Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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martes, 28 de abril de 2015

Sobre las relaciones interpersonales (2)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.8

17 de abril de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


Si no nos queremos a nosotros mismos, si no hemos descubierto que nos pueden querer, nos costará querer. Nuestro amor se verá siempre desvirtuado por la herida de nuestro corazón y amaremos de un modo posesivo o indiferente, angustiado o superficial, incluso perverso, si la herida es profunda e inconsciente.

Frédéric Lenoir, El alma del mundo.


La relación es realmente un proceso de descubrimiento de uno mismo, es decir, un proceso de conocimiento propio; en esa revelación hay muchas cosas desagradables, actividades y pensamientos inquietantes y molestos. Como no me gusta lo que descubro, huyo de una relación que no es agradable hacia otra que lo sea. La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve importante en extremo cuando es un medio de descubrimiento, de conocimiento de uno mismo.

Krishnamurti, La libertad primera y última.



¿Por qué se dan tantos conflictos en las relaciones personales?

No sé si estás de acuerdo en que el otro es siempre un misterio. Y hasta es bueno que así lo sea. El otro ser humano que tengo enfrente, o al lado de mí, es como yo en lo fundamental, pero, ¿no es cierto que si quiero saber de él tengo que dejarle ser lo que es?, y en todo caso, si quiero saber algo de él, ¿no tengo siempre, como mínimo, que preguntarle y luego saber escucharlo? Las relaciones personales son muchas veces problemáticas, las relaciones personales nos preocupan. Y seguimos relacionándonos, y continuamos buscándolas. Diríase que son un drama, mayor o menor, según los casos y las situaciones. O al menos, así lo vivimos muchas veces, como un drama que repetimos o nos apegamos para sentirnos aparentemente, al menos, más cómodos. “Todo sigue igual, yo también”. Son difíciles las relaciones, pero son tan importantes… No en vano, el hombre es un animal social por naturaleza (Aristóteles). Acompáñanos en este viaje por las tortuosas relaciones de los humanos, hasta llegar a algún claro del bosque donde poder residir juntos un rato. Cuando la noche se hace de día. “Cuando al ver a un desconocido reconocemos en él a un hermano, entonces amanece el día y la noche se acaba”, según reza un viejo cuento que recoge Frédéric Lenoir en su libro El alma del mundo, tan leído en Francia.
Comencemos por nosotros mismos: ¿Quién soy yo? “Yo soy alguien, una persona que…”. Y para conocerse un poco más entre sí los participantes, fueron esparciendo semillas que señalaban cómo se sentían en el momento en que comenzaba este café filosófico, cuyo relato comienza ahora de verdad.

—Yo soy alguien que ha tenido que esperar a ser mayor para conocerse.
—Yo soy el que lleva más de medio siglo buscando la felicidad.
—¿Tengo que ser alguien? ¿No puedo ser algo? —Por supuesto, tú eres, tú dinos. Nosotros no somos nadie.
—Yo soy una semilla…
—Yo soy uno que le gusta crear, crear cosas.
—Yo simplemente soy. Yo soy. —Efectivamente, para ser algo o alguien, primero hay que SER…
—Investigo, busco y al final espero encontrarme a mí misma.
—Yo soy cada cosa que he vivido. —¿Y las que estás viviendo?
—Adoro curiosear.
—Yo soy mis errores, multiplicado por mis defectos, dividido por mis virtudes. —Comprendido, te lo guardas para ti, el resultado de tu operación.
—Yo soy el que busca la verdad, el que investiga para ello.
—Yo he sido por exigencia de los demás, me he rebelado, y ahora estoy empeñada en comprobar si yo soy así como esperaban que fuera. Ahora busco ser yo misma.

Aquellas personas que llegaron tarde se perdieron esto, y los demás a ellas, lo que podían
haber dicho. Había ganas de abordar la Inocencia y el Origen del enamoramiento y el Cambio político. Pero no tantas como las que confluyeron alrededor de las buenas Relaciones interpersonales. Yo soy, pero nosotros somos. ¿Qué somos nosotros? ¿Cómo somos que hay tantos conflictos entre nosotros? ¿Por qué tantas veces no funcionan bien las relaciones entre las personas? Y seguimos y seguimos… ¿Por qué? Dos grupos de hipótesis se abrieron camino entre los asistentes. 1) Nos ponemos un disfraz, llevados de nuestro propio miedo, lo que nos hace estar a la defensiva, quizás resultado de las malas experiencias del pasado; 2) Somos diferentes, con diferentes objetivos, intereses, diferentes expectativas y sucumbe el entendimiento ante tanta diferencia.

—Claro, es lo que sucede cuando nos ponen por las nubes una película, que vamos a verla y nos defrauda.
—¿Y en dónde está el problema: en la película o en la expectativa?
—¿Pero hay muchos tipos de relaciones? —Protesta una participante.
—¿Aún así, lo que estamos diciendo vale para todas ellas: los disfraces, las diferencias, las expectativas, la falta de comunicación…?
—Me temo que sí.

Y el grupo se encaminó hacia el mercado de los disfraces, la ocultación, sea hipócrita o no lo sea, la ocultación de uno mismo ante sí mismo; luego vendría lo demás, a su debido tiempo.

—Como decís, la ocultación tiene “patas cortas”, pero a veces  es comprensible. No quieres estropear una relación bonita que está al principio, para así que llegue pronto la decepción y el fracaso.
—¿No decepcionar? ¿Por qué sucede esto?
—Por miedo a que pueda fracasar la relación.
—La inseguridad también  afecta.
—O quizás la inseguridad esté en el origen del miedo. Por eso, también hay disfraces inconscientes.
—Yo quiero añadir que es algo que se va aliviando cuando vas madurando con la edad.
—Pero no es general.
—Ya.
—Pero escuchad: cuando caiga la máscara que nos hemos puesto, vendrá el conflicto, más tarde o más temprano.
—Sí, estaríamos poniendo una traba al futuro, una grave hipoteca a la relación futura.
—Entonces, eso no sería más que una traición a la relación y una traición a ti mismo.
—Sí, hacemos daño y nos hacemos daño.
—Y diciendo lo que pienso y mostrándome como soy, ¿no haré también daño?
—No, háblalo. ¡La forma irrespetuosa en que lo digas es lo que hace daño!

Y como una apoteosis, o mejor una catarsis, el grupo rió un momento filosófico único ante el comentario de uno de los participantes, que pareciera dicho momento que venía por sí solo, que se le esperaba y que caía como agua de mayo: “¡Podemos relacionarnos bien a pesar de ser tan diferentes y de mostrar abiertamente que lo somos!”. ¡Había que estar allí! ¡Tenías que haber estado allí! Así es. No pasa nada. Aquí estamos. Y ahí estuvo una participante adulta, que contó su impresión cuando nació su hijo, que parecía un “monillo” y los demás tratando de animarla y ella, que no le hacía falta, insistiendo en la realidad, en la verdad: “Es feo el niño”. Era feo… Y nos contó que fue creciendo en edad y en belleza. ¡Y no pasó nada por decir en su momento lo que había!

—Os advierto que todos fingimos.
—Y quizás no pase nada, si son cosas superficiales, formalismos sociales, rutinarios…
—Efectivamente, es cuando la ocultación afecta a algo fundamental cuando hay que temerle.
—Sí, cuando hipoteca de verdad el futuro de la relación, cuando hace daño y nos hacemos daño —sugiere con afán sintético el moderador—. ¿Y qué es lo fundamental?
—Los valores.
—Las consecuencias.
—La honestidad —nos estábamos acercando...
—¡La confianza mutua! Cuando se ve afectada algo tan profundo como la confianza mutua, aunque sea con algo más o menos nimio.

Una de las participantes —precisamente, la que propuso esta problemática— confiesa su preocupación, lo que mostraba que el curso del diálogo filosófico no le satisfacía del todo. Se refirió a situaciones propias de un ambiente social tóxico, en el que todo se toma a mal, en el que la persona va cogiendo inseguridad, en donde se van creando círculos viciosos de daño mutuo, sin que los protagonistas sean conscientes de ello, de cómo unos a otros se están haciendo daño, incluido cuando alguno piensa que él posee el control y que no es la víctima sino el verdugo (recordad el análisis marxiano: el explotador también vive alienado). ¡Y ocurre porque los protagonistas no lo saben! ¡Desconocen que el infierno que están pasando no es necesario pasarlo! Que es algo creado entre nosotros mismos.

Tomar consciencia de lo que está pasando, sí, muy importante para separarse, sufrir menos y contribuir a cambiar las cosas. Si no se empieza por ahí, poco se puede hacer.
—Y esta es una tarea educativa —una joven de la reunión lo dijo—. Ayudar a los chicos y chicas a darse cuenta de situaciones que no han de soportarse.
—Ya se hace.
—Pero se hace poco.

Allí estábamos para enriquecernos, para aprender unos de otros y estábamos aprendiendo. Todos sufrimos con estas cosas y también tenemos mucho que aprender unos de otros. Actitudes más adecuadas, más constructivas.

—No olvidéis lo que hemos hablado antes: las formas importan mucho. Por ejemplo, en lugar de acusar al otro: “tú eres…”, empezar por ti: “yo me siento…”, y ya todo puede cambiar.
—Sí, en vez de hacerte el experto (“yo lo sé todo sobre ti”, “sé lo que vas a decir”, “siempre haces lo mismo”), recordar que todo cambia, que nada permanece, que cambiamos a cada instante, empezando por las células de nuestro cuerpo.
—Mostrar apertura. Todo dependerá de lo abierto que te muestres, de cómo recibas al otro, abierto en canal o con una coraza reforzada puesta encima.
—¡Pero eso es muy difícil de llevar a la práctica! —replica la persona que se quejaba antes de los ambientes tóxicos.
—Correcto, es difícil pero es importante. Nos jugamos mucho en ello: no anularse a uno mismo, no traicionarse…

Y así, con este bagaje previo, esta madurez adquirida por el grupo durante todo el tiempo que duró la discusión hasta este punto, el otro grupo de hipótesis que quedaba pendiente de abordar, se podía comprobar con facilidad mediante deducción. Pero esto es sólo posible cuando los principios están bien maduros, bien trillados. No fue necesario mucho tiempo para que fluyeran las conclusiones, que iban suscitando fácil apoyo por parte de los asistentes. Tú no estuviste —aunque espera este narrador que dichas conclusiones te aprovechen casi tanto como a ellos—. Estate muy atento, lector, pues te va tu vida, que es relacional, en ello. Ante tantas diferencias, tantas expectativas, tantos intereses que parecen separarnos, dos propuestas, dos salidas:

a) La aceptación de las diferencias, de lo que somos y de lo que queremos cada uno. Somos diferentes, ¿y qué? Partamos de ahí. Para ello, mantener una permanente actitud investigadora, descubridora. No dar nada por sentado, porque provenga de ti. El otro puede ser diferente. Y eso es bueno, también para ti. ¿Sabes por qué?
b) Un diálogo, pero no cualquiera, que no prejuzgue. Si no prejuzga al otro, comprende. Si comprende, entonces ve con claridad, y ya no contribuye a enturbiar la relación. Y para ver, atender. Atiende al otro. Y aunque el otro prejuzgue —te prejuzgue—, tú no prejuzgues, atiende. Los dos saldréis ganando, antes o después.

Esto es lo que vinieron a decir.

miércoles, 17 de abril de 2013

"La humanidad está por hacer"

In Memoriam.
Gracias José Luis Sampedro.


Creo en la Vida Madre todopoderosa.
Creadora de los Cielos y la Tierra.
Creo en el Hombre, su avanzado Hijo
concebido en ardiente evolución,
progresando a pesar de los Pilatos
e inventores de dogmas represores
para oprimir la vida y sepultarla.
Pero la vida siempre resucita,
y el hombre sigue en pie hacia
el mañana.
Creo en los horizontes del espíritu,
que es la energía cósmica del mundo.
Creo en la Humanidad siempre ascendente.
Creo en la Vida perdurable.

José Luis Sampedro.



sábado, 16 de febrero de 2013

El desarrollo moral

La moralidad, como otras capacidades humanas, se puede desarrollar más o se puede desarrollar menos (Kohlberg):

Estadio 1: Heteronomía
             El comportamiento se rige por factores externos: conseguir un premio o evitar un castigo. Si sabes que no te van a descubrir, no hay motivos para dejar de hacer algo que te gusta o que persigues. (Si no te pillan no has hecho nada). Es el estado normal de los niños hasta los seis años aproximadamente, pero hay adultos que pueden estar toda su vida instalados en este estadio. Es el caso típico de los delincuentes que sólo los frena el temor a un castigo.

Estadio 2: Individualismo
             El niño a partir de los cinco años comienza a descubrir que hay normas y reglas de juego. Y en este estadio ya no se cumple la norma por temor a un castigo, sino que comienza a actuar por egoísmo o interés propio: de lo contrario no le dejarían jugar a lo que le gusta jugar o hacer lo que quiere hacer. Descubre a la vez la ley del Talión (“ojo por ojo…”): actuar por reacción, se hace a los demás lo que nos hacen; se hace lo se suele hacer, lo que es normal hacer, para que a mí también me lo dejen hacer. Normalmente dura hasta la adolescencia, pero hay muchos adultos que actúan según este mecanismo: respeto si me respetas, no miento si no me mientes, llego puntual al trabajo si los demás también lo hacen, no robo si tú no robas…

Estadio 3: Expectativas interpersonales
             En este estadio se comienza a descubrir la importancia de la afectos, aunque muchas veces se actúa para agradar a los demás y ser aceptados. Hacemos lo que se espera de nosotros. Se guarda lealtad por afecto y por el deseo de ser queridos, no tanto respecto al contexto familiar sino al grupo de iguales. Para pertenecer a un grupo extrafamiliar se hace lo que ellos nos pidan, y los límites que se ponga a esta exigencia depende de lo firmemente que se haya superado el estadio anterior. Aproximadamente hasta los veinte años, y muchos adultos posteriormente, todavía nos dejamos llevar —más o menos fácilmente— por lo que hagan otros, los modelos predominantes en la sociedad o en el grupo en que nos movemos frecuentemente.

Estadio 4: Responsabilidad y compromiso
             En esta fase comienza la autonomía moral. Los jóvenes a partir de dieciocho o veinte años —los más maduros con menos edad incluso— ya tienen la capacidad para actuar siguiendo compromisos adquiridos con otras personas. Ahora se cumplen las obligaciones libremente contraídas por autorresponsabilidad, no por interés egoísta o por quedar bien. Si otros no son responsables para hacer lo correcto, no se imita su conducta. Ahora bien, sólo se hace aquello a lo que uno se ha comprometido, no más; y se limita a su círculo social más cercano, su familia, sus amistades, sus conocidos, los de mi país, el resto “no es mi problema”. En esto está una gran parte de la población, a pesar de que todavía se puede desarrollar más profundamente nuestra moralidad.

Estadio 5: Contrato social
             Aquí se comienza a tomar conciencia del mundo: “todos tienen derecho”, no sólo mi familia, mis amigos, mi ciudad, mi país, mi cultura… Tienen derecho a una vida humana, por lo menos respecto a sus valores más básicos: a una vida digna (alimentación, vivienda, salud, educación) y a ser libres de tomar sus propias decisiones. En el estadio anterior se cumplen las leyes escrupulosamente, pero ahora se considera que puede haber leyes injustas que hay que contribuir a cambiar, si atentan contra la vida o la libertad de las personas.

Estadio 6: Principios éticos universales
             La conciencia moral se amplía ahora a todos los demás valores, sobre todo la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos: “todos somos hermanos”, todos necesitamos y buscamos básicamente lo mismo, lo que nos hace humanos. Una de las reglas de oro sería: “hacer a otro lo que no quisiera que hicieran conmigo”. El filósofo ilustrado Kant lo llamó “imperativo moral”: una norma para ser moralmente aceptable ha de poder ser universalizable, es decir, que sea capaz de recoger lo que “todos deberíamos hacer”. La conducta se orientaría ahora por principios éticos universales, como los recogidos en la Declaración de los Derechos Humanos. Sólo algunas personas son capaces de llevar una vida coherente con este nivel de desarrollo moral.

Pregunta:
¿Sabrías decir en qué estadio de desarrollo moral se encontrarían muchos de "nuestros políticos"?

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Sobre nuestra propia vida




Café filosófico Almenara 4.2
30 de noviembre de 2012, Sala de biblioteca, 17:00 horas.

 ¿Por qué a veces no somos como queremos ser?

 ¿Qué he aprendido yo últimamente? Es bueno que, de vez en cuando, me lo plantee. Que examine mi vida y vea si algo ha cambiado y, si ha sido a mejor, en qué me ha ido mejor, y si ha sido a peor, cómo puedo hacerla mejor. Es un ejercicio que los antiguos sabios de ahora solían practicar y que no tiene que pasar de moda, pues los beneficios que trae consigo son tan útiles para ti como para mí. Lo llamaban examen de conciencia y estaba ya inventado desde siempre, antes de la era cristiana.

Por otro lado, este cronista es consciente de que han pasado ya algunas semanas desde la celebración del segundo café filosófico de la temporada, y de que algunas cosas que se dijeron yacen escondidas en la nebulosa de la memoria, pero no dudéis que otras las tiene muy frescas y muy claras, como si se hubieran pronunciado ayer mismo. Se centrará en éstas y las demás las componéis vosotros que estuvisteis allí. Erais diecisiete personas y es imposible hacer justicia a cada uno de vosotros, pero sí se puede intentar referir un poco de lo mucho que se aportó, esperando que ese poco pueda saber a mucho, a aquellos de vosotros que estáis leyendo este relato. Tened en cuenta, además, que se está escribiendo cuando se inicia el nuevo ciclo de la vida, según el calendario de los mayas (la cuenta larga que empezó a contar hace 5126 años, y que ha culminado su décimo tercer B´aktún), cuando tenemos por delante la oportunidad de una nueva esperanza.

Pues bien, aquí os dejo un ramillete de cosas aprendidas por nuestros participantes de aquel día. A algunos les costaba. Por eso, si los contáis, veréis que no hay tantos aprendizajes como personas asistentes. Quizás quiera decir esto que necesita este ejercicio de más entrenamiento, y no digo en el contexto de nuestra reunión, sino que hablamos de practicarlo más a menudo en nuestras vidas. Valorar y aprender a valorar. Y, primero, sobre nosotros mismos. Comencemos pues. Resulta que en Italia un taxista estaba tan interesado o más que él, en saber de él mismo; quiso saber sobre ti, aunque no te volviese a ver jamás, saber por saber, que es el saber más puro; buen aprendizaje para un corto trayecto de taxi. Dices que las personas te sorprenden, pero que ya sabías que te pueden sorprender; entonces, ¿dónde estaba la sorpresa, es que no puede pasar siempre, no es bueno que te sorprendan?; dices que te reafirmaste en ello; bueno, siempre es pronto todavía. Algunos, hace poco tiempo que aprendisteis palabras y significados nuevos; esta bien, pues somos más conscientes de algo si somos capaces de verbalizarlo: así, que “Moisés” no significa sacado de las aguas, sino hijo de rey, que la palabra “aureola” proviene de la palabra “oro”, y también aprendiste hace poco lo que significa la palabreja “emporio”, muy útil para saberla hoy día. También te has fijado en que lo que cuentan los mitos antiguos sigue estando vigente, y que la tragedia de Medea, por inhumana e incomprensible, no por ello significa que no pueda repetirse, ahí está el caso Bretón. Es importante que te hayas dado cuenta de que, si un mismo error ya lo has cometido más de una vez, es buena hora de corregirlo. Y resulta que como ya sabes más de algo, eso hace que seas capaz de ver más donde antes veías menos; te ha pasado cuando has aprendido nuevos conceptos de historia del arte. Pobre: cuando has sabido el funcionamiento de un acelerador de partículas, has descubierto otra manera más de poder morirnos; qué te creías, morir es lo más probable que le puede pasar al que está vivo, y saberlo es también saber vivir mejor. Es obvio que no todo es lo que parece, pero a veces lo olvidamos; paradojas de la vida que te permiten profundizar en ella; a ver: ése qué es entonces: ¿es un terrorista o es un héroe?; la vida qué es: ¿simple o compleja?; pero tanto si es más simple como si es más compleja, no olvides que no deja de ser la vida. Pues sí, no todo es como parece, y las apariencias engañan, lo comprobaste cuando trataste directamente a aquella persona y comprendiste que no era como te habían dicho. Finalmente, tú dijiste que las circunstancias económicas que vivimos -dicen que de crisis-, han hecho que el mismo gesto de tu padre mirando sus facturas -que son también las tuyas-, te parezca muy diferente; el día en que pudiste captar su significado.

La mentira ganó algún terreno, más todavía el aprender mismo. El racismo plantó dura batalla, pero fue la lucha por vivir nuestra propia vida lo que se convirtió en centro de atención, diana de nuestras inquisiciones de aquel día. Le preguntamos a nuestra vida y ahora mismo veréis qué nos respondió, aquella tarde en que no llovió a la hora del café filosófico, pero sí amenazó (¡qué nos importan las amenazas, si estamos convencidos!). ¿Por qué tenemos miedo al rechazo? ¿Por qué negamos nuestros propios intereses? ¿Por qué nos negamos a nosotros mismos? ¿Por qué nos traicionamos?  ¿Por qué no somos como queremos ser? Pregunta definitiva que hubo de matizarse, pues no satisfacía a todos los participantes: ¿Por qué a veces no somos como queremos ser? No olvidéis que allí había personas de todas las edades y de muy variados caracteres.

Ya te adelantan los participantes una respuesta a tan paradójica cuestión sobre nuestras vidas: el miedo. Ahora bien, conocer la respuesta no es lo mismo que entenderla y poder asomarse al balcón profundo de su verdad. El miedo –dice un participante olvidadizo- te lleva a olvidarte de ti. “Ya no te reconoces”. A través de preguntas del moderador, se aclaró que el miedo no es la causa, sino que es un efecto. Un efecto del temor a ser tú mismo. Así pues, ¿qué es lo que se teme? Y se responde: “no ser normal”. Estar fuera de la norma de lo socialmente establecido. “El miedo a ser anormal”. El joven participante que había propuesto el tema y contribuido intensamente a la constitución de la pregunta clave de nuestra discusión, era también el que estaba teniendo más protagonismo. Y aparentemente lo sentía más en sus carnes. Y decimos que aparentemente porque era algo que muchos jóvenes de la reunión así también lo percibían; y porque todos se implicaron –¡y de qué manera!- en la búsqueda de salidas a dicha situación, tan humana que nadie podía quedar al margen, tan humana (y más a ciertas edades tempranas), que a todos les había pasado.

Abundan en nuestros días –dicen- los grupos sociales a modo de “tribus urbanas”. Que si los Canis, que si los Pijos, que si los Heavies, que si los Góticos... Manadas de jóvenes temerosos de ser ellos mismos, queriendo ser ellos mismos pareciéndose a aquellos que no son ellos mismos. La salvación a través de la manada. Claro, esta es una visión desde fuera. Estar dentro lo cambia todo. Por esto tiene sumo interés una reunión como la nuestra, porque nos distanciamos de nosotros mismos. A ello contribuye el ambiente de reflexión serena y discusión pública. Y en este caso ayuda mucho el que esté compuesto de personas de las muchas edades de la vida. Y es que, si te fijas, no paramos de cambiar; ni tampoco dejamos de sonreírnos por todo aquello que en otra época nos pareció tan inmenso, tan importante, y que tanto nos angustió. El grupo allí presente no lo dudó un instante: quería convertirse en un grupo en lo posible terapéutico para cada uno de los participantes. Un grupo del que todos pudieran aprender algo para poder vivir mejor en adelante.

¿Cómo podemos mantener a raya el miedo no ser normal, a ser diferente? Pues hay que incidir mucho en ello, dicen. Hay que tomar el toro por los cuernos. Hacerle frente directamente a la cara. No dejar pasar, no dejarse llevar. Aunque, para ello hay que ser fuerte. (¿Quién ha dicho que era fácil ser uno mismo? Es una búsqueda constante, y una dura lucha para mantenerse firmes, cuando creemos haber encontrado un terreno más o menos despejado de nosotros mismos). Y no puedes ser fuerte si no crees en ti mismo. Pero, no te me desmoralices ya: esto se puede entrenar. Mira: un pensamiento positivo te ofrecen ellos, si tú eres de los que sufren por este problema: todos esos que no pueden pasar sin su grupo de referencia, que, para sentirse ellos mismos, necesitan parecerse a otros, que sean distintos de otros, lo están pasando tan mal como tú. Nadie anda sobrado en esta vida tan cargada de incertidumbres en que vivimos. Solamente hace falta que nos comuniquemos entre nosotros un poco más. Comprobaremos que todos buscamos aproximadamente lo mismo. Aristóteles lo resumió con la palabra felicidad. Y a nadie nos resulta fácil. Pero te alejas de la felicidad, cuando te alejas de ti mismo para ser otro distinto, por miedo a ser distinto. ¡Tú ya eres distinto! Cuando lo aceptes y lo asumas, empezarás a andar por el buen camino de tu propia vida. Y en su transcurso habrás madurado y podrás mostrar a otros el camino que tú has seguido, por si les sirve de algo a ellos mismos.

La discusión se volvió por momentos vehemente. Brincaba dando saltos fogosos desde la “necesidad de entrenamiento”, a la constatación de saber que los “demás sufren igual que tú” y esto te puede dar el ánimo suficiente para tratar de ser tú mismo. En un momento dado, se citó la historia de aquel brujo de una tribu, que hablando con el brujo de otra tribu, cayó en la cuenta de que había alguien más que hacía lo que él hacía: en este caso, conseguir con sus pócimas y embrujos que los miembros de la tribu lo tuvieran por adivino, y único posible benefactor de la comunidad.

-Autoafirmación, seguridad en ti mismo… Sí, muy bonito decirlo…
-¿Quieres saber cómo? No creas que nuestros participantes te van a dejar con la miel en los labios del deseo de saberlo.

A esta tarea se aprestaron los participantes durante el tiempo que quedaba. Hay muchas técnicas. Tú tienes que dar con las tuyas propias, las mejores para ti. Puedes descubrirlas, pero también puedes nutrirte con las experiencias de los demás. Las hay de viejos y de jóvenes. Y las hay que valen tanto para jóvenes como para adultos. Tomaron la iniciativa las personas adultas de la reunión. Luego vinieron las recomendaciones de los jóvenes. No te pierdas ninguna de ellas. Y adáptalas a ti. Ésta primera tiene como base, incluso, la moderna psicología del acompañamiento al éxito (coaching): visualizar positivamente una meta que quieras alcanzar. Tener clara la meta, te dará confianza, y la confianza es el primer paso para lograr el objetivo marcado. Sólo te queda evaluar adecuadamente los medios, de lo cual hablaremos otro día. Para autoafirmarse uno mismo hay muchos trucos: uno muy personal de uno de los participantes adultos era practicar el oponerse. “Yo me opongo”, a lo que digáis, yo me opongo. Truco que tiene resonancias adolescentes, pero del que pueden obtenerse grandes beneficios, utilizado no como forma de vida sino como terapia ocasional. Cuando tú veas que, por oponerte, el grupo ha podido llegar más lejos, te amarás un poco más, porque te sentirás un poco más útil. (Piensa, por otro lado, que no hacemos otra cosa en este encuentro dialéctico, que es un café filosófico, que la de enfrentar posiciones, de lo cual todos podemos enriquecernos). Otro truco de este participante es imaginarse a los demás desnudos. Una manera sui géneris de darse cuenta de que desnudos de “ropajes” todos somos iguales, más allá del ademán de superioridad, la indumentaria o la ostentación material. Si alguno tenéis problemas para hablar en público, debéis leer y practicar las recomendaciones del doctor Vallejo-Nájera (Aprender a hablar en público) y recordar que Demóstenes también se valía de trucos para que su tartamudez no le impidiera pronunciar los más afamados discursos que se han pronunciado. Por cierto, que uno de los participantes, del que todos dirían que se le da muy bien hablar en público, confesó que le costaba hablar en público. ¡Quién lo diría! (Ya te hemos insistido en que todos sentimos cosas parecidas y nos pasa aproximadamente lo mismo).

Claro está, todo este entrenamiento necesita tiempo. No se consiguen resultados tangibles de un día para otro. Hay que ir poco a poco, añadieron. Con cargas de trabajo progresivas, de manera que el aprendizaje sea eficaz y no te desanime. La diferencia entre los más jóvenes y los más adultos es que los adultos ya llevan más tiempo entrenando. Nada más. Ponte manos a la obra. Pero, sigamos relatando la discusión de aquel día: era el turno de los jóvenes.

-Una buena idea es tener cerca a una persona que te dé confianza.
-Pero, ¿eso te hace dependiente o independiente?
-Quizás un poco dependiente.
-Buscábamos trucos tuyos, que puedas usar por ti mismo.

A mí me ha ido bien pasar un poco de todo. Es cierto: nada es tan importante. Relativizar el problema o la dificultad no viene nada mal para el ánimo. Y a mí me ha valido, cuando algo me parece absurdo, prolongar el absurdo al máximo, hasta que se autodestruya. Todo esto, y más cosas, habrías escuchado si hubieras estado allí. Vale. Es tu turno.
  

domingo, 23 de septiembre de 2012

¿Hay que resignarse?


Ante los riegos evitables de las nuevas tecnologías

El caso de las antenas camufladas de la  telefonía móvil

Toda tecnología conlleva riesgos sociales, ecológicos o personales. Eso ya lo sabemos. Lo sufrimos desde hace mucho tiempo. Pero no se puede acallar, y menos mantenerlo oculto en aras de intereses económicos que solo buscan el máximo beneficio al mínimo costo, sin valorar el reguero de daños que pueden quedar por el camino. Toda tecnología tiene efectos sobre nuestras vidas y siempre puede haber peligros. ¿Hay que asumirlo, aceptarlo, simplemente resignarse? ¿No puede ser de otra manera? Falacia típica nuestro tiempo. Se dice: “es el precio que hay que pagar por el desarrollo, por el progreso”. Pero, en realidad, nada impide que los riesgos puedan ser minimizados o que se sustituyan unas tecnologías más peligrosas por otras que no lo sean tanto. Pero claro, eso significaría evaluar las tecnologías antes de su aplicación interesada y con las prisas habituales del pingüe beneficio a corto plazo, teniendo en cuenta valores éticos y ecológicos, poner por delante a la salud de las personas y la salud del planeta, que es también la nuestra, por delante de otros intereses triunfantes en nuestros días, los del negocio a toda costa. Se deja de lado, demasiado a menudo, la sensatez que introduce siempre el principio de precaución.

Y como la población ya tiene cierta conciencia de los peligros que nos acechan, y que nos estamos dando a nosotros mismos, los grandes interesados recurren a sutiles, pero a veces primitivos y burdos, señuelos y engaños para pasar desapercibidos y seguir haciendo el agosto mientras se pueda, todo lo que se pueda. Recuerden cómo es una práctica habitual financiar informes favorables deexpertos, por ejemplo, que defiendan que los campos electromagnéticos de las antenas de la telefonía móvil son inofensivos para la salud de las personas, a pesar de las evidencias en contra. Estas campañas de desinformación crean confusión y dudas, que permiten ganar tiempo y, mientras tanto, mucho dinero. Vean si no, cómo saben muy bien camuflar antenas de teléfonía móvil en el interior de inofensivas chimeneas, con ilegalidad, nocturnidad y alevosía. Los ciudadanos afectados no se resignan y los demás tampoco deberíamos resignarnos.