Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
Mostrando entradas con la etiqueta FILOSOFÍA 1º. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FILOSOFÍA 1º. Mostrar todas las entradas

sábado, 16 de diciembre de 2017

¿Un mundo mejor es posible?

Monográfico Revolución y Utopía: ¿Un mundo mejor es posible?


La pregunta por la posibilidad de un mundo mejor que el vigente es la pregunta utópica por excelencia. Pero también habremos de preguntar a la pregunta: si tiene sentido, si es una pregunta juiciosa, en qué condiciones lo sería. Su origen etimológico delata el doble rostro de este anhelo tan profundamente humano. En cuanto u-topos, anuncia su carácter alejado de la realidad, un no lugar, quizás también cualquier lugar. Ninguno en particular. Posiblemente, ninguno realizable. En cuanto eu-topos, atrae hacia el mejor lugar posible, concita las expectativas de un mundo nuevo y feliz, cuestionando todos los mundos existentes. O alguno en particular. Siempre mejorable. En la medida en que se encamine hacia un ideal nunca alcanzable del todo que, sin embargo, es capaz de servir de medida de la cercanía o la lejanía -respecto a ese ideal- de algún desarrollo cultural particular. De manera que la pregunta utópica es la más humana de las preguntas humanas. Ahí están resumidos los mejores deseos, las esperanzas más hondas y también el mayor reconocimiento de nuestros frecuentes obstáculos y sinsabores actuales.

Publicado en HomoNoSapiens
Monográfico: "Revolución y Utopía"

martes, 28 de abril de 2015

Sobre las relaciones interpersonales (2)

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.8

17 de abril de 2015, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


Si no nos queremos a nosotros mismos, si no hemos descubierto que nos pueden querer, nos costará querer. Nuestro amor se verá siempre desvirtuado por la herida de nuestro corazón y amaremos de un modo posesivo o indiferente, angustiado o superficial, incluso perverso, si la herida es profunda e inconsciente.

Frédéric Lenoir, El alma del mundo.


La relación es realmente un proceso de descubrimiento de uno mismo, es decir, un proceso de conocimiento propio; en esa revelación hay muchas cosas desagradables, actividades y pensamientos inquietantes y molestos. Como no me gusta lo que descubro, huyo de una relación que no es agradable hacia otra que lo sea. La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve importante en extremo cuando es un medio de descubrimiento, de conocimiento de uno mismo.

Krishnamurti, La libertad primera y última.



¿Por qué se dan tantos conflictos en las relaciones personales?

No sé si estás de acuerdo en que el otro es siempre un misterio. Y hasta es bueno que así lo sea. El otro ser humano que tengo enfrente, o al lado de mí, es como yo en lo fundamental, pero, ¿no es cierto que si quiero saber de él tengo que dejarle ser lo que es?, y en todo caso, si quiero saber algo de él, ¿no tengo siempre, como mínimo, que preguntarle y luego saber escucharlo? Las relaciones personales son muchas veces problemáticas, las relaciones personales nos preocupan. Y seguimos relacionándonos, y continuamos buscándolas. Diríase que son un drama, mayor o menor, según los casos y las situaciones. O al menos, así lo vivimos muchas veces, como un drama que repetimos o nos apegamos para sentirnos aparentemente, al menos, más cómodos. “Todo sigue igual, yo también”. Son difíciles las relaciones, pero son tan importantes… No en vano, el hombre es un animal social por naturaleza (Aristóteles). Acompáñanos en este viaje por las tortuosas relaciones de los humanos, hasta llegar a algún claro del bosque donde poder residir juntos un rato. Cuando la noche se hace de día. “Cuando al ver a un desconocido reconocemos en él a un hermano, entonces amanece el día y la noche se acaba”, según reza un viejo cuento que recoge Frédéric Lenoir en su libro El alma del mundo, tan leído en Francia.
Comencemos por nosotros mismos: ¿Quién soy yo? “Yo soy alguien, una persona que…”. Y para conocerse un poco más entre sí los participantes, fueron esparciendo semillas que señalaban cómo se sentían en el momento en que comenzaba este café filosófico, cuyo relato comienza ahora de verdad.

—Yo soy alguien que ha tenido que esperar a ser mayor para conocerse.
—Yo soy el que lleva más de medio siglo buscando la felicidad.
—¿Tengo que ser alguien? ¿No puedo ser algo? —Por supuesto, tú eres, tú dinos. Nosotros no somos nadie.
—Yo soy una semilla…
—Yo soy uno que le gusta crear, crear cosas.
—Yo simplemente soy. Yo soy. —Efectivamente, para ser algo o alguien, primero hay que SER…
—Investigo, busco y al final espero encontrarme a mí misma.
—Yo soy cada cosa que he vivido. —¿Y las que estás viviendo?
—Adoro curiosear.
—Yo soy mis errores, multiplicado por mis defectos, dividido por mis virtudes. —Comprendido, te lo guardas para ti, el resultado de tu operación.
—Yo soy el que busca la verdad, el que investiga para ello.
—Yo he sido por exigencia de los demás, me he rebelado, y ahora estoy empeñada en comprobar si yo soy así como esperaban que fuera. Ahora busco ser yo misma.

Aquellas personas que llegaron tarde se perdieron esto, y los demás a ellas, lo que podían
haber dicho. Había ganas de abordar la Inocencia y el Origen del enamoramiento y el Cambio político. Pero no tantas como las que confluyeron alrededor de las buenas Relaciones interpersonales. Yo soy, pero nosotros somos. ¿Qué somos nosotros? ¿Cómo somos que hay tantos conflictos entre nosotros? ¿Por qué tantas veces no funcionan bien las relaciones entre las personas? Y seguimos y seguimos… ¿Por qué? Dos grupos de hipótesis se abrieron camino entre los asistentes. 1) Nos ponemos un disfraz, llevados de nuestro propio miedo, lo que nos hace estar a la defensiva, quizás resultado de las malas experiencias del pasado; 2) Somos diferentes, con diferentes objetivos, intereses, diferentes expectativas y sucumbe el entendimiento ante tanta diferencia.

—Claro, es lo que sucede cuando nos ponen por las nubes una película, que vamos a verla y nos defrauda.
—¿Y en dónde está el problema: en la película o en la expectativa?
—¿Pero hay muchos tipos de relaciones? —Protesta una participante.
—¿Aún así, lo que estamos diciendo vale para todas ellas: los disfraces, las diferencias, las expectativas, la falta de comunicación…?
—Me temo que sí.

Y el grupo se encaminó hacia el mercado de los disfraces, la ocultación, sea hipócrita o no lo sea, la ocultación de uno mismo ante sí mismo; luego vendría lo demás, a su debido tiempo.

—Como decís, la ocultación tiene “patas cortas”, pero a veces  es comprensible. No quieres estropear una relación bonita que está al principio, para así que llegue pronto la decepción y el fracaso.
—¿No decepcionar? ¿Por qué sucede esto?
—Por miedo a que pueda fracasar la relación.
—La inseguridad también  afecta.
—O quizás la inseguridad esté en el origen del miedo. Por eso, también hay disfraces inconscientes.
—Yo quiero añadir que es algo que se va aliviando cuando vas madurando con la edad.
—Pero no es general.
—Ya.
—Pero escuchad: cuando caiga la máscara que nos hemos puesto, vendrá el conflicto, más tarde o más temprano.
—Sí, estaríamos poniendo una traba al futuro, una grave hipoteca a la relación futura.
—Entonces, eso no sería más que una traición a la relación y una traición a ti mismo.
—Sí, hacemos daño y nos hacemos daño.
—Y diciendo lo que pienso y mostrándome como soy, ¿no haré también daño?
—No, háblalo. ¡La forma irrespetuosa en que lo digas es lo que hace daño!

Y como una apoteosis, o mejor una catarsis, el grupo rió un momento filosófico único ante el comentario de uno de los participantes, que pareciera dicho momento que venía por sí solo, que se le esperaba y que caía como agua de mayo: “¡Podemos relacionarnos bien a pesar de ser tan diferentes y de mostrar abiertamente que lo somos!”. ¡Había que estar allí! ¡Tenías que haber estado allí! Así es. No pasa nada. Aquí estamos. Y ahí estuvo una participante adulta, que contó su impresión cuando nació su hijo, que parecía un “monillo” y los demás tratando de animarla y ella, que no le hacía falta, insistiendo en la realidad, en la verdad: “Es feo el niño”. Era feo… Y nos contó que fue creciendo en edad y en belleza. ¡Y no pasó nada por decir en su momento lo que había!

—Os advierto que todos fingimos.
—Y quizás no pase nada, si son cosas superficiales, formalismos sociales, rutinarios…
—Efectivamente, es cuando la ocultación afecta a algo fundamental cuando hay que temerle.
—Sí, cuando hipoteca de verdad el futuro de la relación, cuando hace daño y nos hacemos daño —sugiere con afán sintético el moderador—. ¿Y qué es lo fundamental?
—Los valores.
—Las consecuencias.
—La honestidad —nos estábamos acercando...
—¡La confianza mutua! Cuando se ve afectada algo tan profundo como la confianza mutua, aunque sea con algo más o menos nimio.

Una de las participantes —precisamente, la que propuso esta problemática— confiesa su preocupación, lo que mostraba que el curso del diálogo filosófico no le satisfacía del todo. Se refirió a situaciones propias de un ambiente social tóxico, en el que todo se toma a mal, en el que la persona va cogiendo inseguridad, en donde se van creando círculos viciosos de daño mutuo, sin que los protagonistas sean conscientes de ello, de cómo unos a otros se están haciendo daño, incluido cuando alguno piensa que él posee el control y que no es la víctima sino el verdugo (recordad el análisis marxiano: el explotador también vive alienado). ¡Y ocurre porque los protagonistas no lo saben! ¡Desconocen que el infierno que están pasando no es necesario pasarlo! Que es algo creado entre nosotros mismos.

Tomar consciencia de lo que está pasando, sí, muy importante para separarse, sufrir menos y contribuir a cambiar las cosas. Si no se empieza por ahí, poco se puede hacer.
—Y esta es una tarea educativa —una joven de la reunión lo dijo—. Ayudar a los chicos y chicas a darse cuenta de situaciones que no han de soportarse.
—Ya se hace.
—Pero se hace poco.

Allí estábamos para enriquecernos, para aprender unos de otros y estábamos aprendiendo. Todos sufrimos con estas cosas y también tenemos mucho que aprender unos de otros. Actitudes más adecuadas, más constructivas.

—No olvidéis lo que hemos hablado antes: las formas importan mucho. Por ejemplo, en lugar de acusar al otro: “tú eres…”, empezar por ti: “yo me siento…”, y ya todo puede cambiar.
—Sí, en vez de hacerte el experto (“yo lo sé todo sobre ti”, “sé lo que vas a decir”, “siempre haces lo mismo”), recordar que todo cambia, que nada permanece, que cambiamos a cada instante, empezando por las células de nuestro cuerpo.
—Mostrar apertura. Todo dependerá de lo abierto que te muestres, de cómo recibas al otro, abierto en canal o con una coraza reforzada puesta encima.
—¡Pero eso es muy difícil de llevar a la práctica! —replica la persona que se quejaba antes de los ambientes tóxicos.
—Correcto, es difícil pero es importante. Nos jugamos mucho en ello: no anularse a uno mismo, no traicionarse…

Y así, con este bagaje previo, esta madurez adquirida por el grupo durante todo el tiempo que duró la discusión hasta este punto, el otro grupo de hipótesis que quedaba pendiente de abordar, se podía comprobar con facilidad mediante deducción. Pero esto es sólo posible cuando los principios están bien maduros, bien trillados. No fue necesario mucho tiempo para que fluyeran las conclusiones, que iban suscitando fácil apoyo por parte de los asistentes. Tú no estuviste —aunque espera este narrador que dichas conclusiones te aprovechen casi tanto como a ellos—. Estate muy atento, lector, pues te va tu vida, que es relacional, en ello. Ante tantas diferencias, tantas expectativas, tantos intereses que parecen separarnos, dos propuestas, dos salidas:

a) La aceptación de las diferencias, de lo que somos y de lo que queremos cada uno. Somos diferentes, ¿y qué? Partamos de ahí. Para ello, mantener una permanente actitud investigadora, descubridora. No dar nada por sentado, porque provenga de ti. El otro puede ser diferente. Y eso es bueno, también para ti. ¿Sabes por qué?
b) Un diálogo, pero no cualquiera, que no prejuzgue. Si no prejuzga al otro, comprende. Si comprende, entonces ve con claridad, y ya no contribuye a enturbiar la relación. Y para ver, atender. Atiende al otro. Y aunque el otro prejuzgue —te prejuzgue—, tú no prejuzgues, atiende. Los dos saldréis ganando, antes o después.

Esto es lo que vinieron a decir.

sábado, 3 de enero de 2015

Sobre lo divino

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.4

19 de diciembre de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.

¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?

¿Una persona no creyente —de ninguna de las religiones existentes— puede hablar de algo divino o espiritual? ¿Tú que piensas? ¿Es lo mismo una persona espiritual que una persona religiosa? ¿Posee la religión establecida la exclusividad sobre el hecho religioso? ¿Pensar de ese modo nos ha acarreado a todos a lo largo de nuestra historia más perjuicio o más beneficio? ¿Es posible el dialogo entre las religiones? No sé si estarás interesado (o interesada) en estos asuntos sobre lo divino —que versan también de lo humano—, pero si te quedas un rato podrás saborear un trago de esta bebida acompañando el diálogo de los participantes de este café filosófico. Y si no lo estás, este relator espera que, a través de la perspectiva adoptada en su transcurso, este tema pueda llegar a ser uno de “tus temas”.
El moderador del encuentro quiso comenzar leyendo un texto alusivo al café filosófico anterior, que trató Sobre el miedo. Y puesto que allí estaban, en esta ocasión, la mayoría jóvenes, que tienen —como se dice— la vida por delante, venía ni que pintado. Su autor es Pablo d´Ors, nieto del novecentista Eugenio d´Ors, sacerdote y escritor, extraído de su ensayo Biografía del silencio (pp. 94-5), donde describe sus experiencias espirituales con la meditación que él practica a diario; por tanto, muy a la sazón de nuestra discusión, según ha sido anunciado y se irá viendo después; y dice así:

“La vida es un viaje espléndido, y para vivirla sólo hay una cosa que debe evitarse: el miedo (…) Y me entristece que haya muchos que pasen la vida con la mirada puesta en ese tablero pero sin decidirse a jugar jamás, muchos que dudan sobre si deberían o no sentarse a la mesa del banquete, dispuesta para ellos; muchos que van al río y no se bañan, o a la montaña y no la suben, o a la vida y no la viven, o a los hombres y no les aman”.

Pues bien, iniciemos ya nuestro espléndido viaje y evitemos todo temor. Pidió el moderador la siguiente autorreflexión: ¿Yo por qué doy gracias? ¿A qué doy gracias? Siempre se ha dicho que “de bien nacidos es ser agradecidos”, y puede que, de vez en cuando, sea éste un ejercicio necesario. Quizás no tengamos a flor de piel, como debiera, todo lo que se nos ha dado y se nos da simplemente con vivir, y estemos demasiado acostumbrados a pedir más que a dar. Efectivamente, la mayoría de los participantes no mostraban mayor inconveniente en “dar gracias”, cada uno a su manera, a la vida que nos tiene. Pero a algunos otros les costaba un poco más. “Me operaron, prorrogaron mi vida y ahora las cosas me llenan más”. “Doy gracias a las personas que tengo a mi alrededor”. “A lo que me ha ocurrido, que me ha llevado a aceptar más las cosas”. “Que mi vida sea única”. “Que yo sea como soy, gracias a mis amigos y familiares”. “Por el apoyo que me dan”. “Yo no doy gracias, todavía”. “La posibilidad de inventarme a cada paso”. “Poder vivir mi vida”. “Doy gracias por todo lo que hace posible mi vida cotidiana, cosas tan sencillas como que una silla haya sido hecha por alguien”. “Doy gracias por todas aquellas personas que han  hecho de este mundo un mundo mejor, incluso, a veces, han llegado a morir por ello”.  “Agradezco que haya algo superior a mí”.
Y con esta disposición de ánimo, se propusieron algunos temas posibles de discusión, para investigar juntos sobre ellos: Dios, la Justicia y la Religión, el Espíritu Navideño, la Dependencia. Y comoquiera que el primer tema fue el más deseado aquella tarde —a falta de una hora para la caída del sol— le preguntamos: ¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”? O más todavía: ¿Quién puede proclamarse su portavoz? Además, estas formulaciones quizás nos llevarían a comprender si somos o no somos religiosos por naturaleza, o en qué sentido lo somos.
¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?
—Un argumento filosófico dice que es el nombre que ponemos a lo desconocido.
—Un salvavidas humano.
—Una forma de control de los demás.
—Una creación del ser humano.
—Un acto de rebeldía frente a la muerte, pues no aceptamos la muerte.

Éstas eran respuestas más bien inmanentes, luego llegaron otras más trascendentes, que a aludían, pues, a algo más allá de lo humano.
—Se trata de un concepto más allá de las religiones: una especie de “inconsciente biológico”.
—Algo imposible de definir.
—El Todo, la Unidad de todo.

Pero fue este último argumento el que copó la discusión posterior a esta batería de alusiones a “Dios”, que los filósofos griegos llamaban: tó theión. Nunca hablaron de un dios personal creador del mundo, sino de lo divino en el mundo. Esta perspectiva podía sernos de utilidad para que todos los participantes —creyentes y no creyentes— pudieran dialogar juntos sobre un tema tan dado a la visceralidad y a la controversia sin límite, tan difícil por eso —como todos sabemos por experiencia—. Propone, entonces, el moderador aclarar esta idea de “todo”, de un modo que pueda ayudarnos en nuestra búsqueda de lo divino, a través de esta pregunta: ¿El todo es reducible a las partes? Una pregunta que causó perplejidad entre muchos de los participantes, y que poco a poco fue clarificándose su sentido —aunque sólo fuera intuitivamente—, a través de algunos ejemplos y alguna metáfora. (Te lo transcribimos en forma de cuestiones para que seas tú quién las piense y puedas intuir también la puerta que nos abren).

—¿La mente es reducible a cerebro? Una función global del cerebro, como el pensamiento o una decisión voluntaria del sujeto, se puede entender a partir de la sola consideración del funcionamiento neuronal? ¿Quién comprende o tiene autoconciencia, quién imagina o crea, el cerebro o la mente? ¿Podrían ser las funciones mentales el resultado de toda la estructura del cerebro, cuando trabaja al unísono, y no sólo de una parte de éste?
—¿Un océano, una gran cantidad de agua, es simplemente la suma de innumerables gotitas de agua? ¿O, por ser océano, adquiere sus propias leyes de comportamiento?
—Y lo mismo puede suceder con una bandada de pájaros: las evoluciones de su vuelo, aparentemente errático, ¿se puede explicar por el rumbo aislado de cada uno de los pájaros que forman parte de dicha bandada?  ¿O más bien, se dejan arrastrar por el flujo mayoritario, que parece tener autonomía?
—¿Qué pasa cuando los aficionados al fútbol se instalan en su asiento de la grada del estadio? ¿Su actitud y su conducta —a veces desgraciada— se parece siempre a la que mantienen en su vida cotidiana? Cuando no es así, ¿a qué se debe? ¿Es que han sido metamorfoseados y ya no son los mismos? ¿O hay un comportamiento social no reducible a lo individual, ya no comprensible simplemente de ese modo?
—¿Si no hubiese el “hecho social”, podrían la Sociología o las demás ciencias sociales tener sentido, es decir, poseer su propio objeto de estudio independiente?

Y el grupo de participantes discutió estos ejemplos (también después de la reunión, pues se hallaba entre ellos un avanzado estudiante de Sociología); y el moderador se empeñaba en tratar de conectar la esencia de los mismos con el tema que nos traíamos entre manos: la esencia de lo divino. Aunque es posible que le faltase plantear alguna pregunta directa como las siguientes: ¿Alguno de vosotros alguna vez os habéis sentido formando parte de un todo? ¿Integrados, siendo partícipes de algo más grande que vosotros mismos? Por ejemplo, en soledad con la naturaleza, dentro de un grupo en donde había plena compenetración, cuando habéis sido creativos y parecía que “algo” hacía lo que estabais haciendo, amando, ¿habéis sentido esta experiencia? No hay que ser una persona religiosa, como veis, para acceder a una experiencia mística (de unión profunda con lo que hay), aunque sea de un modo básico. Es más, es posible que de este tipo de experiencias surgiesen aquellas experiencias religiosas fundamentales que luego fraguaron dogma y religión cultural.

Después de una suficiente maduración de la discusión, el moderador vio el momento para volver a formular la pregunta inicial que nos planteábamos: ¿Qué puede ser eso que llaman “Dios”?
—Amor que nos hace superarnos.
—Necesidad inherente al ser humano, que nos lleva a ser más.
—Capacidad espiritual, que nace de nuestra necesidad de compartir.
—Pero dicha espiritualidad es personal —se replica.
—¿Habría, entonces, que hablar de “mi dios”? ¿O se puede hablar de “Dios”?
—El problema ha estado históricamente, y sigue estando, en tratar de imponer “mi dios” a los demás.
—Es cierto, y todos podemos poner ejemplos reprochables de ello. ¡Cuántas guerras de religión!
—Entonces —pregunta el moderador, recogiendo el segundo interrogante inicial—, ¿quién puede hablar de Dios, si lo divino está en la fuerza del amor, es superación, unidad, está en la integración con lo que hay?
Todos y nadie —responden casi al unísono todos los participantes.
—Entiendo: cualquiera de nosotros, pero nadie debería tratar de imponer a la fuerza “su dios”. Nadie puede autoproclamarse portavoz único y verdadero de Dios. Pues esto lleva al dogma y a la exclusión de los que tú piensas que no sienten como tú.

Este relator espera que este puerto de la discusión te haya satisfecho tanto como a él narrarlo. Ahora sabemos que hasta una persona no creyente, puede creer mucho; que la espiritualidad y lo divino no son materias reservadas a unos pocos, que proclaman o se autoproclaman. Y quizás así, un creyente con un “no creyente” pudieran entenderse y hablar de lo mismo, aunque fuera cada uno a su manera propia. Quizás así, las distintas religiones podrían llegar a dialogar entre sí, cuando resulta que el hecho espiritual es un hecho humano que pueden compartir todas las religiones del mundo, si no se quedan en la superficialidad del ritual y la iconografía. Quizás así, no llegáramos a matarnos unos a otros por nuestras creencias religiosas —o de otro tipo, convertidas en cuasi-religiosas— o por dios alguno. Esperanza.




 La inteligencia se piensa a sí misma abarcando lo inteligible, porque se hace inteligible con este contacto, con este pensar. Hay, por lo tanto, identidad entre la inteligencia y lo inteligible, porque la facultad de percibir lo inteligible y la esencia constituye la inteligencia, y la actualidad de la inteligencia es la posesión de lo inteligible. Este carácter divino, al parecer, de la inteligencia [humana] se encuentra, por tanto, en el más alto grado de la inteligencia divina, y la contemplación es el goce supremo y la soberana felicidad.

Aristóteles, Metafísica, XII, 7


La quinta vía [de la demostración de la existencia de dios] se toma del orden o gobierno del mundo. Vemos, en efecto, que cosas que carecen de conocimiento, como los cuerpos naturales, obran por un fin, como se comprueba observando que siempre, o casi siempre, obran de la misma manera para conseguir lo que más les conviene; por donde se comprende que no van a su fin obrando al acaso, sino intencionadamente. Ahora bien, lo que carece de conocimiento no tiende a un fin si no lo dirige alguien que entienda y conozca, a la manera como el arquero dirige la flecha. Luego existe un ser inteligente que dirige todas las cosas naturales a su fin propio, y a éste llamamos Dios.

Tomás de Aquino, Suma Teológica, I, 3.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Sobre el pensamiento autónomo

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.3
5 de diciembre de 2014, Biblioteca del IES Reyes Católicos, 18:00 horas.

Pereza y cobardía son las causas merced a las cuales tanto hombres continúan siendo con gusto menores de edad durante toda su vida, pese a que la Naturaleza los haya liberado hace ya tiempo de una conducción ajena (haciéndolos físicamente adultos); y por eso les ha resultado tan fácil a otros erigirse en tutores suyos. Es tan cómodo ser menor de edad. Basta con tener un libro que supla mi entendimiento, alguien que vele por mi alma y haga las veces de mi conciencia moral, a un médico que me prescriba la dieta, etc., para que yo no tenga que tomarme tales molestias. No me hace falta pensar, siempre que pueda pagar; otros asumirán por mí tan engorrosa tarea.

Immanuel Kant (escrito en 1784)


¿Por qué actuamos (casi siempre) como los demás?

A petición del Departamento de Filosofía, celebramos por primera vez nuestro café filosófico en el IES Reyes Católicos de Vélez-Málaga. Más bien se trataba de iniciar este tipo de encuentros —en los que puede participar toda la comunidad educativa— realizando una sucinta demostración de cómo puede llevarse a cabo. Es obvio que esta actividad necesita ser tomada como propia y adaptarse su estilo a la persona que la convoca y a la evolución de la misma en cada momento y lugar. Gracias de nuevo por la invitación.

De esta manera, a la par que seguíamos el proceso discursivo del café filosófico, se iban intercalando paréntesis sobre cuestiones metodológicas en el transcurso del mismo. Pues bien, allí estábamos, muy bien situados en el fondo de la Biblioteca, sentados en círculo, junto a unos prácticos estantes correderos y al lado de las entradas “Pensar, imaginar”. Nada más apropiado. No hay pensamiento sin la capacidad de imaginar. Y comenzamos preguntándonos: ¿Cuál sería una cualidad característica nuestra? (Que yo me veo, o bien que ven los demás en mí). La simpatía y la alegría emergieron por boca de los primeros participantes, pero pronto afloraron también características como la inseguridad y la negatividad personales.

—Has presentado  la inseguridad como algo defectuoso que hay que arreglar.
—Sí, así es, ¿no?
—Puede ser. ¿A qué te suele llevar tu inseguridad?
—A estar alerta.
—¿Y esto lo consideras un defecto? Cuéntanos los beneficios derivados de la capacidad de estar alerta…

—Yo me siento insegura al hablar en público.
—A ver: ¿Quién de vosotros no se siente inseguro en esa u otra faceta? (Y la respuesta fue unánime).

—A diferencia de cómo me ven, yo me veo introvertido. O más bien, una persona reservada.
—¿Y cómo te ves en el fondo de ti?
—Me veo una persona.
—Pues yo me veo como una persona amigable —afirmó otro participante.

Una vez roto el hielo —que no hacía mucha falta, pues, a pesar de las algunas cualidades expuestas, el grupo participaba con bastante fluidez—, planteamos juntos varios problemas que podríamos tratar aquella tarde: la Cultura, el Pensamiento autónomo, la Democracia, la Salud…, pero la Ilustración se coló de buenas maneras por medio y la temática que obtuvo más adeptos, después de la votación, fue la del pensamiento autónomo. Y preguntamos entre todos:

—¿Por qué no pensamos autónomamente?
—No, si pensar podemos pensar, pero si no podemos actuar por nosotros mismos, ¿para qué?
—Sí, tienes razón, eso es lo decisivo. Cambiemos, entonces, la pregunta de modo que sea capaz de abrir una brecha significativa en la temática que nos hemos propuesto: ¿Por qué no actuamos autonómamente?

—Os pregunto: ¿Siempre ocurre eso? ¿Nunca actuamos de una manera propia, y no como los demás?
—Sucede siempre cuando estamos con los demás. Sí, a eso mismo tendemos.
—Pero no, ¡hemos venido aquí esta tarde!
—No ha venido demasiada gente, ¿habéis sido vosotros mismos los que habéis venido aquí esta tarde?
—Hemos sido nosotros.
—No os confiéis, esto no son más que excepciones.
—Bueno, pues entonces —indica el moderador—, maticemos la pregunta: ¿Por qué (casi siempre) actuamos como los demás?

¿Por qué es frecuente que eso ocurra, que solemos actuar como los demás? Y el grupo fue trabajando una serie de hipótesis y se profundizó a través de ellas. (¿Pensabais que el uso de hipótesis y su comprobación era algo privativo de la ciencia?) En concreto, fueron estas dos las hipótesis: 1) Para agradar y evitar conflictos; 2) Para poder identificarnos con un determinado grupo.

—¿Tienen algo en común las dos hipótesis?
—La necesidad de sentirnos arraigados —manifiestan juntos los participantes—. De lo contrario, nos sentimos raros, diferentes, solos, marginados.
—Tratemos de levantar la cáscara de ese desarraigo. ¿Qué hay debajo?
—“El miedo a estar solos”.
—¿Y por qué sucede eso?
—Por nuestra inseguridad.

Y el grupo fue consciente de que había trazado un círculo, pues al principio —a través de la pregunta inicial de autorreflexión— todas las personas asistentes habían asentido afirmando que todas se sentían personas inseguras. Y en estas que el moderador plantea al grupo un conflicto:

—Si todos nosotros somos personas inseguras, ¿os estáis sintiendo, hoy aquí, personas inseguras?
—No, pero eso no tiene arreglo.
—Contra la inseguridad sólo se pueden tomar “medidas paliativas”. ¡No se cura!
—Sí, ahí sigue siempre, en el fondo de ti, tu inseguridad.
—¿Ni aunque tengas el reconocimiento de los otros?
—No, porque no se satisface tu inseguridad interior.

Esta última afirmación nos abría al abismo de la discusión. Si éramos capaces de lanzarnos, quizás podríamos encontrar una playa nueva, tranquila y apacible. Y así fue, pues se abrieron ante nosotros dos caminos: actuar buscando el reconocimiento de los otros, o bien, actuar por nosotros mismos, no para buscar el reconocimiento externo, sino nuestro propio reconocimiento interior. Quizás así, aquella inseguridad profunda —causa de nuestro miedo que nos lleva a rehuir sentirnos solos y a tratar de sentirnos arraigados aunque sea haciendo lo que otros hacen, para agradar y evitar conflictos, para autoidentificarnos— sea capaz de un comienzo nuevo, de reiniciarse a través de un nuevo punto de partida: mirar dentro.

Y nos dimos un buen paseo a lo largo de esta diáfana playa. Tan a gusto estábamos, que nos reacomodamos juntitos y respiramos profundamente la nueva brisa, cargada aromas nuevos. ¡Pensar por nosotros mismos! ¿Cómo sería mi vida allí, en tan dichosa playa, si me mantuviese más a menudo en ella? (Vamos a disfrutarlo unos instantes). Si pienso por mí mismo, mi acción será más apropiada a mí. Pero, ¿cómo saber que pienso y actúo por mismo, y que no me dejo llevar? Mirando dentro de mí. No miro fuera, no dirijo mi atención para otro lado, me miro primero a mí mismo. Y si está también fuera lo que encuentre, en otros, ya no me importa… Desde hoy mismo, voy a acostumbrarme a mirarme dentro. Pruébalo tú conmigo.

domingo, 14 de diciembre de 2014

¿Filosofía en tiempos de crisis? (III) La función kantiana

¿Para qué queremos a la Filosofía en estos tiempos de crisis? Tú mismo, tú misma puedes obtener una respuesta. ¿Te merece la pena no dejar en el tintero nada importante de la vida que vivimos, no olvidarte de lo que es valioso para que no pueda ser obliterado ni denostado ni mancillado? El precio es la deshumanización, la enajenación personal y la crisis ecológica. ¿Te parece que todo puede ser mezclado, confundido, malogrado, perdido en el caos deltótum revolútum y que cada cosa no pueda mostrar lo que es y sus derechos? El precio viene de la mano del “todo vale” y de la anomia; la inmisericorde obsolescencia programada del negocio a toda costa o la invalidación y el menosprecio de tus juicios y decisiones, pues tú no eres experto y no entiendes. ¿Todo lo que hay, ha de ser así, como es? ¿Un mundo mejor no es posible? ¿No podemos plantearnos juntos qué mundo queremos? Procura aprender a autogobernarte, si no te seguirán gobernado otros y harán de tu mundo lo que sus intereses quieran.
Immanuel Kant (1724-1804)
Aunque te resulte a veces un poco difícil de leer, has de saber que de mucho más que de todo esto vas a poder encontrar abundantemente en los textos de Immanuel Kant, con un poco de paciencia. Este filósofo ilustrado, que puede seguir orientándonos si somos capaces de actualizar su pensamiento. Hay muchas cosas importantes de nuestro mundo que valen por sí mismas —son fines en sí—, y no pueden tratarse únicamente como medio para otra cosa. Te pasa cuando te vuelves adicto a algo, que lo que antes era un medio ahora es tu dueño y te esclaviza; siempre que te explotan o te ningunean te conviertes en un objeto: sexual, laboral o comercial, un mero usuario, consumidor o cliente; has dejado de ser un sujeto digno o bien tu dignidad está en serio peligro —y no hablemos de la Naturaleza, que ahora es medio ambiente—.
Imagina que debes que organizar una determinada marcha atlética popular, un maratón, por ejemplo. A ver: ¿Lo meterías todo en el mismo saco o tendrías que establecer categorías? Imagina si no lo haces la que puedes armar. Efectivamente, Kant te recuerda que nunca —en todo contexto— has de olvidarte de hacer justicia con lo diferente. Somos iguales y diferentes, el mundo es semejante y diverso a la vez. Lo igual, trátalo como igual y lo diferente, como diferente. ¿No es cierto que has tenido problemas cuando no lo has hecho así?
Y como no debes malinterpretar a Kant a la altura de nuestro tiempo —de crisis crónica—, te ofrecemos una versión transformada, a la manera habermasiana, de su famosoimperativo categórico (verdadera guía para todos nosotros, habitantes de este mundo complejo y cambiante): “Si, ante una determinada situación de decisión o de conflicto, participan todos los afectados y/o interesados y aceptan todos, sin coacción alguna, reconociéndose mutuamente como interlocutores válidos, las consecuencias y efectos secundarios que resulten del seguimiento universal de una determinada norma de acción, dicha norma será válida y será tomada como propia”. Ya sabes tú, ciudadano o responsable político: pasa por esta criba kantiana tus decisiones para que sean legítimas, puedan ser —quizás— buenas decisiones a largo plazo y así nos vaya un poco mejor a todos.

Publicado en Queaprendemoshoy

jueves, 20 de noviembre de 2014

Día Mundial de la Filosofía



20 de noviembre de 2014
SALA DE USOS MÚLTIPLES
IES JUAN DE LA CIERVA


-DOS VÍDEOS: ¿Para qué sirve la filosofía?

-LECTURA:Carta a Meneceo

-EL CONSULTORIO DE EPICURO

-CAFÉ FILOSÓFICO (21 de noviembre, Cafetería Bentomiz)


martes, 14 de octubre de 2014

¿Filosofía en tiempos de crisis? 1. La función socrática

Todos decimos ahora que estamos sufriendo una crisis sin precedentes, y sin embargo, ¿cuánto tiempo llevamos así? Si crisis (del griego “κρίσις”) significa, en el fondo, una metamorfosis, el necesario trauma del paso de unas estructuras a otras —personales, sociales, culturales—,una separación o fractura digna de ser analizada y juzgada para tomar una decisión, nuestra cultura hace mucho que atraviesa una larga etapa crítica. Pero lo que no sabemos es si estamos juzgando bien y adoptando las mejores decisiones. Y si no fuera así, las crisis continuarán aquejándonos, quizás con el buen propósito cósmico de darnos otra oportunidad de buscar lo necesario a nuestra época, su constitución epocal.
De manera que la crisis que navegamos podrá ser económica, podrá ser una crisis de valores, podrá ser del modelo social y político dominante, podrá ser una crisis ecológica y de la distribución de los bienes y males que habitamos, pero nos está pidiendo que busquemos juntos qué necesitamos, qué es lo necesario en una época como la nuestra: planetariapeligrosa por el poder de nuestros medios tecnológicos, aunque universal en sus pretensiones, que ha de hacer justicia a las diferencias desde la conciencia global de que “todos estamos en el mismo barco”.
Cada ciencia, cada rama desgajada del saber humano, hace su camino en solitario y obliterando al caminante mismo. Ha ido surgiendo un saber disperso, que secciona la realidad y nos disecciona a nosotros, que nos embota y nos impide ver más allá —alzar la mirada y caminar erguidos distinguió a nuestra especie—. Cada rama de las ciencias no ceja en el empeño de provocar fracturas, crisis —y esto es bueno—, sin embargo, los juicios y las decisiones son de todos nosotros, si han de estar los saberes específicos y especializados al servicio de lo más humano en nosotros.
Es necesaria la integración humana y ecológica de todos los saberes dispersos. ¿Quién puedemoderar el gran debate sobre el saber humano y el futuro de la humanidad? ¿Quién habría podido prepararse a conciencia desde hace más de 2500 años? La humanidad echa en falta la función socrática de la filosofía. Y la filosofía profesional ha sido cómplice todo este tiempo, desperdiciando algo tan valioso. Sócrates no toma decisiones y la filosofía no va a tomarlas por ti, no guarda en el bolsillo una varita mágica de DoraemonSócrates sólo sabe hacer preguntas para que entre todos hallemos las mejores respuestas a la altura de nuestro tiempo; nos incita a pensar y a perseguir lo mejor que sea posible en el kairós del tiempo presente, lo que más nos interesa a largo plazo contigo y conmigo incluidos, pero no exclusivos.

Publicado en Queaprendemoshoy