Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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viernes, 3 de enero de 2025

¿Por qué funcionan los bulos?


Sobre la desinformación

Café Filosófico en Torre del Mar 15.2

28 de noviembre de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Estaba un día Cura (El cuidado) atravesando un río y al ver gran cantidad de arcilla, cogió una buena porción y, distraídamente, comenzó a modelar una figura. Mientras pensaba para sí qué había hecho, se le acercó Júpiter. Cura le pidió que infundiese espíritu al trozo de arcilla modelado y Júpiter le concedió el deseo.

Pero al querer Cura ponerle su nombre a la obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía ponerle su nombre, por haberle infundido la vida. Mientras Cura y Júpiter discutían sobre quién debía ponerle su nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y dijo que sólo a ella le correspondía darle nombre al nuevo ser, puesto que le había dado el cuerpo. La discusión se prolongó largo tiempo, hasta que los litigantes escogieron por juez a Saturno, el dios del tiempo, que dictó la siguiente sentencia:

Tú, Júpiter, por haberle dado el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haberle ofrecido su cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, será quien lo acompañe mientras viva. Y, en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame “homo”, puesto que está hecho de “humus” (Tierra).

Higinio


¿Por qué funcionan los bulos?

El cuidado. El ser humano necesita de otros seres humanos. De la calidad de estos encuentros deriva el nivel de su desarrollo tanto personal como social o emocional. Heidegger ponía el cuidado (sorge) como base en la que se asienta el resto de los existenciarios fundamentales del ser humano (un “ser-ahí”), lo que caracteriza la existencia humana. Aunque esto parece que lo hemos olvidado: ¿los seres humanos hubiéramos sobrevivido tanto tiempo sin cuidar unos de otros? Y puesto que nuestros mayores problemas son globales, ahora necesitamos más que nunca extender nuestro cuidado más allá de nuestro círculo cercano (familia, amigos, ciudad, Estado). Este cura mundi necesita un cura nostri, que no sería viable sino no comienza siendo un cura sui. De esta guisa, comenzó el encuentro. El moderador de este segundo Café filosófico en la Taberna El Oasis de Torre del Mar, comenzó preguntando a los asistentes: ¿cómo cuido yo de mí mismo? Y claro esto se refería a distintos planos del auto-cuidado: físico o del cuerpo, mental o psicológico y espiritual o interior.

La pregunta también se dirige a ti, pero ellos y ellas respondieron de esta manera. Cuidaban de sí mismos a través de estos ingredientes: el deporte, al lectura, el yoga, la escritura, la gimnasia, la playa, la vida social, la salud, el amor a sí mimo, la rutina, observar a los niños, hacer lo que me apetece, cultivar mi intelecto, la buena alimentación, cuidar de mi cuerpo, estar informado... Todo esto estaba muy bien, son actividades pensadas para cuidarme en el sentido que hoy día se entiende habitualmente: “hacer cosas para mí”. Pero se quedan en eso, si no conducen al autoconocimiento y la autorrealización. Por si acaso, para algo estábamos allí, dispuestos a filosofar juntos, para que lo que hacemos nos permita tomar conciencia de nosotros mismos y de los demás y del mundo.

El tema de reflexión conjunta que la tarde nos proponía fue, claro, el que titula este relato: la desinformación. En concreto, un aspecto que intrigaba a los presentes: los bulos, de tan triste actualidad, ¿por qué pueden resultar tan atractivos los bulos? ¿Por qué funcionan los bulos en nuestra sociedad? Esto les parecía un misterio... a nosotros también. Y nada mejor que un misterio para ponernos manos a la obra y filosofar. No para deshacer dicho misterio, sino para escrudiñar en él y ver de qué está hecho. ¿Tan crédulos somos? Veamos hasta dónde llegaron aquella tarde, en su indagación.

¿Por qué funcionan los bulos? Y comenzaron a desgranar algunas hipótesis que propiciaban el “buen” funcionamiento de los bulos. Los medios de comunicación son muchos, pero quizás no variados o diversos; la información constituye hoy día uno de los mecanismos más eficaces de control de la población; el hecho de que sean muchos, pero en muchos casos sesgados por los intereses económico-políticos que los sustentan. Esto supondría que la ansiada utopía de la información (una utopía de raigambre ilustrada: a mayor información pública, mejores ciudadanos libres y pensantes). Pero la información, por sí sola, no garantiza el que la ciudadanía posea su criterio propio. Primero habría que desarrollar esta capacidad (algo de lo que tratará el final de este relato).

Uno de los participantes, con buen criterio, pidió definir qué entendíamos por “bulo”, dado que a veces las intervenciones fluctuaban un poco, no fuera a ser que los sentidos que pululaban por las cabezas fueran diferentes. Y lo definieron a partir de estos dos componentes: el afán de ocultamiento y el afán del beneficio. Así, dijeron que los bulos son mentiras interesadas, construidas a conciencia. Si miráis el diccionario de la RAE, no la mejora. Pues bien, la construcción de bulos estaría precedida por la devaluación de la verdad, hasta extremos, a veces, impúdicos. Uno de los participantes citó a Steve Bannon, jefe de estrategia durante el primer mandato de Donald Trump, un experto en estas lides, que ha pronunciado sentencias tan “lindas” como éstas: “la verdadera oposición son los medios”, “Y la forma de lidiar con ellos es inundar el terreno de mierda”. Elon Musk, por su parte, les dice a sus tuiteros: “ahora la prensa sois vosotros”, superando al referente histórico en estos menesteres: el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels. Y claro todo esto viene de un descrédito social respecto a la credibilidad de los medios habituales de información. Lo mismo que el origen del auge de la ultraderecha en la política estaría en el hartazgo de los votantes respecto de la política al uso... pero de esto hablaremos otro día. Solamente decir que la búsqueda del bien y la verdad parece haberse quedado obsoleta. Aunque no los peligros a los que quedamos expuestos.

Sin embargo, la pregunta filosófica que nos interesaba aún estaba en el aire: ¿por qué este tipo de estrategias funcionan todavía? Y las nuevas hipótesis de los participantes querían acogerse a cierta imagen de la naturaleza humana: mensajes simples y estereotipados, repeticiones y repeticiones mecánicas, mensajes que apelan a las emociones, acudir a la comodidad de los usuarios, o bien a los miedos, algo que siempre da bastante juego para el control de las masas. A lo que podemos preguntar: ¿siempre somos así?, ¿todo en nosotros se rige por lo simple, lo mecánico, lo emocional, la comodidad, el miedo? Y lo más importante, nosotros que estamos aquí, ahora, dialogando ¿nos sentimos así?, ¿solamente somos eso? Estas preguntas despertaron la conciencia crítica de los participantes. De ahí la importancia de hacerse las preguntas. Y comenzaron a decir que estamos educados así, habituados a reaccionar de ese modo, ante lo que nos presentan los reclamos sociales habituales. Y que, entonces, lo que necesitamos es una buena educación de lo que sería una verdadera democracia, que impulse el espíritu crítico en la ciudadanía. Esto incluye apreciar lo digno de ser apreciado y cuestionar lo que debe ser cuestionado. Aprender como sociedad a decir no a lo inaceptable, tanto inmediato como mediato, a medio y largo plazo. Los mayores males se van gestando a fuego lento y la invasión de los peligros no se aprecian fácilmente, hasta que estamos bien cercados.

Pero este cambio de rumbo no sería posible sin nuestra propia implicación y responsabilidad personal, así como sin el entrenamiento para una alerta racional a tiempo, de todo aquello que no debe ser, porque es falso o es dañino. Prácticas sencillas proponen nuestros participantes, en la lucha contra los bulos, como leer a fondo lo mensajes, desde el sentido común, o no reenviar una noticia en las llamadas redes sociales de Internet sin más, sin haber comprobado la veracidad de lo que se dice. En definitiva, si queremos a nuestros amigos, tanto conocidos como desconocidos, debemos cuidar de ellos. Y una manera cotidiana en la que podemos cuidar de ellos es el cuidado de la información que les trasladamos. Su calidad, su veracidad, su importancia, su pertinencia, su utilidad, su rigor. ¿O no procedería así un buen profesor con su alumnado? ¿O bien, un buen periodista con sus lectores o seguidores? Entonces, ¿por qué no también nosotros? Vamos a cuidar unos de otros. Y hay muchas maneras en que podemos hacerlo. Vale.

jueves, 26 de septiembre de 2024

¿Qué hacer con nuestra indiferencia?


Sobre la indiferencia

Café Filosófico en Torre del Mar 14.5

6 de junio de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Homo sum; nihil humani a me alienum puto dijo el cómico latino. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre.

Miguel de Unamuno


Denomino “conciencia de separatividad” a un determinado nivel de conciencia, en concreto, a un estado contraído del yo, a un estado subjetivo de aislamiento en el que nos sentimos desconectados de nuestra propia fuente, de modo que no reconocemos ni encontramos en nuestro interior, al menos de forma significativa y estable, un fondo ontológico que nos sostenga, nos guíe, nos inspire y nos proporcione un sentimiento de confianza básica.

Mónica Cavallé



¿Qué hacer con nuestra indiferencia?

Es suficiente que uno deje que las cosas de este mundo sigan su curso para ver cómo circulan juntas; que no influyamos para que reciban su influjo unas de otras. Si el animador del encuentro filosófico propuso una práctica a partir del término griego enthusiasmós, los participantes decidieron hablar de la indiferencia que muchas veces reina en nuestras sociedades. Si el encuentro permitió que salieran a la luz las pasiones confesables más propias de cada participante, la mayor parte del tiempo trataron de levantar cabeza de un magma indiferenciado. Pero de ese cóctel de contrarios emergió la actitud más adecuada para deshacer la inmunización a que parecemos estar sometidos; ante el pasotismo (que antes se decía) y la pasividad y la indiferencia, brotó el entusiasmo responsable. ¿Cómo fue esto posible? Vamos a caminar...

Las pasiones son pasivas, las padecemos, nos arrastran y somos su juguete pues se adueñan de nosotros. Éste es el sentido de la passio latina, pero también está la idea que recoge el pathos griego: una afección activa, consciente, libre. Los celos nos ciegan y nos esclavizan, pero una afición, como el deporte o la música, puede desarrollar algunas de nuestras cualidades y hacer que nos sintamos más nosotros mismos. En lugar de sufrir nuestras pasiones, entregarnos lúcida y conscientemente a ellas. Un tal enthousiasmós, que es un arrebato y un éxtasis de inspiración divina, como el arrobo de las sibilas durante sus oráculos que se diría que “llevan un dios dentro”. Pues bien, preguntó el facilitador del encuentro: ¿cuál es tu pasión consciente y libre, tu más reciente entusiasmo? Y destilaron los participantes en público sus pasiones: bailar, mi pasión está en la actitud que pongo, en el trabajo de ayuda a los demás que desarrollo, la pasión está para mí en la misma magia de la vida, en el mismo hecho de vivir, en la poesía, en la contemplación de la belleza, en las artes escultóricas, en mi curiosidad y el interés que pongo en conocer, leyendo algo que me gusta, en todo lo que hago o procuro hacer, tratando de conocerme a mí misma, comprobando cómo las personas cambian su vida con algo de ayuda, en mi telar de tapices, cuando indago en la poesía y los poetas, cuando encuentro un texto clave, con la verdadera compasión, la palabra ahimsa a mí me suscita todo eso, cuando comprendo el sufrimiento, el asombro ante el universo, el viaje y sus descubrimientos, poniendo en práctica lo aprendido... todo esto, a lo que podemos añadir tus propias pasiones más entusiastas; tuyas, no que ellas te tienen.

Muchos son los cambios, los desafíos, que nos están esperando a una velocidad que da vértigo. ¿Y qué hacemos con ello? ¿Estamos a la altura? A nuestros participantes de aquella tarde les preocupaba la tendencia hacia la indiferencia o la pasividad, sobre todo cuando se trata de situaciones injustas o de peligrosas. Quizás, lo pensaron como contraste del entusiasmo que había salido a la luz durante la preparación de la sesión. Quizás, porque habían traído ya esa percepción con ellos y con ellas. La cosa es que ahí estaba, nuestra indiferencia ante los desafíos que a menudo nos cercan y acorralan. ¿Por qué somos tan indiferentes? ¿Por qué no somos capaces de apreciar lo que está pasando, y no nos comprometemos con mayor firmeza? ¿Cuál sería la actitud más adecuada? Sobre este telón de fondo trataron de indagar. Y ésa era la impresión general, el predominio actual de la indiferencia; mirada así, a lo grueso, porque enseguida comenzaron a aparecer los contraejemplos: en algunos casos de personas u organizaciones no se observa dicha indiferencia, todo lo contrario. No se puede generalizar. Caemos a menudo en las garras de tamaña falacia. Hay individualismo, hay inacción y fatalismo, y delegamos y derivamos. Y buscamos muchas veces nuestra pura satisfacción personal, generalmente de tipo material (“vive alegre y despreocupadamente la vida”) y nos alojamos en nuestra zona de confort. Sí, pero es posible que todo esto sean mecanismos de defensa, fruto de algo más profundo: la impotencia que sentimos ante acontecimientos y fenómenos sociales que no controlamos, que no creemos que podamos llegar a controlar, que no dependen de nosotros; lo que, vivido por vidas individuales, se transforma en frustración e impotencia social. No sería, pues, la indiferencia sino la impotencia la que manda en un mundo que va muy por delante de nuestros pasos, que se escurre entre los dedos cuando tratamos de agarrarlo y empuñarlo. De manera que no busquemos culpables entre las personas que nos rodean, comprendamos qué está pasando en nuestras sociedades. El que no sean regímenes autoritarios nuestras democracias, no significa que las sentimos más nuestras, “gobiernos a favor del pueblo”. La siembra de la indiferencia y la pasividad (de lo que ya hablamos en un café filosófico anterior) busca alcanzar la cosecha perfecta para conservar de la relación actual de fuerzas: individuos cabizbajos y confusos, egocéntricos y cortoplacistas en sus aspiraciones; y para esto, ciertos medios tecnológicos están siendo la mar de eficientes.

Pero, lo que más interesaba a los participantes era: ¿qué actitud adoptamos frente a ello? Porque no estaban allí para quejarse, sino para aclararse, para comprender y comprenderse. Y propusieron ellos y ellas un cambio de rumbo: minar la base de nuestras indiferencias. Comienza por tu círculo más cercano, implicándote, de manera que, por lo que a ti respecta, contribuyas a hacer del mundo un mundo mejor; imagina muchos círculos excéntricos que van aumentando su tamaño... hasta cubrir toda la superficie. Si no hay conciencia social (que lo que afecta a muchos me afecta a mí, y que lo que me pasa a mí les pasa a muchos), vamos a ir creándola progresivamente; una reeducación que lleve a comprender que lo tuyo es también problema mío. Además, necesitamos un amplio conocimiento de lo que sucede, sin sesgos, sin desviaciones o polarizaciones, sino tratando de ver lo que hay tal como lo hay, sin tener que defender posturas; esto es un trabajo de todos, no se trata de que otros sean los que nos cuenten o nos informen... buscar nosotros la información. No dejar, en general, que otros piense por nosotros, que actúe por nosotros. A esto lo llamaba Immanuel Kant, simplemente, llegar a ser un ciudadano ilustrado. Necesitamos, los ciudadanos de a pie, recrear y mantener buenos foros de intercambio de experiencias, ideas, acciones. Algunos dijeron que este diálogo filosófico lo era. Pero es tan raro hoy día...

Sin embargo, este plano social de actitudes que conlleven nuevas acciones, desconocidas en los últimos tiempos, no podrá materializarse sin un cambio de rumbo en los propios individuos, en su interior, en sus modos de ver y más adentro todavía, sin la conciencia de su propia identidad insobornable, como personas, como seres humanos. Por aquí dijeron que habría que empezar, por nosotros mismos. Y la clave que aportaron: autorresponsabilizarnos. Si el cambio de actitud fuera por dentro, se verían sus efectos por fuera. Y si esto sucede en un porcentaje crítico de personas, el cambio consciente, no indiferente, sería posible. Primero, he de mirarme yo: que nada en mí me sea indiferente, de lo contrario, la indiferencia hacia lo que sucede en mi interior, reaparecerá de mil formas en el exterior. Esto no significa que yo empiece a sentirme culpable por el actual funcionamiento del mundo. Esta es una tendencia también muy de nuestros días: arrojar el peso de toda la responsabilidad sobre el individuo, para que éste, ante su manifiesta impotencia, decline hacer nada y se evada y sustituya y compre y tenga y crea que, de ese modo, se tiene más y mejor a sí mismo. De esta manera, la armonía y la cordialidad que uno no encuentra en sí mismo, tiende a buscarlas fuera y, si no lo logra, lo sustituye conjugando los verbos de acción conseguir, poseer, dominar, acumular y otros del mismo linaje. Entonces, así pues, volver a conectarse uno consigo mismo, con su fondo. Desenmascarar esa “conciencia de separatividad” que tanto abunda y reconocer la siempre fresca, siempre viva, conciencia de unidad en mí, un canal que me conduce directamente al encuentro y al vínculo con los demás seres. Sin culpas, sin esfuerzos o desesperanzas, recoger nuestra esencia más humana y que nada de lo injusto o inhumano nos sea indiferente, como canta Mercedes Sosa. Para interesarnos y cuidar del mundo, empezar por cuidar de nosotros mismos. Cura sui, cura nostri.





viernes, 16 de agosto de 2024

¿Qué nos aportan las migraciones?


Sobre la inmigración

Café Filosófico en Torre del Mar 3.6

23 de mayo de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Yo es otro. Tanto peor para la madera que se descubre violín, ¡y mofa contra los inconscientes, que pontifican sobre lo que ignoran por completo!

Arthur Rimbaud


¿Qué nos aportan las migraciones?

Ya conocemos el uso político que se hace actualmente del tema de la inmigración, pero aquí, nosotros, a través de la reconstrucción del diálogo filosófico que tuvo lugar el pasado mes de mayo en Torre del Mar, en la Taberna El Oasis, no vamos a darle alas a tal uso interesado del hecho de que en el planeta haya tantas y tan grandes desigualdades (de las cuales somos corresponsables) y que los seres humanos traten por sus medios de vivir lo mejor que puedan. Para eso se mueven, como las demás especies. Por eso se desplazan, como lo han hecho a lo largo de siglos y milenios, con el consiguiente (y natural) mestizaje, cultural y de rasgos físicos; sin el que nosotros, los que habitamos el planeta en este tiempo, no seríamos los que somos. Vamos a mirarlo con atención, por favor. ¿Por qué hay que poner miedo en esta realidad? Como han demostrado algunos experimentos de principios del siglo veinte (en el campo de la psicología experimental), cuando los niños ven acercarse a un animal, ven a un animal, salvo que un adulto se asuste, grite o corra, pretendidamente, para auxiliarlo. En consecuencia, traslada su miedo al niño y éste acaba por asustarse, y seguirá asustándose. Desde luego, esta realidad migratoria, que se ha convertido en un problema por el que muchos están asustados y otros se encargan de atizar el miedo para conseguir más votos, presencia o poder, necesita ser mirado de otra manera. Y esto es lo que te prometen los participantes de este café filosófico que te traemos. Acompáñanos, si quieres salir de la maraña de pensamientos primitivos y nocivos que a menudo nos invaden.

No obstante, la misma confusión estuvo presente entre los participantes (nadie puede sustraerse del todo de la corta visión reinante), sobre todo, en la parte central del diálogo. Ellos y ellas son como tú, pero un diálogo filosófico permite hallar una mínima claridad, desde la que poder vivir de otra manera. Comenzamos ya... Pero antes, ¿has saboreado alguna vez un momento de paz interior? Cuando esto se ha dado, seguro que se ha extendido fuera, a pesar de las circunstancias apremiantes de tu vida. Lo contrario, sin embargo, no es seguro: que, si hay paz debida a causas exteriores, sientas un estado duradero de plenitud por dentro, dado que esa paz exterior es dependiente de estímulos y, por tanto, no es ni propia ni genuina. En todo caso, los estímulos pueden despertarla, pero nunca deja de ser esa paz una cualidad interior, que puede ser desarrollada. Como te pasará a ti, en este listado, recogido de lo que dijeron los participantes, están presentes los dos tipos de paz, pero observa cómo cualquier estado de paz depende de nuestra capacidad interior para sentir paz: cuando veo que hay armonía familiar, cuando acepté el alzheimer de mi padre, cuando conocí a mi pareja, cuando salió mi hija de sus problemas, cuando me libré de una mala persona, escuchando música, en mitad de mi jardín, en contacto con la naturaleza, cuando el médico me dice que todo está bien, cuando contemplo el mar, cuando está toda la familia reunida, en cada situación, cuando acabo de pintar un cuadro, cuando leo buena poesía, cuando me entiendo con otro, cuando me siento creativo, libre, estoy en paz visualizando el ideal de paz, cuando noto una armonía interior, cuando me siento fuerte y no sumisa, meditando, cuando acepto, cuando confío, cuando pago mis deudas, cuando al anochecer todos están en casa, me siento en paz ahora, en este encuentro.

¿Qué es una persona inmigrante? ¿Qué nos aporta la inmigración? ¿Se utiliza políticamente? ¿Nos da miedo? Lo primero que trató de hacer el grupo es cuidar el lenguaje... Hay muchos fenómenos sociales a los que se les denomina genéricamente “inmigración” (claro, visto desde la perspectiva del país que recibe a estos seres humanos). Muchos tipos y variados motivos: emigrantes, refugiados, exiliados, transterrados... Es decir, flujos humanos que discurren por el planeta Tierra. De modo que algunos participantes proponen el término general más aceptado de “migrantes”, simplemente, personas que se trasladan de un lugar a otro, por diversas causas o motivos. Sin más connotaciones. Pero esto costaba en el seno del grupo. Las tendencias etno-ego-céntricas están muy arraigadas. Eso sí, es necesario distinguir entre migraciones forzadas y no forzadas, dejando claro que ellos y ellas querían hablar de las migraciones forzadas (causadas por el hambre, las guerras, las ideologías o creencias, los regímenes autoritarios, las catástrofes naturales...). Además, querían dejar claro que las personas migrantes, si están integradas en la cultura receptora, no generan ningún problema. Otra cosa es la manera (respetuosa o no) como se produzca esta integración... De todos modos, eran muy conscientes de la complejidad del fenómeno actual de las migraciones. Y la cantidad de argumentos polarizados (por ser miopes y no ser capaces de percibir el fenómeno en sus múltiples facetas) que habitualmente oímos, y que algunos se oyeron durante la reunión... Pero, ya hemos dicho que no daríamos pábulo a la discusión normalizada sobre este tipo de situaciones humanas actuales. Sí, más bien, tratar de ver las cosas de otro modo... a lo que la filosofía ha de ayudar, como dijimos: ver lo no visto, comprender lo no comprendido, pensar lo impensado.

Uno de los participantes menciona, como algo de lo que podríamos aprender, que en Noruega no se habla de inmigrantes, sino de refugiados que necesitan ayuda. Pero, ¿por qué no hablar simplemente de personas que se desplazan, cada una con sus circunstancias y problemas de origen?, ¿por qué no hablar de personas inmersas en situaciones diferenciadas, que hay que abordar desde su propia singularidad? Ponemos muros a lo que no nos gusta o nos da miedo, y los quitamos para lo que nos interesa o creemos que nos interesa. Y dividimos a las personas que se mueven, o nos llegan, entre los que tienen y los que no tienen; los que aportan y los que no aportan, o vienen a llevarse... O eso creemos. Dejamos que se nos cuele el miedo de nuestras propias inseguridades; y lo trasladamos a los que vienen. Pero no, mi debilidad o mi inseguridad sentidas son mías, no del otro, ni debido al otro. Si yo me viviera de un modo seguro y con fuerza, no se me ocurriría buscar culpables, ¿no es cierto?: la seguridad es mía, pero la inseguridad me viene de fuera. ¿Por qué nos cuesta tanto ver que el otro también soy yo? (Je est un autre, que dijo Rimbaud). Veo a los demás como yo me veo... Por consiguiente, ¿qué me aportan los demás, incluidos esos que vienen de fuera de mi país? Me enriquecen, me ayudan a conocerme a mí mismo; pueden ser para mí una oportunidad de desarrollar la humanidad en mí, a través de otro ser humano que llega a mi puerta. Una riqueza que va más allá de lo material, el interés o el beneficio... ¿Y qué se ha hecho desde tiempos inmemoriales con ése que llega a nuestra puerta y llama? Acogerlo, que en realidad significa acogernos. La hospitalidad. Lo que yo querría que hicieran conmigo, si fuera yo el que se desplaza y necesita ayuda. Nadie puede escapar a su responsabilidad por lo que está ocurriendo en el mundo. Y más, los que más responsabilidades públicas representan. Las desigualdades no son naturales, cuando su causa es histórica, social o económica. Incidamos en estas causas y no tendrán que desplazarse tantas personas de una manera forzada y tan masiva.

El grupo de investigadores, que aquella tarde indagaba sobre el fondo de los fenómenos migratorios, convino, así pues, que no se mueven o desplazan inmigrantes, migrantes, desplazados, refugiados... ¡sino personas! Personas que son iguales y diferentes, y que buscan vivir de otra manera, si es posible mejor... Y no hay que poner el énfasis en que somos iguales, solamente, ni en que somos diferentes, solamente. Somos diferentes sobre una base común (de la humanidad), y cada uno de esos dos rasgos básicos ha de comprenderse y respetarse en su propio nivel: ninguna diferencia puede sustraerse de esa base de igualdad; ninguna clase de igualdad puede obviar de las diferencias. Esto nos define. Una buena definición, como diría Aristóteles, nunca tendría que olvidarse del género ni de la diferencia específica. Entonces, ¿qué nos aportan los seres humanos que nos llegan? ¿Tiene sentido esta pregunta? Nos llegan. Los seres humanos no aportan, son; y siendo, aportan. Antes de ser altos o bajos, más claros de piel o más oscuros, somos seres humanos (esta es la sustancia, lo demás son accidentes, algo derivado o secundario, que no existe por sí mismo). Igual que una especie vegetal o animal: antes de juzgar si aportan o no aportan algo al género humano, comprender que son, que existen, lo valioso que son en sí mismos. ¡Y qué distinto sería entonces el trato hacia ellos, una vez comprendido esto! Pues, lo mismo pasa con nosotros. Vale.










martes, 4 de junio de 2024

¿Por qué nos sentimos tan aislados?


Sobre el aislamiento social

Café Filosófico en Torre del Mar 3.5

11 de abril de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas

Los compromisos del tipo “hasta que la muerte los separe” se convierten en contratos “mientras estemos satisfechos”, contratos temporarios y transitorios por definición, por decisión y por el costo pragmático de su impacto y, por lo tanto, propensos a ser rotos unilateralmente y evitar el precio de intentar salvarlos, toda vez que una de las partes huele una oportunidad más ventajosa fuera de esa sociedad.

Zygmut Bauman, Modernidad líquida


¿Por qué nos sentimos tan aislados unos de otros?

¿Cómo es posible que los seres humanos nos lleguemos a sentir tan separados, como islas de un archipiélago aislados, si las islas están unidas por la base de roca en la tierra, si el mismo mar las baña y nos permite navegar entre ellas y reconocernos unos a otros? ¿Por qué? ¿Por qué? El asombro movilizó el discurrir de estos filósofos que no vienen a escuchar charlas ni a competir con las palabras, sino a filosofar. Con nuestra presencia mostramos que aquí, entre nosotros, lo que prima es la relación, la conexión, la pertenencia, el formar parte sin tener que desaparecer yo. Veamos, con ellos y ellas, la manera de resolver este embrollo... o quizás tendríamos que disolverlo (como preferiría Ludwig Wittgenstein), pues no deja de ser bastante irreal todo aquello que nos confunde. Somos islas no aisladas. Pero así somos los seres humanos: a menudo, necesitamos perdernos para poder encontrarnos.

Sucede con el problema que aquella tarde les ofuscaba a los participantes, pero sucede lo mismo con el fenómeno de la admiración por las cualidades internas de otras personas que no somos (aparentemente) nosotros, algunos personajes de ficción, o bien, ciertos fenómenos de la naturaleza que nos despiertan el asombro. Si yo siento admiración por la fuerza o la vitalidad o la inteligencia o la eficacia o la voluntad de alguna persona o personaje, si yo puedo sentirlo, si soy capaz de sentirlo, sin duda, ya lo poseo de algún modo, de lo contrario no podría sentirlo, ni siquiera apreciarlo. Ahora bien, es posible que necesite desarrollarlo un poco más, o lo que sea necesario, pero no puedo decir que no me pertenece, que está fuera de mí en otro. Pues bien, esta cuestión les planteó el animador del encuentro y esto fue lo que dijeron: ¿qué cualidad admiras? La generosidad, el rigor, la entrega, la serenidad, la fortaleza, la armonía, la capacidad de sonreír, el orden, la valentía, la capacidad de trabajo, la luminosidad, la fluidez mental, la apertura a los demás, la capacidad de superación, la empatía, la tolerancia, el respeto, la integridad, ser capaz de no ver la televisión, la amplitud de miras... ¿Y qué cualidad interna es la que tú, lector, admiras fuera de ti? Vale... pues ya sabes que ¡está en ti! Si no, ¿cómo podrías llegar a saber que eso es admirable para ti? Míralo.

Es cierto, nos sentimos muy aislados, tantas veces, en este mundo complejo e inabarcable, que parece que funciona sin nosotros, que no nos necesita para nada. ¿Por qué nos sentimos tan aislados? ¿Se trata de causas externas o de causas internas? Y, comenzamos la singladura. El individualismo, el culto al yo, que promueve este sistema capitalista que nos cerca; el exceso de conectividad, que se traduce en conexiones virtuales y no reales; las excesivas posibilidades de movilidad, o los excesivos cambios a los que están sometidas nuestras vidas; la competitividad excesiva, las prisas, la aceleración de nuestra vida social, el exceso de monólogos... en fin, todo esto excesivo. Y nos conduce a desarraigarnos, desanimarnos, frustrarnos, deprimirnos... Pero, ¿y si dejamos de considerar el exceso? Todos esos factores por sí mismos podrían conducirnos a la interacción y la comunicación, podrían incluso mejorarla, pero, en exceso, se vuelven nocivos y contraproducentes, van contra nosotros mismos... Puede uno sentirse individuo, sentirse conectado, con mucha capacidad de movilidad, aprender a ser eficaz, desarraigarse de ciertas tradiciones... y no por ello sentirse uno aislado, solo, separado, triste, angustiado. El grupo comenzaba a intuir por dónde buscar la respuesta. Pero hacía falta una mayor maduración del diálogo.

Señaló una de las participantes que Zygmut Bauman ha llegado a hablar de “amistades líquidas” o de “amor líquido”. En las sociedades contemporáneas todo se vuelve tan complicado, tan incontrolable, que mejor quedarse con las relaciones “mientras estemos satisfechos”. Pasaba con mayor frecuencia en las sociedades más urbanas, pero todo se va igualando en todos los contextos sociales... de una manera gradual. Esto concluyeron los participantes. Hoy se ha desdibujado la separación entre lo urbano y lo rural o tradicional... y el exceso de que hablábamos lo invade todo (lo tergiversa y acaba contaminando las relaciones humanas).

Pero, querían seguir indagando: es fundamental, dijeron, el factor personal en estas circunstancias adversas que tienden a arrastrarnos y a diluirnos. Nuestra actitud o respuesta. Porque sabemos, por experiencia, que podemos sentirnos aislados aunque no estemos materialmente solos. Podemos sentirnos solos, estemos o no estemos conectados a las redes sociales... y lo contrario, sentirnos bien con nosotros mismos y con nuestro entorno, en cualquier circunstancia. ¿De qué depende? Pues, de nuestra maduración personal (nuestra autonomía, autosuficiencia, seguridad, sentido propio, autoconocimiento, autorrealización, suficientemente desarrollados). ¡Y esto es lo que muchas veces nos falta!, afirman. Es posible que podamos formar parte, sin que tengamos que desaparecer o desdibujarnos nosotros, si estamos bien situados, en nuestra propia identidad o realidad, nuestra autoconciencia. La conexión con esto interior nuestro y su desarrollo, nos hace a prueba de bombas. Si estoy en mí y me reconozco, y vivo mi propio valor, con plenitud, será difícil que que yo me sienta solo, aislado, desarraigado... Y podré vivir mejor en este mundo de soledades abundantes. Se trata de sentirnos unidos interiormente con el resto de la humanidad. Lo demás... cae por su propio pie.

Entonces, ¿qué hay del amor? El amor es esa unidad que sentimos con todo lo demás. Pero, ¿podemos sentir el amor sin desarrollar la capacidad de amar? La esencia del amor es amar... a pesar de las circunstancias, sin tener que esperar nada, ni siquiera el ser correspondidos. Esto es lo que depende de nosotros. Si aprendemos a amar, a nosotros mismos, a los demás, a todos los seres que nos rodean, si aprendo a confiar en la vida (la vida en nosotros), nunca me sentiré aislado, separado, perdido... por mucho que se empeñen las circunstancias. El que lo ha probado, lo sabe.


lunes, 18 de marzo de 2024

¿Por qué no hay suficiente compromiso social?


Sobre el compromiso social

Café Filosófico en Torre del Mar 3.4

25 de enero de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Sólo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo.

Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde.

Ortega y Gasset


Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo.

Juntos podemos hacer grandes cosas.

Teresa de Calcuta


¿Por qué no hay suficiente compromiso social?


En el café filosófico anterior, celebrado en la Taberna El Oasis, el grupo de personas que allí se dio cita recogió la sensación de impotencia social que tantas veces nos arrastra hacia la inacción, o bien, a adentrarnos en lo nuestro, cada uno lo suyo, y hacer de eso un aparente hogar. Pues bien, el diálogo que asomaba la cabeza en esta ocasión se presentaba como su cara B. El compromiso social. Son caras de la misma moneda porque no son posibles uno sin el otro: el compromiso social que reivindicamos es una reacción de la impotencia que tantas veces sentimos; y ésta constituye nuestro compromiso herido o maltratado, de otro modo no sentiríamos esa impotencia. Así podíamos obtener un panorama más completo de eso que nos pasa cuando observamos cómo va el mundo y cómo nos gustaría que fuera, el contraste entre la realidad y el deseo, que el poeta Luis Cernuda convirtió en la alforja de su vida. Y descubrimos juntos que la división entre lo individual y lo social, lo cercano y lo lejano, esas dicotomías, esas falsas dicotomías, entorpecen nuestro compromiso personal con la realidad. La actitud en la que yo me doy, me envío, me pongo a mí mismo en mi acción, como etimológicamente significa “comprometerse”. Mirad lo que sucede si separamos la búsqueda de un saber común y universal (en lo posible) de lo particular de mis opiniones... La discusión infinita y el conflicto irresoluble están servidos, si uno se queda en la opinión propia (que es algo idiota por definición), o también, están servidas la sumisión y la ausencia de un pensamiento personal, si no parto de mi propia experiencia para llegar juntos a un territorio común, que es a lo que venimos, precisamente, en un café filosófico.

Pero, ¿cómo veníamos ese día al café filosófico? ¿Desde dónde nos enfrentábamos al deseo de un mayor compromiso social de la ciudadanía? Y dijeron que venían, cuando atendieron a su interior, con estas sensaciones, emociones o pensamientos predominantes: tranquilidad, apertura, paz, enojo, preocupación, indignación, tranquilidad, disposición, vida, sosiego, agradecimiento, bienestar, desilusión, inquietud, picazón, pasión, espera, nervios, una sensación desagradable en el lado izquierdo del cuerpo, de estar a gusto, serenidad, calma, sensibilidad. Estas eran las mimbres para nuestro cesto, tan variadas como los vaivenes que fueron dándose en la discusión, y que resumiremos aquí.

El diagnóstico inicial del grupo era que no hay suficiente compromiso social. Pero, ¿Por qué no hay suficiente compromiso social en el mundo en que vivimos? ¿Y qué sería un compromiso suficiente? Pero a ver, para empezar, ¿en qué lo notáis, esa falta de compromiso? Sigue habiendo muchas injusticias y no luchamos para erradicarlas, muchas quejas de los servicios públicos, la sanidad, por ejemplo, muchas carencias educativas, los medios tecnológicos que generan nuevos problemas... en fin, para qué seguir. Y predomina el interés egoísta, o bien, el hastío social emerge a menudo como única respuesta y, como todos los procesos dependen de muchos, de muchas instancias y actores, nadie se hace responsable, la responsabilidad se diluye; además existen fuerzas externas, con inercias que no controlamos, que nos presionan o encorsetan, la burocracia nos engulle, y nos sentimos divididos, atomizados, aislados... Todo parece demasiado complejo y fuera de nuestro alcance.

Entonces, ¿qué podemos hacer?, ¿qué nos cabe esperar?, como preguntaría Immanuel Kant. Necesitamos una nueva cultura del compromiso social, aportan algunos de los participantes. Favorecer una recuperación de la confianza en que algo se puede hacer, volver a confiar unos en otros y la ciudadanía en sus gobernantes. Pasar de una actitud individualista a una perspectiva en donde lo colectivo recobre su valor propio. Sin estos cambios básicos, les parece a nuestros protagonistas que no podría crecer el compromiso social de la ciudadanía. Y una pregunta abrupta irrumpe en la discusión (comencemos por cambiar nosotros mismos, los que estamos allí reunidos): ¿puedo yo ser feliz si los demás no lo son? ¿Qué es lo decisivo, el bienestar social o el bienestar individual? Y el moderador lanza a los asistentes esta pregunta de raigambre aristotélica. Pues bien, contra Aristóteles, la mayoría consideraba en ese momento que el bien individual es el más necesario. Y es muy posible que estén en lo cierto. Pero, ¿no se quejaban de la falta de compromiso social? ¿No continúa siendo ésta una perspectiva individualista? Pensemos en el compromiso político: se ejerce, sí, individualmente, pero se favorece socialmente. ¿De qué serviría, si no se convierte mi compromiso político en nuestro compromiso político? No puede haber verdadero compromiso sin la fusión de lo personal y lo social. Y si esto no se percibe con claridad, la ineficacia del compromiso conduce a la desesperanza, y ésta a la impotencia social de que hablábamos el otro día.

Y lo mismo sucede con los niveles de compromiso. Cualquier grado, en la medida en que uno pueda, es compatible y es funcional. No se trata de que el compromiso tenga que ser de una manera determinada, como a mí me parece que debiera ser; la clave está en que cada uno desde su esfera contribuya en algo, lo que pueda, al bien común (que luego redunda en mi propio bien). Y tampoco el grupo ve nada clara la dicotomía entre lo lejano y lo cercano: podemos contribuir al bien cercano a nosotros y podemos contribuir al bien de otras latitudes. Es posible, es compatible. Lo que no puede pasar es que la falta de lo uno sirva de excusa para lo otro: como hay muchos problemas globales, de qué vale lo que yo pueda hacer desde mi ciudad; como hay muchos problemas cerca de mí, primero tengo que ocuparme de éstos. Una pareja allí presente, que llevan a cabo labores solidarias, desde hace ya muchos años, aquí en su entorno y allá en otros continentes, lo atestiguan. Lo peor que le puede suceder a nuestro compromiso para que pierda su fuerza y su valor es que no sirva para nada, por un motivo u otro, por una u otra excusa... Todo suma, antes o después; ya se sabe que un grano no hace granero, pero le ayuda a su compañero. Basta saber esto para sentirnos potentes y llamados a comprometernos. No nos perdamos en esas artificiales dicotomías, lo individual y lo social, lo cercano y lo lejano, lo más grande y lo más pequeño. Por ahora, vale así.







domingo, 19 de noviembre de 2023

¿Todo es perdonable?


Sobre el perdón

Café Filosófico en Torre del Mar 3.1

19 de octubre de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas

La comprensión es observar sin condenar. La comprensión produce entendimiento porque no hay condena ni identificación, sino observación silenciosa.(...) En esta observación, por lo tanto, hay completa comunión: el observador y lo observado están en comunión completa. Esto ocurre cuando estáis profundamente interesados en algo.

Jiddu Krishnamurti

¿Todo es perdonable?

Estamos en Torre del Mar, en la Taberna El Oasis, y volvemos a preguntarnos por la tecnología. Una creación nuestra que, como todas, interactúa con nosotros. Y esa interacción ha de ser muy consciente, de lo contrario, en lugar de estar a nuestro servicio, como medio que es, puede pasar (o está ya pasando) lo opuesto, que seamos nosotros los que estemos a su servicio. Una forma moderna de esclavitud. En general la relación que tenemos con la tecnología (con las nuevas tecnologías, pues no paran de brotar como en una almáciga en la que hemos plantado hace siglos unas determinadas semillas...), decimos, nuestra relación con las tecnologías galopa sobre una percepción ambivalente (dependerán los efectos de su uso, se dice), pero en general, la población es consciente de cómo moldea nuestras vidas. Hay una intuición social de su trascendencia. Tanto es así que, tocada esta cuestión al inicio del diálogo, al grupo le fue difícil desprenderse de ella. Casi todas las temáticas propuestas aquella tarde, en la que acudieron participantes que rebosaban nuestra sala, giraron alrededor de la tecnología: la política, la existencia, la esclavitud, las guerras, el poder, se vieron ligadas a la tecnología, mediante la conjunción copulativa “y”. Por suerte, se abrió paso el perdón... queremos decir, la temática del perdón. Pero eso vino después. Antes, cada uno de los participantes expresó su extrañeza con la tecnología, que es el comienzo de la filosofía, mirar lo que hay como si lo viéramos por primera vez.

La tecnología de Internet, a veces, me supera; la posibilidad de comunicarnos tan fácilmente con los teléfonos móviles me quita libertad; veo que se evalúan las tecnologías después de haber sido implantadas; he tenido que adaptar mi forma de enseñar a las nuevas tecnologías; mi relaciones personales han cambiado; me siento más controlada, pues mi información personal está on line; me causan estrés los medios de comunicación; han simplificado mi trabajo; mi movilidad ha cambiado; una bici me cambió la vida; Internet facilita mis gestiones; la información está disponible; tanta inmediatez me molesta, que tenga que responder tan rápido a una llamada; el móvil te acerca las personas que están lejos, pero te aleja de las personas que están cerca; los problemas de adicción cambian la vida de las familias; sé que sería otra persona sin la tecnología; me he visto obligada a tener una página web propia; la fotografía en línea te acerca lugares para pintarlos... fueron algunos de los testimonios de los participantes y, en todos puedes, querido lector o lectora, entrever un riesgo que tendríamos que evaluar juntos.

Muchas cosas están pasando a nuestro alrededor, y quizás haya mucho que perdonar. O no. Quizás existan acciones imperdonables. Sobre esto quiso reflexionar el grupo reunido allí, en la taberna El Oasis, y así nos sentíamos, como su nombre indica, en un oasis en que podíamos dialogar juntos. Veremos qué pasa con el perdón. O qué pasa con nosotros. Lo que estaba claro, antes de comenzar, era que el grupo quería alejarse de la visión judeocristiana del perdón ligado a la culpa, y de la compasión mal entendida. Si perdono a alguien, no le hago ningún favor. Quizás me lo haga a mí mismo. Pero antes de preguntarnos: ¿todo es perdonable?, quizás tendríamos que empezar por saber ¿qué es perdonar? De manera que, antes de hablar de las condiciones del perdón, habría que tener claro sus ingredientes. Y a eso se aprestaron rápidamente. Pero, ¿no son lo mismo, en el fondo, los ingredientes y las condiciones de una cosa? Veremos...

¿Olvidar es perdonar? Parece que no... algunos dicen que perdonan pero no olvidan, o viceversa. ¿De qué olvido hablamos? ¿Hablamos de olvidar o hablamos de otra cosa? Y comienzan los participantes a decir que perdonar es comprender. Una comprensión profunda de lo que ha sucedido, sus causas, su rigen, sus motivaciones, el conocimiento o el desconocimiento de la situación de que partían los actores implicados. Fuera la noción de culpa, tan dañina. Mejor: hacerse uno cargo, responsabilizarse, cuidar. Y cuando se comprende, se perdona, y uno se libera y el otro se libera. Queda borrado todo resentimiento y toda culpa. Pero esto no sucede inmediatamente, sino que necesita un proceso, que posee sus fases: después de la reacción condicionada, automática, del resentimiento o la culpa, si no huimos, si no atacamos, si no nos encerramos, viene la distancia. El tomar distancia: soy capaz de adoptar otra perspectiva, mirar desde otro sitio, más elevado, no atrapado por la circunstancia. Observar y nada más. Más tarde, puede venir el entender lo que ha pasado, por qué ha pasado, ponerme en el lugar del otro, ver la situación como él la ve (esto es posible, dicen nuestros participantes, si hay una buena disposición, desde el principio hasta el final del proceso). Luego, es posible que sea capaz de empezar a ver al otro como soy yo, que busca lo que busco yo, básicamente, vivir bien. Y, si me abro a saber del otro, si obtengo más información de la situación, puedo comenzar a aceptar o asumir lo ocurrido (que no es justificarlo en sus consecuencias o el daño) y quizás el camino del perdón pueda quedar más despejado.

Pero, ¿el perdón solamente viaja en una dirección? ¿Del que perdona al perdonado? ¿Es posible que constituya una necesidad por ambos lados? ¿Que el perdón sea bidireccional, pero que no siempre se encuentren ambas direcciones? Nos dicen los participantes: ambas partes viven mal. Nadie vive bien, si no se perdonan, cada uno su parte, el error del otro, cada uno a sí mismo. ¡Nadie vive bien! Esto lo hemos experimentado todos, alguna vez, de un modo más pasajero o de un modo más continuado. El resentimiento puede durar toda la vida... y se vive muy mal, pero que muy mal, quizás sin darse uno mucha cuenta del porqué. Esto es muy reconocible en las relaciones más cercanas: entre padres e hijos, entre los que eran buenos amigos... Por eso, estas situaciones necesitan un trabajo personal por ambos lados. Arriba se han sugerido algunos aspectos del camino. Finalmente, el grupo indagó si puede hablarse de perdón en el ámbito más general de la sociedad o las sociedades. Y sí, se puede hablar y puede que el proceso sea el mismo... Recordad con Ortega y Gasset que si no ayudo a salvar mi circunstancia (social o histórica), tampoco me salvo yo.

Y nos quedaba pendiente la segunda pregunta: ¿puede haber algo que sea imperdonable? Pero ya llevábamos mucho tiempo dialogando... y no queremos alargarnos. Así que el moderador del encuentro se limitó a realizar una rápida encuesta. El trabajo principal ya estaba hecho: sabíamos qué era perdonar, (en el fondo) un acto de amor, que nos unifica dentro y fuera de nosotros. El grupo había madurado. Así pues: ¿hay algo que sea realmente imperdonable? Y la inmensa mayoría respondió: que no. Cuanto más comprensión y autocomprensión, más capacidad de perdonar y de sentirme perdonado (que esto no es siempre fácil). Entonces, puede abrirse un nuevo amanecer. Salud.



martes, 18 de julio de 2023

¿Es bueno que todo se normalice?

 Sobre la normalización social

Café Filosófico en Torre del Mar 2.7

22 de junio de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El poder se incardina en el interior de los hombres, realiza una vigilancia y una transformación permanente, actúa aún antes de nacer y después de la muerte, controla la voluntad y el pensamiento en un proceso intenso y extenso de normalización en el que los individuos son numerados y controlados.

Michel Foucault, Vigilar y castigar


¿Por qué la normalización social es percibida como un problema? Así lo vemos dentro. Hay un problema. Que las cosas se vuelvan frecuentes, típicas, repetitivas, que predominen o sean habituales, que se defiendan como naturales, lo que es debido, que respondan a una media (incluso estadística) de lo que suele hacerse o pensarse o decirse, no es en el fondo lo que nos preocupa, lo que nos molesta, lo que atenta contra lo más sagrado de nosotros mismos. No. Es su mensaje oculto: las cosas no pueden ser de otra manera; yo no puedo ser de otra manera. Ahí arraiga una injusticia fundamental. Y esto fue lo que estuvo en el fondo de la inquietud de los participantes. Aquella tarde, en que realizamos nuestro café filosófico en la terraza de la Taberna El Oasis. Síguenos en esta andadura. Como nos espoleaba Immanuel Kant: “atrévete a pensar por ti mismo”. Porque un “es” no puede dar paso a un “debe”, nos prevenía David Hume.

¿Qué es eso de lo que estás muy seguro/a? Pregunta el animador del encuentro, para abrir boca. Quizás afloren nuestros más profundos motivos del vivir. Quizás con esta autorreflexión observemos alguna grieta en el edificio de nuestras (aparentes) seguridades. Y esto nos lleve a ser más cautos, a que nos aseguremos un poco más... En cualquier caso, es muy sano mentalmente. Porque las ideas son siempre interpretaciones o representaciones de la realidad; los hechos, en la práctica, están siempre construidos; y solamente la experiencia directa, sincera y auténtica, nos ofrece evidencias, que no queden atrapadas por nuestros temores o deseos. Pues bien, esto dijeron: sé con seguridad que he de morir; estoy segura de mi conciencia mientras hago algo; que las cosas deben hacerse con amor; que me encuentro ahora mejor que antes; que soy feliz y que la felicidad se basa en el amor y que, cuando amo, mi yo desaparece; estoy segura de lo que siento, de mi ser consciente; sé que somos vulnerables, de ahí la importancia de cuidar y cuidarse; yo soy consciente de la incertidumbre en que vivimos; que un dolor vivido conscientemente te conduce a la felicidad; yo estoy convencida de mis ganas de crear, “quiero”.

Nuestros participantes quería saber: 1) ¿En qué consiste normalizar? 2) ¿Por qué esta tendencia a normalizarlo todo? 3) ¿Cuáles son los mecanismos que conducen a ello? ¿Qué podemos hacer? Y prefirieron, con buen criterio, comenzar por citar algunos ejemplos de situaciones que han perdido su carácter único, que se han normalizado, a las que nos hemos acostumbrado, a pesar de su injusticia o inadecuación: se ha vuelto normal que todo sea obsolescente, no digamos los objetos electrónicos, y además de un modo programado; nos hemos habituado a ver las tragedias humanas de otras latitudes, o no tan lejanas, como se mira la televisión; las violaciones grupales; la violencia desatada; la insensibilidad ante la pobreza o la discriminación; no hacer nada por mejorar el mundo que te rodea se ha vuelto lo normal. Y esto es lo que preocupaba. Todo puede llegar a normalizarse, pero a ellos y ellas les preocupaba la normalización de lo negativo, del sufrimiento evitable. Y les preocupa porque nos lleva a ser pasivos, a ser insensibles, a la inacción. Nos estamos inmunizando, como los insectos a los insecticidas, que necesitan cada vez una mayor dosis para ser efectivos; nos habituamos a todo, quizás para poder sobrevivir con un mínimo de equilibrio mental. Pero esto incluye el vivir con miedo, incluye la indolencia personal, una aceptación pasiva y no activa, una adaptación sumisa, que no es la sana flexibilidad despierta.

Qué mecanismos sociales refuerzan, reformulan o conducen estos procesos individuales que tienden a convivir pasivamente con cualquier cosa, aunque no nos agrade o con la cual no estemos en el fondo de acuerdo. Y el principal factor: que son procesos que se van dando poco a poco, como en el cuento de la rana en la marmita, que no es consciente de que se está cociendo hasta que ya es demasiado tarde, porque el calor subía muy lentamente. La repetición es otro mecanismo muy eficaz: ya sabemos de su eficacia, Goebbels nos dejó una desgraciada prueba, que nunca olvidaremos, con su propaganda nazi. La tendencia a minimizar lo que no interesa que sobresalga y que se sepa, a determinados intereses, ofrecer una información sesgada, no poder seguir una noticia en todas su fases, cuando deja de ser de actualidad, o bien, provocar la saturación del ciudadano, de manera que esto le lleve a esconderse en su propia vida. De ahí la importancia de la labor de los medios de comunicación. Si en la práctica no son medios libres, porque no lo son sus trabajadores, de publicar siguiendo criterios periodísticos adecuados, si se ven obligados a hablar más de declaraciones o juicios o interpretaciones que de hechos o acontecimientos... Una muestra es el deterioro actual de la política, y de la democracia. Se vuelve “normal” que se actúe por mera estrategia, en lugar de tratar de buscar el bien y la verdad, mentir porque todos lo hacen, corromperse porque otros lo hacen, etc. Y así se normaliza una forma de llevar a la práctica la democracia que es realmente una anomalía. Nos acostumbramos. Nadie ve más allá de lo que aparece. Y todos perdemos.

Pero todo esto no sucedería sin nuestra complicidad personal, consciente o, casi siempre, inconsciente. Yo siempre puedo darme cuenta de los “distractores” que se me presentan cada día para que no piense por mí mismo, para no sea yo mismo. Por ejemplo, siempre puedo darme cuenta y no caer en una concepción de la felicidad (predominante) en la que ésta se busca en lo inmediato, en el consumo o en la transacción: tengo que conseguir, tengo que poseer, tengo que conservar, tienes que darme lo que quiero para que yo sea feliz. Así pues, el primer paso es darse cuenta de cuánto mío no es en el fondo mío, sino que se ha ido construyendo en mí con los materiales que me han venido de fuera, del mundo en que vivimos. Así pues, la salida del proceso-apisonadora de la normalización comienza en la persona misma, en empezar a ser o vivir como persona, libre y conscientemente, como nos recuerda María Zambrano en su obra Persona y democracia. Quizás cada uno, gradualmente, pueda ir tomando conciencia, empezando por la pequeña escala, parcelas cercanas de mi vida. Pero esto requiere que refresquemos nuestra mirada, ver, mirar mejor, y no tanto pensar, interpretar, juzgar... Estar muy despierto, abierto a lo que hay. Educar nuestra mirada. Precisamente, lo que aquella tarde estábamos haciendo juntos. Reforzar estos buenos hábitos. Tratar de no acomodarse o de mirar como siempre se mira, sino mirar como se mira por primera vez, como lo hace el niño (es cierto, que con sus limitaciones cognitivas) y el artista cuando está creando, estando presentes y muy lúcidos. Precisamente, esto es lo que supone la actitud filosófica, que habíamos practicado aquella tarde en la terraza de la Taberna El Oasis. No ser como insectos que se dejan fumigar una y otra vez. Y esto es posible.



viernes, 3 de marzo de 2023

¿Cómo orientarse uno en la vida?



Sobre la orientación en la vida

Café Filosófico en Torre del Mar 2.4

09 de febrero de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Kavafis, “Itaca”


¿Cómo orientarse uno en la vida?

Desde Ulises a nosotros, y mucho mucho antes de Ulises, el ser humano busca una orientación a la par que se busca a sí mismo (quizás se trate de la misma búsqueda). Somos Ulises volviendo a Ítaca, buscando nuestra Ítaca. Y es arduo. Y es claro, cuando estamos acercándonos a la meta y volvemos la vista atrás, como decía el poeta. El aprendizaje en el transcurso del viaje nos ha preparado. Por eso, “pide que el camino sea largo”, dice Kavafis en su famoso poema. Buscábamos orientación y en la búsqueda de orientación nos hemos orientado. No es separable la acción de su intención. Nuestros participantes revivieron juntos la odisea que todos llevamos dentro. Y ahora te hacen partícipe. Disponíamos de todo un oasis en el que pararnos a pensar, algo tan necesario hoy día.

Pero antes nos asaltó la luz de Torre del Mar. A lo largo de toda nuestra tradición, la luz ha sido el signo del conocimiento. Luz igual a conocimiento. Oscuridad igual a ignorancia. Así Heráclito: los que saben son aquellos que son capaces de captar (ver) lo común lo particular; así, Platón: ascender hacia la luz que se cuela en la caverna de nuestra vida, significa ir alcanzando gradualmente distintos estados de conciencia hasta llegar a la comprensión del bien o la sabiduría. Entonces, ¿qué les dice la luz a nuestros participantes? Ellos y ellas viven en la blanca luz del sur, así que sabrán del tema: la luz significa paz, respiración, despertar del día, alegría de vivir, y cada persona irradia su propia luz, con ella dan ganas de vivir, significa transparencia, luz es palabra, vida, energía, belleza, conocimiento, esperanza, orientación, comprensión, descanso, apertura, descubrimiento, vitalidad, euforia. La luz es eso, pero no se reduce a eso. Como todo lo que importa: que se relaciona y es idéntico a sí mismo a la vez.

Buscamos orientación, pero, ¿qué es estar orientado? Tienen claro los participantes que orientarse tiene que ver con encontrar tu lugar en el mundo, disponer de un faro, una meta hacia la que dirigirse. Y para ello es necesaria la toma de conciencia de ti mismo en relación a todo lo demás. Esta búsqueda contiene, además, un componente emocional muy fuerte: no sólo entenderlo, sino sentirse uno orientado. Para ello es necesario sentir primero tu propia identidad, y para sentirla, ir hacia ello, como una búsqueda primera y primordial. Esto lo intuían. Hay una búsqueda exterior pero, para que ésta no se descarríe, necesitamos primero realizar la singladura interior, o al menos, haber navegado unas millas mar adentro. Para esto hace falta tanta valentía como para el viaje exterior.

Lo que viene a continuación todos lo sabemos: ¿cómo llevar a cabo esta orientación en la vida? Obviamente, esto se aprende... hay por delante toda una vida en este aprendizaje. Y no es fácil siempre. Porque vendrán muchos obstáculos, muchos peligros, muchos Escila y Caribdis, como Ulises que somos. Y nos perderemos y perderemos nuestro norte. Circe con sus pócimas está al acecho y la ninfa Calipso, que constantemente nos seduce con una falsa inmortalidad. Muchas cosas en el mundo nos influirán y nos presionaran. Pero el arte de vivir con autenticidad requiere aprender a armonizar lo de dentro y lo de fuera, lo social y lo individual; nutrirse uno de todo lo que va apareciendo en su camino, con conciencia de uno mismo y de lo otro. Muchos conocimientos, muchos valores nos vendrán del mundo en que vivimos, por esto hay que ir desarrollando nuestra capacidad de juzgar, con criterio propio, lo que nos rodea. Y si la educación pretende contribuir, no deberá olvidar nunca preguntarse para qué educamos, qué personas, qué mundo queremos para vivir.

¿Quién soy yo? Ahí radica nuestra Ítaca verdadera. Y para situarse en ella, des-cubrirla. ¿Cómo? Quitando las capas de condicionamientos y hábitos y creencias que nos separan de ese centro. Y escuchar al cuerpo y sus emociones, a donde van a parar los síntomas del desvío, el abandono de nosotros mismos. Y luego, mirarse en el espejo y reconocerse. Y si no es el caso, cambiar de rumbo; si hace falta, dar un golpe de timón y virar de nuevo hacia el origen profundo que nos constituye. No hay otra inmortalidad más cercana. Vale.