Segunda
vez
Cristina
Peri Rossi
En
el acto ingenuo
de
tropezar dos veces
con
la misma piedra
algunos
perciben tozudez.
Yo
me limito a comprobar
la
persistencia de las piedras,
el
hecho insólito
de
que permanezcan en el mismo lugar
después
de haber herido a alguien.
Miremos este nudo gordiano... por
dentro. Si lo cortamos de un tajo (como Alejandro Magno; ¡no sería
tan “magno”!) el nudo puede rehacerse de muchas maneras... Lo
miraremos en forma de preguntas, para que las respuestas, las
vuestras, os las vayáis diciendo a vosotros mismos por dentro. (Una
pregunta es una pregunta no porque pregunte, sino porque nos lleva a
mirar distinto, desde un lugar distinto.) Y es que, aquí, no venimos
a decirle a nadie lo que tiene que hacer con su vida, sino a poner
luz, acompañar para despertar, cada uno a su ritmo. Ayudar a
cuidarnos mutuamente
La primera parte de esta
aportación son preguntas solitarias buscando solidaridad; en la
segunda parte, avanzaremos sobre este nudo a través de un cuento
re-escrito por Jorge Bucay.
Dice el dicho popular que “el
humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma
piedra”.
Pero, en realidad, ¿cuántas
veces tropezamos en la misma piedra? ¿Dos, tres, muchas...
innumerables? Si son muchas las veces que tropezamos en lo mismo, que
nos pasa lo mismo, ¿no hay que mirarlo, a ver qué qué encontramos?
¿Por qué no les pasa (tanto) a los demás animalillos de este
mundo?
¿Qué
es una piedra, con la que tropezamos? ¿Qué es tropezar? ¿Tropezar
es caerse? ¿Me caigo para siempre? ¿Tropezar no es otra cosa? ¿Nos
gusta tropezar? ¿Es mejor tropezar que caerse?
Caerse es esto que puede llegar a
ser tan tremendo, como dice Emily Dickinson
en este poema, que parece que sucede en un instante, pero se venía
preparando de antemano (la versión nuestra):
Poema
997
Derrumbarse
no es acto de un instante
es una
pausa fundamental
de los
procesos de dilapidación
que son
desmoronamientos organizados.
Aparece
primero una telaraña en el alma
una
cutícula de polvo
una
carcoma en el eje
un moho
elemental.
La ruina
es formal
obra del
diablo
persistente
y pausada.
Sucumbir
en un instante
no
es un resbalón
es la ley de la caída.
Sigamos:
¿Quién
tropieza: el pie, la piedra, el tropezar mismo con el tropezar?
¿Tropieza mi cabeza? ¿Tropieza mi cuerpo? ¿O es mi mente la que
tropieza una y otra vez?
¿Es
grave tropezar dos veces? ¿Qué es lo grave, tropezar mucho? ¿Es
grave (como la piedra es un grave) no tropezar nunca? ¿Es mejor no
tropezar o es mejor tropezar? ¿Es más grave cogerle el gusto a
tropezar o a no tropezar? ¿Cómo llamamos a quien no cree tropezar
nunca? ¿Inconsciente, testarudo o dogmático, ignorante... de sí
mismo?
Entonces, ¿el apego (la
querencia) es el problema, tanto si es desagradable como si es
agradable el tropiezo y su repetición? ¿Un problema qué es? ¿Un
problema es sólo un problema o es algo más que un problema? ¿Puede
ser la promesa de una solución nueva, una creación? ¿No puede ser
la puerta de entrada para un modo nuevo de vivir, tal vez?
Pero,
¿y si necesito tropezar? ¿Y si resulta que no he visto todos los
detalles de la piedra? ¿Quizá algo no ha sido resuelto o liquidado
aún? ¿Es posible que algo siga pendiente en mí, en mi mente (mis
ideas o creencias), en mis reacciones emocionales, en mi estilo de
respuesta a las situaciones que se me presentan en la vida?
¿Cómo
puedo liquidar lo pendiente? ¿Poniendo luz o conciencia en mi mente
y en mi corazón? ¿Y si empiezo por responsabilizarme de mi propia
respuesta a las situaciones que me presenta la vida, y no echo
balones fuera, sobre las circunstancias o sobre los demás? ¿Y si
aprendo a vivir a fondo lo que siento, del todo, sin miedo a
sentirlo?
Y
ya vamos con el cuento, a ver qué podemos aprender; aquí se habla
ya de caerse a menudo, un grado más allá del simple tropezar:
DARSE
CUENTA
Este cuento –lo dice Jorge
Bucay– está inspirado en un poema de un monje tibetano
Rimpoche, y que reescribí según mi propia manera de decir, para
mostrar una característica más de nosotros, los humanos.
Me
levanto una mañana, salgo de mi casa, hay un pozo en la vereda, no
lo veo, y me caigo en él.
Al
día siguiente, salgo de mi casa, me olvido de que hay un pozo en la
vereda, y vuelvo a caer en él.
¿Qué
ha pasado aquí? ¿Soy olvidadizo? ¿No me puede pasar dos veces lo
mismo, y por eso no le he dado importancia? (Claro,
normal...)
Tercer
día, salgo de mi casa tratando de acordarme de que hay un pozo en la
vereda, sin embargo no lo recuerdo, y caigo en él.
¿Qué
ha pasado aquí? ¿Acaso me distraigo con otras cosas, no presentes?
¿Tiendo a evadirme de lo inmediato?
(Soy humano... me puede pasar)
Cuarto
día, salgo de mi casa tratando de acordarme del pozo en la vereda,
lo recuerdo, y a pesar de eso, no veo el pozo y caigo en él.
¿Qué
ha pasado aquí? ¿Acaso me obsesionan con mis caídas y me vuelvo
ineficaz? (Porque si no miro al
pozo, por mucho que me acuerde de él...)
Quinto
día, salgo de mi casa, recuerdo que tengo que tener presente el pozo
en la vereda y camino mirando el suelo, y lo veo y a pesar de verlo,
caigo en él.
Pero,
¿¡qué está pasando aquí!? (Son
posibles distintas hipótesis, que se corresponden con distintos
tipos de respuesta (o estilos de vivir), por ejemplo, éstas):
(1) Exceso de confianza
(testarudez ingenua)
(2) En el fondo, es que quiero
caerme: que me ayuden o compadezcan, tener algo que contar, ser el
único al que le pasan estas cosas...)
(3) Me atraen las caídas,
esto se ha vuelto un hábito en mí y tira de mí...
(4) Me aferro a una confianza
pasiva y no pongo los medios...
(5) Creo que todo va ser
diferente y maravilloso esta vez...
(6) Me siento confortable ahí
(cómodo y seguro, es mi zona de confort)
(7) Otro estilo de
respuesta... (descubre
el tuyo; esto merece ser investigado en cada uno de nosotros)
Sexto
día, salgo de mi casa, recuerdo el pozo en la vereda, voy buscándolo
con la vista, lo veo, intento saltarlo, pero caigo en él.
¿Qué
está pasando aquí? ¿No estoy preparado o listo para superar este
pozo, me siento impotente, en el fondo, no creo que pueda superarlo?
¿Me falta confianza en mí mismo?
(Recordemos el cuento: “El elefante encadenado”, que también
escribe Jorge Bucay)
Séptimo
día, salgo de mi casa veo el pozo, tomo carrera, salto, rozo con la
punta de mis pies el borde del otro lado, pero no es suficiente y
caigo en él.
¿Qué
está pasando aquí? ¿Tengo conciencia del pozo, he tomado medidas,
actúo de modo distinto, pero no he practicado suficiente quizás,
caigo en el desánimo y recaigo en el pozo?
(Todo cambio o transformación personal requiere de un ejercitamiento
y tiene sus recaídas, claro)
Octavo
día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, salto, ¡y llego
al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido, que lo
festejo dando saltos de alegría... y al hacerlo, caigo otra vez en
el pozo.
¿Qué
está pasando aquí? ¿Peco de exceso de confianza? ¿Me he creído
que lo puedo todo, que soy todopoderoso, como un Narciso cualquiera?
(Me he descentrado de mí mismo
y de la situación)
Noveno
día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, lo salto, y sigo
mi camino.
¿Qué
ha pasado aquí? No me apego a mi triunfo, porque no es un triunfo
sino algo ya natural para mí, ¿pero olvido su persistencia como
problema, su realidad, que es un problema, y que siempre hay pozos
(para mí y para los demás), que esto es muy humano, y que cada uno
de los pozos pueden convertirse en una gran lección para cualquier
persona? (No tengo compasión
de los “pozos humanos” (heridas y vacíos ontológicos), me
desentiendo, me dan igual)
Décimo
día, me doy cuenta justo hoy de que es más cómodo caminar... por
la vereda de enfrente.
¿Qué
ha pasado aquí? ¿No es cierto que la vida es diversa y cambiante, y
que hay muchas posibilidades de vivir?
Pero,
ATENCIÓN, ¿he vivido a fondo (desde mi fondo) la experiencia que me
ha hecho daño (aquel pozo en la vereda), le he dicho SÍ y no me ha
dejado residuo?
¿Me
relaciono con esa parte de mí (que vivió la experiencia, que le
dijo NO y después se negó a vivirla) de una manera natural, sin
crispación, pudiendo hablar de ello y relacionarme con ello sin
alteración ni división interna, con serenidad? Es decir, ¿no
cambio de vereda (de respuesta, de vida) como una forma de huida,
compensación o evasión?
¿Me
he asegurado de no vivir lo nuevo desde lo viejo, lo presente desde
lo que ya ha pasado, con RESENTIMIENTO, sino abierto a la realidad
presente (dentro y fuera de mí) de una manera creadora, libre,
auténtica, me permito vivir con vulnerabilidad, sin esconder nada ni
esconderme yo, sin máscaras o armaduras?
Veamos, para acabar,
lo que nos dice un experto en descubrir actitudes resentidas ante la
vida que vivimos, cómo tendríamos que procurar vivir:
Nietzsche,
La
gaya ciencia:
«Quiero
aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello
– así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor
fati:
que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No
quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores.
¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en
definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice
sí!»
Y
estas variaciones nuestras sobre un poema de Carlos
Drummond de Andrade,
para no olvidar “nuestra piedra en el camino”, que tanto nos ha
dado:
En
medio del camino
En
medio del camino había una piedra.
Estaba
la piedra en medio
del
camino.
Allí
había una piedra
en
mitad del camino
una
piedra
una
piedra.
Nunca
me olvido
de
la piedra
que
había en medio del camino.
Mis
cansadas retinas así
me
lo recuerdan:
que
la piedra estaba en medio
del
camino
como
un acontecimiento
en
medio del camino que tenía
una
piedra.
La
piedra ha venido y
vendrá
de nuevo
a
sentarse en medio de mi retina
tan
cansada
como
una huella
en
medio del camino donde
había
una piedra
en
medio del camino.