Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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miércoles, 27 de noviembre de 2024

Mi nombre es Khan (2010)

Esta película, deliciosa e instructiva, fue del gusto del público asistente que casi llenaba la sala del Centro de Arte Contemporáneo de Vélez-Málaga. Se les escaparon algunas sonrisas, algunas risas y algunas lágrimas. Esta película de producción india-estadounidense, dirigida por Karan Johar y protagonizada por Shahrukh Khan y Kajol Mukhernee, mezcla sabiamente la comedia, el drama, incluso la tragedia. Se estrenó el 17 de febrero de 2010 y el 14 de agosto detuvieron al actor protagonista en el Aeropuerto Internacional de la Libertad de Newark (Nueva York), precisamente por su apellido, que en la película es objeto de una reivindicación total: “¡Mi nombre es Khan y no soy un terrorista!”. ¡Cómo nos coartan los prejuicios! De esto hablaremos más adelante... Por lo pronto, hay que saber que esta atractiva película ofrece otra perspectiva de los atentados terroristas del 11S, la de las personas que, por ser musulmanes, fueron señalados como sospechosos de terrorismo. De ahí que el argumento presente dos partes bien diferenciadas: las relaciones humanas antes de ese día fatídico y después del mismo. Además, muestra a una persona con Síndrome de Asperger que llega a convertirse, sin pretenderlo, en héroe nacional, quizás, porque él sí estaba conectado con su fondo de humanidad.

El posterior diálogo filosófico (tras el visionado de la película, bastante larga, lo que hizo que el diálogo fuese más breve que en otras ocasiones) llevó a los participantes a adentrarse en el significado de esta cinta a partir de estos tres núcleos temáticos:

a) Los síntomas del trastorno autista de Asperger, que están bastante bien reflejados en la película: el protagonista, Rizvan, es muy inteligente e ingenioso, pero le cuesta expresar sus emociones de manera verbal e interpretar los sentimientos de los demás, comprende los mensajes de una manera literal, es incapaz de llorar, no tolera los colores y sonidos fuertes, ha de seguir unas rutinas muy determinadas... Pero los asistentes fueron más allá de estos síntomas: ¿interpretar literalmente lo que dicen los demás no les ayuda a éstos a conocerse mejor a sí mismos, acerca de sus respuestas o actitudes que han normalizado inconscientemente?, ¿el protagonista no nos da una lección de sinceridad y autenticidad?, ¿no pueden estas personas llegar a convivir con los demás de una manera totalmente satisfactoria?

b) La confusión entre nuestra verdadera identidad y las identificaciones en las que a menudo caemos, origen de muchos de nuestros conflictos y sinsabores, tanto dentro como fuera de nosotros. Nos identificamos (es decir, ponemos nuestra identidad y valor, nuestra verdadera realidad, en algo que no somos: unas ideas o creencias, unos símbolos, unas costumbres, unos objetivos, unas experiencias pasadas, una bandera, una nación, una profesión, una ideología, una religión, un género...) y sufrimos, pues todo lo que le suceda a aquello con lo cual nos hemos identificado, creemos que nos sucede también a nosotros. La madre de Rizvan lo tenía muy claro: solamente hay dos clases de personas, personas buenas y personas malas, pero no en función de su situación social, religión, estudios o apellidos. En el caso del argumento de la película: tener un apellido musulmán equivalía a ser un terrorista.

c) Un último núcleo orientó el diálogo: la búsqueda a toda costa de un culpable de lo que pasa o de lo que me pasa, tan habitual hoy día y quizá, desde siempre (algo humano, demasiado humando que diría Nietzsche). En la esfera pública, especialmente política, está a la orden del día, como se observa a diario. Hay numerosas escenas de la película en donde esto queda patente, sobre todo, después del atentado contra las Torres Gemelas y todo lo que vino después... y nos sigue llegando. En esto también necesitamos una continua y consciente introspección, para mirar en mi vida cotidiana hasta qué punto nosotros mismos nos libramos de esta tendencia humana, demasiado humana: poner fuera lo que anida dentro. Vale.

jueves, 31 de octubre de 2024

La caja de música (Costa-Gavras, 1989)


Comenzamos la segunda temporada del ciclo Cine y Pensamiento (organizado por El Ayuntamiento de Vélez-Málaga, el Centro de Arte Contemporáneo y la Fundación María Zambrano) con la película La caja de música (1989), de Costa-Gavras, protagonizada por Jessica Lange (nominada a un Óscar por su excelente interpretación) y Armin Mueller-Stahl, ganadora de un Oso de Oro en el Festival de Berlín. Una película dura, dramática, no sólo por la temática, sino por cómo ésta se entrecruza en la relación de un padre y una hija, que queda transfigurada para siempre. El argumento transcurre entre EEUU y Budapest, en 1988, once años antes de la caída del muro de Berlín. Mike Lazlo, padre de familia de origen búlgaro, lleva 37 años viviendo en EEUU con una vida hecha de trabajo y dedicación a sus dos hijos tras la muerte de su esposa, hasta que es acusado de crímenes contra la humanidad, cometidos al final de la segunda guerra mundial, al parecer, cuando era miembro de la sección especial llamada “Cruz flechada”, de adscripción nazi, autores de crímenes horrendos, en especial, contra la población judía y gitana. Ann Talbot, su hija, una prestigiosa abogada, siente la necesidad de defender la inocencia de su padre, en la que cree ciegamente. Con el discurrir de la película, vamos reconociendo, en toda su dimensión trágica, una reencarnación del mito de Edipo. Además de los estertores de los regímenes soviéticos de Europa del este, el trasfondo de la película muestra la cruda realidad de las redes de evasión de antiguos nazis por distintas vías, las llamadas ratlines.

El diálogo filosófico, tras el visionado de la película, giró en torno a tres núcleos de discusión: 1) ¿Cómo alguien puede cometer los crímenes a que se refiere el argumento de la película? Se establecen diversas explicaciones entre los asistentes, que conducen a plantear dos cuestiones-clave: el tema desarrollado por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, “la banalidad del mal”, en determinados contextos en los que se pierde la capacidad para pensar por nosotros mismos; y cómo el contexto social, el grupo, determina en demasiadas ocasiones a los individuos, que pueden llegar a realizar acciones impensables fuera de dicho condicionamiento social. 2) ¿Qué hacer con la verdad? En este sentido, a Ann Talbot, abogada e hija, se le plantea un dilema moral que no quisiéramos para nosotros: un viejo objeto, una caja de música, le descubre la verdad sobre su padre, que ya ha sido absuelto en el juicio, pero ¿qué debe hacer, dar a conocer la verdad o seguir adelante con su vida familiar como si nada hubiera pasado y con su vida profesional exitosa? ¿Qué haríamos nosotros? 3) ¿Qué significa conocer a alguien? ¿Cómo juzgar a “los otros”? ¿Nos centramos en lo que han sido o en quienes son ahora? Y salió a nuestro encuentro la distinción fundamental entre comprender y justificar o no poner límites a los demás.

Terminó el diálogo con esta pregunta, que planteó una de las participantes: ¿cómo se puede evitar o prevenir que las personas lleguen a cometer este tipo de actos atroces, o simplemente, inmorales? Nuestra conclusión fue doble: por un lado, puesto que el contexto grupal influye tanto, promover contextos en los que predomine la búsqueda del bien y la verdad y no lo opuesto; una masa crítica en una u otra dirección puede educar o mal-educar a una sociedad entera. Por otro lado, promover la educación emocional de los ciudadanos, no sólo cultural e intelectual, para que puedan conocerse mejor a sí mismos, ciudadanos capaces de tener un criterio propio, como diría Immanuel Kant, capaces de pensar y actuar por sí mismos, maduros, críticos, que vean en el otro a un ser personal y digno, igual que a sí mismos (Rimbaud: je est un autre). Sabemos por experiencia histórica que, para poder matar, explotar, discriminar, masacrar, exterminar... a otros seres humanos, antes hay que proceder a despojarlos de su humanidad. Vale.

miércoles, 19 de junio de 2024

Los últimos días de edén


MEDICINE MAN

Los últimos días de Edén (“Medicine man”, 1992), ha sido la última película de este ciclo de Cine y Pensamiento, organizado por el Área de cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga, con la colaboración del Centro de Arte Contemporáneo y la Fundación María Zambrano. Un ciclo muy atractivo, dado el interés suscitado entre el público de la comarca de la Axarquía. En esta ocasión, esta película, ha resultado algo más ligera que las anteriores, pero no por ello exenta de cuestiones relevantes, dignas de nuestra atención y diálogo, quizás, no tratadas en el film con demasiada profundidad. Transcurre la acción en el corazón del Amazonas, en peligro desde hace mucho, debido a las acciones extractivas (mejor dicho, depredadoras) humanas. Unos datos sucintos: según Greenpeace, desde 1970 se ha perdido una extensión de selva equivalente al territorio de Francia, y esta cifra no para de aumentar cada año, como un tumor maligno en este “pulmón del mundo”; alberga el 10 por ciento de la fauna y el 20 por ciento de la flora conocidas; pero, incluso, lo más grave es la cantidad de nuevas especies sin catalogar que podrían ayudar, siendo antropocéntricos, a salvar a la humanidad, ofreciéndole nuevas posibilidades de curas a enfermedades, como cuenta el argumento de la película. Se pierde mucho si se pierde una especie animal o vegetal; se pierde mucho si se pierde una cultura o una lengua: todo un modo de vida, una posibilidad de vivir de otra manera, como se discutió en el diálogo posterior al visionado de la película, y que referimos a continuación.

John Mctiernan (“La caza del octubre rojo”) dirige esta película, cuyo guión se debe a Tom Schulman (“El club de los poetas muertos”); Jerry Goldsmith puso la música, excelente; los personajes protagonistas fueron interpretados por Sean Connery y por Lorrain Bracco. Tres temáticas, con algunos subtemas, fueron propuestos al concurrido público de cara al diálogo posterior. Veamos:

Los riesgos del contagio biológico y cultural. Desde el punto de vista cultural, esto lo relacionan los antropólogos con los procesos de “aculturación”. Los grupos aborígenes corren este peligro, no sólo por la intromisión de modos culturales occidentales sino por el riesgo real (ya conocido históricamente) de contraer enfermedades mortales, traídas de fuera. Este peligro de la aculturación siempre está presente... y la misma película, al querer mostrarnos estos riesgos, también está contribuyendo a ello (esto no hay que desconocerlo). Además de esta posibilidad de destrucción de las culturas nativas, se nos plantea la paradoja del antropólogo: ¿cuando interactuamos con una realidad cualquiera, cultural en este caso, podemos conocerla tal como es?, ¿no la cambiamos al intentar investigarla? El Principio de incertidumbre de Heisemberg está siempre presente, en todos los órdenes.

Los peligros de la sobre-explotación de los recursos desde intereses económicos (como las empresas multinacionales, madereras, farmacéuticas, en el caso de la película), que acaban primando sobre todo lo demás. Por ejemplo, no sólo se sobre-explota un territorio del Amazonas, sino que, para trasladar sus recursos al norte, hay que construir una carretera, con la consiguiente destrucción del hábitat. Expropiación y destrucción es lo que se le inflige, en un sólo paquete, a las comunidades locales de los lugares donde (por desgracia) existen recursos valiosos económicamente para otros que están lejos de allí. Y aquí surgió un subtema importante para la discusión: el diferente modo de proceder de la ciencia y del saber tradicional: eliminar posibilidades (Karl Popper) de una vez para siempre, si han sido refutadas, o bien, continuar probando, pues son muchos los factores que pueden influir de un modo imprevisto; diseccionar, penetrar, manipular, frente a observar, conservar, respetar; aislar factores, o bien, integrarlos y mirarlos como unidad orgánica. En la película aparece un momento curioso, en el que la doctora limpia las impurezas de un muestra de flores, eliminado también la posibilidad de una resolución satisfactoria del enigma del pico 37 en el espectómetro.

Finalmente, los asistentes dialogaron sobre la trascendencia de la diversidad biológica y cultural, que ya mencionábamos: ¿qué se pierde si desaparece una especie o una cultura o una lengua? Y ya lo dijimos, perdemos alimentos, curas, soluciones a momentos de crisis, aprendizajes... modos de vida. A partir de aquí surgió una bonita discusión sobre nuestro modelo de vida moderno y occidental (que se ha convertido, aparentemente, en el único válido). ¿Qué es progreso? ¿Nuestro modo de vivir es mejor que el modo de vida de una tribu aborigen? Seguro que si tú hubieras estado allí, hubieras tenido muchas cosas que decir. Solamente, un dato: esos pueblos llevan, sin apenas cambios en su modo de vida (comparados con la innovación constante, propia de nuestra cultura occidental) desde hace miles de años. Da que pensar... Veremos... nosotros. ¡Mucha salud y prudencia, que decían los clásicos! Y hasta la próxima ocasión... ¡Abrazos!

lunes, 10 de junio de 2024

LA SOGA


LA SOGA

Basada en una obra de teatro de Patrick Hamilton (1929), La soga (“Rope”, Alfred Hitchcock, 1948) fue una obra polémica en su momento, por las sutiles referencias al nazismo y a la homosexualidad, y también lo fue para los asistentes de esta sexta edición del ciclo Cine y Pensamiento, organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga, dada la animada discusión a que dio lugar... Toda obra de arte auténtica nos plantea verdaderas cuestiones que siempre nos atañen. Lo veremos ahora. Pero conviene reconocer de antemano dos peculiaridades de esta película: la primera, que toda la película está filmada en un falso plano-secuencia, dada la longitud de los rollos de la época, pero que en todo momento se nos aparece como si fuera verdadero, gracias a la pericia de su director; y la segunda, que se sabe desde el primer plano “quién ha matado a quien”, pero ello no le resta nada de intriga o de suspense. Esto era muy capaz de lograrlo Alfred Hitchcock, poniendo a su servicio la capacidad empática del observador. ¿Serán descubiertos los asesinos? ¿Abrirán de una vez el arcón donde se oculta el cadáver?

Pero a nosotros nos interesa descubrir las preguntas latentes, debajo de lo que estamos viendo, y poder filosofar sobre ellas, planteándolas de un modo consciente y lúcido. Desde las imágenes, a través de ellas... Uno de los protagonistas (interpretado por James Stuart) ha sido profesor (¡de filosofía!) de los ejecutores del crimen “perfecto”, que defendía “el asesinato como privilegio de unos pocos” y afirmaba aprobar el crimen, de una manera exageradamente irónica... Pero, claro, ¿era capaz su alumnado, todo su alumnado, de captar tal ironía y excentricidad crítica de tal método de enseñanza? Esto nos plantea el tema de la responsabilidad del educador, acerca de los contenidos y de los modos de transmitirlos. Además, ¿debe un profesor o maestro o educador, en general, mostrar sus propias creencias o su ideología a su alumnado? ¿Debe dar respuestas o hacer preguntas, hacer pensar? Fue uno de los objetos del diálogo de aquella tarde.

Relacionado con lo anterior, la película plantea una cuestión más profunda: las ideas son lo más peligroso. Los seres humanos actúan de acuerdo a sus ideas, lo que produce consecuencias en la práctica. De manera que si las ideas son inadecuadas, su puesta en acción puede llegar a ser dañina o peligrosa. Sabemos por experiencia histórica que cualquier actuación puede llegar a justificarse racionalmente... Por eso, el filósofo de la ciencia y de la política Karl Popper, insistía tanto en la necesidad de realizar constantemente un análisis crítico de nuestros pre-juicios. Según él, incluso ésa debería ser la función de la filosofía. Además, es muy importante saber que las ideas nunca mueren... y pueden reaparecer en cualquier tiempo o contexto. Todos podemos traer a la mente ejemplos actuales que nos preocupan. Y, por último, las son fácilmente manipulables o interpretables... una idea es una fina línea por la que es fácil despeñarse, y el filo de la navaja volverse funesto.

Esto lo sabía muy bien Friedrich Nietzsche. Pero también lo ha sufrido su filosofía: la mala interpretación de sus ideas. Cierta interpretación protofascista ha deformado en demasiadas ocasiones su obra, desde que su hermana se hizo cargo de su legado. Y esto lo recoge nuestra película. Ese tópico. Expresiones nietzscheanas como “más allá del bien y del mal”, “voluntad de poder”, “moral de esclavos y moral de señores” o su doctrina del hombre superior o “superhombre”, se ha tomado a veces como una excusa para justificar el dominio de unos seres humanos sobre otros, a través de un supuesto derecho de los más fuertes respecto a los más débiles. Precisamente, de esta manera defendían los asesinos en la película su crimen. Sin embargo, Nietzsche relacionaba la superioridad con una superioridad espiritual, afirmadora de la vida, con todo lo que ésta conlleva de placer o de sufrimiento. Una actitud trágica, muy consciente, de aceptación de lo que hay; amor fati, que decía. Sin embargo, y como ejemplo, es necesario saber, para interpretar adecuadamente sus doctrinas, que las figuras del artista creador y del niño son las que mejor representan aquella idea de un “hombre superior”, que es fiel a sí mismo y se ha emancipado del sentimiento aplastante de la culpa (que no es lo mismo que la responsabilidad).

Entonces, ¿quién es un ser superior? ¿Quién es el débil o encarna la debilidad humana? Así, el grupo de personas asistentes (bastante numeroso) que se quedaron a dialogar sobre las implicaciones filosóficas de la película, establecieron dos tipos o niveles de “superioridad”: una superioridad material o externa y una superioridad espiritual o interna. La primera, busca sentirse fuerte a través del dominio de los otros, a los que previamente ha de considerar débiles; una necesidad convertida en resentimiento. En el fondo, se siente débil, pero él no lo sabe o se oculta detrás de la fuerza o el sometimiento de los demás (o los que puede). Todos conocemos ejemplos de esta actitud, si lo miramos con atención: el tirano, el acosador, el maltratador, el explotador, el discriminador... que se ha investido a sí mismo de fuerza y de supuestas razones. El segundo tipo de superioridad, está basada en la nobleza o grandeza interior, en la autosatisfacción, en el autoconocimiento. Una autosuficiencia que no necesita ni depende de lo exterior. Ya es, y se siente, fuerte y seguro. Así es como lo blando vence a duro y lo flexible vence a lo rígido, dice el Tao. Esto nos lleva a tomar conciencia de que no sólo la víctima, sino también el verdugo, necesita ayuda (además, comprendemos mejor los casos en los que la víctima se ha convertido en verdugo). En fin, que nuestro profesor de filosofía (que también era humano, demasiado humano) comprendió lo que había hecho (o lo que había provocado), de una manera dramática en La soga. Salud y buenas ideas, y que también lo sean en la práctica.

viernes, 24 de mayo de 2024

El nombre de la rosa



EL NOMBRE DE LA ROSA (1986)

La mayoría de los asistentes a esta quinta sesión del ciclo Cine y Pensamiento, organizado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Vélez-Málaga y la Fundación María Zambrano, había visto la película... y habían leído la novela de Umberto Eco (1980), en la que se basa. Pero allí no estamos solamente para ver una película, sino para dialogar sobre ella, a partir de ella, desde ella y desde nuestra propias experiencias actuales. Esto también es necesario, muy necesario. Por eso, quizás, la sala estaba tan llena. Umberto Eco escribió una gran novela y Jean-Jacques Annaud realizó una gran película, tanto monta...

Hay dos maneras básicas de ver esta película: atentos a su trama de suspense y detectivesca, situada en la baja Edad Media (en 1327 transcurre la acción, en una abadía benedictina del norte de Italia; un Cherlock Holmes y un Dr. Watson medievales), o bien, como el choque de dos visiones o culturas contrapuestas: por un lado, un mundo que agoniza y muestra las contradicciones y absurdos a que llega en su degeneración; y la otra que emerge llena de fuerza, crítica y orgullosa, segura de sí misma y de sus posibilidades, la Modernidad, de la que somos herederos. En la trama, esta última visión del mundo estaría representada por los personajes Guillermo de Baskerville (muy posiblemente el teólogo y filósofo Guillermo de Ockham en la ficción, interpretado por Sean Connery) y su discípulo Adso (interpretado por un joven Christian Slater). La visión medieval, decadente, estaría representada por el resto de personajes, los monjes de la abadía (caracterizados de un modo grotesco tanto en sus rasgos físicos como psicológicos), especialmente el venerable Jorge.

Queda claro, entonces, que se trata de una época de crisis, como sucede siempre que algo acaba y algo comienza. Y así fue el siglo XIV, un siglo de crisis. Veamos algunos aspectos de esa crisis: desintegración del Imperio germánico, heredero del Imperio romano; división en el seno de la Iglesia (Cisma de Avignon, con Juan XXII, discusiones teológicas, por ejemplo, sobre la pobreza o no de Cristo y de la misma Iglesia); luchas entre el Pontificado y el Imperio, lo que supone el final de la armonía entre el poder civil y el religioso, así, el emperador (Luis IV, Sacro Imperio romano) en la película ayuda a Guillermo contra el Papa; crisis económica, el hambre y las epidemias que asolan Europa; y una crisis de valores terrible, que se muestra en el surgimiento con fuerza de herejías (p. e. los Dulcinistas), nuevos cultos como la brujería, la magia, el terror apocalíptico y, como consecuencia, una Inquisición que se vuelve más represiva. Pero, veamos rápidamente algunos de los elementos principales de este choque de culturas:

1) Frente a las explicaciones de tipo sobrenatural, ahora se tratan de buscar explicaciones más naturales o racionales a los sucesos (así, Guillermo pretende explicar las muertes que se producen en la abadía sin “suponer anticristos”. Así, comienzan a predominar métodos como la inducción y la observación. Hay muchos ejemplos en la película: cómo localiza Guillermo los urinarios, cómo descubre que ha habido un muerte reciente, cómo investiga la causa empírica de las muertes, los indicios, como las huellas en la nieve...

2) El uso de instrumentos de medición u observación (astrolabio, sextante, que se ocultan con la entrada del señor Abad al principio de la película, las lentes de aumento, que regalará a Adso, cuando se separan sus vidas; no en vano la ciencia moderna comenzó por resolver problemas prácticos (y un buen ejemplo es Leonardo da Vinci, prototipo de hombre renacentista).

3) El hermetismo medieval del saber: el saber es peligroso, “la duda es enemiga de la fe”, “la soberbia de la razón”, todo ello simbolizado en la biblioteca de la abadía, que es una fortaleza (los libros están bajo llave, vigilados constantemente, inaccesibles, prohibidos... la biblioteca es también un laberinto, diseñado para que se pierdan los intrusos). Frente a todo ello, la visión moderna del saber como algo al alcance de todos, y que lo recibido de la tradición incluso puede ser cuestionado, y si es aceptado, que sea críticamente.

4) La fe necesita del miedo al diablo, a la condenación, frente a la concepción moderna de la fe como convicción personal y no opuesta a la razón (autonomía de la fe y de la razón, que defenderá Guillermo de Ockham en su filosofía-teología).

5) La defensa de la ausencia de progreso en la historia del saber; el saber es una sublime recapitulación, en donde lo esencial nunca cambia (pensamiento tradicional) y no una investigación de novedades; frente a eso, la defensa de la idea moderna del progreso y que lo nuevo es mejor...

6) El desprecio de lo más “humano”, el cuerpo, los afectos, los sentidos, lo sensual; por contra, la revalorización del cuerpo y de lo sensual, así, este mundo ya no es visto como “un valle de lágrimas”.

7) La misoginia cristiana: “más amarga que la muerte es la mujer”, “la mujer es fuente de pecado”, se dice en la película; Guillermo, sin embargo, sugiere que la mujer también posee dignidad y puede llegar a ser virtuosa, igual que el varón, así como también destaca “lo insulso de la vida sin el amor”.

8) El tema de la risa, central en la trama, relacionado con la ocultación del segundo libro de Poética de Aristóteles, cuyo último ejemplar se encontraría en esta abadía; el espectador tendrá que descubrir por qué es tan peligroso este libro y es tan importante ocultarlo a toda costa.

En fin, que los asistentes al diálogo podían aprovechar la ocasión de la película para contemplar algunos aspectos básicos de los orígenes de nuestro modo de entender y de pensar, pero además, poder empezar a ser autocríticos con nuestra propia época, como lo han sido, por ejemplo, autores como Jürgen Habermas, y con él, toda la Escuela de Francfort. Es decir que, con el correr de los siglos, podríamos estar en disposición de revisar una visión oscura, o simplemente retrógrada, de ese período de nuestra historia, la Edad Media, y percibir de una manera más crítica nuestro propio mundo: ¿todo nos ha ido bien, desde entonces, con esa visión moderna que se abrió con el llamado Renacimiento? El moderador del diálogo puso sobre la mesa una serie de cuestiones, a raíz de la película, sobre las que discutieron y que se recogen aquí para ti, lector, quizás, para propiciar el que seamos nosotros un poco más conscientes y lúcidos, si cabe, en esta época nuestra de crisis también: ¿Lo nuevo es siempre mejor? ¿La idea de progreso, llevada a la práctica históricamente, nos ha hecho mejores? ¿Nos hemos dejado algo por el camino, al convertir el saber y cultura en objeto de consumo masificado? ¿En nuestros días, es posible que hayamos sobrevalorado el cuerpo, lo sufrimos? ¿Debemos reírnos de todo y de cualquier manera? ¿Hemos sido soberbios, nuestra razón lo ha sido, es decir, hemos creído saber/poder más de lo que sabíamos/podíamos?

sábado, 11 de mayo de 2024

Doce hombres sin piedad

La persona que ha participado en un diálogo auténtico o verdadero sale transformada (en algo o en todo) para el resto de su vida. Sucedía con los interlocutores de Sócrates que hacía desfilar Platón por sus Diálogos, y sucedió con los personajes de la siguiente película que, poco a poco, va ampliando este ciclo de Cine y Pensamiento: Doce hombre sin piedad (1957). Doce hombres airados o enfadados, como dice la versión original (“12 angry men”). Después veremos por qué. Así lo apreciaron también los asistentes, numerosos, aquella tarde en el CAC de Vélez-Málaga. El animador del encuentro cinéfilo-filosófico le ofreció esta clave, que ellos y ellas podían luego confirmar o rebatir en el diálogo tras la película: percibir allí una genuina experiencia de transformación personal. La película –muchos la recordaremos por la versión de Estudio 1 de RTVE, aquel mítico programa de teatro que añoramos– está dirigida por Sidney Lumet, a partir de un guión para televisión de Reginald Rose; candidata a tres premios Óscar, ganadora de un Oso de oro y situada en el top ten de las mejores películas jurídicas.

En clase, con mi alumnado, la utilicé a menudo para ilustrar, de un modo dramático, el problema de la objetividad del conocimiento humano, requisito necesario para poder hablar de verdad, al menos, para poder buscarla con un mínimo de rigor. Nos permite plantearnos esta pregunta: ¿es posible emitir un juicio objetivo sobre la realidad, juzgar de una manera objetiva? Sin caer en un ingenuo objetivismo ni en un subjetivismo acrítico. Porque, aquí, dentro de la trama de la película, hay que demostrar fehacientemente que el acusado es culpable, y si no es posible, si ronda alguna duda razonable, el veredicto tendría que ser el de inocente. No es lo mismo equivocarse en un veredicto de inocencia que en uno de culpabilidad (pues estamos dando paso a una situación irreversible, en este caso, la silla eléctrica). ¿Los testigos pueden equivocarse en su testimonio? Las modernas teorías de la percepción e investigaciones como las de Elizabeth Loftus, muestran que sí pueden, tantas veces... Factores internos como los prejuicios, los resentimientos, los deseos, los desengaños, los odios, las expectativas..., o bien, factores externos, como la excesiva temperatura ambiental, la social o la del termómetro (como en la película, un bochorno insoportable), los roles, las creencias, los estereotipos, los hábitos... sociales; todo ello puede nublar, y hasta arruinar, nuestra pretensión de objetividad. Porque no es suficiente dar razones, sino que han de ser buenas razones, según Platón, para que una afirmación sobre el mundo pueda llegar a mostrarse verdadera. De ahí que no debamos confundir, como en tantas ocasiones nos sucede, la opinión con la verdad.

Un segundo núcleo de problemas nos plantea en su fondo la película: el problema de la identificación. Entender bien esto nos ayuda a ser un poco más objetivos. Identificación quiere decir: confundirme con mis cosas, lo recogido en mis argumentos (mis ideas, mis creencias, mis hábitos, mis símbolos...). Ser uno con ellas, ninguna diferencia: yo soy mis cosas. Y, entonces, ¿qué acontece cuando algo le afecta a “mis cosas”? Pues, que soy yo el afectado. Por eso están tan enfadados muchos de los personajes que tratan de deliberan juntos en la sala cerrada del jurado. Pero yo no soy eso, como nos enseñan los grandes maestros de sabiduría orientales y occidentales, y nosotros lo podemos experimentar en nuestra vida, si estamos atentos. Esos personajes están sufriendo (al identificarse con lo que han vivido en sus vidas) y lo muestran airadamente: ¡el chico (el acusado) es culpable!, y si alguien (como el personaje de Henry Fonda en la película) pone en cuestión lo que digo, entonces, me está atacando a mí. ¿En cuántas ocasiones somos testigos de este tipo de reacciones?

Pero aún podemos ahondar un poco más en nosotros mismos, a través de lo que nos plantea la película: ¿cómo podemos sacudirnos esas cargas que hemos ido incorporando a lo largo de nuestra vida, esas experiencias negativas o incompletas que hemos padecido? ¿Cómo llegar a ser unos espejos más limpios, de manera que podamos reflejar más fielmente la realidad? Con mucha claridad podemos, como hicieron los participantes del diálogo allí presentes, intuir qué personajes de la película son vehículos más limpios de sus juicios o razonamientos, es decir, que se identifican menos con sus argumentos y son capaces de desprenderse de ellos más fácilmente, si se muestran débiles o inaceptables; y, del mismo modo, qué personajes se muestran más recalcitrantes, más reacios a acometer esta tarea crítica (o mejor, autocrítica). Recordemos que para ser críticos, primero tendríamos que ser auto-críticos. Llegar a ser más objetivos y críticos requiere, entonces, todo un trabajo personal de autoconocimiento. Por ello, la cuestión central que plantea la película, como decíamos, es la siguiente: los personajes salen de la sala transformados (cuando amainó la tormenta, la atmosférica y la interior). Ya no serán los mismos. Si sus actitudes habían cambiado, lo harían en adelante sus argumentos... y su vida entera. Probad vosotros, entonces, a ver la película de un modo consciente y mirad luego si no os ha transformando también en alguna medida. Es lo que suele suceder en el diálogo que nos proponen las buenas obras de arte. Salud.