Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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sábado, 16 de marzo de 2019

¿Hay diferentes géneros humanos?

Café Filosófico en Vélez-Málaga 10.6
15 de marzo de 2019, cafetería Bentomiz, 17:30 horas



Heráclito de Éfeso, nuestro campeón antiguo del cambio, llamó la atención, filosóficamente, acerca de la impermanencia de lo que hay. Uno de los aspectos más visibles del mundo con que existimos. Todo fluye continuamente. Pero si no deja de fluir, es que conserva una constante. Este cambio permanente se sucede a un ritmo determinado, y no de cualquier manera. Un orden oculto que sería visible para todo aquel que sea capaz de verlo. Heráclito llamó Lógos a este orden, raíz de toda la lógica, toda la razón, toda norma y regularidad que hemos ido buscando hasta llegar a nosotros, todas las palabras, con las que hemos querido ordenar nuestro mundo diciéndolo. De manera que, si estamos atentos, observaremos cambio y observaremos constancia. Qué es primero, el fluir o el ser, tendrás que experimentarlo por ti mismo viviendo esta vida que vivimos. Y tomar conciencia. Como hicieron los participantes: ¿Qué sería una constante en mi vida?


Nada sucede en vano, decía Aristóteles, todo está enlazado, sólo hay que mirar para poder ver. Y con esto disponéis de una clave extraída del diálogo filosófico, sucedido esa tarde, casi primavera. Si queréis... aclararos un poco con la actual y tan controvertida cuestión del género (humano). Cambio y permanencia, uno y múltiple, realidad y apariencia. Ya los primeros filósofos, antes del dominio de la razón lógica, y luego calculadora, después de arduas discusiones internas y entre las escuelas, nos proponían que todo eso es lo que hay. Lo uno y no-uno, lo otro. Así que, ¿se puede hablar de género entre nosotros? ¿Qué se quiere decir con ello, qué queremos abarcar con la idea de género? ¿Es una idea, es una realidad? ¿Biológica, cultural e histórica? Porque, en las taxonomías de la ciencia biológica, sólo hay un género, el género humano. Porque, si hablamos de géneros, no son hombre y mujer, sino dos categorías del género humano: femenino y masculino, que pueden estar presentes, tanto en hombres como en mujeres, en una proporción determinada. Porque los sexos se dan, pero quizás no se sientan como tales, personal o individualmente, sino que más bien sean una atribución social, uno rol esperado y exigido por la comunidad; para no liarse, para simplificarse, para simplificarnos, para ordenar el mundo con palabras, y yo no perderme; ante tanta diversidad, tanta riqueza que me sobrepasa... Aquellos griegos eran unos adelantados y se sentían mucho más cómodos con la cuestión del género que nosotros. Basta leer el Banquete de Platón y su maravilla en medio, el mito de los tres géneros, del que tenéis un fragmento más abajo, y que os recomiendo su lectura con efusión. Abre la mente clasificatoria adquirida.

Con inteligencia –esa de la que ya se habló en el encuentro del mes de enero– los participantes asumen como propia la necesidad de dedicar el mayor esfuerzo de la discusión a aclarar qué llamamos género, con la esperanza de que esto pueda ir disolviendo tanta incertidumbre y discrepancia, tanta vehemencia y sus vísceras, siempre que se aborda esta cuestión del género, o sus aledaños. No en vano, por poco no se condujo por ahí la reunión..., suerte que no llegó a desbocarse, como es lo habitual, suerte que reinó la inteligencia, la escucha abierta y la contrastación tranquila de ideas y convicciones. Esto fue posible, entonces, gracias a la actitud positiva de los participantes. Y así, están en disposición de ofrecerte una pocas y sensatas conclusiones, que este relator espera que te sirvan de ayuda. Éstas fueron algunas que recuerda:

Que, en términos aristotélicos, primero es la persona (sustancia) y luego viene el género (accidente); que el género se construye socialmente, culturalmente, históricamente, con sus correspondientes roles. Que el género puede verse objetivamente, subjetivamente o intersubjetivamente, y que mucho depende lo que digamos de la perspectiva que adoptemos en un debate; y que, por consiguiente, depende de lo que asociemos a la división por géneros; de ahí tanta discrepancia, que a veces se transmuta en agria discusión. Que la diferencia, la diversidad, la variedad creciente dentro del género, que lo rompe en unos cuantos pedazos, es positiva, es rica, es transformadora. Que el problema –y por eso las reivindicciones de tipo feminista– aparece cuando esas diferencias se vuelven desigualdades, injusticias, relaciones de poder abusivo; ligar las categorías del género a los juicios “superior” e “inferior”. Que debemos estar atentos a la “paradoja de la igualdad para mí”, sin reconocer la igualdad del otro..., ¡no puede ser de otra manera, si es igualdad, que seamos iguales! Lo mismo de igual que te sientes tú, has de sentir al otro..., porque, además, resulta que así se siente el otro. Y un caso práctico, recogido de uno de los participantes: si en el baño de chicas entra un chico aduciendo que se siente chica, ¿debemos aceptarlo con naturalidad? (O viceversa). ¿Qué es lo que debería causarte extrañeza o rechazo, el no conocer a esa persona, o que se sienta como tú con diferentes atributos biológicos? A ver, ahora es tu turno...


En efecto, cada uno de nosotros es un símbolo de hombre, al haber quedado cortado como dos lenguados, dos de uno solo. Por consiguiente, cada uno está buscando siempre su propio símbolo de sí mismo en otro (su otra mitad). Así pues, cuantos seres humanos son sección del ser que participaba de los dos sexos, el que entonces se llamara andrógino, son aficionados a las mujeres, y pertenecen a este linaje la mayoría de los adúlteros; y también las mujeres aficionadas a los varones y las que son adúlteras. Pero cuantas mujeres son de sección de mujer, no prestan excesiva atención a los varones, sino que se inclinan más bien a las mujeres, y de este linaje nacen también las mujeres homosexuales o lesbianas. Y cuantos varones son sección de varón persiguen a los varones y, mientras son jóvenes, como rodajas de varón que son, aman a los varones y gustan de abrazarse y acostarse con ellos; y estos son los mejores de los jóvenes y adolescentes ya que son los más viriles por naturaleza.

domingo, 12 de noviembre de 2017

¿Qué espera de los jóvenes la sociedad?


Café Filosófico en Vélez-Málaga 9.1
20 de octubre de 2017, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



Unas sabias palabras, venidas tanto de oriente como de occidente, nos advierten de la conveniencia de esperar sin esperar. Quiere decirse que la mejor manera de esperar algo bueno del futuro consiste en no mantener expectativas muy definidas, sino más bien concentrar la atención en el presente, pues situarse en un futuro deseado, suele arruinar el futuro que me cabe esperar. La presión interna y egoica para que suceda algo en particular que tanto deseo, me impedirá apreciar las oportunidades del futuro presente, cuando arribe a mi vida. Me pesará excesivamente mi futuro pasado. Una presión que no me dejará vivir aquello que alienta en cada momento, instante a instante. Sobre este fondo sentido se desarrolló el encuentro filosófico que inauguraba la temporada, y también el final de la cuenta de diez cursos realizándose la actividad ciudadana de los cafés filosóficos. Fue la presión que sintieron la mayoría de los abundantes jóvenes allí reunidos en nuestra sede de invierno, la Cafetería Bentomiz, cuando comenzó a hablarse aquella tarde de las expectativas de la sociedad para con los jóvenes, qué se esperaba de ellos. Y hay que subrayar que tales expectativas emergen de las frustraciones, de los miedos, de los deseos de los adultos. Las expectativas surgen en el sujeto que las tiene pero se proyectan en la forma de presión medioambiental al objeto de las mismas, en este caso, los propios jóvenes. Pero, ¿qué tendrán que decir los jóvenes? ¿Cómo percibirán dicha presión social? ¿Será para ellos un amazonas con abundante cuenca fluvial o, más bien, un cauce rígido, unilineal, por el que todo joven habría de transcurrir ineludiblemente para poder realizar su vida satisfactoriamente? Acompáñanos, pues, en este viaje.


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viernes, 29 de septiembre de 2017

La pre-visión política


Todos somos políticos. Ciudadanos. Pero no cualquiera puede ser un político. Ejercer adecuadamente su función y servicio público. Comenzando por la capacidad de retirarse a tiempo y dejar el terreno libre a otros con mejores proyectos. Capacidad que, por consiguiente, ha de ir acompañada de esta otra: reconocer que los demás pueden tener ideas tan buenas como las mías, o incluso, mejores. Ya sabemos que el profesionalismo en la política es una de las desviaciones que mayores males nos procura. Nos detendremos, a continuación, en la necesaria creatividad o capacidad para mirar las situaciones desde una perspectiva nueva, que facilite desarrollos alternativos a una dificultad o problema. Y esto nos hace tanta falta en política... Pero se requiere a su vez altura de miras. Una visión más amplia que la acostumbrada, que permita tomar decisiones en el largo plazo, de modo que no se ahoguen nuestras decisiones, prisioneras del día a día. Así, no parece muy conveniente aplicar en exceso la ley del Gatopardo. Solamente nos valdría durante un tiempo, ese inmovilismo y la conservación de lo que hay, conmigo dentro. El conservadurismo, de izquierdas o de derechas. Tendría los años contados o, como mucho, las décadas. De hecho, no hay nada en el mundo, ni en el universo, que no cambie. Todo cambia y el cambio político es de lo más fácil de comprobar que cambia, y cambiará. Y si todo cambia en esta vida, no es tan extraño que yo cambie -como dice la canción- con la sociedad conmigo dentro. Por esta razón, un requisito mínimo que se le puede exigir, no ya a un político, que de éstos hay miríada, sino a un buen político, es su habilidad en el arte de gobernar las crisis para que se cimente con robustez un futuro social más halagüeño.

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sábado, 31 de diciembre de 2016

Sobre la política y la juventud

Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.2
18 de noviembre de 2016, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



¿Queremos que nuestra democracia sea una verdadera democracia?  Habría de comenzar por el desarrollo de una educación política. Si no sabemos ser ciudadanos y gobernantes, cada uno su papel cuando le corresponda, desarrollado adecuadamente, habrá democracia, pero adulterada o falsa. Si tendemos a politizar la educación -una educación politizada- nos alejaremos cada vez más de la política y de la educación auténticas. Y nuestra democracia no será democrática. Pues bien, de la mano de nuestros participantes en este café filosófico, hablaremos de política y de educación, allí donde es más relevante, la educación política de los jóvenes. ¿Interesa una juventud manipulable? Que no se preocupen, que no sepan de política, que sean ignorantes, sumisos, que pasen de política y permanezcan despolitizados… ¿Interesa esto? ¿De verdad, entonces, nos interesa, vivir democráticamente? ¿O sólo una apariencia democrática? Quédate con nosotros para ver causas y efectos de esta sospecha, y alguna salida razonable...

              

sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre los valores

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Café Filosófico en Vélez-Málaga 8.1
21 de octubre de 2016, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


Repetido el ritual día tras día, la bestia acaba persuadiéndose de que pertenece ya a la especie de los hombres. Pero cuando la liturgia mentalizadora falla, y el sujeto empieza a dudar de ser hombre y de que, por tanto, esa sea su propia ley, es el látigo el que suple la falta de argumentación, es la amenaza de tortura –la “Casa del dolor”- la que “convence” al animal de que es un ser humano, aunque no lo crea.
Adela Cortina, Ciudadanos del mundo

Por consiguiente, la educación sería el arte de volver este órgano del alma del modo más fácil y eficaz en que debe ser vuelto, mas no como si le infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino en caso de que se lo haya girado incorrectamente y no mire a donde debe, posibilitando la corrección.
            Platón, República, VII


                ¿Cuál es el origen de los valores?

            A este cronista de tantos cafés filosóficos le ha llegado la hora retrasada de continuar con su tarea, la de tratar de dar una segunda vida a estos encuentros sin pretensiones, más allá de sí mismos. Este juego de jugar a dialogar. En esta ocasión se afrontó el reto de comprender el origen de los valores, por ver si comprendiéndolos podríamos conservarlos y promoverlos mejor. Una cuestión que atañe sobremanera a la esencia misma del educar. ¿Qué es educar en valores? ¿Inculcarlos, desarrollarlos…? Tendrás que seguir el curso de este relato, si te sientes afectado. Has sido educado o tendrás que educar, así que no sería de extrañar que te sintieras. Al menos, has de saber que ya educas sin querer. Y que tú mismo no paras de aprender, te pese lo que te pese. ¿Crees que puedes cambiar? ¿Es posible llegar a ser otro que no eres? ¿O más bien habrás de partir de la realidad que ya eres para desplegarla todo lo que puedas? Espero que esto sea suficiente para que te quedes un rato con ellos, los protagonistas de este primer café filosófico de la temporada 2016-2017. Harán acto de presencia, entre otros, Aristóteles, Platón y la Isla del Dr. Moreau.

martes, 29 de marzo de 2016

Sobre el machismo

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.6
11 de marzo de 2016, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


¿Por qué hay machismo?


Queda confirmada la tendencia de los últimos cafés filosóficos, que giran en torno a cuestiones ético-sociales. La violencia de género, el acoso escolar, las dificultades de la convivencia… y ahora el machismo. Ya sabéis —los que habéis asistido más veces— que lo que hace filosófico a nuestro encuentro es la forma de producirse y no el contenido, que puede ser cualquiera que interese a los participantes. Tocar el tema de los géneros —y no digamos el machismo— suscita siempre grandes terremotos interiores y en esta ocasión tampoco nos hemos librado: una discusión a veces testaruda, a veces atropellada y cacofónica. Sin embargo, no quedó impedido el que los asistentes afinaran sus capacidades para señalar con lucidez el momento en que el machismo irrumpe socialmente, así como la mejor manera de superarlo, más allá de la habitual dicotomía machismo-feminismo, que nos atrapa y no nos suelta. No nos deja pensar por nosotros mismos; de lo que va un café filosófico.

jueves, 25 de febrero de 2016

Sobre la política y los políticos

Café Filosófico en Vélez-Málaga 7.5
19 de febrero de 2016, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.



¿Qué podríamos hacer los ciudadanos?

            De ningún modo nuestro café filosófico puede quedar al margen de la realidad sociopolítica que nos rodea, como demuestran las últimas ediciones de este encuentro. En esta ocasión pasaron revista la política actual y sus políticos. No ya criticar a la política de los políticos, o resignarse, o renegar de su incapacidad para dialogar de verdad, su poca educación política que les va llevando, casi sin darse cuenta, a caer en los mismos usos y costumbres —con sus acciones y reacciones propias, en la forma de inevitables tics—por muy novísimos que se presenten inicialmente sus planteamientos. No era esa actitud tan común en estos tiempos de la despolítica —por obra y gracia de la mala gestión del ejemplo político— la que nuestros participantes quisieron mostrar, sino la otra muy distinta de ponerse manos a la obra ciudadana por parte de los mismos ciudadanos. Por lo menos, dentro de las limitaciones de un café filosófico; trazar algunas líneas maestras, unas pautas generales orientadoras.

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martes, 15 de diciembre de 2015

¿Qué son y qué no son unas elecciones políticas?


Se nos avecina la próxima cita electoral. Una nueva oportunidad para que el pueblo —todos nosotros— pueda renovar el contrato político con sus representantes. Y ya que convivimos dentro del marco de una democracia representativa —podía ser mucho más participativa—, lo menos que se puede pedir es que nos representen aceptablemente bien. Pero claro, para eso, lo primero es que conozcamos a tales delegados nuestros. No hablamos ya de listas cerradas o abiertas —que también— sino que no sabemos nada de ellos. Desde luego nosotros no los hemos elegido como candidatos posibles¿Qué sabemos de ellos? ¿Qué piensan, qué sienten, qué han mostrado hasta ahora en sus respectivos nichos de origen sociolaboral? Una pregunta sería muy relevante: ¿Tú para qué estás en la política? Y sé sincero, porque luego vamos a comprobar que te conduces como anuncias. ¿Cómo te ves? Al servicio de la comunidad, persiguiendo el bien común, reconociendo cuándo te has equivocado, dando cuenta de tu gestión, marchándote por ti mismo cuando hayas aportado lo que podías… O más bien, para ti la política es un medio para un fin interesado, no general sino particular, propio o de otros. ¿Te gusta el poder? ¿Te gusta tener seguidores aquiescentes? ¿Piensas vivir de esto? Y cuestiones por el estilo que el pueblo podría preguntar —directa e indirectamente— a través de una adecuada estructura y conveniente regulación política de la vida comunitaria.
Uno de los mensajes que más oímos desde hace meses, procedente de todo tipo de partidos políticos al uso: “¡Queremos ganar!”, “¡Vamos a ganar!”, “¡Voy a ganar!”. Pero, ¿qué significa que uno va a ganar las elecciones? ¿No se trataba de tomar buenas decisiones, de lograr que el conjunto de los ciudadanos vivan mejor, que superemos la crisis económica de una manera no demasiado onerosa; no se trataba de salvar a la sanidad, a la educación y a los servicios sociales de los ajustes económicos, no se trata de lograr un crecimiento respetuoso con el medio natural? Si unas elecciones son para ganarlas, ¿quién las gana? ¿Qué gana el pueblo con el hecho de que un partido político determinado gane las elecciones? Este sería un buen síntoma de un partido político “ganador”: que tuviera la valentía y la honestidad de implementar medidas y regulaciones junto a otros partidos políticos porque fueran mejores —preguntando al pueblo siempre que fuera necesario, algo más de una vez cada treinta años—, aunque estas medidas pudieran perjudicarle estratégicamente para mantenerse en el poder todo el tiempo, cuanto más mejor. Por ejemplo, promover un nuevo sistema electoral —casi al otro día de “ganar” las elecciones— en el que un hombre o una mujer sean de verdad un voto.
¿Y cuáles pueden ser nuestras motivaciones para votar una determinada opción política? Muchos creen que votan una determinada ideología, una manera coherente de tratar con el mundo sociopolítico que nos rodea. Otros muchos votan lo que votan por un candidato, el candidato más visible —también mediáticamente— de una lista electoral, el que aparece en los carteles de campaña. Otros votan lo que siempre votan. Muchos no saben qué votar, y de ellos, muchos no acaban votando. Algunos no votan por “principios”: “la política no sirve para nada”, “da igual lo que votemos, siempre va a pasar lo mismo”, “no me gusta ningún partido político, todos son iguales”. Pero en realidad todos, los que votan y los que no votan, lo hacen de entre lo que hay. Y es así también en general. La gente es muy sensata: hace lo que puede dentro de lo que puede. Vota lo que cree que es mejor —a partir de su abundante o más escasa información— en relación a las opciones disponibles. De modo que la gente —pongamos otro caso— no ha sido responsable de la crisis económica que nos atenaza —nunca lo ha sido—, es más responsable quien posee en mayor medida el control de la situación. Y ya sabemos quiénes fueron, por tanto, los responsables y los que han vivido de veras —decenas, cientos y miles de millones de euros— por encima de sus posibilidades; de nuestras posibilidades. Entonces, ¿qué podemos hacer respecto al asunto tan preocupante de la política como se practica en la actualidad? No olvidemos que la política bien entendida es la manera en que hoy los ciudadanos serían capaces de dirigir su destino común, frente a los grandes intereses financieros, corporativos y de las empresas multinacionales. Pues bien, si lográramos subir el listón de la buena práctica política, cada uno votaría lo que decidiera de entre lo que hay —como ahora— pero todos saldríamos ganando. ¿Y cómo elevar el listón de la política? Mediante una profunda reeducación del pueblo, pero también de aquellos que ejerzan la política —como habría de ser— temporalmente. No podemos cambiar el mundo —hacia mejor, claro— si nosotros mismos no cambiamos…, nuestras rutinas y hábitos heredados, nuestra corta visión de la vida comunitaria, coordinando nuestros valores e intereses básicos en cuanto a vivir juntos, convivir. Mucho tenemos que caminar todavía en esta dirección de la buena educación política para que unas elecciones políticas —generales o no— cobren verdadero sentido, su valor pleno.
Hablemos también de los programas electorales. ¿Qué sería de una elección política sin el programa electoralde cada uno de los partidos políticos concurrentes? Obviamente, votamos las propuestas que van a plasmar en la realidad las distintas opciones políticas, las directrices —básicas al menos— que se comprometen a satisfacer tanto de cara a los ciudadanos que les han votado como a los que no. De otro modo, ¿cómo habría de ser? Pues como, de hecho, sucede. La inmensa mayoría de la población electoral ni siquiera lee los programas electorales y, si los conoce en alguna medida, suele ser a través de la exposición —a veces interesada— de los medios de comunicación de masas. ¿Son irracionales los votantes? ¿Tantos, son seres irracionales? No parece probable. ¿Y si no se respetasen con frecuencia dichos programas? ¿Y si se olvidaran, por parte de los partidos políticos, al otro día de haber ganado su —mayor o menor—cuota de poder? Es obvio que las circunstancias de aplicación del programa electoral contratado por la mayoría del pueblo podrían variar, y lo que a priori parecía bueno ahora no lo es. Asimismo, es obvio que se requiere una adaptación a la realidad siempre cambiante y a la singularidad de los casos particulares, siempre imprevisibles e impredecibles. Es cierto. De ahí que, a menudo, los partidos políticos hagan lo que les venga en gana con su parte del contrato social —tienen la excusa perfecta—. De ahí que la gente no lea mucho los programas electorales y caiga en la red de las promesas voceadas antes y durante la campaña electoral —sabe lo que pasa—.
¡Ay, la soberanía popular, qué pronto se olvida…! Yo soy de un partido político y lo que hemos ganado es nuestro, hacemos de nuestra capa un sayo. ¿Para qué preguntar al pueblo? Representamos al pueblo, ergo¡somos el pueblo! Nuestra decisión es legítima, las urnas nos dieron —en pasado, no se olvide— la potestad para adoptarla. Podemos hablar en nombre del pueblo: esto que yo defiendo es “lo que quiere el pueblo”. Pero, pensemos entre todos: la democracia no puede convertirse en un recurso para legitimar decisiones particulares. Las decisiones serán legítimas o no lo serán, pero no lo serán más porque las tome el partido ganador en las anteriores elecciones. La soberanía del pueblo es inviolable e inalienable (Rousseau). Nadie puede apropiársela. Y la única manera de no alejarse mucho de dicha voluntad popular es preguntándole a ella misma, renovando la pregunta una y otra vez. ¿Qué tendrá que ver un puñado de votos pasados —sean miles o millones— con la adecuación de las decisiones? Por otro lado, ¿qué significa que no haya votado un amplio porcentaje de la población? Menos de un sesenta por ciento ya sería una cuestión para reflexionar seriamente. ¿Realmente podría ser válida una votación con menos de la mitad de participación del censo electoral? ¿No debería esto sólo llevarnos a indagar qué está diciendo el pueblo a través de esta actitud abstencionista, con su silencio? La democracia se construye socialmente y todo lo que se construye, puede destruirse —o al menos decolorarse o adulterarse—. Y también, por consiguiente, lo que ha sido socialmente construido puede reconstruirse socialmente. La democracia necesita cuidados exquisitos, tantos como necesita cualquier otra relación humana. Y no dar nada por supuesto ni por ganado de una vez para siempre, sino una renovación permanente, corrigiendo y autocorrigiéndose, una vez tras otra. Ya sabemos que la democracia no es un sistema perfecto, pero sí es perfectible, si queremos. Todos nosotros. ¿Qué quieren ellos, los partidos políticos?
Leer más en Homonosapiens | ¿Qué es vivir en democracia?

jueves, 23 de julio de 2015

El gobierno a favor del pueblo (II): ¿Aprenderíamos algo de la vieja democracia ateniense?

El gobierno a favor del pueblo (II):  la herencia de Grecia

¿Estaríamos dispuestos a aprender algo de la vieja democracia ateniense? Por allí también se cocían habas. Hubieron tiempos de discordia, en donde la existencia de una oligarquía dominante —que desde siempre la ha habido— provocaba graves desigualdades que desembocaban en serias hambrunas y revueltas sociales. El suelo cultivable —los recursos— estaba en manos de unos pocos, y los más desfavorecidos junto con sus hijos podían ser esclavizados por los ricos —de una manera u otra—, pues al final tenían que responder del endeudamiento con su propia persona. Eran los tiempos previos a Dracón (621 a. de C.), quien introdujo las primeras leyes escritas, y después también. Lo que había cuando intervino Solón (594 a. de C.), el mediador (diallaktés) que, según nos cuenta Aristóteles en su Constitución de los ateniensesluchaba y discutía contra unos y otros, o bien, a favor de unos y otros, y los exhortaba a que de mutuo acuerdo cesaran la philonikía, el deseo de ganar siempre a toda costa, el gusto por el enfrentamiento y la rivalidad, provocado por el amor al dinero, la avaricia y la arrogancia de los ricos. Así fue capaz de prohibir los préstamos sobre la libertad de persona y condonó las deudas privadas y públicas que llevaban a la pobreza y a la servidumbre (“descargas”), teniendo en cuenta el bien común y la salvación de la ciudad. En lugar de hacerse tirano, en virtud de su buen predicamento entre pobres y ricos, cargado de sensatez, plasmó en un marco legal la necesaria corresponsabilidad pública, especialmente cuando atravesaban momentos difíciles.
¿Nos suena de algo todo esto? No es utopía, ya se hizo una vez. Sí pero… Tópico número uno: la democraciadirecta en Atenas fue algo esporádico, efímero, experimental. Sin embargo, duró 186 años de una forma continuada (desde las reformas de Clístenes), o bien, si contamos desde Solón, serían 272 años. ¡No está nada mal! Tópico número dos: la democracia griega solamente es un sistema apto para pequeñas comunidades, no complejas. Puede ser, pero la población de Atenas en el siglo IV a. de C. era de 250/300 mil habitantes y los que tenían derechos ciudadanos entre 30 y 60 mil en el siglo V. Asistían a la Asamblea del pueblo (o Ekklesía) de cuatro a seis mil ciudadanos y se celebraban cada mes o cada semana. ¿Pero no tendríamos nosotros infinitamente más medios que ellos de interactuar y de comunicarnos? Tópico número tres: era un sistema político para ciudadanos ociosos, cuyas tareas realizaban los esclavos. También formaban parte de la ciudadanía reconocida las clases menos pudientes y más laboriosas: labradores, artesanos, pescadores…, y cuidaban exquisitamente de que todos pudieran participar en la vida pública, que era, en aquellos tiempos, como decir en la vida política. Tópico número cuatro: designar a los cargos públicos por sorteo es una práctica ineficaz y aberrante. No obstante, los griegos lo percibían como lo más democrático, integrando así a todos, más allá de si eran ricos, famosos o elocuentes. También, era un modo de prevenir la corrupción y la acumulación de poder, derivada de la profesionalización de los cargos. Incluso, los posibles peligros de este sistema se minimizaban trabajando en equipos de colaboración y aprendizaje mutuo. Es interesante, como destaca Aristóteles, que todos alguna vez puedan “gobernar y dejarse gobernar por turnos”.
¿Y quién tiene derecho a intervenir en la vida pública? Cualquier ciudadano que así lo deseara. Para esta función de ciudadano iniciador de alguna cuestión de interés, ni era examinado previamente ni tenía que rendir cuentas al finalizar su intervención o proceso iniciado por él, siempre que persiguiera el interés general y el bien de la ciudad. Eso sí, no debían estar en suspenso sus derechos ciudadanos; por ejemplo, por atimía (si no tomaba partido un ciudadano en los asuntos públicos o no pagaba sus deudas con la ciudad)El ostracismo, que suponía además el exilio, se aplicaba cuando un ciudadano sobresalía en exceso y se sospechara que podía convertirse en tirano. Pues bien, muy diferente era la situación para los funcionarios o magistrados, que debían rendir cuentas en todo momento, puesto que servían a la gente: un examen previo podía inhabilitarlos y se revisaba con cuidado su labor tras finalizar el cargo, que generalmente duraba un año máximo y, en muchas ocasiones, una sola vez en la vida. Especialmente ocurría con los pocos cargos electosque había (tesoreros y estrategos principalmente), que favorecían a los ricos para que pudieran responder con su patrimonio, en caso de menoscabo de la hacienda o de los intereses públicos. Y aunque la tributación era progresiva, según las rentas de cada uno, los ricos tenían deberes especiales para con la comunidad: si se daban circunstancias extraordinarias debían adelantar un dinero que luego se les devolvía, también dotar completamente una nave trirreme o costear los ensayos y vestuarios de los coros de música o baile de una ceremonia o concurso dramático. Pero tampoco la justicia social quedaba allí descuidada. Según expone Aristóteles en su Política (Libros VI-VII): “Hay una ley que dispone que los que poseen menos de tres minas y están impedidos físicamente para el trabajo sean examinados por el Consejo y que les sean concedidos a cuenta del fisco dos óbolos diarios a cada uno como alimento”. Y esto es sólo un ejemplo.
No sin dificultades fueron pasando los atenienses de la virtud heroica a la virtud política o ciudadana; pero nosotros estamos asistiendo en estos tiempos al acelerado retroceso de la posibilidad de una ciudadanía activa y participativa, y al advenimiento irrefrenable de la figura predominante del cliente, el usuario, el consumidor o el votante, y socialmente, convertidos en deudores de por vida y siervos, las personas y los Estados. Pasividad frente a actividad, comparsas de los grandes poderes político-financieros en lugar de señorío ciudadano.
Imagen | Colina de Pnyx, sede de la Asamblea ateniense (detalle)
Más información | Pedro Olalla, Grecia en el aire (2015)

Publicado en Homonosapiens

viernes, 17 de abril de 2015

El gobierno a favor del pueblo (I): ¿Qué es vivir en democracia?

El gobierno a favor del pueblo (I): ¿Qué es vivir en democracia?

La dēmokratía fue un experimento político efectuado en un momento y lugar determinados, que no se ha realizado nunca más de un modo completo y satisfactorio. La Atenas clásica, en el marco social de la pólis griegaDe ahí que el “gobierno a favor del pueblo” siga siendo hoy día una idea revolucionaria. Es cierto que la democracia ateniense de la antigüedad posee carencias y graves limitaciones, percibida en su conjunto desde nuestra propia comprensión actual. Pero vayamos a recoger sus frutos, no vayamos a anclarnos en el pasado. Tratemos de estar aquí y ahora.
 ¿Puede haber democracias, que siendo democráticas, sean injustas, corruptas o falsas? Nos afecta mucho la pregunta puesto que, orgullosos y a veces ingenuos, proclamamos que vivimos en democracia. Es necesario, a la altura de nuestro tiempo, afinar un poco más. Para comenzar, tomemos un punto de referencia constitutivo: el Discurso fúnebre de Pericles, tal como nos lo trasmite Tucídides en sus crónicas de la Guerra del Peloponeso (Libro segundo, 37).
 Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos. En cuanto al nombre, puesto que la administración se ejerce a favor de la mayoría, y no de unos pocos, a este régimen se lo ha llamado democracia (traducción de Antonio Arbea).
 La traducción del término dēmokratía —según las fuentes consultadas— oscila desde la consideración habitual de un “gobierno de muchos” a un “gobierno al servicio de muchos”. La diferencia es crucial, pues daría inicio a dos concepciones alternativas: la democracia que históricamente hemos ido contemplando, una democracia en la que el poder lo ejerce la soberanía popular a través de sus representantes; o bien una democracia en la que se gobierna al servicio de los intereses de la mayoría, lo mejor posible hacia el bien común, lo ejerza el pueblo más o menos directamente —mucho mejor cuanto más participativa y directa—. Y lo decisivo sería queeste segundo sentido podría valernos de instancia crítica respecto a los desarrollos históricos que se han dado, los diferentes intentos democráticos, actuales y pasados.
 ¡En cuántas ocasiones una traducción desviada ha podido marcar el futuro! Pedro Olalla en su Historia menor de Grecia, recreando el discurso de Pericles, también recoge este segundo sentido del gobierno democrático, en que se gobierna o administra “según los intereses de la mayoría y no los intereses de unos pocos”. Pues bien, de esta manera podemos entender muchas cosas, de antes y de ahora.
 Por eso, Aristóteles nos cifraba las formas genuinas de gobierno que persiguen el interés general (monarquía, aristocracia y “politeia” o democracia moderada), y las distinguía muy bien de otras formas de gobierno corruptas, que persiguen el interés propio, como la tiranía, la oligarquía o la democracia demagógica.
Y tanto insiste Platón, cuando nos ofrece un prototipo de buen gobernante dentro del diseño de su República ideal, basado en las virtudes de la sabiduría y de la justicia entendida como armonía, cuando insiste en la importancia de la buena educación de los mejores, un modelo político en el que el gobierno se ejerce por deber ciudadano y no por el deseo de poder; y que nunca se pierda de vista la finalidad última de todo buen gobierno: el bien común, el amor a la ciudad. O bien, cuando alzaba sus críticas feroces contra la demagogiaal estilo sofista, un “gobierno de los ignorantes”, pues no basta la mayoría para tomar buenas y acertadas decisiones, sino que el gobierno ha de estar basado en el saber y no en la manipulación de la verdad y la realidad por parte de políticos hábiles e interesados que nada tienen que aportar al bien de todos.
 “Lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones, y lo contrario cabe decir del que tenga gobernantes contrarios a esto” (Platón,República, libro VII).
 Pero, ya mucho antes, los griegos llevaban en sí mismos —en su visión de la naturaleza humana— el germen democrático. Ellos ya lo sabían. El ser humano forma parte del Cosmos y su naturaleza sólo puede desplegarse verdaderamente dentro de una comunidad democrática (donde no sólo sea permitido, sino exigido ser persona, como nos sigue recordando María Zambrano muchos siglos después). Porque el griego antiguo no se siente tanto individuo como ciudadano (sin su ciudad, sería un desarraigado, sería “nadie”, aunque esto le valiera a Ulises delante de Polifemo), pues la “palabra pensada” (lógos) le hace ser quien es, un ser limitado que ha de cuidarse mucho de no caer en la insolencia (hýbris) de creerse un dios y llegar a atentar contra el orden natural (phýsis).
 Prometeo, el titán de la humanidad, lo comprendió muy bien, pues lo sufrió en sus inmortales carnes. Y no fueron suficientes las habilidades técnicas —como el manejo del fuego— con que, de un modo filantrópico, equipó Prometeo a los seres humanos para que pudieran sobrevivir. Nos cuenta Platón en su diálogoProtágoras, que los hombres fundaban ciudades para salvarse de la fieras, pero cuando se reunían acababan atacándose unos a otros, se dispersaban y morían. Esto llevó a Zeus a temer por el futuro de los mortales, tanto que envió entonces a Hermes para que les trajera a los hombres “el sentido moral y la justicia”, sin olvidar la amistad. Pero, preocupado y confuso, preguntó a Zeus, entonces, el mensajero de los dioses:
 “¿Las reparto como están repartidos los conocimientos? Están repartidos así: uno solo que domine la medicina vale para muchos particulares, y lo mismo los otros profesionales. ¿También ahora la justicia y el sentido moral los infundiré así a los humanos, o los reparto a todos?”. “A todos, dijo Zeus, y que todos sean partícipes. Pues no habría ciudades, si sólo algunos de ellos participaran, como de los otros conocimientos. Además, impón una ley de mi parte: que al incapaz de participar del honor y la justicia lo eliminen como a una enfermedad de la ciudad”.
 ¡A todos! ¡Las cualidades políticas forman parte de todos por igual! Todos serían capaces de gobernarse a sí mismos, orientándose entre todos hacia lo mejor para todos. De manera que el alumbramiento de losprincipios democráticos —de este experimento socio-político jamás visto— solamente podía acaecer entre los griegosIsegoría: igualdad de palabra; Isonomía: igualdad ante la ley; Isomoiría: igualdad de oportunidades;Koinonía, una comunidad con vistas al bien común.

Más información | El gobierno del pueblo
Imagen| El discurso de Pericles

Publicado en Homonosapiens

lunes, 14 de julio de 2014

¿Necesitamos partidos políticos?

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El pueblo dice: “No, ya estamos hartos de políticos, son todos iguales”. Y lo que quiere decir es que necesitamos otra forma de ejercer la política. Muchos igualan democracia y existencia de partidos políticos. Y esto es cierto a medias. La democracia de veras no se construye con cualquier tipo de partidos políticos. De hecho, también están presentes dentro de regímenes autoritarios. Ahora bien, lacalidad de una democracia puede medirse por la calidad de aquellos ciudadanos que tienen un mayor protagonismo político y que se organizan partidariamente (“los políticos”). Sufrimos un déficit democrático grave si los partidos políticos continúan siendo internamente las estructuras menos democráticas que tenemos. Habitualmente son estructuras de poder para obtener y organizar el gobierno de las cosas del pueblo. Pero resulta que todos los partidos políticos, sean de izquierdas o de derechas sonconservadores. Buscan conservar el poder a toda costa.
Ya estamos viendo cómo el pueblo necesitaba savia nueva, al grito indignado de “podemos”. Y ya sabemos lo que quiere decir esto: una manera diferente de gobernar. La mayoría de los políticos —de años de profesión— han quedado moralmente inhabilitados por acción, dejación o acomodación. Los partidos políticos no pueden ser estructuras de poder dirigidas a conseguir el poder en sí, es decir, para sí mismos y los “suyos”. Cada partido político habría de ser una perspectiva de la vida pública, necesaria y diferente, pero orientada siempre a la consecución del bien común, lo mejor para todos. No su cuota particular de poder ni su persistencia en él. En el juego de los partidos políticos no hay sorpresas ni verdaderas novedades de calado porque adolecen de creatividad. Las respuestas son siempre las mismas. Nuestros políticos son demasiado previsibles. Y esto es peligrosamente sospechoso, ¿no crees?
Algunas propuestas básicas para prevenir los males de los partidos políticos actuales y lograr una mayor calidad democrática pudieran ser éstas:
1) Mecanismos internos de control en los propios partidos políticos para filtrar quiénes son los representantes de sus afiliados y simpatizantes que, llegado el caso, van a tener que ejercer responsabilidades públicas. Así, por ejemplo, la lucha contra la corrupción no es eficaz sólo desde fuera, judicialmente o en las urnas, pues sólo se descubre siempre la punta del iceberg y el pueblo sólo puede votar dentro de lo que hay.
2) Igual que en vida pública en general, integrar con normalidad la renovación permanente de los líderes y de las cúpulas dentro de los partidos políticos. Con períodos limitados y no renovables de su mandato.
3) También una mayor transparencia de sus actividades y su financiación, y no falsa o aparente, para quedar bien, para cubrir la falta de confianza del electorado, sino transparencia interna en la toma de decisiones, como señala Byung-Chul Han.
4) La formación de partidos políticos deben ser un fruto maduro de la expresión del pueblo.Habrían de emerger desde abajo, desde la propia movilización de las comunidades ciudadanas y no como estructuras rígidas y fijas que se organizan y se imponen desde arriba para ejercer el poder de un modo partidista.
5) De ahí que la estructura normativa y burocrática de un partido no debiera nunca impedir la expresión de la discrepancia y la diferencia, sino favorecerla. Aunque es cierto, que no al precio de una completa ineficacia. Diseñar para ello unos mecanismos básicos de organización que no estén reñidos con la evolución y la novedad. Un equilibrio entre creatividad y organización.

Publicado en Queaprendemoshoy