Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

martes, 26 de abril de 2022

Sobre el odio

Ángel Caído (detalle) Alexandre Cabanel
 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.7

22 de abril de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas

Sólo se está libre del miedo cuando la mente es capaz de considerar el hecho sin interpretarlo, sin ponerle un nombre, un rótulo. Esto es sumamente difícil, porque los sentimientos, las reacciones, las ansiedades que tenemos son prontamente identificadas por la mente y reciben un nombre.

                                            Krishnamurti

Nadie va a negar que hay mucho odio en el mundo que vivimos. Tal vez siempre lo ha habido. Pero vamos a tratar de ver por qué se odia. Vamos a indagar en su naturaleza íntima, de la mano de este grupo de personas que se reunieron para dialogar juntos, en la cafetería El Pianista del Carmen. Les inquietaba la doble moral, la deshonestidad, el miedo, el odio. Al elegir para aquella tarde la temática del odio, sin saberlo, también querían hablar del miedo. Porque el miedo incluye una gran dosis de ignorancia. Si tú quieres saber, acompáñanos en este viaje al espacio que crearon los participantes de este café filosófico.

No hemos dicho que se celebraba el día del nacimiento de nuestra querida María Zambrano, así que el animador de este encuentro tuvo a bien traerla aquella tarde. A través de una de sus frases que, precisamente, aparece como lema en el escenario del Centro de Estudios sobre el Exilio de Vélez-Málaga, perteneciente a su obra Persona y Democracia:

Si se hubiera de definir la democracia podría hacerse diciendo que es la sociedad en la cual no sólo es permitido, sino exigido, ser persona.

Pero, ¿qué es ser persona? Esto es lo que importa, que seamos conscientes y nos vivamos como personas. Significa que nosotros nos reconocemos como tales y también reconocemos en los otros el ser persona. Así que podemos repasar nuestra experiencia y mirar cuándo no hemos tratado a un ser humano (o no me han tratado) de este modo. Y, en esos casos, ¿cómo nos hemos sentido?, ¿qué nos ha faltado para sentirnos personas? De esta manera, pudieron los participantes dar con sus ingredientes básicos: la persona es un ser pensante, que ríe, que es capaz de empatía, digno de respeto, que es capaz de amar, un ser sensible y sintiente, que es capaz de convivir, de elegir, de valorar, que es autónomo y único. Todos hemos sentido alguna vez la importancia de estas cualidades, cuando no hemos sido reconocidos como personas en cualquier contexto...

¿En qué consiste el odio? ¿Por qué se odia? ¿Puede aprovechar a alguien? Por este orden, los participantes fueron desgranando sus reflexiones, siempre tratando de entenderse. Porque esto es lo que se busca, más allá de las opiniones particulares, en un encuentro como éste. Odiar sería un sentimiento intenso, visceral muchas veces, de rechazo, como respuesta a una amenaza, algo o alguien que se siente como una amenaza a su propia integridad. De algún modo, siempre está implicada nuestra propia identidad, que siente sus cosas en peligro. A partir de ahí, nuestra respuesta puede llegar a ser destructiva, quizás autodestructiva, como se verá más adelante. Y esta sensación de amenaza aparece de modo consciente o inconsciente. Tú puedes añadir a esta esencia del odio aquello que creas que le falta..., pero detrás de la amenaza siempre hay miedo. Míralo bien.

Los participantes creyeron echar en falta otro tipo de miedo, origen también del odio: el miedo a lo diferente, al diferente; pero no es sino otra forma de amenaza de la propia identidad... ¿Por qué se odia, entonces? Y apuntaron dos carencias encadenadas: la incapacidad para ver (y amar) al otro como un igual y no verlo como una amenaza, que, a su vez, se basaría en una falta de conocimiento, un desconocimiento del otro o de lo otro. Esto no significa que el que odia no sepa que odia, sino que desconoce en el fondo por qué odia, cuál es en concreto esa amenaza a su propia integridad, que está larvada en su mismo odio. Puede creer que que actúa bien, sabiendo lo que hace, y que su odio está justificado, pero desconoce su verdadero bien, como diría Sócrates; que su acción está siendo llevada de la mano del miedo. Además, hay que decir que el odio se alimenta también en grupo, en numerosas ocasiones.

Incluso, alguno puede estar interesado en generar más y más odio, porque esto (se piensa que) puede sernos de utilidad... Miremos el origen de las guerras. Miremos la búsqueda de votos a través de la polarización de las posiciones, la radicalización las ideologías... ¡Tantas veces, polarizar puede parecer rentable a determinados intereses...! Lo que no es sino otra forma de ignorancia, una miopía cuyas consecuencias aparecerán más adelante, de una u otra manera. Por eso el odio puede llegar a ser autodestructivo, además de destructivo. Podéis pensar en cualquier caso conocido: a la larga, se perjudican ambas partes. Los participantes pusieron el caso de dos vecinos que se odian. Si así vivieran su relación, mal-vivirían. Y esta posibilidad sorprendió a algunos participantes. Pero el amo, no sólo el esclavo, ambos están alienados, como mostraba Hegel; ambos se deshumanizan y ambos sufren las consecuencias, antes o después, de un modo u otro. En conclusión, si el odio se basa en el miedo y el miedo es una consecuencia de la ignorancia, ya sabemos por dónde empezar a erradicar alguna parte del odio que aparece a la vista en este mundo. Salud.





miércoles, 13 de abril de 2022

Sobre la confianza


William-Adolphe Bouguereau, La tentación (1880)


Café Filosófico en Torre del mar 1.3

07 de abril de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El miedo es la otra cara de la confianza. La necesidad de controlar genera el miedo a perder el control.

Matilde de Torres Villagrá


La Taberna El Oasis de Torre del Mar nos recibió como a unos amigos se reciben. Y ese olor a jamón en el ambiente... ¡Cómo nos incitó nuestras ganas de dialogar! ¡Con cuánta confianza empezamos...! ¿Tú en qué, o en quién, confías? Preguntó el moderador a los presentes, y también te lo está preguntando a ti... Es muy importante, esto de la confianza, en nuestras vidas. Cómo vivir, si no... Cómo viviríamos, si no... Sin la armonía en nosotros mismos y con lo que nos rodea. Cómo convivir, si no... La confianza está en la base de nuestra existencia: poder descansar en nuestro ser. Sin una confianza interior mínima todo comienza a desmoronarse... nuestras acciones, nuestros pensamientos, nuestras creencias, nuestras palabras, nuestras relaciones...

Podemos confiar con facilidad en la gente que queremos, en todo el mundo, en principio; sólo en nosotros mismos, pues con los demás tengo mis reservas; podemos confiar en el género humano, en las personas en general, como una idea, en abstracto; podemos confiar en que todo lo que sucede es por algo, aunque no sepamos muy bien la causa –en todo caso, esto se va descubriendo a posteriori, pasado un tiempo– y que eso nos dé paz; podemos confiar en el mundo que nosotros mismos construimos, que siempre podemos mejorar; podemos confiar en el orden de la naturaleza, y en la medida en que algo se parezca a ese orden... Podemos confiar en muchas cosas, pero, ¿es una auténtica confianza, si le ponemos condiciones? Este fue el caballo de batalla de la discusión aquella tarde...

El grupo quiso plantearse tres cuestiones básicas sobre la confianza: ¿en qué consiste?, ¿cuál es su función?, ¿debemos hablar de distintos niveles de confianza? Pues bien, la respuesta a la primera pregunta, ayudó con el resto. ¿De qué está hecha la confianza? Si decimos que la confianza tiene que ver con algo esperable, algo que podemos esperar con un grado suficiente de seguridad, pondríamos la seguridad en el objeto, en algo que no depende de nosotros, en algo exterior... Los participantes tuvieron muy claro que una buena definición de “confianza” ha de retrotraernos al sujeto que confía, y no situarse en el objeto, ya que es el sujeto quien lo considera digno, o no, de confianza. Acordaron esta definición: la confianza es una cualidad del sujeto que consiste en una actitud o mirada, desde el interior, segura o asentada en sí misma, tácita o consciente (más o menos consciente), que puede trabajarse, desarrollarse, aunque todos nazcamos con una fuerza o confianza básica (que se aprecia en los niños pequeños y en los animales).

Y afloró al primer plano la discusión acerca de si una confianza condicionada (a la que le ponemos condiciones) es una verdadera confianza. No estaba esto nada claro para algunos de los participantes. Pero la introducción de los aspectos afectivos de la confianza, encauzó el diálogo hacia un nuevo territorio... Una de las participantes quiso probar si el amor es o no es uno de los ingredientes de la confianza, si no van de la mano el amor y la confianza, si no se coimplican mutuamente. ¿Puede haber amor sin confianza? ¿Y viceversa? Y surgieron dos componentes afectivos más que interesantes de la confianza: la entrega y la aceptación. La entrega puede ser la cara emocional de la incondicionalidad, que muchos intuían como ingrediente necesario para una confianza de veras. Soltar tanto empeño por controlar todo y confiar... En cuanto a la aceptación, ¿qué es antes, la aceptación o la confianza? Y convino el grupo: según lo que sea anterior o posterior, la aceptación o la confianza, surgen dos estilos de vivir. Uno que necesita aceptar antes que confiar y otro que necesita confiar para aceptar. Tú puedes meditar qué suele funcionar en ti...

Ahora bien, ¿qué nos aporta la confianza? Y, en esto, se mostraron firmes: un sentimiento de seguridad, de tranquilidad, de paz, como en un paraíso, un estado de protección, de felicidad... Por consiguiente, la pregunta que queda en el aire: ¿porqué no vivir así? ¿Por qué no tratar de vivir siempre así, en casa de la confianza? Si los efectos negativos de la desconfianza ya los conocemos, precisamente, todo lo contrario de los sentimientos anteriores, entonces, ¿cómo quiero vivir? ¿En el mar tranquilo de la confianza? ¿O en mitad de la desapacible tormenta de la desconfianza? Aunque alguna vez la realidad me defraude, aunque alguna vez sufra algún daño, aunque el exterior me falle alguna vez... ¿Cómo quiero vivir?





martes, 12 de abril de 2022

Sobre la empatía

William-Adolphe Bouguereau, En la fuente (1897)

 
Café Filosófico en Capileira 1.3

09 de abril de 2022, Biblioteca Pública, 17:00 horas


Homo sum; nihil humani a me alienum puto [soy un hombre, nada humano me es ajeno] dijo el cómico latino [Terencio]. Y yo diría más bien, nullum hominem a me alienum puto; soy hombre, a ningún otro hombre estimo extraño. Porque el adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre.

Miguel de Unamuno


En nuestro tercer encuentro filosófico de la Alpujarra granadina se dieron cita personas de Bubión, de Órgiva y, cómo no, de Capileira. De nuevo, la Biblioteca Pública del pueblo más alto del Poqueira nos acogió con agasajo. Después de explicar un poco el sentido de una reunión como ésta, pensado sobre todo en los nuevos asistentes, el animador del encuentro planteó una práctica filosófica de origen estoico. El filósofo liberto romano, Epicteto, nos aconseja un sano ejercicio, que consiste en aprender a distinguir entre “lo que depende y lo que no depende de nosotros”. Una parte importante de la posibilidad de vivir una vida buena se juega con este aprendizaje. ¡Cuántos sinsabores y sufrimientos se derivan de la confusión entre lo que depende y no depende de nosotros! Creyendo que lo que depende de mí, no depende de mí, y que lo no depende, sí depende...

Y no resultaba un ejercicio tan sencillo... La discusión en cada caso sirvió para ir aclarando lo esencial de la distinción. Mi tranquilidad, claro que depende de mí, sean cuales fueran las circunstancias exteriores. Que yo tenga la familia que tengo, no depende de mí, pero sí el que yo pueda comprenderlos. Mi comportamiento siempre va a depender de mí, pero no lo que hagan otros. Las guerras y lo que sucede en la sociedad no depende de mí, pero sí el decir lo que pienso y actuar de acuerdo a ello. Los acontecimientos actuales no dependen de mí, pero elegir el mejor canal posible de información, sí que es cosa mía. Parecería que, en algún grado, todo depende mí, pero hay cosas muy claras que no dependen de mí: mi cuerpo, mi edad, mi época, mi educación... Yo he de procurar que mis decisiones sean las mejores decisiones posibles, pero no soy responsable de las decisiones que adopten los demás y sus consecuencias. Yo no puedo cambiar los problemas que tienen su origen en la política actual (al menos, yo no puedo solo), pero mejorar el pequeño mundo que me rodea, eso sí depende mí. En general, siempre va a depender de mí mismo mi respuesta o reacción ante lo que pasa o lo me pasa... Algunos participantes manifestaban sus dificultades para delimitar bien lo que depende y lo que no depende de nosotros, pero todos tomaron conciencia de la importancia de este trabajo. El arte de vivir.

¿Hay que poner límites a la empatía? Esta fue la cuestión a la que se aprestaron los participantes, aquella tarde de sábado. El concepto “empatía”, y más todavía que la actitud correspondiente, está bastante de moda en nuestro tiempo. Y, de hecho, muchos problemas que podemos apreciar en la convivencia vendrían de esta falta de “sentimiento con el otro”, una incapacidad para “ponerse en su lugar”. El desarrollo de la inteligencia emocional es hoy día ineludible, incluso desde las edades tempranas. Ahora bien, ¿tenemos que empatizar con todo tipo de situaciones, personas o conductas? Los participantes quisieron enfocar la cuestión de esta manera... les preocupaba. Y, después de dejar claro que hay una mayor facilidad para empatizar con lo cercano que con lo lejano, con lo personal que con social o meramente racional, y que la solidaridad no es más que la puesta en marcha, en el plano social, de la empatía (de la que depende, por tanto), casi desde el comienzo de la discusión, los participantes ofrecieron una clave esencial para entender –los posibles– límites de la empatía: necesitamos la empatía, pero que sea una empatía lúcida o crítica.

Ciertamente, los Derechos Humanos pueden ser un límite... ¿Debemos mostrar nuestra empatía con alguien que está violando estos derechos universales? La pregunta retuvo bastante tiempo a los asistentes. ¿Debemos empatizar con todo el mundo? Nada de lo humano nos es ajeno, y todo lo humano es digno de ser comprendido. Una empatía lúcida o crítica tendría que ser capaz de no confundir empatía con simpatía, pero tampoco, empatía con la tolerancia de lo intolerable, confundir empatizar y justificar. Debemos esforzarnos por comprender desde dónde una determinada persona actúa y no confundir esto con sus acciones, justificarlas o tener que estar de acuerdo con ellas y sus consecuencias. Sentir con el otro no significa que nos identifiquemos por completo, y que yo no sea crítico con lo que piensa, dice o hace. Simplemente, hemos de separar a la persona de sus actos. Y, siempre, empatizar con la persona. ¿Qué se está jugando aquí? Según aquello que persigamos: si lo que queremos es castigar o lo que queremos es apartar o lo que queremos es ayudar, contribuir a que una persona mejore o aprenda de sus errores... Esto es lo que está en juego con nuestra actitud de empatía. No es bueno mezclarlo todo y que nuestra empatía sea una empatía ciega, pero puede que sea peor todavía no tener ninguna clase empatía. Y esto siempre depende de nosotros mismos, ¿no es verdad?




domingo, 20 de marzo de 2022

Sobre la injusticia


Alegoría de la Justicia en combate con la Injusticia
Jean Marc Nattie

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.6

18 de marzo de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Ciertamente, Sócrates, me parece que la parte de lo justo que es religiosa y pía es la referente al cuidado de los dioses, la que se refiere a los hombres es la parte restante de lo justo.

Platón, Eutifrón


¿En qué consiste la injusticia? ¿Por qué hay injusticia? ¿Qué podemos hacer con ella? Tamaña cuestión la de la injusticia... ¿Podremos darle salida en un marco filosófico como el nuestro? Un encuentro de una hora y media... Os contamos lo que fue posible. Pero habréis de saber que una cosa quedó muy clara: hablar de la injusticia implica tener muy clara la noción de justicia, de modo que pueda apreciarse dicha ausencia. La mala tarde de un buen día, en el que algo llovió, no fue obstáculo para que acudieran a este encuentro sus protagonistas. De nuevo, en uno de los agradables espacios de El pianista del Carmen.

La realidad está ahí, pero mi mundo es mi conciencia. Todo aquello de lo que soy consciente es lo real para mí. Así que lo que pensamos, sentimos o queremos, aunque muchas veces parezca que está fuera, me pertenece por entero. En esta órbita se sitúa la pregunta de autoconocimiento que el moderador propuso a los asistentes, a modo de inicio del Café filosófico: ¿Qué cualidad admiras en los demás? Así, la sinceridad, la tolerancia, la constancia, la intuición, la seguridad, la coherencia, la creatividad, la templanza, el saber comunicar... ¡Y se hizo la magia! (cotidiana): «todas esas cualidades que veis fuera, ya están en vosotros, en algún grado, de lo contrario no podríais apreciarlas, no serían valiosas». Percibís que os falta, porque aún no está eso suficientemente desarrollado en vosotros. Y de ello versó el último y reciente Taller de filosofía. Pero, ¿qué pasa con lo que veo defectuoso en los demás? De igual modo, pero por una vía diferente, también está en vosotros. En este caso, como algo todavía no integrado del todo, especialmente, cuando no lo soportáis, os saca de quicio, lo odiáis, o de alguna manera os altera significativamente. Es cuestión de mirarlo... Los demás no ofrecen una excelente oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos.

¿En qué consiste la injusticia? Comencemos por esta pregunta... quizás aprendamos algo de las otras dos, las que nos planteábamos al principio de este relato. Lo primero que ha de quedar claro –conviene el grupo– es que la justicia y la injusticia se refieren a algo humano: se juegan en el trato con el otro. Y un acuerdo más: la cuestión de la justicia y la injusticia es un asunto moral. ¿Cuáles serán los ingredientes fundamentales de su definición? Lo razonable, el daño (individual o social) reconocible intersubjetivamente y la capacidad de juzgar lo correcto deberían estar presentes en su noción. La justicia tiene que ver con el trato justo a los demás (darnos lo que nos corresponde como seres humanos), que no les produzca un daño (perjuicio, discriminación...) evitable, lo cual supone la capacidad de juzgar lo que es justo. La injusticia, obviamente, sería todo lo contrario, la no observación de lo anterior. Pero, entremedias, entre los ingredientes y la noción final de justicia, vino lo mejor de la discusión.

La duda de uno de los participantes, al principio no entendida por los demás, situó al grupo en la realidad de los hechos: ¿lo injusto, cuando no es viable la justicia, dejaría de ser injusto? Esta pregunta ponía al grupo en la facticidad de las acciones humanas. Una cosa es lo que debería ser y otra lo que puede ser... Sobre lo que es justo idealmente no se discute, el problema real se refiere a lo que es posible llevar a cabo. Sería necesario distinguir, pues, entre lo justo y lo justificable, acerca de lo cual podemos dar razones de su nivel de cumplimiento. No siempre somos capaces los seres humanos de cumplir el ideal de justicia. Y por esto es por lo que se discute, habitualmente, sobre la justicia o injusticia de un determinado acto humano. El problema está en la justificación, en el ajuste o no al ideal de justicia, en el caso de una aplicación particular de la misma. ¿Y qué podemos hacer los seres humanos, seres falibles y finitos? Con la justicia y con los demás valores, a la hora de su plasmación práctica en la facticidad de lo real... Inmanuel Kant vino en nuestro auxilio: los valores son ideas regulativas. Es decir, si no podemos alcanzar un valor de una manera plena, al menos pongamos, con nuestra voluntad, el máximo empeño en aras de su cumplimiento. Y esto, aunque parezca poco, es mucho: nunca perdamos la orientación de lo que debemos hacer. Muchos males nos sobrevienen si perdemos este norte... porque acabamos persiguiendo otras metas, inadecuadas. No es lo mismo no llegar, quedarse, pero por el camino correcto, que perderse por otros senderos más peligrosos. Y esto, todos estamos cansados de verlo.

Por consiguiente, el mal de la injusticia, tiene que ver con dos tipos de ignorancia: a) creer que lo injusto es justo (desconocer la verdadera justicia), de esto no se habló aquella tarde, pues, entonces, habría aparecido Sócrates, y esto hay que llegar a ser capaz de verlo; y b) no saber aplicar mejor la justicia, en lo que se puede progresar con el aprendizaje (individual y social), como sí apareció en la discusión, de la mano del ideal regulativo kantiano. Así pues, en lugar de trabajar en contra de la injusticia, trabajemos a favor de la justicia. Salud.

lunes, 14 de marzo de 2022

Sobre el egoísmo

 

Diotima y Sócrates

Café Filosófico en Castro del Río 5.3

11 de marzo de 2022, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


La búsqueda de quienes somos nos une a todos.

Vicente Ferrer

¿Somos egoístas por naturaleza?

¿Cómo es posible que una discusión sobre el egoísmo pueda desembocar en el amor? Lo verás, si sigues este relato del tercer Café filosófico en Castro del Río de esta segunda etapa, celebrado en la Peña Flamenca Castreña. Un lugar muy andaluz y muy acogedor por su ambiente y por las personas que allí trabajan y se dan cita. Ya teníamos preparado el calorcito de la chimenea en el mismo salón donde se escuchan fandangos y soleás. Gracias. Aunque afectara a la llegada de asistentes, fue una tarde espléndida de lluvia. Dentro también, espléndida de diálogo filosófico. Comprobarás que la filosofía puede llegar a ser significativa, relevante para nuestras vidas. La discusión se enrocó sobre ellos mismos, los participantes, de manera que no tuvieron más remedio que involucrarse personalmente, filosóficamente, ante una llamada muy especial: el amor. Ese “interés desinteresado”.

Cierra un momento los ojos, conecta con tu conciencia interior, respira varias veces profundamente y di: ¿cómo te sientes ahora?, al conectar contigo mismo/a, ¿cómo te has encontrado? Puede ser una sensación física, un estado emocional, un pensamiento en la mente... Cada día tendríamos que hacer esto, tomar conciencia de nuestro propio interior y ser conscientes de nuestro estado aquí y ahora. Ellos y ellas lo hicieron aquella tarde y sentían por dentro: bienestar, relajación, inquietud mental, satisfacción, quietud interior producida por la lluvia de afuera, inquietud emocional y mental, felicidad, tranquilidad, curiosidad mental.

Y, tras la elección de la temática, comenzó la discusión. Antes de saber si somos egoístas, tendríamos que tratar de situar en la noción de “egoísmo”, al menos tentativamente. ¿En qué consiste ser egoísta? Pensar solo en uno mismo... Sí, pero, ¿no es también un actuar sólo de acuerdo a uno mismo? Sería: anteponer mis ideas y acciones, mi valor, a los otros. No tenerlos en cuenta, y si es posible, utilizarlos en mi propio beneficio o provecho. En definitiva, anteponer lo mío a lo de otros, y producir una escisión, y provocar una contraposición, una exclusión llena de hostilidad: o yo o los demás. En cualquier plano o situación. No les hacía falta mirar el diccionario... tenían la experiencia vivida. A continuación se planteó, por parte del grupo, la cuestión de si el egoísmo es siempre meramente individual o no. Y se comprueba que siempre el egoísmo implica una cercanía, pues afecta a lo próximo a un “yo” o un “nosotros”. Así, habría distintos niveles de egoísmo: “lo mío” puede también ser familiar, tribal, comunitario, nacional...

Y surge una protesta en el seno del grupo: los medios o sectores interesados de la sociedad construyen el egoísmo. Para ello, apelan a lo más emocional o visceral de nosotros. El contexto nos hace egoístas, más egoístas... sacan lo más egoísta de nosotros. Pero se plantea, a continuación, lo siguiente: una vasija de barro puede moldearse porque el barro es moldeable. Si es posible construir el egoísmo (y nuestra sociedad ofrece variadas muestras de ello), ¿esto significa que hay algo en nosotros de naturaleza egoísta, que puede llegar a ser moldeado? ¿Somos egoístas por naturaleza? Mirar por uno constituye un principio de supervivencia. Y mencionan (había una médica entre los asistentes) una recomendación básica para quien se dedique al salvamento de otras personas: no puede peligrar su propia vida. Pero, protesta una de las participantes más jóvenes: ¡no sólo somos naturaleza, somos también cultura! O mejor dicho: la cultura forma parte de la naturaleza humana. Somos seres culturales. Por esto, el mal que puede ocasionar un ser humano no tiene nada que ver con el que puede causar cualquier de otro animal. Implica siempre un componente mental, cultural, ideas y emociones construidas social y culturalmente. Por esto, también, podemos llegar a ser tan crueles, cosa que jamás observaremos en la pura naturaleza de los seres vivos. Y, seguidamente, se proponen contra-ejemplos frente la tesis de que somos egoístas por naturaleza.

¿Cuántos ejemplos de altruismo humano conocemos? El grupo reflejó algunos: personas como Vicente Ferrer, que dedican sus vidas a ayudar a los demás; todo el voluntariado; los padres con los hijos y viceversa; muchos están yéndose a luchar a Ucrania, aún a riesgo de sus propias vidas. Un un largo etcétera. La anterior participante trae a colación el primer signo de civilización humana, según la antropóloga Margaret Mead: la curación de un fémur roto, lo que implicaría el cuidado por parte de su grupo. Y emerge la protesta de otra participante, y eso que ella se había dedicado a los servicios sociales a la comunidad: ¡en el fondo, eso no es altruismo! En todos esos casos se da una satisfacción personal de algún tipo. Ella misma disfrutaba con su trabajo, su trabajo le aportaba cosas, personalmente, egoístamente, decía ella. Y el grupo intuía que aquí había una confusión conceptual... Recordemos nuestra definición: la palabra “anteponer” es la clave para que haya egoísmo. La utilización de otros seres humanos para nuestro solo beneficio. En el fondo de esos casos anteriores, ¿qué es lo que hay? Si no lo quieres llamar altruismo, porque contiene siempre un interés propio subterráneo, ¿cómo lo llamarías? Reciprocidad... colaboración... simbiosis... amor propio. ¿Y por qué no llamarlo sencillamente amor?

Esta pregunta provoca un cataclismo en las mentes de los participantes... Un cambio de mente, quizás. Una mirada nueva. ¿De qué está hecho el amor? Es un dar sin esperar recibir, que recibe sin esperar. Dar y recibir. ¿No será esto lo que hay en esos casos que antes hemos mencionado? ¿No te pasaba eso mismo en tu trabajo de los servicios sociales? Y, vamos más lejos (o más cerca), ¿por qué habéis venido hoy aquí, a dialogar con otras personas, a filosofar? Traíais un interés, sí, pero habéis colaborado, habéis dialogado de veras, escuchado, aportado ideas, y también recibido. ¿No es así? No en vano, Diotima, la maestra de Sócrates en las cosas de Eros, concebía la filosofía, el filosofar, como un ACTO DE AMOR, que ofrece preguntas y espera recibir comprensión, consciencia, autoconocimiento. ¿No es cierto que los amantes, al propiciar el desarrollo de lo amado y dejarlo ser, se conocen y se desarrollan mejor a sí mismos? Pues bien, esto es lo que ocurría aquella tarde de diálogo filosófico.




miércoles, 9 de marzo de 2022

Sobre las guerras

 Café Filosófico en Torre del mar 1.2

03 de marzo de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Guerra” en Sánscrito: desear más vacas (gavisti)


¿Por qué hay guerras?

Vayamos al fondo. ¿Por qué sigue habiendo guerras? ¿Será el afán de dominio, será el afán posesivo, será pura supervivencia ciega, será la desigualdad? ¿No habrá otro modo de mirarlo? ¿Somos así? ¿Hobbes o Rousseau, caben solamente? Si continúas leyendo este relato de lo acontecido en el segundo Café filosófico de Torre del Mar, en la agradable Taberna El Oasis, podrás dialogar con los participantes, aunque no estuvieras. Estamos en guerra. Nos preocupa la guerra. Reflexionemos sobre la guerra, mientras no sean irremediables sus consecuencias. Mientras tengamos esperanza, y siempre. Toda guerra conlleva una irreflexión, una mirada muy corta que se piensa total y correcta. Ay, el error: origen de nuestros sufrimientos, y el mayor de todos creer que ya sabemos...

Somos personalmente lo que hemos desarrollado. Toda cualidad no es más que una potencialidad que puede actualizarse en algún grado. ¿Cómo has notado tú esto? ¿Hay alguna cualidad que hayas llegado a desarrollar, conscientemente? De joven era muy tímida, y después he hecho teatro; en mi caso, he desarrollado la paciencia, mi pensamiento de ahora: ya llegará; yo no he desarrollado nada en especial, más bien todo, por ejemplo en el amor; yo gritaba mucho y he aprendido a escuchar; yo también me siento cada vez más madura en el amor; yo he desarrollado la expresión de mis sentimientos; yo me he desarrollado en el trato con mi madre, ya la comprendo más; yo no he desarrollado nada, ni siquiera soy capaz de expresarme... Pero, hoy, ahora mismo, ¿te estás expresando?, pregunta el moderador. Sí. Toma nota pues, tú también, de tus avances conscientes en el vivir mejor.

Nos preguntábamos: ¿por qué hay guerras? Los participantes en este encuentro te ofrecen tres hipótesis: a) un irrefrenable afán de poder o dominio; b) la desigualdad, que no es lo mismo que la existencia de las diferencias; c) el afán posesivo de los intereses económicos, poseer territorios o recursos (de ahí que algunos clásicos como Platón o Karl Marx, prefieran abolir la propiedad privada, origen de tantos males, según ellos). En el fondo, pensaba un participante, es la supervivencia, la que se juega siempre... Pero, sobrevivir, se puede sobrevivir de diversos modos, incluidos la colaboración y el altruismo, replicaron otros. Y, el moderador continúa por este derrotero, que habían iniciado los propios asistentes: de esos tres modos de justificar las guerras, ¿cuál pondríais en la base? Una breve discusión les lleva al afán de dominio. Si bien es cierto que podrían haber seguido otro sendero de exploración: el de la desigualdad. Pero, caminar por aquí, quedó para otro día...

Analicemos dicho afán de dominio. ¿De dónde nos viene? Y emergieron las posiciones clásicas: es aprendido, es innato. Una maestra con bastante experiencia, allí presente, tenía muy claro que el afán competitivo y posesivo les iba llegando a los niños con los años y las influencias externas. Pero no estaba claro... Hobbes (“el hombre es un lobo para el hombre”) y Rousseau (“el hombre es bueno por naturaleza”) estuvieron allí aquella tarde y pugnaron con fuerza. Aunque, los asistentes los pusieron en su sitio: hay mucha variación individual (en unos seres humanos puede estar más presente que en otros lo instintivo o innato), porque se trata de una tendencia individual educable. Y aparece en el escenario una de las guerras, la actual invasión de Ucrania. ¡Y aparece el afán de dominio, como posible explicación! ¡Pero ocurre siempre, a nivel mundial! Dicen los participantes que siempre está presente... claro que, si es una tendencia educable, mucho dependerá de hacia dónde se dirija o cómo se expresa esa lucha por el poder y poseer y dominar, para que produzca sufrimiento o daño con una intensidad determinada. Por esto cabe preguntar: ¿están bien educadas nuestras sociedades? Sabiendo que no hay una educación neutra... como apostilló un participante, apoyándose en Foucault.

Ahora bien, a estas alturas de la historia humana tenemos claro los valores fundamentales, que nunca son plenamente universales, pero que pueden irse afinando y ampliando, más allá de cualquier cultura particular, con sus valores y costumbres propios. ¿Podremos ir educándonos, también, más allá del afán de dominio de unos seres humanos sobre otros? Nos les preocupa tanto a los asistentes la educación en general, que es un proceso largo y tenaz, sino más bien esto: ¿están bien educados nuestros dirigentes? ¿Qué les mueve para estar en, o perseguir, el poder? A la altura de este siglo XXI hay mucha más conciencia de los desastres de la guerra. En las poblaciones, sin duda, pero, ¿y en nuestros gobernantes? Grandes dudas asaltan a los participantes.

Finaliza el diálogo con una esperanza: que las poblaciones hayamos aprendido y esto prevalezca, o que, si a algunos dirigentes les mueve la posesión y el dominio (la propia ignorancia de sí mismos, en el fondo), que no sea así para el grueso de la población. Ante un Putin cualquiera, esto es lo que nos queda. Esta esperanza. Todavía los pueblos no han tomado conciencia de la poderosa fuerza que poseen unidos, y de su creatividad para afrontar nuevos retos. Vendrá con plenitud, cuando hayamos tomado conciencia de que ni uno solo de los problemas de la humanidad en el planeta dejará de ser nuestro problema, y cuando seamos capaces de orientar nuestras capacidades hacia el bien común, hacia una mayor consciencia, cuando capaces de apreciar la armonía del mundo y su belleza en nosotros mismos. Nada de lo humano me es ajeno

domingo, 27 de febrero de 2022

Sobre la falta de aprendizaje


Café Filosófico en Capileira 1.2

25 de febrero de 2022, Biblioteca Pública, 17:00 horas


Tan pronto como acabó de pronunciar estas palabras, el caballero recordó que no necesitaba probar nada. Ya era bueno, generoso y amoroso. Por lo tanto, no debía sentir ni miedo ni dudas. El dragón no era más que una ilusión.

Robert Fisher, El caballero de la armadura oxidada


¿Por qué no aprendemos?

A nuestro segundo Café filosófico en Capileira acudieron más personas. Algunas de ellas venidas desde Órgiva. Hay que decir, para empezar nuestro relato, que hace ya mucho que atravesamos tiempos difíciles. Y en el ambiente persiste una sospecha: no aprendemos. Ni de la pandemia: sólo queremos volver a la normalidad anterior, como si ya fuese suficiente y no tuviéramos nada que mejorar. Ni de las guerras: parece que no aprendemos de la historia. Y ahora la sentimos más cerca, está en Ucrania. ¿Por qué no aprendemos lo necesario? Quizás la clave está en el conocimiento de nosotros mismos y no en causas externas. De lo contrario, puede que estemos condenados a repetir nuestros errores y el sufrimiento que esto conlleva. Si tomamos nuestras ilusiones como realidades y el “dragón del miedo y la duda” no deja de crecer en nosotros. Por eso es siempre bueno preguntarse por uno mismo. También para mantener a raya nuestros miedos. Ya entenderéis por qué decimos esto.

La cosa es que el moderador del encuentro, después de explicar algunos rasgos de lo que veníamos a hacer allí, aquella tarde, planteó la posibilidad de un repaso a la pregunta quién soy yo. Y que, en el transcurso del breve diálogo, supiéramos por dónde buscarnos a nosotros mismos. Ahondar. No resultaba fácil a todos los participantes. Será una falta de costumbre, de la que, quizás, tú también te veas afectado. Haz un repaso. Ellos y ellas dijeron que yo soy un ser humano, que soy un escritor, porque esto no se distingue de mí mismo, que soy un trabajador, porque no me concibo sin alguna actividad con la que ganarme la vida, que soy una persona comprometida, que soy pura curiosidad, que soy activa, una actividad constante, que simplemente soy, que soy una cara o expresión del Todo, que soy un perpetuo aprendiz, que soy una felicidad activa. Y esto es lo que dio de sí este repaso rápido. En un taller de profundización, sin duda, iríamos más lejos, hacia el centro mismo de nuestras periferias personales, sociales, emocionales, pensadas, imaginadas.

¿Por qué no aprendemos? Y ocurre tantas veces... Debe haber obstáculos en el aprendizaje... Pero no todos los participantes consentían en admitir que no aprendemos. No paramos de aprender, muchas veces inconscientemente. Muchas veces sin querer, a la fuerza. El aprendizaje es siempre un proceso inacabado para el ser humano. Por ello, se propuso definir primero qué es eso de aprender. “Aprender” es la adquisición de nuevos conocimientos, nuevas formas de actuar, nuevas formas de ser. Y claro, eso quiere decir que aprender es algo muy personal, se aprende respecto a lo que ya hacemos o pensamos o sabemos o sentimos. De ahí que cada uno posea su propio ritmo de aprendizaje y su exigencia de lo que es una nueva adquisición. De ahí que una de las participantes insistiera: «¡no aprendemos!» ¿Sería excesiva su exigencia hacia sí misma y hacia los demás? Si así fuera, entenderíamos su insistencia, tan vehemente. Si así fuera, ella podría tener algo que aprender en este sentido, como finalmente llegó a admitir. «Aprendemos, pero yo quiero más». En definitiva, que el grupo estuvo de acuerdo en que constantemente aprendemos, pero cada uno a su ritmo, según su propio criterio.

«Pero también hay un aprendizaje social», quiere ampliar otra participante. Si embargo, se le pregunta: «¿Por dónde empezamos a aprender, aprendiendo individual o socialmente?» Y se concluye: «Todo aprendizaje es antes que nada individual» Y, cuando existe una masa crítica de personas con suficiente desarrollo y madurez, los avances sociales se van decantando por sí solos. Una vez aclarado todo esto, se procede a examinar esos obstáculos que nos impiden aprender... pero ya en el seno de una discusión más madura. Progresivamente, había ido gestándose. Todo es materia de aprendizaje. En este punto: ¿cuáles son los mayores obstáculos para el aprendizaje? Y ahí van algunas respuestas. No somos capaces de gestionar nuestros conflictos, tanto internos como externos, nos faltan recursos, repetimos una y otra vez las mismas respuestas y lo pasamos mal por lo mismo, no nos entendemos aunque el otro tenga en el fondo los mismos problemas, y así un largo etcétera. Pero muchas veces se trata de que no queremos aprender. Y esto es un problema de voluntad. Otras tantas veces la causa habría que buscarla en el modelo social adquirido desde la infancia. Según sea su apertura o su cerrazón, si se educa en la autonomía del individuo o no lo hace. Pero la discusión va madurando, como decimos, y se llega a una clave de bóveda: el miedo. Pues los modelos sociales contribuyen a generar miedo en los individuos, que es un modo básico de control social.

¿Cuál es el miedo que más nos condiciona y nos impide avanzar con lucidez? El miedo creado, todos aquellos miedos artificiales que se instalan en nuestra mente, fruto de vivencias anteriores y con los cuales nos identificamos. Hay un miedo genérico: el miedo a vivir, que no es más que un larvado miedo a morir. Ese miedo mayúsculo, hiperbólico como la duda de Descartes. Por eso la sabiduría antigua proponía (ya Platón en su diálogo Fedón) el filosofar como un aprendizaje para la muerte. Poder vivir cada día con la ligereza y la consciencia suficientes. Y, ¿cómo disipamos esos miedos creados, ilusorios? Hay diversas técnicas psicológicas, que suponen casi siempre un enfrentarse gradualmente con el objeto de nuestro miedo. Pero también podemos ser conscientes de ese mismo carácter ilusorio de nuestros miedos y hacer que el Dragón de la duda y el miedo, en lugar de ir creciendo delante de nosotros, vaya perdiendo su toda fuerza. Examinar nuestros juicios incompletos o inadecuados sobre nosotros mismos, sobre el mundo, sobre los demás, y que se vaya deshaciendo su influjo. Y para esto tenemos la reflexión filosófica practicada junto a otros. ¿Saldríamos nosotros más nobles y capaces de aquel encuentro? En la siguiente ocasión lo comprobaríamos, cuando nuestro dragón apareciera detrás de unos arbustos.






miércoles, 23 de febrero de 2022

Sobre el optimismo

 

Café Filosófico en Vélez-Málaga 12.5

18 de febrero de 2022, El Pianista del Carmen, 18:00 horas


Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es 'amor fati' (amor al destino): el no querer que nada sea distinto, ni en el pasado, ni en el futuro, ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y menos aún disimularlo..., sino amarlo.

F. Nietzsche

¿Somos optimistas o pesimistas?

A todos nos pasan cosas. Unas más agradables que otras. Incluso algunas, por nada querríamos volver a vivirlas. Y ahí es donde se aprecia la fortaleza de un ser existente, su vitalidad, como diría Nietzsche. La prueba del algodón: ¿estarías dispuesto a vivir lo que has vivido una y otra vez? Es su doctrina más abismal, la del eterno retorno de lo mismo. Y no es cuestión de que vaya pasar o no –no lo sabemos–, es una cuestión de actitud. Cómo vivo mi vida... Ser optimista o pesimista, con todos sus grados e inconsecuencias, son dos actitudes extremas, que ocultan todo el resto de matices... Lo veremos a través de este nuevo encuentro de nuestro café filosófico en Vélez-Málaga, en la cafetería El pianista del Carmen. Es muy posible que si el “buen” tiempo continúa, la próxima vez podamos agruparnos en su magnífica terraza con vistas a La Fortaleza.

Amor fati”. Con esta formulación, Nietzsche nos plantea un tema que va más allá de lo que a primera vista podamos pensar. Crucial. La aceptación. Sin esta actitud básica no es posible afrontar adecuadamente la vida. Lo primero es situarse en la realidad. Ver lo que hay. Sin esto, nuestra respuesta siempre será errada. Y no digamos salidas como la huida o el rechazo o la sustitución de lo que no nos gusta. De aquí proceden numerosos desequilibrios mentales, si se exageran dichas respuestas. Pero, aceptar no significa un “no hacer” resignado o desesperanzado. Nada de eso. Una vez que hemos tomado conciencia cabal de lo que hay, somos más libres para decidir qué hacer, con conocimiento de causa. Y podemos optar por no hacer nada y dejar que todo siga su curso (a veces es lo mejor), o bien, podemos optar por cambiar algo (a veces esto es lo que toca). Pero sobre la base de los hechos asumidos como hechos, cuya responsabilidad no atribuyo a otros. Pues bien, como muestra de que aceptación no es igual a resignación, el moderador del encuentro propuso a los asistentes que nombraran, en voz alta, si querían, algún cambio consciente. De esta manera consciente, ¿qué querrías cambiar en tu vida? Por ejemplo, trabajar la paciencia, por ejemplo, adoptar mejores hábitos, más saludables, por ejemplo, aprender a tomarme mejor lo que no depende de mí, por ejemplo, valorar mi suerte, por ejemplo, profundizar en la confianza, por ejemplo, no renunciar a mi combatividad, pero cambiar la forma de expresarla, por ejemplo, ser más rotunda cuando hay que serlo, por ejemplo, ser más directo, por ejemplo, apreciar lo que sí depende mí. (Ya veis que el filósofo estoico Epicteto estuvo allí con nosotros). Y, ahora es tu turno...

Antes de seguir con el relato de este encuentro filosófico, conviene no dejar de lado varias aclaraciones que los participantes quisieron dejar sobre la mesa. 1) Que la felicidad no tiene que ver con el optimismo; 2) que el optimismo puede ser variable, según qué aspectos consideremos de la vida en un momento o época determinados: así, algunos pueden ser muy optimistas respecto al desarrollo científico-técnico, pero no podemos serlo en cuanto a nuestro compromiso social y moral; y 3) que el optimismo o el pesimismo son tendencias y no una cosa consumada. Sobre esto abundaron un poco más: son tendencias potenciales, es decir, que pueden darse más o menos; que son tendencias ciertas, a falta de alguna explicación genética o educacional, que no tenemos; y que estas tendencias pueden ser más marcadas y claras en las sociedades tradicionales, pero mucho menos marcadas en las sociedades abiertas de nuestro tiempo. Quedó en el tintero una cuestión de bastante interés: si las experiencias dramáticas del pasado (sociales o individuales) nos llevan a ser más pesimistas o más optimistas. Optimistas también, ¿por qué no? Pero esto lo dejamos para que tú lo pienses y lo contrastes con tu propia experiencia, o con tu conocimiento de la experiencia de otros.

Una cuestión muy importante afloró, no obstante: ¿cuál es la actitud más natural: el optimismo o el pesimismo? Concluyen que el optimismo lo es más... Si no fuera así, no habríamos llegado hasta aquí. No habríamos sobrevivido. Un pesimismo consecuente desembocaría en alguna forma de suicidio... Imaginad un educador o una persona que se levanta cada mañana y ha de atender a su negocio: ¿podría desempeñar su labor diariamente, de una manera satisfactoria? Y sin embargo, ¿por qué cuesta más mostrar en público el optimismo? Parece que está mal visto, que lo normal es quejarse o criticar de mala manera lo que sucede a diario. Mostrarnos optimistas con lo que que sucede sería mostrarnos fatuos o ingenuos. Deberíamos preguntarnos por qué esto se vive así. Realmente, el mundo no funcionaría sin la gran cantidad de personas que hacen cada día lo que tienen que hacer, creyendo en lo que hacen, con empeño e ilusión. Claro, que esto sale en los noticiarios... Muchas veces, la TV y las RRSS son auténticas fabricas de pesimismo. Así se comprende las frecuentes explosiones de vacuo optimismo, como contrapartida o reacción. Pero ya sabemos que los extremos se tocan, siempre. En este caso, los liga su “irrealidad”. Además presentan, cada una de estas dos actitudes, sus propios peligros equivalentes, sólo que de signo contrario: por exceso de irrealidad o por defecto de realidad, que viene a ser lo mismo.

¿Cuál sería entonces la actitud más adecuada? Es obvio: aquella que es capaz de abrazar la realidad, tal como es. Ellos y ellas lo dijeron. Y este es el verdadero vitalismo –ahora entendemos mucho mejor a Nietzsche. Un santo decir sí a lo que es, un sí dicho más allá del optimismo y del pesimismo. Sólo esto nos permitirá ir madurando, ir percibiendo de una manera más objetiva. Sólo esto es la auténtica vitalidad. Aunque no me guste lo que estoy viviendo. Ya aprenderé... Y agradeceré a la vida todo lo que me ha dado por otro lado, cuando creía que me estaba quitando. Todos tenemos la experiencia de que esto es así, después de llevar un tiempo suficiente aquí, existiendo. Acabamos con una expresión que gustó mucho a una participante: ser capaz de “valorar lo que es valioso”. El valor de cada cosa, más allá de si me gusta o no me gusta, si conviene o no conviene a mis intereses, tan interesados, tan pegados a cada momento, momentos que son tan pasajeros. Ampliar la mirada.