Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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lunes, 16 de septiembre de 2024

¿Cómo se facilita la creación?


Sobre el proceso creativo

Café Filosófico en Vélez-Málaga 14.4

24 de mayo de 2024, Fundación Eugenio de la Torre, 18:00 horas


Es como si no fuera el pintor quien mira, sino que hay algo

que mira a través del pintor, y ese algo se queda en el cuadro

y habla calladamente a través de él.

Jon Fosse


Todo gran poeta poetiza sólo desde un único Poema.

La grandeza se mide por la amplitud con que se afianza a este

único Poema y hasta qué punto es capaz de mantener

puro en él su decir poético.

Heidegger


Dejar de ser para dejar ser.

Schelling



¿Qué facilita la creación?

Estábamos reunidos en la terraza de la Fundación Eugenio de la Torre, con vistas al antiguo mercado de Vélez-Málaga, en el que también pudimos llevar a cabo hace unos pocos años nuestros encuentros filosóficos. Un espacio singular, de arte y pensamiento nuevos, donde artistas de variada estirpe pueden convivir y exponer sus obras. Agradecemos la invitación para filosofar juntos. Y nada mejor que tratar el tema que tratamos: el proceso de la creación artística. Era irremediable, dado el sitio y la adscripción artística de la mayoría de los participantes.

Un texto de nuestra querida María Zambrano, que nos sirvió de antesala, aclaraba la cita aproximada del cartel anunciador de este Café filosófico. Un cartel que presentaba otro enigma: la imagen de un pelador de pollos. ¿Qué tendrá que ver un pelador de pollos con la filosofía? Lo cierto es que los caminos asociativos del pensamiento son insondables y la filosofía, cuando se practica, no hace ascos a nada. Un pollo desplumado arrojó el viejo Diógenes de Sinope, el cínico, dentro de la Academia de Platón, diciendo: “Ahí tenéis al hombre de Platón”; según la definición del ser humano dada, al parecer, en alguna de sus sesiones: “Animal bípedo implume”. Aquella performance, al puro estilo kinikoi, dicen que obligó a modificar dicha formulación, añadiendo: “y de uñas planas”. Porque el filosofar no busca solamente unir conceptos sino mostrar el sentido, cuando a los conceptos se les escapa, por hallarse muchas veces la verdad en las lindes del pensamiento y del lenguaje. Y ahí, en ese límite, arte y filosofía aparecen hermanadas, cada una haciendo uso de sus propios recursos. No se puede dar una definición cerrada, conclusa, de lo que es un ser humano. Ni de lo que es el arte. Para comprender el arte, hay que vivir el arte, bien sea como creador o bien sea como receptor de la obra. De la misma manera que para entender a un ser humano, hay que vivir como un ser humano. Así que vaya despidiéndose la IA de ese antojo, el de querer recrear lo humano. Solamente logrará reducirlo al trampantojo de un algoritmo. El arte y la vida son otra cosa. Vamos a comprobarlo, una vez más, dialogando, oyendo unos de otros, a lo que nos invita aquel poema de Hölderlin: “El ser humano ha experimentado muchas cosas, nombrado a muchos dioses, desde que somos un diálogo y podemos oír unos de otros”.

Escribió María Zambrano en su Hacia un saber del alma: “El despertar de la filosofía fue primeramente «entrar en razón». Mas, cuando la razón se ha embriagado, el despertar es «entrar en realidad»”. Y este “entrar en realidad” nos sirvió, a los que allí estábamos, para situarnos en la experiencia misma del existir. Del lógos pasar al pathos, del pensar al sentir, del razonar a la presencia. Lo que, a la larga, se convirtió en una preparación para abordar el proceso creativo en sí mismo. El animador del encuentro planteó la siguiente situación, que debía ser interiorizada, sentirse y, luego, ser expresada: “Yo me he sentido presente, todo yo, cuando...” y dio comienzo la ronda de intervenciones: cuando estoy desayunando, pintando, contemplando la luna, bajo los efectos de la droga (sabiendo que este estado no es natural, sino inducido), con mis perros en la montaña, ahora mismo aquí, en silencio, a veces incluso en medio del caos, ahora que no me siento cómoda pero me doy cuenta, volviendo del vivero con mi hermana (“¡qué bien estamos!”), cuando estoy cocinando, escribiendo, mirando a los ojos de mis hijos, justo antes de dormirme, a mí me cuesta estar presente (pero, de nuevo, esta participante se da cuenta, está ahí, con ese “no estar presente”, por lo tanto, está presente), me siento así en contacto con el barro, soy escultor. Hay, pues, muchas formas de estar presentes. Pero, cada vez que renunciamos a ello, somos menos nosotros mismos, menos seres humanos, puesto que no hay nada más humano que la conciencia y la autoconciencia.

Los clásicos hablan de las musas, los modernos de la inspiración, pero vayamos a su almendra: ¿qué es realmente el proceso creativo?, ¿cómo se produce?, ¿qué lo hace posible o lo facilita, al menos?, ¿por qué, para qué creamos? Esta capacidad nuestra de crear, que nos acerca a lo divino, o que es divina en sí (hablamos desde un plano pre-religioso, espiritual o interior), ¿qué desarrolla en nosotros? Pero, antes, ¿qué es crear?, ¿cuál es la esencia del acto creador? Lo mueve la necesidad, sí; lo mueve el dolor, sí, muchas veces... pero, ¿qué es, en sí, crear?, ¿cuándo hay creación? Y los participantes, ellos y ellas, nos dicen que hay creación con la aparición de una novedad, algo diferente que, inicialmente por el lugar donde emerge, no tiene utilidad alguna. En el mundo aparece algo que no existía, un algo nuevo o una combinación única de elementos preexistentes. Algo irrumpe en el mundo. Y sucede cada día, a cada instante, si somos capaces de estar atentos. De ahí que los antiguos griegos, los primeros filósofos, que no necesitaban partir de la idea (incluso les parecería aberrante) de creación desde la nada (“de la nada nada sale”) para entender el mundo, hablaran de la physis como causa u origen de todo cuanto existe: una continua e inagotable aparición de seres, que surgen desde sí misma, por sí mismos. Y cuando creamos, estaríamos ni más ni menos que entregándonos a dicho proceso cósmico de fluencia permanente.

Es cierto que, en muchas ocasiones, el proceso creativo viene desencadenado por una necesidad que sentimos, un dolor, una demanda interior profunda, una pulsión, dijeron algunos de los participantes. Pero ahondemos un poco más: ¿cuáles son los componentes básicos de esa pulsión, necesidad o estímulo interior?, ¿de qué está hecha? Y desgranaron algunas ideas sentidas desde su propia experiencia estética, que nos pueden servir para comprender la esencia de la creación, no solamente referida a lo artístico, sino al hecho mismo de vivir muy centrados, en cualquier contexto. Para ellos y para ellas, dichos ingredientes serían, básicamente: la libertad que se vive en esos momentos de creatividad, quizás mejor descrita como liberación o despertar; la conexión o comunicación desde lo profundo de nosotros mismos; el habitar lo que haya en ese momento de conexión; y la apertura incondicional hacia ello, mantener muy abiertas las puertas y las ventanas de nuestra psique (psyché o alma, que decían los griegos). Heidegger describe este estado del alma como apertura al ser y no a los entes. Estar siendo, receptivos, abiertos, una entrega a lo que hay como lo hay. Los entes, las cosas, los objetos, las obras, lo hallado, lo hecho se cierra sobre sí, es lo que es, presente, restringido, dado, objeto ante un sujeto, pero el acto creador en sí mismo es pura entrega o apertura al ser; o mejor dicho, a la nada, pues el no-ser, lo no delimitado, indefinido o ilimitado, incluye en su seno todas las posibilidades (Anaximandro lo llamó ápeiron), que el artista trata de despejar; alguna expresión particular de esa nada o silencio, aquí y ahora, incompleta siempre, siempre por realizar. Por eso el artista busca una y otra vez repetir el mismo ritual del acto creativo a través de una obra concreta, que permanece siempre inacabada. Busca el Arte a través de una obra de arte.

De ahí que sea algo espurio discutir si la creación artística surge del dolor o de la alegría, del sufrimiento o de la exaltación. Esto sería secundario. Aparece la creación, la novedad, desde un estado apertura del alma. A cada cual le puede valer un determinado tipo de experiencias, las suyas. Eso no es esencial, sino la receptividad o disponibilidad en la que nos hallamos, siendo nosotros mismos sin ser nosotros mismos. Pues bien, la creatividad había estado también presente allí, aquella tarde. Un grupo de personas entregándose, con todas sus capacidades abiertas, al esclarecimiento de lo que es el proceso de creación artística. Y, de nuevo, según el grado de apertura de cada participante, cada uno, cada una, pudo estar más presente o menos presente, más conectado o menos conectado con el trabajo que se había ido realizando. Cuando nosotros dejamos de ser para dejar ser, aparece la belleza, de la que la obra de arte, el encuentro o la experiencia quieren ser un óptimo vehículo. Vale.


domingo, 31 de diciembre de 2023

¿Cómo acceder a lo sagrado?


Sobre lo sagrado

Café Filosófico en Vélez-Málaga 14.3

05 de diciembre de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


Uno no debe sentir una pueril repugnancia al examen de los animales más sencillos pues en todos los seres naturales hay algo de maravilloso. Así como Heráclito –según cuentan– invitó a a pasar a unos visitantes extranjeros, que se detuvieron al verlo calentarse junto a un horno, diciendo «aquí también hay dioses» así mismo debemos acercarnos sin reparos a la exploración de cada animal, pues en todos hay algo de natural y hermoso.

Aristóteles, De las partes de los animales


¿Cómo acceder a lo sagrado?

¿Es posible tratar de lo sagrado sin reducirlo a lo religioso? Y cabrían otros lugares comunes... ¿Es posible que la dimensión de lo sagrado sea accesible a todos, incluso a los que dicen que son (o se dicen a sí mismos que son) ateos? Según la RAE, lo sagrado es objeto de veneración y de respeto, y bien, todos los seres humanos poseen la capacidad para estimar lo sagrado, algo digno de veneración o respeto. Sin embargo, nuestro mundo contemporáneo parece haberse desacralizado, quizás fruto de esa reducción que apuntábamos al principio. Veamos lo que nuestros participantes pueden decirnos pensando juntos de veras sobre ello, yendo a la raíz, en este caso, de lo sagrado. Curiosamente, en la Plaza de las Carmelitas, a la que da nuestro lugar de reunión, la Sociedad La Peña de Vélez, se oía a lo lejos el bullicio de algunos rituales pre-navideños. Buena ocasión para hablar de lo sagrado de una manera, en lo posible, lo más auténticamente posible.

Esta vez, el preámbulo del café filosófico giró en torno a la distinción muy antigua, muy griega, muy humana, entre la diferencia o diversidad de los seres y la semejanza o unidad entre los seres. Es muy fácil fijarse en las diferencias de los seres de este mundo (biológicas, culturales, sociales individuales...), pero una mirada más atenta también puede ir descubriendo que muchos de los seres comparten semejanzas, algo común o, en algún grado, universal. Y, hablando en términos humanos, pregunta el moderador: ¿qué es eso que nos une a todos los seres humanos, en lo que nos asemejamos, que nos hace semejantes? Pero, se trata de conectar con aquello que hayas podido experimentar en primera persona, de un modo muy especial. Por ejemplo, Aristóteles nos transmitió que “todos los hombres buscan ser felices”, aunque, cada uno y cada una lo haga a su manera, de diversas maneras, a veces, incluso aparentemente contradictorias. Esta pregunta por lo común, o lo que nos une, es crucial en nuestro tiempo: necesitamos esta perspectiva de lo común nada menos que para dialogar, y para entendernos... y ya se sabe cuáles son las alternativas actuales a la ausencia de (o la incapacidad para) el diálogo, que a menudo sufrimos. Y he aquí eso común entre nosotros que solemos obviar, según ellos y ellas: el querer vivir bien, la necesidad de vincularse, la aspiración a ser mejor, la búsqueda de compañía o la amistad, interactuar, compartir, nuestra capacidad, más o menos dormida, para ponerse en el lugar del otro, el amor, la entrega, la capacidad para la comprensión de lo diferente, sin olvidar que el ser humano es, de por sí, flexible y siempre podemos llegar a ser de otra manera y, finalmente, compartimos la capacidad para lo sagrado, en la que el grupo quiso, a continuación, profundizar.

Lo sagrado. ¿Qué es lo sagrado? ¿Por qué algo es sagrado? ¿Cómo podemos conectar con lo sagrado? Y, enseguida, se propuso una hipótesis de trabajo: lo sagrado no es algo exterior o lejano a nosotros, sino que lo sagrado es una dimensión de lo humano. Para poder comprobarlo, el animador del encuentro propuso el recurso a alguna experiencia profunda con lo sagrado. Analizando estas experiencias podríamos indicar algunos componentes de la esencia de lo sagrado. Veremos. Y así se procedió. Desde las diferentes experiencias iban emergiendo, desde cada una, lo común a todas ellas: el cuidado, la unidad, la alegría, la belleza, la quietud, el amor... Lo sagrado, pues, tendría que ver con todo eso. (Y mirad que no difieren mucho de eso que buscábamos anteriormente como lo semejante o común entre nosotros; ¿será esto lo sagrado en nosotros?). Lo sagrado llama al cuidado, lo sagrado te conecta con algo uno, lo sagrado lleva a sentir la plenitud, la belleza, tu conexión con lo sagrado produce una quietud dentro y una armonía con lo exterior. Compruébalo a partir de tu propia experiencia, a ver
si lo sagrado no te sitúa en algo de todo eso... Porque, efectivamente, la experiencia con lo sagrado, que es también en su esencia sagrada, no se puede explicar, sino que tendría que experimentarse. Ahí estriba la dificultad y su grandeza. No puede explicarse, pero puede notarse, pues te transforma y produce una transformación a tu alrededor. Tú te lo notas y puede que se te note, sin aspavientos. Esto te dicen los participantes, para que seas más consciente, cuando lo experimentes.

Pero la cuestión que más intrigaba a los participantes era cómo poder acceder a lo sagrado. ¿Hará falta aislarse? En absoluto, nos dicen. El acceso a lo sagrado es interior y no hace falta viajar hasta el Tíbet o recluirse en un monasterio. Puede partir de un profundo anhelo de armonía o puede sobrevenir escuchado música con atención y de un modo inmersivo. Pero casi siempre surge de una demanda interior que solicita de uno mismo darle cauce. Escucharla. Su inundación produce en nosotros ese tipo de efectos o o respuestas que más arriba, ellos y ellas, desgranaron: cuidado, autocuidado, unión, vida, belleza, alegría, quietud, amor... Así se vive lo sagrado. En lo cotidiano; no hay que irse muy lejos, como se ha dicho. En dicha experiencia se anclan las diferentes formas exteriores de expresión de lo sagrado, ya sea en un contexto religioso o no religioso. Pues, todo lo existente o vivo en sí mismo es sagrado si, desde ahí, desde la conciencia de lo sagrado, miramos y nos miramos. ¡Salud para apreciarlo este nuevo año 2024! Nos hace mucha falta...

martes, 12 de diciembre de 2023

¿Qué es respetar?


Sobre el respeto

Café Filosófico en Torre del Mar 3.2

23 de noviembre de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.

Evelyn Beatrice Hall (inspirada en la actitud de Voltaire)

¿Qué es respetable?

Decimos que vivimos en sociedades democráticas. Y no hablamos de las que quieren sus tiranos que parezcan democracias. Hablamos de las democracias formales y consolidadas. Y el problema sería que se quedaran solamente en eso. Porque es muy posible que echemos en falta, más que una democracia exterior, una democracia interior. Hundiría sus raíces en cada uno de los ciudadanos, si en cada uno de ellos y de ellas acaece el respeto a la diferencia del otro. En el respeto a las diferencias se juega la calidad de las relaciones sociales y políticas. Pero, de nuevo, no se trata de respetar las diferencias en el otro, sino de respetar al otro con sus diferencias. Esto quiere decir que, primero, he de contemplar al otro como un ser valioso en sí mismo, tanto como yo, un igual a mí. Si esto se olvida se desmorona el edificio democrático. Los griegos lo sabían muy bien: la demokratia supone que todos los ciudadanos poseen suficientes capacidades para hablar y decidir en la ekklesía o asamblea. La desconfianza en las capacidades del otro (una falta de respeto fundamental) arruina cualquier democracia. Quien no piensa como yo también puede tener razón, así como mis adversarios políticos. Entre todos hemos de buscar lo mejor; desde nuestros puntos de partida diferentes, perseguir el bien común. De manera que, si nuestros asistentes al café filosófico de noviembre, en Torre del Mar, indagaron acerca del respeto, ya podéis calibrar mejor la importancia de este tema para todos nosotros.

Antes, dialogaron sobre los valores, no solamente el respeto. ¿Cuál sería el valor central en torno al que gira mi vida en este momento? Así, desfilaron: la coherencia, el respeto a mí mismo y a los demás, la serenidad, la naturalidad, la lealtad, el tiempo propio, la autenticidad, el autocuidado, la autosatisfacción, la justicia, la integridad, la profundidad de las vivencias, la consciencia, la memoria, el amor, la tolerancia... pero lo más buscado, el respeto. No extraña, pues, que fuera propuesto como tema para el diálogo filosófico que, propiamente, comenzaba a continuación. Durante las aclaraciones, que fueron necesarias en la exposición de los anteriores valores, se evidenciaron dos aspectos a tener en cuenta, cuando hablamos de valores: que han de ser aplicados en cada caso y situación , y esto supone evitar que se vuelvan rígidos y, además, no olvidar la aparición de posibles dilemas, situaciones en las que hay que decidirse y hay que aprender a decidirse.

¿En qué consiste respetar? ¿Todo es respetable? Los asistentes fueron por partes... Comenzaron las aportaciones personales sobre lo esencial del respeto, aquello que lo convierte en verdadero respeto, así como la necesidad de ir dejando de lado algunas confusiones habituales, que nos conducen a quedarnos en la mera superficie del respeto, algo que solamente se le parece. Respetar es aceptar aunque no se esté de acuerdo. Respetar es entender, porque si algo no se concibe desde dentro de sí mismo, no se respeta de veras. Respetar es apreciar, antes que nada, la dignidad del sujeto, su valor en sí mismo. Respetar es posible, si quien respeta se respeta a sí mismo. Miradlo, porque la RAE no recoge ni por asomo todos estos matices. Es una de las ventajas de poder dialogar juntos, filosóficamente. Y luego siguieron. Respetar es comprender, pero comprender no es justificar los actos llevados a cabo. Y aquí hubo que detenerse: era necesario distinguir entre la persona y sus actos. Lo que una persona hace o piensa o dice ha de ser respetado, pero no tiene por qué ser justificado o permitido, si es dañino o va contra la posibilidad de expresarse u obrar los demás. Recordad la cita que antecede a este relato, de inspiración volteriana: defenderé hasta el final la posibilidad de que podamos discrepar. La persona siempre puede ser comprendida, y debe ser respetada. Incluso sus ideas, pero no por ello las acciones a que den lugar. Esto es decisivo.

La anterior distinción entre la persona y sus actos ya enfilaba al grupo hacia una respuesta a la segunda pregunta que se habían planteado: ¿todo es respetable? Fue muy iluminador constatar cómo esta diferenciación es crucial para llevar a cabo satisfactoriamente algunas profesiones, que tienen por objeto alguna relación de ayuda a otras personas. ¿Cuál sería el sentido de la docencia o del trabajo social, si se olvidan de mirar a la persona que siempre está detrás de sus acciones, aunque sean reprobables? Mejor sería que abandonasen sus respectivas profesiones, ¿no es verdad? Y continuaron los participantes analizando situaciones que, de todo punto, no deberían ser respetadas: como se ha dicho, si una actitud implica no respetar la diferencia de los demás, por ejemplo, si directamente se rechaza lo diferente por ser diferente, o bien, no se le permite expresarse; no debería respetarse tampoco la manipulación consciente de la verdad, y de ese modo, manipular a los demás, o bien, satisfacer intereses de carácter interesado (puede que de esto haya mucho en la actualidad); tampoco, la manipulación del bien o lo mejor en un caso dado, por ejemplo, querer hacer pasar un bien individual por un bien general (lo que tampoco es raro en los usos actuales de la “mala política”).

En este punto, el diálogo dio un giro muy interesante, por lo fructífero de su resultado. Recordemos una idea que había quedado anteriormente expuesta, pero no desplegada: el respeto a los demás ha de comenzar por el respeto a uno mismo. Y, además, aplicando lo hallado sobre la esencia del respeto, decíamos que de poco vale un respeto que no se pone a prueba a sí mismo, con aquello que se está en desacuerdo. Pero claro, plantea en voz alta uno de los participantes: “Yo no voy a tener nunca un desacuerdo conmigo mismo; ¡soy yo mismo!”. Y esto suscitó una de las discusiones más bonitas del encuentro. ¿Estaba el grupo de acuerdo con tal afirmación? Pues no, casi todos dijeron que no. ¿A qué se referían? Lo puedes suponer: en nosotros también hay divisiones internas, provocadas por nuestras dudas, nuestros conflictos, nuestros miedos... En mi interior tengo diferencias, con las que me he de reconciliar, reconociéndolas primero. ¿Cómo? Aprendiendo a ser consciente de mí mismo, conociéndome a mí mismo. Para vivir en armonía fuera, necesitamos cultivarla dentro, poder ser un espejo limpio para poder mirar a los demás con auténtico respeto. Mirarnos y reconciliarnos, mínimamente, con nuestras sombras interiores. De lo contrario, todo respeto a los demás podría encubrir algo mío que me impide verlos, entenderlos, desde sí mismos. Me sería fácil respetar (y valorar y apreciar) a quien se parezca a mi imagen de mí, o bien, a la imagen de quien quiero ser o lo que quiero alcanzar, pero sería más complicado respetar a quienes son verdaderamente diferentes; posiblemente, los percibiría como obstáculos para mi propio desarrollo, en función de mis propios deseos y temores.

Una de las participantes propuso, casi al principio del diálogo, tener en cuenta la etimología de la palabra “respeto” o “respetar”. Y ahora podíamos todos comprender la importancia de acudir al origen de nuestro lenguaje, pues es muy posible que, históricamente, hayamos perdido el contacto y nos hayamos desviado, dando lugar a confusiones que luego nos impiden conocer y conocernos adecuadamente. Respetar, en latín, se dice respectare, que podemos traducir como “volver a mirar”. Y esto es maravilloso. Porque respetar implica volverse a mirar aquello que puede ser digno de respeto. Cuando lo hago, cuando vuelvo a mirar con más atención (o miramiento, diríamos) puedo ver a lo otro más fácilmente como es. Y cuando así lo veo, en sí mismo, por sí mismo, no es nada difícil llegar a respetarlo. No lo es. Esta segunda mirada o reflexión es lo que necesita el respeto para existir. Pero también puedo volver a mirarme a mí, lo que podemos llamar, entonces, autorreflexión, comprenderme, respetarme y quererme. Y ya no será difícil que también pueda amarte a ti, pues, lo valioso en mí, está también presente en ti. Vale.







sábado, 4 de noviembre de 2023

¿Por qué somos tan susceptibles?

 
Sobre nuestras susceptibilidades

Café Filosófico en Vélez-Málaga 14.1

03 de octubre de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


Admiro a las personas que son como yo quiero llegar a ser, pero a la vez, estoy rechazando a las personas que son lo opuesto de lo que quiero llegar a ser (…) Cuando yo siento una reacción de oposición activa, de rechazo contra algo o contra alguien o contra un defecto, esto está indicando que este defecto también está presente en mí y lo estoy reprimiendo.

Antonio Blay


¿Por qué somos tan susceptibles?

Comenzamos nuestro primer encuentro de la temporada en Vélez-Málaga, dentro de un proyecto renovado: Ágora de Filosofía practicada. En esta ocasión, se trató de nuestras susceptibilidades, que al parecer son muchas hoy en día. Nos hemos vuelto, nos parece, muy susceptibles; que no es lo mismo que ser sensibles. Y sucede tanto a los individuos como a la sociedad en general, por lo menos, la que nos rodea. La sociedad de la hipersensibilidad y de lo políticamente correcto (otra manera de acercarnos al mismo fenómeno que preocupó aquella tarde de martes a los asistentes). Como una participante expresó con vehemencia, nos sentimos muchas veces inseguros, por miedo nos callamos o nos autocensuramos, no vaya a ser que alguien se moleste, no vaya a ser que se diga algo inconveniente, no vaya a ser que yo atente, sin querer, contra algo o alguien... Y ahí está situada la cosa, de manera que ya no distinguimos entre lo hecho o lo dicho y la intención que lo anima, y esto, como sabemos por lo menos desde Kant, es necesario considerarlo para poder juzgar un determinado acto moral.

Pero dejemos que el relato de lo que aconteció aquella tarde, allí, en la Sociedad “La Peña”, se cuente con su propio orden. Lo primero que se hizo fue dar la bienvenida a las personas interesadas en estos encuentros filosóficos, que son ya muchas, las que se han ido sumando a lo largo de estos trece años de filosofía practicada. Y se recordó su naturaleza y las reglas básicas del encuentro. Y se planteó, como de costumbre, la cuestión de inicio, autorreflexiva. Puesto que es fundamental para vivir bien cómo nos relacionamos con nosotros mismos, hay que desarrollar la autoafirmación (no ya la autocrítica o la recriminación hacia nosotros mismos, que suele ser frecuente), pero no como un deseo o una huida de algo. Pregunta el moderador: ¿cuándo ha sido la última vez en que nos hemos sentido orgullosos, satisfechos de nosotros mismos?

Y los participantes, ellos y ellas, desgranaron para nosotros sus experiencias: en lugar de discutir, dejar que mis hijos reflexionen por sí mismos; he sido capaz de reiniciar una peña que existió en otra época; logré convencer a mi hermano para que saliera a la feria y se lo pasó muy bien; me siento muy bien conmigo misma al acabar mi trabajo cada día; he sido capaz de venir hoy aquí y hablar en público; me atreví a decir lo que pensaba y todo fue muy bien; he iniciado una colección diferente de libros; le di a mi hijo un dinero que necesitaba; hacer cada día al acostarme examen de conciencia; me robaron mi viejo móvil y me alegré; junto con otras personas mayores hemos leído un cuento a unos niños; me sentí ofendida, pero no me disgusté y hablé con esa persona; contemplar la arboleda debajo de mi casa; ayudé a un amigo que lo estaba pasando mal; he sabido cuándo debía callarme; fui capaz de grabar un vídeo de presentación de mi nueva web; he visto a mis amigos muy bien en mi casa; he podido repetir y comprender una práctica de un curso que había realizado; una señora se desmayó y logré sujetarla antes de que se diera contra el suelo... Y ahora es tu turno.

Y comenzamos con el diálogo propiamente dicho: ¿vivimos en una sociedad donde predominan las personas hipersensibles? Y las discrepancias iniciales a la pregunta mostraron poco a poco un malentendido de base: era necesario distinguir entre sensibilidad y susceptibilidad, entre la empatía y la reactividad. Por un lado, sentir como propio lo que sienten los demás y, por otro lado, la reacción automática o subconsciente en nosotros respecto a lo que hacen o dicen o piensan los demás. ¡Y de esto último estábamos hablando! La sensibilidad es necesario mostrarla para hacer de este mundo un lugar mejor, pero la susceptibilidad supone una carencia en la persona que la siente (o mejor, la padece) y necesita de un trabajo consigo misma, con o sin ayuda. Pero veamos todo a su tiempo, porque a esta conclusión se llegó después de un análisis del grupo, acerca de los factores que nos vuelven tan susceptibles. Vamos a seguirlos en sus pesquisas sociológicas y psicológicas, pues fueron cercando el fenómeno desde lo exterior y desde lo interior.

Muchas veces somos más o menos susceptibles dependiendo del estado interior de la persona, si se siente bien o mal consigo misma. Esto es el fondo de tantos malentendidos y disgustos que nos acontecen, por ejemplo, en la redes sociales de internet. No es lo que leo que se dice, sino, como diría Epicteto si viviera esta época, cómo me tomo yo lo que estoy leyendo que ha sido escrito por otro. Y esto está gobernado por mi estado interior que ya estaba previamente en mí. Por eso, es tan importante pararme a pensar mi respuesta, pensar con cautela lo que escribo, si lo pienso de verdad o es consecuencia de mi estado emocional (que siempre es pasajero), y no simplemente limitarme a reaccionar. Unos segundos de dilación en la respuesta es suficiente en bastantes ocasiones.

Muchas veces pretendemos enfatizar los derechos de las minorías y eso está bien, sobre todo cuando es necesario, porque preceden olvidos, discriminaciones o maltratos. Pero es importante ser conscientes de cómo llevarlo a cabo adecuadamente. Es importante considerar cómo se definen y se defienden los derechos y la singularidad de la minoría en cuestión, sin por ello poner en la penumbra a otras minorías o a las mayorías (si las hay). El desconocimiento mutuo suele ser muy nocivo, pues produce interpretaciones sesgadas que llevan a emitir juicios, o bien, a producir reacciones que no satisfacen en absoluto al otro; que conducen a no sentirse reconocidos por las manifestaciones del otro. El principio, aquí sería: quien sufre, sufre por algo, una causa o necesidad no cubierta, que los implicados deberían comunicarse y ser capaces de comprender mutuamente.

Muchas veces los medios de comunicación, de todo tipo, no buscan el bien y la verdad, o lo intentan más bien poco, y se vuelven tóxicos, sesgados, subjetivos, interesados... Y se sobre-dimensiona lo escandaloso, lo morboso, lo que puede vender más (que a la vez contribuye a (mal)educar a la sociedad en esta dirección), se busca lo que puede diferenciarle de otros medios, satisfacer a sus respectivas parroquias, que esperan oír lo que quieren oír y las personas no investigan por sí mismas, etc. Y se olvida el cuidado que un buen profesional del periodismo, por ejemplo, nunca debe dejar de lado: no confundir entre información e interpretación o juicio. Si nos fijamos, lo que predomina muchas veces no es la información o el análisis objetivo (en lo posible), sino más bien los juicios de valor y las opiniones, que se presentan como si fueran un saber. Esto molestaría mucho a Platón: el saber no se puede confundir con la opinión, el saber es una opinión fundada en buenas razones, y ésta es la clave, que suele olvidarse a menudo. Y esto también sucede en la política, por desgracia. Si alimentamos la polarización, no nos extrañemos del conflicto constante entre susceptibilidades.

Muchas veces la reacción susceptible se ha producido porque la situación ha tocado algo no desarrollado, o reprimido, de la persona, y reaccionamos, porque no sabemos responder de otra manera. Ésta puede ser la base psicológica de la susceptibilidad, y la susceptibilidad sería su efecto resultante. Precisamente, como señala el sabio Antonio Blay, eso que me altera, que me saca de mí, eso que produce dentro de mí una protesta, es una posibilidad de conocerme mejor. Los demás me ayudan a conocerme mejor, más todavía los que no están de acuerdo conmigo o son (o creo que son) diferentes; hasta mi mayor enemigo puede mostrarme una faceta de mí que yo desconocía. Algo a trabajar, algo a desarrollar. Y cuando esto lo practico (observar por qué en mi interior se está removiendo algo y qué se está removiendo) dejo de ser tan susceptible o reactivo y empiezo a relacionarme mejor conmigo mismo y con los demás.

En definitiva, seríamos menos susceptibles, si aprendemos a dejar de confundir sensibilidad y susceptibilidad, mi derecho a expresarme y la impulsividad inconsciente, lo que se debe a mí y a mis cosas y lo que realmente viene del otro, la información o los datos y los juicios o la interpretación, si aprendemos a no interpretar las situaciones humanas de un modo simplista o reductivo, sólo desde un punto de vista, el mío, parándonos a pensar, a reflexionar, en definitiva, mirarme yo antes de mirar a los demás y verme a mí en los demás, que son básicamente como yo y buscan básicamente lo mismo que yo, vivir y no solamente sobrevivir. Es posible que, de esta manera, fuéramos poco a poco menos susceptibles y más nosotros mismos y que pudiéramos vivir de un modo más auténtico nuestra realidad. Precisamente, éstas son capacidades que ayuda a desarrollar la práctica de la filosofía. Y eso hacemos juntos aquí. Salud.




jueves, 22 de junio de 2023

¿Somos dioses?


Sobre lo divino

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.9

16 de junio de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


“Solo te pido que entres en mi casa con respeto. Para servirte no necesito tu devoción, sino tu sinceridad; tus creencias, sino tu sed de conocimiento. Entra con tus vicios, tus miedos y tus odios, desde los más grandes hasta los más pequeños. Puedo ayudarte a disolverlos. Puedes mirarme y amarme como hembra, como madre, como hija, como hermana, como amiga, pero nunca me mires como alguien por encima de ti mismo. Si la devoción a un dios cualquiera es mayor que la que tienes hacia el dios que hay dentro de ti, les ofendes a ambos y ofendes al uno.”

Escrito en letras de oro en la puerta del templo de Sekmeth (Karnak)


¿Somos dioses?

Estos encuentros de filosofía practicada procuran dar la ocasión de abrir la mente hacia nuevas posibilidades de vivir, favoreciendo un cambio de visión. Ya cada uno guarda celosamente sus ideas y creencias. Si después de un café filosófico todo ha quedado dentro en el mismo lugar que antes, nada se ha movido o removido, algo habría fallado. Pero esto no sucedió en el caso que traemos con estas palabras. El último café filosófico de la temporada, celebrado en “La Peña” de Vélez, propició una evolución en la aproximación de los participantes al tema de Dios. Un aprendizaje del grupo, una apertura a nuevos modos de tratar con lo divino fuera y dentro de nosotros, si lo hubiere.

Ya, desde la pregunta inicial del encuentro, se entrevió que son posibles distintos grados de comprensión (o conciencia) de la realidad. Como ya los primeros filósofos griegos y los sabios de oriente fueron capaces de ver, si miramos el mundo a través de nuestros sentidos, todo cambia, lo existente muestra su impermanencia, siempre todo es distinto; pero, si no solamente miramos de un modo sensorial, entonces, intuimos algo que no cambia, algo que permanece, una constancia, una identidad, una unidad en lo que hay. Esta segunda mirada, más reflexiva, nos abre a otro tipo de realidad, que también podemos captar, pensar o incluso sentir. Así, los participantes transmitieron al grupo experiencias como las que siguen: hay muchas situaciones dolorosas, pero en todas persiste un fondo de amor, que te permite superarlas; muchas son las formas históricas y sociales que adopta el ser humano, pero todas son humanas; podemos decir que hay una esencia humana que se expresa de múltiples maneras; yo soy una renovación constante de mí misma; el permanente cambio está atravesado de un anhelo de conexión o de unidad; la admiración por la vida es una constante en mí; los estados de ánimo cambian, mi aprendizaje o control de ellos es más estable y depende de mí misma; la tradición busca persistir, la historia es de los cambios; hay un tiempo que cambia (que se puede medir y calcular) y un tiempo más allá de esos cambios; mi necesidad de entender este mundo cambiante es una constante; el sentimiento es permanente, el modo en que se vive es distinto cada vez; cambia mi cuerpo con la edad y el tiempo pasa muy rápido, pero yo soy el mismo que era; las circunstancias son pasajeras, pero yo soy yo; cambia el valor de las cosas, pero no cambia su belleza. Piénsalo: tal como captas el mundo, ¿todo cambia o algo permanece?; o mejor, ¿eres capaz de ver los dos aspectos?

Este grupo de investigación sobre el tema de Dios (que descartó el resto de temáticas: la tendencia a normalizarlo todo, los valores, el conservadurismo, la locura, el destino) se propuso un programa, orientado por estas preguntas: ¿Quién es Dios?, ¿para qué Dios?, ¿somos dioses?, que luego el transcurso de la discusión misma agruparía en sólo dos dos cuestiones: quién y para qué es Dios, y si nosotros tenemos algo de divinos. Y la primera tanda de intervenciones ofreció una buena bandeja de posiciones o perspectivas sobre el tema: la pregunta sobre dios es siempre una pregunta humana, diríamos, sobre nosotros mismos en el fondo; dios es un invento de los poderosos para justificar sus estatus; la búsqueda de dios satisface una humana necesidad de consuelo, un intento de entender lo desconocido y dar razón de las desgracias que nos acaecen; en la actualidad son otros los dioses: el poder, el consumismo, la ciencia y la tecnología, etc., que incluyen sus propios núcleos sagrados y sus rituales; en realidad, siempre ha habido dioses, en todas las épocas, desde elementos de la naturaleza hasta concepciones más abstractas o separadas de lo sensorial; dios podría ser entendido como la idea de un primer arquitecto, imaginado a semejanza humana; dios tiene que ver con una dimensión interior nuestra; o más bien, que la idea de dios es un modo de expresar nuestra ignorancia; finalmente, se dijo que, a diferencia de la la ciencia, el conocimiento sobre Dios no avanza; a lo cual el moderador quiso preguntar: ¿qué indica la persistencia de la pregunta sobre dios: que no merece la pena, o bien, la importancia de esta pregunta?

Esta nueva perspectiva situaba la discusión en un lugar diferente y (casi) todo el grupo convino en la necesidad de realizar una distinción muy importante, de manera que todas las anteriores posiciones de los participantes pudieran quedar clarificadas: debemos distinguir entre la religión (o religiones) y Dios. No hay que confundir ambos planos conceptuales. Las distintas religiones culturales o epocales no serían más que la expresión o plasmación de una raíz profunda, ubicada en una dimensión de la espiritualidad humana. Esto explicaría que haya tantas religiones, y que si se ahonda en el fondo de todas ellas, podamos encontrar un poso común. Esto explicaría que las personas que son verdaderamente religiosas (más allá de rituales o figuras sagradas), puedan entenderse y respetarse, la comprensión religiosa propia del otro. (En este sentido se recomienda la lectura de la novela corta El alma del mundo, de Frédéric Lenoir). Sin embargo, como aludíamos, no todos compartían esta primera conclusión del grupo. Y para eso estamos dialogando: cada discrepancia es una oportunidad para ahondar en el problema, objeto de la discusión.

La discrepancia afloró hasta la superficie cuando el grupo se planteó la última cuestión introductoria del diálogo: ¿somos dioses?, que se formuló de un modo menos crudo y también menos peligroso: ¿hay algo divino en nosotros? Pues bien, esta discrepancia, como decíamos, permitió indagar más profundamente: si para ti la naturaleza debe ser respetada, dado su valor propio o carácter sagrado, si nosotros formamos parte de la naturaleza, ¿no tendremos también nosotros mismos algo de sagrado? Y si tú (otro de los participantes) no admites que haya nada espiritual o sagrado, que todo lo que hay es lo que puede verse y tocarse, al principio de este encuentro, no obstante, dijiste que, a pesar del paso del tiempo y de los cambios en tu cuerpo, tú seguías siendo el mismo... ¿qué significa esto? ¿No sientes que dentro de ti hay algo que no cambia, que permanece hasta cierto punto a lo largo de tu vida? Y si es así, ¿esto que no cambia no podría ser una dimensión superior o espiritual en nosotros, aunque tú no la quieras llamar así? Pues no importan los nombres. Lo que es real es la experiencia detrás de los nombres. Y si esta conexión desaparece, los nombres, efectivamente, no son nada más que nombres. Así, podemos hablar de Dios, o bien, de algo trascendente o absoluto, de un nivel de conciencia superior (o distinta) a la conciencia individual o cotidiana. Por eso los primeros filósofos griegos, que eran tan sabios porque fueron capaces de empezar a pensar por sí mismos, no hablaron nunca de Dios, sino de “lo divino” (to theión). Es muy posible que cuando damos el paso de personalizar esta experiencia de lo divino o espiritual en el mundo y en nosotros mismos, esto ya marque el punto de entrada en lo religioso, tal como se lo considera habitualmente en las religiones organizadas. Y es posible que fuera esto, acerca de lo que discrepaban en el fondo nuestros dos participantes.

El diálogo, de este modo, fue gradualmente alcanzando una evolución en el pensamiento. Una mirada más amplia, que promueve un cambio de visión. Es suficiente situarse en un lugar diferente: desde la idea de Dios llegar a pensar en lo divino, desde ahí llegar a lo espiritual, y desde lo espiritual, tomar conciencia de algo idéntico en nosotros, nuestra identidad profunda. Pero esto solamente sería un cambio conceptual. Un recorrido experiencial partiría de esa conciencia personal profunda (más acá de mis ideas, creencias, estados de ánimo, cambiantes, pasajeros), que no cambia, para poder comprender todo el conglomerado conceptual en torno a Dios. Así pues, ¿somos dioses? No, en absoluto, si con ello nos referimos a las concepciones religiosas habituales: no somos omniscientes, ni omnipotentes, ni inmortales ni perfectos. (Además de lo peligroso y dañino que la historia ha demostrado que puede llegar a ser el creerse uno eso.) Pero esto no es todo lo que hay. Reducir lo espiritual a lo religioso y esto a una religión particular, no deja de ser una peligrosa deformación conceptual. Para poder alcanzar aquel estado de conciencia, hace falta una mayor consciencia. Y esto puede desarrollarse, ahondando, si se practica una atención sostenida y lúcida, sin ideas, una pura conciencia sin objeto, puesta en la intuición originaria o vivencia “yo soy. Vale.



domingo, 11 de junio de 2023

Sobre la crispación social


Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.8

19 mayo de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem; argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo...

Karl Marx, Crítica de la Filosofía del derecho de Hegel


¿Cuál es el origen de la crispación social?

Cuando hoy hablamos de “crispación”, podemos referirnos a dicho fenómeno en relación a alguno de estos tres niveles: contracción repentina y pasajera de algún tejido muscular o una parte del cuerpo; irritación o exasperación de alguien, desde el punto de vista psicológico (estos dos tipos definidos por la RAE); o bien, el uso que se ha extendido bastante en el contexto político-social actual: un malestar o alteración de la vida social debido principalmente a la exacerbación de las posturas (ideas o creencias), provocado, quizás, por lo que oímos llamar “polarización social”, y de lo cual hemos tratado en un reciente café filosófico (será que preocupa). Nos contraemos sobre nosotros mismos (aumenta la tensión) al ver y oír ciertas posiciones sin posibilidad de diálogo o reconciliación. Y nos crispamos: ¿cómo puede ser esto?, ¿sólo puede ser así?, ¿es que he de elegir entre esas dos únicas posturas o posibilidades? ¿El otro es el culpable? Me contraigo individualmente y, socialmente, se va enrareciendo el ambiente; todo paso por pequeño que sea se hace intransitable, no viable, imposible. Entonces, el malestar individual y el malestar social se alimentan mutuamente. Pues bien, ¿cuál es el origen de esta crispación?, ¿es endógena o está fabricada por factores externos, intereses interesados? Puedes seguirnos en esta investigación, si es tu deseo comprender un poco mejor el mundo en que vivimos.

Pero antes, permíteme que me refiera a lo que sucedió previamente, las respuestas de los participantes a la pregunta inicial que planteó el moderador del diálogo: ¿puedes señalar una cualidad tuya, de la que estés orgulloso, una virtud en ti? Esta no es una cuestión baladí. Generalmente, somos más conscientes de nuestras limitaciones actuales (consideradas erróneamente defectos, fruto de la comparación con lo que nos gustaría o se nos exige, que hemos integrado como propio), pero nos cuesta más mostrar la propia luz (Mónica Cavallé). Y esto no es egolatría ni presunción, si se anota conscientemente. Es un ejercicio también necesario en este mundo de la extrema competición, el éxito y la excelencia mal entendida (por contraste o comparación). Y no se aprecia el valor en sí de algo. Pues bien, ahí van unas cuantas excelencias reconocidas por nuestros participantes: saber gestionar emocionalmente a un equipo de personas; escuchar sin juzgar; ser capaz de percibir un sentido diferente de las cosas; no rendirse uno nunca; continuar siendo el niño que pregunta por qué; ser la alegría en las situaciones; seguir teniendo fe, también religiosa; la búsqueda de la positividad en todo; la capacidad para la empatía; la extroversión; la timidez, que me ha llevado a respetar el espacio de cada persona; la sensatez, suma de empatía e inteligencia; y, finalmente, dijeron, la coherencia personal.

Volvemos. Algunos de los participantes piensan que la crispación social siempre ha existido. Y este es su origen: desde siempre hemos clasificado todo lo que nos rodea. Algo muy humano, diría Nietzsche. Para sobrevivir, necesitamos ordenar el mundo, aunque solamente sea una ficción nuestra, que nos creemos, y con ella funcionamos. Porque todo lo que existe es siempre diverso y cambiante. Pero no soportamos el vacío. No soportamos no saber. Y necesitamos controlar, quizás para dominar y sentirnos poderosos. Por eso, dijeron ellos y ellas, que históricamente funciona la “ley del péndulo”. Lo que hoy es, mañana puede ser lo opuesto. Así las modas. Así las tendencias o los estilos en cualquiera de las áreas del quehacer humano. Pero, entonces, ¿qué nos pasa hoy?, ¿por qué lo vivimos con una tensión desmedida? De esto dependía el que hubiera discusión enriquecedora, pues, si solamente íbamos a decir que siempre ha existido... Y se dio con la diferencia propia de nuestra época: la confusión, el malestar, la tensión proviene de la convivencia actual de tendencias contrapuestas, su simultaneidad. Y, sobre todo, cuando nuestras sociedades son tan complejas, tan diversas, tan plurales (al menos en posibilidades) que todo aparece revuelto y bullendo en la misma olla; tanto los jóvenes como los adultos viven confundidos, se sienten perdidos. Ofuscados. Y la crispación puede emerger con suma facilidad. La extrañeza aparece, como apuntó la participante que propuso el tema del día, cuando nos damos cuenta de que ahora contamos con más información, más medios que en otras épocas... ¡y nos crispamos con todo tipo de situaciones que ya podrían estar superadas¡ Por ejemplo, las derivadas de la diversidad sexual, racial, cultural, mental, etc. En lugar de tolerancia y comprensión hacia la diversidad, aparece la polarización, una extrema dualidad y escisión, tanto interna como externa.

¿A qué puede deberse esta incapacidad para mirar al otro (y a lo otro) por sí mismo y no con las gafas empañadas? Nuestros participantes esbozan dos hipótesis: a) no hemos evolucionado mental, emocionalmente; estaremos muy adelantados en nuevas tecnologías, pero no humanamente, para ser capaces de hacernos cargo de este mundo lleno de situaciones diversas y cambiantes; b) determinados intereses crean “cortinas de humo” para ocultarse (es decir, lo que desde Karl Marx se ha venido entendiendo por “crítica de las ideologías”, que habrían de ser desenmascaradas), y de ese modo, esos intereses, alcanzar sus objetivos finales de poder y de dinero; políticamente, y por desgracia, esto parece mostrar, incluso, rentabilidad electoral; se le viene a decir a votante: “tienes que elegir entre nosotros o el caos”. Además, los medios de comunicación hacen de altavoz, mientras que la educación formalizada resulta insuficiente para hacer frente a toda esta avalancha de crispación social: ver sus causas y ayudar a adoptar una actitud más madura.

Pero, nuestros encuentros filosóficos no solamente son descriptivos o explicativos, además, tratan de ofrecer salidas, las que los participantes ven en ese momento; que si las ven ellos y ellas, seguramente puedan ser compartidas por otras personas. Lo primero a señalar es que se necesitan salidas globales o generales y salidas individuales. El primer tipo de salidas eran más difíciles de prefigurar por las personas que allí estaban reunidas. Pero el todo no es nada sin las partes... así que el grupo se apresta a proponer algunas iniciativas que partan de (y cuenten con) nosotros mismos: exigir (de abajo-arriba) un cambio de tendencias, una denuncia de esta vida social insostenible (nadie se va a beneficiar de veras en el medio o largo plazo de esta exagerada, extremista, radical polarización social), aprender a pensar por nosotros mismos, tratar de funcionar en las relaciones sociales sin etiquetas (esas simplificaciones tan irreales). Y la educación tendría que jugar un papel fundamental. Pero, otra educación, dirigida al autoconocimiento. Y esto se dice primero referido a los propios educadores o responsables públicos en cualquier área: si no se conocen a sí mismos y caen fácilmente en el etiquetado inconsciente (o acrítico) de la realidad, ¿qué transmitirán los educandos o los receptores de la información? Siendo como es cierto que se educa más con el ejemplo que con lo que se exige de una manera explícita. Si yo no soy capaz de mirar lo que hay de insondable, de misteriosa profundidad inagotable en mí mismo, cómo podré apreciarlo en los demás. ¿Qué veré en los demás? ¿Fichas ordenadas en un casillero? Las polaridades contrapuestas e irreconciliables estarán servidas. Y la crispación social. Vale.  

domingo, 4 de junio de 2023

¿Qué es habitar cuando habitamos?


Sobre el habitar

Café Filosófico en Torre del Mar 2.6

11 de mayo de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Un día, quizá, vendrá un signo de otro planeta. Y, por un efecto de solidaridad cuyos mecanismos ha estudiado el etnólogo en pequeña escala, el conjunto del espacio terrestre se convertirá en un lugar. Ser terrestre significará algo. Mientras esperamos que esto ocurra, no es seguro que basten las amenazas que pesan sobre el entorno. En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos.

Marc Augé, Los no lugares


¿Qué es habitar cuando habitamos?

El pensamiento se construye juntos, como el lenguaje. Y un grupo que dialoga (filosóficamente –una actitud) como el nuestro, construye pensamiento juntos. Alumbra verdades sentidas. Las actualiza en el momento. Un saber de primera mano que ahonda en lo que nos hace ser. Ahí se puede descansar. Un fondo elocuente de silencio. Somos nosotros mismos que nos hablamos. Nos comprendemos. Habitamos el habitar. Por eso nuestro café filosófico de aquella tarde de mayo, en medio de una temporada de DANAs, a las que hemos dado la bienvenida por tanta sequía, fue pasando del silencio al habitar desde el silencio, que es vida, que es base de la vivencia. Tendrás que continuar con nosotros para entendernos. Para entenderlo. Para entenderte.

Tenía el moderador del encuentro que preparar una reflexión sobre el silencio, con motivo de una mesa redonda en la que iba a participar. Y ya que estaba con personas dispuestas a filosofar, con la capacidad para filosofar, por qué no podrían ayudarle. Y les preguntó: ¿qué significa para vosotros el silencio? Y éstas fueron las ayudas que recibió: el silencio es reflexión; la forma más natural de expresarme; el encuentro conmigo mismo, que en este momento no es posible, pues está interfiriendo un miedo en mí; para mí significa recogimiento; no estar llena, estar en paz contigo misma, ya sea que estés sola o acompañada de más gente; la ausencia de ruido mental y emocional; es el fundamento de la música, y antes de su ejecución, cuando la música emerge; lo he saboreado más estando en soledad; el silencio para mí es silencio si es elegido; callarse uno lo que tiene que decir es la versión negativa del silencio: impide la relación; el silencio es una calma confortable que te abriga, aprendes y estás más receptivo; yo pienso que el silencio no existe, sólo el ruido (no obstante, ¿cuando no hay ruido, qué es lo que hay?); el silencio es sanador; lo necesitamos, ¡somos silencio!; para mí es una paz esencial en mi vida. Preguntado luego el moderador, pasadas casi dos semanas, si le había servido esta rápida introducción sobre el silencio vivido, respondió que “no sabíamos cuánto”.

¿Qué es habitar? (El cuerpo, un espacio, una situación, el planeta...). Y dijeron que “habitar” es formar parte fundamental de algo, como un anclaje en la tierra, una experiencia cuasi-mística al alcance de todos; cuando todo lo que tiene que ser está presente, en estado óptimo. Y esto último desencadenó la discusión. ¿Solamente es habitable lo óptimo? ¿No es habitable la enfermedad o el dolor, por ejemplo? Tras la toma de conciencia, la respuesta fue unánime: se habita lo que hay. Cuando habitas de veras la enfermedad o el dolor, esto te sitúa en sus límites, puedes verlo, sentirlo y, con la distancia del observador, lo que sea en cada caso te va doliendo menos, preocupando menos... Por lo tanto, el grupo tuvo claro que “habitar” es una disposición mental, una conciencia del momento (momento a momento), que permite transitar la vida, que procura honrar la vida. Pregunta, entonces, el moderador: ¿de qué manera, entonces, podemos deshonrar la vida, y no estar habitándola, estando con lo que hay? Y responden: cuando nos dejamos arrastrar por el victimismo, cuando nos dejamos manipular, cuando huimos, cuando nos engañamos, cuando nos conformamos, cuando me dejo conducir por pre-juicios, cuando me callo y me traiciono a mí mismo, a la vida que bulle en mí.

Así pues, el ser humano se caracteriza por su capacidad para el habitar, su capacidad para hacer de cualquier cosa su morada, su hogar. Sin embargo, estaba allí presente una concepción, una mirada que introdujo en el diálogo el disenso. En la práctica, llevó al grupo a poder alcanzar una cota superior de comprensión. ¡Bienvenido el momento negativo de la dialéctica! (Hegel). “Yo habito algo cuando soy dueña de ello”. Y esta impresión desencadenó, de nuevo, como decimos, la discusión productiva: ¿habitar es ser dueños, poseedores, capaces de controlar, de gestionar, lo que se habita? Esta pregunta llevó a extraer las consecuencias de lo que se estaba afirmando... a dónde nos llevaba. Y, en las sucesivas aclaraciones, con el consiguiente cuestionamiento fue apareciendo, gracias a ello, el componente afectivo del habitar... que estaba quedando en la penumbra, sin salir todavía a la conciencia. Habitamos algo cuando lo queremos, lo cuidamos, lo reconocemos, nos responsabilizamos de ello.

Además, esta discusión previa (si habitar es poseer), condujo el diálogo hacia la consideración de los riesgos de esta actitud, que pueden percibirse hoy en día: si pudieran estar en la base de nuestra relación con nuestro planeta. Esa casa más grande. Compartida con otros seres animados e inanimados. ¿Qué estamos haciendo en ella? En el caso de otros seres vivos, quizás bastaría relacionarse con el entorno como habitat, pero nosotros podemos habitar nuestro entorno (natural y cultural), puede llegar a ser morada... ¿Nos relacionamos con el planeta como lo haríamos con nuestro hogar? ¿Honramos nuestra casa compartida, cada una de sus habitaciones? ¿Habitamos el habitar mismo, y lo que esto significa? ¿Estamos a la altura de este tiempo? ¿Somos conscientes? Quizás haya que comenzar por aprender a habitar nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra mente (y que no sean un laberinto torturador). Quizás haya que comenzar por aprender a habitar las estancias o los espacios que nosotros mismos fabricamos, ya desde su diseño y su finalidad. Es posible que, dentro de unos pocos miles de años, algunos etnólogos (si los hubiere) descubrieran los abundantes restos arqueológicos, que nosotros llamamos estaciones de tren, aeropuertos, grandes superficies comerciales, autovías, avenidas de varios carriles, complejos turísticos o campos de golf, y se preguntaran si allí vivía alguien, si esos lugares estaban habitados. Y si lo estarían sus cuerpos y sus emociones. Qué mente...








martes, 7 de marzo de 2023

¿Por qué necesitamos la cultura?


Sobre la cultura

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.5

17 de febrero de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


La vida es en sí misma y siempre un naufragio. Naufragar no es ahogarse. El pobre humano, sintiendo que se sumerge en el abismo, agita los brazos para mantenerse a flote. Esa agitación de los brazos con que reacciona ante su propia perdición, es la cultura –un movimiento natatorio–. Cuando la cultura no es más que eso, cumple su sentido y el humano asciende sobre su propio abismo.

Ortega y Gasset


¿Por qué necesitamos la cultura?


En esta sesión del Club de Filosofía, en la Sociedad Recreativa y Cultural La Peña de Vélez-Málaga, la filosofía se puso a prueba a sí misma. ¿Cuál debe ser su papel en la sociedad? ¿Debe mirarse el ombligo como disciplina, o bien, debe estar a servicio de las preocupaciones e inquietudes de los seres humanos que pueblan este planeta? Aquí apostamos por lo segundo, claro. Pero sin instrumentalizar a la filosofía. Nos explicamos: poner al servicio, no implica mudar su naturaleza hasta que la filosofía sea irreconocible; por ello, la noción y la actitud filosófica no se altera sino que, desde su perspectiva de la realidad (una perspectiva reflexiva, radical, distanciada, crítica, dialógica, a la búsqueda del ser, el bien, la verdad, la belleza, el amor), trata de abordar los problemas de nuestro tiempo y acompañar a las personas en su vida cotidiana, sin dejar de lado nada de lo fundamental en nosotros: todo nuestro ser, físico, afectivo, mental, espiritual, que vive y se relaciona con los demás seres y con el planeta y el universo, de donde ha nacido y a donde habrá de volver. Pues bien, aquella tarde la filosofía fue puesta a prueba, como decimos... Este relator te anima, querido lector, a continuar hasta el final de esta jornada.

Todo comenzó con el viento que esculpe las nubes. Siguiendo con la tradición de las últimas ediciones de estos cafés filosóficos, se les pidió a los asistentes que se tornaran poéticos y expresaran sus evocaciones (en este caso) sobre las “nubes”: algo irrealizable, un pronóstico de que algo nos traerán, una belleza, un idilio, una esperanza de lluvia, alguna tranquilidad, una sugestión personal y propia, un estado de ánimo, algo leve y evanescente, la ingravidez de la transformación constante... seguro que para ti, también, mirar las nubes no es sólo “estar en las nubes”.

La preocupación del día resultó ser la cultura. Pero, no sólo qué es la cultura, sino cómo cultivarnos. Y no sólo como individuos, sino socialmente, y no en general, sino dentro de mi comunidad, cómo cultivarnos y generar cultura entre nosotros. Y la filosofía misma tuvo que implicarse. Pero vayamos por partes... Desde el punto de vista antropológico, todos los seres humanos somos cultos, puesto que pertenecemos a una cultura determinada (no se hablaba aquí de tener más o menos cultura o ser cultos... eso es otra cosa). La cultura, una cultura, es todo el conjunto de experiencias sociales, acumuladas a lo largo del tiempo, que se han ido transmitiendo de generación en generación (verticalmente) y de unos individuos a otros (horizontalmente). Incluye conocimientos, ideas, creencias, valores; incluye reglas institucionalizadas sobre lo que debe y no debe hacerse, y cómo hacerlo; objetos u obras con un significado particular dentro de una cultura; habilidades y técnicas materiales y sociales; en fin, todo lo que los seres humanos somos capaces de generar juntos a lo largo del tiempo, conservado y transmitido.

Pero nuestros participantes querían ir más allá... y luego más acá, de esa definición de cultura tan aséptica. Veamos. ¿Por qué necesitamos la cultura? Esas expresiones, fruto de la nuestra interacción con el medio y entre nosotros mismos, ¿a qué inquietud humana responden? Necesitamos expresarnos, necesitamos encontrar y aportar un sentido a la colectividad, porque estamos vinculados, porque vivir es relacionarse y estamos en permanente interacción unos con otros y con la naturaleza, cubriendo nuestras variadas necesidades. Y si una aportación cultural no responde a esta demanda individual, con aspiración social, simplemente no se trasmite, no sobrevive culturalmente. Porque toda cultura ha sido fruto del mestizaje, porque el ser humano, además de naturaleza tiene historia, como nos recordaba Ortega y Gasset. Pero, además, al recibir cultura, los individuos como personas se desarrollan, pues sin contacto cultural humano nuestras capacidades se estancan y atrofian; construimos nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos con la comunidad que nos rodea, incluso, cuando pretendemos ir en contra de una determinada cultura. ¿Puede haber una cultura individual? Esto es un absurdo en sus términos y una imposibilidad material. Así, no es posible un lenguaje privado, como descubrió Wittgenstein, si no, dejaría de ser lenguaje. Hasta la cultura más aislada (de las pocas que quedan), hasta el individuo más ermitaño, se han construido a partir de la interacción. No hay culturas aisladas, ni dentro de sí mismas, entre sus individuos, ni fuera, sin relación con otras culturas. Es imposible. Nuestros participantes te lo sirven muy claro, para que lo digieras. Y esta conclusión será muy útil a continuación, cuando les preocupó tanto a los participantes la cultura de su comunidad particular.

Lo hemos dicho: la filosofía no pude quedarse al margen. El diálogo quería seguir un orden lógico, pero la necesidad del momento apretaba, y todos los participantes se sintieron interpelados por las inquietudes del momento, por su ciudad. ¿Por qué hay tan poca asistencia a los actos culturales que se organizan? ¿Por qué falta la implicación de la ciudadanía? ¿Qué hacen, o qué pueden hacer, los políticos de la ciudad? ¿Qué podemos hacer nosotros? Por otro lado, parece haber un fuerte movimiento cultural en torno a la actividad cofrade o las fiestas patronales, y el público acude en masa a procesiones y fiestas. ¿Qué se puede hacer? Esto dijeron ellos y ellas: dar a conocer todo lo que se hace, no solamente la cultura oficial; elaborar un censo de creadores, de todas las artes y artesanías, detectar dónde hay cultura; fomentar la cultura desde abajo, que la gente sea la que cree cultura, y apoyarla desde arriba, institucionalmente; conectar con la gente, abrirse a ella y sus manifestaciones culturales; educar culturalmente, para que poco a poco se aprecie la buena cultura, sus plasmaciomes culturales más valiosas, que se comprenda que la cultura te desarrolla como persona; que amar la cultura requiere cuidar la cultura, como pasa con cualquier otra forma de amor; y no se confunda cultura y entretenimiento, cultura y evasión individual o social; por último, darnos cuenta de que la cultura genera valor económico, incluso; que la cultura no es algo, por intangible, vacío o inútil, sino que alimenta el espíritu... pues, no sólo de pan y de circo vive el hombre, que el ser humano es un ser cultural, por naturaleza. Lo hemos comprobado durante la pandemia. ¿Cómo hubiéramos sobrevivido sin la cultura?

De manera que la filosofía, si la practicamos, no puede alejarse de este tipo de preocupaciones actuales. Y la discusión primera nos daba la clave para situar en su origen, en su esencia, esta última discusión: el ser humano es un ser que se construye relacionalmente, a través de la interacción y la vinculación mutua con los demás seres. Vamos, pues, a alimentarla. La interrelación. Si ésta se nutre adecuadamente, la cultura crece en valor y en riqueza. Y nosotros crecemos con ella. Sea. La filosofía practicada ha de formar parte de este magma cultural en constante movimiento. Y allí estábamos... en mitad de la cultura, en La Peña de Vélez, abierta al público.