Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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miércoles, 23 de febrero de 2022

Sobre el optimismo

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.5

18 de febrero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es 'amor fati' (amor al destino): el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo..., sino amarlo.

F. Nietzsche

¿Somos optimistas o pesimistas?

A todos nos pasan cosas. Unas más agradables que otras. Incluso algunas, por nada querríamos volver a vivirlas. Y ahí es donde se aprecia la fortaleza de un ser existente, su vitalidad, como diría Nietzsche. La prueba del algodón: ¿estarías dispuesto a vivir lo que has vivido una y otra vez? Es su doctrina más abismal, la del eterno retorno de lo mismo. Y no es cuestión de que vaya pasar o no –no lo sabemos–, es una cuestión de actitud. Cómo vivo mi vida... Ser optimista o pesimista, con todos sus grados e inconsecuencias, son dos actitudes extremas, que ocultan todo el resto de matices... Lo veremos a través de este nuevo encuentro de nuestro café filosófico en Vélez-Málaga, en la cafetería El pianista del Carmen. Es muy posible que si el “buen” tiempo continúa, la próxima vez podamos agruparnos en su magnífica terraza con vistas a La Fortaleza.

Amor fati”. Con esta formulación, Nietzsche nos plantea un tema que va más allá de lo que a primera vista podamos pensar. Crucial. La aceptación. Sin esta actitud básica no es posible afrontar adecuadamente la vida. Lo primero es situarse en la realidad. Ver lo que hay. Sin esto, nuestra respuesta siempre será errada. Y no digamos salidas como la huida o el rechazo o la sustitución de lo que no nos gusta. De aquí proceden numerosos desequilibrios mentales, si se exageran dichas respuestas. Pero, aceptar no significa un “no hacer” resignado o desesperanzado. Nada de eso. Una vez que hemos tomado conciencia cabal de lo que hay, somos más libres para decidir qué hacer, con conocimiento de causa. Y podemos optar por no hacer nada y dejar que todo siga su curso (a veces es lo mejor), o bien, podemos optar por cambiar algo (a veces esto es lo que toca). Pero sobre la base de los hechos asumidos como hechos, cuya responsabilidad no atribuyo a otros. Pues bien, como muestra de que aceptación no es igual a resignación, el moderador del encuentro propuso a los asistentes que nombraran, en voz alta, si querían, algún cambio consciente. De esta manera consciente, ¿qué querrías cambiar en tu vida? Por ejemplo, trabajar la paciencia, por ejemplo, adoptar mejores hábitos, más saludables, por ejemplo, aprender a tomarme mejor lo que no depende de mí, por ejemplo, valorar mi suerte, por ejemplo, profundizar en la confianza, por ejemplo, no renunciar a mi combatividad, pero cambiar la forma de expresarla, por ejemplo, ser más rotunda cuando hay que serlo, por ejemplo, ser más directo, por ejemplo, apreciar lo que sí depende mí. (Ya veis que el filósofo estoico Epicteto estuvo allí con nosotros). Y, ahora es tu turno...

Antes de seguir con el relato de este encuentro filosófico, conviene no dejar de lado varias aclaraciones que los participantes quisieron dejar sobre la mesa. 1) Que la felicidad no tiene que ver con el optimismo; 2) que el optimismo puede ser variable, según qué aspectos consideremos de la vida en un momento o época determinados: así, algunos pueden ser muy optimistas respecto al desarrollo científico-técnico, pero no podemos serlo en cuanto a nuestro compromiso social y moral; y 3) que el optimismo o el pesimismo son tendencias y no una cosa consumada. Sobre esto abundaron un poco más: son tendencias potenciales, es decir, que pueden darse más o menos; que son tendencias ciertas, a falta de alguna explicación genética o educacional, que no tenemos; y que estas tendencias pueden ser más marcadas y claras en las sociedades tradicionales, pero mucho menos marcadas en las sociedades abiertas de nuestro tiempo. Quedó en el tintero una cuestión de bastante interés: si las experiencias dramáticas del pasado (sociales o individuales) nos llevan a ser más pesimistas o más optimistas. Optimistas también, ¿por qué no? Pero esto lo dejamos para que tú lo pienses y lo contrastes con tu propia experiencia, o con tu conocimiento de la experiencia de otros.

Una cuestión muy importante afloró, no obstante: ¿cuál es la actitud más natural: el optimismo o el pesimismo? Concluyen que el optimismo lo es más... Si no fuera así, no habríamos llegado hasta aquí. No habríamos sobrevivido. Un pesimismo consecuente desembocaría en alguna forma de suicidio... Imaginad un educador o una persona que se levanta cada mañana y ha de atender a su negocio: ¿podría desempeñar su labor diariamente, de una manera satisfactoria? Y sin embargo, ¿por qué cuesta más mostrar en público el optimismo? Parece que está mal visto, que lo normal es quejarse o criticar de mala manera lo que sucede a diario. Mostrarnos optimistas con lo que que sucede sería mostrarnos fatuos o ingenuos. Deberíamos preguntarnos por qué esto se vive así. Realmente, el mundo no funcionaría sin la gran cantidad de personas que hacen cada día lo que tienen que hacer, creyendo en lo que hacen, con empeño e ilusión. Claro, que esto sale en los noticiarios... Muchas veces, la TV y las RRSS son auténticas fabricas de pesimismo. Así se comprende las frecuentes explosiones de vacuo optimismo, como contrapartida o reacción. Pero ya sabemos que los extremos se tocan, siempre. En este caso, los liga su “irrealidad”. Además presentan, cada una de estas dos actitudes, sus propios peligros equivalentes, sólo que de signo contrario: por exceso de irrealidad o por defecto de realidad, que viene a ser lo mismo.

¿Cuál sería entonces la actitud más adecuada? Es obvio: aquella que es capaz de abrazar la realidad, tal como es. Ellos y ellas lo dijeron. Y este es el verdadero vitalismo –ahora entendemos mucho mejor a Nietzsche. Un santo decir sí a lo que es, un sí dicho más allá del optimismo y del pesimismo. Sólo esto nos permitirá ir madurando, ir percibiendo de una manera más objetiva. Sólo esto es la auténtica vitalidad. Aunque no me guste lo que estoy viviendo. Ya aprenderé... Y agradeceré a la vida todo lo que me ha dado por otro lado, cuando creía que me estaba quitando. Todos tenemos la experiencia de que esto es así, después de llevar un tiempo suficiente aquí, existiendo. Acabamos con una expresión que gustó mucho a una participante: ser capaz de “valorar lo que es valioso”. El valor de cada cosa, más allá de si me gusta o no me gusta, si conviene o no conviene a mis intereses, tan interesados, tan pegados a cada momento, momentos que son tan pasajeros. Ampliar la mirada.







sábado, 22 de enero de 2022

Sobre las expectativas

21 de enero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

La Quimera susurra hacia la luna

y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.

Luis Cernuda, La realidad y el deseo

¿Hemos vivido falsas expectativas?


Comenzamos el segundo trimestre de Cafés filosóficos y las expectativas siguen jugándonos malas pasadas. Introducen una peculiar dialéctica, entre el deseo y la realidad, que no siempre sabemos gestionar. Y eso nos lleva pasando, de un modo especial, todo este largo tiempo de pandemia. Las expectativas ponen un listón, que si la realidad no se ajusta a él, nos defrauda. Por otro lado, la misma realidad necesita ser juzgada desde algún modelo ideal, si no, no se avanza. Así pues, ¿dónde situar el fino equilibrio entre la realidad y el deseo? No siempre es fácil. Veámoslo con un ejemplo cotidiano: esta película es maravillosa, entonces, la vemos y decimos que no es para tanto; y si nos advierten de que es una mala película, entonces, la vemos y decimos que no está tan mal, incluso nos ha gustado; y, como sabemos, estas reacciones se han debido a la expectativa creada de antemano. ¿Nos pasará lo mismo con nuestras expectativas respecto a todo lo que podríamos aprender de una crisis pandémica, como la que vivimos? El grupo reunido aquella tarde te va a hablar de esto.

Estamos cansados, puede que hartos, de tantas restricciones al desenvolvimiento de la vida, incluso, puede que acumulemos fatiga mental. Hagamos un repaso de la mano de los participantes. ¿De qué estamos ya cansados? La mascarilla te impide ver el rostro de las personas, no dicen los ojos tanto como creíamos. Los que viajamos estamos cansados de viajar así y, si lo podemos evitar, no viajamos, pero cuánto lo echamos de menos. Y cómo nos cuesta no poder interactuar entre nosotros de un modo más natural. Los abrazos, cómo los echamos de menos; y para los mayores y los jóvenes, ¡para ellos es muy necesario! ¡Tantas limitaciones, restricciones, normas, privaciones! Tanto miedo que se palpa, que está a flor de pie. Vivíamos con incertidumbre, pero ahora está presente todos los días: ¿Cuándo acabará? Y los medios de comunicación y la televisión... siempre hablan de lo mismo, ere que erre; en el mundo pasan muchas más cosas que la sola pandemia y el constante cotilleo político. Y, cuando niegan la ciencia... Además, deja mucho que desear cómo se está gestionando esta crisis, notamos sus desajustes. Y yo que ya había aprendido a expresarme, a dar abrazos... ¡ahora no podemos! Echamos de menos el contacto físico y ser auténticos con nuestras emociones. Se observa mucha tristeza en los jóvenes. O quizás, todo esto era necesario, tenemos suerte y nos quejamos demasiado. Y no sabemos qué efectos tendrá todo esto en la salud mental de las personas...

Cuando comenzamos a vivir con la pandemia, en aquella larga cuarentena, todo eran esperanzas: ¿seremos mejores después?, ¿aprovecharemos esta experiencia para aprender? Pero la esperanza ha ido dando paso a la decepción. Así lo viven muchos de los participantes en la indagación. ¿Eran falsas expectativas? (El poema de una de las personas asistentes, que transcribimos abajo, refleja precisamente este cúmulo de sensaciones). Esas expectativas son más o menos falsas, en función de lo que cada uno había esperado. «Sí, hay una mayor conciencia de la globalidad de nuestras acciones, ha sido un tiempo de reflexión y quizás se vayan notando poco a poco, sus consecuencias más benignas». «Pero, no, no hemos aprendido, hemos avanzado muy poco, y además, se han reforzado los extremismos, los dogmatismos, el egocentrismo». En la discusión se sucedían las aportaciones sobre un o un no, a las falsas expectativas; inicialmente, los síes predominaban, pero eran esperanzas infundadas. O eso parecía, al menos.

Gradualmente, la discusión iba decantándose hacia el reconocimiento de una mayor reflexión individual, que se estaba dando, pero no socialmente, a escala mundial. Por ejemplo, sabemos de la importancia de la vacunación de la población mundial, y sin embargo, pensamos sólo en nosotros, “los países ricos”. Miras muy cortas, pasos muy torpes. ¿Es posible que necesitemos más tiempo, para que todo lo que vamos aprendiendo impregne nuestras acciones? Es posible... Claro es que la “semilla” individual del «quiero vivir de otra manera», va plasmándose gradualmente, pero pero muchas veces la dificultad viene de las inercias que arrastramos. Aquí, el grupo encontró una clave interpretativa. Porque, la sociedad no es nada, es un “ente abstracto”, la realidad la componen las personas individuales de carne y hueso, como diría Unamuno. Si, poco a poco, esa semilla individual va germinando en espiral, desde cada uno, el cambio será posible. Mirad en Chile, nos contaba una participante, que era de allí. Eso de: “la gente, la sociedad, el sistema, es así”, no resiste un análisis medio serio. ¡Cuántas cosas hemos conseguido! Como veis, la dialéctica deseo-realidad, idealidad-facticidad, individuo-sociedad, no dejó de estar presente.

Sólo hay obstáculos, que son inercias. La rueda sin el empuje del motor continúa moviéndose, pero se acabará parando. Simplemente, hace falta no alimentar lo que la impulsa... Si las comprensiones, con sus acciones, van en la buena dirección del bien común, que incluye habitar el planeta de otra manera, un mejor equilibrio en nuestras vidas y con las de otros seres, la rueda se ralentizará y podremos cambiar de marcha y de dirección. Pero hay que ser muy conscientes de esas inercias. El egoísmo no tiene sentido. El Estado y la política no pueden estar ordenados hacia donde están en la actualidad. La gente lo sabe, nosotros lo sabemos. Los aplausos a lo más importante, lo más básico, la salud, la educación, lo cualitativo frente a lo cuantitativo, frente al crecimiento ciego, han de ser constantes. Aplaudir lo que merece la pena. Y abuchear lo que no la merece. Ya sabemos qué es. Disponemos de mucha experiencia histórica y social.

¿Qué tiene que pasar para que aprendamos?, pregunta, algo desesperado, uno de los participantes. Si habéis tenido la ocasión de ver la película Ultimátum a la Tierra, allí se pregunta lo mismo. Los líderes de la política mundial no son los verdaderos líderes, y la protagonista de la película conduce al alienígena visitante (Keanu Reeves), que viene a “salvar a la Tierra de nosotros”, a hablar con un científico que es premio Nobel de la Paz, quien le dice: “Vosotros evolucionasteis al borde del precipicio, no nos arrebatéis a nosotros esta oportunidad”. Pues bien, no nos defraudemos.

POEMA DE PANDEMIA



sábado, 18 de diciembre de 2021

Sobre el suicidio


Imagen| Paisaje con la caída de Ícaro de Brueghel el Viejo (su caída en un mundo que hace oídos sordos a su sufrimiento)


Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.3

16 de diciembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

Albert Camus, El mito de Sísifo

¿Es evitable el suicidio?

Que el ser humano es un animal de costumbres, ya es sabido. Incluso, decía Aristóteles que sólo se puede juzgar aquello que solemos hacer o es costumbre (“ethos”) en nosotros, y de ahí viene el término “ética”. No aquello que hacemos una vez dada, pues esto no constituye ni vicio ni virtud. Pues bien, quizás el cambio precipitado de fecha de nuestro encuentro filosófico pudiera explicar el descenso tan acusado de participantes. Pero, un encuentro es siempre inesperado y fortuito, de ahí su grandeza y su vitalidad. Por eso nos atrae tanto esta sorpresa de lo impredecible. Ni sabemos quiénes asistirán, ni sabemos de qué se tratará, ni sabemos nada de su transcurso ni de su desenlace. Esto es la auténtica novela, no escrita, de la vida. Fue un café filosófico misceláneo, en otro de los variados espacios que nos proporciona, amablemente, el establecimiento de El Pianista del Carmen.

Después de pasar rápidamente por los previos acostumbrados, el conductor del encuentro quiere comenzar, aquella tarde ventosa, por un “fragmento vertical” del poeta argentino Roberto Juarroz: Pensar entre dos, como si hacer el pensamiento fuera igual a hacer el amor. No me digan que no da que pensar. Y lo más importante para nosotros, casa de una manera formidable con la finalidad de nuestra reunión: venimos a pensar juntos, y no entre dos, sino entre muchos. Y esto ya es una orgía de amor: encuentro, comprensión, cuidado, descubrimiento... conjuntos. Para profundizar, se propuso a los participantes que igualaran el “pensar juntos” a lo más significativo para ellos. ¿Qué significa, para ti, pensar juntos? Escucha activa y no pasiva, la alegría y la plenitud del encuentro, el enriquecimiento mutuo (uno solo es más pobre), el consenso como punto de partida común (¿por qué no tendría que haber consenso después?), la receptividad, la apertura, el compartir ideas y modos de vida (que es inseparable lo uno de lo otro). ¿Y qué más? Pensar juntos es el ser de un encuentro filosófico como el nuestro. Pensar juntos: pensamiento y emoción unidos, dar y recibir, entrega. Pensar juntos: ¡qué bien sabemos cuando esto nace ya (y continúa) muerto! ¡Y sucede tantas veces!

El suicidio, la discapacidad... ambos temas hubo que tratarlos. No es posible, a través de este diálogo, saber cómo se siente una persona con una determinada discapacidad, necesitaríamos su testimonio, pues no podemos pensar por él o por ella. Pero todos nos sentimos, o nos hemos sentido, limitados en alguna faceta, en algún aspecto de nuestra vida. “¿Cómo te sientes, tú, en esas ocasiones?”, pregunta el moderador a la persona que acababa de plantear la cuestión. “Siento frustración”. “¿Por qué?”, vuelve a preguntarse en la sala. “Cuando me comparo con los demás...”. “Es posible que, entonces, ahí esté la clave”, añade el moderador. Porque nuestro encuentro también es terapéutico, todo grupo lo es, si orienta su trabajo hacia el bien y la verdad. Y hablaron del origen de muchos sufrimientos que padecemos por dentro, en solitario. Y que, en lugar de comparar con otros, sería preferible la comparación con uno mismo (y la acción por un mismo), y considerar el lugar desde el que hemos partido cada uno, no sólo a dónde hemos llegado. También, hablaron de la importancia de la aceptación. Cualquier cambio requiere de su concurso. En las escuelas antiguas de filosofía ya lo sabían; nosotros empezamos a recordarlo, pues nos hace falta. El ser es y el no-ser no es (Parménides). Comencemos por apreciar esto, su sencillez y su eficacia, en relación a cualquier problema de nuestra vida. Sin aceptación, no es posible caminar de otro modo, por un territorio nuevo lleno de agradables plantas aromáticas.

Tras este excurso, el diálogo retomó la temática más solicitada: el suicidio. ¿Se puede evitar? ¿Hablar de ello es mejor o es peor? ¿Cuál debe ser el papel de los medios de comunicación en relación a este delicado tema? ¿Puede darse un efecto llamada? Quedó claro, durante la discusión, que prevenir los suicidios (primera causa de muerte no natural en España, y que ha aumentado en este tiempo de pandemia) implica atender a las causas. Y, posiblemente, no es que la persona no quiera seguir viviendo, sino que no quiere seguir viviendo de la manera en que lo está haciendo. Entonces, no se trata nunca de ocultarlo (bastante tiempo ya es tabú), sino que lo decisivo es cómo ha de ser la comunicación sobre este tema, que pende de un hilo tan fino. Es fundamental promover un ambiente familiar, social, educativo, sanitario, en que sea posible que la persona, que lo está pasando mal, pueda expresarse, pueda ser comprendida y pueda ser acompañada (entendiendo y no juzgando). Y esto es labor de todos nosotros. Permitirnos que ningún estado de ánimo sea extraño, sino una parte natural de nuestra humana humanidad. Ellas y ellos lo dijeron.

Y sin embargo, ¿el suicido puede ser una opción, ante la que nada haya que hacer o decir por parte de los demás? La discusión trazó un rumbo nuevo, después de esta pregunta del moderador. Pues se encauzaba hacia la diferencia entre tipos de suicidio. Así, el suicidio voluntario y el suicidio forzado. ¿Es posible hablar de suicidio voluntario? El hecho es que, al parecer, siempre ha habido este tipo de suicidios, y continúa habiéndolos. En ocasiones, los consideramos, incluso, muertes heroicas, trágicas, sacrificiales, testimoniales, hasta convertir el suicidio, a veces, en pena capital... Todos podemos pensar en bastantes casos a lo largo de la historia. También podemos aceptar el suicido, en algunas situaciones, como una forma de eutanasia. Pero, claro, lo crucial aquí es cómo determinar si es un suicido voluntario y no una forma camuflada de suicidio forzado. Tantas veces la persona cree que lo ha decidido, que es la mejor opción... Por ejemplo, los atentados suicidas por motivos religiosos o políticos, podrían parecer voluntarios. No obstante, haríamos bien en preguntar: ¿cómo está su mente? ¿Sabe realmente lo que está haciendo? ¿Obedece ciegamente a una consigna exterior, o bien, a una compulsión interior? Como sucede en los casos de suicidio asistido, la persona tendría que mostrar de un modo fehaciente y lúcido, y con la suficiente persistencia, su decisión libre y consciente de recurrir al suicido. Ellos y ellas, así de claro lo vieron. Pero se trata de un tema difícil, en el que generalizar es aún más arriesgado. Salud.

lunes, 22 de noviembre de 2021

Sobre egocentrismos

 Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.2

19 de noviembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas

¿Pensar en uno mismo es aceptable?

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

Antonio Machado

Vivir es acomodarse, que no es lo mismo que resignarse. Así, nuestro segundo Café filosófico de la temporada hubo de recrear un espacio idóneo para poder acoger a las más de veinte personas que acudieron a la llamada de la filosofía compartida, el filosofar juntos. Nuestro nuevo local, El Pianista del Carmen, lo permite y lo hace totalmente factible. Quedamos agradecidos.

Y, como el día anterior se había celebrado el Día mundial de la filosofía, el animador del encuentro, amante él, no pudo resistir el impulso de plantear a los asistentes –un buen equilibrio de jóvenes y adultos– lo que pudiera ser una raíz del permanente riesgo de desaparecer la filosofía de las aulas: su utilidad o inutilidad. Leyó una declaración de Jorge Luis Borges y, acto seguido, planteó una cuestión a los participantes, como es habitual, para que se presentaran y, esta vez, para que reconocieran qué es útil en la vida:

(…) dos personas me han hecho la misma pregunta; la pregunta es: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

De todas cosas útiles en la vida, que dijeron, la inmensa mayoría (escuchar, el lenguaje, el tiempo, el autoconocimiento, colaborar, comprender, la empatía, buscar la felicidad, la libertad, la amistad, la duda, la atención, etc.) no son reducibles fácilmente, y sin pérdida, a un cálculo utilitarista o pragmático, como es el predominio hoy día. Y tiene razón Borges: qué extraña pregunta es esa, y tan frecuente, ¿para qué sirve...? Como si “el valer” hubiera sido puesto por delante de “ser”, y no al revés, como debería. ¿Para qué sirve la filosofía? Qué pregunta más rara, convinieron los participantes con su actitud y su práctica: la filosofía sirve para plantearnos todo esto.

Después de varias votaciones, el egocentrismo se postuló como la temática latente entre los participantes y, durante el diálogo, se perfiló a través de esta pregunta: ¿Pensar en uno mismo es aceptable? (Distinto de preguntar si es aceptable pensar por uno mismo; aunque, en un un diálogo como el nuestro ésta es una condición necesaria para todo lo demás, claro). Y fueron apareciendo las habituales dicotomías, radicadas en la separación entre yo y los demás. Y, quizás, aquí se sitúa tanto el origen como la salida de este problema del pensar en uno mismo o en los demás, el dilema típico entre egocentrismo y altruismo. Veamos.

Cuidar de mí, ocuparme y preocuparme por mí, pensar en mí y hacerlo respecto a los demás, ¿es incompatible? No, responden. Si no me ayudo a mí mismo, no puedo ayudar a los demás. Esto es necesario. No es impensable la figura de un “egoísmo altruista”. Hay incompatibilidad cuando mirar por mí es excluyente, cuando significa ir contra, es decir que para ser yo necesito ir en contra de otros. Y solamente de esa manera he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo. Esto es lo que Nietzsche llamaba el espíritu reactivo del resentimiento y la debilidad. Soy más, si tú eres menos. Sin embargo, reconocerme a mí mismo lleva de una manera natural a reconocer a los demás.

Pero interroga uno de los participantes: en un mundo injusto, ¿pensar en mí sería éticamente aceptable? Y se plantea la cuestión del servicio a los demás. ¿Puedo ayudar de verdad, genuinamente, a otro, si yo estoy mal por dentro? Si busco el servicio a los demás para escapar de mí mismo, ¿le hago un bien, me lo hago a mí mismo? Es muy posible que los demás nunca puedan rellenar lo que me falta. Todo lo más, serían la ocasión para desarrollar lo que ya tengo, expresar lo que ya soy. De otro modo, es muy posible que, sin darme cuenta, acabe proyectando la oscuridad de mis propias sombras. Esto es algo para meditar, y el grupo te lo pone delante.

Es muy posible que, si yo pudiera conectar con el fondo inteligente que soy, el afecto y la voluntad intrínseca que hay en mí –que somos y lo hay en todos nosotros– y aprendiéramos a confiar en ello, todas las dicotomías, todas las dualidades que nos provocan tantos disgustos, tantos conflictos y desgarros existenciales, pudieran diluirse como un azucarillo en el café. “Yo pienso”, “yo quiero”, “yo amo”, pero ni lo hago yo solamente, ni estoy yo solo en esto de vivir.

martes, 19 de octubre de 2021

Sobre la fragilidad humana

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.1

14 de octubre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


Los seres humanos, ¿somos tan frágiles?


El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. No se precisa que el universo entero se alce en armas para aplastarlo; un vapor, una gota de agua bastan para darle muerte. Pero, aun cuando el universo lo aplastara, sería el hombre más noble que quien lo mata, puesto que sabe que muere, por qué muere y sabe la superioridad que el mundo tiene sobre él. El universo, en tanto, nada sabe de esto.

PASCAL, B. Pensamientos


Seguimos siendo los mismos, aunque todo haya cambiado. Después de este tiempo, año y medio después, volvemos a nuestros tradicionales Cafés filosóficos. El nuevo escenario, la Cafetería El Pianista del Carmen, se nos ofrece gentilmente como un espacio que cuenta con muchas posibilidades, sea cual sea la época del año o el desarrollo de la pandemia.

Después del preámbulo del coordinador de este encuentro, sobre medidas de seguridad, sobre lo que es y lo que no es un Café filosófico, sobre su origen y finalidad, pregunta a los asistentes veteranos: ¿Qué habéis echado en falta de estos encuentros? Y, a los nuevos participantes: ¿Qué nombre le pondrías a aquello distinto en vosotros, tras la pandemia, sobre el mundo, sobre vosotros mismos? ¿Cuál es vuestra mirada o actitud nueva? Y esta pregunta también se dirige a ti, que no has asistido.

En concreto, este diálogo tuvo lugar porque uno de los participantes propuso la necesidad de tomar conciencia de nuestra propia fragilidad como seres humanos. ¿Somos frágiles? Pero, ¿qué es ser frágil? Y lo hallamos por la vía negativa: no ser fuerte, poderoso, orgulloso, seguro, dueño, quizás prepotente... Y ha quedado en evidencia, en este tiempo, que no somos tan fuertes como creíamos ser. Pero ser poderoso o fuerte, ¿de qué depende? ¿Depende de si tienes mucho o no lo tienes, de si tienes éxito o no lo tienes? Dijeron ellos y ellas: “Solamente la ignorancia puede llevarnos a creer que somos fuertes”.

¿Cuántos, que se creen fuertes, porque lo son en un aspecto o momento de su vida, no lo son tanto? Para que una cadena sea fuerte, han de serlo todos sus eslabones. Si uno falla, la cadena se rompe. Este símil, tan esclarecedor, les llevaba a distinguir fragilidades. Y la fragilidad emocional es crucial, pues si ella cae, cae toda otra fortaleza. No obstante, esta faceta de lo humano puede fortalecerse, dijeron, se puede aprender a gestionar mejor tus emociones y que no te paralicen o te sobrepasen. Y nos ayuda escucharnos a nosotros mismos y a los demás, lo que pasa y lo que nos pasa. Unos de otros, como poetizaba Hölderlin. También podemos vivir de veras, conscientemente, nuestras emociones más negativas, y muchas cosas más, en lo que podemos ejercitarnos, para volver a conectar con nuestro fondo. ¡Cuánto se echa en falta en la escuela el aprendizaje de las emociones!

Pero, ¿es preferible que nos sintamos débiles o, mejor, su opuesto? ¿Sentirnos como somos, que también somos frágiles, nos hace más fuertes? El que lo ha probado, lo sabe. El ser humano se alimenta de las paradojas, para poder ir más allá de ellas. No hay nada tan peligroso como la prepotencia. Los antiguos griegos lo sabían. El titán Prometeo, el bienintencionado benefactor de la humanidad, es testimonio de los variados peligros de la Hybris o insolencia, cuando el ser humano se enfrenta a los misterios de la vida y el sagrado orden cósmico. Y lo estamos sufriendo en relación con nuestra casa más grande, el planeta.

Ahora bien, pensadlo, como lo pensaron ellos y ellas: si las cualidades humanas pueden desarrollarse, en este caso, si la fragilidad humana puede llegar a fortalecerse, de un modo consciente, y no ciego o peligroso, es que ya somos fuertes... No puede desarrollarse lo que no se posee, lo que no se es, esencialmente. Nos enseñó el viejo Aristóteles, para el que quiera verlo, que sólo puede realizarse lo que ya está en potencia, en cuanto tal potencia. El manzano cría manzanas porque así es su naturaleza, desde la semilla. Por lo mismo que no puede dar naranjas. Salud.