Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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domingo, 3 de diciembre de 2023

¿Cómo prevenir los conflictos?

Cristóbal Toral, Personaje de Hopper tomando el sol en un cuadro mío, 2005-2006 

Sobre los conflictos

Café Filosófico en Vélez-Málaga 14.2

07 de noviembre de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas

[La ética] no puede partir de un punto de vista abstracto ajeno a la historia, o del punto cero de la historia. Más bien tiene que considerar que la historia humana –también la de la moral y la del derecho– ha comenzado desde siempre (...) concretada históricamente en las correspondientes formas de vida.

Karl-Otto Apel

Hablemos de creatividad. Nuestras respuestas o acciones son creativas cuando estamos conectados con lo que hay, con la situación particular, profundamente, por consiguiente, con el ser que la anima, que le hacer ser de ese modo, existir. Como diría Heidegger, cuando estamos en la actitud de escucha del ser. Y entonces emerge una idea, una salida, un objeto... nuevos, inéditos. Es decir que la creatividad tiene más que ver con nuestra apertura, receptividad o disponibilidad interior, que una inspiración de origen exterior, del tipo que sea. Aunque me viniese, si no soy capaz de recibirlo, de qué nos valdría. Nuestra receptividad es lo que depende de nosotros. Y no digamos cuando hay conflictos, que fue lo que se plantearon los participantes aquella tarde, en el salón principal de la Sociedad Recreativa y Cultural La Peña, un grupo menos numeroso que otras veces. Si los conflictos se perpetúan a menudo, y tanto nos hacen sufrir, herida sobre herida, es muy posible que sea esta actitud creativa la que nos falte; segada por una serie de creencias erróneas, que los participantes fueron analizando para nosotros.

Antes, repasaron algunas de las facetas de su vida, en las que ellos y ellas se sentían habitualmente más creativos. Esos contextos o momentos en que somos menos mecánicos, menos rutinarios, menos previsibles. Por ejemplo, caminando en soledad, o dejando suelta la mano, que dibuje líneas o manchas en un papel, o escuchando música, que me vengan continuamente posibles coreografías, o buscando un sitio tranquilo que me ayuda a pensar de otro modo, o bien, leyendo libros de historia, como descubro otros modos de ver el presente. Tú puedes considerarlo también: ¿cuándo sueles ser más creativo, más creativa, porque estás más receptivo, más receptiva?

A nuestros participantes les interesaba (o les inquietaba) qué son los conflictos, si pueden prevenirse y cómo prevenirlos. Y, a ello se aprestaron con bastante vehemencia. Hallar una definición era importante, pues podía suponer un punto de partida crucial para el desarrollo del diálogo. Según lo veían, en todos los conflictos aparece un bien (un objeto material, una idea o un valor) en disputa; y la disputa se desarrolla porque, acerca de ese bien, llegan a diferenciarse perspectivas, imágenes o sentimientos que, según lo viven sus protagonistas, resultan incompatibles. Es decir, que son realmente las interpretaciones básicas de cada una de las partes las que entran en conflicto, y no tanto los objetos mismos en disputa. Esto ya es importante, para darse cuenta de ello. El siguiente esquema les resultó extremadamente útil y poder encauzar satisfactoriamente la discusión: las creencias provocan emociones que conducen a determinadas acciones incompatibles, tal y como se percibe cuando el conflicto está ya avanzado. ¿Y qué sucede cuando las creencias de partida son (o pudieran ser) erróneas? Pues nada, o mucho... el conflicto irreversible está servido. Esta idea se la debemos a lo que nos han enseñado Sócrates-Platón. De ahí su actualidad, siempre.

Pero este relator no sería fiel a lo acontecido allí, aquella tarde, si no dijera que hubo un conflicto actual (y muy preocupante) que estuvo muy presente en todo momento: el (viejo, que no deja de ser por eso menos grave) conflicto palestino-israelí, recrudecido (¡y de qué manera!) estos días de una manera tan dramática. Pero, en lugar de ponernos directamente a hablar de ello, atrapados por las emociones desbordadas que podíamos sentir, adoptamos la perspectiva filosófica: la filosofía trata de principios que funcionan debajo de las experiencias y que se ven reflejados, por eso, en variados casos o situaciones. Pues bien, la distinta interpretación de sus protagonistas, quizás la más básica (piensan nuestros participantes), pudiera ser ésta: el mismo territorio es visto como “nuestra tierra y de nuestros antepasados”, o bien, como “la tierra prometida”. Por tanto, un conflicto, en términos de Karl-Otto Apel, entre la comunidad real o fáctica y la comunidad ideal. Pero, ¿no debería toda comunidad ideal, para realizarse, tener en cuenta y valorar y respetar la comunidad fáctica o existente? ¿Podría ser este error el que está en la base de este conflicto, desde sus inicios, tras la segunda guerra mundial? Nuestros participantes continuaron indagando... otras posibles creencias erróneas.

En general, los conflictos de cualquier clase pueden deberse a la falta de respeto por la visión del problema que se ha situado en el otro. Cualquier forma de anacronismo también puede ser peligrosa: nos referimos al hecho de olvidar el presente, y querer justificar el futuro (que todavía no es), a través del pasado (que ya no es). Además, los intereses inmediatos pueden cegarnos y llevarnos a malinterpretar lo que sucede, y entrar en la pelea de dos maneras: los intereses previos de las partes pueden conducir a errores de percepción, a partir de sesgos interesados, que lleve a tergiversar la evaluación del presente (y obstaculizar la búsqueda de lo mejor en cada caso); y además, incluso, puede haber ocasiones en que pueden convivir intereses que quieran usar los conflictos para su beneficio propio. Por último, según el análisis de nuestros participantes (lo que fue posible ese día), individualmente, también pueden darse creencias erróneas: por ejemplo, las que están detrás de las personas que muestran un perfil dominador; por ejemplo, necesitan dominar a otros para sentirse fuertes ellos mismos; sin duda, una falta de desarrollo interior.

Y no hay que olvidar estos dos principios erróneos, que suelen olvidarse en este tipo de situaciones humanas de conflicto dañino e irresoluble (en sí mismo, el conflicto puede ser muy productivo, si se encauza adecuadamente): 1) el denominado imperativo técnico, es decir, que si algo puedo hacerlo, tengo que hacerlo, perdiéndose de nuevo la conciencia de si es lo mejor en este caso y situación; 2) y el principio que podíamos denominar acción-reacción ciego, lo que lleva habitualmente a una escalada, cada vez mayor y peligrosa, del conflicto, una espiral de violencia, tan frecuente, a la que nos conduce la “lógica” de la guerra. Así pues, ¿qué es lo que precisamos en un conflicto para que no se convierta en irreversible, peligroso o dañino? Parar y tomar conciencia, tomar distancia de lo inmediato, mirar juntos dónde estamos y qué es lo que queremos, que sea lo mejor para todas las partes. No dejarse arrastrar. No ser pasivos, sí, porque ser pasivos es dejarse arrastrar por el conflicto mismo, continuar como hasta ahora. Por lo tanto, mejor ser activos, parar y ser conscientes. Lo otro viene sólo, pero esto necesita de nosotros. Estar abiertos. Estar atentos, disponibles, a la escucha de lo que hay. ¡Cuántas veces hacemos en estos casos de conflicto lo que siempre se hace! Por eso, ¡seamos creativos! ¿No falta de esto, en tantos conflictos que se han enquistado? Mirar de otro modo para ver... la nueva posibilidad.

domingo, 19 de junio de 2022

Sobre la tolerancia

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.9

17 de junio de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Preguntó, entonces, Hermes a Zeus la forma de repartir la justicia y el respeto entre los hombres: “¿Las distribuyo como fueron distribuidas las demás artes?. Pues éstas fueron distribuidas así: con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?”. “Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas solo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades”.

Platón, Protágoras (“El mito de Prometeo”)


Y había llegado el final de la temporada de cafés filosóficos en Vélez-Málaga. Comenzamos tomando el sol en la terraza de El pianista del Carmen, con vistas a la fortaleza, allá por octubre del año pasado, y estábamos acabando refugiados en el aire acondicionado de uno de sus espacios. A pesar de la tarde tórrida, no decayó la asistencia. Ellos y ellas no se preguntan: ¿para qué la filosofía? Han saboreado su valor. El moderador del encuentro quiso cerrar un círculo, y propuso una pregunta de autorreflexión muy parecida a la de aquella tarde de otoño. Porque el tiempo vivido no tiene la forma de una cronología, ni se trata del tiempo del reloj, sino de la duración de nuestras vidas, según Henri Bergson. Mientras tanto, nos han pasado muchas cosas, a cada cual las suyas, y ese tiempo no ha pasado en balde, lo hemos vivido de un modo y nos ha transformado de alguna manera. Por lo pronto, hemos atravesado una pandemia. Soy lo que era y no lo soy. Pues bien, piensa, “después de todo esto, me he vuelto más, o menos...”. Puede ser que yo note el cambio en alguno de mis personajes, pero puede ser que afecte a algo más profundo. Veámoslo en el caso de los participantes y las participantes, a la par que tú miras lo tuyo.

Me veo más mayor, que no es lo mismo que serlo; me he vuelto más polifacética y menos atacada; me siento más agradecida, más libre, como en mi casa; ahora soy menos idealista, menos ingenuo, quizás; me siento muy agradecida a todo y a todos; me noto más creativa, más productiva y agradezco todo esto; sigo pensando que somos más vulnerables de lo que creíamos, pero me siento vitalista; yo, sin embargo, me siento más apagada en estos momentos; percibo que estoy más relajada y que soy más paciente; ahora me valoro mucho más que antes; siento decir que aprecio más desengaño en mí; pues yo me he vuelto más independiente y más crítico, y me quiero más así.

Entrando ya en la materia del día, diremos que, siendo la tolerancia una virtud y un valor, con frecuencia abusamos de su significado y nos internamos en ciertos callejones sin salida. Ni la tolerancia tiene que ver con la condescendencia hacia los demás, ni con tener que soportar sus conductas, ni con permitirles lo que no puede ser permitido. La tolerancia posee límites, efectivamente, pero habrá que mirarlo en relación a su esencia, y no en relación al uso y abuso de tal excelencia que la práctica humana ha ido generando: el respeto por las ideas, creencias o acciones de los otros, especialmente cuando no son afines, o son contrarias, a las mías. Sólo hay que entender adecuadamente el sentido de ese “respeto”. Ahí estaba la clave. Y el grupo también sufría la ola de confusión que afecta a este concepto, y su puesta en práctica, y sucede en muchos otros casos de grandes palabras como libertad, amor o felicidad. Se mezclan sentidos y nos perdemos en los diferentes contextos particulares. Pero, para eso es el diálogo filosófico, para dilucidar y para aclararnos. Entonces, en aras de este respeto o tolerancia, ¿todo puede, o debe, permitirse? ¿Todo es tolerable? ¿Posee límites la tolerancia? Este era el núcleo de la preocupación aquella tarde, en que habíamos tenido que refugiarnos del tórrido calor que reinaba más afuera.

Primero, el grupo estuvo tratando de situar el carácter universal del valor de la tolerancia. Y claro que hay diferencias culturales, pero si nos dejamos llevar por el relativismo (“cada práctica humana sólo puede ser comprendida dentro de su propio contexto cultural o individual”), si lo extralimitamos, esto puede llevar a la confusión (y al peligro) de tener que justificarlo todo, hasta niveles, quizás, injustificables. Puede llevarnos, y de hecho nos lleva muchas veces, a una tolerancia pasiva que raya en, o se estrella contra, la indiferencia moral y a la falta de compromiso social. De ahí que el moderador propusiera probar nuestra capacidad de juicio, como diría Kant, a través de algunos casos, cosecha de los participantes y las participantes allí reunidos, que nos faciliten extraer unas pocas conclusiones básicas. ¿Qué sería absolutamente intolerable? Por ejemplo, la usurpación de la vivienda de otra persona, el abuso de menores, la mutilación genital femenina, la violencia en todas sus formas, cualquier forma de descuido de la dignidad humana, el abuso de confianza, la falta de compromiso social, el uso del velo islámico en las mujeres... Y si los pensamos a fondo, estos casos, seguro que aparecen insuficiencias en la consideración de su carácter intolerable. Es posible que, en algunos contextos, este tipo de casos puedan entenderse o comprenderse (tú mismo o tú misma, querido lector o lectora, quizás puedas pensar una situación que sea comprensiva con alguno de los casos). Esto es necesario: tolerar implica el respeto al otro como ser humano, y se gesta comprendiendo al otro y sus porqués. Pero esto es importante: una cosa es comprender, y otra muy distinta justificar o transigir con la injusticia o los atentados contra la dignidad humana.

Seguramente, podemos cuestionar el carácter universal sensu stricto, o bien su completud, de los Derechos humanos, pero también es posible pensar juntos unos mínimos morales y de justicia que, adaptándolos a cada contexto y su idiosincrasia, pudieran lograr una unanimidad de juicio y fijar un límite de lo que es tolerable, digno o no digno de ser respetado. Esta capacidad de juicio (justo y razonable) también se educa y se desarrolla. Solamente se requiere el contexto de una gradual libertad de pensamiento y de acción de las personas. Lo pensaban los filósofos ilustrados y en ello confiamos, que las aguas vuelvan a su cauce, más allá la vocinglera y peligrosa posverdad. Nuestro diálogo filosófico, en algo habrá contribuido... O eso esperamos.





domingo, 20 de marzo de 2022

Sobre la injusticia


Alegoría de la Justicia en combate con la Injusticia
Jean Marc Nattie

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.6

18 de marzo de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Ciertamente, Sócrates, me parece que la parte de lo justo que es religiosa y pía es la referente al cuidado de los dioses, la que se refiere a los hombres es la parte restante de lo justo.

Platón, Eutifrón


¿En qué consiste la injusticia? ¿Por qué hay injusticia? ¿Qué podemos hacer con ella? Tamaña cuestión la de la injusticia... ¿Podremos darle salida en un marco filosófico como el nuestro? Un encuentro de una hora y media... Os contamos lo que fue posible. Pero habréis de saber que una cosa quedó muy clara: hablar de la injusticia implica tener muy clara la noción de justicia, de modo que pueda apreciarse dicha ausencia. La mala tarde de un buen día, en el que algo llovió, no fue obstáculo para que acudieran a este encuentro sus protagonistas. De nuevo, en uno de los agradables espacios de El pianista del Carmen.

La realidad está ahí, pero mi mundo es mi conciencia. Todo aquello de lo que soy consciente es lo real para mí. Así que lo que pensamos, sentimos o queremos, aunque muchas veces parezca que está fuera, me pertenece por entero. En esta órbita se sitúa la pregunta de autoconocimiento que el moderador propuso a los asistentes, a modo de inicio del Café filosófico: ¿Qué cualidad admiras en los demás? Así, la sinceridad, la tolerancia, la constancia, la intuición, la seguridad, la coherencia, la creatividad, la templanza, el saber comunicar... ¡Y se hizo la magia! (cotidiana): «todas esas cualidades que veis fuera, ya están en vosotros, en algún grado, de lo contrario no podríais apreciarlas, no serían valiosas». Percibís que os falta, porque aún no está eso suficientemente desarrollado en vosotros. Y de ello versó el último y reciente Taller de filosofía. Pero, ¿qué pasa con lo que veo defectuoso en los demás? De igual modo, pero por una vía diferente, también está en vosotros. En este caso, como algo todavía no integrado del todo, especialmente, cuando no lo soportáis, os saca de quicio, lo odiáis, o de alguna manera os altera significativamente. Es cuestión de mirarlo... Los demás no ofrecen una excelente oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos.

¿En qué consiste la injusticia? Comencemos por esta pregunta... quizás aprendamos algo de las otras dos, las que nos planteábamos al principio de este relato. Lo primero que ha de quedar claro –conviene el grupo– es que la justicia y la injusticia se refieren a algo humano: se juegan en el trato con el otro. Y un acuerdo más: la cuestión de la justicia y la injusticia es un asunto moral. ¿Cuáles serán los ingredientes fundamentales de su definición? Lo razonable, el daño (individual o social) reconocible intersubjetivamente y la capacidad de juzgar lo correcto deberían estar presentes en su noción. La justicia tiene que ver con el trato justo a los demás (darnos lo que nos corresponde como seres humanos), que no les produzca un daño (perjuicio, discriminación...) evitable, lo cual supone la capacidad de juzgar lo que es justo. La injusticia, obviamente, sería todo lo contrario, la no observación de lo anterior. Pero, entremedias, entre los ingredientes y la noción final de justicia, vino lo mejor de la discusión.

La duda de uno de los participantes, al principio no entendida por los demás, situó al grupo en la realidad de los hechos: ¿lo injusto, cuando no es viable la justicia, dejaría de ser injusto? Esta pregunta ponía al grupo en la facticidad de las acciones humanas. Una cosa es lo que debería ser y otra lo que puede ser... Sobre lo que es justo idealmente no se discute, el problema real se refiere a lo que es posible llevar a cabo. Sería necesario distinguir, pues, entre lo justo y lo justificable, acerca de lo cual podemos dar razones de su nivel de cumplimiento. No siempre somos capaces los seres humanos de cumplir el ideal de justicia. Y por esto es por lo que se discute, habitualmente, sobre la justicia o injusticia de un determinado acto humano. El problema está en la justificación, en el ajuste o no al ideal de justicia, en el caso de una aplicación particular de la misma. ¿Y qué podemos hacer los seres humanos, seres falibles y finitos? Con la justicia y con los demás valores, a la hora de su plasmación práctica en la facticidad de lo real... Inmanuel Kant vino en nuestro auxilio: los valores son ideas regulativas. Es decir, si no podemos alcanzar un valor de una manera plena, al menos pongamos, con nuestra voluntad, el máximo empeño en aras de su cumplimiento. Y esto, aunque parezca poco, es mucho: nunca perdamos la orientación de lo que debemos hacer. Muchos males nos sobrevienen si perdemos este norte... porque acabamos persiguiendo otras metas, inadecuadas. No es lo mismo no llegar, quedarse, pero por el camino correcto, que perderse por otros senderos más peligrosos. Y esto, todos estamos cansados de verlo.

Por consiguiente, el mal de la injusticia, tiene que ver con dos tipos de ignorancia: a) creer que lo injusto es justo (desconocer la verdadera justicia), de esto no se habló aquella tarde, pues, entonces, habría aparecido Sócrates, y esto hay que llegar a ser capaz de verlo; y b) no saber aplicar mejor la justicia, en lo que se puede progresar con el aprendizaje (individual y social), como sí apareció en la discusión, de la mano del ideal regulativo kantiano. Así pues, en lugar de trabajar en contra de la injusticia, trabajemos a favor de la justicia. Salud.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Sobre la felicidad

Café Filosófico en Castro del Río 5.1

27 de noviembre de 2021, Biblioteca Municipal, 19:00 horas


Que el hombre no se deje corromper ni dominar por las cosas exteriores y sólo sea admirador de sí mismo: que confíe en la fuerza de su espíritu y esté preparado para los cambios de la fortuna, que sea artífice de su propia vida.

Lucio Anneo Séneca


¿Qué es la felicidad?

Han pasado ya diez años. Algunos participantes son testigos. Y pudiera ser que sus motivaciones, para acudir a un encuentro filosófico como este, hubieran cambiado. No todas las generaciones pasan por una pandemia. Por eso, nos preguntamos: ¿qué espero yo de la filosofía?, al comienzo de esta segunda etapa de los Cafés filosóficos en Castro del Río (ampliada a otras prácticas filosóficas). Las respuestas no sorprenden a este relator. Seguimos siendo en el fondo los mismos. Y los participantes tienen la valentía de querer ser receptivos y someter a juicio sus ideas y creencias, volver a saborear lo que ya han saboreado, porque siempre es nuevo, la valentía de exponerse, liberarse, escuchar, la valentía de atreverse a pensar de otro modo y dar lo que me ha sido dado. No es tan frecuente... Por eso acudimos a esta llamada de la filosofía y quedamos tan agradecidos al Ayuntamiento de nuestro pueblo (en la persona de Salvador Millán), porque haya querido situar a la filosofía en el corazón de la cultura del lugar.

Debía flotar en el ambiente de la reunión la sempiterna búsqueda de la Felicidad. Fue la temática más votada. ¿Está la felicidad ligada al conocimiento, tener más y más, alcanzar mejores resultados? ¿La felicidad se confunde con la alegría? Y para comenzar bien el diálogo, ¿sería mejor hacerlo por estas formas de la felicidad o es preferible partir de una definición de lo que es la felicidad? ¿Proceder de un modo inductivo (de lo particular a lo general), o bien, ir desde lo general hasta lo particular, el modo deductivo de razonamiento? Decidimos ahondar en la esencia de la felicidad para luego tratar de responder a las anteriores cuestiones sobre la felicidad. Así pues, se preguntó el grupo: ¿qué es la felicidad? ¿En qué consiste, de qué esta hecha la felicidad? Y no es la alegría, el estar contentos... Aquí se detuvo un rato la discusión. Porque la alegría es pasajera y la felicidad permanece en nosotros. Al principio, nos perdimos un poco en los nombres, o eso parecía. En realidad, la participante que se empeñaba en darle la vuelta a lo que se había dicho, quería recordarnos que la felicidad nunca es definitiva, que nunca se alcanza del todo. Ir al fondo de su réplica nos permitió profundizar en nuestra búsqueda. Para eso es la filosofía y no para pensar lo ya pensado. Óscar Brenifier (un filósofo práctico francés), incluso, iría más lejos: la filosofía nos ayuda a pensar lo impensable.

Acabada la discusión, ya sabíamos algo: que no es lo mismo la emoción que el sentimiento, que la felicidad, aunque nunca es completa, no es un simple estado de ánimo pasajero. El grupo no necesita ir a Wikipedia, porque ha vivido y ya sabe. Sócrates tenía razón: lo esencial está en nosotros, solamente hace falta recordarlo, sacarlo a la luz (y es lo que trata de hacer este encuentro filosófico, socrático hasta la médula). La felicidad es un sentimiento interior de plenitud, bien-estar, de auto-satisfacción; una “bombilla encendida” –ilustra una participante– que no se apaga nunca del todo y así se siente. Además, resiste los vaivenes de lo que sucede, porque lo importante no es lo que te pasa, sino cómo te tomas eso que te pasa, tu respuesta, tu actitud ante ello (esto sí que depende siempre de ti, nos recuerda Epicteto). Así que la felicidad también es una actitud, que sale de dentro, una mirada, desde donde se mira y se entiende y se reconoce. Tan sólo requiere su desarrollo. Es una capacidad, una potencia que necesita ser actualizada, como diría el viejo Aristóteles. Por eso, tantas veces, necesitamos un trabajo, un entrenamiento, el cultivo de lo interior. Y puede hacerse, a través de la filosofía practicada como un modo de vivir mejor (Pierre Hadot).

La felicidad, también, está hecha de compasión, se dijo esa tarde. Pero no la compasión de origen judeo-cristiano, pena con ínfulas de superioridad, sino la compasión entre iguales (“sentir con otros”). Aunque, el verdadero amor a los demás no es posible, si no se arraiga en el amor a uno mismo, el valor de uno mismo. Otro componente fundamental para sentirse uno de veras feliz es la aceptación: una felicidad que no se base en lo que hay, no tendrá futuro, serán tantas las grietas que caerá por el suelo desarmada. Y son tantos los ejemplos que conocemos... Así, el estado de duelo no es otra cosa que el proceso de aceptación de una pérdida. Y no disponemos de algo así como unas “gafas de la felicidad”. Es posible para los estados de ánimo, pero no para la felicidad. He ahí la confusión actual y la carrera desesperada por cambiar de gafas a toda costa, cuando ya no se ve bien con ellas. Muchas veces, al rato.

Pero, ¿cómo va a ser eso? ¡La felicidad también decae!, protesta una parte nosotros. Otra parte de nosotros, sin embargo, lo ve muy claro: hay algo interior, profundo, que se mantiene. Lo confirma un participante con su propia experiencia personal: la muerte de mi padre no me supuso infelicidad, él sigue en mí de otro modo; pensar en él me hace sentir pleno. Todos podemos intuir esto, si es que no lo hemos vivido todavía. Es así, es posible. El moderador del encuentro introduce una imagen que podría ayudar, quizás, a deshacer la perplejidad suscitada: la felicidad es la linea recta de un cuaderno sobre la que pueden escribirse palabras y frases con letras altas o bajas, que serían las fluctuaciones de nuestra propia vida: las frustraciones, los fracasos, los errores, los conflictos, las malas rachas... De manera que lo que se va escribiendo sobre esa línea básica no se aleja en exceso de ella. Sería como un tono general sostenido, a pesar de los altibajos de la vida.

Finaliza el encuentro filosófico con un repaso de lo hallado, y viendo cómo pueden afrontarse –ahora sí– las inquietudes iniciales: la felicidad no consiste en saber más y más, acumular más y más conocimientos, ni poseer más y más cosas, no es la alegría fluctuante, que es una emoción, no es el resultado o la meta y, menos todavía, la acumulación de resultados satisfactorios o beneficiosos, sino que es el camino o proceso mismo del vivir lo que importa. Como decía nuestro Séneca, no es el vivir mucho lo que cuenta, sino cómo se vive. ¡Cuánto aprendemos de las tradiciones sapienciales que han llegado hasta nosotros! Aunque soterradas bajo la dura costra de la modernidad tecnológica y consumista, la ansiedad y la inmediatez. Tanto en oriente como en occidente lo sabían: no es tener, sino SER, desarrollando todas nuestras cualidades esenciales: el amor, la felicidad, la inteligencia, la voluntad, el bien, la belleza. Pero esto ya quedaría para nuestros Talleres de filosofía, si acaso. ¡Mucha salud y felicidad!


lunes, 22 de noviembre de 2021

Sobre egocentrismos

 Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.2

19 de noviembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas

¿Pensar en uno mismo es aceptable?

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

Antonio Machado

Vivir es acomodarse, que no es lo mismo que resignarse. Así, nuestro segundo Café filosófico de la temporada hubo de recrear un espacio idóneo para poder acoger a las más de veinte personas que acudieron a la llamada de la filosofía compartida, el filosofar juntos. Nuestro nuevo local, El Pianista del Carmen, lo permite y lo hace totalmente factible. Quedamos agradecidos.

Y, como el día anterior se había celebrado el Día mundial de la filosofía, el animador del encuentro, amante él, no pudo resistir el impulso de plantear a los asistentes –un buen equilibrio de jóvenes y adultos– lo que pudiera ser una raíz del permanente riesgo de desaparecer la filosofía de las aulas: su utilidad o inutilidad. Leyó una declaración de Jorge Luis Borges y, acto seguido, planteó una cuestión a los participantes, como es habitual, para que se presentaran y, esta vez, para que reconocieran qué es útil en la vida:

(…) dos personas me han hecho la misma pregunta; la pregunta es: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

De todas cosas útiles en la vida, que dijeron, la inmensa mayoría (escuchar, el lenguaje, el tiempo, el autoconocimiento, colaborar, comprender, la empatía, buscar la felicidad, la libertad, la amistad, la duda, la atención, etc.) no son reducibles fácilmente, y sin pérdida, a un cálculo utilitarista o pragmático, como es el predominio hoy día. Y tiene razón Borges: qué extraña pregunta es esa, y tan frecuente, ¿para qué sirve...? Como si “el valer” hubiera sido puesto por delante de “ser”, y no al revés, como debería. ¿Para qué sirve la filosofía? Qué pregunta más rara, convinieron los participantes con su actitud y su práctica: la filosofía sirve para plantearnos todo esto.

Después de varias votaciones, el egocentrismo se postuló como la temática latente entre los participantes y, durante el diálogo, se perfiló a través de esta pregunta: ¿Pensar en uno mismo es aceptable? (Distinto de preguntar si es aceptable pensar por uno mismo; aunque, en un un diálogo como el nuestro ésta es una condición necesaria para todo lo demás, claro). Y fueron apareciendo las habituales dicotomías, radicadas en la separación entre yo y los demás. Y, quizás, aquí se sitúa tanto el origen como la salida de este problema del pensar en uno mismo o en los demás, el dilema típico entre egocentrismo y altruismo. Veamos.

Cuidar de mí, ocuparme y preocuparme por mí, pensar en mí y hacerlo respecto a los demás, ¿es incompatible? No, responden. Si no me ayudo a mí mismo, no puedo ayudar a los demás. Esto es necesario. No es impensable la figura de un “egoísmo altruista”. Hay incompatibilidad cuando mirar por mí es excluyente, cuando significa ir contra, es decir que para ser yo necesito ir en contra de otros. Y solamente de esa manera he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo. Esto es lo que Nietzsche llamaba el espíritu reactivo del resentimiento y la debilidad. Soy más, si tú eres menos. Sin embargo, reconocerme a mí mismo lleva de una manera natural a reconocer a los demás.

Pero interroga uno de los participantes: en un mundo injusto, ¿pensar en mí sería éticamente aceptable? Y se plantea la cuestión del servicio a los demás. ¿Puedo ayudar de verdad, genuinamente, a otro, si yo estoy mal por dentro? Si busco el servicio a los demás para escapar de mí mismo, ¿le hago un bien, me lo hago a mí mismo? Es muy posible que los demás nunca puedan rellenar lo que me falta. Todo lo más, serían la ocasión para desarrollar lo que ya tengo, expresar lo que ya soy. De otro modo, es muy posible que, sin darme cuenta, acabe proyectando la oscuridad de mis propias sombras. Esto es algo para meditar, y el grupo te lo pone delante.

Es muy posible que, si yo pudiera conectar con el fondo inteligente que soy, el afecto y la voluntad intrínseca que hay en mí –que somos y lo hay en todos nosotros– y aprendiéramos a confiar en ello, todas las dicotomías, todas las dualidades que nos provocan tantos disgustos, tantos conflictos y desgarros existenciales, pudieran diluirse como un azucarillo en el café. “Yo pienso”, “yo quiero”, “yo amo”, pero ni lo hago yo solamente, ni estoy yo solo en esto de vivir.

martes, 19 de octubre de 2021

Sobre la fragilidad humana

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.1

14 de octubre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


Los seres humanos, ¿somos tan frágiles?


El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No se precisa que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, sería el hombre más noble que quien lo mata, puesto que sabe que muere, por qué muere y sabe la superioridad que el mundo tiene sobre él. El universo, en tanto, nada sabe de esto.

PASCAL, B. Pensamientos


Seguimos siendo los mismos, aunque todo haya cambiado. Después de este tiempo, año y medio después, volvemos a nuestros tradicionales Cafés filosóficos. El nuevo escenario, la Cafetería El Pianista del Carmen, se nos ofrece gentilmente como un espacio que cuenta con muchas posibilidades, sea cual sea la época del año o el desarrollo de la pandemia.

Después del preámbulo del coordinador de este encuentro, sobre medidas de seguridad, sobre lo que es y lo que no es un Café filosófico, sobre su origen y finalidad, pregunta a los asistentes veteranos: ¿Qué habéis echado en falta de estos encuentros? Y, a los nuevos participantes: ¿Qué nombre le pondrías a aquello distinto en vosotros, tras la pandemia, sobre el mundo, sobre vosotros mismos? ¿Cuál es vuestra mirada o actitud nueva? Y esta pregunta también se dirige a ti, que no has asistido.

En concreto, este diálogo tuvo lugar porque uno de los participantes propuso la necesidad de tomar conciencia de nuestra propia fragilidad como seres humanos. ¿Somos frágiles? Pero, ¿qué es ser frágil? Y lo hallamos por la vía negativa: no ser fuerte, poderoso, orgulloso, seguro, dueño, quizás prepotente... Y ha quedado en evidencia, en este tiempo, que no somos tan fuertes como creíamos ser. Pero ser poderoso o fuerte, ¿de qué depende? ¿Depende de si tienes mucho o no lo tienes, de si tienes éxito o no lo tienes? Dijeron ellos y ellas: “Solamente la ignorancia puede llevarnos a creer que somos fuertes”.

¿Cuántos, que se creen fuertes, porque lo son en un aspecto o momento de su vida, no lo son tanto? Para que una cadena sea fuerte, han de serlo todos sus eslabones. Si uno falla, la cadena se rompe. Este símil, tan esclarecedor, les llevaba a distinguir fragilidades. Y la fragilidad emocional es crucial, pues si ella cae, cae toda otra fortaleza. No obstante, esta faceta de lo humano puede fortalecerse, dijeron, se puede aprender a gestionar mejor tus emociones y que no te paralicen o te sobrepasen. Y nos ayuda escucharnos a nosotros mismos y a los demás, lo que pasa y lo que nos pasa. Unos de otros, como poetizaba Hölderlin. También podemos vivir de veras, conscientemente, nuestras emociones más negativas, y muchas cosas más, en lo que podemos ejercitarnos, para volver a conectar con nuestro fondo. ¡Cuánto se echa en falta en la escuela el aprendizaje de las emociones!

Pero, ¿es preferible que nos sintamos débiles o, mejor, su opuesto? ¿Sentirnos como somos, que también somos frágiles, nos hace más fuertes? El que lo ha probado, lo sabe. El ser humano se alimenta de las paradojas, para poder ir más allá de ellas. No hay nada tan peligroso como la prepotencia. Los antiguos griegos lo sabían. El titán Prometeo, el bienintencionado benefactor de la humanidad, es testimonio de los variados peligros de la Hybris o insolencia, cuando el ser humano se enfrenta a los misterios de la vida y el sagrado orden cósmico. Y lo estamos sufriendo en relación con nuestra casa más grande, el planeta.

Ahora bien, pensadlo, como lo pensaron ellos y ellas: si las cualidades humanas pueden desarrollarse, en este caso, si la fragilidad humana puede llegar a fortalecerse, de un modo consciente, y no ciego o peligroso, es que ya somos fuertes... No puede desarrollarse lo que no se posee, lo que no se es, esencialmente. Nos enseñó el viejo Aristóteles, para el que quiera verlo, que sólo puede realizarse lo que ya está en potencia, en cuanto tal potencia. El manzano cría manzanas porque así es su naturaleza, desde la semilla. Por lo mismo que no puede dar naranjas. Salud.