Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

sábado, 19 de febrero de 2022

Taller "Quién soy yo"


Taller de filosofía en Torre del Mar 1.1

16 de febrero de 2022, Antigua Azucarera, 18:00 horas

¿Cuál es la pregunta fundamental que uno puede hacerse? Sin duda: ¿quién soy yo? Y, si no fuera frecuente mirar esto, entenderíamos por qué nos va hoy como nos va. En el frontispicio del tempo de Apolo, en la antigua Delfos, figuraba su importancia: “Conócete a ti mismo y conocerá el universo y los dioses”. En ti está el tesoro. Mira con atención y muéstralo en lo que piensas y en lo que hagas. Si te conoces, en el grado que sea, en esa misma medida podrás relacionarte mejor con los demás, podrás comprender mejor el mundo, estarás más satisfecho de tu propia vida. ¿Es o no es importante indagar en quiénes somos? En algún momento, todos tomaremos conciencia y necesitaremos ahondar en ello. Hace años que en el blog que mantengo, Palestra de Filosofía, “¿Quién soy yo?” no deja de ser la entrada más visitada, con diferencia. Se va percibiendo lo que necesitamos, pero la respuesta está en nosotros mismos, si ahondamos en la pregunta por nuestra identidad. No cómo somos, sino quiénes somos, más allá de ideologías, creencias, hábitos o automatismos, más allá del personaje que me he ido construyendo y que creo ser y, de acuerdo a eso, vivo... y sufro. La experiencia con los modelos que se nos han dado, nos ha ido construyendo una forma de vernos y, en función de eso, una forma de ver a los demás y a la propia realidad. Si cambia la noción de mí mismo y cómo me vivo, cambiará mi mundo. Pues bien, tuvimos la ocasión de plantearnos juntos esta trascendental pregunta en la Antigua Azucarera. Desde aquí expresamos nuestro agradecimiento a la Tenencia de Alcaldía de Torre del Mar por su apoyo a este tipo de iniciativas de filosofía practicada. Veamos.

Somos como una lechuga: en nosotros se han ido configurando diversos niveles de profundidad personal. Si vamos quitando las hojas, desde las más superficiales a las más profundas, ¿qué queda?, como se pregunta María Zambrano en uno de sus conocidos poemas (“El agua ensimismada”): Si tú te miras, ¿qué queda? El cogollo, el centro, el núcleo de lo que somos. Aquello de que dependen nuestras demás facetas, que no serían como son por sí mismas. Igual que le pasa al efecto respecto a su causa, a lo originado respecto a su origen. Ahí tendremos que ir, ahondando en sucesivas oleadas, que es de lo que trató el taller. Antes, conviene crear el ambiente adecuado y la predisposición interior... Una meditación, un breve ejercicio de centramiento, vendría al pelo.

1) Aquello que está en ti debido a tus circunstancias de nacimiento o por avatares de la vida en este mundo, sociales o familiares, o bien, aquellas otras circunstancias convencionales que te vienen dadas, que tú no has elegido y que podrían haber sido de otra manera... todo eso, no eres tú. Así que no te empeñes en que tú eres fulanito o menganito, porque, si tus padres te hubieran puesto otro nombre, o bien, hubieras nacido y vivido en otras circunstancias, ¿ya no serías tú en el fondo?

2) No pretendas afirmar tampoco que eres el que vive en tal o cual sitio, o que te dedicas a esto o a lo otro, porque, cuando todo ello cambie, ¿ya no serías tú?, o bien, antes de ser eso, ¿ése no eras tú? Muchas cosas de tu vida van modificándose, tú vas cambiando, pero, ¿qué es eso que siempre eres? ¿De dónde te viene la sensación “yo soy”? Eso no cambia... así que no digas que eres un educador jubilado o una abuela o un jugador de fútbol.

3) Pero si llegas al punto en que te parece que ya has profundizando bastante, que ya has indagado lo suficiente y, por ejemplo, estás convencido –como algunos de los participantes– de que eres igual a los demás, creadora, luchadora, un eslabón de luz, que eres tú mismo, que eres plural, que eres un ser humano, una partícula que vibra en el silencio, amor, que eres sentimiento, un ser digno en desarrollo..., reflexiona si más bien no te estás refiriendo a cómo eres, tus cualidades o características personales aquí y ahora, y no a lo que eres, a tu identidad.

4) Yo soy creatividad, combatividad, luz, yo mismo, persona, vibración, amor, sentimiento, intencionalidad, energía, pero todavía puedo ahondar más. Cómo soy se refiere a mi modo de ser, variable, construido, cambiante; lo que soy, se refiere a mi naturaleza, de qué estoy hecho, qué soy yo; pero así, ¿ya sé quién soy? Quién soy yo... esto es difícil de expresar con palabras, aquí la filosofía meramente racionalista se queda corta... No es algo deducible, todo lo más asociable metafóricamente. Todo lo más: podemos decir lo que no somos. Por esto, quienes somos, quizás sólo sea posible sentirlo. Y lo hemos sentido muchas veces... cuando me siento a mí mismo a la vez que estoy contemplando algo, excelso o cotidiano, una emoción, una idea, un objeto, cuando estoy atento a mí mismo. No es posible definirlo conceptualmente, pero podemos verlo, intuirlo, notarlo, experimentarlo. Lo que la razón no puede, lo puede la experiencia interior. Y su acceso se puede ir trabajando... Sea un ejercicio que recoge, de diversos modos, Mónica Cavallé en su libro El arte de ser (Editorial Kairós, 2017):

Señala con el dedo un objeto cercano y obsérvalo. Después descríbelo con tanto detalle como puedas. En efecto, es una cosa dotada de formas, colores, textura…

Ahora, señala hacia otro lugar. El suelo, por ejemplo. Descríbelo del mismo modo.

Apunta después hacia alguna parte de tu cuerpo y descríbela. También una cosa dotada de forma, tamaño, límites…, ¿no?

Ahora observa y señala el lugar desde el cual estás mirando, un lugar que no se haya a distancia alguna de ti. ¿Qué percibes? Descríbelo también. Pero hazlo atendiendo a la experiencia presente, sin recurrir a la memoria o a la imaginación, como si fuera la primera vez que lo observas. No confíes en lo que crees o has aprendido que hay ahí, sino tan sólo en tu experiencia directa. ¿Puedes apreciar alguna forma, algún color, es cosa alguna?

¿La respuesta ha sido que “no es nada” o algo parecido? No te preocupes, pero eso es lo que tú eres.

Ahora bien, esa “nada” simplemente significa que está vacía de objetos, no que no seas nada. Precisamente, tú eres lo que hace posible los objetos. Sin ti no serían. ¿Lo estás sintiendo? Tú eres ese espacio que acoge a todos los objetos y experiencias, un espacio lúcido desde donde se despliega tu dedo, las percepciones de la habitación, tus pensamientos, tus emociones… Tú eres tu centro, que no es lo que los demás ven de ti. Ellos te ven como una cosa o un objeto en el mundo. Pero tú ya sabes ahora que eres mucho más que eso.

–“No veo nada”, ¿sigues diciendo quejumbroso? De acuerdo, pero es una “nada” muy viva, una nada muy especial que se ve a sí misma, que es consciente de sí misma y del mundo que contiene. Tú eres esa consciencia que es consciente de sí misma. Toda experiencia posible acontece en ella. ¿Hay algo mayor que eso?

sábado, 12 de febrero de 2022

Sobre el valor de mi vida

Café Filosófico en Castro del Río 5.2

11 de febrero de 2022, Peña flamenca castreña, 18:00 horas


En realidad, «Rosebud» es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba...

Fernando Savater. Ética para amador


¿Cómo dar valor a nuestra vida?

La vida transcurre plácidamente y, en ocasiones, tomamos conciencia del valor de la misma. A veces, somos conscientes de lo que tiene más valor abruptamente, por las malas. Pero, sea como sea, no hay ser humano que, en algún momento, no se plantee el valor de su propia vida y de lo que hay más valioso en ella. Os invitamos a seguirnos por esta vereda, a ver qué encontramos. Los participantes de esta segunda edición del Café filosófico en Castro del Río, después de dos meses debido a la crudeza de la pandemia, te invitan a seguirlos en su indagación. El marco era nuevo, la Peña flamenca castreña, y agradecemos la acogida, en este espacio de tanta raigambre en nuestro pueblo, y su apertura a una actividad de naturaleza filosófica. Especialmente, a su presidente, Paco Sánchez y a Julio Porcel, persona sensible donde las haya. Y, de nuevo, reconocemos el trabajo de organización y difusión de la Delegación de Cultura de Castro del Río. Además, ésta ha sido la primera vez que se ha grabado la sesión (por parte de TeleCastro). Un nuevo reto, una nueva experiencia.

El facilitador del encuentro plantea una cuestión de actualidad, pues algún día habrá de llegar a ello: si la pandemia se acabara mañana, ¿qué es lo primero que harías? Y suponemos que sus aportaciones no diferirán demasiado de las tuyas... Todo esto lo estamos viviendo juntos y compartimos sus consecuencias. Ahí van. Yo daría muchos besos y abrazos a todo el mundo, retomaría las maltrechas relaciones familiares. Lo que más echo de menos es poder ir a cualquier sitio y librarme de tantas reglas y prohibiciones. Y poderme mover libremente por donde quisiera. Como podéis suponer, dejar atrás el miedo que nos atenaza en estos momentos es lo que estaba debajo de todo lo que se iba diciendo. Por eso, no vivir con miedo será el principal deseo de los participantes. Seguimos. A alguno le preocupaba, y por eso tenía ganas de comprobarlo, cómo reaccionaría después de acabada la pandemia, cómo lo llevaría. Seguro que alguno o alguna os lo preguntáis. Seguimos. Pues, yo estaría muy intrigada observando todo lo que había pasado, y poder ver el rostro de cada ser humano, a ver qué huella le había dejado todo esto que nos está pasando. Y viajar, quién no lo desea. Pero esta readaptación será rápida, vaticina un participante, somos muy adaptables. Y si lo pensamos, puede que en el fondo no haya cambiado tanto nuestra vida. Quizás, tuviéramos algunos reparos al estar con muchedumbres, pero sería transitorio, se curaría con los abrazos.

¿Cómo dar valor a nuestra vida? Habría que empezar por valorar lo que tenemos y no sólo lo que no tenemos, como a menudo sucede. Pero convenía, antes de continuar, que se aclarara qué es aquello a lo que damos valor, cuál es la noción de lo valioso. Y se dice, con razón, que para que algo sea valioso hemos de tomar conciencia de su valor. Además, solemos dar más valor a aquello que ha supuesto un esfuerzo su consecución y, sobre todo, valorar algo significa preservarlo. Pero, cuando una de las participantes insiste en que el valor emerge por contraste con otra cosa, por referencia a un modelo, se desata la discusión. Porque esta idea suponía el sempiterno conflicto individuo/sociedad. Significaría que los valores ya nos vienen construidos, social e históricamente, por educación, y que el ser humano particular se ve atrapado por una red de influencias y condicionamientos. Así pues, ¿lo valioso sería lo que es valioso para mí o lo que es valioso para los demás? ¿Mi valores, son realmente míos? Esto plantea el viejo problema filosófico de si hay valores universales... O dicho de una manera: si hay valores valiosos en sí mismos, que valgan por sí mismos, que posean un valor intrínseco. Y los participantes se aprestan a detectar esos valores que pudieran ser más universales, válidos en todo tiempo y lugar. Y los hay: la libertad, la vida, la familia, el bien... Pero claro aflora el conflicto: porque hay tanta variedad, tanta diversidad cultural, tantas diferencias individuales... ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Cómo lo integramos, en esa universalidad de los valores? Y he aquí la solución que ellos y ellas te brindan: puede que el valor sea el mismo, pero expresado de distinto modo, según las circunstancias y las necesidades en cada caso. Por ejemplo, si tomamos como referencia el valor de la vida, si una cultura o una persona elige no alargar innecesariamente la vida de un ser querido o de sí mismo, también estará defendiendo el valor intrínseco de la vida, de un modo propio o particular. Son recomendables, en este sentido, algunas películas que abordan el problema: una se le quedó grabada hace muchos años a este relator: La balada del Narayama.

De todo lo dicho, que ayudara a determinar el valor de algo, el ser conscientes se iba mostrando como su modo crucial y definitivo. Ahora bien, ¿cómo llegar a ser conscientes de lo que es valioso en sí mismo? El enfrentarse con la posibilidad de la muerte, tomar conciencia de nuestra propia muerte, que somos seres finitos y limitados, ayuda bastante –creen algunos participantes– a valorar lo que de veras importa. El atender, con una mirada nueva, a las cosas sencillas y cotidianas, también puede propiciar el despertar de la conciencia de lo que es valioso por sí mismo. Además, podemos aprender de otros, de lo que les pasa a otros; adelantaríamos mucho. No siempre es necesario que tú pases por lo mismo, mira, observa y aprende a valorar. En ocasiones, no tener alternativa, te permite valorar lo que es digno de ser valorado. En definitiva, aprender a valorar lo valioso en sí mismo, y no como medio para otra cosa, supone un proceso de maduración, de desarrollo de la persona. Y para esto la vida te ofrece diversas vías, y numerosas oportunidades, para que aprendas. Por las buenas o por la malas. Muchas veces se requiere un aldabonazo, otras veces una cocción lenta y que casi no se nota. Pero la vida no es tan corta como para que no te ofrezca las suficientes ocasiones con las que poder despertar. Que a ti vida te ha venido fácil y cómoda en exceso, que alguien ha sido malcriado, que has rehuido las decisiones difíciles, que has tenido suerte hasta ahora... No te preocupes, en la vida hay de todo y para todos. Tu despertar llegará antes o llegará después. Recuerda el significado de la última palabra que pronuncia el Ciudadano Kane antes de morir: Rosebud

domingo, 6 de febrero de 2022

Sobre el estado de duelo


Café Filosófico en Torre del mar 1.1

03 de febrero de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Cualquier acontecimiento de nuestra vida

que pone fin a una situación conocida

mosnos enfrenta con la muerte.

Théa Schuster


¿Cómo afrontaremos el estado anímico de duelo?


Primer Café filosófico en Torre del Mar. Gracias a la colaboración de la Tenencia de Alcaldía y, para estos cafés filosóficos, de la Taberna El Oasis. Y de oasis particulares fue la primera parte de este encuentro. Tal como se define en la RAE, todos buscamos, a menudo, una tregua, un descanso, un refugio en las penalidades o contratiempos de la vida. Pero queremos oasis que sean activos, lúcidos y conscientes, no de los otros: puramente evasivos o adictivos. Yo elijo hacer una parada, cambiar de aires o de actividad, incluso entretenerme, pero sabiendo que lo hago y por qué lo hago y, mientras estoy ahí, me enriquezco, desarrollo mis otras cualidades, más allá de las tareas cotidianas. ¿Cuál es tu consciente oasis particular? Quizás, pasear por la montaña en medio de la naturaleza, quizás los atardeceres y los amaneceres –amar el principio y el final de todo–, quizás el amanecer, pero desde mi ventana, desde donde se abren todas las posibilidades del día, quizás el oasis del quiero hacer y no lo que tengo que hacer, quizás la lectura de un libro que ha sido como escrito para mí, quizás estar en la playa o ese momento de las ocho de la mañana en que puedo crear, quizás, dar las gracias por la grandeza de lo que hay, o quizás andar y andar kilómetros frente a la saturación en la mente, o quizás, esos momentos especiales para ser más conscientes, o quizás, leer buena poesía por la noche, o bien, quizás, la pintura, mi forma de meditación personal.

¿Qué es un duelo y cómo afrontarlo? Estaba claro, para los participantes, que ambos aspectos, la naturaleza y la actitud ante un duelo van de la mano. Porque el estado vital o anímico de pérdida, su naturaleza, no puede desligarse de cómo se vive. ¡Como tantas cosas en la vida! La mirada crea el objeto. Pero dicho sentimiento no sólo aflora con la muerte de un ser querido, sino que en todo cambio (o crisis) o sensación de abandono (o vacío) también. Algo acaba y ha de comenzar algo distinto, y esta transición cada uno la vive según su propia biografía de pérdidas, y cómo haya aprendido a afrontarlas. Así, observamos cuán diferente las personas se relacionan con sus pérdidas. Pero todas han de pasarlo... y si parece que no les afecta, quizás haya que preguntarle si se había ido preparando para esa pérdida. Incluso, se puede decir que todo duelo puede contener un sesgo cultural... En cada cultura se lleva a efecto de una manera, igual que se toma diferente el hecho de la muerte.

Pero, quizás, el dolor anejo a cada pérdida sea necesario vivirlo. ¿Y el sufrimiento, también es necesario vivirlo? No es lo mismo. Los participantes en este diálogo filosófico te dicen que no es así. Que está el hecho objetivo (o natural) de la pérdida, pero también lo que tú te dices sobre ello, y esto siempre podría ser de otra manera. Es evitable vivir así, sufriendo. Que sea inútil, no lo diríamos, puesto que el dolor quizás sea necesario atravesarlo a fondo, pues son muchos los frutos del dolor bien vivido: el desarrollo de la fortaleza, la madurez, la independencia, la posibilidad de vivir una vida ascendente. También es evitable el sufrimiento patológico: cuando la persona ya no saber vivir sin sufrir, tanto forma parte de su vida, tanto se ha identificado (o apegado) que no es capaz de vivir de otra manera. Se constituye en su “zona de confort”. Prefiere eso, a la sensación de vacío o de nada.

Y, ¿cómo podemos librarnos del sufrimiento inútil? Ese dolor mal comprendido, vivido como inevitable. Te lo dicen ellos y ellas: reinventarse cada vez, vivir por uno mismo; aprender a prepararse, entrenarse con las “pequeñas muertes” para pérdidas mayores (o la propia muerte), como nos decía el sabio Ibn Arabi; lo primero: la aceptación del hecho de la pérdida, sin ello no hay salida posible del estado de duelo; y el crecimiento personal y el desarrollo de los recursos personales –cualquier situación sirve para ejercitarse; y esto enseñarlo desde pequeños, inclusive en las escuelas –otras escuelas muy diferentes a las actuales. Y si hay que acompañar en el duelo, ¿cómo lo haremos?: en silencio; no le digas, no le aconsejes, simplemente estar ahí con esa persona. Así pues, ¿puedes mirar el retrato de tu ser querido, que falleció, con felicidad? ¿Puedes recordar aquella amarga experiencia con alegría? ¿Puedes volver a verle, y comprenderle? ¿Puedes sentir compasión, porque no sabía, en el fondo, lo que hacía? ¿Puedes perdonarte y darte otra oportunidad? Si la respuesta es sí, has superado adecuadamente tu duelo.


El ave Fénix 

Cualquier acontecimiento de nuestra vida que pone fin a una situación conocida nos enfrenta con la muerte. Realidades tan diferentes como el final de un periodo vital, del tiempo de felicidad y sinsabores de una relación, la pérdida de un ser querido, una enfermedad, un accidente o, simplemente, cuando los hijos se van de casa: todas son verdaderas experiencias de muerte. En un primer momento, estamos aturdidos, no comprendemos qué es eso que nos haya podido suceder, mientras la tierra continua girando como si nada hubiese ocurrido. Después, el peso del sufrimiento nos asfixia, dejándonos solos en un terrible cara a cara con lo inaceptable, algo que nadie comparte ni puede compartir, pues cada ser humano vive su propia vida, diferente de la nuestra. Nos engulle la negrura solitaria de un largo túnel, como le sucediera antaño a Jonás, tragado por la ballena. Sólo podemos vivir de la mañana a la noche, un día cada vez. Sin mañana, sería demasiado duro.

Pero luego, de golpe y porrazo, el canto de un pájaro, un rayo de sol, el vuelo de una golondrina nos acaricia el corazón. Una sonrisa efímera, o una música lejana nos conmueven. Lentamente, como sonámbulos, salimos del túnel, recuperamos nuestro lugar en la vida. Nada ha cambiado, y sin embargo todo es diferente, más intenso, y sobre todo más hermoso. Mientras atravesamos el túnel, perdimos nuestra orgullosa reinvindicación de que se nos debe todo. Esa humilde alegría de vivir anuncia nuestro renacimiento.

Théa Schuster






lunes, 31 de enero de 2022

Sobre la falta de comunicación



Café filosófico en Capileira 1.1

28 de enero de 2022, Biblioteca Pública, 17:00 horas


Los individuos y las colectividades que viven interiormente como si pisasen una “tierra de cieno” sienten que son dominados por un funcionamiento autonomizado, maquinal, que le suplanta su Ítaca interna, su mundo interior.

Luis Sáez Rueda

¿Qué necesitamos para entendernos?

Inauguramos nuestro Café filosófico en Capileira. Para dialogar y continuar comprendiéndonos. Ahora en esta tierra bella de La Alpujarra, gracias a la colaboración de su Excmo. Ayuntamiento. El mundo contemporáneo adolece de una falta de comunicación, a pesar de abundar tantos medios. También en estos lugares más apartados –tal vez de un modo muy especial– se perciben y se sufren las patologías de nuestro tiempo. Y los participantes son muy conscientes de lo que no marcha bien en nuestra civilización occidental. Ellos y ellas ligaron, a través de su discusión, la falta de comunicación con su mundo, el mundo rural. Un mundo, que se percibe acechado de variados peligros, algunos de los cuales aquí se vincularon. Merece la pena escuchar lo que, en estos lugares únicos, tiene que decirse. Sin tomar conciencia también de sus necesidades, nada podrá salvarnos.

Pero, la palabra “filosofía”, ¿qué suscita en nuestra mente? ¿Qué es lo que moviliza por dentro, cuando se pronuncia? Ya que era el primer encuentro filosófico, se pregunta esto a los asistentes, y responden: “filosofía” es igual a “vida y espíritu”, “pensamiento sobre la vida”, “la vida misma”, “una manera de vivir”, “una búsqueda interior”, “un cuestionamiento”, “un brotar del amor”, “una reflexión”. ¿Quién podría decir que no conocían ya lo que era la filosofía, aunque no lo supieran...? Ahí estaría el problema de la Filosofía con mayúsculas, que olvida el filosofar cotidiano. Solamente se requiere, para que aflore, un poco de comprensión y escucha, facilitarlo un poco. Y esto es lo que se busca en estos encuentros filosóficos, personales y ciudadanos.

Aparecieron temáticas como la relación humana con el paisaje, la guerra, el mundo rural, la confusión sobre la identidad, pero la incomunicación humana fue la temática elegida para su análisis aquella tarde. ¿Cuál sería, hoy día, el mayor problema que presenta la comunicación humana? Quizás no fuera sólo un problema, sino un ramillete. «No hay tiempo para la escucha». No hay tiempo para casi nada y menos para atender al otro. «Las posturas son muy cerradas». El dogma está a la vuelta de la esquina en la vida social y política. «El fondo necesario para toda comunicación ha desaparecido». Sin ese fondo compartido no hay comunicación posible. Todos sus elementos (emisor, receptor, código, medio, mensaje) se producen en el vacío. Y eso antes no pasaba tanto... Por ejemplo, en estas tierras, una sábana blanca a lo lejos, era una señal que tenía un significado claro para los receptores del otro lado del barranco. «Estamos saturados de tanta información», contradictoria, falsa, muchas veces... La posverdad no nos convence. Hay verdad, no todo vale igual, no todo nos da igual... Además, «ha cambiado la intención de la comunicación», su para qué, lo que buscamos al comunicarnos. Ya no buscamos lo mismo que antes... entendernos, sino influir.

Pregunta el moderador: ¿cuál sería la base, el fondo, de tales problemas de la comunicación humana? Y lo vieron desde el mundo rural donde, todavía se aprecia más claramente el desajuste actual, por haberse mantenido más tiempo el modo de vida tradicional y darse, entonces, un mayor contraste. Una participante es tajante en su respuesta: «¡Se ha perdido la infancia!». Decir “la infancia” es decir lo propio de la infancia, ese territorio del que nunca deberíamos desarraigarnos del todo, pues significa: ausencia de temor, compartir y la búsqueda de la autonomía personal, no la “sobre-protección de ahora”. Se ha perdido el ser consecuente con la propia identidad, la claridad acerca de lo que somos. Se ha perdido la empatía... en las relaciones humanas. El nuevo turismo, desde hace unos años, destruye la esencia, la identidad, que queda envuelta en una serie de tópicos y en donde los protagonistas del medio rural se sienten perdidos. (Ciertamente, los participantes hablaban de sí mismos... sí, pero con la capacidad de distanciamiento que ofrece una reflexión serena; para lo que estábamos allí).

Las fuerzas ciegas (el capitalismo y la racionalidad que utiliza instrumentalmente los valores y la voluntad de reducirlo todo a cálculo, a algo cuantificable), de las que analiza Luis Sáez Rueda, en su libro Tierra y destino, sus efectos, están también penetrando en el mundo rural. Y lo están haciendo en lo que se ha convertido, por suerte, o quizás también, por desgracia, en su principal medio de vida, el turismo, convirtiéndolo en un producto de marketing, algo impersonal y prefabricado. Ya, ¡hasta se trae el viaje preparado de antemano, todo planificado, sin espacio para el descubrimiento! El turismo es ahora necesario, quizás, pero hay que plantearse qué turismo necesitamos. (La respuesta a esta pregunta quedó flotando en el ambiente, dispuesta a ser trabajada en otro encuentro filosófico venidero). Ellos y ellas manifestaron su preocupación por la pérdida de identidad y el precio que haría pagar el turismo mal entendido. Y esta es una cuestión que a todos, vivamos en un área rural o no, mucho nos concierne. Como se anuncia en el Manifiesto del comienzo de la Revuelta de la España Vaciada:

Sin pueblos no hay futuro, pero tampoco lo hay para las ciudades, ni para el medio ambiente tan deteriorado. El Planeta está amenazado y hay que defenderlo país por país, provincia a provincia, comarca a comarca, pueblo a pueblo.





sábado, 22 de enero de 2022

Sobre las expectativas

21 de enero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

La Quimera susurra hacia la luna

y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.

Luis Cernuda, La realidad y el deseo

¿Hemos vivido falsas expectativas?


Comenzamos el segundo trimestre de Cafés filosóficos y las expectativas siguen jugándonos malas pasadas. Introducen una peculiar dialéctica, entre el deseo y la realidad, que no siempre sabemos gestionar. Y eso nos lleva pasando, de un modo especial, todo este largo tiempo de pandemia. Las expectativas ponen un listón, que si la realidad no se ajusta a él, nos defrauda. Por otro lado, la misma realidad necesita ser juzgada desde algún modelo ideal, si no, no se avanza. Así pues, ¿dónde situar el fino equilibrio entre la realidad y el deseo? No siempre es fácil. Veámoslo con un ejemplo cotidiano: esta película es maravillosa, entonces, la vemos y decimos que no es para tanto; y si nos advierten de que es una mala película, entonces, la vemos y decimos que no está tan mal, incluso nos ha gustado; y, como sabemos, estas reacciones se han debido a la expectativa creada de antemano. ¿Nos pasará lo mismo con nuestras expectativas respecto a todo lo que podríamos aprender de una crisis pandémica, como la que vivimos? El grupo reunido aquella tarde te va a hablar de esto.

Estamos cansados, puede que hartos, de tantas restricciones al desenvolvimiento de la vida, incluso, puede que acumulemos fatiga mental. Hagamos un repaso de la mano de los participantes. ¿De qué estamos ya cansados? La mascarilla te impide ver el rostro de las personas, no dicen los ojos tanto como creíamos. Los que viajamos estamos cansados de viajar así y, si lo podemos evitar, no viajamos, pero cuánto lo echamos de menos. Y cómo nos cuesta no poder interactuar entre nosotros de un modo más natural. Los abrazos, cómo los echamos de menos; y para los mayores y los jóvenes, ¡para ellos es muy necesario! ¡Tantas limitaciones, restricciones, normas, privaciones! Tanto miedo que se palpa, que está a flor de pie. Vivíamos con incertidumbre, pero ahora está presente todos los días: ¿Cuándo acabará? Y los medios de comunicación y la televisión... siempre hablan de lo mismo, ere que erre; en el mundo pasan muchas más cosas que la sola pandemia y el constante cotilleo político. Y, cuando niegan la ciencia... Además, deja mucho que desear cómo se está gestionando esta crisis, notamos sus desajustes. Y yo que ya había aprendido a expresarme, a dar abrazos... ¡ahora no podemos! Echamos de menos el contacto físico y ser auténticos con nuestras emociones. Se observa mucha tristeza en los jóvenes. O quizás, todo esto era necesario, tenemos suerte y nos quejamos demasiado. Y no sabemos qué efectos tendrá todo esto en la salud mental de las personas...

Cuando comenzamos a vivir con la pandemia, en aquella larga cuarentena, todo eran esperanzas: ¿seremos mejores después?, ¿aprovecharemos esta experiencia para aprender? Pero la esperanza ha ido dando paso a la decepción. Así lo viven muchos de los participantes en la indagación. ¿Eran falsas expectativas? (El poema de una de las personas asistentes, que transcribimos abajo, refleja precisamente este cúmulo de sensaciones). Esas expectativas son más o menos falsas, en función de lo que cada uno había esperado. «Sí, hay una mayor conciencia de la globalidad de nuestras acciones, ha sido un tiempo de reflexión y quizás se vayan notando poco a poco, sus consecuencias más benignas». «Pero, no, no hemos aprendido, hemos avanzado muy poco, y además, se han reforzado los extremismos, los dogmatismos, el egocentrismo». En la discusión se sucedían las aportaciones sobre un o un no, a las falsas expectativas; inicialmente, los síes predominaban, pero eran esperanzas infundadas. O eso parecía, al menos.

Gradualmente, la discusión iba decantándose hacia el reconocimiento de una mayor reflexión individual, que se estaba dando, pero no socialmente, a escala mundial. Por ejemplo, sabemos de la importancia de la vacunación de la población mundial, y sin embargo, pensamos sólo en nosotros, “los países ricos”. Miras muy cortas, pasos muy torpes. ¿Es posible que necesitemos más tiempo, para que todo lo que vamos aprendiendo impregne nuestras acciones? Es posible... Claro es que la “semilla” individual del «quiero vivir de otra manera», va plasmándose gradualmente, pero pero muchas veces la dificultad viene de las inercias que arrastramos. Aquí, el grupo encontró una clave interpretativa. Porque, la sociedad no es nada, es un “ente abstracto”, la realidad la componen las personas individuales de carne y hueso, como diría Unamuno. Si, poco a poco, esa semilla individual va germinando en espiral, desde cada uno, el cambio será posible. Mirad en Chile, nos contaba una participante, que era de allí. Eso de: “la gente, la sociedad, el sistema, es así”, no resiste un análisis medio serio. ¡Cuántas cosas hemos conseguido! Como veis, la dialéctica deseo-realidad, idealidad-facticidad, individuo-sociedad, no dejó de estar presente.

Sólo hay obstáculos, que son inercias. La rueda sin el empuje del motor continúa moviéndose, pero se acabará parando. Simplemente, hace falta no alimentar lo que la impulsa... Si las comprensiones, con sus acciones, van en la buena dirección del bien común, que incluye habitar el planeta de otra manera, un mejor equilibrio en nuestras vidas y con las de otros seres, la rueda se ralentizará y podremos cambiar de marcha y de dirección. Pero hay que ser muy conscientes de esas inercias. El egoísmo no tiene sentido. El Estado y la política no pueden estar ordenados hacia donde están en la actualidad. La gente lo sabe, nosotros lo sabemos. Los aplausos a lo más importante, lo más básico, la salud, la educación, lo cualitativo frente a lo cuantitativo, frente al crecimiento ciego, han de ser constantes. Aplaudir lo que merece la pena. Y abuchear lo que no la merece. Ya sabemos qué es. Disponemos de mucha experiencia histórica y social.

¿Qué tiene que pasar para que aprendamos?, pregunta, algo desesperado, uno de los participantes. Si habéis tenido la ocasión de ver la película Ultimátum a la Tierra, allí se pregunta lo mismo. Los líderes de la política mundial no son los verdaderos líderes, y la protagonista de la película conduce al alienígena visitante (Keanu Reeves), que viene a “salvar a la Tierra de nosotros”, a hablar con un científico que es premio Nobel de la Paz, quien le dice: “Vosotros evolucionasteis al borde del precipicio, no nos arrebatéis a nosotros esta oportunidad”. Pues bien, no nos defraudemos.

POEMA DE PANDEMIA



sábado, 18 de diciembre de 2021

Sobre el suicidio


Imagen| Paisaje con la caída de Ícaro de Brueghel el Viejo (su caída en un mundo que hace oídos sordos a su sufrimiento)


Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.3

16 de diciembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas


No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía.

Albert Camus, El mito de Sísifo

¿Es evitable el suicidio?

Que el ser humano es un animal de costumbres, ya es sabido. Incluso, decía Aristóteles que sólo se puede juzgar aquello que solemos hacer o es costumbre (“ethos”) en nosotros, y de ahí viene el término “ética”. No aquello que hacemos una vez dada, pues esto no constituye ni vicio ni virtud. Pues bien, quizás el cambio precipitado de fecha de nuestro encuentro filosófico pudiera explicar el descenso tan acusado de participantes. Pero, un encuentro es siempre inesperado y fortuito, de ahí su grandeza y su vitalidad. Por eso nos atrae tanto esta sorpresa de lo impredecible. Ni sabemos quiénes asistirán, ni sabemos de qué se tratará, ni sabemos nada de su transcurso ni de su desenlace. Esto es la auténtica novela, no escrita, de la vida. Fue un café filosófico misceláneo, en otro de los variados espacios que nos proporciona, amablemente, el establecimiento de El Pianista del Carmen.

Después de pasar rápidamente por los previos acostumbrados, el conductor del encuentro quiere comenzar, aquella tarde ventosa, por un “fragmento vertical” del poeta argentino Roberto Juarroz: Pensar entre dos, como si hacer el pensamiento fuera igual a hacer el amor. No me digan que no da que pensar. Y lo más importante para nosotros, casa de una manera formidable con la finalidad de nuestra reunión: venimos a pensar juntos, y no entre dos, sino entre muchos. Y esto ya es una orgía de amor: encuentro, comprensión, cuidado, descubrimiento... conjuntos. Para profundizar, se propuso a los participantes que igualaran el “pensar juntos” a lo más significativo para ellos. ¿Qué significa, para ti, pensar juntos? Escucha activa y no pasiva, la alegría y la plenitud del encuentro, el enriquecimiento mutuo (uno solo es más pobre), el consenso como punto de partida común (¿por qué no tendría que haber consenso después?), la receptividad, la apertura, el compartir ideas y modos de vida (que es inseparable lo uno de lo otro). ¿Y qué más? Pensar juntos es el ser de un encuentro filosófico como el nuestro. Pensar juntos: pensamiento y emoción unidos, dar y recibir, entrega. Pensar juntos: ¡qué bien sabemos cuando esto nace ya (y continúa) muerto! ¡Y sucede tantas veces!

El suicidio, la discapacidad... ambos temas hubo que tratarlos. No es posible, a través de este diálogo, saber cómo se siente una persona con una determinada discapacidad, necesitaríamos su testimonio, pues no podemos pensar por él o por ella. Pero todos nos sentimos, o nos hemos sentido, limitados en alguna faceta, en algún aspecto de nuestra vida. “¿Cómo te sientes, tú, en esas ocasiones?”, pregunta el moderador a la persona que acababa de plantear la cuestión. “Siento frustración”. “¿Por qué?”, vuelve a preguntarse en la sala. “Cuando me comparo con los demás...”. “Es posible que, entonces, ahí esté la clave”, añade el moderador. Porque nuestro encuentro también es terapéutico, todo grupo lo es, si orienta su trabajo hacia el bien y la verdad. Y hablaron del origen de muchos sufrimientos que padecemos por dentro, en solitario. Y que, en lugar de comparar con otros, sería preferible la comparación con uno mismo (y la acción por un mismo), y considerar el lugar desde el que hemos partido cada uno, no sólo a dónde hemos llegado. También, hablaron de la importancia de la aceptación. Cualquier cambio requiere de su concurso. En las escuelas antiguas de filosofía ya lo sabían; nosotros empezamos a recordarlo, pues nos hace falta. El ser es y el no-ser no es (Parménides). Comencemos por apreciar esto, su sencillez y su eficacia, en relación a cualquier problema de nuestra vida. Sin aceptación, no es posible caminar de otro modo, por un territorio nuevo lleno de agradables plantas aromáticas.

Tras este excurso, el diálogo retomó la temática más solicitada: el suicidio. ¿Se puede evitar? ¿Hablar de ello es mejor o es peor? ¿Cuál debe ser el papel de los medios de comunicación en relación a este delicado tema? ¿Puede darse un efecto llamada? Quedó claro, durante la discusión, que prevenir los suicidios (primera causa de muerte no natural en España, y que ha aumentado en este tiempo de pandemia) implica atender a las causas. Y, posiblemente, no es que la persona no quiera seguir viviendo, sino que no quiere seguir viviendo de la manera en que lo está haciendo. Entonces, no se trata nunca de ocultarlo (bastante tiempo ya es tabú), sino que lo decisivo es cómo ha de ser la comunicación sobre este tema, que pende de un hilo tan fino. Es fundamental promover un ambiente familiar, social, educativo, sanitario, en que sea posible que la persona, que lo está pasando mal, pueda expresarse, pueda ser comprendida y pueda ser acompañada (entendiendo y no juzgando). Y esto es labor de todos nosotros. Permitirnos que ningún estado de ánimo sea extraño, sino una parte natural de nuestra humana humanidad. Ellas y ellos lo dijeron.

Y sin embargo, ¿el suicido puede ser una opción, ante la que nada haya que hacer o decir por parte de los demás? La discusión trazó un rumbo nuevo, después de esta pregunta del moderador. Pues se encauzaba hacia la diferencia entre tipos de suicidio. Así, el suicidio voluntario y el suicidio forzado. ¿Es posible hablar de suicidio voluntario? El hecho es que, al parecer, siempre ha habido este tipo de suicidios, y continúa habiéndolos. En ocasiones, los consideramos, incluso, muertes heroicas, trágicas, sacrificiales, testimoniales, hasta convertir el suicidio, a veces, en pena capital... Todos podemos pensar en bastantes casos a lo largo de la historia. También podemos aceptar el suicido, en algunas situaciones, como una forma de eutanasia. Pero, claro, lo crucial aquí es cómo determinar si es un suicido voluntario y no una forma camuflada de suicidio forzado. Tantas veces la persona cree que lo ha decidido, que es la mejor opción... Por ejemplo, los atentados suicidas por motivos religiosos o políticos, podrían parecer voluntarios. No obstante, haríamos bien en preguntar: ¿cómo está su mente? ¿Sabe realmente lo que está haciendo? ¿Obedece ciegamente a una consigna exterior, o bien, a una compulsión interior? Como sucede en los casos de suicidio asistido, la persona tendría que mostrar de un modo fehaciente y lúcido, y con la suficiente persistencia, su decisión libre y consciente de recurrir al suicido. Ellos y ellas, así de claro lo vieron. Pero se trata de un tema difícil, en el que generalizar es aún más arriesgado. Salud.

domingo, 28 de noviembre de 2021

Sobre la felicidad

Café Filosófico en Castro del Río 5.1

27 de noviembre de 2021, Biblioteca Municipal, 19:00 horas


Que el hombre no se deje corromper ni dominar por las cosas exteriores y sólo sea admirador de sí mismo: que confíe en la fuerza de su espíritu y esté preparado para los cambios de la fortuna, que sea artífice de su propia vida.

Lucio Anneo Séneca


¿Qué es la felicidad?

Han pasado ya diez años. Algunos participantes son testigos. Y pudiera ser que sus motivaciones, para acudir a un encuentro filosófico como este, hubieran cambiado. No todas las generaciones pasan por una pandemia. Por eso, nos preguntamos: ¿qué espero yo de la filosofía?, al comienzo de esta segunda etapa de los Cafés filosóficos en Castro del Río (ampliada a otras prácticas filosóficas). Las respuestas no sorprenden a este relator. Seguimos siendo en el fondo los mismos. Y los participantes tienen la valentía de querer ser receptivos y someter a juicio sus ideas y creencias, volver a saborear lo que ya han saboreado, porque siempre es nuevo, la valentía de exponerse, liberarse, escuchar, la valentía de atreverse a pensar de otro modo y dar lo que me ha sido dado. No es tan frecuente... Por eso acudimos a esta llamada de la filosofía y quedamos tan agradecidos al Ayuntamiento de nuestro pueblo (en la persona de Salvador Millán), porque haya querido situar a la filosofía en el corazón de la cultura del lugar.

Debía flotar en el ambiente de la reunión la sempiterna búsqueda de la Felicidad. Fue la temática más votada. ¿Está la felicidad ligada al conocimiento, tener más y más, alcanzar mejores resultados? ¿La felicidad se confunde con la alegría? Y para comenzar bien el diálogo, ¿sería mejor hacerlo por estas formas de la felicidad o es preferible partir de una definición de lo que es la felicidad? ¿Proceder de un modo inductivo (de lo particular a lo general), o bien, ir desde lo general hasta lo particular, el modo deductivo de razonamiento? Decidimos ahondar en la esencia de la felicidad para luego tratar de responder a las anteriores cuestiones sobre la felicidad. Así pues, se preguntó el grupo: ¿qué es la felicidad? ¿En qué consiste, de qué esta hecha la felicidad? Y no es la alegría, el estar contentos... Aquí se detuvo un rato la discusión. Porque la alegría es pasajera y la felicidad permanece en nosotros. Al principio, nos perdimos un poco en los nombres, o eso parecía. En realidad, la participante que se empeñaba en darle la vuelta a lo que se había dicho, quería recordarnos que la felicidad nunca es definitiva, que nunca se alcanza del todo. Ir al fondo de su réplica nos permitió profundizar en nuestra búsqueda. Para eso es la filosofía y no para pensar lo ya pensado. Óscar Brenifier (un filósofo práctico francés), incluso, iría más lejos: la filosofía nos ayuda a pensar lo impensable.

Acabada la discusión, ya sabíamos algo: que no es lo mismo la emoción que el sentimiento, que la felicidad, aunque nunca es completa, no es un simple estado de ánimo pasajero. El grupo no necesita ir a Wikipedia, porque ha vivido y ya sabe. Sócrates tenía razón: lo esencial está en nosotros, solamente hace falta recordarlo, sacarlo a la luz (y es lo que trata de hacer este encuentro filosófico, socrático hasta la médula). La felicidad es un sentimiento interior de plenitud, bien-estar, de auto-satisfacción; una “bombilla encendida” –ilustra una participante– que no se apaga nunca del todo y así se siente. Además, resiste los vaivenes de lo que sucede, porque lo importante no es lo que te pasa, sino cómo te tomas eso que te pasa, tu respuesta, tu actitud ante ello (esto sí que depende siempre de ti, nos recuerda Epicteto). Así que la felicidad también es una actitud, que sale de dentro, una mirada, desde donde se mira y se entiende y se reconoce. Tan sólo requiere su desarrollo. Es una capacidad, una potencia que necesita ser actualizada, como diría el viejo Aristóteles. Por eso, tantas veces, necesitamos un trabajo, un entrenamiento, el cultivo de lo interior. Y puede hacerse, a través de la filosofía practicada como un modo de vivir mejor (Pierre Hadot).

La felicidad, también, está hecha de compasión, se dijo esa tarde. Pero no la compasión de origen judeo-cristiano, pena con ínfulas de superioridad, sino la compasión entre iguales (“sentir con otros”). Aunque, el verdadero amor a los demás no es posible, si no se arraiga en el amor a uno mismo, el valor de uno mismo. Otro componente fundamental para sentirse uno de veras feliz es la aceptación: una felicidad que no se base en lo que hay, no tendrá futuro, serán tantas las grietas que caerá por el suelo desarmada. Y son tantos los ejemplos que conocemos... Así, el estado de duelo no es otra cosa que el proceso de aceptación de una pérdida. Y no disponemos de algo así como unas “gafas de la felicidad”. Es posible para los estados de ánimo, pero no para la felicidad. He ahí la confusión actual y la carrera desesperada por cambiar de gafas a toda costa, cuando ya no se ve bien con ellas. Muchas veces, al rato.

Pero, ¿cómo va a ser eso? ¡La felicidad también decae!, protesta una parte nosotros. Otra parte de nosotros, sin embargo, lo ve muy claro: hay algo interior, profundo, que se mantiene. Lo confirma un participante con su propia experiencia personal: la muerte de mi padre no me supuso infelicidad, él sigue en mí de otro modo; pensar en él me hace sentir pleno. Todos podemos intuir esto, si es que no lo hemos vivido todavía. Es así, es posible. El moderador del encuentro introduce una imagen que podría ayudar, quizás, a deshacer la perplejidad suscitada: la felicidad es la linea recta de un cuaderno sobre la que pueden escribirse palabras y frases con letras altas o bajas, que serían las fluctuaciones de nuestra propia vida: las frustraciones, los fracasos, los errores, los conflictos, las malas rachas... De manera que lo que se va escribiendo sobre esa línea básica no se aleja en exceso de ella. Sería como un tono general sostenido, a pesar de los altibajos de la vida.

Finaliza el encuentro filosófico con un repaso de lo hallado, y viendo cómo pueden afrontarse –ahora sí– las inquietudes iniciales: la felicidad no consiste en saber más y más, acumular más y más conocimientos, ni poseer más y más cosas, no es la alegría fluctuante, que es una emoción, no es el resultado o la meta y, menos todavía, la acumulación de resultados satisfactorios o beneficiosos, sino que es el camino o proceso mismo del vivir lo que importa. Como decía nuestro Séneca, no es el vivir mucho lo que cuenta, sino cómo se vive. ¡Cuánto aprendemos de las tradiciones sapienciales que han llegado hasta nosotros! Aunque soterradas bajo la dura costra de la modernidad tecnológica y consumista, la ansiedad y la inmediatez. Tanto en oriente como en occidente lo sabían: no es tener, sino SER, desarrollando todas nuestras cualidades esenciales: el amor, la felicidad, la inteligencia, la voluntad, el bien, la belleza. Pero esto ya quedaría para nuestros Talleres de filosofía, si acaso. ¡Mucha salud y felicidad!


lunes, 22 de noviembre de 2021

Sobre egocentrismos

 Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.2

19 de noviembre de 2021, El Pianista del Carmen, 17:30 horas

¿Pensar en uno mismo es aceptable?

Poned atención:

un corazón solitario

no es un corazón.

Antonio Machado

Vivir es acomodarse, que no es lo mismo que resignarse. Así, nuestro segundo Café filosófico de la temporada hubo de recrear un espacio idóneo para poder acoger a las más de veinte personas que acudieron a la llamada de la filosofía compartida, el filosofar juntos. Nuestro nuevo local, El Pianista del Carmen, lo permite y lo hace totalmente factible. Quedamos agradecidos.

Y, como el día anterior se había celebrado el Día mundial de la filosofía, el animador del encuentro, amante él, no pudo resistir el impulso de plantear a los asistentes –un buen equilibrio de jóvenes y adultos– lo que pudiera ser una raíz del permanente riesgo de desaparecer la filosofía de las aulas: su utilidad o inutilidad. Leyó una declaración de Jorge Luis Borges y, acto seguido, planteó una cuestión a los participantes, como es habitual, para que se presentaran y, esta vez, para que reconocieran qué es útil en la vida:

(…) dos personas me han hecho la misma pregunta; la pregunta es: ¿para qué sirve la poesía? Y yo les he dicho: bueno, ¿para qué sirve la muerte?, ¿para qué sirve el sabor del café?, ¿para qué sirve el universo?, ¿para qué sirvo yo?, ¿para qué servimos? Qué cosa más rara que se pregunte eso, ¿no?

De todas cosas útiles en la vida, que dijeron, la inmensa mayoría (escuchar, el lenguaje, el tiempo, el autoconocimiento, colaborar, comprender, la empatía, buscar la felicidad, la libertad, la amistad, la duda, la atención, etc.) no son reducibles fácilmente, y sin pérdida, a un cálculo utilitarista o pragmático, como es el predominio hoy día. Y tiene razón Borges: qué extraña pregunta es esa, y tan frecuente, ¿para qué sirve...? Como si “el valer” hubiera sido puesto por delante de “ser”, y no al revés, como debería. ¿Para qué sirve la filosofía? Qué pregunta más rara, convinieron los participantes con su actitud y su práctica: la filosofía sirve para plantearnos todo esto.

Después de varias votaciones, el egocentrismo se postuló como la temática latente entre los participantes y, durante el diálogo, se perfiló a través de esta pregunta: ¿Pensar en uno mismo es aceptable? (Distinto de preguntar si es aceptable pensar por uno mismo; aunque, en un un diálogo como el nuestro ésta es una condición necesaria para todo lo demás, claro). Y fueron apareciendo las habituales dicotomías, radicadas en la separación entre yo y los demás. Y, quizás, aquí se sitúa tanto el origen como la salida de este problema del pensar en uno mismo o en los demás, el dilema típico entre egocentrismo y altruismo. Veamos.

Cuidar de mí, ocuparme y preocuparme por mí, pensar en mí y hacerlo respecto a los demás, ¿es incompatible? No, responden. Si no me ayudo a mí mismo, no puedo ayudar a los demás. Esto es necesario. No es impensable la figura de un “egoísmo altruista”. Hay incompatibilidad cuando mirar por mí es excluyente, cuando significa ir contra, es decir que para ser yo necesito ir en contra de otros. Y solamente de esa manera he aprendido a sentirme mejor conmigo mismo. Esto es lo que Nietzsche llamaba el espíritu reactivo del resentimiento y la debilidad. Soy más, si tú eres menos. Sin embargo, reconocerme a mí mismo lleva de una manera natural a reconocer a los demás.

Pero interroga uno de los participantes: en un mundo injusto, ¿pensar en mí sería éticamente aceptable? Y se plantea la cuestión del servicio a los demás. ¿Puedo ayudar de verdad, genuinamente, a otro, si yo estoy mal por dentro? Si busco el servicio a los demás para escapar de mí mismo, ¿le hago un bien, me lo hago a mí mismo? Es muy posible que los demás nunca puedan rellenar lo que me falta. Todo lo más, serían la ocasión para desarrollar lo que ya tengo, expresar lo que ya soy. De otro modo, es muy posible que, sin darme cuenta, acabe proyectando la oscuridad de mis propias sombras. Esto es algo para meditar, y el grupo te lo pone delante.

Es muy posible que, si yo pudiera conectar con el fondo inteligente que soy, el afecto y la voluntad intrínseca que hay en mí –que somos y lo hay en todos nosotros– y aprendiéramos a confiar en ello, todas las dicotomías, todas las dualidades que nos provocan tantos disgustos, tantos conflictos y desgarros existenciales, pudieran diluirse como un azucarillo en el café. “Yo pienso”, “yo quiero”, “yo amo”, pero ni lo hago yo solamente, ni estoy yo solo en esto de vivir.