Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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domingo, 24 de abril de 2016

¿Dónde estás belleza?

Todos nosotros somos capaces de sentir la belleza en su forma más pura, alguna vez. Para alguno que todavía no lo haya sentido —por ejemplo, dadas sus precarias circunstancias de vida— puede resultarle incluso terapéutico. Puede conectarle con algo más grande, más allá de la miseria diaria. Sabrá de ese modo que en el mundo no sólo hay pánico y crueldad, rutina y condicionamiento, injusticia y violencia. ¿Podrán sentirla alguna vez las personas que se hacinan en el campo de refugiados de Idomeni, en la frontera de Grecia con Macedonia?
Quizás, contemplando algún día el amanecer, un nuevo día en que la Tierra sigue girando alrededor del Sol, bailando la música de la galaxia, en afinada compañía de todas las demás galaxias del Universo. Quizás, como pensaba Schopenhauer, contemplar la belleza del Cosmos, aunque sea a través de la música —mejor si es una ópera de Rossini, opinaría él—, te permita escapar por un momento de la corriente frenética de la vida, de su voluntad instintiva, ciega e irremediable, que te arrastra por el mar de las contradicciones, las necesidades, las dudas y los miedos; sufriendo en tus propias carnes la impermanencia de todo lo que hay, la implacable “rueda del tiempo de Ixión” o el “suplicio de Tántalo”; y así gozar durante un breve instante de la serenidad, del intenso placer que te proporciona poder separarte del mundo y de tu ego, con sus permanentes cuitas. “Entonces, (en el estado de pura contemplación de la belleza) lo mismo da contemplar la puesta de sol desde un calabozo que desde un palacio”.
Pero, ¿qué es la belleza? ¿Por qué es tan huidiza? ¿Por qué no la logro conservar y llevarla siempre conmigo? Yo querría unirme a ella en matrimonio eterno, que nada de lo terrenal pudiera separarnos. Tú la querrías contigo al menos siempre que la necesitases. ¿Dónde estás belleza?[i] ¿Nos valdría poder definirla, atraparla en una noción esencial? Así la han definido dos grupos de alumnos y alumnas de bachillerato a través de un “diálogo socrático”:“La belleza es un sentimiento satisfactorio y pleno, rebosante de una especial admiración desinteresada, siempre actual, siempre auténtico, que te llena como persona complementando tu vida interior, y que produce en el sujeto un sentimiento de unidad con el objeto, para aquél que sea capaz de apreciarlo”.
Pero lo bello es un concepto difícil —concluía el diálogo Hipias mayor de Platón—, que no se deja encerrar fácilmente, por muy socrático que el método de indagación sea. Siempre nos dejará insatisfechos la descripción de nuestra experiencia estética. Hay poetas que llegan a componer una miríada de poemas para tratar de expresar una misma experiencia originaria. La belleza, por consiguiente, ¿es subjetiva? ¿O hay algunas bellezas objetivas? La belleza, ¿está en el interior y no en lo exterior? ¿La belleza externa no es auténtica belleza? Eso dicen, que hay una belleza superficial que desvía de la belleza profunda, del alma misma de la cosa misma. ¿Existe la belleza universal, intemporal, transcultural? No, la belleza es relativa al sujeto, defienden ahora muchos contemporáneos nuestros. Son éstas y otras las dicotomías alrededor de la belleza, que llevan horas y horas, siglo tras siglo, discutiéndose. ¿Es educable y mejorable el gusto estético? ¿No todo juicio estético vale igual? Como diría Umberto Eco, lecturas de una obra de arte son muchas las posibles, pero no cualquier lectura es posible.
Efectuemos un giro copernicano, a la manera kantiana. En lugar de mirar al objeto —en este caso, bello— volvamos la mirada al sujeto, e intuyamos la condición de posibilidad de toda experiencia estética. El espacio no existe fuera de ti, el tiempo no existe fuera de ti, están en ti. Tú haces posible la situación espaciotemporal de una determinada percepción sensorial, de lo contrario no sería nada para ti, no lo captarías como tal. Todo necesitas ubicarlo. De la misma manera, las causas y los efectos de lo que sucede, sus conexiones, lo real y lo irreal, lo posible y lo imposible, todo ello y más no estaría ahí, fuera de tus facultades cognoscitivas, esperando a que descubrieras su significado. Es más bien tu modo humano de ver el mundo y de poder categorizarlo, ordenarlo y justificarlo. Esto viene a decir Kant. ¿Qué tal si contemplamos la belleza como una capacidad de sentir la belleza? Con esta clave, ¿no serían desplazadas todas aquellas dicotomías típicas del problema de la belleza? ¿No es posible que esté operando siempre el mismo sentimiento en el fondo de lo humano, sólo que expresado con diferente intensidad o con relación a diferentes objetos, cuando sentimos la belleza? Una profunda capacidad humana de sentir la belleza o de recrearla, que se expresa de diversos modos, que puede desarrollarse más o que puede desarrollarse menos, según la situación particular de cada ser humano. Sería el modo en que la belleza se nos presenta de una manera trascendental, como también el amor y la felicidad; como la libertad y la inteligencia.
Si la belleza ya está siempre en nosotros mismos como capacidad de sentir belleza, ¿para qué queremos, entonces, el arte, las obras de arte, los artistas? ¿Por qué necesitamos salir al campo de vez en cuando y extasiarnos con la belleza de los pájaros cantando o el susurro acuoso de un arroyo? ¿Para qué buscar la belleza, aunque sea como un puro y vacío esteticismo, “la única protesta que merece la pena en este asqueroso mundo”[ii]? Veamos: ¿Qué tal si fuera para expresar nuestra capacidad de ser, pero que necesitamos actualizar para ser plenamente? Todo lo de fuera nos valdría para eso, para desarrollar lo que ya somos. No lo olvides.Somos mucho más que todo lo que me está pasando, todo lo que estoy sintiendo, incluido todo lo que estoy sufriendo. Esta convicción le salvó a Viktor E. Frankl de su estancia en varios campos de concentración nazis, le valió para encontrar un sentido y para comprender de qué está hecha la condición humana. Fue la manera como Guido —el protagonista de La vida es bella— salvó a su hijo Josué, de seis años, de las seguras secuelas del absurdo de una guerra atroz y su crueldad extrema, fue su regalo: “Por favor, ¿cómo va alguien a fabricar jabón y botones con Bartolomeo, Josué?”.
¿Alguna vez podrán sentir libremente la belleza de este mundo —y no como una experiencia extrema— los refugiados del campo de Idomeni? ¿Y aquellos que les cierran la frontera y la vida, no necesitan sentir también, de vez en cuando, la belleza? Siempre están ahí, la belleza, el bien y la verdad, esperándonos. Si ahogo la belleza y la dignidad de este mundo, me estoy estrangulando a mí mismo. Algo parecido debió sentir el oficial alemán que supo apreciar la desesperada interpretación al piano de Władek Szpilman, intentando sobrevivir —que narra la película El Pianista—, y le salvó la vida, salvando la belleza. Estamos conectados con el mundo y con los demás, también a través del sentimiento de la belleza. ¿Cómo podríamos llegar a sentirla, si no estuviera ya en nosotros?

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jueves, 17 de marzo de 2016

Ir contra el sistema



¿Quieres ir contra el sistema establecido? ¿Sientes que es necesario? Es posible que sea algo de ti mismo, de lo que no estás muy satisfecho, contra lo que vas y frente a lo que te sitúas. Míralo bien. Cada cosa que te desquicia del exterior puede tener su traducción y correlato en tu interior. De lo contrario, eso no te exasperara tanto, ni te pusiera tan tenso y con la respuesta ya cargada: automático resorte, injusticia derribada. “-¿Cómo se puede decir/hacer eso? ¿No se está dando cuenta? Es increíble. Es abominable. No lo soporto más [y allá que voy]”. Haz un breve repaso, en un momento apropiado en que estés contigo junto a lo más profundo y verdadero de ti. ¿Cuándo sientes que te estás traicionando a ti mismo? Es posible que seas capaz de establecer algún tipo de conexión entre esto y lo que no soportas. A continuación, habrías de tratar de quererte un poco más a ti mismo, aceptándolo y comprendiéndolo amablemente en ti, eso que no soportas. Estarías poniendo la primera piedra para hacer lo que tengas que hacer, pero conscientemente.
“El nacimiento del rock and roll coincidió con mi adolescencia, mi entrada en la conciencia. Fue una verdadera conexión en ese momento y después. Aunque no pude permitirme fantasear racionalmente para hacer ese vínculo yo mismo. Supongo que todo ese tiempo estaba inconscientemente acumulando información y escuchando. Así que cuando por fin sucedió, mi subconsciente había preparado todo” (Jim Morrison, vocalista de The Doors).
Esto no significa que no estés en tu derecho de ir contra el imperante sistema social, político, normativo, institucional, sus usos y costumbres inactuales, inauténticas, desquiciadoras, autoaduladoras y endogámicas.Jim Morrison quiso ir contra el sistema, creó una música maravillosa y malogró su maravillosa vida a los 27 años consumiendo mucho alcohol y otras variadas drogas. Hacer aquello que está prohibido no significa necesariamente ir contra lo establecido. De hecho, hay todo un negocio montado alrededor de la huida y la evasión de nuestros problemas personales, alrededor del entretenimiento y de la diversión. El negocio con la necesidad contemporánea de evasión y de ocio: pero no habría tanta necesidad de ocio sin unos trabajos alienantes y forzados. El problema está en otra parte.
Es cierto: nuestro mundo es hipócrita, el trato justo no predomina en la mayoría de los sectores sociales de este planeta —ni nuestro trato con él lo es tampoco—, la maldad dicen que existe, que no es simplemente ignorancia o inconsciencia, el interés mercantilista anula todos los demás intereses —la producción abstracta de dinero acaba anulando todo lo demás—, la política no es la ciudadanía, la mediocridad se regocija en sí misma masificándose, estamos perdiendo el norte, pero necesitamos ponerle el título a una película… Hay muchas razones para indignarse. “Indignaos”. Rebélate contra el sistema. ¡Haz todo lo contrario! Sin embargo, hoy es lo radical y más revolucionario buscar la verdad, el bien y la justicia. Es revolucionario apreciar la belleza y señalar aquello que es digno de ser señalado, valioso por su intemporalidad. Hay valores universales y cualidades esenciales.
Imagina fraguar un negocio basado en la verdad, el bien y la solidaridad, ¡cuántos clientes no obtendría! Sería toda una novedad, que perdiéramos el miedo a ser utilizados, manipulados y engañados; que se cumpla lo que se  promete, que se haga compatible el beneficio con el respeto al cliente y al medioambiente, un equilibrio entre la ganancia y el precio. Después, introduce también la ética y la coherencia en la política. ¡Es lo más demandado por parte del pueblo! No entiendo cómo no se dan cuenta los que desean vivir de la profesión política. ¿Acaso son estúpidos? Les bastaría hacer un estudio de mercado… No obstante, todo esto lo estamos viendo aflorar a nuestro alrededor. Nos estamos reeducando paso a paso. Por ejemplo: la gente ya sabe que dialogar no es pactar, ceder y sacrificarse. Nadie siente eso cuando se pone de acuerdo con los demás para hacer lo que es mejor hacer.
Como todos, tú también verás las noticias. ¿Son la realidad? La realidad es todo lo que hay, pero las noticias no son todo lo que hay, todo lo que podría llegar a ser noticia. ¿De qué depende que algo sea una noticia? Pues depende de que sea noticiable. Y para que algo sea noticiable, ha de haber detrás un sujeto que valore. Si en nuestro entorno predomina el interés interesado, el morbo, el escándalo y la sobredimensión de todo lo habido y por haber…, qué podríamos esperar. Son las noticias que están. Pero el mundo está lleno de acontecimientos realmente dignos de ser una noticia, y no pasajera, por cierto. Y no por ser acontecimientos cotidianos, menos trascendentes; menos grandes y valiosos, por ser locales y pequeños. Lo corriente no es noticia en este mundo que hemos ido montando, sobre todo si es bondadoso y sincero, solidario y altruista. La intrahistoria no construye la historia con mayúsculas, ni aparece en los libros de texto ni en los noticiarios, ni siquiera en los registros de los archivos oficiales. Así lo percibió con claridad don Miguel de Unamuno. Son cosas pequeñas, baladíes. Dadas por supuestas y olvidadas. Pero, ¿qué nos podría venir, si se suman muchas cosas pequeñas? Si muchas voces anónimas gritan juntas, el mensaje adquiere un significado inmenso. ¿Podría cambiar la historia y la sociedad? Como poco, serían noticia. Y ya sabes que lo que es noticia, existe. Sin embargo, para contar lo que pasa de verdad, hay que vivirlo a fondo. Y si lo has vivido con intensidad y profundidad —y tú fueras periodista—  seguro que no serían noticia las mismas noticias. Mira el telediario: en el mundo, ¿sólo ocurren hechos luctuosos y desesperados? ¿No parecen invisibles la alegría y la esperanza? Sin embargo, cada día, hay mucha gente haciendo cosas muy valiosas.
Seamos revolucionarios. La valentía es una virtud, ponía como ejemplo Aristóteles. Y añadía: la virtud es el término medio entre dos extremos. ¡Pero eso no quiere decir que nos estuviera pidiendo caer en la mediocridad! No seas ni cobarde ni temerario, pero procura ser todo lo más valiente que puedas, siempre que puedas. En esto no hay límites para la virtud. Cuanto más te mantengas en el justo medio, a más valiente, mejor. Y así con las demás virtudes. La prudencia no tiene límites, ni la sensatez tampoco. Cuanto más prudente y más sensato, mejor has obrado. He aquí una vieja, y a la vez, nueva revolución: persigamos la virtud, esas cualidades excelentes de que disponemos por ser quienes somos. La virtud de un caballo —en este sentido griego, socrático— consiste en desarrollar su propia esencia de animal veloz y galopar raudo atravesando la llanura; para un violinista virtuoso, tocar magistralmente su violín; en fin, para un ser humano como tal, ser humano. La humanidad en nosotros es una continua apertura, es una incondicionalidad brillante, es una pura potencialidad libre y consciente. Desarrollar inmensamente nuestra capacidad de ser, de amar, de inteligencia y de felicidad, nos hace más humanos. Esto es lo auténticamente revolucionario. Porque no está de moda y abunda tantas veces lo opuesto. Y porque siempre ha estado ahí, dentro de ti, esperando que te dieras cuenta. La mejor manera de ir contra el sistema es ir a favor de lo que eres, desarrollando todas tus posibilidades.

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lunes, 18 de enero de 2016

¿Dónde buscaremos la felicidad?

¿Dónde buscaremos la felicidad?

martes, 17 de noviembre de 2015

¿Qué puede ser eso del amor?


Lo primero es saber que hay variadas maneras de entenderlo —según los aprendizajes y la trayectoria anterior de cada persona— y que, cuando se dan cita en la convivencia diaria, esto produce la mayoría de dificultades y sufrimiento habituales, pues se concitan diferentes expectativas y sus consiguientes frustraciones. Pero además, no se olvide que es también variada la tipología de formas de amarse los seres humanos, desde los amores más básicos o físicos a los más espirituales. El amor de pareja no es el único posible; responde a una fuerza mucho más fundamental que se expresa también a través de las otras formas de amarse: surge de la atracción (Eros) y se dirige hacia un objeto de amor que la persona siente necesario para su propia realización y plenitud como ser humano. Por tanto, el amor es una de las principales —si no la principal— formas de realización personalEl amor es una fuerza unitiva e integradora del universo existente, que en el ser humano se expresa a través del anhelo de la conexióncon todo aquello que sintoniza. Entonces, amar es relacionarse con lo profundo de uno mismo a través de la relación con otro, que es reconocido como un modo expresar su amor. Amar es, entonces, reconocerse en todo lo que hay existente. Pero, si es reconocerse o reencontrarse, esto quiere decir que el amor ya está en todos nosotros. Sólo necesitábamos un rodeo —unas experiencias—, salir fuera para estar dentro más honda y conscientemente. Sin embargo, creer que el amor está en el objeto —fuera— y no en el sujeto—dentro— es lo que lleva a las patologías habituales: pensamos que nos falta el amor, cuando nos falta el objeto de amor.
No se olvide que vivir es relacionarseAsí que al amar uno se relaciona y, al relacionarse, puede llegar a vivir plenamente. Pero si el amor lo buscamos fuera, como si estuviera realmente fuera —como sí que lo está su modo de expresión o desarrollo—, aquello que no depende de nosotros, ¿qué nos ocurre cuando nos falla este objeto de amor? Todos lo sabemos: desde el desengaño al suicidio en casos extremos, desde el odio o la ira a la depresión o la apatía. Pero el amor está ya en ti y es inagotable, puesto que forma parte de tu propia y pura potencialidad de ser. Se puede vivir sin amor, pero no se puede vivirsin amar, sin expresar el amor de alguna manera satisfactoria. Es una fuerza demasiado incontenible.
¿Y qué amor puede ser mejor? Ya ha quedado dicho: el amor que contribuye a tu realización, que te lleva a ser más tú mismo. En la medida en que esto es así, este amor es saludable y prometedor. Lo que te empequeñece, te encoge y constriñe no sólo te aleja de ti mismo, sino del verdadero amor. No hay amor de verdad a cambio de ser menos tú. O es un amor cruel o es débil, o bien se reparte esto entre vosotros dos. El amor saca lo mejor de ti, expande tus capacidades, eres capaz de cualquier cosa… Pero construyendo, no destruyendo si no es para construir; integrando las distintas vertientes o aspectos de ti, no desarraigando unos de otros, reduciendo unos a otros, excluyendo todo lo demás; uniendo o separándose para unificarse en un nivel de perspectiva más completa, una visión más amplia.
Si una relación amorosa no se basa en una libertad inicial o no se dirige a ser más libres los amantes; si no te hace más libre —más tú mismo— y no te lleva a sentirte cada vez más libre —queriendo estar allí sintiéndote cada vez más libre—, entonces, eso no es estar enamorado, es otra cosa: dependencia, impotencia, refugio, necesidad, objetivo o meta, costumbre…, pero nunca amor verdadero, sino un tipo de relación tóxica. Un mal menor —no sentirse del todo solo, estar acompañado— en todo caso, mas no un bien en sí mismo.
Si una relación amorosa no está basada en el respeto mutuo —como toda relación humana auténtica, que pone de manifiesto la igualdad del otro como tú— y en una mutua comprensión esencial, no marcha por buen camino. Pero el respeto y la comprensión no sólo han de ser formales o supuestos, no sólo han de ser otorgados por uno u otro amante, sino que ha de ser notado así por los miembros de la relación. Porque la libertad o la comprensión no es hacia el otro, sino que es del otro, propia suya. ¿Y cómo, entonces, esto constatarlo y realizarlo? Contando siempre con cada parte, no dando nada por supuesto en el otro, sino escuchándolo siempre a él o ella; preguntando, observando, no tomando nada como ya hecho o logrado, sin alimentar nuestra propia auto-imagen del otro y el artificio imaginado de lo que él o ella necesita. Pero,¿comprenderse es estar de acuerdo, siempre pensar lo mismo y coincidir en todo? Ni mucho menos. Comprender es ser conscientes de lo que necesita el otro, captar qué busca, cómo lo busca, una comprensión de lo más importante suyo, desde su propia perspectiva; y sobre lo que no sea fundamental —cuando no haya coincidencia— saber de cada uno por dónde va, dónde se sitúa, esto ya es muchísimo.Comprenderse debe llevar, pues, a la conciencia mutua de nuestras diferencias y nuestras coincidencias. Y se puede decidir vivir juntos conociendo y respetando nuestras diferencias, pero no se puede convivir sin ser plenamente conscientes de ellas.
Imagen| Eros y Psique
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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Estar en lo que se está




Observamos a un niño pequeño jugando con un objeto cualquiera, lo maneja entusiasmado como si lo viera por primera vez, tan metido en el juego que no existe nada más en el mundo. Está en lo que está. Observamos ahora a nuestro acompañante en el cine, absorto en la pantalla. En ese momento no sabe que él existe, pero existe. No es consciente de sí mismo como sujeto que mira las imágenes de la pantalla, pero sabe lo que está pasando, y luego, si le preguntas, te cuenta todos los detalles de la película y lo mucho que le ha gustado. Es decir, que en dicho estado de conciencia, tú estás allí, tú ves, pero no te ves a ti mismo (¿cómo puede ser eso?). Si embargo, como estás en lo que estás, estás a pleno rendimiento.

Imagínate si este estado lo pudieras llevar a tus tareas diarias. Así de concentrado, ¿en cuanto tiempo podrías acabar tu trabajo? Seguro que en mucho menos tiempo de lo habitual. Y a nuestros alumnos, ¿qué les pasa cuando no rinden en clase? Eso es: no están atentos, no están en lo que están. Sin embargo, tenemos la suerte de que la atención se puede educar, se puede ejercitar. ¿Cómo? Aprendiendo a atender al presente. Esto es posible cuando atendemos a lo que está aconteciendo. Lo sabrás porque tú has desaparecido como sujeto mental, pero estás completamente presente en la situación, realizando de manera muy productiva tu tarea. Estás fundido en ella con el objeto. O mejor dicho: no hay sujeto ni objeto, no hay dualidad. Compruébalo. Estás presente cuando tu “yo superficial”, con toda su carga de preocupaciones, deseos y juicios de valor que te desconcentran, estresan e inquietan, está ausente. Si aprendes a quitarte de en medio, disfrutarás mucho más de lo que estés haciendo y además serás más eficaz. Tu yo profundo actúa por ti, es decir, realmente tú mismo.

sábado, 14 de febrero de 2015

¿Filosofía en tiempos de crisis? (5): La función sapiencial

Un poco de sabiduría en estos tiempos de crisis no nos vendría mal, ¿no es cierto? Y así aprender de nuestros errores, una vez que los hemos asumido como necesarios para llegar a la comprensión del mundo en la que estamos. Pero recuerda que la filosofía es sólo la expresión de nuestra atracción por lo desconocido, una búsqueda humana de la sabiduría. Pues el filósofo no es un sabio, sino que aspira a saber. Como el amante, se siente atraído por aquello que ama, de manera que la inquietud filosófica por saber tiene mucho de erotismo.
Está el positivismo, la creencia de que alguna vez el ser humano obtendrá la respuesta definitiva a sus preguntas a través de la ciencia; está el relativismo, la creencia obstinada que lleva a confundir la filosofía con mi filosofía, que vale tanto como cualquiera otra —”todo vale igual”— y de la que no hay forma de salir. Estamos en tiempos positivistas y relativistas, pero, ¿y si fuera posible una filosofía apta para cualquier tiempo y lugar, para cualquier persona o sociedad, a condición de que la actualizáramos en nosotros mismos y le diéramos nuestra forma propia? Algunos la han llamado filosofía perenne, compuesta de principios que no mueren y que están ahí para que tú puedas extraer de ella un buen provecho. Hay obras clásicas de arte y podría haber unas pocas ideas sabias a las que siempre puedes recurrir, con la seguridad de encontrar lo que buscas.
A través de ellas puedes transformar la conciencia de tu mundo, y de ahí a transformar tu propia vida queda sólo un paso. Jiddu Krishnamurti defendía —y tantos otros sabios orientales y occidentales— que no podremos mejorar el mundo en que vivimos si no mejoramos nuestra conciencia de nosotros mismosConócete a ti mismo, si lo haces “conocerás el universo y los dioses”, rezaba la famosa inscripción del templo de Apolo en Delfos. Si accedes a un buen conocimiento de ti mismo, que eres un átomo del universo, distinguirás con facilidad lo real de una representación tuya de lo real; y comprenderás que lo que nos hace sufrir no es la realidad —es la que es—, sino nuestra actitud ante ella. Pero, además de esto, Epicteto—el sabio estoico— te recuerda la importancia de ejercitarte en la apreciación de lo que depende y lo que no depende de ti. Así no sufrirás cuando no haya que sufrir, ni dejarás de hacer lo que tengas que hacer, cuando verdaderamente algo dependa ti.
Tanto en occidente como en oriente, llegaron a tener muy claro que algunas actitudes son propias de la persona sabia, un ideal hacia el que uno podía orientar su vida inspirándose en algún maestro que lo encarnase. Tú puedes completar con ejemplos propios y actuales los beneficios de algunas de estas gotas de sabiduría. ¡Ay!, si abundara más la coherencia entre el decir y el pensar, como se piensa y como se vive —lo llamabanparresía… Observa tu vida por un momento para ver si es auténtica, y no olvides aplicarlo también a la vida pública o a la Política. Si fuéramos más capaces de autogobernarnos por nosotros mismos —lo llamaban autarquía… Por ejemplo, tú serías más tú mismo y “los Mercados” no habrían logrado cobrarse tan alto precio de los Estados, haciéndolos dependientes de “ellos”. Si reinaran en ti la armonía y la paz interiores —lo llamaban ataraxia… ¿No podrías enfrentar con mayor entereza, eficacia y sensatez la intemperie de este mundo tan complejo y desbocado en que vivimos? Si aprendieras a cuidar de ti mismo —como nos pedía Sócrates—, si te amaras… ¿No comprenderías mejor a los demás y serías más capaz de amarlos tal como son? ¡Ay!, si fuéramosmás pacientes hoy día

Publicado en QuéAprendemosHoy

viernes, 30 de enero de 2015

Sobre la libertad (3)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.5

16 de enero de 2015, Cafetería Niza, 17:30 horas.

  
¿Cómo podemos llegar a ser más libres?

Cada día es diferente. Todos lo sabemos. Pero, ¿lo reconocemos a cada instante? ¿O preferimos la estabilidad y la seguridad del hábito y la rutina? Nos quejamos mucho de ello, sí, pero continuamos haciéndolo. Nuestro café filosófico es un buen lugar para apreciar la diferencia siempre diferente. Era el mismo tema de discusión en el mismo lugar, la Cafetería Niza, pero nada que ver con aquello que ocurrió hace algo más de un año. Entonces, allí, valió la distinción entre libertad exterior y libertad interior. Hoy no bastaba. Ni el momento, ni las personas eran los mismos. ¿No habrían pensado ni habrían dicho algo diferente, si hubieran sido las mismas personas? Quién lo sabe. Pero no nos aventuramos demasiado negándolo. Siempre faltaría el componente temporal, el momento y el estado de conciencia de los participantes. Esto es lo más real, pues es lo que está sucediendo, no lo que ya ha sucedido. “Ser y tiempo” son inseparables (Heidegger). Síguenos durante este recorrido: arrancamos con titubeos, bien afianzados se desencadena entonces la tempestad y amerizamos en las tranquilas aguas cercanas a una isla oriental. Cuando el local lo permitió, el silencio se adueñaba de la discusión haciéndola posible, las palabras entretejidas y pendientes de un hilo. Cosidas en el tiempo, pespuntes de la vida.

Hacía cuatro semanas que hablábamos de lo divino para después allegar a lo humano, hoy hablaríamos de lo humano sin tapujos, de lo más humano —demasiado humano—, según el dicho nietzscheano. Por ejemplo, el error, caer en la misma piedra más de dos veces (“un, dos, tres, responda otra vez”): es muy humano sentir miedo, y dudar por dudar, otro tanto; tener que estar comenzando cada vez una relación social nueva; la codicia, sí; también, claro, el exceso de conciencia; los vicios, ¡tan humanos!; chismorrear, el chisporroteo incansable de fuera que viene de dentro; la envidia, la venganza, la compasión anuladora del otro, ¡qué humanas son! Pero también, en los momentos más diáfanos y abiertos, somos capaces de sentir con los demás (somos empáticos) y derrochamos simpatía. Derrochar, esto ya es humano, demasiado humano. Tales humanidades dijeron poco más o menos algunos de nuestros participantes, quienes libremente quisieron decirlo.

¿Qué tal si hablamos de las religiones? ¿O de la pena de muerte? ¿Y del trato a los animales? No, mejor hablamos de los límites de la libertad. Así lo desearon. Y así se hizo realidad, a través de unas cuantas preguntas reveladoras: ¿Somos libres? ¿Tiene límites la libertad? ¿Ser libre es siempre bueno? ¿Nos da miedo la libertad? ¿O mejor hablamos de libertades, en plural? Está bien, comencemos por preguntarnos hasta qué punto somos libres y así veremos si nuestra libertad contiene límites. Y en ese caso, ¿cómo podemos llegar a ser más libres? Acompáñanos en este viaje, no nos dejes ahora. Te necesitamos, somos humanos como tú.

            —Nuestra libertad, claro que tiene límites. El sistema social en que vivimos coarta nuestra libertad.
            —Sí, ¿son incompatibles el sistema y la libertad?
            —También nos abre el sistema posibilidades. También construye libertad.

Este planteamiento inicial nos fue conduciendo a una conclusión no usada. En primer lugar, forzó al grupo a tratar de definir ambos lados del encuentro entre libertad y sistema. Y más tarde a seguir un itinerario inesperado. ¡Qué bien, para eso nos juntamos! A ver, para
entendernos todos, acuerdan ellos que la libertad es un derecho fundado en una capacidad, la que te permite elegir conscientemente entre opciones. Y si no hay opciones, no hay libertad. Pero esta definición que valía al principio, hubo de evolucionar, de tan estrecha que se nos fue quedando.

            —Que haya libertad depende mucho del sistema, no es lo mismo un sistema democrático que otro que no lo sea.
            —Pero insisto, el sistema no es sí mismo manipulador.
            —¡Perpleja me dejas!
            —Una constitución democrática incluye un ordenamiento, y dices que la democracia posibilita la libertad. Pues, ¿entonces?

Convinieron en que todo sistema regula y que algunos manipulan. Convinieron en que la educación es un buen paliativo de un sistema limitante en exceso, cuanto nos sustraen la posibilidad de poder ser responsables de nuestros propios actos.

            —No os engañéis: ¿Alguna vez hemos sido libres? —reaparece de nuevo la presión de la idea de “sistema”.
            —Quizás antes de la existencia de las estructuras sociales organizadas estatalmente.
            —Sí, porque somos más libres cuando somos más inconscientes.
            —Pero, ¿no decíamos que éramos más libres cuando éramos más conscientes?

Fue el momento en que el grupo recurrió a la útil —en otras ocasiones— distinción entre libertad interior y exterior: podemos estar limitados externamente, coartada nuestra libertad, pero esto no afecta a nuestra voluntad y nuestro pensamiento, que siempre quedan libres. Sin embargo, los participantes observan que también nuestras ideas y
creencias nos pueden venir condicionadas, desde pequeños, por la educación, la sociedad en que hemos nacido, sus valores, sus visiones… ¡También estaba limitada  la libertad interior! ¡No habíamos avanzado nada! O eso parecía, al menos. Durante una buena discusión nada se pierde, todo se conserva dialécticamente para alumbrar el nuevo concepto. Sin el momento de negación no habría emergido. Necesitábamos una definición de la naturaleza de la libertad más abarcante, más básica, más esencial. Y apareció: libertad es el desarrollo de mis potencialidades, el desarrollo de lo que ya soy. Sin saberlo, venía en nuestro auxilio la visión oriental. Oriente y occidente. A cambio de la libertad, inalcanzable, la búsqueda de la liberación.

Así, retomando la idea sistémica de “regulación”, el grupo se preguntó con mucho tino: ¿Cómo debe regular y regularse un sistema para que abra posibilidades de desarrollo personal a los individuos? Y dijeron algo así:

            —Que suponga la “posibilidad de autoaprendizaje”, paso atrás y paso adelante, pero evolucionar.
            —Sí, coercitivo en origen, pero no al final.
            —Un río ancho, por el que puedas navegar con comodidad de una parte a otra de su cauce.
            —Con “límites, pero flexibles”. Límites, pero que te hagan más libre después.
            —Que “te aporte medios, herramientas”, no fines ni resultados.
           
¿Qué tal, te vale? ¿Te sentirías a gusto en un mundo así? Ya que antes había salido el caso de la educación, y puesto que allí había muchos jóvenes en edad académica, se les pide, si querían, que compartieran sus experiencias relativa al sistema de enseñanza. ¿Cuál había sido para ellos la mejor clase? ¿El mejor profesor o la mejor profesora? ¿Qué clase de límites no los han sentido como limitantes? Y cuando lo hicieron, con algo de timidez, no defraudaban mucho sus experiencias mejores lo que se acababa de hablar entre todos. Un sistema que no los estrangule, sus propias posibilidades de desarrollo. Así pues, no la libertad —que siempre ha de haber límites y eso es bueno— sino que es más relevante la liberación de lo que soy. De ahí que tengamos que acabar este relato, como lo comenzamos, con Nietzsche. ¿Qué es lo verdadero? ¿Qué es lo bueno? Aquello que afirma la vida que hay en mí, lo favorece y no lo niega y lo reprime. Aquello que sirve a las fuerzas expansivas de la vida, eso es verdadero, y falso lo que la limita. “Nunca trepas en vano por la montaña de la verdad —pues hoy asciendes más arriba o empleas tus fuerzas para subir más alto mañana” (Humano, demasiado humano).