Sobre el resto de nuestra vida
Diálogo Filosófico en Málaga 3.1
18 de septiembre de 2024, Ateneo de Málaga, 18:30 horas
Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas; así seré de los que las embellecen. Amor fati: sea este en adelante mi amor. No quiero hacer la guerra a la fealdad. No quiero acusar, ni siquiera a los acusadores. ¡Que mi única negación sea apartar la mirada! ¡Y en todo y en lo más grande, yo solo quiero llegar a ser algún día un afirmador!
Friedrich Nietzsche
Te advierto quien quiera que fueres. ¡Oh!, tú que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. ¡Oh!, mortal, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y los Dioses.
Templo de Apolo en Delfos
¿Cómo quiero vivir el resto de mi vida?
No es lo mismo vivir que existir. No es lo mismo. De ahí que Oscar Wilde añadiera: “Vivir es la cosa menos frecuente en el mundo. La mayoría de la gente simplemente existe”. Y no hace falta mucha más explicación. Lo sabemos por experiencia: momentos, días o años en los que no hemos vivido, unicamente nos hemos dejado vivir, como una rama que ha caído al agua y es arrastrada por la corriente; aunque, también conocemos esos períodos de nuestra vida, o al menos algunos momentos, en los que nos sentimos vivir, consciente y plenamente. “Momentos de plenitud vinculados a la expresión directa y auténtica de nosotros mismos”, nos dice Mónica Cavallé al comienzo de su reciente libro El coraje de ser. Este “coraje de ser” es el que necesitamos para vivir por nosotros mismos. Siempre, pero sobre todo en ciertas etapas de nuestra vida. Por ejemplo, en la perspectiva de “los años que me quedan por vivir”. De esto hablaremos seguidamente. Porque alrededor de ello dialogaron nuestros participantes aquel día en el Ateneo de Málaga, después de un largo período en que estos diálogos filosóficos hubieron de interrumpirse por razones de salud de los organizadores. Allí estábamos de nuevo, dispuestos a filosofar juntos.
Después de explicar brevemente la naturaleza del encuentro y las reglas básicas que lo facilitan, el moderador propuso traer a conciencia aquellas ocasiones en las que hemos sentido la belleza, a modo de inicio y calentamiento del diálogo propiamente dicho. Así, dijeron que podemos apreciar la belleza que hay en el hablar sincero y limpio, en el sonido del agua de un riachuelo, sintiendo la lluvia en tu piel, escuchando una canción de Aute llamada “la belleza”, ante una obra de arte en un museo, a través del objetivo de una cámara fotográfica, cuando nos dejamos llevar por los ojos de una pintora, cuando un buen poema penetra en ti o descubrimos una verdad, en cualquier sitio de una calle cualquiera, ante un gesto inocente o natural, también en la vejez, la discapacidad o la enfermedad, ante algo agradable, cuando nos entendemos aquí, en este encuentro, dialogando, cuando alguien nos sorprende y todo queda suspendido en el aire, a veces nos sentimos incapaces de la belleza, pero ¿cómo sabríamos que algo no es ello, si no estuviera ya en nosotros esta capacidad?, al contemplar las estrellas y comprobar qué pequeños somos, y hay mucha belleza cuando una persona mayor comparte contigo alguna de sus experiencias. El grupo fue comprobando, con el intercambio, que la belleza está más que en el objeto en la capacidad (humana) de sentir a un objeto como bello, que lo bello no equivale sin más a lo agradable o lo bonito; y que, si dejamos de ser para dejar ser, como pedía Schelling, aparece la belleza. Nietzsche lo expresaba así: “Quiero aprender cada día a considerar como bello lo que de necesario tienen las cosas; así seré de los que las embellecen.” Mucho tiene todo esto que ver con la indagación llevada a cabo aquella tarde: ahí se escondía una parte de la respuesta por el sentido de la vida que me queda por vivir. Para comprobarlo, continúa leyendo, querido lector o lectora.
El tiempo que me quede por vivir, ¿cómo quiero vivirlo? ¿Qué puedo hacer, qué me queda por hacer? ¿Cómo puedo vivir mejor, lo que me queda por vivir? ¿Qué sentido puede tener para mí? Estas fueron las preguntas que dirigieron el diálogo, porque las sentían como suyas los participantes. Y, en seguida, comenzaron a desplegar opciones, sentidos, quehaceres. Sin darse mucha cuenta, fueron ordenando sus propuestas: medios y fines. Qué perseguir, cómo alcanzarlo. Sembrar amor y bondad, aunque no es fácil en ocasiones, dadas nuestras carencias o limitaciones, que cada uno tendría que esforzarse en identificar bien, en su modo de ser. Vivir en paz, “como aquellas viejas glorias en busca de redención”, apostilló con ironía uno de los participantes. Y para alcanzar esa paz, se necesita aprender a renunciar, que es otra forma de acción. Empuñar las riendas de mi vida, siendo muy consciente de mis ataduras y mis dependencias. Quererse a uno mismo, tal como uno es, que requiere aceptación, pero no resignación. Ocuparse, pero de tareas o trabajos que puedan realizarme como persona. Dar amor y ser capaz de recibir amor, como en una respiración.
Pero, claro, pronto aparece el (falso) dilema: ocuparme de mí, o bien, ocuparme de los demás. Pensar (o centrarme) en mí o en los demás. Queremos aprender, ir aprendiendo, a vivir mejor; pero no viviré mejor si no aprendo a convivir mejor. Esto se sabe con la sabiduría que van dando los años, si uno atiende, pues vivir es relacionarse, como nos recuerda el sabio Krishnamurti. Si uno quiere vivir, y no simplemente existir, como piedra en un tejado, ¿por dónde empezar? Por el principio... Puedo hacer muchas cosas en mi vida, en el tiempo que me queda por vivir, las que me gustan, las que que aún no he realizado, puedo aprender, conocer, contemplar, viajar, compartir... pero no rebosarán sentido para mí si no las realizo desde mí mismo. Si no las habito. Si no me descubro a mí mismo en cada acto o gesto que hago, en lo que digo o en lo que siento. En la medida en que desarrollo mis cualidades, adquiero una mayor conciencia de mí... y lo que me queda por vivir brillará, sin demasiadas zonas de penumbra. Así pues, no hay un mayor reto ni una mejor ocupación en lo que me queda por vivir, y no simplemente existir. Vale.
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