a poder con mis estados dolorosos o desagradables»; en definitiva, que estamos abocados al fracaso, a ese límite máximo de la traidora muerte ineludible. Y ya no podemos sentir, sencillamente, el sentir. Así, se atrevió el filósofo alemán Martin Heidegger a definir al ser humano como un ser-para-la-muerte. Lo que quiere decir que todo temor tiene, como base, un temor a la muerte. Y esto lo quiso mostrar nuestro grupo, sin tener que citar a ningún filósofo.

¿Cómo podemos, entonces, tratar de vivir sin miedo a vivir? El miedo que dicho miedo a la muerte nos ocasiona en el día a día. (Cuando nos lo produce... porque no pretendemos generalizar). Apunta una participante que las diferentes tradiciones permiten sentir, a los individuos de una cultura, determinados momentos vitales de una manera compartida o ritual, y que esto ha funcionado históricamente y sigue funcionando. Por otro lado, varios participantes insisten, desde su experiencia personal, en la importancia de atravesar ese miedo... a sentir, como también habría que procurar con los demás miedos, más específicos. Precisamente, sentir el sentir a fondo, experimentarlo de veras y sinceramente, sin huidas ni compensaciones. Esto implica que nuestra capacidad de darnos cuenta (nuestra conciencia) ha de estar siempre muy presente en ese proceso de sentir a fondo, de sentirlo todo del todo. Y no olvidar que nuestra actitud debe estar situada más en el sentir que en el entender, aunque una primera fase de comprensión de lo que nos pasa es necesaria; puesto que no se trata de un proceso mental sino sentido, una comprensión sentida (como la denomina Mónica Cavallé). Y en esto nuestro cuerpo es una buena guía, señala otra de las participantes: captar cómo se expresa la emoción o el sentimiento en alguna parte de nuestro cuerpo.

Una vía más de trabajo interior, para ser más capaces de ir más allá de nuestro miedo a sentir que, en último término, es un miedo a vivir, tiene que ver con el reconocimiento de nuestro “personaje”, esa idea (imagen o concepto) de nosotros mismos que nos hemos ido forjando a lo largo de la vida, sobre todo en la infancia, con todo lo que nos ha ido pasando y nuestras respuestas a eso que nos ha ido pasando. Como resultado obtenemos: que aquello que va a favor de ese personaje o idea de nosotros, lo perseguimos o lo deseamos, y todo aquello que entra en conflicto con dicha idea de nosotros, lo tememos o lo apartamos de nosotros. Sobre esto hablaron varios participantes. Otra estrategia consistiría en ir ganando confianza en uno mismo, comprendiendo que lo que siento posee un sentido que irá mostrándose con el tiempo. Como puedes ver, querido lector o lectora, no faltaron las aportaciones para “curarnos” nuestra incapacidad para sentirlo todo.

Al final, el grupo se fue con algunas pequeñas lecciones aprendidas (o al menos, comprendidas). Primero, que el miedo a sentir equivale a un miedo a vivir; que, en el fondo de ese miedo, está el miedo a la muerte y que, por lo tanto, se trata de aprender a “morir” a cada instante, como recomendaba el sabio sufi Ibn Arabi. Ya que nuestras células mueren y se regeneran continuamente, ¿por qué no aprender a hacer lo propio nosotros, como actitud? Comprender que nuestra vida no es siempre la misma y que está sometida a constantes cambios. ¿Y qué supone un cambio, sino que algo acaba (o muere) y algo comienza (o nace)? El ejercitamiento personal consistiría, pues, en aprender a soltar eso que se va y abrazar lo que viene, como un hecho natural en nosotros. Segundo, relacionado con lo anterior: que yo debo obligarme, casi a diario, a sentirlo todo, profunda y conscientemente (Nietzsche lo llamaba “un santo decir sí”, también lo penoso o desagradable); pero no para quedarme ahí, arrojado y maltrecho, desahauciado de mí, identificado con lo que siento que me pasa, sino para soltarlo todo, una vez que lo he sentido a fondo; algo que es posible, por lo general, gradualmente. Esto es un proceso que conocen muy bien las personas que han sido capaces de superar un estado de duelo o pérdida. Cuando siento a fondo mi dolor, y siento el sentir mismo ese dolor, algo en mí, que no es dolor (porque está sintiendo el dolor), me eleva desde el fondo hasta la superficie y una alegría profunda, serena y lúcida, emerge de nuestro interior. Vale.







sábado, 21 de marzo de 2026

jueves, 19 de marzo de 2026

EL NUDO GORDIANO. Podcast 1: ¿Te puedo llamar?


Iniciamos una serie podcasts, con Paloma Lirola, de título EL NUDO GORDIANO, en donde la filosofía se abre al humor y viceversa. Esperamos que sea de vuestro interés y agrado. Gracias, Paloma, querida amiga, por hacer posible este nuevo reto filosófico...

Copio a continuación uno de los textos introductorios de este primer capítulo,

y un interesante enlace sobre la cuestión:

https://www.xataka.com/historia-tecnologica/todo-ia-parece-radicalmente-nuevo-filosofo-vio-venir-hace-50-anos-michel-foucault


¿Te puedo llamar?

A ver, Paloma, ¿qué nos pasa?, ¿qué nos está pasando? Para eso estamos aquí, para examinar todo esto, ¿no es verdad? Porque, tal como nos dejaba dicho Sócrates en su discurso de autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba, acusándolo de crear nuevos dioses y de corromper a la juventud, por insistir en que cada uno de nosotros fuéramos capaces de pensar y de vivir por nosotros mismos: “Una vida sin examen de sí misma no merece la pena ser vivida”.

Y no tengáis compasión, de esa que tú dices que “nos da pena el otro ser humano”, y que pone trabas al humor y a la comedia; pero tened mucha compasión, de la otra, la auténtica compasión (no la de origen judeocristiano), que nos hace partícipes de los demás, que son como yo, y yo como ellos. Y que también nos permite reírnos de nosotros, un distanciamiento necesario... precisamente, para aprender de nosotros mismos.

Así, huyendo de esas recetas fáciles y precocinadas del buen vivir, que tú decías, dulces al paladar pero indigestas debido a su procesamiento industrial, vamos aquí, nosotros, ahora, con todas estas personas que nos acompañan, ahora o después, a tratar de aclarar y de aclaranos qué nos pasa, qué nos está pasando.

Este primer nudo gordiano sobre nuestro tembloroso: ¿Te puedo llamar? ¿Por qué “molestar a alguien se ha vuelto emocionalmente costoso”?, como afirma Javier Lacort (en la revista digital Xataka). ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasando? Luego leeremos vuestras preguntas y compartiremos vuestras dudas, pero, ahora mismo, vamos a tratar de situar esta novedad.

Me han encantado tus dos experimentos, Paloma. Esa amiga que te colgó el teléfono, ¿te ha llamado ya? Si no lo ha hecho, ¿qué nos cabe esperar, en un mundo así, en el que dos amigas no pueden llamarse, en cualquier momento, y haya que pedir audiencia para hacerlo? Si lo ha hecho, si te ha llamado, todavía podemos salvarnos, si esto sigue siendo frecuente, claro.

Y, ¿por qué lo digo? Porque todavía no habríamos perdido el norte de las relaciones humanas, que se dan siempre entre seres humanos y no otra cosa (pensad cada uno en lo que se os venga a la mente). Pasa lo mismo que cuando hace tiempo que no hablas con un amigo que, al principio, te sientes con menos confianza. Y si ha transcurrido más tiempo todavía, la pierdes del todo o casi del todo. Confianza. ¡Qué importante es la confianza para vivir bien! Confianza, ¿en qué? Hace poco, hablamos de esto en un Café filosófico. La importancia de crear y recrear espacios sociales y personales de confianza... Como éste que inauguramos aquí, hoy, ¿no es verdad, Paloma? Al menos eso queremos, con vuestra ayuda...

¿Qué nos está pasado, cuando sientes que tienes que preguntar, antes de llamar: “¿te puedo llamar?” Es cierto que antes (antes de tener a la mano, todo el día, ese teléfono que es móvil y que llaman “inteligente” –no sé por qué, o sí lo sé...) no había otra opción que descolgar, marcar y llamar, sin avisar o prevenir... ¡que voyyyy...! Pero, ¡qué libertad, qué naturalidad, qué confianza! Porque yo me sentía libre para llamar y tú para decirme que no podías en ese momento hablar conmigo, sin que esto supusiera una intromisión o una posible grieta en la relación. De verdad, ¡qué paz, qué tranquilidad, qué confianza mutua!

¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasado? La confianza que podemos desarrollar es triple: confianza en uno mismo, confianza en los demás y confianza en la vida. ¿Cuál es la desconfianza originaria, que explicaría este desenlace, la pérdida de confianza en alguna de las otras dos? Esto podemos discutirlo juntos a continuación... si os apetece.

Pero, antes de finalizar esta pequeña introducción, me gustaría plantear una cuestión de fondo: cómo las tecnologías están moldeando nuestro mundo sin pedirnos permiso. Veamos: toda tecnología es un medio para un fin, pero ¿qué ocurre cuando una tecnología se convierte en un fin en sí misma? Pues, que yo me convierto en un medio para ella... y entonces, la esclavitud humana está servida; nuevas formas de esclavitud están servidas, con las nuevas tecnologías. Esto lo pongo como un riesgo, claro. Pero un riesgo que ya estamos sufriendo. ¿Y qué podemos hacer? Pues, comenzar juntos a tomar conciencia. Como estamos haciendo aquí, ahora, juntos...

Pensad una cosa: el modo habitual en que se implementan las nuevas tecnologías. Como dice Lagdon Winner, un conocido filósofo de la tecnología, dejamos que la apisonadora nos aplaste, luego nos levantamos y, maltrechos, tratamos de medir sus efectos sobre nosotros. Suena a chiste, pero es lo que sufrimos continuamente. Miradlo a ver...


jueves, 5 de febrero de 2026

Sobre la tecnología (nueva serie epistolar)


 Amigo José Luis,

qué bien que nos sigamos cuestionando el mundo que nos ha tocado vivir. ¿Qué otra cosa podemos hacer como ciudadanos, sino tomar conciencia juntos y que esto contribuya a vivir de otra manera, mejor, si es posible? No sé si te das cuenta, pero te estás convirtiendo en un filosofo de los buenos, de los que piensan por sí mismos y no esos que usan sus “filosofías” para justificar con lo que dicen algún interés particular. En este sentido, necesitamos ciudadanos-filósofos, lúcidos, y no solamente clientes, consumidores, votantes u hombres-masa. Y somos ya esos ciudadanos, pero hay que practicarlo para desarrollarlo.

Así que, en esta ocasión, en esta carta, únicamente me limitaré a ponerle nombre a algunos de tus comentarios, desde el ámbito de la filosofía de la tecnología, una reflexión filosófica que tanta falta nos hace. Somos conscientemente inconscientes de cómo las tecnologías moldean nuestro mundo y lo importante que sería relacionarnos adecuadamente con ellas. Hay un triángulo mágico que no puede descuidarse, para comprender qué nos pasa con la tecnología y qué podemos hacer con ella: todo artefacto es un producto de la interacción entre ciencia-tecnología-sociedad. Y esto lo intuimos: la tecnología no sería la misma sin el modo moderno de la ciencia que la sustenta, ni viceversa, y ellas no serían como son sin la sociedad de la que emergen en la forma de intereses, que luego mutan en objetivos rentables o estratégicos a perseguir. Y te traigo una pequeña muestra de esta preocupación social por la tecnología: en los dos últimos cafés filosóficos que he dirigido ha sido esta temática de la tecnología la elegida por los participantes, y no han sido las únicas ocasiones.

En la propia naturaleza de la tecnología, que no es lo mismo que la técnica, las técnicas tradicionales (como distinguía muy bien Ortega y Gasset en su conocido ensayo Meditación de la técnica), está su capacidad de impactar y transformar el mundo en el que nace. Un sencillo ejemplo, ya clásico: el ferrocarril para ser viable necesita vías por las que discurrir, pero éstas modifican el entono natural, peinando las excavadoras el paisaje con rayas artificiales.

Y sí, como dices, la utopía ilustrada del progreso social y moral mediante una constante innovación tecnológica, lo que se llama muchas veces desarrollo científico-tecnológico, fácilmente puede transmutarse en distopía, generando tantos problemas (sociales, medioambientales, a nosotros y a las generaciones futuras) como sufrimos en la actualidad. Es verdad que nuestra sociedad no sería la misma sin la tecnología... pero miremos con atención: para bien y para mal.

No se trata de ser catastrofistas, ni tampoco tecnófobos, pero tampoco lo contrario: ingenuos tecnofanáticos. Es necesaria una cuidadosa evaluación de esas tecnologías antes, durante y después de su desarrollo. Esto dijeron los participantes en uno de esos cafés filosóficos que antes te decía... Una evaluación social de tecnologías, y no solamente, economicista o pragmática, cortoplacista e interesada. ¿Quién debe decidir? Acudiendo al sentido común, a la máxima sensatez de que seamos capaces, las personas o colectivos afectados (tanto a escala local como planetaria, según el caso), que van a padecer las consecuencias, los peligros o riesgos de la implantación de una nueva tecnología (sin lo que parecen no poder subsistir nuestras sociedades, que basan su desarrollo económico en la innovación constante, como decíamos, que tantas veces permanece ciega respecto a sí misma y sus efectos, adónde nos lleva y qué mundo queremos construir.

Una imagen muy conocida del filósofo de la tecnología Langdon Winner describe perfectamente nuestra dinámica habitual con la tecnología, consecuencia también de su ritmo vertiginoso: dejar que una apisonadora te aplaste y luego incorporarte para medir sus huellas o efectos sobre ti. Suena gracioso, y absurdo, o más bien trágico, pero es lo que sucede con cada proceso de I+D+I (investigación, desarrollo e innovación tecnológica). Basta mirar, de nuevo, con atención.

Y ya para acabar esta carta, otra imagen iluminadora, con pregunta explícita: ¿se parecerán estos procesos a una locomotora que baja por una pendiente a toda velocidad, sin frenos y sin conductor? Pues a ver qué podemos hacer con todo esto, querido amigo. ¿O no podemos hacer nada, lo que podría describirse como una suerte de determinismo tecnológico? ¿Es inevitable, como planteabas, que los medios se conviertan en fines, es decir, que los medios tecnológicos impongan sus propios fines y nos pongan a nosotros, los seres humanos (y al planeta entero) a su servicio? En este sentido, ¿te parece acertado ese tópico popular (incluidos muchos expertos) que dice que la tecnología es siempre neutra, y que es su uso lo que la convierte en buena o mala?


Para seguir la discusión y poder participar:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2026/02/sobre-la-tecnologia-28.html

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Sobre la educación


Damos paso a una nueva serie de cartas. en este caso, Sobre la educación ¿Qué educación necesitamos? ¿Qué es una buena y una mala educación? ¿Quién educa?¿Quién educa al educador? En fin, que de esas y otras preguntas se busca respuesta en estas cartas que han comenzado a publicarse...

Aquí va la primera... de José Luis Campos. La serie completa consta de seis envíos. Espero que nos incite al diálogo, que es lo que se pretende: suscitar la discusión, la conciencia ciudadanas y que esto pueda llevar a una acción ciudadana más consciente.

Diálogos de Fuente Hondera: https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/2025/11/sobre-la-educacion-16.html