Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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jueves, 22 de mayo de 2014

¿Cualquiera puede ser un político?

Qué Aprendemos Hoy

La respuesta es obvia desde la época de Pericles, aunque haya sido a menudo olvidado a lo largo de la historia: todos somos políticos por nuestra sola pertenencia al cuerpo social. Ahora bien, no todo el mundo está igual de preparado para dedicarse a la política. Esto es otra cosa. La experiencia política del pueblo, durante todos estos años de democracia, ha mostrado que una tarea de tanta envergadura, cuyas acciones nos afectan a todos nosotros, de tanta responsabilidad, no puede estar en manos d

cualquiera. No puede ser que el pueblo vote a candidatos de los que sabe tan poco, sólo porque van en una lista propuesta por un determinado partido político. No puede ser que los políticos sean, según aparece recurrentemente en las encuestas, uno de los principales problemas de nuestra vida social.
Los excesivos casos de corrupción, el alejamiento entre la política y la ciudadanía, la indignación del pueblo por la desviación de los fines propios de la política, convertida en fin en sí misma y no un medio para el bien común…; por todo ello, es imprescindible un replanteamiento de quién puede ser un político y en qué condicionesEs necesaria una nueva educación política. Proponemos para la discusión estas tres condiciones:
a) En lugar de la habitual “selección natural” de los que se dedican a la política, que conduce a que muchos de nuestros políticos estén cortados con el mismo patrón, sería el pueblo, de alguna manera que habría que establecer entre todos, el que decidiera quién puede estar en la política profesional y de qué modo. El político habría de estar bien formado o habría de poseer experiencia contrastada tomando decisiones, pero —y esto es muy importante— dejándole unperíodo de prueba, a ver si se distingue por su “amor a la ciudad”. Ya me entendéis. Es crucial en estos tiempos que tengamos a los mejores en la política.
b) Puede también resultar de vital importancia para nosotros (todos nosotros) que el paso por la política profesional estuviese delimitado temporalmente. Entras en la política, pues te ha encargado el pueblo alguna tarea, y transcurrido un período determinado (cinco, ocho, diez años máximo, esto también habría que decidirlo democráticamente, como toda regla del juego común),dejas la política con el mismo patrimonio que tenías antes; y si piensas de otro modo, no debes dedicarte a la política. Hay muchos que podrían hacerlo mejor que tú.
c) Ya que quieres ser un político, persona pública al servicio de la comunidad, el pueblo ha de saber de ti: toda tu vida pública, también todo tu currículo oculto para que luego no haya sorpresas, qué dicen de ti los que te conocen —si los has beneficiado o perjudicado con tus decisiones— y, además, cómo estás de ética: ¿Has superado el nivel tres de desarrollo moral, según Kohlberg , pongamos por caso?
Y ahora es vuestro turno…

Publicado en QueAprendemosHoy.com

viernes, 26 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO 5/5

5 – Nueva transición democrática


—Pero, ¡a dónde vamos a parar! ¿Está usted proponiendo el final de los partidos políticos, el final de la democracia? —Si usted iguala ambas cosas… Para empezar, los partidos políticos son, quizás, las instituciones políticas menos democráticas que tenemos. Con sus propios mecanismos internos —no escritos ni confesables— de ascenso hacia la cúpula del poder en el partido, con su disciplina de voto, con la ausencia de discrepancia por mor de la santa gobernabilidad, con la previsibilidad de sus discursos, y su conservadurismo (conservar el poder a toda costa, todo el tiempo que se pueda) sean de izquierdas o de derechas —por cierto, una falsa diferenciación ideológica que sirve para dirigir el voto hasta la urna de su propio partido cada cuatro años—, y hay más…, con sus listas cerradas y repleta de candidatos puestos ahí e ignotos para el pueblo, con un sistema electoral a su servicio… ¿Quiere más? Hay más, por desgracia. Pues bien, el pueblo está pidiendo una democracia más real, una democracia al servicio del pueblo y a favor del bien común. Una nueva transición política, podríamos decir, si hablamos de nuestro país. Un cambio radical en la forma de entender y de hacer política, que la de ahora se está viendo a las claras a quiénes sirve dócilmente (a la luz de esta crisis de la economía virtual de los “mercados financieros”, que ha arrastrado a la economía productiva al haberla hecho depender de ella y haberla convertido en menesterosa de su graciosa “confianza”), si hablamos de la esfera supranacional. Hace falta la inclusión de nuevas personas con una manera diferente de gobernar: la mayoría de los políticos de profesión, que llevan tantos años metidos en la política, han quedado moralmente inhabilitados, por acción, dejación o acomodación. Es por ello que el pueblo exige savia nueva. En nuestro ámbito, hemos pasado hace algunos años de la dictadura a la democracia, pero ciertos usos y costumbres de la etapa anterior parecen haber pervivido. Y si no, fíjense en los mecanismos de corrupción con que nos amenizan cada día los medios de comunicación. Nos resultan familiares. Algunos llaman a lo que se necesita una nueva cultura política, nosotros preferimos hablar de educación política, que es también educación ciudadana, comenzando por los que han obtenido alguna responsabilidad pública, los que están más arriba en el poder, que habrían de ser modélicos y no lo contrario. Y si el pueblo no exige lo que debe ser —que ya se sabe desde siempre lo que es—, no habrá nada que hacer. Democracia del pueblo, para el pueblo y la humanidad, más directa, más participativa, con mayor implicación social, sin permitir lo más mínimo que otros gobiernen por nosotros sin nosotros. Y es educación política porque, aunque cueste algo de trabajo, las costumbres, igual que se crean se pueden re-crear. Las malas costumbres —dice el pueblo— se adquieren pronto; y es cierto, a las malas prácticas habituales no es fácil sustituirlas, hay inercias difíciles de reconducir, pero se puede. ¡Vaya si se puede! En otras ocasiones se ha podido; aunque ha de ser entre todos nosotros. Ciudadanos vigilantes, activos…

lunes, 22 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO 4/5

4 – Condiciones para el buen gobierno


¿Es bueno para todos nosotros que la política sea una profesión? No lo parece a tenor de los hechos. Así observamos a los centenares o miles de truanes dedicados de por vida a la política. Se ha convertido en una de las grandes salidas profesionales de estos tiempos. Extrapolando la función que tenían como forma de ganarse la vida —en otros tiempos no tan remotos— el ejército, la iglesia o el embarco a unas indias cualquiera para labrarse una mejor fortuna. Seguir la carrera política ofrece prestigio social, favores que canjear y una vida plagada de comisiones, gastos de representación e información privilegiada. Y si las cosas se tuercen al cabo de un tiempo —muchos tienen suerte y nos les pasa—, he tenido tiempo de preparar mi jubilación aceptando la acogida que se me oferta con intereses desde sector privado. Primera condición, que ya ha sido señalada, para estar en política responsablemente y se te pueda conceder dicho privilegio: estar preparado y demostrarlo al pueblo, que controlaría tu gestión muy de cerca. Segunda condición: además de perseguir el bien común, tu paso por la política estará delimitado temporalmente. Tú ya tienes una profesión u ocupación laboral, la que sea —siempre que no sea la de vago o maleante, ni tengas antecedentes por tu escaso amor a lo público— y luego vuelves a tu misma profesión al cabo de un número determinado de años: pongamos entre cinco y diez. ¡Y no podrías tener más patrimonio del que tenías antes de tu función política! —Hombre, así no me interesa. Tanta responsabilidad, estar con éste y con el otro, tantas horas sin horario de dedicación…, no lo quiero para mí y no lo aconsejo a mis hijos y conocidos. Ya que estoy ahí trabajando para tantos, ¡que yo saque algo! ¡Hombre, por favor, habrase visto! ¡Que luego son muchos los que se benefician de mi trabajo y de mi buena labia! ¿Por qué no habría yo de sacarle también partido? No se puede decir, pero se puede hacer, y si me pillan, diré que no me arrepiento de nada, que tengo mi conciencia muy tranquila, ya que eso es lo que se hace y es lo que hace la mayoría, y si no, para qué… (esto ya lo diría off the record) —No te preocupes, si tu casta da un paso atrás, dejaríais sitio para muchas personas valiosas y honestas que están ahí y no se atreven porque saben cómo es la política y están muy desencantados (de hecho, muchos dejaron la política… y dejaron el campo libre a otros con menos escrúpulos). Tercera condición: el pueblo tiene derecho a saber de ti, “ya que quieres trabajar para nosotros…, queremos ver también tu currículo oculto a través de los que han estado contigo, a los que has mandado, los has beneficiado o los has perjudicado con tus decisiones. Y te queremos conocer muy bien, tu vida pública al dedillo, con total transparencia, por si luego nos mientes o nos ocultaste algo en su día. ¿Y qué piensas del mundo en que vives, cómo te ves a ti mismo y a la humanidad, qué, cómo ves su futuro? ¿Cómo estás de ética, has superado el nivel tres de desarrollo moral en la escala de Kohlberg (pongamos por caso)? Recuerda: el primer nivel se rige por premios y castigos, y todo está bien hecho mientras no te pillen (ahí están situados los niños hasta los seis o siete años); el segundo, sigue la máxima del ojo por ojo, hago lo que me hacen, hago lo que veo y me adapto muy bien a las circunstancias; esto empieza a cambiar hacia la adolescencia, estadio tercero en el que ya tienes muy en cuenta el efecto que causamos en los demás, y entonces preocupa mucho el quedar bien ante los que son como tú, para recibir reconocimiento y elogios”. —¡Ah! ¿Pero se puede llegar más lejos en el desarrollo personal. —Pues sí, ¿no lo sabías? Hay tres grados más…

viernes, 19 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO 3/5

3 – La perversión de la política y su regeneración


            ¿Quién puede ser político? Ya sabemos, desde antiguo, que todos somos políticos por nuestra simple pertenencia al cuerpo social. Todos estaríamos capacitados, basta poner empeño y nuestras mejores cualidades ciudadanas: el sentido moral del respeto mutuo y de la justicia política, que están repartidas entre todos por igual, para que no disputemos por ello, sino que lo usemos para no dejarnos gobernar por otros y podamos gobernarnos a nosotros mismos en comunidad. Así lo dispuso Zeus, asentando la base humana para vivir democráticamente, que no sería posible sin contar con la racionalidad dialogante (lógos) propia de la naturaleza humana. El sentido moral y de la justicia fueron las cualidades que no supo darles Prometeo a los hombres; cuando les dio la técnica que no sabían manejar adecuadamente. ¿Sabemos ahora? Si no fuera así —y no lo parece—, la política cobraría en nuestros días una importancia mayor aún que la que siempre ha tenido. Tendría que ser una nueva manera de hacer política, al servicio del pueblo y no de intereses políticos. La política convertida en un fin en sí es la primera perversión. Necesitamos una nueva manera gestionar la economía, dirigida por una buena política, la del pueblo y no otra, en la que los intereses económicos —y los financieros más todavía— promuevan y rijan la agenda política y la pongan a su servicio; éste sería el segundo nivel de perversión de las necesidades comunes y de los intereses universalizables del pueblo. ¿Puede proponerse una nueva manera de hacer política y de hacer economía? No sabemos si será posible ni siquiera, pero hace mucha falta. Habría que comenzar por la formación de la persona pública en la que se va a depositar el cargo o la responsabilidad política. Cualquiera no puede ser un político. ¿Puede cualquiera ser médico, electricista o cocinero? Sí, cualquiera puede, pero ha de mostrarlo. Y no sólo mostrar que lo es, sino que es un buen médico, un buen electricista o un buen cocinero. El político también ha de mostrar su virtud para lo público; lo que hacemos todos pero aún mejor, de un modo excelente, eso es la virtud. Y no todos están igualmente capacitados, o bien no han recibido la formación y el entrenamiento adecuados. No estamos hablando de una elite preparada ex profeso para gobernar, ni en la academia platónica, ni en las facultades de ciencias políticas actuales. Unos necesitaran formación específica para ser aptos, pero otros lo han aprendido de múltiples maneras menos regladas y lo han experimentado en la práctica. Una persona quiere servir, ser útil a los demás —es decir, tiene vocación pública—, está preparada —tiene formación política y/o especializada en algún campo—, atesora experiencia gestionando en el ámbito privado o público. “¡Extraordinario! Dejémosle —diría el pueblo— un tiempo de prueba, a ver cómo se desenvuelve en la práctica. Es un privilegio que se concede a pocos. Tendrá que demostrar su “amor a la ciudad”. ¿Y si no es así? Simplemente no vale para la política, somos muchos más que podemos ser mejores”. En efecto, si los mejores no están en la política, quedará expuesta a los políticos al uso, que habrán sido seleccionados por otras cualidades; una selección natural que excluye —o se autoexcluyen— a los que no son como ellos —ya saben ustedes de quiénes se está hablando—. Es un asunto de vital importancia en estos tiempos en que vivimos —que estén los mejores en la política—, unos tiempos tan cambiantes y tan peligrosos por el poder de nuestros medios. El tiempo de las decisiones responsables, que hagan justicia a una vida humana en este planeta, ha llegado…

martes, 16 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO 2/5

2 – El bien común

Platón, en su propuesta de un Estado justo, lo dejó muy claro: han de gobernar quienes menos anhelan gobernar. Así el pueblo podría tener un poco de confianza en que se gobierna por compromiso y deber ciudadano y no por deseo, para satisfacer sus propios intereses o los de sus allegados personales, políticos o económicos. Ya que el pueblo no puede estar en todos los lados a la vez, pues no es ubicuo ni es un espíritu puro, tiene que dejar gobernarse. Pero no a cualquier precio, ni tiene que perder el norte de lo que hay: la voluntad es del pueblo, que constituye la única política verdadera, la otra —la política real— es voluntad delegada. Por consiguiente, es muy necesario a la altura de nuestro tiempo evaluar qué políticos de oficio queremos. El pueblo ya ha vivido muchas experiencias, sabe lo que no quiere y algo de lo que quiere. Sólo tiene que pasarlo a limpio y ponerlo en común. Y luego desarrollar mecanismos de garantía para un control de las acciones políticas. Pues siempre los intereses particulares estarán al acecho. Esperando la relajación que proporciona a veces el vivir opulento y despreocupado; esperando que les dejen hacer, que el pueblo no es competente en cuestiones técnicas; y añaden: el pueblo siempre teme el cambio, por si acaso es a peor. Acechando están, porque algunos nunca pasan de política. Seguía diciendo Platón que aquellos que se dedicaran a la política habrían de caracterizarse por su amor a la ciudad y al bien común. Por consiguiente, cualquiera no podría dirigir y administrar los asuntos ciudadanos. Lo mismo que la voluntad del pueblo no es de nadie, tampoco lo es el bien común. Está compuesto por los bienes que yo recibo colaborando con el bien de todos. Sin mi cuota de contribución al bien común, no hay bien común que me valga. Así, ayudar a lo de todos es ayudarme a mi mismo. Quien así no lo perciba tendrá grandes dificultades para ser ciudadano y estaría incapacitado de por vida para ejercer responsabilidades públicas. O debería estarlo —dice el pueblo cuando se le escucha—. Por otro lado, el respeto sagrado a lo mejor para todos, que guíe las mejores acciones, significa en realidad respeto a uno mismo. En realidad, si no aprecio lo de todos, que me incluye a mí también, no me doy el valor que merezco, no aprecio lo que soy. Yo no sería el que soy, ni podría llegar a ser lo que soy, sin mi familia, mis mejores amigos y compañeros, que no serían como son sin la tradición de la comunidad a la que pertenezco. Maltratarla y no considerar lo valioso que contenga, es tratarme mal a mí mismo. Criticarla solamente, y no tratar de enriquecerla con mis aportaciones, no es criticarla de verdad. Robarle, y no tomar solamente lo que justamente me pertenece, es tener un ladrón en mi propia casa. Si no respeto mi comunidad, no me respeto a mi mismo. O quizás, más bien, ésta es la causa...

domingo, 14 de julio de 2013

EL GOBIERNO DEL PUEBLO (1/5)

“Aquí lo ha hecho todo el "pueblo", y lo que el "pueblo" no ha podido hacer se ha quedado sin hacer” (Ortega y Gasset).

1 - La voluntad general


Pasaron los tiempos del gobierno sin el pueblo. Incluso un tirano de cualquier parte del mundo que se precie de tal ha de presentar al menos un recuento mayoritario de votos a su favor. Y está pasando el tiempo del gobierno con el pueblo, mera comparsa que legitime legal y públicamente mi cuota de poder cuando ha llegado mi turno de gobernar. Un medio de satisfacer mis propios intereses y los intereses de aquellos de los que ha dependido mi ascenso triunfal al poder. Sin embargo, yo no tengo ningún derecho a gobernar. El gobierno siempre es del pueblo y por el pueblo. Y como no puede ocuparse de todo, delega algunas funciones transitoria y provisionalmente en los que encuentre más capacitados para plasmar su voz. El poder ejercido socialmente no puede no ser más que siempre un medio. Otra cosa es la potencia de ser de cada uno, que ha de desplegar y desarrollar para ser el que se es. Es un medio porque la democracia, bien entendida y bien ejercida, la hemos buscado históricamente para el desarrollo de la potencia de ser de un pueblo, ya sea local o mundial, que es una y la misma en todas partes, aunque pueda mostrarse de distinta manera en cada sitio y en cada oportunidad. Por consiguiente, nunca se puede instrumentalizar, sino que toda herramienta político-social que vayamos a poner en acción ha de estar a su servicio. De ahí que la voluntad general del pueblo sea inalienable y sea algo incondicionado (ya lo descubrió Rousseau). Nadie es más que nadie, ni nadie puede ser la voz del pueblo. Nunca. Porque la voluntad de ser del pueblo es de todos y de nadie en particular. Y menos aún cuando una voluntad particular  es capaz de volverse contra la voluntad general. Porque nunca puede estar hipotecada, sino de manera que siempre quede libre para expresarse. Nadie puede expresarla. Continuamente está por expresar y nunca permanece ya expresada del todo completamente. Y como la voluntad del pueblo jamás está plasmada de un modo perfecto, sólo existe una manera de saber si una acción del gobierno —siempre delegado— va por buen camino: preguntándole al pueblo, contando siempre con él. Sin embargo, un pueblo concreto —reunión de ciudadanos que son personas— no es tampoco la voluntad general del pueblo, aunque sí puede ser una expresión actual de ella. La voluntad de un pueblo concreto es falible, pero toma decisiones propias. No es autónoma completamente, pero puede llegar a ser mayor de edad. Con sus altibajos, va conociéndose a sí misma y rectificándose y centrándose. Poco a poco aprende a ser pueblo y a hacer un uso público de la razón (Kant). La razón nunca se posee de un modo absoluto, pero podemos defender lo que es razonable en cada momento oportuno, en el kairós de la vida humana. Y sin esta ficción, está mínima utopía, ¿cómo podremos parar tanta injuria, tanta corrupción, tanta servidumbre, tanta hipocresía, tanta desgracia política que luego se sufre social y personalmente? El pueblo está cansado, en todos los sitios, pero no va a desfallecer. Y jamás tiene que dejar de estar alerta. Todos sus sensores funcionando para ser él mismo. Puesto que muchos intereses particulares no dejarán de ver el espacio público como un buen pastel o una buena merienda…

miércoles, 29 de agosto de 2012

Sobre la implicación personal


Café filosófico Castro 3.3

Biblioteca Municipal de Castro del Río, 3 de mayo de 2012, a las 19:00 horas.



¿Estamos dispuestos a implicarnos?

En una época como la que vivimos, se dice que de apatía general (aunque esto quizás esté comenzando a cambiar), espolear a la acción tomando conciencia de lo que necesitamos para sentirnos concernidos, para ello, un café filosófico dedicado a la implicación personal puede ser muy conveniente. En particular, muy útil para las personas que frecuentan el nuestro, pues son personas que se implican y se descorazonan de la poca implicación de las gentes que viven y sufren hoy día. Y eso mismo investigaron: cuándo estamos dispuestos a implicarnos, la condición necesaria para implicarnos. Os gustará.

Y quizás la culpa de que saliera a la palestra de la discusión filosófica esta temática la tuvo el que se les propusiera a los participantes el relato personal de “el último momento vivido muy conscientemente”. Ser conscientes debe ser útil para todo lo demás de la vida, y por eso venimos a filosofar en una reunión como ésta, pero es lógico que si tomo conciencia por un momento de lo que  me rodea, también puedo darme cuenta de si habitualmente me doy cuenta y de si hago algo cuando me doy cuenta de algo. No es un galimatías, no te preocupes, es sencillo: soy consciente de A… ¿estoy dispuesto a implicarme con A? Pues, a eso íbamos entre todos.

A la primera participante que intervino, hace poco que había tenido un momento de indignación ante un problema social que le afectaba de cerca, lo cual le hizo tomar clara conciencia de ello (¿o quizás ocurrió al revés?); aquella misma tarde, con el grupo de lectura en que participan cada semana, dos participantes habían estado leyendo un libro sobre la reencarnación, esto constituyó para ellas un momento único (y esto no era lo extraordinario, sino que hubieran sentido lo mismo al mismo tiempo; la magia no está tan lejos de nosotros); y quién dice que la televisión no nos puede hacer pensar (el filosofar no tiene materia, la perspectiva que se adopta vuelve filosófica a cualquier materia): a otro de los participantes presenciar el debate, o pseudo-debate, del programa televisivo De buena ley, le llevó a darse cuenta de la presencia de un determinado tipo de casos en los que se muestra la falta de responsabilidad de alguna gente; el siguiente participante, sin embargo, no se implicó mucho, pero sí quiso implicar a los demás de un modo que multiplique nuestra capacidad de conciencia: vivir el presente para poder controlar mejor tu vida (¿se puede estar viviendo y a la vez ser consciente de lo que se está viviendo?); el último interviniente, que no el último participante de la reunión,  quiso poner en cuestión el trabajo que se estaba realizando, y fue curioso, pues quiso preguntar a todos qué es el espíritu, con el objetivo de poner en cuestión la existencia de la vida espiritual, que sin duda, a decir de los demás, sería otra, porque la vida espiritual que allí aquella tarde se estaba relatando, y se estaba viviendo, era de lo más real.

¿Estamos dispuestos a implicarnos? Se van discutiendo distintas opiniones sobre la falta o no de implicación de la población en los problemas sociales y económicos actuales. Se aportan ejemplos para comprobar en la práctica y entre los mismos participantes (el moderador no necesitaba hacer nada, la veteranía de estos participantes lo hace innecesario), si estaríamos dispuestos a implicarnos, qué estaríamos dispuestos a hacer, a qué seríamos capaces de renunciar por un bien social mayor. Pero, ¿a qué se deben estas dudas, estas sospechas? Responde el grupo: “es que vivimos en una época muy individualista”. Nos sentimos hormiguitas frente al Estado, frente al sistema. Apunta alguno versado en conocimientos de historia de la filosofía que habría un paralelismo con la época helenística griega: donde primaba, dice el tópico, la búsqueda de la felicidad de cada uno, la salvación individual. Es cierto, sociológicamente, vivimos en una sociedad compleja, una macro-sociedad inabarcable. Pero también lo es que es posible inventar o reinventar formas de participación política más directa, una democracia participativa. Ellos mismos van replicándose y contrarreplicándose mutuamente. Es una gozada para el moderador, que en un punto maduro de la discusión, decide intervenir: ¿somos individualistas o nos hemos vuelto individualistas? Adoptan por unanimidad la segunda posibilidad: es algo inducido por el liberalismo económico-político triunfante. Contraataca el moderador: se están haciendo críticas y propuestas muy radicales, que van al núcleo mismo del sistema, y os estáis implicando, pero ¿qué es implicarse?

“Implicarse es hacer que triunfe mi idea”. Se pone a prueba esta hipótesis de uno de los participantes. ¿Puede haber verdadera implicación de uno solo? ¿Tiene sentido? ¿Tiene futuro? Solamente es un punto de partida. Así no es muy eficaz. “Falta un proyecto colectivo que ilusione”. Esta fue la intuición a que llegó con claridad y convicción este otro participante. Faltaba también esa palabra: proyecto colectivo. Darse cuenta de esta clave fue crucial para el desarrollo y para el resultado de este café filosófico. ¡Podíamos tener delante de nuestro ojos el ingrediente fundamental para implicarse!, y además eficazmente. Su detonante social e individual.

Vamos ahora con la parte de la ilusión en ese “proyecto colectivo que ilusione”.  Cómo lograr dicho proyecto, si intervienen las emociones. Si tomamos partido, nos implicamos también con nuestros sentimientos y emociones, y si no, no hay implicación de verdad. Por tanto, en este caso, necesitamos una ilusión colectiva (precisamente para que no se cumpla el otro sentido iluso de la palabra “ilusión”). Pero, claro, si establecemos diálogos autistas no será posible. La política profesional actual, tal como se ejerce, que algunos de los participantes tildan de “política de salón”, “política de puesta en escena”, esta forma de hacer política, ¿ilusiona? Respuesta categórica de los participantes: NO. Necesitamos un proyecto político alternativo que ilusione. ¿Lo tenemos a la vista? No. Para ello hace falta creatividad. ¿Son creativos nuestros partidos políticos? No. ¿Qué pensáis vosotros? ¿Verdad que se implicaron fuertemente aquella tarde nuestros protagonistas?

jueves, 19 de julio de 2012

Sinsentidos y aberraciones de la economía política actual


Que el buen ciudadano, descendiente de aquel “buen salvaje” rousseauniano, percibe en todo lo que oye a su alrededor sobre política y economía:

-Por qué antes de, o al mismo tiempo que, ajustes, reformas y recortes, no se buscan responsables de la crisis económica y que éstos paguen todo lo que han despilfarrado, esquilmado, desviado, mal usado o robado.

-Dónde están todos los beneficios del pasado que durante tantos años han declarado tantas grandes empresas y bancos. Para qué han servido.

-Por qué no pagan más los que más han despilfarrado o vivido por encima de sus posibilidades todos estos años. El grado en que lo ha hecho la población de a pie no es nada comparable con lo que se ha hecho en las élites pudientes políticas y económicas, incluidos los Estados y sus cargos, dirigido por políticos que gobiernan habitualmente de espaldas a los intereses del pueblo.

-Por qué el Estado necesita financiarse externamente en grado tan extremo. Esto no era conocido por el pueblo. Para qué paga sus impuestos, entonces. Se suponía que era para financiar los servicios públicos.
Sospecha: la casta política ha gastado más de la cuenta, espoleada por los que viven dando dinero con intereses a otros y de paso así podía exhibir las grandes obras opulentas con las que competir con otro partido político. Y así atraía votos para legitimar sus actividades.

-Por qué el Estado no ha buscado medios de autofinanciarse con capital propio y que sea él mismo el que pueda financiar a otros y generar intereses para sí mismo y riqueza para el país. Por qué se ha vuelto dependiente de capital privado con la gran cantidad de recursos y empresas que posee.

-Cómo se ha dejado blindarse a una élite económica y política que posee privilegios feudales en comparación con la población.

-Para quiénes trabajan y se vienen esforzando los partidos políticos, sobre todo los mayoritarios, y más cuanto más poder obtienen. La misma sospecha: para sí mismos, siendo el medio para legitimarse el voto ciudadano.

-Olvidar tan fácilmente quiénes (banqueros especuladores y rapiñas) han generado y de qué manera esta crisis y no trasladar a la población el peso de la salida de la misma.

-Olvidar tan fácilmente quiénes (responsables políticos en cada momento) tenían la responsabilidad de regular y controlar a los anteriores (banqueros especuladores y rapiñas) y no dejar que ellos fijasen las reglas de juego que les interesaba para ganar dinero con dinero sin producir nada.

-Que todos los recortes que se están imponiendo sean para pagar los intereses que ha generado la deuda del Estado con los Bancos, y éstos a su vez con otros Bancos. El sacrificio de la población está sirviendo para pagar lo que otros se llevan y no para crear riqueza y generar empleo, como se proclama.

-Por qué se hacen así las cosas: para rebajar el déficit, se reducen gastos con recortes; y para aumentar ingresos, con más recortes en forma de impuestos. Lo que es igual a: más pobreza para la población y el país.

-Saber que los recortes económicos a la población (a lo que va parejo el recorte de derechos sociales) son una minucia comparado con lo que espontáneamente y de una tacada se da a la Banca en cómodos plazos y a bajo interés (cientos de miles de millones de euros).

-Por qué el Banco Central Europeo no presta a los Estados directamente, y al mismo interés que a los Bancos (a un uno por ciento). La crisis se acabaría de un plumazo, pero entonces, quizás no se generaría tanto negocio para algunos grandes capitales.

-Cómo se permite a los Bancos invertir, con el dinero que se les presta para sanearse a un interés bajo, en deuda pública de los Estados a un interés mucho más alto; lo que endeuda más a los mismos y vincula a la salvación de la banca la salvación de todo un país.

-Es que no hay otras salidas a la crisis que quitar poco, pasito a pasito o a grandes pasos, a los muchos; por qué no recaudar también mucho más de los pocos, aunque no sea lo más fácil, según dicen.

-Por qué la clase política es tan poco imaginativa, tan poco capaz de crear soluciones nuevas y eficaces, que siempre actúan por sistema haciendo lo mismo que viene funcionando mal.

Tú también puedes, como persona y ciudadano, descubrir y añadir aquí tu sinsentido o aberración de la situación actual...

sábado, 24 de marzo de 2012

Cómo hacer negocio a lo grande con el sacrificio de la población

Banco Central Europeo:
"Démosles  hoy miles de millones de euros al 1% a los bancos para que "graciosamente"  mañana ayuden a la financiación de familias y empresas (en febrero de este año 530 mil millones de euros)".

Bancos:
"Vale, compraré deuda a los Estados endeudados a un 4,5 - 5%. (Estupendo negocio financiado con dinero público)".

Ver enlaces, si no lo creen:
http://economia.elpais.com/economia/2012/02/29/actualidad/1330511433_743668.html

http://economia.elpais.com/economia/2012/02/26/actualidad/1330288656_807099.html

Estafa de cuello blanco

domingo, 16 de octubre de 2011

La crisis económica o el precio de la dependencia


Desde siempre se ha sabido que la autarquía, ser capaz de autogobernarse, ser capaz de pensar y de actuar por uno mismo sin la dirección de otro, como decía Kant, es una seña de identidad, una virtud, del modo de vida más sabio. Algunos pueden pensar que la filosofía poco tiene hoy que decir, pero el olvido de lo más básico, por más obvio que parezca, puede generar con el correr de la acción y del tiempo grandes males. Si los Estados se han vuelto gradualmente dependientes de los “mercados financieros” (una entidad no eterna sino socialmente construida), para financiarse y sufragar sus apuestas electorales, es decir, su cosecha de votos a cuatro años vista plantando obras y exhibiciones deslumbrantes, era natural que “ellos” acabaran tomando las decisiones que más les convenían para poder autoregularse por sí mismos y mantenerse vivos, poniendo a su servicio a la política, que ahora tiene que “ganarse su confianza” para que, graciosamente, dé un respiro a la presión del beneficio a toda costa del pueblo y la economía real, esa economía virtual que ha logrado interactuar con ella y controlarla. La independencia absoluta es imposible, pero la dependencia adquirida, la económica incluida, siempre se cobra el precio de la heteronomía: te maleduca y te vuelve aún más dependiente e incapaz de valerte por ti mismo. Mucho tiene hoy que decir la filosofía de todos los tiempos. Procura ser autónomo, la dependencia se paga cara, individual y socialmente.

Es también lo que recuerda esta llamada a la indignación global del 15-O:

"Hoy, más que nunca, fuerzas globales determinan nuestras vidas. Nuestros trabajos, nuestra salud, nuestra vivienda, nuestra educación y nuestras pensiones están controladas por los bancos internacionales, el mercado, los paraísos fiscales, las corporaciones y las crisis financieras. Nuestro medio ambiente está siendo destruido por contaminación en otros continentes. Nuestra seguridad la determinan las guerras y el comercio de armas, drogas y recursos naturales que benefician a personas fuera de nuestras fronteras. Estamos perdiendo el control sobre nuestras vidas. Esto debe terminar. Esto va a terminar. Los ciudadanos del mundo debemos recuperar el control sobre las decisiones que nos afectan a todos los niveles – de global a local. Esto es democracia global. Esto es lo que hoy exigimos".

Del Manifiesto "¡Globalicemos la Plaza Tahrir! ¡Globalicemos la Puerta del Sol!"
Intelecuales como Naomi Klein, Noam Chomsky y Eduardo Galeano firman un manifiesto global de apoyo a las marchas del 15-O  (Fuente: PÚBLICO.ES, 15/10/2011 01:00)

sábado, 19 de febrero de 2011

Indignez-vous!

Nuestro encuentro filosófico en Castro, del día 16 de febrero de 2011, fue esta vez filosófico por el compromiso que los participantes manifestaron. Mucho más filosófico por el contenido que por la forma. La filosofía, como toda actividad humana, es acción cuando reflexiona y se compromete con preguntas que nos afectan. Da igual que sea leyendo un libro, tomando café con los compañeros de trabajo, asistiendo a una clase, o bien, como ocurrió ese día, al hilo de la actualidad y de las preocupaciones que se suscitan hoy, que se dan en el mundo pero que se viven en persona. Esta vez fue atípico el Café filosófico y no hubo tema, ni dirección ortodoxa del debate filosófico, pero, al hilo de los deseos mejores para este año, fueron surgiendo esperanzas a partir de las preocupaciones que nos tienen cogidos en el tiempo presente.

“Los que poseen más poder para cambiar las cosas ven lo que hace falta, pero no lo hacen porque no les interesa”.

Una de las participantes más veteranas de nuestro encuentro llegó un poco más tarde, pero enseguida entrevió el fondo de nuestra discusión: EL MIEDO AL CAMBIO. Puesto que estamos en época de crisis (en plural), estamos en época de cambios, que es lo que significa originariamente una crisis, algo que acaba y algo que comienza y que pugnan, bien por mantenerse, bien por aflorar (lo que pasa es que en nuestro caso ya llevamos muchas décadas de crisis, desde el siglo pasado). Y era que se empezó hablando de lo que podemos hacer nosotros, se puso el ejemplo de las revoluciones actuales en algunos países árabes, se propuso para someter a examen el significado que podrían tener tales revoluciones (en marcha) de estos días, y se notaba un poco el miedo: si puede desestabilizar la zona, si dependemos demasiado del petróleo… Pero, realmente ¿sería un mal para nosotros que nos viéramos forzados a no depender del petróleo? Deseamos sobrevivir cada día de la mejor manera posible, deseamos salir de la crisis económica, pero, ¿no se da aquí también una buena oportunidad para cambiar? A ver: nos interesa lo nuestro y lo que nos atañe directamente, salvarnos nosotros con los nuestros, pero, de verdad, ¿nos salvaremos si no se salvan también los demás? Un cambio se necesita, y quizás puede que sea más provechoso comenzar por mirar a los intereses generales (que me incluyen a mí) y mirar el largo plazo (que me afectará en el corto plazo cuando se vaya acercando mi futuro o el de mis hijos).

Y si a “ellos” (esos poderes... ) no les interesa, ¿qué pasa si nos interesa a muchos muchos de nosotros? Cada uno tenemos problemas diferentes, y más todavía si somos de regiones y de culturas diferentes, pero quizás sea el momento, no de tener en cuenta sólo lo que a mi me interesa o me preocupa, que siempre será diferente, sino de tomar conciencia, fuertemente, de que a todos nos preocupa algo que no marcha bien. Que desde nuestra perspectiva personal, nacional, de edad o de género, TODOS tenemos motivos para INDIGNARNOS. De esta actualísima  y novedosa toma de conciencia es respecto de la que se están constituyendo en modelo países como Túnez o Egipto (y sigue), en un ejemplo de trascendencia histórica.

Y qué pasa con nosotros, los que estamos en países que se supone que hemos conquistado algunas libertades y algunos derechos (pero que hay que resistirse a no perder, y de esto depende que no los perdamos, puesto que su disfrute siempre ha sido una conquista, no algo ya dado de antemano). Qué pasa, en estos lugares en donde se supone que tenemos más información, más formación, más medios, más tradición democrática, ¿es que no tenemos razones para indignarnos, con todo lo está pasando y lo que nos está cayendo encima, desde el punto de vista social y económico?

Recomendamos la lectura de este alegato contra la indiferencia y el conformismo, que se acaba de publicar en nuestro país, después de haberse difundido tanto en Francia y de haber despertado, quizás, de su somnolencia a muchos como nosotros: Indignez-vous!, de Stéphane Hessel. Tiene 93 años, ha participado en la resistencia contra el nazismo y en la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos y nos propone seguir resistiendo e ir renovando los motivos de la resistencia no violenta, la más eficaz y la más humana. Un recordatorio muy necesario y muy edificante de Stéphane Hessel, quien nos hace este llamamiento:

“Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es algo precioso. Cuando algo nos indigna, como a mí me indignó el nazismo, nos volvemos militantes, fuertes y comprometidos”

“A los jóvenes, les digo: mirad alrededor de vosotros, encontraréis temas que justifiquen vuestra indignación (…). Encontraréis situaciones concretas que os empujarán a llevar a cabo una acción ciudadana de importancia. ¡Buscad y encontraréis!”

“Crear es resistir, resistir en crear”.

Estaremos atentos a los signos de este posible despertar.