Nueva serie epistolar... SOBRE LA DUDA (o las dudas, que se alimentan de la duda humana básica). Y descubriremos el valor de la antigua (y originaria) actitud escéptica. Síguenos en estos ENCUENTROS DE FUENTE HONDERA, con José Luis Campos Duaso... en la forma de CARTAS SOBRE LA CEGUERA y la lucidez que necesitamos hoy:
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Sobre la duda 2/6
Querido amigo,
celebro contigo el que todavía sigas viéndole sentido a este
compartir nuestras cartas exploratorias, en un mundo en donde parece
que todo está ya dispuesto y que no controlamos nada. Sin embargo,
espero que nuestras indagaciones anteriores nos puedan ayudar a
aclararnos algo nuestras dudas, como tales dudas, en este caso.
Porque no
seguiríamos con nuestras cartas si no se derivara de ellas algún
beneficio (todavía no sabemos bien de qué clase, aunque lo
intuimos, notamos su sabor...). Y esto es lo valioso de la duda, que
no es cómoda, que sería mejor no dudar, pero cuando la saboreamos y
le tomamos el gustillo nos salva, al menos, de caer siempre en la
misma piedra; al menos, somos más conscientes cuando vemos la piedra
en medio del camino.
Es decir, que no
dudar tiene sus peligros, a los que tú apuntas muy bien en tu carta
(y que pueden resumirse en los efectos dañinos del dogmatismo
y sus diversas variantes, como la intolerancia, el integrismo o la
incapacidad para mirar de otro modo la realidad y a nosotros mismos).
Por su parte, dudar parece que te deja a la intemperie y sin saber a
qué atenerte o qué hacer, en manos de un escepticismo
que puede llegar a ser tan radical como auto-contradictorio
(dado que el escepticismo, llevado hasta sus últimas consecuencias,
debería dudar de su propio escepticismo); aunque, puede muy bien
salvarnos (si no es tan radical) de la pesadumbre más aplastante,
como tú nos has descubierto de un modo personal en la parte final de
tu carta: ¿y si este mundo que estamos construyendo los seres
humanos tuviera algún remedio? Porque, mientras las cosas se están
fraguando (y esto es literalmente así, todo está en continuo
movimiento), la realidad puede llegar a ser de otra manera... Hoy
es siempre todavía, cito yo también a nuestro Poeta.
Los obstáculos
para una ciudadanía madura e ilustrada, consciente de sí, capaz de
pensar y actuar por sí misma, decía Immanuel Kant, eran la
pereza y la cobardía, que tú señalas: «Y
por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan
cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un
director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que
me prescribe la dieta, etc., entonces, no necesito esforzarme. Si
puedo pagar, no tengo necesidad de pensar: otro asumirá por mi tan
fastidiosa tarea». Y esta tarea, propia de una ciudadanía lúcida y
despiert, nos exige aprender a dudar,
poner en cuestión, no creernos todo de primeras, claro que sí.
Pero, ¿qué es
dudar? Pues, en el fondo, aceptar que no podemos saber lo que nos
vendrá después ni qué es lo que entonces consideraremos más
valioso. Y esta duda de origen socrático, que tú mencionas,
mira si no tiene un alcance cósmico. Una galaxia “no sabe” en
qué se convertirá millones y millones de años después de su
nacimiento. La luna “no sabe” a dónde le llevará su gradual
separación de la tierra, parece ser que 3,8 centímetros al año. Y
tú y yo no tenemos ni idea de lo que nos deparará nuestra vida
dentro de unos minutos o unas horas. ¿Y qué hacer con eso?
Continuar viviendo... mientras lo vivimos, como las estrellas de
cualquier galaxia.
Sin embargo,
sentimos ese estado mental de la duda de una manera dramática,
tal como tú manifiestas en tu carta. Y es que somos hijos de la
modernidad europea, gestada en plena crisis barroca, cuando los
efectos de la caída de las seguridades anteriores, procedentes de la
época clásica y medieval, se manifestaron plenamente: recordemos el
monólogo final de Segismundo, en la calderoniana La vida es
sueño. Pongamos también el caso (muy instructivo) de Descartes,
padre del pensamiento moderno.
René Descartes
vivió con angustia la conciencia de que, quizás, no todo era como
se lo habían enseñado sus mayores. Y, efectivamente, esta es la
actitud propia de un adolescente que se plantea el sentido de su
mundo, dado por válido durante la infancia. Él quiso partir de
cero, puso todo el saber adquirido en cuestión (la llamada “duda
metódica”), para comprobar si había algo en los contenidos de su
mente de lo que no pudiera dudar en absoluto. Y, así era, no había
nada absolutamente seguro y firme, salvo el hecho mismo de que estaba
dudando: si dudo, pienso; y mientras pienso, al menos, sé que
existo como cosa pensante. A partir de esta intuición existencial,
esta evidencia, comenzó a reconstruir el saber humano... pero se
sintió tan satisfecho de sus descubrimientos, parecían tan firmes y
definitivos, puesto que se basaban en el método correcto (el “método
cartesiano”), que acabó cayendo a la postre, y por otra vía, en
el dogmatismo del quería escapar al comienzo de su investigación:
todo aquello que no fuera reducible a racionalidad matemática, no
era fiable ni valioso. Incluso, en un momento dado, se vio obligado a
recurrir a la idea de Dios, para poder escapar así de su solipsismo.
Realmente, vivir
más allá del dogmatismo consolador, pero destructivo de la
diferencia, la diversidad y la vida, pero también vivir más allá
del escepticismo descorazonador que nos corroe como una carcoma y no
nos dejar ser nosotros mismos, constituye uno de nuestros mayores
retos en la actualidad, como personas y como ciudadanos. Pero mira
cómo nos movemos de uno a otro extremo, como en un péndulo. Una
sociedad humana que hace poco era tildada de postmoderna, ahora nos
vemos obligados a considerar de ella su tendencia totalitaria, con el
continuo ascenso de los autoritarismos. Del “todo vale” estamos
pasando al “solo lo mío vale” que, en el fondo, ambas posturas
no suponen una actitud tan diferente, por el rastro de sus destrozos
sociales o individuales. Necesitamos desarrollar juntos, como
personas y como ciudadanos, el sano ejercicio de la duda, del
no-saber, sin caer en tales extremos, que acaban convirtiéndose en
extremismos y exageraciones, a veces dramáticas. Algo de lo que ya
tenemos conocimiento a lo largo de la Historia (una triste historia,
tantas veces). Amigo José Luis: seguimos dialogando, por favor.