Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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miércoles, 14 de enero de 2015

¿Filosofía en tiempos de crisis? (4): La función nietzscheana


El nihilista, el asesino de “Dios” —o eso dicen algunos—, el contracultural, el genio cuyo olfato era capaz de detectar la podredumbre de la cultura occidental, sus más bajos instintos vestidos de honorabilidad, el que filosofaba a martillazoshaciendo añicos los ídolos de occidente, todo lo bueno, santo y verdadero —o, al menos, lo que se había tenido por tal hasta entonces… ¿Cómo va a alumbrarnos la filosofía de Nietzsche en mitad de nuestra contemporánea crisis de valores?

Simplemente, de la misma manera que ocurre contodo lo importante de la vida, aprendiendo a mirarlo. Una filosofía no está ahí —y no se ha transmitido— para que la veas como te han dicho que la veas. El mismo Nietzsche pensaba que las distintas escuelas filosóficas no eran más quelaboratorios experimentales del arte de vivir, y como sus resultados nos pertenecen a todos, no hay que tener escrúpulos en adoptar una máxima estoica—pongamos por caso— porque antes hayamos adoptado otra distinta epicúreaMira tú lo que necesitas de lo que se te ofrece, dótalo de sentido y llévalo a tu propia vida.
Nietzsche, el vitalista; como habitualmente se le clasifica en la historia de la filosofía occidental. Pero las etiquetas fallan mucho —ten cuidado con ellas. No te dice él que vivas la vida a tope,despreocupadamente, explotando al máximo placeres que te llevan a más placeres que nunca descansan de atraparte —eso es hedonismoNo te dice él que cargues de positividad tu vida, relegando el lado negativo de las cosas —eso es optimismo hueroNo te dice él que seas consciente del dolor y la desgracia humanos para que luego no te creas que la vida es de color de rosa y pienses que el sufrimiento es la única manera de vivir profundamente —eso espesimismo amargo. A cambio de todo ello, ama la vida tal como es, ama tu vida tal como se te ha dado. Ésta sería la “prueba del algodón” nietzscheana: ¿Estarías dispuesto (o dispuesta) a vivir una y otra vez, eternamente, tu vida tal como está siendo? De lo contrario, si quisieras reemplazar algo, aunque únicamente te surgieran algunas dudas, tú no estarías amando la vida tal como es, con todo  lo “malo” y lo “bueno” que contiene; así que no te llames vitalista.
¿Cómo puedo yo, entonces, afrontar mi vida? ¿Y si estoy en crisis, como ahora, y si me siento tan mal conmigo mismo y con mi mundo? Te dice Nietzsche: comienza por la aceptación de todo aquello que eres. Si lo asumes de verdad, comprobarás que cualquier cambio que se produzca en tu vida será verdaderamente realTu vida sólo puede gozar de la autenticidad del vivir, si aceptas tu destino. Esto no es resignación, esto no es pasividad ni amargura, es tu único punto de partida válido. Así que tú verás. No te engañes. Hay múltiples maneras de engañarse a uno mismo en el mundo de hoy. ¿Qué es vivir, entonces? Un santo decir sí a todo lo que conlleva vivir, a lo que es tu propia vida; que ésta sea expresión de tu interna fuerza vital, el desarrollo, la expansión de lo que ya eres, dando libre curso a esa fuerza que está en ti. Vivir es voluntad de poder ser. Nietzsche dixit.
Publicado en Queaprendemoshoy

sábado, 3 de enero de 2015

Sobre lo divino

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.4

19 de diciembre de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?

¿Una persona no creyente —de ninguna de las religiones existentes— puede hablar de algo divino o espiritual? ¿Tú que piensas? ¿Es lo mismo una persona espiritual que una persona religiosa? ¿Posee la religión establecida la exclusividad sobre el hecho religioso? ¿Pensar de ese modo nos ha acarreado a todos a lo largo de nuestra historia más perjuicio o más beneficio? ¿Es posible el dialogo entre las religiones? No sé si estarás interesado (o interesada) en estos asuntos sobre lo divino —que versan también de lo humano—, pero si te quedas un rato podrás saborear un trago de esta bebida acompañando el diálogo de los participantes de este café filosófico. Y si no lo estás, este relator espera que, a través de la perspectiva adoptada en su transcurso, este tema pueda llegar a ser uno de “tus temas”.
El moderador del encuentro quiso comenzar leyendo un texto alusivo al café filosófico anterior, que trató Sobre el miedo. Y puesto que allí estaban, en esta ocasión, la mayoría jóvenes, que tienen —como se dice— la vida por delante, venía ni que pintado. Su autor es Pablo d´Ors, nieto del novecentista Eugenio d´Ors, sacerdote y escritor, extraído de su ensayo Biografía del silencio (pp. 94-5), donde describe sus experiencias espirituales con la meditación que él practica a diario; por tanto, muy a la sazón de nuestra discusión, según ha sido anunciado y se irá viendo después; y dice así:

“La vida es un viaje espléndido, y para vivirla sólo hay una cosa que debe evitarse: el miedo (…) Y me entristece que haya muchos que pasen la vida con la mirada puesta en ese tablero pero sin decidirse a jugar jamás, muchos que dudan sobre si deberían o no sentarse a la mesa del banquete, dispuesta para ellos; muchos que van al río y no se bañan, o a la montaña y no la suben, o a la vida y no la viven, o a los hombres y no les aman”.

Pues bien, iniciemos ya nuestro espléndido viaje y evitemos todo temor. Pidió el moderador la siguiente autorreflexión: ¿Yo por qué doy gracias? ¿A qué doy gracias? Siempre se ha dicho que “de bien nacidos es ser agradecidos”, y puede que, de vez en cuando, sea éste un ejercicio necesario. Quizás no tengamos a flor de piel, como debiera, todo lo que se nos ha dado y se nos da simplemente con vivir, y estemos demasiado acostumbrados a pedir más que a dar. Efectivamente, la mayoría de los participantes no mostraban mayor inconveniente en “dar gracias”, cada uno a su manera, a la vida que nos tiene. Pero a algunos otros les costaba un poco más. “Me operaron, prorrogaron mi vida y ahora las cosas me llenan más”. “Doy gracias a las personas que tengo a mi alrededor”. “A lo que me ha ocurrido, que me ha llevado a aceptar más las cosas”. “Que mi vida sea única”. “Que yo sea como soy, gracias a mis amigos y familiares”. “Por el apoyo que me dan”. “Yo no doy gracias, todavía”. “La posibilidad de inventarme a cada paso”. “Poder vivir mi vida”. “Doy gracias por todo lo que hace posible mi vida cotidiana, cosas tan sencillas como que una silla haya sido hecha por alguien”. “Doy gracias por todas aquellas personas que han  hecho de este mundo un mundo mejor, incluso, a veces, han llegado a morir por ello”.  “Agradezco que haya algo superior a mí”.
Y con esta disposición de ánimo, se propusieron algunos temas posibles de discusión, para investigar juntos sobre ellos: Dios, la Justicia y la Religión, el Espíritu Navideño, la Dependencia. Y comoquiera que el primer tema fue el más deseado aquella tarde —a falta de una hora para la caída del sol— le preguntamos: ¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”? O más todavía: ¿Quién puede proclamarse su portavoz? Además, estas formulaciones quizás nos llevarían a comprender si somos o no somos religiosos por naturaleza, o en qué sentido lo somos.
¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?
—Un argumento filosófico dice que es el nombre que ponemos a lo desconocido.
—Un salvavidas humano.
—Una forma de control de los demás.
—Una creación del ser humano.
—Un acto de rebeldía frente a la muerte, pues no aceptamos la muerte.

Éstas eran respuestas más bien inmanentes, luego llegaron otras más trascendentes, que a aludían, pues, a algo más allá de lo humano.
—Se trata de un concepto más allá de las religiones: una especie de “inconsciente biológico”.
—Algo imposible de definir.
—El Todo, la Unidad de todo.

Pero fue este último argumento el que copó la discusión posterior a esta batería de alusiones a “Dios”, que los filósofos griegos llamaban: tó theión. Nunca hablaron de un dios personal creador del mundo, sino de lo divino en el mundo. Esta perspectiva podía sernos de utilidad para que todos los participantes —creyentes y no creyentes— pudieran dialogar juntos sobre un tema tan dado a la visceralidad y a la controversia sin límite, tan difícil por eso —como todos sabemos por experiencia—. Propone, entonces, el moderador aclarar esta idea de “todo”, de un modo que pueda ayudarnos en nuestra búsqueda de lo divino, a través de esta pregunta: ¿El todo es reducible a las partes? Una pregunta que causó perplejidad entre muchos de los participantes, y que poco a poco fue clarificándose su sentido —aunque sólo fuera intuitivamente—, a través de algunos ejemplos y alguna metáfora. (Te lo transcribimos en forma de cuestiones para que seas tú quién las piense y puedas intuir también la puerta que nos abren).

—¿La mente es reducible a cerebro? Una función global del cerebro, como el pensamiento o una decisión voluntaria del sujeto, se puede entender a partir de la sola consideración del funcionamiento neuronal? ¿Quién comprende o tiene autoconciencia, quién imagina o crea, el cerebro o la mente? ¿Podrían ser las funciones mentales el resultado de toda la estructura del cerebro, cuando trabaja al unísono, y no sólo de una parte de éste?
—¿Un océano, una gran cantidad de agua, es simplemente la suma de innumerables gotitas de agua? ¿O, por ser océano, adquiere sus propias leyes de comportamiento?
—Y lo mismo puede suceder con una bandada de pájaros: las evoluciones de su vuelo, aparentemente errático, ¿se puede explicar por el rumbo aislado de cada uno de los pájaros que forman parte de dicha bandada?  ¿O más bien, se dejan arrastrar por el flujo mayoritario, que parece tener autonomía?
—¿Qué pasa cuando los aficionados al fútbol se instalan en su asiento de la grada del estadio? ¿Su actitud y su conducta —a veces desgraciada— se parece siempre a la que mantienen en su vida cotidiana? Cuando no es así, ¿a qué se debe? ¿Es que han sido metamorfoseados y ya no son los mismos? ¿O hay un comportamiento social no reducible a lo individual, ya no comprensible simplemente de ese modo?
—¿Si no hubiese el “hecho social”, podrían la Sociología o las demás ciencias sociales tener sentido, es decir, poseer su propio objeto de estudio independiente?

Y el grupo de participantes discutió estos ejemplos (también después de la reunión, pues se hallaba entre ellos un avanzado estudiante de Sociología); y el moderador se empeñaba en tratar de conectar la esencia de los mismos con el tema que nos traíamos entre manos: la esencia de lo divino. Aunque es posible que le faltase plantear alguna pregunta directa como las siguientes: ¿Alguno de vosotros alguna vez os habéis sentido formando parte de un todo? ¿Integrados, siendo partícipes de algo más grande que vosotros mismos? Por ejemplo, en soledad con la naturaleza, dentro de un grupo en donde había plena compenetración, cuando habéis sido creativos y parecía que “algo” hacía lo que estabais haciendo, amando, ¿habéis sentido esta experiencia? No hay que ser una persona religiosa, como veis, para acceder a una experiencia mística (de unión profunda con lo que hay), aunque sea de un modo básico. Es más, es posible que de este tipo de experiencias surgiesen aquellas experiencias religiosas fundamentales que luego fraguaron dogma y religión cultural.

Después de una suficiente maduración de la discusión, el moderador vio el momento para volver a formular la pregunta inicial que nos planteábamos: ¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?
—Amor que nos hace superarnos.
—Necesidad inherente al ser humano, que nos lleva a ser más.
—Capacidad espiritual, que nace de nuestra necesidad de compartir.
—Pero dicha espiritualidad es personal —se replica.
—¿Habría, entonces, que hablar de “mi dios”? ¿O se puede hablar de “Dios”?
—El problema ha estado históricamente, y sigue estando, en tratar de imponer “mi dios” a los demás.
—Es cierto, y todos podemos poner ejemplos reprochables de ello. ¡Cuántas guerras de religión!
—Entonces —pregunta el moderador, recogiendo el segundo interrogante inicial—, ¿quién puede hablar de Dios, si lo divino está en la fuerza del amor, es superación, unidad, está en la integración con lo que hay?
Todos y nadie —responden casi al unísono todos los participantes.
—Entiendo: cualquiera de nosotros, pero nadie debería tratar de imponer a la fuerza “su dios”. Nadie puede autoproclamarse portavoz único y verdadero de Dios. Pues esto lleva al dogma y a la exclusión de los que tú piensas que no sienten como tú.

Este relator espera que este puerto de la discusión te haya satisfecho tanto como a él narrarlo. Ahora sabemos que hasta una persona no creyente, puede creer mucho; que la espiritualidad y lo divino no son materias reservadas a unos pocos, que proclaman o se autoproclaman. Y quizás así, un creyente con un “no creyente” pudieran entenderse y hablar de lo mismo, aunque fuera cada uno a su manera propia. Quizás así, las distintas religiones podrían llegar a dialogar entre sí, cuando resulta que el hecho espiritual es un hecho humano que pueden compartir todas las religiones del mundo, si no se quedan en la superficialidad del ritual y la iconografía. Quizás así, no llegáramos a matarnos unos a otros por nuestras creencias religiosas —o de otro tipo, convertidas en cuasi-religiosas— o por dios alguno. Esperanza.




 La inteligencia se piensa a sí misma abarcando lo inteligible, porque se hace inteligible con este contacto, con este pensar. Hay, por lo tanto, identidad entre la inteligencia y lo inteligible, porque la facultad de percibir lo inteligible y la esencia constituye la inteligencia, y la actualidad de la inteligencia es la posesión de lo inteligible. Este carácter divino, al parecer, de la inteligencia [humana] se encuentra, por tanto, en el más alto grado de la inteligencia divina, y la contemplación es el goce supremo y la soberana felicidad.

Aristóteles, Metafísica, XII, 7


La quinta vía [de la demostración de la existencia de dios] se toma del orden o gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin propio, y a éste llamamos Dios.

Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 3.

lunes, 1 de julio de 2013

Elogio (filosófico) de la música


La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo (Platón).

Entonces, (en el estado de pura contemplación de la belleza) lo mismo da contemplar la puesta de sol desde un calabozo que desde un palacio (Schopenhauer).

La música es un ejercicio metafísico oculto para aquel espíritu que no sabe que está filosofando (Schopenhauer).

Sin la música la vida sería un error (Nietzsche).


La filosofía de todos los tiempos ha buscado, y sigue buscando, la verdad, el bien y la belleza. Tres grandes búsquedas. Todas ellas son compatibles entre sí y se pueden perseguir sus objetos al unísono; pero, a veces, alguna de dichas búsquedas puede iluminar a las otras. Porque son parcelas de la búsqueda del sentido humano, de la plenitud de ser. Así fue durante mucho tiempo. Hasta que irrumpió la manera moderna de entender la relación entre el hombre y su mundo. La tecnociencia  puso en peligro el valor de dos de estas búsquedas: el bien y la belleza. Porque el sentido fue casi por completo acaparado por la búsqueda de una verdad controlable y experimentable sin sujeto, que vive, siente y sufre. Sólo sujeta a medidas y a cantidades. Objetivable. ¿Qué sentido le cabría a la libertad o al arte, si no pueden convertirse, sin deformarse —sin dejar de ser lo que son—, en objetos cuantificables? ¿Qué valor podrían tener, entonces, valores como la paz o la justicia, la felicidad, la dignidad o la esperanza?

En una época en la que el conocimiento científico ya imperaba, y en la que la filosofía podía sucumbir a la tentación de reducir todo saber y toda acción a lo cognoscible, para poder entrar así en el “camino seguro de la ciencia”, el ilustrado Inmanuel Kant le plantea a la filosofía el reto de su existencia o su disolución científica. ¿Cómo conciliar la libertad humana con la ciencia mecanicista reinante en su época? ¿Qué queda de lo humano, si sólo es cuestión de tiempo que no se distingan mucho la naturaleza humana y la no humana, lo que tiene vida y la materia inorgánica, pues todo estaría regido por leyes universales y necesarias, que se cumplen siempre y para siempre? ¿Cómo puedo entenderme a mí mismo si lo que pienso y lo que hago no puedo decir que me tenga a mí como sujeto, si no soy yo el que vive o actúa? ¿Qué sentido tendría elegir o decidir, si sería mi sino elegir esto o aquello? Sobra la ética, sobra la política, sobra el arte, sobra el amor… Si dios no existe, no todo estaría permitido, pero, si cae la moral, ¿qué nos cabe esperar? ¿Cómo podríamos pensar y juzgar lo que nos está pasando hoy en día?

No, todo no ha sido hecho para convertirse en fenómeno objetivable. No todo se puede conocer como se conoce la velocidad de un móvil en función del tiempo y el espacio recorrido, lo mismo que conocemos la composición molecular del agua o lo que necesita una planta para poder sobrevivir. No se puede conocer, pero se puede pensar y tratar de dar sentido a lo que somos, a lo que hacemos y a lo que queremos ser. Y sin esto, el ser humano no puede vivir. Podrá sobrevivir como un organismo, pero no podrá vivir, pues no sólo de pan vive el hombre. A este nivel de realidad, más allá del ser fenoménico, lo llamó Kant noúmeno o “cosa en sí”, inteligible pero no demostrable empíricamente; lo que debe ser o lo que proyectamos ser, que nunca puede ser reducido ni agotado, como se agota un recurso. Las ciencias y sus expertos nos pueden informar de los hechos —datos a tener en cuenta—, pero la cuestión de qué vida o que mundo queremos vivir siempre sigue pendiente de un sujeto que —junto a otros— así lo decida, lo instaure, forjándolo desde la experiencia de lo dado, o simplemente, porque nos guste. ¿Acaso no podemos recrearnos simplemente en la contemplación estética de lo que nos está pasando alrededor de nuestra vida? Tampoco sin esto vivimos. Sobrevivir, quizás, pero sería una vida incompleta, pues le faltaría la vida del espíritu. No sabemos si somos también espíritu, mas no podemos vivir sin la conciencia de que vivimos. No queda mucho de lo más propiamente humano sin la autoconciencia. Y a ella contribuye, y no poco, la experiencia estética, que nos proporcionan las variedades de lo bello y que las artes nos ayudan a recrear. Cada una con sus materiales de este mundo: el color, la palabra, la textura, la forma, el tiempo y el espacio, el ritmo, el sonido y el silencio. Cada una abriéndonos mundos nuevos, otras posibilidades de vivir, desde lo más cotidiano a lo más sublime o divino.

La filosofía también nos lo ofrece, aunque de otro modo. No es fácil expresarlo mejor que María Zambrano; lo dice en su Filosofía y poesía: “El filósofo quiere lo uno, porque lo quiere todo, hemos dicho. Y el poeta no quiere propiamente todo, porque teme que en ese todo no esté en efecto cada una de las cosas y sus matices; el poeta quiere una, cada una de las cosas sin restricción, sin abstracción ni renuncia alguna. La cosa del poeta no es jamás la cosa conceptual del pensamiento, sino la cosa complejísima y real, la cosa fantasmagórica y soñada, la inventada, la que hubo y la que no habrá jamás. Quiere la realidad, pero la realidad poética no es sólo la que hay, la que es; sino la que no es; abarca el ser y el no ser en admirable justicia caritativa, pues todo, todo tiene derecho a ser hasta lo que no ha podido ser jamás. El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que de las cosas que hay, unas sean, y otras no lleguen a ese privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada”. Y lo que dice la filósofa veleña de la poesía valdría para cualquiera de las artes. El artista no teme a la nada, porque la nada en que está situado —tan cómodo que nada le falta— es la nada de los hechos, la nada científica, que es el todo de los sueños y de la realidad imaginada; real con la sola condición de que seamos —los que participamos de la vida— capaces de apreciarlo. Lo que no es todavía nos está preparando para que podamos ser, si nosotros queremos y nos merece la pena. Así que nuestro arte “saca a la nada de la nada misma y le da nombre y rostro”. A través de una obra de arte singular, material y circunstancial. Le sobran las palabras y faltan las palabras.

Está la mirada metafísica del filósofo y está la mirada del artista. Dos miradas; no nos perdamos ninguna. Y la del artista es más libre todavía. La lógica, el ser, el deber ser, lo mejor y lo correcto, lo justo y lo injusto, lo que es y lo que no es, son fronteras frágiles para la creación y la contemplación artísticas. Porque hay niveles de comprensión ulteriores, en donde la filosofía quizás se queda un poco corta a veces. Además el arte sabe jugar, un lujo que el filósofo no puede continuamente celebrar. Al arte le está permitido sorprenderse continuamente, bendecir lo que hay y redimir con constancia el azar necesario (ananké) que es la existencia. Maravillarse y maravillarse, sin afán teórico ni práctico. Tampoco tiene que correr el riesgo de creerse sus propias construcciones. El artista, frente al metafísico, sabe lo que está haciendo, que sus creaciones son creaciones y nunca lo olvida. Denuncia Friedrich Nietzsche que el metafísico sucumbe en ocasiones a la tentación, demasiado humana, de querer finalizar la búsqueda y descansar antes de tiempo.

Según Arthur Schopenhauer, su maestro en la voluntad de vivir, el arte llega más lejos. La contemplación estética emerge “cuando el hombre, elevándose sobre la manera ordinaria de considerar las cosas por la fuerza del entendimiento, no se limita ya a buscar las relaciones entre aquellas cuyo último resultado es siempre un nexo con su voluntad y está sometido a la configuración peculiar del principio de razón; es decir, cuando no investiga dónde, cuándo, el porqué y el para qué existen, sino únicamente lo que las cosas son”. El arte es capaz de parar la “rueda del tiempo”, todo lo demás desaparece, la multiplicidad espacio-temporal, y sólo queda lo esencial, lo que importa en el mundo. La obra de arte es un medio para facilitar esta comprensión inmediata. Y al alcance de todos, los que se hayan cultivado un poco a sí mismos. Añade Schopenhauer en el libro tercero de El mundo como voluntad y representación que “todo querer nace de una necesidad, por consiguiente, de una carencia y, por lo tanto, de un sufrimiento” y “ningún objeto de la voluntad puede dar lugar a una satisfacción duradera, sino que se parece a la limosna que se arroja al mendigo y que sólo sirve para prolongar sus tormentos”; “de este modo el sujeto de la voluntad está atado a la rueda de Ixión, está condenado a llenar el tonel de las Danaides, al suplicio de Tántalo”. Pero a veces nos es dada —y el arte nos acompaña— la conciencia contemplativa “de un modo desinteresado, sin subjetividad, de una manera puramente objetiva, entregándose a ellas plenamente, en cuantas son puras representaciones y no meros motivos; entonces la tranquilidad, buscada antes por el camino del querer y siempre huidiza, aparece por primera vez y nos colma de dicha. Surge entonces aquel estado libre de dolores que Epicuro encarecía como el supremo bien, como el estado de los dioses, pues en aquel instante nos vemos libres del ruin acoso de la voluntad, celebramos el sábado de la voluntad y la rueda de Ixión cesa de dar vueltas”. Fue suficiente que Orfeo entonara su música para que todos los tormentos de los condenados del Hades cesaran y se calmaran por primera y única vez.

Pues la música existe aparte de todas las demás artes y consigue llegar aún más lejos, más cerca de nosotros y el mundo, en realidad. No puede evitar Schopenhauer la emoción al referirse a la música. Le faltan las palabras. Y con más motivo a nosotros. Pues la música parece estar dirigida a la esencia interior, más íntima, del mundo y de nosotros mismos. La buena filosofía expresa la esencia del mundo en conceptos muy generales, pero si fuera posible “reducir a conceptos la esencia de la música, es decir, lo que ésta expresa, esto sería una suficiente explicación del mundo en conceptos, o cosa equivalente, es decir una verdadera filosofía”. La conciencia del límite no tiene límites, la conciencia del tiempo no es temporal, la conciencia de los objetos no puede ser objetivada, pero, si pudiéramos expresar en conceptos lo que nos dice la música, accederíamos a la voluntad misma que anima el mundo en cuando tal mundo. Y como no es posible en conceptos, nos bastan por ahora las hondas emociones a las que el lenguaje universal de la música nos conduce. “Veo yo —sincero Schopenhauer— en los tonos más bajos de la armonía, en el bajo fundamental, los grados inferiores de objetivación de la voluntad; a saber: la naturaleza inorgánica, la masa de los planetas (…). Las voces que están más cerca del bajo son los grados inferiores, los cuerpos aún inorgánicos, pero que ya se manifiestan de muchas maneras; las más altas me recuerdan las plantas y el mundo animal (…). Por último, en la melodía, en la voz cantante, la que dirige el conjunto, la que marcha libremente entregada a la inspiración de la fantasía, conservando siempre desde el principio al fin el hilo de un pensamiento único y significativo, yo veo el grado de objetivación de la voluntad, la vida reflexiva y los anhelos del hombre”.


La música no nos emancipa sólo de los quehaceres cotidianos y nos libera de los  dolores que a veces conlleva la vida, nos emancipa para que vivamos mejor en adelante. Dosis transitorias que producen un efecto duradero. Situándonos fuera del tiempo, en ese instante en que vemos el mundo como objeto, siendo nosotros sujeto, sin las sujeciones diarias, el arte musical nos acompaña a las puertas de una percepción más pura, más universal, más profunda, que nos permite entender quiénes somos contemplando el mundo en la totalidad de la que forma parte la existencia humana. Así que necesitamos la mirada musical para apreciar mejor el mundo. ¿Cómo puedes vivir sin la música? Aunque sea de vez en cuando, y si es posible, de cuando en vez.

(Publicado en la revista de la Biblioteca del IES Juan de la Cierva, número 8, Musicae, junio 2013, pp. 1-4)

domingo, 18 de noviembre de 2012

El ser errático


Si algunos de vosotros pensáis que la filosofía es algo muy difícil, inaccesible, sólo apto para especialistas, os recomiendo ver y oír esta conferencia, de Luis Sáez Rueda, sobre lo que les parece a muchos la materia más compleja y abstracta de la filosofía, la Ontología o tratado sobre lo que es y lo que no es. En realidad, puede que no haya materia filosófica difícil de expresar, sino dificultades en aquél que lo expresa. La claridad, decía Ortega y Gasset, es la cortesía del filósofo. Añadiría yo también: la cercanía y pregnancia vital de lo que dice. Y no sé quien lo decía, que si un concepto no se puede exponer bien, con una mínima claridad y precisión, es que no hemos sido capaces de pensarlo bien. Ya sabéis que lenguaje y pensamiento van casi siempre de la mano. Gracias, Luis, por esta deliciosa conferencia.