Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

jueves, 17 de septiembre de 2026

Sobre la verdad 2/8 (serie epistolar)


Enlazo esta nueva serie de cartas sobre la búsqueda (honesta y sincera) de la verdad, que tanta falta nos hace:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/search/label/Sobre%20la%20verdad

Y copio la segunda carta... (estos Encuentros de Fuente Hondera, os recuerdo que están abiertos al diálogo, claro):


 "Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta. ¿De qué otro modo podría ser? Muchos han buscado la verdad por la verdad (de un modo lógico, científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto, no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen. Realmente, no debemos separar la verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés: ¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).

Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde el no-saber nos capacita para saber, sin creernos que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que sería una creencia u opinión (una representación o interpretación particular de la realidad) en esas logopatías que nos has traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, de esta forma inusitada: «En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y falaz de la Historia Universal». Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la verdad, cuando deja de ser una búsqueda para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una preferencia.

Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos; el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.

Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es la buena y no quiero saber nada de las otras» (cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz, intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra vida con una plenitud y autenticidad suficientes.

Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»), querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos? Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular (supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede hoy día con la información, con la sobreabundancia de información: ¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro, pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo saber mucho, sino saber bien. Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola: “niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.

“La vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar), estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros? “Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una genuina y profunda comprensión interna. ¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí, presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento), referido a cualquier existencia: que lleguemos a ser los que somos, actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).

En fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves."



jueves, 30 de julio de 2026

ENCUENTRO (NOCTURNO) DE FUENTE HONDERA



¿Cuál ha sido la intención primera de este Encuentro ciudadano en Fuente Hondera (Capileira-Granada?

Abrir un espacio de diálogo para poder compartir; por un rato, dejar de ser solamente islas (seres humanos aislados) y sacar fuera de nosotros lo que está en nuestra mente y nuestro corazón, que compartimos. De un modo distinto a los Cafés filosóficos: variadas temáticas y ser, por un rato, ciudadanos del mundo.

Además, de otras motivaciones:

-recuperar la tradición de sentarnos a charlar al fresco de la noche, que esto sea un lugar de encuentro (como se ha hecho ya antes en esta misma plaza, Plaza Vieja)

-dialogar juntos sobre aquellos temas que interesen a los asistentes

-dejar espacio para la novedad y para la espontaneidad

-pasar juntos una noche agradable, ¡con nocturnidad y alevosía!





jueves, 16 de julio de 2026

Sobre la duda 2/6


Nueva serie epistolar... SOBRE LA DUDA (o las dudas, que se alimentan de la duda humana básica). Y descubriremos el valor de la antigua (y originaria) actitud escéptica. Síguenos en estos ENCUENTROS DE FUENTE HONDERA, con José Luis Campos Duaso... en la forma de CARTAS SOBRE LA CEGUERA y la lucidez que necesitamos hoy:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/


Sobre la duda 2/6

Querido amigo, celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo, espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.

Porque no seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra en medio del camino.

Es decir, que no dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta (y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos). Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio (dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias, debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante, como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.

Los obstáculos para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y despiert, nos exige aprender a dudar, poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.

Pero, ¿qué es dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas, mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en qué se convertirá millones y millones de años después de su nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso? Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de cualquier galaxia.

Sin embargo, sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática, tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes, padre del pensamiento moderno.

René Descartes vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial, esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación: todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.

Realmente, vivir más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia, tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.

miércoles, 1 de julio de 2026

Nuestra pasividad social y personal - 142 Revista cultural, nº 30


Segunda entrega de la sección "Ágora de filosofía practicada", de la revista 142 Revista cultural. La primera trató del perdón. Estos capítulos constan del relato que recoge lo acontecido en un Café filosófico, real, con personas de carne y hueso (en este caso, celebrado en Capileira (Alpujarra granadina), a lo que se añade una serie de ejercicios filosóficos, en forma de "Práctica filosófica". Dejo aquí el enlace:

Sobre nuestra pasividad


miércoles, 24 de junio de 2026

Sobre la libertad 8/8

 


¡Juguemos pues, querido amigo! Y esto no es una salida graciosa, sino algo de mucha trascendencia para nuestro futuro como sociedades, tal como tú has destacado en tu carta. Porque, entender la vida como juego no es baladí, ni en lo personal, ni lo social, ni, incluso, en sentido profundo, en el orden del ser.

El hombre nuevo, que habría de vivir desde valores que afirman la vida, que no la encorseten o repriman o la nieguen, es “un niño que juega”, según Nietzsche (disculpa mi alusión, otra vez, a este pensador, pero es que él estaba hablando de nosotros, de nuestra época y su desánimo nihilista, y cómo salir de ahí), un niño que juega, creativamente, pues vive cada momento como si fuera la primera vez. Donde cada momento sería único.

Pero también, para la tradición hindú, la manifestación cósmica no es más que el resultado del juego (līlā), en el que el Todo (Brahman) juega a perderse y a encontrarse a Sí mismo, expresándose a través de las múltiples formas en que aparece el mundo, como en el juego infantil del escondite, y que mientras juega olvida que juega, por lo que, para el niño, eso que “juega” se constituye en la Realidad.

Por lo tanto, una ética auténtica dejaría el mundo abierto, pues fijaría unos límites, solamente, en la medida en que permitan el desarrollo libre de nuestras facultades o posibilidades.

Y claro, si esto no es comprendido, esencialmente, como punto de partida, y no aprendemos a vivir desde ahí, será difícil que podamos actuar libremente y ser más creativos, a la hora de responder a los retos de nuestro tiempo y a sus negros nubarrones. Nos saldrán las respuestas de siempre, ya históricas. Y esto es lo que viene a recoger el conocido libro de Erich Fromm que tú citas, nuestras respuestas habituales a lo que nos pasa: autoritarismo, obediencia ciega, gregarismo pasivo, destruccción, auto-destrucción, tendencias “sádicas” y “masoquistas” que se complementan a la perfección... por desgracia. Pero no son libres en su sentido genuino, es decir, no son resultado de un despliegue de nuestras cualidades esenciales, como hemos ido viendo, sino que, más bien, serían reacciones compulsivas a lo que sentimos como un daño que nos lleva a sufrir.

Así que celebro el concepto revolucionario que citas, que no conocía con ese nombre (“revolución divertida”). Y, realmente, es posible. Y no porque vaya a ser posible o no su materialización en la sociedad, sino porque ya ha sucedido en infinidad de ocasiones históricas... todas esas revoluciones silenciosas (de fondo, lentas y no violentas) en las que aquello que cambia no son, en primer lugar, las estructuras socio-políticas o jurídicas, sino la manera de ver el mundo y de estar en él. Cuando esto sucede, el otro cambio, el exterior... cae por su propio peso (y no siempre ocurre al revés, de ahí la persistencia de ciertos modelos de vida tan destructivos o auto-destructivos). Todos podemos pensar en ejemplos relevantes que confirman, desde lo que nos ha pasado, esta esperanza del cambio interior que arrastraría el cambio exterior. Como decía con ironía una famosa viñeta que ha circulado mucho por Internet, todos queremos el cambio, pero ¡muy pocos quieren cambiar (ellos mismos)!

Nuestra capacidad para vivir libremente no se sustenta sobre ausencia de condiciones o limitaciones, sino que lo hace a partir de nuestra conciencia (individual y colectiva), cuando llega un punto en que comprendemos que se puede vivir de otra manera. Otra manera mejor... si es posible, lo que sea posible, según nuestro nivel de conciencia actual, y que podemos ir revisando sobre la marcha hasta incluir las nuevas realidades que nos vayan apareciendo, contando con que el mundo siempre será nuevo, cambiante y diverso.

¿Es esto una utopía? Pues claro. Una utopía es una situación social e histórica que no existe, pero que orienta nuestras acciones hacia lo mejor que seamos capaces en cada momento. Y no es lo mismo perderse por el camino (en el uso de nuestra libertad) en la buena dirección que andar desorientados, caminando a ciegas por aguas cenagosas, tenebrosas...

Pero, además, contamos ya con mucho, con una copiosa relación de casos históricos, de las andanzas por este mundo del homo sapiens (tantas veces, homo-no-sapiens), tanto las andanzas que se han mostrado preferibles y como las que han sido desastrosas. ¿Por qué nos empeñamos en caer en la misma piedra: la violencia (que no es lo mismo que la combatividad), el autoritarismo, el dominio de unos hombres sobre otros, la domesticación de nuestras capacidades, la depredación de los recursos, el descontrol de las pasiones, que decían los clásicos, etc.?

En fin y resumiendo: Spinoza (“no hay nada más útil para el hombre que el hombre”) contra Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”). En fin, ¿o nosotros nos ponemos a favor de nosotros mismos o nos convertimos en nuestros peores enemigos? “Je est un autre”, nos recodaba Rimbaud; yo soy el otro tratando de entenderse y, ambos (y muchos y todos los seres humanos) tratando de ser felices, cada uno por su cuenta pero no todos juntos. Pues nada de lo humano nos es ajeno, como también nos recuerda el clásico.


Serie completa de cartas, Sobre la libertad:

https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/search/label/Sobre%20la%20libertad

domingo, 17 de mayo de 2026

Tropezar en la misma piedra (del podcast cómico-filosófico "El nudo Gordiano", con Paloma Lirola)


Segunda vez

Cristina Peri Rossi

En el acto ingenuo

de tropezar dos veces
con la misma piedra
algunos perciben tozudez.
Yo me limito a comprobar
la persistencia de las piedras,
el hecho insólito
de que permanezcan en el mismo lugar
después de haber herido a alguien.

Miremos este nudo gordiano... por dentro. Si lo cortamos de un tajo (como Alejandro Magno; ¡no sería tan “magno”!) el nudo puede rehacerse de muchas maneras... Lo miraremos en forma de preguntas, para que las respuestas, las vuestras, os las vayáis diciendo a vosotros mismos por dentro. (Una pregunta es una pregunta no porque pregunte, sino porque nos lleva a mirar distinto, desde un lugar distinto.) Y es que, aquí, no venimos a decirle a nadie lo que tiene que hacer con su vida, sino a poner luz, acompañar para despertar, cada uno a su ritmo. Ayudar a cuidarnos mutuamente

La primera parte de esta aportación son preguntas solitarias buscando solidaridad; en la segunda parte, avanzaremos sobre este nudo a través de un cuento re-escrito por Jorge Bucay.

Dice el dicho popular que “el humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”.

Pero, en realidad, ¿cuántas veces tropezamos en la misma piedra? ¿Dos, tres, muchas... innumerables? Si son muchas las veces que tropezamos en lo mismo, que nos pasa lo mismo, ¿no hay que mirarlo, a ver qué qué encontramos? ¿Por qué no les pasa (tanto) a los demás animalillos de este mundo?

¿Qué es una piedra, con la que tropezamos? ¿Qué es tropezar? ¿Tropezar es caerse? ¿Me caigo para siempre? ¿Tropezar no es otra cosa? ¿Nos gusta tropezar? ¿Es mejor tropezar que caerse?

Caerse es esto que puede llegar a ser tan tremendo, como dice Emily Dickinson en este poema, que parece que sucede en un instante, pero se venía preparando de antemano (la versión nuestra):

Poema 997

Derrumbarse no es acto de un instante

es una pausa fundamental
de los procesos de dilapidación
que son desmoronamientos organizados.

Aparece primero una telaraña en el alma
una cutícula de polvo
una carcoma en el eje
un moho elemental.

La ruina es formal
                         obra del diablo
persistente y pausada.
Sucumbir en un instante
            no es un resbalón
es la ley de la caída.

Sigamos:

¿Quién tropieza: el pie, la piedra, el tropezar mismo con el tropezar? ¿Tropieza mi cabeza? ¿Tropieza mi cuerpo? ¿O es mi mente la que tropieza una y otra vez?

¿Es grave tropezar dos veces? ¿Qué es lo grave, tropezar mucho? ¿Es grave (como la piedra es un grave) no tropezar nunca? ¿Es mejor no tropezar o es mejor tropezar? ¿Es más grave cogerle el gusto a tropezar o a no tropezar? ¿Cómo llamamos a quien no cree tropezar nunca? ¿Inconsciente, testarudo o dogmático, ignorante... de sí mismo?

Entonces, ¿el apego (la querencia) es el problema, tanto si es desagradable como si es agradable el tropiezo y su repetición? ¿Un problema qué es? ¿Un problema es sólo un problema o es algo más que un problema? ¿Puede ser la promesa de una solución nueva, una creación? ¿No puede ser la puerta de entrada para un modo nuevo de vivir, tal vez?

Pero, ¿y si necesito tropezar? ¿Y si resulta que no he visto todos los detalles de la piedra? ¿Quizá algo no ha sido resuelto o liquidado aún? ¿Es posible que algo siga pendiente en mí, en mi mente (mis ideas o creencias), en mis reacciones emocionales, en mi estilo de respuesta a las situaciones que se me presentan en la vida?

¿Cómo puedo liquidar lo pendiente? ¿Poniendo luz o conciencia en mi mente y en mi corazón? ¿Y si empiezo por responsabilizarme de mi propia respuesta a las situaciones que me presenta la vida, y no echo balones fuera, sobre las circunstancias o sobre los demás? ¿Y si aprendo a vivir a fondo lo que siento, del todo, sin miedo a sentirlo?

Y ya vamos con el cuento, a ver qué podemos aprender; aquí se habla ya de caerse a menudo, un grado más allá del simple tropezar:

DARSE CUENTA

Este cuento –lo dice Jorge Bucay– está inspirado en un poema de un monje tibetano Rimpoche, y que reescribí según mi propia manera de decir, para mostrar una característica más de nosotros, los humanos.

Me levanto una mañana, salgo de mi casa, hay un pozo en la vereda, no lo veo, y me caigo en él.

Al día siguiente, salgo de mi casa, me olvido de que hay un pozo en la vereda, y vuelvo a caer en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Soy olvidadizo? ¿No me puede pasar dos veces lo mismo, y por eso no le he dado importancia? (Claro, normal...)

Tercer día, salgo de mi casa tratando de acordarme de que hay un pozo en la vereda, sin embargo no lo recuerdo, y caigo en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Acaso me distraigo con otras cosas, no presentes? ¿Tiendo a evadirme de lo inmediato? (Soy humano... me puede pasar)

Cuarto día, salgo de mi casa tratando de acordarme del pozo en la vereda, lo recuerdo, y a pesar de eso, no veo el pozo y caigo en él.

¿Qué ha pasado aquí? ¿Acaso me obsesionan con mis caídas y me vuelvo ineficaz? (Porque si no miro al pozo, por mucho que me acuerde de él...)

Quinto día, salgo de mi casa, recuerdo que tengo que tener presente el pozo en la vereda y camino mirando el suelo, y lo veo y a pesar de verlo, caigo en él.

Pero, ¿¡qué está pasando aquí!? (Son posibles distintas hipótesis, que se corresponden con distintos tipos de respuesta (o estilos de vivir), por ejemplo, éstas):

(1) Exceso de confianza (testarudez ingenua)

(2) En el fondo, es que quiero caerme: que me ayuden o compadezcan, tener algo que contar, ser el único al que le pasan estas cosas...)

(3) Me atraen las caídas, esto se ha vuelto un hábito en mí y tira de mí...

(4) Me aferro a una confianza pasiva y no pongo los medios...

(5) Creo que todo va ser diferente y maravilloso esta vez...

(6) Me siento confortable ahí (cómodo y seguro, es mi zona de confort)

(7) Otro estilo de respuesta... (descubre el tuyo; esto merece ser investigado en cada uno de nosotros)

Sexto día, salgo de mi casa, recuerdo el pozo en la vereda, voy buscándolo con la vista, lo veo, intento saltarlo, pero caigo en él.

¿Qué está pasando aquí? ¿No estoy preparado o listo para superar este pozo, me siento impotente, en el fondo, no creo que pueda superarlo? ¿Me falta confianza en mí mismo? (Recordemos el cuento: “El elefante encadenado”, que también escribe Jorge Bucay)

Séptimo día, salgo de mi casa veo el pozo, tomo carrera, salto, rozo con la punta de mis pies el borde del otro lado, pero no es suficiente y caigo en él.

¿Qué está pasando aquí? ¿Tengo conciencia del pozo, he tomado medidas, actúo de modo distinto, pero no he practicado suficiente quizás, caigo en el desánimo y recaigo en el pozo? (Todo cambio o transformación personal requiere de un ejercitamiento y tiene sus recaídas, claro)

Octavo día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, salto, ¡y llego al otro lado! Me siento tan orgulloso de haberlo conseguido, que lo festejo dando saltos de alegría... y al hacerlo, caigo otra vez en el pozo.

¿Qué está pasando aquí? ¿Peco de exceso de confianza? ¿Me he creído que lo puedo todo, que soy todopoderoso, como un Narciso cualquiera? (Me he descentrado de mí mismo y de la situación)

Noveno día, salgo de mi casa, veo el pozo, tomo carrera, lo salto, y sigo mi camino.

¿Qué ha pasado aquí? No me apego a mi triunfo, porque no es un triunfo sino algo ya natural para mí, ¿pero olvido su persistencia como problema, su realidad, que es un problema, y que siempre hay pozos (para mí y para los demás), que esto es muy humano, y que cada uno de los pozos pueden convertirse en una gran lección para cualquier persona? (No tengo compasión de los “pozos humanos” (heridas y vacíos ontológicos), me desentiendo, me dan igual)

Décimo día, me doy cuenta justo hoy de que es más cómodo caminar... por la vereda de enfrente.

¿Qué ha pasado aquí? ¿No es cierto que la vida es diversa y cambiante, y que hay muchas posibilidades de vivir?

Pero, ATENCIÓN, ¿he vivido a fondo (desde mi fondo) la experiencia que me ha hecho daño (aquel pozo en la vereda), le he dicho SÍ y no me ha dejado residuo?

¿Me relaciono con esa parte de mí (que vivió la experiencia, que le dijo NO y después se negó a vivirla) de una manera natural, sin crispación, pudiendo hablar de ello y relacionarme con ello sin alteración ni división interna, con serenidad? Es decir, ¿no cambio de vereda (de respuesta, de vida) como una forma de huida, compensación o evasión?

¿Me he asegurado de no vivir lo nuevo desde lo viejo, lo presente desde lo que ya ha pasado, con RESENTIMIENTO, sino abierto a la realidad presente (dentro y fuera de mí) de una manera creadora, libre, auténtica, me permito vivir con vulnerabilidad, sin esconder nada ni esconderme yo, sin máscaras o armaduras?

Veamos, para acabar, lo que nos dice un experto en descubrir actitudes resentidas ante la vida que vivimos, cómo tendríamos que procurar vivir:

Nietzsche, La gaya ciencia: «Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello – así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!»

Y estas variaciones nuestras sobre un poema de Carlos Drummond de Andrade, para no olvidar “nuestra piedra en el camino”, que tanto nos ha dado:

En medio del camino

En medio del camino había una piedra.

Estaba la piedra en medio
del camino.
Allí había una piedra
en mitad del camino
una piedra
una piedra.

Nunca me olvido
de la piedra
que había en medio del camino.
Mis cansadas retinas así
me lo recuerdan:
que la piedra estaba en medio
del camino
como un acontecimiento
en medio del camino que tenía
una piedra.

La piedra ha venido y
vendrá de nuevo
a sentarse en medio de mi retina
tan cansada
como una huella
en medio del camino donde
había una piedra
en medio del camino.

viernes, 15 de mayo de 2026

Sobre la libertad 4/8

 


Querido amigo, tu carta me ha hecho sentir que estamos llegando al núcleo del problema de la libertad. Poco a poco conseguiremos, eso espero, aclarar y aclararnos, de cara a cualquier inteligencia que se precie de tal (me ha hecho gracia eso de que una IA pueda leernos). Y no es sobre el tema de los límites de la IA de lo que hablamos, pero, como estamos hablando de lo propio de una inteligencia natural (me encanta la expresión), creo que una inteligencia artificial ni se va a enterar (o eso esperamos).

En efecto, has nombrado, directa o indirectamente, dos ingredientes fundamentales de la libertad... humana. Uno sería la conciencia o capacidad de ser conscientes, y el otro ingrediente la búsqueda de la felicidad, de la que hablas afortunadamente en tu carta (o también la risa que, efectivamente, podemos dejar para otro momento).

Quizá no me expliqué bien. Esa condición de lo inteligente, que necesita interactuar con su entorno para poder sobrevivir, no se cumple mecánicamente, como los relojes de los que hablábamos en la carta anterior, y que simplemente funcionan o no funcionan (si sus piezas no interactúan convenientemente se avería, pero no tiene la capacidad de auto-crearse sobre la marcha), sino que el individuo orgánico evalúa, cada uno según su biología o constitución, desde de lo más instintivo o pre-programado a lo más consciente, lo que es importante de su medio para perseguirlo o para evitarlo.

Así que tranquilo... una (mal-llamada) “inteligencia” artificial no se convertirá en orgánica cuando “sienta” la necesidad de protegerse de amenazas exteriores. Puede que algún día sea posible que una máquina “se defienda”, pero no lo va a sentir ni lo va decidir de una manera consciente, ni siquiera instintivamente. Puede que lo haga, pero como resultado de una función o un conjunto de funciones, que es algo muy distinto. Esto no significa que no pueda llegar a ser más eficaz (en algún sentido) que una inteligencia natural, pero, simplemente, sería otra cosa: hay un salto entre lo natural y lo artificial (según Aristóteles, lo natural es un principio (physis) que constituye el propio ser, se halla en sí mismo, por sí mismo y no por otro, el artífice).

La inteligencia es un atributo del ser natural (que es según physis), que le permite ser capaz de ordenarse y reordenarse a sí mismo continuamente, si nada se lo impide. Volviendo a Spinoza, tan incisivo como siempre, nos dice de nuevo en su Ética: “todo ser se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo”.

Planteas muy bien la cuestión de la libertad ligándola a la felicidad, porque una auténtica felicidad solamente puede venir de una auténtica libertad. Pero no hay libertad sin liberación de nuestros condicionamientos internos (deseos y temores, huidas y compensaciones, compulsiones y resistencias, consecuencia de heridas o vacíos, impregnados éstos de ideas limitadas o erróneas que nos llevan a sufrir), no solamente condicionamientos externos, que es lo que suele entenderse por libertad. Si esta liberación interior no está presente, o no ha sido trabajada suficientemente, no es de extrañar que acabemos convirtiéndonos en sujetos hedonistas que, si se descuidan, acabarán siendo esclavos de sus propias compulsiones, muchas veces creadas desde fuera, como bien alude la cita de Anabel Palomares, que traes en tu carta.

Así que, de ninguna manera, en mi opinión, el bienestar de tipo hedónico que mencionas podrá conducir a un bienestar superior de tipo eudaimónico (de nuevo Aristóteles), pues está claro que no nos libera, sino todo lo contrario. Precisamente el proceso de autoconocimiento que conlleva esa liberación es lo que nos aproxima a la auténtica libertad: ser yo mismo en lo que hago, en lo que pienso, en lo que siento, en lo que digo... Algo con lo cual tú acabas tu carta. Así que estamos de acuerdo en el fondo.

Pues bien, con todo esto que hemos discutido hasta ahora, nos hemos referido, más bien, a la vertiente ontológica de la libertad, en el individuo, base de cualquier discurso sobre la libertad en el contexto social. Pero quiero retomar, querido amigo, una idea que mencioné de pasada en mi carta anterior. Siendo como es la libertad tan importante para concebirnos como seres humanos (según Kant, hay dos evidentes realidades: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí, cuyo fundamento es la libertad), ¿cómo podemos contribuir a que la libertad no sea una palabra gastada, que todos mencionan o usan, pero en la que casi nadie cree ya, si no es como una palabra mágica con que movilizar el voto o aumentar los beneficios, un medio y no un fin? Y esto no lo podemos permitir, creo yo... que campe a sus anchas esta tendencia. ¿Cómo orientar nuestra libertad para construir un mundo mejor?

Para poder leer la serie completa de cartas, AQUÍ



domingo, 19 de abril de 2026

EL NUDO GORDIANO. Podcast 2: "El mundo se me hace bola"


¡Paloma, basta! Que me estoy atragantando yo también, al sentirme mujer mientras te oía... O, mejor diríamos, que me estoy sintiendo humanamente afectado. Porque “nada de lo humano me es ajeno”, decía Terencio, el cómico latino; y que Unamuno puso en el comienzo de la primera parte (“El hombre de carne y hueso”) de su conocido ensayo El sentimiento trágico de la vida... ¿Hablaremos hoy de tragedia humana? Quien sabe... nada de lo humano nos es ajeno. “El mundo se me hace bola”, ¿es esto una tragedia? Veremos, un día más... ¡qué nos pasa, Paloma, qué nos está pasando! Estamos aquí, como ya sabéis, para entender un poco más este mundo... si es que somos capaces de entendernos un poco mejor a nosotros mismos...

Porque, a ver, Paloma: “EL MUNDO SE ME HACE BOLA”. Analicemos este enunciado: (a) el mundo es sentido como una bola (un todo revuelto, compacto, impenetrable, vomitivo... el mundo, no la bola de la Tierra, o quizás también) y (b) tengo una bola en mi garganta, en mi mente, sería mejor decir. Así que tenemos dos posibles realidades a considerar, de este atragantamiento: el mundo-bola y el yo-bola, que tiene que ver con el modo en que respondo a este mundo-bola que se me atraganta o atraviesa... y yo mismo me hago bola, como algunos insectos.

Ya ves que no tengo reparos en hablar desde el yo... porque, precisamente, ese “yo” es el que siente el mundo como indigesto. Ahora bien, ¿solamente soy ese yo de la personalidad construida, desde pequeños, a partir de lo que me ha pasado y cómo he aprendido a vivir con lo que me ha pasado? ¿O también, somos otra cosa, algo más profundo, un Yo profundo o central, un mar en calma, al que no le pueden afectar las turbulencias de la superficie o la periferia? ¿Se le hace bola el mundo a este Yo profundo, o es al otro, el yo de mi personalidad, con el que me manejo en mi vida diaria? (Con sus deseos y temores, sus heridas, sus vacíos ontológicos, sus sombras, sus hábitos, sus inercias...)

Por otro lado, tú has hablado, y te has quejado, del mundo-bola, referido especialmente al microcosmos de las mujeres, autónomas, artistas y perimenopáusicas de Andalucía... ah, y misofónicas. Pero, como tú misma has dicho, los problemas son más y nos afectan a todos, de un modo u otro... Basta mirar a nuestro alrededor, en lo local y en lo global, escuchar las noticias... para echarse uno a llorar, esconder la cabeza como el avestruz, o bien cortarles, precisamente, la cabeza a los trump, putin, netanyahu o elon musk... Entonces, ¿dónde está, de verdad, el nudo gordiano de hoy, que hemos de tratar de deshacer, en el mundo o en mi garganta? Vamos a mirarlo... juntos.

Nos sentimos muchas veces como el titán Atlas, condenado a soportar la bóveda celeste sobre sus hombros. (Donde dice “bóveda celeste”, poned responsabilidades, deberes, obligaciones, cargas y todos los “yo debería”...). ¿O más bien nos sentimos como Sísifo, el fundador de Corinto? Éste fue condenado (qué crueles eran aquellos dioses... o, quizá, ¿no son como nosotros?), a subir una enorme piedra por la ladera de un monte y a dejarla caer para volver a subirla, eternamente. ¿Somos como Atlas o somos como Sísifo? ¿O somos los dos juntos? ¡Cuánto nos enseñan los mitos sobre nosotros mismos, sobre la tragedia humana del sinsentido (último) de la existencia!

No es de extrañar que Albert Camus nos presentara su filosofía del absurdo, precisamente, a través de un ensayo corto titulado El mito de Sísifo. Pero, dice él, que tomado el absurdo como punto de partida y no como conclusión. Como Alfa y no como Omega. Y cita, antes de empezar, a Píndaro, el poeta lírico: “Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible.” Ya, con esto, tendríamos buena parte de una clave para afrontar este nudo gordiano del mundo que se me atraganta.

A continuación, comienza su ensayo con estas palabras: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Para deprimirse, ¿no? O eso parece... (de hecho, el suicidio es la principal causa de muerte no natural, y lo más escalofriante, también entre niños y adolescentes). Pero, el existencialismo de Camus va más allá de esto: “Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebeldía, mi libertad y mi pasión”. Desde la aceptación del absurdo de la existencia humana, añade: “El cuerpo, la ternura, la creación, la acción, la nobleza humana recuperarán su lugar en este mundo insensato. El hombre volverá a encontrar en él finalmente el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia con que se nutra su grandeza”. Y para finalizar nos dice: “Lo que precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir”. Y esto es, ni más ni menos: ¡ahora se trata de vivir!

Quizás, la clave de este nudo gordiano esté en el lugar de mí, desde el que trato de vivir lo mejor posible. ¿Cuáles son mis respuestas habituales a los problemas de este mundo que se me hace bola? ¿Cómo deshacer mi bola... mi ovillo, mi piedra en el zapato, descansar de mi piedra de Sísifo, poder hacerla transitable? ¿Solamente puedo huir, aislarme, entretenerme, descargame de mí, dominando o maltratando a otros seres humanos? ¿Sólo puedo querer tener más? ¿No puedo tratar de ser más yo mismo, desarrollar todo mi ser? Entonces, ¿cómo conectar, re-conectarnos con ese lugar profundo de nosotros, donde no hay sufrimiento, sino felicidad y energía, alegría y belleza, claridad y amor, a pesar de las circunstancias? ¿O no podemos hacer nada? ¿No dependen algunas cosas que nos pasan de nosotros mismos? El arte de vivir, para Epicteto, el estoico liberto romano, tiene mucho que ver con el aprendizaje de lo que depende y lo que no depende de mí y... poned mucha atención: nuestra respuesta a lo que nos pasa... ¡eso sí que siempre depende de nosotros!

Podrás descubrir ese Yo más profundo, si te miras cuando estás creando, cuando estás respirando y te detienes en la pausa al respirar (después de cada inhalación o de cada exhalación); si te miras a ti y no a tus atributos (las atribuciones que tú te has dado o las que otros te han dado: “yo soy esto o soy aquello, yo así o soy asao”); “Si tú te miras, ¿qué queda?”, nos pide, que nos detengamos a mirar, María Zambrano, en un conocido poema suyo*; habitualmente, nos fijamos en lo que hacemos, en lo que decimos, en lo que sentimos, pero pongamos toda la atención en ese yo más profundo, en el sujeto y no el objeto: “yo, que veo”, “yo, que pienso”, “yo, que sufro”, “yo, que estoy viendo esta película”, “yo, que estoy leyendo ahora mismo este texto”, “tú, que lo estás escuchando”.

Vamos a practicarlo... y es posible que, desde ese lugar de nosotros, el mundo no se nos haga tanta bola... Quizás, si la dejamos salir, se nos pueda dibujar en el rostro una suave sonrisa interior, como a la Mona Lisa. Vale, que dice Cervantes al acabar su Quijote, pues ahora es vuestro turno.