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Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel
sábado, 28 de junio de 2014
lunes, 16 de junio de 2014
La ciudad análoga
Ya
sabíamos, por nuestros diálogos socráticos anteriores, que la arquitectura no
es ajena a la filosofía, ni viceversa. Y como ellos lo sabían, éste que
les habla fue invitado a asistir a una mesa redonda en la Casa Sostoa (Málaga).
El lugar recóndito, la casa insólita. Como todo lo que merece la pena. Al
cruzar el umbral, no te introduces en un apartamento de un bloque de siete
plantas, tampoco en la casa u hogar de alguien, ni en una sala de exposiciones,
ni en un museo acartonado…, desembocas en un espacio que es todo ello a la vez.
En sus paredes se exponen y renuevan obras de arte, la vida de su cuarto de
baño o de sus dormitorios se aparea con el arte vivo. Nada es casual, ni es
meramente particular y subjetivo, pues está para ser contemplado y disfrutado
por parte de muchos, para comunicarse con otros y aportarles algo, nuevas
visiones del mundo. Así que también se celebran actos culturales y artísticos.
Aquella
tarde de un cinco de junio (de este año de 2014), estábamos para dialogar sobre
La Ciudad Análoga que pugna con La Ciudad Lógica, quizás de origen cartesiano, según
veremos más tarde. La instalación Laboratorio urbano personal, de
Antonio R. Montesinos “sirve de metáfora” a los asistentes para hallar su
ciudad ideal, a través del formato de una mesa redonda, moderada por José
Antonio Moreno, a la que siguió un animado y espontáneo debate.
Y
hay que decir que este amante de la filosofía se sintió como en su casa, no
solo por la cálida acogida, ni por el café previo que siempre genera mundología con que nos recibieron, sino porque, frente a lo esperado, tanto las
intervenciones como la discusión posterior fueron muy filosóficas. Que a la
filosofía le interesa todo, y sobre cada cosa adopta su perspectiva reflexiva,
general y crítica, ya lo sabíamos; que cualquier conversación tiende, si se le
deja un tiempo suficiente de maduración, a volverse esencial y básica, también
lo sabíamos por nuestra experiencia durante el transcurso de los Cafés
Filosóficos; pero, nuestra sorpresa fue que el inicial temor (“¿Qué hace un aprendiz
de filósofo en un sitio como éste?”) se disipó por completo al ir comprobando
el enfoque que iban adoptando las distintas intervenciones. Allí no se perdió
el debate en una serie de ropajes técnicos, sino que atracó en los
fundamentos; allí se vino a hacer Filosofía de la Ciudad.
Después
del debate posterior, una conclusión a la que llegó éste que les habla, con la
ayuda de la rica discusión que se fue prolongando un buen rato, fue ésta: todos
los actores de la ciudad, inclusive automovilistas y negocios franquiciados,
hacen lo que tienen que hacer. Hacen todo lo que pueden hacer para salir
adelante. ¿Cómo lograr una ciudad para todos, al gusto de un mayor número de
ciudadanos? Se propuso la participación de los habitantes de la ciudad. ¿Cómo
llevarlo a cabo? Esa es la cuestión, pero puede lograrse. Muchos de los allí
presentes eran técnicos y dijeron que podía hacerse. Con información pública,
con sensatez, participando en las decisiones que luego les van a afectar, por
parte de la ciudadanía, que es la que va a vivir en la ciudad. En lugar de una
política de los políticos o de los actores económicos privilegiados, una
política del pueblo. Una política participativa de la ciudad. Esto hace falta
en muchos órdenes de nuestra vida social, ahora sabemos que también en el orden urbanístico.
Otra
conclusión fue constatar que también la arquitectura y los arquitectos están instalados actualmente en una constante búsqueda de identidad, lo mismo que la
filosofía. ¿Para qué sirve la filosofía? ¿Para qué ha de servir la
arquitectura? ¿Qué tipo de sociedad, qué tipo de ciudad, queremos ayudar a
construir como arquitectos? ¿Qué clase de Demiurgos queremos ser? Lo cual nos
parece una buena señal de que tanto una como otra están vivas y no desean
desprenderse de la impermanencia que es una propiedad esencial de la vida.
Pero,
constatemos ya el origen de la Ciudad Lógica, a través de un texto de René
Descartes:
“Una de las primeras [reflexiones] fue la
que me hacía percatarme de que frecuentemente no existe tanta perfección en
obras compuestas de muchos elementos y realizadas por diversos maestros como
existe en aquellas que han sido ejecutadas por uno solo. Así, es fácil
comprobar que los edificios emprendidos y construidos bajo la dirección de un
mismo arquitecto son generalmente más bellos y están mejor dispuestos que
aquellos que han sido reformados bajo la dirección de varios, sirviéndose para
ello de viejos cimientos que habían sido levantados para otros fines. Así
sucede con esas viejas ciudades que, no habiendo sido en sus inicios sino
pequeños burgos, han llegado a ser con el tiempo grandes ciudades. Éstas generalmente
están mal trazadas [a compás], si las comparamos con esas otras ciudades que un
ingeniero ha diseñado según le dictó su fantasía sobre una llanura. Pues, si
bien considerando cada uno de sus edificios aisladamente, se encuentra tanta
belleza artística o aún más que en las
ciudades trazadas por un ingeniero, sin embargo, al comprobar cómo sus
edificios están emplazados, uno pequeño junto a otro grande, y cómo sus calles
son desiguales y curvas, podría afirmarse que ha sido la casualidad y no el deseo
de unos hombres regidos por la razón lo que ha dirigido el trazado de tales
planos” (Descartes, Discurso del método, Segunda parte).
sábado, 14 de junio de 2014
¿Qué podemos aprender de la República platónica?
Platón
¿Quién debe gobernar? ¿Quién ha de dirigir el destino sociopolítico de la “ciudad”? En su diseño utópico de una sociedad justa cada uno debiera realizar aquellas tareas comunitarias para las que esté mejor preparado, perfeccionadas sus cualidades naturales mediante la educación. En especial, nos dice Platón, orientando de un modo adecuado la educación de los mejores, pues no hay mayor mal que el que pueden desplegar los más capaces; mayor corrupción que la corrupción de los mejores. Si todos contribuyen dando lo mejor de sí mismos habría, entonces, armonía y habría bienestar social (un marco adecuado para el desarrollo integral del individuo, pues no es separable lo social de lo individual). Han de gobernar, por consiguiente, los que estén mejor preparados para ello. Algunos no serían aptos de ninguna manera. Ni los educandos o carentes de formación todavía, ni losmalvados, porque, aún siendo inteligentes, no dirigen sus capacidades hacia el bien común sino todo lo contrario, ni tampoco los “filósofos puros”, preparados, pero inexpertos para lidiar con las dificultades de las cosas mundanas. Por ello, los futuros gobernantes completan su formación a través de un período de prácticas (¡durante quince años!), donde serán puestos a prueba “para ver si se van a mantener firmes cuando se intente arrastrarles en todas direcciones o si se moverán algo” (República, VII).
Y sigue diciéndonos Platón en su Politeia o diálogo sobre la justicia: “Lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan gobernar quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el más alejado de disensiones, y lo contrario cabe decir del que tenga gobernantes contrarios a esto” (Ibíd.). Una condición básica habrían, entonces, de satisfacer nuestros políticos de hoy, aquellos que el pueblo decida que son aptos para gobernar los asuntos públicos durante un período limitado de tiempo: han de gobernar quienes menos anhelan gobernar. Una cualidad política mínima exigible, que necesitaría demostrarse fehacientemente. Así el pueblo podría tener, al menos, un poco de confianza en que se gobierna por compromiso y deber hacia la comunidad, por “amor a la ciudad”, y no por el deseo de poder, un deseo de poder satisfacer los intereses propios o los de sus allegados personales, políticos o económicos. Una buena lección antigua para nosotros los de ahora, ¿no te parece?
Publicado en QueAprendemosHoy
martes, 27 de mayo de 2014
Sobre las guerras
Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.8
16 de mayo de 2014, Cafetería Bentomiz, 17:30
horas.
“La guerra
(“pólemos”) es el padre de todas las cosas, a unos los hizo dioses y a otros
los hizo hombres" (Heráclito).
“No queremos
hacer frente a estas cosas, queremos encarar el hecho de que nosotros somos los
responsables de las guerras. Charlamos de paz, nos reunimos para celebrar
conferencias, nos sentamos en torno a una mesa y mantenemos debates; pero
interiormente, en lo psicológico, deseamos poder y posición, y nos mueve la
codicia. Intrigamos, somos nacionalistas; nos atan las creencias, los dogmas,
por los cuales estamos dispuestos a morir y a destruirnos unos a otros. ¿Creéis
que semejantes hombres, vosotros y yo, podemos tener paz en el mundo? Para que
haya paz en el mundo debemos ser pacíficos; vivir en paz significa no crear
antagonismos” (Krishnamurti, La libertad primera y última).
“La paz no
es sólo ausencia de violencia, sino la presencia de la justicia (Gandhi)”.
¿Son
justificables las guerras?
¿Sabías que el mejor modo de evitar una guerra, o de
pararla, es tratar de resolver el conflicto de base instalado entre las partes?
Si no lo sabías, o bien no te imaginas cómo se puede llegar a pensar esto —si
“las guerras son las guerras, siempre las ha habido y siempre las habrá”— te
recomiendo que vayas siguiendo de cerca este relato. Un relato que trata de
reflejar las evoluciones de la discusión de un grupo de personas, jóvenes y
mayores, que hallaron algunas respuestas para ti. Parciales y provisionales,
pero, al cabo, respuestas que te pueden valer de algo.
| Ubuntu |
“¿Cuándo me he notado siendo uno con los demás?” Momentos
mágicos en los que yo habría sintonizado con los demás y los demás conmigo. Sin
sensación de separatividad, intregrados, siendo nosotros mismos pero
comunicados. Un ejercicio de autorreflexión que no fue siempre tan fácil de
concretar como se pensó el moderador del encuentro. Eso les propuso y esto que
sigue fue lo que dijeron:
—Esta misma mañana, durante el trabajo, se pudo producir un
malentendido y el consiguiente problema. Sin embargo, se hizo una crítica, fue
comprendida y todos se dispusieron a solucionar el problema y, en equipo, a
tratar de prevenirlos en el futuro.
—¡Vaya, es difícil decirlo! Quizá a diario se produzca,
pero no sé…
—Tampoco sabría decir… Me pienso mucho las cosas…
—¿Sueles pensar mucho las cosas, después, durante o antes
de ponerte a hablar con alguien? —pregunta el moderador.
—A menudo…
—Si fuese mientras se está tratando con alguien —quiere
aclarar el moderador—, no se estaría en lo que se está, y ello, quizás, podría
dificultar el encuentro con el otro.
—Así me he sentido practicando deporte: una perfecta
coordinación con los otros jugadores.
—Me ha pasado contando juntos anécdotas con las que nos hemos
sentido identificados. Sentíamos lo mismo.
—A mí, con el grupo que hemos estado participando en un
reciente “taller de escritura”. Durante esas horas me he sentido así, en
sintonía.
—Yo diría lo mismo, pues también he disfrutado, como hacía
mucho, en ese mismo taller. Pero me referiré a un viaje inesperado, una
experiencia compartida que nos llevó, a los que estábamos de viaje, a actuar al
unísono en todo.
—Para mí es suficiente un buen libro, ¿puede valer?
—Claro, el autor también es una persona. Nos ocurre a todos
a veces, cuando encontramos un buen libro.
—¿Coincidir? No recuerdo. Aunque tampoco he sido un héroe
solitario…
—No tengo esta experiencia.
—Claro que sí. Pero, habitualmente, quizás no estemos tan
atentos —como se merece— a estos momentos. O nos pesan más aquellos en que hay
falta de sintonía… (Quiso expresar el moderador).
Aunque se plasmó con fuerza el deseo de tratar el tema de
la compasión, o bien el de la moral, o bien el de la confianza
en uno mismo, la reunión dio un brusco giro al proclamar —en segunda
votación— al tema de la guerra como el máximo centro de interés de aquella
tarde. ¡Menuda responsabilidad! Darle un tratamiento filosófico a tamaña
circunstancia de la vida humana de todas las épocas. Pues no se trata únicamente
de una realidad propia de culturas “incivilizadas”; cuanto más civilizadas,
mayor es su potencial destructor y autodestructor, consiguientemente. ¿Por qué
no aprendemos de la experiencia de las guerras? ¿Pueden ser justificadas las
guerras de algún modo, en alguna ocasión?
Estas cuestiones habían de orientar la indagación, pero
como no ha de estar totalmente dirigido el desarrollo de una reunión como la
nuestra, sino que haya espacio para la espontaneidad y la creatividad, lo
extemporáneo no está fuera de lugar. En absoluto. Nosotros lo amamos, la
sorpresa y lo diferente, lo abrupto y lo nuevo no previsto ni prefabricado.
Nada en nuestra reunión está fuera de lugar, pues estamos en nuestro lugar,
como en casa, cómodos y alerta. ¿Por qué no preguntarnos si la guerra es un
asunto masculino? Uno de los participantes advirtió al grupo de esta
aparente coincidencia. Y dejó a todos asombrados. Así que por este cauce navegó
la discusión en su primera parte. Luego volveríamos a la pregunta sobre la
posibilidad o no de justificar las guerras. Esto pudiera ser que nos diera
alguna clave para poder aprender algo de las guerras padecidas.
—¿Os habéis dado cuenta que, en la guerra, suelen estar
involucrados los hombres mucho más que las mujeres?
—Puede ser. Siempre han tenido más poder. Por ahí puede ir
la cosa.
—En las mujeres, sin embargo, suele estar presente el
sentimiento de compasión —aludiendo esta participante a un café filosófico
anterior, sobre la amistad y sus estilos masculino y femenino.
—Entonces —pregunta el moderador, con ayuda de uno de los
participantes masculinos—, si los gobiernos fueran de mujeres, entonces, ¿ya no
habría guerras?
Esta cuestión introduce cierta perplejidad entre los
participantes, de manera que prosiguió la indagación todavía con más motivo.
—Seguramente, harían lo mismo. Y es por la posición social,
que conlleva defender el papel que a uno le toca jugar. Proveer lo necesario
que corresponda a esa situación de poder.
—Yo creo que habría menos guerras. Las mujeres somos
distintas.
—Aunque fuera por impedir que sus hijos fueran a la guerra,
tratarían de que no hubiese guerras. El amor maternal deja una huella que es
imposible olvidarla y no es algo que un hombre pueda comprender…
—No sé yo…
—La posición social influye pero luego puede haber
distintos estilos (como salió en el café filosófico sobre la amistad).
—Pero entonces, ¿qué les puede llevar a actuar igual,
cuando actuaran igual? —inquiere el moderador.
—Es el poder. El poder ensombrece todo, fuerza a todo. Pues
contiene compromisos que te llevan a cumplirlos y a hacer lo que tengas que
hacer, también la guerra.
—O para lograr más poder, para mostrar tu poder y ser
superior.
—Sí, el poder lo cambia todo. Nos hace igual de peligrosos.
Y una vez encontrada alguna luz sobre la cuestión masculina
o femenina de la guerra, después de este alto,
continuamos nuestro camino: ¿Las guerras son justificables?
—Claro, están las guerras defensivas. Se basan en el
principio de legítima defensa.
Y pregunta un participante:
—De cualquier manera, ¿puede ser la guerra práctica a la
larga? ¿O más bien todos saldremos perdiendo? No lo veo muy racional, la
guerra.
—Pero entonces, ¿qué quieres? ¿Y si pretenden eliminarnos?
—Vale, en algunos casos puede ser la mejor opción y ser
viable.
—¿Y dónde dejáis el sacrificio?
Esta hipótesis de la posibilidad del sacrificio —es
decir, no responder con la misma moneda violenta— introducía un elemento en la
discusión que ayudaría a pensar de otro modo, en este caso, las guerras. Para
esto estamos en un café filosófico, para tratar de pensar de otro modo. Si es
para seguir pensando lo mismo, de la misma manera, mejor ni salir de casa, ¿no
crees? Fue, entonces, cuando se trató de ver qué es una guerra y si solamente
hay guerras con armas.
“Una guerra es una confrontación de fuerzas. Y la guerra es
una forma de conducir la confrontación”. “Los animales también luchan, pero no
hacen la guerra”. Estas dos respuestas fueron muy bien acogidas por el grupo y
la verdad es que resultaron muy fructíferas. Ahora lo verás. Porque ello quería
decir que “la guerra es un asunto humano” y que lo natural es el conflicto, pero
no la guerra. Las guerras son una cosa cultural, una construcción humana.
Ante los conflictos, que son inevitables, que son naturales —y por tanto,
quizás saludables— podemos, entonces, adoptar una respuesta violenta o una
respuesta no violenta (los participantes recuerdan estrategias como las
que usó Gandhi). Si la guerra es una respuesta cultural ante un conflicto, y la
guerra sería tan sólo una manera de resolverlo —o al menos, así lo parece
muchas veces, el único modo, por desgracia; quizás las partes no saben otro—,
también podemos entender, así pues, que pueden existir otros métodos para resolverlo.
Respuestas diferentes. ¿No somos capaces? Aprendamos. Se puede entrenar, pero
antes de nada hay que saber que hay otros modos… Y hay que tener confianza en
que ello es posible. En otras muchas ocasiones ha sido posible. En la historia
hay casos para todos los gustos (con perdón).
De manera que ya sabes: resuelve el conflicto, que es lo
único que existe —lo otro se ha conformado en nuestras horas más bajas, cuando
falta la imaginación y nuestras emociones nos ciegan—. Ser consciente de tus
emociones, sean constructivas o destructivas, te puede ayudar mejor con tus
conflictos, contigo mismo y con los demás. Así que ya lo sabes: para detener o
evitar una guerra —¡lo estáis escuchando, vosotros, los que tenéis más
responsabilidad política!—, enfoca hacia conflicto básico y sus emociones. Si
esto no ocurre, abocados estamos a la guerra, y cosas por el estilo. Mira, si
no, el caso de guerras enquistadas como la palestino-israelí. Esto aprendimos
aquella tarde: el conflicto es inevitable, no así las guerras. Soluciona la
insatisfacción de base y solucionarás tu conflicto. Recuerda cuando te has
sentido uno con los demás… UBUNTU!
jueves, 22 de mayo de 2014
¿Cualquiera puede ser un político?
La respuesta es obvia desde la época de Pericles, aunque haya sido a menudo olvidado a lo largo de la historia: todos somos políticos por nuestra sola pertenencia al cuerpo social. Ahora bien, no todo el mundo está igual de preparado para dedicarse a la política. Esto es otra cosa. La experiencia política del pueblo, durante todos estos años de democracia, ha mostrado que una tarea de tanta envergadura, cuyas acciones nos afectan a todos nosotros, de tanta responsabilidad, no puede estar en manos de

cualquiera. No puede ser que el pueblo vote a candidatos de los que sabe tan poco, sólo porque van en una lista propuesta por un determinado partido político. No puede ser que los políticos sean, según aparece recurrentemente en las encuestas, uno de los principales problemas de nuestra vida social.
Los excesivos casos de corrupción, el alejamiento entre la política y la ciudadanía, la indignación del pueblo por la desviación de los fines propios de la política, convertida en fin en sí misma y no un medio para el bien común…; por todo ello, es imprescindible un replanteamiento de quién puede ser un político y en qué condiciones. Es necesaria una nueva educación política. Proponemos para la discusión estas tres condiciones:
a) En lugar de la habitual “selección natural” de los que se dedican a la política, que conduce a que muchos de nuestros políticos estén cortados con el mismo patrón, sería el pueblo, de alguna manera que habría que establecer entre todos, el que decidiera quién puede estar en la política profesional y de qué modo. El político habría de estar bien formado o habría de poseer experiencia contrastada tomando decisiones, pero —y esto es muy importante— dejándole unperíodo de prueba, a ver si se distingue por su “amor a la ciudad”. Ya me entendéis. Es crucial en estos tiempos que tengamos a los mejores en la política.
b) Puede también resultar de vital importancia para nosotros (todos nosotros) que el paso por la política profesional estuviese delimitado temporalmente. Entras en la política, pues te ha encargado el pueblo alguna tarea, y transcurrido un período determinado (cinco, ocho, diez años máximo, esto también habría que decidirlo democráticamente, como toda regla del juego común),dejas la política con el mismo patrimonio que tenías antes; y si piensas de otro modo, no debes dedicarte a la política. Hay muchos que podrían hacerlo mejor que tú.
c) Ya que quieres ser un político, persona pública al servicio de la comunidad, el pueblo ha de saber de ti: toda tu vida pública, también todo tu currículo oculto para que luego no haya sorpresas, qué dicen de ti los que te conocen —si los has beneficiado o perjudicado con tus decisiones— y, además, cómo estás de ética: ¿Has superado el nivel tres de desarrollo moral, según Kohlberg , pongamos por caso?
Y ahora es vuestro turno…
Publicado en QueAprendemosHoy.com
jueves, 15 de mayo de 2014
Por qué asistir a un café filosófico
No sé si alguna vez te has tropezado con un cartel que anunciaba un café filosófico. Quizás habías oído algo, que en una cafetería, en una biblioteca o en un centro de enseñanza se organizaba una cosa así, pero no estabas muy seguro de que pudiera interesarte. O más bien, estás pensado en estos momentos: ¿Qué demonios puede ser eso? ¿Qué tendrá que ver el café con la filosofía? Si, además, cuando te acuerdas del bachillerato, la filosofía no te trae muy buenos recuerdos y tampoco el profesor de filosofía sale muy bien parado. Mi intención es tan sencilla como animarte a que asomes tu cabecita por la puerta de un café filosófico y te quedes durante un rato. ¿No andabas buscando buenas experiencias? Muchas veces están tan cerca de ti que pasan desapercibidas.
Comenzaron los cafés filosóficos en una cafetería de la Plaza de la Bastilla de París, allá por 1992. Marc Sautet invitó a los oyentes de un programa de radio y pudo comprobarse en poco tiempo que necesitábamos algo así. Rápidamente se fueron extendiendo por diversos lugares del planeta, llegaron a nuestro país hace algunos años y en ciudades como Valladolid, Madrid,Barcelona, Granada o Vélez-Málaga puedes toparte con un café filosófico. No es una tertulia, no es un debate, no es una charla, no hay que prepararse nada, no hay que saber Filosofía, pues allí se va como personas que les interesa la vida que vivimos y están dispuestos a examinarla junto a otros. Allí coincidirás con personas de distintas edades y distinta formación. Todos juntos, animados por un filósofo práctico, e investigando sobre el tema que se ha propuesto ese mismo día para que nadie prepare nada de antemano y pretenda quedar bien delante de los demás. Y por supuesto, se toma café u otra cosa. Y, por supuesto, allí se va a echar un buen rato y pasarlo bien. Muchos de los que van repiten. Tú puedes probar a ver qué tal.
¿Qué nos pasa cuando sucede una crisis? ¿En qué consiste la verdadera amistad? ¿Es realmente tan breve la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Nuestra libertad tiene límites? ¿Para qué educamos? Si alguna vez te has planteado preguntas como éstas, tienes que saber que se les saca más jugo cuando las compartes y, si no has podido acercarte todavía a una mínima respuesta clara sobre ellas, verás qué diferencia cuando te las planteas junto a otros. Quizás vivimos nuestra vida demasiado a solas. Puede ser que pensemos a menudo que sólo nos pasa a nosotros lo que nos pasa. Yo te digo que no es así, que somos muchos los que sentimos, sufrimos y nos alegramos de la misma manera que tú. Acércate por el café filosófico de tu ciudad, y si no lo encuentras, busca algo semejante. La filosofía no es más que una milenaria modalidad de búsqueda humana de lo que es tu propia vida.
Publicado en Queapredemoshoy
Publicado en Queapredemoshoy
sábado, 10 de mayo de 2014
jueves, 1 de mayo de 2014
Sobre estar en crisis (2)
Café Filosófico en Vélez-Málaga 5.7
25 de abril de 2014, Cafetería Bentomiz,
17:30 horas.
“Las cosas
que dependen de nosotros son por naturaleza libres, nada puede detenerlas, ni
obstaculizarlas; las que no dependen de nosotros son débiles, esclavas,
dependientes, sujetas a mil obstáculos y a mil inconvenientes, y enteramente
ajenas. Recuerda pues que, si tu crees libres a las cosas por naturaleza
esclavas, y propias, a las que dependen de otro, encontrarás obstáculos a cada
paso, estarás afligido, alterado, e increparás a los dioses y a los hombres”
(Epicteto).
Vivir las crisis,
estar en crisis, ¿depende o no depende de nosotros mismos? Esto es bueno
clarificarlo. Epicteto aconsejaba distinguirlo constantemente en nuestras vidas.
Al comienzo de nuestra reunión filosófica se preguntó eso, pero no sobre la
crisis, aunque pudo ser que esta pregunta inicial marcase en alguna medida la
perspectiva que el grupo vino a adoptar sobre la cuestión. Nos vamos sintiendo
como en casa, en la Cafetería Bentomiz, y, como en nuestra casa, quisimos abrir
las ventanas con toda la tranquilidad del mundo. Se notaba ya la primavera.
Habemus feria del libro y uno de los participantes nos obsequió a todos con
un clavel y un señalador de páginas con la letra de Grândola vila morena
(Zeca Afonso). Todo un oportuno detalle que mucho agradecimos aquel 25 de
abril.
Seguimos luego ambientando la reunión leyendo
un texto de Tahar Ben Jelloun sobre la amistad, recuerdo del café filosófico
anterior. Y situamos el ejercicio filosófico que habría de venir a
continuación: nuestro mundo es complejo, inabarcable, inaprensible, extraño
muchas veces, incontrolable, pero es bueno reconocer que muchas son las cosas
que siguen dependiendo de nosotros mismos. Es sano. Reconfortante.
Esperanzador. Nos permite ponernos en marcha. Pues, si nada dependiera de mí…
¿qué me cabría esperar?
—“Ser amable, mostrar siempre que pueda una
sonrisa”, está a mi alcance.
—“Elegir mi estado de ánimo”, incluso si esto
supone una actitud crítica o es para expresar cómo me afecta algo; aceptándolo,
acogiendo cualquiera que sea mi estado de ánimo.
—De mí depende “exhibir un estado de ánimo
valiente”, positivo, para luchar, buscar…
—Yo puedo “desarrollar mi sociabilidad”,
favoreciendo así la convivencia.
Y la siguiente participante nos ofreció no
una, sino dos actitudes que dependen siempre de nosotros: colaborar para “que
los demás que me rodean se puedan sentir bien”, procurar “no acostumbrarme a
una vida fácil”.
—Pues, “yo quiero ser egoísta”, quiero pensar
en mí también —que no excluye a los demás—, pero quiero enriquecerme yo para
tener algo que aportar.
—Y yo prefiero favorecer la actitud personal
que mejor me ayude a “mejorar mi entorno cercano”.
—Para todo ello es requisito que “uno esté
bien consigo mismo”. (¿Cómo no va a depender esto nosotros?)
—Puedo “reír o llorar”, esto depende de mí,
y, siempre que puedo, elijo reír.
—¿Y si elijo llorar? Eso depende de ti,
explóralo, también es bueno llorar, aprender a llorar (algunos no saben).
—Puedo “enriquecerme, cultivarme”, esto puedo
hacerlo, si quiero. Es lo que me satisface.
Y tú, ¿lo has meditado alguna vez? ¿Qué es lo
que depende siempre de ti? ¿Eres consciente de ello?
Quisimos hablar del egoísmo, quisimos
hablar del gobierno, quisimos hablar sobre el conformismo, pero
no era su tarde. Investigamos sobre la crisis. Más propiamente —según el
transcurso de la discusión—, sobre estar en crisis, cuando estamos en
crisis. Otro café filosófico, en otro lugar, trató de las crisis y lo que tiene
de especial esta crisis social que estamos padeciendo. Pero las crisis también
son personales —o quizás siempre lo son, pues se viven personalmente—. Hay
crisis personales, de creencias —como nos recordó muy bien, casi al final y
vehementemente, nuestro más veterano participante—, sociales también,
económicas, pero, ¿quién las vive? ¿Quién las sufre? ¿Quién es el verdadero
sujeto? ¿Quién ha de adoptar una actitud adecuada para salir reforzado de
ellas? Pues bien, primero se investigó: ¿Qué nos pasa cuando sucede una
crisis? Y luego, ¿cómo reaccionamos ante las crisis? ¿Cómo es
preferible tomárselas? No te lo pierdas. ¿O me vas a decir que tú estás exento?
Se puede estar exento de participar en la clase de gimnasia, pero de la vida…
¿Qué nos pasa cuando
sucede una crisis?
“El dios es día y noche, verano e invierno,
guerra y paz, saciedad y hambre; se transforma como fuego que, cuando se mezcla
con especias, es denominado según el aroma de cada una” (Heráclito).
—Una crisis es un cambio social profundo. De
una época se pasa a otra, y eso ocurre en función de los intereses que lideran
el cambio y lo condicionan en un sentido determinado.
—Más bien, es un cambio personal. Supone el
final de algo en ti y el comienzo de algo nuevo en ti.
—Siempre hay una pérdida.
—Si hay una pérdida, ¿luego hay una ganancia?
—Claro, la ganancia de la novedad, del fruto
que llega.
—¡Pero las crisis hay que pasarlas!
—Entonces, ¿son necesarias?
—Son inevitables. Nos pillan por sorpresa,
cuando más confiados estamos.
—En ese caso, si son inevitables, ¿no son
necesarias? ¿Lo inevitable no es necesario?
Entendéis que nos estamos refiriendo a las
crisis de todo tipo, sociales o individuales, y que siempre adviene algo nuevo.
De todo esto estaban hablando nuestros participantes. Pero la pregunta del
moderador sobre la necesidad de las crisis (si hay que pasarlas y son
inevitables) causó alguna perplejidad entre ellos. Y, de este modo, dio
comienzo una fructífera discusión.
—¿Seríamos los mismos, sin las crisis que
hemos ido pasando? ¿Son necesarias, por tanto, para ser como somos, quienes
somos?
—Son necesarias.
—No estoy de acuerdo —protesta una
participante—. Ya somos. Existe algo previo a las crisis, que siempre
somos.
Estas dos tesis pugnaron durante unos
minutos. Argumentos van y vienen, a favor en contra, con una mínima evolución.
Es decir, sin que la opinión de cada uno entrara en suficiente crisis como para
tener que evolucionar hacia la otra postura, distinta, aparentemente contraria.
(Ya sabéis que ésta es una de las virtudes de nuestro encuentro filosófico, y
de eso se trata, de investigar juntos, que no es lo mismo que defender mi
posición a toda costa, sino de arriesgarme a pensar de otro modo). En un
momento dado, el moderador quiere realizar una tentativa de resolución a través
de votaciones sucesivas que constataran la posible evolución. Sin embargo, parecía que la división era la tónica, que
las posturas eran irreconciliables. Pero no, se vio que no. Fue suficiente que
el moderador les invitase a buscar un punto de unión para que la imaginación se
disparara. Y la creatividad.
—Con el mismo vidrio, reciclándolo, podemos
fabricar botellas o vasos. Si era botella, ahora vaso, si era vaso, ahora
botella.
—¡Claro! Es el mismo y no es el mismo.
—Yo puedo ir cambiando, si dejar de ser el
mismo.
—Y, en ese sentido, las crisis van forjando,
de alguna manera, en una determinada dirección, lo que ya somos.
—Sí, es lo que venía a decir el viejo
Heráclito en uno de los fragmentos que se le reconocen: el fuego es uno, pero
adopta los olores de la materia que en su seno consume.
—Lo puedes observar sin dificultad en el
desarrollo de un bebé: un fondo que va cambiando, se va desarrollando… —ejemplifica
la participante que había opuesto con ahínco la antítesis: “Ya somos”.
¿Cómo reaccionamos
ante las crisis?
“Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar
el conformismo. En vez de esto, trabajemos nuestro talento y nuestras
habilidades para encontrar soluciones, acabemos de una sola vez con la única
crisis amenazadora, que es la tragedia de no querer luchar por superarla”
(atribuido a Albert Einstein).
Ahora sí que había
habido evolución y acuerdo. Satisfechos como estaban los participantes, se
disponen a enfrentarse a la otra cuestión planteada inicialmente: ¿Cómo reaccionamos
ante las crisis? Ya sabían lo que significa una crisis, ahora querían dialogar
sobre nuestras actitudes ente dichos estados. Y como son así de benefactores,
te ofrecen un catálogo inacabado de respuestas preferibles. Esperemos que te
sirvan de algo.
Lo primero es enfrentarse a ellas.
Pero, obviamente, para enfrentarse adecuadamente a una crisis hay que realizar
un buen balance: mirar bien qué lleva nuestra “mochila” de la vida;
primero, qué poseemos. Ahí podemos encontrar muchas cosas utilizables. Seguro
que son más de las que a veces pensamos, cuando nos hallamos atrapados en uno
de esos estados críticos. Tardarán un tiempo en desplegarse sus virtualidades,
pero paciencia, que cogiendo impulso a partir de ti, llegarás más allá de ti.
Por otro lado, nunca viene mal pedir ayuda,
sobre todo de aquellas personas que han pasado, o han podido pasar, por lo
mismo. Seguramente, me ayudarán a mirar mejor en mi “mochila vital”, a
familiarizarme con mis posibilidades. ¿Quién puede ser? Cualquier persona, de
todo tipo. Donde menos te los esperes, por más que haya gente especializada en
ello o te merezca mucho respeto por su proximidad contigo. El aprendizaje
siempre es fundamental. (No somos los seres humanos como Sísifo, y no podemos
estar eternamente cayendo en lo mismo, o que nos pille puestos con lo mismo,
compuestos de lo mismo).
Pero también puede hacer falta una actitud
beligerante: buscar a los demás, coaligarnos con ellos, en lo que
compartimos y sufrimos, y oponernos juntos a cualquier tipo de injusticia. ¿Por
qué no? Los psicólogos han puesto de moda el término “asertivo”. Ya lo
conocías, ¿verdad?
Y en este preciso momento, se desató la
tormenta: no era nuestro enfoque de aquel día —según las preguntas directoras
del debate—, pero era inevitable hablar de la crisis actual. Era inevitable no
gritar a los bancos y sus banqueros, a los políticos y sus políticas, a los
intereses afianzados y sus interesadas prácticas. Era imposible no indignarse.
El moderador permitió alguna dosis de desahogo. Era necesario. Y también es
necesario coordinarnos. Nuestra reunión nos vuelve activos. Ciudadanos
autónomos y críticos. ¿No reclaman eso? (¿O quizás no?). De cualquier manera,
amable lector, si deseas continuar la reflexión por este camino, te indico que
lo puedes hacer con ayuda de la crónica de un café filosófico anterior, que ya
fue mencionado, si tú quieres.
Y lo imprescindible: saber que vendrán más,
que vendrán más crisis. Esto no debes nunca olvidarlo. Ellos te lo recuerdan.
Para que no nos encuentre desprevenidos y descompuestos. Con esta recomendación
final —que no última— sintieron los participantes que ya era suficiente, pues
llevaban dos horas de aprendizaje mutuo. Una larga y ventosa tarde nos esperaba
aún a todos, adornada de esculpidas nubes lenticulares.
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