Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva espiritualidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva espiritualidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de diciembre de 2018

Filosofía de la espiritualidad (un preludio)

Resultado de imagen de hombre de vitruvio
Hablemos de vida espiritual, y hablaremos de la vida interior. Vida de la conciencia. Y si hablamos de vida de la conciencia, nos referimos a una actitud determinada, una perspectiva propia, una mirada irrepetible. Conciencia es perspectiva consciente. Pero también, nos referimos a un particular y concreto nivel de desarrollo de la conciencia. Conciencia es la actualización singular aquí y ahora de un potencial de vida. Puede estar más actualizado o puede estar menos actualizado. Así se muestra. Así se expresa. De manera que este desarrollo puede acompañarse de un trabajo interior. Un trabajo espiritual que ejercite ese potencial de conciencia siempre presente en nosotros y lo vaya desplegando más y más. Pierre Hadot se refiere a un conjunto de ejercicios espirituales practicados en la antigüedad, recogiendo la tradición de la áskesis greco-romana. Nosotros hablaremos sencillamente de ejercicios filosóficos para aprender a vivir mejor toda nuestra profundidad de ser. Ese vacío fértil. Ese silencio creador y vivo.

Publicado en la Revista El Búho, Número 17 (1 de noviembre de 2018)


sábado, 25 de agosto de 2018

El despertar de la conciencia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 9.6
16 de marzo de 2018, Cafetería Bentomiz, 17:30 horas.


Nuestros participantes inundaron de buenas noticias el encuentro filosófico del mes de marzo. Noticias, al parecer no muy publicables en los medios que nos invaden. Cosas que pasan y cosas que nos pasan, casi desapercibidas, en un mundo que parece –no sabemos del todo si aposta– empeñarse en ofrecer, continuas y seriadas, malas noticias. Y no todo está tan mal en este mundo. La gente normal completa cada día de cosas buenas su día. Nosotros, que estamos despertando, que somos conscientes. Por esto, se preguntaron aquel día 16 de marzo de 2018, a las cinco y media de la tarde, en la cafetería Bentomiz de Vélez-Málaga, por el despertar de la conciencia. Pero, ¿qué es el despertarse? ¿Cómo saber que hemos despertado? ¿Por qué hay despertarse? Y, además, ¿es un despertar individual o es colectivo? Ay!, la conciencia colectiva... con este despertar... otro gallo nos cantaría. Y os lo puedo asegurar... ellos estaban muy despiertos. Para saber más, habrás adentrarte en el relato que sigue a continuación.

LEER MÁS...

viernes, 13 de julio de 2018

¿Qué soy yo?

¿Qué soy yo?
Preguntar por la naturaleza humana –en la era de la ciencia y la tecnología– ha de llevarnos con frecuencia a recoger confortablemente los resultados de las ciencias humanas y naturales. Y con ello ya obtendríamos una prolija recopilación de datos acerca de lo que somos. Sin embargo, por muy necesario que esto pueda parecer, por muy conveniente que resulte disponer de la última información registrada por la neurociencia o la antropología, evitando el riesgo de tratar de responder a la pregunta qué somos sin el asidero de los hechos –hasta el momento– contrastados empíricamente, tan sólo estaríamos situados en la superficie visible de nuestra naturaleza. Incluso, diríamos, en la superficie de la esencia del universo. La pregunta por la naturaleza humana –qué soy yo– necesita acudir al fondo de lo que yo mismo soy –quién soy yo–, y no solamente cómo somos, mis variados y cambiantes modos de ser, nuestras características observables, también desde la perspectiva de lo estudiable científicamente.

Leer más en HomoNosapiens


sábado, 22 de julio de 2017

¿Para qué el error?


En un Café filosófico no hay errores, todos son aciertos. El error posee una razón de ser, que la discusión filosófica ha de indagar. Todo es aprovechable. Lo mismo en la educación. Por eso Sócrates es el mejor maestro. Pero también en la vida. La filosofía es como la vida. Es una forma despierta de vivir. Así que es muy posible que, en la vida, detrás de un error haya siempre una verdad, latiendo, instruyendo. Uno de nuestros mayores retos, como seres vivientes, quizás sea integrar conscientemente nuestros errores, porque integrados en mi vida ya lo están de suyo. ¿Acaso sería yo ahora el mismo sin mis errores? ¿Y cuándo me siento yo mejor, que cuando logro vislumbrar la verdad escondida tras un error mío? Entonces, estoy en buena disposición para decir lo que he de decir, hacer lo que he de hacer. Entonces, me siento muy a gusto conmigo mismo, muy satisfecho de mí. Estoy en la verdad y desde ahí siento, hablo y actúo. Estoy en mí, aposentado en mí. Ahí no hay desdicha, no hay drama. Hay plenitud y goce sumos.


Leer más...

martes, 18 de julio de 2017

¿Por qué estoy aquí?



Resultado de imagen de cuento el huevo andy weir


Estos tiempos generan individualismo y visión corta. Ombliguismo. Quizás por eso, nos cuesta trabajo adquirir una visión más universal de los asuntos y de la propia vida. Todo lo vemos diferente, exclusivo. Y por supuesto, lo que a mí me pasa, lo que yo pienso y siento, no le pasa a nadie. ¡Que no me confundan! Así, no es raro que algunas personas tengan algunas dificultades para moverse entre líneas, navegar entre los distintos niveles. Les hace falta algo de entrenamiento, para pasar de universal a lo particular -sin perder toda su profundidad- y de lo particular a lo universal - con todos sus matices-. Una manera de desarrollar esta habilidad es a través del ejercicio filosófico, la filosofía practicada juntos. Pongamos por caso la pregunta de aquella tarde: ¿Por qué estoy aquí? No es difícil que se centre la respuesta en el yo que está supuesto ahí, en la pregunta, convirtiéndose la respuesta en una respuesta egocentrada, incapaz de ver más allá de sí misma, de sus muchas preocupaciones mundanas actuales. Sin embargo, lo cierto es que ¡todos estamos aquí también! Algo compartiremos, algo podremos comunicarnos, algo podremos entendernos y ayudarnos mutuamente. Quédate, entonces, con nosotros. Tamaña pregunta metafísica tendrá un desarrollo mundano a tu alcance, de manera que puedas estar en ti y, al mismo tiempo, salir de un poco de ti, hacia el horizonte que te ofrecen estos participantes del séptimo café filosófico de la temporada.


Leer más...

domingo, 26 de marzo de 2017

Vivir sin miedo

 La emoción básica que gobierna toda la actividad del ego es el miedo. El miedo a no ser nadie, el miedo a no existir, el miedo a la muerte. Todas sus actividades están concebidas en último término para eliminar este miedo, pero lo máximo que puede hacer el ego es taparlo temporalmente con una relación íntima, una nueva posesión, una victoria en esto o en lo otro. Una ilusión nunca podrá satisfacerte. Sólo la verdad de lo que eres, si llegas a ella, te hará libre (Eckhart Tolle, Un nuevo mundo, ahora).

Un grupo de alumnos y alumnas han querido dibujar en mitad del patio del instituto, a instancias de su profesora de Lengua Española, un rótulo con esta leyenda: “Vivir sin miedo”. Todos intuyen la importancia de vivir cada uno su vida sin miedo a vivirla. Lo saben. Lo sabemos. Sin embargo, ¿por qué tantos temores? ¿Por qué inventamos tantos modos de huir del dolor? Ellos son jóvenes de edad. No están todo el día lamentando el vivir. Pero se les nota, se nos nota, de otra manera. Es un miedo larvado, profundo, metafísico, ancestral. El sabio Krishnamurti decía que no tememos lo desconocido, que sólo puedo tener miedo en relación a algo que conozco: el miedo de perder lo que he conocido, a lo cual me he vinculado fuertemente. Por tanto, mi ancestral miedo “no es a la muerte, sino a perder mi asociación con las cosas que me pertenecen”[1]. Esto me conduce a realizar multitud de actividades y a justificar mi sufrimiento de mil maneras, una miríada de creencias, cada uno las suyas. Y tantas tareas acumulamos para tratar de evitar este sufrimiento venido de dentro, que generamos un profundo miedo a perder lo que tenemos, un miedo a dejar de ser lo que hemos creído ser hasta ahora. Es decir, que es el miedo al miedo lo que da lugar en nosotros al mayor impedimento para vivir con plenitud nuestra vida. Los participantes de un Café Filosófico de hace algunas temporadas tuvieron esto muy claro[2]. Nuestra continua evitación de lo que hay es lo que nos conduce a sufrir permanentemente.
Muchos recordaremos a nuestra madre –esto lo ponemos simplemente como nombre a una tipología humana- sufriendo antes de ocurrido un desastre. En su mente la desgracia ya se había consumado y como tal era vivida intensamente. El futuro temido se hacía presente en su mente, y ya no era simplemente una posibilidad el temor subjetivo de un peligro, sino una verdad objetiva de acuerdo a la cual sufrir. Sin embargo, el pasado no existe como tal, ni tampoco el futuro, sino tan sólo en la medida en que mi mente lo trae a presencia aquí y ahora. Nos dejamos guiar de nuestra mente, tan valiosa para razonar, para demostrar, para asociar y juzgar ideas, y con ellas, para manejar las cosas de este mundo poniéndolas como medios para un fin que imaginamos preferible; tanto nos dejamos guiar, que aprendemos a ver el mundo sólo a través de la mente. Así nos surge nuestro ego, como modo personal de sobrevivir en el universo de cosas de las que soy capaz de tomar conciencia. Con cada idea, con cada palabra que asigno a cada cosa, creo firmemente estar tomando posesión del mundo, pues se vuelve para mí más manejable, controlable, manipulable… Así de importante es para nosotros el pensar. Pero la mente no es sólo capaz de pensar, de idear, sino también de crear realidades. Le basta atender a algo y dejar el resto en la penumbra, formando una figura (Gestalt) a partir de un fondo. Pero aquí encontramos una diferencia crucial: podemos atender a lo que hay o podemos atender a lo que una idea nos dice que hay. Mirar lo real o juzgar lo real. Atender instante a instante, observando la realidad presente, o bien, pensar en la realidad presente a partir de lo que me ha pasado antes o me gustaría que me ocurriese después. Vivir en el pasado, dar vida a mis temores pasados, o bien, vivir mis deseos y mis expectativas fuera de la realidad presente. Es decir, no vivir. Y así quedamos expuestos con certeza a sufrir.
Detengamos la mirada atenta sobre el temor de los temores, nuestro miedo hiperbólico a la muerte. Piénsalo bien: tú ya has estado muerto. ¿No es cierto? Y no lo decimos como un remedio a la manera epicúrea, un fármaco mental para mitigar el miedo a la muerte, una idea consoladora. Se trata de un hecho: antes de nacer no existías, fuere como fuere lo que tú consideras existir. Esto mismo significa la palabra latina “existir”, venir a la existencia. Y este hecho lo aceptas como tal hecho o no lo aceptas. Lo segundo te lleva a través de una vorágine insaciable e inagotable de búsquedas e infortunios, cuando pierdes o te decepcionas. Pero, si haces la prueba y observas el hecho -solamente el hecho- y no le añades nada más, y no lo cambias o lo tratas de cambiar, y no lo valoras como bueno ni malo, es decir, no lo piensas, empezarás a vivir de otra manera. Comenzarás a ser capaz de vivir la eternidad del instante presente, su intensidad, su plenitud y, a todo lo demás que construyes con tu mente -tus miedos y tus deseos, que son al cabo lo mismo- empezarás a verlo como lo que es: intentos humanos de sobrevivir, tentativas humanas de encontrar un sentido. Tómalo como aconsejaba Nietzsche: mira todo lo que tu mente fabrica sin darle mucha importancia, sin darte mucha importancia; no olvides que tus ideas no son más que metáforas, ensayos humanos para tratar de atrapar la realidad que se nos escapa entre los dedos, cuando pretendemos de ella otra cosa que no sea ver y sentir, vivirla. “Los dioses nos envidian, porque morimos”, afirmaba rotundamente Aquiles[3], que algo sabría de los dioses.
Pero ahí no queda todo, pues la muerte está continuamente presente en tu vida. Vivir es morirse muchas veces. Precisamente, para que tu cuerpo pueda regenerarse, sus células antiguas han de morir. Cada vez que aprendes algo nuevo, la visión anterior ha debido caducar. Con cada decisión tuya una posibilidad tuya desaparece. Si atiendes a algo, lo demás se oscurece… Por esta razón y otras, el sabio sufí, Ibn Arabi[4], nos recuerda la importancia de aceptar la realidad de la muerte, y de practicar lo que ya sucede de hecho a diario, queramos o no queramos, de una manera natural: “Morid antes de morir”. Conscientemente vivir esta muerte figurada mirando en nosotros mismos lo que son añadidos mentales, y verlos como lo que son, añadidos mentales, y no como parte de lo que auténticamente uno es. Asimismo, a través de la figura de Sócrates, su discípulo Platón situaba el valor de la filosofía en este ejercicio constante del aprender a morir en vida. Filosofar es, en buena parte, aprender a morir. No otra cosa significa desechar tus creencias falsas o limitadas, para así poder vislumbrar lo que es, lo que se hallaba antes obstruido por esas capas de creencias superpuestas, y que emerja así la verdad de las cosas (en griego, aletheia). La filosofía practicada es la mejor ayuda para esta tarea de autodescubrimiento. Es admirable la definición de la muerte que dieron unos niños y niñas de educación primaria, durante el transcurso de un Taller de filosofía: “Cuando algo, o alguien, cambian de algún modo, es decir, es el final de una etapa, pero puede comenzar otra”.[5] 
El miedo a vivir, el miedo a mirar la vida de frente tal como es en cada momento, es lo que está en la trastienda de mi adhesión a un modelo de relación con los demás, un sistema que puede ser de origen familiar, social, cultural o político. “Necesito algo fuera de mí que me proteja”, parecemos decirnos a nosotros mismos. Alguien. Por ejemplo, un Rajoy, un Trump, un Putin, que me salven de mi precariedad vital diaria. Y si esto no me lleva a vivir mejor, siempre puedo susurrarme: “Podría estar peor”. Otros están peor. “¿Y si lo que pudiera venir fuera aún peor?”. En este punto, ya no se contiene más un segundo tipo humano, menos conservador: “¡No lo acepto, de ninguna manera! Eso que te pasa es miedo a cambiar, prefieres lo malo conocido… Ten agallas para cambiar las cosas”. Pero, si le preguntáramos a éste último qué es lo que él busca, nos respondería muy posiblemente con otro modelo alternativo de sociedad, otro sistema en el que descansar su miedo. Por lo tanto, si contempláramos un sistema social como lo que es, un sistema humano, es posible que nos viéramos a nosotros mismos y a los demás, que obtuviéramos una mirada más limpia, vislumbrando que todos los modelos son modelos, y que no perdemos nada porque un modelo lo hagamos trizas o porque jamás alcancemos ese modelo ideal que tanto anhelamos. Vamos a hacer entre todos lo que podamos, pero nosotros nuncasomos esos símbolos, esa patria, esas leyes. La identificación es el catalizador del miedo: si yo soy eso, entonces, cuando pierdo eso, me pierdo a mí mismo. Así lo siento.
Y lo mismo descubriríamos, si proponemos otros ejemplos. ¿Qué hay detrás de nuestros recelos a los que nos vienen “de fuera”, a los que son “distintos” a nosotros? Observa el miedo a lo diferente, a lo otro. Hallarás por ti mismo las respuestas mirando los hechos: ellos son básicamente como tú y yo. Tú sabes en el fondo lo que sienten y por lo que sufren. ¿Acaso tienes miedo de tus propias heridas, tanto que solamente puedes apreciarlas fuera de ti? Observa con atención todo aquello que admiras y todo aquello que odias de los demás, y te comprenderás un poco mejor a ti mismo, pues es tu mente la que lo está produciendo para aliviar su miedo profundo, muchas veces inconsciente. Observa también tus refugios, tu manera típica de huir de lo que te desagrada. Pero si quitas la mente, si tú te quitas un poco de en medio, con todos tus deseos y temores, con todos tus trucos habituales, estarás en lo real. En ese territorio sólo hay presente y sólo cabe rendirse a ello. Hagas lo que hagas a continuación, incluso si decides no hacer nada, comienza desde ahí. Este es el único punto de partida. Ahí no hay miedo. Ahí no hay miedo a la muerte porque no hay muerte, pues atendiendo al instante presente no hay ideas. Fíjate que lo que hay realmente es siempre vida. La muerte forma parte integrante de eso que tú llamas “vida”, donde no habría una sin la otra. Mira, pues, la vida a través de ti mismo, lo que sientes en el fondo de ti, no a través de tus creencias o las de otros.
Todos los miedos tienen algo en común. Tienen como una especie de aire metafísico de familia: nos hemos desconectado de nuestro verdadero fondo. Los animales y los niños pequeños no lo están aún, como lo estamos nosotros los “adultos”. Por eso nos deleita tanto observarlos mientras juegan o, incluso, cuando se irritan. Pronto se reconcilian consigo mismos. Tal desconexión ha sucedido poco a poco, casi sin darnos cuenta, pero ahora estamos a tiempo de ser conscientes de ello y de nadar hacia nuestro interior, removiendo esos mares superficiales repletos de maleza, supuestas obviedades y nuestras consiguientes resistencias adheridas. Creencias salvíficas, condicionamientos aprendidos, hábitos repetidos, mecanismos de respuesta automáticos. Este buceo a pulmón es la liberación de nuestros miedos, pues los veríamos como miedos y no realidades. Y esta reconexión con lo que somos es el comienzo de laautorrealización. Pues el mayor miedo que me asalta con frecuencia es el miedo a morirme sin haberme realizado, lo que soy.

Publicado en Homonosapiens

sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Nueva espiritualidad?


Hablemos de vida espiritual y hablaremos de vida interior. Vida de la conciencia. Y si hablamos de vida de la conciencia, nos referimos a una determinada actitud, una perspectiva propia, una mirada irrepetible. Conciencia es perspectiva consciente. Pero también, nos referimos a un particular y concreto nivel de desarrollo de la conciencia. Conciencia es la actualización singular aquí y ahora de un potencial. Puede estar más actualizado o estar menos actualizado. Así se muestra. Así se expresa. De modo que este desarrollo puede ser acompañado por un trabajo interior. Un trabajo espiritual que ejercite ese potencial de conciencia siempre presente en nosotros y lo vaya desplegando más y más. Pierre Hadot se refiere a los ejercicios espirituales practicados en la antigüedad, recogiendo la tradición de la áskesis greco-romana. Nosotros hablaremos sencillamente de ejercicios filosóficos para aprender a vivir mejor toda nuestra profundidad de ser. En efecto, religiosidad no equivale a espiritualidad.
 Copio el enlace de los audios de algunas ponencias la mesa redonda sobre Nueva espiritualidad —no tan nueva, en realidad—, celebrada el día 10 de septiembre de 2016,  en Granada, dentro del foro del XI Congreso de la AAFi (Asociación Andaluza de Filosofía), que trató de Filosofía y Religión.