Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 10 de junio de 2024

LA SOGA


LA SOGA

Basada en una obra de teatro de Patrick Hamilton (1929), La soga (“Rope”, Alfred Hitchcock, 1948) fue una obra polémica en su momento, por las sutiles referencias al nazismo y a la homosexualidad, y también lo fue para los asistentes de esta sexta edición del ciclo Cine y Pensamiento, organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga, dada la animada discusión a que dio lugar... Toda obra de arte auténtica nos plantea verdaderas cuestiones que siempre nos atañen. Lo veremos ahora. Pero conviene reconocer de antemano dos peculiaridades de esta película: la primera, que toda la película está filmada en un falso plano-secuencia, dada la longitud de los rollos de la época, pero que en todo momento se nos aparece como si fuera verdadero, gracias a la pericia de su director; y la segunda, que se sabe desde el primer plano “quién ha matado a quien”, pero ello no le resta nada de intriga o de suspense. Esto era muy capaz de lograrlo Alfred Hitchcock, poniendo a su servicio la capacidad empática del observador. ¿Serán descubiertos los asesinos? ¿Abrirán de una vez el arcón donde se oculta el cadáver?

Pero a nosotros nos interesa descubrir las preguntas latentes, debajo de lo que estamos viendo, y poder filosofar sobre ellas, planteándolas de un modo consciente y lúcido. Desde las imágenes, a través de ellas... Uno de los protagonistas (interpretado por James Stuart) ha sido profesor (¡de filosofía!) de los ejecutores del crimen “perfecto”, que defendía “el asesinato como privilegio de unos pocos” y afirmaba aprobar el crimen, de una manera exageradamente irónica... Pero, claro, ¿era capaz su alumnado, todo su alumnado, de captar tal ironía y excentricidad crítica de tal método de enseñanza? Esto nos plantea el tema de la responsabilidad del educador, acerca de los contenidos y de los modos de transmitirlos. Además, ¿debe un profesor o maestro o educador, en general, mostrar sus propias creencias o su ideología a su alumnado? ¿Debe dar respuestas o hacer preguntas, hacer pensar? Fue uno de los objetos del diálogo de aquella tarde.

Relacionado con lo anterior, la película plantea una cuestión más profunda: las ideas son lo más peligroso. Los seres humanos actúan de acuerdo a sus ideas, lo que produce consecuencias en la práctica. De manera que si las ideas son inadecuadas, su puesta en acción puede llegar a ser dañina o peligrosa. Sabemos por experiencia histórica que cualquier actuación puede llegar a justificarse racionalmente... Por eso, el filósofo de la ciencia y de la política Karl Popper, insistía tanto en la necesidad de realizar constantemente un análisis crítico de nuestros pre-juicios. Según él, incluso ésa debería ser la función de la filosofía. Además, es muy importante saber que las ideas nunca mueren... y pueden reaparecer en cualquier tiempo o contexto. Todos podemos traer a la mente ejemplos actuales que nos preocupan. Y, por último, las son fácilmente manipulables o interpretables... una idea es una fina línea por la que es fácil despeñarse, y el filo de la navaja volverse funesto.

Esto lo sabía muy bien Friedrich Nietzsche. Pero también lo ha sufrido su filosofía: la mala interpretación de sus ideas. Cierta interpretación protofascista ha deformado en demasiadas ocasiones su obra, desde que su hermana se hizo cargo de su legado. Y esto lo recoge nuestra película. Ese tópico. Expresiones nietzscheanas como “más allá del bien y del mal”, “voluntad de poder”, “moral de esclavos y moral de señores” o su doctrina del hombre superior o “superhombre”, se ha tomado a veces como una excusa para justificar el dominio de unos seres humanos sobre otros, a través de un supuesto derecho de los más fuertes respecto a los más débiles. Precisamente, de esta manera defendían los asesinos en la película su crimen. Sin embargo, Nietzsche relacionaba la superioridad con una superioridad espiritual, afirmadora de la vida, con todo lo que ésta conlleva de placer o de sufrimiento. Una actitud trágica, muy consciente, de aceptación de lo que hay; amor fati, que decía. Sin embargo, y como ejemplo, es necesario saber, para interpretar adecuadamente sus doctrinas, que las figuras del artista creador y del niño son las que mejor representan aquella idea de un “hombre superior”, que es fiel a sí mismo y se ha emancipado del sentimiento aplastante de la culpa (que no es lo mismo que la responsabilidad).

Entonces, ¿quién es un ser superior? ¿Quién es el débil o encarna la debilidad humana? Así, el grupo de personas asistentes (bastante numeroso) que se quedaron a dialogar sobre las implicaciones filosóficas de la película, establecieron dos tipos o niveles de “superioridad”: una superioridad material o externa y una superioridad espiritual o interna. La primera, busca sentirse fuerte a través del dominio de los otros, a los que previamente ha de considerar débiles; una necesidad convertida en resentimiento. En el fondo, se siente débil, pero él no lo sabe o se oculta detrás de la fuerza o el sometimiento de los demás (o los que puede). Todos conocemos ejemplos de esta actitud, si lo miramos con atención: el tirano, el acosador, el maltratador, el explotador, el discriminador... que se ha investido a sí mismo de fuerza y de supuestas razones. El segundo tipo de superioridad, está basada en la nobleza o grandeza interior, en la autosatisfacción, en el autoconocimiento. Una autosuficiencia que no necesita ni depende de lo exterior. Ya es, y se siente, fuerte y seguro. Así es como lo blando vence a duro y lo flexible vence a lo rígido, dice el Tao. Esto nos lleva a tomar conciencia de que no sólo la víctima, sino también el verdugo, necesita ayuda (además, comprendemos mejor los casos en los que la víctima se ha convertido en verdugo). En fin, que nuestro profesor de filosofía (que también era humano, demasiado humano) comprendió lo que había hecho (o lo que había provocado), de una manera dramática en La soga. Salud y buenas ideas, y que también lo sean en la práctica.

martes, 4 de junio de 2024

¿Por qué nos sentimos tan aislados?


Sobre el aislamiento social

Café Filosófico en Torre del Mar 3.5

11 de abril de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas

Los compromisos del tipo “hasta que la muerte los separe” se convierten en contratos “mientras estemos satisfechos”, contratos temporarios y transitorios por definición, por decisión y por el costo pragmático de su impacto y, por lo tanto, propensos a ser rotos unilateralmente y evitar el precio de intentar salvarlos, toda vez que una de las partes huele una oportunidad más ventajosa fuera de esa sociedad.

Zygmut Bauman, Modernidad líquida


¿Por qué nos sentimos tan aislados unos de otros?

¿Cómo es posible que los seres humanos nos lleguemos a sentir tan separados, como islas de un archipiélago aislados, si las islas están unidas por la base de roca en la tierra, si el mismo mar las baña y nos permite navegar entre ellas y reconocernos unos a otros? ¿Por qué? ¿Por qué? El asombro movilizó el discurrir de estos filósofos que no vienen a escuchar charlas ni a competir con las palabras, sino a filosofar. Con nuestra presencia mostramos que aquí, entre nosotros, lo que prima es la relación, la conexión, la pertenencia, el formar parte sin tener que desaparecer yo. Veamos, con ellos y ellas, la manera de resolver este embrollo... o quizás tendríamos que disolverlo (como preferiría Ludwig Wittgenstein), pues no deja de ser bastante irreal todo aquello que nos confunde. Somos islas no aisladas. Pero así somos los seres humanos: a menudo, necesitamos perdernos para poder encontrarnos.

Sucede con el problema que aquella tarde les ofuscaba a los participantes, pero sucede lo mismo con el fenómeno de la admiración por las cualidades internas de otras personas que no somos (aparentemente) nosotros, algunos personajes de ficción, o bien, ciertos fenómenos de la naturaleza que nos despiertan el asombro. Si yo siento admiración por la fuerza o la vitalidad o la inteligencia o la eficacia o la voluntad de alguna persona o personaje, si yo puedo sentirlo, si soy capaz de sentirlo, sin duda, ya lo poseo de algún modo, de lo contrario no podría sentirlo, ni siquiera apreciarlo. Ahora bien, es posible que necesite desarrollarlo un poco más, o lo que sea necesario, pero no puedo decir que no me pertenece, que está fuera de mí en otro. Pues bien, esta cuestión les planteó el animador del encuentro y esto fue lo que dijeron: ¿qué cualidad admiras? La generosidad, el rigor, la entrega, la serenidad, la fortaleza, la armonía, la capacidad de sonreír, el orden, la valentía, la capacidad de trabajo, la luminosidad, la fluidez mental, la apertura a los demás, la capacidad de superación, la empatía, la tolerancia, el respeto, la integridad, ser capaz de no ver la televisión, la amplitud de miras... ¿Y qué cualidad interna es la que tú, lector, admiras fuera de ti? Vale... pues ya sabes que ¡está en ti! Si no, ¿cómo podrías llegar a saber que eso es admirable para ti? Míralo.

Es cierto, nos sentimos muy aislados, tantas veces, en este mundo complejo e inabarcable, que parece que funciona sin nosotros, que no nos necesita para nada. ¿Por qué nos sentimos tan aislados? ¿Se trata de causas externas o de causas internas? Y, comenzamos la singladura. El individualismo, el culto al yo, que promueve este sistema capitalista que nos cerca; el exceso de conectividad, que se traduce en conexiones virtuales y no reales; las excesivas posibilidades de movilidad, o los excesivos cambios a los que están sometidas nuestras vidas; la competitividad excesiva, las prisas, la aceleración de nuestra vida social, el exceso de monólogos... en fin, todo esto excesivo. Y nos conduce a desarraigarnos, desanimarnos, frustrarnos, deprimirnos... Pero, ¿y si dejamos de considerar el exceso? Todos esos factores por sí mismos podrían conducirnos a la interacción y la comunicación, podrían incluso mejorarla, pero, en exceso, se vuelven nocivos y contraproducentes, van contra nosotros mismos... Puede uno sentirse individuo, sentirse conectado, con mucha capacidad de movilidad, aprender a ser eficaz, desarraigarse de ciertas tradiciones... y no por ello sentirse uno aislado, solo, separado, triste, angustiado. El grupo comenzaba a intuir por dónde buscar la respuesta. Pero hacía falta una mayor maduración del diálogo.

Señaló una de las participantes que Zygmut Bauman ha llegado a hablar de “amistades líquidas” o de “amor líquido”. En las sociedades contemporáneas todo se vuelve tan complicado, tan incontrolable, que mejor quedarse con las relaciones “mientras estemos satisfechos”. Pasaba con mayor frecuencia en las sociedades más urbanas, pero todo se va igualando en todos los contextos sociales... de una manera gradual. Esto concluyeron los participantes. Hoy se ha desdibujado la separación entre lo urbano y lo rural o tradicional... y el exceso de que hablábamos lo invade todo (lo tergiversa y acaba contaminando las relaciones humanas).

Pero, querían seguir indagando: es fundamental, dijeron, el factor personal en estas circunstancias adversas que tienden a arrastrarnos y a diluirnos. Nuestra actitud o respuesta. Porque sabemos, por experiencia, que podemos sentirnos aislados aunque no estemos materialmente solos. Podemos sentirnos solos, estemos o no estemos conectados a las redes sociales... y lo contrario, sentirnos bien con nosotros mismos y con nuestro entorno, en cualquier circunstancia. ¿De qué depende? Pues, de nuestra maduración personal (nuestra autonomía, autosuficiencia, seguridad, sentido propio, autoconocimiento, autorrealización, suficientemente desarrollados). ¡Y esto es lo que muchas veces nos falta!, afirman. Es posible que podamos formar parte, sin que tengamos que desaparecer o desdibujarnos nosotros, si estamos bien situados, en nuestra propia identidad o realidad, nuestra autoconciencia. La conexión con esto interior nuestro y su desarrollo, nos hace a prueba de bombas. Si estoy en mí y me reconozco, y vivo mi propio valor, con plenitud, será difícil que que yo me sienta solo, aislado, desarraigado... Y podré vivir mejor en este mundo de soledades abundantes. Se trata de sentirnos unidos interiormente con el resto de la humanidad. Lo demás... cae por su propio pie.

Entonces, ¿qué hay del amor? El amor es esa unidad que sentimos con todo lo demás. Pero, ¿podemos sentir el amor sin desarrollar la capacidad de amar? La esencia del amor es amar... a pesar de las circunstancias, sin tener que esperar nada, ni siquiera el ser correspondidos. Esto es lo que depende de nosotros. Si aprendemos a amar, a nosotros mismos, a los demás, a todos los seres que nos rodean, si aprendo a confiar en la vida (la vida en nosotros), nunca me sentiré aislado, separado, perdido... por mucho que se empeñen las circunstancias. El que lo ha probado, lo sabe.


sábado, 1 de junio de 2024

Oda a la Luz de Acequias y Tinaos


Libro poético-pictórico

Autores: Berto Martínez Tello y Antonio Sánchez Millán

Editorial Dos Aguas (Instinción, Almería)

Publicación: mayo 2024

120 páginas a color, que incluyen 48 pinturas y 38 poemas, relacionados entre sí

Finalidad solidaria (los beneficios íntegros de la presente edición irán destinados a la Comunidad de Regantes de la Acequia de Los Lugares: Capileira, Bubión y Pampaneira)

Prólogo: José María Martín Civantos, profesor titular del Departamento de Historia Medieval y de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Granada, Coordinador del proyecto MEMOLab (Laboratorio de Arqueología Biocultural), de estudio y apoyo a las Comunidades de regantes.

Contraportada:

¿Qué se puede pintar, escribir, de estas tierras altas de La Alpujarra? ¿Qué formas pueden dibujar la pluma y el pincel? ¿Pueden recoger su luz trenzada en senderos y tinaos? ¿Seguir el curso de las acequias hasta los pueblos, como los niños el rastro de las hormigas? ¿Entregarse al misterio detrás de cada esquina o desnivel? ¿Dialogar con el entorno y sus gentes, y sin prisas, detenerse, demorarse? En este libro singular, un maridaje poético-pictórico, los autores vuelcan en cada página sus vivencias únicas de esta tierra, hecha de pizarra y de nubes. En él se pinta y se escribe a su luz y desde su luz.


Presentación en Capileira 17/05/2024



viernes, 24 de mayo de 2024

El nombre de la rosa



EL NOMBRE DE LA ROSA (1986)

La mayoría de los asistentes a esta quinta sesión del ciclo Cine y Pensamiento, organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga y la Fundación María Zambrano, había visto la película... y habían leído la novela de Umberto Eco (1980), en la que se basa. Pero allí no estamos solamente para ver una película, sino para dialogar sobre ella, a partir de ella, desde ella y desde nuestra propias experiencias actuales. Esto también es necesario, muy necesario. Por eso, quizás, la sala estaba tan llena. Umberto Eco escribió una gran novela y Jean-Jacques Annaud realizó una gran película, tanto monta...

Hay dos maneras básicas de ver esta película: atentos a su trama de suspense y detectivesca, situada en la baja Edad Media (en 1327 transcurre la acción, en una abadía benedictina del norte de Italia; un Cherlock Holmes y un Dr. Watson medievales), o bien, como el choque de dos visiones o culturas contrapuestas: por un lado, un mundo que agoniza y muestra las contradicciones y absurdos a que llega en su degeneración; y la otra que emerge llena de fuerza, crítica y orgullosa, segura de sí misma y de sus posibilidades, la Modernidad, de la que somos herederos. En la trama, esta última visión del mundo estaría representada por los personajes Guillermo de Baskerville (muy posiblemente el teólogo y filósofo Guillermo de Ockham en la ficción, interpretado por Sean Connery) y su discípulo Adso (interpretado por un joven Christian Slater). La visión medieval, decadente, estaría representada por el resto de personajes, los monjes de la abadía (caracterizados de un modo grotesco tanto en sus rasgos físicos como psicológicos), especialmente el venerable Jorge.

Queda claro, entonces, que se trata de una época de crisis, como sucede siempre que algo acaba y algo comienza. Y así fue el siglo XIV, un siglo de crisis. Veamos algunos aspectos de esa crisis: desintegración del Imperio germánico, heredero del Imperio romano; división en el seno de la Iglesia (Cisma de Avignon, con Juan XXII, discusiones teológicas, por ejemplo, sobre la pobreza o no de Cristo y de la misma Iglesia); luchas entre el Pontificado y el Imperio, lo que supone el final de la armonía entre el poder civil y el religioso, así, el emperador (Luis IV, Sacro Imperio romano) en la película ayuda a Guillermo contra el Papa; crisis económica, el hambre y las epidemias que asolan Europa; y una crisis de valores terrible, que se muestra en el surgimiento con fuerza de herejías (p. e. los Dulcinistas), nuevos cultos como la brujería, la magia, el terror apocalíptico y, como consecuencia, una Inquisición que se vuelve más represiva. Pero, veamos rápidamente algunos de los elementos principales de este choque de culturas:

1) Frente a las explicaciones de tipo sobrenatural, ahora se tratan de buscar explicaciones más naturales o racionales a los sucesos (así, Guillermo pretende explicar las muertes que se producen en la abadía sin “suponer anticristos”. Así, comienzan a predominar métodos como la inducción y la observación. Hay muchos ejemplos en la película: cómo localiza Guillermo los urinarios, cómo descubre que ha habido un muerte reciente, cómo investiga la causa empírica de las muertes, los indicios, como las huellas en la nieve...

2) El uso de instrumentos de medición u observación (astrolabio, sextante, que se ocultan con la entrada del señor Abad al principio de la película, las lentes de aumento, que regalará a Adso, cuando se separan sus vidas; no en vano la ciencia moderna comenzó por resolver problemas prácticos (y un buen ejemplo es Leonardo da Vinci, prototipo de hombre renacentista).

3) El hermetismo medieval del saber: el saber es peligroso, “la duda es enemiga de la fe”, “la soberbia de la razón”, todo ello simbolizado en la biblioteca de la abadía, que es una fortaleza (los libros están bajo llave, vigilados constantemente, inaccesibles, prohibidos... la biblioteca es también un laberinto, diseñado para que se pierdan los intrusos). Frente a todo ello, la visión moderna del saber como algo al alcance de todos, y que lo recibido de la tradición incluso puede ser cuestionado, y si es aceptado, que sea críticamente.

4) La fe necesita del miedo al diablo, a la condenación, frente a la concepción moderna de la fe como convicción personal y no opuesta a la razón (autonomía de la fe y de la razón, que defenderá Guillermo de Ockham en su filosofía-teología).

5) La defensa de la ausencia de progreso en la historia del saber; el saber es una sublime recapitulación, en donde lo esencial nunca cambia (pensamiento tradicional) y no una investigación de novedades; frente a eso, la defensa de la idea moderna del progreso y que lo nuevo es mejor...

6) El desprecio de lo más “humano”, el cuerpo, los afectos, los sentidos, lo sensual; por contra, la revalorización del cuerpo y de lo sensual, así, este mundo ya no es visto como “un valle de lágrimas”.

7) La misoginia cristiana: “más amarga que la muerte es la mujer”, “la mujer es fuente de pecado”, se dice en la película; Guillermo, sin embargo, sugiere que la mujer también posee dignidad y puede llegar a ser virtuosa, igual que el varón, así como también destaca “lo insulso de la vida sin el amor”.

8) El tema de la risa, central en la trama, relacionado con la ocultación del segundo libro de Poética de Aristóteles, cuyo último ejemplar se encontraría en esta abadía; el espectador tendrá que descubrir por qué es tan peligroso este libro y es tan importante ocultarlo a toda costa.

En fin, que los asistentes al diálogo podían aprovechar la ocasión de la película para contemplar algunos aspectos básicos de los orígenes de nuestro modo de entender y de pensar, pero además, poder empezar a ser autocríticos con nuestra propia época, como lo han sido, por ejemplo, autores como Jürgen Habermas, y con él, toda la Escuela de Francfort. Es decir que, con el correr de los siglos, podríamos estar en disposición de revisar una visión oscura, o simplemente retrógrada, de ese período de nuestra historia, la Edad Media, y percibir de una manera más crítica nuestro propio mundo: ¿todo nos ha ido bien, desde entonces, con esa visión moderna que se abrió con el llamado Renacimiento? El moderador del diálogo puso sobre la mesa una serie de cuestiones, a raíz de la película, sobre las que discutieron y que se recogen aquí para ti, lector, quizás, para propiciar el que seamos nosotros un poco más conscientes y lúcidos, si cabe, en esta época nuestra de crisis también: ¿Lo nuevo es siempre mejor? ¿La idea de progreso, llevada a la práctica históricamente, nos ha hecho mejores? ¿Nos hemos dejado algo por el camino, al convertir el saber y cultura en objeto de consumo masificado? ¿En nuestros días, es posible que hayamos sobrevalorado el cuerpo, lo sufrimos? ¿Debemos reírnos de todo y de cualquier manera? ¿Hemos sido soberbios, nuestra razón lo ha sido, es decir, hemos creído saber/poder más de lo que sabíamos/podíamos?

sábado, 11 de mayo de 2024

Doce hombres sin piedad

La persona que ha participado en un diálogo auténtico o verdadero sale transformada (en algo o en todo) para el resto de su vida. Sucedía con los interlocutores de Sócrates que hacía desfilar Platón por sus Diálogos, y sucedió con los personajes de la siguiente película que, poco a poco, va ampliando este ciclo de Cine y Pensamiento: Doce hombre sin piedad (1957). Doce hombres airados o enfadados, como dice la versión original (“12 angry men”). Después veremos por qué. Así lo apreciaron también los asistentes, numerosos, aquella tarde en el CAC de Vélez-Málaga. El animador del encuentro cinéfilo-filosófico le ofreció esta clave, que ellos y ellas podían luego confirmar o rebatir en el diálogo tras la película: percibir allí una genuina experiencia de transformación personal. La película –muchos la recordaremos por la versión de Estudio 1 de RTVE, aquel mítico programa de teatro que añoramos– está dirigida por Sidney Lumet, a partir de un guión para televisión de Reginald Rose; candidata a tres premios Óscar, ganadora de un Oso de oro y situada en el top ten de las mejores películas jurídicas.

En clase, con mi alumnado, la utilicé a menudo para ilustrar, de un modo dramático, el problema de la objetividad del conocimiento humano, requisito necesario para poder hablar de verdad, al menos, para poder buscarla con un mínimo de rigor. Nos permite plantearnos esta pregunta: ¿es posible emitir un juicio objetivo sobre la realidad, juzgar de una manera objetiva? Sin caer en un ingenuo objetivismo ni en un subjetivismo acrítico. Porque, aquí, dentro de la trama de la película, hay que demostrar fehacientemente que el acusado es culpable, y si no es posible, si ronda alguna duda razonable, el veredicto tendría que ser el de inocente. No es lo mismo equivocarse en un veredicto de inocencia que en uno de culpabilidad (pues estamos dando paso a una situación irreversible, en este caso, la silla eléctrica). ¿Los testigos pueden equivocarse en su testimonio? Las modernas teorías de la percepción e investigaciones como las de Elizabeth Loftus, muestran que sí pueden, tantas veces... Factores internos como los prejuicios, los resentimientos, los deseos, los desengaños, los odios, las expectativas..., o bien, factores externos, como la excesiva temperatura ambiental, la social o la del termómetro (como en la película, un bochorno insoportable), los roles, las creencias, los estereotipos, los hábitos... sociales; todo ello puede nublar, y hasta arruinar, nuestra pretensión de objetividad. Porque no es suficiente dar razones, sino que han de ser buenas razones, según Platón, para que una afirmación sobre el mundo pueda llegar a mostrarse verdadera. De ahí que no debamos confundir, como en tantas ocasiones nos sucede, la opinión con la verdad.

Un segundo núcleo de problemas nos plantea en su fondo la película: el problema de la identificación. Entender bien esto nos ayuda a ser un poco más objetivos. Identificación quiere decir: confundirme con mis cosas, lo recogido en mis argumentos (mis ideas, mis creencias, mis hábitos, mis símbolos...). Ser uno con ellas, ninguna diferencia: yo soy mis cosas. Y, entonces, ¿qué acontece cuando algo le afecta a “mis cosas”? Pues, que soy yo el afectado. Por eso están tan enfadados muchos de los personajes que tratan de deliberan juntos en la sala cerrada del jurado. Pero yo no soy eso, como nos enseñan los grandes maestros de sabiduría orientales y occidentales, y nosotros lo podemos experimentar en nuestra vida, si estamos atentos. Esos personajes están sufriendo (al identificarse con lo que han vivido en sus vidas) y lo muestran airadamente: ¡el chico (el acusado) es culpable!, y si alguien (como el personaje de Henry Fonda en la película) pone en cuestión lo que digo, entonces, me está atacando a mí. ¿En cuántas ocasiones somos testigos de este tipo de reacciones?

Pero aún podemos ahondar un poco más en nosotros mismos, a través de lo que nos plantea la película: ¿cómo podemos sacudirnos esas cargas que hemos ido incorporando a lo largo de nuestra vida, esas experiencias negativas o incompletas que hemos padecido? ¿Cómo llegar a ser unos espejos más limpios, de manera que podamos reflejar más fielmente la realidad? Con mucha claridad podemos, como hicieron los participantes del diálogo allí presentes, intuir qué personajes de la película son vehículos más limpios de sus juicios o razonamientos, es decir, que se identifican menos con sus argumentos y son capaces de desprenderse de ellos más fácilmente, si se muestran débiles o inaceptables; y, del mismo modo, qué personajes se muestran más recalcitrantes, más reacios a acometer esta tarea crítica (o mejor, autocrítica). Recordemos que para ser críticos, primero tendríamos que ser auto-críticos. Llegar a ser más objetivos y críticos requiere, entonces, todo un trabajo personal de autoconocimiento. Por ello, la cuestión central que plantea la película, como decíamos, es la siguiente: los personajes salen de la sala transformados (cuando amainó la tormenta, la atmosférica y la interior). Ya no serán los mismos. Si sus actitudes habían cambiado, lo harían en adelante sus argumentos... y su vida entera. Probad vosotros, entonces, a ver la película de un modo consciente y mirad luego si no os ha transformando también en alguna medida. Es lo que suele suceder en el diálogo que nos proponen las buenas obras de arte. Salud.

miércoles, 10 de abril de 2024

¿Somos dueños de nuestra propia vida?

 

Sobre el destino de mi vida

Café Filosófico en Torre del Mar 3.4

21 de marzo de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Siembra un pensamiento y cosecharás una acción;

siembra un acto y cosecharás un hábito;

siembra un hábito y cosecharás un carácter;

siembra un carácter y cosecharás un destino.

Ralph Waldo Emerson


Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario

tienen las cosas; así seré de los que las embellecen.

Amor fati: sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra

a la fealdad. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores.

¡Que mi única negación sea apartar la mirada!

¡Y en todo y en lo más grande,

yo solo quiero llegar a ser algún día un afirmador!

Friedrich Nietzsche


¿Somos dueños de nuestra vida, cada uno de nosotros?

De nuevo, estábamos en la Taberna El Oasis para filosofar juntos, que no es otra cosa que poner en acción el sentido griego de logos. Según nos cuenta Pedro Olalla, en su reciente libro Palabras del Egeo, que va más atrás en algunas de las palabras que han marcado el transcurso de nuestra civilización, en el caso de la palabra logos o lenguaje racional, como suele traducirse, hay que saber que procede del verbo lego, y que, “detrás de cada verbo está siempre el mensaje intuitivo de un gesto”: en este caso, el gesto de unir el dedo pulgar y los dedos índice y corazón para pellizcar el aire. Así que, en primer lugar, este verbo, del que procede la palabra logos, expresaría la idea-experiencia de “ir uniendo”, “recogiendo”, juntando”. Pero además, comparte la raíz lep o lek, y con ello otro gesto: juntar las manos formando un cuenco para coger agua, “acogerla”. Y así es nuestro encuentro. Juntos dialogamos y acogemos inquietudes, preguntas y experiencias. Juntos dialogamos y nos acogemos. Una tarde más estábamos así dispuestos, con esta actitud... genuina filosófica.

Como además se celebraba el día mundial de la Poesía, el facilitador del encuentro quiso leer un poema de la veleña María Zambrano... ése que empieza “El agua ensimismada, ¿piensa o sueña?”, y acaba: “Si tú te miras, ¿qué queda?”. Leerlo, sentirlo, interiorizarlo y expresar qué queda en nosotros, si nos miramos dentro, fue la tarea propuesta a los asistentes. Y éstas fueron sus respuestas compartidas: preocupación, paz, foco, optimismo, no-saber, niña con ganas de amar, vida, felicidad, sol, grano de arena en un inmenso desierto, ???, reflexión, calma, preocupación por los otros, incertidumbre, cambio. Cada una de las cuales, estas sensaciones, darían para comenzar todo un diálogo... Pero queríamos partir de un interés común, y éste fue el destino. El destino de mi vida. Pero no “el destino” como idea o mito. No, el curso de mi vida y cómo lo vivo, aquí y ahora, el problema existencial humano, ¿hasta qué punto, soy dueño de mi destino? Y es imposible, de nuevo, no acordarse de los antiguos griegos. El problema existencial recogido en la forma de tragedia humana: la de Edipo. Al tratar de escapar a su destino, acaba consumándolo. ¿En qué momento Edipo fue más dueño de su vida: cuando quiso rebelarse contra el vaticinio monstruoso del oráculo o cuando asumió su destino como propio? Esto es lo que tenemos juntos que dilucidar, sentido en nuestras propias carnes.

¿Me encuentro condicionado en mi vida o no lo estoy? Sé de muchas circunstancias, incluso imprevistas o imprevisibles, que han marcado el desarrollo de mi vida. Por otro lado, muchas veces pienso que soy yo quien construye mi vida, pero no me gusta como es. Aquí se apreciaba una confusión, una laguna en la conciencia del grupo. Tanto si pienso que yo soy el artífice de mi vida, pero no me gusta como la voy construyendo, como si yo soy un juguete de las circunstancias, soy yo, o una parte de mí, quien se da cuenta de ello... Pues bien, ¿esta parte es libre, dueña de sí misma? Ya se estaba encendiendo una cerilla... No era un foco de luz claro e intenso, pero era una luz, una lucecita que más tarde podía avivarse... Todavía no era momento para el alumbramiento.

¿Dónde poner el foco, en mí o en las circunstancias? Los dos elementos están en juego, pero ¿qué papel juegan? Ya sabéis que Ortega y Gasset lo resuelve a través de la interacción constante entre el yo y mis circunstancias: ellas y lo que yo pueda hacer con ellas, haciéndome cargo de ellas y de mí mismo, en definitiva, responsabilizándome de mi propia vida. Siempre aparece una holgura de la realidad que me da cierto margen. Y una de las participantes apunta que “mi destino” solamente lo conozco al final. En este punto del diálogo, el moderador del encuentro decide hacer una encuesta: ¿mi vida es mía? Y la mayoría opinaba que sí, que, al menos, eran suyas sus reacciones o respuestas a lo dado, no elegido en sus vidas. Pero otra de las participantes discrepaba. ¡Y bendita discrepancia! Dijo que esas respuestas mías eran sólo aparentes, pues, perfectamente, también podían estar condicionadas. Esto era muy sabroso. Este obstáculo incitaba, alimentaba, la discusión... Forzaba la necesidad de usar una nueva broca, la de buscar una nueva zona de indagación o apriete, ahondar de otro modo y no quedarnos ahí, paralizados.

Pues bien, unos interrogantes, y unos casos, podían venir en nuestra ayuda. Si nuestras reacciones ante el mismo caso no son las mismas en todas las personas, ¿no indica esto que pueden ser mías, de algún modo? Si es única mi reacción, ¿no es mía de algún modo? ¿Cuál es la clave de bóveda de la superación de experiencias traumatizantes como un duelo, estar encarcelado, sufrir un accidente mortal o una grave enfermedad? Y van diciendo los participantes que, cuando vas madurando, esto facilita su superación, y que, cuando te das cuenta, hay un momento de lucidez, más allá del suceso o el trauma, y se despierta una capacidad de ver, de sentir, de hacer... distinta, única, insobornable, que no se deja afectar por lo que estás viviendo en particular. Es decir, que en la medida en que somos más conscientes, entonces, “mi vida es mía”, y lo opuesto, cuando soy menos consciente. Siento que mi vida es mía, que soy dueño y artífice de ella. Todos esos momentos en los que soy muy consciente de las circunstancias y de mí mismo, en los que estoy viviendo esas circunstancias lúcidamente, esos momentos son míos. El resto, no se sabe.

Esta conclusión indicaría claramente que tengo todo un trabajo por delante: de autoconocimiento y de autorrealización. Cuando voy realizando, desarrollando, mis propias cualidades internas, de un modo consciente, voy sintiéndome más y más yo mismo y mejor me reconozco; y cuando voy reconociéndome, aparece una mayor transparencia entre lo interior y lo exterior. Más exactamente: no hay diferencia entre lo exterior y lo interior. Edipo no fue libre hasta que no asumió su destino como propio. Nunca más libre que cuando fue más lúcido y adoptó una vida que el mismo oráculo desconocía. Sólo cuando cegó sus ojos fue de verdad vidente, y estuvo preparado para vivir auténticamente la realidad de su vida, por muy amarga que ésta fuera.




lunes, 18 de marzo de 2024

¿Por qué no hay suficiente compromiso social?


Sobre el compromiso social

Café Filosófico en Torre del Mar 3.4

25 de enero de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo.

Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde.

Ortega y Gasset


Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo.

Juntos podemos hacer grandes cosas.

Teresa de Calcuta


¿Por qué no hay suficiente compromiso social?


En el café filosófico anterior, celebrado en la Taberna El Oasis, el grupo de personas que allí se dio cita recogió la sensación de impotencia social que tantas veces nos arrastra hacia la inacción, o bien, a adentrarnos en lo nuestro, cada uno lo suyo, y hacer de eso un aparente hogar. Pues bien, el diálogo que asomaba la cabeza en esta ocasión se presentaba como su cara B. El compromiso social. Son caras de la misma moneda porque no son posibles uno sin el otro: el compromiso social que reivindicamos es una reacción de la impotencia que tantas veces sentimos; y ésta constituye nuestro compromiso herido o maltratado, de otro modo no sentiríamos esa impotencia. Así podíamos obtener un panorama más completo de eso que nos pasa cuando observamos cómo va el mundo y cómo nos gustaría que fuera, el contraste entre la realidad y el deseo, que el poeta Luis Cernuda convirtió en la alforja de su vida. Y descubrimos juntos que la división entre lo individual y lo social, lo cercano y lo lejano, esas dicotomías, esas falsas dicotomías, entorpecen nuestro compromiso personal con la realidad. La actitud en la que yo me doy, me envío, me pongo a mí mismo en mi acción, como etimológicamente significa “comprometerse”. Mirad lo que sucede si separamos la búsqueda de un saber común y universal (en lo posible) de lo particular de mis opiniones... La discusión infinita y el conflicto irresoluble están servidos, si uno se queda en la opinión propia (que es algo idiota por definición), o también, están servidas la sumisión y la ausencia de un pensamiento personal, si no parto de mi propia experiencia para llegar juntos a un territorio común, que es a lo que venimos, precisamente, en un café filosófico.

Pero, ¿cómo veníamos ese día al café filosófico? ¿Desde dónde nos enfrentábamos al deseo de un mayor compromiso social de la ciudadanía? Y dijeron que venían, cuando atendieron a su interior, con estas sensaciones, emociones o pensamientos predominantes: tranquilidad, apertura, paz, enojo, preocupación, indignación, tranquilidad, disposición, vida, sosiego, agradecimiento, bienestar, desilusión, inquietud, picazón, pasión, espera, nervios, una sensación desagradable en el lado izquierdo del cuerpo, de estar a gusto, serenidad, calma, sensibilidad. Estas eran las mimbres para nuestro cesto, tan variadas como los vaivenes que fueron dándose en la discusión, y que resumiremos aquí.

El diagnóstico inicial del grupo era que no hay suficiente compromiso social. Pero, ¿Por qué no hay suficiente compromiso social en el mundo en que vivimos? ¿Y qué sería un compromiso suficiente? Pero a ver, para empezar, ¿en qué lo notáis, esa falta de compromiso? Sigue habiendo muchas injusticias y no luchamos para erradicarlas, muchas quejas de los servicios públicos, la sanidad, por ejemplo, muchas carencias educativas, los medios tecnológicos que generan nuevos problemas... en fin, para qué seguir. Y predomina el interés egoísta, o bien, el hastío social emerge a menudo como única respuesta y, como todos los procesos dependen de muchos, de muchas instancias y actores, nadie se hace responsable, la responsabilidad se diluye; además existen fuerzas externas, con inercias que no controlamos, que nos presionan o encorsetan, la burocracia nos engulle, y nos sentimos divididos, atomizados, aislados... Todo parece demasiado complejo y fuera de nuestro alcance.

Entonces, ¿qué podemos hacer?, ¿qué nos cabe esperar?, como preguntaría Immanuel Kant. Necesitamos una nueva cultura del compromiso social, aportan algunos de los participantes. Favorecer una recuperación de la confianza en que algo se puede hacer, volver a confiar unos en otros y la ciudadanía en sus gobernantes. Pasar de una actitud individualista a una perspectiva en donde lo colectivo recobre su valor propio. Sin estos cambios básicos, les parece a nuestros protagonistas que no podría crecer el compromiso social de la ciudadanía. Y una pregunta abrupta irrumpe en la discusión (comencemos por cambiar nosotros mismos, los que estamos allí reunidos): ¿puedo yo ser feliz si los demás no lo son? ¿Qué es lo decisivo, el bienestar social o el bienestar individual? Y el moderador lanza a los asistentes esta pregunta de raigambre aristotélica. Pues bien, contra Aristóteles, la mayoría consideraba en ese momento que el bien individual es el más necesario. Y es muy posible que estén en lo cierto. Pero, ¿no se quejaban de la falta de compromiso social? ¿No continúa siendo ésta una perspectiva individualista? Pensemos en el compromiso político: se ejerce, sí, individualmente, pero se favorece socialmente. ¿De qué serviría, si no se convierte mi compromiso político en nuestro compromiso político? No puede haber verdadero compromiso sin la fusión de lo personal y lo social. Y si esto no se percibe con claridad, la ineficacia del compromiso conduce a la desesperanza, y ésta a la impotencia social de que hablábamos el otro día.

Y lo mismo sucede con los niveles de compromiso. Cualquier grado, en la medida en que uno pueda, es compatible y es funcional. No se trata de que el compromiso tenga que ser de una manera determinada, como a mí me parece que debiera ser; la clave está en que cada uno desde su esfera contribuya en algo, lo que pueda, al bien común (que luego redunda en mi propio bien). Y tampoco el grupo ve nada clara la dicotomía entre lo lejano y lo cercano: podemos contribuir al bien cercano a nosotros y podemos contribuir al bien de otras latitudes. Es posible, es compatible. Lo que no puede pasar es que la falta de lo uno sirva de excusa para lo otro: como hay muchos problemas globales, de qué vale lo que yo pueda hacer desde mi ciudad; como hay muchos problemas cerca de mí, primero tengo que ocuparme de éstos. Una pareja allí presente, que llevan a cabo labores solidarias, desde hace ya muchos años, aquí en su entorno y allá en otros continentes, lo atestiguan. Lo peor que le puede suceder a nuestro compromiso para que pierda su fuerza y su valor es que no sirva para nada, por un motivo u otro, por una u otra excusa... Todo suma, antes o después; ya se sabe que un grano no hace granero, pero le ayuda a su compañero. Basta saber esto para sentirnos potentes y llamados a comprometernos. No nos perdamos en esas artificiales dicotomías, lo individual y lo social, lo cercano y lo lejano, lo más grande y lo más pequeño. Por ahora, vale así.







lunes, 29 de enero de 2024

¿Cómo afrontar el hecho de morirme?


Sobre la muerte

Café Filosófico en Castro del Río 7.4

12 de enero de 2024, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Conviene al estudiante mirar en su interior, lo que quiere decir en sus actos, en sus pensamientos, en sus motivos, en sus reacciones y tratar de discernir “apasionadamente-sereno” y sin finalidad alguna en ese mirar, lo que en él son atributos. Cuando la mente ve los atributos como atributos y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”.

Ibn Arabi, Tratado de la unidad

Si yo escribiera un libro titulado “El mundo tal como yo lo encuentro”, tendría que dar cuenta en él de mi cuerpo, y decir qué partes obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Éste sería un método para aislar el sujeto o, más bien, para mostrar que en un sentido relevante no hay sujeto, pues de él no podría hablarse en este libro. El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo.

Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus (5.631-2)


¿Cómo afrontar el hecho de morirme?

Comienza el nuevo año y nuestra mente está acostumbrada a albergar buenos deseos. En el fondo, porque no podemos dejar de desear. Porque el tiempo del reloj es inexorable. Porque hoy es siempre todavía. Así, nuestros participantes, en este primer café filosófico del año 2024, expresaron sus propios deseos. Y, posiblemente, no serán tan diferentes de los tuyos, pues son humanos. Aportar algo valioso de mi trabajo, estar más tiempo con la familia, escribir un libro que tengo previsto, tomarme la vida con filosofía, vivir más tranquilo, perseguir la vida buena, disfrutar de mi madre que está mayor, que todo el mundo pueda disponer al menos de lo más básico para vivir, fuera el estrés, encontrar más espacio para mí, que este grupo de filosofía practicada continúe, poder salir de mis inercias personales, desarrollar mi vida interior, poder expresarme a través de la escritura, ayudar a mejorar mi pueblo. Y lo cierto es que estos deseos dependen bastante de nosotros...

Pero mirad qué temática eligieron para la tarde: la muerte. O quizás no fue esa temática, sino el sentido de la vida, que habían dejado de lado en la votación. ¿O quizás sean inseparables? Quizás, al plantearnos el problema de la muerte nos estamos planteando el sentido de nuestra vida, y lo contrario. ¿O no es así? Piénsalo. O mejor, piénsalo con ellos y con ellas. ¿Podrá esclarecerse mejor el sentido de la vida a través de la búsqueda del sentido de la muerte? ¿Viceversa? No deja ser misterioso cómo plantearon dichas temáticas por separado, pero luego la indagación las volvió a unir. Síguenos en esta búsqueda. Comenzaron con las siguientes preguntas: ¿qué es la muerte?, ¿cómo podemos afrontarla?, ¿ayuda la filosofía?, ¿hay un modo filosófico de afrontar el hecho de la muerte? Veamos cómo fueron discurriendo. Una primera decisión marcó el diálogo: en lugar de hablar de la muerte, que es algo más abstracto, más lejano, más impersonal, vamos a plantearnos qué es morirse. Mi muerte, no la muerte; mi muerte, no la de otros. ¿Y qué hacemos cada uno de nosotros con este hecho seguro, aunque indefinido? Las respuestas más comunes suelen ser la evasión, el entretenimiento, la sustitución o similares. Pero, ¿filosóficamente, esto es una manera sensata y madura de situarnos en relación con la muerte? Tendremos que filosofar juntos para observar el fenómeno en toda su potencia.

Morirse uno, morirme, es dejar de existir, comienzan diciendo. Pero, si la muerte es de este modo, morirse es una forma de ser, ¿no es cierto? Que no sabemos, pero que es. De hecho, todo parece indicar que ya hemos estado muertos: antes de nacer no existíamos, en el sentido habitual. Un ciclo de la existencia del que ya nos hablaron los antiguos griegos, Platón o Heráclito. ¿Esto quiere decir que morirse es el final de una etapa? En el plano biológico, la muerte formaría parte del proceso propio de los seres vivos. Del estar vivos. Y esto nos ayuda a entender la necesidad, en todo ser, de transmitir la información (genética, cultural) que se posee o que ha sido adquirida, más allá de cada vida particular. Nuestro paisano de adopción, que ya nos dejó, Carlos Castilla del Pino, solía decir que no contemplaba otra forma de inmortalidad que el recuerdo en los demás.

Y, estando en esto, una de las participantes prefiere contar su experiencia personal. Tenía muy claro que deseaba elaborar su testamento vital, pero a la hora de rellenar el documento sintió “cómo su vida se le escapaba”; imaginando el momento mismo de la muerte, sentía que “se perdía a sí misma”. Un sentimiento de tristeza y, a la vez, de agobio le embargó. El testimonio a todos nos dejó silenciosos y meditabundos, no sabe este relator si también preocupados. Esto llevó al moderador del encuentro a peguntar: mi vida, ¿sería la misma sin mi muerte? Si nos atrevemos a pensarlo, la actitud ante mi vida es subsidiaria de cómo vivo yo mi muerte, la actitud trágica o natural con la que sea capaz de afrontar el momento de mi muerte. Sería muy distinta nuestra vida sin la muerte, ¿no es verdad?

Si esto es así, no es posible entender satisfactoriamente mi vida sin mi muerte, como analizó Heidegger en su conocida obra Ser y tiempo. Esta aproximación a la vida (y a la muerte) podemos situarla dentro de una esfera cósmica, como decíamos, un ciclo eterno en donde los contrarios se cambian unos en otros y acaban siendo unos y otros, dialécticamente. En el flujo universal lo mismo es estar vivo o estar muerto, ser joven o viejo, aunque no nos dé lo mismo a nosotros como individuos separados. Así hablaba Heráclito. Pero, ¿cómo vivir esta realidad día a día? Es todo un reto. ¿Cómo llevar esta conciencia cósmica a mi vida particular? Ibn Arabi, el sabio sufi, aconsejaba un entrenamiento diario: “morid antes de morir”. Y vivir muy conscientemente las “pequeñas muertes” que se producen a diario en nosotros: cambios físicos, psicológicos, emocionales, mentales... Para dejar de estar tan apegados a lo que tenemos o a lo que creemos ser. En cualquier cambio, algo nace y algo muere. Experimentar esos estados mientras se producen, en cada instante, estando presentes, supone un excelente entrenamiento vital, toda una preparación para la muerte.

La sempiterna preocupación humana por la muerte podría mostrar una cara muy diferente a partir de un cambio de perspectiva. Si nuestra perspectiva, únicamente, es la del yo individual, la sensación de pérdida y angustia está servida; si nuestra perspectiva es la anterior, que decíamos, esa consciencia cósmica, es posible que una sensación de aceptación y liberación nos acompañe y podamos vivir mejor. Pero, el grupo abordó otro posible afrontamiento filosófico de la muerte, como se había propuesto inicialmente al empezar este diálogo. Lo plantearon para ellos y para ellas, pero ahora también lo recogemos aquí para ti. Es posible que la muerte suponga el final del “yo físico”, pero, ¿esto ya es nuestra identidad, toda nuestra realidad? Tanto los sabios de oriente como los de occidente describen algo que nosotros podemos experimentar: a pesar de todos mis cambios, yo me sigo sintiendo básicamente el mismo. Una conciencia profunda de nosotros mismos, más allá (o más acá) de nuestros estados, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestras emociones, nuestro cuerpo... Lo que yo soy, quien yo soy, que no se reduce a unos determinados modos de ser. Yo no soy eso. Los griegos hablaban de nous, los hindúes de atman, una conciencia-testigo, un observador, un núcleo o centro que no resulta afectado por la periferia de acciones, pensamientos o emociones. Poder conectar con ese fondo de nosotros mismos, y situarnos ahí, nos ayuda a acceder, a la postre, a una experiencia enteramente distinta de la muerte. Y, como sabemos, también nos permite vivir de otra manera. Un modo de vivir más sabio, más consciente, más pleno, más feliz. Vale.