Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
Mostrando entradas con la etiqueta Café filosófico Ateneo de Málaga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Café filosófico Ateneo de Málaga. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de octubre de 2024

¿Cómo quiero vivir el resto de mi vida?


Sobre el resto de nuestra vida

Diálogo Filosófico en Málaga 3.1

18 de septiembre de 2024, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas; así seré de los que las embellecen. Amor fati: sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra a la fealdad. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores. ¡Que mi única negación sea apartar la mirada! ¡Y en todo y en lo más grande, yo solo quiero llegar a ser algún día un afirmador!

Friedrich Nietzsche


Te advierto quien quiera que fueres. ¡Oh!, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh!, mortal, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los Dioses.

Templo de Apolo en Delfos


¿Cómo quiero vivir el resto de mi vida?

No es lo mismo vivir que existir. No es lo mismo. De ahí que Oscar Wilde añadiera: “Vivir es la cosa menos frecuente en el mundo. La mayoría de la gente simplemente existe”. Y no hace falta mucha más explicación. Lo sabemos por experiencia: momentos, días o años en los que no hemos vivido, unicamente nos hemos dejado vivir, como una rama que ha caído al agua y es arrastrada por la corriente; aunque, también conocemos esos períodos de nuestra vida, o al menos algunos momentos, en los que nos sentimos vivir, consciente y plenamente. “Momentos de plenitud vinculados a la expresión directa y auténtica de nosotros mismos”, nos dice Mónica Cavallé al comienzo de su reciente libro El coraje de ser. Este “coraje de ser” es el que necesitamos para vivir por nosotros mismos. Siempre, pero sobre todo en ciertas etapas de nuestra vida. Por ejemplo, en la perspectiva de “los años que me quedan por vivir”. De esto hablaremos seguidamente. Porque alrededor de ello dialogaron nuestros participantes aquel día en el Ateneo de Málaga, después de un largo período en que estos diálogos filosóficos hubieron de interrumpirse por razones de salud de los organizadores. Allí estábamos de nuevo, dispuestos a filosofar juntos.

Después de explicar brevemente la naturaleza del encuentro y las reglas básicas que lo facilitan, el moderador propuso traer a conciencia aquellas ocasiones en las que hemos sentido la belleza, a modo de inicio y calentamiento del diálogo propiamente dicho. Así, dijeron que podemos apreciar la belleza que hay en el hablar sincero y limpio, en el sonido del agua de un riachuelo, sintiendo la lluvia en tu piel, escuchando una canción de Aute llamada “la belleza”, ante una obra de arte en un museo, a través del objetivo de una cámara fotográfica, cuando nos dejamos llevar por los ojos de una pintora, cuando un buen poema penetra en ti o descubrimos una verdad, en cualquier sitio de una calle cualquiera, ante un gesto inocente o natural, también en la vejez, la discapacidad o la enfermedad, ante algo agradable, cuando nos entendemos aquí, en este encuentro, dialogando, cuando alguien nos sorprende y todo queda suspendido en el aire, a veces nos sentimos incapaces de la belleza, pero ¿cómo sabríamos que algo no es ello, si no estuviera ya en nosotros esta capacidad?, al contemplar las estrellas y comprobar qué pequeños somos, y hay mucha belleza cuando una persona mayor comparte contigo alguna de sus experiencias. El grupo fue comprobando, con el intercambio, que la belleza está más que en el objeto en la capacidad (humana) de sentir a un objeto como bello, que lo bello no equivale sin más a lo agradable o lo bonito; y que, si dejamos de ser para dejar ser, como pedía Schelling, aparece la belleza. Nietzsche lo expresaba así: “Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas; así seré de los que las embellecen.” Mucho tiene todo esto que ver con la indagación llevada a cabo aquella tarde: ahí se escondía una parte de la respuesta por el sentido de la vida que me queda por vivir. Para comprobarlo, continúa leyendo, querido lector o lectora.

El tiempo que me quede por vivir, ¿cómo quiero vivirlo? ¿Qué puedo hacer, qué me queda por hacer? ¿Cómo puedo vivir mejor, lo que me queda por vivir? ¿Qué sentido puede tener para mí? Estas fueron las preguntas que dirigieron el diálogo, porque las sentían como suyas los participantes. Y, en seguida, comenzaron a desplegar opciones, sentidos, quehaceres. Sin darse mucha cuenta, fueron ordenando sus propuestas: medios y fines. Qué perseguir, cómo alcanzarlo. Sembrar amor y bondad, aunque no es fácil en ocasiones, dadas nuestras carencias o limitaciones, que cada uno tendría que esforzarse en identificar bien, en su modo de ser. Vivir en paz, “como aquellas viejas glorias en busca de redención”, apostilló con ironía uno de los participantes. Y para alcanzar esa paz, se necesita aprender a renunciar, que es otra forma de acción. Empuñar las riendas de mi vida, siendo muy consciente de mis ataduras y mis dependencias. Quererse a uno mismo, tal como uno es, que requiere aceptación, pero no resignación. Ocuparse, pero de tareas o trabajos que puedan realizarme como persona. Dar amor y ser capaz de recibir amor, como en una respiración.

Pero, claro, pronto aparece el (falso) dilema: ocuparme de mí, o bien, ocuparme de los demás. Pensar (o centrarme) en mí o en los demás. Queremos aprender, ir aprendiendo, a vivir mejor; pero no viviré mejor si no aprendo a convivir mejor. Esto se sabe con la sabiduría que van dando los años, si uno atiende, pues vivir es relacionarse, como nos recuerda el sabio Krishnamurti. Si uno quiere vivir, y no simplemente existir, como piedra en un tejado, ¿por dónde empezar? Por el principio... Puedo hacer muchas cosas en mi vida, en el tiempo que me queda por vivir, las que me gustan, las que que aún no he realizado, puedo aprender, conocer, contemplar, viajar, compartir... pero no rebosarán sentido para mí si no las realizo desde mí mismo. Si no las habito. Si no me descubro a mí mismo en cada acto o gesto que hago, en lo que digo o en lo que siento. En la medida en que desarrollo mis cualidades, adquiero una mayor conciencia de mí... y lo que me queda por vivir brillará, sin demasiadas zonas de penumbra. Así pues, no hay un mayor reto ni una mejor ocupación en lo que me queda por vivir, y no simplemente existir. Vale.





viernes, 29 de diciembre de 2023

¿Cómo somos capaces de banalizar la muerte?

 

Sobre la banalidad de la muerte

Diálogo Filosófico en Málaga 2.2

27 de noviembre de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como «banalidad», e incluso puede parecer cómico, y ni siquiera con la mejor voluntad cabe atribuir a Eichmann diabólica profundidad, también es cierto que tampoco podemos decir que sea algo normal o común. No es en modo alguno común que un hombre, en el instante de enfrentarse con la muerte, y, además, en el patíbulo, tan solo sea capaz de pensar en las frases oídas en los entierros y funerales a los que en el curso de su vida asistió, y que estas «palabras aladas» pudieran velar totalmente la perspectiva de su propia muerte. En realidad, una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana.

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén


¿Cómo somos capaces de banalizar la muerte?

Una vez más, estamos reunidos en el Ateneo de Málaga para dialogar juntos. A través de una investigación conjunta, ahondamos en el problema o cuestión que nos interesa, en un proceso que evoluciona y hay que estar atentos para poder seguir sus movimientos. Pero es necesario que nos escuchemos, que guardemos nuestro turno de palabra, que nuestras intervenciones sean breves, que hayamos pensado de antemano lo que vamos a decir y por qué y de qué manera puede contribuir a la indagación misma; por esto conviene sopesar cada uno para sus adentros lo que va a decir, no repetir lo ya dicho, actualizar nuestra intervención según el transcurso de la discusión y dejar que el moderador pueda entablar pequeños diálogos con la persona que acaba de hablar, para incidir, para aclarar, para mirar de otra manera y ser capaces de pensar lo impensado. En esta ocasión, sobre la muerte, si acaso nuestra sociedad tiende a banalizar la muerte.

Antes de abordar la cuestión, se le dedicó unos minutos a la toma de conciencia de la diferencia entre la esencia y la apariencia. Muy antigua, muy griega, muy humana. Los presocráticos sacaron a la luz este problema típico del vivir en este mundo. Y, en la otra punta de nuestra historia, los autores incluidos en la llamada escuela de la sospecha vislumbraron cómo bajo la apariencia de unos valores dominantes rige una actitud afirmadora o negadora de la vida (Nietzsche); cómo la infraestructura material de la sociedad determina nuestra conciencia moral, política o religiosa (Marx); cómo nos constituye en un alto grado nuestra parte de la mente inconsciente (Freud). Pues bien, vamos a mirarlo en nuestra vidas, según nuestra propia experiencia: ¿cuándo algo se me había mostrado de un modo que luego resultó ser de otro modo, en el fondo? Y los participantes fueron ofreciendo un amplio repertorio de apariencias, cosas que parecían ser y no eran, tras una segunda mirada más consciente y reflexiva: si aquel presumía de su saber, es que no era tan sabio; nuestro Estado no es del bienestar, sino de los intereses económicos dominantes; un profesor que sabía mucho de su materia pero nada del trato con las personas; una persona que pretende ayudar a otros, pero quiere ser reconocido; en esta sociedad muchas cosas están al servicio del espectáculo; al principio, pensaba que no podía con unos ejercicios y sí que podía realizarlos; no te fíes tanto de lo que alguien dice, mira su lenguaje no verbal; cuidémonos de los falsos librepensadores; y de las relaciones interesadas; de los que parecen afables y son unos tiranos con su familia; una vez hicimos un viaje en furgoneta, se averió y pudo verse de qué estaba hecho cada uno; cuidémonos también de la hipocresía en el ámbito del humanismo o la religión; conviene que miremos lo que se hace de hecho y no lo dicen que debe hacerse; también nos conviene mirar más allá de lo físico o material; y más allá de las modas, incluidas las modas que se visten de espiritualidad; y quizás, alguien puede hacer algo por un motivo muy distinto a lo que parecía, esperemos un poco y miremos después; las fotografías pueden ser muy bonitas, pero miremos lo que hay de verdad o realidad en ellas; y mirad que no tiene un porsche, sino que lo que tiene son deudas; en la construcción europea, ¿no hay mucho de apariencia, si se continúa abordando la migración de la misma manera que hasta ahora? Por último, fijaos que todos los pre-juicios son en sí mismos apariencias.

Seguimos. Conocerán ustedes la cuestión de la banalidad (del mal), propuesto y desarrollado por Hannah Arendt, a raíz de su análisis del caso Eichmann: exterminaba a personas judías pero, desde su propia visión, él sólo cumplía órdenes, cumplía con su trabajo y únicamente quería hacerlo lo mejor posible. Algo muy grave está ocurriendo en una conciencia cuando solamente es capaz de ver esa parte, y no todo el daño que está causando. ¿Pasará lo mismo con la muerte? De tan habitual y frecuente, ¿no nos estaremos volviendo insensibles? Son tantas las muertes que presenciamos en los noticiarios, tantas las guerras, tan implacable la lógica de la guerra, las escenas cinematográficas tan explícitas de violencia, y tantas veces justificada en los filmes, en los videojuegos... que lo acabamos desvinculado de los valores, se devalúa y decae su gravedad. O, al menos, esa sensación tenemos muchas veces. ¿A qué puede deberse? Nuestros participantes despliegan algunas hipótesis. En realidad, es la vida la que ha perdido valor, y por eso se produce la devaluación de la muerte. Aunque, se suscitan algunas dudas al respecto: quizás valoremos más la vida en estos tiempos; quizás siempre se ha banalizado la muerte, sólo que ahora tenemos más información de lo que sucede, simultáneamente, en todo el planeta. Y desde estas dudas se deslizó la segunda hipótesis: la sensación percibida de que la muerte se ha desvalorizado se debe a que disponemos de más información y tantos casos de muertes llegan a saturarnos. Finalmente, una tercera hipótesis implicaba el interés de ciertos poderes establecidos para que la gente se mate entre sí; es duro y es triste decirlo, pero la muerte es rentable; pero antes hay que volverla banal; y por eso hay tanto negocio en torno a la muerte.

En este momento, el moderador del encuentro quiso darle un giro al diálogo, quizás por ver el asunto desde otro ángulo: estamos hablando de la muerte de otros... pero, ¿qué hay de mi propia muerte? ¿Banalizamos nuestra propia muerte? De algún modo, ¿huyo de la muerte, hecho al que me veo abocado? Si olvido o quiero olvidar, u otros están interesados en que olvide mi propia muerte, ¿extrañaría la tendencia a banalizar la muerte? Hoy en día abundan las maneras de procurar evadirse del hecho de que voy a morirme, aunque, en verdad, yo sea básicamente un ser consciente de su propia muerte (Heidegger). No pienses, no la sientas, disfruta, diviértete, vive el momento... ¡y cuánto hay montado sobre esto! Cuando, precisamente, es la muerte lo que da un sentido humano a la vida. No le dio tiempo al grupo a desarrollar más esta línea de investigación, pero tú puedes pensarlo: ¿cuántas son las variadas maneras en que hoy tratamos de quitar el foco de nuestra propia muerte? A pesar de que podría decirse: dime cómo vives tu muerte y te diré cómo vives tu vida.

Será cierto, es posible, que la muerte en estos tiempos sea banalizada para convertirla en un negocio y poder hacer negocio con ella. Las guerras, las armas, la violencia, conseguir el poder a cualquier precio... A todo esto añadamos el negocio alrededor de la evasión o sustitución o inconsciencia de la muerte, convertida en una transacción comercial de este mundo. Una forma de infierno. Será cierto, es posible, tan cierto como que la muerte y la vida se devalúan juntas. Vale.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

¿Cómo educar en valores en un mundo tan diverso?

 Detalle del mural "La tierra te habla, escúchala" de Sake Ink

(Detalle del mural "La tierra te habla, escúchala" de Sake Ink)

Sobre la educación en valores

Diálogo Filosófico en Málaga 2.1

25 de septiembre de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas

La primera y más importante parte de la filosofía es la que trata de la práctica de los preceptos. Por ejemplo: “No mentir”. La segunda, es la referida a las demostraciones: “Por qué es preciso no mentir”. La tercera es la que afirma y articula las anteriores: ¿Por qué es esto una demostración, qué es una consecuencia, qué una contradicción, qué es verdadero y qué es falso? Esta tercera parte es necesaria para la segunda, y la segunda para la primera; pero la más necesaria de todas, y en la que han de reposar, es la primera. De ordinario, invertimos tal orden; nos detenemos enteramente en la tercera y todo nuestro afán gira en torno a ello y descuidamos por completo la primera. Así pues, mentimos, pero tenemos a mano cómo se demuestra que no hay que mentir.

Lucio Flavio Arriano, Enquiridion o manual de Epicteto


¿Cómo educar en valores en un mundo tan diverso?

Todos somos más o menos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos o, al menos, así nos lo parece. Es posible que al pasar de los años, en décadas venideras, puedan percibir nuestros problemas como complicaciones de nuestra mente de ahora. Ojalá sea así. La cosa es que lo vivimos de una manera agobiante, y muchas veces parece que nos falta el aire. Los medios de comunicación usuales se encargan de echar leña al fuego y nos atiborran con una carga de malas noticias que a cualquiera le cuesta mantenerse en pie. ¡Una buena noticia, por favor!, parece decirnos nuestro subconsciente... Y eso mismo fue lo que el moderador del encuentro planteó a los asistentes. Vamos a sacudirnos el polvo de tanta mala noticia. Si estamos atentos, todos los días hay buenas noticias, de hecho, estamos aquí y el mundo funciona, es muy posible que gracias a la acción callada de millones y millones de personas que sostienen el mundo más allá de lo que trasciende en los noticiarios. Pero eso no parece ser noticia... Vamos a impugnarlo. Y así lo hicieron nuestros participantes.

Por ejemplo, los equipos del Málaga y del Unicaja han ganado, por ejemplo, alguien oyó en el autobús que en el Ateneo se hacían estos diálogos filosóficos y aquí está con nosotros, por ejemplo, mirad lo que las mujeres están consiguiendo también en el deporte, por ejemplo, miremos que llega el otoño cargado de nuevas sensaciones, por ejemplo, sabed que los maravillosos arrecifes coralinos de Australia se han recuperado, por ejemplo, que existe un espacio en donde todavía cabe el diálogo, por ejemplo, muchas veces la buena noticia es que no haya noticias, por ejemplo, todavía hay un mínimo de educación en las personas, por ejemplo, todavía somos capaces de entendernos, por ejemplo, Málaga está de moda, esperemos que en el buen sentido, por ejemplo, haber podido recuperar la filosofía después de tantos años, por ejemplo, hay en nuestra ciudad muchas actividades culturales, por ejemplo, el sol continúa dando en la fachada, por ejemplo, estamos vivos, por ejemplo, ha llovido en el norte de donde vengo, por ejemplo, no saber nada, que es el comienzo de todo saber, por ejemplo, se ha creado una institución que acaba de acoger a quince personas, y si no percibimos ninguna buena noticia, hay que aprender a mirar de otra manera, hacia el lugar adecuado.

Pues bien, si el nuestro es un mundo tan diverso y complejo, como decíamos al comienzo de este relato, ¿cómo educar en valores hoy día? Un mundo convulso, difícil y desbocado, en donde todo parece que se confunde y que nada es, con una mínima consistencia. Un mundo líquido, dicen. La educación tiene hoy un gran reto, así pues. Porque no basta el conocimiento de los valores o las proclamas oficiales o pedagógicas. En demasiadas ocasiones, observamos la distancia que hay entre lo que decimos que hay que hacer y lo que hacemos de hecho. De manera que muchas veces es más eficaz el ejemplo o el modelo, que tomamos como referencia, que las normas o lo que debe ser, según se proclama desde las instituciones y las buenas intenciones. Con esto, los participantes anduvieron un largo rato planteando el problema que les preocupaba, la crudeza y la realidad del dilema que acucia a la educación en nuestros días, ya sea en el contexto familiar, escolar o en cualquier otro contexto: cómo mantenerse a distancia del adoctrinamiento y la libertad desorientada.

Sabemos la diferencia que existe entre la información y el conocimiento; disponer de mucha información pero carecer de criterio propio para discriminar entre toda ella... Así pues, nuestros participantes, ellos y ellas, más allá de la educación en unos valores determinados (que pueden caer en el vacío, ser demasiado abstractos o teóricos y no ajustarse demasiado bien a cada caso particular) abogaron por una educación que tome como su centro el desarrollo de la madurez personal. Sin esta base, cualquier valor puede encallar en cualquier puerto, convertido fácilmente en arrecife. De este modo, por ejemplo, contemplamos con estupor cómo descarrila el modo de hacer política en la actualidad. Si trabajando juntos se puede perseguir lo que sería mejor en un caso dado, pero priman los intereses de partido, conseguir el poder y mantenerse en él a toda costa; si hago lo que me hacen o hago lo que debo sólo si calculo que me van a pillar o soy muy crítico pero muy poco autocrítico, etc. En general, si el móvil de mis acciones son el miedo, la comodidad o el deseo, seguramente, me será muy dificultoso interpretar un determinado valor y aplicarlo correctamente a un caso particular. Sin embargo, la verdadera y necesaria madurez para ser capaz de llevar a cabo los valores (lo que consideramos valioso en cada momento y digno de ser perseguido y puesto en práctica) se va alcanzando si desarrollamos las cualidades básicas o esenciales que están en el fondo de la realización de los valores. De lo contrario, se nos antoja, y lo observamos a diario, muy complicado vivir y convivir de acuerdo a valores.

Pongamos algunos ejemplos: la libertad es un valor fundamental, pero una personalidad poco madura lo puede convertir en tiranía (“mi libertad vale más que la de los demás”); la igualdad puede derivar en igualación, olvidando o arrasando las diferencias; la lealtad, se puede convertir en partidismo o un seguimiento ciego de la acciones más injustas; la tolerancia, en tolerancia de lo intolerante o intolerable; el respeto, en sumisión o temor; la belleza, en huero esteticismo puede llevar a justificar cualquier acción inmoral; el amor se puede convertir en posesión, control o dominación de los demás; y así podríamos continuar... Entonces, lo reiteramos: ¿de qué nos sirven los valores sin son personas inmaduras las que los llevan a cabo? Este es el reto de la educación actual, si tomamos conciencia de dónde vienen nuestros problemas cotidianos con los valores. Si son lo más valioso, ¿cómo no se ven plasmados en la realidad, en la sociedad y en los individuos, y vivimos rodeados de tantas y tan cuestionables actitudes y comportamientos? Desde siempre, los sabios nos han dicho que cualquier cambio exterior es una consecuencia de nuestra transformación interior... Vamos a comenzar por ahí. Autoconocimiento y autorrealización. La buena educación podría comenzar por tratar de desarrollar esto (si los propios educadores ya han realizado este trabajo previo consigo mismos, claro). Y, ¿cómo lograr el desarrollo de nuestras cualidades esenciales? Practicando su expresión en nuestra vida y en las relaciones con los demás. Si hemos saboreado nuestra identidad, nuestra energía, nuestro amor, nuestra inteligencia profundos, interiores, no necesitaremos defendernos, mintiendo, atacando, huyendo... sino que nos mostraremos tal cual somos. La conciencia de nuestro propio valor favorecerá la realización auténtica de los valores... Esto es.

lunes, 24 de julio de 2023

¿Qué es la verdad?


Sobre la esencia de la verdad

Diálogo Filosófico en Málaga 1.5

26 de junio de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas

Yo afirmo amigos [habla Sócrates], que todos nosotros debemos buscar en común –ya que nadie está al margen de la discusión– un maestro lo mejor posible, primordialmente para nosotros, pues lo necesitamos, y luego, para los muchachos, sin ahorrar gastos de dinero ni de otra cosa. Quedarnos en esta situación, como ahora estamos, no lo apruebo. Y si alguno se burla de nosotros porque, a nuestra edad, pensamos en frecuentar las escuelas, me parece que hay que citarle a Homero, que dijo: «No es buena la presencia de la vergüenza en un hombre necesitado». Con que, mandando a paseo al que ponga reparos, tomemos tal empeño en común por nosotros mismos y por los muchachos.

Platón, Laques

¿Qué es la verdad?

¡Uy, la verdad qué mancillada, qué proscrita en estos tiempos! De ahí que sea tan importante plantearnos juntos cuál es la esencia de la verdad. El espacio es idóneo: la Sala Muñoz Degrain del Ateneo de Málaga, donde la cultura se concita. El contexto es idóneo: un diálogo filosófico, cuya dinámica interna permite indagar juntos. Y hacer preguntas. Y buscar respuestas. Tradicionalmente, se identifica la verdad con los hechos. Pero qué sucede si resulta que no hay hechos puros sin sujetos puros. Si todo hecho es una construcción social y cultural, fruto de una representación de la realidad, una realidad ya interpretada, como nos avisaba Rilke y luego la psicología de la percepción ha “demostrado”. Esta situación humana del conocimiento se ha ido descubriendo, pero siempre ha funcionado. Y continúa funcionando, ahora con los conocimientos “científicos”, psicológicos y sociológicos, convertidos en herramientas puestas al servicio descarado y sin escrúpulos de algún interés o medio (poder o dinero, principalmente, como señala Habermas). No sorprende la confusión de la población, su desarraigo político, si las fronteras entre la verdad y la opinión, lo real y lo virtual, los deseos y la realidad se han ido desvaneciendo. Si cualquiera tiene derecho a decir lo que quiera, justificar como quiera lo que hace o dice, y no hay razones mejores unas que otras, si todo es justificable, si el lenguaje (que contiene sus propias limitaciones) se puede manipular descaradamente y sin rubor, no sorprende que a algunos les dé lo mismo hablar de la verdad o inventársela o que muchos teóricos hablen de que vivimos en tiempos de la posverdad. Sócrates contra sofistas. La diferencia está en la actitud: ¿por qué no empezar a cultivar una adecuada actitud ante la verdad, antes de empezar a hablar de “los hechos”? Quizás la verdad sea más una actitud que un hecho. Este es el descubrimiento que te ofrecen los participantes de este diálogo filosófico. Quédate con nosotros.

Nuestra época, aparte de ser una época de tremenda confusión, no va muy bien que digamos. Somos conscientes. En muchos aspectos. Y mucho de lo que sucede no depende de nosotros, pero otros claramente sí, como diría Epicteto. Pues bien, ¿qué hago yo para que este mundo sea un lugar mejor para vivir (y convivir)? No hablamos de grandes hazañas o heroicidades. Acciones cotidianas: escuchar a una persona, colaborar de alguna manera con una ONG o similar, ser muy consiente de mi voto en unas elecciones, o de mi consumo diario, aprender a cuidar de mí mismo, cumplir con mi parte o mis obligaciones, etc. Miremos si hay cosas que nosotros podemos hacer. En el caso de nuestros participantes, esto es: mostrar las contradicciones, agitar el pensamiento de las personas; procurar actuar según mi conciencia; tratar de no molestar innecesariamente a los demás; considerar a los demás, valorándolos, respetándolos; dando tanto como los demás me ha dado a mí; escuchar al otro; promover un consumo responsable, una relación más adecuada con la naturaleza, por ello colaboro con algunas asociaciones; ayudar a apartar de las personas la agresividad como una manera de relacionarse; colaboro con algunas ONGs, trato de escuchar sin juzgar, trato de ser solidaria, doy gracias; trato de cultivar la empatía; trato de ser sensible al dolor de los demás; y yo, hago música. Pues bien, ¿qué puedes hacer tú, que depende nada más que de ti?

¿Es posible la verdad? Y para ello: ¿qué es la verdad? Estos dos momentos de la indagación orientaron al grupo en su búsqueda. (Y no se abordaron estos temas paralelos: la relación entre verdad y vida, ni entre verdad y felicidad, solamente, la relación entre verdad y conocimiento; o quizás sí, de otro modo... lo veremos hacia el final). Comenzaron, pues, a recoger los hallazgos conceptuales que nos permitirían definir la esencia de la verdad: si hay verdad, es porque hay objetividad (quiere decir que todo lo subjetivo ha sido apartado para que no interfiera); si hay verdad es porque hay coherencia entre lo que decimos (el lenguaje) y lo que es (la realidad), una concepción muy aristotélica, la verdad como adecuación, todo un clásico; hay verdad cuando algo coincide con la definición, fruto de un consenso; hay verdad cuando es el resultado de un proceso de investigación que cumple todas las garantías de que somos capaces, y este proceso nos iría aproximando gradualmente a la verdad, por ejemplo en el sentido de Karl Popper. Además, la verdad no debe ser confundida con otra cosa que no es: lo obvio o evidente con lo imaginario o la ficción o lo virtual; lo indiscutible con lo que es más que discutible; la opinión con la creencia, ni la creencia con un punto de vista, ni un punto de vista con un saber bien fundamentado; recordemos lo que nos decía Platón: el saber es la opinión fundada en buenas razones (y esto último es lo decisivo). Si lo miramos, en el fondo toda definición de la verdad incluye un componente absoluto: si algo es verdad, no puede mostrarse más adelante que no era verdadero, en tal caso es que no era la verdad; si es verdad entonces no puede dejar de serlo. Pero no todos los participantes lo vieron tan claro, lo aceptaban, sí, pero a la altura de nuestro tiempo, eran también conscientes de que toda verdad incluye un componente construido, humano, y por tanto falible. Y ahí estaba la dificultad... ¿Qué es la verdad? ¿Es posible alcanzar una verdad única, absoluta, o más bien, toda verdad está abocada a ser sustituida por otra verdad, que toda verdad es provisional?

En eso estaba el grupo, en este impasse, cuando uno de los participantes planteó una situación, algo tópica, referida a la percepción: vemos un 9 o un 6, según desde dónde miremos la imagen en el papel. Entonces, el moderador preguntó: alguien verá un nueve y otra persona verá un seis, pero, ¿por qué en ambos casos no verán nada más que un nueve o un seis? Pareciera que hay algo común, que sólo hay esas dos posibilidades. Tras esta momentánea y pequeña perplejidad, preguntó: ¿sois capaces de ofrecer una definición de la verdad que sea capaz de recoger, a la vez, su carácter absoluto y su carácter construido? Esto que parecía inicialmente un misterio inescrutable, con el diálogo fructífero, fue cayendo por su propio peso: parece ser que nuestras definiciones son absolutas y, en cuanto definiciones o conceptos puros, se cumplen, pero en la práctica nunca se alcanza del todo eso que exigen tales definiciones. Entonces, ¿cuál puede ser un concepto de verdad acorde con tal situación? Pero atentos: ¡la salida de una situación paradójica, siempre conduce a una nueva visión! Y ellos y ellas accedieron a vislumbrar el nuevo panorama. Una nueva concepción (quizás muy vieja, pero descubierta allí mismo, aquella tarde): la verdad como búsqueda. La verdad es la búsqueda misma de la verdad. Cuando se busca, se intuye lo buscado, si no, no podría buscarse; y a la vez, lo encontrado no agota la búsqueda misma. Porque, quizás, sólo pueda hablarse, auténticamente, de verdad nada más que en presente, aquí y ahora. Buscar la verdad y encontrar lo que es la verdad aquí, en este caso, en este momento. La verdad renovada o actualizada. Siempre viva. La búsqueda de la verdad no es solamente una construcción de la realidad ni tampoco coincide sin más con lo hallado.

Pero esta concepción de la verdad exige mucho de nosotros: una actitud adecuada, siempre atenta, siempre abierta, siempre receptiva, siempre disponible, siempre honesta, sincera con nosotros mismos. Esto es lo fundamental. Éste es el árbol que da buenos frutos. Auténticos frutos reales y verdaderos. Riquísimos. Todo lo demás, no sería nada más que ceguera o presunción. Fruto amargo o muy verde todavía. Imagine el lector qué clase de “verdad” encontraríamos (si es que la encontramos) a partir de actitudes opuestas a las anteriores... Además, esta visión de la verdad nos ofrece grandes ventajas. Nos evita caer en peligrosos extremos: el dogmatismo y el relativismo. No hay una única verdad, ni cualquier cosa es la verdad. Pensar de un modo dogmático, aparte de abortar cualquier investigación posible (ya se cree que se sabe todo), llega a ser muy nocivo en la práctica: intolerancia, discriminación, etnocentrismo, nacionalismo, imperialismo, etc. De todo ello hemos sufrido mucho a lo largo de la historia. Por su parte, el relativismo, más allá de la admisión de la diversidad que ha de llevar a la comprensión mutua, no debe abocarnos a la justificación indiferente de cualquier manifestación ética o política, injusta o que atente contra los derechos humanos, otros seres o la vida en el planeta. No todo vale (igual). De esto también hemos visto mucho, y estamos viendo en la actualidad. En el fondo, se piensa que no hay verdad, por lo tanto, para qué esforzarse en buscarla siquiera. De nuevo, Sócrates frente a la sofística.

Finalmente, tomar conciencia de la importancia de la actitud ante la verdad, condujo al grupo a plantearse si toda verdad ha de ser buscada, si el ser humano ha de ir siempre, intencionalmente, en pos de la verdad. Y los rasgos, que ya se habían entreabierto, de la actitud de búsqueda de la verdad, nos indicaban un nuevo sendero que transitar, para quien esto le diga algo: si estamos atentos, abiertos, presentes, receptivos, disponibles, si somos nosotros mismos ante lo real... es posible que no se necesite nada más. Fuera las prisas, fuera la angustia, fuera el afán de dominio, fuera la prepotencia, fuera la competición, fuera el creernos unos dioses. La verdad se decantará, por sí sola vendrá a nosotros. ¿Pasaremos de largo, estando delante de nosotros? ¿Estaremos preparados para recibirla? Porque nos va a transformar... Vale.




martes, 30 de mayo de 2023

¿Por qué nos sentimos tan solos?

Sobre la soledad

Diálogo Filosófico en Málaga 1.4

24 de abril de 2022, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Como resultado del examen de Sócrates desea uno cuidar del modo en que vive el resto de su vida, queriendo ahora vivir de la mejor manera posible; y este deseo toma la forma de un entusiasmo por aprender y educarse a uno mismo sin importar la edad que se tenga.

Michel Foucault


¿Por qué nos sentimos solos?

El cuarto diálogo filosófico en el Ateneo de Málaga mostró la importancia del cuidado de uno mismo. Incluso la temática elegida, la soledad, ahí descubrió su almendra. Aprender a vivir consigo mismo aparece como el camino más seguro para mitigar los sabores amargos que pudiera destilar la soledad. Y costó decidirse, pues eran tantas las preocupaciones de los asistentes... el propósito en la vida, las crisis vitales, la culpa, la consciencia, la libertad y la democracia, las guerras, el ser humano y los demás seres vivos, la muerte. Ya se ve que el abanico de sus inquietudes era tan amplio como el de todos nosotros. No en vano vivimos en la misma época, la misma sociedad, con los mismos deseos... Y la filosofía practicada junto a otros ha de ocuparse de la realidad vivida, y no de otra. Y así fue. Durante una hora y media larga, ellos y ellas aportaron su experiencia, el fruto de su interacción con el mundo que nos rodea.

¿Cómo cuido de mi mismo, de mí misma? La pregunta fue puesta en la mesa por moderador del encuentro filosófico pero, ahora, apela a ti también para que tú la respondas. Y esto fue lo que dijeron: yo cuido de mi alimentación; yo hago ejercicio y procuro estar activa; yo medito a diario; pues yo procuro vivir tranquilo; a mí me gusta estudiar y aprender; yo voy al gimnasio y me gusta caminar; yo ejercito mi mente, para que esté activa, leyendo, mostrando curiosidad; trato de desarrollar todo lo valioso que fui descubriendo de más joven; una manera de cuidarme es beber un vino con mis amigos; yo me cuido viniendo aquí a dialogar con vosotros; también es cuidarse dedicar parte de mi tiempo a los demás; yo escucho a mi cuerpo; me rodeo de belleza y sensibilidad; procuro ser muy consciente; cultivo la amistad y disfruto de un lindo grupo de amigos; cuido de mis emociones, y me pongo a resguardo de las personas que me llevan a vivir peor; cuidarse es para mí aprender y enseñar a vivir bien. Pero, ¿cómo cuidas tú, de ti?

Pues bien, comenzó el diálogo propiamente dicho: ¿Cuándo podemos decir que hay, que sentimos, la soledad? Y lo primero a aclarar (ésta es una de las funciones de la filosofía, la clarificación de conceptos) que hay una soledad buscada o deseada voluntariamente y una soledad no deseada, forzada por algo exterior o interior. Y que aquí hablaremos de la soledad forzada y sin remedio aparente. Ésta es la que preocupa. Ésta es la que se vive con angustia. Y ya sabemos todos por experiencia que podemos sentirnos solos, estando solos materialmente o estando acompañados, aunque sea rodeados de una muchedumbre (en ocasiones, más solos todavía). Los participantes, ellas y ellos, dijeron que éstos eran los componentes básicos de toda soledad: un sentimiento que, aunque sea inherente en cada persona (pues somos individuos), lleva a sentirse excluido, sin capacidad de identificación con uno mismo, con los demás, que no se siente la relación o el hecho de estar uno conectado, sino que uno se siente incomunicado, no comprendido, con un sentimiento de carencia, de falta de relación.

Y es cierto, como dijeron, que en esto, como en todo en la vida, las expectativas influyen mucho (lo que uno espera de la vida, de sí mismo, de los demás, facilita el sentirse decepcionado). Pero también la educación habitual conlleva unos tópicos muy nocivos, que influyen... ¡vaya si influyen! “Alguien en solitario no puede sentirse bien, no puede llegar a ser feliz”. Esta idea ha hecho mucho daño, por ejemplo. Otra idea muy nociva supone que “los demás me han de dar lo que yo necesito para sentirme bien”. Y lo cierto es que el tipo de sociedad que hemos ido conformando no facilita mucho las cosas: nos hemos ido desconectado de muchos valores que afianzan las relaciones, nuestro modo de vida lleva al aislamiento individual, el éxito individual, la búsqueda de la eficacia a todo trance, ciertas tendencias, ciertas modas, las nuevas tecnologías, muchas veces, llevan al aislamiento y a vivir una vida artificial. Todo esto puede ser cierto (y muchos factores más que cooperan con éstos), pero la pregunta fundamental, que los participantes de este diálogo te plantean, es la siguiente: ¿cuál es mi actitud o respuesta? Si aprendiera a estar conmigo mismo, yo sería libre de estar o no estar con otros y no sentirme mal por ello (ya esté sólo o esté acompañado). Nuestras creencias acerca de nosotros mismos, del mundo o de los demás, condiciona cómo nos relacionamos con nosotros, con el mundo y con los demás. Y esto es lo fundamental. Por cierto que la filosofía practicada ayuda a cuestionar estas creencias erróneas o inadecuadas, como diría Spinoza.

Para que fuera posible esa actitud más correcta, yo tendría que aprender a relacionarme bien con las distintas partes de mí mismo (a las que llamo yo, los demás o el mundo). Esto es un trabajo interior de primera magnitud, que puede realizarse poco a poco. Vivir es relacionarse, nos dice el sabio Krishnamurti. Depende de cómo me viva yo y de cómo viva “la relación” para que pueda vivir bien. Si yo no me siento de una manera real, si no siento esta realidad mía, tanto esté solo o acompañado, me sentiré mal. Si me he desconectado de mí mismo, de mi centro de vida, energía, inteligencia, amor, la angustia de soledad afectiva vendrá a mi encuentro. Pero no deja de ser un hueco que ha quedado vacío, y que que se rellenado de soledad, y nada más. ¿Qué tal si conecto conmigo y lo relleno de mí mismo, todo yo ahí presente...? ¡No habría sitio para la soledad! Por eso es tan importante el cuidado de uno mismo. Los antiguos griegos y romanos lo sabían. Cura sui.

jueves, 1 de diciembre de 2022

¿Cómo mejorar nuestras relaciones?

 


Sobre las relaciones humanas

Café Filosófico en Málaga 1.2

21 de noviembre de 2022, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Es la falta de comprensión de la relación lo que causa conflictos. No comprendemos la relación, la convivencia, ya que nos servimos de ésta como un simple medio de favorecer el éxito, la transformación, la consecución de algo. Sin embargo, la convivencia es un medio de autodescubrimiento, porque la relación es ser, es existencia. Sin relación no existo. Para comprenderme a mí mismo, debo comprender la relación, pues ella es el espejo en que puedo mirarme.

Khrishnamurti


¿Cómo mejorar nuestras relaciones?

Durante el segundo Café filosófico celebrado en el Ateneo de Málaga, preocuparon (y mucho) las relaciones entre nosotros, los seres humanos; pero también triunfó el amor. Y esto no es, ni debe ser nunca, un tópico bien intencionado, puesto que si hay relación hay unidad de fondo y, si hay conciencia de dicha unidad, hay amor. Según el insigne filósofo y poeta, Ibn Gabirol el malagueño, el universo lo ordena el amor desde su causa. El mundo es la concreción de un deseo amoroso universal, que así se expresa y se realiza a sí mismo, a la par que nutre de realidad y de vida toda la existencia que experimentamos a diario, si atendemos a ello, claro. Pero, ¿cómo llegaron a intuir algo de todo esto nuestros participantes? ¿Y cómo vislumbraron el amor, el ingrediente que no puede faltar en unas relaciones humanas saludables? En un momento lo sabrán, si continúan leyendo este relato.

Todo comenzó con una pregunta de autorreflexión que planteó el conductor del encuentro: ¿quién soy yo? Claro, antes explicó un poco la naturaleza de un encuentro filosófico como éste: que aquí la filosofía se practica, que más allá de la filosofía académica o erudita (sin excluirla, sino integrándola en nosotros) aquí la filosofía es entendida como un modo de vida (Pierre Hadot) y que, en lugar de hablar o pensar sobre lo que han dicho otros, aquí se viene a pensar por nosotros mismos, a construir pensamiento juntos y a tratar de vivir lo mejor posible. No es lo mismo saber filosofía que vivir filosóficamente, no. Ya saben lo que decía Sócrates (por boca de Platón): una vida sin examen, consciente y lúcido, no merece la pena ser vivida. Pues bien, ¿quién soy yo? ¿Me lo he planteado en serio alguna vez? Si no es así, está al caer la pregunta. Es imprescindible para vivir uno mismo, por mí mismo. Con esta cuestión, quería el conductor del encuentro enlazar con un próximo Taller de filosofía, en donde trabajaríamos juntos dicha cuestión.

En esta ocasión, solamente era necesario una respuesta breve y espontánea, sin sin mayor pretensión. Y así debían presentarse los asistentes: “yo me llamo...” / “yo soy...”. Una nota fundamental de lo que yo soy, en este momento de mi comprensión actual de mí mismo. Y así afloraron las siguientes respuestas: yo soy un humanista, un cabreado, soy hijo, viajero, curioso, eterno alumno, salmantina y ahora malagueña, integrador, librepensadora, pintora, una esponja, amante de lo bello, poliédrica, un ser de luz, quien trata de reconciliarse consigo mismo, curiosidad, yo no soy mi nombre, jubilado, soy pura cuestión, aprendiz de pensamiento, gallega, malagueño. Solamente con estas respuestas daría para filosofar horas... pero lo dejamos para el próximo Taller del día 19 de diciembre. No obstante, dos preguntas críticas podrían ya plantearse: 1) ¿Una sola nota característica agota mi ser, puede definirme o dar con mi identidad más profunda? 2) ¿Si yo no fuera todo eso, seguiría siendo yo?

Y comenzó la elección de la temática del día. Mucho era lo que interesaba o preocupaba o inquietaba a los participantes, pero lo que más: lo problemático de las relaciones humanas. ¿Cómo están nuestras relaciones humanas? Quisieron hacer un buen diagnóstico, primero, y luego tratar de ver cómo mejorar dichas relaciones. ¡Y qué diagnóstico! Aunque advertimos que su conclusión fue ésta: el mal funcionamiento de las relaciones humanas habituales. Y esto es así porque suelen estar en exceso condicionadas, contaminadas por la falta de sinceridad, está presente la insatisfacción crónica, modelos de relación que triunfan pero luego decaen muy rápido, a menudo son relaciones superficiales, muchas veces están sesgadas por prejuicios, hay desconfianza y se vive a menudo de una manera aislada o atomizada... Aunque es claro –y esto supo destacarlo uno de los participantes– que las relaciones humanas siempre han sido problemáticas. Si bien, puede ser que en nuestro tiempo (sociedades modernas y mediáticas, frente a las sociedades tradicionales, en donde ha cambiado el tipo de solidaridad y prima más el individualismo), en estas sociedades modernas, decimos, puede que se añadan una serie de agravantes: una mayor artificialidad en los sentimientos, la falta de una cercanía entre los individuos, un exceso de posibilidades para relacionarse, etc. Nos cuesta a menudo relacionarnos de una manera constructiva y no destructiva, sana y no patológica. Sin embargo, acerca de este diagnóstico, se observaba discrepancia en el grupo. Y lo cierto es que puede darse de todo. Uno de los participantes más jóvenes se refirió a un estudio que incluía esta pregunta: ¿tenemos a alguien a quien poder llamar a las tres de madrugada? Y otro reto sería éste: ¿somos capaces de entendernos con alguien que sea diferente a nosotros?

Así pues, lo más importante es plantearnos cómo mejorar nuestra relación humana. Pero no como observadores. ¿Qué hago yo para mejorar las relaciones humanas? Y dio comienzo una nueva fase del diálogo. Porque, en abstracto, ya sabíamos lo que funcionaba mal y se trataría solamente de darle la vuelta a todo eso que se había diagnosticado antes. Pero yo mismo, ¿qué puedo hacer, cómo puedo contribuir? Y varios participantes aportaron sus claves personales: escuchar al otro, no querer tener razón, ver en el otro a un igual a ti, que es la base del respeto mutuo, esforzarse uno en su actividad para ofrecerla a los demás, tratar de aprender de los jóvenes, considerarlos portadores de nuevas visiones y nuevas oportunidades, aceptar lo diferente, no enfocarse uno solamente en sí mismo y sus preocupaciones, sus miedos y sus deseos, acostumbrarse a sonreír y a mirarse a los ojos, mostrar un interés desinteresado por el otro y aprender a amar. Y esto último parecía que encendía algo en el interior de los participantes; tanto, que acogió el último tramo del diálogo y su sabor nos interconectaba, además de predisponernos respecto a la preocupación inicial: cómo relacionarnos mejor.

Todos hablan del amor, pero, ¿sabemos amar, realizar el amor en nuestras vidas? Y para indagar más profundamente en lo que nos preocupaba aquella tarde, a partir del amor, un requisito básico hacía falta (así fue percibido): es necesario el trabajo con uno mismo, para poder tener una buena relación con los demás. Y sobre esto hay mucho que decir. El diálogo consiguió hacer aflorar una parte sustancial que te orienta, pero que no te evita la implicación personal. Este trabajo, si lleva a amarnos a nosotros mismos, será la base para el desarrollo de la capacidad de amar a los demás y, así, poder relacionarme adecuadamente. (En este sentido, la soledad es bienvenida, al contrario de lo que dice el tópico, pues en la relación con uno mismo se encuentra uno a sí mismo y a los demás, que son básicamente como nosotros; ya sabemos por experiencia que una cosa es estar solo y otra muy distinta sentirse solo). A la vez, en esta búsqueda de uno mismo, los demás son una ocasión de oro, pues me ofrecen la gran oportunidad de conocerme mejor. Si, en realidad, los demás (tal como los veo y me relaciono con ellos y con ellas) no son otra cosa que distintos sectores de mi conciencia (Antonio Blay), mi interacción con los demás, sus sorpresas y sinsabores, me dan la oportunidad de aprender a relacionarme mejor con estas partes de mí mismo, es decir, conmigo mismo. Es decir, con los demás, después. No vendrán mal, entonces, unos talleres sobre las relaciones humanas. Lo viviremos. Salud.



miércoles, 26 de octubre de 2022

¿Podemos hablar de enfermedad mental?

 


Sobre la salud mental

Café Filosófico en Málaga 1.1

17 de octubre de 2022, Ateneo de Málaga, 19:00 horas


Ciertamente, Hipias, me parece que me ha sido beneficiosa la conversación con uno y otro de vosotros. Creo que entiendo el sentido del proverbio que dice: «Lo bello es difícil.»

Platón, Hipias Mayor


Un nutrido grupo de personas se habían citado en el Ateneo de Málaga para filosofar. Esto, que puede parecer extraño, cada vez lo es menos. Se percibe la necesidad de la filosofía en estos tiempos difíciles. Una manera de situarnos clara y distintamente en el mundo y buscar orientación. De ahí que este relator quiera agradecer expresamente a las personas que dirigen este Ateneo de la cultura malagueña y universal, y en especial a José Olivero, su apuesta para poner a la Filosofía a disposición de la ciudadanía.

Es evidente, desde el comienzo, que el hecho de que un grupo de personas se reúnan alrededor de una mesa para filosofar, en un plano de igualdad, como personas y no como expertos en nada, más allá de su edad o su formación, implica una concepción diferente de la Filosofía. Pero antes de introducir esta Filosofía practicada y para no condicionar las visiones de los asistentes, el moderador del encuentro plantea esta pregunta de autorreflexión: ¿Cuál ha sido mi impulso, mi motivación para venir, hoy, aquí? ¿Cuáles son mis expectativas? De este modo se pretendía romper el hielo inicial de la participación, que no hacía falta en este caso, pues las ganas de aportar ideas afloraron con mucha facilidad desde el principio. Y entre las motivaciones presentes estaban la curiosidad, el reto, el intercambio, la reflexión, poder pensar en común, la intriga, aprender, el amor a la filosofía, poder profundizar en uno mismo, el interés por lo humano, poder dialogar, profundizar en nosotros... Todas perfectamente compatibles con un encuentro como éste.

Tras la presentación del acto, el moderador introduce la actividad, puesto que se trataba del primer encuentro en este lugar. Menciona los antecedentes lejanos, socráticos para más señas, de esta modalidad de práctica filosófica (junto a los talleres de filosofía, el asesoramiento filosófico individual, a instituciones o empresas, la filosofía con niños y niñas o los diálogos socráticos), y luego, los antecedentes cercanos del Café des Phares en París, de la mano de Marc Sautet; luego, insiste en lo que se venía a hacer allí, que no era asistir a una charla, una tertulia o un debate, sino realizar una investigación conjunta entre todos los participantes, acerca de aquello que les preocupe o interese. Además, se trata también de un aprendizaje, en la práctica, de lo que es dialogar de veras: escuchar al otro (quitándome, mientras tanto, yo de en medio), esperar a que el otro haya acabado para pedir mi turno de palabra, colaborar con un propósito común, tratar de ir al fondo de las cuestiones, intervenir brevemente, anunciando, si se puede, qué va a hacer uno con sus palabras: afirmar, replicar, preguntar, responder, plantear una hipótesis, etc. Esta manera de situarse en la Filosofía, como un modo de vida que se practica, ya desde la antigüedad, como ha investigado profusamente Pierre Hadot, no es incompatible con la filosofía al uso, que podemos llamar Filosófica académica, sino todo lo contrario: ambas, la filosofía en el ágora y la filosofía más teórica o erudita se necesitan mutuamente: ésta como un laboratorio de ideas y la otra como una manera de estar presente y viva la filosofía en la sociedad. Y así lo ha manifestado, también estos días, la conocida filósofa Ana Carrasco Conde.

Como nadie traía nada preparado ni tenía nada que defender, se dispuso el grupo a elegir, democráticamente, esa temática o problema que estaba flotando en el ambiente de los que allí estaban reunidos. De todas las propuestas, la salud mental fue la más deseada y ya, desde el comienzo, se dejaron ver las ganas, pero también las dudas, que suscitaba este tema, pues fue necesario formular bastantes preguntas para poder afinar la cuestión: ¿Son los psicólogos y psiquiatras los únicos que pueden ayudar? ¿Qué nos hace falta saber sobre la enfermedad mental? ¿Qué pueden hacer las personas que están alrededor de una persona con problemas mentales? ¿Por qué están aumentando los problemas de salud mental? Pero, ¿se puede hablar de enfermedad mental? ¿Qué puede aportar la filosofía? Sobre esto último, se aclara que la filosofía puede abordar cualquier problemática, puesto que lo filosófico no es en sí la temática o el contenido de que se hable, sino la forma en que se aborda (una mirada reflexiva, consciente, crítica, fundamental, distanciada, universal...), que promueve un cambio de visión, un cambio de actitud ante el objeto de indagación. En este caso, se vio claro que la discusión debía comenzar por delimitar bien qué entendemos por “salud mental”.

Es más, ¿se puede hablar de “enfermedad mental”? Por ahí debíamos comenzar nuestra investigación; desde ahí, se aclararían las demás cuestiones. Y da paso una larga discusión acerca de si es mejor hablar de “trastorno” o de “enfermedad mental”, o si se trata de grados en la falta de salud mental. Emergieron dos conclusiones: que, en este tema, el peligro está caer en un reduccionismo biológico, es decir, asimilar la enfermedad mental a otras enfermedades del cuerpo, y que, en el fondo, se trata de una cuestión de lenguaje: lo que estamos entendiendo con nuestras palabras. Así que el grupo toma conciencia de que el problema de fondo es el de la normalidad mental: qué se considera una conducta normal o enferma. Y aquí reposa el origen de nuestras perplejidades sobre la salud mental. Claro que se pueden indicar unos parámetros generales de lo que intuimos que es saludable mentalmente: que la persona pueda funcionar bien en su entorno, que no haya un exceso de sufrimiento evitable, que no se altere gravemente la convivencia, que el individuo no haya perdido el control de su propia vida, que las conductas no generen violencia contra uno mismo o los demás... Pero lo fundamental sería cómo lo vive la persona, el grado en que se dan tales desviaciones de una conducta saludable y la infinidad de situaciones y de casos diversos e irreductibles que puede haber, por lo que es mejor hablar de “enfermos” y no de enfermedad, en general. Es extremadamente importante considerar siempre esta complejidad de la enfermedad mental, para poder relacionarnos adecuadamente con ella y con las personas que puedan padecerla en un momento dado.

En nuestros encuentros filosóficos, no buscamos hallar una respuesta completa o definitiva, pero sí una mínima clarificación y satisfacción de los asistentes. El tiempo se iba agotando y no parecía que ello fuera posible, a la altura de la discusión en ese momento. Todo diálogo necesita de una maduración, y una respuesta mínima estaba a punto de salir a flote: observar cada caso desde su singularidad, otorgar un trato diferenciado a cada persona. Una mirada a la complejidad de la salud y la enfermedad mental nos permite adoptar una actitud adecuada ante ello; y esto es determinante, pues de lo contrario, caemos con demasiada facilidad en la rigidez de pensamiento, el estigma o la discriminación de las personas que pueden manifestar en algún momento de sus vidas dificultades de adaptación a este mundo; algo que no es nada sencillo, si tenemos la paciencia de mirarnos a nosotros mismos y nuestras propias dificultades.

Lo mismo que se decía al final, en el diálogo Hipias Mayor de Platón, respecto a la belleza: “lo bello es difícil” (de definir), cabría decir respecto a la salud mental. Como consecuencia de esta comprensión, en un caso, quedamos abiertos y disponibles para apreciar y recibir la belleza presente, dentro y fuera de nosotros; y en el otro caso, el de la salud mental, quedamos abiertos y preparados para vernos unos a otros, no como sanos o enfermos, sino como personas que buscan su bien y su felicidad de variados modos, y que a veces se pueden desviar en algo de su camino, por distintas circunstancias o motivos. Y esto es un punto de partida esencial.