Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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lunes, 8 de febrero de 2016

Sobre el acoso escolar

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.4
22 de enero de 2016, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.




¿Por qué se da el acoso escolar?

Ciertamente es muy triste comenzar este relato de nuestro café filosófico de esta manera, pero la tragedia cotidiana que se barrunta detrás de la carta de despedida del niño de 11 años Diego González estuvo aquella tarde muy presente en el fondo de la discusión. Sin embargo, pudo ser tratada la cuestión con toda la serenidad que es necesaria para abordar un problema tan sensible como éste. Y lo cierto es que esta actitud permite un aprendizaje que se va notando en los participantes que van repitiendo su asistencia: una parte de lo que pudo estudiarse con atención en el anterior café filosófico —que trató sobre la violencia de género— sirvió para enfrentarse a este otro problema social —nunca son sólo una cuestión individual—. Siempre ha de ser poliédrico su tratamiento pues su realidad propia es multidimensional.

domingo, 5 de julio de 2015

Sobre las migraciones humanas

Café Filosófico en Vélez-Málaga 6.10

19 de junio de 2015, Fundación María Zambrano, 17:30 horas.


“Y así, la primera respuesta a esa pregunta formulada o tácita de por qué se es un exiliado es simplemente esta: porque me dejaron la vida, o con mayor precisión: porque me dejaron en la vida. La respuesta, la misma que tendría que dar a quien le preguntase, que por qué es hombre o que por qué ha nacido, si fuera encontrado un día sobre las aguas o arrojado por las ondas. (…) Y así el exiliado está ahí como si naciera, sin más última, metafísica, justificación que esa: tener que nacer como rechazado de la muerte, como superviviente; se siente, pues, casi del todo inocente, puesto que ¿qué remedio tiene sino nacer? Esto está más allá y sobre toda razón justificante” (María Zambrano, Carta sobre el exilio).


Ya lo pensaba con claridad Gorgias —aquél sofista griego no tan sofista— que el contraejemplo más palmario de la imposibilidad de la comunicación humana radica en la disparidad de la experiencia. Las experiencias humanas son personales e intransferibles, diferentes en el que habla y el que escucha, y así, hablar de cosas distintas impide a menudo que nos entendamos. No nos entendemos porque estamos hablando de realidades diferentes. De ahí la importancia, en un diálogo humano, de comprobar aquello de lo que se está discutiendo y cerciorarnos de que estamos tratando de lo mismo. Míralo, verás como esto funciona demasiadas veces. Pero no se trata de que nos obliguemos a discurrir por el mismo cauce; a menudo es más importante que encontremos un soporte común a los diversos enfoques de la materia abordada. En el fondo, es mucho más inteligente discernir hacia dónde apunta la necesidad de los participantes para tener que enfilar el mismo tema desde orientaciones y hacia finalidades diferentes. Y esta fue la trastienda del diálogo filosófico —último de la temporada— que compartió espacio con las cosas personales de María Zambrano.

Así pasó, pues la Fundación que lleva su nombre nos albergó y nos atendió, y nos ofreció como se ofrece al viajero que padece la sed y el hambre no saciado del camino. Nos dio lo que necesitábamos. Estar lo más cerca posible de María Zambrano, quien más supiera en sus entrañas del caminar y del exilio que pudiera ser la vida humana. (Gracias por tan generosa acogida). ¿Sería éste el trasfondo de la discusión de aquella tarde? El abismo del ser humano: “¿qué remedio tiene sino nacer?”. Y ya que ha nacido, querer ser, buscar un sentido, sobrevivir, vivir como un exiliado, “porque me dejaron en la vida”. Si continuáis leyendo esta crónica, ya veréis ya a qué se refiere este relator que también estuvo allí presente, gozando de la oportunidad de filosofar en la cercanía de la librepensadora veleña. Pero antes debemos presentar a los participantes.

¿Y tú en qué confías más? Ellos te van a decir en qué confiaban, pero no sobraría que tú también te lo mirases. Date cuenta que si te falta la actitud de la confianza, estarás continuamente echando en falta muchas cosas, añorando las del pasado o anhelando las del futuro. “Yo pienso que todas las cosas van mejorando con el paso del tiempo; de lo que
menos se desconfía habitualmente es de la naturaleza (¿y tú?, dime: “yo confío en la naturaleza de las cosas mismas”); yo confío en mí mismo y en mi lógica de la razón humana; yo confío en el ser humano y, ¿por qué no voy a confiar en el profesional de un determinado área?; yo confío en mi instinto personal, en mi intuición; y yo en el conocimiento humano, en lo que tenemos ya sabido y en la posibilidad de llegar a saberlo; yo suelo ser desconfiado y acabo confiando en mi propio criterio; yo confío en llegar a entender y en poder ser consciente; yo confío en la vida misma, con eso está casi todo dicho; yo confío en la experiencia fruto del conocimiento”.

—¡Un momento! —resonó en la sala de la Fundación María Zambrano. Hay un matiz importante que se puede estar escapando.
—¿Cuál es? —preguntó el moderador del encuentro.
—Confiar no puede llevar a dejar de lado mis responsabilidades.
—Efectivamente, confiar no es “hacer dejación”.

Y siguió la ronda de confianzas: “Yo soy confiada con la gente de mi alrededor; yo confío en el destino: todo sucede por algo —aunque lo descubramos a posteriori, como se alumbró en el último Café filosófico, recordó el moderador; yo confío en la autoexigencia, en la necesidad de un método, pero, efectivamente, no sólo hay que pensarlo sino también sentirlo uno mismo así; es importante confiar en las personas cercanas a ti, y unas veces confío más que otras, según las fases de mi vida; yo soy muy confiada y abierta, el miedo es lo que nos hace desconfiar; yo confío en la propia lógica de los acontecimientos, y cuando me desaparece esta lógica busco cómo recomponerla cuanto antes”.

Con anterioridad a este despliegue de confianzas el conductor del encuentro leyó unos apropiados textos de María Zambrano, que tocaban la naturaleza de la reunión filosófica que allí nos había traído. Eran de su libro Filosofía y Poesía:

“Hoy poesía y pensamiento se nos aparecen como dos formas insuficientes; y se nos antojan dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta. No se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía. En la poesía nos encontramos directamente el hombre concreto, individual. En la filosofía al hombre en su historia universal, en su querer ser. La poesía es encuentro, don, hallazgo por gracia. La filosofía busca, requerimiento guiado por un método”.

Y, efectivamente, nuestra reunión filosófica es un encuentro variado en edades e intereses, que nos completa de múltiples maneras y que, de cuando en cuando, se presta, con algunas resistencias, a la aparición de momentos únicos, filosóficos, en los que súbitamente nos es dada la extraña suerte de hallar alguna extremadamente enriquecedora singularidad vital. Sin embargo, no deja de buscar con alguna orientación, cierto camino o método que encauza la discusión y la hace más probablemente fructífera. No es una charla ni una tertulia, ya lo saben los más asiduos, pero allí había nuevos participantes aquella tarde.

“Todos los hombres tienen por naturaleza deseo de saber”, dice Aristóteles al comienzo de su Metafísica, justificando así de antemano “este saber que se busca”. Mas, pasando por alto que en efecto todos los hombres necesiten este saber, se presenta en seguida la pregunta en que pedimos cuenta a la filosofía. ¿Cómo si todos te necesitan, tan pocos son los que te alcanzan?”.

Era muy consciente María Zambrano: una pregunta decisiva que enfila el destino histórico de la filosofía a lo largo de los últimos siglos. “¿Cómo si todos te necesitan, tan pocos son los que te alcanzan?”. Es posible que la manera de abordarla los propios filósofos de profesión tenga algo que ver. Vamos a acercar la filosofía a la vida de cada uno de nosotros, vamos a convertirla en una experiencia y en una práctica, vamos a filosofar juntos. Un modo en que la filosofía pudiera poseer la relevancia necesaria para el tiempo en que vivimos. Una razón por la que estábamos allí aquella tarde de junio, sin nada mejor que hacer que venir a filosofar.

Dejemos, entonces, que siga manifestándose el relato, como si lo contara Simón el zapatero, cronista primero de los usuales encuentros socráticos que se celebraban de su misma zapatería. Las dianas de aquel día: La Confianza, El Trato a los animales, La Emigración, El Sufrimiento, La Felicidad, La Originalidad de Nuestro pensamiento. Y éstas, las afiladas saetas que apuntaron y trataron de acertar en el blanco de La Emigración, la temática más deseada: ¿Qué es emigrar? ¿Qué nos lleva a emigrar? ¿Posee peligros, es una amenaza o una riqueza? Sin embargo, parecía que veíamos doble: ¿la emigración o la migración? La diana era movediza, los aciertos más intuitivos que metódicos. ¿De qué estábamos hablando en el fondo? Esto se iría conociendo con el transcurso de la discusión. Sus vaivenes nos lo dirían.

—Yo soy científico y tiendo primero a definir las cosas.
—No hay problema, también es un requerimiento propio de nuestra reunión —agrega el moderador.
—Todos somos de alguna manera emigrantes. Y no es sólo la distancia geográfica, y en qué dirección, lo que la define.
—Entonces, qué me decís: ¿Cómo podemos definir el proceso migratorio?

Y dijeron que emigrar es un traslado de “frontera”, de cualquier tipo. Hay muchas clases de fronteras que delimitan nuestras vidas terrenales. Un cambio de modo de vida, que puede ser voluntario o forzado. Y se definió tentativamente el fenómeno migratorio humano de una manera bastante metafísica, arraigado en lo básico de lo humano: “Salir de mí”. Pero esta definición no dejaba satisfecha a una parte de la concurrencia: emigrar
debe relacionarse con “salir de mi lugar”. Y como esto nos situaba en una alternativa, en una bifurcación, el moderador propuso resolver mediante votación tal encrucijada. Y aparentemente preferían ahondar en la idea de salir de mi lugar de vida habitual. Aparentemente, porque veréis: cuando trataban de proseguir por este camino —el sentido más usual en que se entiende el fenómeno migratorio—, afloraba el sentido más metafísico de “una salida de mí mismo”. Unos deseaban hablar de los problemas actuales a que nos enfrenta la emigración del sur al norte, pero otros querían ir más lejos, o quizás más cerca de nosotros mismos: la migración como una componente existencial de la vida humana. Y así se conducía la discusión, algo errática, sin aparente posibilidad de reconciliarse entre ellos mismos, los participantes. Eso sí, eran muy respetuosos y educados; pero un larvado disgusto lastraba la reunión. Necesitaban reconciliarse, pero no se reconciliaban. ¿Estarían ellos mismos mostrando la esencia de las migraciones humanas, con dicha necesidad de reconciliarse? En toda discusión has de salir de ti mismo. Piénsalo. La reconciliación contigo mismo, no sólo pero también, va ligada a la reconciliación con los puntos de vista de los demás.

Así que el moderador propone abordar la cuestión de la definición a través de la segunda saeta o pregunta inicial: ¿Qué nos lleva a emigrar?

—Si, como estáis manifestando, desde siempre el ser humano ha emigrado, ¿qué nos lleva a emigrar?
—La necesidad de experimentar.
—Pero también por necesidad material, para comer. Y hoy es lo que pasa.
—No sólo se emigra para mejorar tu bienestar material. También por turismo, para conocer otros lugares o culturas.
—No hay que olvidar que la humanidad —el homo sapiens— empezó siendo nómada. Fuimos todos nómadas al principio.
—¿Y por qué fuimos, y podemos ser todavía, nómadas en algún sentido? —pregunta el moderador.
—Para conocer, para descubrir… Mi idea es que, en el fondo, está siempre la búsqueda de conocimiento: el sujeto no logra saber cómo vivir o sobrevivir mejor y, entonces, emigra.

Pero esta reducción de la necesidad de emigrar a la búsqueda de conocimiento va a suscitar bastante controversia entre los asistentes. Pretende defender esta tesis provocativa —que se empecinó bastante y fue mostrando sus virtudes— que el vivir es un “saber hacer”, y que cuando se produce una carencia de información suficiente, esto lleva a desear vivir mejor (“quiere vivir mejor”), pero para ello ha de saber más, otras nuevas formas de vivir. De ahí la necesidad de emigrar. Pero no satisfacía este desarrollo, a pesar de las sugerencias que contenía: “La emigración forzada no tiene que ver con el conocimiento”. Este contraejemplo mostraba dos cosas: una, que no todos los participantes se sentían cómodos con dicho planteamiento; y dos, el fuerte deseo, alimentado por la cruda realidad de las barcazas que intentan cruzar el Mediterráneo, de hablar del problema de la emigración. El drama actual. Esto lleva al moderador, una vez establecida con toda la claridad posible la anterior tesis, a dejar rienda suelta a los participantes y que puedan dar salida a sus preocupaciones.

—¿Qué os parece si ya abordamos la tercera pregunta que nos planteábamos al comienzo? —dijo, entonces, el moderador. ¿Posee peligros la emigración, es una amenaza o una riqueza?
—Sí es una riqueza en muchos aspectos.
—¡También de conocimiento!
—En este fenómeno hay ambivalencia, pues depende de cómo se vea, y según en el momento en que se vea. Por ejemplo, ahora con la crisis económica la percepción es diferente. Se ve más como una amenaza.
—Sí, pero algo se ve como una amenaza porque hay miedo.
—¿Qué es antes? —Pregunta el moderador.
—Siempre, el miedo que está en ti te lleva a ver una amenaza en lo que está fuera de ti.
—Interesante…
—La emigración siempre es enriquecedora, pero debe darse una adaptación mutua, de los
que llegan y los que la reciben. Tiene que ser querido también por nosotros.
—Influye mucho cómo se muestra este problema mediática y políticamente.
—De hecho, depende mucho de la procedencia del país del que vengan los inmigrantes.
—Y esto, qué duda cabe, es una imagen que ha sido creada mediática o políticamente.

¿Con qué te puedes quedar, querido lector, de este café filosófico? Eres libre; pero mira bien si en toda la problemática entera de la emigración no está presente la ampliación de horizontes, de conocimientos y de acciones, para poder vivir mejor. Aprendiendo. Si comprendemos esto, quizás estaríamos en disposición de ir más allá y entender un poco mejor el fenómeno completo de las migraciones humanas, y a la persona emigrante misma. Sus necesidades. El fenómeno de la emigración como una expresión de la necesidad migratoria humana. Muchas veces desgarrada, es cierto, y otras dramática. Una migración que puede ser exterior (otras gentes, otras tierras, otros desafíos…) o puede ser interior (hacia lo profundo de ti mismo, que siempre ha estado ahí, esperándote). El ser humano como emigrante o caminante perpetuo. De ahí que diga María Zambrano: “Y así, la primera respuesta a esa pregunta formulada o tácita de por qué se es un exiliado es simplemente esta: porque me dejaron la vida, o con mayor precisión: porque me dejaron en la vida”. Aquí te deja este relator, con la mente pensando y la emoción flotando.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Somos diálogo: ¿Pero qué es dialogar?

¿Cómo referirnos a lo esencial de ser humano? Lo más importante, lo que más lo define. Está la definición clásica aristotélica: “animal racional”; está la definición agustiniano-cartesiana: “un ser que duda y piensa”; la definición pascaliana: “una débil caña pensante y sintiente”; está la definición kantiana: “un ser cuya dignidad implica ser tratado siempre como un fin en sí mismo y no sólo un medio”; “homo ludens”, “homo economicus”, “homo sapiens”, “bípedo implume”… Somos Logos, desde que el hombre es consciente de sí mismo, sí, pero “logos” significa también en griego Lenguaje, no sólo razón o pensamiento; y un lenguaje es cosa de dos al menos (“diá-logos”). Sin relacionarnos, sin comunicarnos, sin entendernos no somos personas que hayan desarrollado sus potencialidades humanas. Salvajes, monstruos o seres patológicos nos volvemos.Estamos hechos así, para comunicarnos, y si no nos entendemos, algo se desgarra en lo más profundo de nuestro ser.
¿Cómo ha de ser un diálogo para ser un buen diálogo, que exprese la esencia de lo que somos y nos ayude a desplegarnos como seres humanos? Es suficiente que sea real la posibilidad de entenderse: que yo sepa por dónde vas tú, qué es lo que quieres, qué estas dispuesto a poner en juego. Nuestras necesidades e intereses aflorados. Las condiciones para un buen diálogo son las condiciones mínimas para tratar de entenderse. Comenzando por unas condiciones mínimas de simetría y reciprocidad en la discusión. Pero, ¡cuidado!, entenderse no quiere decir: estar de acuerdo en todo. ¿Te queda clara la situación? ¿Nos queda clara? ¿Qué más podemos pedir? Todo lo demás será miel sobre hojuelas. Y lo recibiremos como un regalo. Y lo apreciaremos y lo alentaremos cuanto más mejor. El entendernos es una búsqueda, es un anhelo, que se alimenta ni más ni menos que de la confianza mutua. ¿La tienes tú, en ti mismo y en (y con) los demás? Has de saber que si no llevas este ingrediente a la reunión, al encuentro con otro ser humano como tú, estarás poniendo hiel sobre la posibilidad de entendimiento mutuoLuego no vengas a quejarte de la humanidad, diciendo que no tiene arreglo.
¿Qué busca el entenderse? Sin dudarlo, primero, poner en común y, si es posible, el acuerdo. ¡Qué maravilla de estas ocasiones! Cuando aparecen…, porque aparecen. Ahora bien, tienes que estar atento. No olvides que, siempre, es más lo que nos une que lo que nos separa, aunque a esto último le otorguemos el marchamo de realidad y lo otro permanezca en el fondo olvidado de la sempiterna e ilusa insatisfacción humana. Pero, sobre todo, no confundas el acuerdo con un convenio o un pacto: ni vale el “tú me das y yo te doy”, al modo de una transacción comercial, ni vale el “cede tú un poco y yo cedo otro poco”, a la manera de los desesperados que se hallan al límite. Todos podemos salir ganando, no es una quimera, tan sólo hemos de tratar de conocernos un poco mejor. Recuerda la siempre viva historia de las dos hermanas que discutían por una naranja.

Publicado en Queaprendemoshoy

sábado, 4 de enero de 2014

Discusión sobre el aborto

Es un tema difícil y no resuelto por mucho..., de ahí que, aunque pareciera que había un cierto consenso (o al menos, una cierta tranquilidad social aparente sobre ello) en cuanto alguien (un ministro, en este caso) ha querido “movello”, se reverdecen todas nuestras dudas irresueltas pasadas. El problema irresuelto de fondo es decidir cuándo comienza la vida y cuando comienza a haber una persona. Estos dos aspectos son claves en la discusión. Y luego está la cuestión de cómo nos tomamos el valor de la decisión que se adopte sobre el límite de dichos dos aspectos, si es relativa a cada uno o puede ser universalizada, aunque sea judídicamente.

¿Cuándo hay un ser vivo? Esta cuestión no atañe al problema del aborto, aunque ya se da ahí la misma situación paradójica: si todo ser vivo es digno de vivir, habría de ser respetado siempre, pero entonces no podríamos sobrevivir nosotros. Y parece que la madre naturaleza ya se ha ocupado de resolverlo. Ahora bien, eso no obsta para que no respetemos (puesto que somos seres morales) a los demás seres vivos, pidamos permiso y reconozcamos y agradezcamos el sacrificio que supone el que nosotros podamos sobrevivir. Las culturas ancestrales de nuestro origen humano eran en esto mucho más sabias que nosotros, puesto que estaban mucho más conectadas a la realidad necesaria del sacrificio de la naturaleza, y por eso eran tan respetuosos con los equilibrios naturales, de los que no se consideraban independientes. Es también la paradoja con que se encuentra el vegetariano, que ha de resolver dónde pone el límite para nutrirse y qué actitud adopta hacia aquello que le da de comer.

¿Cuándo una persona es una persona? Esto ya parece que va al centro del problema del aborto. Situar un determinado momento del proceso biológico como decisorio nos conduce a la discusión sin fin en que solemos caer. ¿En qué momento ya es una persona el embrión? ¿Por qué uno y no otro, si hay un continuo biológico? ¿Desde el principio, a una determinada altura del desarrollo…? Por lo tanto, ha de ser un criterio externo, nuestro, convencional, pero que estemos mínimamente satisfechos. Cuando hay “mente” podía ser un buen criterio, cuando hay consciencia… Pero, ¿cuándo la hay? También es un continuo proceso, un proceso continuo, ¿dónde situar el momento personal? Si abortamos antes el proceso, abortamos todo el proceso subsiguiente (que acabaría incluyendo también a la persona en un momento en que ya no tendríamos dudas), sea donde sea donde pongamos el dedo. Entonces, ¿qué criterio nos valdría? Veamos lo que nos puede aportar Aristóteles: por lo menos nos ofrecería alguna claridad conceptual. La unión óvulo-espermatozoide humanos sería potencialmente un ser humano, pues está ya en su naturaleza la posibilidad, si nada lo impide (y también pueden sobrevenir causas naturales), de llegar a ser en acto un ser humano. No es, por tanto, todavía un ser humano (en acto), solo lo es en potencia. Así, la consideración no habría de ser la misma, lo que no quiere decir que un ser en potencia no sea digno de respeto por nuestra parte, ni por supuesto que eso justifique cualquiera de nuestros actos para con él. Ahora bien, ¿cuáles serían las condiciones de dicho respeto? Esto sería una decisión humana. También lo fue decidir la pareja tener un hijo o no tenerlo, y no consideramos que debamos sentirnos tan mal (como si estuviéramos abortando una vida) cada vez que decidimos posponer tener un hijo juntos. Es también una decisión personal siempre, sobre todo, porque no hay una respuesta clara y unívoca, ni desde el punto de vista psicobiológico, ni tampoco ético. Ahora bien, no cualquier decisión es igualmente válida que todas las demás. Veamos.

¿Mi decisión vale igual que cualquier otra? Esta salida relativista en muy propia de nuestro tiempo. Pero lo cierto es que, aunque, mi decisión sea mía (y siempre ha de ser mía, si soy “mayor de edad” en sentido kantiano), no se juzga mi decisión, sino las razones que la sustentan y mi capacidad para considerar otras razones diferentes a las mías. Y aquí sí que sería preferible (para mi propia evolución moral y de la sociedad en que vivo y para la convivencia pacífica) que nos pusiéramos de acuerdo en unos mínimos, ya que no es posible en todo, ni siempre, un consenso sobre máximos, donde todo esté perfectamente detallado. (Ni tampoco sería muy deseable, a partir de la experiencia histórica que compartimos). Entonces, una posible salida universalizable al problema podría ser, en mi opinión (en este momento en que escribo): desde el punto de vista individual, dejarlo como una decisión personal y de las personas directamente implicadas (cuanta más lejanía al hecho biológico mismo, menos peso, por tanto, la mujer, en principio, tendría más peso que  nadie); y desde el punto de vista social, proponer unos mínimos que limiten posibles abusos o carencias inaceptables (según consideremos entre todos) de los protagonistas primeros de la decisión. Así que si jurídicamente se establece, en base a un principio ético universalizable mínimo, que “todos nosotros” pudiéramos compartir, unos plazos y unos supuestos razonables para el derecho legal a abortar un embarazo, no parece demasiado descabellado. Quedando claro que el criterio sería legal y nada dice de mi capacidad ni decisión moral individual bien informada. Sólo me pone un límite razonable, pero yo siempre quedaría libre sobre cómo ejercerlo, o incluso si decido no ejercerlo, para abortar o para no abortar. Ahora bien, no impido así, ni obligo a, que los demás puedan ejercer sus propias decisiones morales también libremente.

Desde mi punto de vista, el grueso de la discusión social y legal debería referirse a dichos límites mínimos (plazos y supuestos), y no si se debe abortar o no. Y esta discusión va más allá de un partido político o una determinada ideología religiosa o contra religiosa. Es algo de todos, más allá de lo que yo haría si me encontrara en la situación de abortar o no, o de si lo puse en mi programa electoral. No se trata de reformar o no (para aprovechar e imponer mi propia perspectiva), sino qué reformamos y cómo, si queremos reformarlo. Y si no hay un consenso social mínimo sobre ello, nadie tiene derecho unilateralmente a reformar nada, ya que luego afecta a mi vida privada y a mis propias decisiones morales.

domingo, 19 de mayo de 2013

El mito de los tres géneros humanos

Hace mucho, pero que mucho tiempo, los seres humanos no eran como son ahora. Había tres géneros de personas, uno masculino y otro femenino, pero había también un tercer género que era común a estos dos. Aunque ya ha desaparecido, nos queda todavía su nombre: andrógino, pues compartía la forma y el nombre de ambos géneros, el masculino y el femenino. Un nombre que ya no gusta mucho recordar. Además, la forma de cada persona era redonda, con la espalda y los costados en círculo; tenían cuatro manos e igual número de piernas que de manos, dos caras perfectamente iguales sobre un cuello circular, que formaban una sola cabeza mirando en direcciones opuestas, con cuatro orejas, dos órganos sexuales y todo lo demás como uno puede imaginarse según lo dicho hasta este momento. Caminaban también derechos como ahora, en cualquiera de las dos direcciones que quisieran. Y cuando deseaban correr velozmente, hacían como los acróbatas, que dan volteretas circulares hasta quedar de pie; y así marchaban rápidamente haciendo girar sus ocho piernas en círculo. Los géneros de personas eran tres porque lo masculino era originariamente descendiente del sol, lo femenino de la tierra y de la luna el que participaba de ambos géneros, pues la luna también participa de ambos astros.

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miércoles, 17 de abril de 2013

"La humanidad está por hacer"

In Memoriam.
Gracias José Luis Sampedro.


Creo en la Vida Madre todopoderosa.
Creadora de los Cielos y la Tierra.
Creo en el Hombre, su avanzado Hijo
concebido en ardiente evolución,
progresando a pesar de los Pilatos
e inventores de dogmas represores
para oprimir la vida y sepultarla.
Pero la vida siempre resucita,
y el hombre sigue en pie hacia
el mañana.
Creo en los horizontes del espíritu,
que es la energía cósmica del mundo.
Creo en la Humanidad siempre ascendente.
Creo en la Vida perdurable.

José Luis Sampedro.



sábado, 16 de febrero de 2013

El desarrollo moral

La moralidad, como otras capacidades humanas, se puede desarrollar más o se puede desarrollar menos (Kohlberg):

Estadio 1: Heteronomía
             El comportamiento se rige por factores externos: conseguir un premio o evitar un castigo. Si sabes que no te van a descubrir, no hay motivos para dejar de hacer algo que te gusta o que persigues. (Si no te pillan no has hecho nada). Es el estado normal de los niños hasta los seis años aproximadamente, pero hay adultos que pueden estar toda su vida instalados en este estadio. Es el caso típico de los delincuentes que sólo los frena el temor a un castigo.

Estadio 2: Individualismo
             El niño a partir de los cinco años comienza a descubrir que hay normas y reglas de juego. Y en este estadio ya no se cumple la norma por temor a un castigo, sino que comienza a actuar por egoísmo o interés propio: de lo contrario no le dejarían jugar a lo que le gusta jugar o hacer lo que quiere hacer. Descubre a la vez la ley del Talión (“ojo por ojo…”): actuar por reacción, se hace a los demás lo que nos hacen; se hace lo se suele hacer, lo que es normal hacer, para que a mí también me lo dejen hacer. Normalmente dura hasta la adolescencia, pero hay muchos adultos que actúan según este mecanismo: respeto si me respetas, no miento si no me mientes, llego puntual al trabajo si los demás también lo hacen, no robo si tú no robas…

Estadio 3: Expectativas interpersonales
             En este estadio se comienza a descubrir la importancia de la afectos, aunque muchas veces se actúa para agradar a los demás y ser aceptados. Hacemos lo que se espera de nosotros. Se guarda lealtad por afecto y por el deseo de ser queridos, no tanto respecto al contexto familiar sino al grupo de iguales. Para pertenecer a un grupo extrafamiliar se hace lo que ellos nos pidan, y los límites que se ponga a esta exigencia depende de lo firmemente que se haya superado el estadio anterior. Aproximadamente hasta los veinte años, y muchos adultos posteriormente, todavía nos dejamos llevar —más o menos fácilmente— por lo que hagan otros, los modelos predominantes en la sociedad o en el grupo en que nos movemos frecuentemente.

Estadio 4: Responsabilidad y compromiso
             En esta fase comienza la autonomía moral. Los jóvenes a partir de dieciocho o veinte años —los más maduros con menos edad incluso— ya tienen la capacidad para actuar siguiendo compromisos adquiridos con otras personas. Ahora se cumplen las obligaciones libremente contraídas por autorresponsabilidad, no por interés egoísta o por quedar bien. Si otros no son responsables para hacer lo correcto, no se imita su conducta. Ahora bien, sólo se hace aquello a lo que uno se ha comprometido, no más; y se limita a su círculo social más cercano, su familia, sus amistades, sus conocidos, los de mi país, el resto “no es mi problema”. En esto está una gran parte de la población, a pesar de que todavía se puede desarrollar más profundamente nuestra moralidad.

Estadio 5: Contrato social
             Aquí se comienza a tomar conciencia del mundo: “todos tienen derecho”, no sólo mi familia, mis amigos, mi ciudad, mi país, mi cultura… Tienen derecho a una vida humana, por lo menos respecto a sus valores más básicos: a una vida digna (alimentación, vivienda, salud, educación) y a ser libres de tomar sus propias decisiones. En el estadio anterior se cumplen las leyes escrupulosamente, pero ahora se considera que puede haber leyes injustas que hay que contribuir a cambiar, si atentan contra la vida o la libertad de las personas.

Estadio 6: Principios éticos universales
             La conciencia moral se amplía ahora a todos los demás valores, sobre todo la igualdad y la dignidad de todos los seres humanos: “todos somos hermanos”, todos necesitamos y buscamos básicamente lo mismo, lo que nos hace humanos. Una de las reglas de oro sería: “hacer a otro lo que no quisiera que hicieran conmigo”. El filósofo ilustrado Kant lo llamó “imperativo moral”: una norma para ser moralmente aceptable ha de poder ser universalizable, es decir, que sea capaz de recoger lo que “todos deberíamos hacer”. La conducta se orientaría ahora por principios éticos universales, como los recogidos en la Declaración de los Derechos Humanos. Sólo algunas personas son capaces de llevar una vida coherente con este nivel de desarrollo moral.

Pregunta:
¿Sabrías decir en qué estadio de desarrollo moral se encontrarían muchos de "nuestros políticos"?