Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

martes, 18 de julio de 2023

¿Es bueno que todo se normalice?

 Sobre la normalización social

Café Filosófico en Torre del Mar 2.7

22 de junio de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El poder se incardina en el interior de los hombres, realiza una vigilancia y una transformación permanente, actúa aún antes de nacer y después de la muerte, controla la voluntad y el pensamiento en un proceso intenso y extenso de normalización en el que los individuos son numerados y controlados.

Michel Foucault, Vigilar y castigar


¿Por qué la normalización social es percibida como un problema? Así lo vemos dentro. Hay un problema. Que las cosas se vuelvan frecuentes, típicas, repetitivas, que predominen o sean habituales, que se defiendan como naturales, lo que es debido, que respondan a una media (incluso estadística) de lo que suele hacerse o pensarse o decirse, no es en el fondo lo que nos preocupa, lo que nos molesta, lo que atenta contra lo más sagrado de nosotros mismos. No. Es su mensaje oculto: las cosas no pueden ser de otra manera; yo no puedo ser de otra manera. Ahí arraiga una injusticia fundamental. Y esto fue lo que estuvo en el fondo de la inquietud de los participantes. Aquella tarde, en que realizamos nuestro café filosófico en la terraza de la Taberna El Oasis. Síguenos en esta andadura. Como nos espoleaba Immanuel Kant: “atrévete a pensar por ti mismo”. Porque un “es” no puede dar paso a un “debe”, nos prevenía David Hume.

¿Qué es eso de lo que estás muy seguro/a? Pregunta el animador del encuentro, para abrir boca. Quizás afloren nuestros más profundos motivos del vivir. Quizás con esta autorreflexión observemos alguna grieta en el edificio de nuestras (aparentes) seguridades. Y esto nos lleve a ser más cautos, a que nos aseguremos un poco más... En cualquier caso, es muy sano mentalmente. Porque las ideas son siempre interpretaciones o representaciones de la realidad; los hechos, en la práctica, están siempre construidos; y solamente la experiencia directa, sincera y auténtica, nos ofrece evidencias, que no queden atrapadas por nuestros temores o deseos. Pues bien, esto dijeron: sé con seguridad que he de morir; estoy segura de mi conciencia mientras hago algo; que las cosas deben hacerse con amor; que me encuentro ahora mejor que antes; que soy feliz y que la felicidad se basa en el amor y que, cuando amo, mi yo desaparece; estoy segura de lo que siento, de mi ser consciente; sé que somos vulnerables, de ahí la importancia de cuidar y cuidarse; yo soy consciente de la incertidumbre en que vivimos; que un dolor vivido conscientemente te conduce a la felicidad; yo estoy convencida de mis ganas de crear, “quiero”.

Nuestros participantes quería saber: 1) ¿En qué consiste normalizar? 2) ¿Por qué esta tendencia a normalizarlo todo? 3) ¿Cuáles son los mecanismos que conducen a ello? ¿Qué podemos hacer? Y prefirieron, con buen criterio, comenzar por citar algunos ejemplos de situaciones que han perdido su carácter único, que se han normalizado, a las que nos hemos acostumbrado, a pesar de su injusticia o inadecuación: se ha vuelto normal que todo sea obsolescente, no digamos los objetos electrónicos, y además de un modo programado; nos hemos habituado a ver las tragedias humanas de otras latitudes, o no tan lejanas, como se mira la televisión; las violaciones grupales; la violencia desatada; la insensibilidad ante la pobreza o la discriminación; no hacer nada por mejorar el mundo que te rodea se ha vuelto lo normal. Y esto es lo que preocupaba. Todo puede llegar a normalizarse, pero a ellos y ellas les preocupaba la normalización de lo negativo, del sufrimiento evitable. Y les preocupa porque nos lleva a ser pasivos, a ser insensibles, a la inacción. Nos estamos inmunizando, como los insectos a los insecticidas, que necesitan cada vez una mayor dosis para ser efectivos; nos habituamos a todo, quizás para poder sobrevivir con un mínimo de equilibrio mental. Pero esto incluye el vivir con miedo, incluye la indolencia personal, una aceptación pasiva y no activa, una adaptación sumisa, que no es la sana flexibilidad despierta.

Qué mecanismos sociales refuerzan, reformulan o conducen estos procesos individuales que tienden a convivir pasivamente con cualquier cosa, aunque no nos agrade o con la cual no estemos en el fondo de acuerdo. Y el principal factor: que son procesos que se van dando poco a poco, como en el cuento de la rana en la marmita, que no es consciente de que se está cociendo hasta que ya es demasiado tarde, porque el calor subía muy lentamente. La repetición es otro mecanismo muy eficaz: ya sabemos de su eficacia, Goebbels nos dejó una desgraciada prueba, que nunca olvidaremos, con su propaganda nazi. La tendencia a minimizar lo que no interesa que sobresalga y que se sepa, a determinados intereses, ofrecer una información sesgada, no poder seguir una noticia en todas su fases, cuando deja de ser de actualidad, o bien, provocar la saturación del ciudadano, de manera que esto le lleve a esconderse en su propia vida. De ahí la importancia de la labor de los medios de comunicación. Si en la práctica no son medios libres, porque no lo son sus trabajadores, de publicar siguiendo criterios periodísticos adecuados, si se ven obligados a hablar más de declaraciones o juicios o interpretaciones que de hechos o acontecimientos... Una muestra es el deterioro actual de la política, y de la democracia. Se vuelve “normal” que se actúe por mera estrategia, en lugar de tratar de buscar el bien y la verdad, mentir porque todos lo hacen, corromperse porque otros lo hacen, etc. Y así se normaliza una forma de llevar a la práctica la democracia que es realmente una anomalía. Nos acostumbramos. Nadie ve más allá de lo que aparece. Y todos perdemos.

Pero todo esto no sucedería sin nuestra complicidad personal, consciente o, casi siempre, inconsciente. Yo siempre puedo darme cuenta de los “distractores” que se me presentan cada día para que no piense por mí mismo, para no sea yo mismo. Por ejemplo, siempre puedo darme cuenta y no caer en una concepción de la felicidad (predominante) en la que ésta se busca en lo inmediato, en el consumo o en la transacción: tengo que conseguir, tengo que poseer, tengo que conservar, tienes que darme lo que quiero para que yo sea feliz. Así pues, el primer paso es darse cuenta de cuánto mío no es en el fondo mío, sino que se ha ido construyendo en mí con los materiales que me han venido de fuera, del mundo en que vivimos. Así pues, la salida del proceso-apisonadora de la normalización comienza en la persona misma, en empezar a ser o vivir como persona, libre y conscientemente, como nos recuerda María Zambrano en su obra Persona y democracia. Quizás cada uno, gradualmente, pueda ir tomando conciencia, empezando por la pequeña escala, parcelas cercanas de mi vida. Pero esto requiere que refresquemos nuestra mirada, ver, mirar mejor, y no tanto pensar, interpretar, juzgar... Estar muy despierto, abierto a lo que hay. Educar nuestra mirada. Precisamente, lo que aquella tarde estábamos haciendo juntos. Reforzar estos buenos hábitos. Tratar de no acomodarse o de mirar como siempre se mira, sino mirar como se mira por primera vez, como lo hace el niño (es cierto, que con sus limitaciones cognitivas) y el artista cuando está creando, estando presentes y muy lúcidos. Precisamente, esto es lo que supone la actitud filosófica, que habíamos practicado aquella tarde en la terraza de la Taberna El Oasis. No ser como insectos que se dejan fumigar una y otra vez. Y esto es posible.



lunes, 3 de julio de 2023

¿En qué consiste la verdadera política?


Sobre la política

Café Filosófico en Castro del Río 6.7

26 de mayo de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Pues estas fueron distribuidas así: con un solo hombre que posea el arte de la medicina, basta para tratar a muchos legos en la materia; y lo mismo ocurre con los demás profesionales. ¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos? “Entre todos, respondió Zeus; y que todos participen de ellas; porque si participan de ellas solo unos pocos, como ocurre con las demás artes, jamás habrá ciudades”.

“El mito de Prometeo” (Platón, Protágoras, 320 d)


¿En qué consiste la verdadera política?

El ambiente electoral en aquella tarde de mayo, previa a la jornada de reflexión de las inminentes elecciones municipales, debía necesariamente flotar en las mentes de los participantes del Café Filosófico en la acostumbrada Peña Flamenca de Castro del Río, inclinando decisivamente la balanza de las temáticas propuestas del lado de la política. Previamente, el moderador del encuentro formuló a los participantes una pregunta que también te atañe: En este mundo tan confuso y cambiante, donde el valor es tan perecedero, para ti, ¿hay algo de lo que estés completamente seguro/a?

Y continuó la sesión con el tema del día: ¿Cuál es la esencia de la política? ¿Responde a esa esencia la forma actual de hacer política? ¿Es necesaria la política? ¿Somos conscientes de esa necesidad? Así quedó configurado el atractivo programa filosófico de nuestra reunión. Para abrir boca, uno de los participantes –el más joven de todos- lanzó con determinación su propuesta personal a la pregunta acerca de qué es en sí misma la política. “La política –nos dijo- la entiendo como un apoyo necesario y una guía para el desarrollo social, las relaciones justas y formas sostenibles de bienestar”. La mayoría de los asistentes se manifestó de acuerdo con la verdad contenida en aquella tentativa de definición a la que, otra participante, añadió: “la política es convivencia en armonía”. Muy activa en sus inquietudes, otra de las asistentes aquella tarde se quejó del pasotismo y la desafección actual hacia la política, pues entendía que ésta es algo que requiere de la participación de todos mientras que, como forma de organización hacia determinados fines (así definía ella la esencia de la política), frecuentemente ocurre que suele orientarse más a cubrir intereses personales que al bienestar comunitario. Para clarificar las ideas y desenmarañar cierta confusión creada, uno de los participantes -muy curtido en los encuentros filosóficos- propuso diferenciar entre el sentido superficial (pero legítimo) de la política como forma de organización y el sentido ético de la misma, más profundo, como una búsqueda conjunta del bien común. Esa última definición supuso un punto de consenso, pareciendo a todos responder a ese sentido ideal –la política con mayúsculas- de lo que constituye la esencia misma de la política. Esta definición, se convino, recogía acertadamente la totalidad de los distintos aspectos planteados hasta ese momento.

Pertrechados con una idea común de la esencia de la política (aquello que ésta debería ser), los participantes se lanzaron a contrastar si la forma actual de hacer política se ajusta o no a dicho modelo y, en este punto, las conclusiones siempre fueron compartidas de manera general. Se dijo que la política actual peca de caer en la tecnocracia, es decir, dejar el mando de las decisiones políticas en manos de técnicos expertos que únicamente se rigen por el criterio de la eficacia pero sin atender, por ejemplo, a fines de tipo humanitario. De esta forma –recalcó una de las participantes- fuera de la voluntad política de atender a las personas, nunca se hubiese llevado tendido eléctrico a determinadas poblaciones muy pequeñas y aisladas por no ser económicamente rentable; tampoco se tomaría la decisión de que los trasplantes –por su elevado precio- formasen parte habitual de un programa público de sanidad. La esencia de la técnica se nos revela como la capacidad para buscar los mejores medios para determinados fines pero, en relación a qué fines deben ser perseguidos, los tecnócratas no entran a discutir, limitándose a aceptar como fin único la rentabilidad económica. Ahora bien, como ya se había discutido, toda política lleva en su esencia una aspiración ética y, por consiguiente, una valoración consciente acerca de qué fines deben ser perseguidos y qué valores deben orientar nuestra práctica. Caer en la tecnocracia es por tanto un alejamiento de la esencia de la política.

También se acusó a la política actual por su falta de veracidad, al caer continuamente en las típicas promesas incumplidas de la campaña electoral y por su carácter cortoplacista, al buscar sólo beneficios a corto plazo que den rentabilidad electoral. En relación a esto último, los participantes pusieron sobre el tapete la afirmación de que los graves problemas a los que nos enfrentamos, como la desigualdad social, la sanidad universal o el cambio climático, son problemas globales y requieren, para ser abordados, políticas a largo plazo con una actitud generosa y amplitud de miras. “El político –apuntó uno de los asistentes, buen conocedor de la filosofía kantiana- debe regirse siempre por el cumplimiento del deber, en lugar de hacerlo por sus intereses personales”. Otra de las críticas a la política actual fue la de su profesionalización, que acaba siendo causa de cierto acomodamiento cuando no de una abierta y flagrante corrupción. Uno de los participantes propuso como estrategia para optimizar la actividad política que los complementos del sueldo de los cargos públicos electos dependieran directamente de los resultados de su gestión, la cual debería ser valorada de manera externa, independiente y objetiva. Otros compañeros, sin embargo, manifestaron sus reservas respecto a esta propuesta ya que -así lo expresaron- esto acabaría por imponer a la política la mentalidad propia de la empresa y el mercado, alejando a la misma de esa esencia que es la búsqueda conjunta del bien común y abriendo la puerta a una perversión de todo el sistema. Como alternativa, se convino en la conveniencia de limitar el tiempo de participación en la política. En ese momento, uno de los asistentes –profesor de filosofía infiltrado aquella tarde- nos habló del ejemplo de ese extraordinario experimento que fue (con todas sus limitaciones que ahora vemos, como la exclusión de mujeres y esclavos) la primera democracia de la Grecia clásica: en ella todos los ciudadanos estaban llamados a participar, más tarde o más temprano, de manera activa en la vida política. Y, para deleite de los asistentes, ilustró sus palabras con una referencia a una lectura del Mito de Prometeo de Platón. En dicho texto, relata el insigne filósofo, cómo fueron repartidas las facultades entre las especies mortales y cómo, provistos los hombres de la sabiduría de las artes junto con el fuego (que Prometeo robó para ellos) pero no de la sabiduría política, se ultrajaban continuamente entre sí. Temiendo que los hombres llegaran al exterminio, Zeus ordenó entonces a Hermes que repartiese entre ellos el sentido moral y la justicia pero no cómo se habían repartido otras cualidades (de manera que unos pocos poseían el arte de la medicina y así con las demás artes y profesiones), sino entre todos los hombres por igual para que todos ellos –y no sólo unos pocos- participasen de la vida política.

Para terminar aquel intenso diálogo y dado que, de todo lo anterior se colige que todos los participantes estaban de acuerdo en subrayar la importancia que tiene la política, se abordó la cuestión acerca de si realmente somos o no conscientes de dicha necesidad. La opinión común fue la de que nuestra sociedad adolece de una falta generalizada de conciencia política y que la degeneración de la misma y los continuos casos de corrupción han acabado por crear cierta desafección hacia la misma, sobre todo entre los sectores más jóvenes. En el revuelo de comentarios surgidos, se marcó la diferencia entre participantes de mayor edad que, habiendo vivido la represión política del franquismo, valoraban enormemente la posibilidad de participar en la vida democrática y otros más jóvenes que manifestaban con sinceridad su alejamiento hacia la actividad política. Se recalcó entonces entre todos la importancia de cultivar la memoria histórica para no dar por sentadas ciertos derechos y libertades que, lejos de estar ahí desde un principio, son el resultado de las luchas y reivindicaciones en tiempos pasados. Asimismo, se destacó como un elemento negativo la extraordinaria complejidad de la política actual, fruto del fenómeno de la globalización que ha propiciado un salto sin precedentes en el ámbito de la acción política, desde la polis griega primigenia a nuestra vigente aldea global que abarca todo el planeta. Es por ello que se acabó concluyendo que, quizás ahora más que nunca, se deba reivindicar la necesidad de pensar en la política, de que esa aspiración filosófica, tan patente entre los asistentes a los cafés filosóficos, de vivir de manera consciente, no se quede en el ámbito de lo individual sino que, en tanto que –como nos advertía Aristóteles- somos animales sociales por naturaleza, se extienda también al ámbito de la comunidad política.

Alfonso J. Viudez Navarro

jueves, 22 de junio de 2023

¿Somos dioses?


Sobre lo divino

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.9

16 de junio de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


“Solo te pido que entres en mi casa con respeto. Para servirte no necesito tu devoción, sino tu sinceridad; tus creencias, sino tu sed de conocimiento. Entra con tus vicios, tus miedos y tus odios, desde los más grandes hasta los más pequeños. Puedo ayudarte a disolverlos. Puedes mirarme y amarme como hembra, como madre, como hija, como hermana, como amiga, pero nunca me mires como alguien por encima de ti mismo. Si la devoción a un dios cualquiera es mayor que la que tienes hacia el dios que hay dentro de ti, les ofendes a ambos y ofendes al uno.”

Escrito en letras de oro en la puerta del templo de Sekmeth (Karnak)


¿Somos dioses?

Estos encuentros de filosofía practicada procuran dar la ocasión de abrir la mente hacia nuevas posibilidades de vivir, favoreciendo un cambio de visión. Ya cada uno guarda celosamente sus ideas y creencias. Si después de un café filosófico todo ha quedado dentro en el mismo lugar que antes, nada se ha movido o removido, algo habría fallado. Pero esto no sucedió en el caso que traemos con estas palabras. El último café filosófico de la temporada, celebrado en “La Peña” de Vélez, propició una evolución en la aproximación de los participantes al tema de Dios. Un aprendizaje del grupo, una apertura a nuevos modos de tratar con lo divino fuera y dentro de nosotros, si lo hubiere.

Ya, desde la pregunta inicial del encuentro, se entrevió que son posibles distintos grados de comprensión (o conciencia) de la realidad. Como ya los primeros filósofos griegos y los sabios de oriente fueron capaces de ver, si miramos el mundo a través de nuestros sentidos, todo cambia, lo existente muestra su impermanencia, siempre todo es distinto; pero, si no solamente miramos de un modo sensorial, entonces, intuimos algo que no cambia, algo que permanece, una constancia, una identidad, una unidad en lo que hay. Esta segunda mirada, más reflexiva, nos abre a otro tipo de realidad, que también podemos captar, pensar o incluso sentir. Así, los participantes transmitieron al grupo experiencias como las que siguen: hay muchas situaciones dolorosas, pero en todas persiste un fondo de amor, que te permite superarlas; muchas son las formas históricas y sociales que adopta el ser humano, pero todas son humanas; podemos decir que hay una esencia humana que se expresa de múltiples maneras; yo soy una renovación constante de mí misma; el permanente cambio está atravesado de un anhelo de conexión o de unidad; la admiración por la vida es una constante en mí; los estados de ánimo cambian, mi aprendizaje o control de ellos es más estable y depende de mí misma; la tradición busca persistir, la historia es de los cambios; hay un tiempo que cambia (que se puede medir y calcular) y un tiempo más allá de esos cambios; mi necesidad de entender este mundo cambiante es una constante; el sentimiento es permanente, el modo en que se vive es distinto cada vez; cambia mi cuerpo con la edad y el tiempo pasa muy rápido, pero yo soy el mismo que era; las circunstancias son pasajeras, pero yo soy yo; cambia el valor de las cosas, pero no cambia su belleza. Piénsalo: tal como captas el mundo, ¿todo cambia o algo permanece?; o mejor, ¿eres capaz de ver los dos aspectos?

Este grupo de investigación sobre el tema de Dios (que descartó el resto de temáticas: la tendencia a normalizarlo todo, los valores, el conservadurismo, la locura, el destino) se propuso un programa, orientado por estas preguntas: ¿Quién es Dios?, ¿para qué Dios?, ¿somos dioses?, que luego el transcurso de la discusión misma agruparía en sólo dos dos cuestiones: quién y para qué es Dios, y si nosotros tenemos algo de divinos. Y la primera tanda de intervenciones ofreció una buena bandeja de posiciones o perspectivas sobre el tema: la pregunta sobre dios es siempre una pregunta humana, diríamos, sobre nosotros mismos en el fondo; dios es un invento de los poderosos para justificar sus estatus; la búsqueda de dios satisface una humana necesidad de consuelo, un intento de entender lo desconocido y dar razón de las desgracias que nos acaecen; en la actualidad son otros los dioses: el poder, el consumismo, la ciencia y la tecnología, etc., que incluyen sus propios núcleos sagrados y sus rituales; en realidad, siempre ha habido dioses, en todas las épocas, desde elementos de la naturaleza hasta concepciones más abstractas o separadas de lo sensorial; dios podría ser entendido como la idea de un primer arquitecto, imaginado a semejanza humana; dios tiene que ver con una dimensión interior nuestra; o más bien, que la idea de dios es un modo de expresar nuestra ignorancia; finalmente, se dijo que, a diferencia de la la ciencia, el conocimiento sobre Dios no avanza; a lo cual el moderador quiso preguntar: ¿qué indica la persistencia de la pregunta sobre dios: que no merece la pena, o bien, la importancia de esta pregunta?

Esta nueva perspectiva situaba la discusión en un lugar diferente y (casi) todo el grupo convino en la necesidad de realizar una distinción muy importante, de manera que todas las anteriores posiciones de los participantes pudieran quedar clarificadas: debemos distinguir entre la religión (o religiones) y Dios. No hay que confundir ambos planos conceptuales. Las distintas religiones culturales o epocales no serían más que la expresión o plasmación de una raíz profunda, ubicada en una dimensión de la espiritualidad humana. Esto explicaría que haya tantas religiones, y que si se ahonda en el fondo de todas ellas, podamos encontrar un poso común. Esto explicaría que las personas que son verdaderamente religiosas (más allá de rituales o figuras sagradas), puedan entenderse y respetarse, la comprensión religiosa propia del otro. (En este sentido se recomienda la lectura de la novela corta El alma del mundo, de Frédéric Lenoir). Sin embargo, como aludíamos, no todos compartían esta primera conclusión del grupo. Y para eso estamos dialogando: cada discrepancia es una oportunidad para ahondar en el problema, objeto de la discusión.

La discrepancia afloró hasta la superficie cuando el grupo se planteó la última cuestión introductoria del diálogo: ¿somos dioses?, que se formuló de un modo menos crudo y también menos peligroso: ¿hay algo divino en nosotros? Pues bien, esta discrepancia, como decíamos, permitió indagar más profundamente: si para ti la naturaleza debe ser respetada, dado su valor propio o carácter sagrado, si nosotros formamos parte de la naturaleza, ¿no tendremos también nosotros mismos algo de sagrado? Y si tú (otro de los participantes) no admites que haya nada espiritual o sagrado, que todo lo que hay es lo que puede verse y tocarse, al principio de este encuentro, no obstante, dijiste que, a pesar del paso del tiempo y de los cambios en tu cuerpo, tú seguías siendo el mismo... ¿qué significa esto? ¿No sientes que dentro de ti hay algo que no cambia, que permanece hasta cierto punto a lo largo de tu vida? Y si es así, ¿esto que no cambia no podría ser una dimensión superior o espiritual en nosotros, aunque tú no la quieras llamar así? Pues no importan los nombres. Lo que es real es la experiencia detrás de los nombres. Y si esta conexión desaparece, los nombres, efectivamente, no son nada más que nombres. Así, podemos hablar de Dios, o bien, de algo trascendente o absoluto, de un nivel de conciencia superior (o distinta) a la conciencia individual o cotidiana. Por eso los primeros filósofos griegos, que eran tan sabios porque fueron capaces de empezar a pensar por sí mismos, no hablaron nunca de Dios, sino de “lo divino” (to theión). Es muy posible que cuando damos el paso de personalizar esta experiencia de lo divino o espiritual en el mundo y en nosotros mismos, esto ya marque el punto de entrada en lo religioso, tal como se lo considera habitualmente en las religiones organizadas. Y es posible que fuera esto, acerca de lo que discrepaban en el fondo nuestros dos participantes.

El diálogo, de este modo, fue gradualmente alcanzando una evolución en el pensamiento. Una mirada más amplia, que promueve un cambio de visión. Es suficiente situarse en un lugar diferente: desde la idea de Dios llegar a pensar en lo divino, desde ahí llegar a lo espiritual, y desde lo espiritual, tomar conciencia de algo idéntico en nosotros, nuestra identidad profunda. Pero esto solamente sería un cambio conceptual. Un recorrido experiencial partiría de esa conciencia personal profunda (más acá de mis ideas, creencias, estados de ánimo, cambiantes, pasajeros), que no cambia, para poder comprender todo el conglomerado conceptual en torno a Dios. Así pues, ¿somos dioses? No, en absoluto, si con ello nos referimos a las concepciones religiosas habituales: no somos omniscientes, ni omnipotentes, ni inmortales ni perfectos. (Además de lo peligroso y dañino que la historia ha demostrado que puede llegar a ser el creerse uno eso.) Pero esto no es todo lo que hay. Reducir lo espiritual a lo religioso y esto a una religión particular, no deja de ser una peligrosa deformación conceptual. Para poder alcanzar aquel estado de conciencia, hace falta una mayor consciencia. Y esto puede desarrollarse, ahondando, si se practica una atención sostenida y lúcida, sin ideas, una pura conciencia sin objeto, puesta en la intuición originaria o vivencia “yo soy”. Vale.



domingo, 11 de junio de 2023

Sobre la crispación social


Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.8

19 mayo de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y demuestra ad hominem; argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz. Y la raíz, para el hombre, es el hombre mismo...

Karl Marx, Crítica de la Filosofía del derecho de Hegel


¿Cuál es el origen de la crispación social?

Cuando hoy hablamos de “crispación”, podemos referirnos a dicho fenómeno en relación a alguno de estos tres niveles: contracción repentina y pasajera de algún tejido muscular o una parte del cuerpo; irritación o exasperación de alguien, desde el punto de vista psicológico (estos dos tipos definidos por la RAE); o bien, el uso que se ha extendido bastante en el contexto político-social actual: un malestar o alteración de la vida social debido principalmente a la exacerbación de las posturas (ideas o creencias), provocado, quizás, por lo que oímos llamar “polarización social”, y de lo cual hemos tratado en un reciente café filosófico (será que preocupa). Nos contraemos sobre nosotros mismos (aumenta la tensión) al ver y oír ciertas posiciones sin posibilidad de diálogo o reconciliación. Y nos crispamos: ¿cómo puede ser esto?, ¿sólo puede ser así?, ¿es que he de elegir entre esas dos únicas posturas o posibilidades? ¿El otro es el culpable? Me contraigo individualmente y, socialmente, se va enrareciendo el ambiente; todo paso por pequeño que sea se hace intransitable, no viable, imposible. Entonces, el malestar individual y el malestar social se alimentan mutuamente. Pues bien, ¿cuál es el origen de esta crispación?, ¿es endógena o está fabricada por factores externos, intereses interesados? Puedes seguirnos en esta investigación, si es tu deseo comprender un poco mejor el mundo en que vivimos.

Pero antes, permíteme que me refiera a lo que sucedió previamente, las respuestas de los participantes a la pregunta inicial que planteó el moderador del diálogo: ¿puedes señalar una cualidad tuya, de la que estés orgulloso, una virtud en ti? Esta no es una cuestión baladí. Generalmente, somos más conscientes de nuestras limitaciones actuales (consideradas erróneamente defectos, fruto de la comparación con lo que nos gustaría o se nos exige, que hemos integrado como propio), pero nos cuesta más mostrar la propia luz (Mónica Cavallé). Y esto no es egolatría ni presunción, si se anota conscientemente. Es un ejercicio también necesario en este mundo de la extrema competición, el éxito y la excelencia mal entendida (por contraste o comparación). Y no se aprecia el valor en sí de algo. Pues bien, ahí van unas cuantas excelencias reconocidas por nuestros participantes: saber gestionar emocionalmente a un equipo de personas; escuchar sin juzgar; ser capaz de percibir un sentido diferente de las cosas; no rendirse uno nunca; continuar siendo el niño que pregunta por qué; ser la alegría en las situaciones; seguir teniendo fe, también religiosa; la búsqueda de la positividad en todo; la capacidad para la empatía; la extroversión; la timidez, que me ha llevado a respetar el espacio de cada persona; la sensatez, suma de empatía e inteligencia; y, finalmente, dijeron, la coherencia personal.

Volvemos. Algunos de los participantes piensan que la crispación social siempre ha existido. Y este es su origen: desde siempre hemos clasificado todo lo que nos rodea. Algo muy humano, diría Nietzsche. Para sobrevivir, necesitamos ordenar el mundo, aunque solamente sea una ficción nuestra, que nos creemos, y con ella funcionamos. Porque todo lo que existe es siempre diverso y cambiante. Pero no soportamos el vacío. No soportamos no saber. Y necesitamos controlar, quizás para dominar y sentirnos poderosos. Por eso, dijeron ellos y ellas, que históricamente funciona la “ley del péndulo”. Lo que hoy es, mañana puede ser lo opuesto. Así las modas. Así las tendencias o los estilos en cualquiera de las áreas del quehacer humano. Pero, entonces, ¿qué nos pasa hoy?, ¿por qué lo vivimos con una tensión desmedida? De esto dependía el que hubiera discusión enriquecedora, pues, si solamente íbamos a decir que siempre ha existido... Y se dio con la diferencia propia de nuestra época: la confusión, el malestar, la tensión proviene de la convivencia actual de tendencias contrapuestas, su simultaneidad. Y, sobre todo, cuando nuestras sociedades son tan complejas, tan diversas, tan plurales (al menos en posibilidades) que todo aparece revuelto y bullendo en la misma olla; tanto los jóvenes como los adultos viven confundidos, se sienten perdidos. Ofuscados. Y la crispación puede emerger con suma facilidad. La extrañeza aparece, como apuntó la participante que propuso el tema del día, cuando nos damos cuenta de que ahora contamos con más información, más medios que en otras épocas... ¡y nos crispamos con todo tipo de situaciones que ya podrían estar superadas¡ Por ejemplo, las derivadas de la diversidad sexual, racial, cultural, mental, etc. En lugar de tolerancia y comprensión hacia la diversidad, aparece la polarización, una extrema dualidad y escisión, tanto interna como externa.

¿A qué puede deberse esta incapacidad para mirar al otro (y a lo otro) por sí mismo y no con las gafas empañadas? Nuestros participantes esbozan dos hipótesis: a) no hemos evolucionado mental, emocionalmente; estaremos muy adelantados en nuevas tecnologías, pero no humanamente, para ser capaces de hacernos cargo de este mundo lleno de situaciones diversas y cambiantes; b) determinados intereses crean “cortinas de humo” para ocultarse (es decir, lo que desde Karl Marx se ha venido entendiendo por “crítica de las ideologías”, que habrían de ser desenmascaradas), y de ese modo, esos intereses, alcanzar sus objetivos finales de poder y de dinero; políticamente, y por desgracia, esto parece mostrar, incluso, rentabilidad electoral; se le viene a decir a votante: “tienes que elegir entre nosotros o el caos”. Además, los medios de comunicación hacen de altavoz, mientras que la educación formalizada resulta insuficiente para hacer frente a toda esta avalancha de crispación social: ver sus causas y ayudar a adoptar una actitud más madura.

Pero, nuestros encuentros filosóficos no solamente son descriptivos o explicativos, además, tratan de ofrecer salidas, las que los participantes ven en ese momento; que si las ven ellos y ellas, seguramente puedan ser compartidas por otras personas. Lo primero a señalar es que se necesitan salidas globales o generales y salidas individuales. El primer tipo de salidas eran más difíciles de prefigurar por las personas que allí estaban reunidas. Pero el todo no es nada sin las partes... así que el grupo se apresta a proponer algunas iniciativas que partan de (y cuenten con) nosotros mismos: exigir (de abajo-arriba) un cambio de tendencias, una denuncia de esta vida social insostenible (nadie se va a beneficiar de veras en el medio o largo plazo de esta exagerada, extremista, radical polarización social), aprender a pensar por nosotros mismos, tratar de funcionar en las relaciones sociales sin etiquetas (esas simplificaciones tan irreales). Y la educación tendría que jugar un papel fundamental. Pero, otra educación, dirigida al autoconocimiento. Y esto se dice primero referido a los propios educadores o responsables públicos en cualquier área: si no se conocen a sí mismos y caen fácilmente en el etiquetado inconsciente (o acrítico) de la realidad, ¿qué transmitirán los educandos o los receptores de la información? Siendo como es cierto que se educa más con el ejemplo que con lo que se exige de una manera explícita. Si yo no soy capaz de mirar lo que hay de insondable, de misteriosa profundidad inagotable en mí mismo, cómo podré apreciarlo en los demás. ¿Qué veré en los demás? ¿Fichas ordenadas en un casillero? Las polaridades contrapuestas e irreconciliables estarán servidas. Y la crispación social. Vale.  

domingo, 4 de junio de 2023

¿Qué es habitar cuando habitamos?


Sobre el habitar

Café Filosófico en Torre del Mar 2.6

11 de mayo de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas


Un día, quizá, vendrá un signo de otro planeta. Y, por un efecto de solidaridad cuyos mecanismos ha estudiado el etnólogo en pequeña escala, el conjunto del espacio terrestre se convertirá en un lugar. Ser terrestre significará algo. Mientras esperamos que esto ocurra, no es seguro que basten las amenazas que pesan sobre el entorno. En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos.

Marc Augé, Los no lugares


¿Qué es habitar cuando habitamos?

El pensamiento se construye juntos, como el lenguaje. Y un grupo que dialoga (filosóficamente –una actitud) como el nuestro, construye pensamiento juntos. Alumbra verdades sentidas. Las actualiza en el momento. Un saber de primera mano que ahonda en lo que nos hace ser. Ahí se puede descansar. Un fondo elocuente de silencio. Somos nosotros mismos que nos hablamos. Nos comprendemos. Habitamos el habitar. Por eso nuestro café filosófico de aquella tarde de mayo, en medio de una temporada de DANAs, a las que hemos dado la bienvenida por tanta sequía, fue pasando del silencio al habitar desde el silencio, que es vida, que es base de la vivencia. Tendrás que continuar con nosotros para entendernos. Para entenderlo. Para entenderte.

Tenía el moderador del encuentro que preparar una reflexión sobre el silencio, con motivo de una mesa redonda en la que iba a participar. Y ya que estaba con personas dispuestas a filosofar, con la capacidad para filosofar, por qué no podrían ayudarle. Y les preguntó: ¿qué significa para vosotros el silencio? Y éstas fueron las ayudas que recibió: el silencio es reflexión; la forma más natural de expresarme; el encuentro conmigo mismo, que en este momento no es posible, pues está interfiriendo un miedo en mí; para mí significa recogimiento; no estar llena, estar en paz contigo misma, ya sea que estés sola o acompañada de más gente; la ausencia de ruido mental y emocional; es el fundamento de la música, y antes de su ejecución, cuando la música emerge; lo he saboreado más estando en soledad; el silencio para mí es silencio si es elegido; callarse uno lo que tiene que decir es la versión negativa del silencio: impide la relación; el silencio es una calma confortable que te abriga, aprendes y estás más receptivo; yo pienso que el silencio no existe, sólo el ruido (no obstante, ¿cuando no hay ruido, qué es lo que hay?); el silencio es sanador; lo necesitamos, ¡somos silencio!; para mí es una paz esencial en mi vida. Preguntado luego el moderador, pasadas casi dos semanas, si le había servido esta rápida introducción sobre el silencio vivido, respondió que “no sabíamos cuánto”.

¿Qué es habitar? (El cuerpo, un espacio, una situación, el planeta...). Y dijeron que “habitar” es formar parte fundamental de algo, como un anclaje en la tierra, una experiencia cuasi-mística al alcance de todos; cuando todo lo que tiene que ser está presente, en estado óptimo. Y esto último desencadenó la discusión. ¿Solamente es habitable lo óptimo? ¿No es habitable la enfermedad o el dolor, por ejemplo? Tras la toma de conciencia, la respuesta fue unánime: se habita lo que hay. Cuando habitas de veras la enfermedad o el dolor, esto te sitúa en sus límites, puedes verlo, sentirlo y, con la distancia del observador, lo que sea en cada caso te va doliendo menos, preocupando menos... Por lo tanto, el grupo tuvo claro que “habitar” es una disposición mental, una conciencia del momento (momento a momento), que permite transitar la vida, que procura honrar la vida. Pregunta, entonces, el moderador: ¿de qué manera, entonces, podemos deshonrar la vida, y no estar habitándola, estando con lo que hay? Y responden: cuando nos dejamos arrastrar por el victimismo, cuando nos dejamos manipular, cuando huimos, cuando nos engañamos, cuando nos conformamos, cuando me dejo conducir por pre-juicios, cuando me callo y me traiciono a mí mismo, a la vida que bulle en mí.

Así pues, el ser humano se caracteriza por su capacidad para el habitar, su capacidad para hacer de cualquier cosa su morada, su hogar. Sin embargo, estaba allí presente una concepción, una mirada que introdujo en el diálogo el disenso. En la práctica, llevó al grupo a poder alcanzar una cota superior de comprensión. ¡Bienvenido el momento negativo de la dialéctica! (Hegel). “Yo habito algo cuando soy dueña de ello”. Y esta impresión desencadenó, de nuevo, como decimos, la discusión productiva: ¿habitar es ser dueños, poseedores, capaces de controlar, de gestionar, lo que se habita? Esta pregunta llevó a extraer las consecuencias de lo que se estaba afirmando... a dónde nos llevaba. Y, en las sucesivas aclaraciones, con el consiguiente cuestionamiento fue apareciendo, gracias a ello, el componente afectivo del habitar... que estaba quedando en la penumbra, sin salir todavía a la conciencia. Habitamos algo cuando lo queremos, lo cuidamos, lo reconocemos, nos responsabilizamos de ello.

Además, esta discusión previa (si habitar es poseer), condujo el diálogo hacia la consideración de los riesgos de esta actitud, que pueden percibirse hoy en día: si pudieran estar en la base de nuestra relación con nuestro planeta. Esa casa más grande. Compartida con otros seres animados e inanimados. ¿Qué estamos haciendo en ella? En el caso de otros seres vivos, quizás bastaría relacionarse con el entorno como habitat, pero nosotros podemos habitar nuestro entorno (natural y cultural), puede llegar a ser morada... ¿Nos relacionamos con el planeta como lo haríamos con nuestro hogar? ¿Honramos nuestra casa compartida, cada una de sus habitaciones? ¿Habitamos el habitar mismo, y lo que esto significa? ¿Estamos a la altura de este tiempo? ¿Somos conscientes? Quizás haya que comenzar por aprender a habitar nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra mente (y que no sean un laberinto torturador). Quizás haya que comenzar por aprender a habitar las estancias o los espacios que nosotros mismos fabricamos, ya desde su diseño y su finalidad. Es posible que, dentro de unos pocos miles de años, algunos etnólogos (si los hubiere) descubrieran los abundantes restos arqueológicos, que nosotros llamamos estaciones de tren, aeropuertos, grandes superficies comerciales, autovías, avenidas de varios carriles, complejos turísticos o campos de golf, y se preguntaran si allí vivía alguien, si esos lugares estaban habitados. Y si lo estarían sus cuerpos y sus emociones. Qué mente...








martes, 30 de mayo de 2023

¿Por qué nos sentimos tan solos?

Sobre la soledad

Diálogo Filosófico en Málaga 1.4

24 de abril de 2022, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Como resultado del examen de Sócrates desea uno cuidar del modo en que vive el resto de su vida, queriendo ahora vivir de la mejor manera posible; y este deseo toma la forma de un entusiasmo por aprender y educarse a uno mismo sin importar la edad que se tenga.

Michel Foucault


¿Por qué nos sentimos solos?

El cuarto diálogo filosófico en el Ateneo de Málaga mostró la importancia del cuidado de uno mismo. Incluso la temática elegida, la soledad, ahí descubrió su almendra. Aprender a vivir consigo mismo aparece como el camino más seguro para mitigar los sabores amargos que pudiera destilar la soledad. Y costó decidirse, pues eran tantas las preocupaciones de los asistentes... el propósito en la vida, las crisis vitales, la culpa, la consciencia, la libertad y la democracia, las guerras, el ser humano y los demás seres vivos, la muerte. Ya se ve que el abanico de sus inquietudes era tan amplio como el de todos nosotros. No en vano vivimos en la misma época, la misma sociedad, con los mismos deseos... Y la filosofía practicada junto a otros ha de ocuparse de la realidad vivida, y no de otra. Y así fue. Durante una hora y media larga, ellos y ellas aportaron su experiencia, el fruto de su interacción con el mundo que nos rodea.

¿Cómo cuido de mi mismo, de mí misma? La pregunta fue puesta en la mesa por moderador del encuentro filosófico pero, ahora, apela a ti también para que tú la respondas. Y esto fue lo que dijeron: yo cuido de mi alimentación; yo hago ejercicio y procuro estar activa; yo medito a diario; pues yo procuro vivir tranquilo; a mí me gusta estudiar y aprender; yo voy al gimnasio y me gusta caminar; yo ejercito mi mente, para que esté activa, leyendo, mostrando curiosidad; trato de desarrollar todo lo valioso que fui descubriendo de más joven; una manera de cuidarme es beber un vino con mis amigos; yo me cuido viniendo aquí a dialogar con vosotros; también es cuidarse dedicar parte de mi tiempo a los demás; yo escucho a mi cuerpo; me rodeo de belleza y sensibilidad; procuro ser muy consciente; cultivo la amistad y disfruto de un lindo grupo de amigos; cuido de mis emociones, y me pongo a resguardo de las personas que me llevan a vivir peor; cuidarse es para mí aprender y enseñar a vivir bien. Pero, ¿cómo cuidas tú, de ti?

Pues bien, comenzó el diálogo propiamente dicho: ¿Cuándo podemos decir que hay, que sentimos, la soledad? Y lo primero a aclarar (ésta es una de las funciones de la filosofía, la clarificación de conceptos) que hay una soledad buscada o deseada voluntariamente y una soledad no deseada, forzada por algo exterior o interior. Y que aquí hablaremos de la soledad forzada y sin remedio aparente. Ésta es la que preocupa. Ésta es la que se vive con angustia. Y ya sabemos todos por experiencia que podemos sentirnos solos, estando solos materialmente o estando acompañados, aunque sea rodeados de una muchedumbre (en ocasiones, más solos todavía). Los participantes, ellas y ellos, dijeron que éstos eran los componentes básicos de toda soledad: un sentimiento que, aunque sea inherente en cada persona (pues somos individuos), lleva a sentirse excluido, sin capacidad de identificación con uno mismo, con los demás, que no se siente la relación o el hecho de estar uno conectado, sino que uno se siente incomunicado, no comprendido, con un sentimiento de carencia, de falta de relación.

Y es cierto, como dijeron, que en esto, como en todo en la vida, las expectativas influyen mucho (lo que uno espera de la vida, de sí mismo, de los demás, facilita el sentirse decepcionado). Pero también la educación habitual conlleva unos tópicos muy nocivos, que influyen... ¡vaya si influyen! “Alguien en solitario no puede sentirse bien, no puede llegar a ser feliz”. Esta idea ha hecho mucho daño, por ejemplo. Otra idea muy nociva supone que “los demás me han de dar lo que yo necesito para sentirme bien”. Y lo cierto es que el tipo de sociedad que hemos ido conformando no facilita mucho las cosas: nos hemos ido desconectado de muchos valores que afianzan las relaciones, nuestro modo de vida lleva al aislamiento individual, el éxito individual, la búsqueda de la eficacia a todo trance, ciertas tendencias, ciertas modas, las nuevas tecnologías, muchas veces, llevan al aislamiento y a vivir una vida artificial. Todo esto puede ser cierto (y muchos factores más que cooperan con éstos), pero la pregunta fundamental, que los participantes de este diálogo te plantean, es la siguiente: ¿cuál es mi actitud o respuesta? Si aprendiera a estar conmigo mismo, yo sería libre de estar o no estar con otros y no sentirme mal por ello (ya esté sólo o esté acompañado). Nuestras creencias acerca de nosotros mismos, del mundo o de los demás, condiciona cómo nos relacionamos con nosotros, con el mundo y con los demás. Y esto es lo fundamental. Por cierto que la filosofía practicada ayuda a cuestionar estas creencias erróneas o inadecuadas, como diría Spinoza.

Para que fuera posible esa actitud más correcta, yo tendría que aprender a relacionarme bien con las distintas partes de mí mismo (a las que llamo yo, los demás o el mundo). Esto es un trabajo interior de primera magnitud, que puede realizarse poco a poco. Vivir es relacionarse, nos dice el sabio Krishnamurti. Depende de cómo me viva yo y de cómo viva “la relación” para que pueda vivir bien. Si yo no me siento de una manera real, si no siento esta realidad mía, tanto esté solo o acompañado, me sentiré mal. Si me he desconectado de mí mismo, de mi centro de vida, energía, inteligencia, amor, la angustia de soledad afectiva vendrá a mi encuentro. Pero no deja de ser un hueco que ha quedado vacío, y que que se rellenado de soledad, y nada más. ¿Qué tal si conecto conmigo y lo relleno de mí mismo, todo yo ahí presente...? ¡No habría sitio para la soledad! Por eso es tan importante el cuidado de uno mismo. Los antiguos griegos y romanos lo sabían. Cura sui.

lunes, 8 de mayo de 2023

¿Por qué la sociedad está polarizada?


Sobre la polarización social

Café Filosófico en Cabra 3.1

15 de abril de 2023, Librería “Por Amor al Arte”, 18:00 horas

En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocimiento. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y esos animales astutos hubieron de perecer.

Friedrich Nietzsche

¿Por qué la sociedad está polarizada?

La afirmación frecuente: “vivimos en una sociedad mediática”, no significa solamente que nuestro mundo está plagado de medios de comunicación u otros medios, que condicionan nuestras vidas. Hay debajo un fenómeno muy de nuestro tiempo que es aún más digno de atención por sus riesgos: el que los medios se conviertan en fines; y que los fines (los valores) queden a su servicio, instrumentalizados o esclavizados, como ya alertaron los pensadores de la Escuela de Fráncfort. Pues bien, estábamos allí, por primera vez en la librería Por Amor al Arte, desde hacía años de nuevo en Cabra, y el facilitador del encuentro no pudo resistir las ganas de comenzar el diálogo filosófico con una pregunta de autorreflexión, que recogía tanto el nombre del lugar como el rechazo de ese rasgo de nuestro tiempo tan preocupante que decíamos. Era una suerte poder estar juntos en un espacio de cultura que tiene por lema la importancia de la acción por sí misma, por el gusto, el placer mismo de hacer lo que hacemos. No por otra cosa, no para otra cosa, sino el valor mismo, intrínseco, de lo que hacemos o preferimos o decidimos. Una bocanada de aire fresco, en el desierto de lo mediático. Agradecidos, estábamos, por la invitación.

¿Tú, qué haces en tu vida “por amor al arte”? Los niños juegan por jugar, el amor verdadero ama por amar, la felicidad completa no depende de otra cosa, el auténtico saber es por el saber mismo, la realización personal no depende de algo más allá de nosotros mismos... ¿Qué procuras hacer por su valor propio, por el valor mismo de hacerlo? Y esto fue lo que dijeron ellos y ellas: me gusta hacer cubiertos de madera; llevo tatuado “leer, vivir, soñar”, ya ves, y cuido de mis plantas; cuido de mis relaciones sociales; aprendo sobre literatura; ayudo con la terapia canina; me gusta bailar; y a mí, leer con música; en mi caso, mi vida entera procuro que sea “por amor al arte” (esta librería es una expresión de ello); mi dedicación a mis hijas no tiene un porqué; yo persigo “causas perdidas”, que no lo son, por tanto.

En el ambiente de la reunión estaban: los cambios en la sociedad, el pensamiento crítico, la cultura de la cancelación, el valor de las humanidades, la polarización, las relaciones sociales, que eran las principales inquietudes de los participantes aquella tarde. Pero preocupaba más que nada la polarización de nuestra sociedad, esta forma exagerada de etiquetar(nos). ¿Por qué recurrimos tan fácilmente, los seres humanos, a las etiquetas? ¿Y por qué se abre camino hoy día la tendencia a extremar o polarizar todo? ¿Será necesario? ¿O será un signo de estos tiempos? Lo cierto es que nuestros protagonistas habían puesto en ello su atención... Y, convertido en realidad, queríamos entre todos descubrir lo que subyace, como buenos filósofos y filósofas que allí estábamos, con la actitud (filosófica) con la que habíamos acudido. ¿Qué es polarizar? ¿Por qué lo hacemos, a quién o qué interesa? ¿Será posible expresar una postura sin tener que poner etiquetas o que otros te etiqueten? Veamos, pues, la investigación llevada a cabo aquella tarde de sábado.

“Polarizar” es poner la realidad en compartimentos estancos y opuestos, extremos exagerados de una misma cosa, absolutos, radicalmente diferentes, sin posibilidad de mediación. Y dijeron ellos y ellas que la acción de polarizar es excluyente: expulsa el razonamiento, la escucha, el resto de realidades del mismo tipo, la empatía, el diálogo, lo que no cabe dentro de un posicionamiento, haciéndolo invisible. En la polarización todo son exclusiones. ¿Tiene esto que ser así? En un ambiente social donde todo tiende a estar polarizado (“estás conmigo o contra mí, si no estás en esto, estás en lo opuesto”) parece una obligación el tener que posicionarse... De la simplificación de la lógica binaria, “la puerta está abierta o está cerrada, pero no puede estar entre-abierta”, se pasa a la obligación de estar dentro o estar fuera de la habitación. ¿Es esto necesario? ¿No puedo estar apoyado en el umbral de la puerta? ¿No puedo estar encima o debajo de la habitación, o más allá o más acá de ella? Fijémonos en el daño que esto nos produce, el daño que esto produce en el mundo... Porque no es lo mismo posicionarse (esto puede ser necesario: siempre miramos desde una posición, más o menos centrada) que polarizarse. ¡Amados dioses, cómo vieron esto de claro los participantes! Una posición no es un polo negativo o positivo; polos, sólo hay dos; posiciones, una ingente cantidad. El polarizar oscurece el ser, nos ciega para todo lo demás. En lugar de polarizarnos, ir hacia el centro desde donde sea posible ver con claridad toda la periferia, toda clase de síntomas o efectos.

Es cómodo poner etiquetas. Necesitamos, decía Nietzsche, orientarnos en el mundo, por eso el humano (demasiado humano) conceptualiza, y cuando lo hace, cree que posee el control de la realidad. Vivimos en esta ficción útil. Y con ella hemos construido grandes cosas... pero no nos creamos que son realidades. No perdamos nunca el norte: los conceptos, las etiquetas son fruto de nuestros deseos, de nuestras inseguridades, de nuestros miedos. El artista nunca lo olvida, que nos aproximamos, pero nunca poseemos la realidad, pues ésta es cambiante y distinta cada vez. El verdadero artista sabe que tan sólo puede estar presente y que no alcanza a reflejar nada más que un momento fijo (ficticio, por tanto) de la realidad. Esto lo olvidamos con frecuencia. Quizás necesitemos olvidarnos... Por lo que es tan importante recobrar la cordura, la lucidez, la sensatez. Como estaban haciendo ellos y ellas, aquella tarde de un mes de abril tan seco. Descubrieron esa tendencia subterránea de lo humano en nosotros, que se nutre de la inseguridad y de la pereza, del culto a lo inmediato y que ha descuidado la escucha paciente de lo que hay, tal como lo hay, me guste más o me guste menos. Pero también dijeron que muchos pueden aprovechar esta inclinación humana por las etiquetas para intensificar la polarización y obtener algún beneficio con ello. Es posible que, ante las crisis que nos aquejan y la permanente lucha por el poder y los beneficios, a muchos le pueda venir bien (a corto plazo, con sus anteojeras puestas) buscar esta polarización creciente de la ciudadanía. Pero volvamos, ¿de qué se nutre la aparente facilidad con que ciertos sectores interesados lo polarizan todo?

Continuaban despiertos nuestros participantes: se nutre de la incapacidad para vivir en la incertidumbre (y lo dijeron sin tener que citar a Nietzsche, como ha hecho este relator), que conduce a un impaciente deseo de pertenencia. En definitiva, miedo a lo que pueda venir, miedo al rechazo, miedo a ser yo mismo y a tomar mis propias decisiones. Miedo, comodidad o miedo. Por consiguiente, la tendencia a polarizar la vida social (política, cultural, y en todos los ámbitos) se alimenta de una doble escisión: la que se impone desde fuera: o estás con A o con no-A; y la escisión que se ha instalado dentro de nosotros, quizás de un modo inconsciente: quiero pero no puedo, quiero pero no me atrevo, quiero pero puedo perder o perderme. ¿Cómo puedo suturar esta fractura? Nos dan estas claves, los que dialogaron: para la escisión interna, el trabajo personal con mis carencias (la mejor manera sería desarrollando mis cualidades, según Antonio Blay); para la escisión externa: cuidar cómo expreso mis posiciones y cómo recibo las etiquetas de los otros, con asertividad.

Entonces, ¿es posible expresar algo sin poner etiquetas? Ya vamos viendo que es posible. Si me voy sintiendo mejor conmigo mismo y cada vez soy más consciente de mí, no separado de ti, entonces, ya no necesito poner etiquetas ni me afectarán tanto las que me pongan. Es un proceso de maduración personal, en que voy comprendiendo que “yo no soy eso” (esa marca que me pongo o que me ponen), que yo no soy el resultado de una comparación o una clasificación, que eso no tiene que ver conmigo. Yo puedo ser yo mismo, si no me confundo con los modos de ser, y menos todavía, cuanto más exagerados sean éstos. Para vivir con autenticidad no es necesario ir por ahí poniendo etiquetas. Quizás, todo lo contrario. Vale.



viernes, 5 de mayo de 2023

¿Dónde poner el origen de lo religioso?


Sobre el origen de lo religioso

Café Filosófico en Castro del Río 6.6

14 de abril de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Gracias al silencio existe la música. Gracias a aquello que no puedo expresar, puedo expresarme.

Cuando consigo quitarme a mí mismo de delante de mis ojos, entonces, cómo cantan y ríen las cosas.

Todo lo que he llegado a poseer vive dentro de una profundidad que no se deja poseer.

José Mateos


¿Dónde poner el origen de lo religioso?

Sin saberlo, el café filosófico de aquella tarde giraría en torno a la idea de cuidado. Buscábamos la génesis de lo religioso y descubrimos el cuidado. Pero, al descubrirlo, ahondamos en la naturaleza humana. En nosotros mismos. ¡Y de qué manera! Sucedió porque cualquier cosa nos inspira, porque todo está relacionado con todo. Solamente hay que estar atento, con la mente abierta, lúcida, y entonces el descubrimiento (aletheia) sucede. No olvidemos que nuestro encuentro acoge a un grupo de personas que investiga. Nos lanza una inquietud: llegar a ser nosotros mismos; buscamos una finalidad: realizarnos. En cada situación. En ese preciso instante.

Estaba un día Cura (el cuidado) atravesando un río y al ver gran cantidad de arcilla, cogió una buena porción y, distraídamente, comenzó a modelar una figura. Mientras pensaba para sí qué había hecho, se le acercó Júpiter. Cura le pidió que infundiese espíritu al trozo de arcilla modelado y Júpiter le concedió el deseo. 

Pero al querer Cura ponerle su nombre a la obra, Júpiter se lo prohibió, diciendo que debía ponerle su nombre, por haberle infundido la vida. Mientras Cura y Júpiter discutían sobre quién debía ponerle su nombre, se levantó la Tierra (Tellus) y dijo que sólo a ella le correspondía darle nombre al nuevo ser, puesto que le había dado el cuerpo. La discusión se prolongó largo tiempo, hasta que los litigantes escogieron por juez a Saturno, el dios del tiempo, que dictó la siguiente sentencia: 

Tú, Júpiter, por haberle dado el espíritu, lo recibirás a su muerte; tú, Tierra, por haberle ofrecido su cuerpo, recibirás el cuerpo. Pero por haber sido Cura quien primero dio forma a este ser, será quien lo acompañe mientras viva. Y, en cuanto al litigio sobre el nombre, que se llame “homo”, puesto que está hecho de “humus” (tierra).

En esta fábula mitológica de origen grecorromano, Higinio nos da noticia de una cualidad esencial del ser humano (que ha nacido de la la tierra, “humus”), la inquietud que implica vivir y el cuidado y autocuidado que necesita toda vida. No en vano, Heidegger puso el cuidado (Sorge) como uno de los rasgos que constituyen la existencia humana, el Da-sein (este “ser-ahí”, “ser en el mundo” que nosotros somos). Precisamente, utiliza esta fábula de Higinio como una anticipación de su análisis existencial. Pues bien, el moderador del encuentro, al proponer esta pregunta de autorreflexión: ¿cómo cuido de mí mismo, de mí misma?, iba a provocar que ya no se perdiera de vista esta posición y esto alumbrara nuevos territorios en la búsqueda, que nos propusimos, acerca del origen de lo religioso. Ellos y ellas, por su parte, dijeron que se cuidan de estas maneras: yo cuido de mí misma viniendo aquí a dialogar con vosotros; mostrando agradecimiento por la existencia y la relación con los demás; tratando de respetar mis propios ritmos personales (biológicos y mentales), que provengan esos ritmos de dentro de mí y no de fuera; trabajando la aceptación; distanciándome de un determinado problema, para verlo mejor; mi manera de cuidarme es curando mis heridas; procuro tener tiempo para mí; trato de ver la vida de otro modo y que no me afecte tanto lo de fuera; me rodeo de cosas que me gustan y que me aportan y enriquecen; busco actividades que me saquen de la rutina, aprendo cosas nuevas y me cuido físicamente. Ahora, ya sabes que la pregunta continúa en el aire para que tú la contestes: ¿y tú, cómo te cuidas a diario? Todos los participantes, y creo que tú también, comprendían que no se trata de ningún individualismo ni otra suerte de egocentrismo, que si uno mismo aprende a cuidarse, estará mejor preparado para poder cuidar de otros. La experiencia lo dice.

¿Cuál es el origen de lo religioso? ¿Cuál puede ser el lugar de la religión en el mundo de hoy? Éstas fueron las preguntas iniciales de los asistentes, que hubieron de ser recibidas en el seno del grupo. El diálogo verdadero es la mejor manera de cuidar y de cuidarnos. Y se establecieron dos hipótesis que pugnaban entre sí: a) lo religioso procede del deseo de dominio; b) lo religioso procede del deseo de vincularse. Lo que significa que, o bien, proviene de una tendencia humana a no responsabilizarse uno de sus acciones (volcarlas en otros); o bien, proviene de un sagrado respeto por lo inexplicable o desconocido. La primera hipótesis aclaraba el hecho de que lo religioso se transforme habitualmente en religión organizada y dogmática. La segunda, aclaraba la persistencia del sentimiento religioso y sus variadas manifestaciones, más allá de las formas estructuradas a las que pudiera dar lugar. Si fuera lo primero, el hecho religioso crecería desde el suelo de la ignorancia; si fuera lo segundo, lo religioso no tendría su base en la ignorancia sino en una necesidad humana: la necesidad de satisfacer un vínculo (una “religatio”) con todo, con cada cosa o ser, con el Todo, orden y unidad de lo existente. Si este sentimiento de pertenencia formara parte del suelo nutricio de nuestra existencia, esta necesidad, entonces se entendería muy bien lo que sucede a menudo: que esta necesidad de vincularse los seres humanos (por ejemplo, unos con otros) pueda ser utilizada como forma de poder, de dominio de unos seres humanos sobre otros.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo proceder? El diálogo mismo nos ofreció la clave: la importancia extrema de ¡cuidar el vínculo! El dominio no cuida del vínculo que necesitamos, unos de otros, unos con otros, todos con todo, lo coarta, lo deforma, lo reduce, lo destruye. Cuidar del vínculo (de nuestros vínculos) es mucho más que (es anterior a) cuidar de otros. En la relación se juega la vida. Si cuidamos este intersticio, este entre-dos (o entre muchos), estamos cuidando de nosotros mismos y de los demás. De ahí que se mostrara tan decisivo, en la discusión, distinguir entre espiritualidad y religiosidad. Ni por un asomo es lo mismo. La espiritualidad no tiene nada que ver con ser creyente o ser ateo. La espiritualidad es una dimensión de lo humano, sin la que no podrían entenderse muchas de nuestras manifestaciones y acciones, que son fruto de nuestra rica y constante vida interior. Esta capacidad humana de conexión consciente con lo que hay, de estar presente, encuentra en el amor o en la unión mística algunas de sus manifestaciones. Pero el grupo sería capaz de descubrir otras expresiones de lo espiritual en nosotros, en todos nosotros.

La espiritualidad humana estaría en el origen del amor, la ciencia, la filosofía, la religión, el arte, en fin, todo aquello humano que concierne a nuestra creatividad, que es más claramente como se despliegan los efectos de nuestra dimensión espiritual. Todas las intuiciones, hallazgos, novedades, creaciones... de cualquier rama del conocimiento o acción humanos, tendrían este mismo origen, espiritual, profundo, central. Esta apertura de sentido originario. Luego vendrán las realizaciones particulares (y el cierre del ser), hasta convertirse esas intuiciones o experiencias originarias en escuelas, corrientes, dogmas, teorías, leyes, estilos, tendencias que, repetidos hasta la saciedad, replicarán a lo largo de la historia esas inspiraciones fundamentales. Una religión, antes de ser una religión es una experiencia; una filosofía, antes de ser una filosofía es una intuición clara y distinta; una escuela artística, antes de ser una escuela es una revelación estética, un modelo científico, antes de ser un modelo científico es un desvelamiento a partir de datos empíricos... y así. En todo está presente esta vinculación originaria. Fijémonos en la importancia de lo espiritual, que ellos y ellas vislumbraron en su diálogo aquella tarde.

Y su aportación, aunque no se dieran mucha cuenta (es consciente ahora este relator), bien mirado, es sorprendente. Una auténtica novedad. Los clásicos (Platón, Aristóteles, los estoicos...) advirtieron que nuestra naturaleza no se agota en nuestro cuerpo (soma), no se agota en nuestra mente (psijé), sino que algo en nosotros se da cuenta, es consciente, es sujeto o testigo (nous); pero ahora sabemos que este sujeto es un sujeto relacionado, potencialmente vinculado con todo, que reside en nosotros. Ser como vínculo. Y que este vínculo ha de ser cuidado, con la suficiente calidez, para mantenerse jovial y receptivo. Para que todas las posibilidades de ser permanezcan (lo más posible) abiertas. Pero el cuidado, claro, necesita tiempo. Como diría Antonio Blay, en todo alumbramiento humano el tiempo está implicado: ya sea antes, como preparación o predisposición para dar a luz la nueva visión o intuición; ya sea después, como asimilación o integración de lo hallado, en los demás niveles de conciencia y en la vida cotidiana. De ahí que ese otro sabio de nuestro tiempo, Martin Heidegger, tuviera que ligar necesariamente, en su obra fundamental, “el ser y el tiempo”. De acuerdo: cura sui, cura nostri.