Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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jueves, 16 de junio de 2022

Sobre el perdón

 

Café Filosófico en Castro del Río 5.6

10 de junio de 2022, Mesón-Cafetería La Solera, 18:00 horas

Lo que llamamos perdón no es nada más que la restitución a la ley de la unidad. Perdonar quiere decir amar, quiere decir estar en el orden de la unidad. El amor no es nada más que la conciencia de unidad. (…) Al volver a esa visión de unidad, se elimina esa conciencia separativa y de oposición, en la que yo trato de vivir “a expensas de” los otros. (...) Por tanto, el perdón es volver a la visión real y correcta, es la restitución al amor.

Antonio Blay

En este último Café filosófico de la temporada estrenábamos local, extraordinario por su solera en Castro del Río, y por sus caldos propios, de origen Montilla-Moriles. Pedro Herencia ha regentado esta taberna, ahora mesón y cafetería desde 1999, durante varias décadas... Ahora sus hijos continúan la tradición y son ya varias generaciones. Pues bien, en su precioso y acogedor patio, a pesar de la alta temperatura exterior, pudimos estar muy a gusto, hablando sobre el perdón. Pero antes, el moderador del encuentro tuvo a bien preguntar a los participantes algo en relación al Taller de filosofía que se celebraría el siguiente lunes en la Biblioteca municipal.

¿Cuál es tu actividad cotidiana que más disfrutas? ¿Qué te mueve a realizarla? ¿Qué te aporta? Y, como de costumbre, los ya veteranos participantes, ellos y ellas, desgranaron para nosotros sus inquietudes. Vivir lo no vivido a través de la lectura. Salir y hablar con la gente que me puede aportar algo valioso. Tratar con todo tipo de personas y ser capaz de adaptarme a ellas; cualquier oportunidad es buena para aprender del ser humano. Dar y recibir; ahora prefiero, en esta fase de mi vida, recibir, para poder continuar dando. Caminar, estar conmigo y sin preocupaciones. Disfrutar de mi trabajo, desarrollando mi potencial de cualidades humanas... Ya sólo falta que tú pienses, en tu vida, qué actividades más te llenan y por qué.

Puede que el perdón sea la otra cara del amor... Veremos cómo es eso, de la mano de los participantes. Comencemos por el principio. Algunas preguntas les inquietaban: para perdonar, ¿no debo perdonarme a mí mismo?, si no olvido, ¿estoy perdonando?, ¿qué es perdonar? ¿Se puede perdonar todo? Y se decidieron a atacar la cuestión que afecta al tópico que dice: “perdono, pero no olvido”. ¿Se puede perdonar de verdad, si no olvido? Si aquello que te hizo daño, te continúa hiriendo, ¿dentro de ti, has perdonado? Se abren serios interrogantes. En primer lugar, sobre el sentido de “olvidar”. Y podemos entender el olvido de varios modos: como memoria, si ya no lo recuerdo; emocionalmente, si no me afecta o lo he bloqueado; como inteligencia, si ha pasado por mí la experiencia de forma desapercibida, sin aprender nada. La clave para valorar si he perdonado de verdad es tener muy claro que lo sigo recordando, sí, pero ya no me hace daño porque he integrado la experiencia y puedo revivirla o referirla sin dolor, sin crispación, sin malestar. Olvidar no significa no acordarse, haberlo erradicado de tu memoria, haber puesto un dique de contención al dolor que nos causa la experiencia, ni seguir sin entender nada de lo que me pasó. De lo contrario ni he olvidado, ni he perdonado, aunque quiera de eso convencerme. Como veis, el grupo no se queda en los tópicos. Profundiza.

¿Qué es perdonar? Para empezar, no es una obligación preestablecida. Y, ni se pide ni se concede. Es algo interior, una necesidad interior del que perdona, para consigo mismo/a. No es un favor que se le hace al otro. Responde a una necesidad de paz interior. En este momento, aparece en el diálogo un caso prototípico: la necesidad de perdonar a nuestros progenitores. Haber realizado este trabajo interior (que luego se nota exteriormente) de un modo u otro, satisfactoriamente o no, puede condicionar nuestra vida hasta extremos que, a veces, no somos conscientes. Incluso, podríamos tratar de ver una correlación entre personas que se han reconciliado con sus padres, o personas que no, y cómo viven sus vidas. Se les puede notar mucho. Y pueden vivir muy mal... hasta que se mueren, si no han sido capaces de perdonar de veras. Esto lo podéis observar... El grupo, para eso, te lo indica. ¿Se puede vivir sin perdonar, sin perdonarme?

Pero, vamos a ahondar un poco más... ¿Qué es perdonar? ¿Qué sucede en mí cuando perdono? Entonces soy capaz de ver el proceso, la génesis de lo que me ha sucedido con algo o con alguien, la lógica de las circunstancias en las que tuvo lugar. Soy capaz de ponerme en su lugar, más allá de si me agrada o me desagrada, me convenía o no, o si yo salí mal parado/a. Eso no quiere decir que justifique lo que sucedió ni que tenga que pasarlo por alto (ya hablamos antes de lo que era olvidar). Pero siempre se produce una unión con el acontecimiento, una unificación, hay una transparencia, todo encaja en su sitio, me acerco a lo otro y me acerco a mí mismo/a. ¿Y esto no es lo mismo que comprender? Perdonar, entonces, es comprender. Una forma de aceptación que necesita de la comprensión. ¿Y no puede ser esto lo que llamamos amor? Un acto de amor... Perdonar sería, entonces, un acto de amor. Por eso, los sabios dicen que perdonar no es más que la restitución en la ley del amor, que en el fondo rige el orden existente. Desde aquí (a lo que llegaron nuestros participantes), se pueden extraer muchas consecuencias, para muchos casos. Pero esto ya queda de tu parte, es vivir.



viernes, 20 de mayo de 2022

Sobre la actitud

Café Filosófico en Castro del Río 5.5

13 de mayo de 2022, Casa Mendoza, 18:00 horas


Desde distintos puntos de vista, dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mismo. La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera. Lo que para uno ocupa el primer término y ocupa y acusa con vigor todos sus detalles, para el otro se halla en el último, y queda oscuro y borroso. Además, como las cosas puestas unas detrás se ocultan en todo o en parte, cada uno de ellos percibirá porciones del paisaje que al otro no llegan.

Ortega y Gasset


Los asistentes a este nuevo Café filosófico tuvimos la fortuna de poder habitar por un rato la emblemática Casa Mendoza (siglo XVI) de Castro del Río, gracias a la acogida de nuestro anfitrión, el artista Damián Ponce. El diálogo transcurrió plácidamente en uno de sus magníficos patios, cargado del esplendor de las flores de la primavera. La perspectiva que se abria desde nuestro rincón facilitó, sin duda, la reflexión sobre la importancia de la actitud en nuestras vidas. Ortega y Gasset no faltó a esta cita, con su conocido concepto de "perspectiva", desde la que miramos el mundo, a nosotros mismos y a los demás. Todos sabemos por experiencia que si cambia nuestra mirada, cambia el mundo. Veamos.

No sin antes repasar las respuestas de los participantes a la pregunta del día (conectada a un Taller de filosofía que se celebraría en la Biblioteca pública el siguiente lunes): ¿Dónde pongo yo mi felicidad? Sitúo mi felicidad en todo aquello que me da paz o tranquilidad, en cada vivencia consciente, en los pequeños detalles, en el proceso más que en el resultado, un bienestar interior que no necesita gritarse, que se trasmite, que se te nota, a veces es un estado de ánimo pasajero, una cierta plenitud que rebosa en ti, un estado de conexión con lo que te rodea, poder sentir que los que te rodean son felices y que viven bien, pero claro esto “te deja vendido”, en función de los demás, porque lo que quiero ser es autónomo. El mencionado taller tendría que tratar de centrar todas estas respuestas...

Pues bien, ¿qué es la actitud? Los participantes fueron aclarándose poco a poco... La actitud tiene que ver con la forma de afrontar algo, pero es algo de mí lo que afronta eso (una situación, una acción, una relación...). Por consiguiente, tendría que ver con mi conciencia de ese algo. Y esta cualidad yo la puedo ir desarrollando, sí, pero se trata de una posición anterior en mí, antes de ver algo, antes de suceder, antes de tener conocimiento de algo. La actitud es pues una manera de mirar, que está en nosotros antes de mirar el objeto. Un modo de entender: si cambia este modo, cambia mi visión y cambia mi mundo. Por eso es crucial en nuestras vidas ser conscientes desde dónde miramos. Nuestra vida estará llena de monstruos o de sirenas en función de nuestra mirada. Y se menciona un conocido experimento (origen del conductismo) en que se ofrecen a un bebé diferentes objetos o animales, ante los cuales su actitud inicial es de curiosidad; cuando los investigadores logran que el bebé asocie esos objetos con algo desagradable, aparece el miedo. Y también mencionan un poema que aparece en la película Invictus (del poeta William Ernest Henley), que inspiró a Nelson Mandela:


En la noche que me envuelve,
negra, como un pozo insondable,
le doy gracias al dios que fuere,
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias,
no he gemido, ni he llorado.
Bajo los golpes del destino,
mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos,
acecha la oscuridad con su horror,
y sin embargo la amenaza de los años me halla,
y me hallará sin temor.

Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino,
ni cuantos castigos lleve mi espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.


Una vez que tuvieron claro el significado alojado en “la actitud”, les preocupó descubrir si podía haber una actitud neutra, que no nos llevara a percibir el mundo de un modo agradable o desagradable, por poner por caso, según me parezca a mí. ¿Es posible una actitud pura, o al menos, neutra? Y aquí se muestran, al principio, vacilantes. Pero tienen claro que hay momentos en que puede ser más neutra nuestra actitud, de lo cual se deduce que presenta grados. Aunque, absolutamente neutra... pues no. Demasiadas cosas nos condicionan: tendencias instintivas, influencias sociales, educativas, las circunstancias, las vivencias anteriores, necesidades básicas o creadas... Sin embargo, nuestra actitud puede ir evolucionando y hacerse poco a poco más clara y objetiva. Así sucede, por ejemplo, en nuestra relación con la educación religiosa recibida de pequeños. Entonces, ¿es posible una actitud, al menos, más intersubjetiva, válida para otros seres humanos? Y la respuesta que van dando los participantes es que sí es posible, gradualmente.

Si, hacía un rato, el conocido texto del Ortega y Gasset, sobre ese paisaje visto desde diferentes perspectivas, que lo convierten en paisajes diferentes, les sirvió para situar la actitud en el “desde donde miramos”, ahora les permitiría ahondar en la posibilidad de una perspectiva mejor. Si es posible una perspectiva mejor que otras... ¿Qué pasaría si en lugar de mirar el paisaje desde abajo, a pie de los árboles, nos subimos a un alto risco que esté en el centro del paisaje? ¿Qué obtendríamos si vamos contemplando el paisaje desde sucesivos lugares? ¿Y si sumásemos nuestras perspectivas, como nos sugiere Ortega y Gasset? Es decir, que puede haber maneras humanas de afinar nuestra visión. Si somos conscientes de nuestra propia actitud o perspectiva, si adoptamos una posición más distanciada, por ejemplo, como el espectador de los juegos olímpicos (o theorós, de lo que proviene nuestra palabra “teoría”); en fin, de esta manera, nuestra visión, ¿no sería más objetiva, más neutra, más pura, sin tanta mezcla de condicionamientos subjetivos?

Es posible desarrollar la actitud. Imaginad una rueda de bicicleta: si nos situamos en el buje, en el centro del movimiento de los radios que se van separando (o diferenciando) hasta llegar a la periferia de la rueda, ¿no lograríamos una mejor visión, más limpia, más completa, más real? Esto lo podemos llevar a nuestras vidas, con un trabajo interior de autoconocimiento. Y, ¿qué ha ocurrido en nuestro diálogo de hoy? ¿No hemos caminado de este modo, hasta que hemos estado más satisfechos de nuestros descubrimientos? ¿No se ha ido depurando nuestra actitud acerca de la actitud? Vale. 





lunes, 9 de mayo de 2022

Sobre el progreso

Café Filosófico en Castro del Río 5.4

29 de abril de 2022, Casino de Castro, 18:00 horas


Cuando utilizamos el tiempo como medio de adquirir una cualidad, una virtud o un estado del ser, no hacemos más que aplazar o esquivar lo que es (…) El hombre que confía en el tiempo como medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo se engaña a sí mismo.

Khrishnamurti


¿Qué es un progreso?

La imagen que en mi mente se ha ido construyendo acerca de la realidad, de los demás o de mí mismo hace que mi mundo sea mi mundo. En particular, a los participantes de este Café filosófico en el Casino de Castro del Río, se les pidió que, por un momento, se hicieran cargo de la imagen de los demás en su mente: ¿Cómo veo yo a los demás? Esto es vital en las relaciones humanas. Porque aquello que ha crecido en mí, eso tenderé a ver fuera de mí... Ellos y ellas fueron tomando conciencia de esta situación: no me relaciono, habitualmente, con una persona sino con la imagen que me he formado de ella. Darnos cuenta de esto nos ayuda a tratar cada vez más con la persona que es (por sí misma) y no tanto a través de la idea que he construido de ella en mi mente. Por todo esto, además, la relación humana es una oportunidad maravillosa, si se sabe aprovechar, para aprender sobre uno mismo. Los demás pueden ser un espejo para mí, en donde poder mirarme. Estoy yo, ahí, en mi relación con los demás... Lo que trajo a la memoria de uno de los participantes un cuento de origen árabe, que dice más o menos así (al final, tienes una pregunta para ti):

A un oasis llega un joven, toma agua, se asea y pregunta a un anciano que se encuentra descansando:

¿Qué clase de personas viven aquí?

El anciano le pregunta:

¿Qué clase de gente había en el lugar de donde tú vienes?

Un montón de gente egoísta y mal intencionada. Estoy encantado de haberme ido de allí –replicó el joven.

Lo mismo habrá de encontrar aquí –respondió el anciano.

Ese mismo día otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano preguntó:

¿Qué clase de personas viven en este lugar?

El anciano respondió con la misma pregunta:

        – ¿Qué clase de personas viven en el lugar de donde tú vienes?

      – Un magnifico grupo de personas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele mucho  haberlos dejado.

       – Lo mismo encontrarás aquí — respondió el anciano.

Un hombre que había escuchado ambas conversaciones le preguntó al anciano:

¿Cómo es posible dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?

Entonces el anciano contestó: (…) Ahora es tu turno: ¿Qué le pudo contestar el anciano al hombre que observaba la escena?

La sempiterna idea de progreso en nuestra cultura, occidental moderna, fue el tema elegido por los participantes para su indagación aquella tarde. Pero, ¿qué es un verdadero progreso? Porque, hemos avanzado, sí, pero no todo va bien en nuestra época, imbuida de tanto “progreso”. Valoramos el progreso, y por eso también somos críticos con la resolución de esta idea que se ha fraguado, sobre todo, desde la época de la Ilustración. Primero, quisieron clarificar el concepto, a qué nos referíamos con la idea de progreso. Y como el tiempo estaba implicado, respecto al pasado, podía significar un avance, una mejora, en relación al mundo anterior; respecto al futuro, en el sentido de Kant, el acercamiento o alejamiento conforme a lo que nos parece más preferible o ideal, lo que querríamos alcanzar, la meta última que perseguimos; pero hay otra perspectiva posible, que en tantas ocasiones pasa desapercibida... ¡Pero no para nuestros participantes! ¿Qué sería un progreso desde el presente? Esta es la vía que explotaron con gran sabiduría. Ahora lo veremos. Si bien, hay que saber que a ello se llegó, precisamente, porque la concepción habitual del progreso no les pareció nada satisfactoria.

Por nuestra vivencia actual del progreso transita un error: la consideración de un progreso meramente cuantitativo, acumulativo, un crecimiento exponencial, ciego, inacabado, infinito... Tú mismo, querido lector, puedes poner muchos ejemplos de ese progreso acumulativo, imparable, voraz y sus estragos en nuestras vidas. Seguro que coinciden con los que pusieron los propios participantes: ejemplos fallidos de progreso. Hemos progresado, sí, pero también hemos retrocedido... y muchas veces no hemos avanzado nada o hemos creado nuevos problemas. Poned, poned vuestros propios ejemplos. Pero, exploremos con ellos una vía alternativa del progreso, un progreso cualitativo. Podemos seguir ampliando nuestra casa, nuestro territorio, nuestras posesiones, o también podemos ahondar en lo que ya tenemos, en lo que somos. Una vez me dijo mi padre que ya no compraría más tierras, sino que mejoraría lo que ya tenía, para disfrutarlo, para embellecer lo que ya había conseguido, para ahondar en ello. Era ambicioso, pero sería desde luego una ambición más lúcida.

Para progresar, ¿es necesario cumplir los objetivos? Así pensamos hoy día... Pero, ¿es posible progresar aunque no se cumplan los objetivos trazados de antemano? Pensar, como diría Oscar Brenifier, es también pensar lo impensable. Y, en este caso además, pensamos juntos. ¡Mejor que mejor! Mayor progreso... O quizás habría que decir: mejor progreso. Por ejemplo, podemos dar pasos para reconciliarnos con nuestra propia naturaleza, que compartimos con los demás seres humanos y no humanos. Podemos profundizar en lo que ya hay, en lo que somos. Podemos darnos cuenta de que el estado de plenitud es aquel en que ya no necesitas nada más, no falta nada aunque no hayas conseguido todo. Podemos desplegar, actualizar todas nuestras capacidades; no se trata de acumular resultados, sino de desarrollar todas nuestras posibilidades, como seres conscientes, aquí y ahora. Vale.

lunes, 14 de marzo de 2022

Sobre el egoísmo

 

Diotima y Sócrates

Café Filosófico en Castro del Río 5.3

11 de marzo de 2022, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


La búsqueda de quienes somos nos une a todos.

Vicente Ferrer

¿Somos egoístas por naturaleza?

¿Cómo es posible que una discusión sobre el egoísmo pueda desembocar en el amor? Lo verás, si sigues este relato del tercer Café filosófico en Castro del Río de esta segunda etapa, celebrado en la Peña Flamenca Castreña. Un lugar muy andaluz y muy acogedor por su ambiente y por las personas que allí trabajan y se dan cita. Ya teníamos preparado el calorcito de la chimenea en el mismo salón donde se escuchan fandangos y soleás. Gracias. Aunque afectara a la llegada de asistentes, fue una tarde espléndida de lluvia. Dentro también, espléndida de diálogo filosófico. Comprobarás que la filosofía puede llegar a ser significativa, relevante para nuestras vidas. La discusión se enrocó sobre ellos mismos, los participantes, de manera que no tuvieron más remedio que involucrarse personalmente, filosóficamente, ante una llamada muy especial: el amor. Ese “interés desinteresado”.

Cierra un momento los ojos, conecta con tu conciencia interior, respira varias veces profundamente y di: ¿cómo te sientes ahora?, al conectar contigo mismo/a, ¿cómo te has encontrado? Puede ser una sensación física, un estado emocional, un pensamiento en la mente... Cada día tendríamos que hacer esto, tomar conciencia de nuestro propio interior y ser conscientes de nuestro estado aquí y ahora. Ellos y ellas lo hicieron aquella tarde y sentían por dentro: bienestar, relajación, inquietud mental, satisfacción, quietud interior producida por la lluvia de afuera, inquietud emocional y mental, felicidad, tranquilidad, curiosidad mental.

Y, tras la elección de la temática, comenzó la discusión. Antes de saber si somos egoístas, tendríamos que tratar de situar en la noción de “egoísmo”, al menos tentativamente. ¿En qué consiste ser egoísta? Pensar solo en uno mismo... Sí, pero, ¿no es también un actuar sólo de acuerdo a uno mismo? Sería: anteponer mis ideas y acciones, mi valor, a los otros. No tenerlos en cuenta, y si es posible, utilizarlos en mi propio beneficio o provecho. En definitiva, anteponer lo mío a lo de otros, y producir una escisión, y provocar una contraposición, una exclusión llena de hostilidad: o yo o los demás. En cualquier plano o situación. No les hacía falta mirar el diccionario... tenían la experiencia vivida. A continuación se planteó, por parte del grupo, la cuestión de si el egoísmo es siempre meramente individual o no. Y se comprueba que siempre el egoísmo implica una cercanía, pues afecta a lo próximo a un “yo” o un “nosotros”. Así, habría distintos niveles de egoísmo: “lo mío” puede también ser familiar, tribal, comunitario, nacional...

Y surge una protesta en el seno del grupo: los medios o sectores interesados de la sociedad construyen el egoísmo. Para ello, apelan a lo más emocional o visceral de nosotros. El contexto nos hace egoístas, más egoístas... sacan lo más egoísta de nosotros. Pero se plantea, a continuación, lo siguiente: una vasija de barro puede moldearse porque el barro es moldeable. Si es posible construir el egoísmo (y nuestra sociedad ofrece variadas muestras de ello), ¿esto significa que hay algo en nosotros de naturaleza egoísta, que puede llegar a ser moldeado? ¿Somos egoístas por naturaleza? Mirar por uno constituye un principio de supervivencia. Y mencionan (había una médica entre los asistentes) una recomendación básica para quien se dedique al salvamento de otras personas: no puede peligrar su propia vida. Pero, protesta una de las participantes más jóvenes: ¡no sólo somos naturaleza, somos también cultura! O mejor dicho: la cultura forma parte de la naturaleza humana. Somos seres culturales. Por esto, el mal que puede ocasionar un ser humano no tiene nada que ver con el que puede causar cualquier de otro animal. Implica siempre un componente mental, cultural, ideas y emociones construidas social y culturalmente. Por esto, también, podemos llegar a ser tan crueles, cosa que jamás observaremos en la pura naturaleza de los seres vivos. Y, seguidamente, se proponen contra-ejemplos frente la tesis de que somos egoístas por naturaleza.

¿Cuántos ejemplos de altruismo humano conocemos? El grupo reflejó algunos: personas como Vicente Ferrer, que dedican sus vidas a ayudar a los demás; todo el voluntariado; los padres con los hijos y viceversa; muchos están yéndose a luchar a Ucrania, aún a riesgo de sus propias vidas. Un un largo etcétera. La anterior participante trae a colación el primer signo de civilización humana, según la antropóloga Margaret Mead: la curación de un fémur roto, lo que implicaría el cuidado por parte de su grupo. Y emerge la protesta de otra participante, y eso que ella se había dedicado a los servicios sociales a la comunidad: ¡en el fondo, eso no es altruismo! En todos esos casos se da una satisfacción personal de algún tipo. Ella misma disfrutaba con su trabajo, su trabajo le aportaba cosas, personalmente, egoístamente, decía ella. Y el grupo intuía que aquí había una confusión conceptual... Recordemos nuestra definición: la palabra “anteponer” es la clave para que haya egoísmo. La utilización de otros seres humanos para nuestro solo beneficio. En el fondo de esos casos anteriores, ¿qué es lo que hay? Si no lo quieres llamar altruismo, porque contiene siempre un interés propio subterráneo, ¿cómo lo llamarías? Reciprocidad... colaboración... simbiosis... amor propio. ¿Y por qué no llamarlo sencillamente amor?

Esta pregunta provoca un cataclismo en las mentes de los participantes... Un cambio de mente, quizás. Una mirada nueva. ¿De qué está hecho el amor? Es un dar sin esperar recibir, que recibe sin esperar. Dar y recibir. ¿No será esto lo que hay en esos casos que antes hemos mencionado? ¿No te pasaba eso mismo en tu trabajo de los servicios sociales? Y, vamos más lejos (o más cerca), ¿por qué habéis venido hoy aquí, a dialogar con otras personas, a filosofar? Traíais un interés, sí, pero habéis colaborado, habéis dialogado de veras, escuchado, aportado ideas, y también recibido. ¿No es así? No en vano, Diotima, la maestra de Sócrates en las cosas de Eros, concebía la filosofía, el filosofar, como un ACTO DE AMOR, que ofrece preguntas y espera recibir comprensión, consciencia, autoconocimiento. ¿No es cierto que los amantes, al propiciar el desarrollo de lo amado y dejarlo ser, se conocen y se desarrollan mejor a sí mismos? Pues bien, esto es lo que ocurría aquella tarde de diálogo filosófico.




sábado, 12 de febrero de 2022

Sobre el valor de mi vida

Café Filosófico en Castro del Río 5.2

11 de febrero de 2022, Peña flamenca castreña, 18:00 horas


En realidad, «Rosebud» es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba...

Fernando Savater. Ética para amador


¿Cómo dar valor a nuestra vida?

La vida transcurre plácidamente y, en ocasiones, tomamos conciencia del valor de la misma. A veces, somos conscientes de lo que tiene más valor abruptamente, por las malas. Pero, sea como sea, no hay ser humano que, en algún momento, no se plantee el valor de su propia vida y de lo que hay más valioso en ella. Os invitamos a seguirnos por esta vereda, a ver qué encontramos. Los participantes de esta segunda edición del Café filosófico en Castro del Río, después de dos meses debido a la crudeza de la pandemia, te invitan a seguirlos en su indagación. El marco era nuevo, la Peña flamenca castreña, y agradecemos la acogida, en este espacio de tanta raigambre en nuestro pueblo, y su apertura a una actividad de naturaleza filosófica. Especialmente, a su presidente, Paco Sánchez y a Julio Porcel, persona sensible donde las haya. Y, de nuevo, reconocemos el trabajo de organización y difusión de la Delegación de Cultura de Castro del Río. Además, ésta ha sido la primera vez que se ha grabado la sesión (por parte de TeleCastro). Un nuevo reto, una nueva experiencia.

El facilitador del encuentro plantea una cuestión de actualidad, pues algún día habrá de llegar a ello: si la pandemia se acabara mañana, ¿qué es lo primero que harías? Y suponemos que sus aportaciones no diferirán demasiado de las tuyas... Todo esto lo estamos viviendo juntos y compartimos sus consecuencias. Ahí van. Yo daría muchos besos y abrazos a todo el mundo, retomaría las maltrechas relaciones familiares. Lo que más echo de menos es poder ir a cualquier sitio y librarme de tantas reglas y prohibiciones. Y poderme mover libremente por donde quisiera. Como podéis suponer, dejar atrás el miedo que nos atenaza en estos momentos es lo que estaba debajo de todo lo que se iba diciendo. Por eso, no vivir con miedo será el principal deseo de los participantes. Seguimos. A alguno le preocupaba, y por eso tenía ganas de comprobarlo, cómo reaccionaría después de acabada la pandemia, cómo lo llevaría. Seguro que alguno o alguna os lo preguntáis. Seguimos. Pues, yo estaría muy intrigada observando todo lo que había pasado, y poder ver el rostro de cada ser humano, a ver qué huella le había dejado todo esto que nos está pasando. Y viajar, quién no lo desea. Pero esta readaptación será rápida, vaticina un participante, somos muy adaptables. Y si lo pensamos, puede que en el fondo no haya cambiado tanto nuestra vida. Quizás, tuviéramos algunos reparos al estar con muchedumbres, pero sería transitorio, se curaría con los abrazos.

¿Cómo dar valor a nuestra vida? Habría que empezar por valorar lo que tenemos y no sólo lo que no tenemos, como a menudo sucede. Pero convenía, antes de continuar, que se aclarara qué es aquello a lo que damos valor, cuál es la noción de lo valioso. Y se dice, con razón, que para que algo sea valioso hemos de tomar conciencia de su valor. Además, solemos dar más valor a aquello que ha supuesto un esfuerzo su consecución y, sobre todo, valorar algo significa preservarlo. Pero, cuando una de las participantes insiste en que el valor emerge por contraste con otra cosa, por referencia a un modelo, se desata la discusión. Porque esta idea suponía el sempiterno conflicto individuo/sociedad. Significaría que los valores ya nos vienen construidos, social e históricamente, por educación, y que el ser humano particular se ve atrapado por una red de influencias y condicionamientos. Así pues, ¿lo valioso sería lo que es valioso para mí o lo que es valioso para los demás? ¿Mi valores, son realmente míos? Esto plantea el viejo problema filosófico de si hay valores universales... O dicho de una manera: si hay valores valiosos en sí mismos, que valgan por sí mismos, que posean un valor intrínseco. Y los participantes se aprestan a detectar esos valores que pudieran ser más universales, válidos en todo tiempo y lugar. Y los hay: la libertad, la vida, la familia, el bien... Pero claro aflora el conflicto: porque hay tanta variedad, tanta diversidad cultural, tantas diferencias individuales... ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Cómo lo integramos, en esa universalidad de los valores? Y he aquí la solución que ellos y ellas te brindan: puede que el valor sea el mismo, pero expresado de distinto modo, según las circunstancias y las necesidades en cada caso. Por ejemplo, si tomamos como referencia el valor de la vida, si una cultura o una persona elige no alargar innecesariamente la vida de un ser querido o de sí mismo, también estará defendiendo el valor intrínseco de la vida, de un modo propio o particular. Son recomendables, en este sentido, algunas películas que abordan el problema: una se le quedó grabada hace muchos años a este relator: La balada del Narayama.

De todo lo dicho, que ayudara a determinar el valor de algo, el ser conscientes se iba mostrando como su modo crucial y definitivo. Ahora bien, ¿cómo llegar a ser conscientes de lo que es valioso en sí mismo? El enfrentarse con la posibilidad de la muerte, tomar conciencia de nuestra propia muerte, que somos seres finitos y limitados, ayuda bastante –creen algunos participantes– a valorar lo que de veras importa. El atender, con una mirada nueva, a las cosas sencillas y cotidianas, también puede propiciar el despertar de la conciencia de lo que es valioso por sí mismo. Además, podemos aprender de otros, de lo que les pasa a otros; adelantaríamos mucho. No siempre es necesario que tú pases por lo mismo, mira, observa y aprende a valorar. En ocasiones, no tener alternativa, te permite valorar lo que es digno de ser valorado. En definitiva, aprender a valorar lo valioso en sí mismo, y no como medio para otra cosa, supone un proceso de maduración, de desarrollo de la persona. Y para esto la vida te ofrece diversas vías, y numerosas oportunidades, para que aprendas. Por las buenas o por la malas. Muchas veces se requiere un aldabonazo, otras veces una cocción lenta y que casi no se nota. Pero la vida no es tan corta como para que no te ofrezca las suficientes ocasiones con las que poder despertar. Que a ti vida te ha venido fácil y cómoda en exceso, que alguien ha sido malcriado, que has rehuido las decisiones difíciles, que has tenido suerte hasta ahora... No te preocupes, en la vida hay de todo y para todos. Tu despertar llegará antes o llegará después. Recuerda el significado de la última palabra que pronuncia el Ciudadano Kane antes de morir: Rosebud

domingo, 28 de noviembre de 2021

Sobre la felicidad

Café Filosófico en Castro del Río 5.1

27 de noviembre de 2021, Biblioteca Municipal, 19:00 horas


Que el hombre no se deje corromper ni dominar por las cosas exteriores y sólo sea admirador de sí mismo: que confíe en la fuerza de su espíritu y esté preparado para los cambios de la fortuna, que sea artífice de su propia vida.

Lucio Anneo Séneca


¿Qué es la felicidad?

Han pasado ya diez años. Algunos participantes son testigos. Y pudiera ser que sus motivaciones, para acudir a un encuentro filosófico como este, hubieran cambiado. No todas las generaciones pasan por una pandemia. Por eso, nos preguntamos: ¿qué espero yo de la filosofía?, al comienzo de esta segunda etapa de los Cafés filosóficos en Castro del Río (ampliada a otras prácticas filosóficas). Las respuestas no sorprenden a este relator. Seguimos siendo en el fondo los mismos. Y los participantes tienen la valentía de querer ser receptivos y someter a juicio sus ideas y creencias, volver a saborear lo que ya han saboreado, porque siempre es nuevo, la valentía de exponerse, liberarse, escuchar, la valentía de atreverse a pensar de otro modo y dar lo que me ha sido dado. No es tan frecuente... Por eso acudimos a esta llamada de la filosofía y quedamos tan agradecidos al Ayuntamiento de nuestro pueblo (en la persona de Salvador Millán), porque haya querido situar a la filosofía en el corazón de la cultura del lugar.

Debía flotar en el ambiente de la reunión la sempiterna búsqueda de la Felicidad. Fue la temática más votada. ¿Está la felicidad ligada al conocimiento, tener más y más, alcanzar mejores resultados? ¿La felicidad se confunde con la alegría? Y para comenzar bien el diálogo, ¿sería mejor hacerlo por estas formas de la felicidad o es preferible partir de una definición de lo que es la felicidad? ¿Proceder de un modo inductivo (de lo particular a lo general), o bien, ir desde lo general hasta lo particular, el modo deductivo de razonamiento? Decidimos ahondar en la esencia de la felicidad para luego tratar de responder a las anteriores cuestiones sobre la felicidad. Así pues, se preguntó el grupo: ¿qué es la felicidad? ¿En qué consiste, de qué esta hecha la felicidad? Y no es la alegría, el estar contentos... Aquí se detuvo un rato la discusión. Porque la alegría es pasajera y la felicidad permanece en nosotros. Al principio, nos perdimos un poco en los nombres, o eso parecía. En realidad, la participante que se empeñaba en darle la vuelta a lo que se había dicho, quería recordarnos que la felicidad nunca es definitiva, que nunca se alcanza del todo. Ir al fondo de su réplica nos permitió profundizar en nuestra búsqueda. Para eso es la filosofía y no para pensar lo ya pensado. Óscar Brenifier (un filósofo práctico francés), incluso, iría más lejos: la filosofía nos ayuda a pensar lo impensable.

Acabada la discusión, ya sabíamos algo: que no es lo mismo la emoción que el sentimiento, que la felicidad, aunque nunca es completa, no es un simple estado de ánimo pasajero. El grupo no necesita ir a Wikipedia, porque ha vivido y ya sabe. Sócrates tenía razón: lo esencial está en nosotros, solamente hace falta recordarlo, sacarlo a la luz (y es lo que trata de hacer este encuentro filosófico, socrático hasta la médula). La felicidad es un sentimiento interior de plenitud, bien-estar, de auto-satisfacción; una “bombilla encendida” –ilustra una participante– que no se apaga nunca del todo y así se siente. Además, resiste los vaivenes de lo que sucede, porque lo importante no es lo que te pasa, sino cómo te tomas eso que te pasa, tu respuesta, tu actitud ante ello (esto sí que depende siempre de ti, nos recuerda Epicteto). Así que la felicidad también es una actitud, que sale de dentro, una mirada, desde donde se mira y se entiende y se reconoce. Tan sólo requiere su desarrollo. Es una capacidad, una potencia que necesita ser actualizada, como diría el viejo Aristóteles. Por eso, tantas veces, necesitamos un trabajo, un entrenamiento, el cultivo de lo interior. Y puede hacerse, a través de la filosofía practicada como un modo de vivir mejor (Pierre Hadot).

La felicidad, también, está hecha de compasión, se dijo esa tarde. Pero no la compasión de origen judeo-cristiano, pena con ínfulas de superioridad, sino la compasión entre iguales (“sentir con otros”). Aunque, el verdadero amor a los demás no es posible, si no se arraiga en el amor a uno mismo, el valor de uno mismo. Otro componente fundamental para sentirse uno de veras feliz es la aceptación: una felicidad que no se base en lo que hay, no tendrá futuro, serán tantas las grietas que caerá por el suelo desarmada. Y son tantos los ejemplos que conocemos... Así, el estado de duelo no es otra cosa que el proceso de aceptación de una pérdida. Y no disponemos de algo así como unas “gafas de la felicidad”. Es posible para los estados de ánimo, pero no para la felicidad. He ahí la confusión actual y la carrera desesperada por cambiar de gafas a toda costa, cuando ya no se ve bien con ellas. Muchas veces, al rato.

Pero, ¿cómo va a ser eso? ¡La felicidad también decae!, protesta una parte nosotros. Otra parte de nosotros, sin embargo, lo ve muy claro: hay algo interior, profundo, que se mantiene. Lo confirma un participante con su propia experiencia personal: la muerte de mi padre no me supuso infelicidad, él sigue en mí de otro modo; pensar en él me hace sentir pleno. Todos podemos intuir esto, si es que no lo hemos vivido todavía. Es así, es posible. El moderador del encuentro introduce una imagen que podría ayudar, quizás, a deshacer la perplejidad suscitada: la felicidad es la linea recta de un cuaderno sobre la que pueden escribirse palabras y frases con letras altas o bajas, que serían las fluctuaciones de nuestra propia vida: las frustraciones, los fracasos, los errores, los conflictos, las malas rachas... De manera que lo que se va escribiendo sobre esa línea básica no se aleja en exceso de ella. Sería como un tono general sostenido, a pesar de los altibajos de la vida.

Finaliza el encuentro filosófico con un repaso de lo hallado, y viendo cómo pueden afrontarse –ahora sí– las inquietudes iniciales: la felicidad no consiste en saber más y más, acumular más y más conocimientos, ni poseer más y más cosas, no es la alegría fluctuante, que es una emoción, no es el resultado o la meta y, menos todavía, la acumulación de resultados satisfactorios o beneficiosos, sino que es el camino o proceso mismo del vivir lo que importa. Como decía nuestro Séneca, no es el vivir mucho lo que cuenta, sino cómo se vive. ¡Cuánto aprendemos de las tradiciones sapienciales que han llegado hasta nosotros! Aunque soterradas bajo la dura costra de la modernidad tecnológica y consumista, la ansiedad y la inmediatez. Tanto en oriente como en occidente lo sabían: no es tener, sino SER, desarrollando todas nuestras cualidades esenciales: el amor, la felicidad, la inteligencia, la voluntad, el bien, la belleza. Pero esto ya quedaría para nuestros Talleres de filosofía, si acaso. ¡Mucha salud y felicidad!