Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

domingo, 19 de noviembre de 2023

¿Todo es perdonable?


Sobre el perdón

Café Filosófico en Torre del Mar 3.1

19 de octubre de 2023, Taberna El Oasis, 18:00 horas

La comprensión es observar sin condenar. La comprensión produce entendimiento porque no hay condena ni identificación, sino observación silenciosa.(...) En esta observación, por lo tanto, hay completa comunión: el observador y lo observado están en comunión completa. Esto ocurre cuando estáis profundamente interesados en algo.

Jiddu Krishnamurti

¿Todo es perdonable?

Estamos en Torre del Mar, en la Taberna El Oasis, y volvemos a preguntarnos por la tecnología. Una creación nuestra que, como todas, interactúa con nosotros. Y esa interacción ha de ser muy consciente, de lo contrario, en lugar de estar a nuestro servicio, como medio que es, puede pasar (o está ya pasando) lo opuesto, que seamos nosotros los que estemos a su servicio. Una forma moderna de esclavitud. En general la relación que tenemos con la tecnología (con las nuevas tecnologías, pues no paran de brotar como en una almáciga en la que hemos plantado hace siglos unas determinadas semillas...), decimos, nuestra relación con las tecnologías galopa sobre una percepción ambivalente (dependerán los efectos de su uso, se dice), pero en general, la población es consciente de cómo moldea nuestras vidas. Hay una intuición social de su trascendencia. Tanto es así que, tocada esta cuestión al inicio del diálogo, al grupo le fue difícil desprenderse de ella. Casi todas las temáticas propuestas aquella tarde, en la que acudieron participantes que rebosaban nuestra sala, giraron alrededor de la tecnología: la política, la existencia, la esclavitud, las guerras, el poder, se vieron ligadas a la tecnología, mediante la conjunción copulativa “y”. Por suerte, se abrió paso el perdón... queremos decir, la temática del perdón. Pero eso vino después. Antes, cada uno de los participantes expresó su extrañeza con la tecnología, que es el comienzo de la filosofía, mirar lo que hay como si lo viéramos por primera vez.

La tecnología de Internet, a veces, me supera; la posibilidad de comunicarnos tan fácilmente con los teléfonos móviles me quita libertad; veo que se evalúan las tecnologías después de haber sido implantadas; he tenido que adaptar mi forma de enseñar a las nuevas tecnologías; mi relaciones personales han cambiado; me siento más controlada, pues mi información personal está on line; me causan estrés los medios de comunicación; han simplificado mi trabajo; mi movilidad ha cambiado; una bici me cambió la vida; Internet facilita mis gestiones; la información está disponible; tanta inmediatez me molesta, que tenga que responder tan rápido a una llamada; el móvil te acerca las personas que están lejos, pero te aleja de las personas que están cerca; los problemas de adicción cambian la vida de las familias; sé que sería otra persona sin la tecnología; me he visto obligada a tener una página web propia; la fotografía en línea te acerca lugares para pintarlos... fueron algunos de los testimonios de los participantes y, en todos puedes, querido lector o lectora, entrever un riesgo que tendríamos que evaluar juntos.

Muchas cosas están pasando a nuestro alrededor, y quizás haya mucho que perdonar. O no. Quizás existan acciones imperdonables. Sobre esto quiso reflexionar el grupo reunido allí, en la taberna El Oasis, y así nos sentíamos, como su nombre indica, en un oasis en que podíamos dialogar juntos. Veremos qué pasa con el perdón. O qué pasa con nosotros. Lo que estaba claro, antes de comenzar, era que el grupo quería alejarse de la visión judeocristiana del perdón ligado a la culpa, y de la compasión mal entendida. Si perdono a alguien, no le hago ningún favor. Quizás me lo haga a mí mismo. Pero antes de preguntarnos: ¿todo es perdonable?, quizás tendríamos que empezar por saber ¿qué es perdonar? De manera que, antes de hablar de las condiciones del perdón, habría que tener claro sus ingredientes. Y a eso se aprestaron rápidamente. Pero, ¿no son lo mismo, en el fondo, los ingredientes y las condiciones de una cosa? Veremos...

¿Olvidar es perdonar? Parece que no... algunos dicen que perdonan pero no olvidan, o viceversa. ¿De qué olvido hablamos? ¿Hablamos de olvidar o hablamos de otra cosa? Y comienzan los participantes a decir que perdonar es comprender. Una comprensión profunda de lo que ha sucedido, sus causas, su rigen, sus motivaciones, el conocimiento o el desconocimiento de la situación de que partían los actores implicados. Fuera la noción de culpa, tan dañina. Mejor: hacerse uno cargo, responsabilizarse, cuidar. Y cuando se comprende, se perdona, y uno se libera y el otro se libera. Queda borrado todo resentimiento y toda culpa. Pero esto no sucede inmediatamente, sino que necesita un proceso, que posee sus fases: después de la reacción condicionada, automática, del resentimiento o la culpa, si no huimos, si no atacamos, si no nos encerramos, viene la distancia. El tomar distancia: soy capaz de adoptar otra perspectiva, mirar desde otro sitio, más elevado, no atrapado por la circunstancia. Observar y nada más. Más tarde, puede venir el entender lo que ha pasado, por qué ha pasado, ponerme en el lugar del otro, ver la situación como él la ve (esto es posible, dicen nuestros participantes, si hay una buena disposición, desde el principio hasta el final del proceso). Luego, es posible que sea capaz de empezar a ver al otro como soy yo, que busca lo que busco yo, básicamente, vivir bien. Y, si me abro a saber del otro, si obtengo más información de la situación, puedo comenzar a aceptar o asumir lo ocurrido (que no es justificarlo en sus consecuencias o el daño) y quizás el camino del perdón pueda quedar más despejado.

Pero, ¿el perdón solamente viaja en una dirección? ¿Del que perdona al perdonado? ¿Es posible que constituya una necesidad por ambos lados? ¿Que el perdón sea bidireccional, pero que no siempre se encuentren ambas direcciones? Nos dicen los participantes: ambas partes viven mal. Nadie vive bien, si no se perdonan, cada uno su parte, el error del otro, cada uno a sí mismo. ¡Nadie vive bien! Esto lo hemos experimentado todos, alguna vez, de un modo más pasajero o de un modo más continuado. El resentimiento puede durar toda la vida... y se vive muy mal, pero que muy mal, quizás sin darse uno mucha cuenta del porqué. Esto es muy reconocible en las relaciones más cercanas: entre padres e hijos, entre los que eran buenos amigos... Por eso, estas situaciones necesitan un trabajo personal por ambos lados. Arriba se han sugerido algunos aspectos del camino. Finalmente, el grupo indagó si puede hablarse de perdón en el ámbito más general de la sociedad o las sociedades. Y sí, se puede hablar y puede que el proceso sea el mismo... Recordad con Ortega y Gasset que si no ayudo a salvar mi circunstancia (social o histórica), tampoco me salvo yo.

Y nos quedaba pendiente la segunda pregunta: ¿puede haber algo que sea imperdonable? Pero ya llevábamos mucho tiempo dialogando... y no queremos alargarnos. Así que el moderador del encuentro se limitó a realizar una rápida encuesta. El trabajo principal ya estaba hecho: sabíamos qué era perdonar, (en el fondo) un acto de amor, que nos unifica dentro y fuera de nosotros. El grupo había madurado. Así pues: ¿hay algo que sea realmente imperdonable? Y la inmensa mayoría respondió: que no. Cuanto más comprensión y autocomprensión, más capacidad de perdonar y de sentirme perdonado (que esto no es siempre fácil). Entonces, puede abrirse un nuevo amanecer. Salud.



domingo, 5 de noviembre de 2023

¿Por qué mentimos?

 


Sobre la mentira

Café Filosófico en Castro del Río 7.1

06 de octubre de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas

Sea por ejemplo, la pregunta siguiente: ¿me es lícito, cuando me hallo apurado, hacer una promesa con el propósito de no cumplirla? Para resolver de la manera más breve, y sin engaño alguno la pregunta... me bastará preguntarme a mí mismo: ¿me daría yo por satisfecho si mi máxima (salir de apuros por medio de una promesa mentirosa) debiese valer como ley universal para mí como para los demás? ¿Podría yo decirme a mí mismo: cada cual puede hacer una promesa falsa cuando se halla en un apuro del que no puede salir de otro modo? Y bien pronto me convenzo de que, si bien puedo querer la mentira, no puedo querer, empero, una ley universal de mentir, pues según esta ley, no habría propiamente ninguna promesa, porque sería vano fingir a otros mi voluntad respecto de mis futuras acciones, pues no creerían en mi fingimiento, o si, por precipitación lo hicieran, pagaríanme con la misma moneda; por lo tanto, mi máxima, tan pronto como se tornase ley universal, se destruiría a sí misma".

Immanuel Kant

¿Por qué mentimos?

A ver, estamos rodeados de tecnología. Y la aceptamos como algo que ya forma parte de nuestra vida. No nos podríamos imaginar sin tecnología. Esto es lo propio del hombre moderno, tipo occidental. Porque técnicas siempre ha habido, el ser humano es un ser con la capacidad técnica de transformar su entorno, no solamente adaptarse a él, pasivamente. Pero la tecnología es otra cosa: es técnica más ciencia. Y mucho mayor su alcance y sus consecuencias. Porque la tecnología no sólo transforma el entorno, que ya es bastante (miremos a nuestro alrededor), sino que nos transforma a nosotros mismos y nuestras vidas. Estamos tomando consciencia de ello desde mediados del siglo pasado. De ser la ecnología, como debería, un medio para los fines que nos propusiéramos (mejor entre todos), ha pasado a convertirse en un fin en sí mismo, y nosotros un medio para el desarrollo de las tecnologías. No están a nuestro servicio, sino que nosotros estamos a su servicio. Esto ya parece claro, a estas alturas.

Así notamos (y nuestros participantes lo anotaron, en este primer diálogo filosófico de la temporada en Castro del Río) que muchas veces somos nosotros los que tenemos que adaptarnos a una determinada tecnología: así, me siento más controlado, soy un número; me impide pensar; interfiere en mis relaciones; tuve que abandonar mis estudios porque no podía seguirlos, al ser on line; ha provocado éxodo social y laboral; ha cambiado mi modo de comunicarme; me he sentido más controlado en mi empresa; estuve enferma, intenté aclararme con internet y me confundía más que me aclaraba; la banca on line me aleja de mi dinero y excluye a muchas personas, porque ahora son más bien usuarios que personas; las nuevas tecnologías producen adicción. ¿Nos estaremos engañando a nosotros mismos con nuestra veneración actual por las tecnologías, pensando que nos dan, cuando en realidad nos quitan? Sin duda, necesitamos una reflexión social, y en serio. sobre la tecnología.

Después de este preámbulo, el encuentro abordó directamente la mentira. Cualquier mentira. ¿Por qué mentimos? Pero, lo primero, distinguir entre verdad y mentira. Cuando mentimos afirmamos o manifestamos algo contrario a lo que sabemos, creemos o pensamos, dice la RAE. Pero la verdad es otra cosa, está más allá de nosotros porque la verdad es a pesar de nosotros, y la buscamos denodadamente, la realidad. Pues bien, los participantes quisieron distinguir distintos tipos de mentira, con sus restricciones propias.

La (llamada) mentira piadosa. Una mentira, dicen, para no hacer sufrir al otro. Con muy buena intención, pero, ¿puede ser contraproducente a la larga? Por ejemplo, una persona enferma, con un pronóstico terminal, si quiere saberlo, ¿no debería saberlo? Una persona que ha sido adoptada por sus padres, ¿no debería conocer la verdad? ¿No hacemos un mal a los demás y a nosotros mismos evitando la verdad? Luego está el modo de comunicarla, que es muy importante: el momento adecuado, adecuado a la situación vital y emocional de la persona afectada. Para esto, sí hace falta la piedad, pero no para ocultar la verdad a sabiendas o mentir.

La mentira interesada. ¿Es lícito mentir para satisfacer un interés u obtener un beneficio? Sucede mucho. Y mueve mucho... en las empresas, en la política, en la mercadotecnia, con los bancos, con las aseguradoras, etc. ¿Por qué no lo iban a hacer los individuos en sus relaciones? ¿O fue al revés, primero los individuos y luego las corporaciones? En todo caso, si mentimos de esta manera, es necesario prever las consecuencias, evitar los daños y, sobre todo, reflexionar: ¿es necesario mentir para satisfacer un interés propio? Puede que, en el fondo y a la larga, sea más “productivo” ser sinceros y mostrarse como realmente somos... Imaginad un político o una empresa que esto lo pusiera por bandera y lo llevara a cabo en la práctica... “Vendería” más que nadie. Esto sí que sería un auténtica innovación en el mercado. Y vaya si lo buscamos.

La mentira por superviviencia. Se dan situaciones en la vida en las que mentir parece una opción válida, si está en juego algo valioso, como la vida o la libertad. Aunque jure que no mentirá, nadie se escandaliza si un acusado mienta. Pero aquí puede haber una necesidad insoslayable, quizás. Cuando sucede en una situación “a vida o muerte”, pero no cuando se convierte en norma o en una forma de vida. No si uno se engaña a sí mismo. O bien, si la situación no es, en realidad, tan desesperante o crucial.

En fin, que nuestros participantes estuvieron un largo rato analizando algunos de los casos de mentira y sus circunstancias. E iban quedando satisfechos. Pero, el moderador, que tiene algo de aguafiestas o moscardón socrático, pregunta: ¿la mentira es justificable en sí misma? Y expuso el caso que plantea Immanuel Kant: si alguien, cuya vida está en peligro de muerte, se esconde en nuestra casa y el perseguidor nos pregunta, ¿hemos de ocultar que está escondido en nuestra casa y mentir? Y todos los participantes, ellos y ellas, dijeron que sí... y que se fuera a tomar el viento el referido Kant. Pero mirad (éste se defendía), si esta norma de “mentir cuando convenga” la extendemos universalemente (es decir, que todo el mundo debería hacerlo cuando lo considere necesario) esa misma norma o máxima de acción, nadie creería a nadie y se destruiría la posibilidad misma de la convivencia. Pero nada, que no estaban de acuerdo... y con razón. En ocasiones la ética kantiana es excesivamente rigorista y se sitúa fuera del contexto vital particular. El contexto y las circunstancias en que está inscrito un acto moral es muy relevante para emitir un juicio o deliberar qué debemos hacer. Y cada caso es único e irreductible. ¿Puede un juez aplicar una ley a un caso de un manera ciega o general, desconociendo las circunstancias particulares de dicho caso? De hecho no lo hace... por eso las sentencias se acompañan atenuantes y agravantes.

¿Cómo salir de este embrollo? El grupo determina como clave para juzgar una mentira, su valor o idoneidad, el que no conlleve un autoengaño del propio agente de la acción. Si yo soy plenamente consciente de mí y de la situación, y existe una suficiente transparencia en mi interior para poder juzgar con objetividad lo exterior, y no miento como un hábito, sino que tomo la mejor decisión de que soy capaz, en cada caso, y decido conscientemente mentir o no mentir, entonces, mi acción sería adecuada. ¿Qué te parece esta conclusión? En los subrayados estarían las claves, lo que ha de ser trabajado personalmente. Tú decides, pero no te mientas a ti mismo. Que sepas lo que estás haciendo en cada momento y por qué. Y la pregunta fundamental, que nunca debo olvidar: ¿de verdad, es necesario que yo mienta en este caso? Kant sigue vivo y coleando. Vale.




sábado, 4 de noviembre de 2023

¿Por qué somos tan susceptibles?

 
Sobre nuestras susceptibilidades

Café Filosófico en Vélez-Málaga 14.1

03 de octubre de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas


Admiro a las personas que son como yo quiero llegar a ser, pero a la vez, estoy rechazando a las personas que son lo opuesto de lo que quiero llegar a ser (…) Cuando yo siento una reacción de oposición activa, de rechazo contra algo o contra alguien o contra un defecto, esto está indicando que este defecto también está presente en mí y lo estoy reprimiendo.

Antonio Blay


¿Por qué somos tan susceptibles?

Comenzamos nuestro primer encuentro de la temporada en Vélez-Málaga, dentro de un proyecto renovado: Ágora de Filosofía practicada. En esta ocasión, se trató de nuestras susceptibilidades, que al parecer son muchas hoy en día. Nos hemos vuelto, nos parece, muy susceptibles; que no es lo mismo que ser sensibles. Y sucede tanto a los individuos como a la sociedad en general, por lo menos, la que nos rodea. La sociedad de la hipersensibilidad y de lo políticamente correcto (otra manera de acercarnos al mismo fenómeno que preocupó aquella tarde de martes a los asistentes). Como una participante expresó con vehemencia, nos sentimos muchas veces inseguros, por miedo nos callamos o nos autocensuramos, no vaya a ser que alguien se moleste, no vaya a ser que se diga algo inconveniente, no vaya a ser que yo atente, sin querer, contra algo o alguien... Y ahí está situada la cosa, de manera que ya no distinguimos entre lo hecho o lo dicho y la intención que lo anima, y esto, como sabemos por lo menos desde Kant, es necesario considerarlo para poder juzgar un determinado acto moral.

Pero dejemos que el relato de lo que aconteció aquella tarde, allí, en la Sociedad “La Peña”, se cuente con su propio orden. Lo primero que se hizo fue dar la bienvenida a las personas interesadas en estos encuentros filosóficos, que son ya muchas, las que se han ido sumando a lo largo de estos trece años de filosofía practicada. Y se recordó su naturaleza y las reglas básicas del encuentro. Y se planteó, como de costumbre, la cuestión de inicio, autorreflexiva. Puesto que es fundamental para vivir bien cómo nos relacionamos con nosotros mismos, hay que desarrollar la autoafirmación (no ya la autocrítica o la recriminación hacia nosotros mismos, que suele ser frecuente), pero no como un deseo o una huida de algo. Pregunta el moderador: ¿cuándo ha sido la última vez en que nos hemos sentido orgullosos, satisfechos de nosotros mismos?

Y los participantes, ellos y ellas, desgranaron para nosotros sus experiencias: en lugar de discutir, dejar que mis hijos reflexionen por sí mismos; he sido capaz de reiniciar una peña que existió en otra época; logré convencer a mi hermano para que saliera a la feria y se lo pasó muy bien; me siento muy bien conmigo misma al acabar mi trabajo cada día; he sido capaz de venir hoy aquí y hablar en público; me atreví a decir lo que pensaba y todo fue muy bien; he iniciado una colección diferente de libros; le di a mi hijo un dinero que necesitaba; hacer cada día al acostarme examen de conciencia; me robaron mi viejo móvil y me alegré; junto con otras personas mayores hemos leído un cuento a unos niños; me sentí ofendida, pero no me disgusté y hablé con esa persona; contemplar la arboleda debajo de mi casa; ayudé a un amigo que lo estaba pasando mal; he sabido cuándo debía callarme; fui capaz de grabar un vídeo de presentación de mi nueva web; he visto a mis amigos muy bien en mi casa; he podido repetir y comprender una práctica de un curso que había realizado; una señora se desmayó y logré sujetarla antes de que se diera contra el suelo... Y ahora es tu turno.

Y comenzamos con el diálogo propiamente dicho: ¿vivimos en una sociedad donde predominan las personas hipersensibles? Y las discrepancias iniciales a la pregunta mostraron poco a poco un malentendido de base: era necesario distinguir entre sensibilidad y susceptibilidad, entre la empatía y la reactividad. Por un lado, sentir como propio lo que sienten los demás y, por otro lado, la reacción automática o subconsciente en nosotros respecto a lo que hacen o dicen o piensan los demás. ¡Y de esto último estábamos hablando! La sensibilidad es necesario mostrarla para hacer de este mundo un lugar mejor, pero la susceptibilidad supone una carencia en la persona que la siente (o mejor, la padece) y necesita de un trabajo consigo misma, con o sin ayuda. Pero veamos todo a su tiempo, porque a esta conclusión se llegó después de un análisis del grupo, acerca de los factores que nos vuelven tan susceptibles. Vamos a seguirlos en sus pesquisas sociológicas y psicológicas, pues fueron cercando el fenómeno desde lo exterior y desde lo interior.

Muchas veces somos más o menos susceptibles dependiendo del estado interior de la persona, si se siente bien o mal consigo misma. Esto es el fondo de tantos malentendidos y disgustos que nos acontecen, por ejemplo, en la redes sociales de internet. No es lo que leo que se dice, sino, como diría Epicteto si viviera esta época, cómo me tomo yo lo que estoy leyendo que ha sido escrito por otro. Y esto está gobernado por mi estado interior que ya estaba previamente en mí. Por eso, es tan importante pararme a pensar mi respuesta, pensar con cautela lo que escribo, si lo pienso de verdad o es consecuencia de mi estado emocional (que siempre es pasajero), y no simplemente limitarme a reaccionar. Unos segundos de dilación en la respuesta es suficiente en bastantes ocasiones.

Muchas veces pretendemos enfatizar los derechos de las minorías y eso está bien, sobre todo cuando es necesario, porque preceden olvidos, discriminaciones o maltratos. Pero es importante ser conscientes de cómo llevarlo a cabo adecuadamente. Es importante considerar cómo se definen y se defienden los derechos y la singularidad de la minoría en cuestión, sin por ello poner en la penumbra a otras minorías o a las mayorías (si las hay). El desconocimiento mutuo suele ser muy nocivo, pues produce interpretaciones sesgadas que llevan a emitir juicios, o bien, a producir reacciones que no satisfacen en absoluto al otro; que conducen a no sentirse reconocidos por las manifestaciones del otro. El principio, aquí sería: quien sufre, sufre por algo, una causa o necesidad no cubierta, que los implicados deberían comunicarse y ser capaces de comprender mutuamente.

Muchas veces los medios de comunicación, de todo tipo, no buscan el bien y la verdad, o lo intentan más bien poco, y se vuelven tóxicos, sesgados, subjetivos, interesados... Y se sobre-dimensiona lo escandaloso, lo morboso, lo que puede vender más (que a la vez contribuye a (mal)educar a la sociedad en esta dirección), se busca lo que puede diferenciarle de otros medios, satisfacer a sus respectivas parroquias, que esperan oír lo que quieren oír y las personas no investigan por sí mismas, etc. Y se olvida el cuidado que un buen profesional del periodismo, por ejemplo, nunca debe dejar de lado: no confundir entre información e interpretación o juicio. Si nos fijamos, lo que predomina muchas veces no es la información o el análisis objetivo (en lo posible), sino más bien los juicios de valor y las opiniones, que se presentan como si fueran un saber. Esto molestaría mucho a Platón: el saber no se puede confundir con la opinión, el saber es una opinión fundada en buenas razones, y ésta es la clave, que suele olvidarse a menudo. Y esto también sucede en la política, por desgracia. Si alimentamos la polarización, no nos extrañemos del conflicto constante entre susceptibilidades.

Muchas veces la reacción susceptible se ha producido porque la situación ha tocado algo no desarrollado, o reprimido, de la persona, y reaccionamos, porque no sabemos responder de otra manera. Ésta puede ser la base psicológica de la susceptibilidad, y la susceptibilidad sería su efecto resultante. Precisamente, como señala el sabio Antonio Blay, eso que me altera, que me saca de mí, eso que produce dentro de mí una protesta, es una posibilidad de conocerme mejor. Los demás me ayudan a conocerme mejor, más todavía los que no están de acuerdo conmigo o son (o creo que son) diferentes; hasta mi mayor enemigo puede mostrarme una faceta de mí que yo desconocía. Algo a trabajar, algo a desarrollar. Y cuando esto lo practico (observar por qué en mi interior se está removiendo algo y qué se está removiendo) dejo de ser tan susceptible o reactivo y empiezo a relacionarme mejor conmigo mismo y con los demás.

En definitiva, seríamos menos susceptibles, si aprendemos a dejar de confundir sensibilidad y susceptibilidad, mi derecho a expresarme y la impulsividad inconsciente, lo que se debe a mí y a mis cosas y lo que realmente viene del otro, la información o los datos y los juicios o la interpretación, si aprendemos a no interpretar las situaciones humanas de un modo simplista o reductivo, sólo desde un punto de vista, el mío, parándonos a pensar, a reflexionar, en definitiva, mirarme yo antes de mirar a los demás y verme a mí en los demás, que son básicamente como yo y buscan básicamente lo mismo que yo, vivir y no solamente sobrevivir. Es posible que, de esta manera, fuéramos poco a poco menos susceptibles y más nosotros mismos y que pudiéramos vivir de un modo más auténtico nuestra realidad. Precisamente, éstas son capacidades que ayuda a desarrollar la práctica de la filosofía. Y eso hacemos juntos aquí. Salud.




miércoles, 1 de noviembre de 2023

¿Cómo educar en valores en un mundo tan diverso?

 Detalle del mural "La tierra te habla, escúchala" de Sake Ink

(Detalle del mural "La tierra te habla, escúchala" de Sake Ink)

Sobre la educación en valores

Diálogo Filosófico en Málaga 2.1

25 de septiembre de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas

La primera y más importante parte de la filosofía es la que trata de la práctica de los preceptos. Por ejemplo: “No mentir”. La segunda, es la referida a las demostraciones: “Por qué es preciso no mentir”. La tercera es la que afirma y articula las anteriores: ¿Por qué es esto una demostración, qué es una consecuencia, qué una contradicción, qué es verdadero y qué es falso? Esta tercera parte es necesaria para la segunda, y la segunda para la primera; pero la más necesaria de todas, y en la que han de reposar, es la primera. De ordinario, invertimos tal orden; nos detenemos enteramente en la tercera y todo nuestro afán gira en torno a ello y descuidamos por completo la primera. Así pues, mentimos, pero tenemos a mano cómo se demuestra que no hay que mentir.

Lucio Flavio Arriano, Enquiridion o manual de Epicteto


¿Cómo educar en valores en un mundo tan diverso?

Todos somos más o menos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos o, al menos, así nos lo parece. Es posible que al pasar de los años, en décadas venideras, puedan percibir nuestros problemas como complicaciones de nuestra mente de ahora. Ojalá sea así. La cosa es que lo vivimos de una manera agobiante, y muchas veces parece que nos falta el aire. Los medios de comunicación usuales se encargan de echar leña al fuego y nos atiborran con una carga de malas noticias que a cualquiera le cuesta mantenerse en pie. ¡Una buena noticia, por favor!, parece decirnos nuestro subconsciente... Y eso mismo fue lo que el moderador del encuentro planteó a los asistentes. Vamos a sacudirnos el polvo de tanta mala noticia. Si estamos atentos, todos los días hay buenas noticias, de hecho, estamos aquí y el mundo funciona, es muy posible que gracias a la acción callada de millones y millones de personas que sostienen el mundo más allá de lo que trasciende en los noticiarios. Pero eso no parece ser noticia... Vamos a impugnarlo. Y así lo hicieron nuestros participantes.

Por ejemplo, los equipos del Málaga y del Unicaja han ganado, por ejemplo, alguien oyó en el autobús que en el Ateneo se hacían estos diálogos filosóficos y aquí está con nosotros, por ejemplo, mirad lo que las mujeres están consiguiendo también en el deporte, por ejemplo, miremos que llega el otoño cargado de nuevas sensaciones, por ejemplo, sabed que los maravillosos arrecifes coralinos de Australia se han recuperado, por ejemplo, que existe un espacio en donde todavía cabe el diálogo, por ejemplo, muchas veces la buena noticia es que no haya noticias, por ejemplo, todavía hay un mínimo de educación en las personas, por ejemplo, todavía somos capaces de entendernos, por ejemplo, Málaga está de moda, esperemos que en el buen sentido, por ejemplo, haber podido recuperar la filosofía después de tantos años, por ejemplo, hay en nuestra ciudad muchas actividades culturales, por ejemplo, el sol continúa dando en la fachada, por ejemplo, estamos vivos, por ejemplo, ha llovido en el norte de donde vengo, por ejemplo, no saber nada, que es el comienzo de todo saber, por ejemplo, se ha creado una institución que acaba de acoger a quince personas, y si no percibimos ninguna buena noticia, hay que aprender a mirar de otra manera, hacia el lugar adecuado.

Pues bien, si el nuestro es un mundo tan diverso y complejo, como decíamos al comienzo de este relato, ¿cómo educar en valores hoy día? Un mundo convulso, difícil y desbocado, en donde todo parece que se confunde y que nada es, con una mínima consistencia. Un mundo líquido, dicen. La educación tiene hoy un gran reto, así pues. Porque no basta el conocimiento de los valores o las proclamas oficiales o pedagógicas. En demasiadas ocasiones, observamos la distancia que hay entre lo que decimos que hay que hacer y lo que hacemos de hecho. De manera que muchas veces es más eficaz el ejemplo o el modelo, que tomamos como referencia, que las normas o lo que debe ser, según se proclama desde las instituciones y las buenas intenciones. Con esto, los participantes anduvieron un largo rato planteando el problema que les preocupaba, la crudeza y la realidad del dilema que acucia a la educación en nuestros días, ya sea en el contexto familiar, escolar o en cualquier otro contexto: cómo mantenerse a distancia del adoctrinamiento y la libertad desorientada.

Sabemos la diferencia que existe entre la información y el conocimiento; disponer de mucha información pero carecer de criterio propio para discriminar entre toda ella... Así pues, nuestros participantes, ellos y ellas, más allá de la educación en unos valores determinados (que pueden caer en el vacío, ser demasiado abstractos o teóricos y no ajustarse demasiado bien a cada caso particular) abogaron por una educación que tome como su centro el desarrollo de la madurez personal. Sin esta base, cualquier valor puede encallar en cualquier puerto, convertido fácilmente en arrecife. De este modo, por ejemplo, contemplamos con estupor cómo descarrila el modo de hacer política en la actualidad. Si trabajando juntos se puede perseguir lo que sería mejor en un caso dado, pero priman los intereses de partido, conseguir el poder y mantenerse en él a toda costa; si hago lo que me hacen o hago lo que debo sólo si calculo que me van a pillar o soy muy crítico pero muy poco autocrítico, etc. En general, si el móvil de mis acciones son el miedo, la comodidad o el deseo, seguramente, me será muy dificultoso interpretar un determinado valor y aplicarlo correctamente a un caso particular. Sin embargo, la verdadera y necesaria madurez para ser capaz de llevar a cabo los valores (lo que consideramos valioso en cada momento y digno de ser perseguido y puesto en práctica) se va alcanzando si desarrollamos las cualidades básicas o esenciales que están en el fondo de la realización de los valores. De lo contrario, se nos antoja, y lo observamos a diario, muy complicado vivir y convivir de acuerdo a valores.

Pongamos algunos ejemplos: la libertad es un valor fundamental, pero una personalidad poco madura lo puede convertir en tiranía (“mi libertad vale más que la de los demás”); la igualdad puede derivar en igualación, olvidando o arrasando las diferencias; la lealtad, se puede convertir en partidismo o un seguimiento ciego de la acciones más injustas; la tolerancia, en tolerancia de lo intolerante o intolerable; el respeto, en sumisión o temor; la belleza, en huero esteticismo puede llevar a justificar cualquier acción inmoral; el amor se puede convertir en posesión, control o dominación de los demás; y así podríamos continuar... Entonces, lo reiteramos: ¿de qué nos sirven los valores sin son personas inmaduras las que los llevan a cabo? Este es el reto de la educación actual, si tomamos conciencia de dónde vienen nuestros problemas cotidianos con los valores. Si son lo más valioso, ¿cómo no se ven plasmados en la realidad, en la sociedad y en los individuos, y vivimos rodeados de tantas y tan cuestionables actitudes y comportamientos? Desde siempre, los sabios nos han dicho que cualquier cambio exterior es una consecuencia de nuestra transformación interior... Vamos a comenzar por ahí. Autoconocimiento y autorrealización. La buena educación podría comenzar por tratar de desarrollar esto (si los propios educadores ya han realizado este trabajo previo consigo mismos, claro). Y, ¿cómo lograr el desarrollo de nuestras cualidades esenciales? Practicando su expresión en nuestra vida y en las relaciones con los demás. Si hemos saboreado nuestra identidad, nuestra energía, nuestro amor, nuestra inteligencia profundos, interiores, no necesitaremos defendernos, mintiendo, atacando, huyendo... sino que nos mostraremos tal cual somos. La conciencia de nuestro propio valor favorecerá la realización auténtica de los valores... Esto es.

lunes, 25 de septiembre de 2023

¿Cómo es posible aceptar las diferencias?


Sobre las diferencias

Café Filosófico en Capileira 2.6

29 de agosto de 2023, Terraza La Llorería, 19:30 horas


Que nadie, mientras sea joven, se muestre reacio a filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven.

Epicuro, Carta a Meneceo


¿Cómo es posible aceptar las diferencias?

No hacemos otra cosa que girar en torno al sol. Lo hacen los planetas y lo hacemos nosotros. De manera que el grupo tuvo que adelantar media hora el momento de su encuentro filosófico. No en vano, había pasado algo más de un mes y había cambiado nuestra situación respecto del sol. Pensado de otro modo: el sol es el norte que nos orienta con su luz y nos permite ver más claro. Los seres humanos accedemos a una mayor claridad a través del diálogo. En realidad, pensar juntos es un acto de amor, que nos reúne entre nosotros y con el universo. Pues bien, aquella tarde, se concitaron todas las diferencias de este mundo. Y las hay. Innumerables. Pero quizás se pueda percibir algo más, a través de ellas... Heráclito de Éfeso fue capaz de verlo: una unidad de base, no arbitraria, que puede comprenderse según lógos, la palabra universal pensada. Allí había diferencias, éramos diferentes, pero dialogando nos entendíamos. A medida que el sol pasaba al otro lado del Barranco del Poqueira, nos iba dejando una luz lechosa y mate, que nos seguiría acompañando.

Pensemos un poco la utopía, propone el moderador del encuentro. La utopía positiva que nos orienta en nuestra búsqueda. ¿Cuál sería tu deseo para un mundo mejor? Levantemos la vista y miremos hacia el horizonte: en este momento, algo con lo que me pueda comprometer, algo factible, porque también depende de mí. Y esto nos dejaron dicho, ellos y ellas: vivir las pausas, recuperar la responsabilidad en la política, que el voto inteligente de los ciudadanos sea la norma, no alimentar la apatía, volver una y otra vez al respeto mutuo, un pesimismo combativo que no se abandone a sí mismo, entendernos y evitar el sufrimiento evitable, que la vida sea vivida desde el corazón, cultivar lo bueno dentro de nosotros para que pueda expresarse fuera, pensar antes de hablar, poder vivir más desde nuestro centro...

Y dio comienzo el diálogo sobre la diferencias: ¿por qué nos cuesta aceptar las diferencias? Pero, ¿nos cuesta tanto? Quizás sea una pregunta tendenciosa. Así que el grupo la sustituyó por esta otra, más neutra: ¿es posible aceptar las diferencias? Y se sucedieron las aportaciones del grupo. Se dijo que lo fundamental es no negarlas. Es necesario empezar por ahí. Pero, no negarlas en la práctica, en el día a día, porque es muy fácil en el discurso: “no, si yo acepto las diferencias y a los diferentes...”, pero ya sabemos lo que pasa en demasiados ocasiones. Lo cierto es que, con frecuencia, las diferencias se perciben de una manera conflictiva. De ahí que el grupo, con su propia conducción, mostraba que la primera pregunta seguía activa todavía: ¿por qué nos cuesta tanto convivir con lo diferente?

Y éstas fueron las hipótesis que el grupo lanzó al aire entre los cuerpos, para ser valoradas: los impermeables intereses contrapuestos; siento que se ataca mi inseguridad, y recibo la diferencia como una amenaza; tengo miedo a lo desconocido; los prejuicios me ciegan, no miro con apertura; entiendo la relación como una lucha de poder: dominar o ser dominado; ah, y la vieja envidia: el otro tiene lo que yo creo carecer. Y en esto, que el moderador pregunta: ¿por qué alguien me cae mal; su sola presencia me altera y me saca de mí? Y el grupo convino, tras una breve discusión, que, en el fondo, en estos casos, lo que sucede es que una insatisfacción con una parte de mí, que yo reprimo, la veo reflejada en el otro, y se desencadena la incomodidad, el malestar, la protesta interior que se traslada exteriormente, contra el otro. De este modo, mis incomodidades en la relación con los demás son una buena guía para conocerme mejor a mí mismo... esas partes de mí que aún no he integrado adecuadamente.

A continuación, el grupo quiso volar sobre la alfombra mágica de una actitud constructiva (ya que habíamos comenzado hablando de la utopía...). Cultivemos la curiosidad. Cuando viajamos a lugares distintos del nuestro, la curiosidad está a flor de piel. ¿Por qué no adoptarla como actitud “por defecto”, porque sí, antes de pensar nada, antes de juzgar nada. ¿Y ser conscientes del otro y a la vez de mí? Esto podría mantener a raya el miedo a perderme, y no sentir al otro como una amenaza... Es un ejercicio altamente reconstituyente: cuando presencio algo diferente o que no me gusta, tratar de ser consciente a la vez de mí mismo. Pruébalo. No posee contraindicaciones ni efectos secundarios. Y comprender. La comprensión, generalmente, ha sido mal comprendida. Pues no se trata de dejar pasar todo, no hacer nada contra lo injusto o dañino, o justificarlo, sino tratar de verlo desde sí mismo... aceptar la diferencia y ya luego decidir qué hago con respecto a ella. Pero apreciarla, valorarla en su contexto propio de sentido. Muchas veces, para poder aceptar las diferencias externas a mí, habré de hacer primero un trabajo de aceptación de lo mío. Es un hecho de experiencia cómo la falta de integración interior (no haber resuelto mis problemas de relación conmigo mismo), nos lleva a un desarraigo o a una disarmonía con lo exterior.

No dio tiempo a seguir por este camino, pero los participantes te han abierto una puerta por la tú puedes entrar... a ver, lo que encuentras. Es muy posible que, traspasar la puerta de la tolerancia a lo diferente (que no es lo mismo que ser indiferente ante las diferencias), puedas vivir mejor. De eso trata la Filosofía. El médico atiende al cuerpo y la Filosofía, en el verdadero sentido, atiende al alma, estaban seguros Sócrates o Epicuro. Ex-sistir (en el mundo) supone contrastar, comparar, y así aparecen los conceptos, esas etiquetas útiles que la mente necesita para orientarse y poder sobrevivir, estableciendo gradaciones y clasificaciones de los seres. Esto es humano. Así nos vamos conformando en este mundo. La clave está en no quedarse ahí y poder ver las etiquetas como etiquetas y no como realidades; simples metáforas, que diría Nietzsche. La cuestión decisiva para vivir bien (y no solamente sobrevivir) es no quedarnos a la intemperie, en esa apariencia, no perder el sentido básico de la orientación, todavía ser capaces de volver a casa, a la unidad que somos, llámala esencia, hermandad o como quieras. Sucede cuando soy capaz de ver al otro, en el fondo, como me veo a mí, que busca lo mismo que yo... quizás ser feliz, cada uno a su manera. Vamos, pues, a buscarlo juntos. Salud.





martes, 1 de agosto de 2023

¿Por qué tanto miedo al cambio?


Sobre el miedo al cambio

Café Filosófico en Capileira 2.5

25 de julio de 2023, Terraza La Llorería, 20:00 horas


A propósito de todas las iniciativas, hay una verdad elemental cuya ignorancia mata innumerables ideas y espléndidos planes: en el momento en el que uno se compromete de verdad, la Providencia también lo hace. Toda clase de cosas comienzan a ocurrir para ayudar a esa persona, cosas que sin su previo compromiso jamás habrían ocurrido. Todo un caudal de sucesos se pone en marcha con aquella decisión ayudándole por medio de incidentes inesperados, encuentros insospechados y ayuda material que nadie hubiera soñado que pudieran ocurrir. Si sabes que puedes, o crees que puedes, ponte en marcha. La audacia tiene genio, poder y magia.


Johann Wolfgang von Goethe


¿Por qué el miedo al cambio?

Sabemos que el miedo es una emoción natural en los seres vivos. Aparece más claramente en un ser cuanto más conciencia posee de la cercanía de un daño o un peligro para su integridad. Y se manifiesta de muy diversas formas, desde reacciones químicas a movimientos automáticos, desde huidas o camuflajes programados genéticamente a reacciones viscerales o inhibiciones personales. Todo ello les permite a los seres vivos adaptarse mejor, adelantándose a los efectos probablemente nocivos para sus vidas. Pero esto no es lo que más inquieta a un ser (humano) que se pre-ocupa por tantas cosas, que pueden suceder en el futuro, o bien, le han quedado grabadas del pasado, sino el miedo construido mentalmente, aunque posea también influjo social o cultural. Tenemos miedo a la muerte, miedo al ridículo, miedo incluso al amor; miedo, en el fondo, al miedo, a sentir miedo a perder algo, a que algo cambie, miedo al miedo que podemos sufrir por todo aquello que sea desconocido o sea diferente. De ahí que, quizás, el mejor tratamiento del miedo, para hacernos fuertes en el miedo, sea entenderlo como una actitud. El miedo como una determinada actitud ante lo que nos da miedo, que nos puede llevar, más allá del dolor, a sufrir. Éste fue el modo cómo los participantes en este diálogo filosófico, en la agradable terraza de la cafetería La Llorería, con largas vistas al Barranco del Poqueira, enfocaron sus propios miedos, en especial, el miedo a los cambios en la vida.

En efecto, estábamos en uno de los pueblos más bonitos de la Alpujarra (y, oficialmente, de España), y el moderador, amante de estas tierras altas, sol y agua y nubes, quiso preguntar acerca de eso que más valoraban los participantes del hecho de vivir en la Alpujarra. Y señalaron valores como los siguientes: el fresquito de aquí; el paisaje montañoso y la gente solidaria; el darse los saludos al cruzarse por la calle; el despertarse con los pájaros y la cercanía de las personas; el verdor, lo fresco, la montaña, el sosiego; la seguridad, la tranquilidad y la gente sana; el silencio y la amplitud de la mirada que aquí es posible; la ausencia de prisas y la relación íntima con la naturaleza; el poder ver con nitidez las estrellas; el que mis hijos hayan crecido de la manera que yo quería; aquí nos vamos cambiando unos a otros, los que vienen con los que están y los que están con los que vienen; me siento arraigada.

Lo desconocido, lo diferente, quizás nos asusta. Pero, ¿por qué mostramos resistencia a los cambios, esos virajes de la vida hacia lo desconocido o lo diferente?, ¿qué es lo que nos da miedo del hecho de que se produzcan cambios? Si lo miramos sin más, sin añadir nada mental (creencias, ideas, valoraciones), siempre se están produciendo cambios, constantemente. La escuela de Éfeso (Heráclito, Crátilo...) lo destacaron como una propiedad inherente de todo lo que existe o physis, como lo llamaban. En el mundo todo es gracias al cambio. Unos seres se transforman en otros, dialécticamente y evolucionan. ¿Por qué tantas veces esto, que es un hecho natural, cósmico, se vuelve traumático para los seres humanos? Nuestros filósofos y filósofas, desde la altura de su mirador, desenvolvieron algunas hipótesis, que nos ayudarían a comprender este miedo a los cambios, en sí mismos (puesto que suceden) inevitables. Con sus respectivas actitudes inadecuadas que nos llevan a sufrir por ello y, luego otras actitudes más adecuadas que nos permitirían sobrellevar mejor los cambios, incluso, llegar a saborearlos, a disfrutarlos. Veamos.

1) El miedo se origina cuando se producen cambios rápidos... Pero, ¿qué es lo que está en peligro con ese cambio acelerado?, pregunta el moderador. Se pierde mi identidad, quién soy yo, responde la participante. Diríamos: me pierdo a mí mismo, me disipo en la vorágine de los cambios. Ya no sé quien soy. Yo estoy en peligro.

2) El miedo aparece cuando los cambios no son conformes a mi vida... Pero, ¿por qué amas tanto lo que es conforme a tu vida?, pregunta el moderador. Porque me he identificado con ello, responde otra participante. No sabría vivir de otra manera. Y ahora, éste es el problema no ya de la identidad, sino el problema de la identificación. Si yo me identifico con algo (mi familia, mis posesiones, mi prestigio social...), si esto cambia, si le va mal, a mí me irá mal y sufriré. Así, al poner fuera de mí lo que soy, quedo a merced de los acontecimientos, vivo en un continuo desasosiego.

3) Otra manera en que puede aparecer el miedo a los cambios consiste en verme obligado a tener que prescindir de mi habito, de mi costumbre. Me siento cómodo con lo que hago, me va bien, así me siento orientado. Me da seguridad. Un cambio puede llevar a que la tierra debajo de mis pies se vuelva un completo pozo de arenas movedizas. Y yo no quiero eso. Estoy bien como estoy. No quiero vivir así, sometido a esa inestabilidad.

4) El miedo muchas veces se alía con la pereza. Es más cómodo no pensar, no vivir, no sentir... de una manera diferente. Prefiero la comodidad a la autonomía personal, ante el riesgo pasarlo mal. Y éste era uno de los obstáculos, según Kant, para alcanzar la mayoría de edad o madurez personal. ¡Qué cómodo ser menor de edad! Que la vida viva por mí. Sí, qué pasa. ¿Es que no puedo querer eso? Soy libre de elegir (o eso creo).

5) Finalmente, en numerosas ocasiones son las circunstancias las que me desaconsejan el cambio. Circunstancias de la vida apremiantes, aplastantes, extremas, que no puedo controlar. Y prefiero aferrarme a lo de siempre, para poder resistir mejor. No enfrentar esas circunstancias. Mejor salir algo magullado que no lisiado emocional, existencial o psicológicamente, para toda la vida. No quiero perder el control de mi vida, no quiero que se vuelva convulsa. Prefiero mi zona de confort, aunque sea desagradable. Un mal menor.

En fin, una vez aportado todo esto, el grupo tuvo la suficiente lucidez para ver que el panorama podía ser otro enteramente distinto, si nos enfrentáramos a estos miedos de otra manera. Si pudiéramos dar esquinazo al miedo al miedo que nos atenaza en cada situación cambiante (a pesar de que el mundo no sería el mundo sin cambiar constantemente, como decíamos). Pues bien, una actitud es la manera de situarse ante algo. El lugar (mental) desde el que nos posicionamos ante una realidad, interna o externa. Así lo definieron los participantes de un café filosófico celebrado la temporada pasada en otro lugar. Repasemos, pues, lo que vieron nuestros participantes. Aquellas actitudes más adecuadas delante de nuestros miedos a los cambios. Sigamos el mismo orden; y aplícate el cuento en tu propia vida:

1´) Primero, por un lado, tomar conciencia de que los cambios en mi vida me han hecho como soy, como me veo ahora, que yo no sería el mismo sin esos cambios. Que en lugar de destruirme, los cambios me han ido construyendo, o también puede decirse, que me han dado la ocasión de descubrirme, actualizando mis capacidades (Aristóteles). Y que, por otro lado, los cambios en mi vida (ha cambiado mi cuerpo, han cambiado mis preferencias, mi estilo de vivir, etc.), lo han hecho sobre una base de continuidad, puesto que sigo sintiéndome yo mismo en el fondo. Nada que temer. Atrévete a jugar, pues, el juego de la vida.

2´) Si resulta que temo a los cambios porque puedo perder todo aquello con lo que me he identificado; si he puesto mi valor en algo que, en el fondo, no soy yo, que toda identificación es falsa por principio (“yo no soy eso”, nos dice la sabiduría indú), queda despejado el camino a seguir: deshacer tales falsas identificaciones. Cultivar mi verdadero ser. No poner mi realidad en otra cosa que no soy yo. Si pierdo una cosa, siempre puedo encontrar otra. Si algo me falla, puedo probar otras opciones. La fuente de mi creatividad, y mis posibilidades, no está en las cosas o situaciones, sino en mí mismo. Tu auténtico valor siempre ha estado en ti mismo.

3´) Es cierto, seguir la costumbre, tu costumbre, cabalgar a lomos de los hábitos es seguro. Aparentemente. Pues el pasado ha sido ya clausurado y el futuro sigue siempre abierto. Nunca te valdrá del todo para un caso nuevo lo que ya probaste en los casos anteriores. Tendrás que estar abierto a los matices, a la novedad, a lo diferente. Sólo en tu mente dos situaciones pueden ser idénticas. Qué tal si en lugar de ver el cambio de hábitos o de costumbres como un peligro, comenzamos a verlo como una oportunidad. ¡Cuántas veces lo que habíamos percibido como un peligro, se mostró una ocasión para vivir de otra manera! Aprendamos del pasado, que para eso está, y no para condicionar el presente.

4´) La pereza es, en realidad, una falta de voluntad, de energía, para poner en acción lo que sé que he de hacer o decir. No querer pasar por ahí. No querer sentir. No estar dispuesto a errar o sufrir. Para qué. Con lo cómodo que estoy como estoy. Pero, la falta de energía lleva a más falta de energía, y a menos voluntad cada vez. Sin embargo, el ejercicio de expresar lo que siento, lo que pienso, lo que quiero, desarrolla mi energía, mi voluntad. Cada vez tendré más. La voluntad es un músculo que puede ejercitarse y cada vez seré más fuerte y reaccionaré más eficazmente ante los estímulos, siempre cambiantes. Cada pequeña victoria, me prepara para la gran victoria: vivir una vida más consciente y más libre.

5´) Por último, todo aquello que no puedo controlar puede mutarse en aventura, si tan sólo cambia mi actitud. La actitud es una posición interior. Y esta voluntad de aventura también se puede ejercitar y puede desarrollarse. Es la valentía. Se puede entrenar en situaciones más sencillas, más familiares o cercanas y prepararme para otras más complejas. Aprender a encontrarme suspendido en el abismo, sin apoyo firme. Para ello, sólo necesito abrirme a lo desconocido, a lo diferente, y dejarme llevar, lanzarme... ya tendré tiempo de afianzarme, seguro que en la pared del abismo (todo abismo posee un borde y una pared) habrá algo a lo que pueda agarrarme. Porque, en realidad, la vida ya es una aventura. Sólo se trata de despertar a dicha conciencia. Y confiar.

Si somos capaces de vivir interpelando a la vida que hay en nosotros, desde lo profundo de nosotros mismos, la vida nos responderá siempre de manera satisfactoria. Si esto no lo ves claro todavía, lo llegarás a ver poco a poco. Vuelve a leer el texto inicial de Goethe. Es la experiencia compartida de vivir con convicción. Vale.




sábado, 29 de julio de 2023

¿Qué es la buena convivencia?


Sobre la buena convivencia

Café Filosófico en Castro del Río 6.8

30 de junio de 2023, Peña Flamenca Castreña, 20:00 horas


Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces;
pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos.


Martin Luther King



¿Qué es la buena convivencia?

De entre los temas propuestos en la tórrida tarde castreña del 30 de junio, en la ya acostumbrada Peña Flamenca, se llevó la palma el dedicado al análisis de la convivencia: ¿qué es la buena convivencia? La pregunta se nos antojaba algo redundante pues, los allí presentes, no concebíamos que una relación mutua que no fuese buena pudiera ser calificada de convivencia; sin embargo, como se apuntó que bien podrían darse relaciones entre dos o más personas –ya sean de pareja, entre compañeros de trabajo, etc.- en las que dominara un mero soportarse mutuo y forzado, se convino el mantener el calificativo de buena en la pregunta sobre la convivencia, para resaltar nuestra intención de aspirar a un nivel más elevado e íntegro a la hora de vivir-con (que no otra cosa significa convivir) otras personas. A la pregunta anterior habría de añadirse otra para tratar de articular nuestra investigación conjunta: ¿por qué, a menudo, resulta tan difícil convivir?

Ya planteado el tema, una participante –bien curtida como el resto del grupo en el campo de batalla de la convivencia- se apresuró a defender que “la clave fundamental de toda buena convivencia es el respeto mutuo”. Otro de los asistentes, tomó la réplica para defender que el fundamento de la convivencia no reside tanto en el respeto hacia la(s) otra(s) persona(s) como en el respeto a unas normas básicas que, previamente, deben haber estado consensuadas. ¿Tiene prioridad entonces el respeto a las personas o a las normas que regulan la convivencia? El conflicto sale en este punto a relucir y el diálogo parece caldear los ánimos por momentos. ¿Puede hablarse de convivencia –o de buena convivencia- cuando las normas resultan injustas para alguna de las partes? ¿Son lícitas esas normas? Según uno de los participantes, todas las normas son lícitas siempre que se hayan consensuado y aceptado previamente. En este punto el moderador cita a modo de ejemplo el documento privado con las abusivas condiciones que el físico Albert Einstein impuso a su primera mujer Mileva como requisito para continuar viviendo en el domicilio familiar. Una de las participantes se revuelve: “lo primero debe ser el respeto a la persona y, en todo caso, en toda convivencia hay unas normas implícitas que deben inculcarse mediante la educación”. “¿Puede haber acuerdo a la hora de consensuar las normas –pregunta otro asistente con mucha intención- si previamente no hay respeto entre las personas?” Nos parece claro que es importante respetar las normas de convivencia pero, no obstante, estas normas no son un fin en sí mismas sino que su sentido es precisamente garantizar una convivencia justa entre las personas: dar prioridad a las normas por encima de las personas sería como poner el carro delante de los caballos. Al consenso alcanzado, apostilla uno de los asistentes que el fundamento para toda buena convivencia se cifra en el amor (la “querencia”, dice) al otro.

La cuestión del respeto iba a necesitar de una labor de desenredo y clarificación teniendo cuenta las confusiones que se manifestaban. ¿Qué es lo que debemos respetar: a las personas o a sus actos o ideas? ¿Puede haber tolerancia si previamente no hay respeto? Uno de los filósofos cafeteros dice que “todas las opiniones son respetables” y otra compañera comenta que “no respeto a alguien que me ataque por mis valores e ideas”. El moderador tira entonces de ironía socrática para plantear al grupo su intención de propinar una paliza a algunos de los participantes por ser de otro pueblo, algo que dice no parecerle bien: ¿es respetable esta opinión? ¿Sería respetable este modo de proceder? Tras unos titubeos iniciales (habría que conocer tus razones, etc.) esta forma de pensar acaba por resultar a todos inaceptable de manera evidente. La compañera que dice no respetar a quien le ataque por sus ideas, reconoce que lo importante no es el ataque a sus ideas sino a su persona (el no sentirse ella respetada). Poco a poco emerge la comprensión de que no debemos confundir a las personas con las ideas o valores que, en un momento dado defienden. Precisamente, es esta identificación de las personas con sus opiniones, creencias, valores o actos una de las claves que nos permite comprender por qué nos resulta tan difícil convivir. Salta a la palestra el ejemplo de los hinchas radicales de un equipo de fútbol: su identificación con su equipo es tal que cualquier crítica o cuestionamiento de su equipo es valorado como algo personal, como una crítica o cuestionamiento de ellos mismos, lo que desencadena actitudes y respuestas de intolerancia y agresividad (literalmente y considerando su identificación, les va en ello su ser). Sin embargo, la hostilidad de un aficionado radical a un equipo hacia los adversarios se nos ofrece como algo irracional pues, si no hubiese otros equipos, el juego del fútbol no sería posible. Nos parece mucho más sensato alimentar una rivalidad sana y meramente deportiva, que permita a los aficionados al fútbol disfrutar y divertirse con un buen encuentro de fútbol, en armonía con los aficionados rivales. “La discrepancia es buena”, añade una de las asistentes, sabedora de que la intolerancia es fuente de dogmatismo y acaba con esa riqueza propia de la diversidad. “Convivir –se dice- es algo que se hace con las personas no con las ideas, valores o creencias”. Abundando en la capacidad de distinguir entre una persona y sus actos, uno de los filósofos de aquella tarde nos pone el ejemplo de una persona que comete un crimen fruto de un estado esquizofrénico. “¿Hemos de condenarlo irremisiblemente o comprenderlo?”-se pregunta. Y añade: “¿Debemos creer en la reinserción de personas que comenten malos actos?”. Para él no hay lugar a la duda, dice que “hay que creer siempre en las personas”, algo en lo que resuena la sentencia bíblica que nos encomienda condenar al pecado pero no al pecador y también la máxima spinoziana de comprender antes de condenar. Otro de los integrantes (discípulo de Sócrates infiltrado en el grupo), propone, a modo de recapitulación y resumen tres importantes aclaraciones sobre lo dicho: una cosa es comprender un determinado acto y otra muy diferente es justificarlo, no debemos confundir el respeto a una persona con estar de acuerdo con ella (con sus ideas, creencias, valores, etc) y, por último, no caer en la confusión que supone identificar a una persona con sus actos. Seguro que, de evitar estas confusiones, la convivencia será un ejercicio menos complicado de lo que a menudo nos resulta.

La conversación continúa con un ejemplo extremo propuesto por uno de los asistentes: ¿puede hablarse de buena convivencia en el caso de una pareja en el que uno de los dos, por estar enamorado, acepte y tolere sufrir abusos por parte del otro? Y, ¿qué diríamos si esa relación tóxica es el resultado de una patología genética o de una circunstancia personal (por ejemplo, el haber uno sufrido abusos en el pasado). ¿Somos realmente libres de elegir respetar a otra persona o estamos determinados genética o culturalmente? La cuestión parece desviarse del tema inicial y el tiempo apremia, quizás sea un tema apasionante para otra tarde de café y filosofía. Sin embargo, volviendo al tema de la convivencia, el compañero que propuso el anterior ejemplo parece tenerlo claro cuando es interrogado: no puede hablarse de amor cuando se trata de una relación en la que uno de los afectados sufre un daño. “No se debe llamar amor –añade otra participante- a la sumisión o dependencia. No se trata en este caso de amor, sino de miedo”. Todos hemos convenido anteriormente en que la clave de una buena convivencia es el respeto hacia el otro, ahora bien, dicho respeto, si es profundo, no puede provenir de otra fuente que no sea el reconocer en el otro la valía intrínseca e inalienable que encuentro en mi propio fondo. Dicho de otra manera: no puede haber respeto a los demás si, previamente, no me valoro y respeto a mí mismo. Una conclusión compartida aquella tarde, muy cercana a esta hermosa cita de Joel Osteen, que quizás pueda servir de colofón y cierre para toda una temporada de encuentros filosóficos: “Si no puedes convivir contigo mismo, entonces nunca podrás convivir con otras personas”.


Alfonso J. Viudez Navarro






lunes, 24 de julio de 2023

¿Qué es la verdad?


Sobre la esencia de la verdad

Diálogo Filosófico en Málaga 1.5

26 de junio de 2023, Ateneo de Málaga, 18:30 horas

Yo afirmo amigos [habla Sócrates], que todos nosotros debemos buscar en común –ya que nadie está al margen de la discusión– un maestro lo mejor posible, primordialmente para nosotros, pues lo necesitamos, y luego, para los muchachos, sin ahorrar gastos de dinero ni de otra cosa. Quedarnos en esta situación, como ahora estamos, no lo apruebo. Y si alguno se burla de nosotros porque, a nuestra edad, pensamos en frecuentar las escuelas, me parece que hay que citarle a Homero, que dijo: «No es buena la presencia de la vergüenza en un hombre necesitado». Con que, mandando a paseo al que ponga reparos, tomemos tal empeño en común por nosotros mismos y por los muchachos.

Platón, Laques

¿Qué es la verdad?

¡Uy, la verdad qué mancillada, qué proscrita en estos tiempos! De ahí que sea tan importante plantearnos juntos cuál es la esencia de la verdad. El espacio es idóneo: la Sala Muñoz Degrain del Ateneo de Málaga, donde la cultura se concita. El contexto es idóneo: un diálogo filosófico, cuya dinámica interna permite indagar juntos. Y hacer preguntas. Y buscar respuestas. Tradicionalmente, se identifica la verdad con los hechos. Pero qué sucede si resulta que no hay hechos puros sin sujetos puros. Si todo hecho es una construcción social y cultural, fruto de una representación de la realidad, una realidad ya interpretada, como nos avisaba Rilke y luego la psicología de la percepción ha “demostrado”. Esta situación humana del conocimiento se ha ido descubriendo, pero siempre ha funcionado. Y continúa funcionando, ahora con los conocimientos “científicos”, psicológicos y sociológicos, convertidos en herramientas puestas al servicio descarado y sin escrúpulos de algún interés o medio (poder o dinero, principalmente, como señala Habermas). No sorprende la confusión de la población, su desarraigo político, si las fronteras entre la verdad y la opinión, lo real y lo virtual, los deseos y la realidad se han ido desvaneciendo. Si cualquiera tiene derecho a decir lo que quiera, justificar como quiera lo que hace o dice, y no hay razones mejores unas que otras, si todo es justificable, si el lenguaje (que contiene sus propias limitaciones) se puede manipular descaradamente y sin rubor, no sorprende que a algunos les dé lo mismo hablar de la verdad o inventársela o que muchos teóricos hablen de que vivimos en tiempos de la posverdad. Sócrates contra sofistas. La diferencia está en la actitud: ¿por qué no empezar a cultivar una adecuada actitud ante la verdad, antes de empezar a hablar de “los hechos”? Quizás la verdad sea más una actitud que un hecho. Este es el descubrimiento que te ofrecen los participantes de este diálogo filosófico. Quédate con nosotros.

Nuestra época, aparte de ser una época de tremenda confusión, no va muy bien que digamos. Somos conscientes. En muchos aspectos. Y mucho de lo que sucede no depende de nosotros, pero otros claramente sí, como diría Epicteto. Pues bien, ¿qué hago yo para que este mundo sea un lugar mejor para vivir (y convivir)? No hablamos de grandes hazañas o heroicidades. Acciones cotidianas: escuchar a una persona, colaborar de alguna manera con una ONG o similar, ser muy consiente de mi voto en unas elecciones, o de mi consumo diario, aprender a cuidar de mí mismo, cumplir con mi parte o mis obligaciones, etc. Miremos si hay cosas que nosotros podemos hacer. En el caso de nuestros participantes, esto es: mostrar las contradicciones, agitar el pensamiento de las personas; procurar actuar según mi conciencia; tratar de no molestar innecesariamente a los demás; considerar a los demás, valorándolos, respetándolos; dando tanto como los demás me ha dado a mí; escuchar al otro; promover un consumo responsable, una relación más adecuada con la naturaleza, por ello colaboro con algunas asociaciones; ayudar a apartar de las personas la agresividad como una manera de relacionarse; colaboro con algunas ONGs, trato de escuchar sin juzgar, trato de ser solidaria, doy gracias; trato de cultivar la empatía; trato de ser sensible al dolor de los demás; y yo, hago música. Pues bien, ¿qué puedes hacer tú, que depende nada más que de ti?

¿Es posible la verdad? Y para ello: ¿qué es la verdad? Estos dos momentos de la indagación orientaron al grupo en su búsqueda. (Y no se abordaron estos temas paralelos: la relación entre verdad y vida, ni entre verdad y felicidad, solamente, la relación entre verdad y conocimiento; o quizás sí, de otro modo... lo veremos hacia el final). Comenzaron, pues, a recoger los hallazgos conceptuales que nos permitirían definir la esencia de la verdad: si hay verdad, es porque hay objetividad (quiere decir que todo lo subjetivo ha sido apartado para que no interfiera); si hay verdad es porque hay coherencia entre lo que decimos (el lenguaje) y lo que es (la realidad), una concepción muy aristotélica, la verdad como adecuación, todo un clásico; hay verdad cuando algo coincide con la definición, fruto de un consenso; hay verdad cuando es el resultado de un proceso de investigación que cumple todas las garantías de que somos capaces, y este proceso nos iría aproximando gradualmente a la verdad, por ejemplo en el sentido de Karl Popper. Además, la verdad no debe ser confundida con otra cosa que no es: lo obvio o evidente con lo imaginario o la ficción o lo virtual; lo indiscutible con lo que es más que discutible; la opinión con la creencia, ni la creencia con un punto de vista, ni un punto de vista con un saber bien fundamentado; recordemos lo que nos decía Platón: el saber es la opinión fundada en buenas razones (y esto último es lo decisivo). Si lo miramos, en el fondo toda definición de la verdad incluye un componente absoluto: si algo es verdad, no puede mostrarse más adelante que no era verdadero, en tal caso es que no era la verdad; si es verdad entonces no puede dejar de serlo. Pero no todos los participantes lo vieron tan claro, lo aceptaban, sí, pero a la altura de nuestro tiempo, eran también conscientes de que toda verdad incluye un componente construido, humano, y por tanto falible. Y ahí estaba la dificultad... ¿Qué es la verdad? ¿Es posible alcanzar una verdad única, absoluta, o más bien, toda verdad está abocada a ser sustituida por otra verdad, que toda verdad es provisional?

En eso estaba el grupo, en este impasse, cuando uno de los participantes planteó una situación, algo tópica, referida a la percepción: vemos un 9 o un 6, según desde dónde miremos la imagen en el papel. Entonces, el moderador preguntó: alguien verá un nueve y otra persona verá un seis, pero, ¿por qué en ambos casos no verán nada más que un nueve o un seis? Pareciera que hay algo común, que sólo hay esas dos posibilidades. Tras esta momentánea y pequeña perplejidad, preguntó: ¿sois capaces de ofrecer una definición de la verdad que sea capaz de recoger, a la vez, su carácter absoluto y su carácter construido? Esto que parecía inicialmente un misterio inescrutable, con el diálogo fructífero, fue cayendo por su propio peso: parece ser que nuestras definiciones son absolutas y, en cuanto definiciones o conceptos puros, se cumplen, pero en la práctica nunca se alcanza del todo eso que exigen tales definiciones. Entonces, ¿cuál puede ser un concepto de verdad acorde con tal situación? Pero atentos: ¡la salida de una situación paradójica, siempre conduce a una nueva visión! Y ellos y ellas accedieron a vislumbrar el nuevo panorama. Una nueva concepción (quizás muy vieja, pero descubierta allí mismo, aquella tarde): la verdad como búsqueda. La verdad es la búsqueda misma de la verdad. Cuando se busca, se intuye lo buscado, si no, no podría buscarse; y a la vez, lo encontrado no agota la búsqueda misma. Porque, quizás, sólo pueda hablarse, auténticamente, de verdad nada más que en presente, aquí y ahora. Buscar la verdad y encontrar lo que es la verdad aquí, en este caso, en este momento. La verdad renovada o actualizada. Siempre viva. La búsqueda de la verdad no es solamente una construcción de la realidad ni tampoco coincide sin más con lo hallado.

Pero esta concepción de la verdad exige mucho de nosotros: una actitud adecuada, siempre atenta, siempre abierta, siempre receptiva, siempre disponible, siempre honesta, sincera con nosotros mismos. Esto es lo fundamental. Éste es el árbol que da buenos frutos. Auténticos frutos reales y verdaderos. Riquísimos. Todo lo demás, no sería nada más que ceguera o presunción. Fruto amargo o muy verde todavía. Imagine el lector qué clase de “verdad” encontraríamos (si es que la encontramos) a partir de actitudes opuestas a las anteriores... Además, esta visión de la verdad nos ofrece grandes ventajas. Nos evita caer en peligrosos extremos: el dogmatismo y el relativismo. No hay una única verdad, ni cualquier cosa es la verdad. Pensar de un modo dogmático, aparte de abortar cualquier investigación posible (ya se cree que se sabe todo), llega a ser muy nocivo en la práctica: intolerancia, discriminación, etnocentrismo, nacionalismo, imperialismo, etc. De todo ello hemos sufrido mucho a lo largo de la historia. Por su parte, el relativismo, más allá de la admisión de la diversidad que ha de llevar a la comprensión mutua, no debe abocarnos a la justificación indiferente de cualquier manifestación ética o política, injusta o que atente contra los derechos humanos, otros seres o la vida en el planeta. No todo vale (igual). De esto también hemos visto mucho, y estamos viendo en la actualidad. En el fondo, se piensa que no hay verdad, por lo tanto, para qué esforzarse en buscarla siquiera. De nuevo, Sócrates frente a la sofística.

Finalmente, tomar conciencia de la importancia de la actitud ante la verdad, condujo al grupo a plantearse si toda verdad ha de ser buscada, si el ser humano ha de ir siempre, intencionalmente, en pos de la verdad. Y los rasgos, que ya se habían entreabierto, de la actitud de búsqueda de la verdad, nos indicaban un nuevo sendero que transitar, para quien esto le diga algo: si estamos atentos, abiertos, presentes, receptivos, disponibles, si somos nosotros mismos ante lo real... es posible que no se necesite nada más. Fuera las prisas, fuera la angustia, fuera el afán de dominio, fuera la prepotencia, fuera la competición, fuera el creernos unos dioses. La verdad se decantará, por sí sola vendrá a nosotros. ¿Pasaremos de largo, estando delante de nosotros? ¿Estaremos preparados para recibirla? Porque nos va a transformar... Vale.