Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

miércoles, 1 de abril de 2026

¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?


Sobre el miedo a sentir
Café Filosófico en Cortijo Las Monjas 1.1
28 de marzo de 2026, Sala común, 18:00 horas


Cuando la mente ve los atributos como atributos [cualidades o propiedades atribuidas] y no como parte de sí misma, tales atributos dejan de ser importantes. Quiere esto decir que cada atributo descubierto es un atributo que muere y, en consecuencia, una parte de nosotros mismos –de lo que creíamos ser nosotros mismos– que muere en sentido figurado. “Morid antes de morir”.

Ibn Arabi, Tratado de la unidad


    Quiero aprender cada vez mejor a ver lo necesario de las cosas como lo bello – así, seré de los que vuelven bellas las cosas. ¡Amor fati: que ese sea en adelante mi amor! No quiero librar guerra a lo feo. No quiero acusar, no quiero ni siquiera acusar a los acusadores. ¡Apartar la mirada y que sea ésta mi única negación! Y, en definitiva, y en grande: ¡quiero ser, un día, uno que sólo dice sí!

Nietzsche, La gaya ciencia


¿Cómo sentir lo que sentimos, sin miedo a sentirlo?

Nuestro primer encuentro en el acogedor Cortijo Las Monjas (Periana-Málaga) trató del sentir y del miedo a sentir. Es muy interesante darse cuenta de ello, porque el miedo, precisamente, nos aleja de ese mismo sentir y, si es el caso que la emoción es desagradable, seguiremos padeciéndola indefinidamente. Entonces, ¿qué hacer?, ¿cómo relacionarnos con nuestros estados interiores difíciles? Este relator, que estuvo allí presente, os invita a seguir la indagación que el grupo (muy nutrido) de personas, que se reunieron en este precioso enclave de la Alta Axarquía, desplegaron durante dos largas horas, si incluimos la preparación de los cafés y las infusiones con sus bizcochos, dátiles y otras delicias.

Y, dado que estábamos en plena naturaleza, donde lo salvaje y lo cultivado convive sin lucha alguna, porque, no solamente se trata de un alojamiento rural (con alma), sino de una finca de olivos centenarios (o más allá), de agricultura ecológica y regenerativa, ¿por qué no enfocarnos en eso mismo, en la naturaleza, y ver qué nos depara esta visión? Quizá un anhelo, si nuestras vidas se hubieran alejado demasiado de nuestro origen como seres naturales. El viejo Aristóteles fue muy cuidadoso distinguiendo con precisión la diferencia (radical) entre lo natural y lo artificial, que bien nos valdría recuperar hoy ante tanta mediación tecnológica, que nos lleva en ocasiones a confundir, por ejemplo, una inteligencia natural con la “inteligencia” artificial, o lo que es más peligroso, nos lleva a reducir la primera a la segunda. Es crucial, por lo tanto, que no nos olvidemos de que todo lo que existe por naturaleza (según physis) guarda en sí mismo la causa o principio de su propio ser, lo que le hace ser lo que es; sin embargo, lo artificial no existe por sí mismo, sino en virtud de un principio o causa exterior, que le viene de la mano del artífice. Y en esto hay grados de artificio que podemos rastrear en cada caso.

Pero antes, el moderador del encuentro realizó una introducción sobre el carácter de este tipo encuentros filosóficos: que aquí la filosofía se practica y no solamente se sabe o se dice, que la filosofía se entiende en un sentido sapiencial, pues se orienta a la vida buena, a través del autoconocimiento y la transformación interior, y que el medio por excelencia para desarrollar dicha filosofía practicada es el diálogo; pero no el competitivo debate, la tertulia solipsista, la conversación como un mero intercambio de opiniones, o bien, la charla que pronuncia una autoridad en la materia; pues el diálogo se construye colaborando, todos juntos, en una indagación que persigue una finalidad común: entender y entendernos, aclararnos, sobre la cuestión elegida entre todos... lo que más nos inquieta, interesa o preocupa en ese preciso momento (y ya sabéis lo que fue el caso, aquella tarde).

Después de esta introducción, que incluía también una breve explicación de las reglas básicas del diálogo para que éste fuera adecuado, el moderador, entonces, planteó a los asistentes, ellos y ellas, la siguiente pregunta inicial de autorreflexión: ¿Qué busco yo en el contacto con la naturaleza? Y éstas fueron las diferentes respuestas: busco (y encuentro) paz o sosiego físico y mental, lo esencial, conectar conmigo a través de ella, recargarme de energía, la alegría de mi niñez, la felicidad, cambiar mi modo de vida habitual, la armonía, el retorno a lo originario, sanación, libertad, vitalidad, relajación, soledad, plenitud, busco la inmensidad... Y, sin duda, tú también hubieras podido aportar tu respuesta personal.

El diálogo propiamente dicho se desarrolló, en esta ocasión, a través tres etapas fundamentales: el examen de las causas de ese miedo a sentir, que a veces sentimos; las propuestas contrastadas, según la experiencia de los participantes, para llegar a ser capaces de sentir lo que sentimos sin miedo a sentirlo; y, finalmente, las conclusiones básicas que se extraían del diálogo en su conjunto. Vamos, pues, a ello.

¿Por qué evitamos, dilatamos en el tiempo, sustituimos o compensamos sentir nuestras emociones o sentimientos? Y es cierto que nos causan malestar en ocasiones, pero no siempre... y, a pesar de eso, también las evitamos, no sea que después venga lo peor, porque «es imposible que esta felicidad me dure mucho tiempo», decimos. Aunque, efectivamente, otras veces se trata de experiencias dolorosas que tengo ahí atrancadas y sin digerir. Y nos protegemos como sea, el tiempo que sea necesario, para que no aparezca la sombra monstruosa del dolor. O bien, nos entretenemos con lo más inmediato o agradable. Esto nos pasa, sí, y esto hacemos (o no hacemos y entonces nos inhibimos). ¿Pero, por qué? El grupo establece la hipótesis de la mala educación de las emociones: no nos han enseñado o no hemos aprendido a sentir, ni a reconocer lo que otros sienten, a expresar lo que sentimos, a regular su intensidad o a gestionar su impacto en nuestra psique. ¡Imagina, querido lector o lectora, una escuela en donde el trabajo con las emociones fuera una materia transversal y obligatoria! El desarrollo de la inteligencia emocional, y no solamente de las otras inteligencias, la verbal o la matemática... Tampoco hemos aprendido a encajar, constructivamente, el juicio de los demás sobre nosotros mismos ni a evaluar adecuadamente las consecuencias emocionales de nuestras acciones; ni tan siquiera somos capaces de ver, muchas veces, la estrecha relación que hay entre nuestras creencias, nuestras emociones y nuestra conducta. Y esto también es conocerse uno a sí mismo...

Pero he aquí que algunos participantes comenzaron a poner el foco en el miedo a la muerte. Y, por esto, hacemos un alto en el relato: recordemos que el tema de hoy no era, en sí, el miedo o los miedos... a algo o a alguien, sino el miedo a sentir en mí los efectos de ese algo o ese alguien (tanto interno como externo), las emociones que me provoca. Esto es importante que no se pierda de vista para poder seguir bien a nuestros participantes. De manera que el miedo a la muerte, realmente, aportaba una dimensión nueva al diálogo. Un miedo subterráneo, siempre presente que, desde el fondo subconsciente de nosotros, acecha sin descanso y contamina todo lo que vamos sintiendo... hasta arrojarnos en el miedo a sentir plenamente cualquier estímulo o situación. Algo así como sentir vagamente que «si no puedo con la muerte, cómo voy a poder con mis estados dolorosos o desagradables»; en definitiva, que estamos abocados al fracaso, a ese límite máximo de la traidora muerte ineludible. Y ya no podemos sentir, sencillamente, el sentir. Así, se atrevió el filósofo alemán Martin Heidegger a definir al ser humano como un ser-para-la-muerte. Lo que quiere decir que todo temor tiene, como base, un temor a la muerte. Y esto lo quiso mostrar nuestro grupo, sin tener que citar a ningún filósofo.

¿Cómo podemos, entonces, tratar de vivir sin miedo a vivir? El miedo que dicho miedo a la muerte nos ocasiona en el día a día. (Cuando nos lo produce... porque no pretendemos generalizar). Apunta una participante que las diferentes tradiciones permiten sentir, a los individuos de una cultura, determinados momentos vitales de una manera compartida o ritual, y que esto ha funcionado históricamente y sigue funcionando. Por otro lado, varios participantes insisten, desde su experiencia personal, en la importancia de atravesar ese miedo... a sentir, como también habría que procurar con los demás miedos, más específicos. Precisamente, sentir el sentir a fondo, experimentarlo de veras y sinceramente, sin huidas ni compensaciones. Esto implica que nuestra capacidad de darnos cuenta (nuestra conciencia) ha de estar siempre muy presente en ese proceso de sentir a fondo, de sentirlo todo del todo. Y no olvidar que nuestra actitud debe estar situada más en el sentir que en el entender, aunque una primera fase de comprensión de lo que nos pasa es necesaria; puesto que no se trata de un proceso mental sino sentido, una comprensión sentida (como la denomina Mónica Cavallé). Y en esto nuestro cuerpo es una buena guía, señala otra de las participantes: captar cómo se expresa la emoción o el sentimiento en alguna parte de nuestro cuerpo.

Una vía más de trabajo interior, para ser más capaces de ir más allá de nuestro miedo a sentir que, en último término, es un miedo a vivir, tiene que ver con el reconocimiento de nuestro “personaje”, esa idea (imagen o concepto) de nosotros mismos que nos hemos ido forjando a lo largo de la vida, sobre todo en la infancia, con todo lo que nos ha ido pasando y nuestras respuestas a eso que nos ha ido pasando. Como resultado obtenemos: que aquello que va a favor de ese personaje o idea de nosotros, lo perseguimos o lo deseamos, y todo aquello que entra en conflicto con dicha idea de nosotros, lo tememos o lo apartamos de nosotros. Sobre esto hablaron varios participantes. Otra estrategia consistiría en ir ganando confianza en uno mismo, comprendiendo que lo que siento posee un sentido que irá mostrándose con el tiempo. Como puedes ver, querido lector o lectora, no faltaron las aportaciones para “curarnos” nuestra incapacidad para sentirlo todo.

Al final, el grupo se fue con algunas pequeñas lecciones aprendidas (o al menos, comprendidas). Primero, que el miedo a sentir equivale a un miedo a vivir; que, en el fondo de ese miedo, está el miedo a la muerte y que, por lo tanto, se trata de aprender a “morir” a cada instante, como recomendaba el sabio sufi Ibn Arabi. Ya que nuestras células mueren y se regeneran continuamente, ¿por qué no aprender a hacer lo propio nosotros, como actitud? Comprender que nuestra vida no es siempre la misma y que está sometida a constantes cambios. ¿Y qué supone un cambio, sino que algo acaba (o muere) y algo comienza (o nace)? El ejercitamiento personal consistiría, pues, en aprender a soltar eso que se va y abrazar lo que viene, como un hecho natural en nosotros. Segundo, relacionado con lo anterior: que yo debo obligarme, casi a diario, a sentirlo todo, profunda y conscientemente (Nietzsche lo llamaba “un santo decir sí”, también lo penoso o desagradable); pero no para quedarme ahí, arrojado y maltrecho, desahauciado de mí, identificado con lo que siento que me pasa, sino para soltarlo todo, una vez que lo he sentido a fondo; algo que es posible, por lo general, gradualmente. Esto es un proceso que conocen muy bien las personas que han sido capaces de superar un estado de duelo o pérdida. Cuando siento a fondo mi dolor, y siento el sentir mismo ese dolor, algo en mí, que no es dolor (porque está sintiendo el dolor), me eleva desde el fondo hasta la superficie y una alegría profunda, serena y lúcida, emerge de nuestro interior. Vale.