Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
Mostrando entradas con la etiqueta Momentos filosóficos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Momentos filosóficos. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Estar en lo que se está




Observamos a un niño pequeño jugando con un objeto cualquiera, lo maneja entusiasmado como si lo viera por primera vez, tan metido en el juego que no existe nada más en el mundo. Está en lo que está. Observamos ahora a nuestro acompañante en el cine, absorto en la pantalla. En ese momento no sabe que él existe, pero existe. No es consciente de sí mismo como sujeto que mira las imágenes de la pantalla, pero sabe lo que está pasando, y luego, si le preguntas, te cuenta todos los detalles de la película y lo mucho que le ha gustado. Es decir, que en dicho estado de conciencia, tú estás allí, tú ves, pero no te ves a ti mismo (¿cómo puede ser eso?). Si embargo, como estás en lo que estás, estás a pleno rendimiento.

Imagínate si este estado lo pudieras llevar a tus tareas diarias. Así de concentrado, ¿en cuanto tiempo podrías acabar tu trabajo? Seguro que en mucho menos tiempo de lo habitual. Y a nuestros alumnos, ¿qué les pasa cuando no rinden en clase? Eso es: no están atentos, no están en lo que están. Sin embargo, tenemos la suerte de que la atención se puede educar, se puede ejercitar. ¿Cómo? Aprendiendo a atender al presente. Esto es posible cuando atendemos a lo que está aconteciendo. Lo sabrás porque tú has desaparecido como sujeto mental, pero estás completamente presente en la situación, realizando de manera muy productiva tu tarea. Estás fundido en ella con el objeto. O mejor dicho: no hay sujeto ni objeto, no hay dualidad. Compruébalo. Estás presente cuando tu “yo superficial”, con toda su carga de preocupaciones, deseos y juicios de valor que te desconcentran, estresan e inquietan, está ausente. Si aprendes a quitarte de en medio, disfrutarás mucho más de lo que estés haciendo y además serás más eficaz. Tu yo profundo actúa por ti, es decir, realmente tú mismo.

sábado, 23 de mayo de 2015

¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo? Podríamos pensar a primera vista que la inquietud humana contenida en esta pregunta es egocéntrica, que responde a una conciencia muy moderna y muy occidental, que el sujeto es un descubrimiento de aquí. Cambia la situación, si me doy cuenta de que lo que yo soy, ya lo soy, ya lo he sido siempre. Pero más cerca de casa, todavía, nos deja sentir que somos un algo más del universo, y que si todos formamos parte y venimos de ahí, todos somos ese universo. A través de esta perspectiva, no es tan difícil situar la envergadura de la pregunta “¿quién soy yo?” en la universalidad del anhelo humano por saberse y por ser, como todos los demás seres del aglomerado de partículas de galaxias y estrellas que nos compone y recompone continuadamente. Es tan universal la pregunta que la vida de todo ser humano se esmera sin apenas desfallecer, consciente e inconscientemente, por rondarla y agradarla. Yo mismo soy un caso particular de ti mismo. Seas joven o viejo, niño o adulto, mujer o varón, rico o pobre, más sabio o menos sabio.
Porque nos preguntamos ahora por nuestra esencia y no por nuestras cualidades, lo que somos de verdad, en el fondo de nosotros mismos. Imagina que somos como una lechuga: comienza a deshojarla, capa a capa, si llegas al cogollo, habrás llegado al centro desde donde se despliegan uno tras otro los niveles de tu conciencia personal. De este corazón sale todo lo demás. Te puedes quedar en la superficie, pero entonces ignoras el fondo oceánico, del que emergen y donde se anclan todas las olas; tus oleadas de entusiasmo y de tristeza, tu afán egoísta unas veces y más compasivo otras, tus carencias y tu plenitud, si eres paciente en el mirar. Mira adentro, comprenderás lo de fuera. Descubre la verdad. Retira por un momento la tapadera de la realidad sensorial y más densa para alcanzar la sutileza de la vida y la existencia. No te quedes en lo que te han dicho o en lo que has oído —presta más atención—, mira bien lo que somos. A cada momento, puedes hacerte esta pregunta: “Si yo no fuera todo eso, ¿seguiría siendo el que soy?”. Tú eres tu nombre, tu fecha de nacimiento y donde vives, pero sin ellos, ¿ya no serías tú? Tú eres tu cuerpo, pero si tuvieras otro cuerpo distinto, ¿no seguirías siendo tú mismo? Tú eres tu profesión, pero ¿sólo eso? Eres “trabajador, amable, buen compañero, juguetón y buen amigo, más nervioso o más tranquilo”, eres muchas cosas. ¿Sabrías distinguir lo más profundo de ti y no confundirlo con lo más aparente? Quizás lo más hondo sea lo más importante, más adelante en nuestras vidas.
Te copio una serie de respuestas posibles. De ellas, ¿cuáles te parecen que son más básicas, más esenciales?Aristóteles ya te previene para que no te quedes colgado de lo accidental (que puede darse, pero podría no darse: de este modo, ser humano es esencial, pero no ser blanco o negro de piel, que sería accidental). Yo soy: “bueno, amor, alguien que ayuda, capaz de resolver problemas, ordenado, sereno, listo, una persona, positivo, original, alguien que aprende, yo mismo, alguien que llega a ser, que tiene buen corazón, feliz, un ser vivo, de carne y hueso, diferente, alguien que se quiere a sí mismo, lo profundo de mi corazón”. Todas ellas son respuestas que te ofrecen —después de un trabajo filosófico— unos niños y niñas de entre 7 y 11 años, durante el desarrollo de unos recientes talleres de filosofía con ellos y con ellas*, siguiendo la metodología de Óscar Brenifier.
Si te sorprende la hondura de algunas de sus conclusiones —que luego transformaron en algo más personal—, quizás debes preguntarte conmigo lo siguiente: ¿En qué momento y por qué motivo va perdiéndose esta capacidad de preguntar por nosotros mismos? En lugar de un pensamiento mecánico, más creativo, más conciencia y menos dejarme arrastrar por la corriente; en lugar de respuestas ya dadas, buscarlas, mis respuestas, no las que esperan de mí, acordes a la imagen que me voy formando de mí mismo, a base de creerme lo que otros me dicen —o muestran— que soy. Todos somos filósofos, puesto que buscamos saber para ser, entonces, ¿cuándo y de qué manera dejamos de filosofar? Algo de ello adviene cuando alejamos la vida de la filosofía, o bien, cuando desligamos la reflexión filosófica de la propia vida humana de cada uno de nosotros, que para el caso viene a ser lo mismo.

Imagen| Yo soy: Lo profundo de mi corazón (Irene, 8 años)
Más dibujos: ¿Quién soy yo?
*Estos talleres de filosofía se realizaron en el CEIP El Romeral de Vélez-Málaga

Publicado en Homonosapiens

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El arte de quitarse de enmedio

Occidente busca saber, oriente siempre ha buscado experimentar y ser. Unir y sintetizar en vez de analizar y delimitar. En lugar de fijar fronteras, integrar y amar. A cambio de racionalizar y reducir a esquemas lógicos, oriente ha ido más allá, a lo transracional, que no puede ser explicado con palabras o razones lógicas simples, sino que hay que experimentar, que saborear. Así ocurría también en las escuelas antiguas de filosofía occidentales, en donde se practicaban ejercicios espirituales para conocerse a uno mismo (si alcanzas este estado de conciencia, conocerás a los demás y al universo entero, rezaba en el templo de Apolo en Delfos). Frente al voluntarismo occidental, estaría la capacidad oriental para confiar en que todo se hará por sí mismo, si tú no intervienes en exceso (actuando sin actuar, y sin actuar actuando, recomienda el Tao). No te resistas a lo que es, acéptalo. A partir de ahí, tu acción podrá ser más rica, más espontánea, más creativa, más adecuada. Si no comienzas aceptando lo que es y como es, mal comienzo, pues no partirás de la realidad misma.

Occidente ha ido olvidando muchas cosas importantes que oriente ha sabido mantener vivas —esperemos que ellos mismos no las olviden y no tomen el camino sin retorno que occidente ha tomado—, de ahí que nos resulte tan atractivo hoy día a los occidentales. Occidente pretende conocer y controlar racionalmente, disecciona; oriente experimenta y practica. Por eso, un libro iniciático sobre el Zen, como el que estuvimos comentando el otro día en el seno del grupo de lectura de la Biblioteca pública de Castro del Río, puede suscitar tanta perplejidad entre nosotros. En realidad, intenta trasladar con palabras una experiencia, y por eso el Zen, como otras tradiciones orientales, utiliza la paradoja. Así se provoca un cambio de mente, un nivel de comprensión y de conciencia más allá de la conciencia lógica ordinaria —aunque para nada la deja aparte de ella—. El libro de Eugen Herrigel, muy conocido y muy recomendable —mejor si es una buena traducción—, El Zen en el arte del tiro con arco, es una introducción a la filosofía y espiritualidad del budismo Zen, a través de la descripción de su experiencia de aprendizaje del arte japonés del tiro con arco (kyudo). Esto le ocurrió a este profesor de filosofía alemán entre 1924 y 1929 y más tarde escribiría este librito clásico sobre este “arte de quitarse de en medio”, “desprenderse de uno mismo” —nuestros pensamientos, temores y expectativas personales— que es el Zen, para poder dejar vía libre a lo que profundamente somos, a una experiencia mística de unión con todo, no reservada a unos pocos, como la tradición religiosa occidental así lo ha pretendido. Pues comienza a abrirse a nosotros esta experiencia simplemente cuando somos capaces de atender al momento presente. Como diría un castreño, “cuando se está en lo que se está”. Y todos hemos tenido al menos un atisbo de esta experiencia cuando nos encontramos absortos realizando una tarea, contemplando una película —metidos en ella— o jugando un juego por jugarlo, no para ganar —y entonces es cuando puedo ganar más—. En esos momentos mágicos, estamos pero no estamos, y somos más eficaces y sentimos más intensamente. Una especie de “inconsciencia consciente” que nota que algo más allá de su propia yoidad personal realiza la tarea, pues ésta parece que se hace por sí misma, y que está ordenada por sí misma. Entonces, el artista crea genuinamente y el lector deja de interpretar lo que lee —o el oyente de música ya no juzga lo que está escuchando— pero comprenden mejor que nunca lo que es el ser humano y la vida misma.

El tiro con arco —como el arte floral (ikebana), el arte de la espada samurai (bushido), las demás artes marciales, la poesía o la pintura japonesa tradicionales—, por tanto, no son meras artes prácticas, son “una maestría cuyo origen ha de buscarse en ejercicios espirituales que tienen por finalidad acertar en lo espiritual. En el fondo, el tirador apunta a sí mismo y tal vez logre acertar en sí mismo”. Cuando ello ocurre el tiro con el arco “cae” solo, como fruta madura, y se acierta en el blanco. Así también puede ser en nuestras vidas, con el estado de ánimo adecuado. El arte del tiro con arco es una suerte de meditación, un camino práctico de meditación interior, que luego tiene traducción exterior en nuestras vidas. Y allí anduvimos aquella tarde tratando de comprender entre todos los asistentes —en su inmensa mayoría, mujeres— el significado espiritual de estos ejercicios que apuntan a nosotros mismos, apreciando que la espiritualidad es anterior a la religiosidad y que no es algo privativo de las personas que profesan alguna fe religiosa particular —de hecho, puede haber personas espirituales que no sean religiosas y viceversa—. Varias horas de agradable y amena conversación, con algunas proyecciones de vídeo, donde la amistad desinteresada —o filía aristotélica— pudo campar a sus anchas y rebosar con suma facilidad.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Día Mundial de la Filosofía



20 de noviembre de 2014
SALA DE USOS MÚLTIPLES
IES JUAN DE LA CIERVA


-DOS VÍDEOS: ¿Para qué sirve la filosofía?

-LECTURA:Carta a Meneceo

-EL CONSULTORIO DE EPICURO

-CAFÉ FILOSÓFICO (21 de noviembre, Cafetería Bentomiz)


lunes, 30 de junio de 2014

Sobre el autoconocimiento

Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.9
13 de junio de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

  
Te advierto quien quiera que fueres. ¡Oh!, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh!, mortal, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los Dioses.

            Inscripción del templo de Apolo en Delfos.

Yo debería verlas [las cosas que existen], apenas verlas;
Verlas hasta no poder pensar en ellas,
Verlas sin tiempo, ni espacio,
Ver pudiendo prescindir de todo menos de lo que se ve.
Es esta una ciencia de ver, que no es ninguna.

Fernando Pessoa, del poema “Vive”.


    ¿Quién soy yo?

¿Cuánto tiempo puede llevarnos descubrir una orientación adecuada de la pregunta “quién soy yo”? Atención: no la respuesta, la pregunta. La más decisiva, pues está referida a ti. ¿Quién eres tú? No se pregunta dónde vives, aunque también; no se pregunta cómo te llamas, aunque también; no se pregunta cuántos años tienes, aunque también; no se pregunta cuáles son tus aficiones favoritas, aunque también. Se está preguntando por ti mismo. Sigue leyendo, pues este relato de lo que dijeron los participantes del último café filosófico de la temporada te interesa para proceder con tino, para que no te marees por ahí dando vueltas en el bosque de la vida. Te ofrecen el primer paso para tu propia búsqueda bien orientada.

De hecho, a los participantes se les pidió, a modo de autoexamen, que comunicasen al resto “aquel valor central en torno al que gira mi vida en estos momentos”. No lo que me gustaría ser o cómo me gustaría que fuese todo, sino lo que es, lo que es operativo en mi vida. Así que el discurrir del encuentro, y aún su contenido, puede que estuviera prefigurado por este comienzo. (Quién sabe). Quizás el propiciador del encuentro condiciona más de lo que a él le gustaría. O quizás sólo trata de ser permeable. La cosa es que se fueron desgranando algunos valores muy apreciados de los allí presentes.

—Mi nieto, por la ocasión que me ofrece de expresar mi amor.
—La justicia social, para ello trato yo mismo de no ser injusto.
—Mis amigos, mi familia, centran mucho mi atención.
—Encontrar mi camino, que ahora se traduce bastante en tratar de encontrar una salida profesional.
—La responsabilidad, actualmente y principalmente hacia mi hijo.
—La paciencia, practicarla constantemente. La paciencia no pertenece a la familia de la resignación.
—Interesarme por el otro. —¿Incluye a los que están en el entorno cercano a ti?
—¿Y tú qué? Nunca dices nada.
—Bueno. Creo lo que dirige mi vida en estos momentos es el intento de conocerme a mí mismo a través de los demás. —¿Tiene esto algo que ver con la organización de cafés filosóficos?

Así que no fue tan raro que el tema del autoconocimiento se impusiera frente al valor de la tradición —parece que nunca será su momento— y al poder de las creencias. El conocimiento de uno mismo… Los griegos de la antigua Grecia, allí donde se concibió el huevo iniciático de nuestro mundo, plasmaron en el templo de Apolo en Delfos lo fundamental: conócete a ti mismo y conocerás al universo y los dioses.

Pero, ¿cómo conocerse? ¿Por qué es necesario conocerse? El grupo vio muy claro que para saber quiénes somos, necesitamos también atender a las anteriores cuestiones. De la primera (la manera de llegar a conocerse), te indicarán el camino al final, como habíamos anunciado; de la segunda tendrás noticia a continuación.

¿Es necesario conocerse?
—Yo me he ido descubriendo quién soy sobre la marcha.
—¿Y cómo se hace eso?
—Simplemente viviendo.
—No ocurre del todo conscientemente. Nadie quiere encasillarse o que lo encasillen. Pero ocurre espontáneamente poco a poco, que te vas conociendo.
—Y no esperéis una cátedra acerca de lo que sois. Simplemente, se trata de ser conscientes.

En este momento una joven participante, que asistía por primera vez al diálogo filosófico, quiso aclarar mejor qué es esto de “ser consciente”. Todo el grupo se lo agradeció bastante. Y eso que ella no sabía que su aclaración traía detrás toda una tradición de filosofía sapiencial. Además, lo que aportó se basaba en una experiencia personal. Había aprendido a identificar por ella misma lo que en cada momento sentía o le pasaba, sin juzgarlo, tan sólo observarlo. Ver, mirar sin juzgar, ser conscientes, esto ya es mucho y es terapéutico. Sin duda, este tipo de perspectiva sobre nosotros mismos la estaréis oyendo por muchos lados. Ahora bien, la filosofía de todos los tiempos (occidental, oriental o de otras latitudes) no se confunde con la autoayuda empaquetada para consumir, usar y tirar; no se confunde con las recetas fáciles, bienintencionadas, frases bellas con que adornar la habitación de nuestra mente; no se confunde con las técnicas del Coaching, tan de moda, pues no es un saber instrumental que se agote en la consecución de objetivos o metas, logros deportivos, laborales o empresariales. Es un saber integral de ti mismo y del mundo, que te puede llevar a ser más eficaz en tus quehaceres cotidianos, pero que no se reduce a ello; pues está referida la filosofía a una actitud vital, que es filosófica. Un modo de vida, como lo era más clara y asiduamente en la antigüedad.

—Pero me doy cuenta de que lo que soy también se me ha dado ya hecho. ¡Y ahora necesito saber si ése soy yo!
—Entonces, ¿por qué es necesario conocerse?
—Para empezar, porque así seremos más capaces de romper con la imagen de los demás que nos hemos dejado poner en nosotros, o bien de nuestra imagen que ponemos en los demás.
—Realmente —afirma uno de los participantes— a lo largo de nuestra vida pasamos por diferentes fases, unas menos reflexivas y otras más reflexivas.
—Sí, y unos evolucionan antes y otros después.
—Cierto.

Pero —se concluye entre todos, después de una breve discusión—, todo el mundo se ha planteado quién era en algún momento de su vida. Quizás, sólo necesita el momento propicio, que puede venir forzado desde fuera (una desgracia, una sorpresa, una injusticia…) o desde dentro alumbrado (una conciencia especial, un aprendizaje, una conversión…). Sin embargo, el verdadero autoconocimiento siempre está ligado al yo interior. Si te importa demasiado tu yo exterior, compuesto, condicionado, parcial, que acumula, que calcula, que posee y que se apega a lo que posee, susceptible, voluble, cargado de miserias y de grandezas ocasionales, que se aísla, se entretiene y vive de narcóticos, si es así, estarás perdido. Esta vía no la sigas. Ellos no te lo aconsejan.

“¿Os conocéis ya?”. Esto les preguntó —al parecer, según contó una de las participantes adultas— el cura a ella y a su pareja en un momento del cursillo prematrimonial. Ella se quedó perpleja. ¿Cómo se iban a conocer ya, tan sólo por llevar varios años de conocerse? ¿Preguntaba este sacerdote por el yo superficial? “Nos vamos conociendo”, dijeron ellos con buen tino.

Pero, el planteamiento del yo interior y el yo exterior suscitó una paradoja en el transcurso de la discusión: la paradoja de la responsabilidad hacia los otros o la traición hacia mí mismo. Paradoja que persiste tan sólo si no me incluyo yo en mi propia responsabilidad. “Tengo que hacerlo”, puedo decirlo desde lo profundo de mí mismo o desde mi yo aparente, que es circunstancial y egoísta. Mi responsabilidad ni me excluye a mí, ni puede excluir a los demás. La pregunta “quién soy yo”, se refiere, así pues, a mi yo interno, mi yo profundo, mi yo real, que nunca es excluyente. Lo otro, lo externo, lo superficial, las apariencias son encrucijadas del camino, en las que he de tomar decisiones. Por ejemplo, para saber decir no cuando haya que decir no, y decir sí cuando hay que decir sí. El ahora es el momento, es el único momento. ¿Quién soy yo, entonces? Habíamos efectuado el trabajo previo de desbroce, para que tú no te desorientes, no extravíes tu búsqueda, que es tuya, pero has de saber que hay caminos prácticamente impracticables.


Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo. Puedo ver y sentir mi cuerpo, y lo que se puede ver y sentir no es el auténtico Ser que ve. Mi cuerpo puede estar cansado o excitado, enfermo o sano, sentirse ligero o pesado, pero eso no tiene nada que ver con mi yo interior. Tengo un cuerpo, pero no soy mi cuerpo.

Tengo deseos, pero no soy mis deseos. Puedo conocer mis deseos, y lo que se puede conocer no es el auténtico Conocedor. Los deseos van y vienen, flotan en mi conciencia, pero no afectan a mi yo interior. Tengo deseo, pero no soy deseos.

Tengo emociones, pero no soy mis emociones. Puedo percibir y sentir mis emociones, y lo que se puede percibir y sentir no es el auténtico Perceptor. Las emociones pasan a través de mí, pero no afectan a mi yo interior. Tengo emociones, pero no soy emociones.

Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos. Puedo conocer e intuir mis pensamientos, y lo que puede ser conocido no es el auténtico Conocedor. Los pensamientos vienen a mí y luego me abandonan, pero no afectan a mi yo interior. Tengo pensamientos, pero no soy mis pensamientos”.

Ken Wilber

lunes, 16 de junio de 2014

La ciudad análoga

Ya sabíamos, por nuestros diálogos socráticos anteriores, que la arquitectura no es ajena a la filosofía, ni viceversa. Y como ellos lo sabían, éste que les habla fue invitado a asistir a una mesa redonda en la Casa Sostoa (Málaga). El lugar recóndito, la casa insólita. Como todo lo que merece la pena. Al cruzar el umbral, no te introduces en un apartamento de un bloque de siete plantas, tampoco en la casa u hogar de alguien, ni en una sala de exposiciones, ni en un museo acartonado…, desembocas en un espacio que es todo ello a la vez. En sus paredes se exponen y renuevan obras de arte, la vida de su cuarto de baño o de sus dormitorios se aparea con el arte vivo. Nada es casual, ni es meramente particular y subjetivo, pues está para ser contemplado y disfrutado por parte de muchos, para comunicarse con otros y aportarles algo, nuevas visiones del mundo. Así que también se celebran actos culturales y artísticos.

Aquella tarde de un cinco de junio (de este año de 2014), estábamos para dialogar sobre La Ciudad Análoga que pugna con La Ciudad Lógica, quizás de origen cartesiano, según veremos más tarde. La instalación Laboratorio urbano personal, de Antonio R. Montesinos “sirve de metáfora” a los asistentes para hallar su ciudad ideal, a través del formato de una mesa redonda, moderada por José Antonio Moreno, a la que siguió un animado y espontáneo debate.

Y hay que decir que este amante de la filosofía se sintió como en su casa, no solo por la cálida acogida, ni por el café previo que siempre genera mundología con que nos recibieron, sino porque, frente a lo esperado, tanto las intervenciones como la discusión posterior fueron muy filosóficas. Que a la filosofía le interesa todo, y sobre cada cosa adopta su perspectiva reflexiva, general y crítica, ya lo sabíamos; que cualquier conversación tiende, si se le deja un tiempo suficiente de maduración, a volverse esencial y básica, también lo sabíamos por nuestra experiencia durante el transcurso de los Cafés Filosóficos; pero, nuestra sorpresa fue que el inicial temor (“¿Qué hace un aprendiz de filósofo en un sitio como éste?”) se disipó por completo al ir comprobando el enfoque que iban adoptando las distintas intervenciones. Allí no se perdió el debate en una serie de ropajes técnicos, sino que atracó en los fundamentos; allí se vino a hacer Filosofía de la Ciudad.

Carlos Hernández desenmascaró el racionalismo y la política oculta de la ciudad actual, que incluso afectaba a la instalación que ocupaba el centro físico de la reunión. Ignacio Jáuregui reivindicó la utopía sin recaídas racionalistas ni vitalistas exageradas. Antón reivindicó una ciudad no diseñada para los automóviles, como la que vivimos, sino ajustada a la dimensión de los seres humanos. Luis, dibujante de la ciudad, contrastó la ciudad ideal sobre el plano o un dibujo con la ciudad que ha sido apropiada por las personas, por quienes producen vida, y en donde lo importante es lo que sucede en dicho espacio real, el encuentro social y personal que hace posible. Susana García, a quien se pretendía encasillar en la cuestión de la “ciudad y el género” —no sin antes destacar que las mujeres protagonizan más de la mitad de los usos de la ciudad—, prefirió hablarnos de “la ciudad que he experimentado”, haciendo “safaris urbanos” y reivindicar que aquellas partes de las ciudades denostadas por muchos arquitectos actuales, que sienten complejo del trabajo realizado durante el desarrollismo urbano de décadas precedentes, han sido reconquistadas por la gente y dotadas de vida en ebullición.

Después del debate posterior, una conclusión a la que llegó éste que les habla, con la ayuda de la rica discusión que se fue prolongando un buen rato, fue ésta: todos los actores de la ciudad, inclusive automovilistas y negocios franquiciados, hacen lo que tienen que hacer. Hacen todo lo que pueden hacer para salir adelante. ¿Cómo lograr una ciudad para todos, al gusto de un mayor número de ciudadanos? Se propuso la participación de los habitantes de la ciudad. ¿Cómo llevarlo a cabo? Esa es la cuestión, pero puede lograrse. Muchos de los allí presentes eran técnicos y dijeron que podía hacerse. Con información pública, con sensatez, participando en las decisiones que luego les van a afectar, por parte de la ciudadanía, que es la que va a vivir en la ciudad. En lugar de una política de los políticos o de los actores económicos privilegiados, una política del pueblo. Una política participativa de la ciudad. Esto hace falta en muchos órdenes de nuestra vida social, ahora sabemos que también en el orden urbanístico.

Otra conclusión fue constatar que también la arquitectura y los arquitectos están instalados actualmente en una constante búsqueda de identidad, lo mismo que la filosofía. ¿Para qué sirve la filosofía? ¿Para qué ha de servir la arquitectura? ¿Qué tipo de sociedad, qué tipo de ciudad, queremos ayudar a construir como arquitectos? ¿Qué clase de Demiurgos queremos ser? Lo cual nos parece una buena señal de que tanto una como otra están vivas y no desean desprenderse de la impermanencia que es una propiedad esencial de la vida.

Pero, constatemos ya el origen de la Ciudad Lógica, a través de un texto de René Descartes:

“Una de las primeras [reflexiones] fue la que me hacía percatarme de que frecuentemente no existe tanta perfección en obras compuestas de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como existe en aquellas que han sido ejecutadas por uno solo. Así, es fácil comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo la dirección de un mismo arquitecto son generalmente más bellos y están mejor dispuestos que aquellos que han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose para ello de viejos cimientos que habían sido levantados para otros fines. Así sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en sus inicios sino pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo grandes ciudades. Éstas generalmente están mal trazadas [a compás], si las comparamos con esas otras ciudades que un ingeniero ha diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues, si bien considerando cada uno de sus edificios aisladamente, se encuentra tanta belleza artística  o aún más que en las ciudades trazadas por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus edificios están emplazados, uno pequeño junto a otro grande, y cómo sus calles son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad y no el deseo de unos hombres regidos por la razón lo que ha dirigido el trazado de tales planos” (Descartes, Discurso del método, Segunda parte).

domingo, 27 de abril de 2014

¿La vida necesita de tantas normas?

Los Baños del Carmen, 10 de abril de 2014


“El sistema se ha convertido en lo importante. Por consiguiente, como el sistema es lo que importa, el hombre —vosotros y yo— perdemos trascendencia; y los que controlan el sistema religioso o social, de izquierdas o de derechas, asumen la autoridad, asumen el poder y así os sacrifican a vosotros, al individuo. Eso exactamente es lo que está ocurriendo (Krishnamurti, La libertad primera y última, edición original 1954)


El encuentro filosófico del grupo de trabajo de Los Baños del Carmen, compuesto de demiurgos o filósofos arquitectos, no consistió esta vez en un diálogo socrático, sino en una probatura de los cafés filosóficos. Y la experiencia mostró que la madurez del grupo no necesita un formato estricto para desplegar sus inquietudes. De ello se ha tomado buena nota.

La excesiva juridización de la vida está produciendo, entre otros efectos, la disolución de la responsabilidad individual, social e institucional. Una excesiva normalización de la vida social que está provocando una progresiva deshumanización.

—¿Lo has notado tú?
—No, lo estoy sufriendo a diario.

Mostrando la foto 1.JPGTodo son reglas, organización, regimentación, que mata la creatividad, la espontaneidad, la originalidad, la personalidad… Y yo no me siento yo haciendo lo que hago. ¿Hasta qué punto mi vida es mía? ¿Hasta qué punto vivimos una vida prefabricada? ¿Quién es el que está viviendo por mí, mi vida?

¿La vida necesita de tantas normas? Cuando el grupo habla de normas, ya sabéis a lo que se refiere; cuando habla de la vida, se refiere tanto a la vida personal como a la convivencia con otras personas; cuando se pregunta si necesita nuestra vida de “tantas” normas, está preguntando si son necesarias.

—Yo no necesito normas.
—Pero al seguir tu vida, sigues unos hábitos, en los que es posible descubrir patrones regulares. Por tanto, ya estás siguiendo normas.
—Sí, pero nada me impide seguir las menos normas posible. Es más, me gustaría que así fuera y así me esfuerzo en ello.

Es cierto que vivimos en sociedades multiculturales, en un mundo globalizado. Es cierto, sí. Y la sociedad actual necesita constantes regulaciones y de todo tipo. La complejidad social demanda normas que organicen, distribuyan, orienten, aclaren, resuelvan… Pero, la discusión del grupo lleva a considerar que dicha sobreabundancia de normas, no contribuye a que se cumplan mejor (en muchas ocasiones, de hecho, no se cumplen, están sólo en los papeles, aparentando que se hace algo); y además, se solapan, se duplican…, en tantas ocasiones…

—¿Solamente de este modo, con normas y más normas se puede tratar la multiculturalidad y la complejidad?
—Muchos problemas se pueden resolver con simple sentido común.
—Necesitamos menos leyes escritas (que es imposible que abarquen todos los casos posibles) y más leyes adaptables a cada caso y a cada circunstancia; normas vivas, aplicadas de manera flexible, como hace el juez de paz, la gente cuando usamos el sentido común.

¿Por qué esta desconfianza, de hecho, en el sentido común? Y el grupo discutió una hipótesis que apunta hacia la desconfianza más básica, la desconfianza hacia el otro. Falta de confianza en el que es igual a ti. ¡Paradójico, pero real, en el mundo en que vivimos! Si desconfiamos continuamente del que está junto a ti (un desconocido para ti), es lógico el desenlace: por miedo, para no desconfiar más todavía, nos damos más y más normas, normas más y más duras. Todo conflicto ha de resolverlo una norma o varias, de otro modo no vivo tranquilo. ¡A saber las intenciones de cada uno…!
Mostrando la foto 2.JPG
Así pues, las normas quizás no sean más que un invento —como piensa Sloterdijk— para no tener que pensar en la convivencia.

Es más fácil, es más cómodo, es menos arriesgado, es más seguro… ¿Así pensamos? ¿Podemos pensar de otra manera? ¿Cómo recuperar la confianza mutua?

Un caso cotidiano: “Pedir la vez”. Antes se hacía con naturalidad, siempre que uno llegaba y encontraba una cola de gentes: ¿Quién es el último o la última? Es verdad que de tarde en tarde había alguna disputa, alguna pequeña escaramuza. Pero, ¿merecía la pena implantar en todos los lugares, sistemáticamente, un mecanismo reglado para el turno de intervención o la acción social de la persona?

Es cierto: algunos no cumplen espontáneamente con sus obligaciones comunitarias o legales. Pero, de ahí a imponer una nueva norma más estricta y más dura indiscriminadamente para todos, va un gran trecho. Frecuente injusticia ésta, que para para mejorar el balance de unos pocos, se afecte a todos.

El perro de mi vecino de al lado no para de molestarme. Claro, mi vecino se va a trabajar y olvida la responsabilidad hacia su mascota y hacia su vecino, que soy yo. ¡Así cualquiera! Así pues: ¿Imponemos más normas, obligamos con más fuerza a cumplir las que ya hay establecidas? ¿Y qué tal si nos conociéramos un poco mejor? ¿Por qué tú tienes que hacer lo que haces? Quizás no tendrías que hacerlo. ¿Te  puedo ayudar de alguna manera?
Mostrando la foto 4.JPGEl mundo actual es muy complejo, puede ser. Las normas sociales de organización y de sanción son necesarias, es posible. ¿Somos simbiontes? Entonces, sí. Pero, ¿no somos además de agregados impersonales, personas? Las estructuras, las corporaciones, los sujetos en cuanto clientes, consumidores, usuarios, o piezas de un entramado, pueden necesitar normas que encaucen y diriman conflictos, que amortigüen los abusos de poder económico o político, pero las personas, que es de lo que están entretejidas las comunidades no ficticias, sólo necesitan aprender a convivir. Recuperar el tejido social, su implicación en lo comunitario, la asamblea. La comunidad de personas que somos solamente necesita conocerse. Reconocerse, antes de nada.


¿Te ha gustado esta conclusión? Medítala y, si la consideras razonable y necesaria, hazla tuya para llevarla a cabo junto a otros, que básicamente son como tú y buscan lo mismo que tú.

domingo, 13 de abril de 2014

Primera Olimpiada de Filosofía. Final andaluza.



En el día de ayer pudimos disfrutar de la final autonómica de la I Olimpiada de Filosofía. Más que un concurso fue un encuentro filosófico. Allí estaban, en el Archivo Histórico de Antequera, los ocho finalistas de distintas provincias andaluzas, sus profesores o profesoras, algunos padres y madres, algunas personalidades políticas y los filósofos profesionales de la Asociación Andaluza de filosofía (AAFi), organizadora del evento, aunque el trabajo con la materia estuvo a cargo, sobre todo, de Rafael Guardiola. (Ya se sabe que las instituciones realmente no hacen nada, si no lo hacen las personas que las conforman y dan vida a su trabajo). A él se debe también que se fuera creando, desde el inicio, un ambiente de proximidad y sosiego que amortiguara el nerviosismo típico de los participantes ante una exposición pública de la razón, que de esto mucho tenía, pues se venía a hablar no ya sólo de filosofía, sino de la utilidad de la filosofía en el mundo actual. (A relajar el ambiente también contribuyó en buena medida la distendida, ocurrente y enjundiosa charla-disertación de José Biedma, en los momentos en que los participantes esperaban impacientes la deliberación del jurado). Y sus exposiciones no envidiaban a la de otros ponentes de más experiencia y más especializados. Derroche de medios, serenidad y capacidad de razonamiento exhibieron los participantes del encuentro (que nunca fueron contrincantes). A otros muchos ponentes más reputados, como sabemos, no les duelen prendas en limitarse a leer su texto y poco más. Por el contrario ellos fueron capaces de ir más lejos y explicar su disertación. ¡Enhorabuena chicos por vuestro esfuerzo! Pero ahí no quedó la cosa, pues el encuentro devino simposio antiguo en todo su sentido y comimos y bebimos y departimos. Todos religados en torno a la filosofía, que allí nos había convocado. ¿Qué es más acorde a la naturaleza de la filosofía, que es diá-logo desde sus orígenes: un Congreso de filosofía para filósofos expertos o un Encuentro filosófico que trata de abrazar a toda persona, a la sociedad entera? ¿Por qué la filosofía no ha de abrirse a los seres humanos en general, si quienes filosofan, por naturaleza (como varios participantes recordaron citando a Aristóteles), son seres humanos? ¿No saldría ganando también la filosofía misma? ¿En ese caso, quién osaría cuestionar la "inutilidad útil" de la filosofía? ¿Cuestiona alguien la necesidad de la poesía, la utilidad del arte en general o del conocimiento de nuestro pasado histórico, que ya es pasado? Cosas así, como este tipo de encuentros, filosóficos, han de tener continuidad. ¿Dónde tenemos ocasión, hoy día, de plantearnos nuestra vida junto a otros y de conocernos a nosotros mismos? Esto hay que cuidarlo, que es también cuidar de nosotros mismos. Cuidar de nuestra alma, de ser mejores -a ello nos animaba Sócrates- al igual que cuidamos tanto hoy día de nuestro cuerpo para estar en forma…

Muchas gracias a los organizadores y a todos los participantes. Mucha suerte en la final de Salamanca a las dos jóvenes filósofas seleccionadas. Que los dioses os sean propicios.

sábado, 29 de marzo de 2014

Qué es informar hoy

Un diálogo socrático

Siguiendo la metodología de Lou Marinoff, y durante dos largas sesiones, ha dialogado recientemente la Filosofía con la Arquitectura. ¿Es posible? No, es real. Incluso, uno de los participantes había desarrollado una tesis doctoral sobre Nietzsche y la Arquitectura. Pero allí estábamos como personas que piensan sobre nuestro mundo, interior y exterior. Sócrates se sigue plegando de maravilla a cualquiera que desee examinar su propia vida. La primera sesión fue en los Baños del Carmen de Málaga, un lugar exquisito junto al mar; sin embargo, en la segunda sesión, la filosofía fue desplazada por el último modelo de la Mercedes-Benz. Alfombra azul para una máquina plagada de intereses materiales vestidos de deseos y esperanzas. No importó; la filosofía está acostumbrada. Sócrates insiste.
Y aquí tenéis algunos hitos de lo que pasó. Buscamos: ¿QUÉ ES INFORMAR?
Primera fase: las experiencias vividas con la información

PARTICIPANTE 1: Explica cuando, como columnista, asiste a un congreso y como conclusión obtiene que no es necesaria cualificación alguna, que es más importante la opinión que la información veraz. De otro modo, hubiera sido más útil para mí.

PARTICIPANTE 2: Cuenta que el prefijo DES es muy similar con la palabra AMOR y con INFORMACION. Desamor es dejar de amar y, sin embargo, desinformar es ¿dejar de informar o es informar mal?

PARTICIPANTE 3: Explica dos experiencias en las cuales la información veraz no se transmitió como es debido: La primera personal, en junta de gobierno: una labor informática que no estaba realizada se transmitió que sí lo estaba. La segunda, en un debate televisivo: apreció como los políticos que debían de manejar tantos temas específicos no fueron capaces de dar respuesta a un tema tan candente como la especulación urbanística.Como conclusión obtiene que el poder oculta información.

PARTICIPANTE 4: Elaboró el tema más desarrollado sobre el que se debatió ampliamente, que fue su experiencia con la información al comenzar su labor docente (ésta fue la experiencia seleccionada)

Segunda fase: desglose de la experiencia seleccionada:

1) Sintió una necesidad brutal de información

2) Intentó buscar lo útil

3) Logró una sensación de poder sobre los alumnos al disponer de más información que ellos.

4) Los alumnos la superan en información, cuando la eclosión de las redes sociales pone a disposición de todos una cantidad ingente de información. Entra en un estado de crisis.

5) Asume que esa es la realidad e intenta buscar en sí misma el potencial del que  dispone (qué puedo ofrecer, para qué sirvo): mediante su capacidad de síntesis y de relación intenta clasificarla para poder ser más útil.

6) Ofrece a sus alumnos la posibilidad de que se ubiquen: un sistema de referencias.

7) Descubre que la información es fiable, si conoce el sistema de referencia del  informador.

Tercera fase: la definición

¿QUÉ ES INFORMAR?

La RAE dice:

(Del lat. informāre).
1. tr. Enterar, dar noticia de algo. U. t. c. prnl.
3. tr. Fil. Dar forma sustancial a algo.

Ellos han dicho, después del diálogo socrático:

Versión amplia: “El acto de transmitir una determinada selección de nuevos datos, noticias, ideas, perspectivas, proyectos o emociones, que puede ser útil y relevante para las personas o colectivos que son informados, mostrando de un modo transparente el sistema de referencia del informador (es decir, indicando con claridad desde dónde se informa y la vía de acceso a dicha información), y permitiendo, así, que pueda ser descodificada, juzgada e integrada en sus propias vidas”.
Versión más sencilla: “El acto de transmitir una determinada selección de novedades, que puede ser útil y relevante para las personas o colectivos que son informados, a partir de un sistema de referencia contrastado o verosímil para el informado”.

Lo que ha opinado, en una entrevista, la nueva estrella de la filosofía alemana (según parece), Byung-Chul Han:

“La acumulación de la información no es capaz de generar la verdad. Cuanta más información nos llega, más intrincado nos parece el mundo”.

Espero que os aproveche bien para orientaros un poco mejor en este mundo que vivimos, sobre la buena información hoy, en el mundo de las apariencias.