Enlazo esta nueva serie de cartas sobre la búsqueda (honesta y sincera) de la verdad, que tanta falta nos hace:
https://encuentrosdefuentehondera.blogspot.com/search/label/Sobre%20la%20verdad
Y copio la segunda carta... (estos Encuentros de Fuente Hondera, os recuerdo que están abiertos al diálogo, claro):
"Querido amigo José Luis, he de confesarte que tu modo de plantear el
tema (o el problema) de la verdad es muy vitalista, es decir, que
está muy unido a la vida, no sé si te das cuenta. Y eso me gusta.
¿De qué otro modo podría ser? Muchos han buscado la verdad por
la verdad (de un modo lógico,
científico o lúdico), eso dicen, pero en el fondo tratan de
vivir buscando la verdad y eso les hace sentirse mejor. Por lo tanto,
no han dejado de ser humanos que, para sentirse vivos, buscan la
verdad por la verdad, sin un más allá de la verdad... eso dicen.
Realmente, no debemos separar la
verdad y la vida. Cuando esta separación se ha llevado a la
práctica, las aberraciones humanas y los descalabros históricos han
venido servidos en bandeja. Así que, amigo mío, hablemos de la
verdad sin escamotear la vida (la cosa también funciona al revés:
¿qué sería de una vida desligada de la verdad, de la realidad, de
una búsqueda honesta y sincera de la verdad?).
Y me temo que hablar apropiadamente de la verdad no sería posible
sin una buena dosis de actitud sképtica, en el sentido
antiguo que hemos referido en nuestra anterior serie de cartas sobre
la duda, entendida como una continua investigación... Vivir desde
el no-saber nos capacita para saber, sin creernos
que ya hemos encontrado la verdad, convirtiendo lo que
sería una creencia u opinión (una representación o interpretación
particular de la realidad) en esas logopatías que nos has
traído de la mano de Salvador Pániker, y que tanto daño hacen y
nos hacen. Comienza Nietzsche su ensayo breve, Sobre verdad y
mentira en sentido extramoral, de
esta forma inusitada: «En algún
apartado rincón del universo centelleante, desparramado en
innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que
animales inteligentes inventaron el conocer. Fue el minuto más
soberbio y falaz de la Historia Universal».
Basta fijarse en su título para apreciar el fondo del problema de la
verdad, cuando deja de ser una búsqueda
para convertirse en una ilusión, una necesidad compulsiva o una
preferencia.
Realmente, el problema de la verdad tiene muchas vertientes, que
trataremos de ir desgranando, poco a poco, a lo largo de nuestro
intercambio, si somos capaces y nada lo impide. Te haces algunas
preguntas, pero habría muchas más; y las que te haces ya les pones
coto tú mismo al hablar del riesgo de las logopatías: la
tendencia humana, demasiado humana, que convierte un concepto en una
realidad, para, de ese modo, poder “sobrevivir” en un mundo tan
diverso y tan cambiante, tan difícil de apresar con nuestras manos;
el querer adquirir seguridades como sea, completas, absolutas.
Y es curioso el fenómeno actual: con renovadas ganas –y
paradójicamente– en la era de la posverdad, en la que
parece que todo vale igual y da lo mismo, mucho más que en otras
épocas, nos acabamos aferrando a una “boya salvadora”; «podrá
haber muchas boyas, pero eso me importa un pimiento, “la mía” es
la buena y no quiero saber nada de las otras»
(cuando, en realidad, todas las boyas flotan en el mismo mar). El
relativismo radicalizado se convierte en el dogmatismo más atroz,
intolerante y violento. De manera que muchas gracias, José Luis, por
plantear este tema... nos va la vida en ello; poder vivir nuestra
vida con una plenitud y autenticidad suficientes.
Antes de ir hacia la respuesta que das a tu pregunta («¿cuántas
verdades esenciales necesitamos para dar sentido a nuestra vida?»),
querría detenerme un poco en la pregunta misma. No sé bien si en la
cuestión de la verdad “nos interesa” preguntarnos por las
cantidades... ¿Es la verdad una cuestión de cantidad o cantidades
de verdad? ¿Cuántas más verdades encontremos, más sabremos?
Aunque sean verdades esenciales (mejor si son esenciales, claro, y no
superficiales o accidentales), ¿necesitamos “cantidades de
verdades o de verdad” para dar sentido a nuestra vida? ¿Acumular
(supuestas) verdades, nos hará sentirnos mejor? Mira lo que sucede
hoy día con la información, con la sobreabundancia de información:
¿somos por ello más sabios, vivimos mejor, vivimos con una mayor
convicción y sentido, desarrollamos, por eso, nuestro propio
criterio y somos más capaces de vivir de un modo más consciente y
crítico? Como tú, quizá por la edad, me he vuelto selectivo con
los estímulos que me llegan de fuera (no así con los de dentro,
pues que hay que sentirlo todo, a fondo), sí, para no acabar
intoxicado, como bien dices; por eso, hace tiempo que ya no persigo
saber mucho, sino
saber bien.
Y he aprehendido el fondo de una frase que me repetía mi padre (ante
mis protestas habituales), cuando me enseñaba alguna tarea agrícola:
“niño, las cosas hay que aprenderlas por su sitio”.
“La
vida merece la pena” (tiene un sentido que puedo experimentar),
estoy convencido. Pero esto no puede ser el punto de partida, pues
sería un supuesto, una suposición, algo a lo que aferrarnos, sino
que me parece que dicha afirmación solamente puede ser una verdad
verdadera si la entendemos como el punto de llegada. ¿Y cómo
acceder a ella para que pueda ser una verdad operativa, que pueda
ejercerse en nuestra vida de una manera real o integrada en nosotros?
“Que somos necesarios para los demás” puede ser una iluminación
para algunas personas y eso hacerles recapacitar sobre su actitud
vital, pero seguiría siendo una justificación externa, y no una
genuina y profunda comprensión
interna.
¿No tendría la vida, primero, que merecer la pena, en sí, en
nosotros mismos? ¿Y cómo puedo acceder a este sentido de la vida en
uno mismo, por sí misma? Pues bien, observemos aquellas ocasiones en
las que nos hemos sentido muy bien y “todo tenía verdadero
sentido”, y comprobemos si no hemos estado “todo nosotros” ahí,
presentes, conscientes, diciendo lo que teníamos que decir, haciendo
lo que teníamos que hacer, una total transparencia, una total
integración, entre lo exterior y lo interior... nuestro. O mejor
dicho, que no había ni exterior ni interior... ¿A que, en esos
momentos (y solamente por esos momentos únicos) la vida merece la
pena ser vivida? Y esto, creo, es lo que la vida puede esperar de
nosotros... nuestro crecimiento, nuestro desarrollo. Como dirían
Aristóteles, Spinoza o Nietzsche (esta línea de pensamiento),
referido a cualquier existencia: que
lleguemos a ser los que somos,
actualizando nuestras capacidades, nuestra potencia, desplegando
todas nuestras posibilidades (lo que seamos capaces).
En
fin, querido amigo, que espero que hayas pasado una buena noche de
san Juan y renovado en ti la vida. En mi caso, ya ves."