Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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sábado, 1 de marzo de 2025

¿Cómo podría ser más justa la justicia?


Sobre la justicia

Café Filosófico en Castro del Río 8.2

20 de diciembre de 2024, Peña flamenca castreña, 19:00 horas

Por ello creemos que Pericles y los hombres así son prudentes, porque son capaces de considerar lo que es bueno para sí mismos y para la gente; creemos que son de esta clase los administradores y los políticos. Por ello, también aplicamos este nombre a la templanza en la idea de que salvaguarda la prudencia.

Aristóteles, Ética a Nicómaco, VI


¿Cómo podría ser más justa la justicia?

Entre los valores que más demandamos está la justicia. Pero tanto apelamos a ella que muchas veces no se la busca a ella misma, sino como medio al servicio de intereses particulares. Intereses interesados. Y entonces decimos que está siendo instrumentalizada la justicia. Como si solamente fuera justa cuando satisface nuestras expectativas. Pero una cosa es lo que yo deseo y otra lo que es justo, que considera el bien individual en (la máxima posible) armonía con el bien universal. Y si quisiéramos personalizar, diríamos que la justicia a menudo está siendo instrumentalizada por intereses políticos o bien mediáticos. Aquellos la usan para atacar al competidor político (en esa perversa dinámica de la mala política actual, que únicamente persigue desbancar al adversario para conseguir el poder a cualquier precio: los casos de corrupción política sólo se dan en “los otros”). Y éstos, los poderes mediáticos, aprovechan las causas judiciales para que todo el mundo tenga de qué hablar y puedan recibir los beneficios económicos concomitantes. Se construye una opinión pública (dividida, polarizada) de la cual es complicado liberarse y que acaba presionando a los jueces de un modo u otro, siguiendo aquella máxima sofista que consiste en convertir (a través de la persuasión o la tergiversación, si hace falta) lo que es mi bien y mi verdad en el bien y la verdad (para muchos, los máximos posibles). En fin, que el tema de la justicia, en nuestro tiempo, no dejaba indiferentes a nuestros participantes. Así que se pusieron manos a la obra de indagar cómo podría ser una justicia más justa.

Pero esto vendría después de una autorreflexión sobre lo distinto que es vivir o existir. Según Óscar Wilde, “vivir es la cosa menos frecuente en el mundo; la mayoría de la gente simplemente existe”. Tú también puedes pensarlo para tus adentros: ¿Qué haces habitualmente para vivir y no solamente existir? Estaba claro que el modo de vivir tiene que ver, por ejemplo, vivir desde la alegría o desde el enojo o la queja; elegir actividades que te realicen como persona, que salgan desde uno mismo; y elegir conscientemente, claro; y no aplazar o dilatar en el tiempo lo uno tiene claro que ha de hacer o decir; y ligar mis acciones a un sentimiento (no hablamos de emociones, pasajeras e inconstantes, o bien, sensaciones del momento), un sentimiento profundo, que lo será si viene de muy dentro de mí; y estar muy despierto, lo más despierto que uno pueda estar en cada momento; y estar presente, estar con quien estoy y sufrir y gozar, sin apego pero todo yo ahí presente acompañando; y asumir como propio lo que es propio y en lo ajeno lo universal que contiene; en definitiva, ser protagonista de tu vida, “empuñar” nuestra vida, como diría Heidegger. Vibrar con la vida, vivir sintiéndose uno vivo; y vivirlo todo, a fondo, agradable o desagradable, una actitud nietzcheana que tanto necesitamos en estos tiempos de búsqueda ciega de lo agradable y huida desbocada de lo desagradable. En fin, querido lector o querida lectora, que ahí dispones de unas cuantas pistas para poder contrastar con criterio cómo vives tu propia vida.

Seguimos. Una de las participantes comenzó relatando un caso cercano de injusticia o sesgo judicial, que no no vemos necesario contar aquí, precisamente, para no dar pie a las interpretaciones, cada uno desde su postura ideológica. Aunque, si hubierais estado allí, es muy posible que le hubierais dado la razón, en justicia. Y se refirieron las diferencias entre el modelo anglosajón de la justicia y el nuestro, que son de todos conocidas a través del abundante cine norteamericano de tribunales. Y también se habló del “Consejo de los hombres buenos” de la huerta murciana. Hasta que el diálogo logró abrir un canal: ¿qué es más justo, seguir la norma general a toda costa, o bien, mirar el caso particular, siempre diferente y único? Por un lado, la norma parece ahogarse a menudo en el lodazal burocrático y, por otro lado, la atención al caso único puede perder la orientación. De ahí que, como muy buen tino, los participantes, ellos y ellas, dijeran que ambos aspectos debían tenerse en cuenta. Que la justicia había de ser prudente, siguiendo la sabiduría práctica aristotélica incluida en la “phrónesis”: el arte de aplicar la ley general al caso particular. Ahí se juega mucho de lo que podríamos llamar acción o decisión justa, contando con que la norma de partida sea reconocida como justa, claro.

El segundo hilo que encauzó la discusión fue el de distinción entre lo legal y lo moral (o justo). El primero nos había llevado a integrar adecuadamente la norma y el caso particular, este segundo hilo iba a llevarnos a la comprensión de que el ethos (esa segunda naturaleza, que decía Aristóteles) siempre está detrás de la justicia, para que pueda ser justa. Es decir, que las leyes y la aplicación de las leyes, y que puedan ser justas, no deben apartarse de lo aceptable moralmente. La moral va cambiando, tratando de acercarse a un ideal de bien o justicia, que los seres humanos, en cuanto tales seres humanos, buscan plasmar en sus actos; pero las buenas leyes han de ir a la zaga, también evolucionando sin separarse en exceso de dicha aspiración moral. De lo contrario, las normas quedarían obsoletas, y por ende, se volverían inmorales o dañinas, injustas. Continuamente, la moral está revisándose a sí misma; la ley necesita ser revisada periódicamente, al menos.

Esto les llevó a nuestros protagonistas a pensar juntos que nada de lo anterior sería viable si las personas, sujetos de tales acciones lo más justas posible, no adquieren un alto grado de desarrollo moral. Esto significa que hay que cuidar sin empacho la formación de los jueces (y de la población en general, como demandantes y receptores de la justicia). Y esto es un aspecto muy descuidado habitualmente. Porque no hablamos de formación técnica o académica, sino del desarrollo de sus habilidades éticas, que implica alcanzar un mínimo grado de autoconocimiento, tales profesionales. Si no, ¿cómo iban a poder evitar que sus juicios estuvieran mezclados de juicios personales o prejuicios? Es sintomático que un abogado con experiencia sepa de antemano el cariz que podría tomar una causa judicial, si puede perjudicar o beneficiar a su cliente. (Otro día hablaremos de la falibilidad de los jurados y de la ética de los abogados).

Por último, nuestros participantes pensaron que lo que se estaba diciendo valía también para cualesquiera clase de profesionales: médicos, arquitectos, ingenieros, investigadores, informáticos, etc. Los protocolos, los planes, los diseños, los proyectos, los algoritmos... los llevan a cabo personas. Y cambian nuestra vida, la sociedad, nuestro planeta. ¿Quién dice que no necesita un científico, un técnico o un profesional cualquiera ser una persona madura, con un alto grado de desarrollo personal y moral? Ellos y ellas no, desde luego. Piénsalo tú también, mirando lo que pasa a tu alrededor. Salud.

domingo, 29 de diciembre de 2024

¿Quién enseña?


Sobre la enseñanza

Café Filosófico en Castro del Río 8.1

11 de octubre de 2024, Nuevo Casino, 19:00 horas


Todo el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es un necio.

Albert Einstein (atribuido)

La educación no consiste en llenar un cántaro sino en encender un fuego.

W. B. Yeats (atribuido)


¿Quién enseña?

Hablemos de carencias. Aunque no guste demasiado. Pero las carencias no son defectos, sino algo que falta o que nos falta... desarrollar. Si lo miramos a fondo, descubriremos que en la carencia mora una plenitud; o al menos, permanece un rastro latente de plenitud. ¿Cómo si no, íbamos a saber que es una carencia? El lugar desde el que miramos la carencia no es carente de nada. Un ejercicio que recogía esta experiencia fue lo que el animador del encuentro filosófico propuso a los asistentes, en el bar Nuevo Casino de Castro del Río. La plenitud está presente si dejamos de comparar con lo que deseamos; si vivimos eso que deseamos en nosotros, desde un lugar más atrás de la comparación. Para hallar la plenitud que anhelamos, cuando buscamos ser felices, no hay irse muy lejos. Solamente necesitamos ponernos en sintonía con nuestro fondo, que está hecho de plenitud, energía e inteligencia. Y no es cosa de decirlo, sino de experimentarlo...

Es curioso que los asistentes se refirieron a las carencias que podemos encontrar en el contexto social, salvo la última participante: falta de igualdad, empatía, tolerancia, honradez, lealtad, solidaridad, sentido, techo o comida, civismo, ser grupo, humanidad, humildad, paz, felicidad, tranquilidad. Por eso, el moderador del encuentro tuvo que hacer un inciso: pongamos atención, porque la mayoría de estas carencias muestran su origen en lo individual. Aprendamos a ver en nosotros y entenderemos mejor lo que pasa en la escala general o social. Tanto hay que comenzar por hacer cambios aquí como por allí. Es más, si no actuamos allí, si las personas no desarrollan su potencial como individuos, será muy difícil llegar a ver cambios sustanciales en el mundo en que vivimos. Habrá cambios legislativos, políticos, buenas intenciones o proclamas oficiales, pero cada pieza seguirá en el mismo lugar del tablero, actuando de la misma manera. Es complicado que algo pueda mejorar, si no empezamos por nosotros mismos. Si no cuidamos este aspecto, si no aprendemos a mirarlo...

Pues bien, es posible que este sustrato del diálogo filosófico inicial condicionara, quizá, el subconsciente de la mayoría de los participantes, dado que el tema elegido para indagar aquella tarde fue la educación o la enseñanza, la buena educación. En primer lugar, investigaron juntos qué enseñar; luego cómo enseñar; y finalmente, quién enseña, si es que estas tres cuestiones son separables. Surgen de las carencias observadas en el sistema educativo, en la enseñanza reglada. Cuando hablamos de “fracaso escolar”, ¿de qué estamos hablando? ¿Del alumnado o más bien del sistema educativo dominante? Intuimos que algo no va bien... Y nos preguntamos cosas como ésta: ¿queremos construir un mundo mejor a través de la educación o simplemente reproducir o reforzar lo que ya hay, el funcionamiento habitual del mundo, con todas sus disfunciones? Hablando de esto, a este relator, siempre le viene a la memoria la terrible aseveración a que se refiere Gabo: “desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”.

Y ha habido otros modelos educativos, como el platónico, con sus limitaciones, que ponía el foco en el equilibrio interior de los individuos y en el equilibrio exterior de “la ciudad”, única manera de asegurar una comunidad en donde la justicia (o armonía) sea guía de la vida social. O bien, en el otro extremo, huyendo de la función omnisciente del Estado, el rechazo de toda educación estandarizada. Opciones alternativas como la que se muestra en la película El capitán fantástico, que mencionaron los participantes: la educación en casa o sin escuela. Pero entremos en materia: ¿qué educar? Los asistentes tuvieron claro que, para que una buena educación fuera posible, no deberían faltar estos contenidos, que habitualmente faltan: entre otros, aprender a cuidar de tu cuerpo y de tu mente, desarrollar la inteligencia emocional, la educación artística, los saberes prácticos... que ayuden a desarrollar habilidades o capacidades, más bien que aprender contenidos técnicos o científicos. Esto último va de suyo si se empieza por lo otro. Y tanto en la escuela como en las familias.

Porque educar consiste en favorecer el desarrollo pleno de la personas, de sus capacidades o cualidades... Los preámbulos de las leyes educativas insisten en ello, pero nunca o casi nunca se realiza; incluso, el currículo muchas veces lo contradice. Tenemos claro que no queremos una escuela que solamente prepare a futuros trabajadores ni a contumaces consumidores que alimenten la economía de mercado. Pero, ¿cómo alcanzar la buena educación? El poeta W. B. Yeats, al que citaron, dijo una vez que “la educación no consiste en llenar un cántaro sino en encender un fuego". La educación ha evolucionado mucho durante los últimos siglos, pero ¿se alinea con lo anterior?, ¿sabe cómo llevarlo a cabo? El alumnado fracasa, pero acaso, ¿no pretendemos muchas veces que “un pez se suba a los árboles? ¿El sistema educativo favorece el desarrollo de las cualidades singulares de cada ser humano? El alumnado fracasa, pero, ¿respecto a qué? Es cierto que todos necesitamos unos conocimientos básicos para desenvolvernos en un mundo como el de hoy, pero esto puede lograrse de variadas maneras; ¡y no, en todos los casos, de la misma manera!

Lo que se estaba proponiendo aquella tarde supone todo un giro copernicano en educación, pero no sería posible si el profesorado, los maestros o educadores, si ellos mismos no están bien educados. Han de poseer conocimientos, eso nadie lo cuestiona, pero el grupo iba por otro lado: el desarrollo o la madurez emocional, el autoconocimiento de los que van a educar a otros. Cada educador ha de conocerse a sí mismo lo suficiente, sus propios procesos de aprendizaje, ser suficientemente autocrítico, ser capaz de coordinarse con otros colegas para poder enseñar, precisamente, a coordinarse el alumnado, trabajar de un modo cooperativo, la educación debería ser para él o para ella algo vocacional, que le suscite pasión o amor por el trabajo educativo, ser un guía para su alumnado. En fin, cada educador debería ser una persona que se sienta básicamente bien consigo misma, para no proyectar sus propias carencias psicológicas sobre su alumnado. Cuando pensamos en el trabajo docente, pensamos que hay de todo, que ser un buen profesional en el sentido que hablamos depende siempre de las personas. ¿Y qué significa esto? Pues... que depende del grado de desarrollo personal del educador.

Pero esto no sólo lo dijeron ellos y ellas, aquella tarde, de los profesionales docentes. Para ejercer la medicina adecuadamente y no olvidar que tratamos a/con personas y no sólo pacientes, para atender adecuadamente en una ventanilla, de cara al público, para postularse uno como político, para ser un ingeniero o un técnico que realiza obras públicas o privadas, o aplica tecnologías en contextos humanos y ecológicos, etc., habría que preguntarse: ¿qué clase educación, qué modelos (educativos, éticos, sociales, ecológicos, de género...) han recibido los que van a ejercer estas funciones? Porque ahí está la clave. Muchas veces el llamado currículo oculto influye más fuertemente que lo que se pretende inculcar explícitamente. Educamos muchas veces más con el ejemplo, con que con lo que mostramos, que con lo que creemos que sabemos o con lo que decimos. Y esta cuestión acompañó el final del encuentro filosófico: dada la importancia que hoy día tiene la informática, y no digamos la llamada Inteligencia artificial, su influencia cada vez mayor en nuestras vidas, ¿cuidamos la formación de nuestros técnicos o ingenieros informáticos? Ellos disponen algoritmos que luego mueven en gran medida los hilos de nuestras relaciones y de nuestro medio laboral. ¿Son personas maduras, conscientes, al servicio de la comunidad humana? ¿O bien, los que son, inicialmente, medios al servicio de unos fines adecuados, se convierten en fines en sí mismos, que trabajan para sí mismos, como una maquinaria autónoma? Un buen hilo para que tú, querido lector o lectora, lo puedas continuar junto a otros. Salud.

lunes, 24 de junio de 2024

¿Cómo puede la víctima convertirse en verdugo?


Berto Martínez Tello, óleo sobre tela, 190x170, 2024.

Sobre verdugos y víctimas

Café Filosófico en Castro del Río 7.6

10 de mayo de 2024, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


En qué condiciones se inventó el hombre esos juicios de valor que son las palabras “bueno” y “malvado”?, ¿y qué valor tienen ellos mismos? ¿Han frenado o han estimulado hasta ahora el desarrollo humano? ¿Son un signo de indigencia, de empobrecimiento, de degeneración de la vida?¿O, por el contrario, en ellos se manifiesta la plenitud, la fuerza, la voluntad de la vida, su valor, su confianza, su futuro?

Friedrich Nietzsche


¿Cómo puede la víctima convertirse en verdugo?

«Si tú te miras, ¿qué queda?». Con este verso finaliza el conocido poema de María Zambrano “El agua ensimismada”. Si tú te miras, desde una mirada franca, limpia, a la escucha de tu ser, qué ves, qué eres, en el fondo de ti mismo. Esto propuso el animador del encuentro filosófico. Y para ello, como trabajo previo, dirigió una breve meditación. Para estar con uno mismo, e ir dejando de lado las sensaciones, las emociones, los pensamientos del momento, a ver qué queda todavía en nosotros, y si eso podemos ser nosotros. Posiblemente permanecerán otras sensaciones, emociones o pensamientos más puros, y habría que seguir ahí, en silencio, a la escucha, atentos, muy atentos, porque eso no somos nosotros (“neti, neti”, no eso, no eso, que decían los sabios orientales de la “no-dualidad”). Estar ahí, hasta toparnos con el sujeto de tales sensaciones, emociones o pensamientos últimos, quien soy yo.

A continuación, el grupo tuvo mucho cuidado para encontrar el tema del diálogo aquella tarde. La actual guerra de Gaza acaparaba la preocupación de los allí reunidos, en la Peña flamenca castreña. Para ponernos todos en situación, se recuerdan algunos de los episodios antecedentes del ya viejo, enquistado y trágico “conflicto” palestino-israelí. Así, los participantes contarían con la misma información de partida. Pero, dado que estamos construyendo un diálogo filosófico, no podemos quedarnos en ese territorio de los acontecimientos históricos, con su barbarie actual. Esto era el telón de fondo. A nosotros nos interesaba la indagación filosófica que nos podía suscitar. Para saber mejor, para ir más lejos, ahondar. Y de las posibles preguntas que podíamos hacernos, fue ésta la que demostró un mayor interés: ¿cómo la víctima puede convertirse en verdugo? En tantas ocasiones, como sucede... En tantos casos de violencia de unos seres humanos sobre otros: abusadores, tiranos, acosadores, maltratadores, discriminadores, explotadores... En tantos casos, si escarbamos un poco, descubrimos que, en ocasiones, primero fueron víctimas y luego mudaron sus acciones y la actitud a verdugos. Esto contiene un enigma. Tratemos de encontrar alguna clave juntos, con los participantes.

Después de proponer explicaciones varias (o mejor dicho, gracias a ellas), el grupo formuló esta hipótesis, en forma de pregunta: ¿alguien que realmente se siente fuerte necesita demostrarlo? Quien necesita demostrar su fuerza, quizás en el fondo se siente débil... Esto situaba la problemática, y el tema de fondo, en un lugar nuevo, no sabíamos todavía si prometedor. Los participantes veían muy claro que aquella persona que necesita demostrar que es más que otra, con esto muestra una debilidad, en alguna parte de su personalidad. Y así trata de compensarlo. Un sentimiento de carencia, de vacío, de miedo, de no ser, de falta de plenitud, se instala en ella y ha de encontrarle un sentido, ha de comprender por qué se siente tan mal. Es posible que dicho estado interior haya sido adquirido, que esté influido por las circunstancias adversas de su vida, de su educación, pero el hecho sería que se instala en la persona. La cuestión es que se siente amenazada, en peligro su propio ser. ¿Cómo salir de ahí? Esta angustia vital... no ser, no valer, esta soledad, podría adoptar distintas salidas o reacciones. La persona puede volverse sumisa o rebelde, o puede tender a aislarse. Pero todas son posiciones reactivas. No actuamos conscientemente, siendo nosotros mismos, sino que saltamos como resortes, hacia dentro, hacia fuera o nos apartamos de la dinámica social habitual. Esto lo vieron muy claro, ellos y ellas, sin tener que recurrir al sabio Antonio Blay, que lo analiza detalladamente. Así, afirma que «realizarse es descubrir lo que uno es detrás del error en que uno vive, y si uno no descubre el error no puede vivir la verdad de sí mismo (…) La verdad salta a la vista por ella misma cuando quito los obstáculos que la cubren y los obstáculos que la cubren son todas mis creencias y todos mis miedos y mis deseos, toda esa superestructura que se ha ido poniendo» (Ser. Curso de psicología de la autorrealización).

Pero sí recurrieron a Nietzsche, que fue citado en la reunión. Recordemos que para este pensador, habitualmente muy lúcido, en el ser humano aparecen dos actitudes básicas ante el hecho (trágico, más allá del pesimismo y del optimismo) de existir: afirmar la vida con todo lo que conlleva, o bien, negar la vida, no aceptarla, por eso mismo. Esta segunda actitud es de tipo reactivo, en el sentido que decíamos. Y así, hablaba de la aparición histórica de dos clases de moral, en función de estas actitudes, activa o reactiva, respectivamente: “moral de señores” y “moral de esclavos”. Una moral (o conjunto de normas y valores), esta última, basada en el resentimiento (o “espíritu de la venganza”) hacia sí mismo, hacia los demás, hacia la vida misma. En el interior de estas actitudes, diríamos (y ellos y ellas lo dijeron así, a través del diálogo), está instalada la idea de confianza o desconfianza en el fondo de uno mismo, de los seres y de la vida misma.

Esto supone un alejamiento, o una desconexión, de dicho fondo, que siempre es positivo y pleno y completo; y como la persona se siente separado de su propio fondo más íntimo, busca como puede su modo propio de salir de ahí, con el menor daño posible, de ese vacío existencial. Porque en ese fondo, situados ahí, viviendo desde ahí, no hay sufrimiento (precisamente, es lo que vislumbraron los participantes con el ejercicio inicial del encuentro, recordemos: lo que queda, cuando quitamos esas capas emocionales, mentales o sensoriales que nos arrastran en la vida cotidiana). Esto que nos impulsa a vivir positivamente es lo que llamó Spinoza (que también es traído a la reunión) “conatus”: «cuanto más se esfuerza cada cual en buscar su utilidad, esto es, en conservar su ser, y cuanto más lo consigue, tanto más dotado de virtud está; y al contrario, en tanto que descuida la conservación de su utilidad –esto es, de su ser–, en esa medida es impotente» (Ética demostrada según el orden geométrico). Este impulso vital, diríamos, es como la fuerza de un motor de explosión, que produce el movimiento, y si el engranaje depara una marcha atrás, el vehículo avanza hacia atrás (en el caso de nuestra discusión, reactivamente); y si el engranaje organiza una marcha adelante, el vehículo lo hace hacia adelante (activamente). El impulso vital o energía siempre está presente, pero nuestras experiencias y sus envoltorios mentales nos llevan a poder vivir con más plenitud, o bien, que la vida se nos aparezca como algo insoportable.

¿Podemos comprender ahora, algo mejor, por qué algunos seres humanos necesitan demostrar que son superiores a otros seres humanos o no humanos? ¿Por qué los verdugos, tantas veces? ¿Por qué, en ocasiones, las víctimas que se convierten en verdugos? Eso espera este grupo de personas, que se reunieron aquella tarde para entender mejor qué está pasando en oriente próximo... y en tantos otros contextos, en donde los seres humanos (demasiado humanos, que diría Nietzsche) tratan de salir desesperadamente de su situación vital interna, de miedo, de angustia o de deseo, con tanta violencia como exhiben y tanto sufrimiento como infligen, a generaciones enteras de grupos o personas. En fin, salud y vida, pero vivida con autenticidad.

lunes, 29 de enero de 2024

¿Cómo afrontar el hecho de morirme?


Sobre la muerte

Café Filosófico en Castro del Río 7.4

12 de enero de 2024, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Conviene al estudiante mirar en su interior, lo que quiere decir en sus actos, en sus pensamientos, en sus motivos, en sus reacciones y tratar de discernir “apasionadamente-sereno” y sin finalidad alguna en ese mirar, lo que en él son atributos. Cuando la mente ve los atributos como atributos y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”.

Ibn Arabi, Tratado de la unidad

Si yo escribiera un libro titulado “El mundo tal como yo lo encuentro”, tendría que dar cuenta en él de mi cuerpo, y decir qué partes obedecen a mi voluntad y cuáles no, etc. Éste sería un método para aislar el sujeto o, más bien, para mostrar que en un sentido relevante no hay sujeto, pues de él no podría hablarse en este libro. El sujeto no pertenece al mundo, sino que es un límite del mundo.

Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus (5.631-2)


¿Cómo afrontar el hecho de morirme?

Comienza el nuevo año y nuestra mente está acostumbrada a albergar buenos deseos. En el fondo, porque no podemos dejar de desear. Porque el tiempo del reloj es inexorable. Porque hoy es siempre todavía. Así, nuestros participantes, en este primer café filosófico del año 2024, expresaron sus propios deseos. Y, posiblemente, no serán tan diferentes de los tuyos, pues son humanos. Aportar algo valioso de mi trabajo, estar más tiempo con la familia, escribir un libro que tengo previsto, tomarme la vida con filosofía, vivir más tranquilo, perseguir la vida buena, disfrutar de mi madre que está mayor, que todo el mundo pueda disponer al menos de lo más básico para vivir, fuera el estrés, encontrar más espacio para mí, que este grupo de filosofía practicada continúe, poder salir de mis inercias personales, desarrollar mi vida interior, poder expresarme a través de la escritura, ayudar a mejorar mi pueblo. Y lo cierto es que estos deseos dependen bastante de nosotros...

Pero mirad qué temática eligieron para la tarde: la muerte. O quizás no fue esa temática, sino el sentido de la vida, que habían dejado de lado en la votación. ¿O quizás sean inseparables? Quizás, al plantearnos el problema de la muerte nos estamos planteando el sentido de nuestra vida, y lo contrario. ¿O no es así? Piénsalo. O mejor, piénsalo con ellos y con ellas. ¿Podrá esclarecerse mejor el sentido de la vida a través de la búsqueda del sentido de la muerte? ¿Viceversa? No deja ser misterioso cómo plantearon dichas temáticas por separado, pero luego la indagación las volvió a unir. Síguenos en esta búsqueda. Comenzaron con las siguientes preguntas: ¿qué es la muerte?, ¿cómo podemos afrontarla?, ¿ayuda la filosofía?, ¿hay un modo filosófico de afrontar el hecho de la muerte? Veamos cómo fueron discurriendo. Una primera decisión marcó el diálogo: en lugar de hablar de la muerte, que es algo más abstracto, más lejano, más impersonal, vamos a plantearnos qué es morirse. Mi muerte, no la muerte; mi muerte, no la de otros. ¿Y qué hacemos cada uno de nosotros con este hecho seguro, aunque indefinido? Las respuestas más comunes suelen ser la evasión, el entretenimiento, la sustitución o similares. Pero, ¿filosóficamente, esto es una manera sensata y madura de situarnos en relación con la muerte? Tendremos que filosofar juntos para observar el fenómeno en toda su potencia.

Morirse uno, morirme, es dejar de existir, comienzan diciendo. Pero, si la muerte es de este modo, morirse es una forma de ser, ¿no es cierto? Que no sabemos, pero que es. De hecho, todo parece indicar que ya hemos estado muertos: antes de nacer no existíamos, en el sentido habitual. Un ciclo de la existencia del que ya nos hablaron los antiguos griegos, Platón o Heráclito. ¿Esto quiere decir que morirse es el final de una etapa? En el plano biológico, la muerte formaría parte del proceso propio de los seres vivos. Del estar vivos. Y esto nos ayuda a entender la necesidad, en todo ser, de transmitir la información (genética, cultural) que se posee o que ha sido adquirida, más allá de cada vida particular. Nuestro paisano de adopción, que ya nos dejó, Carlos Castilla del Pino, solía decir que no contemplaba otra forma de inmortalidad que el recuerdo en los demás.

Y, estando en esto, una de las participantes prefiere contar su experiencia personal. Tenía muy claro que deseaba elaborar su testamento vital, pero a la hora de rellenar el documento sintió “cómo su vida se le escapaba”; imaginando el momento mismo de la muerte, sentía que “se perdía a sí misma”. Un sentimiento de tristeza y, a la vez, de agobio le embargó. El testimonio a todos nos dejó silenciosos y meditabundos, no sabe este relator si también preocupados. Esto llevó al moderador del encuentro a peguntar: mi vida, ¿sería la misma sin mi muerte? Si nos atrevemos a pensarlo, la actitud ante mi vida es subsidiaria de cómo vivo yo mi muerte, la actitud trágica o natural con la que sea capaz de afrontar el momento de mi muerte. Sería muy distinta nuestra vida sin la muerte, ¿no es verdad?

Si esto es así, no es posible entender satisfactoriamente mi vida sin mi muerte, como analizó Heidegger en su conocida obra Ser y tiempo. Esta aproximación a la vida (y a la muerte) podemos situarla dentro de una esfera cósmica, como decíamos, un ciclo eterno en donde los contrarios se cambian unos en otros y acaban siendo unos y otros, dialécticamente. En el flujo universal lo mismo es estar vivo o estar muerto, ser joven o viejo, aunque no nos dé lo mismo a nosotros como individuos separados. Así hablaba Heráclito. Pero, ¿cómo vivir esta realidad día a día? Es todo un reto. ¿Cómo llevar esta conciencia cósmica a mi vida particular? Ibn Arabi, el sabio sufi, aconsejaba un entrenamiento diario: “morid antes de morir”. Y vivir muy conscientemente las “pequeñas muertes” que se producen a diario en nosotros: cambios físicos, psicológicos, emocionales, mentales... Para dejar de estar tan apegados a lo que tenemos o a lo que creemos ser. En cualquier cambio, algo nace y algo muere. Experimentar esos estados mientras se producen, en cada instante, estando presentes, supone un excelente entrenamiento vital, toda una preparación para la muerte.

La sempiterna preocupación humana por la muerte podría mostrar una cara muy diferente a partir de un cambio de perspectiva. Si nuestra perspectiva, únicamente, es la del yo individual, la sensación de pérdida y angustia está servida; si nuestra perspectiva es la anterior, que decíamos, esa consciencia cósmica, es posible que una sensación de aceptación y liberación nos acompañe y podamos vivir mejor. Pero, el grupo abordó otro posible afrontamiento filosófico de la muerte, como se había propuesto inicialmente al empezar este diálogo. Lo plantearon para ellos y para ellas, pero ahora también lo recogemos aquí para ti. Es posible que la muerte suponga el final del “yo físico”, pero, ¿esto ya es nuestra identidad, toda nuestra realidad? Tanto los sabios de oriente como los de occidente describen algo que nosotros podemos experimentar: a pesar de todos mis cambios, yo me sigo sintiendo básicamente el mismo. Una conciencia profunda de nosotros mismos, más allá (o más acá) de nuestros estados, nuestras ideas, nuestras creencias, nuestras emociones, nuestro cuerpo... Lo que yo soy, quien yo soy, que no se reduce a unos determinados modos de ser. Yo no soy eso. Los griegos hablaban de nous, los hindúes de atman, una conciencia-testigo, un observador, un núcleo o centro que no resulta afectado por la periferia de acciones, pensamientos o emociones. Poder conectar con ese fondo de nosotros mismos, y situarnos ahí, nos ayuda a acceder, a la postre, a una experiencia enteramente distinta de la muerte. Y, como sabemos, también nos permite vivir de otra manera. Un modo de vivir más sabio, más consciente, más pleno, más feliz. Vale.

viernes, 8 de diciembre de 2023

¿Qué es una educación para la paz?


Sobre la educación para la paz

Café Filosófico en Castro del Río 7.2

10 de noviembre de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Estaba un día Cura (el cuidado) atravesando un río y al ver gran cantidad de arcilla, cogió una buena porción y, distraídamente, comenzó a modelar una figura. Mientras pensaba para sí qué había hecho, se le acercó Júpiter. Cura le pidió que infundiese espíritu al trozo de arcilla modelado y Júpiter le concedió el deseo. 

Pero al querer Cura ponerle su nombre a la obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía ponerle su nombre, por haberle infundido la vida. Mientras Cura y Júpiter discutían sobre quién debía ponerle su nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y dijo que sólo a ella le correspondía darle nombre al nuevo ser, puesto que le había dado el cuerpo. La discusión se prolongó largo tiempo, hasta que los litigantes escogieron por juez a Saturno, el dios del tiempo, que dictó la siguiente sentencia: 

Tú, Júpiter, por haberle dado el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haberle ofrecido su cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, será quien lo acompañe mientras viva. Y, en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame “homo”, puesto que está hecho de “humus” (tierra).

Higinio


La perfectio del hombre –el llegar a ser eso que él puede ser en su ser libre para sus más propias posibilidades (en el proyecto)– es “obra” del “cuidado”.

Heidegger


¿Qué es una educación para la paz?

Vivimos en un mundo dramáticamente convulso. No deja de haber guerras, porque sigue habiendo constantes desigualdades, porque nos seguimos viendo como diferentes sin un fondo de igualdad, común, comunitario. La humanidad como hermandad. Seres humanos que básicamente buscan lo mismo... quieren vivir bien consigo mismos y con los demás. Pero no es posible sin una armonía o justicia mínima, como proponía Platón, en el diseño de su ciudad ideal. Y Platón, como nosotros, ponemos la máxima esperanza en la educación. La panacea de nuestro tiempo, de la que se espera la realización de un mundo mejor. Si algo no funciona en la sociedad... pues, que la educación se encargue de prevenir el problema. Otra tarea más para la escuela. Y si ésta falla, se dice entonces que el déficit educativo viene de las familias. Pero, ya vamos sospechando que lo que más educa (o des-educa) es la actitud dominante en un determinado mundo, el ambiente, la comunidad creada. No lo que se proclama o se escribe en el apartado de los buenos propósitos, sino lo que se hace de hecho. No se educa enseñando valores, sino mostrándolos con nuestros actos y constatando que se puede vivir mejor de otra manera. Si deseamos un mundo en paz, algo tendremos que hacer diferente. Y esto buscaron nuestros participantes, aquella tarde en el salón de la Peña flamenca castreña.

De nuevo, como decíamos en un reciente café filosófico, en otro lugar más al sur todavía, hará falta una buena dosis de creatividad. Algo escaso en estos tiempos, según parece. Y, la creatividad no hay que buscarla fuera... es una cualidad interna, humana, nuestra. Aunque, ciertamente, sí habrá que estar atentos, abiertos, a la escucha del ser (Heidegger), para poder recibir las novedades. ¿Cuáles? Las que necesitamos, aquí y ahora... Desde luego, no va a ser, lo que necesitamos, una educación para la competitividad, si queremos vivir en una mayor armonía, justicia o paz, que de eso ya tenemos bastante. Y analizaron ellos y ellas los inconvenientes de tal educación. Repetimos que no hablamos de lo que se dice o se pone en leyes y libros de texto, sino de los ejemplos o modelos que funcionan habitualmente. Una competitividad que uno de los participantes calificó, citando a Byung-Chul Han, de “violencia neuronal” en nuestros días, con consecuencias nocivas incluso para la salud individual.

De esta competitividad reinante está ausente la colaboración, el compartir, el valor de hacer algo por sí mismo y no de cara a un objetivo, un beneficio, un éxito, ser mejor que los demás, que son vistos como rivales, adversarios o enemigos. Por esto mismo andaron muy finos en el análisis, al distinguir (y no confundir, como se hace) competitividad y competencia. Cuando la competitividad es “sana”, entonces es competencia, combatividad pero no hostilidad, va a favor de sí y no en contra del otro, para sentirse mejor consigo mismo (esto es el espíritu del resentimiento, del que hablaba Nietzsche). La competencia, o competitividad sana, no busca anular ni ganar ni acumular. Esto es enfermedad de nuestro tiempo. Busca el desarrollo de las cualidades o capacidades que le son propias a cada uno. Y esto recuerda el valioso sentido de la “virtud” entre los griegos anteriores a Sócrates, que podríamos referir aquí como excelencia: la virtud es el desarrollo excelente de una cualidad propia de un ser. Y no hablamos, primeramente, en términos morales. Así, puede haber caballos o pianistas virtuosos, si han desarrollado de un modo excelente las cualidades que les son propias, la velocidad en la carrera o la habilidad en la interpretación con el piano, respectivamente. Entonces, no se trata de ser mejor que el otro, sino del valor mismo de lo que se hace. Con esto, simplemente, ¿no viviríamos en sociedades más pacíficas?

Una auténtica educación para la paz tendría que evitar caer en la comparación entre personas, doblegar al adversario, vencer, sobresalir más que otros, estar más arriba en la gradación convencional... Sería preferible valorar la casilla de salida de las acciones, las cualidades propias, cuidar del otro, cuidarnos. ¿Cómo viviríamos, si una cultura del cuidado se instaurara en nuestras sociedades? Porque hay talentos propios de cada ser que pueden descubrirse con la práctica, si se les deja emerger. Porque hay inteligencias múltiples (Howard Gardner). Porque no es buena siembra educativa imponer un modelo social (lo que debe ser, lo que debe hacerse) desde fuera. Todas las corrientes de sabiduría nos enseñan que la virtud, el desarrollo de una cualidad propia, viene de dentro afuera y no al revés. Esto sería imponer o adoctrinar. Entonces, el sujeto se siente invadido, menospreciado. Y el sujeto reacciona como puede, culpabilizándose, apartándose o sacando la mejor tajada posible de la situación. No ser víctima. Y no vivir angustiado. Sobrevivir del modo que sea. ¡Imaginad qué diferentes escuelas serían, las que pusieran el cuidado mutuo en su centro!

El análisis de la competividad rampante les llevó a los participantes hasta el lugar del cuidado. Podrían analizarse otros rasgos incompatibles con una cultura para la paz, pero no dio tiempo. Sin duda que tú, querido lector o querida lectora, podrías, junto a otros, continuar indagando: ¿qué nos impide hoy en día el despliegue claro hacia una cultura de la paz? Ellos y ellas encontraron en la competitividad mucho trabajo pendiente, y lo situaron en el advenimiento gradual de una cultura del cuidado o sorge, como lo nombrara Heidegger en Ser y tiempo. Cuidado del ser. La educación como pastoreo del ser. Estar a la escucha. Acompañando la aparición de mundos posibles. Ocupándonos de lo que hay. Que no se enquiste. Que no se endiose. Que no nos extravíe. Estando abiertos. Estando vivos. Salud.






domingo, 5 de noviembre de 2023

¿Por qué mentimos?

 


Sobre la mentira

Café Filosófico en Castro del Río 7.1

06 de octubre de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas

Sea por ejemplo, la pregunta siguiente: ¿me es lícito, cuando me hallo apurado, hacer una promesa con el propósito de no cumplirla? Para resolver de la manera más breve, y sin engaño alguno la pregunta... me bastará preguntarme a mí mismo: ¿me daría yo por satisfecho si mi máxima (salir de apuros por medio de una promesa mentirosa) debiese valer como ley universal para mí como para los demás? ¿Podría yo decirme a mí mismo: cada cual puede hacer una promesa falsa cuando se halla en un apuro del que no puede salir de otro modo? Y bien pronto me convenzo de que, si bien puedo querer la mentira, no puedo querer, empero, una ley universal de mentir, pues según esta ley, no habría propiamente ninguna promesa, porque sería vano fingir a otros mi voluntad respecto de mis futuras acciones, pues no creerían en mi fingimiento, o si, por precipitación lo hicieran, pagaríanme con la misma moneda; por lo tanto, mi máxima, tan pronto como se tornase ley universal, se destruiría a sí misma".

Immanuel Kant

¿Por qué mentimos?

A ver, estamos rodeados de tecnología. Y la aceptamos como algo que ya forma parte de nuestra vida. No nos podríamos imaginar sin tecnología. Esto es lo propio del hombre moderno, tipo occidental. Porque técnicas siempre ha habido, el ser humano es un ser con la capacidad técnica de transformar su entorno, no solamente adaptarse a él, pasivamente. Pero la tecnología es otra cosa: es técnica más ciencia. Y mucho mayor su alcance y sus consecuencias. Porque la tecnología no sólo transforma el entorno, que ya es bastante (miremos a nuestro alrededor), sino que nos transforma a nosotros mismos y nuestras vidas. Estamos tomando consciencia de ello desde mediados del siglo pasado. De ser la ecnología, como debería, un medio para los fines que nos propusiéramos (mejor entre todos), ha pasado a convertirse en un fin en sí mismo, y nosotros un medio para el desarrollo de las tecnologías. No están a nuestro servicio, sino que nosotros estamos a su servicio. Esto ya parece claro, a estas alturas.

Así notamos (y nuestros participantes lo anotaron, en este primer diálogo filosófico de la temporada en Castro del Río) que muchas veces somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a una determinada tecnología: así, me siento más controlado, soy un número; me impide pensar; interfiere en mis relaciones; tuve que abandonar mis estudios porque no podía seguirlos, al ser on line; ha provocado éxodo social y laboral; ha cambiado mi modo de comunicarme; me he sentido más controlado en mi empresa; estuve enferma, intenté aclararme con internet y me confundía más que me aclaraba; la banca on line me aleja de mi dinero y excluye a muchas personas, porque ahora son más bien usuarios que personas; las nuevas tecnologías producen adicción. ¿Nos estaremos engañando a nosotros mismos con nuestra veneración actual por las tecnologías, pensando que nos dan, cuando en realidad nos quitan? Sin duda, necesitamos una reflexión social, y en serio. sobre la tecnología.

Después de este preámbulo, el encuentro abordó directamente la mentira. Cualquier mentira. ¿Por qué mentimos? Pero, lo primero, distinguir entre verdad y mentira. Cuando mentimos afirmamos o manifestamos algo contrario a lo que sabemos, creemos o pensamos, dice la RAE. Pero la verdad es otra cosa, está más allá de nosotros porque la verdad es a pesar de nosotros, y la buscamos denodadamente, la realidad. Pues bien, los participantes quisieron distinguir distintos tipos de mentira, con sus restricciones propias.

La (llamada) mentira piadosa. Una mentira, dicen, para no hacer sufrir al otro. Con muy buena intención, pero, ¿puede ser contraproducente a la larga? Por ejemplo, una persona enferma, con un pronóstico terminal, si quiere saberlo, ¿no debería saberlo? Una persona que ha sido adoptada por sus padres, ¿no debería conocer la verdad? ¿No hacemos un mal a los demás y a nosotros mismos evitando la verdad? Luego está el modo de comunicarla, que es muy importante: el momento adecuado, adecuado a la situación vital y emocional de la persona afectada. Para esto, sí hace falta la piedad, pero no para ocultar la verdad a sabiendas o mentir.

La mentira interesada. ¿Es lícito mentir para satisfacer un interés u obtener un beneficio? Sucede mucho. Y mueve mucho... en las empresas, en la política, en la mercadotecnia, con los bancos, con las aseguradoras, etc. ¿Por qué no lo iban a hacer los individuos en sus relaciones? ¿O fue al revés, primero los individuos y luego las corporaciones? En todo caso, si mentimos de esta manera, es necesario prever las consecuencias, evitar los daños y, sobre todo, reflexionar: ¿es necesario mentir para satisfacer un interés propio? Puede que, en el fondo y a la larga, sea más “productivo” ser sinceros y mostrarse como realmente somos... Imaginad un político o una empresa que esto lo pusiera por bandera y lo llevara a cabo en la práctica... “Vendería” más que nadie. Esto sí que sería un auténtica innovación en el mercado. Y vaya si lo buscamos.

La mentira por superviviencia. Se dan situaciones en la vida en las que mentir parece una opción válida, si está en juego algo valioso, como la vida o la libertad. Aunque jure que no mentirá, nadie se escandaliza si un acusado mienta. Pero aquí puede haber una necesidad insoslayable, quizás. Cuando sucede en una situación “a vida o muerte”, pero no cuando se convierte en norma o en una forma de vida. No si uno se engaña a sí mismo. O bien, si la situación no es, en realidad, tan desesperante o crucial.

En fin, que nuestros participantes estuvieron un largo rato analizando algunos de los casos de mentira y sus circunstancias. E iban quedando satisfechos. Pero, el moderador, que tiene algo de aguafiestas o moscardón socrático, pregunta: ¿la mentira es justificable en sí misma? Y expuso el caso que plantea Immanuel Kant: si alguien, cuya vida está en peligro de muerte, se esconde en nuestra casa y el perseguidor nos pregunta, ¿hemos de ocultar que está escondido en nuestra casa y mentir? Y todos los participantes, ellos y ellas, dijeron que sí... y que se fuera a tomar el viento el referido Kant. Pero mirad (éste se defendía), si esta norma de “mentir cuando convenga” la extendemos universalemente (es decir, que todo el mundo debería hacerlo cuando lo considere necesario) esa misma norma o máxima de acción, nadie creería a nadie y se destruiría la posibilidad misma de la convivencia. Pero nada, que no estaban de acuerdo... y con razón. En ocasiones la ética kantiana es excesivamente rigorista y se sitúa fuera del contexto vital particular. El contexto y las circunstancias en que está inscrito un acto moral es muy relevante para emitir un juicio o deliberar qué debemos hacer. Y cada caso es único e irreductible. ¿Puede un juez aplicar una ley a un caso de un manera ciega o general, desconociendo las circunstancias particulares de dicho caso? De hecho no lo hace... por eso las sentencias se acompañan atenuantes y agravantes.

¿Cómo salir de este embrollo? El grupo determina como clave para juzgar una mentira, su valor o idoneidad, el que no conlleve un autoengaño del propio agente de la acción. Si yo soy plenamente consciente de mí y de la situación, y existe una suficiente transparencia en mi interior para poder juzgar con objetividad lo exterior, y no miento como un hábito, sino que tomo la mejor decisión de que soy capaz, en cada caso, y decido conscientemente mentir o no mentir, entonces, mi acción sería adecuada. ¿Qué te parece esta conclusión? En los subrayados estarían las claves, lo que ha de ser trabajado personalmente. Tú decides, pero no te mientas a ti mismo. Que sepas lo que estás haciendo en cada momento y por qué. Y la pregunta fundamental, que nunca debo olvidar: ¿de verdad, es necesario que yo mienta en este caso? Kant sigue vivo y coleando. Vale.




sábado, 29 de julio de 2023

¿Qué es la buena convivencia?


Sobre la buena convivencia

Café Filosófico en Castro del Río 6.8

30 de junio de 2023, Peña Flamenca Castreña, 20:00 horas


Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces;
pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.


Martin Luther King



¿Qué es la buena convivencia?

De entre los temas propuestos en la tórrida tarde castreña del 30 de junio, en la ya acostumbrada Peña Flamenca, se llevó la palma el dedicado al análisis de la convivencia: ¿qué es la buena convivencia? La pregunta se nos antojaba algo redundante pues, los allí presentes, no concebíamos que una relación mutua que no fuese buena pudiera ser calificada de convivencia; sin embargo, como se apuntó que bien podrían darse relaciones entre dos o más personas –ya sean de pareja, entre compañeros de trabajo, etc.- en las que dominara un mero soportarse mutuo y forzado, se convino el mantener el calificativo de buena en la pregunta sobre la convivencia, para resaltar nuestra intención de aspirar a un nivel más elevado e íntegro a la hora de vivir-con (que no otra cosa significa convivir) otras personas. A la pregunta anterior habría de añadirse otra para tratar de articular nuestra investigación conjunta: ¿por qué, a menudo, resulta tan difícil convivir?

Ya planteado el tema, una participante –bien curtida como el resto del grupo en el campo de batalla de la convivencia- se apresuró a defender que “la clave fundamental de toda buena convivencia es el respeto mutuo”. Otro de los asistentes, tomó la réplica para defender que el fundamento de la convivencia no reside tanto en el respeto hacia la(s) otra(s) persona(s) como en el respeto a unas normas básicas que, previamente, deben haber estado consensuadas. ¿Tiene prioridad entonces el respeto a las personas o a las normas que regulan la convivencia? El conflicto sale en este punto a relucir y el diálogo parece caldear los ánimos por momentos. ¿Puede hablarse de convivencia –o de buena convivencia- cuando las normas resultan injustas para alguna de las partes? ¿Son lícitas esas normas? Según uno de los participantes, todas las normas son lícitas siempre que se hayan consensuado y aceptado previamente. En este punto el moderador cita a modo de ejemplo el documento privado con las abusivas condiciones que el físico Albert Einstein impuso a su primera mujer Mileva como requisito para continuar viviendo en el domicilio familiar. Una de las participantes se revuelve: “lo primero debe ser el respeto a la persona y, en todo caso, en toda convivencia hay unas normas implícitas que deben inculcarse mediante la educación”. “¿Puede haber acuerdo a la hora de consensuar las normas –pregunta otro asistente con mucha intención- si previamente no hay respeto entre las personas?” Nos parece claro que es importante respetar las normas de convivencia pero, no obstante, estas normas no son un fin en sí mismas sino que su sentido es precisamente garantizar una convivencia justa entre las personas: dar prioridad a las normas por encima de las personas sería como poner el carro delante de los caballos. Al consenso alcanzado, apostilla uno de los asistentes que el fundamento para toda buena convivencia se cifra en el amor (la “querencia”, dice) al otro.

La cuestión del respeto iba a necesitar de una labor de desenredo y clarificación teniendo cuenta las confusiones que se manifestaban. ¿Qué es lo que debemos respetar: a las personas o a sus actos o ideas? ¿Puede haber tolerancia si previamente no hay respeto? Uno de los filósofos cafeteros dice que “todas las opiniones son respetables” y otra compañera comenta que “no respeto a alguien que me ataque por mis valores e ideas”. El moderador tira entonces de ironía socrática para plantear al grupo su intención de propinar una paliza a algunos de los participantes por ser de otro pueblo, algo que dice no parecerle bien: ¿es respetable esta opinión? ¿Sería respetable este modo de proceder? Tras unos titubeos iniciales (habría que conocer tus razones, etc.) esta forma de pensar acaba por resultar a todos inaceptable de manera evidente. La compañera que dice no respetar a quien le ataque por sus ideas, reconoce que lo importante no es el ataque a sus ideas sino a su persona (el no sentirse ella respetada). Poco a poco emerge la comprensión de que no debemos confundir a las personas con las ideas o valores que, en un momento dado defienden. Precisamente, es esta identificación de las personas con sus opiniones, creencias, valores o actos una de las claves que nos permite comprender por qué nos resulta tan difícil convivir. Salta a la palestra el ejemplo de los hinchas radicales de un equipo de fútbol: su identificación con su equipo es tal que cualquier crítica o cuestionamiento de su equipo es valorado como algo personal, como una crítica o cuestionamiento de ellos mismos, lo que desencadena actitudes y respuestas de intolerancia y agresividad (literalmente y considerando su identificación, les va en ello su ser). Sin embargo, la hostilidad de un aficionado radical a un equipo hacia los adversarios se nos ofrece como algo irracional pues, si no hubiese otros equipos, el juego del fútbol no sería posible. Nos parece mucho más sensato alimentar una rivalidad sana y meramente deportiva, que permita a los aficionados al fútbol disfrutar y divertirse con un buen encuentro de fútbol, en armonía con los aficionados rivales. “La discrepancia es buena”, añade una de las asistentes, sabedora de que la intolerancia es fuente de dogmatismo y acaba con esa riqueza propia de la diversidad. “Convivir –se dice- es algo que se hace con las personas no con las ideas, valores o creencias”. Abundando en la capacidad de distinguir entre una persona y sus actos, uno de los filósofos de aquella tarde nos pone el ejemplo de una persona que comete un crimen fruto de un estado esquizofrénico. “¿Hemos de condenarlo irremisiblemente o comprenderlo?”-se pregunta. Y añade: “¿Debemos creer en la reinserción de personas que comenten malos actos?”. Para él no hay lugar a la duda, dice que “hay que creer siempre en las personas”, algo en lo que resuena la sentencia bíblica que nos encomienda condenar al pecado pero no al pecador y también la máxima spinoziana de comprender antes de condenar. Otro de los integrantes (discípulo de Sócrates infiltrado en el grupo), propone, a modo de recapitulación y resumen tres importantes aclaraciones sobre lo dicho: una cosa es comprender un determinado acto y otra muy diferente es justificarlo, no debemos confundir el respeto a una persona con estar de acuerdo con ella (con sus ideas, creencias, valores, etc) y, por último, no caer en la confusión que supone identificar a una persona con sus actos. Seguro que, de evitar estas confusiones, la convivencia será un ejercicio menos complicado de lo que a menudo nos resulta.

La conversación continúa con un ejemplo extremo propuesto por uno de los asistentes: ¿puede hablarse de buena convivencia en el caso de una pareja en el que uno de los dos, por estar enamorado, acepte y tolere sufrir abusos por parte del otro? Y, ¿qué diríamos si esa relación tóxica es el resultado de una patología genética o de una circunstancia personal (por ejemplo, el haber uno sufrido abusos en el pasado). ¿Somos realmente libres de elegir respetar a otra persona o estamos determinados genética o culturalmente? La cuestión parece desviarse del tema inicial y el tiempo apremia, quizás sea un tema apasionante para otra tarde de café y filosofía. Sin embargo, volviendo al tema de la convivencia, el compañero que propuso el anterior ejemplo parece tenerlo claro cuando es interrogado: no puede hablarse de amor cuando se trata de una relación en la que uno de los afectados sufre un daño. “No se debe llamar amor –añade otra participante- a la sumisión o dependencia. No se trata en este caso de amor, sino de miedo”. Todos hemos convenido anteriormente en que la clave de una buena convivencia es el respeto hacia el otro, ahora bien, dicho respeto, si es profundo, no puede provenir de otra fuente que no sea el reconocer en el otro la valía intrínseca e inalienable que encuentro en mi propio fondo. Dicho de otra manera: no puede haber respeto a los demás si, previamente, no me valoro y respeto a mí mismo. Una conclusión compartida aquella tarde, muy cercana a esta hermosa cita de Joel Osteen, que quizás pueda servir de colofón y cierre para toda una temporada de encuentros filosóficos: “Si no puedes convivir contigo mismo, entonces nunca podrás convivir con otras personas”.


Alfonso J. Viudez Navarro






lunes, 3 de julio de 2023

¿En qué consiste la verdadera política?


Sobre la política

Café Filosófico en Castro del Río 6.7

26 de mayo de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Pues estas fueron distribuidas así: con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos? “Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas solo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades”.

El mito de Prometeo” (Platón, Protágoras, 320 d)


¿En qué consiste la verdadera política?

El ambiente electoral en aquella tarde de mayo, previa a la jornada de reflexión de las inminentes elecciones municipales, debía necesariamente flotar en las mentes de los participantes del Café Filosófico en la acostumbrada Peña Flamenca de Castro del Río, inclinando decisivamente la balanza de las temáticas propuestas del lado de la política. Previamente, el moderador del encuentro formuló a los participantes una pregunta que también te atañe: En este mundo tan confuso y cambiante, donde el valor es tan perecedero, para ti, ¿hay algo de lo que estés completamente seguro/a?

Y continuó la sesión con el tema del día: ¿Cuál es la esencia de la política? ¿Responde a esa esencia la forma actual de hacer política? ¿Es necesaria la política? ¿Somos conscientes de esa necesidad? Así quedó configurado el atractivo programa filosófico de nuestra reunión. Para abrir boca, uno de los participantes –el más joven de todos- lanzó con determinación su propuesta personal a la pregunta acerca de qué es en sí misma la política. “La política –nos dijo- la entiendo como un apoyo necesario y una guía para el desarrollo social, las relaciones justas y formas sostenibles de bienestar”. La mayoría de los asistentes se manifestó de acuerdo con la verdad contenida en aquella tentativa de definición a la que, otra participante, añadió: “la política es convivencia en armonía”. Muy activa en sus inquietudes, otra de las asistentes aquella tarde se quejó del pasotismo y la desafección actual hacia la política, pues entendía que ésta es algo que requiere de la participación de todos mientras que, como forma de organización hacia determinados fines (así definía ella la esencia de la política), frecuentemente ocurre que suele orientarse más a cubrir intereses personales que al bienestar comunitario. Para clarificar las ideas y desenmarañar cierta confusión creada, uno de los participantes -muy curtido en los encuentros filosóficos- propuso diferenciar entre el sentido superficial (pero legítimo) de la política como forma de organización y el sentido ético de la misma, más profundo, como una búsqueda conjunta del bien común. Esa última definición supuso un punto de consenso, pareciendo a todos responder a ese sentido ideal –la política con mayúsculas- de lo que constituye la esencia misma de la política. Esta definición, se convino, recogía acertadamente la totalidad de los distintos aspectos planteados hasta ese momento.

Pertrechados con una idea común de la esencia de la política (aquello que ésta debería ser), los participantes se lanzaron a contrastar si la forma actual de hacer política se ajusta o no a dicho modelo y, en este punto, las conclusiones siempre fueron compartidas de manera general. Se dijo que la política actual peca de caer en la tecnocracia, es decir, dejar el mando de las decisiones políticas en manos de técnicos expertos que únicamente se rigen por el criterio de la eficacia pero sin atender, por ejemplo, a fines de tipo humanitario. De esta forma –recalcó una de las participantes- fuera de la voluntad política de atender a las personas, nunca se hubiese llevado tendido eléctrico a determinadas poblaciones muy pequeñas y aisladas por no ser económicamente rentable; tampoco se tomaría la decisión de que los trasplantes –por su elevado precio- formasen parte habitual de un programa público de sanidad. La esencia de la técnica se nos revela como la capacidad para buscar los mejores medios para determinados fines pero, en relación a qué fines deben ser perseguidos, los tecnócratas no entran a discutir, limitándose a aceptar como fin único la rentabilidad económica. Ahora bien, como ya se había discutido, toda política lleva en su esencia una aspiración ética y, por consiguiente, una valoración consciente acerca de qué fines deben ser perseguidos y qué valores deben orientar nuestra práctica. Caer en la tecnocracia es por tanto un alejamiento de la esencia de la política.

También se acusó a la política actual por su falta de veracidad, al caer continuamente en las típicas promesas incumplidas de la campaña electoral y por su carácter cortoplacista, al buscar sólo beneficios a corto plazo que den rentabilidad electoral. En relación a esto último, los participantes pusieron sobre el tapete la afirmación de que los graves problemas a los que nos enfrentamos, como la desigualdad social, la sanidad universal o el cambio climático, son problemas globales y requieren, para ser abordados, políticas a largo plazo con una actitud generosa y amplitud de miras. “El político –apuntó uno de los asistentes, buen conocedor de la filosofía kantiana- debe regirse siempre por el cumplimiento del deber, en lugar de hacerlo por sus intereses personales”. Otra de las críticas a la política actual fue la de su profesionalización, que acaba siendo causa de cierto acomodamiento cuando no de una abierta y flagrante corrupción. Uno de los participantes propuso como estrategia para optimizar la actividad política que los complementos del sueldo de los cargos públicos electos dependieran directamente de los resultados de su gestión, la cual debería ser valorada de manera externa, independiente y objetiva. Otros compañeros, sin embargo, manifestaron sus reservas respecto a esta propuesta ya que -así lo expresaron- esto acabaría por imponer a la política la mentalidad propia de la empresa y el mercado, alejando a la misma de esa esencia que es la búsqueda conjunta del bien común y abriendo la puerta a una perversión de todo el sistema. Como alternativa, se convino en la conveniencia de limitar el tiempo de participación en la política. En ese momento, uno de los asistentes –profesor de filosofía infiltrado aquella tarde- nos habló del ejemplo de ese extraordinario experimento que fue (con todas sus limitaciones que ahora vemos, como la exclusión de mujeres y esclavos) la primera democracia de la Grecia clásica: en ella todos los ciudadanos estaban llamados a participar, más tarde o más temprano, de manera activa en la vida política. Y, para deleite de los asistentes, ilustró sus palabras con una referencia a una lectura del Mito de Prometeo de Platón. En dicho texto, relata el insigne filósofo, cómo fueron repartidas las facultades entre las especies mortales y cómo, provistos los hombres de la sabiduría de las artes junto con el fuego (que Prometeo robó para ellos) pero no de la sabiduría política, se ultrajaban continuamente entre sí. Temiendo que los hombres llegaran al exterminio, Zeus ordenó entonces a Hermes que repartiese entre ellos el sentido moral y la justicia pero no cómo se habían repartido otras cualidades (de manera que unos pocos poseían el arte de la medicina y así con las demás artes y profesiones), sino entre todos los hombres por igual para que todos ellos –y no sólo unos pocos- participasen de la vida política.

Para terminar aquel intenso diálogo y dado que, de todo lo anterior se colige que todos los participantes estaban de acuerdo en subrayar la importancia que tiene la política, se abordó la cuestión acerca de si realmente somos o no conscientes de dicha necesidad. La opinión común fue la de que nuestra sociedad adolece de una falta generalizada de conciencia política y que la degeneración de la misma y los continuos casos de corrupción han acabado por crear cierta desafección hacia la misma, sobre todo entre los sectores más jóvenes. En el revuelo de comentarios surgidos, se marcó la diferencia entre participantes de mayor edad que, habiendo vivido la represión política del franquismo, valoraban enormemente la posibilidad de participar en la vida democrática y otros más jóvenes que manifestaban con sinceridad su alejamiento hacia la actividad política. Se recalcó entonces entre todos la importancia de cultivar la memoria histórica para no dar por sentadas ciertos derechos y libertades que, lejos de estar ahí desde un principio, son el resultado de las luchas y reivindicaciones en tiempos pasados. Asimismo, se destacó como un elemento negativo la extraordinaria complejidad de la política actual, fruto del fenómeno de la globalización que ha propiciado un salto sin precedentes en el ámbito de la acción política, desde la polis griega primigenia a nuestra vigente aldea global que abarca todo el planeta. Es por ello que se acabó concluyendo que, quizás ahora más que nunca, se deba reivindicar la necesidad de pensar en la política, de que esa aspiración filosófica, tan patente entre los asistentes a los cafés filosóficos, de vivir de manera consciente, no se quede en el ámbito de lo individual sino que, en tanto que –como nos advertía Aristóteles- somos animales sociales por naturaleza, se extienda también al ámbito de la comunidad política.

Alfonso J. Viudez Navarro