Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
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viernes, 24 de junio de 2016

¿Estás tan seguro? ¿Estás tan segura?

análisis de la obra de dali: persistencia de la memoria

Ahora toca jugar a la búsqueda de la verdad. Si quieres jugar, una condición es indispensable: que no concibas la verdad como algo duro, cerrado y rígido, sino como algo blando, abierto y flexible. Aunque mejor todavía, si eres de los primeros, tu descubrimiento puede ser aún más extraordinario. Por lo tanto —rectifico— para jugar a este juego, por ahora, se requiere simplemente que seas valiente. ¿Recuerdas el conocido cuadro de Salvador DalíLa persistencia de la memoria? Si el tiempo —creemos que tan preciso y exacto, pero bien mirado— se dobla y amolda al mundo, se reblandece y pierde su rigidez metálica y dura, ¿qué será de la búsqueda de la verdad, que forma parte de esta realidad temporal en que nos movemos? Te invito a contemplar la blandura de la verdad, que tantas veces ha sido vista de manera tan “precisa y exacta”, tan impenetrable y hermética, tan pétrea e inamovible. Por ejemplo, considera la verdad de una teoría científica: ¿Qué ha pasado hasta ahora? ¿No hemos podido profundizar en ella con el paso del tiempo? En un momento dado, ¿no se nos mostró porosa y quebradiza? ¿Nos ha importado mucho? “En absoluto, así avanza la ciencia”. Pues lo mismo cabría decir respecto a cualquier otro tipo de verdad: ética, política, personal, social… Piensa por un momento: ¿Por qué hay tantos conflictos, por qué hay tantas guerras? ¡Ay, si los hombres tomáramos conciencia de esas grandes verdades en las que tanto creemos —Dios, Patria, Mundo, Yo— y las contempláramos como lo que son, ficciones nuestras, quizás esto impediría que nos aferrásemos a estas presuntas verdades hasta llegar a matarnos unos a otros por ellas!, exclamaba con pesadumbre David Hume. Y nosotros con él.

¿Y cuál es la herramienta curativa que puede ofrecerte la filosofía? La sana duda. Una objeción, una duda razonable, estar siempre alerta. Aprender a problematizar nuestras ideas y practicarlo continuamente. ¿Qué ganamos con ello? Sentido crítico y autocrítico de tu propia vida y de lo que te rodea. Por esta razón, requerimos de tu personalidad un segundo ingrediente: la valentía —dijimos—, pero también la sinceridad en la búsqueda. Si la verdad está ahí para descubrirla, más importante todavía sería nuestra actitud ante ella, cómo sea nuestra búsqueda: ¿Cómo sé yo eso que creo saber? ¿Estoy tan seguro? ¿Estoy tan segura?Queremos profundizar en la verdad. Y para ello, es importante poder ir reblandeciendo una verdad inicial, que tomaremos como punto de partida. En lugar de una verdad autocomplaciente, autosatisfecha, tratémosla como una hipótesis de trabajo. A ver qué pasa. Al final, tú puedes seguir pensando lo mismo. Nadie te lo impide. Estás en tu derecho, como suele decirse hoy día. Pero… ¡Ya sabes que hay un problema! Es suficiente con que tú te lo mires… ¿A quién no le ha pasado que se le ha caído, y se ha hecho añicos, una verdad en apariencia incontestable? ¿A quién no le ha pasado que una verdad muy sólida y brillante se le ha desmoronado y deslizado entre los dedos? ¿A ti no te ha pasado? Eres, entonces, la persona más propicia para esta tarea que te proponemos. Y nada mejor que realizar este trabajo en grupo, en el contexto de un taller de filosofía o en el transcurso de un diálogo filosófico.
Queremos profundizar en la verdad y no arremeter contra nadie. Sus afirmaciones, sus ideas y creencias serán puestas en cuestión con valentía, con sinceridad, pero no olvides que tú no eres nada de todo eso. Nuestros problemas comienzan cuando nos hacemos uno con nuestras ideas, con los contenidos de mi mente, cuando me identifico con ellos. Cuando no hay separación, somos uno esas ideas y yo: yo soy mis ideas. Y desde el mismo momento en que son cuestionadas, creemos que nosotros mismos estamos en juego. Nos inunda el temor. Más todavía en un mundo como el que vivimos, en el que ya todo parece movedizo, interpretable, manipulable, tan inestable. Sería lógico, pues, aferrarse a aquello que creemos más arraigado en nosotros. Nuestras raíces. Y esto es humano, demasiado humano (Nietzsche). Los mayores peligros sobrevienen cuando estas creencias subyacen y no somos conscientes. Por eso, problematizar es una parte de la tarea de volver consciente lo inconsciente. No es otra cosa. ¿Me entiendes?
Y no te sientas mal. Todo lo contrario, es muy gratificante. Puedes adquirir una visión más amplia. Es como si dieras unos pasos hacia atrás y pudieras observar las cosas con una mayor perspectiva. Más claras. Más verdaderas. Más evidentes. ¡No pensarías que todo este trabajo nos llevaría al escepticismo del “nada vale nada y no merece la pena” o al relativismo del “todo vale igual y lo mismo da que da lo mismo”! No es peligroso cuestionarse a uno mismoLo peligroso es no hacerlo nunca o casi nunca. Y si no te agrada efectuarlo —yrealizarte a ti mismo con ello— no hay otro problema que la falta de costumbre. Mira bien: unos niños y niñas de once años no tienen ningún reparo. Pueden cuestionarse en grupo mutuamente —siguiendo un método muy sencillo— cosas que serían muy importantes para ellos. ¿Tú por qué no vas a poder? Suelta un poco y ablanda tu caparazón. Te recuerdo que sólo se precisa un poco de valentía y mucha sinceridad con uno mismo, que es la manera más fácil y directa de poder ser sinceros con los demás.
Después de este trabajo, algunos de estos niños y niñas que te digo, de los Colegios “Los Olivos” y “El Romeral” de Vélez-Málaga, redactaron así la verdad:
La verdad es lo que relacionamos, lo que hablamos, lo que pensamos sobre algo. Si existe algo, lo tenemos que estudiar y aprobar en grupo a ver si es verdad o no. La verdad siempre está ahí para que nosotros la busquemos. La verdad =es todo.
 La verdad no siempre es verdad. A veces por muchas razones que tengas para creer la verdad no tiene por qué ser válida. La verdad, por muchas veces que la busques, pocas la encuentras, ya sean presentes, pasadas o futuras. La verdad siempre está abierta a cosas nuevas. La verdad está en nuestro interior. Buscad vuestra verdad, tarde o temprano la encontraréis. Chic@s, la verdad la tienes que buscar, ánimo, la encontraréis. La verdad no existe. La verdad eres tú. Tú eres la fuente de tus emociones. A qué esperas a buscarla. PD: Si encontráis la duda, encontraréis la verdad.
Hemos aprendido que la verdad es un misterio de la vida, que hay que sacar conclusiones para saber la verdad y por eso es bueno sacarla y no esconderla. Para que tus compañeros te ayuden y puedan sacarte del apuro y estés feliz y no te encuentres triste.
 La verdad te ralla un poco, pero si te centras, lo sabrás. Si cierras los ojos, ves la verdad de tu cuerpo y de lo que te gusta mucho. Pero el ahora que hemos dicho en clase es el ahora de cuando lo dices, y el otro ahora, el de después ya es otro diferente.
 La verdad es lo que piensas en unos momentos y estás totalmente segura. Hasta que llega un momento que te contradices, aunque a veces lo que dices es totalmente verdad. Como por ejemplo, la pregunta de: ¿las sirenas existen? Ahí me puedo confundir en decir qué decir, porque no sé totalmente si existen o no. Entonces, si no estás segura, no tienes una verdad que proteger. Pero si tú dices que las sirenas existen, estás tú con la verdad. Nosotros podemos estar de acuerdo, pero hay veces que no tenemos razón, por eso hay que respetar lo que digan los demás.
Publicado en Homonosapiens

lunes, 16 de mayo de 2016

¿Qué puede ser esto?

 
Juguemos a imaginar para desarrollar pensamiento. Pero, ¿qué tendrá que ver pensar con imaginar? ¿Por qué habríamos de trabajar con unos niños y niñas de primaria la imaginación, si queremos que aprendan a pensar por sí mismos? Es más necesario que nunca. En absoluto ha quedado obsoleta la tesis de Giovanni Sartori (1997), sobre el homo videns en que estaríamos convirtiéndonos, a causa de la actual sobreexposición audiovisual de nuestro cerebro. Aunque pueda parecer paradójico —sin embargo es bastante lógico que así sea— el exceso de imágenes en nuestras vidas atrofia nuestra imaginación y con ello nuestra capacidad de abstracción, nuestra capacidad de pensar. ¿De qué modo? Recordemos lo que es pensar: concatenar ideas de un modo consciente. ¿Y cómo somos capaces de enlazar ideas o conceptos? Ya lo sabías: mediante la imaginación, que traza los puentes, los eslabones entre las ideas. A ver: te propongo estos tres términos: “casa”, “sol”, “gato”. Presentados de esta manera no tienen sentido, no podemos entender nada. Añade tu imaginación y el mundo de ese gato, esa casa y ese sol se poblará de sentidos, se llenará de inteligibilidad, de historias.
Es bastante frecuente que la profesora de filosofía o el profesor de historia —pongamos por caso—, mientras lee los escritos de sus alumnos y alumnas, encuentre desorden, incoherencia y falta de ligazón entre las ideas que se están exponiendo. Y lo mismo sucede oralmente. Se habla de muchas cosas variadas, superpuestas unas a otras, pero sólo islas solitarias necesitadas de un explorador que abra las rutas para poder transitar a través de ellas. Es así de increíble, pero a nuestro alumnado de secundaria y bachillerato —en demasiadas ocasiones, demasiada carencia— le falta imaginación y no entiende. Salida habitual: si tengo que saber algo, lo aprendo de memoria. Consecuencia: no lo sabe en absoluto pues no lo comprende y lo olvidará al volver la esquina en que ya no le haga falta. Es muy diferente el entrenamiento, para nuestro moldeable cerebro, que yo lea una historia o bien que la vea reflejada en una película. Si estoy contemplando las imágenes, ¿para qué necesito imaginármelo? Consecuencia: a fuerza de no emplearla, la imaginación se va marchitando y con ello la posibilidad de pensar por uno mismo, hacia atrás —pensamiento reflexivo— y hacia adelante —pensamiento proyectivo y creativo—. Así pues, nuestro alumnado tiene dificultades para pensar porque no sabe imaginar. Imagina sí —¡y de qué manera!—, dentro de los mundos audiovisuales, también en contacto directo con mundos físicos y tangibles, pero sin tenerlos ahí delante —sin estar viéndolos y tocándolos, es decir discurriendo conceptualmente—, esto ya le resulta cada vez más dificultoso. Dificilísimo.
Esta es una poderosa razón para propiciar que nuestros niños y niños no dejen de practicar su imaginación. Les va en ello el entendimiento, la comprensión y el discernimiento. Generar pensamiento propio, así comopensar el pensamiento, requiere de mucha imaginación. ¿Hay algún artista creador o algún científico innovador que no se haya valido para sus hallazgos y aportaciones de su desbordante imaginación? ¿Algún genio para sus genialidades? Pues bien, practicar la filosofía contribuye a desarrollar esas habilidades o capacidades que ya están en todos nosotros —homo sapiens sapiens—, que son transversales en el currículo de cualquier época, y que si no se entrenan a tiempo se detiene su crecimiento. Así pues, como advierte Óscar Brenifier, ¿hasta cuándo deberíamos esperar para trabajar con el pensamiento? Si esperamos a la adolescencia puede ser demasiado tarde en muchos casos. Es cierto que el desarrollo de la capacidad de abstracción se completa hacia los 12 o 14 años, pero ¿con qué grado de desarrollo, de qué modo y con qué objetos o contextos se habrá desarrollado? No olvidemos que la capacidad de pensar y de expresar lo que pensamos incluye el discernimiento de lo que es valioso de cara a nuestras decisiones responsables, que afectan tanto a nuestras vidas como a la de los demás. No olvidemos lo que Hannah Arendt tuvo que manifestar a propósito del juicio contra Adolph Eichmann y la banalidad del mal: “Que un tal alejamiento de la realidad e irreflexión en uno puedan generar más desgracias que todos los impulsos malvados intrínsecos del ser humano juntos”. Es decir, que aquel que actúa mal lo hace en función de lo que cree saber, pero pueden estar siendo condicionados sus juicios y acciones por sus creencias e ideas limitadas o erróneas, como descubrió el viejo Sócrates y refuerzan hoy día algunas corrientes de psicología. Por lo tanto, desarrollar la capacidad para ser conscientes de lo que nos rodea y de nosotros mismos no es un asunto banal, nos va mucho en ello. Aprender a filosofar no es una cosa cualquiera. ¿No será mejor comenzar pronto, a edades tempranas?
—¡Buenos días! Atentos: chicos, chicas: ¿Qué puede ser esto? Y les mostramos “algo” a unos niños de la escuela primaria, para que ellos como sujetos que son, de un modo explícito, se conviertan en creadores de objetos por un rato a través de su imaginación. Un trozo de madera, un trozo de tela, un trozo de papel o un trozo de alambre en forma de clip puede valer. De pronto, comienzan a desfilar por el aula raquetas, calzadores, olitortas, olipalas, matamoscas, rascadores y oliváteres, pero también dejatontos, abrepuertas, voladeras o veleros hormigueros. Más tarde, aparecen por la voluntad de su imaginación toallas, pañuelos, cuadrados azules, secatodos, tapacaras, guantes, empapadores o minicapas, pero también posavasos, antifaces, pintatoallas, velos, supertrapos, calientapiés, borradores y banderas. Luego, les pedimos que construyan una pequeña historia con sentido, que sea clara, que no se repita y que, por lo menos, le guste a alguno de sus vecinos de pupitre. Después, se leen las mejores historias para toda la clase y se discute cuáles han sido más interesantes y por qué motivos. Finalmente, proceden a plasmar lo que se ha trabajado, produciendo dibujos o figuras de plastilina de alguno de los objetos o de las historias creadas. Es un posible taller de filosofía, sencillo y eficaz, que hemos propuesto durante el pasado mes de abril a niñas y niños de sexto de primaria de los Colegios “El Romeral” y “Los Olivos” de Vélez-Málaga.
Un conocido estudio de Ken Robinson señala que allí donde los niños y niñas pueden encontrar alrededor de 200 usos de un simple clip, un adulto medio sólo logra que su imaginación configure 15 o 20 objetos posibles. Y esto va sucediendo gradualmente conforme vamos cumpliendo más edad. Se va atrofiando la imaginación y se va atrofiando, consiguientemente, el pensamiento conceptual. ¿Qué escuela estamos construyendo? ¿Qué escuela queremos construir? Quizás una escuela de la que alguien como Gabriel García Márquez no pudiera sentir aquello que rezaba: “desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela”.
Publicado en Homonosapiens

sábado, 9 de abril de 2016

¿Qué es esto?

¿Cuántas veces te ha pasado que sabes algo, que lo tienes en la punta de la mente, pero te faltan las palabras y las ideas? En este caso, plantéate si de verdad lo sabes, si lo comprendes realmente, cuando no puedes expresarlo con un mínimo de claridad. ¿Hay algo en tu vida que te importa muchísimo, pero no te ves con capacidad de decir lo que es? Lo sabes reconocer, pero no lo sabes definir.  ¿Y cuando te pones manos a la obra lo defines de un modo circular, poniendo simplemente un ejemplo, diciendo lo mismo con otras palabras, o bien confundiendo más que aclarando? “Moverse es no estar quieto”, “la justicia es lo que yo estoy haciendo”, “el bien es ser bueno”, “el hombre es un ser bípedo implume”. No parecen éstas definiciones muy satisfactorias. Lo sabes tú y lo saben unos niños y niñas de enseñanza primaria, con los que hemos disfrutado trabajando la definición socrática.
Si afirmo que una mesa es “un tablero apoyado sobre cuatro patas”, enseguida me replicarás diciendo que tu has visto mesas de tres, de dos y hasta de una sola pata, o me dirás que no todas las mesas son de madera. Y con toda la razón, pues la definición responde a la pregunta ¿qué es, en sí mismo, algo? Quiere esto decir que pretende dar con la esencia, con lo importante y decisivo de algo, aquello que no cambia de objeto en objeto, aquello que lo identifica con claridad y precisión, lo común o universal que engloba todos y cada uno de los casos particulares del mismo tipo.
Acudamos, una vez más, al campeón de las definiciones: Sócrates. Y no porque nos ofreciera —por lo menos, tal como se nos muestra en los diálogos platónicos— definiciones últimas y acabadas, sino porque nos legó unmétodo para alcanzar las mejores definiciones posibles cooperando unos con otros. Igual que les digo a los niños y niñas de primaria de los Colegios El Romeral y Los Olivos, de Vélez-Málaga, que les voy a contar dos historias de Sócrates, os lo cuento también a vosotros. La primera, que un día, Querofonte —allá por el siglo quinto antes de Cristo—, fue a preguntar al lugar más solvente de Grecia para conocer tu destino, el Oráculo de Apolo en Delfos, quién era el hombre más sabio de todos. Para su sorpresa, le respondió que era Sócrates, su amigo. De regreso, muy orgulloso, lo vemos enfilar el ágora ateniense ardiendo en deseos de contarle todo a su buen amigo. Sin embargo, no esperaba la reacción algo escéptica de éste: —¿Yo, el más sabio de todos? ¡No puede ser! De hecho, Sócrates se dedicó luego a tratar de refutar tamaña profecía, entrevistándose con aquellos personajes poderosos y famosos que se decía que eran gente muy sabia. A ellos se dirigía con la intención de aprender, y los interrogaba, más o menos de esta guisa: —¡Por Zeus! Me han dicho que sabes mucho de la justicia y del bien, ¿es posible que tú me puedas ilustrar? Y casi siempre ocurría que, si bien al principio, creían saber, más tarde, a través de las incisivas preguntas socráticas, iba quedando patente que no sabían tanto como creían saber; debían admitir, muchas veces a regañadientes o con una expresión bastante airada, su propia ignorancia. Conclusión que dicen que Sócrates extrajo de esta experiencia: —Si en algo soy más sabio, será en que admito mi propia ignorancia como punto de partida: “Sólo sé que no sé nada”. No hay mayor ignorante que aquel que cree saberlo todo, pues, por principio, está incapacitado para aprender y seguirá siendo un ignorante toda su vida.
La segunda historia se refiere a su madre: decía Sócrates que su oficio era como el de ella, que era partera. Ayudaba a dar a luz nuevas ideas en otras personas. Él solamente preguntaba. De hecho, no escribió nada. Por lo tanto, él nunca te diría lo que tienes que pensar, sino que, con sus preguntas, te ayudaría a encontrar por ti mismo tus propias respuestas. Porque tú ya sabes, sólo que no sabes que sabes. Y esto les pasa tanto a los niños como a los adultos. Muchas veces no sabemos por qué algo —una definición, en este caso—no puede ser así, pero lo sabemos. Las preguntas socráticas son un medio eficaz para ayudar en esta búsqueda. El trabajo cooperativo, no digamos: cada uno por separado no sabemos tanto, dudamos mucho, cometemos errores de bulto, pero la autocorrección que permite el diálogo y la discusión socráticos a través del grupo, es muy sorprendente. Extremadamente instructivo. Escucha con atención a estos niños y niñas. Compara sus definiciones con las que aparecen en el diccionario —como ellos hicieron, después de acabado el trabajo. Te sorprenderás. Si ellos han podido, ¡qué no podrás lograr tú, que eres adulto y más sabio! Ahora bien, tendrás que aprender a dialogar de veras, tendrás que aprender a cooperar con otras personas.
¿Sabías que la vida es un ciclo constante y que la muerte no es más que un paso a otra cosa? ¿Tendrías, entonces, que temer a la muerte, si ya has muerto muchas veces en la vida? Cada vez que has cambiado en algo…
La vida es un ciclo que tiene un rumbo y muchas fases que realizan las funciones vitales; es la realidad de los seres vivos, que pueden pensar, sentir o actuar.
¿Qué es morir? Cuando algo, o alguien, cambian de algún modo, es decir, es el final de una etapa, pero puede comenzar otra. 
 ¿Sabías que para amar hay que ser valientes, que los amigos se aman y que es necesario amarse a uno mismo? ¿Y que para amar no importa tanto el no ser correspondido?
El amor es un sentimiento abstracto de relación que transmite cariño y afecto (alegría y felicidad) hacia algo o alguien, entre seres vivos en pareja, relación familiar o de amistad, que va creciendo poco a poco.
El amor es un sentimiento en el fondo del corazón, de cariño, valentía, felicidad y amistad entre o hacia otros seres, o bien hacia uno mismo, en que tienes que aceptar el no ser correspondido.
 ¿Sabías que los amigos de verdad se aman tal como son?
La amistad es un sentimiento de relación, diversión, amor y alegría, que te llena de felicidad e ilusión, queriendo a alguien tal como es.
 ¿Te has preguntado alguna vez qué es todo lo que hay?
El Todo es aquello que nos rodea, que ha existido, que existe y que puede existir; las cosas del universo abierto e infinito, que podría verse, oírse o sentirse.
¿Y sabes qué es lo que en el fondo te da tanta vergüenza? ¿Sabías que sientes que tú estás en juego?
La vergüenza es un sentimiento que se produce cuando quedas en evidencia ante los demás o ante ti mismo, o bien, cuando quieres que la gente no note algo que te ha pasado, sintiendo miedo, alteración e inferioridad.
¿Sabías que se puede soñar tanto despierto como dormido? ¿Sabes de qué están hechos los sueños? ¿Eres dueño de tus propios sueños?
Soñar es pensar (despierto o dormido) imaginando el mundo de otra forma a partir del presente o del pasado, y a través de los deseos y las emociones, que a veces se realiza, juntándose en una historia fantástica o real, de la que eres más o menos dueño.

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domingo, 6 de marzo de 2016

¿Qué queréis saber?

¿Qué queréis saber?
Unos niños y niñas de once y doce años. Podrían querer saber muchas cosas que imaginamos los más adultos que querrían saber. Pero han querido saber “qué es la vida”, “qué hay más allá del Universo”, “por qué vivimos para luego morir” o “qué pasa después de la muerte”. Unos más pequeños todavía, de seis y siete años, quisieron saber “cómo podemos flotar en el aire un buen rato” y otros de cuarto curso de primaria “por qué el toro que aparece en el Guernica no está gritando”, después de haber visto en clase la impactante obra de Picasso. ¿Nos sorprende? Quizás no los dejamos expresarse, pero ellos son como nosotros y comparten nuestro mismo mundo. Y tienen mucho que decir, mucho que preguntar, no sólo mucho que preguntarnos.
Necesitamos una escuela con orejas —como nos recuerda Cristóbal Gómez Mayorga, un maestro muy a gusto entre sus maestros de edades tempranas— y no una escuela que sólo enuncie y certifique, que encapsule los saberes establecidos para impartirlos luego en cómodas dosis. No es que no sepan todavía en razón de su edad escasa, ellos ya saben todo lo que tienen que saber, traen “de fábrica” todo lo esencial que ha de desarrollarse. Y para esto, no son los contenidos sino la forma de abordarlos lo que es decisivo. Con un niño o una niña puedes hablar de cualquier tema de este mundo y de todos los mundos posibles. Ellos muy bien pueden abrirte un poco tu mente. Sólo hay que estar dispuestos a escuchar y prepararles durante un rato el terreno de la discusión, el diálogo, ese hablar juntos para entenderse.
¿Y qué sabrán ellos de Metafísica, materia de especialistas sesudos? Mucho. Recuerda cómo, para el ilustre Kant, la metafísica aborda las respuestas a inquietudes que no pueden resolverse definitivamente, pero que la mente humana no puede dejar de plantearse de continuo. Preguntas difíciles pero importantes, que no pueden ser respondidas de una vez consultando una enciclopedia o a un experto. Si tan sólo les pones esta condición a estos niños y niñas, formulan interrogantes como los que tienes a la entrada de este artículo; si les dieras la ocasión de discutir ordenadamente, escuchándose y colaborando juntos hacia lo mejor, preguntándose unos a otros, por ejemplo, siguiendo la metodología de Óscar Brenifier. Cincuenta ojos ven más que dos. La lección es valedera también para adultos…, incluso si se quiere formar gobierno. Pero escuchar requiere olvidarse de uno mismo por un rato, al menos, mientras estás escuchando a la otra persona.
Vamos ya con sus respuestas acordadas entre ellos mismos. Verdaderas e ingenuas, intuitivamente descubiertas. Profundas y provisionalmente, como ha de ser toda búsqueda de la verdad. Anteriormente, en el trayecto de la discusión, sólo habían sido hipótesis o respuestas posibles, que hubieron de ir madurando con el concurso de todos. Quédate con la respuesta que más te diga, para ir luego indagando tú mismo.
Respuestas metafísicas: ¿Qué es la vida? La experiencia de los seres de este mundo, desde el principio; lo que sucede cada día; algo único, siempre diferente en algo; la vida son emociones; la vida es un ciclo de la vida; todo lo que nos rodea; la vida es algo invisible e imprescindible.
¿Qué hay más allá del Universo? Hay muchos universos, unos dentro de otros; hay lo desconocido, o dicho de otro modo, que es muy difícil de conocer; no hay nada, igual a este universo.
¿Por qué vivimos para luego morir? Para que haya un mundo mejor, por ejemplo, que no haya superpoblación; lo que importa no es morir, sino cómo vivimos bien; es necesario morir para que la vida continúe, pues ésta es un ciclo.
¿Qué pasa después de la muerte? No sentimos nada después, una bombilla que se apaga; es como estar dormidos sin soñar; podremos seguir moviéndonos, claro, nuestra parte que no se muere; pasa que nacemos en otro cuerpo; descubres el sentido de la vida.
Una pregunta técnica¿Cómo podemos flotar en el aire un buen rato? Con alas de ardilla; montados en un avión; colgado de globos… En conclusión, no podemos flotar en el aire con nuestro cuerpo, sino con la ayuda de otra cosa. ¿Y con la mente, podemos volar? Sí, volamos con la imaginación.
Y una pregunta de Estética: ¿Por qué el toro que aparece en el Guernica no está gritando? Porque es el atacante; porque es la fuerza; en realidad, está calmando al caballo; pues no tenía miedo; es que es furia; lo que pasa es que se ha quedado sin palabras, mudo; está muerto en realidad; se puso de parte de los opresores; es una manera de expresar miedo a través de la diferencia de actitud.
Para finalizar, en el transcurso de estos talleres celebrados en los Colegios “El Romeral y “Los Olivos” de Vélez-Málaga, se les pedía a estos niños y niñas que expresaran a través de una redacción, un poema, una viñeta o un dibujo —cualquier modo de expresión— su conclusión personal, su respuesta propia a la pregunta que ellos mismos se habían planteado. Sin duda, ahora sabían más que al comienzo y mucho más de lo que hubieran llegado a saber por sí solos, en el breve espacio de tiempo de hora y media. Y lo más importante: habrían desarrollado sus propias cualidades… filosóficas.
Todos los niños son filósofos. Sólo algunos continúan siéndolo.
Michel Onfray
Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad.
Antonio Machado
Publicado en Homonosapiens

domingo, 18 de octubre de 2015

Filosofar con niños y niñas


El arte de preguntar al estilo socrático puedes apreciarlo en toda su extensión y plenitud de la mano de uno de sus mejores practicantes hoy día, el filósofo francés Óscar Brenifier, verdadero “sócrates vivo”. En Internet puedes encontrar numerosos vídeos donde exhibe este arte socrático de la mayéutica. Pero esta metodología también puede aplicarse con niños pequeños y también contribuye a abrir su mente, a desarrollar su juicio propio, su sentido crítico y su autoconocimiento. Como insiste Brenifier, se trata no sólo de ayudar a los niños a pensar, sino de ayudar a desarrollar en ellos sobre todo la capacidad de pensar el pensamiento. Hay diversas técnicas. Por ejemplo, si un niño tiene dificultades para expresar las razones por las que piensa algo —el porqué de su respuesta—,  se le puede proponer una situación absurda para sacarlo del irreflexivo y socorrido “porque sí”, podemos utilizar el modo hipotético, la forma negativa, o bien, podemos solicitar de la clase su acuerdo o desacuerdo con una respuesta de ese tipo. Veamos un pequeño diálogo, que Brenifier transcribe —en su obra La práctica de la filosofía en la escuela primaria—, y que logra sacar a un niño de cinco años de su encerramiento mental:

              — ¿Por qué quieres un postre?
            — No sé.
            — ¿Para jugar?
            — Sí.
            — ¿Juegas con el postre?
            — No.
            — Entonces, ¿quieres un postre porque quieres jugar?
            — No.
            — ¿Por qué quieres un postre?
            — No sé.
            — ¿Es porque tienes sed?
            — Sí
            — Si te doy agua, ¿te estoy dando un postre?
            — No
            — ¿Quieres un postre porque tienes sed?
            — No.
  — ¿Por qué quieres un postre?
  — Porque tengo hambre.

sábado, 23 de mayo de 2015

¿Quién soy yo?

¿Quién soy yo? Podríamos pensar a primera vista que la inquietud humana contenida en esta pregunta es egocéntrica, que responde a una conciencia muy moderna y muy occidental, que el sujeto es un descubrimiento de aquí. Cambia la situación, si me doy cuenta de que lo que yo soy, ya lo soy, ya lo he sido siempre. Pero más cerca de casa, todavía, nos deja sentir que somos un algo más del universo, y que si todos formamos parte y venimos de ahí, todos somos ese universo. A través de esta perspectiva, no es tan difícil situar la envergadura de la pregunta “¿quién soy yo?” en la universalidad del anhelo humano por saberse y por ser, como todos los demás seres del aglomerado de partículas de galaxias y estrellas que nos compone y recompone continuadamente. Es tan universal la pregunta que la vida de todo ser humano se esmera sin apenas desfallecer, consciente e inconscientemente, por rondarla y agradarla. Yo mismo soy un caso particular de ti mismo. Seas joven o viejo, niño o adulto, mujer o varón, rico o pobre, más sabio o menos sabio.
Porque nos preguntamos ahora por nuestra esencia y no por nuestras cualidades, lo que somos de verdad, en el fondo de nosotros mismos. Imagina que somos como una lechuga: comienza a deshojarla, capa a capa, si llegas al cogollo, habrás llegado al centro desde donde se despliegan uno tras otro los niveles de tu conciencia personal. De este corazón sale todo lo demás. Te puedes quedar en la superficie, pero entonces ignoras el fondo oceánico, del que emergen y donde se anclan todas las olas; tus oleadas de entusiasmo y de tristeza, tu afán egoísta unas veces y más compasivo otras, tus carencias y tu plenitud, si eres paciente en el mirar. Mira adentro, comprenderás lo de fuera. Descubre la verdad. Retira por un momento la tapadera de la realidad sensorial y más densa para alcanzar la sutileza de la vida y la existencia. No te quedes en lo que te han dicho o en lo que has oído —presta más atención—, mira bien lo que somos. A cada momento, puedes hacerte esta pregunta: “Si yo no fuera todo eso, ¿seguiría siendo el que soy?”. Tú eres tu nombre, tu fecha de nacimiento y donde vives, pero sin ellos, ¿ya no serías tú? Tú eres tu cuerpo, pero si tuvieras otro cuerpo distinto, ¿no seguirías siendo tú mismo? Tú eres tu profesión, pero ¿sólo eso? Eres “trabajador, amable, buen compañero, juguetón y buen amigo, más nervioso o más tranquilo”, eres muchas cosas. ¿Sabrías distinguir lo más profundo de ti y no confundirlo con lo más aparente? Quizás lo más hondo sea lo más importante, más adelante en nuestras vidas.
Te copio una serie de respuestas posibles. De ellas, ¿cuáles te parecen que son más básicas, más esenciales?Aristóteles ya te previene para que no te quedes colgado de lo accidental (que puede darse, pero podría no darse: de este modo, ser humano es esencial, pero no ser blanco o negro de piel, que sería accidental). Yo soy: “bueno, amor, alguien que ayuda, capaz de resolver problemas, ordenado, sereno, listo, una persona, positivo, original, alguien que aprende, yo mismo, alguien que llega a ser, que tiene buen corazón, feliz, un ser vivo, de carne y hueso, diferente, alguien que se quiere a sí mismo, lo profundo de mi corazón”. Todas ellas son respuestas que te ofrecen —después de un trabajo filosófico— unos niños y niñas de entre 7 y 11 años, durante el desarrollo de unos recientes talleres de filosofía con ellos y con ellas*, siguiendo la metodología de Óscar Brenifier.
Si te sorprende la hondura de algunas de sus conclusiones —que luego transformaron en algo más personal—, quizás debes preguntarte conmigo lo siguiente: ¿En qué momento y por qué motivo va perdiéndose esta capacidad de preguntar por nosotros mismos? En lugar de un pensamiento mecánico, más creativo, más conciencia y menos dejarme arrastrar por la corriente; en lugar de respuestas ya dadas, buscarlas, mis respuestas, no las que esperan de mí, acordes a la imagen que me voy formando de mí mismo, a base de creerme lo que otros me dicen —o muestran— que soy. Todos somos filósofos, puesto que buscamos saber para ser, entonces, ¿cuándo y de qué manera dejamos de filosofar? Algo de ello adviene cuando alejamos la vida de la filosofía, o bien, cuando desligamos la reflexión filosófica de la propia vida humana de cada uno de nosotros, que para el caso viene a ser lo mismo.

Imagen| Yo soy: Lo profundo de mi corazón (Irene, 8 años)
Más dibujos: ¿Quién soy yo?
*Estos talleres de filosofía se realizaron en el CEIP El Romeral de Vélez-Málaga

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