Copio a continuación uno de los textos introductorios a este primer capítulo:
¿Te puedo llamar?
A ver, Paloma, ¿qué nos pasa?, ¿qué nos está pasando? Para eso estamos aquí, para examinar todo esto, ¿no es verdad? Porque, tal como nos dejaba dicho Sócrates en su discurso de autodefensa ante el tribunal que lo juzgaba, acusándolo de crear nuevos dioses y de corromper a la juventud, por insistir en que cada uno de nosotros fuéramos capaces de pensar y de vivir por nosotros mismos: “Una vida sin examen de sí misma no merece la pena ser vivida”.
Y no tengáis compasión, de esa que tú dices que “nos da pena el otro ser humano”, y que pone trabas al humor y a la comedia; pero tened mucha compasión, de la otra, la auténtica compasión (no la de origen judeocristiano), que nos hace partícipes de los demás, que son como yo, y yo como ellos. Y que también nos permite reírnos de nosotros, un distanciamiento necesario... precisamente, para aprender de nosotros mismos.
Así, huyendo de esas recetas fáciles y precocinadas del buen vivir, que tú decías, dulces al paladar pero indigestas debido a su procesamiento industrial, vamos aquí, nosotros, ahora, con todas estas personas que nos acompañan, ahora o después, a tratar de aclarar y de aclaranos qué nos pasa, qué nos está pasando.
Este primer nudo gordiano sobre nuestro tembloroso: ¿Te puedo llamar? ¿Por qué “molestar a alguien se ha vuelto emocionalmente costoso”?, como afirma Javier Lacort (en la revista digital Xataka). ¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasando? Luego leeremos vuestras preguntas y compartiremos vuestras dudas, pero, ahora mismo, vamos a tratar de situar esta novedad.
Me han encantado tus dos experimentos, Paloma. Esa amiga que te colgó el teléfono, ¿te ha llamado ya? Si no lo ha hecho, ¿qué nos cabe esperar, en un mundo así, en el que dos amigas no pueden llamarse, en cualquier momento, y haya que pedir audiencia para hacerlo? Si lo ha hecho, si te ha llamado, todavía podemos salvarnos, si esto sigue siendo frecuente, claro.
Y, ¿por qué lo digo? Porque todavía no habríamos perdido el norte de las relaciones humanas, que se dan siempre entre seres humanos y no otra cosa (pensad cada uno en lo que se os venga a la mente). Pasa lo mismo que cuando hace tiempo que no hablas con un amigo que, al principio, te sientes con menos confianza. Y si ha transcurrido más tiempo todavía, la pierdes del todo o casi del todo. Confianza. ¡Qué importante es la confianza para vivir bien! Confianza, ¿en qué? Hace poco, hablamos de esto en un Café filosófico. La importancia de crear y recrear espacios sociales y personales de confianza... Como éste que inauguramos aquí, hoy, ¿no es verdad, Paloma? Al menos eso queremos, con vuestra ayuda...
¿Qué nos está pasado, cuando sientes que tienes que preguntar, antes de llamar: “¿te puedo llamar?” Es cierto que antes (antes de tener a la mano, todo el día, ese teléfono que es móvil y que llaman “inteligente” –no sé por qué, o sí lo sé...) no había otra opción que descolgar, marcar y llamar, sin avisar o prevenir... ¡que voyyyy...! Pero, ¡qué libertad, qué naturalidad, qué confianza! Porque yo me sentía libre para llamar y tú para decirme que no podías en ese momento hablar conmigo, sin que esto supusiera una intromisión o una posible grieta en la relación. De verdad, ¡qué paz, qué tranquilidad, qué confianza mutua!
¿Qué nos pasa? ¿Qué nos está pasado? La confianza que podemos desarrollar es triple: confianza en uno mismo, confianza en los demás y confianza en la vida. ¿Cuál es la desconfianza originaria, que explicaría este desenlace, la pérdida de confianza en alguna de las otras dos? Esto podemos discutirlo juntos a continuación... si os apetece.
Pero, antes de finalizar esta pequeña introducción, me gustaría plantear una cuestión de fondo: cómo las tecnologías están moldeando nuestro mundo sin pedirnos permiso. Veamos: toda tecnología es un medio para un fin, pero ¿qué ocurre cuando una tecnología se convierte en un fin en sí misma? Pues, que yo me convierto en un medio para ella... y entonces, la esclavitud humana está servida; nuevas formas de esclavitud están servidas, con las nuevas tecnologías. Esto lo pongo como un riesgo, claro. Pero un riesgo que ya estamos sufriendo. ¿Y qué podemos hacer? Pues, comenzar juntos a tomar conciencia. Como estamos haciendo aquí, ahora, juntos...
Pensad una cosa: el modo habitual en que se implementan las nuevas tecnologías. Como dice Lagdon Winner, un conocido filósofo de la tecnología, dejamos que la apisonadora nos aplaste, luego nos levantamos y, maltrechos, tratamos de medir sus efectos sobre nosotros. Suena a chiste, pero es lo que sufrimos continuamente. Miradlo a ver...
Antonio Sánchez Millán
(Filósofo práctico)

No hay comentarios:
Publicar un comentario