Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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miércoles, 1 de enero de 2025

¿Para qué vivimos?


Sobre el sentido de la vida

Café Filosófico en Torre del Mar 15.1

24 de octubre de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas

El sentido de nuestra vida consiste en desarrollar las capacidades que están en nuestro interior; desarrollarlas, considerarlas y expandirlas. (…) Paralelamente al desarrollo de las facultades existe un desarrollo subjetivo: el de la conciencia de uno mismo.

Antonio Blay

No hay duda de que un hombre cuya vida es muy rica, un hombre que ve las cosas como son y está contento con lo que tiene, no está confuso; tiene las cosas claras y, por lo tanto, no pregunta cuál es el objeto de la vida. Para él el hecho mismo de vivir es el comienzo y el fin. (…) Esta pregunta sobre el objeto de la vida, la formula tan sólo aquél que no ama; y el amor sólo puede hallarse en la acción, en la relación.

Krishnamurti


¿Para qué vivimos?

¿Dónde buscar el sentido de la vida? ¿Hay que buscarlo? ¿Es algo que se busca? ¿Dónde alinearnos con él, al menos? ¿Fuera de nosotros? ¿Dentro? ¿En mí, en el mundo? ¿Tenemos que dirigirnos hacia el futuro? ¿Hacia el pasado? Quizá sea ésta una de la cuestiones que más nos preocupa o inquieta como seres humanos que nos damos cuenta de nosotros mismos en relación al mundo. La pregunta por el sentido de la vida, de nuestra vida, parece lanzarnos hacia el futuro. Es posible. Pero el futuro se va construyendo desde el aquí y el ahora... ¿Cómo saldrán de este atolladero, plenamente humano, nuestros participantes del primer Café filosófico de la temporada en Torre del Mar? ¿Qué te podrán aportar a ti, que lees este relato y que también estás sintiendo la pregunta como tuya: te afecta y te sientes afectado. Confía en ellos y en ellas. Dieciocho ojos ven más que uno (estamos hablando de los ojos interiores o del alma, claro).

El diálogo filosófico no comenzó por ahí, sin embargo, o quizás sí: ¿es posible que situarnos (y ejercitarse uno para ello) en la perspectiva del amor incondicional, nos ayudara en la (anhelada) búsqueda del sentido de la vida? Más adelante el grupo te mostrará si esto es así o no lo es. Pero, sin duda, merecerá la pena que los acompañes. Lo cierto es que por la perspectiva a la que nos abre el amor incondicional comenzó el intercambio de experiencias. ¿Cuando he sentido yo un amor incondicional? No condicionado por nuestra mente, nuestros deseos o temores. Es decir, un amor verdadero, maduro, lúcido, a pesar de las situaciones, las personas, si me corresponden o no me corresponden en mi amor por ellas, si algo me gusta o no me gusta, si se parece a mí o no se parece a mí, etc. Circunstancias que sin duda condicionarían mi amor y lo instrumentalizarían. Amo para... Y no sería un amor en sí y por sí. Veamos. Repasa en tu memoria. O primero, escucha lo que dijeron ellos y ellas, sus ejemplos de “amor incondicional”: el amor a mi perro, a mi hijo, a mi hija, a mi trabajo como enfermero, a un recién nacido, a uno mismo, a mi familia, a mi sobrino, el amor de los que trabajan para los demás sin pedir nada a cambio, el trabajo bien hecho, la educación de mi hijo, cuando contemplo a una flor. Habría que darse cuenta, entonces, de que el amor puede expresarse de variados modos, respecto de muchos objetos o seres, pero que el amor es en sí siempre uno, una cualidad esencial nuestra, como la inteligencia, la energía, la belleza o la felicidad. Que el amor de pareja o a los hijos son modalidades de la capacidad humana de amar; que no la agotan, sino que sirven de estímulos para su desarrollo. Amando nos desarrollamos... ¿nos realizamos? Veremos a ver.

¿Para qué vivimos? ¿Para qué vivir? ¿En qué puedo basar mi vida? Éstas fueron las preguntas-eje que guiaron la búsqueda de una respuesta, acerca del sentido de la vida. Estábamos filosofando, juntos. Y comenzaron los intercambios, de donde salieron estas ideas: el sentido siempre aparece mirando hacia atrás en tu vida, retrospectivamente; hay que buscar el sentido desde una perspectiva biológica: perpetuar la especie; vivir consiste en intentar ser felices; el sentido de la vida consiste mejorar la sociedad; confiar en el juego entre el azar y la necesidad (Jacques L. Monod); o llenar mi vida de acciones... Y es cierto que podemos adoptar diferentes miradas para abordar el problema del sentido: biológica, individual, social, histórica. Pero de este modo se notaba que no avanzábamos mucho. De manera que el moderador del encuentro introdujo un sesgo: no mirar el sentido de “la vida”, sino el sentido de “mi vida”, el sentido para mí, de mi vida. Quizás este ancla fuera de utilidad: ¿cuándo vivo yo mi vida más plena, con más sentido para mí? ¿Cuándo me siento más vivo? Y ya apuntaron otras cumbres: la alegría de vivir, disfrutar de las pequeñas cosas, la conexión con las personas, estando abiertos a lo que hay, la receptividad, la consciencia, satisfacer una meta, amar, amarse a uno mismo, cultivarnos, luchar en el día a día para que las cosas de este mundo vayan un poco mejor, vivir que vivo.

La cosa se estaba encaminado hacia un lugar que el grupo comenzaba a intuir, porque si preguntamos lo que tienen en común las anteriores experiencias, no había duda: el sentido de nuestra vida (y de la vida en general, tal como la vivimos los seres humanos... quizás todos los seres vivos) transcurre en presente. Mientras discurre. Una votación abrió esta respuesta. El pasado y el futuro eran candidatos, sí, pero ambos son aquí y ahora o no lo son. Es imposible vivir el pasado o el futuro, si no es ahora. Hoy es siempre todavía, decía el Poeta. Pero quisieron repasar los participantes algunas dudas que estaban en el ambiente de la discusión, representadas por algunas de las personas asistentes al encuentro: el presente no dura, es pasajero, ¿cómo va a estar ahí el sentido de nuestra vida?; la experiencia del presente incluye una, aunque sea, mínima proyección hacia el futuro; de la misma manera que nuestra conciencia del presente viene marcada por nuestro pasado; nuestra realización o la realización de proyectos necesita tiempo, la duración en el tiempo, una secuencia y no un punto, un momento inasible. Serias dudas que el grupo habría de asumir, asimilar y ser capaz de transformar.

Veamos, ¿dónde podemos poner el “lugar” del sentido? Y con unanimidad: el presente, de nuevo. No se trataba de invalidar el pasado ni el futuro. Se trata de tomar conciencia del lugar desde dónde vivo, y sobre todo, desde dónde me vivo. De esta manera, mi vida tendrá sentido para mí, si yo me siento protagonista o actor de la misma, si yo me siento sujeto y no objeto. Y no hay otra manera de sentir esto que momento a momento, estando muy presente yo mismo, en mis relaciones conmigo mismo, con los demás y con el mundo. Si mi conciencia va actualizándose momento a momento. Por eso, quizá, el sentido tenga más que ver con la eternidad que con la temporalidad; con la ausencia de tiempo que con el tiempo, la secuencia temporal. De ahí que el sabio Aristóteles distinguiera entre los conceptos de entélekheia y enérgeia. La única realidad que puede tener sentido para nosotros es la que está fraguándose en este instante (enérgeia). Mostrándose lo que es, en su mostrarse, en su propio desenvolvimiento, no solamente que es (entélekheia), con sus cualidades o características propias, producto de un desarrollo. Yo puedo ser profesor de filosofía o puedo ser campeón de ciclismo, poseo todas las capacidades para ello, lo he demostrado, pero esas capacidades habrán de actualizarse en cada momento para enseñar de veras filosofía o volver a ganar una carrera ciclista, tendré que ejercerlo en cada situación actual, ahora. Momento a momento. Por eso decía Oscar Wilde que no es lo mismo existir que vivir. La plenitud o el sentido viene de aquí, viviendo, no solamente existiendo. Entonces, ¿la compresión del hecho de vivir y su aplicación práctica ya me asegura que mi vida tendrá sentido para mí en adelante? No. Solamente me indica el camino por el que caminar. Se hace camino al andar, decía también el Poeta. Pero ir bien encaminado me libera de miedos y deseos espurios. No se puede buscar el sentido de la vida en un más allá de la vida (que nunca se alcanza del todo), su sentido es el vivir mismo. Ejerciéndolo. Realizándome al vivir. De la misma manera que el sentido del amor es amar. Cuando amo (un amor consciente y lúcido, en sí y por sí, no por o para otra cosa), entonces soy yo más yo mismo. Y todo cobra sentido... ¡nuevos sentidos! La realidad que vivo se ilumina y es luminosa. Inspiro... ¡gracias! Exhalo... ¡confío! Vivo. Vida.






miércoles, 10 de abril de 2024

¿Somos dueños de nuestra propia vida?

 

Sobre el destino de mi vida

Café Filosófico en Torre del Mar 3.4

21 de marzo de 2024, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Siembra un pensamiento y cosecharás una acción;

siembra un acto y cosecharás un hábito;

siembra un hábito y cosecharás un carácter;

siembra un carácter y cosecharás un destino.

Ralph Waldo Emerson


Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario

tienen las cosas; así seré de los que las embellecen.

Amor fati: sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra

a la fealdad. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores.

¡Que mi única negación sea apartar la mirada!

¡Y en todo y en lo más grande,

yo solo quiero llegar a ser algún día un afirmador!

Friedrich Nietzsche


¿Somos dueños de nuestra vida, cada uno de nosotros?

De nuevo, estábamos en la Taberna El Oasis para filosofar juntos, que no es otra cosa que poner en acción el sentido griego de logos. Según nos cuenta Pedro Olalla, en su reciente libro Palabras del Egeo, que va más atrás en algunas de las palabras que han marcado el transcurso de nuestra civilización, en el caso de la palabra logos o lenguaje racional, como suele traducirse, hay que saber que procede del verbo lego, y que, “detrás de cada verbo está siempre el mensaje intuitivo de un gesto”: en este caso, el gesto de unir el dedo pulgar y los dedos índice y corazón para pellizcar el aire. Así que, en primer lugar, este verbo, del que procede la palabra logos, expresaría la idea-experiencia de “ir uniendo”, “recogiendo”, juntando”. Pero además, comparte la raíz lep o lek, y con ello otro gesto: juntar las manos formando un cuenco para coger agua, “acogerla”. Y así es nuestro encuentro. Juntos dialogamos y acogemos inquietudes, preguntas y experiencias. Juntos dialogamos y nos acogemos. Una tarde más estábamos así dispuestos, con esta actitud... genuina filosófica.

Como además se celebraba el día mundial de la Poesía, el facilitador del encuentro quiso leer un poema de la veleña María Zambrano... ése que empieza “El agua ensimismada, ¿piensa o sueña?”, y acaba: “Si tú te miras, ¿qué queda?”. Leerlo, sentirlo, interiorizarlo y expresar qué queda en nosotros, si nos miramos dentro, fue la tarea propuesta a los asistentes. Y éstas fueron sus respuestas compartidas: preocupación, paz, foco, optimismo, no-saber, niña con ganas de amar, vida, felicidad, sol, grano de arena en un inmenso desierto, ???, reflexión, calma, preocupación por los otros, incertidumbre, cambio. Cada una de las cuales, estas sensaciones, darían para comenzar todo un diálogo... Pero queríamos partir de un interés común, y éste fue el destino. El destino de mi vida. Pero no “el destino” como idea o mito. No, el curso de mi vida y cómo lo vivo, aquí y ahora, el problema existencial humano, ¿hasta qué punto, soy dueño de mi destino? Y es imposible, de nuevo, no acordarse de los antiguos griegos. El problema existencial recogido en la forma de tragedia humana: la de Edipo. Al tratar de escapar a su destino, acaba consumándolo. ¿En qué momento Edipo fue más dueño de su vida: cuando quiso rebelarse contra el vaticinio monstruoso del oráculo o cuando asumió su destino como propio? Esto es lo que tenemos juntos que dilucidar, sentido en nuestras propias carnes.

¿Me encuentro condicionado en mi vida o no lo estoy? Sé de muchas circunstancias, incluso imprevistas o imprevisibles, que han marcado el desarrollo de mi vida. Por otro lado, muchas veces pienso que soy yo quien construye mi vida, pero no me gusta como es. Aquí se apreciaba una confusión, una laguna en la conciencia del grupo. Tanto si pienso que yo soy el artífice de mi vida, pero no me gusta como la voy construyendo, como si yo soy un juguete de las circunstancias, soy yo, o una parte de mí, quien se da cuenta de ello... Pues bien, ¿esta parte es libre, dueña de sí misma? Ya se estaba encendiendo una cerilla... No era un foco de luz claro e intenso, pero era una luz, una lucecita que más tarde podía avivarse... Todavía no era momento para el alumbramiento.

¿Dónde poner el foco, en mí o en las circunstancias? Los dos elementos están en juego, pero ¿qué papel juegan? Ya sabéis que Ortega y Gasset lo resuelve a través de la interacción constante entre el yo y mis circunstancias: ellas y lo que yo pueda hacer con ellas, haciéndome cargo de ellas y de mí mismo, en definitiva, responsabilizándome de mi propia vida. Siempre aparece una holgura de la realidad que me da cierto margen. Y una de las participantes apunta que “mi destino” solamente lo conozco al final. En este punto del diálogo, el moderador del encuentro decide hacer una encuesta: ¿mi vida es mía? Y la mayoría opinaba que sí, que, al menos, eran suyas sus reacciones o respuestas a lo dado, no elegido en sus vidas. Pero otra de las participantes discrepaba. ¡Y bendita discrepancia! Dijo que esas respuestas mías eran sólo aparentes, pues, perfectamente, también podían estar condicionadas. Esto era muy sabroso. Este obstáculo incitaba, alimentaba, la discusión... Forzaba la necesidad de usar una nueva broca, la de buscar una nueva zona de indagación o apriete, ahondar de otro modo y no quedarnos ahí, paralizados.

Pues bien, unos interrogantes, y unos casos, podían venir en nuestra ayuda. Si nuestras reacciones ante el mismo caso no son las mismas en todas las personas, ¿no indica esto que pueden ser mías, de algún modo? Si es única mi reacción, ¿no es mía de algún modo? ¿Cuál es la clave de bóveda de la superación de experiencias traumatizantes como un duelo, estar encarcelado, sufrir un accidente mortal o una grave enfermedad? Y van diciendo los participantes que, cuando vas madurando, esto facilita su superación, y que, cuando te das cuenta, hay un momento de lucidez, más allá del suceso o el trauma, y se despierta una capacidad de ver, de sentir, de hacer... distinta, única, insobornable, que no se deja afectar por lo que estás viviendo en particular. Es decir, que en la medida en que somos más conscientes, entonces, “mi vida es mía”, y lo opuesto, cuando soy menos consciente. Siento que mi vida es mía, que soy dueño y artífice de ella. Todos esos momentos en los que soy muy consciente de las circunstancias y de mí mismo, en los que estoy viviendo esas circunstancias lúcidamente, esos momentos son míos. El resto, no se sabe.

Esta conclusión indicaría claramente que tengo todo un trabajo por delante: de autoconocimiento y de autorrealización. Cuando voy realizando, desarrollando, mis propias cualidades internas, de un modo consciente, voy sintiéndome más y más yo mismo y mejor me reconozco; y cuando voy reconociéndome, aparece una mayor transparencia entre lo interior y lo exterior. Más exactamente: no hay diferencia entre lo exterior y lo interior. Edipo no fue libre hasta que no asumió su destino como propio. Nunca más libre que cuando fue más lúcido y adoptó una vida que el mismo oráculo desconocía. Sólo cuando cegó sus ojos fue de verdad vidente, y estuvo preparado para vivir auténticamente la realidad de su vida, por muy amarga que ésta fuera.




miércoles, 3 de enero de 2024

¿Qué puedo hacer con mi impotencia?


Sobre la impotencia social

Café Filosófico en Torre del Mar 3.3

14 de diciembre de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Lo más blando del mundo vence a lo más duro. La nada penetra donde no hay resquicio. Por esto conozco la utilidad de la no-acción. Enseñanza sin palabras. Eficacia en la no-acción. Pocos en el mundo llegan a comprenderlo.

Lao Tse, Tao Te Ching


¿Qué puedo hacer con mi impotencia?

Antes de comenzar nuestro diálogo filosófico sobre la problemática elegida aquella tarde, la impotencia que sentimos somo seres sociales que somos y hemos de convivir en un mundo tan dramático como el nuestro, en la Taberna El Oasis de Torre del Mar, los participantes respiraron hondo unos instantes y miraron dentro de sí mismos, y vieron cómo venían esa tarde a nuestro encuentro filosófico: confiados, felices, despejados, en paz, curiosos, confusos, tranquilos, contentos, atentos, decepcionados, preocupados, a gusto, vulnerables, impotentes, con sueño, inquietos, acompañados, vitales, cansados, sensibles. Y eran sensaciones, emociones o pensamientos que sentían en el cuerpo o en la mente, según en cada caso.

Ha arraigado en nuestra cultura contemporánea la idea de la inacción como algo negativo. Hay que hacer algo. No podemos dejar de hacer. Si en el mundo vemos tantas injusticias y va tan mal políticamente, ecológicamente, socialmente... no podemos quedarnos quietos. Y sin embargo, sabidurías más antiguas, como el Tao, nos enseñan que más bien hay que no hacer o dejar de hacer lo que venimos haciendo, no reaccionar o luchar contra lo que nos está pasando, que sería otra forma de continuar actuando dentro de la misma dinámica. Y esto ya es “hacer” mucho, pues es el comienzo de nuevas acciones, no mediadas por las inercias o fuerzas ciegas que nos aprisionan. Este cambio de visión puede ser crucial en nuestro tiempo. Una vez retirada la niebla de nuestras mentes, habiendo soltado, los caminos pueden perfilarse con más nitidez. ¿Y cuales serían? Es lo que tenemos que ir descubriendo juntos, si primero nos hemos desembarazado de las ideas o creencias que otorgan carta de naturaleza al origen de los males que nos aquejan, a las que nos hemos apegado.

Pues bien, ¿por qué nos sentimos tan impotentes? ¿Qué puedo hacer con mi impotencia? Y nuestros protagonistas fueron por partes, primero las causas y luego la cura, aunque nosotros lo referiremos todo junto. En muchas ocasiones será la ignorancia o el desconocimiento de la situación, lo que explicaría nuestra impotencia; y obviamente, en este caso, tendríamos que comenzar por informarnos mejor, recoger más y mejores datos, más fiables, de lo contrario sería muy complicado responder adecuadamente. Un detalle, que pudiera carecer de importancia al principio, podría convertirse en el germen de nuestra nueva acción. Pero, muy bien pudiera ser que no fuera la falta de información lo que nos paraliza, sino su exceso, una saturación de información y, eventualmente y en consecuencia, una ansiedad nada desdeñable. Una variante de esta impotencia sobreviene cuando nos domina la sensación de que cuanto más sabemos, menos sabemos, una conciencia asfixiante de todo lo que nos falta por saber. También nos sobrepasa muchas veces la injusticia, tantos casos de injusticia, a los que nos sentimos incapaces de hacer frente. En todas estas situaciones, nos valdría aprender a parcelar o dividir los problemas, situarlos en su contexto, simplificarlos e ir paso a paso, mirando la especificidad de cada uno. Por otro lado, el miedo es el campeón de las causas de impotencia, en muchos casos. Y, con el miedo, lo mejor es tratar de ser muy conscientes: qué miedo, objetivo, creado por mi mente, exagerado o infundado; qué miedo, a qué le tengo miedo, si es exterior o tiene su fuente en nuestro interior. Posiblemente, el miedo se alimente de una inseguridad interior, que se disuelve poco a poco si desarrollamos gradualmente nuestras cualidades, y con ello va subiendo nuestra propia energía. Si nos vamos sintiendo más seguros, más fuertes, el miedo desaparece, como la oscuridad de una habitación al poner luz en ella. Por último, se dijo que el poder abusivo también nos causa esa sensación de impotencia de la hablamos. Y la salida que ofreció una participante, con el beneplácito del grupo, nos resultó más que curiosa, a los que allí estábamos: mirar dentro de nosotros sus huellas; de qué modo nos afecta o infecta ese poder abusivo, que no seamos cómplices suyos, que yo no me convierta en mi propio tirano. Un poder alienante penetra en mí si yo lo asumo como propio. Y de esto es de lo que hay ser muy conscientes: que yo no acabe encarnándolo, siendo su guardián, porque entonces olvidaré la fuente del daño que se está produciendo en mí.

El diálogo nos fue llevando de una manera natural hacia el (clásico) reconocimiento del ser humano como un ser limitado. “Nuestro ser es impotencia”, decía un participante. Y la muerte, tal como se entiende habitualmente, es el muro más imponente con el que se ha de medir nuestra impotencia. En este momento, vino en nuestra ayuda un principio del sabio Epicteto, que podría servir para cifrar en un doble origen todas nuestras impotencias. Porque, no es lo mismo ser impotente respecto a lo que depende o frente a lo que no depende de nosotros. Son dos impotencias muy diferentes, que dan paso a dos tipos de salidas de naturaleza distinta. Ante lo que no depende nosotros, la salida más sensata es la aceptación, que significa reconocer la dificultad, asumirla y, a partir de ahí, desenvolver la mejor opción (no significa, pues, como ya se ha estudiado en otros encuentros, caer en la resignación). Ahora comprendíamos, sin embargo, que todas las causas y sus consonantes salidas, que se habían estado discutiendo, se referían a las impotencias que sí dependen de nosotros. Motivo por el cual estábamos investigando juntos sobre qué hacer con ellas en cada caso.

Por otra parte, la impotencia de la estábamos hablando se vive (o se sufre) individualmente, pero el contexto social parece estar reforzándola continuamente. La impotencia social alimenta la impotencia personal. Ya sabemos, por otros encuentros, que lo que más educa (nos conduce) es la comunidad. De manera que este campo también debía ser explorado. Así lo hizo el grupo; para que la indiferencia no continúe ganando terreno, y nos conduzca a la pasividad o al escapismo. Todo queda intacto si nos limitamos a apagar la televisión. Es necesario que yo haga un trabajo de reelaboración personal de mi impotencia: por qué me siento tan impotente, cuál es mi actitud ante lo que me sucede y lo que sucede a mi alrededor. Y el contexto me ayuda o me desayuda. Para generar juntos el contexto adecuado es fundamental escucharnos unos a otros, comunicarnos nuestra impotencia, cómo y por qué la adquirimos. Que no nos sintamos solos, aislados, únicas víctimas del contexto global que nos agobia. Solamente comunicarnos nuestra impotencia y sus entresijos, ya nos conduciría a vernos menos impotentes. La impotencia compartida estimula la fuerza que cada sujeto lleva dentro; una energía antes vuelta sobre sí misma, que ahora puede expresarse fuera, junto a otros, que ahora se muestra con todo su poder. Por último, destacan los participantes que adoptar perspectiva temporal también resulta muy saludable: mirar al pasado, no con nostalgia, sino para darnos cuenta de que antes ya lo hemos conseguido: salir del pozo en que estábamos, ahí caídos. Y eso genera confianza y la confianza genera potencia de ser y la energía para vivir de otra manera. Vale




martes, 12 de diciembre de 2023

¿Qué es respetar?


Sobre el respeto

Café Filosófico en Torre del Mar 3.2

23 de noviembre de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas

No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a decirlo.

Evelyn Beatrice Hall (inspirada en la actitud de Voltaire)

¿Qué es respetable?

Decimos que vivimos en sociedades democráticas. Y no hablamos de las que quieren sus tiranos que parezcan democracias. Hablamos de las democracias formales y consolidadas. Y el problema sería que se quedaran solamente en eso. Porque es muy posible que echemos en falta, más que una democracia exterior, una democracia interior. Hundiría sus raíces en cada uno de los ciudadanos, si en cada uno de ellos y de ellas acaece el respeto a la diferencia del otro. En el respeto a las diferencias se juega la calidad de las relaciones sociales y políticas. Pero, de nuevo, no se trata de respetar las diferencias en el otro, sino de respetar al otro con sus diferencias. Esto quiere decir que, primero, he de contemplar al otro como un ser valioso en sí mismo, tanto como yo, un igual a mí. Si esto se olvida se desmorona el edificio democrático. Los griegos lo sabían muy bien: la demokratia supone que todos los ciudadanos poseen suficientes capacidades para hablar y decidir en la ekklesía o asamblea. La desconfianza en las capacidades del otro (una falta de respeto fundamental) arruina cualquier democracia. Quien no piensa como yo también puede tener razón, así como mis adversarios políticos. Entre todos hemos de buscar lo mejor; desde nuestros puntos de partida diferentes, perseguir el bien común. De manera que, si nuestros asistentes al café filosófico de noviembre, en Torre del Mar, indagaron acerca del respeto, ya podéis calibrar mejor la importancia de este tema para todos nosotros.

Antes, dialogaron sobre los valores, no solamente el respeto. ¿Cuál sería el valor central en torno al que gira mi vida en este momento? Así, desfilaron: la coherencia, el respeto a mí mismo y a los demás, la serenidad, la naturalidad, la lealtad, el tiempo propio, la autenticidad, el autocuidado, la autosatisfacción, la justicia, la integridad, la profundidad de las vivencias, la consciencia, la memoria, el amor, la tolerancia... pero lo más buscado, el respeto. No extraña, pues, que fuera propuesto como tema para el diálogo filosófico que, propiamente, comenzaba a continuación. Durante las aclaraciones, que fueron necesarias en la exposición de los anteriores valores, se evidenciaron dos aspectos a tener en cuenta, cuando hablamos de valores: que han de ser aplicados en cada caso y situación , y esto supone evitar que se vuelvan rígidos y, además, no olvidar la aparición de posibles dilemas, situaciones en las que hay que decidirse y hay que aprender a decidirse.

¿En qué consiste respetar? ¿Todo es respetable? Los asistentes fueron por partes... Comenzaron las aportaciones personales sobre lo esencial del respeto, aquello que lo convierte en verdadero respeto, así como la necesidad de ir dejando de lado algunas confusiones habituales, que nos conducen a quedarnos en la mera superficie del respeto, algo que solamente se le parece. Respetar es aceptar aunque no se esté de acuerdo. Respetar es entender, porque si algo no se concibe desde dentro de sí mismo, no se respeta de veras. Respetar es apreciar, antes que nada, la dignidad del sujeto, su valor en sí mismo. Respetar es posible, si quien respeta se respeta a sí mismo. Miradlo, porque la RAE no recoge ni por asomo todos estos matices. Es una de las ventajas de poder dialogar juntos, filosóficamente. Y luego siguieron. Respetar es comprender, pero comprender no es justificar los actos llevados a cabo. Y aquí hubo que detenerse: era necesario distinguir entre la persona y sus actos. Lo que una persona hace o piensa o dice ha de ser respetado, pero no tiene por qué ser justificado o permitido, si es dañino o va contra la posibilidad de expresarse u obrar los demás. Recordad la cita que antecede a este relato, de inspiración volteriana: defenderé hasta el final la posibilidad de que podamos discrepar. La persona siempre puede ser comprendida, y debe ser respetada. Incluso sus ideas, pero no por ello las acciones a que den lugar. Esto es decisivo.

La anterior distinción entre la persona y sus actos ya enfilaba al grupo hacia una respuesta a la segunda pregunta que se habían planteado: ¿todo es respetable? Fue muy iluminador constatar cómo esta diferenciación es crucial para llevar a cabo satisfactoriamente algunas profesiones, que tienen por objeto alguna relación de ayuda a otras personas. ¿Cuál sería el sentido de la docencia o del trabajo social, si se olvidan de mirar a la persona que siempre está detrás de sus acciones, aunque sean reprobables? Mejor sería que abandonasen sus respectivas profesiones, ¿no es verdad? Y continuaron los participantes analizando situaciones que, de todo punto, no deberían ser respetadas: como se ha dicho, si una actitud implica no respetar la diferencia de los demás, por ejemplo, si directamente se rechaza lo diferente por ser diferente, o bien, no se le permite expresarse; no debería respetarse tampoco la manipulación consciente de la verdad, y de ese modo, manipular a los demás, o bien, satisfacer intereses de carácter interesado (puede que de esto haya mucho en la actualidad); tampoco, la manipulación del bien o lo mejor en un caso dado, por ejemplo, querer hacer pasar un bien individual por un bien general (lo que tampoco es raro en los usos actuales de la “mala política”).

En este punto, el diálogo dio un giro muy interesante, por lo fructífero de su resultado. Recordemos una idea que había quedado anteriormente expuesta, pero no desplegada: el respeto a los demás ha de comenzar por el respeto a uno mismo. Y, además, aplicando lo hallado sobre la esencia del respeto, decíamos que de poco vale un respeto que no se pone a prueba a sí mismo, con aquello que se está en desacuerdo. Pero claro, plantea en voz alta uno de los participantes: “Yo no voy a tener nunca un desacuerdo conmigo mismo; ¡soy yo mismo!”. Y esto suscitó una de las discusiones más bonitas del encuentro. ¿Estaba el grupo de acuerdo con tal afirmación? Pues no, casi todos dijeron que no. ¿A qué se referían? Lo puedes suponer: en nosotros también hay divisiones internas, provocadas por nuestras dudas, nuestros conflictos, nuestros miedos... En mi interior tengo diferencias, con las que me he de reconciliar, reconociéndolas primero. ¿Cómo? Aprendiendo a ser consciente de mí mismo, conociéndome a mí mismo. Para vivir en armonía fuera, necesitamos cultivarla dentro, poder ser un espejo limpio para poder mirar a los demás con auténtico respeto. Mirarnos y reconciliarnos, mínimamente, con nuestras sombras interiores. De lo contrario, todo respeto a los demás podría encubrir algo mío que me impide verlos, entenderlos, desde sí mismos. Me sería fácil respetar (y valorar y apreciar) a quien se parezca a mi imagen de mí, o bien, a la imagen de quien quiero ser o lo que quiero alcanzar, pero sería más complicado respetar a quienes son verdaderamente diferentes; posiblemente, los percibiría como obstáculos para mi propio desarrollo, en función de mis propios deseos y temores.

Una de las participantes propuso, casi al principio del diálogo, tener en cuenta la etimología de la palabra “respeto” o “respetar”. Y ahora podíamos todos comprender la importancia de acudir al origen de nuestro lenguaje, pues es muy posible que, históricamente, hayamos perdido el contacto y nos hayamos desviado, dando lugar a confusiones que luego nos impiden conocer y conocernos adecuadamente. Respetar, en latín, se dice respectare, que podemos traducir como “volver a mirar”. Y esto es maravilloso. Porque respetar implica volverse a mirar aquello que puede ser digno de respeto. Cuando lo hago, cuando vuelvo a mirar con más atención (o miramiento, diríamos) puedo ver a lo otro más fácilmente como es. Y cuando así lo veo, en sí mismo, por sí mismo, no es nada difícil llegar a respetarlo. No lo es. Esta segunda mirada o reflexión es lo que necesita el respeto para existir. Pero también puedo volver a mirarme a mí, lo que podemos llamar, entonces, autorreflexión, comprenderme, respetarme y quererme. Y ya no será difícil que también pueda amarte a ti, pues, lo valioso en mí, está también presente en ti. Vale.







martes, 4 de abril de 2023

¿En qué consiste aceptar?


Sobre la aceptación

Café Filosófico en Torre del Mar 2.5

09 de marzo de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Viva su vida como viene, pero siempre alerta, siempre vigilante, dejando que todo acontezca como acontece, haciendo las cosas naturales de un modo natural, sufriendo, regocijándose –como la vida lo traiga.

Nisargadatta Maharaj

Al poeta y al sabio todas las cosas se les acercan amistosamente y quedan consagradas, todas las vivencias son útiles, todos los días sagrados, todos los hombres, divinos.

Emerson



¿En qué consiste aceptar?

Entre los principios de la sabiduría de todos los tiempos se halla la soberanía del aceptar. Seguramente, querido lector y participante en diferido de este diálogo filosófico celebrado en la taberna El Oasis de Torre del Mar, que en tu mente se agolparán muchos sentidos de la palabra “aceptación”, y no todos te gustarán. Pues bien, este relato de lo que ellos y ellas dijeron aquella tarde tratará de ayudarte a aclarar tu mente. Los principios, como todo lo esencial, es necesario entenderlos bien, de lo contrario dejan de ser un principio y se convierten en un obstáculo para la vida. Ya nos advierte Parménides en su poema, según le desveló la diosa, que lo que es, es; y más nos vale tomar conciencia de esta “verdad redonda”. Y Friedrich Nietzsche santificó la capacidad de decir sí a lo que hay, como condición para una vida saludable. Explayemos la vigencia del principio de la aceptación, dejándonos guiar por nuestros participantes, que nos ofrecen su experiencia, con sus angustias y superaciones personales.

Todo comenzó con una pregunta del moderador del encuentro: ¿cómo veo yo a los demás? Una pregunta siempre importante y siempre por desentrañar, puesto que marca el contorno de nuestras relaciones humanas y no humanas. “Los demás” son una magnífica ocasión para reconocerme, pues, en el fondo me estoy viendo a mí en los demás. Los demás, aparte de ser ellos mismos, tienen mucho que ver con una imagen simultánea que se va formado en mí, de mí y de los demás. Aprovechemos esta ventana. Y demos las gracias por prestarse a ser vehículos de nuestro propio aprendizaje (y yo de ellos, claro). Así lo refirió la primera participante que tomó la palabra: los demás son una oportunidad para conocerme. Y el resto de participantes dijeron que los demás son iguales a mí, despiertan mi curiosidad, y también me permiten tomar conciencia de nuestra fragilidad como seres humanos, los demás son un complemento, son iguales y diferentes, suponen una posibilidad de expresarme y comunicarme, de apreciar las diferencias, y comprobar que hay tanta buena gente, nunca dejan de ser un misterio, como la amistad, somos hermanos y cómo se disfruta la alegría de compartir, cómo cubren también mi necesidad de relacionarme, y no sentirme tan invisible, para sentirme conectada, somos como hormigas en un hormiguero, iguales y diferentes, y yo soy una hormiga, somos partículas de otros, y nos enriquecemos mutuamente, somos complementarios, y podemos convivir y entendernos y tolerarnos, y somos unos con otros una oportunidad de conocernos, pero también de divertirnos juntos.

Adelantamos que el grupo estaba muy interesado en averiguar cuál era la verdadera aceptación y distinguirla muy bien de una aceptación inauténtica. Habitualmente, hay mucha confusión con este término y se mezcla aceptar con resignarse y se piensa que aceptar implica justificarlo todo o que ha de conducir a la inacción. Un dejar pasar, sea lo que sea. Y ya te dicen ellos y ellas que no, que la aceptación genuina no es eso. Que quizás el peso de siglos de autoritarismo religioso o político nos conducen a estos malentendidos. Porque a los sabios antiguos de oriente y occidente no les sucedía. Ni a los participantes de este diálogo filosófico, después de la indagación conjunta que llevaron a cabo. Cuando se pusieron a pensarlo de veras. Veamos, a lo que llegaron.

“Aceptar” implica ser conscientes de la realidad, estando muy atentos; es un fluir con lo que hay, pero no pasivamente, sino de una manera activa; implica conocer a fondo la situación, admitirla e, incluso, llegar a quererla; estar en paz con las cosas que suceden; arribar a una claridad que te hace sentir una gran libertad interior, que te permite afrontar lo que haya que afrontar con total lucidez. Esto quiere decir que la aceptación incluye tres componentes básicos: la comprensión plena de la situación, la asunción completa que lo que hay y la acción consciente que corresponda (activa o pasiva, según sea lo mejor para el caso). Por lo tanto, como decíamos, nada de resignación, nada de pasividad por principio. Este es el punto de partida auténtico para afrontar una realidad, con todo lo que conlleve, agradable o desagradable, deseada o indeseada. Si no somos capaces de aceptar consciente y plenamente, lo que siga no tendrá nada que ver con nosotros. Y esto nos atañe mental pero también emocionalmente. Decir sí, conscientemente, es quererlo tal como es. Cualquier “debería”, cualquier “me gustaría” nos aleja de la realidad, y nuestras acciones o actitudes no serán acordes. Estarán fuera de la realidad. Ya cada uno sabrá cómo prefiere vivir. Por esto, una adecuada experiencia de duelo o pérdida ha de incluir necesariamente el momento ineludible de la aceptación.

Este es el proceso visto desde fuera, objetivamente, pero, ¿cómo se vive por dentro, subjetivamente? Sabemos por experiencia que no es nada fácil y que, a menudo, la aceptación ha estado precedida de un viacrucis, la noche oscura del alma de que hablara san Juan de la Cruz. Y nuestros participantes no descuidaban este aspecto vivencial o fenomenológico. Así, hablaron de una lucha sin cuartel en nuestro interior, un período que es necesario atravesar; donde, incluso puede aparecer una rebeldía nada desdeñable, de la que hay también que hacerse cargo. Pero la clave está en no huir, afrontar lo que haya, mirarlo, acogerlo y sentirlo a fondo... cuando esto se hace con consciencia, toda lucha, toda rebeldía va diluyéndose poco a poco. Al poner consciencia, cesa la lucha, pues no hay resistencia, no hay dualidad ni enfrentamiento dentro. Y el estado al que se abre la mente es la aceptación, incluso gozosa, y luego la paz interior.

Preguntaron: ¿todo es aceptable? Toda situación... Y respondieron al unísono: si eso es la aceptación, la respuesta es claramente afirmativa. Como se ha dicho, si aceptar no es justificar cualquier cosa ni resignarse de cualquier modo. Principalmente, aceptar nos vale para todo aquello que no depende de nosotros, en la medida en que no depende de nosotros. Mirad cuánto hay de eso; mirad cuán útil para la vida resulta la aceptación. Es importante ejercitarse en la aceptación, y cuánto mejor en un contexto no dramático ni acuciante como el nuestro, nuestro café filosófico, entre amigos, entre seres humanos como nosotros. Así estaremos mejor preparados. Vale




jueves, 10 de noviembre de 2022

¿Cómo ser capaz de tomar mis propias decisiones?


 Sobre nuestras decisiones

Café Filosófico en Torre del Mar 2.1

27 de octubre de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas

Yo soy yo y mi circunstancia,

y si no la salvo a ella no me salvo yo.

Ortega y Gasset


La debatida cuestión, inscrita en los anales de la Filosofía y de la Humanidad, sobre la libertad (si somos o no somos libres), se pone a prueba cuando tenemos que tomar nuestras propias decisiones. Parece sencillo, pero es difícil; parece difícil, pero es sencillo. Los participantes de este primer Café filosófico de la temporada, en Torre del Mar, pueden aclararte lo esencial de la cuestión. Así que te animo a seguir este relato.

Lo primero de todo, estar bien centrarnos en el diálogo, dejar a un lado nuestros agobios y las prisas, crear un ambiente en el que puedan aflorar bonitas ideas sobre el problema que decidimos trabajar esa tarde, como se ha dicho, el arte (muy humano) de tomar decisiones. De manera que el moderador del encuentro dirigió un breve centramiento para que el grupo pudiera acceder a dicho estado de buena predisposición. Y este es el poso de sensaciones, sentimientos o ideas, a los que accedieron: una mezcla de descanso y curiosidad, un estado de plenitud, la conciencia del estrés que traía, un sentimiento ilusionado, algo de vértigo al cerrar los ojos, un estado de contento, una mezcla de relajación y alegría, sentimientos de mayor tranquilidad, mayor ilusión y mayor fuerza.

Después de este acondicionamiento interior, el grupo se dispuso a entrar en faena. ¿Cómo podemos ser capaces de tomar nuestras propias decisiones? Acrecentando nuestro conocimiento propio, limpiando nuestra visión de opiniones ajenas, seleccionando la información más relevante... Sí, pero ¿esto es suficiente? Porque también están las circunstancias que rodean nuestras decisiones, y muchas veces, más que afectar nosotros, somos afectados de algún modo. Y, en ese preciso instante, vuelve a preguntar el moderador: así pues, ¿somos capaces de tomar nuestras propias decisiones? Y ante la respuesta unánime de que sí lo somos, llama la atención sobre la aparente contradicción en que se estaba cayendo: si somos afectados, estamos condicionados y no somos totalmente libres... Esto introdujo una visible inquietud en el grupo. Y para que la inquietud tocase fondo, pregunta, de nuevo el moderador: ¿es posible alguna acción o decisión nuestra que no esté condicionada? Esto suscitó una viva discusión, cuya conclusión puede concretarse en el siguiente silogismo: “todo está relacionado con todo en este mundo”, “toda relación afecta a los sujetos u objetos relacionados”, “nosotros estamos en este mundo”, por tanto, “todo nos afecta (o puede afectarnos en algún grado)”. Pues bien, admitida esta conclusión, y ya que no somos ángeles ni puros, la salida que no queda como seres humanos es la de procurar asintóticamente, progresivamente, en lo que que se pueda, todo lo que se pueda, decidir lo más libremente posible. Immanuel Kant ayuda mucho en estas situaciones aporéticas, o sin salida aparente.

Lo anterior situaba el problema en su justa dimensión. Para esto había servido el ahondar. Por ello no hay que tenerle miedo al hecho de “tocar fondo”, porque desde ahí podemos impulsarnos y llegar más alto... Precisamente, lo que nos proporciona el ejercicio de la reflexión filosófica. Entonces, ¿cómo podemos alcanzar decisiones más libres, más nuestras? Así lo dijeron: conociendo la situación de decisión lo más objetivamente posible; esto implica muchas veces el factor tiempo: es decir, dejar que las cosas maduren, ir más allá de nuestro propios cambios de visión, muchas veces, subconscientes. Lo que nos lleva a la necesidad de obtener un conocimiento de nuestro interior lo más objetivo posible. Sí, porque, si se mezcla lo interior y lo exterior, nuestras decisiones nos pueden llevar, más fácilmente, a consecuencias no deseables. Una mínima limpieza o transparencia interior es necesaria. De lo contrario, nuestras decisiones serán más inseguras e ineficaces, y veré fuera lo que está dentro y viceversa. Y esto puede trabajarse, en el camino del autoconocimiento. Así, Epicteto nos ofrece, desde hace tanto, un principio fundamental en el arte de decidir lo que he de hacer en cada momento de mi vida: aprender a discernir con la suficiente claridad lo que depende y lo que no depende de mí, y no confundirlo, como en tantas ocasiones sucede.

El grupo se sentía inspirado, y uno de los participantes sugirió que nos dejáramos ayudar por el significado del famoso dicho de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Ni yo, ni mis circunstancias, sino la interacción de ambos aspectos míos. Las circunstancias (sociales, familiares, históricas, biológicas...) son los ladrillos que se me dan, que me ha dado la vida; con ellos he de construirme mi casa, mi vida. Pero, la frase del egregio filósofo español tiene una segunda parte, que otra participante apuntó: “Y si no la salvo a ella [la circunstancia], no me salvo yo”. Esta segunda parte es muy sugerente. Ellos y ellas la conectaron con la idea de aceptación de lo que nos es dado (que no es igual que “resignación”) para, a partir de ahí, hacer yo lo que tenga que hacer en cada momento de mi vida. En definitiva, es tan importante cuidar de mí como cuidar de lo que me rodea, a la hora de decidirme. Así lo hablaron...