Marc Sautet au Café des Phares (Paris 1994) Photo: Wolfgang Wackernagel

lunes, 6 de febrero de 2023

¿Es posible la verdad?

Sobre la verdad

Café Filosófico en Capileira 2.3

27 de enero de 2023, Biblioteca Pública, 18:00 horas


Cada vida es un punto de vista sobre el universo. En rigor, lo que ella ve no lo puede ver otra. Cada individuo –persona, pueblo, época– es un órgano insustituible para la conquista de la verdad. He aquí cómo ésta, que por sí misma es ajena a las variaciones históricas, adquiere una dimensión vital. Sin el desarrollo, el cambio perpetuo y la inagotable aventura que constituyen la vida, el universo, la omnímoda verdad, quedaría ignorada.

Ortega y Gasset

¿Es posible la verdad?

Los seres humanos tendemos por naturaleza a colaborar. Esto, que puede parecer una afirmación fuerte o arriesgada, con todo lo que está cayendo, en tantas ocasiones en las que predomina un afán destructivo, también forma parte de nuestra experiencia. De hecho predomina la colaboración y la construcción, de lo contrario no habría llegado hasta aquí la humanidad, ¿no es cierto? El que escribe lo observa siempre que asiste a un diálogo filosófico, por ejemplo. Cómo los participantes se aprestan a colaborar como primera reacción. (Sólo tienes que asistir para darte cuenta). Y allí se nos podría ver aquella tarde, todos a una, desde el primer momento, casi sin protocolos ni introducciones, en la Biblioteca Pública de Capileira, tratando de entender una ilustración que uno de los participantes nos trajo: dos observadores miran lo mismo, pero uno ve un número 6 y otro ve un número 9. Y claro, esto tocaba el problema de la verdad, y nos incitaba a tratarlo, como veréis a continuación.

El moderador logró, pese al deseo de pasar a discutir inmediatamente el trasfondo de dicha ilustración, que los asistentes se presentaran a los demás y que expresaran lo que les sugería la palabra “montaña”, ya que hay tantas montañas en Capileira. Preciosas montañas que identifican a estas tierras. Dijeron que oír la palabra es sentir por dentro “abuelo”, “mi vida”, “paseo”, “estar en casa”, “desconexión”, “niñez”, “necesidad”, “esfuerzo gozoso”, “grandeza o magnificencia”. ¿Cuántas montañas hay en una montaña? Tantas como personas, tantas como experiencias, tantas como momentos de una vida... Y esto no está separado del tema del día: la verdad. La verdad de la montaña, en este caso.

¿En qué consiste la verdad? ¿Es posible la verdad? ¿Puede haber una verdad para todos, universal y necesaria? ¿O la verdad cambia continuamente? ¿Puede decirse que alguien posee la verdad? Estas preguntas recogían las inquietudes de este grupo de personas que allí se había dado cita para dialogar juntos. Y comienzan planteándose si podría haber, como hipótesis, alguna verdad absoluta o universal, valida para todos. Y dijeron que si la hay no es accesible a nosotros, seres humanos limitados. Pero también dijeron que podemos acceder a pensar algo universal en nosotros. Y esta ambigüedad no es adquirida sino propia de la naturaleza del problema. Porque dependerá de dónde pongamos el foco. Veamos. Todos vivimos, comemos, nacemos, morimos y esto lo compartimos con todos los seres vivos. Es decir, que en un nivel básico, habría verdades universales que podrían pensarse y decirse. Pero claro, si orientamos la mirada hacia el nivel cultural o social, las diferencias son, sobremanera, ostensibles. Pero claro, si pensamos más a fondo, tratando de conciliar ambas visiones, quizás nos demos cuenta de que lo que varía de cultura a cultura es la manera de realizar aquel nivel básico, esas necesidades o motivaciones básicas, y entonces su significado difiere de una época a otra, de una sociedad a otra. Miremos el ejemplo paradigmático del lenguaje: la capacidad de hablar es universalmente humana, pero a partir de ahí la variedad lingüística es ingente, incluso, muchas veces, llega a ser inconmensurable.

Y se ponen nuestros participantes algo platónicos: la verdad no cambia, por definición, si cambiara es que no era verdadera. Sin embargo, observamos que “todo cambia”, como venía a decir la escuela del viejo Heráclito. Nada permanece, todo es impermanente, como descubrieron las antiguas tradiciones hindúes. Y en este momento el moderador del encuentro se muestra perplejo. Y contagia al grupo su perplejidad: si la verdad (esa noción permanente y universal) no es algo que podamos atribuir a nada de este mundo... ¿por qué continuamos hablando de “la verdad”? Los participantes hablaron de ello, comprendieron el problema y buscaron una respuesta. Parece que en el hecho de afirmar que algo es verdadero, se encuentra instalada una pretensión (pretensión de validez, la llama Habermas). Parece que tanto la buscamos, tanto nos moviliza, que se asemeja a una voluntad firme en nosotros (voluntad de verdad la llama Nietzsche). Esto puede parecer un misterio, pero no dejamos de suponer la noción de verdad tanto en nuestros pensamientos y palabras como en nuestras acciones. Si está en la trastienda de todo lo que hacemos y decimos, alguna realidad poseerá, alguna verdad habrá en ello. De hecho, a los grandes pensadores de la historia les ha resultado difícil no afirmar alguna instancia que sirviera de horizonte para la búsqueda de verdad, más allá de lo que aparece, más allá de lo que cambia constantemente, en el fondo de la realidad. Para Nietzsche, sería aquello que afirma la vida en su fuerza y riqueza. Para Heráclito, el Lógos, una armonía subyacente más allá de los contrarios. Para los orientales, Brahma o el Tao. Para Habermas, simplemente, la intersubjetividad propia de un dialogo sin restricciones, en donde sea posible la igualdad entre todos los interlocutores.

Pero estas ideas quedaban lejos de los intereses, aquí y ahora, de los participantes. Querían analizar el problema de la verdad más cerca de la experiencia de cada uno de ellos y ellas. Y, el hecho cotidiano muestra que, sobre lo mismo, se presentan diversos puntos de vista, diversas perspectivas. ¿Vemos cosas diferentes? ¿Alguna perspectiva es mejor que otra? Obviamente, Ortega y Gasset, asomó su sombrero por la puerta de la Biblioteca Pública. E infundió una salida a los participantes, porque ellos y ellas, espontáneamente, convinieron que la mejor perspectiva es la suma de las perspectivas. Por lo menos, esto está a nuestro alcance en el día a día. Por aquí podemos comenzar... Ya veremos si llegamos al Tao o al Lógos... Para combinar nuestras perspectivas acerca de lo que hay, lo primero es comprenderse mutuamente, mirar desde donde mira el otro, acompañarnos unos a otros en esta búsqueda (muy) humana de la verdad. De esta manera, ¿cuántos conflictos, cuántos sufrimientos, podríamos evitarnos? Y eso hicimos aquella tarde.






martes, 31 de enero de 2023

¿Qué es ser ignorante?

 

Sobre la ignorancia

Café Filosófico en Vélez-Málaga 13.4

20 de enero de 2023, Sociedad “La Peña”, 18:00 horas

Ninguno de los dioses filosofa ni desea hacerse sabio –pues ya lo es–, ni ningún otro filosofa. Y, por otra parte, los ignorantes tampoco filosofan ni desean hacerse sabios. Precisamente en este aspecto es un mal la ignorancia: en que aquel que no es bello, bueno ni sensato crea que lo es bastante. Es seguro que quien no cree estar carente de nada, no desea aquello de lo que no cree carecer.

Platón, Banquete


¿Qué es ser ignorante?

No hay búsqueda humana más opuesta a la ignorancia que la Filosofía. Desde su nacimiento, cuando tomó conciencia de sí misma, de la mano de los primeros filósofos presocráticos –Pitágoras acuñó su nombre– la filosofía no ha cesado de buscar la sabiduría. Emerge cuando apartamos lo que no es, cualquier forma de ignorancia, esa ausencia de saber que no posee entidad propia, pero que produce en nosotros los mayores males y origina el sufrimiento. Sin duda, el tema de aquella tarde era muy filosófico. Buscábamos desenmascarar la ignorancia; que podamos verla llegar, con toda su falsedad y su impostura. Incluso, compadecernos de algunas de sus formas más inconscientes. Vayamos por partes.

Antes, el moderador del encuentro solicitó de los participantes su colaboración creativa para iniciar del diálogo. Y como era una tarde muy ventosa, la pregunta fue: ¿qué os evoca la palabra “viento”? Como veréis, este experimento muestra cómo no hay dos vientos iguales, aunque a todos los llamemos “viento”. Precisamente, para cubrir estos huecos del lenguaje existe el arte. Recogemos aquí algunos de las inspiraciones de los participantes, que volaban con la fuerza del viento: movimiento, ligereza sucia, fuerza, frescura, mirada en una dirección, baile de hojas, fluidez, viaje sin retorno, resistencia a lo lo otro, atrevido empuje, distorsión, inestabilidad, malestar, renovación, sequedad, caos, desasosiego, desequilibrio y, a la vez, búsqueda de un equilibrio. Con cada una de las palabras asociadas al viento podíamos componer un poema. De hecho, hubo quien ya se disponía a hacerlo... Otra de las participantes clavó su mirada en un cuadro de enfrente, que se hallaba expuesto en el salón de “La Peña”: un paisaje con los árboles inclinados por la costumbre del viento. Podemos decir que allí dentro, aquella tarde, llegamos a sentir el viento que hacía fuera de manera nueva.

Desde el comienzo, la voluntad de hablar de la ignorancia era irrefrenable. Tanto fue así que no hizo falta plantear ninguna pregunta inicial: estaban los participantes locos por ponerle coto a la ignorancia. (Salvo alguno de los participantes, que se empeñaba en que “la ignorancia da la felicidad”; por cierto que iríamos contrastando si ésta no podría ser una de las formas en que se presenta la ignorancia.) Desde el comienzo, se fueron aportando distintas perspectivas de la ignorancia, lo que iba mostrando la necesidad de una definición. Llegó más adelante. La ignorancia es una falta de responsabilidad, no querer saber para no hacerme cargo de las consecuencias de mis actos; una falta de formación o conocimiento; no saber las causas; desconocer las consecuencias; desconocer los intereses que se esconden detrás de las acciones, etc. Ciertamente, hacía falta una definición, o al menos, una aclaración de lo fundamental. Así, preguntamos si la ignorancia, ¿implica una actitud consciente o inconsciente? Pues... hay de todo. Pero quedaba muy claro que la ignorancia que preocupaba, la verdadera ignorancia, era la ignorancia consciente. Bueno, ya sabíamos algo.

Una de las participantes introdujo una distinción que, a la postre, resultaría crucial para comprender el fenómeno de la ignorancia en las sociedades actuales. Se trataba de la diferencia entre saber y conocer. La ignorancia de conocimiento y la ignorancia de saber. Y esta última es la mayor ignorancia, la ignorancia referida a la esencia de las cosas mismas, la ignorancia de las causas, la ignorancia práctica acerca de los valores, de lo que importa por sí mismo y en cada momento. Lo otro se refiere a nuestro conocimiento, a la cantidad de información, a los hechos particulares conocidos... Y esto abunda en nuestras sociedades. Pero, ¿abunda el saber fundamental? Recordemos que el sabio no es el sabe muchas cosas, un erudito, sino el que sabe lo esencial. Aristóteles diría que el sabio es el que sabe los principios últimos (desde el punto de vista del conocer) o primeros (desde el punto de vista del ser), eso que siempre está ahí debajo o detrás de lo que sucede, la causa y no los síntomas. Todos tenemos la experiencia de personas que no tienen mucha formación o estudios, que no saben muchas cosas, pero que son capaces de tomar una decisión justa y ajustada a la realidad mejor que muchos... Además, actualmente, se da otro fenómeno muy preocupante: la sobreabundancia de conocimiento o información, sin capacidad de criterio o juicio propio. Lo que muchas veces produce el efecto contrario de la desgana o la desidia por el auténtico saber. Como dijo una participante, lleva a conformarnos con una “ignorancia de rebaño”. Por otro lado, es obvio que las personas que estábamos allí no éramos de esos. Pues, buscábamos saber... ¡a través de la filosofía!

 Habiendo dejado claro qué es la ignorancia y cómo es la que más nos preocupa hoy día, llegó el momento de intentar una clasificación de las formas de ignorancia más acuciantes: no querer saber para no responsabilizarme; dejarse uno llevar por la comodidad perezosa que se instala en nosotros (que no es lo mismo que llamaba Nietzsche “capacidad de olvido”, necesaria para vivir); dejarse conducir por un saber segado o interesado; y faltaba otro modo de ignorancia, quizás el más grave, como pensaba Platón, a través de Sócrates: la ignorancia del que cree que ya lo sabe todo, puesto que nunca estará bien predispuesto a llegar a saber. Otras formas de ignorancia, no siendo deseables, hemos de aprender a convivir con ellas: no haber desarrollado las habilidades necesarias para un nivel determinado de comprensión de la realidad; la ignorancia, que más arriba decíamos, que es un no saber inconsciente; o bien, la ignorancia debida a otras causas ajena al sujeto, como la edad o la inexperiencia. En este sentido, el que sabe tiene la responsabilidad de adaptar lo que sabe al contexto del receptor. El que ve tiene el deber de comprender al que no ve y acompañarlo en su propia búsqueda, desde él mismo, sin imposiciones ni manipulaciones. Y esto es especialmente relevante en cualquier contexto educativo. Con esta preocupación se dio por finalizado el diálogo. En consecuencia, ¡que la lucidez nos acompañe! Pensadlo: si ponemos luz, la ignorancia desaparece, igual que desaparece la oscuridad.







sábado, 21 de enero de 2023

¿Por qué importan las emociones?


Sobre las emociones

Café Filosófico en Castro del Río 6.3

13 de enero de 2023, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno; con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo.

Aristóteles


Comenzamos el año nuevo con las ideas muy claras. Las emociones. ¡Queremos dialogar sobre las emociones! Y es que, no en vano, había quedado pendiente de encuentros anteriores. Una necesidad aún no cubierta que quería verse satisfecha. Era el día de las emociones. El origen de nuestra situación arraigada en el mundo y de nuestros sinsabores, cuando las emociones se emancipan de nosotros y juegan su propio partido en la vida. Como nos recuerda Daniel Goleman, en su conocido ensayo Inteligencia emocional, detrás de todos los conflictos o problemas de nuestra sociedad está el deficitario manejo de nuestras emociones. Así que nuestro café filosófico no podía pasar por alto su importancia. Y allí estábamos, en la Peña Flamenca de Castro del Río, dispuestos a lo que sea. Era el día en el que a nuestra reunión seguía una Asamblea General de Socios.

Tomamos como inicio de diálogo otro de los elementos primarios que, según los antiguos griegos, componían todos los seres, con la intervención de alguna fuerza: tierra, agua, aire y fuego. En otra ocasión fue el agua. Ahora sería la tierra. ¿Qué evoca en ti la palabra “tierra”? Y de este modo abrieron boca los participantes... La tierra es pertenencia, vida originaria, raíz, naturaleza, fundamento, sostén, creación, génesis, paz, libertad, inmensidad, muerte, organismo, madre. Cada evocación iniciaba un poema sobre la tierra.

Una vez tomada conciencia de la temática del día, las emociones coparon el resto de nuestro tiempo. Y esto es lo que nos interesaba sobre las emociones: ¿Qué son las emociones? ¿Todas las emociones son igual de importantes? ¿Cómo nos afectan? ¿Ocultamos nuestras emociones? Éste era el rango de interés del grupo. Y comenzamos por la definición, que juntos no costó mucho trabajo: una emoción es la respuesta (intensa y pasajera) de nuestro organismo a un estímulo exterior o interior, que se siente y permite adaptarnos al mundo, según cada sujeto; por lo tanto, pueden darse distintos estilos emocionales, que evolucionan de un modo propio según el contexto social o cultural. ¿Qué os parece? ¿Afinaron nuestros participantes? Si miras un diccionario, no lo mejora.

A continuación queríamos saber si todas la emociones son importantes, o algunas pueden ser más prescindibles. Y el grupo muestra cómo dicha pregunta carece de relevancia, pues si están, son. Es cierto que podemos ser más o menos conscientes de unas u otras en un momento dado, pero, si prestamos atención, ¡todas son importantes! Esto puede llegar a ser un trabajo personal de gran trascendencia, pues la ausencia de consciencia, la falta de atención, nos lleva al descontrol de las emociones. Todas son importantes. Por lo tanto, no hay unas emociones positivas y otras negativas. Todas son positivas. Si están, son. Otra cosa es que nos agraden más o menos, o lo pasemos peor cuando nos vienen. Pero todas tienen una función natural que cumplir en nuestra vida.

Suelen citarse estas seis emociones más básicas: alegría, tristeza, miedo, rabia, asco, sorpresa. Y analizaron el miedo, para poder comprobar la anterior hipótesis de que todas las emociones son necesarias, y por ello importantes. El miedo nos salva, nos pone en alerta y permite sacar las fuerzas necesarias para evitar un peligro. Todas las emociones estarían ordenadas a la supervivencia del individuo. Para poder comprender esto en su justo sentido, el grupo necesitó distinguir entre un miedo natural y el miedo pensado, añadido por nuestra mente, según sus deseos o temores construidos a lo largo de su periplo vital. Este miedo pensado es el que es evitable, el que es prescindible, el que no es importante de por sí, sino que su importancia está fabricada por nosotros. Y lo mismo sucede con las demás emociones. Todas son imprescindibles; otra cosa es cómo las vivamos. Trata tú, ahora, de apreciarlo en el caso de las demás emociones. El problema no es la emoción, sino mi relación con ella, mi interpretación condicionada; no la sensación objetiva, pura de la emoción. Toda emoción sólo busca ser vivida. Y nuestro destino como sujetos es darle cauce. De lo contrario, quedará ahí, reprimida, pendiente de ser vivida... y volverá a nosotros una y otra vez. Hasta que la vivamos a fondo. Entonces nos dejará tranquilos y en paz. Pruébalo. Una sugerencia para el caso de la tristeza: la película de animación Del revés (inside out). La tristeza salvó a Riley Andersen, la niña protagonista.

Esta discusión sobre la emoción pensada nos llevó a una derrotero muy suculento: las emociones y el tiempo. Una emoción se siente en presente. Incluso si su origen es el pasado, incluso si su origen es la proyección de un deseo hacia el futuro. Lo que se siente, se siente aquí y ahora. Siempre. Y entonces vieron muy claro el problema: si una emoción se vive en función del pasado o del futuro, se carga mentalmente y se vuelve problemática. Y hay que luchar con ella. ¿Esto quiere decir que el pasado y el futuro no son importantes? En absoluto. Si algo distingue a la especie humana es su capacidad de recordar y de aprender de lo que le ha pasado; así como su capacidad para planificar su vida proyectándola en el futuro (“la vida es proyecto”, han dicho algunos pensadores contemporáneos). Éste es nuestro punto fuerte... y también nuestra cruz, si entorpecemos el presente, con nuestros deseos y temores interpretados. Y esto es todo un trabajo personal, una práctica, un desarrollo. Algunos llaman a esto el desarrollo de la inteligencia emocional. Pues, adelante. Nos hace mucha falta. Y la escuela no se ha enterado todavía.


 

jueves, 29 de diciembre de 2022

¿Es la vida un proyecto?



Sobre el proyecto de la vida

Café Filosófico en Torre del Mar 2.3

22 de diciembre de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El modo de ser de la vida ni siquiera como simple existencia es ser ya, puesto que lo único que no es dado y que hay cuando hay vida humana es tener que hacérsela, cada uno la suya. La vida es un gerundio y no un participio: un faciendum y no un factum. La vida es quehacer.

Ortega y Gasset


Movimiento: el acto de lo que está en potencia, en cuanto tal potencia.

Aristóteles


El centro no está inmóvil sino quieto.

María Zambrano


Una de las cosas que maravillan a este relator, de estos encuentros filosóficos, es la magia que en ocasiones sobreviene. La magia del pensamiento, la magia del diálogo. Pasar de no-saber a saber, pasar de no-comprender a comprender. Súbitamente. Aunque también sobreviene como fruto caído de una maduración en el diálogo. Porque responder a una pregunta puede muy bien aclarar todas las demás dudas que recogían otras preguntas, que al principio nos hacíamos. ¿Cuándo descubre uno su proyecto de vida? ¿Cómo influyen las condiciones en las que vivo? Mi proyecto vital, ¿es realizable? ¿Y cómo saber que lo he realizado? ¿Cuentan mucho mis decisiones? ¿Somos dueños de nuestra vida? Pues bien, todas esas preguntas vieron la luz respondiendo a la siguiente: ¿La vida es un proyecto? Qué tipo de proyecto sea, dejó expedito todo lo demás... Sigamos, pues, las evoluciones del grupo en su indagación.

Pero antes, el conductor del encuentro planteó una situación para que los participantes pudieran presentarse y expresarse. En anteriores Cafés filosóficos se tomó como referente el elemento “agua”. Ahora, en su forma salina e inmensa: el mar. ¿Qué evoca el mar para ti? Viviendo en una localidad costera, Torre del Mar, ¿qué significa este medio acuoso que limita con la tierra? Y cada uno expresó su impresión fundamental: olas sin fin, la perseverancia de lo vivo, un altar, la serenidad del horizonte, el paso del tiempo hasta la muerte, amor y temor, fuerza, violencia, mi respiración, planeta vida, la vida y la muerte, con quien pasear en calma, un ritmo, la inmensidad y lo pequeño del ser humano, el movimiento y la serenidad, el reflejo de lo que soy, una medicina inagotable.

¿La vida es un proyecto? Inició el grupo su andadura planteando un modo de proyecto vital que no satisfacía a la mayoría. Suscitaba muchas dudas. El concepto que se iba perfilando se mostraba alejado, rígido, acabado, abstracto. De manera que una votación rápida mostró lo que estaba en el ambiente: una falta de convicción, una molestia subterránea que afectaba al curso de la discusión. Solamente unos pocos participantes parecían atrapados en el concepto habitual de “proyecto”: unos objetivos, unos recursos, unos resultados planificados, una organización o administración previa de la vida, que se desarrolla en el tiempo. Incluso en aquellos casos en que sí defendían con claridad que nuestra vida es un proyecto, también ponían sus salvedades: el proyecto de la vida consiste en aprender a vivir, el proyecto de la vida se va rehaciendo sin parar, en realidad la vida es un proyecto de proyectos. A esto se añadió lo que aportaban los asistentes más insatisfechos: mucho de lo que proyectamos y hacemos no depende de nosotros, no sabemos cuál es nuestro proyecto, lo vamos adaptando sobre la marcha, en realidad es un río que te lleva. Total, que no satisfacía de verdad a nadie la idea de la vida como proyecto. Y fueron aflorando los desajustes: no hay proyecto previo ya hecho o dado, no puede haber planificación, se va descubriendo, no puede estar hecho de factores externos, no puede haber proyectos sin su facticidad o circunstancia, no somos los protagonistas absolutos, no sabemos de antemano, aunque mis decisiones cuentan mucho (por acción o por omisión); soy como el capitán de un barco que navega por el mar, ese mar que decíamos al principio de este relato: y sólo puedo hacer lo que puedo hacer, para manejarlo...

Y parecíamos más perdidos que antes, en el ancho mar de nuestra vida. Pero así es la reflexión y el diálogo filosóficos: nos perdemos para encontrarnos, nos confundimos para aclararnos. La filosofía es como la vida. Cuando más perdidos estamos, cuanto más confusos, justo cuando vamos a tirar la toalla, aparece la luz. Si dejamos que la discusión se sosiegue, si permitimos que emerja lo nuevo desde dentro del mismo diálogo, que las aguas se calmen y que la turbidez se ordene por sí misma, entonces, puede vislumbrarse el fondo de la laguna. Y casi siempre la clave es una pregunta que pregunta de otro modo: ¿si construimos un concepto de “proyecto”, que recoja las anteriores salvedades, podríamos hablar del proyecto que es la vida? Si el proyecto del que partimos (para entendernos y para entender la temporalidad de nuestra vida) no es gestionario, no es economicista, no es administrativo (están haciéndonos mucho daño estos excesos, porque al ser excesivos, son reductivos), entonces, todos los participantes, sin excepción, podrían decir SÍ (y lo dijeron): nuestra vida es un proyecto, que no está dado de antemano, que no puede planificarse del todo, que es interior y es exterior, que navega entre circunstancias, del que no somos plenamente conscientes a priori, del que somos acompañantes pero no sus protagonistas absolutos, aunque nuestras decisiones, aquí y ahora, juegan un gran papel; y, en ese momento, se expandió por toda la sala de la Taberna El Oasis una gran tranquilidad de ánimo y un gran consenso. Por ahí queríamos continuar.

Y vino la magia. Porque, haciendo un repaso, el resto de preguntas ¡ya estaban respondidas o quedaban aclaradas! Tú, queridos lector o lectora, puedes comprobar si para ti sucede lo mismo. Pero además, con esta herramienta, podía el grupo, incluso, afrontar variadas situaciones que nos afectan en este mundo tan complejo como el que vivimos. Esclarecer el origen muchos de nuestros problemas vitales o socio-políticos: ninguna ley, ninguna normativa, ninguna ideología o creencia, ningún sistema, ninguna constitución (esto último preocupaba a uno de los participantes al inicio del encuentro, al hilo de la actualidad), es definitiva, inamovible, incuestionable. Todo en nuestra vida es proyecto que se construye mientras navegamos... Olvidar esto nos produce grandes quebraderos de cabeza (o peor todavía) por los conflictos que provoca (o cosas peores todavía). Miremos, simplemente, a nuestro alrededor...

Pero el actual café filosófico tampoco así podía darse por acabado. Una de las participantes había manifestado una duda que a ella le perseguía. Para eso estábamos allí. Si entendemos nuestra vida como un proyecto que fluctúa, que cambia o evoluciona, ¿todo en nuestra vida es fluctuante? ¿No hay nada en nosotros que no cambie? Primero, se propuso la distinción entre existencia y ser. El ser, en cuanto centro, no cambia, lo hace la vida en cuanto a los fenómenos que la componen, la periferia nuestra, exterior e interior, nuestra personalidad, por ejemplo. La noción, la intuición, la sensación, la vivencia o el sabor presente en la afirmación yo soy, desde que tengo conciencia de mí mismo, aunque haya cambiado mi cuerpo, mi mente, mis afectos o mis circunstancias, continúa siendo básicamente la misma. Y me reconozco. Es mi identidad profunda. La periferia de mis acontecimientos vitales podrían entenderse, por lo tanto, como un despliegue o desarrollo de un centro inconmovible. Lo mismo que una rueda se mueve a partir de la quietud en lo hondo de su eje. Esta respuesta podía valer, para empezar. Sin embargo, era una respuesta demasiado estática. Se podía ir más allá, dinámicamente: no podemos saber de antemano cuál es nuestro centro, nuestro ser profundo, pero gracias al despliegue de la periferia lo vamos descubriendo. Y esta es su función: al expresar nuestro fondo lo descubrimos y nos hacemos conscientes. Somos proyecto, somos tiempo, porque necesitamos tiempo y movimiento para realizarnos, para despertar a nosotros mismos. Les pasa a todos los seres, Aristóteles dixit.





sábado, 24 de diciembre de 2022

¿Qué es ser uno mismo?

 

Sobre la posibilidad de ser uno mismo

Café Filosófico en Castro del Río 6.2

09 de diciembre de 2022, Peña Flamenca Castreña, 18:00 horas


El “ser-ahí”[el ser humano] se entiende siempre a sí mismo desde su existencia, desde una posibilidad de sí mismo, la de ser él mismo o no ser él mismo. (…) La existencia es decidida en cada caso por el respectivo “ser-ahí” bajo la forma de una aprehensión o de un descuidar.

Martin Heidegger


¿Qué es ser uno mismo?

“Sé tu mismo” reza uno de los eslóganes más escuchados en la actualidad. El marketing del “sé tu mismo”. ¿Y ya está? ¿Con eso podemos ser nosotros mismos y ser felices? Aparte de la falta de pudor de la mercadotecnia (o la autoayuda), que se sirve de cualquier valor que tenga vigencia (o seguidores), se está apropiando de nuestra inquietud más honda y sagrada, y luego lo confunde con una mercancía. “Serás tú mismo con esto que te ofrecemos o vendemos”. Pero no hay que desesperar. Para eso estamos en un café filosófico (el segundo de la temporada), para tratar de entender juntos la realidad. Y ver lo falso como falso. Estábamos tan a gusto en la sala de conciertos de la Peña Flamenca de Castro del Río, con la chimenea a punto (¡gracias, Carlos!), tan calentitos, que eso nos preparaba para cualquier discusión, cualquier ahondamiento en el ser. Ser o no ser nosotros mismos. Síguenos pues, si es tu deseo, por este sendero de la búsqueda de la autenticidad, que tantos filósofos han prescrito.

El agua nos dio una tregua y pudimos llegar, sin paragüas, al local de La Peña. ¡Qué lluvia tan bien venida y tan bien caída! ¡Cuánta falta nos hacía! Así que, ni corto ni perezoso, el conductor del encuentro filosófico se saltó la costumbre de proponer una pregunta inicial de autorreflexión y, simplemente, ofreció una palabra a los asistentes: “lluvia”. Sobre todo, después de estos últimos días, ¿qué significa para ti la lluvia? ¿Qué te evoca? Fijaos cómo es el moderador... porque, en todo lo que decimos o hacemos estamos nosotros siempre presentes; así que tampoco se salió tanto del guión habitual. En fin, no tiene remedio... Pues bien, estas fueron la evocaciones de la lluvia para los participantes: vida, algo muy deseado, una purificación, un bien necesario que no tiene precio, esperanza, sonido a veces molesto, vida en sentido ancestral y primario, conexión, alegría, una interferencia, sosiego, la ruptura de mis hábitos, una renovación del ciclo vital.

¿Qué es ser uno mismo? Era la pregunta que orientaría nuestra indagación. Pero, en realidad, queríamos descubrir cuándo somos nosotros mismos y cuando no lo somos. Queda claro que soy yo mismo cuando digo, pienso y actúo por mí mismo. Y eso conlleva una conexión con tu ser interno. Implica no conducirme bajo una máscara o una armadura, que me pongo para aislarme o defenderme (recuerda el maravilloso cuento largo El caballero de la Armadura oxidada, de Robert Fisher). Sin embargo, replica una participante: ser yo misma consiste tanto en aceptarme como soy como aceptar mis cambios, las evoluciones (o revoluciones) de mi vida. En este punto, fue necesario aclarar la diferencia entre evolución y desarrollo: lo segundo es mucho más que un cambio en la secuencia temporal, el desarrollo deriva de un origen, desde cual se van desplegando todas las posibilidades de un ser. El germen de esta idea brotaría más adelante, en el diálogo, con todo su esplendor (ya lo verás). Y siguieron los participantes con las condiciones para ser uno mismo: no puede falta la transparencia con uno mismo, ni la coherencia entre lo que digo o hago y lo que siento. Y, de nuevo surgió la discusión (para eso estábamos allí): ¿ser uno mismo significa no callarse, no pensar/hacer como los demás o ponerse en su contra? ¿Así soy más yo mismo? Dudoso. Estaría actuando/pensando por reacción a otra cosa u otro alguien y no por mí mismo. Yo puedo hacer o decir como otro o distinto a otro (esa no es la cuestión), pero siempre que sea yo mismo quien lo decide, autonomamente. Ser uno mismo no es una condición humana exterior sino interior. Es lo más opuesto que hay a ser una marioneta. Cuando reacciono, no soy yo mismo, no. No soy sujeto, sino objeto pues estoy siendo sujetado.

Pero claro, ¿y mis circunstancias? Es cierto, también están ahí, pero recuerda el grupo el dicho de Ortega y Gasset: “yo soy yo y mis circunstancias”; que me indica que no solamente yo, ni solamente mis circunstancias. ¡Yo ante mis circunstancias! Y la clave la descubrieron juntos: tomar conciencia, plenamente, de la situación. ¿Es todo esto utópico? ¿La utopía de creerse uno libre? Veamos. Para esclarecer la cuestión, uno de los participantes propone un excelente ejemplo de su cosecha: ¿podría llegar yo a esta reunión y sentarme en el suelo? Comenzarían las preguntas y los cuestionamientos del grupo respecto a lo que vas a hacer, es cierto. Eso es la presión social. Llevamos la sociedad entera dentro de la cabeza. No obstante, pensemos en la siguiente posibilidad: si yo consiguiera liberarme de la presión social que está en mi cabeza, que me viene por educación, por costumbre, por miedo, por comodidad, entonces podría ver por mí mismo y decidir sentarme en el suelo, si quiero, ¿por qué no? ¿Es posible que yo mismo me ponga mi propia traba, que yo sea mi autocensura? ¿Y cómo liberarme de lo que está en mi mente? Ya había respondido el grupo: siendo consciente de lo que está mi mente. Y te sentarías en el suelo... Y podrían pasar muchas cosas, nuevas. Aprendizajes. Para los demás también. Con tus razones, ¡hasta podríamos sentarnos los demás a tu lado! Quién sabe... lo que podría acontecer. Sería como saber que uno va a morirse: ¿seguiría las convenciones sociales o trataría de ser sí mismo?

A una de las participantes le interesaba saber si tal toma de conciencia sucede de modo natural, por sí sola, o el exterior le puede llevar a ello. El grupo le responde que unas veces es de un modo y otras de otro. Una crisis, una desgracia, un fracaso, pueden ayudar a despertarte. O la ayuda externa de alguien. Pero también puede suceder espontáneamente, si uno presta atención. Si uno está a la escucha de lo que nace en su interior, enuncia una de las participantes. Y esta fórmula es acogida por todos, inmediatamente. Escucha de lo que emerge dentro (physis, llamaron a esto que “emerge desde dentro” los antiguos filósofos griegos), si aprende a darle cauce y deja, o permite, que se exprese en nosotros, y en nuestra vida. Eso que nace dentro puede ser una inquietud, una demanda, una llamada o vocación, una inspiración, una creación. Sólo necesita ser acompañado por mi mente y mi corazón. Y esto se practica. Y esto se ejercita. Pon atención. El grupo concluye: si me voy dando cuenta de lo que pienso, digo, hago, siento y voy aprendiendo a distinguirlo de lo que me dicen u otros hacen, poco a poco, voy siendo más yo mismo; pero aún, todavía, si va uno tomando conciencia de lo que nace en cada instante en su interior, empujando, balbuciendo, queriendo expresarse, si le abro un cauce, ¿no seré más y mejor yo mismo? Adonde me lleve esto es una incógnita. No se puede saber de antemano a dónde me llevará. Por eso, ser uno mismo requiere valentía. Mucha valentía. Porque ser uno mismo es realizar su identidad profunda (y viceversa). Esto sí es seguro. Y eso, el marketing o la autoayuda ni lo roza.

sábado, 17 de diciembre de 2022

¿Qué es la vida comunitaria?



Sobre la vida comunitaria

Café Filosófico en Capileira 2.2

16 de diciembre de 2022, Biblioteca Pública, 18:00 horas

Vosotros debéis enseñar a vuestros hijos que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros hijos que la tierra está plena de vida de nuestros antepasados. Debéis enseñar a vuestros hijos lo que nosotros hemos enseñados a los nuestros: que la tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra.

Carta del Jefe Indio Seattle al Presidente de los EEUU (1855)


Desde un lugar entre las nubes y el mar,
alto como los sueños,
pedimos un deseo a las estrellas:
que los afanes florezcan y brillen
días de nubes blancas.

        Ópera Abuxarra abuxarra: paraíso recobrado


 Buenas tardes, estamos en Capileira (La Alpujarra), en su Biblioteca Pública, y no hay mejor lugar (semejante, sí, pero no mejor) para el encuentro de lo viejo y lo nuevo, la vida comunitaria, ancestral, y la vida moderna, urbana, tecnificada. Arraigada en la tierra, aquella, y desarraigada e independiente que se piensa ésta. ¿Encontraríamos, tras la lluvia y con la salida de la niebla desde el fondo del barranco, un punto de encuentro entre ambas comunidades? ¿Pueden convivir, aportándose valor mutuamente, o bien, continuará la pugna y la resistencia? Vamos a descubrirlo, siguiendo el recorrido de los participantes en este segundo Café filosófico de la temporada.

De nuevo, dio comienzo la sesión abriéndose una ventana a lo poético: la nieve, ¿qué significa, qué evoca en mi vida? En otro sitio, no hace mucho, se preguntó por la lluvia y, aunque aquí también hacía mucha falta, son más necesarias unas montañas nevadas. La nieve puede ser una visita obligada, muy esperada, casi con ansiedad, y ¡cada año sucede más tarde el acontecimiento! Y me paro a conversar con la nieve. Puede ser que nos traslade a otros tiempos, quizás remotos. Y me da paz. Y juego, como hacen los perrillos que nunca han visto la nieve, entrando a formar parte de una vistosa ceremonia sin tiempo. Puede ser que la nieve signifique nostalgia de lo que fue y ya no podrá ser. Como la infancia. Ay, el cambio climático. Por eso la nieve puede ser vista y sentida como algo agradable, desde la simpatía de la infancia. Y es un silencio benéfico, en que todo queda en máxima quietud, y se abre un espacio para los primeros copos de la nieve más adelantada. Puede ser... como dijeron los participantes.

El intercambio de sus vivencias, y un poema, llevó a los participantes a realizar un excurso sobre la trascendencia de las acequias para esta comarca. He aquí algunos fragmentos del poema: Las acequias nos traen / la nieve fría: / sin darse cuenta / más abajo el agua / remanece en cada fuente. (…) Ahora les ayudo limpiar / de sierra y de hojarasca y comprendo / las acequias de careo / les veo sembrar el agua / entretenerla y criarla más abajo / hasta los pueblos. Y no se engañan los participantes: sin el reconocimiento, el cuidado y el mantenimiento de las acequias centenarias esta comarca dejaría de existir como tal. La reflexión del grupo llevó, inexorablemente, a tener que tratar el tema de la vida comunitaria, ya lo anunciábamos.

¿Qué es lo comunitario, lo propio de una vida comunitaria? Es un modo de relacionarse, un ecosistema, en el que se convive profundamente: cada uno aporta lo que tiene, dentro de sus posibilidades y hace lo que está en su mano, dentro del todo de la comunidad. Los participantes se aprestaron a poner ejemplos claros de la vida comunitaria en estas tierras. Comenzando por las fiestas, la trilla, la matanza, la simple costumbre de saludarse y darse los buenos días con el gesto y la palabra y no a través de una pantalla, o los lavaderos como centro de reunión. Les pareció un buen ejemplo de vida comunitaria la costumbre del “tornapeón”, que no significa otra cosa que la ayuda mutua en las labores del campo. Y no es lo mismo que lo que hoy se llama “economía circular”, sino que, en este contexto, me doy yo, mis habilidades y no mis productos. (Una de las participantes, que propuso el tema y que investiga sobre el turismo comunitario, señaló el parecido con el sistema comunitario llamado “minga” (minka, en quechua) de Los Andes ecuatorianos). Y claro, ¿cómo sostener las acequias ancestrales sin la urdimbre de apoyos que hace posible la vida comunitaria?

¿Es posible encontrar ejemplos de vida comunitaria en la actualidad? Salvo los rescoldos de las viejas señas de identidad de la vida comunitaria, hoy día, en la vida moderna, pueden aparecer destellos interesantes, como los que ellas y ellos señalaron: la mencionada economía circular, en la que una asamblea regula quién puede aportar qué, a modo de servicio mutuo y para aprovechar al máximo los recursos. Y es curioso que, en este contexto, pueda hablarse de “ocupaciones absurdas” –introduce el concepto uno de los participantes–, que no pueden circular, es decir, que los demás miembros no pueden beneficiarse de ellas. Un ejemplo cercano que pusieron fue el de la llegada de “los hippies” a esta comarca, “los pelúos”, los llamaban. No obstante, esta experiencia de convivencia, con el correr de los años ha mostrado sus potencialidades para la comunidad general: el beneficio de las diferencias (otros modos de ser, de pensar, de vivir, otra mentalidad...), que enriquecen la vida comunitaria. Y así ha sido. De ello se han beneficiado, incluso, económicamente: con la introducción y el mantenimiento de artesanías viejas y nuevas, las recuperación de tradiciones, la diversidad cultural, la presencia del arte y sus artistas, el mantenimiento de la población, etc. Por lo tanto, quizás sea necesario cuestionar ese concepto de las “ocupaciones absurdas”. Todo aporta, de un modo u otro, antes o después... Pero, tal desprecio no sucedería en una comunidad tradicional. Allí hasta hacer de bufón podía tener su espacio y su utilidad.

El sistema de cooperativas es muy interesante, pero no siempre funciona bien. Emergen con frecuencia recelos, desconfianzas hacia proyectos de estas características, que requieren de tantas normas y tanta burocracia. Quizás, en el fondo, haya un miedo al cambio, apuntan los participantes. Y no gratuitamente, porque la voluntad de servicio público puede ir desapareciendo y primar la necesidad de gestión, lo cual implica, para empezar, tener que contar con una formación reglada. En fin, que se necesita tiempo para adaptar las comunidades tradicionales a las sociedades gestionarias. Y surge el temor a la despersonalización, la sensación de que se está manejando dinero, pero dejando de lado el valor y la vida de las personas. Y qué diremos de las comunidades virtuales de servicios mutuos... aquí, aún se pierde más de lo humano, ¿no es verdad?

Lo que sucede, en el fondo, apunta un participante, es que tratan de arrastrar el modo de proceder de la ciudad a los pueblos, y esto produce sus propios desajustes. A esta dificultad de formar comunidades auténticas contribuye la especialización exagerada que observamos en el mundo actual. Que ya la había en las sociedades tradicionales (un barbero, un matarife, un herrero, etc., trabajaban para toda la comunidad), pero ahora nos enfrentamos a una excesiva especialización, un distanciamiento de las ocupaciones respecto a las personas y sus capacidades, que no favorece, sino que perjudica la vida en común y el apoyo mutuo, en el que todos aportan algo a los demás, sin tanta división del trabajo por especialidades. De manera que, en este punto del diálogo filosófico, decidieron averiguar qué les falta a esas comunidades de origen moderno y urbano para ser verdaderamente comunitarias.

Para empezar, en las comunidades tradicionales existe la posibilidad de una visión de conjunto, unitaria, dijeron, un sentimiento de pertenencia, en el que casi todo afecta a todos y cada miembro se siente concernido, en algún grado, con lo que sucede a diario; los individuos no se sienten solos y se genera una interdependencia, que no es una dependencia de los otros (y una incapacidad propia), sino que cada uno ofrece lo puede y recibe lo que necesita; por consiguiente, se trata de un sistema de ayuda mutua, en donde cada parte se educa y crece y se desarrolla (también personalmente y en sus cualidades) en el seno del grupo; por esto, la educación de los más jóvenes es fundamental; y esto incluye enseñanzas tanto para el buen vivir como para el buen morir, pues la muerte no es un tabú y todos participan de todo, en cada uno de los rituales sociales; finalmente, los ancianos nunca quedan descuidados, muy al contrario, son respetados y hasta venerados.

Claro que nuestros participantes no son ciegos a los inconvenientes que puede presentar una comunidad más pequeña o más encerrada en sí misma. No en vano, viven en pueblos pequeños, en lo que queda de estas comunidades tradicionales que hemos repasado. Aquí, no hay casi vida privada o intimidad, aparece con facilidad el control social (en la forma de una moral cerrada o religiosa); y esto lo sienten en especial las mujeres (cuestión pendiente, la de la igualdad de la mujer, no ya en estas sociedades pequeñas, sino en las actuales); los conflictos se personalizan en exceso y se sobredimensionan (pues toda la comunidad participa de los juicios de valor y los cotilleos). Pero, entonces, la pregunta es: ¿deseamos volver a esta vida de tipo comunitario? ¿Son preferibles estas comunidades o no? Los participantes te ofrecen una respuesta: aunque sea difícil, es necesario recuperar algunos aspectos importantes de la vida comunitaria. ¿En qué pueden ayudarnos a construir un mundo mejor? La comprensión de esta pregunta subsiguiente nos ayuda con la primera. ¿No es cierto que las generaciones más jóvenes necesitan que se les muestre el valor de lo ancestral, la importancia del mantenimiento de las acequias o las formas de usar el terreno para poder prevenir los incendios, pongamos por caso? Es tan importante que de ello dependería la supervivencia de esta comarca, ¿no es cierto?

Es muy posible que extender el espíritu comunitario a escala global sea una quimera, pero una buena línea de trabajo podría consistir en (empezar a) llevarlo a cago a pequeña escala, y desde ahí que se vaya extendiendo como los lunares de un vestido inmenso. Sería crucial para nosotros aprender de las pequeñas comunidades que subsisten todavía en diversos lugares del planeta. Si han sobrevivido durante cientos o miles de años, ¡algo valioso podrán aportarnos! Y esto es toda una lección de antropología, aún vigente. El mundo de hoy lo necesita.

miércoles, 7 de diciembre de 2022

¿Qué es el cambio de visión?


Sobre el cambio de mente

Café Filosófico en Torre del Mar 2.2

24 de noviembre de 2022, Taberna El Oasis, 18:00 horas


El discípulo pregunta:

¿Qué es la verdad?

La vida de cada día.

Y sin comprender el discípulo agrega:

En la vida de cada día sólo se aprecia esto: la vida vulgar y corriente de cada día, pero la verdad no se ve por ningún lado.

Ahí está la diferencia —explica el maestro—, en que unos la ven y otros no.


¿Qué es el cambio de visión?

En algunas ocasiones, si estamos atentos, algo ha venido a nosotros, una luz, una claridad, una lucidez, una iluminación, un cambio súbito en nuestra mente, un cambio de visión, un despertar, de algo o hacia algo, que transformó significativamente nuestras vidas y a nosotros mismos, en primer lugar. No. Seguro que sí. Repasa con cuidado tu vida y los momentos más cruciales que se han dado en ella. Esto puede relacionarse con lo que se denomina, en otros contextos, awareness, una conciencia clara de una situación compleja, que te permite tomar buenas decisiones. O también, algo de lo que está detrás del término insight: un cambio súbito de la percepción de un objeto o una comprensión nueva del todo de una situación. De todo esto, o como lo llamaron los participantes de este Café filosófico en El Oasis de Torre del Mar, del “clic mental”, trataron aquella tarde. Porque se trata de una misma experiencia, solamente cambia el contexto, las consecuencias o el grado en que aparece la misma. Así, los orientales hablan de nirvana o satori o samadhi, un despertar espiritual. En fin, este relator te invita a seguir a los participantes en sus evoluciones y revoluciones mentales.

Es posible que todo nos afecte, de un modo un otro, pero es importante que nos afecte creativamente y no de un modo limitante o coercitivo. De manera que es posible que los participantes, que quisieron dialogar sobre el cambio de mente, llegaran a ello, sin darse cuenta, tras la pregunta inicial que lanzó al grupo el conductor del encuentro: menciona una ocasión en que te has sentido muy presente, muy vivo, muy viva, muy consciente, tú misma, tú mismo; y, brevemente, dinos qué sentiste, cuál fue tu experiencia; “Cuando yo... me sentí...”. Superé mi adicción, cuando fui capaz de ver mi realidad, que yo no vivía, pues vivía auto-destructivamente, vi que yo era capaz y válido para vivir; en mi caso, pude hacer frente a una autoridad que me explotaba y trataba injustamente, tomé conciencia de la injusticia; ante la enfermedad terminal de mi hijo, supe que tenía que hacer algo, más allá de la pasividad que me rodeaba; cuando me encuentro en medio de la naturaleza, respiro de verdad; conseguí sacar las oposiciones y fui consciente de todo lo que me quedaba por delante; nació mi hijo y revolucionó mi vida, con sensaciones mezcladas de todo tipo, quedó la sensación de una profunda responsabilidad; me trasladé a mi primera vivienda propia y me sentía la reina del mundo; en otra ocasión casi me ahogo, y la vida, mi vida, sentí cómo estaba en juego; yo comprendí la importancia de saber olvidar, y me di cuenta de que era capaz de hacerlo, conscientemente; tuve el corazón de una persona en mi mano (literalmente), tuve que hacerlo y lo hice, tenía miedo, pero era responsable de una vida; logré mi sueño de ver a Paul McCartney, me sentí en ese momento una persona realizada; a través de un sueño que tuve, comprendí que no hay cosa más horrible que matar a otro ser humano; con la música es como consigo una mayor conexión con el momento presente; me rompí el brazo y comprendí lo que significa el hecho de ser dependiente; cobré mi primer sueldo y esto supuso para mí un paso adelante y seguro en mi vida; no puedo expresar tanta gratitud hacia mis padres, que “me esperaron” para morirse; la superación de un cáncer me llevó a querer vivir día a día, en paz; empezar a trabajar fuera de casa, para mí supuso una liberación; un concierto de música clásica fue tan especial que algo surgió en mí, como si la música tocara algo en mi cerebro; cuando viví mi primer enamoramiento, me sentía volar.

Y entramos de lleno en el diálogo filosófico... El cambio de mente o de visión, ¿cómo, cuándo, se produce? Ellos y ellas se preguntaban por la situación y por las causas de esta súbita comprensión del hecho de existir, a la que algunas veces accedemos. Y tenían muy claro que unas determinadas circunstancias del ambiente lo propician más fácilmente, pero también se daban perfecta cuenta de que no puede faltar una determinada actitud, una forma de responder muy consciente, estando muy presentes en lo que hay. De modo que el siguiente paso en el diálogo se encaminó a la búsqueda de lo común en todas esas experiencias; qué suele estar presente. Y hablan del dolor como vehículo de cambio; en el dolor también hay belleza y, además, el dolor es solidario, apostilla una participante; y es una oportunidad, si se vive a fondo, pero no hay que confundirlo con el sufrimiento (que es evitable, pues siempre es un añadido mental nuestro). En este cambio de mente, de pronto se descubre la interrelación de las cosas aparentemente diferentes, que aparecían inicialmente como diferentes, una luz que aparece que lo conecta todo. Las emociones intensas, muy profundas, también pueden producir este tipo de experiencias alumbradoras. Un estado de conciencia sin afán de control, en que algo fluye a través de ti y tú lo dejas fluir, favorece también este tipo de experiencias. Y la apertura y la aceptación y la predisposición, todas estas son buenas actitudes que propician un cambio de mente. Sin esta actitud correcta (algo que va mucho más allá de la aptitud), no son posibles estos cambios de visión radicales. Así lo dijeron, y en ello estuvieron de acuerdo. Pero, si nos fijamos bien, lo común a todas estas formas de actitud, sería la consciencia de sí y de lo que está sucediendo, de un modo simultaneo. Miradlo.

Una pregunta del conductor del encuentro revoluciona el estado de conciencia alcanzado hasta ese momento: muy bien, supongamos que ya hemos experimentado este cambio de visión, esta nueva comprensión, y hemos despertado de “nuestro sueño”, de nuestra “hipnosis anterior”, ¿ya está, por eso funcionaremos mejor? ¿No es necesario un proceso de integración de la visión en nuestras vidas? De hecho, por hábito, por costumbre, por miedo, por comodidad, permanecerán durante tiempo inercias, condicionamientos, muchas veces de un modo inconsciente, nuestras tendencias, nuestros estilos, nuestras respuestas o reacciones anteriores, ensayadas tantas veces... Es preciso que seamos conscientes de la necesidad de integrar la nueva visión, el despertar al que hayamos accedido, en nuestro decir, en nuestro hacer, en nuestras relaciones, mientras nos atamos los zapatos, mientras paseamos, mientras escuchamos, mientras miramos... Acompañar nuestra visión, cuidarla, como un pastor cuida de su rebaño, seguir atentos, continuar trabajando con nosotros mismos, y cuando caigamos y erremos y volvamos de nuevo hacia atrás, a senderos trillados, a los sinsabores consabidos, que seamos capaces de mostrar compasión con nosotros mismos, comprensión, amor. No salva solamente el cambio de visión. Y el tiempo está siempre implicado, tiempo para integrar, tiempo para desarrollar, tiempo para reconciliarnos con nosotros mismos y con los demás. Así lo han mostrado los sabios que en este mundo han sido.




jueves, 1 de diciembre de 2022

¿Cómo mejorar nuestras relaciones?

 


Sobre las relaciones humanas

Café Filosófico en Málaga 1.2

21 de noviembre de 2022, Ateneo de Málaga, 18:30 horas


Es la falta de comprensión de la relación lo que causa conflictos. No comprendemos la relación, la convivencia, ya que nos servimos de ésta como un simple medio de favorecer el éxito, la transformación, la consecución de algo. Sin embargo, la convivencia es un medio de autodescubrimiento, porque la relación es ser, es existencia. Sin relación no existo. Para comprenderme a mí mismo, debo comprender la relación, pues ella es el espejo en que puedo mirarme.

Khrishnamurti


¿Cómo mejorar nuestras relaciones?

Durante el segundo Café filosófico celebrado en el Ateneo de Málaga, preocuparon (y mucho) las relaciones entre nosotros, los seres humanos; pero también triunfó el amor. Y esto no es, ni debe ser nunca, un tópico bien intencionado, puesto que si hay relación hay unidad de fondo y, si hay conciencia de dicha unidad, hay amor. Según el insigne filósofo y poeta, Ibn Gabirol el malagueño, el universo lo ordena el amor desde su causa. El mundo es la concreción de un deseo amoroso universal, que así se expresa y se realiza a sí mismo, a la par que nutre de realidad y de vida toda la existencia que experimentamos a diario, si atendemos a ello, claro. Pero, ¿cómo llegaron a intuir algo de todo esto nuestros participantes? ¿Y cómo vislumbraron el amor, el ingrediente que no puede faltar en unas relaciones humanas saludables? En un momento lo sabrán, si continúan leyendo este relato.

Todo comenzó con una pregunta de autorreflexión que planteó el conductor del encuentro: ¿quién soy yo? Claro, antes explicó un poco la naturaleza de un encuentro filosófico como éste: que aquí la filosofía se practica, que más allá de la filosofía académica o erudita (sin excluirla, sino integrándola en nosotros) aquí la filosofía es entendida como un modo de vida (Pierre Hadot) y que, en lugar de hablar o pensar sobre lo que han dicho otros, aquí se viene a pensar por nosotros mismos, a construir pensamiento juntos y a tratar de vivir lo mejor posible. No es lo mismo saber filosofía que vivir filosóficamente, no. Ya saben lo que decía Sócrates (por boca de Platón): una vida sin examen, consciente y lúcido, no merece la pena ser vivida. Pues bien, ¿quién soy yo? ¿Me lo he planteado en serio alguna vez? Si no es así, está al caer la pregunta. Es imprescindible para vivir uno mismo, por mí mismo. Con esta cuestión, quería el conductor del encuentro enlazar con un próximo Taller de filosofía, en donde trabajaríamos juntos dicha cuestión.

En esta ocasión, solamente era necesario una respuesta breve y espontánea, sin sin mayor pretensión. Y así debían presentarse los asistentes: “yo me llamo...” / “yo soy...”. Una nota fundamental de lo que yo soy, en este momento de mi comprensión actual de mí mismo. Y así afloraron las siguientes respuestas: yo soy un humanista, un cabreado, soy hijo, viajero, curioso, eterno alumno, salmantina y ahora malagueña, integrador, librepensadora, pintora, una esponja, amante de lo bello, poliédrica, un ser de luz, quien trata de reconciliarse consigo mismo, curiosidad, yo no soy mi nombre, jubilado, soy pura cuestión, aprendiz de pensamiento, gallega, malagueño. Solamente con estas respuestas daría para filosofar horas... pero lo dejamos para el próximo Taller del día 19 de diciembre. No obstante, dos preguntas críticas podrían ya plantearse: 1) ¿Una sola nota característica agota mi ser, puede definirme o dar con mi identidad más profunda? 2) ¿Si yo no fuera todo eso, seguiría siendo yo?

Y comenzó la elección de la temática del día. Mucho era lo que interesaba o preocupaba o inquietaba a los participantes, pero lo que más: lo problemático de las relaciones humanas. ¿Cómo están nuestras relaciones humanas? Quisieron hacer un buen diagnóstico, primero, y luego tratar de ver cómo mejorar dichas relaciones. ¡Y qué diagnóstico! Aunque advertimos que su conclusión fue ésta: el mal funcionamiento de las relaciones humanas habituales. Y esto es así porque suelen estar en exceso condicionadas, contaminadas por la falta de sinceridad, está presente la insatisfacción crónica, modelos de relación que triunfan pero luego decaen muy rápido, a menudo son relaciones superficiales, muchas veces están sesgadas por prejuicios, hay desconfianza y se vive a menudo de una manera aislada o atomizada... Aunque es claro –y esto supo destacarlo uno de los participantes– que las relaciones humanas siempre han sido problemáticas. Si bien, puede ser que en nuestro tiempo (sociedades modernas y mediáticas, frente a las sociedades tradicionales, en donde ha cambiado el tipo de solidaridad y prima más el individualismo), en estas sociedades modernas, decimos, puede que se añadan una serie de agravantes: una mayor artificialidad en los sentimientos, la falta de una cercanía entre los individuos, un exceso de posibilidades para relacionarse, etc. Nos cuesta a menudo relacionarnos de una manera constructiva y no destructiva, sana y no patológica. Sin embargo, acerca de este diagnóstico, se observaba discrepancia en el grupo. Y lo cierto es que puede darse de todo. Uno de los participantes más jóvenes se refirió a un estudio que incluía esta pregunta: ¿tenemos a alguien a quien poder llamar a las tres de madrugada? Y otro reto sería éste: ¿somos capaces de entendernos con alguien que sea diferente a nosotros?

Así pues, lo más importante es plantearnos cómo mejorar nuestra relación humana. Pero no como observadores. ¿Qué hago yo para mejorar las relaciones humanas? Y dio comienzo una nueva fase del diálogo. Porque, en abstracto, ya sabíamos lo que funcionaba mal y se trataría solamente de darle la vuelta a todo eso que se había diagnosticado antes. Pero yo mismo, ¿qué puedo hacer, cómo puedo contribuir? Y varios participantes aportaron sus claves personales: escuchar al otro, no querer tener razón, ver en el otro a un igual a ti, que es la base del respeto mutuo, esforzarse uno en su actividad para ofrecerla a los demás, tratar de aprender de los jóvenes, considerarlos portadores de nuevas visiones y nuevas oportunidades, aceptar lo diferente, no enfocarse uno solamente en sí mismo y sus preocupaciones, sus miedos y sus deseos, acostumbrarse a sonreír y a mirarse a los ojos, mostrar un interés desinteresado por el otro y aprender a amar. Y esto último parecía que encendía algo en el interior de los participantes; tanto, que acogió el último tramo del diálogo y su sabor nos interconectaba, además de predisponernos respecto a la preocupación inicial: cómo relacionarnos mejor.

Todos hablan del amor, pero, ¿sabemos amar, realizar el amor en nuestras vidas? Y para indagar más profundamente en lo que nos preocupaba aquella tarde, a partir del amor, un requisito básico hacía falta (así fue percibido): es necesario el trabajo con uno mismo, para poder tener una buena relación con los demás. Y sobre esto hay mucho que decir. El diálogo consiguió hacer aflorar una parte sustancial que te orienta, pero que no te evita la implicación personal. Este trabajo, si lleva a amarnos a nosotros mismos, será la base para el desarrollo de la capacidad de amar a los demás y, así, poder relacionarme adecuadamente. (En este sentido, la soledad es bienvenida, al contrario de lo que dice el tópico, pues en la relación con uno mismo se encuentra uno a sí mismo y a los demás, que son básicamente como nosotros; ya sabemos por experiencia que una cosa es estar solo y otra muy distinta sentirse solo). A la vez, en esta búsqueda de uno mismo, los demás son una ocasión de oro, pues me ofrecen la gran oportunidad de conocerme mejor. Si, en realidad, los demás (tal como los veo y me relaciono con ellos y con ellas) no son otra cosa que distintos sectores de mi conciencia (Antonio Blay), mi interacción con los demás, sus sorpresas y sinsabores, me dan la oportunidad de aprender a relacionarme mejor con estas partes de mí mismo, es decir, conmigo mismo. Es decir, con los demás, después. No vendrán mal, entonces, unos talleres sobre las relaciones humanas. Lo viviremos. Salud.